Las metamorfosis

 Ovidio

Libros 1, 2 , 3 , 4 , 5 , 6 , 7 , 8 , 9 , 10 , 11 , 12, 13, 14, 15

 

Libro I

 

Invocación
 
     Me lleva el ánimo a decir las mutadas formas
 a nuevos cuerpos: dioses, estas empresas mías -pues vosotros los mutasteis-
 aspirad, y, desde el primer origen del cosmos
 hasta mis tiempos, perpetuo desarrollad mi poema.
 

El origen del mundo
 
     Antes del mar y de las tierras y, el que lo cubre todo, el cielo, 5
 uno solo era de la naturaleza el rostro en todo el orbe,
 al que dijeron Caos, ruda y desordenada mole
 y no otra cosa sino peso inerte, y, acumuladas en él,
 unas discordes simientes de cosas no bien unidas.
 Ningún Titán todavía al mundo ofrecía luces, 10
 ni nuevos, en creciendo, reiteraba sus cuernos Febe,
 ni en su circunfuso aire estaba suspendida la tierra,
 por los pesos equilibrada suyos, ni sus brazos por el largo
 margen de las tierras había extendido Anfitrite,
 y por donde había tierra, allí también ponto y aire: 15
 así, era inestable la tierra, innadable la onda,
 de luz carente el aire: ninguno su forma mantenía,
 y estorbaba a los otros cada uno, porque en un cuerpo solo
 lo frío pugnaba con lo caliente, lo humedecido con lo seco,
 lo mullido con lo duro, lo sin peso con lo que tenía peso. 20
     Tal lid un dios y una mejor naturaleza dirimió,
 pues del cielo las tierras, y de las tierras escindió las ondas,
 y el fluente cielo segregó del aire espeso.
 Estas cosas, después de que las separó y eximió de su ciega acumulación,
 disociadas por lugares, con una concorde paz las ligó. 25
 La fuerza ígnea y sin peso del convexo cielo
 rieló y un lugar se hizo en el supremo recinto.
 Próximo está el aire a ella en levedad y en lugar.
 Más densa que ellos, la tierra, los elementos grandes arrastró
 y presa fue de la gravedad suya; el circunfluente humor 30
 lo último poseyó y contuvo al sólido orbe.
     Así cuando dispuesta estuvo, quien quiera que fuera aquel, de los dioses,
 esta acumulación sajó, y sajada en miembros la rehizo.
 En el principio a la tierra, para que no desigual por ninguna
 parte fuera, en forma la aglomeró de gran orbe; 35
 entonces a los estrechos difundirse, y que por arrebatadores vientos se entumecieran
 ordenó y que de la rodeada tierra circundaran los litorales.
 Añadió también fontanas y pantanos inmensos y lagos,
 y las corrientes declinantes ciñó de oblicuas riberas,
 las cuales, diversas por sus lugares, en parte son sorbidas por ella, 40
 al mar arriban en parte, y en tal llano recibidas
 de más libre agua, en vez de riberas, sus litorales baten.
 Ordenó también que se extendieran los llanos, que se sumieran los valles,
 que de fronda se cubrieran las espesuras, lapídeos que se elevaran los montes.
 Y, como dos por la derecha y otras tantas por su siniestra 45
 parte, el cielo cortan unas fajas -la quinta es más ardiente que aquéllas-,
 igualmente la carga en él incluida la distinguió con el número mismo
 el cuidado del dios, y otras tantas llagas en la tierra se marcan.
 De las cuales la que en medio está no es habitable por el calor.
 Nieve cubre, alta, a dos; otras tantas entre ambas colocó 50
 y templanza les dio, mezclada con el frío la llama.
 Domina sobre ellas el aire, el cual, en cuanto es, que el peso de la tierra,
 su peso, que el del agua, más ligero, en tanto es más pesado que el fuego.
 Allí también las nieblas, allí aposentarse las nubes
 ordenó, y los que habrían de conmover, los truenos, las humanas mentes, 55
 y con los rayos, hacedores de relámpagos, los vientos.
 A ellos también no por todas partes el artífice del mundo que tuvieran
 el aire les permitió. Apenas ahora se les puede impedir a ellos,
 cuando cada uno gobierna sus soplos por diverso trecho,
 que destrocen el cosmos: tan grande es la discordia de los hermanos. 60
 El Euro a la Aurora y a los nabateos reinos se retiró,
 y a Persia, y a las cimas sometidas a los rayos matutinos.
 El Anochecer y los litorales que con el caduco sol se templan,
 próximos están al Céfiro; Escitia y los Siete Triones
 horrendo los invadió el Bóreas. La contraria tierra 65
 con nubes asiduas y lluvia la humedece el Austro.
 De ello encima impuso, fluido y de gravedad carente,
 el éter, y que nada de la terrena hez tiene.
     Apenas así con lindes había cercado todo ciertas,
 cuando, las que presa mucho tiempo habían sido de una calina ciega, 70
 las estrellas empezaron a hervir por todo el cielo,
 y para que región no hubiera ninguna de sus vivientes huérfana,
 los astros poseen el celeste suelo, y con ellos las formas de los dioses;
 cedieron para ser habitadas a los nítidos peces las ondas,
 la tierra a las fieras acogió, a los voladores el agitable aire. 75
     Más santo que ellos un viviente, y de una mente alta más capaz,
 faltaba todavía, y que dominar en los demás pudiera:
 nacido el hombre fue, sea que a él con divina simiente lo hizo
 aquel artesano de las cosas, de un mundo mejor el origen,
 sea que reciente la tierra, y apartada poco antes del alto 80
 éter, retenía simientes de su pariente el cielo;
 a ella, el linaje de Jápeto, mezclada con pluviales ondas,
 la modeló en la efigie de los que gobiernan todo, los dioses,
 y aunque inclinados contemplen los demás vivientes la tierra,
 una boca sublime al hombre dio y el cielo ver 85
 le ordenó y a las estrellas levantar erguido su semblante.
 Así, la que poco antes había sido ruda y sin imagen, la tierra
 se vistió de las desconocidas figuras, transformada, de los hombres.
 

Las edades del hombre
 
     Áurea la primera edad engendrada fue, que sin defensor ninguno,
 por sí misma, sin ley, la confianza y lo recto honraba. 90
 Castigo y miedo no habían, ni palabras amenazantes en el fijado
 bronce se leían, ni la suplicante multitud temía
 la boca del juez suyo, sino que estaban sin defensor seguros.
 Todavía, cortado de sus montes para visitar el extranjero
 orbe, a las fluentes ondas el pino no había descendido, 95
 y ningunos los mortales, excepto sus litorales, conocían.
 Todavía vertiginosas no ceñían a las fortalezas sus fosas.
 No la tuba de derecho bronce, no de bronce curvado los cuernos,
 no las gáleas, no la espada existía. Sin uso de soldado
 sus blandos ocios seguras pasaban las gentes. 100
 Ella misma también, inmune, y de rastrillo intacta, y de ningunas
 rejas herida, por sí lo daba todo la tierra,
 y, contentándose con unos alimentos sin que nadie los obligara creados,
 las crías del madroño y las montanas fresas recogían,
 y cornejos, y en los duros zarzales prendidas las moras 105
 y, las que se habían desprendido del anchuroso árbol de Júpiter, bellotas.
 Una primavera era eterna, y plácidos con sus cálidas brisas
 acariciaban los céfiros, nacidas sin semilla, a las flores.
 Pronto, incluso, frutos la tierra no arada llevaba,
 y no renovado el campo canecía de grávidas aristas. 110
 Corrientes ya de leche, ya corrientes de néctar pasaban,
 y flavas desde la verde encina goteaban las mieles.
     Después de que, Saturno a los tenebrosos Tártaros enviado,
 bajo Júpiter el cosmos estaba, apareció la plateada prole,
 que el oro inferior, más preciosa que el bermejo bronce. 115
 Júpiter contrajo los tiempos de la antigua primavera
 y a través de inviernos y veranos y desiguales otoños
 y una breve primavera, por cuatro espacios condujo el año.
 Entonces por primera vez con secos hervores el aire quemado
 se encandeció, y por los vientos el hielo rígido quedó suspendido. 120
 Entonces por primera vez entraron en casas, casas las cavernas fueron,
 y los densos arbustos, y atadas con corteza varas.
 Simientes entonces por primera vez, de Ceres, en largos surcos
 sepultadas fueron, y hundidos por el yugo gimieron los novillos.
 Tercera tras aquella sucedió la broncínea prole, 125
 más salvaje de ingenios y a las hórridas armas más pronta,
 no criminal, aun así; es la última de duro hierro.
 En seguida irrumpió a ese tiempo, de vena peor,
 toda impiedad: huyeron el pudor y la verdad y la confianza,
 en cuyo lugar aparecieron los fraudes y los engaños 130
 y las insidias y la fuerza y el amor criminal de poseer.
 Velas daba a los vientos, y todavía bien no los conocía
 el marinero, y las que largo tiempo se habían alzado en los montes altos
 en oleajes desconocidos cabriolaron, las quillas,
 y común antes, cual las luces del sol y las auras, 135
 el suelo, cauto lo señaló con larga linde el medidor.
 Y no sólo sembrados y sus alimentos debidos se demandaba
 al rico suelo, sino que se entró hasta las entrañas de la tierra,
 y las que ella había reservado y apartado junto a las estigias sombras,
 se excavan esas riquezas, aguijadas de desgracias. 140
 Y ya el dañino hierro, y que el hierro más dañino el oro
 había brotado: brota la guerra que lucha por ambos,
 y con su sanguínea mano golpea crepitantes armas.
 Se vive al asalto: no el huésped de su huésped está a salvo,
 no el suegro de su yerno, de los hermanos también la gracia rara es. 145
 Acecha para la perdición el hombre de su esposa, ella del marido,
 cetrinos acónitos mezclan terribles madrastras,
 el hijo antes de su día inquiere en los años del padre.
 Vencida yace la piedad, y la Virgen, de matanza mojadas,
 la última de los celestes, la Astrea, las tierras abandona. 150
 

La Gigantomaquia
 
     Y para que no estuviera que las tierras más seguro el arduo éter,
 que aspiraron dicen al reino celeste los Gigantes,
 y que acumulados levantaron hacia las altas estrellas sus montes.
 Entonces el padre omnipotente enviándoles un rayo resquebrajó
 el Olimpo y sacudió el Pelión del Osa, a él sometido; 155
 sepultados por la mole suya, al quedar sus cuerpos siniestros yacentes,
 regada de la mucha sangre de sus hijos dicen
 que la Tierra se impregnó, y que ese caliente crúor alentó,
 y para que de su estirpe todo recuerdo no desapareciera,
 que a una faz los tornó de hombres. Pero también aquel ramo 160
 despreciador de los altísimos y salvaje y avidísimo de matanza
 y violento fue: bien sabrías que de sangre habían nacido.
 

El concilio de los dioses (I)
 
     Lo cual el padre cuando vio, el Saturnio, en su supremo recinto,
 gime hondo, y, todavía no divulgados por recién cometidos,
 los impuros banquetes recordando de la mesa de Licaón, 165
 ingentes en su ánimo y dignas de Júpiter concibió unas iras,
 y el consejo convoca; no retuvo demora ninguna a los convocados.
 Hay una vía sublime, manifiesta en el cielo sereno:
 Láctea de nombre tiene, por su candor mismo notable.
 Por ella el camino es de los altísimos hacia los techos del gran Tonante 170
 y su real casa: a derecha e izquierda los atrios
 de los dioses nobles van concurriéndose por sus compuertas abiertas,
 la plebe habita otros, por sus lugares opuestos: en esta parte los poderosos
 celestiales y preclaros pusieron sus penates.
 Éste lugar es, al que, si a las palabras la audacia se diera, 175
 yo no temería haber llamado los Palacios del gran cielo.
     Así pues, cuando los altísimos se sentaron en su marmóreo receso,
 más excelso él por su lugar, y apoyado en su cetro marfileño,
 terrorífica, de su cabeza sacudió tres y cuatro veces
 la cabellera, con la que la tierra, el mar, las estrellas mueve; 180
 de tales modos después su boca indignada libera:
 «No yo por el gobierno del cosmos más ansioso en aquella
 ocasión estuve, en la que cada uno se disponía a lanzar,
 de los angüípedes, sus cien brazos contra el cautivo cielo,
 pues aunque fiero el enemigo era, aun así, aquélla de un solo 185
 cuerpo y de un solo origen pendía, aquella guerra;
 ahora yo, por doquiera Nereo rodeándolo hace resonar todo el orbe,
 al género mortal de perder he: por las corrientes juro
 infernales, que bajo las tierras se deslizan a la estigia floresta,
 que todo antes se ha intentado, pero un incurable cuerpo 190
 a espada se ha de sajar, por que la parte limpia no arrastre.
 Tengo semidioses, tengo, rústicos númenes, Ninfas
 y Faunos y Sátiros y montañeses Silvanos,
 a los cuales, puesto que del cielo todavía no dignamos con el honor,
 las que les dimos ciertamente, las tierras, habitar permitamos. 195
 ¿O acaso, oh altísimos, que bastante seguros estarán ellos creéis,
 cuando contra mí, que el rayo, que a vosotros os tengo y gobierno,
 ha levantado sus insidias, conocido por su fiereza, Licaón?».
     Murmuraron todos, y con afán ardido al que osó
 tal reclaman: así, cuando una mano impía se ensañó 200
 con la sangre de César para extinguir de Roma el nombre,
 atónito por el gran terror de esta súbita ruina
 el humano género queda y todo se horrorizó el orbe,
 y no para ti menos grata la piedad, Augusto, de los tuyos es
 que fue aquélla para Júpiter. El cual, después de que con la voz y la mano 205
 los murmullos reprimió, guardaron silencios todos.
 Cuando se detuvo el clamor, hundido del peso del soberano,
 Júpiter de nuevo con este discurso los silencios rompió:
 

Licaón
 
     «Él, ciertamente, sus castigos -el cuidado ese perded- ha cumplido.
 Mas qué lo cometido, cuál sea su satisfacción, os haré saber. 210
 Había alcanzado la infamia de ese tiempo nuestros oídos;
 deseándola falsa desciendo del supremo Olimpo
 y, dios bajo humana imagen, lustro las tierras.
 Larga demora es de cuánto mal se hallaba por todos lados
 enumerar: menor fue la propia infamia que la verdad. 215
 El Ménalo había atravesado, por sus guaridas horrendo de fieras,
 y con Cilene los pinares del helado Liceo:
 del Árcade a partir de ahí en las sedes, y en los inhóspitos techos del tirano
 penetro, cuando traían los tardíos crepúsculos la noche.
 Señales di de que había llegado un dios y el pueblo a suplicar 220
 había empezado: se burla primero de esos piadosos votos Licaón,
 luego dice: «Comprobaré si dios éste o si sea mortal
 con una distinción abierta, y no será dudable la verdad».
 De noche, pesado por el sueño, con una inopinada muerte a perderme
 se dispone: tal comprobación a él le place de la verdad. 225
 Y no se contenta con ello: de un enviado de la nación
 molosa, de un rehén, su garganta a punta tajó
 y, así, semimuertos, parte en hirvientes aguas
 sus miembros ablanda, parte los tuesta, sometiéndolos a fuego.
 Lo cual una vez impuso a las mesas, yo con mi justiciera llama 230
 sobre unos penates dignos de su dueño torné sus techos.
 Aterrado él huye y alcanzando los silencios del campo
 aúlla y en vano hablar intenta; de sí mismo
 recaba su boca la rabia, y el deseo de su acostumbrada matanza
 usa contra los ganados, y ahora también en la sangre se goza. 235
 En vellos se vuelven sus ropas, en patas sus brazos:
 se hace lobo y conserva las huellas de su vieja forma.
 La canicie la misma es, la misma la violencia de su rostro,
 los mismos ojos lucen, la misma de la fiereza la imagen es.
 Cayó una sola casa, pero no una casa sola de perecer 240
 digna fue. Por doquiera la tierra se expande, fiera reina la Erinis.
 Para el delito que se han conjurado creerías; cumplan rápido todos,
 los que merecieron padecer, así consta mi sentencia, sus castigos».
 

El concilio de los dioses (II)
 
     Las palabras de Júpiter parte con su voz, murmurando, aprueban e incitamentos
 añaden. Otros sus partes con asentimientos cumplen. 245
 Es, aun así, la perdición del humano género causa de dolor
 para todos, y cuál habrá de ser de la tierra la forma,
 de los mortales huérfana, preguntan, quién habrá de llevar a sus aras
 inciensos, y si a las fieras, para que las pillen, se dispone a entregar las tierras.
 A los que tal preguntaban -puesto que él se preocuparía de lo demás- 250
 el rey de los altísimos turbarse prohíbe, y un brote al anterior
 pueblo desemejante promete, de origen maravilloso.
 

El diluvio
 
     Y ya iba sobre todas las tierras a esparcir sus rayos;
 pero temió que acaso el sagrado éter por causa de tantos fuegos
 no concibiera llamas, y que el lejano eje ardiera. 255
 Que está también en los hados, recuerda, que llegará un tiempo
 en el que el mar, en el que la tierra y arrebatados los palacios del cielo
 ardan y del mundo la mole, afanosa, sufra.
 Esas armas vuelven a su sitio, por manos fabricadas de los Cíclopes:
 un castigo place inverso, al género mortal bajo las ondas 260
 perder, y borrascas lanzar desde todo el cielo.
     En seguida al Aquilón encierra en las eolias cavernas,
 y a cuantos soplos ahuyentan congregadas a las nubes,
 y suelta al Noto: con sus mojadas alas el Noto vuela,
 su terrible rostro cubierto de una bruma como la pez: 265
 la barba pesada de borrascas, fluye agua de sus canos cabellos,
 en su frente se asientan nieblas, roran sus alas y senos.
 Y cuando con su mano, a lo ancho suspendidas, las nubes apretó,
 se hace un fragor: entonces densas se derraman desde el éter las borrascas.
 La mensajera de Juno, de variados colores vestida, 270
 concibe, Iris, aguas, y alimentos a las nubes allega:
 póstranse los sembrados, y llorados por los colonos
 sus votos yacen, y perece el trabajo frustrado de un largo año.
 Y no al cielo suyo se limitó de Júpiter la ira, sino que a él
 su azul hermano le ayuda con auxiliares ondas. 275
 Convoca éste a los caudales. Los cuales, después de que en los techos
 de su tirano entraron: «Una arenga larga ahora de usar»,
 dice, «no he: las fuerzas derramad vuestras.
 Así menester es. Abrid vuestras casas y, la mole apartada,
 a las corrientes vuestras todas soltad las riendas». 280
 Había ordenado; ellos regresan, y de sus fontanas las bocas relajan,
 y en desenfrenada carrera ruedan a las superficies.
 Él mismo con el tridente suyo la tierra golpeó, mas ella
 tembló y con su movimiento vías franqueó de aguas.
 Desorbitadas se lanzan por los abiertos campos las corrientes 285
 y, con los sembrados, arbustos al propio tiempo y rebaños y hombres
 y techos, y con sus penetrales arrebatan sus sacramentos.
 Si alguna casa quedó y pudo resistir a tan gran
 mal no desplomada, la cúpula, aun así, más alta de ella,
 la onda la cubre, y hundidas se esconden bajo el abismo sus torres. 290
 Y ya el mar y la tierra ninguna distinción tenían:
 todas las cosas ponto eran, faltaban incluso litorales al ponto.
 Ocupa éste un collado, en una barca se sienta otro combada
 y lleva los remos allí donde hace poco arara.
 Aquél sobre los sembrados o las cúpulas de una sumergida villa 295
 navega, éste un pez sorprende en lo alto de un olmo;
 se clava en un verde prado, si la suerte lo deja, el ancla,
 o, a ellas sometidos, curvas quillas trillan viñedos,
 y por donde hace poco, gráciles, grama arrancaban las cabritas,
 ahora allí deformes ponen sus cuerpos las focas. 300
 Admiran bajo el agua florestas y ciudades y casas
 las Nereides, y las espesuras las poseen los delfines y entre sus altas
 ramas corren y zarandeando sus troncos las baten.
 Nada el lobo entre las ovejas, bermejos leones lleva la onda,
 la onda lleva tigres, y ni sus fuerzas de rayo al jabalí, 305
 ni sus patas veloces, arrebatado, sirven al ciervo,
 y buscadas largo tiempo tierras donde posarse pudiera,
 al mar, fatigadas sus alas, el pájaro errante ha caído.
 Había sepultado túmulos la inmensa licencia del ponto,
 y batían las montanas cumbres unos nuevos oleajes. 310
 La mayor parte por la onda fue arrebatada: a los que la onda perdonó,
 largos ayunos los doman, por causa del indigente sustento.
 

Deucalión y Pirra
 
     Separa la Fócide los aonios de los eteos campos,
 tierra feraz mientras tierra fue, pero en el tiempo aquel
 parte del mar y ancha llanura de súbitas aguas. 315
 Un monte allí busca arduo los astros con sus dos vértices,
 por nombre el Parnaso, y superan sus cumbres las nubes.
 Aquí cuando Deucalión -pues lo demás lo había cubierto la superficie-
 con la consorte de su lecho, en una pequeña balsa llevado, se aferró,
 a las corícidas ninfas y a los númenes del monte oran 320
 y a la fatídica Temis, que entonces esos oráculos tenía:
 no que él mejor ninguno, ni más amante de lo justo,
 hombre hubo, o que ella más temerosa ninguna de los dioses.
 Júpiter, cuando de fluentes lagos que estaba empantanado el orbe,
 y que quedaba un hombre de tantos miles hacía poco, uno, 325
 y que quedaba, ve, de tantas miles hacía poco, una,
 inocuos ambos, cultivadores de la divinidad ambos,
 las nubes desgarró y, habiéndose las borrascas con el aquilón alejado,
 al cielo las tierras mostró, y el éter a las tierras.
 Tampoco del mar la ira permanece y, dejada su tricúspide arma, 330
 calma las aguas el regidor del piélago, y al que sobre el profundo
 emerge y sus hombros con su innato múrice cubre,
 al azul Tritón llama, y en su concha sonante
 soplar le ordena, y los oleajes y las corrientes ya
 revocar, su señal dando: su hueca bocina toma él, 335
 tórcil, que en ancho crece desde su remolino inferior,
 bocina, la cual, en medio del ponto cuando concibió aire,
 los litorales con su voz llena, que bajo uno y otro Febo yacen.
 Entonces también, cuando ella la boca del dios, por su húmeda barba rorante,
 tocó, y cantó henchida las ordenadas retretas, 340
 por todas las ondas oída fue de la tierra y de la superficie,
 y por las que olas fue oída, contuvo a todas.
 Ya el mar litoral tiene, plenos acoge el álveo a sus caudales,
 las corrientes se asientan y los collados salir parecen.
 Surge la tierra, crecen los lugares al decrecer las ondas, 345
 y, después de día largo, sus desnudadas copas las espesuras
 muestran y limo retienen que en su fronda ha quedado.
     Había retornado el orbe; el cual, después de que lo vio vacío,
 y que desoladas las tierras hacían hondos silencios,
 Deucalión con lágrimas brotadas así a Pirra se dirige: 350
 «Oh hermana, oh esposa, oh hembra sola sobreviviente,
 a la que a mí una común estirpe y un origen de primos,
 después un lecho unió, ahora nuestros propios peligros unen,
 de las tierras cuantas ven el ocaso y el orto
 nosotros dos la multitud somos: posee lo demás el ponto. 355
 Esta tampoco todavía de la vida nuestra es garantía
 cierta bastante; aterran todavía ahora nublados nuestra mente.
 ¿Cuál si sin mí de los hados arrebatada hubieras sido
 ahora tu ánimo, triste de ti, sería? ¿De qué modo sola
 el temor soportar podrías? ¿Con consuelo de quién te dolerías? 360
 Porque yo, créeme, si a ti también el ponto te tuviera,
 te seguiría, esposa, y a mí también el ponto me tendría.
 Oh, ojalá pudiera yo los pueblos restituir con las paternas
 artes, y alientos infundir a la conformada tierra.
 Ahora el género mortal resta en nosotros dos 365
 -así pareció a los altísimos- y de los hombres como ejemplos quedamos».
 Había dicho, y lloraban; decidieron al celeste numen
 suplicar y auxilio por medio buscar de las sagradas venturas.
 Ninguna demora hay: acuden a la par a las cefísidas ondas,
 como todavía no líquidas, así ya sus vados conocidos cortando. 370
 De allí, cuando licores de él tomados rociaron
 sobre sus ropas y cabeza, doblan sus pasos hacia el santuario
 de la sagrada diosa, cuyas cúspides de indecente
 musgo palidecían, y se alzaban sin fuegos sus aras.
 Cuando del templo tocaron los peldaños se postró cada uno 375
 inclinado al suelo, y atemorizado besó la helada roca,
 y así: «Si con sus plegarias justas», dijeron, «los númenes vencidos
 se enternecen, si se doblega la ira de los dioses,
 di, Temis, por qué arte la merma del género nuestro
 reparable es, y presta ayuda, clementísima, a estos sumergidos estados». 380
 Conmovida la diosa fue y su ventura dio: «Retiraos del templo
 y velaos la cabeza, y soltaos vuestros ceñidos vestidos,
 y los huesos tras vuestra espalda arrojad de vuestra gran madre».
     Quedaron suspendidos largo tiempo, y rompió los silencios con su voz
 Pirra primera, y los mandatos de la diosa obedecer rehúsa, 385
 y tanto que la perdone con aterrada boca ruega, como se aterra
 de herir, arrojando sus huesos, las maternas sombras.
 Entre tanto repasan, por sus ciegas latencias oscuras,
 las palabras de la dada ventura, y para entre sí les dan vueltas.
 Tras ello el Prometida a la Epimetida con plácidas palabras 390
 calma, y: «O falaz», dice, «es mi astucia para nosotros,
 o -píos son y a ninguna abominación los oráculos persuaden-
 esa gran madre la tierra es: piedras en el cuerpo de la tierra
 a los huesos calculo que se llama; arrojarlas tras nuestra espalda se nos ordena».
     De su esposo por el augurio aunque la Titania se conmovió, 395
 su esperanza, aun así, en duda está: hasta tal punto ambos desconfían
 de las celestes admoniciones. Pero, ¿qué intentarlo dañará?
 Se retiran y velan su cabeza y las túnicas se desciñen,
 y las ordenadas piedras tras sus plantas envían.
 Las rocas -¿quién lo creería, si no estuviera por testigo la antigüedad?- 400
 a dejar su dureza comenzaron, y su rigor
 a mullir, y con el tiempo, mullidas, a tomar forma.
 Luego, cuando crecieron y una naturaleza más tierna
 les alcanzó, como sí semejante, del mismo modo manifiesta parecer no puede
 la forma de un humano, sino, como de mármol comenzada, 405
 no terminada lo bastante, a las rudas estatuas muy semejante era.
 La parte aun así de ellas que húmeda de algún jugo
 y terrosa era, vuelta fue en uso de cuerpo.
 Lo que sólido es y doblarse no puede, se muta en huesos,
 la que ahora poco vena fue, bajo el mismo nombre quedó; 410
 y en breve espacio, por el numen de los altísimos, las rocas
 enviadas por las manos del hombre la faz tomaron de hombres,
 y del femenino lanzamiento restituida fue la mujer.
 De ahí que un género duro somos y avezado en sufrimientos
 y pruebas damos del origen de que hemos nacido. 415
     A los demás seres la tierra con diversas formas
 por sí misma los parió después de que el viejo humor por el fuego
 se caldeó del sol, y el cieno y los húmedos charcos
 se entumecieron por su hervor, y las fecundas simientes de las cosas,
 por el vivaz suelo nutridas, como de una madre en la matriz 420
 crecieron y faz alguna cobraron con el pasar del tiempo.
 Así, cuando abandonó mojados los campos el séptuple fluir
 del Nilo, y a su antiguo seno hizo volver sus corrientes,
 y merced a la etérea estrella, reciente, ardió hasta secarse el limo,
 muchos seres sus cultivadores al volver los terrones 425
 encuentran y entre ellos a algunos apenas comenzados, en el propio
 espacio de su nacimiento, algunos inacabados y truncos
 los ven de sus proporciones, y en el mismo cuerpo a menudo
 una parte vive, es la parte otra ruda tierra.
 Porque es que cuando una templanza han tomado el humor y el calor, 430
 conciben, y de ellos dos se originan todas las cosas
 y, aunque sea el fuego para el agua pugnaz, el vapor húmedo todas
 las cosas crea, y la discorde concordia para las crías apta es.
 Así pues, cuando del diluvio reciente la tierra enlodada
 con los soles etéreos se encandeció y con su alto hervor, 435
 dio a luz innumerables especies y en parte sus figuras
 les devolvió antiguas, en parte nuevos prodigios creó.
 

La sierpe Pitón
 
     Ella ciertamente no lo querría, pero a ti también, máximo Pitón,
 entonces te engendró, y de los pueblos nuevos, desconocida sierpe,
 el terror eras: tan grande espacio de un monte ocupabas. 440
 A él el dios señor del arco, y que nunca tales armas
 antes sino en los gamos y corzas fugaces había usado,
 hundido por mil disparos, exhausta casi su aljaba,
 lo perdió, derramándose por sus heridas negras su veneno.
 Y para que de esa obra la fama no pudiera destruir la antigüedad, 445
 instituyó, sagrados, de reiterado certamen, unos juegos,
 Pitios con el nombre de la domada serpiente llamados.
 Ése de los jóvenes quien con su mano, sus pies o a rueda
 venciera, de fronda de encina cobraba un galardón.
 Todavía laurel no había y, hermosas con su largo pelo, 450
 sus sienes ceñía de cualquier árbol Febo.
 

Apolo y Dafne
 
     El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no
 el azar ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido.
 El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio,
 le había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio, 455
 y: «¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?»,
 había dicho; «ellas son cargamentos decorosos para los hombros nuestros,
 que darlas certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo,
 que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas hundía,
 hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón. 460
 Tú con tu antorcha no sé qué amores conténtate
 con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras».
 El hijo a él de Venus: «Atraviese el tuyo todo, Febo,
 a ti mi arco», dice, «y en cuanto los seres ceden
 todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra». 465
 Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas,
 diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se posó,
 y de su saetífera aljaba aprestó dos dardos
 de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor.
 El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda. 470
 El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo.
 Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél
 hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas.
 En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante,
 de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las cautivas 475
 fieras gozando, y émula de la innupta Febe.
 Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.
 Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes,
 sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra
 y de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué el matrimonio, no cura. 480
 A menudo su padre le dijo: «Un yerno, hija, me debes».
 A menudo su padre le dijo: «Me debes, niña, unos nietos».
 Ella, que como un crimen odiaba las antorchas conyugales,
 su bello rostro teñía de un verecundo rubor
 y de su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos: 485
 «Concédeme, genitor queridísimo» le dijo, «de una perpetua
 virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana».
 Él, ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas
 que sea, prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna.
 Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne, 490
 y lo que desea espera, y sus propios oráculos a él le engañan;
 y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas,
 como con las antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante
 o demasiado les acercó o ya a la luz abandonó,
 así el dios en llamas se vuelve, así en su pecho todo 495
 él se abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor.
 Contempla no ornados de su cuello pender los cabellos
 y «¿Qué si se los arreglara?», dice. Ve de fuego rielantes,
 a estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no
 es con haber visto bastante. Alaba sus dedos y manos 500
 y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros:
 lo que oculto está, mejor lo supone. Huye más veloz que el aura
 ella, leve, y no a estas palabras del que la revoca se detiene:
     «¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo;
 ¡ninfa, espera! Así la cordera del lobo, así la cierva del león, 505
 así del águila con ala temblorosa huyen las palomas,
 de los enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte.
 Triste de mí, no de bruces te caigas o indignas de ser heridas
 tus piernas señalen las zarzas, y sea yo para ti causa de dolor.
 Ásperos, por los que te apresuras, los lugares son: más despacio te lo ruego 510
 corre y tu fuga modera, que más despacio te persiga yo.
 A quién complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte,
 no yo soy un pastor, no aquí ganados y rebaños,
 hórrido, vigilo. No sabes, temeraria, no sabes
 de quién huyes y por eso huyes. A mí la délfica tierra, 515
 y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven;
 Júpiter es mi padre. Por mí lo que será, y ha sido,
 y es se manifiesta; por mí concuerdan las canciones con los nervios.
 Certera, realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta
 más certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas hizo. 520
 Hallazgo la medicina mío es, y auxiliador por el orbe
 se me llama, y el poder de las hierbas sometido está a nos:
 ay de mí, que por ningunas hierbas el amor es sanable,
 y no sirven a su dueño las artes que sirven a todos».
     Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia 525
 huye, y con él mismo sus palabras inconclusas deja atrás,
 entonces también pareciendo hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos,
 y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas,
 y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos,
 y acrecióse su hermosura con la huida. Pero entonces no soporta más 530
 perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba
 el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas.
 Como el perro en un vacío campo cuando una liebre, el galgo,
 ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación:
 el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla 535
 espera, y con su extendido morro roza sus plantas;
 la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios
 mordiscos se arranca y la boca que le toca atrás deja:
 así el dios y la virgen; es él por la esperanza raudo, ella por el temor.
 Aun así el que persigue, por las alas ayudado del amor, 540
 más veloz es, y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva
 acecha, y sobre su pelo, esparcido por su cuello, alienta.
 Sus fuerzas ya consumidas palideció ella y, vencida
 por la fatiga de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas:
 «Préstame, padre», dice, «ayuda; si las corrientes numen tenéis, 545
 por la que demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura».
 Apenas la plegaria acabó un entumecimiento pesado ocupa su organismo,
 se ciñe de una tenue corteza su blando tórax,
 en fronda sus pelos, en ramas sus brazos crecen,
 el pie, hace poco tan veloz, con morosas raíces se prende, 550
 su cara copa posee: permanece su nitor solo en ella.
 A ésta también Febo la ama, y puesta en su madero su diestra
 siente todavía trepidar bajo la nueva corteza su pecho,
 y estrechando con sus brazos esas ramas, como a miembros,
 besos da al leño; rehúye, aun así, sus besos el leño. 555
 Al cual el dios: «Mas puesto que esposa mía no puedes ser,
 el árbol serás, ciertamente», dijo, «mío. Siempre te tendrán
 a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas.
 Tú a los generales lacios asistirás cuando su alegre voz
 el triunfo cante, y divisen los Capitolios las largas pompas. 560
 En las jambas augustas tú misma, fidelísisma guardiana,
 ante sus puertas te apostarás, y la encina central guardarás,
 y como mi cabeza es juvenil por sus intonsos cabellos,
 tú también perpetuos siempre lleva de la fronda los honores».
 Había acabado Peán: con sus recién hechas ramas la láurea 565
 asiente y, como una cabeza, pareció agitar su copa.
 

Júpiter e Ío (I)
 
     Hay un bosque en la Hemonia al que por todos lados cierra, acantilada,
 una espesura: le llaman Tempe. Por ellos el Peneo, desde el profundo
 Pindo derramándose, merced a sus espumosas ondas, rueda,
 y en su caer pesado nubes que agitan tenues 570
 humos congrega, y sobre sus supremas espesuras con su aspersión
 llueve, y con su sonar más que a la vecindad fatiga.
 Ésta la casa, ésta la sede, éstos son los penetrales del gran
 caudal; en ellos aposentado, en su caverna hecha de escollos,
 a sus ondas leyes daba, y a las ninfas que honran sus ondas. 575
 Se reúnen allá las paisanas corrientes primero,
 ignorando si deben felicitar o consolar al padre:
 rico en álamos el Esperquío y el irrequieto Enipeo
 y el Apídano viejo y el lene Anfriso y el Eante,
 y pronto los caudales otros que, por donde los llevara su ímpetu a ellos, 580
 hacia el mar abajan, cansadas de su errar, sus ondas.
     El Ínaco solo falta y, en su profunda caverna recóndito,
 con sus llantos aumenta sus aguas y a su hija, tristísimo, a Ío,
 plañe como perdida; no sabe si de vida goza
 o si está entre los manes, pero a la que no encuentra en ningún sitio 585
 estar cree en ningún sitio y en su ánimo lo peor teme.
     La había visto, de la paterna corriente regresando, Júpiter
 a ella y: «Oh virgen de Júpiter digna y que feliz con tu
 lecho ignoro a quién has de hacer, busca», le había dicho, «las sombras
 de esos altos bosques», y de los bosques le había mostrado las sombras, 590
 «mientras hace calor y en medio el sol está, altísimo, de su orbe,
 que si sola temes en las guaridas entrar de las fieras,
 segura con la protección de un dios, de los bosques el secreto alcanzarás,
 y no de la plebe un dios, sino el que los celestes cetros
 en mi magna mano sostengo, pero el que los errantes rayos lanzo: 595
 no me huye», pues huía. Ya los pastos de Lerna,
 y, sembrados de árboles, de Lirceo había dejado atrás los campos,
 cuando el dios, produciendo una calina, las anchas tierras
 ocultó, y detuvo su fuga, y le arrebató su pudor.
 Entre tanto Juno abajo miró en medio de los campos 600
 y de que la faz de la noche hubieran causado unas nieblas voladoras
 en el esplendor del día admirada, no que de una corriente ellas
 fueran, ni sintió que de la humedecida tierra fueran despedidas,
 y su esposo dónde esté busca en derredor, como la que
 ya conociera, sorprendido tantas veces, los hurtos de su marido. 605
 Al cual, después de que en el cielo no halló: «O yo me engaño
 o se me ofende», dice, y deslizándose del éter supremo
 se posó en las tierras y a las nieblas retirarse ordenó.
 De su esposa la llegada había presentido, y en una lustrosa
 novilla la apariencia de la Ináquida había mutado él 610
 -de res también hermosa es-: la belleza la Saturnia de la vaca
 aunque contrariada aprueba, y de quién, y de dónde, o de qué manada
 era, de la verdad como desconocedora, no deja de preguntar.
 Júpiter de la tierra engendrada la miente, para que su autor
 deje de averiguar: la pide a ella la Saturnia de regalo. 615
 ¿Qué iba a hacer? Cruel cosa adjudicarle sus amores,
 no dárselos sospechoso es: el pudor es quien persuade de aquello,
 de esto disuade el amor. Vencido el pudor habría sido por el amor,
 pero si el leve regalo, a su compañera de linaje y de lecho,
 de una vaca le negara, pudiera no una vaca parecer. 620
 Su rival ya regalada no en seguida se despojó la divina
 de todo miedo, y temió de Júpiter, y estuvo ansiosa de su hurto
 hasta que al Arestórida para ser custodiada la entregó, a Argos.
 

Argos
 
     De cien luces ceñida su cabeza Argos tenía,
 de donde por sus turnos tomaban, de dos en dos, descanso, 625
 los demás vigilaban y en posta se mantenían.
 Como quiera que se apostara miraba hacia Ío:
 ante sus ojos a Ío, aun vuelto de espaldas, tenía.
 A la luz la deja pacer; cuando el sol bajo la tierra alta está,
 la encierra, y circunda de cadenas, indigno, su cuello. 630
 De frondas de árbol y de amarga hierba se apacienta,
 y, en vez de en un lecho, en una tierra que no siempre grama tiene
 se recuesta la infeliz y limosas corrientes bebe.
 Ella, incluso, suplicante a Argos cuando sus brazos quisiera
 tender, no tuvo qué brazos tendiera a Argos, 635
 e intentando quejarse, mugidos salían de su boca,
 y se llenó de temor de esos sonidos y de su propia voz aterróse.
     Llegó también a las riberas donde jugar a menudo solía,
 del Ínaco a las riberas, y cuando contempló en su onda
 sus nuevos cuernos, se llenó de temor y de sí misma enloquecida huyó. 640
 Las náyades ignoran, ignora también Ínaco mismo
 quién es; mas ella a su padre sigue y sigue a sus hermanas
 y se deja tocar y a sus admiraciones se ofrece.
 Por él arrancadas el más anciano le había acercado, Ínaco, hierbas:
 ella sus manos lame y da besos de su padre a las palmas 645
 y no retiene las lágrimas y, si sólo las palabras le obedecieran,
 le rogara auxilio y el nombre suyo y sus casos le dijera.
 Su letra, en vez de palabras, que su pie en el polvo trazó,
 de indicio amargo de su cuerpo mutado actuó.
 «Triste de mí», exclama el padre Ínaco, y en los cuernos 650
 de la que gemía, y colgándose en la cerviz de la nívea novilla:
 «Triste de mí», reitera; «¿Tú eres, buscada por todas
 las tierras, mi hija? Tú no encontrada que hallada
 un luto eras más leve. Callas y mutuas a las nuestras
 palabras no respondes, sólo suspiros sacas de tu alto 655
 pecho y, lo que solo puedes, a mis palabras remuges.
 Mas a ti yo, sin saber, tálamos y teas te preparaba
 y esperanza tuve de un yerno la primera, la segunda de nietos.
 De la grey ahora tú un marido, y de la grey hijo has de tener.
 Y concluir no puedo yo con mi muerte tan grandes dolores, 660
 sino que mal me hace ser dios, y cerrada la puerta de la muerte
 nuestros lutos extiende a una eterna edad».
 Mientras de tal se afligía, lo aparta el constelado Argos
 y, arrancada a su padre, a lejanos pastos a su hija
 arrastra; él mismo, lejos, de un monte la sublime cima 665
 ocupa, desde donde sentado otea hacia todas partes.
     Tampoco de los altísimos el regidor los males tan grandes de la Forónide
 más tiempo soportar puede y a su hijo llama, al que la lúcida Pléyade
 de su vientre había parido, y que a la muerte dé, le impera, a Argos.
 Pequeña la demora es la de las alas para sus pies, y la vara somnífera 670
 para su potente mano tomar, y el cobertor para sus cabellos.
 Ello cuando dispuso, de Júpiter el nacido desde el paterno recinto
 salta a las tierras. Allí, tanto su cobertor se quitó
 como depuso sus alas, de modo que sólo la vara retuvo:
 con ella lleva, como un pastor, por desviados campos unas cabritas 675
 que mientras venía había reunido, y con unas ensambladas avenas canta.
 Por esa voz nueva, y cautivado el guardián de Juno por su arte:
 «Mas tú, quien quiera que eres, podrías conmigo sentarte en esta roca»,
 Argos dice, «pues tampoco para el rebaño más fecunda en ningún
 lugar hierba hay, y apta ves para los pastores esta sombra». 680
 Se sienta el Atlantíada, y al que se marchaba, de muchas cosas hablando
 detuvo con su discurso, al día, y cantando con sus unidas
 cañas vencer sus vigilantes luces intenta.
 Él, aun así, pugna por vencer sobre los blandos sueños
 y aunque el sopor en parte de sus ojos se ha alojado, 685
 en parte, aun así, vigila; pregunta también, pues descubierta
 la flauta hacía poco había sido, en razón de qué fue descubierta.
 

Pan y Siringe
 
     Entonces el dios: «De la Arcadia en los helados montes», dice,
 «entre las hamadríadas muy célebre, las Nonacrinas,
 náyade una hubo; las ninfas Siringe la llamaban. 690
 No una vez, no ya a los sátiros había burlado ella, que la seguían,
 sino a cuantos dioses la sombreada espesura y el feraz
 campo hospeda; a la Ortigia en sus aficiones y con su propia virginidad
 honraba, a la diosa; según el rito también ceñida de Diana,
 engañaría y podría creérsela la Latonia, si no 695
 de cuerno el arco de ésta, si no fuera áureo el de aquélla;
 así también engañaba. Volviendo ella del collado Liceo,
 Pan la ve, y de pino agudo ceñido en su cabeza
 tales palabras refiere...». Restaba sus palabras referir,
 y que despreciadas sus súplicas había huido por lo intransitable la ninfa, 700
 hasta que del arenoso Ladón al plácido caudal
 llegó: que aquí ella, su carrera al impedirle sus ondas,
 que la mutaran a sus líquidas hermanas les había rogado,
 y que Pan, cuando presa de él ya a Siringa creía,
 en vez del cuerpo de la ninfa, cálamos sostenía lacustres, 705
 y, mientras allí suspira, que movidos dentro de la caña los vientos
 efectuaron un sonido tenue y semejante al de quien se lamenta;
 que por esa nueva arte y de su voz por la dulzura el dios cautivado:
 «Este coloquio a mí contigo», había dicho, «me quedará»,
 y que así, los desparejos cálamos con la trabazón de la cera 710
 entre sí unidos, el nombre retuvieron de la muchacha.
 

Júpiter e Ío (II)
 
     Tales cosas cuando iba a decir ve el Cilenio que todos
 los ojos se habían postrado, y cubiertas sus luces por el sueño.
 Apaga al instante su voz y afirma su sopor,
 sus lánguidas luces acariciando con la ungüentada vara. 715
 Y, sin demora, con su falcada espada mientras cabeceaba le hiere
 por donde al cuello es confín la cabeza, y de su roca, cruento,
 abajo lo lanza, y mancha con su sangre la acantilada peña.
 Argos, yaces, y la que para tantas luces luz tenías
 extinguido se ha, y cien ojos una noche ocupa sola. 720
 Los recoge, y del ave suya la Saturnia en sus plumas
 los coloca, y de gemas consteladas su cola llena.
     En seguida se inflamó y los tiempos de su ira no difirió
 y, horrenda, ante los ojos y el ánimo de su rival argólica
 le echó a la Erinis, y aguijadas en su pecho ciegas 725
 escondió, y prófuga por todo el orbe la aterró.
 Último restabas, Nilo, a su inmensa labor;
 a él, en cuanto lo alcanzó y, puestas en el margen de su ribera
 sus rodillas, se postró, y alzada ella de levantar el cuello,
 elevando a las estrellas los semblantes que sólo pudo, 730
 con su gemido, y lágrimas, y luctuoso mugido
 con Júpiter pareció quejarse, y el final rogar de sus males.
 De su esposa él estrechando el cuello con sus brazos,
 que concluya sus castigos de una vez le ruega y: «Para el futuro
 deja tus miedos», dice; «nunca para ti causa de dolor 735
 ella será», y a las estigias lagunas ordena que esto oigan.
 Cuando aplacado la diosa se hubo, sus rasgos cobra ella anteriores
 y se hace lo que antes fue: huyen del cuerpo las cerdas,
 los cuernos decrecen, se hace de su luz más estrecho el orbe,
 se contrae su comisura, vuelven sus hombros y manos, 740
 y su pezuña, disipada, se subsume en cinco uñas:
 de la res nada queda a su figura, salvo el blancor en ella,
 y al servicio de sus dos pies la ninfa limitándose
 se yergue, y teme hablar, no a la manera de la novilla
 muja, y tímidamente las palabras interrumpidas reintenta. 745
     Ahora como diosa la honra, celebradísima, la multitud vestida de lino.
 Ahora que Épafo generado fue de la simiente del gran Júpiter por fin
 se cree, y por las ciudades, juntos a los de su madre,
 templos posee.
 

Faetón (I)
 
 Tuvo éste en ánimos un igual, y en años,
 del Sol engendrado, Faetón; al cual, un día, que grandes cosas decía 750
 y que ante él no cedía, de que fuera Febo su padre soberbio,
 no lo soportó el Ináquida y «A tu madre», dice, «todo como demente
 crees y estás henchido de la imagen de un genitor falso».
 Enrojeció Faetón y su ira por el pudor reprimió,
 y llevó a su madre Clímene los insultos de Épafo, 755
 y «Para que más te duelas, mi genetriz», dice, «yo, ese libre,
 ese fiero me callé. Me avergüenza que estos oprobios a nos
 sí decirse han podido, y no se han podido desmentir.
 Mas tú, si es que he sido de celeste estirpe creado,
 dame una señal de tan gran linaje y reclámame al cielo». 760
     Dijo y enredó sus brazos en el materno cuello,
 y por la suya y la cabeza de Mérope y las teas de sus hermanas,
 que le trasmitiera a él, le rogó, signos de su verdadero padre.
 Ambiguo si Clímene por las súplicas de Faetón o por la ira
 movida más del crimen dicho contra ella, ambos brazos al cielo 765
 extendió y mirando hacia las luces del Sol:
 «Por el resplandor este», dice, «de sus rayos coruscos insigne,
 hijo, a ti te juro, que nos oye y que nos ve,
 que de éste tú, al que tú miras, de éste tú, que templa el orbe,
 del Sol, has sido engendrado. Si mentiras digo, niéguese él a ser visto 770
 de mí y sea para los ojos nuestros la luz esta la postrera.
 Y no larga labor es para ti conocer los patrios penates.
 De donde él se levanta la casa es confín a la tierra nuestra:
 si es que te lleva tu ánimo, camina y averígualo de él mismo».
     Brinca al instante, contento después de tales 775
 palabras de la madre suya, Faetón, y concibe éter en su mente,
 y por los etíopes suyos y, puestos bajo los fuegos estelares,
 por los indos atraviesa, y de su padre acude diligente a los ortos.


Libro II

 
Faetón (II)
 
     El real del Sol era, por sus sublimes columnas, alto,
 claro por su rielante oro y, que a las llamas imita, por su piropo,
 cuyo marfil nítido las cúspides supremas cubría;
 de plata sus bivalvas puertas radiaban de su luz.
 A la materia superaba su obra; pues Múlciber allí 5
 las superficies había cincelado, que ciñen sus intermedias tierras,
 y de esas tierras el orbe, y el cielo, que domina el orbe.
 Azules tiene la onda sus dioses: a Tritón el canoro,
 a Proteo el ambiguo, y de las ballenas apretando,
 a Egeón, las inabarcables espaldas con sus brazos, 10
 a Doris y a sus nacidas, de las cuales, parte nadar parece,
 parte, en una mole sentada, sus verdes cabellos secar;
 de un pez remolcarse algunas; su faz no es de todas una misma,
 no distante, aun así, cual decoroso es entre hermanas.
 La tierra hombres y ciudades lleva, y espesuras y fieras 15
 y corrientes y ninfas y los restantes númenes del campo.
 De ello encima, impuesta fue del fulgente cielo la imagen,
 y signos seis en las puertas diestras y otros tantos en las siniestras.
     Adonde, en cuanto por su ascendente senda de Clímene la prole
 llegó y entró de su dudado padre en los techos, 20
 en seguida hacia los patrios rostros lleva sus plantas,
 y se apostó lejos, pues no más cercanas soportaba
 sus luces: de una purpúrea vestidura velado, sentábase
 en el solio Febo, luciente de sus claras esmeraldas.
 A diestra e izquierda el Día y el Mes y el Año, 25
 y los Siglos, y puestas en espacios iguales las Horas,
 y la Primavera nueva estaba, ceñida de floreciente corona,
 estaba desnudo el Verano y coronas de espigas llevaba;
 estaba también el Otoño, de las pisadas uvas sucio,
 y glacial el Invierno, arrecidos sus canos cabellos. 30
 Desde ahí, central según su lugar, por la novedad de las cosas atemorizado
 al joven el Sol con sus ojos, con los que divisa todo, ve,
 y «¿Cuál de tu ruta es la causa? ¿A qué en este recinto», dice, «acudías,
 progenie, Faetón, que tu padre no ha de negar?».
 Él responde: «Oh luz pública del inmenso mundo, 35
 Febo padre, si me das el uso del nombre este
 y Clímene una culpa bajo esa falsa imagen no esconde:
 prendas dame, genitor, por las que verdadera rama tuya
 se me crea y el error arranca del corazón nuestro».
 Había dicho, mas su genitor, alrededor de su cabeza toda rielantes 40
 se quitó los rayos, y más cerca avanzar le ordenó
 y un abrazo dándole: «Tú de que se niegue que eres mío
 digno no eres, y Clímene tus verdaderos» dice «orígenes te ha revelado,
 y para que menos lo dudes, cualquier regalo pide, que,
 pues te lo otorgaré, lo tendrás. De mis promesas testigo sea, 45
 por la que los dioses han de jurar, la laguna desconocida para los ojos nuestros».
 No bien había cesado, los carros le ruega él paternos,
 y, para un día, el mando y gobierno de los alípedes caballos.
     Le pesó el haberlo jurado al padre, el cual, tres y cuatro veces
 sacudiendo su ilustre cabeza: «Temeraria», dijo, 50
 «la voz mía por la tuya se ha hecho. Ojalá mis promesas pudiera
 no conceder. Confieso que sólo esto a ti, mi nacido, te negaría;
 pero disuadirte me es dado: no es tu voluntad segura.
 Grandes pides, Faetón, regalos, y que ni a las fuerzas
 esas convienen ni a tan pueriles años. 55
 La suerte tuya mortal: no es mortal lo que deseas.
 A más incluso de lo que los altísimos alcanzar pueden,
 ignorante, aspiras; aunque pueda a sí mismo cada uno complacerse,
 ninguno, aun así, es capaz de asentarse en el eje
 portador del fuego, yo exceptuado. También el regidor del vasto Olimpo, 60
 que fieros rayos lanza con su terrible diestra,
 no llevará estos carros, y qué que Júpiter mayor tenemos.
     Ardua la primera vía es y con la que apenas de mañana, frescos,
 pugnan los caballos; en medio está la más alta del cielo,
 desde donde el mar y las tierras a mí mismo muchas veces ver 65
 me dé temor, y de pávido espanto tiemble mi pecho;
 la última, inclinada vía es, y precisa de manejo cierto:
 entonces, incluso la que me recibe en sus sometidas olas,
 que yo no caiga de cabeza, Tetis misma, suele temer.
 Añade que de una continua rotación se arrebata el cielo 70
 y sus estrellas altas arrastra y en una rápida órbita las vira.
 Pugno yo en contra, y no el ímpetu que a lo demás a mí me
 vence, y contrario circulo a ese rápido orbe.
 Figúrate que se te han dado los carros. ¿Qué harás? ¿Podrías
 en contra ir de los rotantes polos para que no te arrebate el veloz eje? 75
 Acaso, también, las florestas allí y las ciudades de los dioses
 concibas en tu ánimo que están, y sus santuarios ricos
 en dones. A través de insidias el camino es, y de formas de fieras,
 y aunque tu ruta mantengas y ningún error te arrastre,
 a través, aun así, de los cuernos pasarás del adverso Toro, 80
 y de los hemonios arcos, y la boca del violento León,
 y del que sus salvajes brazos curva en un circuito largo,
 el Escorpión, y del que de otro modo curva sus brazos, el Cangrejo.
 Tampoco mis cuadrípedes, ardidos por los fuegos esos
 que en su pecho tienen, que por su boca y narices exhalan, 85
 a tu alcance gobernar está: apenas a mí me sufren cuando sus agrios
 ánimos se enardecen, y su cerviz rechaza las riendas.
 Mas tú, de que no sea yo para ti el autor de este funesto regalo,
 mi nacido, cuida y, mientras la cosa lo permite, tus votos corrige.
 Claro es que para que de nuestra sangre tú engendrado te creas 90
 unas prendas ciertas pides: te doy unas prendas ciertas temiendo,
 y con el paterno miedo que tu padre soy pruebo. Mira los rostros
 aquí míos, y ojalá tus ojos en mi pecho pudieras
 inserir y dentro desprender los paternos cuidados.
 Y, por último, cuanto tiene el rico cosmos mira en derredor, 95
 y de tantos y tan grandes bienes del cielo y la tierra
 y el mar demanda algo: ninguna negativa sufrirás.
 Te disuado de esto solo, que por verdadero nombre un castigo,
 no un honor es: un castigo, Faetón, en vez de un regalo demandas.
 ¿Por qué mi cuello sostienes, ignorante, con tus blandos brazos? 100
 No lo dudes, se te concederá -las estigias ondas hemos jurado-
 aquello que pidas. Pero tú con más sabiduría pide.
     Había acabado sus advertencias. Sus palabras, aun así, él rechaza
 y su propósito apremia y flagra en el deseo del carro.
 Así pues, lo que podía, su genitor, irresoluto, a los altos 105
 conduce al joven, de Vulcano regalos, carros.
 Áureo el eje era, el timón áureo, áurea la curvatura
 de la extrema rueda, de los radios argénteo el orden.
 Por los yugos unos crisólitos y, puestas en orden, unas gemas,
 claras devolvían sus luces, reverberante, a Febo. 110
 Y mientras de ello, henchido, Faetón se admira y su obra
 escruta, he aquí que vigilante abrió desde el nítido orto
 la Aurora sus purpúreas puertas, y plenos de rosas
 sus atrios. Se dispersan las estrellas, cuyas columnas conduce
 el Lucero, y de su posta del cielo el postrero sale: 115
 al cual cuando buscar las tierras, y que el cosmos enrojecía, vio,
 y los cuernos como desvanecerse de la extrema luna,
 uncir los caballos el Titán impera a las veloces Horas.
 Sus órdenes las diosas rápidas cumplen y, fuego vomitando
 y de jugo de ambrosia saciados, de sus pesebres altos 120
 a los cuadrípedes sacan, y les añaden sus sonantes frenos.
 Entonces el padre la cara de su nacido con una sagrada droga
 tocó y la hizo paciente de la arrebatadora llama
 e impuso a su pelo los rayos, y, présagos del luto,
 de su pecho angustiado reiterando suspiros, dijo: 125
     «Si puedes a estas advertencias al menos obedecer de tu padre,
 sé parco, chico, con las aguijadas, y más fuerte usa las bridas.
 Por sí mismos se apresuran: la labor es inhibirles tal deseo.
 Y no a ti te plazca la ruta, derechos, a través de los cinco arcos.
 Cortada en oblicuo hay, de ancha curvatura, una senda, 130
 y, con la frontera de tres zonas contentándose, del polo
 rehúye austral y, vecina a los aquilones, de la Osa.
 Por aquí sea tu camino: manifiestas de mi rueda las huellas divisarás;
 y para que soporten los justos el cielo y la tierra calores,
 ni hundas ni yergas por los extremos del éter el carro. 135
 Más alto pasando los celestes techos quemarás,
 más bajo, las tierras: por el medio segurísimo irás.
 Tampoco a ti la más diestra te decline hacia la torcida Serpiente,
 ni tu más siniestra rueda te lleve, hundido, al Ara.
 Entre ambos manténte. A la Fortuna lo demás encomiendo, 140
 la cual te ayude, y que mejor que tú por ti vele, deseo.
 Mientras hablo, puestas en el vespertino litoral, sus metas
 la húmeda noche ha tocado; no es la demora libre para nos.
 Se nos reclama, y fulge, las tinieblas ahuyentadas, la Aurora.
 Coge en la mano las riendas, o, si un mudable pecho 145
 es el tuyo, los consejos, no los carros usa nuestros.
 Mientras puedes y en unas sólidas sedes todavía estás,
 y mientras, mal deseados, todavía no pisas, ignorándolos, mis ejes,
 las que tú seguro contemples, déjame dar, las luces a las tierras».
     Ocupa él con su juvenil cuerpo el leve carro 150
 y se aposta encima, y de que a sus manos las leves riendas hayan tocado
 se goza, y las gracias da de ello a su contrariado padre.
 Entre tanto, voladores, Pirois, y Eoo y Eton,
 del Sol los caballos, y el cuarto, Flegonte, con sus relinchos llameantes
 las auras llenan y con sus pies las barreras baten. 155
 Las cuales, después de que Tetis, de los hados ignorante de su nieto,
 retiró, y hecha les fue provisión del inmenso cielo,
 cogen la ruta y sus pies por el aire moviendo
 a ellos opuestas hienden las nubes, y con sus plumas levitando
 atrás dejan, nacidos de esas mismas partes, a los Euros. 160
 Pero leve el peso era y no el que conocer pudieran
 del Sol los caballos, y de su acostumbrado peso el yugo carecía,
 y como se escoran, curvas, sin su justo peso las naves,
 y por el mar, inestables por su excesiva ligereza, vanse,
 así, de su carga acostumbrada vacío, da en el aire saltos 165
 y es sacudido hondamente, y semejante es el carro a uno inane.
     Lo cual en cuanto sintieron, se lanzan, y el trillado espacio
 abandonan los cuadríyugos, y no en el que antes orden corren.
 Él se asusta, y no por dónde dobla las riendas a él encomendadas,
 ni sabe por dónde sea el camino, ni si lo supiera se lo imperaría a ellos. 170
 Entonces por primera vez con rayos se calentaron los helados Triones
 y, vedada, en vano intentaron en la superficie bañarse,
 y la que puesta está al polo glacial próxima, la Serpiente,
 del frío yerta antes y no espantable para nadie,
 se calentó y tomó nuevas con esos hervores unas iras. 175
 Tú también que turbado huiste cuentan, Boyero,
 aunque tardo eras y tus carretas a ti te retenían.
 Pero cuando desde el supremo éter contempló las tierras
 el infeliz Faetón, que a lo hondo, y a lo hondo, yacían,
 palideció y sus rodillas se estremecieron del súbito temor, 180
 y le fueron a sus ojos tinieblas en medio de tanta luz brotadas,
 y ya quisiera los caballos nunca haber tocado paternos,
 ya de haber conocido su linaje le pesa, y de haber prevalecido en su ruego.
 Ya, de Mérope decirse deseando, igual es arrastrado que un pino
 llevado por el vertiginoso bóreas, al que vencidos sus frenos 185
 ha soltado su propio regidor, y al que a los dioses y a los rezos ha abandonado.
 ¿Qué haría? Mucho cielo a sus espaldas ha dejado;
 ante sus ojos más hay. Con el ánimo mide los dos;
 y, ya, los que su hado alcanzar no es,
 delante mira los ocasos; a las veces detrás mira los ortos, 190
 y, de qué hacer ignorante, suspendido está, y ni los frenos suelta
 ni de retenerlos es capaz, ni los nombres conoce de los caballos.
 Esparcidas también en el variado cielo por todos lados maravillas,
 y ve, tembloroso, los simulacros de las vastas fieras.
 Hay un lugar, donde en gemelos arcos sus brazos concava 195
 el Escorpión, y con su cola, y dobladas a ambos lados sus pinzas,
 alarga en espacio los miembros de sus dos signos:
 a éste el muchacho, cuando, húmedo del sudor de su negro veneno,
 y heridas amenazando con su curvada cúspide, ve,
 de la razón privado por el helado espanto las bridas soltó. 200
 Las cuales, después de que tocaron postradas lo alto de sus espaldas,
 se desorbitan los caballos y, nadie reteniéndolos, por las auras
 de una ignota región van, y por donde su ímpetu les lleva,
 por allá sin ley se lanzan, y bajo el alto éter se precipitan
 contra las fijas estrellas y arrebatan por lo inaccesible el carro, 205
 y ya lo más alto buscan, ya en pendiente y por rutas
 vertiginosas a un espacio a la tierra más cercano vanse,
 y de que más bajo que los suyos corran los fraternos caballos
 la Luna se admira, y abrasadas las nubes humean.
     Se prende en llamas, según lo que está más alto, la tierra, 210
 y hendida produce grietas, y de sus jugos privada se deseca.
 Los pastos canecen, con sus frondas se quema el árbol,
 y materia presta para su propia perdición el sembrado árido.
     De poco me quejo: grandes perecen, con sus murallas, ciudades,
 y con sus pueblos los incendios a enteras naciones 215
 en ceniza tornan; las espesuras con sus montes arden,
 arde el Atos y el Tauro cílice y el Tmolo y el Oete
 y, entonces seco, antes abundantísimo de fontanas, el Ide,
 y el virgíneo Helicón y todavía no de Eagro el Hemo.
 Arde a lo inmenso con geminados fuegos el Etna 220
 y el Parnaso bicéfalo y el Érix y el Cinto y el Otris
 y, que por fin de nieves carecería, el Ródope, y el Mimas
 y el Díndima y el Mícale y nacido para lo sagrado el Citerón,
 y no le aprovechan a Escitia sus fríos: el Cáucaso arde
 y el Osa con el Pindo y mayor que ambos el Olimpo, 225
 y los aéreos Alpes y el nubífero Apenino.
     Entonces en verdad Faetón por todas partes el orbe
 mira incendiado, y no soporta tan grandes calores,
 e hirvientes auras, como de una fragua profunda,
 con la boca atrae, y los carros suyos encandecerse siente; 230
 y no ya las cenizas, y de ellas arrojada la brasa,
 soportar puede, y envuelto está por todos lados de caliente humo,
 y a dónde vaya o dónde esté, por una calina como de pez cubierto,
 no sabe, y al arbitrio de los voladores caballos es arrebatado.
 De su sangre, entonces, creen, al exterior de sus cuerpos llamada, 235
 que los pueblos de los etíopes trajeron su negro color.
 Entonces se hizo Libia, arrebatados sus humores con ese bullir,
 árida, entonces las ninfas, con sueltos cabellos, a sus fontanas
 y lagos lloraron: busca Beocia a su Dirce,
 Argos a Amímone, Éfire a las pirénidas ondas. 240
 Y tampoco las corrientes, las agraciadas con riberas distantes de lugar,
 seguras permanecen: en mitad el Tanais humeaba de sus ondas,
 y también Peneo el viejo y el teutranteo Caíco
 y el veloz Ismeno con el fegíaco Erimanto
 y el que habría de arder de nuevo, el Janto, y el flavo Licormas 245
 y el que juega, el Meandro, entre sus recurvadas ondas,
 y el migdonio Melas y el tenario Eurotas.
 Ardió también el Eufrates babilonio, ardió el Orontes
 y el Termodonte raudo y el Ganges y el Fasis y el Histro.
 Bulle el Alfeo, las riberas del Esperquío arden, 250
 y el que en su caudal el Tajo lleva, fluye, por los fuegos, el oro,
 y las que frecuentaban con su canción las meonias riberas,
 sus fluviales aves, se caldean en mitad del Caístro.
 El Nilo al extremo huye, aterrorizado, del orbe,
 y se tapó la cabeza, que todavía está escondida; sus siete embocaduras, 255
 polvorientas, están vacías, siete, sin su corriente, valles.
 El azar mismo los ismarios Hebro y Estrimón seca,
 y los Vespertinos caudales del Rin, el Ródano y el Po,
 y al que fue de todas las cosas prometido el poder, al Tíber.
     Saltó en pedazos todo el suelo y penetra en los Tártaros por las grietas 260
 la luz, y aterra, con su esposa, al infernal rey;
 y el mar se contrae, y es un llano de seca arena
 lo que poco antes ponto era, y, los que alta cubría la superficie,
 sobresalen esos montes y las esparcidas Cícladas ellos acrecen.
 Lo profundo buscan los peces y no sobre las superficies, curvos, 265
 a elevarse se atreven los delfines hacia sus acostumbradas auras;
 los cuerpos de las focas, de espaldas sobre lo extremo del profundo,
 exánimes, nadan; el mismo incluso Nereo, fama es,
 y Doris y sus nacidas, que se ocultaron bajo tibias cavernas.
 Tres veces Neptuno, de las aguas, sus brazos con torvo semblante 270
 a extraer se atrevió, tres veces no soportó del aire los fuegos.
 La nutricia Tierra, aun así, como estaba circundada de ponto,
 entre las aguas del piélago y, contraídas por todos lados, sus fontanas,
 que se habían escondido en las vísceras de su opaca madre,
 sostuvo hasta el cuello, árida, su devastado rostro 275
 y opuso su mano a su frente, y con un gran temblor
 todo sacudiendo, un poco se asentó y más abajo
 de lo que suele estar quedó, y así con seca voz habló:
 «Si te place esto y lo he merecido, ¿a qué, oh, tus rayos cesan,
 supremo de los dioses? Pueda la que ha de perecer por las fuerzas del fuego, 280
 por el fuego perecer tuyo, y su calamidad por su autor aliviar.
 Apenas yo, ciertamente, mis fauces para estas mismas palabras libero»
 -le oprimía la boca el vapor- «quemados, ay, mira mis cabellos,
 y en mis ojos tanta, tanta sobre mi cara brasa.
 ¿Estos frutos a mí, este premio de mi fertilidad 285
 y de mi servicio me devuelves, porque las heridas del combado arado
 y de los rastrillos soporto, y todo se me hostiga el año,
 porque al ganado frondas, y alimentos tiernos, los granos,
 al humano género, a vosotros también inciensos, suministro?
 Pero aun así, este final pon que yo he merecido ¿Qué las ondas, 290
 qué ha merecido tu hermano? ¿Por qué, a él entregadas en suerte,
 las superficies decrecen y del éter más lejos se marchan?
 Y si ni la de tu hermano, ni a ti mi gracia te conmueve,
 mas del cielo compadécete tuyo. Mira a ambos lados:
 humea uno y otro polo, los cuales si viciara el fuego, 295
 los atrios vuestros se desplomarán. Atlante, ay, mismo padece,
 y apenas en sus hombros candente sostiene el eje.
 Si los estrechos, si las tierras perecen, si el real del cielo:
 en el caos antiguo nos confundimos. Arrebata a las llamas
 cuanto todavía quede y vela por la suma de las cosas». 300
     Había dicho esto la Tierra, puesto que ni tolerar el vapor
 más allá pudo ni decir más, y la boca
 suya se devolvió a sí misma, y a sus cavernas a los manes más cercanas.
     Mas el padre omnipotente, los altísimos poniendo por testigos y a aquél mismo
 que había dado sus carros, de que, si ayuda él no prestara, todas las cosas de un hado 305
 desaparecerían grave, acude, arduo, al supremo recinto
 desde donde suele las nubes congregar sobre las anchas tierras,
 desde donde mueve los truenos, y sus blandidos rayos lanza.
 Pero ni las que pudiera sobre las tierras congregar, nubes
 entonces tuvo, ni las que del cielo mandara, lluvias: 310
 truena, y balanceando un rayo desde su diestra oreja
 lo mandó al auriga y, al par, de su aliento y de sus ruedas
 lo expelió, y apacentó con salvajes fuegos los fuegos.
 Constérnanse los caballos, y un salto dando en contrario
 sus cuellos del yugo arrebatan, y sus rotas correas abandonan: 315
 por allí los frenos yacen, por allí, del timón arrancado,
 el eje, en esta parte los radios de las quebradas ruedas,
 y esparcidos quedan anchamente los vestigios del lacerado carro.
     Mas Faetón, con llama devastándole sus rútilos cabellos,
 rodando cae en picado, y en un largo trecho por los aires 320
 va, como a las veces desde el cielo una estrella, sereno,
 aunque no ha caído, puede que ha caído parecer.
 Al cual, lejos de su patria, en el opuesto orbe, el máximo
 Erídano lo recibió, y le lavó, humeante, la cara.
 Las náyades Vespertinas, por la trífida llama humeante, 325
 su cuerpo dan a un túmulo, e inscriben también con esta canción la roca:
 AQUÍ · SITO · QUEDA · FAETÓN · DEL · CARRO · AURIGA · PATERNO
 QUE · SI · NO · LO · DOMINÓ · AUN · ASÍ · SUCUMBIÓ · A · UNAS · GRANDES · OSADÍAS
     Pues su padre, cubiertos por su luto afligido, digno de compasión,
 había escondido sus semblantes, y si es que lo creemos, que un único 330
 día pasó sin sol refieren; los incendios luz
 prestaban, y algún uso hubo en el mal aquel.


Clímene
 
 Mas Clímene, después de que dijo cuanto hubo
 en tan grandes males de ser dicho, lúgubre y amente,
 y rasgándose los senos, todo registró el orbe, 335
 y sus exánimes miembros primero, luego sus huesos buscando,
 los halló, aunque huesos, en una peregrina ribera escondidos.
 Y se postró en ese lugar, y su nombre, en el mármol leído,
 regó de lágrimas, y con su abierto pecho lo calentó.
 

Las Helíades
 
     Y no menos las Helíades le plañen y, inanes ofrendas 340
 a la muerte, le dan lágrimas, e hiriéndose los pechos con sus palmas,
 a quien no oiría sus tristes quejas, a Faetón,
 noche y día llaman y se prosternan al sepulcro.
 La luna cuatro veces había llenado, juntos sus cuernos, su orbe:
 ellas, con la costumbre suya -pues costumbre lo hiciera el uso-, 345
 sus golpes de duelo se habían dado; de las cuales Faetusa, de las hermanas
 la mayor, cuando quisiera en tierra postrarse, se quejó
 de que rigentes estaban sus pies, a la cual intentando llegarse
 la cándida Lampetie, por una súbita raíz retenida fue;
 la tercera, cuando con las manos su pelo a desgarrar se disponía, 350
 arranca frondas; ésta, de que un tronco sus piernas retiene,
 aquélla se duele de que se han hecho sus brazos largas ramas;
 y mientras de ello se admiran, se abraza a sus ingles una corteza
 y por sus plantas, útero y pecho y hombros y manos,
 las rodea, y restaban sólo sus bocas llamando a su madre. 355
 ¿Qué iba a hacer su madre, sino, adonde la trae su ímpetu a ella,
 para acá ir y para allá, y, mientras puede, su boca unirles?
 No bastante es: de los troncos arrancar sus cuerpos intenta,
 y tiernas con sus manos sus ramas rompe; mas de ahí
 sanguíneas manan, como de una herida, gotas. 360
 «Cesa, te lo suplico, madre», aquélla que es herida grita,
 «cesa, te lo suplico: se lacera en el árbol nuestro cuerpo.
 Y ya adiós...». La corteza a sus palabras postreras llega.
 Después fluyen lágrimas, y, destilados, con el sol se endurecen,
 de sus ramas nuevas, electros, los cuales el lúcido caudal 365
 recibe, y a las nueras los manda, para que los lleven, latinas.
 

Cigno
 
     Asistió a este prodigio, prole de Esténelo, Cigno,
 el cual a ti, aunque por la sangre materna unido,
 en la mente aun así, Faetón, más cercano estaba. Él, tras abandonar
 -pues de los lígures los pueblos y sus grandes ciudades regía- 370
 su gobierno, las riberas verdes y el caudal Erídano
 de sus quejas había llenado, y la espesura, por sus hermanas acrecida;
 cuando su voz se adelgazó para la de un hombre, y canas plumas
 sus cabellos disimulan, y el cuello del pecho lejos
 se extiende, y sus dedos rojecientes liga una unión, 375
 un ala su costado vela, tiene su cara, sin punta, un pico.
 Se vuelve nueva Cigno una ave, y no él al cielo y a Júpiter
 se confía, como acordado del fuego injustamente enviado desde él;
 a los pantanos acude y a los anchurosos lagos, y el fuego odiando,
 las que honrara eligió, contrarias a las llamas, las corrientes. 380
     Demacrado entre tanto el genitor de Faetón, y privado
 él de su propio decor, con tal orbe cual cuando falta
 estar suele, la luz odia y a sí mismo él, y al día,
 y da su ánimo a los lutos, y a los lutos añade ira,
 y su servicio niega al cosmos. «Bastante», dice, «desde los principios 385
 del tiempo la suerte mía ha sido irrequieta, y me pesa
 de estos, cumplidos sin fin por mí, sin honor, trabajos.
 Cualquier otro lleve, portadores de las luces, los carros.
 Si nadie hay y todos los dioses que no pueden confiesan,
 que él mismo los lleve, para que al menos mientras prueba nuestras riendas, 390
 los que han de orfanar a los padres, alguna vez los rayos suelte.
 Entonces sabrá, las fuerzas experimentando de los caballos de pies de fuego,
 que no merecía la muerte quien no bien los gobernara a ellos».
 Al que tal decía circundan, al Sol, todos
 los númenes, y que no quiera las tinieblas congregar sobre las cosas 395
 con suplicante voz ruegan; sus enviados fuegos también Júpiter
 excusa, y a sus súplicas amenazas, regiamente, añade.
 Reúne amentes y todavía de terror espantados
 Febo los caballos, y con la aguijada, doliente, y el látigo se encona
 -pues enconado está- y de su nacido les acusa e imputa a ellos. 400
 

Júpiter y Calisto
 
     Mas el padre omnipotente las ingentes murallas del cielo
 rodea y que no haya algo vacilante, por las fuerzas del fuego
 derruido, explora. Las cuales, después de que firmes y con su reciedumbre
 propia que están ve, las tierras y los trabajos de los hombres
 indaga. El de la Arcadia suya, aun así, es su más precioso 405
 cuidado, y sus fontanas y, las que todavía no osaban bajar,
 sus corrientes restituye, da a la tierra gramas, frondas
 a los árboles, y ordena retoñar, lastimadas, a las espesuras.
 Mientras vuelve y va incesante, en una virgen nonacrina
 quedó prendido, y encajados caldearon bajo sus huesos unos fuegos. 410
 No era de ella obra la lana mullir tirando,
 ni de disposición variar los cabellos: cuando un broche su vestido,
 una cinta sujetara blanca sus descuidados cabellos,
 y ora en la mano una leve jabalina, ora tomara el arco,
 un soldado era de Febe, y no al Ménalo alcanzó alguna 415
 más grata que ella a Trivia. Pero ninguna potencia larga es.
     Más allá de medio su espacio el sol alto ocupaba,
 cuando alcanza ella un bosque que ninguna edad había cortado.
 Despojó aquí su hombro de su aljaba y los flexibles arcos
 destensó, y en el suelo, que cubriera la hierba, yacía, 420
 y su pinta aljaba, con su cuello puesto, hundía.
 Júpiter cuando la vio, cansada y de custodia libre:
 «Este hurto, ciertamente, la esposa mía no sabrá», dice,
 «o si lo vuelve a saber, son, oh, son unas disputas por tanto...».
 Al punto se viste de la faz y el culto de Diana 425
 y dice: «Oh, de las acompañantes mías, virgen, parte única,
 ¿en qué sierras has cazado?». Del césped la virgen
 se eleva y: «Salud, numen a mi juicio», dijo,
 «aunque lo oiga él mismo, mayor que Júpiter». Ríe y oye,
 y de que a él, a sí mismo, se prefiera se goza y besos le une 430
 ni moderados bastante, ni que así una virgen deba dar.
 En qué espesura cazado hubiera a la que a narrar se disponía,
 la impide él con su abrazo, y no sin crimen se delata.
 Ella, ciertamente, en contra, cuanto, sólo una mujer, pudiera
 -ojalá lo contemplaras, Saturnia, más compasiva serías-, 435
 ella, ciertamente, lucha, pero ¿a quién vencer una muchacha,
 o quién a Júpiter podría? Al éter de los altísimos acude vencedor
 Júpiter: para ella causa de odio el bosque es y la cómplice espesura,
 de donde, su pie al retirar, casi se olvidó de coger
 su aljaba con las flechas y, que había suspendido, su arco. 440
     He aquí que de su coro acompañada Dictina por el alto
 Ménalo entrando, y de su matanza orgullosa de fieras,
 la vio a ella y vista la llama: llamada ella rehúye
 y temió a lo primero que Júpiter estuviera en ella,
 pero después de que al par a las ninfas avanzar vio, 445
 sintió que no había engaños y al número accedió de ellas.
 Ay, qué difícil es el crimen no delatar con el rostro.
 Apenas los ojos levanta de la tierra, y no, como antes solía,
 junta de la diosa al costado está, ni de todo es el grupo la primera,
 sino que calla y da signos con su rubor de su lastimado pudor 450
 y, salvo porque virgen es, podría sentir Diana
 en mil señales su culpa -las ninfas que lo notaron refieren-.
 En su orbe noveno resurgían de la luna cuernos,
 cuando la diosa, de la cacería bajo las fraternas llamas lánguida,
 alcanzado había un bosque helado desde el que con su murmullo bajando 455
 iba, y sus trilladas arenas viraba un río;
 cuando esos lugares alabó, lo alto con el pie tocó de sus ondas.
 Ellas también alabadas, «Lejos queda», dijo, «árbitro todo;
 desnudos, sumergidos en las linfas bañemos nuestros cuerpos».
 La Parráside rojeció; todas sus velos dejan; 460
 una demoras busca; a la que dudaba su vestido quitado le es,
 el cual dejado, se hizo patente, con su desnudo cuerpo, su delito.
 A ella, atónita, y con sus manos el útero esconder queriendo:
 «Vete lejos de aquí», le dijo Cintia, «y estas sagradas fontanas
 no mancilles», y de su unión le ordenó separarse. 465
     Había sentido esto hacía tiempo la matrona del gran Tonante,
 y había diferido, graves, hasta idóneos tiempos los castigos.
 Causa de demora ninguna hay, y ya el niño Árcade -esto mismo
 dolió a Juno- había de su rival nacido.
 Al cual nada más volvió su salvaje mente junto con su luz: 470
 «Claro es que esto también restaba, adúltera», dijo,
 «que fecunda fueras y se hiciera tu injuria por tu parto
 conocida y del Júpiter mío testimoniado el desdoro fuera.
 No impunemente lo harás, puesto que te arrancaré a ti la figura
 en la que a ti misma, y en la que complaces, importuna, a nuestro marido», 475
 dijo, y de su frente, a ella opuesta, prendiéndole los cabellos,
 la postra en el suelo de bruces; tendía sus brazos suplicantes:
 sus brazos empezaron a erizarse de negros vellos
 y a curvarse sus manos y a crecer en combadas uñas
 y el servicio de los pies a cumplir, y alabada un día 480
 su cara por Júpiter, a hacerse deforme en una ancha comisura,
 y para que sus súplicas los ánimos, y sus palabras suplicantes, no dobleguen,
 el poder hablar le es arrebatado: una voz iracunda y amenazante
 y llena de terror de su ronca garganta sale.
 Su mente antigua le queda -también permaneció en la osa hecha-, 485
 y con su asiduo gemido atestiguando sus dolores,
 cuales ellas son, sus manos al cielo y a las estrellas alza,
 e ingrato a Júpiter, aunque no pueda decirlo, siente.
 Ay, cuántas veces, no osando descansar en la sola espesura,
 delante de su casa y, otro tiempo suyos, vagó por los campos. 490
 Ay, cuántas veces por las rocas los ladridos de los perros la llevaron,
 y la cazadora, por el miedo de los cazadores aterrada, huyó.
 Muchas veces fieras se escondió al ver, olvidada de qué era,
 y, la osa, de ver en los montes osos se horrorizó,
 y temió a los lobos, aunque su padre estuviese entre ellos. 495
     He aquí que su prole, desconocedor de su Licaonia madre,
 Árcade, llega, por tercera vez sus quintos casi cumpleaños pasados,
 y mientras fieras persigue, mientras los sotos elige aptos
 y de nodosas mallas las espesuras del Erimanto rodea,
 cae sobre su madre, la cual se detuvo Árcade al ver 500
 y como aquella que lo conociera se quedó. Él rehúye,
 y de quien inmóviles sus ojos en él sin fin tenía
 sin saber tuvo miedo y a quien más cerca avanzar ansiaba
 hubiera atravesado el pecho con una heridora flecha.
 Lo evitó el omnipotente, y al par a ellos y su abominación 505
 contuvo, y, al par, arrebatados por el vacío merced al viento,
 los impuso en el cielo, y vecinas estrellas los hizo.
     Se inflamó Juno después que entre las estrellas su rival
 fulgió, y hasta la cana Tetis descendió a las superficies,
 y al Océano viejo, cuya reverencia conmueve 510
 a menudo a los dioses, y a aquéllos que la causa de su ruta preguntaban, empieza:
 «¿Preguntáis por qué, reina de los dioses, de las etéreas
 sedes aquí vengo? En vez de mí tiene otra el cielo.
 Miento si cuando oscuro la noche haya hecho el orbe,
 recién honoradas -mis heridas- con el supremo cielo, 515
 no vierais unas estrellas allí, donde el círculo último,
 por su espacio el más breve, el eje postrero rodea.
 ¿Hay en verdad razón por que alguien a Juno herir no quiera,
 y ofendida le trema, la que sola beneficio daño haciendo?
 ¡Oh, yo, qué cosa grande he hecho! ¡Cuán vasta la potencia nuestra es! 520
 Ser humana le veté: hecho se ha diosa. Así yo los castigos
 a los culpables impongo, así es mi gran potestad.
 Que le reclame su antigua hermosura y los rasgos ferinos
 le detraiga, lo cual antes en la argólica Forónide hizo.
 ¿Por qué no también, echada Juno, se la lleva 525
 y la coloca en mi tálamo y por suegro a Licaón toma?
 Mas vosotros, si os mueve el desprecio de vuestra herida ahijada,
 del abismo azul prohibid a los Siete Triones,
 y esas estrellas, en el cielo en pago de un estupro recibidas,
 rechazad, para que no se bañe en la superficie pura una rival». 530
     Los dioses del mar habían asentido: en su manejable carro la Saturnia
 ingresa en el fluente éter con sus pavones pintados.
 

El cuervo
 
     Tan recién pintados sus pavones del asesinado Argos,
 como tú recientemente fuiste, cuando cándido antes fueras,
 cuervo locuaz, en alas vuelto súbitamente ennegrecidas. 535
 Pues fue ésta un día, por sus níveas alas plateada
 un ave, como para igualar, todas sin fallo, a las palomas,
 y a los que salvarían los Capitolios con su vigilante voz
 no ceder, a los ánsares, ni amante de las corrientes al cisne.
 Su lengua fue su perdición, la lengua haciendo esa, locuaz, 540
 que el color que blanco era, ahora es contrario al blanco.
 

Apolo y Coronis (I)
 
     Más bella en ella toda que la larísea Coronis
 no la hubo, en la Hemonia: te agradó a ti, Délfico, ciertamente,
 mientras o casta fue, o inobservada, pero el ave
 de Febo sintió el adulterio, y para descubrir 545
 la culpa escondida, no exorable delator,
 hacia su señor tomaba el camino;
 

La corneja; Nictímene
 
 al cual, gárrula, moviendo
 sus alas, le sigue, para averiguarlo todo, la corneja,
 y oída de su ruta la causa: «No útil coges»,
 dice, «un camino: no desprecia los presagios de mi lengua. 550
 Qué fuera yo y qué sea, mira, y el mérito pregunta.
 Encontrarás que daño me hizo mi lealtad. Pues en cierto tiempo
 Palas a Erictonio, prole sin madre creada,
 había encerrado, tejida de acteo mimbre, en una cesta,
 

Las hijas de Cécrope
 
 y a vírgenes tres, del geminado Cécrope nacidas, 555
 con la ley lo había entregado, de que sus secretos no vieran.
 Escondida en su fronda leve oteaba yo desde un denso olmo
 qué hacían: sus cometidos dos sin fraude guardan,
 Pándrosos y Herse; miedosas llama sola a sus hermanas
 Áglauros y los nudos con su mano separa, y dentro 560
 al pequeño ven y, al lado tendido, un dragón.
 Los hechos a la diosa refiero, a cambio de lo cual a mí gracia tal
 se me devuelve, que se me dice de la guardia expulsada de Minerva,
 y se me pone por detrás del ave de la noche. Mi castigo a las aves
 advertir puede de que con su voz peligros no busquen. 565
 Mas, pienso, no voluntariamente ni que algo tal pedía
 a mí acudió. Lo puedes a la misma Palas preguntar:
 aunque furiosa está, no esto furiosa negará.
 Pues a mí en la focaica tierra el claro Coroneo
 -cosas conocidas digo- me engendró, y había sido yo una regia virgen 570
 y por ricos pretendientes -no me desprecia- era pretendida.
 Mi hermosura me dañó: pues, cuando por los litorales con lentos
 pasos, como suelo, paseaba por encima de la arena,
 me vio y se encendió del piélago el dios, y como suplicando
 con blandas palabras tiempos inanes consumió, 575
 la fuerza dispone y me persigue; huyo y denso dejo
 el litoral, y en la mullida arena me fatigo en vano.
 Después a dioses y hombres llamo, y no alcanza la voz
 mía a mortal alguno: se conmovió por una virgen la virgen
 y auxilio me ofreció. Tendía los brazos al cielo: 580
 mis brazos empezaron de leves plumas a negrecer;
 por rechazar de mis hombros esa veste pugnaba, mas ella
 pluma era y en mi piel raíces había hecho hondas;
 golpes de duelo dar en mis desnudos pechos intentaba con mis palmas,
 pero ni ya palmas ni pechos desnudos llevaba; 585
 corría, y no como antes mis pies retenía la arena,
 sino que de lo alto de la tierra me elevaba; luego, llevada por las auras
 avanzo y dada soy, inculpada, de acompañante, a Minerva.
 ¿De qué, aun así, esto me sirve, si, hecha ave por un siniestro
 crimen, Nictímene nos sucedió en el honor nuestro? 590
 ¿O acaso la que cosa es por toda Lesbos conocidísima,
 no oída por ti ha sido, de que profanó el dormitorio patrio
 Nictímene? Ave ella, ciertamente, pero sabedora de su culpa,
 de la vista y la luz huye, y en las tinieblas su pudor
 esconde y, a una, expulsada es del éter todo». 595
 

Apolo y Coronis (II)
     
     A quien tal decía: «Para tu mal», dice el cuervo,
 «las disuasiones estas sean, suplico yo: nos el vano agüero despreciamos»,
 y no suelta emprendido el camino y a su dueño, que yaciendo
 ella con un joven hemonio había visto, a Coronis, narra.
 La láurea se resbaló, oído el crimen, al amante, 600
 y al par su expresión, del dios, y su plectro y su color,
 se desprendió, y según su ánimo hervía de henchida ira,
 sus armas acostumbradas coge y, doblado por sus cuernos, el arco
 tiende, y aquellos, tantas veces con su pecho unidos,
 con una inevitada flecha atravesó, sus pechos. 605
 Golpeada dio un gemido, y al ser sacado de su cuerpo el hierro
 sus cándidos miembros regó de crúor carmesí,
 y dijo: «Pude mis castigos a ti, Febo, haber cumplido,
 pero haber parido antes. Dos ahora moriremos en una».
 Hasta aquí, y al par su vida con su sangre vertió. 610
 A su cuerpo, inane de aliento, un frío letal siguió.
     Le pesa, ay, tarde de su castigo cruel al amante,
 y a sí mismo, porque oyera, porque así ardiera se odia;
 odia al ave por la cual el crimen y la causa de su dolor
 a saber obligado fue, y no menos su arco y su mano odia, 615
 y, con su mano, temerarios dardos, las saetas,
 y a la abatida conforta, y con tardía ayuda por vencer esos hados
 pugna, y médicas ejerce inanemente sus artes.
 Lo cual, después de que en vano intentarse, y la hoguera aprestarse
 sintió, y que arderían en los supremos fuegos sus miembros, 620
 entonces en verdad gemidos -puesto que no las celestes caras
 bañarse pueden en lágrimas-, de su alto corazón acudidos,
 emitió, no de otro modo que cuando, viéndolo la novilla,
 de su lactante becerrito, balanceado desde la diestra oreja,
 las sienes cóncavas destrozó el mazo con un claro golpe. 625
 Aun así, cuando ingratos sobre sus pechos derramó los olores
 y le dio abrazos, y con lo injustamente justo cumplió,
 no soportó Febo que a las cenizas mismas cayeran
 sus simientes, sino a su nacido de las llamas y del útero de su madre
 arrebató, y del geminado Quirón lo llevó a la caverna, 630
 y al que esperaba para sí los premios de su no falsa lengua,
 entre las aves blancas vetó asentarse, al cuervo.


Ocírroe
 
     El mediofiera, entre tanto, de su ahijado de divina estirpe
 alegre estaba y, mezclado a su carga, se gozaba del honor.
 He aquí que llega, protegiendo sus hombros con sus rútilos cabellos, 635
 la hija del Centauro, a la que un día la ninfa Cariclo,
 en las riberas de una corriente arrebatadora por haberla parido, llamó
 Ocírroe; no ella con haber aprendido las artes paternas
 se contentó: de los hados los arcanos cantaba.
 Así pues, cuando los vatícinos furores concibió en su mente, 640
 y se enardeció del dios que encerrado en su pecho tenía,
 miró al pequeño y: «Para todo el orbe saludador,
 crece, niño», dijo, «a ti los mortales cuerpos muchas veces
 se deberán; los alientos arrancados para ti devolver
 lícito será, y habiendo esto osado tú una sola vez, por la indignación de los dioses, 645
 poder concederlo de nuevo tu llama atávica te prohibirá,
 y, de dios, cuerpo exangüe te volverás, y dios
 quien poco antes cuerpo eras, y dos veces tus hados renovarás.
 Tú también, querido padre, ahora inmortal, y para que
 por las edades todas permanezcas, según la ley de tu nacimiento creado, 650
 poder morir desearás entonces, cuando seas torturado por la sangre
 de una siniestra serpiente, a través de tus heridos miembros recibida,
 y a ti, de eterno, sufridor de la muerte las divinidades
 te harán, y las tríplices diosas tus hilos desatarán».
 Restaba a los hados algo: suspira desde sus hondos 655
 pechos y lágrimas por sus mejillas resbalan brotadas,
 y así: «Se me anticipan», dijo, «a mí mis hados y se me impide
 más decir, y de la voz mía se antecierra el uso.
 No hubieran sido estas artes tan valiosas que del numen la ira
 me contrajeran: preferiría desconocer lo futuro. 660
 Ya a mí sustraérseme la faz humana parece,
 ya por alimento la hierba me place, ya de correr por los anchos llanos
 el ímpetu tengo: en yegua y a mí emparentados cuerpos me vuelvo.
 ¿Toda, aun así, por qué? El padre es mío en verdad biforme».
 A la que tal decía la parte fuele extrema de su queja 665
 entendida poco, y confusas sus palabras fueron.
 Pronto ni palabras siquiera, ni de yegua, el sonido aquel parece,
 sino del que imitara a una yegua, y en pequeño tiempo ciertos
 relinchos emitió, y sus brazos movió a las hierbas.
 Entonces sus dedos se unen y quíntuples enlaza sus uñas, 670
 de perpetuo cuerno, un leve casco, crece también de su cara
 y su cuello el espacio, la parte máxima de su largo manto
 cola se hace, y según vagos los cabellos por su cuello yacían,
 en diestras crines acaban, y al par renovada fue
 su voz y su faz: nombre también esos prodigios le dieron. 675
 

Mercurio y Bato
 
     Lloraba, y la ayuda tuya en vano de Fíliras el héroe,
 Délfico, demandaba. Pues ni rescindir las órdenes
 del gran Júpiter podías ni, si rescindirlas pudieras,
 entonces allí estabas: la Élide y los mesenios campos honrabas.
 Aquel era el tiempo en el que a ti una pastoril piel 680
 te cubrió y carga fue un báculo silvestre de tu siniestra,
 de la otra, dispar de sus septenas cañas, la flauta;
 y mientras el amor es tu cuidado, mientras a ti tu flauta te calma,
 incustodiadas se recuerdan tus reses que en los campos
 se adentraron de Pilos. Las ve de la Atlántide Maya 685
 el nacido, y con el arte suya en las espesuras las oculta sustraídas.
 Sintiera este hurto nadie, salvo, conocido en aquel
 campo, un anciano: Bato la vecindad toda le llamaban.
 Él los sotos y los herbosos pastos del rico Neleo
 y las greyes de sus nobles yeguas como custodio guardaba. 690
 De él temió, y con blanda mano lo apartó, y a él:
 «Quien quiera que eres, huésped», dice, «si acaso las manadas
 buscara estas alguien, haberlas visto niega, y por que no con gracia ninguna
 tu acción se recompense: toma de premios esta nítida vaca»,
 y la dio. Aceptada, las voces estas devolvió: «Huésped, 695
 seguro vayas. La piedra esta antes tus hurtos dirá»,
 y una piedra mostró. Simula de Júpiter el nacido que se marcha.
 Luego vuelve, y tornada al par con su voz su figura:
 «Campesino, si has visto por esta linde», le dijo, «pasar
 algunas reses, préstame ayuda, y al hurto sus silencios quita. 700
 Junto a su toro al par se te dará una hembra».
 Pero el más anciano, después de que se hubo el salario duplicado: «Bajo esos
 montes», dice, «estarán», y estaban bajo los montes esos.
 Rió el Atlantíada y: «¿A mí a mí mismo, pérfido, delatas?
 ¿A mí a mí mismo delatas?», dice, y sus perjuros pechos torna 705
 en un duro sílice, que ahora también se dice delator,
 y, en la que nada mereció, una vieja infamia hay, en esa roca.
 

Áglauros, Mercurio y Herse
 
     Desde aquí se había elevado en sus parejas alas el Portador del caduceo
 y volando los muniquios campos y la tierra grata
 a Minerva abajo contemplaba, y los arbustos del culto Liceo. 710
 En aquel día, por azar, unas castas de costumbre muchachas,
 la cabeza puesta bajo ellos, hacia los festivos recintos de Palas
 puros sacrificios portaban en coronados canastos.
 De ahí al volver ellas, el dios las ve alado y su camino
 no hace recto, sino que en el orbe lo curva mismo. 715
 Como volador el rapacísimo milano, al ver unas entrañas,
 mientras teme y densos rodean los sacrificios los ministros
 dobla en espiral, y no más lejos osa partir,
 y la esperanza suya ávido circunvuela moviendo las alas,
 así sobre los acteos recintos ávido el Cilenio 720
 inclina su curso y las mismas auras cercena.
 Cuanto más espléndido que las demás estrellas fulge
 el Lucero, y cuanto que el Lucero la áurea Febe,
 tanto que las vírgenes más prestante todas Herse
 iba, y era el decor de la pompa y de las acompañantes suyas. 725
 Quedó pasmado de su hermosura de Júpiter el nacido y, en el éter suspendido,
 no de otro modo ardió que cuando la baleárica honda
 el plomo lanza: vuela éste y se encandece en su ida
 y, los que no tenía, fuegos bajo las nubes encuentra.
 Torna su camino y el cielo abandonado acude a lo terreno 730
 y no se disfraza: tanta es su confianza en su hermosura.
 La cual aunque la justa es, con su cuidado aun así la ayuda:
 y se aquieta los cabellos, y la clámide para que cuelgue aptamente
 coloca, de modo que la orla y todo parezca su oro,
 que bruñida en su diestra, la que los sueños trae y veta, 735
 su vara esté, que brillen sus talares en sus tersas plantas.
 Una parte secreta de la casa, de marfil y tortuga ornados,
 tres tálamos tenía, de los que tú, Pándrosos, el diestro,
 Áglauros el izquierdo, el central poseía Herse.
 La que tenía el izquierdo, al venir él, la primera notó 740
 a Mercurio y el nombre del dios averiguar osó
 y la causa de su venida. A la cual así respondió: «El Atlantíada
 y de Pléyone el nieto yo soy, el que por las auras las ordenadas
 palabras de mi padre porto, padre es para mí Júpiter mismo.
 Y no fingiré las causas: basta que tú fiel a tu hermana 745
 ser quieras y de la prole mía tía materna llamarte:
 Herse la causa de mi ruta; que favorezcas, te rogamos, al amante».
 Lo contempló a él con los ojos mismos con los que escondidos poco antes
 viera Áglauros los secretos de la flava Minerva,
 y a cambio de su ministerio para sí de gran peso un oro 750
 postula: entre tanto de sus techos a retirarse le obliga.
 Torna a ella la diosa guerrera de su torva mirada el orbe,
 y de lo hondo trajo unos suspiros, con tan gran movimiento,
 que al par su pecho y, puesta en su pecho fuerte,
 la égida sacudiera. Recuerda que ella sus arcanos con profana 755
 mano descubrió, entonces, cuando sin madre creada,
 del Lemnícola la estirpe contra los dados pactos vio,
 y que grata al dios iba a ser ya, y grata a su hermana,
 y rica al coger, que avara había demandado, el oro.
 

La Envidia
 
     En seguida de la Envidia, sucios de negra podre, 760
 a los techos acude: la casa está de ella en unos hondos valles
 apartada, de sol privada, no transitable para ningún viento,
 triste y llenísima de indolente frío, y cual
 de fuego carezca siempre, en calina siempre abunde.
 Aquí cuando llegó, de la batalla la temible heroína, 765
 se apostó ante la casa -puesto que acceder a esos techos
 lícito no le es- y los postes con el extremo de su cúspide sacude.
 Golpeadas se abrieron las puertas: ve dentro, comiendo
 viborinas carnes, alimentos de los vicios suyos,
 a la Envidia, y vista los ojos volvió; mas ella 770
 se levanta de la tierra, despaciosa, y de las semicomidas serpientes
 deja los cuerpos, y con paso avanza inerte,
 y cuando a la diosa vio, por su forma y sus armas hermosa,
 gimió hondo, y semblante para esos hondos suspiros puso.
 La palidez en su rostro se asienta, delgadez en todo el cuerpo, 775
 a ninguna parte recta su mirada, lívidos están de orín sus dientes,
 sus pechos de hiel verdecen, su lengua está inundada de veneno.
 Risa no tiene, salvo la que movieron vistos los dolores,
 y no disfruta de sueño, despierta por las vigilativas angustias,
 sino que ve los ingratos -y se consume al verlos- 780
 éxitos de los hombres, y corroe y corróese a una,
 y su suplicio el suyo es. Aun así, aunque la odiaba a ella,
 con tales palabras se le dirigió brevemente la Tritonia:
 «Infecta de la podre tuya de las nacidas de Cécrope a una:
 así menester es. Áglauros ella es». No más diciendo 785
 huye, y la tierra repele apoyando su asta.
     Ella, a la diosa que huía con su oblicua luz contemplando,
 unos murmullos pequeños dio y de lo que bien saldría a Minerva
 se dolió, y su báculo toma, al que entero ligaduras
 de espinas ceñían, y cubierta de nubes negras 790
 por donde quiera que pasa, postra florecientes los campos
 y quema las hierbas y lo alto de las amapolas rae
 y con el aflato suyo pueblos y ciudades y casas
 mancilla, y por fin de la Tritónide contempla el recinto,
 de talentos y de recursos y de festiva paz verdeciente, 795
 y apenas contiene las lágrimas porque nada lacrimoso divisa.
 

Áglauros
 
     Pero después de que en los tálamos penetró de la nacida de Cécrope,
 lo ordenado hace y su pecho con una mano de orín teñida
 toca y de arponadas zarzas su tórax llena,
 y le insufla un dañino jugo, y como la pez por sus huesos 800
 disipa y por mitad esparce de su pulmón un veneno,
 y para que de su mal las causas por un espacio más ancho no vaguen,
 a su germana ante sus ojos, y de su hermana el afortunado
 matrimonio, y al dios bajo su bella imagen, pone,
 y todo grande lo hace; con lo cual excitada, por un dolor 805
 oculto la Cecrópide es mordida, y ansiosa de noche,
 ansiosa a la luz gime, y en una lenta podre, tristísima,
 se disuelve, como el hielo herido por un incierto sol,
 y por los bienes no más lenemente se abrasa de la feliz Herse,
 que cuando a las espinosas hierbas fuego se les abaja, 810
 las cuales, como no dan llamas, sí con suave tibieza se creman.
 Muchas veces morir quiso, para algo tal no ver,
 muchas veces, como un crimen, narrarlo a su rígido padre.
 Por fin en el umbral opuesto al que llegaba se sentó,
 para excluirlo, al dios; a quien, mientras blandimientos y súplicas 815
 y palabras le lanzaba suavísimas: «Cesa», le dijo.
 «De aquí yo no me he de mover sino cuando te haya rechazado».
 «Estemos», dice el veloz Cilenio, «en el pacto este».
 Y con su celeste vara las puertas abrió, mas a ella,
 cuando levantar intentaba las partes que al sentarse 820
 dobla, no pueden, por una indolente pesadez, moverse.
 Ella pugna ciertamente por elevarse, recto el tronco,
 pero de las rodillas la juntura rigente está y un frío por sus uñas
 se desliza y palidecen, perdida la sangre, sus venas,
 y como anchamente suele, incurable, malo un cáncer, 825
 serpear, y a las ilesas añadir las viciadas partes,
 así un letal invierno poco a poco a su pecho llega
 y las vitales vías y los respiraderos cierra,
 y ni intentó hablar ni si intentado lo hubiera
 de voz tenía camino; una roca ya sus cuellos poseía 830
 y su cara se había endurecido y estatua exangüe sentada estaba,
 y no su piedra blanca era: su mente la había inficionado a ella.
 

Júpiter y Europa
 
     Cuando estos castigos de sus palabras y de su mente profana
 cobró el Atlantíada, dichas por Palas esas tierras
 abandona, e ingresa en el éter sacudiendo sus alas. 835
 Lo llama aparte a él su genitor y la causa sin confesar de su amor:
 «Fiel ministro», dice, «de las órdenes, mi nacido, mías,
 rechaza la demora y raudo con tu acostumbrada carrera desciende,
 y la tierra que a tu madre por la parte siniestra
 mira -sus nativos Sidónide por nombre le dicen-, 840
 a ella acude, y el que, lejos, de montana grama apacentarse,
 ganado real, ves, a los litorales torna».
 Dijo, y expulsados al instante del monte los novillos,
 a los litorales ordenados acuden, donde la hija del gran rey
 jugar, de las vírgenes tirias acompañada, solía. 845
 No bien se avienen ni en una sola sede moran
 la majestad y el amor: del cetro la gravedad abandonada
 aquel padre y regidor de los dioses, cuya diestra de los trisulcos
 fuegos armada está, quien con un ademán sacude el orbe,
 se viste de la faz de un toro y mezclado con los novillos 850
 muge, y entre las tiernas hierbas hermoso deambula.
 Cierto que su color el de la nieve es, que ni las plantas
 de duro pie han hollado ni ha disuelto el acuático austro.
 En su cuello toros sobresalen, por sus brazos las papadas penden;
 sus cuernos pequeños, ciertamente, pero cuales contender 855
 podrías que hechos a mano, y más perlúcidos que pura una gema.
 Ninguna amenaza en su frente, ni formidable su luz:
 paz su rostro tiene. Se admira de Agenor la nacida
 porque tan hermoso, porque combate ninguno amenace,
 pero aunque tuvo miedo de tocarlo, manso, a lo primero, 860
 pronto se acerca y flores a su cándida boca le extiende.
 Se goza el amante, y mientras llegue el esperado placer,
 besos da a sus manos; apenas ya, apenas el resto difiere,
 y ahora al lado juega y salta en la verde hierba,
 ahora su costado níveo en las bermejas arenas depone. 865
 Y poco a poco, el miedo quitado, ora sus pechos le presta
 para que con su virgínea mano lo palme, ora los cuernos, para que guirnaldas
 los impidan nuevas. Se atrevió también la regia virgen,
 ignorante de a quién montaba, en la espalda sentarse del toro:
 cuando el dios, de la tierra y del seco litoral, insensiblemente, 870
 las falsas plantas de sus pies a lo primero pone en las ondas;
 de allí se va más lejos, y por las superficies de mitad del ponto
 se lleva su botín. Se asusta ella y, arrancada a su litoral abandonado,
 vuelve a él sus ojos, y con la diestra un cuerno tiene, la otra al dorso
 impuesta está; trémulas ondulan con la brisa sus ropas. 875

Libro III

Cadmo
 
     Y ya el dios, dejada del falaz toro la imagen,
 él se había confesado, y los dicteos campos tenía;
 cuando su padre, de ello ignorante, a Cadmo perquirir a la raptada
 impera, y de castigo, si no la encontrara, añade
 el exilio, por tal hecho él piadoso, y execrable él por el mismo. 5
 Todo el orbe lustrado (¿pues quién sorprender pueda
 los hurtos de Júpiter?), prófugo, su patria y la ira de su padre
 evita el Agenórida, y de Febo los oráculos suplicante
 consulta, y cuál sea la tierra que ha de habitar requiere:
 «Una res», Febo dice, «a tu encuentro saldrá en unos solitarios campos, 10
 sin haber sufrido ningún yugo, y de curvo arado inmune.
 Con ella de guía coge las rutas y, en la hierba que descanse,
 unas murallas ponte a fundar y beocias las llama».
 No bien Cadmo había descendido de la castalia caverna,
 incustodiada, lentamente ve ir a una novilla, 15
 sin que ningún signo de servidumbre en su cerviz llevara.
 La sigue, y, marcado, lee las huellas de su paso,
 y al autor de su ruta, a Febo, taciturno, adora.
 Ya los vados del Cefiso, y de Pánope había evadido los campos:
 la res se detuvo y levantando, especiosa con sus cuernos altos, 20
 al cielo su frente, con mugidos impulsó las auras,
 y así, volviéndose a mirar a los acompañantes que sus espaldas seguían,
 se postró, y su costado abajó en la tierna hierba.
 Cadmo da las gracias y a esa peregrina tierra besos
 une, y desconocidos montes y campos saluda. 25
 Sus sacrificios a Júpiter a hacer iba: manda ir a unos ministros
 y buscar, las que libaran, de las vivas fontanas ondas.
     Una espesura vieja se alzaba, por ninguna segur violada,
 y una gruta en el medio, de varas y mimbre densa,
 efectuando, humilde en sus ensambladuras de piedra, un arco, 30
 fecunda en fértiles aguas; donde, escondida en su caverna,
 una serpiente de Marte había, por sus crestas insigne y su oro:
 de fuego rielan sus ojos, su cuerpo henchido todo de veneno,
 y tres rielan sus lenguas, en tríplice orden se alzan sus dientes.
 Esta floresta, después de que los marchados del pueblo tirio 35
 con infausto paso tocaron, y, bajada a las ondas,
 la urna hizo un sonido, la cabeza sacó de su larga caverna
 la azulada serpiente y horrendos silbidos lanzó.
 Se derramaron las urnas de sus manos, y la sangre abandonó
 su cuerpo y un súbito temblor ocupa atónitos sus miembros. 40
 Ella, escamosos, en volubles nexos sus orbes
 tuerce, y de un salto se curva en inmensos arcos,
 y en más de media parte erguida hacia las leves auras
 bajo sí contempla todo el bosque y de tan grande cuerpo es, cuanto,
 si toda la contemplas, la que separa a las gemelas Osas. 45
 Y no hay demora, a los fenicios, ya si para ella las armas preparaban
 ya si la huida, ya si el mismo temor les prohibía ambas cosas,
 ocupa: a éstos de un mordisco, de largos abrazos a aquéllos,
 a éstos mata con el aflato de su funesto -de su podre- veneno.
     Había hecho exiguas ya el sol, altísimo, las sombras: 50
 qué demora sea la de sus compañeros asombra de Agenor al nacido,
 y rastrea a los hombres. Su cobertor, desgarrado de un león,
 el pellejo era, su arma una láncea de esplendente hierro,
 y una jabalina, y, más prestante que arma alguna, su ánimo.
 Cuando al bosque entró y matados sus cuerpos vio 55
 y vencedor sobre ellos, de espacioso cuerpo, al enemigo,
 sus tristes heridas lamiendo con sanguínea lengua:
 «O el vengador, fidelísimos cuerpos, de vuestra muerte,
 o su compañero», dice, «seré». Así dijo, y con la diestra una molar
 levantó y, grande, con gran conato se la mandó. 60
 De ella con el empuje, aunque, arduas con sus torres excelsas,
 murallas movido se habrían, la serpiente sin herida quedó,
 de una loriga al modo por sus escamas defendida, y de su negro
 pellejo con la dureza, vigorosos, con la piel repelió los golpes.
 Mas no con la dureza misma la jabalina también venció, 65
 la cual, en mitad de la curvatura de su flexible espina clavada,
 se irguió y todo descendió en sus ijares su hierro.
 Ella, del dolor feroz, la cabeza para sus espaldas retorció
 y sus heridas miró y el clavado astil mordió,
 y éste, cuando con fuerza mucha lo hubo inclinado a parte toda, 70
 apenas de su espalda lo arrebató; el hierro, aun así, en sus huesos quedó prendido.
 Entonces, en verdad, después de que a sus acostumbradas iras se allegó
 un motivo reciente, se hincharon sus gargantas de sus llenas venas,
 y una espuma blanquecina circunfluye por sus pestíferas comisuras,
 y la tierra suena raída por sus escamas, y el hálito que sale 75
 negro de su boca estigia, corrompidas, infecta las auras.
 Ella, ora en espiras que un inmenso orbe hacen
 se ciñe, a las veces, que una larga viga más recta se yergue,
 con una embestida ahora vasta, cual concitado por las lluvias un caudal,
 muévese, y, a ella opuestas, arrasa con su pecho las espesuras. 80
 Se retira el Agenórida un poco, y con el despojo del león
 sostiene sus incursos y su acosante boca retarda,
 su cúspide tendiéndole delante; se enfurece ella e inanes heridas
 da al duro hierro y clava en la punta los dientes.
 Y ya de su venenífero paladar sangre a manar 85
 había empezado, y con su aspersión había bañado, verdes, las hierbas.
 Pero leve la herida era, porque que ella a sí se retraía del golpe
 y sus heridos cuellos daba atrás, y que tajo asestara
 retirándose impedía, y no más lejos ir permitía,
 hasta que el Agenórida, puesto el hierro en la garganta, 90
 sin dejar de seguirla la empujó, mientras, yendo ella hacia atrás, una encina
 le cerró el paso, y clavada quedó al par, con el madero, su cerviz.
 Del peso de la serpiente curvóse el árbol, y por la parte
 inferior al ser flagelada de la cola, su madera gimió.
 Mientras el espacio el vencedor considera de su vencido enemigo, 95
 una voz de repente oída fue, y no estaba reconocer de dónde
 al alcance, pero oída fue: «¿Por qué, de Agenor el nacido, la perecida
 serpiente miras? También tú mirado serás como serpiente».
     Él, largo tiempo asustado, al par con la mente el color
 había perdido, y de gélido terror sus cabellos se arreciaron: 100
 he aquí que de este varón la bienhechora, deslizándose por las superiores auras,
 Palas llega, y removida ordena someter a la tierra
 los viborinos dientes, incrementos del pueblo futuro.
 Obedece, y cuando un surco hubo abierto, hundido el arado
 esparce en la tierra, mortales simientes, los ordenados dientes. 105
 Después -que la fe cosa mayor- los terrones empezaron a moverse,
 y primera de los surcos el filo apareció de un asta,
 las coberturas luego de sus cabezas, cabeceando con su pintado cono,
 luego los hombros y el pecho y cargados los brazos de armas
 sobresalen, y crece un sembrado, escudado, de varones: 110
 así, cuando se retiran los tapices de los festivos teatros,
 surgir las estatuas suelen, y primero mostrar los rostros,
 lo demás poco a poco, y en plácido tenor sacadas,
 enteras quedan a la vista, y en el inferior margen sus pies ponen.
 Aterrado por este enemigo nuevo, Cadmo a empuñar las armas se preparaba: 115
 «No empuña», de este pueblo, al que la tierra había creado, uno
 exclama, «y no en civiles guerras te mezcla».
 Y así, de sus terrígenas hermanos a uno, de cerca,
 con su rígida espada hiere; por una jabalina cae, de lejos, él mismo.
 Este también que a la muerte le diera, no más largo que aquél 120
 vive, y expira las auras que ora recibiera,
 y con ejemplo parejo se enfurece toda la multitud, y por su propio
 Marte caen por sus mutuas heridas los súbitos hermanos.
 Y ya, con tal espacio de breve vida la agraciada juventud,
 a su sanguínea madre golpes de duelo daba en su tibio pecho, 125
 cinco los sobrevivientes: de los cuales fue uno Equíon.
 Él sus armas arrojó al suelo por consejo de la Tritónide,
 y de fraterna paz palabra pidió y dio.
 Éstos de su obra por acompañantes tuvo el sidonio huésped,
 cuando puso, ordenado por las venturas de Febo, la ciudad. 130
     Ya se alzaba Tebas; pudieras ya, Cadmo, parecer
 en tu exilio feliz: suegros a ti Marte y Venus
 te habían tocado; aquí añade la alcurnia de esposa tan grande,
 tantas hijas e hijos y, prendas queridas, tus nietos,
 éstos también, ya jóvenes; pero claro es que su último día 135
 siempre de aguardar el hombre ha, y decirse dichoso
 antes de su óbito nadie, y de sus supremos funerales, debe.


Diana y Acteón
 
    La primera tu nieto, entre tantas cosas para ti, Cadmo, propicias,
 causa fue de luto, y unos ajenos cuernos a su frente
 añadidos; y vosotras, canes saciadas de una sangre dueña vuestra. 140
 Mas, bien si buscas, de la fortuna un crimen en ello,
 no una abominación hallarás, pues, ¿qué abominación un error tenía?
     El monte estaba infecto de la matanza de variadas fieras,
 y, ya el día mediado, de las cosas había contraído las sombras,
 y el sol por igual de sus metas distaba ambas, 145
 cuando el joven, por desviadas guaridas a los que vagaban,
 a los partícipes de sus trabajos, con plácida boca llama, el hiantio:
 «Los linos chorrean, compañeros, y el hierro, de crúor de fieras,
 y fortuna el día tuvo bastante. La siguiente Aurora
 cuando, transportada por sus zafranadas ruedas, la luz reitere, 150
 el propuesto trabajo retomaremos; ahora Febo de ambas
 tierras lo mismo dista, y hiende con sus vapores los campos.
 Detened el trabajo presente y nudosos levantad los linos».
 Las órdenes los hombres hacen e interrumpen su labor.
     Un valle había, de píceas y agudo ciprés denso, 155
 por nombre Gargafie, a la ceñida Diana consagrado,
 del cual en su extremo receso hay una caverna boscosa,
 por arte ninguna labrada: había imitado al arte
 con el ingenio la naturaleza suyo, pues, con pómez viva
 y leves tobas, un nativo arco había trazado. 160
 Un manantial suena a diestra, por su tenue onda perlúcido,
 y por una margen de grama estaba él en sus anchurosas aberturas ceñido.
 Aquí la diosa de las espesuras, de la caza cansada, solía
 sus virgíneos miembros con líquido rocío regar.
 El cual después que alcanzó, de sus ninfas entregó a una, 165
 la armera, su jabalina y su aljaba y sus arcos destensados.
 Otra ofreció al depuesto manto sus brazos.
 Las ligaduras dos de sus pies quitan; pues más docta que ellas
 la isménide Crócale, esparcidos por el cuello sus cabellos,
 los traba en un nudo, aunque los había ella sueltos. 170
 Recogen licor Néfele y Híale y Ránide,
 y Psécade, y Fíale, y lo vierten en sus capaces urnas.
 Y mientras allí se lava la Titania en su acostumbrada linfa,
 he aquí que el nieto de Cadmo, diferida parte de sus labores,
 por un bosque desconocido con no certeros pasos errante, 175
 llega a esa floresta: así a él sus hados lo llevaban.
 El cual, una vez entró, rorantes de sus manantiales, en esas cavernas,
 como ellas estaban, desnudas sus pechos las ninfas se golpearon
 al verle un hombre, y con súbitos aullidos todo
 llenaron el bosque, y a su alrededor derramadas a Diana 180
 con los cuerpos cubrieron suyos; aun así, más alta que ellas
 la propia diosa es, y hasta el cuello sobresale a todas.
 El color que, teñidas del contrario sol por el golpe,
 el de las nubes ser suele, o de la purpúrea aurora,
 tal fue en el rostro, vista sin vestido, de Diana. 185
 La cual, aunque de las compañeras por la multitud rodeada suyas,
 a un lado oblicuo aun así se estuvo y su cara atrás
 dobló y, aunque quisiera prontas haber tenido sus saetas,
 las que tuvo, así cogió aguas y el rostro viril
 regó con ellas, y asperjando sus cabellos con vengadoras ondas, 190
 añadió estas, del desastre futuro prenunciadoras, palabras:
 «Ahora para ti, que me has visto dejado mi atuendo, que narres
 -si pudieras narrar- lícito es». Y sin más amenazar,
 da a su asperjada cabeza del vivaz ciervo los cuernos,
 da espacio a su cuello y lo alto aguza de sus orejas, 195
 y con pies sus manos, con largas patas muta
 sus brazos, y vela de maculado vellón su cuerpo;
 añadido también el pavor le fue. Huye de Autónoe el héroe,
 y de sí, tan raudo, en la carrera se sorprende misma.
 Pero cuando sus rasgos y sus cuernos vio en la onda: 200
 «Triste de mí», a decir iba: voz ninguna le siguió.
 Gimió hondo: su voz aquélla fue, y lágrimas por una cara
 no suya fluyeron; su mente solamente prístina permaneció.
 ¿Qué haría? ¿Volvería, pues, a su casa y a sus reales techos,
 o se escondería en los bosques? El temor esto, el pudor le impide aquello. 205
 Mientras duda, lo vieron los canes, y el primero Melampo
 e Icnóbates el sagaz con su ladrido señales dieron:
 gnosio Icnóbates, de la espartana gente Melampo.
 Después se lanzan los otros, que la arrebatadora brisa más rápido,
 Pánfago y Dorceo y Oríbaso, árcades todos, 210
 y Nebrófono el vigoroso y el atroz, con Lélape, Terón,
 y por sus pies Ptérelas, y por sus narices útil Agre,
 e Hileo el feroz, recién golpeado por un jabalí,
 y de un lobo concebida Nape, y de ganados perseguidora
 Pémenis, y de sus nacidos escoltada Harpía dos, 215
 y atados llevando sus ijares el sicionio Ladón,
 y Dromas y Cánaque y Esticte y Tigre y Alce,
 y de níveos Leucón, y de vellos Ásbolo negros,
 y el muy vigoroso Lacón, y en la carrera fuerte Aelo,
 y Too y veloz, con su chipriota hermano, Licisca, 220
 y en su negra frente distinguido en su mitad con un blanco,
 Hárpalo, y Melaneo, e hirsuta de cuerpo Lacne,
 y de padre dicteo pero de madre lacónide nacidos
 Labro y Agriodunte, y de aguda voz Hiláctor,
 y cuantos referir largo es: esa multitud, con deseo de presa, 225
 por acantilados y peñas y de acceso carentes rocas,
 y por donde quiera que es difícil, o por donde no hay ruta alguna, le persiguen.
 Él huye por los lugares que él había muchas veces perseguido,
 ay, de los servidores huye él suyos. Gritar ansiaba:
 «¡Acteón yo soy, al dueño conoced vuestro!». 230
 Palabras a su ánimo faltan: resuena de ladridos el éter.
 Las primeras heridas Melanquetes en su espalda hizo,
 las próximas Teródamas, Oresítropo prendióse en su antebrazo:
 más tarde había salido, pero por los atajos del monte
 anticipada la ruta fue; a ellos, que a su dueño retenían, 235
 la restante multitud se une y acumula en su cuerpo sus dientes.
 Ya lugares para las heridas faltan; gime él, y un sonido,
 aunque no de un hombre, cual no, aun así, emitir pueda
 un ciervo, tiene, y de afligidas quejas llena los cerros conocidos,
 y con las rodillas inclinadas, suplicante, semejante al que ruega, 240
 alrededor lleva, tácito, como brazos, su rostro.
 Mas sus compañeros la rabiosa columna con sus acostumbrados apremios,
 ignorantes, instigan, y con los ojos a Acteón buscan,
 y, como ausente, a porfía a Acteón llaman
 -a su nombre la cabeza él vuelve- y de que no esté se quejan 245
 y de que no coja, perezoso, el espectáculo de la ofrecida presa.
 Querría no estar, ciertamente, pero está, y querría ver,
 no también sentir, de los perros suyos los fieros hechos.
 Por todos lados le rodean, y hundidos en su cuerpo los hocicos
 despedazan a su dueño bajo la imagen de un falso ciervo, 250
 y no, sino terminada por las muchas heridas su vida,
 la ira se cuenta saciada, ceñida de aljaba, de Diana.


Júpiter, Sémele y Baco

     El rumor en ambiguo está: a algunos más violenta de lo justo
 les pareció la diosa, otros la alaban y digna de su severa
 virginidad la llaman; las partes encuentran cada una sus causas. 255
 Sola de Júpiter la esposa no tanto de si lo culpa o lo aprueba
 diserta, cuanto del desastre de la casa nacida de Agenor
 se goza, y, de su tiria rival recabado, transfiere
 de su estirpe a los socios su odio: sobreviene, he aquí, que a la previa,
 una causa reciente, y se duele de que grávida de la simiente del del gran 260
 Júpiter esté Sémele. Entonces su lengua en disputas desata:
 «¿He conseguido qué, pues, tantas veces con las disputas?», dijo.
 «A ella misma de buscar yo he; a ella, si máxima Juno
 ritualmente me llamo, la perderé, si a mí con mi diestra, de gemas guarnecidos,
 los cetros sostener me honra, si soy reina, y de Júpiter 265
 la hermana y la esposa -cierto la hermana-. Mas, pienso yo, 'con el hurto se ha
 contentado ella, y del tálamo breve es la injuria nuestro':
 ha concebido, esto faltaba, y manifiestos los crímenes lleva
 en su útero pleno, y madre, lo que apenas a mí me ha tocado, del único
 Júpiter quiere hacerse: tanta es su confianza en su hermosura. 270
 Que la engañe a ella haré, y no soy Saturnia, si no,
 por el Júpiter suyo sumergida, penetra en las estigias ondas».
     Se levanta tras esto de su solio y en una fulva nube recóndita
 al umbral acude de Sémele y no las nubes antes eliminó
 de simularse una vieja y de ponerse a las sienes canas 275
 y surcarse la piel de arrugas y curvados con tembloroso
 paso sus miembros llevar; su voz también la hizo de vieja,
 y la propia era Béroe, de Sémele la epidauria nodriza.
 Así pues, cuando buscada conversación y mucho tiempo hablando
 al nombre vinieron de Júpiter, suspira y: «Pido 280
 Júpiter que sea», dice, «temo, aun así, todo: muchos
 en nombre de los divinos en tálamos entraron pudorosos.
 Y no, aun así, que sea Júpiter bastante es; dé una prenda de su amor,
 si sólo el verdadero éste es, y tan grande y cual por la alta
 Juno es recibido, tan grande y tal, pedirásle, 285
 te dé a ti sus abrazos, y sus insignias antes coja».
     Con tales palabras a la ignorante Cadmeida Juno
 había formado: le ruega ella a Júpiter, sin nombre, un regalo.
 A la cual el dios: «Elige», le dice, «ningún rechazo sufrirás,
 y para que más lo creas, del estigio torrente también cómplices 290
 han de ser los númenes: el temor y el dios él de los dioses es».
 Alegre con su mal y demasiado pudiendo y próxima a morir de su amante
 por la complacencia, Sémele: «Cual la Saturnia», dijo,
 «te suele abrazar, de Venus cuando al pacto entráis,
 date a mí tal». Quiso el dios la boca de quien hablaba 295
 tapar: había salido ya su voz apresurada bajo las auras.
 Gimió hondo, y puesto que ni ella no haber deseado, ni él
 no haber jurado puede, así pues, afligidísimo, al alto
 éter ascendió y con su rostro obedientes a las nubes
 arrastró, a las que borrascas, y mezclados relámpagos con vientos 300
 añadió y truenos y el inevitable rayo.
 Con todo, hasta donde puede, fuerzas a sí quitarse intenta
 y no con el fuego que al centímano había derribado, a Tifeo,
 ahora ármase con ése: demasiada fiereza en él hay.
 Hay otro más leve rayo, al que la diestra de los Cíclopes 305
 de violencia y de llama menos, menos añadió de ira:
 armas segundas los llaman los altísimos; los empuña a ellos y en la casa
 entra Agenórea. El cuerpo mortal los tumultos
 no soportó etéreos, y con los dones conyugales ardió.
 Inacabado todavía el pequeño, del vientre de su genetriz 310
 es arrebatado y, tierno, si de creer digno es, cóselo dentro
 de su paterno muslo y los maternos tiempos completa.
 Furtivamente a él en sus primeras cunas Ino, su tía materna,
 lo cría, después, dado a ellas, las ninfas Niseidas en las cavernas
 lo ocultaron suyas y de leche alimentos le dieron.


Tiresias

    Y mientras estas cosas por las tierras, según fatal ley, pasan,
 y seguros del dos veces nacido están los paños de cuña, de Baco,
 por azar que Júpiter, recuerdan, disipado él por el néctar, sus cuidados
 había apartado graves, y con la desocupada Juno agitaba
 remisos juegos, y: «Mayor el vuestro en efecto es, 320
 que el que toca a los varones», dijo, «el placer».
 Ella lo niega; les pareció bien cuál fuera la sentencia preguntar
 del docto Tiresias: Venus para él era, una y otra, conocida,
 pues de unas grandes serpientes, uniéndose en la verde
 espesura, sus dos cuerpos a golpe de su báculo había violentado, 325
 y, de varón, cosa admirable, hecho hembra, siete
 otoños pasó; al octavo de nuevo las mismas
 vio y: «Es si tanta la potencia de vuestra llaga»,
 dijo, «que de su autor la suerte en lo contrario mude:
 ahora también os heriré». Golpeadas las culebras mismas, 330
 su forma anterior regresa y nativa vuelve su imagen.
 El árbitro este, pues, tomado sobre la lid jocosa,
 las palabras de Júpiter afirma; más gravemente la Saturnia de lo justo,
 y no en razón de la materia, cuéntase que se dolió,
 y de su juez con una eterna noche dañó las luces. 335
 Mas el padre omnipotente -puesto que no es lícito vanos a ningún
 dios los hechos hacer de un dios-, por la luz arrebatada,
 saber el futuro le dio y un castigo alivió con un honor.
 

Narciso y Eco
 
     Él, por las aonias ciudades, por su fama celebradísimo,
 irreprochables daba al pueblo que las pedía sus respuestas. 340
 La primera, de su voz, por su cumplimiento ratificada, hizo la comprobación
 la azul Liríope, a la que un día en su corriente curva
 estrechó, y encerrada el Cefiso en sus ondas
 fuerza le hizo. Expulsó de su útero pleno bellísima
 un pequeño la ninfa, ya entonces que podría ser amado, 345
 y Narciso lo llama, del cual consultado si habría
 los tiempos largos de ver de una madura senectud,
 el fatídico vate: «Si a sí no se conociera», dijo.
 Vana largo tiempo parecióle la voz del augur: el resultado a ella,
 y la realidad, la hace buena, y de su muerte el género, y la novedad de su furor. 350
 Pues a su tercer quinquenio un año el Cefisio
 había añadido y pudiera un muchacho como un joven parecer.
 Muchos jóvenes a él, muchas muchachas lo desearon.
 Pero -hubo en su tierna hermosura tan dura soberbia-
 ninguno a él, de los jóvenes, ninguna lo conmovió, de las muchachas. 355
 Lo contempla a él, cuando temblorosos azuzaba a las redes a unos ciervos,
 la vocal nifa, la que ni a callar ante quien habla,
 ni primero ella a hablar había aprendido, la resonante Eco.
 Un cuerpo todavía Eco, no voz era, y aun así, un uso,
 gárrula, no distinto de su boca que ahora tiene tenía: 360
 que devolver, de las muchas, las palabras postreras pudiese.
 Había hecho esto Juno, porque, cuando sorpender pudiese
 bajo el Júpiter suyo muchas veces a ninfas en el monte yaciendo,
 ella a la diosa, prudente, con un largo discurso retenía
 mientras huyeran las ninfas. Después de que esto la Saturnia sintió: 365
 «De esa», dice, «lengua, por la que he sido burlada, una potestad
 pequeña a ti se te dará y de la voz brevísimo uso».
 Y con la realidad las amenazas confirma; aun así ella, en el final del hablar,
 gemina las voces y las oídas palabras reporta.
 Así pues, cuando a Narciso, que por desviados campos vagaba, 370
 vio y se encendió, sigue sus huellas furtivamente,
 y mientras más le sigue, con una llama más cercana se enciende,
 no de otro modo que cuando, untados en lo alto de las teas,
 a ellos acercadas, arrebatan los vivaces azufres las llamas.
 Oh cuántas veces quiso con blandas palabras acercársele 375
 y dirigirle tiernas súplicas. Su naturaleza en contra pugna,
 y no permite que empiece; pero, lo que permite, ella dispuesta está
 a esperar sonidos a los que sus palabras remita.
 Por azar el muchacho, del grupo fiel de sus compañeros apartado
 había dicho: «¿Alguien hay?», y «hay», había respondido Eco. 380
 Él quédase suspendido y cuando su penetrante vista a todas partes dirige,
 con voz grande: «Ven», clama; llama ella a aquel que llama.
 Vuelve la vista y, de nuevo, nadie al venir: «¿Por qué», dice,
 «me huyes?», y tantas, cuantas dijo, palabras recibe.
 Persiste y, engañado de la alterna voz por la imagen: 385
 «Aquí unámonos», dice, y ella, que con más gusto nunca
 respondería a ningún sonido: «Unámonos», respondió Eco,
 y las palabras secunda ella suyas, y saliendo del bosque
 caminaba para echar sus brazos al esperado cuello.
 Él huye, y al huir: «¡Tus manos de mis abrazos quita! 390
 Antes», dice, «pereceré, de que tú dispongas de nos».
 Repite ella nada sino: «tú dispongas de nos».
 Despreciada se esconde en las espesuras, y pudibunda con frondas su cara
 protege, y solas desde aquello vive en las cavernas.
 Pero, aun así, prendido tiene el amor, y crece por el dolor del rechazo, 395
 y atenúan, vigilantes, su cuerpo desgraciado las ansias,
 y contrae su piel la delgadez y al aire el jugo
 todo de su cuerpo se marcha; voz tan solo y huesos restan:
 la voz queda, los huesos cuentan que de la piedra cogieron la figura.
 Desde entonces se esconde en las espesuras y por nadie en el monte es vista, 400
 por todos oída es: el sonido es el que vive en ella.
     Así a ésta, así a las otras, ninfas en las ondas o en los montes
 originadas, había burlado él, así las uniones antes masculinas.
 De ahí las manos uno, desdeñado, al éter levantando:
 «Que así aunque ame él, así no posea lo que ha amado». 405
 Había dicho. Asintió a esas súplicas la Ramnusia, justas.
 Un manantial había impoluto, de nítidas ondas argénteo,
 que ni los pastores ni sus cabritas pastadas en el monte
 habían tocado, u otro ganado, que ningún ave
 ni fiera había turbado ni caída de su árbol una rama; 410
 grama había alrededor, a la que el próximo humor alimentaba,
 y una espesura que no había de tolerar que este lugar se templara por sol alguno.
 Aquí el muchacho, del esfuerzo de cazar cansado y del calor,
 se postró, por la belleza del lugar y por el manantial llevado,
 y mientras su sed sedar desea, sed otra le creció, 415
 y mientras bebe, al verla, arrebatado por la imagen de su hermosura,
 una esperanza sin cuerpo ama: cuerpo cree ser lo que onda es.
 Quédase suspendido él de sí mismo y, inmóvil con el rostro mismo,
 queda prendido, como de pario mármol formada una estatua.
 Contempla, en el suelo echado, una geminada -sus luces- estrella, 420
 y dignos de Baco, dignos también de Apolo unos cabellos,
 y unas impúberas mejillas, y el marfileño cuello, y el decor
 de la boca y en el níveo candor mezclado un rubor,
 y todas las cosas admira por las que es admirable él.
 A sí se desea, imprudente, y el que aprueba, él mismo apruébase, 425
 y mientras busca búscase, y al par enciende y arde.
 Cuántas veces, inútiles, dio besos al falaz manantial.
 En mitad de ellas visto, cuántas veces sus brazos que coger intentaban
 su cuello sumergió en las aguas, y no se atrapó en ellas.
 Qué vea no sabe, pero lo que ve, se abrasa en ello, 430
 y a sus ojos el mismo error que los engaña los incita.
 Crédulo, ¿por qué en vano unas apariencias fugaces coger intentas?
 Lo que buscas está en ninguna parte, lo que amas, vuélvete: lo pierdes.
 Ésa que ves, de una reverberada imagen la sombra es:
 nada tiene ella de sí. Contigo llega y se queda, 435
 contigo se retirará, si tú retirarte puedas.
 No a él de Ceres, no a él cuidado de descanso
 abstraerlo de ahí puede, sino que en la opaca hierba derramado
 contempla con no colmada luz la mendaz forma
 y por los ojos muere él suyos, y un poco alzándose, 440
 a las circunstantes espesuras tendiendo sus brazos:
 «¿Es que alguien, io espesuras, más cruelmente», dijo, «ha amado?
 Pues lo sabéis, y para muchos guaridas oportunas fuisteis.
 ¿Es que a alguien, cuando de la vida vuestra tantos siglos pasan,
 que así se consumiera, recordáis, en el largo tiempo? 445
 Me place, y lo veo, pero lo que veo y me place,
 no, aun así, hallo: tan gran error tiene al amante.
 Y por que más yo duela, no a nosotros un mar separa ingente,
 ni una ruta, ni montañas, ni murallas de cerradas puertas.
 Exigua nos prohíbe un agua. Desea él tenido ser, 450
 pues cuantas veces, fluentes, hemos acercado besos a las linfas,
 él tantas veces hacia mí, vuelta hacia arriba, se afana con su boca.
 Que puede tocarse creerías: mínimo es lo que a los amantes obsta.
 Quien quiera que eres, aquí sal, ¿por qué, muchacho único, me engañas,
 o a dónde, buscado, marchas? Ciertamente ni una figura ni una edad 455
 es la mía de la que huyas, y me amaron a mí también ninfas.
 Una esperanza no sé cuál con rostro prometes amigo,
 y cuando yo he acercado a ti los brazos, los acercas de grado,
 cuando he reído sonríes; lágrimas también a menudo he notado
 yo al llorar tuyas; asintiendo también señas remites 460
 y, cuanto por el movimiento de tu hermosa boca sospecho,
 palabras contestas que a los oídos no llegan nuestros…
 Éste yo soy. Lo he sentido, y no me engaña a mí imagen mía:
 me abraso en amor de mí, llamas muevo y llamas llevo.
 ¿Qué he de hacer? ¿Sea yo rogado o ruegue? ¿Qué desde ahora rogaré? 465
 Lo que deseo conmigo está: pobre a mí mi provisión me hace.
 Oh, ojalá de nuestro cuerpo separarme yo pudiera,
 voto en un amante nuevo: quisiera que lo que amamos estuviera ausente…
 Y ya el dolor de fuerzas me priva y no tiempos a la vida
 mía largos restan, y en lo primero me extingo de mi tiempo, 470
 y no para mí la muerte grave es, que he de dejar con la muerte los dolores.
 Éste, el que es querido, quisiera más duradero fuese.
 Ahora dos, concordes, en un aliento moriremos solo».
     Dijo, y al rostro mismo regresó, mal sano,
 y con lágrimas turbó las aguas, y oscura, movido 475
 el lago, le devolvió su figura, la cual como viese marcharse:
 «¿A dónde rehúyes? Quédate y no a mí, cruel, tu amante,
 me abandona», clamó. «Pueda yo, lo que tocar no es,
 contemplar, y a mi desgraciado furor dar alimento».
 Y mientras se duele, la ropa se sacó arriba desde la orilla 480
 y con marmóreas palmas se sacudió su desnudo pecho.
 Su pecho sacó, sacudido, de rosa un rubor,
 no de otro modo que las frutas suelen, que, cándidas en parte,
 en parte rojean, o como suele la uva en los varios racimos
 llevar purpúreo, todavía no madura, un color. 485
 Lo cual una vez contempló, transparente de nuevo, en la onda,
 no lo soportó más allá, sino como consumirse, flavas,
 con un fuego leve las ceras, y las matutinas escarchas,
 el sol al templarlas, suelen, así, atenuado por el amor,
 se diluye y poco a poco cárpese por su tapado fuego, 490
 y ni ya su color es el de, mezclado al rubor, candor,
 ni su vigor y sus fuerzas, y lo que ahora poco visto complacía,
 ni tampoco su cuerpo queda, un día el que amara Eco.
 La cual, aun así, cuando lo vio, aunque airada y memoriosa,
 hondo se dolió, y cuantas veces el muchacho desgraciado: «Ahay», 495
 había dicho, ella con resonantes voces iteraba, «ahay».
 Y cuando con las manos se había sacudido él los brazos suyos,
 ella también devolvía ese sonido, de golpe de duelo, mismo.
 La última voz fue ésta del que se contemplaba en la acostumbrada onda:
 «Ay, en vano querido muchacho», y tantas otras palabras 500
 remitió el lugar, y díchose adiós, «adiós» dice también Eco.
 Él su cabeza cansada en la verde hierba abajó,
 sus luces la muerte cerró, que admiraban de su dueño la figura.
 Entonces también, a sí, después que fue en la infierna sede recibido,
 en la estigia agua se contemplaba. En duelo se golpearon sus hermanas 505
 las Náyades, y a su hermano depositaron sus cortados cabellos,
 en duelo se golpearon las Dríades: sus golpes asuena Eco.
 Y ya la pira y las agitadas antorchas y el féretro preparaban:
 en ninguna parte el cuerpo estaba; zafranada, en vez de cuerpo, una flor
 encuentran, a la que hojas en su mitad ceñían blancas. 510
 

Penteo y Baco (I)

    Conocida la cosa, una merecida fama al adivino por las acaidas
 ciudades aportó, y el nombre era del augur ingente;
 le desdeñó el Equiónida, aun así, a él, de todos el único,
 despreciador de los altísimos, Penteo, y de las présagas palabras
 se ríe del viejo y sus tinieblas y la calamidad de su luz arrancada 515
 le imputa. Él, moviendo sus blanqueantes sienes de canas:
 «Qué feliz serías si tú también de la luz esta
 huérfano», dice, «quedaras, y los báquicos sacrificios no vieras.
 Pues un día llegará, que no lejos auguro que está,
 en el que nuevo aquí venga, prole de Sémele, Líber, 520
 al cual, si no de sus templos hubieres dignado con el honor,
 por mil lugares destrozado te esparcirás y de sangre las espesuras
 mancharás, y a la madre tuya, y de tu madre a las hermanas.
 Ocurrirá, puesto que no dignarás al numen con su honor,
 y de que yo, en estas tinieblas, demasiado he visto te quejarás». 525
 Al que tal decía empuja de Equíon el nacido;
 a sus palabras la confirmación sigue, y las respuestas del adivino suceden.
     Líber llega, y con festivos alaridos rugen los campos:
 la multitud se lanza y, mezcladas con los hombres madres y nueras,
 pueblo y próceres a los desconocidos sacrificios vanse. 530
 «¿Qué furor, hijos de la serpiente, prole de Mavorte, las mentes
 ha suspendido vuestras?», Penteo dice; «¿los bronces tanto,
 con bronces percutidos, pueden, y de combado cuerno la tibia
 y los mágicos engaños, que a quienes no la bélica espada,
 no la tuba aterrara, no de empuñadas armas las columnas, 535
 voces femeninas y movida una insania del vino
 y obscenos rebaños e inanes tímpanos venzan?
 ¿A vosotros, ancianos, he de admirar, quienes, por largas superficies viajando
 en esta sede vuestra Tiro, en ésta vuestros prófugos penates pusisteis,
 ahora permitís que sin Marte se os cautive? ¿O a vosotros, más áspera edad, 540
 oh, jovénes, y más cercana a la mía, a los que armas sostener,
 no tirsos, y de gálea cubriros, no de fronda, decoroso era?
 Tened, os ruego, presente, de qué estirpe fuisteis creados
 y ánimos cobrad de aquella, que a muchos perdió ella sola,
 la serpiente. Por sus manantiales ella y su lago 545
 pereció: mas vosotros por la fama venced vuestra.
 Ella dio a la muerte a valientes; vosotros rechazad a unos débiles
 y el honor retened patrio. Si los hados vedaban
 que se alce largo tiempo Tebas, ojalá que máquinas y hombres
 sus murallas derruyeran, y hierro y fuego sonaran. 550
 Seríamos desgraciados sin crimen y nuestra suerte de lamentar,
 no de esconder habríamos, y nuestras lágrimas de pudor carecerían;
 mas ahora Tebas es cautivada por un muchacho inerme,
 al que ni las guerras agradan ni las armas ni el uso de caballos,
 sino empapado de mirra el pelo y las muelles coronas 555
 y la púrpura y entretejido en las pintas ropas el oro,
 al cual, ciertamente, yo ahora mismo -vosotros sólo apartaos- obligaré
 a que supuesto a su padre, e inventados sus sacrificios, confiese.
 ¿Es que bastante valor Acrisio tiene para desdeñar el vano
 numen, y las argólicas puertas, al venir, cerrarle, 560
 y a Penteo aterrorizará, con toda Tebas, ese extranjero?
 Id rápidos -a sus sirvientes esto impera-, id y a su jefe
 atraed aquí atado. De mis órdenes la demora lenta se aparte».
     A él su abuelo, a él Atamante, a él la restante multitud de los suyos
 lo corren con sus razones y en vano por contenerlo se esfuerzan; 565
 más áspera con la advertencia es, y se excita retenida
 y crece su rabia, y las moderaciones mismas perjudiciales eran:
 así yo al torrente, por donde nada se le oponía al él pasar,
 más dulcemente y con módico estrépito bajar he visto;
 mas, por donde quiera que un tronco o en contra erigidas rocas lo sujetaban, 570
 espúmeo e hirviente y por el impedimento más salvaje iba.
     He aquí que cruentos vuelven y, Baco dónde estuviera,
 a su señor, que preguntaba, que a Baco habían visto negaron.
 «A éste», dijeron, «aun así, su compañero y servidor de sus sacrificios
 capturamos», y entregan, las manos tras la espalda atadas, 575
 los sacrificios del dios a uno, del tirreno pueblo, que había seguido.
     Lo contempla a él Penteo, con ojos que la ira estremecedores
 hiciera, y aunque de los castigos apenas los tiempos difiere:
 «Oh, quien has de morir y que con la muerte tuya has de dar enseñanza a otros»,
 dice, «revela tu nombre y el nombre de tus padres 580
 y tu patria, y, de costumbre nueva, por qué estos sacrificios frecuentas».


Los navegantes tirrenos

     Él, de miedo vacío: «El nombre mío», dijo, «Acetes,
 mi patria Meonia es, de la humilde plebe mis padres.
 No a mí, que duros novillos cultivaran, mi padre campos,
 o lanadas greyes, no manadas algunas me dejó; 585
 pobre también él fue y con lino solía y anzuelos
 engañar, y con cálamo coger, saltarines peces.
 Esta arte suya su hacienda era; al transmitirme su arte:
 «Recibe, las que tengo, de mi esfuerzo sucesor y heredero»,
 dijo, «estas riquezas», y al morir a mí nada él me dejó 590
 salvo aguas: sólo esto puedo denominar paterno.
 Pronto yo, para no en las peñas quedarme siempre mismas,
 aprendí además el gobernalle de la quilla, por mi diestra moderado,
 a guiar, y de la Cabra Olenia la estrella pluvial,
 y Taígete y las Híadas y en mis ojos la Ursa anoté, 595
 y de los vientos las casas, y los puertos para las popas aptos.
 Por azar yendo a Delos, de la quía tierra a las orillas
 me acoplo, y me acerco a los litorales con diestros remos,
 y doy unos leves saltos y me meto en la húmeda arena:
 la noche cuando consumida fue -la Aurora a rojecer a lo primero 600
 empezaba-, me levanto, y linfas que traigan recientes
 encomiendo, y les muestro la ruta que lleve a esas ondas;
 yo, qué el aura a mí prometa, desde un túmulo alto
 exploro, y a los compañeros llamo y regreso a la quilla.
 «Aquí estamos», dice de los socios el primero, Ofeltes, 605
 y, según cree que botín en el desierto campo hallado ha,
 de virgínea hermosura a un muchacho conduce por los litorales.
 Él, de vino puro y sueño pesado, titubar parece,
 y apenas seguirle; miro su ornato, su faz y su paso:
 nada allí que creerse pudiera mortal veía. 610
 Lo sentí y lo dije a mis socios: «Qué numen en este
 cuerpo hay, dudo; pero en el cuerpo este una divinidad hay.
 Quien quiera que eres, oh, sénos propicio, y nuestros afanes asiste;
 a estos también des tu venia». «Por nosotros deja de suplicar»,
 Dictis dice, que él no otro en ascender a lo alto 615
 de las entenas más raudo, y estrechando la escota descender;
 esto Libis, esto el flavo, de la proa tutela, Melanto,
 esto aprueba Alcimedonte y quien descanso y ritmo
 con su voz daba a los remos, de los ánimos estímulo, Epopeo,
 esto todos los otros: de botín tan ciego el deseo es. 620
 «No, aun así, que este pino se viole con su sagrado peso
 toleraré», dije; «la parte mía aquí la mayor es del derecho»,
 y en la entrada me opongo a ellos. Se enfurece el más audaz de todo
 el grupo, Licabas, que expulsado de su toscana ciudad,
 exilio como castigo por un siniestro asesinato cumplía. 625
 Él a mí, mientras resisto, con su juvenil puño la garganta
 me rompió, y golpeado me habría mandado a las superficies si no
 me hubiera yo quedado, aunque amente, en una cuerda retenido.
 La impía multitud aprueba el hecho; entonces por fin Baco,
 pues Baco fuera, cual si por el clamor disipado 630
 sea el sopor, y del vino vuelvan a su pecho sus sentidos,
 «¿Qué hacéis? ¿Cuál este clamor?», dice. «Por qué medio, decid,
 aquí he arribado? ¿A dónde a llevarme os disponéis?».
 «Deja tu miedo», Proreo, «y qué puertos alcanzar,
 di, quieres», dijo, «en la tierra pedida se te dejará». 635
 «A Naxos», dice Líber, «los cursos volved vuestros.
 Aquella la casa mía es, para vosotros será hospitalaria tierra».
 Por el mar, falaces, y por todos los númenes juran
 que así sería, y a mí me ordenan a la pinta quilla dar velas.
 Diestra Naxos estaba: por la diestra a mí, que linos daba: 640
 «¿Qué haces, oh demente? ¿Qué furor hay en ti» dice, «Acetes?».
 Por sí cada uno teme: «A la izquierda ve». La mayor parte
 con un gesto me indica, parte qué quiere en el oído me susurra.
 Quedéme suspendido y: «Coja alguno los gobernalles», dije,
 y del ministerio de la impiedad y del de mi arte me privé. 645
 Me increpan todos, y todo murmura el grupo,
 de los cuales Etalión: «Así es que toda en ti solo
 nuestra salvación depositada está», dice, y sube y él mismo la obra
 cumple mía y Naxos abandonada, marcha a lo opuesto.
 Entonces el dios, burlándose, como si ahora al fin el engaño 650
 sintiera, desde la popa combada el ponto explora,
 y al que llora semejante: «No estos litorales, marineros»,
 «a mí me prometisteis», dice, «no esta tierra por mí rogada ha sido».
 ¿Por qué hecho he merecido este castigo? ¿Cuál la gloria vuestra es,
 si a un muchacho unos jóvenes, si muchos engañáis a uno?». 655
 Hacía tiempo lloraba yo: de las lágrimas nuestras ese puñado impío
 se ríe y empuja las superficies con apresurados remos.
 Por él mismo a ti ahora -y no más presente que él
 hay un dios- te juro, que tan verdaderas cosas yo a ti te refiero
 como mayores que de la verdad la fe: se quedó quieta en la superficie la popa 660
 no de otro modo que si su seco astillero la retuviera.
 Ellos, asombrándose, de los remos en el golpe persisten
 y las velas bajan, y con geminada ayuda correr intentan.
 Impiden hiedras los remos y con su nexo recurvo
 serpean y con grávidos corimbos separan las velas. 665
 Él, de racimadas uvas su frente circundado,
 agita su velada asta de pampíneas frondas;
 del cual alrededor, tigres y apariencias inanes de linces,
 y de pintas panteras yacen los fieros cuerpos.
 Fuera saltaron los hombres, bien si esto la insania hizo 670
 o si el temor, y el primero Medón a negrecer empezó
 por el cuerpo y en una prominente curvatura de su espina a doblarse
 empieza. A éste Licabas: «¿En qué portentos», dijo,
 «te tornas?», y anchas las comisuras y encorvada del que hablaba
 la nariz era y escama su piel endurecida sacaba. 675
 Mas Libis, que se resistían, mientras quiere revolver los remos,
 a un espacio breve atrás saltar sus manos vio, y que ellas
 ya no eran manos, que ya aletas podían llamarse.
 Otro, a las enroscadas cuerdas deseando echar los brazos,
 brazos no tenía y, recorvado, con un trunco cuerpo 680
 a las olas saltó: falcada en lo postrero su cola es,
 cuales de la demediada luna se curvan los cuernos.
 Por todos lados dan saltos y con su mucha aspersión todo rocían
 y emergen otra vez y regresan bajo las superficies de nuevo
 y de un coro en la apariencia juegan y retozones lanzan 685
 sus cuerpos y el recibido mar por sus anchas narinas exhalan.
 De hace poco veinte -pues tantos la balsa aquella llevaba-
 quedaba solo yo: pávido y helado, temblándome
 el cuerpo, y apenas en mí, me afirma el dios, «Sacude», diciendo,
 «de tu corazón el miedo y Día alcanza». Arribado a ella 690
 accedí a sus sacrificios y los báqueos sacrificios frecuento».


Penteo y Baco (II)

     «Hemos prestado a tus largos», Penteo, «rodeos oídos»
 dice, «para que mi ira con la demora fuerzas soltar pudiera.
 De cabeza, servidores, llevaos a éste, y tras ser torturados con siniestros
 tormentos sus miembros, bajadlos a estigia noche». 695
 En seguida, arrastrado el tirreno Acetes, en sólidos
 techos es encerrado; y mientras los crueles instrumentos
 de la ordenada muerte y hierro y fuegos se preparan,
 por sí mismas se abrieron las puertas y deslizáronse de sus brazos,
 por sí mismas, fama es, sin que nadie las soltara, sus cadenas. 700
     Persiste el Equiónida y no ya ordena ir, sino que él mismo
 camina adonde, elegido para hacerse los sacrificios, el Citerón
 con cantos y clara de las bacantes la voz sonaba.
 Como brama áspero el caballo cuando, bélico, con su bronce canoro,
 señales dio el trompeta, y de la batalla cobra el amor, 705
 a Penteo así, herido por los largos aullidos, el éter
 conmueve, y oído el clamor de nuevo se encandeció su ira.
     Del monte casi en la mitad hay, con espesuras los extremos ciñendo,
 puro de árboles, visible de todas partes, un llano:
 Aquí a él, que con ojos profanos contemplaba los sacrificios, 710
 la primera vio, la primera arrojóse con insana carrera,
 la primera al Penteo suyo violentó arrojándole su tirso
 su madre y: «Oh, gemelas hermanas», clamó, «acudid.
 Ese jabalí que en nuestros campos vaga, inmenso,
 ese jabalí yo de herir he». Se lanza toda contra uno solo 715
 la multitud enfurecida, todas se unen y tembloroso le persiguen,
 ya tembloroso, ya palabras menos violentas diciendo,
 ya a sí condenándose, ya que él había pecado confesando.
 Herido él, aun así: «Préstame ayuda, tía», dijo,
 «Autónoe. Muevan tus ánimos de Acteón las sombras». 720
 Ella qué Acteón no sabe y la diestra del que suplicaba
 arrancó, de Ino lacerada fue la otra por el rapto.
 No tiene, infeliz, qué brazos a su madre tender,
 sino truncas mostrando las heridas de los arrebatados miembros:
 «Contémplame, madre», dice. A aquello que vio aulló Ágave 725
 y su cuello agitó y movió por los aires su melena,
 y arrancándole la cabeza, a ella abrazada con dedos cruentos
 clama: «Io, compañeras, esta obra la victoria nuestra es».
 No más rápido unas frondas, por el frío del otoño tocadas,
 y ya mal sujetas, las arrebata de su alto árbol el viento, 730
 que fueron los miembros del hombre por manos nefandas despedazados.
     Con tales ejemplos advertidas los nuevos sacrificios frecuentan
 e inciensos dan y honran las Isménides las santas aras.

Libro IV


Las hijas de Minias (I)
 
     Mas no Alcítoe la Mineia estima que las orgias
 deban acogerse del dios, sino que todavía, temeraria, que Baco
 progenie sea de Júpiter niega y socias a sus hermanas
 de su impiedad tiene. La fiesta celebrar el sacerdote
 -y, descargadas de los trabajos suyos, a las sirvientas y sus dueñas 5
 sus pechos con piel cubrirse, sus cintas para el pelo desatarse,
 guirnaldas en su melena, en sus manos poner frondosos tirsos-
 había ordenado, y que salvaje sería del dios ofendido la ira
 vaticinado había: obedecen madres y nueras
 y sus telas y cestos y los no hechos pesos de hilo guardan, 10
 e inciensos dan, y a Baco llaman, y a Bromio, y a Lieo,
 y al hijo del fuego y al engendrado dos veces y al único bimadre;
 se añade a éstos Niseo, e intonsurado Tioneo
 y, con Leneo, el natal plantador de la uva
 y Nictelio y padre Eleleo y Iaco y Euhan 15
 y cuantos además, numerosos, por los griegos pueblos
 nombres, Líber, tienes; pues tuya la inagotable juventud es,
 tú muchacho eterno, tú el más hermoso en el alto cielo
 contemplado eres; cuando sin cuernos estás, virgínea
 la cabeza tuya es; el Oriente por ti fue vencido, hasta allí, 20
 donde la decolor India se ciñe del extremo Ganges.
 A Penteo tú, venerando, y a Licurgo, el de hacha de doble ala,
 sacrílegos, inmolas, y los cuerpos de los tirrenos mandas
 al mar, tú, insignes por sus pintos frenos, de tus biyugues
 linces los cuellos oprimes. Las Bacas y los Sátiros te siguen, 25
 y el viejo que con la caña, ebrio, sus titubantes miembros
 sostiene, y no fuertemente se sujeta a su encorvado burrito.
 Por donde quiera que entras, un clamor juvenil y, a una,
 femeninas voces y tímpanos pulsados por palmas,
 y cóncavos bronces suenan, y de largo taladro el boj. 30
     «Plácido y suave», ruegan las Isménides, «vengas»,
 y los ordenados sacrificios honran; solas las Mineides, dentro,
 turbando las fiestas con intempestiva Minerva,
 o sacan lanas o las hebras con el pulgar viran
 o prendidas están de la tela, y a sus sirvientas con labores urgen; 35
 de las cuales una, haciendo bajar el hilo con su ligero pulgar:
 «Mientras cesan otras e inventados sacrificios frecuentan,
 nosotras también a quienes Palas, mejor diosa, detiene», dice,
 «la útil obra de las manos con varia conversación aliviemos
 y por turnos algo, que los tiempos largos parecer 40
 no permita, en medio contemos para nuestros vacíos oídos».
 Lo dicho aprueban y la primera le mandan narrar sus hermanas.
 Ella qué, de entre muchas cosas, cuente -pues muchísimas conocía-
 considera, y en duda está de si de ti, babilonia, narrar,
 Dércetis, quien los Palestinos creen que, tornada su figura, 45
 con escamas que cubrían sus miembros removió los pantanos,
 o más bien de cómo la hija de aquélla, asumiendo alas,
 sus extremos años en las altas torres pasara,
 o acaso cómo una náyade con su canto y sus demasiado poderosas hierbas
 tornara unos juveniles cuerpos en tácitos peces 50
 hasta que lo mismo padeció ella, o, acaso, el que frutos blancos llevaba,
 cómo ahora negros los lleva por contacto de la sangre, ese árbol:
 esto elige; ésta, puesto que una vulgar fábula no es,
 de tales modos comenzó, mientras la lana sus hilos seguía:


Píramo y Tisbe
 
     «Píramo y Tisbe, de los jóvenes el más bello el uno, 55
 la otra, de las que el Oriente tuvo, preferida entre las muchachas,
 contiguas tuvieron sus casas, donde se dice que
 con cerámicos muros ciñó Semíramis su alta ciudad.
 El conocimiento y los primeros pasos la vecindad los hizo,
 con el tiempo creció el amor; y sus teas también, según derecho, se hubieran unido 60
 pero lo vetaron sus padres; lo que no pudieron vetar:
 por igual ardían, cautivas sus mentes, ambos.
 Cómplice alguno no hay; por gesto y señales hablan,
 y mientras más se tapa, tapado más bulle el fuego.
 Hendida estaba por una tenue rendija, que ella había producido en otro tiempo, 65
 cuando se hacía, la pared común de una y otra casa.
 Tal defecto, por nadie a través de siglos largos notado
 -¿qué no siente el amor?-, los primeros lo visteis los amantes
 y de la voz lo hicisteis camino, y seguras por él
 en murmullo mínimo vuestras ternuras atravesar solían. 70
 Muchas veces, cuando estaban apostados de aquí Tisbe, Píramo de allí,
 y por turnos fuera buscado el anhélito de la boca:
 «Envidiosa», decían, «pared, ¿por qué a los amantes te opones?
 ¿Cuánto era que permitieses que con todo el cuerpo nos uniéramos,
 o esto si demasiado es, siquier que, para que besos nos diéramos, te abrieras? 75
 Y no somos ingratos: que a ti nosotros debemos confesamos,
 el que dado fue el tránsito a nuestras palabras hasta los oídos amigos.
     Tales cosas desde su opuesta sede en vano diciendo,
 al anochecer dijeron «adiós» y a la parte suya dieron
 unos besos cada uno que no arribarían en contra. 80
 La siguiente Aurora había retirado los nocturnos fuegos,
 y el sol las pruinosas hierbas con sus rayos había secado.
 Junto al acostumbrado lugar se unieron. Entonces con un murmullo pequeño,
 de muchas cosas antes quejándose, establecen que en la noche silente
 burlar a los guardas y de sus puertas fuera salir intenten, 85
 y que cuando de la casa hayan salido, de la ciudad también los techos abandonen,
 y para que no hayan de vagar recorriendo un ancho campo,
 que se reúnan junto al crematorio de Nino y se escondan bajo la sombra
 del árbol: un árbol allí, fecundísimo de níveas frutas,
 un arduo moral, había, colindante a una helada fontana. 90
 Los acuerdos aprueban; y la luz, que tarde les pareció marcharse,
 se precipita a las aguas, y de las aguas mismas sale la noche.
     Astuta, por las tinieblas, girando el gozne, Tisbe
 sale y burla a los suyos y, cubierto su rostro,
 llega al túmulo, y bajo el árbol dicho se sienta. 95
 Audaz la hacía el amor. He aquí que llega una leona,
 de la reciente matanza de unas reses manchadas sus espumantes comisuras,
 que iba a deshacerse de su sed en la onda del vecino hontanar;
 a ella, de lejos, a los rayos de la luna, la babilonia Tisbe
 la ve, y con tímido pie huye a una oscura caverna 100
 y mientras huye, de su espalda resbalados, sus velos abandona.
 Cuando la leona salvaje su sed con mucha onda contuvo,
 mientras vuelve a las espesuras, encontrados por azar sin ella misma,
 con su boca cruenta desgarró los tenues atuendos.
 Él, que más tarde había salido, huellas vio en el alto 105
 polvo ciertas de fiera y en todo su rostro palideció
 Príamo; pero cuando la prenda también, de sangre teñida,
 encontró: «Una misma noche a los dos», dice, «amantes perderá,
 de quienes ella fue la más digna de una larga vida;
 mi vida dañina es. Yo, triste de ti, te he perdido, 110
 que a lugares llenos de miedo hice que de noche vinieras
 y no el primero aquí llegué. ¡Destrozad mi cuerpo
 y mis malditas entrañas devorad con fiero mordisco,
 oh, cuantos leones habitáis bajo esta peña!
 Pero de un cobarde es pedir la muerte». Los velos de Tisbe 115
 recoge, y del pactado árbol a la sombra consigo los lleva,
 y cuando dio lágrimas, dio besos a la conocida prenda:
 «Recibe ahora» dice «también de nuestra sangre el sorbo»,
 y, del que estaba ceñido, se hundió en los costados su hierro,
 y sin demora, muriendo, de su hirviente herida lo sacó, 120
 y quedó tendido de espalda al suelo: su crúor fulgura alto,
 no de otro modo que cuando un caño de plomo defectuoso
 se hiende, y por el tenue, estridente taladro, largas
 aguas lanza y con sus golpes los aires rompe.
 Las crías del árbol, por la aspersión de la sangría, en negra 125
 faz se tornan, y humedecida de sangre su raíz,
 de un purpúreo color tiñe las colgantes moras.
     He aquí que, su miedo aún no dejado, por no burlar a su amante,
 ella vuelve, y al joven con sus ojos y ánimo busca,
 y por narrarle qué grandes peligros ha evitado está ansiosa; 130
 y aunque el lugar reconoce, y en el visto árbol su forma,
 igualmente la hace dudar del fruto el color: fija se queda en si él es.
 Mientras duda, unos trémulos miembros ve palpitar
 en el cruento suelo y atrás su pie lleva, y una cara que el boj
 más pálida portando se estremece, de la superficie en el modo, 135
 que tiembla cuando lo más alto de ella una exigua aura toca.
 Pero después de que, demorada, los amores reconoció suyos,
 sacude con sonoro golpe, indignos, sus brazos
 y desgarrándose el cabello y abrazando el cuerpo amado
 sus heridas colmó de lágrimas, y con su llanto el crúor 140
 mezcló, y en su helado rostro besos prendiendo:
 «Píramo», clamó, «¿qué azar a ti de mí te ha arrancado?
 Píramo, responde. La Tisbe tuya a ti, queridísimo,
 te nombra; escucha, y tu rostro yacente levanta».
 Al nombre de Tisbe sus ojos, ya por la muerte pesados, 145
 Píramo irguió, y vista ella los volvió a velar.
     La cual, después de que la prenda suya reconoció y vacío
 de su espada vio el marfil: «Tu propia a ti mano», dice, «y el amor,
 te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo
 esto, una mano, hay también amor: dará él para las heridas fuerzas. 150
 Seguiré al extinguido, y de la muerte tuya tristísima se me dirá
 causa y compañera, y quien de mí con la muerte sola
 serme arrancado, ay, podías, habrás podido ni con la muerte serme arrancado.
 Esto, aun así, con las palabras de ambos sed rogados,
 oh, muy tristes padres mío y de él, 155
 que a los que un seguro amor, a los que la hora postrera unió,
 de depositarles en un túmulo mismo no os enojéis;
 mas tú, árbol que con tus ramas el lamentable cuerpo
 ahora cubres de uno solo -pronto has de cubrir de dos-,
 las señales mantén de la sangría, y endrinas, y para los lutos aptas, 160
 siempre ten tus crías, testimonios del gemelo crúor»,
 dijo, y ajustada la punta bajo lo hondo de su pecho
 se postró sobre el hierro que todavía de la sangría estaba tibio.
 Sus votos, aun así, conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres,
 pues el color en el fruto es, cuando ya ha madurado, negro, 165
 y lo que a sus piras resta descansa en una sola urna».


Los amores del Sol. Marte y Venus. Leucótoe. Clítie

     Había cesado, e intermedio hubo un breve tiempo, y empezó
 a hablar Leucónoe; su voz contuvieron las hermanas.
 «A éste también, que templa todas las cosas con su sidérea luz,
 cautivó el amor, al Sol: del Sol contaremos los amores. 170
 El primero que el adulterio de Venus con Marte vio
 se cree este dios; ve este dios todas las cosas el primero.
 Hondo se dolió del hecho y al marido, descendencia de Juno,
 los hurtos de su lecho y del hurto el lugar mostró; mas a aquél,
 su razón y la obra que su fabril diestra sostenía, 175
 se le cayeron: al punto gráciles de bronce unas cadenas,
 y redes y lazos que las luces burlar pudieran
 lima -no aquella obra vencerían las más tenues
 hebras, no la que cuelga de la más alta viga telaraña-
 y que a los ligeros tactos pequeños movimientos obedezcan 180
 consigue, y el lecho circundando las coloca con arte.
 Cuando llegaron a este lecho, al mismo, su esposa y el adúltero,
 con el arte del marido y las ataduras preparadas de novedosa manera,
 en mitad de sus abrazos ambos sorprendidos quedan.
 El Lemnio al punto sus puertas marfileñas abrió 185
 y admitió a los dioses; ellos yacían enlazados
 indecentemente, y algunos de entre los dioses no tristes desea
 así hacerse indecente... Los altísimos rieron y largo tiempo
 ésta fue conocidísima hablilla en todo el cielo.
     «Lleva a cabo la Citereia, de la de delación, un castigo vengador, 190
 y, por turnos, a aquél que hirió sus escondidos amores
 hiere con amor semejante. ¿De qué ahora, de Hiperión el nacido,
 tu hermosura y tu color a ti, y tus radiadas luces te sirven?
 Así es que tú, quien con tus fuegos todas las tierras abrasas,
 abrásaste con un fuego nuevo, y quien todas las cosas divisar debes, 195
 a Leucótoe contemplas y clavas en una doncella sola,
 los que al cosmos debes, ojos: ya te levantas más tempranamente
 del auroral cielo, ya más tarde caes a las ondas,
 y por tu demora en contemplarla alargas las invernales horas;
 desfalleces a las veces, y el mal de tu mente a tus luces 200
 pasa, y, oscuro, los mortales pechos aterras,
 y no porque a ti de la luna la imagen más cercana a las tierras
 se haya opuesto palideces: hace tal color el amor este.
 Quieres a ésta sola, y no a ti Clímene, y Rodas,
 ni te retiene la genetriz, bellísima, de la Eea Circe, 205
 y la que tus concúbitos, Clitie, aunque despreciada
 buscaba, y que en el mismo tiempo aquel una grave herida
 tenía: Leucótoe, de muchas, los olvidos hizo,
 a la cual, del pueblo aromático, en parto dio a luz,
 hermosísima, Eurínome; pero después de que la hija creció, 210
 cuanto la madre a todas, tanto a la madre la hija vencía.
 Rigió las aquemenias ciudades su padre Órcamo y él
 el séptimo desde su primitivo origen, desde Belo, se numera.
 Bajo el eje Vespertino están los pastos de los caballos del Sol:
 ambrosia en vez de hierba tienen; ella sus cansados miembros 215
 de los diurnos menesteres nutre y los repara para su labor.
 Y mientras los cuadrípedes allí celestes pastos arrancan
 y la noche su turno cumple, en los tálamos el dios penetra amados,
 tornado en la faz de Eurínome, la genetriz, y entre
 una docena de sirvientas, a Leucótoe, a las luces, divisa, 220
 que ligeras hebras sacaba, girando el huso.
 Así pues, cuando cual una madre hubo dado besos a su querida hija:
 «Un asunto», dice «arcano es: sirvientas, retiraos, y no
 arrebatad el arbitrio a una madre de cosas secretas hablar».
 Habían obedecido, y el dios, el tálamo sin testigo dejado: 225
 «Aquel yo soy», dijo, «que mido el largo año,
 todas las cosas quien veo, por quien ve todo la tierra,
 del cosmos el ojo: a mí, créeme, complaces». Se asusta ella y del miedo
 la rueca y el huso cayeron de sus dedos remisos.
 El propio temor decor le fue, y no más largamente él demorándose 230
 a su verdadero aspecto regresó y a su acostumbrado nitor;
 mas la virgen, aunque aterrada por la inesperada visión,
 vencida por el nitor del dios, dejando su lamento, su fuerza sufrió.
     «Se enojó Clitie, pues tampoco moderado había sido
 en ella del Sol el amor, y acuciada de la rival por la ira, 235
 divulga el adulterio y a la difamada ante su padre
 acusa; él, feroz e implacable, a la que suplicaba
 y tendía las manos a las luces del Sol y que: «Él
 fuerza me hizo contra mi voluntad», decía, la sepultó, sanguinario,
 bajo alta tierra y un túmulo encima añade de pesada arena. 240
 Lo disipa con sus rayos de Hiperión el nacido y camino
 te da a ti por donde puedas sacar tu sepultado rostro;
 y tú ya no podías, matada tu cabeza por el peso de la tierra,
 ninfa, levantarla, y cuerpo exangüe yacías:
 nada que aquello más doliente se cuenta que el moderador de los voladores 245
 caballos, después de los fuegos de Faetonte, había visto.
 Él ciertamente los gélidos miembros intenta, si pueda,
 de sus radios con las fuerzas, retornar al vivo calor;
 pero, puesto que a tan grandes intentos el hado se opone,
 con néctar aromado asperjó su cuerpo y el lugar, 250
 y de muchas cosas antes lamentándose: «Tocarás, aun así, el éter», dijo.
 En seguida, imbuido del celeste néctar el cuerpo
 se licueció y la tierra humedeció con su aroma,
 y una vara a través de los terrones, insensiblemente, con raíces en ella hechas,
 de incienso, se irguió, y el túmulo con su punta rompió. 255
     Mas a Clitie, aunque el amor excusar su dolor,
 y su delación el dolor podía, no más veces el autor de la luz
 acudió y de Venus la moderación a sí mismo se hizo en ella.
 Se consumió desde de aquello, demencialmente de sus amores haciendo uso,
 sin soportar ella a las ninfas, y bajo Júpiter noche y día 260
 se sentó en el suelo desnuda, desnudos, despeinada, sus cabellos,
 y durante nueve luces sin probar agua ni alimento,
 con mero rocío y las lágrimas suyas sus ayunos cebó
 y no se movió del suelo; sólo contemplaba del dios
 el rostro al pasar y los semblantes suyos giraba a él. 265
 Sus miembros, cuentan, se prendieron al suelo, y una lívida palidez
 vertió parte de su color a las exangües hierbas;
 tiene en parte un rubor, y su cara una flor muy semejante a la violeta cubre.
 Ella, aunque por una raíz está retenida, al Sol
 se vuelve suyo y mutada conserva su amor».


Las hijas de Minias (II)

     Había dicho, y el hecho admirable había cautivado los oídos.
 Parte que ocurrir pudiera niegan, parte, que todo los verdaderos
 dioses pueden, recuerdan: pero no también Baco entre ellos.
     Se reclama a Alcítoe, después de que callaron sus hermanas.
 La cual, por el radio haciendo correr las hebras de la tela puesta: 275
 «Por divulgados callo», dijo, «del pastor Dafnis del
 Ida los amores, a quien su ninfa por la ira de su rival
 confirió a una roca: tan gran dolor abrasa a los amantes;
 y no hablo de cómo en otro tiempo, innovada la ley de la naturaleza,
 ambiguo fuera, ora hombre, ora mujer Sitón. 280
 A ti también, ahora acero, en otro tiempo fidelísimo al pequeño
 Júpiter, Celmis, y a los Curetes, engendrados por larga lluvia,
 y a Croco, en pequeñas flores, con Esmílace, tornado:
 a todos dejo de lado, y vuestros ánimos con una dulce novedad retendré.


Sálmacis y Hermafrodito

     De dónde que infame sea, por qué con sus poco fuertes ondas 285
 Sálmacis enerva y ablanda los miembros por ella tocados,
 aprended. La causa se ignora; el poder es conocidísimo del manantial.
 A un niño, de Mercurio y la divina Citereide nacido,
 las náyades nutrieron bajo las cavernas del Ida,
 del cual era la faz en la que su madre y padre 290
 conocerse pudieran; su nombre también trajo de ellos.
 Él, en cuanto los tres quinquenios hizo, los montes
 abandonó patrios y, el Ida, su nodriza, dejado atrás,
 de errar por desconocidos lugares, de desconocidas corrientes
 ver, gozaba, su interés aminorando la fatiga. 295
 Él incluso a las licias ciudades, y a Licia cercanos, los carios
 llega: ve aquí un pantano, de una linfa diáfana
 hasta el profundo suelo. No allí caña palustre,
 ni estériles ovas, ni de aguda cúspide juncos:
 perspicuo licor es; lo último, aun así, del pantano, de vivo 300
 césped se ciñe, y de siempre verdeantes hierbas.
 Una ninfa lo honra, pero ni para las cacerías apta ni que los arcos
 doblar suela ni que competir en la carrera,
 y única de las náyades no conocida para la veloz Diana.
 A menudo a ella, fama es, le dijeron sus hermanas: 305
 «Sálmacis, o la jabalina o las pintas aljabas coge,
 y con duras cacerías tus ocios mezcla».
 Ni la jabalina coge ni las pintas ella aljabas,
 ni con duras cacerías sus ocios mezcla,
 sino ora en la fontana suya sus hermosos miembros lava, 310
 a menudo con peine del Citoro alisa sus cabellos
 y qué le sienta bien consulta a las ondas que contempla,
 ahora, circundando su cuerpo de un muy diáfano atuendo,
 bien en las mullidas hojas, bien en las mullidas se postra hierbas,
 a menudo coge flores. Y entonces también por azar las cogía 315
 cuando al muchacho vio, y visto deseó tenerlo.
     Aun así, no antes se acercó, aunque tenía prisa por acercarse,
 de que se hubo compuesto, de que alrededor se contempló los atuendos,
 y fingió su rostro, y mereció el hermosa parecer.
 Entonces, así empezando a hablar: «Muchacho, oh, dignísimo de que se crea 320
 que eres un dios, o si tú dios eres, puedes ser Cupido,
 o si eres mortal, quienes te engendraron dichosos,
 y tu hermano feliz, y afortunada seguro
 si alguna tú hermana tienes, y la que te dio sus pechos, tu nodriza;
 pero mucho más que todos, y mucho más dichosa aquélla, 325
 si alguna tú prometida tienes, si a alguna dignarás con tu antorcha,
 ésta tú, si es que alguna tienes, sea furtivo mi placer,
 o si ninguna tienes, yo lo sea, y en el tálamo mismo entremos».
 La náyade después de esto calló; del muchacho un rubor la cara señaló
 -pues no sabe qué el amor-, pero también enrojecer para su decor era. 330
 Ese color el de los suspendidos frutos de un soleado árbol,
 o el del marfil teñido es, o, en su candor, cuando en vano
 resuenan los bronces auxiliares, el de la rojeciente luna.
 A la ninfa, que reclamaba sin fin de hermana, al menos,
 besos, y ya las manos a su cuello de marfil le echaba: 335
 «¿Cesas, o huyo, y contigo», dice él, «esto dejo?».
 Sálmacis se atemorizó y: «Los lugares estos a ti libres te entrego,
 huésped», dice, y simula marcharse su paso tornando;
 entonces también, mirando atrás, y recóndita ella de arbustos en una espesura,
 se ocultó y en doblando la rodilla se abajó. Mas él, 340
 claro está, como inobservado y en las vacías hierbas,
 aquí va y allá y acullá, y en las retozonas ondas
 las solas plantas de sus pies y hasta el tobillo baña;
 sin demora, por la templanza de las blandas aguas cautivado,
 sus suaves vestimentas de su tierno cuerpo desprende. 345
 Entonces en verdad complació él, y de su desnuda figura por el deseo
 Sálmacis se abrasó; flagran también los ojos de la ninfa
 no de otro modo que cuando nitidísimo en el puro orbe
 en la opuesta imagen de un espejo se refleja Febo;
 y apenas la demora soporta, apenas ya sus goces difiere, 350
 ya desea abrazarle, ya a sí misma mal se contiene, amente.
 Él, veloz, con huecas palmas palmeándose su cuerpo
 abajo salta, y a las linfas alternos brazos llevando
 en las líquidas aguas se trasluce, como si alguien unas marfileñas
 estatuas cubra, o cándidos lirios, con un claro vidrio. 355
 «Hemos vencido y mío es» exclama la náyade, y toda
 ropa lejos lanzando, en mitad se mete de las ondas
 y al que lucha retiene y disputados besos le arranca
 y le sujeta las manos y su involuntario pecho toca,
 y ahora por aquí del joven alrededor, ahora se derrama por allá; 360
 finalmente, debatiéndose él en contra y desasirse queriendo,
 lo abraza como una serpiente, a la que sostiene la regia ave y
 elevada la arrebata: colgando, la cabeza ella y los pies
 le enlaza y con la cola le abraza las expandidas alas;
 o como suelen las hiedras entretejer los largos troncos 365
 y como bajo las superficies el pulpo su apresado enemigo
 contiene, de toda parte enviándole sus flagelos.
 Persiste el Atlantíada y sus esperados goces a la ninfa
 deniega; ella aprieta, y acoplada con el cuerpo todo,
 tal como estaba prendida: «Aunque luches, malvado», dijo, 370
 «no, aun así, escaparás. Así, dioses, lo ordenéis, y a él
 ningún día de mí, ni a mí separe de él».
 Los votos tuvieron sus dioses, pues, mezclados, de los dos
 los cuerpos se unieron y una faz se introduce en ellos
 única; como si alguien, que juntos conduce en una corteza unas ramas, 375
 al crecer, juntarse ellas, y al par desarrollarse contempla,
 así, cuando en un abrazo tenaz se unieron sus miembros,
 ni dos son, sino su forma doble, ni que mujer decirse
 ni que muchacho, pueda, y ni lo uno y lo otro, y también lo uno y lo otro, parece.
 Así pues, cuando a él las fluentes ondas, adonde hombre había descendido, 380
 ve que semihombre lo habían hecho, y que se ablandaron en ellas
 sus miembros, sus manos tendiendo, pero ya no con voz viril,
 el Hermafrodito dice: «Al nacido dad vuestro de regalos,
 padre y también genetriz, que de ambos el nombre tiene,
 que quien quiera que a estas fontanas hombre llegara, salga de ahí 385
 semihombre y súbitamente se ablande, tocadas, en las aguas».
 Conmovidos ambos padres, de su nacido biforme válidas las palabras
 hicieron y con una incierta droga la fontana tiñeron».


Las hijas de Minias (III)

     El fin era de sus palabras, y todavía de Minias la prole
 apresura la tarea y desprecia al dios y su fiesta profana, 390
 cuando unos tímpanos súbitamente, no visibles, con roncos
 sonidos en contra rugen, y la flauta de combado cuerno,
 y tintineantes bronces suenan; aroman las mirras y los azafranes
 y, cosa que el crédito mayor, empezaron a verdecer las telas
 y, de hiedra en la faz, a cubrirse de frondas la veste suspendida; 395
 parte acaba en vides, y los que poco antes hilos fueron,
 en sarmiento se mutan; de la hebra un pámpano sale;
 la púrpura su fulgor acomoda a las pintas uvas.
 Y ya el día pasado había y el tiempo llegaba
 al que tú ni tinieblas, ni le pudieras decir luz, 400
 sino con la luz, aun así, los confines de la dudosa noche:
 los techos de repente ser sacudidos, y las grasas lámparas arder
 parecen, y con rútilos fuegos resplandecer las mansiones,
 y falsos espectros de salvajes fieras aullar:
 y ya hace tiempo se esconden por las humeantes estancias las hermanas 405
 y por diversos lugares los fuegos y las luces evitan,
 y mientras buscan las tinieblas, una membrana por sus pequeñas articulaciones
 se extiende e incluye sus brazos en una tenue ala;
 y, de qué en razón hayan perdido su vieja figura,
 saber no permiten las tinieblas. No a ellas pluma las elevaba, 410
 a sí se sostenían, aun así, con perlúcidas alas,
 y al intentar hablar, mínima y según su cuerpo una voz
 emiten, y realizan sus leves lamentos con un estridor,
 y los techos, no las espesuras frecuentan, y la luz odiando,
 de noche vuelan y de la avanzada tarde tienen el nombre.


Atamante e Ino

     Entonces en verdad por toda Tebas de Baco memorable
 el numen era y las grandes fuerzas del nuevo dios
 su tía materna narra por todas partes, y de tantas hermanas, ajena
 ella sola al dolor era: salvo al que le hicieron sus hermanas.
 Reparó en ella -que por sus nacidos y el tálamo de Atamante tenía 420
 subidos los ánimos, y por su prohijado numen- Juno,
 y no lo soportó, y para sí: «¿Ha podido de una rival el nacido
 tornar a los meonios marineros y en el piélago sumergirlos,
 y, para que sean destrozadas, a su madre dar de su hijo las entrañas,
 y a las triples Mineides cubrir con nuevas alas? 425
 ¿Nada habrá podido Juno, sino no vengados llorar sus dolores?
 ¿Y esto para mí bastante es? ¿Esta sola la potencia nuestra es?
 Él mismo enseña qué haga yo -lícito es también del enemigo aprender-,
 y qué el furor pueda, de Penteo con el asesinato bastante
 y de más ha mostrado: ¿por qué no aguijonearle y que vaya 430
 por los consanguíneos ejemplos con sus propios furores Ino?
 Hay una vía declive, nublada por el funesto tejo:
 lleva, a través de mudos silencios, a las infiernas sedes;
 la Estige nieblas exhala, inerte, y las sombras recientes
 descienden allí y espectros que han cumplido con sus sepulcros: 435
 la palidez y el invierno poseen ampliamente esos lugares espinosos y, nuevos,
 por dónde sea el camino, los manes ignoran, el que lleva a la estigia
 ciudad, dónde esté la fiera regia del negro Dis.
 Mil entradas la capaz ciudad, y abiertas por todos lados sus puertas
 tiene, y como los mares de toda la tierra los ríos, 440
 así todas las almas el lugar acoge este, y no para pueblo
 alguno exiguo es, o que una multitud ingresa, siente.
 Vagan exangües, sin cuerpo y sin huesos, las sombras,
 y una parte el foro frecuentan, parte los techos del más bajo tirano,
 una parte algunas artes, imitaciones de su antigua vida, 445
 ejercen, a otra parte una condena coerce.
     Soporta ir allí, su sede celeste dejada
 -tanto a sus odios y a su ira daba-, la Saturnia Juno;
 adonde una vez que entró y por su sagrado cuerpo oprimido
 gimió el umbral, sus tres caras Cérbero sacó 450
 y tres ladridos a la vez dio; ella a las Hermanas,
 de la Noche engendradas, llama, grave e implacable numen:
 de la cárcel ante las puertas cerradas con acero estaban sentadas,
 y de sus cabellos peinaban negras serpientes.
 A la cual una vez reconocieron entre las sombras de la calina, 455
 se pusieron de pie las diosas; Sede Maldita se llama:
 sus entrañas ofrecía Titio para ser desgarradas, y sobre nueve
 yugadas se extendía; por ti, Tántalo, ningunas
 aguas pueden aprehenderse, y el que asoma huye, ese árbol;
 o buscas o empujas la que ha de retornar, Sísifo, roca; 460
 se gira Ixíon y a sí mismo se persigue y huye,
 y las que preparar la muerte de sus primos osaron,
 asiduas ondas, que perderán, vuelven a buscar, las Bélides.
     A los cuales todos después de que con una mirada torva la Saturnia
 vio y antes de todos a Ixíon, de vuelta desde aquél 465
 a Sísifo mirando: «¿Por qué éste, de sus hermanos», dice,
 «perpetuos sufre castigos? A Atamante, el soberbio,
 una regia rica le tiene, quien a mí, con su esposa, siempre
 me ha despreciado», y expone las causas de su odio y su camino
 y qué quiera: lo que querría era que la regia de Cadmo 470
 no siguiera en pie y que a la fechoría arrastraran, a Atamante, unos furores.
 Gobierno, promesas, súplicas confunde en uno,
 y solivianta a las diosas: así, esto Juno habiendo dicho,
 Tisífone, con sus canos cabellos, como estaba, turbados,
 los movió y rechazó de su cara las culebras que la estorbaban 475
 y así: «no de largos rodeos menester es», dijo;
 «hecho considera cuanto ordenas; el inamable reino
 abandona y vuélvete de un cielo mejor a las auras».
 Alegre regresa Juno, a la cual, en el cielo a entrar disponiéndose,
 con roradas aguas lustró la Taumantíade Iris. 480
     Y sin demora Tisífone, la importuna, humedecida de sangre
 toma una antorcha, y de fluido crúor rojeciente
 se pone el manto, y con una torcida sierpe se enciñe,
 y sale de la casa. El Luto la acompaña a su paso
 y el Pavor y el Terror y con tembloroso rostro la Insania. 485
 En el umbral se había apostado: las jambas que temblaron se cuenta
 del Eolio, y una palidez inficionó las puertas de arce,
 y el Sol del lugar huye. Ante esos prodigios, aterrada la esposa,
 aterrado quedó Atamante, y de su techo a salir se aprestaban:
 se opuso la infausta Erinis y la entrada sitió, 490
 y sus brazos distendiendo, uncidos de viperinos nudos,
 su cabellera sacudió: movidas sonaron las culebras,
 y parte yacen por sus hombros, parte, alrededor de sus pechos resbaladas,
 silbidos dan y suero vomitan y sus lenguas vibran.
 De ahí dos serpientes sajó, de en medio de sus cabellos, 495
 y con su calamitosa mano, las que había arrebatado, les arrojó; mas ellas
 de Ino los senos, y de Atamante, recorren
 y les insuflan graves alientos, y heridas a sus miembros
 ningunas hacen: su mente es la que los siniestros golpes siente.
 Había traído consigo también portentos de fluente veneno, 500
 de la boca de Cérbero espumas, y jugos de Equidna,
 y desvaríos erráticos, y de la ciega mente olvidos,
 y crimen y lágrimas y rabia y de la sangría el amor,
 todo molido a la vez, lo cual, con sangre mezclado reciente,
 había cocido en un bronce cavo, revuelto con verde cicuta; 505
 y mientras espantados están ellos, vierte este veneno de furia
 en el pecho de ambos y sus entrañas más íntimas turba.
 Entonces, una antorcha agitando por el mismo orbe muchas veces,
 alcanza con los fuegos, velozmente movidos, los fuegos.
 Así, vencedora, y de lo ordenado dueña, a los inanes 510
 reinos vuelve del gran Dis y se desciñe de la serpiente que cogiera.
     En seguida el Eólida furibundo en mitad de su corte
 clama: «Io, compañeros, las redes tended en estos bosques.
 Aquí ahora con su gemela prole visto he a una leona»,
 y, como de una fiera, sigue las huellas de su esposa, amente, 515
 y del seno de su madre, riendo y sus pequeños brazos tendiéndole,
 a Learco arrebata, y dos y tres veces por las auras
 al modo lo rueda de una honda, y en una rígida roca su boca,
 que aún no hablaba, despedaza feroz; entonces, en fin, excitada la madre,
 -si el dolor esto hizo, o del veneno esparcido causa-, 520
 aúlla, y con los cabellos sueltos huye mal sana,
 y a ti llevándote, pequeño, en sus desnudos brazos, Melicertes:
 «Evohé, Baco», grita: de Baco bajo el nombre Juno
 rio y: «Estos servicios te preste a ti», dijo, «tu prohijado».
 Suspendida hay sobre las superficies un risco; su parte inferior socavada está 525
 por los oleajes y a las ondas que cubre defiende de las lluvias,
 la superior rígida está y su frente a la abierta superficie extiende;
 se apodera de él -fuerzas la insania le daba- Ino
 y a sí misma sobre el ponto, sin que ningún temor la retarde,
 se lanza y a su carga; golpeada la onda se encandeció. 530
     Mas Venus, de los sufrimientos compadecida de su nieta, que no los merecía,
 así al tío suyo enterneció: «Oh, numen de las aguas,
 ante quien cedió, siguiente al del cielo, Neptuno, el poder,
 grandes cosas, ciertamente, reclamo, pero tú compadécete de los míos,
 que lanzados ves en el Jonio inmenso, 535
 y a los dioses añádelos tuyos. Alguna también yo estima en el ponto tengo,
 si es cierto que un día, en medio del profundo, compacta
 espuma fui y mi griego nombre queda de ella».
 Asiente a la que ruega Neptuno y arrebató de ellos
 lo que mortal fue, y una majestad verenda 540
 les impuso y su nombre al mismo tiempo que su aspecto les innovó,
 y con Leucotea, su madre, al dios Palemón llamó.


Las compañeras de Ino

     Sus sidonias compañeras, cuanto pudieron siguiendo
 las señales de sus pies, en lo primero de la roca vieron, las más recientes,
 y sin duda de su muerte cercioradas, a la Cadmeida casa 545
 con sus palmas hicieron duelo, rasgándose, con la ropa, sus cabellos,
 y como poco justa y demasiado con su rival cruel
 achares hicieron a la diosa; estos reproches Juno
 no soportó y: «Os haré a vosotras mismas máximos», dijo,
 «exponentes de la crueldad mía»; el hecho a los dichos siguió. 550
 Pues la que principalmente había sido devota: «Seguiré», dice,
 «a los estrechos a la reina» y un salto al ir a dar, moverse
 a parte alguna no pudo y al risco fija quedó adherida;
 otra, mientras con el acostumbrado golpe intenta herir
 sus pechos, sintió que los que lo intentaban quedaron rígidos, sus brazos; 555
 aquélla que las manos por azar había tendido del mar a las ondas,
 en piedra vuelta, las manos a las mismas ondas alarga;
 de una, cuando arrebataba y rasgaba de su cabeza su pelo,
 endurecidos súbitamente los dedos en el pelo vieras:
 en el gesto en que cada una sorprendida fue, se queda en él. 560
 Parte aves se hicieron; las que ahora también en la garganta aquella
 las superficies cortan con lo extremo de sus alas, las Isménides.


Cadmo y Harmonía

     Desconoce el Agenórida que su nacida y su pequeño nieto
 de la superficie son dioses; por el luto y la sucesión de sus males
 vencido, y por los ostentos que numerosos había visto, sale, 565
 su fundador, de la ciudad suya, como si la fortuna de esos lugares,
 no la suya lo empujara, y por su largo vagar llevado,
 alcanza las ilíricas fronteras con su prófuga esposa.
 Y ya de males y de años cargados, mientras los primeros hados
 coligen de su casa, y repasan en su conversación sus sufrimientos: 570
 «¿Y si sagrada aquella serpiente atravesada por mi cúspide»,
 Cadmo dice, «fuera, entonces, cuando de Sidón saliendo
 sus vipéreos dientes esparcí por la tierra, novedosas simientes?
 A la cual, si el celo de los dioses con tan certera ira vindica,
 yo mismo, lo suplico, como serpiente sobre mi largo vientre me extienda», 575
 dijo, y como serpiente sobre su largo vientre se tiende
 y a su endurecida piel que escamas le crecen siente
 y que su negro cuerpo se variega con azules gotas
 y sobre su pecho cae de bruces, y reunidas en una sola,
 poco a poco se atenúan en una redondeada punta sus piernas. 580
 Los brazos ya le restan: los que le restan, los brazos tiende
 y con lágrimas por su todavía humana cara manando:
 «Acércate, oh, esposa, acércate, tristísima», dijo,
 «y mientras algo queda de mí, me toca, y mi mano
 coge, mientras mano es, mientras no todo lo ocupa la serpiente». 585
 Él sin duda quiere más decir, pero su lengua de repente
 en partes se hendió dos, y no las palabras al que habla
 abastan, y cuantas veces se dispone a decir lamentos
 silba: esa voz a él su naturaleza le ha dejado.
 Sus desnudos pechos con la mano hiriendo exclama la esposa: 590
 «Cadmo, espera, desdichado, y despójate de estos prodigios.
 Cadmo, ¿Qué esto, dónde tu pie, dónde están tus brazos y manos
 y tu color y tu faz y, mientras hablo, todo? ¿Por qué no
 a mí también, celestes, en la misma sierpe me tornáis?».
 Había dicho, él de su esposa lamía la cara, 595
 y a sus senos queridos, como si los reconociera, iba,
 y le daba abrazos y su acostumbrado cuello buscaba.
 Todo el que está presente -estaban presentes los cortesanos- se aterra; mas ella
 los lúbricos cuellos acaricia del crestado reptil
 y súbitamente dos son y, junta su espiral, serpean, 600
 hasta que de un vecino bosque a las guaridas llegaron.
 Ahora también, ni huyen del hombre ni de herida le hieren,
 y qué antes habían sido recuerdan, plácidos, los reptiles.


Perseo y Atlas
 
     Pero aun así a ambos consuelos grandes de su tornada
 figura su nieto les había dado, a quien, por él debelada, honraba 605
 la India, a quien celebraba la Acaya en los templos a él puestos.
 Sólo el Abantíada, de su mismo origen creado,
 Acrisio, queda, que de las murallas lo aleje de la ciudad
 de Argos y contra el dios lleve las armas; y su estirpe
 no cree que sea de dioses; pues tampoco de Júpiter ser creía 610
 a Perseo, a quien Dánae había concebido de pluvial oro.
 Pronto, aun así, a Acrisio -tan grande es la presencia de la verdad-
 tanto haber ultrajado al dios como no haber reconocido a su nieto
 le pesa: impuesto ya en el cielo está el uno, mas el otro,
 devolviendo el despojo memorable del vipéreo portento, 615
 el aire tierno rasgaba con sus estridentes alas,
 y cuando sobre las líbicas arenas, vencedor, estaba suspendido,
 de la cabeza de la Górgona unas gotas cayeron cruentas,
 que, por ella recogidas, la tierra animó en forma de variegadas serpientes,
 de ahí que concurrida ella está, e infesta esa tierra de culebras. 620
     Desde ahí, a través del infinito por vientos discordes llevado,
 ahora aquí ahora allí, al ejemplo de la nube acuosa
 se mueve, y de la alta superficie retiradas largamente
 contempla las tierras y todo sobrevuela el orbe.
 Tres veces las heladas Ursas, tres veces del cangrejo los brazos ve, 625
 muchas veces para los ocasos, muchas veces es arrebatado a los ortos,
 y ya cayendo el día, temiendo confiarse a la noche,
 se posó, reinos de Atlas, en el Vespertino círculo,
 y un exiguo descanso busca mientras el Lucero los fuegos
 convoque de la Aurora, y la Aurora los carros diurnos. 630
 Aquí, de los hombres a todos con su ingente cuerpo superando,
 el Japetiónida Atlas estuvo: la última de las tierras
 bajo el rey este, y el ponto estaba, que a los jadeantes caballos
 del Sol sus superficies somete y acoge sus fatigados ejes.
 Mil greyes para él y otras tantas vacadas por sus hierbas 635
 erraban y su tierra vecindad ninguna oprimía;
 las arbóreas frondas, que de su oro radiante brillaban,
 de oro sus ramas, de oro sus frutos, cubrían.
 «Huésped», le dice Perseo a él, «si a ti la gloria te conmueve
 de un linaje grande, del linaje mío Júpiter el autor; 640
 o si eres admirador de las gestas, admirarás las de nos;
 hospedaje y descanso busco». Memorioso él de la vetusta
 ventura era -Temis esta ventura le había dado, la Parnasia-:
 «Un tiempo, Atlas, vendrá en el que será expoliado de su oro el árbol
 tuyo, y del botín el título este de Júpiter un nacido tendrá». 645
 Esto temiendo, con sólidos montes sus pomares había cerrado
 Atlas, y a un vasto reptil los había dado a guardar,
 y alejaba de sus fronteras a los extraños todos.
 A éste también: «Márchate fuera, no sea que lejos la gloria de las gestas
 que finges», dijo, «lejos de ti Júpiter quede», 650
 y fuerza a sus amenazas añade, y con sus manos expulsar intenta
 al que tardaba y al que con las plácidas mezclaba fuertes palabras.
 En fuerzas inferior -pues quién parejo sería de Atlas
 a las fuerzas-: «Mas, puesto que poco para ti la estima nuestra vale,
 coge este regalo», dice, y de la izquierda parte, él mismo 655
 de espalda vuelto, de Medusa la macilenta cara le sacó.
 Cuan grande él era, un monte se hizo Atlas: pues la barba y la melena
 a ser bosques pasan, cimas son sus hombros y brazos,
 lo que cabeza antes fue, es en lo alto del monte cima,
 los huesos piedra se hacen; entonces, alto, hacia partes todas 660
 creció al infinito, así los dioses lo establecisteis, y todo
 -con tantas estrellas- el cielo, descansó en él.


Perseo y Andrómeda

     Había encerrado el Hipótada en su eterna cárcel a los vientos
 e, invitador a los quehaceres, clarísimo en el alto cielo,
 el Lucero había surgido: con sus alas retomadas ata él 665
 por ambas partes sus pies y de su arma arponada se ciñe
 y el fluente aire, movidos sus talares, hiende.
 Gentes innumerables alrededor y debajo había dejado:
 de los etíopes los pueblos y los campos cefeos divisa.
 Allí, sin ella merecerlo, expiar los castigos de la lengua 670
 de su madre a Andrómeda, injusto, había ordenado Amón;
 a la cual, una vez que a unos duros arrecifes atados sus brazos
 la vio el Abantíada -si no porque una leve brisa le había movido
 los cabellos, y de tibio llanto manaban sus luces,
 de mármol una obra la habría considerado-, contrae sin él saber unos fuegos 675
 y se queda suspendido y, arrebatado por la imagen de la vista hermosura,
 casi de agitar se olvidó en el aire sus plumas.
 Cuando estuvo de pie: «Oh», dijo, «mujer no digna, de estas cadenas,
 sino de esas con las que entre sí se unen los deseosos amantes,
 revélame, que te lo pregunto, el nombre de tu tierra y el tuyo 680
 y por qué ataduras llevas». Primero calla ella y no se atreve
 a dirigirse a un hombre, una virgen, y con sus manos su modesto
 rostro habría tapado si no atada hubiera estado;
 sus luces, lo que pudo, de lágrimas llenó brotadas.
 Al que más veces la instaba, para que delitos suyos confesar 685
 no pareciera que ella no quería, el nombre de su tierra y el suyo,
 y cuánta fuera la arrogancia de la materna hermosura
 revela, y todavía no recordadas todas las cosas, la onda
 resonó, y llegando un monstruo por el inmenso ponto
 se eleva sobre él y ancha superficie bajo su pecho ocupa. 690
     Grita la virgen: su genitor lúgubre, y a la vez
 su madre está allí, ambos desgraciados, pero más justamente ella,
 y no consigo auxilio sino, dignos del momento, sus llantos
 y golpes de pecho llevan y en el cuerpo atado están prendidos,
 cuando así el huésped dice: «De lágrimas largos tiempos 695
 quedar a vosotros podrían; para ayuda prestarle breve la hora es.
 A ella yo, si la pidiera, Perseo, de Júpiter nacido y de aquélla
 a la que encerrada llenó Júpiter con fecundo oro,
 de la Górgona de cabellos de serpiente, Perseo, el vencedor, y el que sus alas
 batiendo osa ir a través de las etéreas auras, 700
 sería preferido a todos ciertamente como yerno; añadir a tan grandes
 dotes también el mérito, favorézcanme sólo los dioses, intento:
 que mía sea salvada por mi virtud, con vosotros acuerdo».
 Aceptan su ley -pues quién lo dudaría- y suplican
 y prometen encima un reino como dote los padres. 705
     He aquí que igual que una nave con su antepuesto espolón lanzada
 surca las aguas, de los jóvenes por los sudorosos brazos movida:
 así la fiera, dividiendo las ondas al empuje de su pecho,
 tanto distaba de los riscos cuanto una baleárica honda,
 girado el plomo, puede atravesar de medio cielo, 710
 cuando súbitamente el joven, con sus pies la tierra repelida,
 arduo hacia las nubes salió: cuando de la superficie en lo alto
 la sombra del varón avistada fue, en la avistada sombra la fiera se ensaña,
 y como de Júpiter el ave, cuando en el vacío campo vio,
 ofreciendo a Febo sus lívidas espaldas, un reptil, 715
 se apodera de él vuelto, y para que no retuerza su salvaje boca,
 en sus escamosas cervices clava sus ávidas uñas,
 así, en rápido vuelo lanzándose en picado por el vacío,
 las espaldas de la fiera oprime, y de ella, bramante, en su diestro ijar
 el Ináquida su hierro hasta su curvo arpón hundió. 720
 Por su herida grave dañada, ora sublime a las auras
 se levanta, ora se somete a las aguas, ora al modo de un feroz jabalí
 se revuelve, al que el tropel de los perros alrededor sonando aterra.
 Él los ávidos mordiscos con sus veloces alas rehúye
 y por donde acceso le da, ahora sus espaldas, de cóncavas conchas por encima sembradas, 725
 ahora de sus lomos las costillas, ahora por donde su tenuísima cola
 acaba en pez, con su espada en forma de hoz, hiere.
 El monstruo, con bermellón sangre mezclados, oleajes
 de su boca vomita; se mojaron, pesadas por la aspersión, sus plumas,
 y no en sus embebidos talares más allá Perseo osando 730
 confiar, divisó un risco que con lo alto de su vértice
 de las quietas aguas emerge: se cubre con el mar movido.
 Apoyado en él y de la peña sosteniendo las crestas primeras con su izquierda,
 tres veces, cuatro veces pasó por sus ijares, una y otra vez buscados, su hierro.
 Los litorales el aplauso y el clamor llenaron, y las superiores 735
 moradas de los dioses: gozan y a su yerno saludan
 y auxilio de su casa y su salvador le confiesan
 Casíope y Cefeo, el padre; liberada de sus cadenas
 avanza la virgen, precio y causa de su trabajo.
 Él sus manos vencedoras agua cogiendo lustra, 740
 y con la dura arena para no dañar la serpentífera cabeza,
 mulle la tierra con hojas y, nacidas bajo la superficie, unas ramas
 tiende, y les impone de la Forcínide Medusa la cabeza.
 La rama reciente, todavía viva, con su bebedora médula
 fuerza arrebató del portento y al tacto se endureció de él 745
 y percibió un nuevo rigor en sus ramas y fronda.
 Mas del piélago las ninfas ese hecho admirable ensayan
 en muchas ramas, y de que lo mismo acontezca gozan,
 y las simientes de aquéllas iteran lanzadas por las ondas:
 ahora también en los corales la misma naturaleza permaneció, 750
 que dureza obtengan del aire que tocan, y lo que
 mimbre en la superficie era, se haga, sobre la superficie, roca.
     Para dioses tres él otros tantos fuegos de césped pone;
 el izquierdo para Mercurio, el diestro para ti, belicosa virgen,
 el ara de Júpiter la central es; se inmola una vaca a Minerva, 755
 al de pies alados un novillo, un toro a ti, supremo de los dioses.
 En seguida a Andrómeda, sin dote, y las recompensas de tan gran
 proeza arrebata: sus teas Himeneo y Amor
 delante agitan, de largos aromas se sacian los fuegos
 y guirnaldas penden de los techos, y por todos lados liras 760
 y tibia y cantos, del ánimo alegre felices
 argumentos, suenan; desatrancadas sus puertas los áureos
 atrios todos quedan abiertos, y con bello aparato instruidos
 los cefenios próceres entran en los convites del rey.
     Después de que, acabados los banquetes, con el regalo de un generoso baco 765
 expandieron sus ánimos, por el cultivo y el hábito de esos lugares
 pregunta el Abantíada; al que preguntaba en seguida el único
 [narra el Lincida las costumbres y los hábitos de sus hombres];
 el cual, una vez lo hubo instruido: «Ahora, oh valerosísimo», dijo,
 «di, te lo suplico, Perseo, con cuánta virtud y por qué 770
 artes arrebataste la cabeza crinada de dragones».


Perseo y Medusa

     Narra el Agenórida que bajo el helado Atlas yacente
 hay un lugar, seguro por la defensa de su sólida mole;
 que de él en la avenida habitaron las gemelas hermanas
 Fórcides, que compartían de una sola luz el uso; 775
 que de éste él, con habilidosa astucia, furtivamente, mientras se lo traspasan,
 se apoderó, poniendo debajo su mano; y que a través de unas roquedas lejos
 escondidas, y desviadas, y erizadas de espesuras fragosas
 alcanzó de las Górgonas las casas, y que por todos lados, a través de los campos
 y a través de las rutas, vio espectros de hombres y de fieras 780
 que, de su antiguo ser, en pedernal convertidos fueron al ver a la Medusa.
 Que él, aun así, de la horrenda Medusa la figura había contemplado
 en el bronce repercutido del escudo que su izquierda llevaba,
 y mientras un grave sueño a sus culebras y a ella misma ocupaba
 le arrancó la cabeza de su cuello, y que, por sus plumas fugaz, 785
 Pégaso, y su hermano, de la sangre de su madre nacidos fueron.
     Añadió también de su largo recorrido los no falsos peligros,
 qué estrechos, que tierras bajo sí había visto desde el alto,
 y qué estrellas había tocado agitando sus alas;
 antes de lo deseado calló, aun así; toma la palabra uno 790
 del número de los próceres preguntando por qué ella sola de sus hermanas
 llevaba entremezcladas alternas sierpes con sus cabellos.
 El huésped dice: «Puesto que saber deseas cosas dignas de relato,
 recibe de lo preguntado la causa. Clarísima por su hermosura
 y de muchos pretendientes fue la esperanza envidiada 795
 ella, y en todo su ser más atractiva ninguna parte que sus cabellos
 era: he encontrado quien haberlos visto refiera.
 A ella del piélago el regidor, que en el templo la pervirtió de Minerva,
 se dice: tornóse ella, y su casto rostro con la égida,
 la nacida de Júpiter, se tapó, y para que no esto impune quedara, 800
 su pelo de Górgona mutó en indecentes hidras.
 Ahora también, cuando atónitos de espanto aterra a sus enemigos,
 en su pecho adverso, las que hizo, sostiene a esas serpientes.



Libro V


Perseo y Fineo

     Y mientras estas cosas, de los cefenos en medio del grupo, de Dánae
 el héroe conmemora, de una bronca multitud los reales
 atrios se llenan, y el que unas conyugales
 fiestas cante no es su clamor, sino el que anuncie fieras armas,
 y en repentinos tumultos los convites tornados, 5
 asemejarlos a un estrecho podrías, al que, quieto, la salvaje
 rabia de los vientos removiendo sus ondas exaspera.
 Primero entre ellos, Fineo, de esa guerra el temerario autor,
 agitando un astil de fresno con cúspide de bronce:
 «Heme aquí», dice, «heme aquí de mi esposa antes de tiempo arrebatada vengador; 10
 y ni de mí a ti tus plumas, ni en falso oro tornado
 Júpiter te arrebatará». A él, que intentaba disparar, Cefeo:
 «¿Qué haces?», exclama, «¿Qué cabeza a ti, germano,
 enloquecido, te mueve a este delito? ¿No es por unos tan grandes méritos que esta gracia
 se devuelve? ¿Con esta dote la vida de la rescatada pagas? 15
 La cual a ti, no Perseo, la verdad si buscas, te quita,
 sino de las Nereidas el grave numen, sino el cornado Amón,
 sino el monstruo del ponto que de las entrañas venía
 a saciarse mías; en ese tiempo a ti arrebatada te fue,
 en el que a morir iba, a no ser que, cruel, esto precisamente 20
 exijas, que muera, y que tú con el luto te consueles nuestro.
 Claro que no bastante es que, tú mirando, haya sido desatada,
 y que ninguna ayuda tú, su tío o su prometido, le prestaste:
 ¿encima, de que por un otro haya sido salvada te dolerás,
 y sus premios le arrebatarás? Ellos si a ti grandes te parecen, 25
 de aquellos escollos donde fijos estaban los hubieses buscado.
 Ahora deja que quien la buscó, por quien no es huérfana esta vejez,
 se lleve lo que por sus méritos y con la voz se ha pactado, y que él
 no a ti, sino a una cierta muerte antepuesto fue, entiende».
 Él nada repuso, sino que tanto a él como a Perseo con rostro 30
 alternativo mirando, si acuda a éste ignora o a aquél,
 y demorándose brevemente, blandida con las fuerzas su asta
 cuantas la ira le daba, inútilmente, a Perseo le manda.
 Cuando quedó de pie ella en el diván, de los cobertores entonces por fin Perseo
 saltó y, esa arma devolviéndole, feroz, su enemigo 35
 pecho le hubiera roto si no tras los altares Fineo
 se hubiese ido, y, cosa indigna, a un maldito le fue de provecho un ara.
 En la frente, aun así, de Reto, no defraudada su cúspide se clavó,
 el cual, después que cayó y el hierro de su hueso fue arrancado,
 convulsiona, y asperja de sangre las puestas mesas. 40
 Entonces en verdad arde la masa en indómitas iras
 y sus dardos allí concentran, y hay quienes que Cefeo dicen,
 con su yerno, debe morir; pero del umbral de su morada
 había salido Cefeo, poniendo por testigos el derecho, la lealtad,
 y del hospedaje a los dioses, de que aquello con su prohibición se promovía. 45
     La bélica Palas asiste y protege con su égida a su hermano
 y le da ánimos. Había un indo, Atis, a quien de la corriente del Ganges
 una nacida, Limnee, bajo sus vítreas ondas había parido
 según se cree, egregio por su hermosura, que con su rico atavío
 él acrecía, todavía íntegro en sus dos veces octavos años, 50
 vistiendo clámide tiria, que una orla recorría
 áurea; ornaban gargantillas de oro su cuello
 y, rezumantes de mirra, un curvado pasador sus cabellos;
 él ciertamente, lanzándoles la jabalina, cosas, aun distantes,
 en atravesar docto era, pero en tender más docto los arcos. 55
 Entonces también a él, que con flexible mano doblaba los cuernos, Perseo
 con un palo que en medio puesto del ara humeaba
 lo derribó, y entre sus quebrados huesos confundió su cara.
 A él, cuando su alabado rostro agitando en la sangre
 el asirio lo vio Licabante, unidísimo a él 60
 y su compañero y de su verdadero amor no disimulador,
 después que al que exhalaba la vida bajo su amarga herida
 lloró, a Atis, esos arcos que él había tensado
 arrebató y: «Conmigo sean tus combates», dijo,
 «y no largo te alegrarás del hado de un muchacho, por el que más 65
 deshonra que gloria tienes». Esto todo todavía no
 había dicho: rieló de su nervio un penetrante dardo,
 y, evitado, aun así, de su ondulado vestido quedó colgando.
 Torna contra él su arpón, contemplado en la muerte de Medusa,
 el Acrisioníada, y lo entra en su pecho; mas él, 70
 ya muriendo, con ojos que nadaban bajo una noche negra
 alrededor buscó a Atis, y se inclinó hacia él,
 y se llevó a los manes los consuelos de su unida muerte.
     He aquí que el sienita Forbas, nacido de Metíon,
 y el libio Anfimedonte, ávidos de acometer la lucha, 75
 con la sangre con la que ampliamente la tierra humedecida se templaba
 habían caído resbalando; al levantarse se lo impide una espada,
 del uno en su costado, de Forbas en la garganta traspasada.
 Mas no al Actórida Érito, cuya arma una ancha
 segur bifronte era, Perseo busca acercándole su espada, sino que, con altos 80
 relieves protuberante y por el peso de su mucha masa
 ingente, con las dos manos levanta una cratera,
 y se la estrella al hombre; vomita él rútilo crúor,
 y hacia atrás cayendo la tierra con su moribunda cabeza golpea.
 Después a Polidegmon, de la sangre de Semíramis nacido, 85
 y al caucasio Ábaris y al Esperquionida Liceto
 e intonso de pelo a Hélice, y a Flegias y a Clito
 abate y los erigidos montones de murientes pisa.
     Y Fineo, no osando correr cuerpo a cuerpo hacia su enemigo,
 blande una jabalina: a ella su vagar hizo caer en Ida, 90
 que no participaba, en vano, en esa guerra, y ninguna de las dos armas seguía.
 Él, vigilando con ojos torvos al inclemente Fineo:
 «Visto que sin duda a los partidos», dice, «se me arrastra, recibe Fineo
 el enemigo que tú has hecho y paga con esta herida la herida».
 Y ya cuando iba a devolver, sacado de su herida, el dardo, 95
 sobre sus miembros cayó desplomado, de sangre faltos.
     También entonces, después del rey cefeno el primero Hodita
 por la espada yace de Clímeno; a Protoénor lo abate Hipseo,
 a Hipseo el Lincida. Estuvo también el muy anciano entre ellos
 Ematión, de lo justo amante y temeroso de los dioses, 100
 el cual, puesto que le prohíben sus años combatir, hablando
 lucha, y avanza, y las criminales armas maldice;
 a él Cromis, abrazado con temblorosas palmas a los altares,
 le tajó con la espada la cabeza, la cual hacia delante cayó al ara,
 y allí con su casi exánime lengua palabras execratorias 105
 dejó salir y en medio de los fuegos expiró su aliento.
     Después de eso los gemelos hermanos Broteas y Amón, con los cestos
 invictos -si vencerse pudieran con los cestos las espadas-,
 de Fineo por mano cayeron, y de Ceres el sacerdote
 Ámpico, velado en sus sienes por la blanqueciente cinta. 110
 Tú también Lampétida, que no debiste ser tomado para estos servicios,
 sino quien, de la paz obra, la cítara al par de la voz movías,
 encargado habías sido de celebrar los manjares y la fiesta cantando;
 al cual, lejos retirado y el plectro no belicoso sosteniendo,
 Pétalo, burlándose: «A los estigios manes cántales», dijo, 115
 «el resto», y en la izquierda sien su punta le clavó;
 cayó, y con dedos moribundos él vuelve a tocar
 los hilos de la lira y por acaso fue triste canción, la suya.
 Y no deja que éste impunemente haya caído, feroz, Licormas,
 y arrebatando del diestro poste el robusto cerrojo 120
 contra los huesos de la mitad de su cerviz lo estrelló, mas él
 se postró en tierra, de un novillo inmolado a la manera.
 Arrancar intentaba también del poste izquierdo el roble
 el cinifio Pélates: intentándolo, su derecha atravesada fue
 por la cúspide del marmárida Córito y con el leño se quedó prendido; 125
 allí sujeto su costado vació Abante, y no se derrumbó él,
 sino que del poste que le retenía, muriendo, su mano colgaba.
 Tendido está también Melaneo, de los cuarteles de Perseo seguidor,
 y riquísimo en campo nasamoníaco Dórilas,
 el rico en campo Dórilas, que él no había poseído otro 130
 más extensión, o los mismos elevaba montones de incienso.
 En su ingle, oblicuamente, un disparado hierro se le quedó apostado:
 mortífero ese lugar; al cual, después que de su herida el autor,
 estertorando su aliento y volviendo sus luces, le vio,
 el bactrio Halcioneo: «Eso que oprimes», dice, «ten, 135
 de tantos campos, de tierra» y su cuerpo exangüe abandonó.
 Blande contra éste su astil, de la caliente herida arrebatada,
 vengador, el Abantíada; la cual, en mitad de la nariz recibida
 por su nuca atravesó y por ambas partes sobresale;
 y mientras a su mano la fortuna favorece, a Clitio y Clanis, 140
 en una madre engendrados sola, con una opuesta herida derribó,
 pues a través de los dos muslos de Clitio, blandido con su grave
 brazo, un fresno hizo pasar; una jabalina Clanis con la boca mordió.
 Cayó también Celadón el mendesio, cayó Astreo,
 de madre palestina, de dudoso padre creado, 145
 y Etíon, sagaz en otro tiempo para el porvenir ver,
 entonces engañado por un ave falsa, y Toactes, del rey
 el armero, e infame por haber asesinado a su genitor Agirtes.
 Más, aun así, que lo concluido queda; y puesto que de todos el deseo
 el de a uno solo aplastar es, conjuradas de todas partes pugnan 150
 tropas por la causa que el mérito y la palabra dada impugna;
 por esta parte el suegro, en vano piadoso, y la nueva esposa
 con su genetriz apoyan, y con sus alaridos los atrios llenan,
 pero el sonido de las armas los supera, y los gemidos de los que están cayendo,
 y una vez manchados de ella, con mucha sangre Belona 155
 sus penates anega, y renovados combates mezcla.
     Rodean a uno solo Fineo y los mil que siguen
 a Fineo: los dardos vuelan, que el invernal granizo más numerosos,
 cerca de ambos costados y cerca de su luz y sus orejas.
 Acopla él sus hombros a las rocas de una gran columna, 160
 y seguras las espaldas teniendo y a las adversas tropas vuelto,
 resiste a los que le acosan: le acosaba por la parte siniestra
 el caonio Molpeo, por la diestra el nabateo Equemon.
 Como una tigresa al oír en los extremos de un valle los mugidos
 de dos manadas, aguijoneada por el hambre, 165
 no sabe a cuál de ambos mejor lanzarse y por lanzarse arde a ambos,
 así dudoso Perseo de si a diestra o a izquierda irse,
 a Molpeo con una herida atravesando la pierna aparta,
 y contento con su huida quedó, puesto que no le da tiempo Etemon,
 sino que enloquecido está; y, ansiando hacerle heridas en lo alto de su cuello, 170
 con no circunspectas fuerzas lanzando la espada
 la rompió, y en la externa parte de la columna golpeada
 la lámina saltó despedida y de su dueño en la garganta se clavó.
 No, aun así, para la muerte causas bastante vigorosas aquella
 llaga le dio; tembloroso, y sus inertes brazos en vano 175
 tendiendo, Perseo lo perforó con su cilénida alfanje.
     Pero cuando su virtud a la multitud sucumbir vio:
 «Auxilio», Perseo dijo, «puesto que así lo forzáis
 vosotros mismos, del enemigo buscaré: los rostros volved vuestros,
 si algún amigo hay presente» y de la Górgona sacó la cara. 180
 «Busca a otro a quien impresionen tus oráculos», dijo
 Téscelo, y cuando con su mano una jabalina fatal se preparaba
 a mandar, en ese gesto quedó, estatua de mármol.
 Próximo a él Ámplice, plenísimo de su magno ánimo,
 el pecho del Lincida busca: y en el buscarle 185
 su derecha se arreció y no más acá se movió ni más allá.
 Mas Nileo, el que engendrado del séptuple Nilo
 se había mentido y en su escudo incluso sus corrientes siete,
 en plata en parte, en parte había cincelado en oro:
 «Contempla», dice, «Perseo, los primordios de nuestra familia: 190
 grandes consuelos te llevarás a las tácitas sombras de la muerte
 por tan gran hombre al haber caído»; la parte última de su voz
 en mitad de su sonido quedó suprimida y, entreabierta, querer
 su boca hablar creerías, y no es ella transitable a las palabras.
 Les increpa a ellos Érice y: «Por falta de ánimo, no por sus fuerzas 195
 de Górgona», dice, «estáis paralizados; atacadle conmigo
 y postrad en tierra a ese joven que mágicas armas mueve».
 A atacarle iba: retuvo sus plantas la tierra
 e inmovilizado sílice permaneció su armada imagen.
 Ellos, aun así, por cuanto habían merecido los castigos tuvieron, pero uno solo 200
 el soldado era de Perseo: por él mientras lucha, Aconteo,
 la Górgona contemplando, en una surgida roca se consolidó;
 a él, creyendo Astíages que todavía vivía, con su larga
 espada lo hiere: resonó con tintineos agudos la espada.
 Mientras queda suspendido Astíages la naturaleza contrajo misma 205
 y en su marmórea cara permanece su rostro de asombro.
 Larga demora es los nombres de la mitad de esa muchedumbre de varones
 decir: dos veces cien cuerpos restaban al combate,
 la Górgona al ver, dos veces cien cuerpos se arreciaron.
     Se arrepiente entonces al cabo Fineo de su injusta guerra, 210
 pero ¿qué puede hacer? Los simulacros ve en diversas posturas,
 y reconoce a los suyos, y por su nombre cada uno llamado,
 le reclama ayuda y, creyéndolo poco, los cuerpos a sí próximos
 toca: mármol eran; se aparta y así suplicante
 sus confesas manos y oblicuos sus brazos tendiéndole: 215
 «Vences», dice, «Perseo. Aparta tus prodigios, y el petrificador
 rostro quita de quien quiera que ella sea, tu Medusa:
 quítalo. No a nos el odio y del poder el deseo
 nos ha impulsado a esta guerra; por una esposa movimos las armas.
 La causa fue tuya por sus méritos mejor, por su tiempo la nuestra: 220
 no haber cedido me pesa: nada, oh valerosísimo, excepto
 este aliento concédeme; tuyo lo demás sea».
 Al que tal decía y no a él, a quien con su voz rogaba,
 a mirar se atrevía: «Lo que yo», dice, «temerosísimo Fineo,
 sí puedo otorgarte y un gran regalo es para un hombre inerte, 225
 deja tu miedo, te otorgaré: ningún hierro te hará violencia;
 pero además te daré un recordatorio que permanecerá por los siglos,
 y en la casa del suegro siempre se te contemplará, del nuestro,
 para que se solace mi esposa de su prometido con la imagen».
 Dijo y a la parte trasladó a la Forcínide a aquella 230
 a la que Fineo con su temblorosa cara se había vuelto.
 Entonces también, al que intentaba sus luces tornar, el cuello
 se arreció, y, en roca, de sus ojos el humor se endureció,
 pero aun así su cara temerosa y su rostro, en mármol suplicante,
 y sus sumisas manos y su faz culpable permaneció. 235


Otras hazañas de Perseo

     Vencedor el Abantíada en las murallas patrias con su esposa
 entra y de un padre defensor y vengador, que no lo merecía,
 ataca a Preto: pues puesto en fuga su hermano mediante las armas,
 Preto se había apoderado de los acrisióneos recintos.
 Pero ni con la ayuda de las armas ni con el que mal había capturado, el recinto, 240
 las torvas luces superó del prodigio portador de culebras.
     A ti, aun así, oh de la pequeña Serifos regidor, Polidectes,
 ni de este joven la virtud, a través de tantas pruebas contemplada,
 ni sus desgracias te habían ablandado, sino que un inexorable odio,
 duro de ti, ejerces y un final en tu injusta ira no hay. 245
 Detractas incluso su gloria y fingida de Medusa
 arguyes que es la muerte. «Te daremos a ti prendas de la verdad.
 Salvad vuestras luces», Perseo dice, y la cara del rey
 con la cara de Medusa pedernal sin sangre hizo.


Pégaso

     Hasta aquí a su hermano, nacido del oro, como acompañante 250
 la Tritonia se ofreció; después, circundada de una cóncava nube, Serifon
 abandonó, a diestra Citnos y Gíaros dejados,
 y por donde sobre el ponto el camino parecía el más breve, a Tebas
 y el virgíneo Helicón acude; monte que, cuando alcanzó,
 en él se apostó y así se dirigió a sus doctas hermanas: 255
 «La fama de un nuevo manantial ha arribado hasta nuestros oídos,
 el que la dura pezuña del alado hijo de Medusa ha quebrado.
 Él la causa de mi camino: he querido el admirable hecho
 contemplar; lo vi a él de la materna sangre nacer».
 Toma la palabra Urania: «Cualquiera que es la causa para ti 260
 de ver estas casas, divina, al ánimo gratísima nuestro eres.
 Verdadera, aun así, la noticia es: es Pégaso el origen de este
 manantial», y a los licores sagrados condujo a Palas.
 Quien admirando mucho tiempo, hechas a golpes de pie, las ondas,
 de espesuras antiguas las florestas alrededor contempló, 265
 y las cavernas y las hierbas adornadas por innumerables flores,
 y felices llama al par por su estudio y su lugar
 a las Memnónides; a ella así se dirigió una de las hermanas:


Pireneo

     «Oh tú, que si tu valentía a obras mayores no te llevara
 al partido vendrías, Tritonia, de nuestro coro, 270
 verdades dices y con mérito apruebas nuestras artes y lugar,
 y una grata suerte, con que seguras sólo estemos, tenemos.
 Pero -hasta tal punto vedado está al crimen nada- todo aterra
 estas virgíneas mentes, y siniestro ante mi cara Piréneo
 ronda y todavía en toda mi mente no me he recobrado. 275
 La Dáulide y los campos foceos con su tracio soldado
 había hecho cautivos ese feroz, y unos injustos reinos retenía.
 A nuestros templos nos dirigíamos parnasios: nos vio cuando marchábamos,
 y nuestros númenes venerando con falaz rostro:
 «Memnónides», pues nos había reconocido, «deteneos», dijo, 280
 «y no dudéis, os suplico, bajo el techo mío esta grave estrella y esta lluvia»
 -lluvia había- «en evitar: entraron en menores cabañas
 a menudo los altísimos». Por sus palabras y por el tiempo movidas,
 asentimos a aquel hombre y hasta lo primero entramos de su morada.
 Habían cesado las lluvias, y vencido por los aquilones el austro, 285
 las hoscas nubes huían del nuevamente purgado cielo.
 Nuestra intención marchar fue: cerró sus techos Piréneo
 y una fuerza prepara que nosotras rehuimos tomando nuestras alas.
 Él, al perseguidor semejante, se apostó arduo en su fortaleza
 y: «Por donde el camino es vuestro, será también el mío», dijo, «el mismo», 290
 y se lanza fuera de sí desde el culmen de la más alta torre
 y cae de rostro y estallados los huesos de su cara
 bate una tierra, muriendo, de su maldita sangre teñida».


Las Piérides (I)

     La Musa decía: unas plumas sonaron por las auras
 y la voz de los que saludan llegaba de las ramas altas. 295
 Levanta la mirada y busca de dónde unas lenguas que tan claro
 hablan suenen, y un humano cree la hija de Júpiter que ha hablado.
 Un ave era, y en número de nueve, de sus hados quejándose,
 se habían establecido sobre las ramas, imitándolo todo, unas picazas.
 A la admirada diosa, así le comenzó la diosa: «Hace poco también éstas 300
 acrecieron de los voladores la multitud, vencidas en un certamen.
 Píeros las engendró, rico en peleos campos,
 y la peonia Evipe su madre fue: ella a la poderosa
 Lucina nueve veces, nueve veces al ir a parir, invocó.
 Henchidas estaban de su número esta multitud de estúpidas hermanas 305
 y a través de tantas hemonias, a través de tantas acaidas ciudades,
 aquí llegan, y con tal voz entablan los combates:
 «Cesad al indocto pueblo con esa vana dulzura
 de engañar. Con nosotras, si alguna es la confianza vuestra,
 Tespíades, contended, diosas. Ni en voz ni en arte 310
 seremos vencidas, y otras tantas somos. O retiraos vencidas
 del manantial de Medusa y de la hiantea Aganipe,
 o nosotras de los ematios llanos hasta donde los peonios
 nivosos nos retiraremos. Diriman las contiendas las ninfas».
 Vergonzoso ciertamente contender era, pero ceder pareció 315
 más vergonzoso. Las elegidas juran por sus corrientes, las ninfas,
 y, hechos de viva roca, ocuparon sus asientos.


Metamorfosis de dioses

     Entonces, sin sorteo, la que primera declaró que ellas competirían,
 las guerras canta de los altísimos, y en un falso honor a los Gigantes
 pone y atenúa los hechos de los grandes dioses; 320
 que salido de la más honda sede de la tierra Tifeo
 a los celestes causó miedo, y que todos dieron
 la espalda para la huida, hasta que, cansados, la egipcia tierra
 los acogió, y en siete puertos dividido el Nilo.
 Que allí también el nacido de la Tierra, Tifeo, llegó, narra, 325
 y que los altísimos se escondieron en mentidas figuras.
 «Y conductor de rebaño», dijo, «se vuelve Júpiter, de donde con recurvos
 cuernos ahora todavía se representa al libio Amón;
 el Delio en un cuervo está, la prole de Sémele en un macho cabrío,
 en una gata la hermana de Febo, la Saturnia en una nívea vaca, 330
 en un pez se esconde Venus, el Cilenio de un ibis en las alas».


El rapto de Prosérpina

     Hasta aquí al son de la cítara había movido su habladora boca:
 se nos demanda a las Aónides... Pero quizás ocios no tengas,
 ni para prestar a nuestros cantos oídos estés desocupada».
 «No lo duda, y vuestra canción a mí refiere por su orden», 335
 Palas dice, y del bosque se sienta en la leve sombra.
 La Musa relata: «Dimos la suma del certamen a una sola;
 se levanta y, con hiedra recogidos sus sueltos cabellos,
 Calíope antes templa, quejumbrosas, con el pulgar las cuerdas
 y estas canciones somete a los percutidos nervios: 340
     «La primera Ceres el terrón dividió con el corvo arado,
 la primera dio granos y alimentos suaves a las tierras,
 la primera dio sus leyes; de Ceres son todas las cosas regalo,
 a ella de cantar yo he; ojalá tan sólo decir pudiera
 canciones dignas de la diosa. Ciertamente la diosa de canción digna es. 345
     Vasta, sobre unos miembros de Gigantes echada fue una isla,
 la Trinácride, y, sometido a sus grandes moles, empuja
 a quien osó las etéreas sedes esperar, a Tifeo.
 Se afana él ciertamente, y pugna por volver a levantarse muchas veces,
 pero su diestra mano está sujeta al ausonio Peloro, 350
 la izquierda, Paquino, a ti, y del Lilibeo sus piernas son presa,
 su cabeza hunde el Etna, bajo el cual, de espaldas, arenas
 escupe, y llama, feroz, vomita de su boca Tifeo.
 Muchas veces por rechazar lucha los pesos de la tierra
 y las ciudades y los grandes montes rodar de su cuerpo: 355
 entonces tiembla la tierra y el rey teme mismo de los silentes
 que se abra el suelo y que por una ancha hendidura se destape,
 y que entrometido el día, a las temblorosas sombras aterre.
 Este desastre temiendo, de su tenebrosa sede el tirano
 había salido, y en su carro de negros caballos llevado 360
 rodeaba cauto de la sícula tierra los cimientos.
 Después que explorado bastante hubo que lugar ninguno vacilaba,
 y dejado su miedo, lo ve a él la Ericina en su vagar,
 en el monte suyo sentada, y a su nacido abrazando volador:
 «Armas y manos mías, mi nacido, mi poder», dijo, 365
 «ésos con los que superas a todos, coge tus dardos, Cupido,
 y al pecho del dios rápidas tensa tus saetas
 al que cedió la fortuna lo postrero del triple reino.
 Tú a los altísimos y al mismo Júpiter domas, tú a los númenes del ponto,
 por ti vencidos, y al mismo que rige los númenes del ponto. 370
 ¿Los Tártaros a qué esperan? ¿Por qué no el de tu madre y tu imperio
 extiendes? Se trata de la parte tercera del mundo,
 y, aun así, en el cielo -cuál ya el sufrimiento nuestro es-
 se nos desprecia y conmigo las fuerzas se disminuyen del Amor.
 ¿A Palas no ves y a la lanceadora Diana 375
 apartarse de mí? De Ceres también la hija, virgen,
 si lo toleramos, será, pues las esperanzas persigue mismas.
 Mas tú, por nuestro socio reino, si alguna estima es ésta,
 une a esa diosa con su tío», dijo Venus; él su aljaba
 desata y según el arbitrio su madre de mil saetas 380
 una separó, pero que la cual, ni más aguda ninguna,
 ni menos fallida es, ni que más oiga al arco,
 y oponiéndole la rodilla curvó el flexible cuerno
 y hasta el corazón con su arponada caña atravesó a Dis.
     «No lejos de las heneas murallas un lago hay, de alta 385
 -por nombre Pergo- agua: no que él más numerosas el Caístro
 las canciones de los cisnes en el deslizarse escucha de sus olas.
 Una espesura corona sus aguas ciñéndole todo costado y con sus
 frondas, como por un velo, de Febo rechaza las heridas;
 fríos dan sus ramas, flores de Tiro su humus húmedo: 390
 perpetua primavera es. En la cual floresta, mientras Prosérpina
 juega y violas o cándidos lirios corta,
 y mientras con afán de niña canastos y su seno
 llena y a sus iguales lucha por superar recogiendo,
 casi a la vez que vista fue, amada y raptada por Dis, 395
 hasta tal punto fue presuroso el amor. La diosa, aterrada, con afligida
 boca a su madre y a sus acompañantes, pero a su madre más veces,
 clama, y como desde su superior orilla el vestido había desgarrado,
 las colectadas flores de su túnica aflojada cayeron,
 y -tanta simplicidad a sus pueriles años acompañaba- 400
 esta pérdida también movió su virginal dolor.
 Su raptor lleva los carros y por su nombre a cada uno llamando
 exhorta a sus caballos, de los cuales, por su cuello y crines
 sacude de oscura herrumbre teñidas las riendas,
 y por los lagos altos, y por los pantanos que huelen a azufre 405
 vase de los Palicos, hirvientes en la rota tierra,
 y por donde los baquíadas, la raza nacida en Corinto, la de dos mares,
 entre desiguales puertos pusieron sus murallas.
     Hay, intermedio de Cíane y de Aretusa de Pisa,
 que une entre sus estrechos cuernos el incluido en él, un mar: 410
 aquí estuvo, de cuyo nombre también el pantano se denomina,
 entre las sicélidas ninfas celebradísima, Cíane;
 la cual, de su abismo en medio hasta la mitad se alzó del vientre,
 y reconoció a la diosa, y: «No iréis más lejos», dice;
 «no puedes de la involuntaria Ceres yerno ser: pedida, 415
 no raptada debió ser, y si comparar con las grandes
 las pequeñas cosas para mí lícito es, también a mí me eligió Anapis;
 implorada, aun así, y no como ésta, aterrada, me puse yo el velo».
 Dijo, y hacia partes opuestas sus brazos tendiendo,
 se les opone. No más allá contuvo el Saturnio su ira, 420
 y a sus terribles caballos incitando en lo profundo del abismo,
 blandido con su vigoroso brazo el cetro real
 ocultó; la herida tierra camino hacia los Tártaros hizo
 y los inclinados carros en mitad de la cratera recibió.
 «Mas Cíane, por la raptada diosa y las despreciadas leyes 425
 del manantial suyo afligida, una inconsolable herida
 en su mente callada lleva y en lágrimas se consume toda
 y de las que había sido su gran numen poco antes, en esas
 aguas se extenúa: ablandarse sus miembros hubieras visto,
 sus huesos poder doblarse, sus uñas deponer su rigidez; 430
 y lo primero de ella toda, cuanto era tenue, se licuece:
 sus azules cabellos y sus dedos y sus piernas y pies,
 pues breve el tránsito es hacia las heladas ondas
 de los reducidos miembros; después de esto los hombros y piel y costado
 y los pechos se vuelven, desvanecidos, en tenues riachos; 435
 finalmente en vez de viva sangre por sus viciadas venas
 linfa pasa, y resta nada que aprehender puedas.
     Mientras tanto asustada en vano su madre a su hija
 por todas las tierras, todo busca el profundo:
 a ella la Aurora al llegar, con sus húmedos cabellos, 440
 descansando no la vio, no el Héspero; ella para sus dos
 manos unos llameantes pinos ha encendido del Etna,
 y por las escarchadas tinieblas los lleva incesante;
 de nuevo, cuando el nutricio día había embotado las estrellas, a su nacida
 desde el ocaso del sol buscaba hasta sus nacimientos. 445
 Agotada de su labor sed había concebido, y su boca ningunos
 manantiales habían lavado, cuando cubierta de paja vio
 por azar una cabaña y sus pequeñas puertas pulsó; mas entonces
 sale una anciana y a la divina ve, y a quien linfa pedía,
 algo dulce le dio que había cubierto antes con tostada polenta. 450
 Mientras bebe ella lo dado, un chico de boca dura y atrevido
 se detuvo ante la diosa y se rió y ávida la llamó.
 Se ofendió ella, y con la todavía no bebida parte, al que hablaba,
 con la polenta mezclada con su líquido regó la divina.
 Absorbió su cara las manchas y los brazos que ahora poco llevara 455
 los lleva de piernas, una cola se añadió a sus mutados miembros
 y en una breve forma, para que no sea su capacidad grande de dañar,
 se contrae, y que una pequeña lagartija menor su medida es.
 De la asombrada y llorosa y a tocar aquellos prodigios dispuesta
 anciana huye, y del escondite gusta, y adecuado a su color 460
 el nombre tiene, constelado su cuerpo de variegadas gotas.
     A través de qué tierras la diosa, y qué ondas errara,
 de decir larga la demora es: en su búsqueda le faltó orbe.
 A Sicania vuelve, y mientras todo lustra en su caminar
 llegó también hasta Cíane. Ella, de no mutada haber sido, 465
 todo se lo habría narrado, pero boca y lengua al querer
 decir no ayudaban, ni con que hablara tenía.
 Señales, aun así, manifiestas dio, y, conocido para su madre,
 en ese lugar en que por azar se le había desprendido, en el abismo sagrado,
 de Perséfone el ceñidor encima mostró de las ondas. 470
 El cual una vez reconoció, como si entonces al fin raptada
 la hubiera sabido, sus no ornados cabellos se desgarró la divina,
 y una y otra vez golpeó con sus palmas sus pechos.
 No sabe todavía dónde está; a las tierras, aun así, increpa todas
 e ingratas las llama y no del regalo de sus frutos dignas, 475
 a Trinacria ante las otras, en la que las huellas de su pérdida
 ha hallado. Así pues allí con salvaje mano los arados que vuelven
 los terrones quebró, y a una semejante muerte, llena de ira,
 a los colonos y a los agrícolas bueyes entregó, y a los campos ordenó
 que defraudaran su depósito y fallidas las simientes hizo. 480
 La fertilidad de esta tierra, divulgada por el ancho orbe,
 falsa yace: mueren los sembrados en sus primeras hierbas
 y ya el sol excesivo, excesiva ya la lluvia los arrebata,
 y las estrellas y vientos las dañan y ávidas aves
 las simientes arrasadas recogen; la cizaña y los tríbulos fatigan 485
 las cosechas de trigo, y la inexpugnable grama.
 Entonces su cabeza la Alfeia sacó de las eleas ondas
 y su rorante pelo de su frente apartó a sus orejas,
 y dice: «Oh de la virgen buscada por todo el orbe
 y de los granos genetriz, tus inmensos trabajos detén, 490
 y no tengas ira, violenta, contra una tierra a ti fiel.
 La tierra nada ha merecido y se abrió involuntaria a esa rapiña.
 Y no soy por mi patria suplicante: aquí como huéspeda he venido.
 Pisa mi patria es y de la Élide traemos los orígenes,
 la Sicania como extranjera honro, pero más grata que cualquier 495
 suelo esta para mí tierra es: estos penates ahora, Aretusa,
 esta sede tengo; la cual tú, suavísima, salva.
 Mudado de lugar por qué me he, y por las ondas de tanta superficie
 sea transportada a Ortigia, llegará para esas narraciones mías
 una hora tempestiva, cuando tú de tu inquietud aliviado te hayas 500
 y semblante mejor tengas. A mí la transitable tierra
 me ofrece camino, y por debajo de profundas cavernas arrastrada,
 aquí la cabeza saco y unas desacostumbradas estrellas diviso.
 Así es que, mientras por el estigio abismo bajo las tierras me deslizo,
 vista fue con los ojos nuestros allí tu Prosérpina: 505
 ella ciertamente triste, y no todavía sin terror su rostro,
 pero reina, aun así, pero la más grande del opaco mundo,
 pero aun así la poderosa matrona del tirano infernal».
     La madre a las oídas voces quedó suspendida y cual de piedra
 y como atónita largo tiempo pareció, y, cuando por el dolor 510
 grave su grave ausencia sacudida fue, con sus carros sale
 hacia las auras etéreas. Allí, nublado todo su rostro,
 ante Júpiter con los cabellos sueltos se detuvo enojada,
 y: «Por mi sangre he venido suplicante a ti, Júpiter», dice,
 «y por la tuya: si ninguna es la estima de una madre, 515
 su nacida a un padre mueva, y no sea tu inquietud, suplicamos,
 más vil por ella porque de nuestro parto fue dada a luz.
 He aquí que buscada largo tiempo al fin yo a mi nacida he encontrado,
 si encontrar llamas a perder más ciertamente, o si
 a saber dónde está encontrar llamas. Que raptada fue, lo llevaremos, 520
 en tanto la devuelva a ella, puesto que no de un saqueador marido
 la hija digna tuya es, si ya mi hija no es».
 Júpiter tomó la palabra: «Común es prenda y carga
 esta hija para mí contigo; pero si sólo sus nombres verdaderos
 a las cosas de dar gustamos, no este hecho una injuria, 525
 pero es amor; y no será para nosotros el yerno ese una vergüenza,
 si tú sólo, divina, quisieras. Aunque faltara lo demás, cuánto es
 ser de Júpiter el hermano. Qué decir de que no lo demás falta
 y no cede sino en su suerte a mí. Pero si tan grande tu deseo
 de su separación es, volverá a subir Prosérpina al cielo, 530
 con una ley, aun así, cierta: si ningunos alimentos ha tocado allí
 con su boca, pues así de las Parcas en el pacto precavido se ha».
     Había dicho, mas para Ceres lo cierto es sacar a su nacida.
 No así los hados lo permiten, porque de sus ayunos la virgen
 se había liberado y mientras ingenua vaga entre los cultivados huertos, 535
 carmesí una fruta arrancó de un árbol curvado de ellos,
 y cogiendo siete granos de su pálida corteza
 los apretó en su boca; y solo de todos aquello
 Ascálafo vio, a quien un día se dice que Orfne,
 entre las Avernales ninfas no la más desconocida, 540
 del Aqueronte suyo parió en sus espesuras negras;
 lo vio y, con su delación, del regreso, cruel, la privó.
 Gimió hondo la reina del Erebo, y al testigo una profana
 ave hizo, y asperjada su cabeza con linfa del Flegetonte
 en pico y plumas y grandes ojos la convirtió. 545
 Él, de sí privado, de fulvas alas se viste
 y en cabeza crece y se encorva a largas uñas,
 y apenas mueve esas plumas nacidas por sus inertes brazos
 y un feo pájaro se vuelve, nuncio del venidero luto,
 el indolente búho, siniestro presagio para los mortales. 550
 «Éste, aun así, por su delación un castigo, y por su lengua, parecer
 que mereció puede: a vosotras, Aqueloides, ¿de dónde que
 pluma y pies de aves, cuando de virgen cara lleváis?
 ¿Acaso porque cuando recogía Prosérpina primaverales flores,
 de sus acompañantes en el número, doctas Sirenas, estabais? 555
 A la cual, después que en vano la buscasteis en todo el orbe,
 a continuación, para que sintieran las superficies vuestra inquietud,
 poder sobre los oleajes con los remos de vuestras alas sentaros
 deseasteis, y propicios dioses tuvisteis, y las extremidades
 visteis vuestras dorarse con súbitas plumas. 560
 Aun así, para que aquel cantar, para serenar oídos nacido,
 y tan grande dote de vuestra boca no perdiera del todo su uso de la lengua,
 los virgíneos rostros y la voz humana permaneció.
     Mas, en medio del hermano suyo y de su afligida hermana,
 Júpiter por igual divide el rodar del año: 565
 ahora la diosa, numen común de los dos reinos,
 con su madre está los mismos, los mismos meses con su esposo;
 se torna al instante la faz, tanto de su mente como de su cara,
 pues la que hace poco podía a un Dis incluso afligida parecer,
 alegre de la diosa la frente es, como un sol que cubierto de acuosas 570
 nubes antes estuvo, de esas vencidas nubes sale.


Aretusa

     Demanda la nutricia Ceres, tranquila por su nacida recuperada,
 cuál la causa de tu huida, por qué seas, Aretusa, un sagrado manantial.
 Callaron las ondas, de cuyo alto manantial la diosa levantó
 su cabeza y sus verdes cabellos con la mano secando 575
 del caudal Eleo narró los viejos amores.
 «Parte yo de las ninfas que hay en la Acaide», dijo,
 «una fui: y no que yo con más celo otra los sotos
 repasaba ni ponía con más celo otra las mallas.
 Pero aunque de mi hermosura nunca yo fama busqué, 580
 aunque fuerte era, de hermosa nombre tenía,
 y no mi faz a mí, demasiado alabada, me agradaba,
 y de la que otras gozar suelen, yo, rústica, de la dote
 de mi cuerpo me sonrojaba y un delito el gustar consideraba.
 Cansada regresaba, recuerdo, de la estinfálide espesura. 585
 Hacía calor y la fatiga duplicaba el gran calor.
 Encuentro sin un remolino unas aguas, sin un murmullo pasando,
 perspicuas hasta su suelo, a través de las que computable, a lo hondo,
 cada guijarro era: cuales tú apenas que pasaban creerías.
 Canos sauces daban, y nutrido el álamo por su onda, 590
 espontáneamente nacidas sombras a sus riberas inclinadas.
 Me acerqué y primero del pie las plantas mojé,
 hasta la corva luego, y no con ello contenta, me desciño
 y mis suaves vestiduras impongo a un sauce curvo
 y desnuda me sumerjo en las aguas. Las cuales, mientras las hiero y traigo, 595
 de mil modos deslizándome y mis extendidos brazos lanzo,
 no sé qué murmullo sentí en mitad del abismo
 y aterrada me puse de pie en la más cercana margen del manantial.
 «¿A dónde te apresuras, Aretusa?», el Alfeo desde sus ondas,
 «¿A dónde te apresuras?», de nuevo con su ronca boca me había dicho. 600
 Tal como estaba huyo sin mis vestidos: la otra ribera
 los vestidos míos tenía. Tanto más me acosa y arde,
 y porque desnuda estaba le parecí más dispuesta para él.
 Así yo corría, así a mí el fiero aquel me apremiaba
 como huir al azor, su pluma temblorosa, las palomas, 605
 como suele el azor urgir a las trémulas palomas.
 Hasta cerca de Orcómeno y de Psófide y del Cilene
 y los menalios senos y el helado Erimanto y la Élide
 correr aguanté, y no que yo más veloz él.
 Pero tolerar más tiempo las carreras yo, en fuerzas desigual, 610
 no podía; capaz de soportar era él un largo esfuerzo.
 Aun así, también por llanos, por montes cubiertos de árbol,
 por rocas incluso y peñas, y por donde camino alguno había, corrí.
 El sol estaba a la espalda. Vi preceder, larga,
 ante mis pies su sombra si no es que mi temor aquello veía, 615
 pero con seguridad el sonido de sus pies me aterraba y el ingente
 anhélito de su boca soplaba mis cintas del pelo.
 Fatigada por el esfuerzo de la huida: «Ayúdame: préndese», digo,
 «a la armera, Diana, tuya, a la que muchas veces diste
 a llevar tus arcos y metidas en tu aljaba las flechas». 620
 Conmovida la diosa fue, y de entre las espesas nubes cogiendo una,
 de mí encima la echó: lustra a la que por tal calina estaba cubierta
 el caudal y en su ignorancia alrededor de la hueca nube busca,
 dos veces el lugar en donde la diosa me había tapado sin él saberlo rodea
 y dos veces: «Io Aretusa, io Aretusa», me llamó. 625
 ¿Cuánto ánimo entonces el mío, triste de mí, fue? ¿No el que una cordera puede tener
 que a los lobos oye alrededor de los establos altos bramando,
 o el de la liebre que en la zarza escondida las hostiles bocas
 divisa de los perros y no se atreve a dar a su cuerpo ningún movimiento?
 No, aun así, se marchó, y puesto que huellas no divisa 630
 más lejos ningunas de pie, vigila la nube y su lugar.
 Se apodera de los asediados miembros míos un sudor frío
 y azules caen gotas de todo mi cuerpo,
 y por donde quiera que el pie movía mana un lago, y de mis cabellos
 rocío cae y más rápido que ahora los hechos a ti recuento 635
 en licores me muto. Pero entonces reconoce sus amadas
 aguas el caudal, y depuesto el rostro que había tomado de hombre
 se torna en sus propias ondas para unirse a mí.
 La Delia quebró la tierra, y en ciegas cavernas yo sumergida,
 soy transportada a Ortigia, la cual a mí, por el cognomen de la divina 640
 mía grata, hacia las superiores auras la primera me sacó».


Triptólemo

     Hasta aquí Aretusa; dos gemelas sierpes la diosa fértil
 a sus carros acercó y con los frenos sujetó sus bocas,
 y por medio del cielo y de la tierra, por los aires se hizo llevar,
 y su ligero carro hacia la ciudad tritónida envió 645
 y a Triptólemo en parte a la ruda tierra unas semillas por ella dadas
 le ordenó esparcir, en parte en la tierra tras tiempos largos de nuevo cultivada.
 Ya sobre Europa sublime el joven y de Asia
 la tierra se había hecho llevar: a las escíticas costas regresa.
 El rey allí Linco era; del rey alcanza él los penates. 650
 De dónde venía y la causa de su camino y su nombre preguntado,
 y su patria: «Patria es para mí la clara», dijo, «Atenas,
 Triptólemo mi nombre; he venido, ni en una popa a través de las ondas,
 ni a pie por las tierras: se abrió para mí, transitable, el éter.
 Dones llevo de Ceres que esparcidos por los anchos campos 655
 fructíferos sembrados y alimentos suaves devuelvan».
 El bárbaro se enojó, y para que el autor de tan gran regalo
 él mismo pudiera ser, en hospitalidad lo recibió y del sueño presa
 lo atacó a hierro: cuando intentaba atravesarle el pecho
 un lince Ceres lo hizo, y de nuevo por los aires ordenó 660
 al mopsopio joven que condujera su sagrada yunta».


Las Piérides (II)

    Había finalizado sus doctos cantos de nosotras la mayor;
 mas las ninfas, que habían vencido las diosas que el Helicón honran
 con concorde voz dijeron: como insultos las vencidas
 lanzaran: «Puesto que», dijo, «por el certamen a vosotras 665
 una humillación haber merecido poco es, y maldiciones a vuestra culpa
 añadís, y no es la paciencia libre para nosotras,
 pasaremos a los castigos y adonde la ira nos llama iremos».
 Ríen las Emátides y desprecian las amenazadoras palabras,
 y al intentar a nuestros ojos con gran clamor tender 670
 sus contumaces manos, plumas salir por las uñas
 contemplaron suyas, cubrirse sus brazos de plumón,
 y la una con un rígido pico endurecerse la cara
 de la otra ve, y unos pájaros nuevos acceder a las espesuras,
 y mientras quieren darse golpes de pecho, por sus movidos brazos suspendidas 675
 en el aire quedaron, de los bosques insultos, la picazas.
 Ahora también en estos alados su locuacidad primitiva ha permanecido
 y su ronca garrulidad y el afán desmedido de hablar.

 

Libro VI


Aracne

     Había prestado a relatos tales la Tritonia oídos,
 y las canciones de las Aónides y su justa ira había aprobado.
 Entonces, entre sí: «Alabar poco es: seamos alabadas también nos misma
 y los númenes nuestros que sean despreciados sin castigo no permitamos».
 Y de la meonia Aracne a los hados su ánimo dirige, 5
 la cual, que a ella no cedía en sus alabanzas en el arte de hacer la lana,
 había oído. No ella por su lugar ni por el origen de su familia
 ilustre, sino por su arte fue; el padre suyo, el colofonio Idmón,
 con focaico múrice teñía las bebedoras lanas;
 había muerto su madre, pero también ella de la plebe, a su marido 10
 igual, había sido; aun así ella por las lidias ciudades
 se había buscado con su ejercicio un nombre memorable, aunque
 surgida de una casa pequeña, y en la pequeña habitaba Hipepa.
 De ella la obra admirable para contemplar, a menudo
 abandonaron las ninfas los viñedos de su Timolo, 15
 abandonaron las ninfas Pactólides sus propias aguas.
 Y no hechos sólo los vestidos contemplar agradaba;
 entonces también, mientras se hacían: tanto decor acompañaba a su arte,
 bien si la ruda lana aglomeraba en los primeros círculos
 o ya si con los dedos hacía subir la obra y, buscados largo trecho, 20
 unos vellones ablandaba que igualaban a las nubes,
 o si con ligero pulgar giraba el pulido huso,
 o si cosía a aguja; la sabrías por Palas instruida,
 lo cual, aun así, ella niega, y de tan gran maestra ofendida:
 «Compita», dice, «conmigo: nada hay que yo vencida rehúse». 25
     Palas una vieja simula, y falsas canas en las sienes
 se añade y unos infirmes miembros con un bastón también sostiene.
 Entonces así comenzó a hablar: «No todas las cosas la más avanzada edad
 que debamos huir tiene; viene la experiencia de los tardíos años.
 El consejo no desprecia mío. Tú la fama has de buscar 30
 máxima de hacer entre los mortales lana;
 cede ante la diosa y perdón por tus palabras, temeraria,
 con suplicante voz ruega; su perdón dará ella a quien lo ruega».
 La contempla a ella, y con torvo semblante los emprendidos hilos deja
 y apenas su mano conteniendo y confesando en tal semblante su ira 35
 con tales palabras replicó a la oscura Palas:
 «De tu razón privada y por tu larga vejez vienes acabada,
 y demasiado largo tiempo haber vivido te hace mal. Las oiga,
 si tú una nuera tienes, si tienes tú una hija, esas palabras.
 Consejo bastante tengo en mí yo, y advirtiéndome 40
 útil haberme sido no creas: la misma es la opinión nuestra.
 ¿Por qué no ella misma viene? ¿Por qué estos certámenes evita?».
 Entonces la diosa: «Ha venido», dice, y de su figura se despojó de vieja
 y a Palas exhibió. Reverencian sus númenes las ninfas
 y las migdónides nueras; sola quedó no aterrada esta virgen, 45
 pero aun así se sonrojó y, súbito, su involuntaria cara
 señaló un rubor, y de nuevo se desvaneció, como suele el aire
 purpúreo hacerse en cuanto la Aurora se mueve,
 y breve tiempo después encandecerse, del sol al nacimiento.
 Persiste en su empresa y de una estúpida palma por el deseo 50
 a sus propios hados se lanza, pues tampoco de Júpiter la nacida rehúsa
 ni le advierte más allá ni ya los certámenes difiere.
 Sin demora se colocan en opuestas partes ambas
 y con grácil urdimbre tensan parejas telas:
 la tela al yugo unido se ha, la caña divide la urdimbre, 55
 se insertan en mitad de la trama los radios agudos,
 la cual los dedos desenredan y, entre las urdimbres metida,
 los entallados dientes la nivelan del peine al golpear.
 Ambas se apresuran y, ceñidos al pecho sus vestidos,
 sus brazos doctos mueven mientras el celo engaña a la fatiga. 60
 Por allí, esa púrpura que sintió al caldero tirio
 se teje, y también tenues sombras de pequeño matiz,
 cual suele el Arco, los soles por la lluvia al ser atravesados,
 manchar con su ingente curvatura el largo cielo,
 en el cual, diversos aunque brillen mil colores, 65
 su tránsito mismo, aun así, a los ojos que lo contemplan engaña:
 hasta tal punto los que se tocan lo mismo son, sin embargo los últimos distan.
 Por allí también dúctil en los hilos se entremete el oro,
 y un viejo argumento a las telas se lleva.
 Palas la peña de Marte en el cecropio recinto 70
 pinta, y la antigua lid sobre el nombre de esa tierra.
 Una docena de celestiales, con Júpiter en medio, en sus sedes altas
 con augusta gravedad están sentados; su faz a cada uno
 de los dioses lo inscribe: la de Júpiter es una regia imagen;
 apostado hace que el dios del piélago esté, y que con su largo 75
 tridente hiera unas ásperas rocas y que de la mitad de la herida de la roca
 brote un estrecho, prenda con la que pueda reclamar la ciudad;
 mas a sí misma se da el escudo, se da de aguda cúspide el astil,
 se da la gálea para su cabeza, se defiende con la égida el pecho,
 y, golpeada de su cúspide, simula que la tierra 80
 produce, con sus bayas, la cría de la caneciente oliva,
 y que lo admiran los dioses; de su obra la Victoria es el fin.
 Aun así, para que con ejemplos entienda la émula de su gloria
 qué premio ha de esperar por una osadía tan de una furia,
 por sus cuatro partes certámenes cuatro añade, 85
 claros por el color suyo, por sus breves figurillas distinguidas.
 A la tracia Ródope contiene el ángulo uno, y a su Hemo,
 ahora helados montes, mortales cuerpos un día,
 que los nombres de los supremos dioses a sí mismos se atribuyeron.
 La otra parte tiene el hado lamentable de la pigmea 90
 madre; a ella Juno, vencida en certamen, le mandó
 ser grulla y a los pueblos suyos declarar la guerra.
 Pintó también a Antígona, la que osó contender un día
 con la consorte del gran Júpiter, a la cual la regia Juno
 en ave convirtió, y no le fue de provecho Ilión a ella, 95
 o Laomedonte su padre, para que, cándida con sus adoptadas alas,
 no a sí misma se aplauda ella, con su crepitante pico, la cigüeña.
 El que queda único, a Cíniras tiene ese ángulo, huérfano,
 y él, los peldaños del templo -de las nacidas suyas los miembros-
 abrazando y en esta roca yacente, llorar parece. 100
 Rodea las extremas orillas con olivos de la paz
 -esta la medida justa es- y de la obra suya hace con su árbol el término.
     La Meónide a la engañada representa por la imagen de un toro,
 a Europa. Verdadero el toro, los estrechos verdaderos creerías.
 Ella misma parecía las tierras abandonadas contemplar 105
 y a sus acompañantes clamar y el contacto temer
 del agua que hacia ella saltaba y sus temerosas plantas querer retornar.
 Hizo también que Asterie por un águila luchadora fuera sostenida,
 hizo que de un cisne Leda se acostara bajo las alas.
 Añadió cómo de un sátiro escondido en la imagen, a la bella 110
 Nicteide Júpiter llenara de un gemelo parto,
 Anfitrión fuera cuando a ti, Tirintia, te cautivó,
 cómo áureo a Dánae, a la Esópide engañara siendo fuego,
 a Mnemósine pastor, a la Deoide variegada serpiente.
 A ti también, mutado, Neptuno, en torvo novillo, 115
 en la virgen eolia te puso; tú pareciendo Enipeo
 engendras a los Aloidas, carnero a la Bisáltide engañas,
 y la flava de cabellos, de los frutos la suavísima madre,
 te sintió caballo, te sintió volador la de melena de culebras,
 madre del caballo volador, te sintió delfín Melanto. 120
 A todos estos la faz suya y la faz de sus lugares
 devolvió. Está allí, agreste en su imagen Febo,
 y cómo ora de azor alas, ora lomos de león
 llevara, cómo de pastor a la Macareide Ise burlara,
 cómo Líber a Erígone con falsa uva engañara, 125
 cómo Saturno de caballo al geminado Quirón creó.
 La última parte de la tela, circundada por un tenue limbo,
 con néxiles hiedras contiene flores entretejidas.
     No en ésta Palas, no en esta obra la Envidia
 podría cebarse: se dolió de su éxito la flava guerrera 130
 y rompió las pintadas -celestiales delitos- vestes,
 y tal como el radio del citoríaco monte sostenía,
 tres, cuatro veces la frente golpeó de la Idmonia Aracne.
 No lo soportó la infeliz y con un lazo, ardida, se ligó
 su garganta: a la que así colgaba, Palas compadecida la alivió 135
 y así: «Vive pues, pero cuelga, aun así, malvada» dijo,
 «y esta ley misma de tu castigo, para que no estés libre de inquietud en el futuro,
 declarada para tu descendencia y tus tardíos nietos sea».
     Después de eso, cuando se marchaba, con jugos de la hierba de Hécate
 la asperjó: y al instante, por la triste droga tocados, 140
 se derramaron sus pelos, con los cuales también su nariz y sus orejas,
 y se hace su cabeza mínima; en todo su cuerpo también pequeña es,
 en su costado sus descarnados dedos, en vez de piernas se adhieren,
 el resto el vientre lo ocupa, del cual, aun así, ella remite
 una urdimbre y sus antiguas telas trabaja, la araña. 145


Níobe

     La Lidia entera brama y de Frigia por las fortalezas la noticia
 del hecho va, y el gran orbe con esos discursos ocupa.
 Antes Níobe de sus tálamos la había conocido a ella,
 por el tiempo en que, de virgen, Meonia y el Sípilo habitaba;
 y no, aun así, advertida quedó con el castigo de su paisana Aracne 150
 de ceder ante los celestiales y de palabras menores usar.
 Muchas cosas le daban arrestos; pero ni de su esposo las artes
 ni la familia de ambos y de su gran reino el poderío
 así la placían -aunque ello todo le pluguiera-
 como su progenie; y la más feliz de las madres 155
 dicha hubiera sido Níobe, si no a sí misma se lo hubiera parecido.
 Pues la simiente de Tiresias, del porvenir présaga, Manto,
 por mitad de las calles, excitada por una divina fuerza,
 había vaticinado: «Isménides, marchad incesantes
 y dad a Latona y a los dos hijos de Latona 160
 con su plegaria inciensos píos, y con laurel enlazaos el pelo.
 Por la boca mía Latona lo ordena». Se obedece, y todas
 las tebaides con las ordenadas frondas sus sienes ornan
 e inciensos dan a los santos -y palabras suplicantes- fuegos.
 He aquí que viene rodeadísima Níobe de la multitud de sus acompañantes, 165
 por sus vestidos frigios de oro entretejido vistosa
 y, cuanto su ira permite, hermosa; y, moviendo con su agraciada
 cabeza sueltos por ambos hombros sus cabellos,
 se detuvo, y cuando sus ojos soberbios alrededor hubo llevado, alta:
 «¿Qué furor, unos oídos dioses», dijo, «anteponer 170
 a los vistos, o por qué se honra a Latona por las aras,
 cuando el numen todavía mío sin incienso está? Tántalo el autor mío,
 único al que fue permitido de los altísimos tocar las mesas;
 de las Pléyades hermana es la genetriz mía; el máximo Atlas
 es mi abuelo, el que lleva sobre su cuello el etéreo eje; 175
 Júpiter mi otro abuelo; como suegro también me glorío de él.
 A mí los pueblos me temen de Frigia; debajo de mí, su dueña,
 el real de Cadmo está, y reunidas por las liras de mi esposo,
 estas murallas con sus pueblos por mí y mi marido son regidas.
 A cualquier parte de mi casa al volver mis ojos 180
 inmensas riquezas vense; adviene a esto mismo,
 digna de una diosa, mi faz; aquí mis nacidas pon, siete,
 y otros tantos jóvenes, y pronto yernos y nueras.
 Preguntad ahora qué causa tenga nuestra soberbia,
 a la simiente de no sé qué Ceo atreveos, a la Titánide 185
 Latona, a preferir a mí, a la cual la máxima tierra un día
 una exigua sede cuando iba a parir le negó.
 Ni en el cielo ni en el suelo ni en las aguas la diosa vuestra recibida fue:
 una desterrada era del cosmos hasta que compadecida de su vagar:
 «Huésped tú por las tierras vas errante: yo», dijo Delos, 190
 «en las ondas» y un inestable lugar le dio. Ella de dos
 se hizo madre: del útero nuestro la parte esta es la séptima.
 Soy feliz -pues quién niegue esto- y feliz permaneceré
 -esto también quién lo dude-: segura a mí mi abundancia me hizo.
 Mayor soy que a quien pueda la Fortuna dañar, 195
 y mucho aunque me arrebatara, que mucho a mí más me quedará.
 Han excedido al miedo ya mis bienes: fingid que quitarse
 algo a este pueblo de los nacidos míos pudiera:
 no, aun así, al número de dos me reduciría expoliada,
 de Latona la multitud, la cual, cuánto dista de una huérfana. 200
 Dejad † deprisa estos sacrificios † y el laurel de los cabellos
 quitaos». Se lo quitan y los sacrificios inconclusos abandonan,
 y, lo que lícito es, con tácito murmullo veneran su numen.
     Indignóse la diosa y en el sumo vértice del Cinto
 con tales palabras a su gemela prole habló: 205
 «Heme yo, vuestra madre, de vosotros ardida, mis criaturas,
 y que si no a Juno a ninguna cedería de las diosas,
 si una diosa soy se duda y, a través de todos los siglos adoradas,
 se me aparta, oh mis nacidos, si vosotros no me socorréis, de mis aras.
 Y no el dolor este solo: a su siniestra acción insultos 210
 la Tantálide ha añadido y a vosotros posponer a los nacidos
 suyos se ha atrevido y a mí -lo cual en ella recaiga- huérfana
 me ha dicho y ha exhibido la lengua, maldita, paterna».
 Añadido súplicas habría la Latona a estos relatos:
 «Deja», Febo dice. «Del castigo dilación una larga queja es». 215
 Dijo lo mismo Febe, y en rápida caída por el aire
 alcanzaron, cubiertos por unas nubes, de Cadmo el recinto.
 Plana había, y a lo ancho abriéndose cerca de las murallas, una llanura,
 por asiduos caballos batida, donde una multitud de ruedas
 y dura pezuña había mullido los terrones a ellos sometidos. 220
 Una parte allí de los siete engendrados de Anfíon en fuertes
 caballos montan y, rojecientes de tirio jugo,
 sus lomos hunden y de oro pesadas moderan sus riendas.
 De los cuales Ismeno, que para la madre suya el fardo un día
 primero había sido, mientras dobla en un certero círculo 225
 de su cuadrípede el curso y su espumante boca somete:
 «¡Ay de mí!», clama, y en mitad del pecho clavadas
 unas flechas lleva y los frenos su mano moribunda soltando,
 hacia el costado poco a poco él se derrama desde el diestro ijar.
 Próximo a él, tras oír un sonido de aljaba a través del vacío, 230
 los frenos soltaba Sípilo, igual que cuando barruntando lluvias
 al ver una nube huye, y dejándolas colgar por todas partes su gobernador,
 los linos arría para que ni una leve aura efluya:
 los frenos, aun así, soltando, no evitable, una flecha
 lo alcanza y en lo alto de su nuca temblorosa una saeta 235
 se queda clavada y sobresalía desnudo de su garganta el hierro;
 él, como estaba, inclinado hacia adelante, por la cruz liberada y crines
 se rueda, y con su cálida sangre la tierra mancha.
 Fédimo, el infeliz, y del nombre de su abuelo el heredero,
 Tántalo, una vez que fin pusieron al acostumbrado trabajo, 240
 habían pasado a la obra juvenil de la nítida palestra.
 Y ya habían confrontado, luchando en estrecho nudo,
 pecho con pecho, cuando disparada por el tenso nervio
 como estaban, unidos, atravesó a uno y otro una saeta.
 Gimieron a la vez, a la vez encorvados por el dolor 245
 sus miembros en el suelo pusieron, a la vez sus supremas luces
 giraron, yacentes, su aliento a la vez exhalaron.
 Los contempla Alfénor y su desgarrado pecho golpeando
 a ellos vuela para con sus abrazos aliviar sus helados miembros,
 y en el piadoso servicio cae; pues el Delio a él 250
 lo íntimo de su torso rompió con un mortífero hierro.
 El cual, una vez que sacado fue, parte fue del pulmón en sus arpones
 extraída y con su aliento su crúor se difundió a las auras.
 Mas no al intonso Damasicton una simple herida
 infligió: herido había sido por donde el muslo a serlo empieza, y por donde 255
 su blanda articulación hace la nervosa corva,
 y mientras con la mano intenta sacar la fúnebre flecha
 otra saeta a través de la garganta hasta las plumas le entró.
 Expulsó a ésta la sangre, que proyectándose a lo alto
 riela y, largamente por ella horadada el aura, saltando sube. 260
 El último Ilioneo, rezando, unos brazos que no le habían
 de aprovechar había elevado y: «Dioses oh, en común, todos»,
 había dicho, sin él saber que no todos debían ser rogados,
 «guardadme». Conmovido se había, cuando ya revocable la flecha
 no era, el señor del arco; de una mínima herida aun así muere él, 265
 no profundamente perforado su corazón por la saeta.
     La noticia de ese mal y de su pueblo el dolor y las lágrimas
 de los suyos a la madre de tan súbita ruina cercioraron,
 admirada de que hubieran podido, y enconada de que se hubieran
 a ello atrevido los altísimos, de que tan gran poder tuvieran; 270
 pues el padre, Anfíon, su hierro a través del pecho empujando
 había puesto fin, muriendo, juntamente con la luz, a su dolor.
 Ay, cuánto esta Níobe de la Níobe distaba aquella
 que ahora poco a su pueblo había apartado de las Latoas aras
 y por mitad de su ciudad había llevado sus pasos, alta la cabeza, 275
 malquerida para los suyos, mas ahora digna de compasión incluso para su oponente.
 Sobre sus cuerpos helados se postra y sin orden ninguno
 besos dispensa, los supremos, por sus nacidos todos,
 desde los cuales al cielo sus lívidos brazos levantando:
 «Cébate, cruel, de nuestro dolor, Latona, 280
 cébate», dice, «y sacia tu pecho de mi luto
 y tu corazón fiero sacia», dijo. «Mediante funerales siete
 a mí me llevan: exulta, y, vencedora enemiga, triunfa.
 ¿Pero por qué vencedora? A mí desgraciada más me quedan
 que a ti feliz; después de tantos funerales también venzo». 285
     Había dicho, y sonó desde su tensado arco un nervio,
 el cual, excepto a Níobe sola, aterró a todos. 287
 Ella en su mal es audaz. Apostadas estaban con sus ropas negras
 ante los lechos de sus hermanos, suelto el pelo, sus hermanas,
 de las cuales una, sacándose unas flechas clavadas en su vientre, 290
 impuesto sobre su hermano, moribunda, el rostro, languidece;
 la segunda, consolar a su desgraciada madre intentando
 calló súbitamente y doblegada por una herida ciega quedó
 [y su boca no cerró sino después que su espíritu se fuera].
 Ésta en vano huyendo se desploma, aquélla sobre su hermana 295
 muere; se esconde ésta, aquélla temblar habrías visto.
 Y seis dadas ya a la muerte y diversas heridas padeciendo
 la última restaba; a la cual con todo su cuerpo su madre,
 con todo su vestido cubriendo: «Ésta sola y la más pequeña deja;
 de muchas la más pequeña te pido», clamaba, «y ella sola», 300
 y mientras suplicaba la que rogaba muere. Huérfana se sentó,
 entre sus exánimes nacidos y nacidas y marido,
 y rigente quedó por sus males; cabellos mueve la brisa ningunos,
 en su rostro el color es sin sangre, sus luces en sus afligidas
 mejillas están inmóviles, nada hay en su imagen vivo. 305
 Su propia lengua también interiormente con su duro paladar
 unida se congela y las venas desisten de poder moverse;
 ni doblarse su cuello, ni sus brazos hacer movimientos,
 ni su pie andar puede; por dentro también de sus entrañas roca es.
 Llora aun así y circundada por un torbellino de vigoroso viento 310
 hasta su patria es arrebatada; allí, fija a la cima de un monte
 se licuece y lágrimas todavía ahora sus mármoles manan.


Los paisanos licios

     Entonces verdaderamente todos la manifiesta ira de su numen,
 mujer y hombre, temen, y con el culto más afanosamente todos
 los grandes númenes veneran de la divina madre de los gemelos; 315
 y, como se suele, según el hecho más reciente los anteriores se vuelven a narrar.
 De los cuales uno dice: «De la Licia fértil también por los campos
 no impunemente a la diosa los viejos colonos despreciaron.
 Cosa oscura ciertamente es por la falta de nobleza de sus hombres,
 admirable, aun así. Vi en persona el pantano y su lugar, 320
 por el prodigio conocido; pues ya mayor de edad
 e incapaz de soportar el viaje, a mí mi genitor traer unos escogidos
 bueyes me había encargado de allí, y del pueblo aquel al irme
 él mismo un guía me había dado, con el cual, mientras esos pastos lustro,
 he aquí que del lago en medio, negro del rescoldo de sus sacrificios 325
 un ara vieja se alzaba, de trémulas cañas rodeada.
 Se detuvo y con pávido murmullo: «Propicio a mí seas», dijo
 el guía mío, y con semejante murmullo: «Propicio a mí», yo dije.
 Si de las Náyades o de Fauno fuera, aun así, el ara, le preguntaba,
 o si de un indígena dios, cuando tal cosa me refirió mi huésped: 330
 «No en este ara, oh joven, un montano numen hay;
 aquélla suya la llama a quien un día la regia esposa
 el orbe le vetó, a quien apenas la errática Delos,
 suplicante, la acogió cuando, leve isla, nadaba;
 allí recostándose, junto con el árbol de Palas, en una palmera, 335
 dio a luz a sus gemelos -contra la voluntad de la madrastra- Latona.
 De allí también que huyó de Juno la recién parida se refiere
 y que en su seno llevó, dos númenes, a sus nacidos.
 Y ya cuando un sol grave quemaba los campos en los confines
 de Licia, la autora de la Quimera, la diosa, de su larga fatiga cansada 340
 y desecada del calor estelar, sed contrajo,
 y sus pechos lactantes los habían agotado ávidos sus hijos.
 Por azar en un lago de mediana agua reparó, en unos profundos
 valles; unos paisanos allí leñosos mimbres
 recogían, y con ellos juncos y, grata a los pantanos, ova. 345
 Se acercó, y bajando la rodilla la Titania en la tierra
 la apoyó para sacar helados licores que bebiera.
 La rústica multitud lo impide; la diosa así se dirigió a los que la impedían:
 «¿Por qué prohibís las aguas? Un uso compartido el de las aguas es
 y ni el sol privado la naturaleza, ni el aire hizo, 350
 ni las tenues ondas: a públicos beneficios he venido;
 los cuales, aun así, que me deis, suplicante os pido. No yo nuestros
 cuerpos a lavar aquí y cansados miembros me disponía,
 sino a aliviar la sed. Carece la boca de quien os habla de humedad
 y la garganta seca tengo y apenas hay camino de la voz en ellas. 355
 Un sorbo de agua para mí néctar será y la vida confesaré
 que he recibido a la vez: la vida me daríais en el agua.
 Éstos también os conmuevan, los que en nuestro seno sus brazos
 pequeños tienden», y por acaso tendían los brazos sus nacidos.
 ¿A quién no las tiernas palabras de la diosa hubieran podido conmover? 360
 Ellos, aun así, a quien rogaba persisten en prohibirlas, y amenazas,
 si no lejos se retira, e insultos encima añaden.
 Y no bastante es; los propios incluso lagos con pies
 y mano enturbiaron y desde el profundo abismo el blando
 limo aquí y allá con saltos malignos removieron. 365
 Difirió la ira la sed, y no, pues, ya, la hija de Ceo
 suplica a unos indignos, ni decir sostiene por más tiempo
 palabras menores la diosa, y levantando a las estrellas sus palmas:
 «Eternamente en el pantano», dijo, «este viváis».
 Suceden los deseos de la diosa: gustan de estar bajo las ondas 370
 y ora todo su cuerpo sumergir en la cóncava laguna,
 ahora sacar la cabeza, ora por lo alto del abismo nadar,
 a menudo sobre la ribera del pantano sentarse, a menudo
 a los helados lagos volver a brincar; pero ahora también sus torpes
 lenguas en disputas ejercitan y haciendo a un lado el pudor, 375
 aunque estén bajo agua, bajo agua maldecir intentan.
 Su voz también ya ronca es y sus inflados cuellos hinchan
 y sus propios voceríos les dilatan las anchas comisuras.
 Sus espaldas la cabeza tocan, los cuellos sustraídos parecen,
 su espinazo verdea, su vientre, la parte más grande del cuerpo, blanquea, 380
 y en el limoso abismo saltan, nuevas, las ranas».


Marsias

     Así, cuando no sé quién hubo referido de los hombres
 del pueblo licio la destrucción, del sátiro se acuerda el otro,
 al cual el Latoo, con su Tritoníaca caña venciéndole,
 le deparó un castigo. «¿Por qué a mí de mí me arrancas?», dice; 385
 «ay, me pesa, ay, no vale», clamaba, «la tibia tanto».
 Al que clamaba la piel le fue arrancada de lo sumo de sus miembros,
 y nada sino herida él era; crúor de todas partes mana,
 y destapados se ven sus nervios y trémulas sin ninguna
 piel rielan sus venas; sus palpitantes vísceras podrías 390
 enumerar, y diáfanas en su pecho las fibras.
 A él los campestres faunos, de las espesuras númenes,
 y sus sátiros hermanos, y su entonces también querido Olimpo,
 y las ninfas le lloraron, y quien quiera que en los montes aquellos
 lanados rebaños y ganados astados apacentaba. 395
 Fértil se humedeció, y humedecida la tierra caducas
 lágrimas concibió, y con sus venas más profundas las embebió;
 las cuales, cuando las hizo agua, a las vacías auras las emitió.
 Desde entonces el que busca rápido por sus riberas inclinadas la superficie
 por Marsias su nombre tiene, de Frigia el más límpido caudal. 400


Pélope

     Con tales relatos al instante vuelve a lo presente
 la gente y al extinguido Anfíon, con su estirpe, hace duelo.
 La madre en inquina cae: a ella entonces también se dice que una persona
 le lloró, Pélope, y en su hombro, después que las ropas
 se quitó del pecho, el marfil mostró, en el siniestro. 405
 De concorde color este hombro en el momento de su nacimiento que el diestro,
 y corpóreo, había sido; por las manos paternas luego cortados
 sus miembros, cuentan que los unieron los dioses, y aunque los otros encontraron,
 el lugar que está intermedio entre la garganta y la parte superior del brazo
 faltaba: impuesto le fue en uso de la parte 410
 que no comparecía ese marfil, y por el hecho ese Pélope quedó entero.


Tereo, Progne y Filomela

     Los vecinos aristócratas se reúnen y las ciudades próximas
 rogaron a sus reyes que fueran a los consuelos,
 y Argos y Esparta y la Pelópide Micenas
 y todavía no para la torva Diana Calidón odiosa 415
 y Orcómenos la feraz y noble por su bronce Corinto
 y Mesene la feroz y Patras y la humilde Cleonas,
 y la Nelea Pilos y todavía no piteia Trecén
 y las ciudades otras que por el Istmo están encerradas, el de dos mares,
 y las que fuera situadas por el Istmo son contempladas, el de dos mares. 420
 Creerlo quién podría, sola tú no cumpliste, Atenas.
 Se opuso a ese deber la guerra, y transportadas por el ponto
 bárbaras columnas aterraban los mopsopios muros.
     El tracio Tereo a ellas con sus auxiliares armas
 las había dispersado y un claro nombre por vencer tenía; 425
 al cual consigo Pandíon, en riquezas y hombres poderoso,
 y que su linaje traía desde acaso el gran Gradivo,
 con la boda de su Progne, unió. No la prónuba Juno,
 no Himeneo asiste, no la Gracia a aquel lecho.
 Las Euménides sostuvieron esas antorchas, de un funeral robadas, 430
 las Euménides tendieron el diván y sobre su techo se recostó,
 profano, un búho, y del tálamo en el culmen se sentó.
 Con esta ave uniéronse Progne y Tereo, padres
 con esa ave hechos fueron; les agradeció, claro está, a ellos
 la Tracia, y a los dioses mismos ellos las gracias dieron, y a ese día 435
 en el que dada fue de Pandíon la nacida al preclaro tirano,
 y en el que había nacido Itis, festivo ordenaron que se dijera.
 -hasta tal punto se oculta el provecho-. Ya los tiempos del repetido
 año el Titán a través de cinco otoños había conducido,
 cuando, enterneciendo a su marido Progne: «Si estima», dijo, 440
 «alguna la mía es, o a mí a ver envíame a mi hermana
 o que mi hermana aquí venga. Que ha de volver en tiempo pequeño
 prometerás a tu suegro. De un gran regalo a mí, en la traza,
 a mi germana el haber visto me darás». Ordena él las quillas
 a los estrechos bajar y a vela y remo en los puertos 445
 cecropios entra y del Pireo los litorales toca.
 En cuanto de su suegro estuvo en presencia, la derecha a la diestra
 se une, y con ese fausto presagio se acomete la conversación.
 Había empezado, de su llegada el motivo, los encargos a referir
 de su esposa, y rápidos retornos de la enviada a prometer: 450
 he aquí que llega, en gran aparato rica, Filomela,
 más rica en hermosura, cuales oír solemos
 que las náyades y las dríades por mitad avanzan de las espesuras
 si sólo les des a ellas adornos y semejantes aparatos.
 No de otro modo se abrasó, contemplada la virgen, Tereo, 455
 que si uno bajo las canas espigas fuego ponga,
 o si frondas, y puestas en los heniles, crema hierbas.
 Digna ciertamente su hermosura, pero también a él su innata lujuria
 lo estimula, e inclinada la raza de las regiones aquellas
 a Venus es; flagra por el vicio de su raza y el suyo propio. 460
 El impulso es de él el celo de su cortejo corromper
 y de su nodriza la fidelidad, y no poco con ingentes a ella misma
 dádivas inquietarla y todo su reino dilapidar,
 o raptarla y con salvaje guerra raptada defenderla,
 y nada hay que, cautivado por ese desenfrenado amor, 465
 no osara, y no abarca las llamas su pecho en él encerradas.
 Y ya las demoras mal lleva y con deseosa boca se vuelve
 a los encargos de Progne y hace sus votos bajo ella.
 Elocuente lo hacía el amor, y cuantas veces rogaba
 más allá de lo justo, que Progne así lo quería decía. 470
 Añadió también lágrimas, como si las hubiese encargado también a ellas.
 Ay, altísimos, cuánto los mortales pechos de ciega
 noche tienen. Por la propia instrucción de la maldad a Tereo
 piadoso se le cree y gloria de su crimen obtiene.
 Y qué decir de que lo mismo Filomela ansía, y que de su padre los hombros 475
 con sus brazos, tierna, sosteniendo, que pueda ir a ver a su hermana,
 y que por la suya, y contra su salud, pide ella.
 La contempla a ella Tereo y de antemano la toca al mirarla
 y su boca y su cuello y sus circundados brazos divisando,
 todo por estímulos y antorchas y cebo de su furor 480
 toma, y cuantas veces se abraza ella a su padre
 ser su padre quisiera, pues no menos impío sería.
 Vence al genitor la súplica de ambas: se goza y le da
 ella al padre las gracias, y que ha salido bien para las dos
 esto cree la infeliz, que será lúgubre para las dos. 485
     Ya labor exigua a Febo restaba, y sus caballos
 pulsaban con sus pies el espacio del declinante Olimpo.
 Regios manjares en las mesas y Baco en oro
 se pone; después al plácido sueño se dan sus cuerpos.
 Mas el rey odrisio, aunque se retiró, en ella 490
 arde, y recordando su faz y movimientos y manos
 cuales las quiere imagina las cosas que todavía no ha visto y los fuegos
 suyos él mismo nutre, mientras esa inquietud le aleja el sopor.
 La luz llega, y de su yerno la diestra estrechando que marchaba,
 Pandíon a su compañera con lágrimas le encomienda brotadas: 495
 «A ella yo, querido yerno, porque una piadosa causa me obliga
 y lo quisieron ambas, lo quisiste tú también, Tereo,
 te doy a ti, y por tu lealtad y tu pecho a mí emparentado suplicante,
 y por los altísimos, te ruego que con amor de padre la guardes,
 y que a mí, angustiado, este alivio dulce de mi vejez 500
 cuanto antes -cualquiera será para mí una demora larga-, me devuelvas.
 Tú también cuanto antes -bastante es que lejos esté tu hermana-,
 si piedad alguna tienes, a mí, Filomela, vuelve».
 Le encargaba, y al par daba besos a la nacida suya
 y lágrimas suaves entre los encargos caían; 505
 y de fe como prenda las diestras de cada uno demandó
 y entre sí dadas las unió, y que a su nacida y nieto
 ausentes por él con memorativa boca saluden, pide;
 y el supremo adiós, llena de sollozos la boca,
 apenas dijo, y temió los presagios de su mente. 510
     Una vez que impuesta fue Filomela sobre la pintada quilla
 y removido el estrecho a remos, y la tierra despedida fue:
 «Hemos vencido», clama, «conmigo mis votos vienen»,
 y exulta y apenas en su ánimo sus gozos difiere
 el bárbaro, y a ningún lugar la vista separa de ella, 515
 no de otro modo que cuando con sus pies corvos, predador,
 depositó en su nido alto una liebre, de Júpiter el ave:
 ninguna huida hay para el cautivo; contempla su premio el raptor.
     Y ya el camino concluido, y ya a sus litorales de las fatigadas
 popas habían salido, cuando el rey, de Pandíon a la nacida 520
 a unos establos altos arrastra, oscuros de sus espesuras vetustas,
 y allí, palideciente y temblorosa y todo temiendo
 y ya con lágrimas dónde esté su germana preguntando,
 la encerró y confesando la abominación, y virgen ella y una sola,
 por la fuerza la somete, en vano llamando unas veces a su padre, 525
 otras a la hermana suya, a los grandes divinos sobre todas las cosas.
 Ella tiembla, como una cordera asustada que, herida, de la boca
 de un cano lobo se ha sacudido, y todavía a sí misma a salvo no se cree,
 o como una paloma, humedecidas de su propia sangre sus plumas,
 se horroriza todavía y tiene miedo de esas ávidas uñas con las que la cogieron. 530
 Luego, cuando en sí volvió, desgarrando sus sueltos cabellos,
 a la que una muerte plañe semejante, heridos a su golpe sus brazos,
 tendiéndole las palmas: «Oh por tus siniestros hechos bárbaro,
 oh cruel», dijo, «ni a ti los encargos de un padre
 con sus lágrimas piadosas te han conmovido, ni tu cuidado de mi hermana, 535
 ni mi virginidad, ni las matrimoniales leyes.
 Todo lo has turbado: rival yo hecha he sido de mi hermana,
 tú, doble esposo. Como enemigo yo hubiera debido tal castigo.
 ¿Por qué no el aliento este, para que ninguna fechoría a ti, perjuro, te reste,
 me arrebatas? Y ojalá lo hubieras hecho antes de estos execrables 540
 concúbitos. Vacías hubiese tenido de crimen yo mis sombras.
 Si, aun así, esto los altísimos contemplan, si los númenes de los divinos
 son algo, si no se perdieron todas las cosas conmigo,
 alguna vez tus castigos me pagarás. Yo misma el pudor
 rechazando tus hechos diré, si ocasión tengo 545
 de llegar a gentes; si en estas espesuras encerrada me quedo
 llenaré estas espesuras y a estas piedras, testigos, conmoveré.
 Oirá esto el éter y si dios alguno en él hay».
     Con tales cosas después que la ira del fiero tirano conmovida,
 y, no menor que ella, su miedo fue, por ambos motivos acuciado, 550
 de la que estaba ceñido, de su vaina libera la espada,
 y arrebatándola por el pelo y doblados tras su espalda los brazos,
 a padecer cadenas la obligó; su garganta Filomela aprestaba,
 y esperanza de su muerte al ver la espada había concebido.
 Él, ésa que estaba indignada y por su nombre al padre sin cesar llamaba 555
 y luchaba por hablar, cogiéndosela con una tenazas, su lengua,
 se la arrancó con su espada fiera. La raíz riela última de su lengua.
 Ésta en sí, yace, y a la tierra negra, temblando, murmura,
 y, como saltar suele la cola de una mutilada culebra,
 palpita, y muriendo de su dueña las plantas busca. 560
 Después también de esta fechoría -apenas me atrevería a creerlo- se cuenta
 que a menudo por su lujuria volvió a buscar el lacerado cuerpo.
     Es capaz, después de tales hechos, de volver a Progne,
 la cual al ver al esposo por su germana pregunta, mas él
 da unos gemidos fingidos y unos inventados funerales narra 565
 y sus lágrimas hicieron el crédito. Sus vestimentas Progne
 destrozó desde sus hombros, de oro ancho fulgentes,
 y se cubre de negros vestidos y un inane sepulcro
 instruyó y a unos falsos manes expiaciones ofreció,
 y plañe los hados de una hermana que no así de plañirse había. 570
     Su doble senario de signos el dios había revistado, pasado un año.
 ¿Qué hacía Filomela? La huida una custodia le cierra,
 construidos se erigen en sólida roca los muros de los establos,
 su boca muda carece de delator del hecho. Grande es del dolor
 el ingenio, y acude la astucia a las desgraciadas situaciones. 575
 Una urdimbre suspende, experta, del bárbaro telar,
 y unas purpúreas notas entretejió en los hilos blancos,
 indicio de la abominación, y concluido se lo entregó a una,
 y que lo lleve a su dueña con el gesto le ruega. Ella lo rogado
 llevó hasta Progne: no sabe qué entregue en ello. 580
 Desplegó las ropas la matrona del salvaje tirano
 y de la fortuna suya la canción deplorable lee,
 y, milagro que pudiera, calla. El dolor su boca reprimió,
 y palabras bastante indignadas a la lengua que las buscaba
 faltaron, y no a llorar tiempo entrega, sino que lo piadoso y lo impío 585
 a fundir se lanza y del castigo en la imagen toda está.
     El tiempo era en que los sacrificios trienales suelen de Baco
 celebrar las sitonias nueras: la noche es cómplice de los sacrificios,
 de noche suena el Ródope con los tintineos del bronce agudo,
 de noche de su casa salió la reina y para los ritos 590
 del dios se equipa y coge de furia unas armas.
 Con vid la cabeza se cubre, de su costado siniestro vellones
 de ciervo penden, en su hombro una leve asta descansa.
 Precipitándose por las espesuras, de la multitud acompañada de las suyas,
 terrible Progne, y por las furias agitada del dolor, 595
 Baco, las tuyas simula. Llega a los establos inaccesibles al fin
 y aúlla y el euhoé hace sonar, y las puertas destroza
 y a su germana rapta, y a la raptada de las enseñas de Baco
 inviste, y su rostro con frondas de hiedra le esconde,
 y arrastrándola atónita hasta dentro de sus murallas la conduce. 600
     Cuando sintió que había tocado la casa nefanda Filomela
 se horrorizó la infeliz y en todo palideció el rostro.
 Alcanzando un lugar Progne, de los sacrificios las prendas le quita
 y la cara descubre avergonzada de su desgraciada hermana
 y estrecharla intenta; pero no levantar en contra 605
 soporta ella sus ojos, rival a sí misma viéndose de su hermana,
 y bajado a tierra el rostro, al querer ella jurar
 y por testigos poner a los dioses de que por la fuerza a ella la deshonra aquella
 inferida fue, por voz su mano estuvo. Arde y la ira suya
 no abarca la propia Progne, y el llanto de su hermana 610
 conteniendo: «No se ha con lágrimas esto», dice, «de tratar,
 sino con hierro, sino si algo tienes que vencer al hierro
 pueda. Para toda abominación yo, germana, me he preparado:
 o yo, cuando con antorchas estos reales techos creme
 a su artífice echaré, a Tereo, en medio de las llamas, 615
 o su lengua o sus ojos y los miembros que a ti el pudor
 te arrebataron a hierro le arrancaré, o por heridas mil
 su culpable aliento le expulsaré. Para cualquier cosa grande me he preparado;
 qué sea, todavía dudo». Mientras concluye tales cosas Progne
 a su madre venía Itis. De qué era capaz por él 620
 advertida fue, y con ojos mirándolo inclementes: «Ah, cuán
 eres parecido a tu padre», dijo y no más hablando
 la triste fechoría prepara y se consume en callada ira.
 Cuando aun así se le acercó su nacido y a su madre su saludo
 ofreció y con sus pequeños brazos se acercó a su cuello, 625
 y mezclados con ternuras de niño su boca le unió,
 conmovida ciertamente fue su genetriz, y quebrantada se detuvo su ira,
 y sus involuntarios ojos se humedecieron de lágrimas obligadas.
 Pero una vez que por su excesiva piedad su mente vacilar
 sintió, desde él otra vez al rostro se tornó de su hermana, 630
 y por turno mirando a ambos: «¿Por qué me hace llegar», dice,
 «el uno sus ternuras y calla la otra, arrancada su lengua?
 A la que llama él madre ¿por qué no llama aquélla hermana?
 Con qué marido te hayas casado, vélo, de Pandíon la nacida.
 Le desmereces: la abominación es piedad en tu esposo Tereo». 635
 No hay demora, coge a Itis, igual que del Ganges una tigresa
 la cría lactante de una cierva por las espesuras opacas,
 y cuando de la casa alta una parte alcanzaron remota
 a él, tendiéndole sus manos y ya sus hados viendo
 y «madre, madre» clamando y su cuello buscando, 640
 a espada hiere Progne, por donde al costado el pecho se une,
 y no el rostro torna; bastante a él para sus hados incluso una
 herida era: la garganta a hierro Filomela le tajó,
 y vivos aún y de aliento algo reteniendo sus miembros
 le despedazan. Una parte de ahí bulle en los cavos calderos, 645
 parte en asadores chirrían. Manan los penetrales de sueros.
     Con estas mesas acoge la esposa al ignorante Tereo,
 y un sacrificio al uso de su patria mintiendo, al que solo
 lícito sea asistir al marido, a cortesanos y sirvientes retira.
 Él mismo, sentado en su solio ancestral Tereo alto, 650
 se ceba y en su vientre sus entrañas acumula y
 -tanta la noche de su ánimo es-: «A Itis aquí traedme», dijo.
 Disimular no puede sus crueles goces Progne,
 y ya deseosa de erigirse en mensajera de su propia calamidad:
 «Dentro tienes a quien reclamas», dice. Alrededor mira él 655
 y dónde esté pregunta: mientras lo busca y de nuevo lo llama,
 como ella estaba, asperjados de su sangría de furia sus cabellos
 se abalanzó y de Itis la cabeza cruenta Filomela
 le lanzó a la cara de su padre y en ningún momento más quiso
 poder hablar y con las merecidas palabras testimoniar sus gozos. 660
 El tracio con un ingente alarido las mesas repelió
 y a las vipéreas hermanas mueve del estigio valle,
 y ora, si pudiera, por sacar abriéndose el pecho los siniestros
 manjares de allí, y sus engullidas entrañas, arde,
 ya llora, y a sí mismo se llama pira desgraciada de su nacido, 665
 ahora persigue con el desnudo hierro a las engendradas de Pandíon.
 Los cuerpos de las Cecrópides con alas volar pensarías:
 volaban con alas, de las cuales acude la una a las espesuras,
 la otra en los techos se mete, y no todavía de su pecho se han desprendido
 las marcas de la matanza, y sellada con sangre su pluma está. 670
 Él por el dolor suyo y de castigo por el ansia veloz,
 se torna en pájaro, al que se alzan en su coronilla crestas.
 Le sobresale, inmódico, en vez de su larga cúspide un pico.
 Su nombre abubilla de ave, su porte armado parece.


Bóreas y Oritía

     Este dolor antes de su día y de los extremos tiempos de una larga 675
 vejez a las tartáreas sombras a Pandíon envió.
 Los cetros del lugar, y del estado el gobierno toma Erecteo,
 si por su justicia en duda, o más poderoso por sus vigorosas armas.
 Cuatro muchachos él, ciertamente, y otras tantas había creado
 de suerte femenina, pero era par la belleza de dos de ellas. 680
 De las cuales el Eólida Céfalo contigo como esposa, feliz,
 Procris, fue; a Bóreas Tereo y sus tracios daño hacían,
 y de su elegida mucho tiempo careció el dios, de Oritía,
 mientras le ruega, y de plegarias prefiere que de las fuerzas servirse.
 Mas cuando con ternuras no se hace nada, hórrido de ira, 685
 cual la acostumbrada es en él y demasiado familiar en ese viento:
 «Y con razón», dijo, «pues ¿por qué mis armas he abandonado,
 la fiereza y las fuerzas e ira y arrestos amenazantes,
 y he empleado súplicas, de las cuales a mí me desmerece el uso?
 Apta a mí la fuerza es: por la fuerza las tristes nubes expulso, 690
 por la fuerza los estrechos sacudo y nudosos robles vuelco
 y endurezco las nieves y las tierras con granizo bato.
 El mismo, yo, cuando a mis hermanos en el cielo abierto encuentro
 -pues mi llanura él es- con tanto ahínco lucho
 que en medio de nuestros ataques resuene el éter 695
 y salten despedidos de las cóncavas nubes fuegos.
 El mismo, yo, cuando entro a las convexas perforaciones de la tierra
 y he puesto, feroz, mi espalda bajo las profundas cavernas
 angustio a los manes, y con mis temblores a todo el orbe.
 Con esta ayuda debiera mis tálamos haber buscado, y suegro 700
 no he debido rogar que él fuera mío, sino hacerlo, a Erecteo».
     Estas cosas Bóreas, o que éstas no inferiores diciendo,
 sacudió sus alas, con cuyas sacudidas toda
 aventada fue la tierra, y el ancho mar estremeció,
 y su polvorienta capa llevando por las altas cimas 705
 barre la tierra y, pávida de miedo, por una calina cubierto,
 a Oritía amando, en sus fulvas alas la estrecha.
 Mientras vuela ardieron agitados más fuertemente sus fuegos,
 y no antes las riendas reprimió de su aérea carrera
 que de los Cícones alcanzó los pueblos y sus murallas el raptor. 710
 Allí del helado tirano esposa la Actea,
 y también genetriz hecha fue, y partos gemelos dio a luz,
 que el resto de la madre, las alas del genitor tuvieran.
 No, aun así, éstas al par, recuerdan, con el cuerpo nacidas fueron,
 y mientras barba faltaba bajo sus rútilos cabellos 715
 implumes Calais el niño y Zetes fueron.
 Luego, al par las alas empezaron, al modo de las aves,
 a ceñirles ambos costados, al par a dorarse sus mejillas.
 Así pues, cuando cedió el tiempo infantil a su juventud,
 los vellones con los minias, de nítido vello radiantes, 720
 por un mar no conocido con la primera quilla buscaron.


Libro VII


Medea y Jasón

Y ya el estrecho los Minias con la Pagasea popa cortaban
 y bajo una perpetua noche llevando su desvalida vejez
 a Fineo visto habían, y los jóvenes de Aquilón creados
 las virginales aves de la boca del desgraciado viejo habían ahuyentado,
 y tras muchas peripecias bajo el claro Jasón finalmente 5
 habían alcanzado, robadoras, del limoso Fasis las ondas.
 Y mientras acuden al rey y de Frixo los vellones le demandan
 † y la condición es dada a su números, † horrenda, de grandes trabajos,
 concibe entre tanto la Eetíade unos vigorosos fuegos,
 y tras combatirlos mucho tiempo, después que con la razón su furor 10
 vencer no pudo: «En vano, Medea, resistes.
 No sé qué dios se opone», dice, «y milagro si no esto es,
 o algo ciertamente semejante a esto, a lo que amar se llama.
 Pues, ¿por qué las órdenes de mi padre demasiado a mí duras me parecen?
 Son también duras demasiado. ¿Por qué a quien ahora poco recién he visto 15
 de que muera tengo miedo? ¿Cuál la causa de tan gran temor?
 Sacude de tu virgíneo pecho las concebidas llamas,
 si puedes, infeliz. Si pudiera más sana estaría.
 Pero me arrastra, involuntaria, una nueva fuerza, y una cosa deseo,
 la mente de otra me persuade. Veo lo mejor y lo apruebo, 20
 lo peor sigo. ¿Por qué en un huésped, regia virgen,
 te abrasas y tálamos de un extraño mundo concibes?
 Esta tierra también puede lo que ames darte. Viva o él
 muera, en los dioses está. Viva, aun así, y esto suplicarse
 incluso sin amor lícito es, pues ¿qué ha cometido Jasón? 25
 ¿A quién sino a un cruel no conmueva de Jasón la edad
 y su estirpe y su virtud? ¿A quién no, aunque lo demás falte,
 su rostro conmover puede? Ciertamente mi pecho ha conmovido.
 Mas si ayuda no le presto la boca de los toros a él le soplará,
 y correrá contra su propio sembrado -los enemigos por la tierra 30
 creados-, o al ávido dragón será entregado como fiera presa.
 Esto yo, si lo tolero, entonces yo de una tigresa nacida,
 entonces que hierro y peñas llevo en el corazón confesaré.
 ¿Por qué no también lo miro morir y mis ojos al verlo
 contamino? ¿Por qué no los toros instigo contra él, 35
 y a los hijos de la tierra fieros, y al insomne dragón?
 Los dioses mejor lo quieran. Aunque no esto he de rogar,
 sino de hacer yo. ¿Y traicionaré yo los reinos de mi padre
 y por la ayuda nuestra no sé qué recién llegado se salvará,
 para que, por mí salvado, sin mí dé sus lienzos a los vientos 40
 y el marido sea de otra, para el castigo Medea quede?
 Si hacer esto, o a otra puede anteponernos a nos,
 muera el ingrato. Pero no tal el rostro en él,
 no tal la nobleza de su ánimo es, tal la gracia de su hermosura,
 que tema su engaño, y del mérito nuestro los olvidos. 45
 Y dará antes su fe y obligaré a que en esos pactos testigos
 sean los dioses ¿Qué segura temes? Cíñete y toda
 demora desecha: a ti él siempre se deberá, Jasón,
 a ti con antorcha solemne se unirá y por las pelasgas
 ciudades como su salvadora te celebrará la multitud de las madres. 50
 ¿Así pues yo a mi germana y hermano, y padre y dioses
 y mi natal suelo, por los vientos llevada, he de dejar?
 Naturalmente mi padre cruel, naturalmente es la mía una bárbara tierra,
 mi hermano todavía un bebé. Están conmigo los votos de mi hermana,
 el más grande dios dentro de mí está. No grandes cosas atrás dejaré, 55
 grandes cosas seguiré: el título de haber salvado la juventud aquea
 y el conocimiento de un lugar mejor y fortalezas cuya fama
 aquí incluso florece, y el cultivo y artes de esos lugares,
 y aquél que yo con las cosas que todo posee el orbe,
 el Esónida, mutar querría, con el cual, como esposo, feliz 60
 y querida a los dioses se me diga y con mi cabeza las estrellas toque.
 ¿Y qué decir de no sé qué montes que se dice que en medio
 de las ondas atacan, y, de las naves enemiga, Caribdis,
 que ahora sorbe el estrecho, ahora lo devuelve, y, ceñida de salvajes
 perros, de una Escila rapaz, que en el profundo siciliano ladra? 65
 Naturalmente reteniendo lo que amo y a su regazo en Jasón sujeta
 por estrechos largos iré. Nada a él abrazada temeré
 o si de algo tengo miedo, tendré miedo de mi esposo solo.
 ¿Acaso matrimonio lo crees y unos especiosos nombres a la culpa,
 Medea, tuya, impones? Es más, mira a qué gran 70
 impiedad avanzas, y mientras lícito es, huye del crimen».
 Dijo y ante sus ojos lo recto y la piedad y pudor
 se erigían, y con la vencida daba ya la espalda Cupido.
     Marchaba junto a unas antiguas aras, de Hécate la Perseide,
 las cuales un bosque sombrío y una secreta espesura cubría, 75
 y ya fuerte era, y rechazado se resedaba su ardor,
 cuando ve al Esónida, y la extinguida llama reluce.
 Enrojecieron sus mejillas y en todo se recandeció su rostro
 y como suele con los vientos alimentos cobrar y, la que
 pequeña bajo el acumulado rescoldo se escondía, la brasa, 80
 crecer, y hasta sus viejas fuerzas, agitada, resurgir,
 así ya lene su amor, ya cual languidecer creerías,
 cuando vio al joven, con la hermosura de él presente, se enardeció
 y, por acaso, de lo acostumbrado más hermoso de Esón el nacido
 en aquella luz estaba: podrías perdonar a la enamorada. 85
 Lo mira, y en su rostro, como entonces al fin visto,
 sus luces fijas mantiene, y no que ella un mortal
 rostro ve, demente, cree, ni se desvía de él.
 Cuando empero empezó a hablar y la diestra le prende
 el huésped y auxilio con sumisa voz le rogó 90
 y le prometió su lecho, con lágrimas dice ella desbordadas:
 «Qué haré, veo, y no a mí la ignorancia de la verdad
 me engañará, sino el amor. Salvado serás por regalo de nos:
 salvado lo prometido me darás». Por los misterios de la triforme
 diosa, él, y el numen que estuviera en aquella floresta, 95
 y por el padre de su suegro futuro, que divisa todas las cosas,
 y los eventos suyos y tan grandes peligros jura.
 Creído recibe en seguida unas encantadas hierbas
 y aprende su uso y alegre a sus techos se retiró.
     La posterior Aurora había despedido a las estrellas rielantes. 100
 Se reúnen los pueblos en el sagrado campo de Marte
 y se instalan en sus cimas. En medio el rey mismo se aposenta
 del grupo, en púrpura, y por su cetro marfileño insigne.
 He aquí que por sus aceradas narinas vulcano soplan
 los toros de pies de bronce, y tocadas por sus vapores las hierbas 105
 arden, y como suelen llenas resonar las chimeneas,
 o cuando en un horno de tierra los sílices sueltos
 conciben fuego con la aspersión en ellos de límpidas aguas,
 sus pechos así, por dentro revolviendo las encerradas llamas,
 y su garganta quemada, suenan. Aun así, de ellos, el nacido de Esón 110
 al encuentro va. Volvieron bravíos a la cara del que llegaba
 sus terribles rostros y sus cuernos, prefijados con hierro,
 y el polvoriento suelo con su pie bipartido pulsaron
 y de humeantes mugidos el lugar llenaron.
 Rígidos de miedo quedaron los Minias; se acerca él y no lo que ellos 115
 exhalan siente -tanto las drogas pueden-,
 y sus colgantes papadas acaricia con audaz diestra,
 y abajo puestos del yugo el peso grave les obliga del arado
 a llevar, y el desacostumbrado campo a hierro hender.
 Se admiran los colcos, los Minias con sus clamores le acrecen 120
 y suman arrestos. De su gálea de bronce entonces toma
 los vipéreos dientes y en los arados campos los esparce.
 Esas semillas ablanda la tierra, de un vigoroso veneno antes teñida,
 y crecen y se hacen los sembrados dientes nuevos cuerpos
 y como su aspecto humano toma en el materno vientre 125
 y en sus proporciones dentro se compone el bebé,
 y no, sino maduro, sale a las comunes auras,
 así, cuando en las entrañas de la grávida tierra su imagen
 completada fue de hombre, en ese campo preñado surge,
 y lo que más milagroso es, al par dadas a la luz, sacude sus armas. 130
 A los cuales cuando vieron, para blandir preparados sus astas
 de puntiaguda cúspide contra la cabeza del hemonio joven,
 bajaron de miedo su rostro y su ánimo los pelasgos.
 Ella también se aterró, la que seguro lo había hecho a él,
 y cuando que acudían vio al joven tantos enemigos, uno él, 135
 palideció y súbitamente sin sangre, fría, sentada estaba,
 y para que no poco puedan las gramas por ella dadas, una canción
 auxiliar canta y sus secretas artes invoca.
 Él, un pesado sílice lanzando en medio de los enemigos
 un Marte de sí despedido vuelve contra ellos. 140
 Los hijos de la tierra perecen por mutuas heridas, los hermanos,
 y en civil columna caen. Le felicitan los aqueos
 y al vencedor sostienen y en ávidos abrazos lo estrechan.
 Tú también al vencedor abrazar, bárbara, quisieras.
 Pero a ti, para que no lo hicieras, te contuvo el temor de tu fama: 145
 se opuso a tu intento el pudor; mas abrazado lo hubieras.
 Lo que se puede, con afecto tácito te alegras y das
 a tus canciones las gracias y a los dioses autores de ellos.
     Al siempre vigilante dragón queda con hierbas dormir,
 el que con su cresta y lenguas tres insigne, y con sus corvos 150
 dientes horrendo, el guardián era del árbol áureo.
 A él, después que lo asperjó con grama de leteo jugo
 y las palabras tres veces dijo hacedoras de los plácidos sueños,
 las que el mar turbado, las que los lanzados ríos asientan:
 cuando el sueño a unos desconocidos ojos llegó, y del oro 155
 el héroe Esonio se apodera, y del despojo, orgulloso,
 a la autora del regalo consigo -despojos segundos- portando,
 vencedor tocó con su esposa de Iolco los puertos.


Medea y Esón

     Las hemonias madres por sus hijos recobrados, dones,
 y los padres de avanzada edad, ofrecen, y amontonados en la llama 160
 inciensos licuecen, y cubiertos sus cuernos de oro
 una víctima los votos hace, pero falta entre los agradecidos Esón
 ya más cercano a la muerte y cansado en sus seniles años,
 cuando así el Esónida: «Oh a quien deber mi salvación
 confieso, esposa, aunque a mí todas las cosas me has dado 165
 y ha excedido a lo creíble la suma de los méritos tuyos,
 si, aun así, esto pueden -pues qué no tus canciones pueden-,
 quítame de mis años, y los quitados añade a mi padre»,
 y no contuvo las lágrimas: conmovióse ella de la piedad del que rogaba
 y a su desemejante ánimo acudió el Eetes que ella abandonó. 170
 Y no, aun así, afectos tales confesando: «¿Qué abominación»,
 dice, «ha salido de la boca tuya, esposo? ¿Así, que yo puedo
 a alguien, crees, transcribir un espacio de tu vida?
 Ni permita esto Hécate ni tú pides algo justo, pero que esto
 que pides mayor, probaré a darte un regalo, Jasón. 175
 Con el arte mía la larga edad de mi suegro intentaremos,
 no con los años tuyos, renovar, sólo con que la divina triforme
 me ayude y presente consienta estos ingentes atrevimientos.
     Tres noches faltaban para que sus cuernos todos se unieran
 y efectuaran su círculo: después de que llenísima fulgió 180
 y con su sólida imagen las tierras miró la luna,
 sale de los techos, de ropas desceñidas vestida,
 desnuda de pie, desnudos sus cabellos por los hombros derramados,
 y lleva errantes por los mudos silencios de la media noche
 no acompañada sus pasos. A hombres y pájaros y fieras 185
 había relajado una alta quietud. Sin ningún murmullo serpea ella:
 a la que está dormida semejante, sin ningún murmullo, la serpiente.
 Inmóviles callan las frondas, calla el húmedo aire.
 Las estrellas solas rielan, a las cuales sus brazos tendiendo
 tres veces se torna, tres veces con aguas cogidas de la corriente 190
 el pelo se roró y en ternas de aullidos su boca
 libera, y en la dura tierra puesta de hinojos:
 «Noche», dice, «a los arcanos fidelísima, y los que áureos
 sucedéis, con la luna, a los diurnos, astros,
 y tú tricéfala Hécate, que cómplice de nuestras empresas 195
 y fautora vienes, y cantos y artes de los magos,
 y la que a los magos, Tierra, de potentes hierbas equipas,
 y auras y vientos y montes y caudales y lagos
 y dioses todos de los bosques, y dioses todos de la noche, asistid,
 con cuya ayuda cuando lo quise ante sus asombradas riberas los caudales 200
 a los manantiales retornaron suyos; y agitados calmo,
 y quietos agito con mi canto los estrechos; las nubes expulso
 y las nubes congrego, los vientos ahuyento y llamo,
 vipéreas fauces rompo con mis palabras y canción,
 y vivas rocas y convulsos robles de su tierra, 205
 y espesuras muevo y mando temblar los montes
 y mugir el suelo y a los manes salir de sus sepulcros.
 A ti también, Luna, te arrastro, aunque de Témesa los bronces
 las fatigas tuyas minoren, el carro también con la canción nuestra
 palidece de mi abuelo, palidece la Aurora con nuestros venenos. 210
 Vosotros para mí de los toros las llamas embotasteis, y con el corvo
 arado su cuello ignorante de carga hundisteis,
 vosotros a los nacidos de serpiente contra sí fieras guerras disteis,
 y al centinela rudo de sueño dormisteis, y el oro,
 a su defensor engañando, mandasteis a las griegas ciudades. 215
 Ahora menester es de jugos, por los cuales renovada la senectud,
 a la flor vuelva y sus primeros años recolecte,
 y los daréis, pues ni rielaron las estrellas en vano
 ni en vano por el cuello de voladores dragones tirado
 mi carro aquí está». Estaba allí, descendido del éter, su carro. 220
 Al cual una vez hubo ascendido y los enfrenados cuellos de los dragones
 acarició y con sus manos sacudió las leves riendas,
 sublime es arrebatada y sometido el tesalio Tempe
 abajo mira y a arcillosas regiones acopla sus sierpes:
 y las que el Osa ofrece, las hierbas que el alto Pelión, 225
 y el Otris y el Pindo, y que el Pindo mayor el Olimpo,
 observa, y las que complacen, parte de raíz saca,
 parte abate con la curvatura de su hoz de bronce.
 Muchas también le pluguieron, gramas de las riberas del Apídano,
 muchas también del Anfriso, y no eras tú inmune, Enipeo, 230
 y no dejó el Peneo, no dejaron del Esperquío las ondas
 de contribuir algo, y los juncosos litorales del Bebe.
 Cogió también de la eubea Antédona vivaz grama,
 todavía no vulgar por el cuerpo mutado de Glauco.
 Y ya el noveno día con su carro y alas de dragones, 235
 y la novena noche todos los campos lustrar la habían visto,
 cuando regresó, y no habían sido tocados sino del olor los dragones,
 y aun así de su añosa vejez la piel dejaron.
     Se detuvo al llegar más acá del umbral y las puertas,
 y sólo del cielo se cubre, y rehúye los masculinos 240
 contactos, e instituye unas aras de césped, en número de dos,
 la más diestra de Hécate, mas por la izquierda parte de Juventa.
 Éstas cuando de verbenas y de espesura agreste hubo ceñido,
 no lejos sacando tierra de dos hoyos,
 sus sacrificios hace, y cuchillos a unas gargantas de vellón negro 245
 lanza, y las anchurosas fosas inunda de sangre.
 Entonces, encima vertiendo unas vasijas de transparente vino,
 y otras vasijas vertiendo de tibia leche,
 palabras a la vez derrama y los terrenos númenes aplaca
 y de las sombras ruega, con su raptada esposa, al rey, 250
 que no se apresuren esos miembros a defraudar de su aliento senil.
 A los cuales, cuando los hubo aplacado con sus plegarias y un murmullo largo,
 que el cuerpo agotado de Esón fuera sacado a las auras
 ordenó, y a él, relajado por su canción en plenos sueños,
 a un muerto semejante, lo extendió en un lecho de hierbas. 255
 De allí lejos al Esónida, lejos de allí ordena marchar a los sirvientes,
 y les advierte que de los arcanos quiten sus ojos profanos.
 Se dispersan, así ordenados. Sueltos Medea sus cabellos,
 de las bacantes al rito, las flagrantes aras circunda
 y antorchas de múltiples hendiduras en la fosa de sangre negra 260
 tiñe, y manchadas las enciende en las gemelas aras,
 y tres veces al anciano con llama, tres veces con agua, tres veces con azufre lustra.
     Mientras tanto una vigorosa droga en un dispuesto caldero
 hierve, y bulle, y de espumas henchidas blanquea.
 Allí las raíces en el valle hemonio cortadas 265
 y las semillas y flores y jugos negros cuece.
 Añade piedras en el extremo Oriente buscadas,
 y, que el mar refluente del Océano lavó, arenas.
 Añade también, recogidas en una trasnochadora luna, escarchas,
 y de un búho infame, junto a sus mismas carnes, las alas, 270
 y del que solía en hombre mutar sus rostros ferinos,
 de un ambiguo lobo, las entrañas; y no faltó a esas cosas
 la escamosa membrana de una cinifia, tenue, fétida hidra,
 y de un vivaz ciervo el hígado, a los cuales encima añade
 la boca y cabeza de una corneja que nueve generaciones había pasado. 275
 Después que con éstas y mil otras cosas sin nombre
 un propósito instruyó la bárbara más grande que lo mortal,
 con una rama, árida desde hacía mucho tiempo, de clemente olivo
 todo lo confundió y con lo de más arriba mezcló lo más profundo.
 He aquí que el viejo palo que daba vueltas en el caliente caldero 280
 se hace verde a lo primero, y en no largo tiempo de frondas
 se viste, y súbitamente de grávidas olivas se carga;
 mas por donde quiera que del cavo caldero espumas lanzó
 el fuego y a la tierra gotas cayeron calientes,
 retoña la tierra y flores y mullidas pajas surgen. 285
 Lo cual una vez que vio, empuñando Medea la espada
 abre la garganta del anciano, y el viejo crúor dejando
 salir, rellena con sus jugos; los cuales, después que los embebió Esón
 o por la boca acogidos o por la herida, la barba y los cabellos,
 la canicie depuesta, un negro color arrebataron, 290
 expulsada huye la delgadez, se van la palidez y la decrepitud
 y con añadido cuerpo se suplen las cavas arrugas
 y sus miembros exuberan: Esón se asombra y en otro tiempo,
 antes cuatro decenas de años, que tal era él, recuerda.
     Había visto desde lo alto las maravillas de tan gran portento 295
 Líber y advertido de que sus jóvenes años a las nodrizas suyas
 podían devolverse, toma este regalo de la Cólquide.


Medea y Pelias

     Y para que no sus engaños cesen, un odio contra su esposo falso
 la Fasíade simula, y de Pelias a los umbrales suplicante
 huye, y a ella, puesto que abrumado él por la vejez está, 300
 la reciben sus nacidas; a las cuales la astuta cólquide, en un tiempo
 pequeño, de una amistad mendaz con la imagen, atrapa,
 y mientras relata entre los máximos de sus méritos haber quitado
 a Esón la decrepitud y en esta parte se demora,
 la esperanza ha introducido entre las vírgenes de Pelias creadas 305
 de que por arte pareja rejuvenecer podría el padre suyo,
 y esto buscan, y un precio le ordenan que sin límite pacte.
 Ella por breve espacio calla y dudar parece
 y suspende los ánimos, fingiendo gravedad, de las que le rogaban.
 Luego, cuando su propuesta hace: «Para que sea la fe más grande 310
 del regalo este», dice, «el que mayor en edad es,
 el jefe de la grey entre las ovejas vuestras, cordero con mi droga se hará».
     En seguida, agotado por sus incontables años un lanado
 traen, curvado su cuerno alrededor de sus cavas sienes;
 del cual, cuando con su cuchillo hemonio su marchita garganta 315
 perforó y de su exigua sangre manchó el hierro,
 los miembros a la vez de la res y unos vigorosos jugos la envenenadora
 sumerge en un caldero cavo: disminuye esto las articulaciones de su cuerpo,
 sus cuernos se esfuman y no menos, con sus cuernos, sus años,
 y tierno se oye un balido en medio del caldero, 320
 y sin demora, a las que del balido se asombran, les salta un cordero
 y retoza en su huida y unas ubres lecheras quiere.
     Pasmáronse las engendradas de Pelias, y después que las promesas
 exhibían su fe, entonces en verdad más encarecidamente la instan.
 Tres veces los yugos Febo a sus caballos, en la ibérica corriente sumergidos, 325
 había quitado, y en la cuarta noche radiantes rielaban
 las estrellas, cuando a un arrebatador fuego la falaz Eetíade
 impone puro líquido y sin fuerzas unas hierbas.
 Y ya a la muerte parecido el sueño, relajado su cuerpo,
 del rey, y con el rey suyo de sus centinelas, se había apoderado, 330
 al cual los habían entregado sus cantos y la potencia de su mágica lengua;
 habían entrado al serles ordenado, junto con la cólquide, en los umbrales sus nacidas
 y rodeaban el lecho: «¿Por qué ahora dudáis, inertes?
 Empuñad», dice, «las espadas y el viejo crúor sacadle,
 que yo rellene las vacías venas con juvenil sangre. 335
 En las manos vuestras la vida está y la edad de vuestro padre.
 Si piedad alguna hay y no unas esperanzas tenéis vanas,
 servicio prestad a vuestro padre y con las armas la vejez
 sacadle y su pus extraedle aunando vuestro hierro».
 Con tales apremios, según cada una de piadosa es, la impía primera es, 340
 y para no ser abominable, hace una abominación. Aun así, los golpes
 suyos ninguna contemplar puede y sus ojos vuelven
 y ciegas heridas dan, vueltas de espalda, con sus salvajes diestras.
 Él, crúor manando, sobre su codo, aun así, levanta el cuerpo,
 y semidesgarrado del lecho intenta levantarse, y en medio 345
 de tantas espadas sus palidecientes brazos tendiendo:
 «¿Qué hacéis, mis nacidas? ¿Quién para los hados de un padre
 os arma?», dice. Cayeron en ellas arrestos y manos.
 Al que más iba a decir, junto con sus palabras la garganta la cólquide
 le cortó, y despedazado lo sumergió en las calientes aguas, 350
 que si con sus aladas serpientes no se hubiese ido a las auras,
 no exenta hubiera quedado de castigo:


Huida de Medea

     huye alta sobre el Pelión
 sombrío, del Filireo los techos, y sobre el Otris,
 y por el suceso del viejo Cerambo esos lugares conocidos:
 él, con ayuda de las ninfas sostenido en el aire con alas, 355
 cuando la pesada tierra fuera enterrada por el ponto que la inundaba,
 huyó, él no enterrado, de las ondas de Deucalión.
     La eolia Pítane por la parte izquierda deja,
 y hechos de piedra los simulacros de un largo dragón,
 y del Ida el bosque, en el que los hurtos de su nacido, un novillo, 360
 ocultó Líber bajo la imagen de un falso ciervo,
 y en donde el padre de Córito enterrado en un poco de arena fue,
 y los campos que Mera con su nuevo ladrido aterrorizó,
 y de Eurípilo la ciudad, en donde las madres de Cos cuernos
 llevaron, entonces, cuando se alejaba de Hércules la tropa, 365
 y la Rodas de Febo, y de Iáliso los Telquines,
 cuyos ojos, que con su misma visión arruinaban todas las cosas,
 Júpiter lleno de odio a las ondas de su hermano sometió.
 Atravesó también las murallas carteas de la antigua Cea,
 en donde su padre Alcidamante se habría de asombrar de que pudiera 370
 nacer plácida, del cuerpo de su hija, un paloma.
 Desde ahí el lago de Hirie la ve, y de Cigno el Tempe,
 que un súbito cisne frecuentó: pues Filio allí,
 por mandato del muchacho, unas aves y un fiero león
 había entregado domados; a un toro también vencer siéndole ordenado 375
 lo había vencido, y enconado por su amor tantas veces despreciado,
 al que esos premios supremos demandaba del toro, le negaba.
 Él indignado: «Desearás dármelo», dijo y de su alta
 roca saltó. Todos que había caído muerto creían:
 hecho cisne con unas níveas alas se suspendía en el aire. 380
 Mas su genetriz Hirie, de su salvación ignorante, llorando
 se delicueció y un pantano de su nombre se hizo.
 Junta yace a ello Pleurón, en la cual con trepidantes alas
 la Ofíade huyó, Combe, de las heridas de sus nacidos.
     De ahí de Calaurea los campos la Letoide contempla, 385
 de ese rey, vuelto ave junto con su esposa, cómplices.
 Diestra Cilene está, en la cual con su madre Menefron
 de acostarse había, al modo de las salvajes fieras.
 Al Cefiso lejos de aquí, que lloraba los hados de su nieto,
 vuelve su mirada, en una henchida foca por Apolo convertido, 390
 y de Eumelo a la casa, haciendo duelo en el aire de su nacido.
     Finalmente con sus vipéreas plumas la Éfira Pirénide,
 alcanza: aquí los antiguos divulgaron que en la edad primera
 mortales cuerpos de unos pluviales hongos habían nacido.


Medea y Teseo

     Pero después que con los colcos venenos ardió la recién casada 395
 y flagrante la casa del rey vieron los mares ambos,
 con la sangre de sus nacidos se inunda su impía espada
 y vengándose a sí misma mal la madre, de las armas de Jasón huyó.
 De aquí, por los dragones arrebatada del Titán, entra
 en los recintos de Palas, los que a ti, justísima Fene, 400
 y a ti, anciano Périfas, al par os vieron volando,
 y apoyada en unas nuevas alas a la nieta de Polipemon.
 La acoge a ella Egeo, sólo por este hecho condenable,
 y no bastante la hospitalidad es, del tálamo también con la alianza a él la une.
     Y ya estaba allí Teseo, prole ignorada para su padre, 405
 y, por la virtud suya, el de dos mares había pacificado, el Istmo.
 De él para la perdición mezcla Medea el que un día
 había traído consigo de las escíticas orillas, ese acónito.
 Aquel recuerdan que de los dientes de la equidnea perra
 surgido fue: una gruta hay, por su tenebrosa abertura ciega, 410
 hay un camino declinante, por el cual el tirintio héroe
 al que se resistía y contra el día y sus rayos rielantes
 sesgaba sus ojos, con cadenas unidas a acero,
 a Cérbero, arrastró, el cual, su rabiosa ira concitada,
 llenó al par con sus ternas de ladridos las auras 415
 y asperjó los verdes campos de sus espumas blanqueantes.
 Que éstas se solidificaron creen, y que obteniendo alimentos de su feraz
 y fecundo suelo, las fuerzas cobraron de hacer daño;
 a los cuales, puesto que nacen vivaces en los duros escollos,
 los rústicos acónitos los llaman; éstos por astucia de su esposa 420
 su propio padre, Egeo, a su nacido extendió como a enemigo.
 Había cogido con ignorante diestra Teseo las dadas copas,
 cuando su padre en el puño de marfil de su espada conoció
 las señales de su familia y la fechoría sacudió de su boca.
 Escapó ella de la muerte con unas nubes mediante sus canciones movidas. 425
     Mas su genitor, aunque se alegra de su salvo nacido,
 atónito aun así está de que una ingente abominación, por tan poca
 distancia, cometerse pudo: templa con fuegos las aras
 y de presentes a los dioses colma y hieren las segures
 los cuellos torosos de bovinos, atados sus cuernos con cintas. 430
 Ninguno entre los Erectidas se dice que más celebrado que aquel
 día lució; preparan convites los padres
 y el medio pueblo, y canciones -el vino su ingenio
 haciendo- no dejan de cantar: «De ti, máximo Teseo,
 se ha admirado Maratón por la sangre del creteo toro, 435
 y que, a salvo del cerdo, ara su Cromión el colono,
 regalo y obra tuya es; la tierra epidauria por ti
 vio, portadora de la maza, sucumbir de Vulcano a la prole,
 vio también al inclemente Procrustes la cefisíade orilla;
 de Cerción la muerte vio la Cereal Eleusis. 440
 Cayó aquel Sinis, que de sus grandes fuerzas mal se sirvió,
 el que podía curvar los troncos, y bajaba desde lo alto
 a la tierra los que a lo ancho habían de esparcir cuerpos: unos pinos.
 Segura hasta Alcátoe, lelegeias murallas, una senda,
 una vez terminó con Escirón, se abre, y dispersos la tierra 445
 les niega una sede, una sede le niega a sus huesos de ladrón la onda,
 los cuales, agitados mucho tiempo, se dice que los endureció su vejez
 en escollos; de escollos el nombre de Escirón está prendido.
 Si tus glorias y los años tuyos contar quisiéramos,
 tus hechos someterían a tus años. Por ti, valerosísimo, estos votos 450
 públicos asumimos, de Baco por ti tomamos estos sorbos».
 Resuena, del asentimiento del pueblo y las súplicas de los fautores,
 el real, y lugar triste alguno en toda la ciudad no hay.


Minos y Céfalo (I)

     Aun así -hasta tal punto ningún placer es limpio
 e inquietud alguna en las alegrías interviene-, Egeo 455
 unos goces no percibió íntegros por su nacido recobrado:
 guerras prepara Minos, el cual, aunque en soldado, aunque
 por su armada es fuerte, aun así por su paterna ira es firmísimo
 y del asesinato de Androgeo se venga con justas armas.
 Antes, con todo, para la guerra busca fuerzas amigas 460
 y con la que poderoso es considerado, con su voladora armada, los estrechos recorre.
 Por aquí a Anafe se adhiere y los reinos de Astipalea
 -con promesas a Anafe, los reinos de Astipalea con la guerra-,
 por aquí la humilde Míconos, y los arcillosos campos de Cimolos,
 y floreciente de tomillo a Citnos, y la plana Serifos, 465
 y la marmórea Paros, y a la que impía traicionó Arne,
 † Siton † : recibido el oro, que avara había demandado,
 mutada fue en un ave que ahora también ama el oro,
 negra de pies, de negras plumas velada, la corneja.
     Mas no Olíaros y Dídime y Tenos y Andros 470
 y Gíaros y de su nítida oliva feraz Peparetos
 a las naves ayudaron de Gnosos. De allí por su costado siniestro
 a Enopia Minos acude, de los Eácidas los reinos:
 Enopia los antiguos la llamaron, pero el propio
 Éaco Egina, de su genetriz con el nombre, le llamó. 475
 La multitud se lanza y de tanta fama a un hombre conocer
 ansía; al encuentro corren de él Telamón y menor
 que Telamón Peleo y, la prole tercera, Foco;
 el mismo también sale, tardo por la pesadez senil,
 Éaco, y cuál sea de su venida la causa pregunta. 480
 Al serle recordado de su padre el luto suspira y a él
 palabras le refiere tales el regidor de los cien pueblos:
 «Que estas armas favorezcas te pido, por mi nacido tomadas, y de esta piadosa
 milicia parte seas: para su túmulo consuelos demando».
 A él el Asopíada: «Pides cosa inútil», dijo, «y que la ciudad 485
 no ha de hacer mía; pues no más unida ninguna
 tierra a los cecrópides que ésta está: tales las alianzas nuestras».
 Triste se va y: «Se mantendrán para ti tus pactos a alto precio»,
 dijo, y más útil una guerra amenazar piensa que es,
 que hacerla, y sus fuerzas allí previamente consumir. 490
     La armada lictia desde los enopios muros todavía
 contemplarse podía, cuando a plena vela lanzada
 una ática popa llega y en esos puertos amigos entra,
 la cual a Céfalo, y de la patria a la vez unos encargos, llevaba.
 Los Eácidas jóvenes, después de largo tiempo visto, 495
 reconocieron, aun así, a Céfalo y sus diestras le dieron
 y de su padre a la casa lo condujeron. Digno de ver el héroe,
 y de su vieja hermosura reteniendo todavía ahora las prendas
 avanza, y una rama sosteniendo de su paisana oliva
 a su diestra y su siniestra a dos de edad menor, 500
 él el mayor, tiene, a Clito y Butes, por Palante creados.
     Después que sus encuentros primeros sus palabras propias llevaron,
 del Cecrópida los encargos Céfalo cumple y le ruega
 auxilio y el pacto le recuerda y las leyes de sus padres
 y que el dominio se pretende de toda la Acaya añade. 505
 Así, cuando la encargada causa su elocuencia hubo alentado,
 Éaco, en el puño de su cetro su mano siniestra apoyando:
 «Auxilio no pedid, sino tomadlo», dijo, «oh Atenas,
 y sin dudar las fuerzas que esta isla tiene, vuestras
 decidlas, y todo lo que de las cosas mías el estado es. 510
 Reciedumbre no falta: me sobra a mí soldado y hueste.
 Gracias a los dioses, feliz e inexcusable tiempo este».
 «Mejor que así sea», Céfalo: «Que crezca tu urbe en ciudadanos
 te deseo», dice. «Llegando yo, ciertamente, ahora poco, gozos sentí
 cuando una tan bella, tan semejante en edad, esta juventud 515
 a mi encuentro avanzaba; muchos, aun así, entre ellos echo de menos,
 a los que un día vi en vuestra ciudad anteriormente al ser recibido».


La peste de Egina

     Éaco gimió hondo y con triste voz así hablando:
 «A un luctuoso principio una mejor fortuna ha seguido.
 Ésta ojalá pudiera a vosotros remembraros sin aquél. 520
 Por su orden ahora lo recordaré y para no con un largo rodeo deteneros:
 huesos y cenizas yacen los que con memorativa mente echas de menos,
 y cuánta parte, ellos, del estado mío, perecieron.
     Una siniestra peste por la ira injusta de Juno sobre estos pueblos
 cayó, al odiar ella, dichas por su rival, estas tierras. 525
 Mientras pareció mortal la desgracia y de tan gran calamidad
 se escondía la causa dañina, combatióse con el arte médica;
 la perdición superaba al remedio, que vencido yacía.
 Al principio el cielo una espesa bruma sobre las tierras
 puso y unos perezosos ardores encerró entre esas nubes, 530
 y mientras cuatro veces juntando sus cuernos completó su círculo
 la Luna, cuatro veces su pleno círculo, atenuándose, destejió,
 con mortíferos ardores soplaron los calientes austros.
 Consta que también hasta los manantiales el daño llegó, y los lagos,
 y muchos miles de serpientes por los incultivados campos 535
 vagaron y con sus venenos los ríos profanaron.
 En el estrago de los perros primero, y de las aves y ovejas y bueyes
 y entre las fieras, de la súbita enfermedad se captó la potencia.
 De que caigan el infeliz labrador se maravilla, vigorosos,
 entre la labor, los toros, y en mitad se tumben del surco. 540
 De las lanadas greyes, balidos dando dolientes,
 por sí mismas las lanas caen y sus cuerpos se consumen.
 El acre caballo un día y de gran fama en el polvo,
 desmerece de sus palmas, y de sus viejos honores olvidado
 junto al pesebre gime a punto de morir de enfermedad inerte; 545
 no el jabalí de su ira se acuerda, no de confiar en su carrera
 la cierva, ni contra los fuertes ganados de correr los osos.
 Todo el languor lo posee y en las espesuras y campos y caminos
 cuerpos feos yacen y vician con sus olores las auras.
 Maravillas diré: no los perros y las ávidas aves, 550
 no los canos lobos a ellos los tocaron; caídos se licuecen
 y con su aflato dañan y llevan sus contagios a lo ancho.
     «Llega a los pobres colonos con daño más grave
 la peste y en las murallas señorea de la gran ciudad.
 Las vísceras se queman a lo primero, y de la llama escondida 555
 indicio el rubor es y el producido anhélito.
 Áspera la lengua se hincha, y por esos tibios vientos árida
 la boca se abre, y auras graves se reciben por la comisura.
 No la cama, no ropas soportarse algunas pueden,
 sino en la dura tierra ponen sus torsos, y no se vuelve 560
 el cuerpo de la tierra helado, sino la tierra de ese cuerpo hierve,
 y moderador no hay, y entre los mismos que la medican salvaje
 irrumpe la calamidad, y en contra están de sus autores sus artes.
 Cuanto más cercano alguien está y sirve más fielmente a un enfermo,
 al partido de la muerte más pronto llega, y cuando de salvación 565
 la esperanza se ha ido y el fin ven en el funeral de la enfermedad,
 ceden a sus ánimos y ninguna por qué sea útil su preocupación es,
 pues útil nada es. Por todos lados, dejado el pudor,
 a los manantiales y ríos y pozos espaciosos se aferran
 y no la sed es extinguida antes que su vida al beber; 570
 de ahí, pesados, muchos no pueden levantarse y dentro de las mismas
 aguas mueren; alguno aun así toma también de ellas.
 Y, tan grande es para los desgraciados el hastío del odiado lecho,
 de él saltan, o si les prohíben sostenerse sus fuerzas,
 sus cuerpos ruedan a tierra y huye de los penates 575
 cada uno suyos, y a cada uno su casa funesta le parece,
 y puesto que la causa está oculta, su lugar pequeño está bajo acusación.
 Medio muertos errar por las calles, mientras estar de pie podían,
 los vieras, llorando a otros y en tierra yacentes
 y sus agotadas luces volviendo en su supremo movimiento, 580
 y sus miembros a las estrellas tienden del suspendido cielo,
 por aquí y allá, donde la muerte los sorprendiera, expirando.
     Cuánto yo entonces ánimo tuve, o cuánto debí de tener,
 que la vida odiara y deseara parte ser de los míos.
 Adonde quiera que la mirada de mis ojos se volvía, por allí 585
 gente había tendida, como cuando las pútridas frutas
 caen al moverse sus ramas y al agitarse su encina las bellotas.
 Unos templos ves enfrente, sublimes con sus peldaños largos
 -Júpiter los tiene-: ¿quién no a los altares esos
 defraudados inciensos dio? ¿Cuántas veces por un cónyuge su cónyuge, 590
 por su nacido el genitor, mientras palabras suplicantes dice,
 en esas no exorables aras su vida terminó,
 y en su mano del incienso parte, no consumida, encontrada fue?
 ¿Llevados cuántas veces a los templos, mientras los votos el sacerdote
 concibe y derrama puro entre sus cuernos vino, 595
 de una no esperada herida cayeron los toros?
 Yo mismo, sus sacrificios a Júpiter por mí, mi patria y mis tres
 nacidos cuando hacía, mugidos siniestros la víctima
 dejó escapar, y, súbitamente derrumbándose sin golpes algunos,
 de su exigua sangre tiñó, puestos bajo ella, los cuchillos. 600
 Sus entrañas también enfermas las señas de la verdad y las advertencias de los dioses
 habían perdido: tristes penetran hasta las vísceras las enfermedades.
 Delante de los sagrados postes vi arrojados cadáveres,
 delante de las mismas -para que la muerte trajera más inquina- aras.
 Parte su aliento con el lazo cierran y de la muerte el temor 605
 con la muerte ahuyentan y voluntariamente llaman a unos hados que se acercan.
 Los cuerpos enviados a la muerte en ningún funeral, como de costumbre,
 se llevan, pues tampoco abarcaban los funerales las puertas;
 o no sepultados pesan sobre las tierras o son dados a las altas
 piras, no dotados. Y ya reverencia ninguna hay 610
 y acerca de las piras pelean y en ajenos fuegos arden.
 Quienes les lloren no hay, y no lloradas vagan
 de los nacidos y hombres las ánimas, y de jóvenes y viejos,
 y ni lugar para los túmulos, ni bastante árbol hay para los fuegos.
     Atónito por tan gran torbellino de desgraciadas cosas: 615
 «Júpiter, oh», dije, «si que tú, relatos no falsos
 cuentan, a los abrazos de Egina, la Esópide, fuiste,
 ni tú, gran padre, nuestro padre te avergüenzas de ser,
 o a mí devuelve a los míos, o a mí también guárdame en el sepulcro».
 Él una señal con el relámpago dio, y el trueno siguiente. 620
 «Los acojo y sean éstos, te ruego, felices signos
 de la mente tuya», dije; «el presagio que me das tomo por prenda».
 Por acaso había allí junto, de anchurosas ramas ralísima,
 consagrada a Júpiter, una encina de simiente de Dodona.
 Aquí nos unas recolectoras observamos, en fila larga, 625
 una gran carga en su exigua boca, unas hormigas, llevando,
 que por la rugosa corteza preservaban su calle.
 Mientras su número admiro: «Otros tantos, padre óptimo», dije,
 «tú a mí dame, y estas vacías murallas suple».
 Se estremeció y, sus ramas moviéndose sin brisa, un sonido 630
 la alta encina dio: de pavoroso temor el cuerpo mío
 se estremeció y erizado tenía el pelo; aun así, besos a la tierra
 y a los robles di, y que yo tenía esperanzas no confesaba;
 tenía esperanzas, aun así, y con mi ánimo mis votos alentaba.
 La noche llega y, hostigados por las inquietudes, de los cuerpos el sueño 635
 se apodera: ante mis ojos la misma encina a mí que estaba,
 y que prometía lo mismo, y los mismos animales en las ramas
 suyas llevaba, me pareció, y que parejamente temblaba con aquel movimiento,
 y que la recolectora fila esparcía en sus subyacentes campos;
 que crece de súbito, y mayor y mayor parece, 640
 y se levanta en la tierra y en un recto tronco se asienta
 y su delgadez y su número de pies y negro color
 depone y que la humana forma a su miembros introduce.
     El sueño se va. Condeno despierto mis propias visiones y me lamento
 de que en los altísimos de ayuda no haya nada; mas en las estancias un ingente 645
 murmullo había y voces de hombres oír me parecía,
 ya para mí desacostumbradas. Mientras sospecho que ellas también del sueño
 son, viene Telamón presto y, abriéndose las puertas:
 «Que la esperanza y la fe, padre», dijo, «cosas mayores verás.
 Sal». Salgo y, cuales en la imagen del sueño 650
 me pareció haber visto unos hombres, por su orden tales
 los contemplo y reconozco: se acercan y a su rey saludan.
 Mis votos a Júpiter cumplo y a estos pueblos recientes la ciudad
 reparto y, vacíos de sus primitivos cultivadores, los campos,
 y mirmidones los llamo, y de su origen sus nombres no privo. 655
 Sus cuerpos has visto; sus costumbres, las que antes tenían,
 ahora también tienen: parca su raza es y sufridora de fatigas
 y de su ganancia tenaz y que lo ganado conserve.
 Éstos a ti a tus guerras, parejos en años y ánimos, te seguirán,
 tan pronto como el que a ti felizmente te ha traído, el euro» 660
 -pues el euro le había traído- «háyase mutado en austros».


Céfalo (II)

     Con tales y otros discursos ellos llenaron
 el largo día: de la luz la parte última a la mesa,
 fue dada, la noche a los sueños. Su resplandor el áureo Sol había levantado;
 soplaba todavía el euro y unas velas que habían de regresar retenía. 665
 A Céfalo los engendrados de Palante, cuya edad mayor era,
 al rey, Céfalo junto a los creados de Palante,
 acuden, pero todavía al rey un sopor alto retenía.
 Los recibe un Eácida a ellos en la entrada, Foco,
 pues Telamón y su hermano los hombres para la guerra elegían. 670
 Foco a un más interior espacio y a unos bellos recesos
 a los Cecrópidas conduce, con los que a la vez él se sienta.
     Observa que el Eólida, de un desconocido árbol hecha,
 lleva en la mano una jabalina, de la cual fuera áurea la cúspide.
 Pocas cosas antes en las intermedias conversaciones habiendo dicho: 675
 «Soy a los bosques aficionado», dice, «y a la matanza de fieras.
 De qué espesura, aun así, tengas ese astil cortado
 hace tiempo que dudo. Ciertamente si de fresno fuera
 de bermejo color sería; si cornejo, nudo en medio tendría.
 De dónde sea lo ignoro, pero no más hermosa que ella 680
 han visto los ojos nuestros un arma arrojadiza».
 Toma la palabra de los acteos hermanos el otro, y: «Un uso
 mayor que su hermosura admirarás», dijo, «en él.
 Alcanza cuanto busca y la fortuna, cuando es lanzado,
 a él no le rige, y vuelve volando, sin que nadie lo traiga, cruento». 685
 Entonces verdaderamente el joven Nereio todo pregunta,
 por qué le fue y de dónde dado, quien de tan gran regalo el autor.


Céfalo (III) y Procris

     Lo que pide él relata, pero lo que narrar pudor le da,
 por qué merced lo obtuvo, guarda silencio, y tocado del dolor
 de su esposa perdida, así, con lágrimas brotadas, habla: 690
 «Ésta, nacido de una diosa -¿quién podría creerlo?-
 esta arma llorar me hace y lo hará por mucho tiempo, si vivir a nos
 los hados por mucho tiempo dieran: ella a mí, con mi esposa querida,
 me perdió: de éste regalo ojalá hubiera carecido siempre.
     Procris era, si acaso más ha arribado a los oídos tuyos 695
 Oritía, hermana de la raptada Oritía.
 Si la hermosura y el carácter quisieras comparar de las dos,
 más digna ella de ser raptada. Su padre a ella a mí la unió, Erecteo,
 a ella a mí la unió el amor: feliz se me decía y era.
 No así a los dioses les pareció, o ahora también quizás yo lo sería. 700
 El segundo mes pasaba, después de los sacrificios conyugales,
 cuando a mí, que a los cornados ciervos tendía redes,
 desde el vértice supremo del siempre floreciente Himeto,
 ocre por la mañana, me ve la Aurora, ahuyentadas las tinieblas,
 y contra mi voluntad me rapta. Lícito me sea la verdad referir, 705
 con la venia de la diosa: aunque sea por su cara de rosa digna de admirar,
 aunque tenga los de la luz, tenga los confines de la noche,
 aunque de nectáreas aguas se alimente, yo a Procris amaba.
 En mi pecho Procris estaba, Procris siempre en mi boca.
 De los sacramentos del diván y de las uniones nuevas y tálamos recientes 710
 y primeros pactos le contaba de mi abandonado lecho.
 Conmovióse la diosa y: «Detén, ingrato, tus lamentos.
 A Procris ten», dijo, «que si la mía providente mente es,
 no haberla tenido querrás». Y a mí a ella, llena de ira, me remitió.
 Mientras vuelvo y conmigo las advertencias de la diosa repaso, 715
 a existir el miedo empezó de que las leyes conyugales mi esposa
 no bien hubiera guardado. Su hermosura y su edad me ordenaban
 creer en su adulterio. Me prohibían creerlo sus costumbres.
 Pero aun así yo había estado ausente, pero también ésta era, de donde volvía,
 de ese crimen ejemplo, pero todo tememos los enamorados. 720
 Indagar por lo que me duela decido, y con regalos su púdica
 fidelidad inquietar. Alienta este temor la Aurora
 y transmuta -me parece haberlo sentido- mi figura.
 A la Paladia Atenas llego no reconocible
 y entro en mi casa: de culpa la casa misma carecía 725
 y castas señales daba y por su dueño raptado estaba angustiada:
 apenas acceso, por mil engaños, a la Eréctide fue logrado.
 Cuando la vi me quedé suspendido y casi abandoné las premeditadas
 tentaciones a su fidelidad. Mal, para no confesarle la verdad,
 me contuve, mal para -como oportuno era- besos no ofrecerle. 730
 Triste estaba, pero ninguna aun así más hermosa que ella
 triste haber puede, y por la nostalgia se dolía
 de su esposo arrebatado. Tú colige cuál en ella,
 Foco, la gracia sería, a quien así el dolor mismo la agraciaba.
 Para qué referir cuántas veces las tentaciones nuestras su púdico 735
 carácter rechazara, cuántas veces: «Yo», había dicho, «para uno solo
 me reservo. Donde quiera que esté, para uno solo mis goces reservo».
 ¿Para quién en su sano juicio bastante esta comprobación de su fidelidad
 grande no sería? No me quedé contento y contra mis propias heridas
 pugno, mientras diciéndole que fortunas le daría yo por una noche, 740
 y los regalos aumentando, al fin a dudar la obligué.
 Grito yo, en mala hora farsante: «Delante tienes en mala hora fingido a un adúltero:
 tu verdadero esposo era yo: conmigo, perjura, como testigo has sido cogida»;
 ella nada; en su callado pudor únicamente vencida,
 de esos insidiosos umbrales, y con ellos de su esposo en mala hora, huye, 745
 y ofendida del mío, por todo el género llena de odio de los hombres,
 por los montes erraba a los afanes dedicada de Diana.
 Entonces a mí, abandonado, más violento un fuego hasta los huesos
 me llega. Rogaba su perdón y haber pecado confesaba
 y que hubiera podido, dados esos regalos, sucumbir a semejante 750
 culpa yo también, si regalos tan grandes se me dieran.
 A mí, que tales cosas confesaba, su herido pudor antes vengando,
 regresa ella, y dulces en concordia pasó los años.
 Me da a mí además, como si consigo pequeños dones
 me hubiese dado, un perro de regalo, el cual, cuando se lo entregara a ella 755
 su Cintia: «Corriendo superará», había dicho, «a todos».
 Me da a la vez también la jabalina que nos, como ves, tenemos.


El perro de caza y la fiera

     ¿De este regalo otro cuál sea la fortuna, quieres saber?
 Escucha cosa admirable. Por la novedad te conmoverás del hecho.
     Canciones el Láiada no comprendidas por los talentos 760
 de sus predecesores había resuelto, y despeñada yacía,
 olvidada de los ambages suyos, la vate oscura.
 [Claro es que la nutricia Temis no tales cosas deja sin venganza.]
 En seguida a la aonia Tebas se envía una segunda
 peste, y por la destrucción de sus ganados muchos payeses, 765
 y la suya propia, tuvieron miedo de la fiera. La juventud vecina
 acudimos, y los anchos campos en ojeo ceñimos.
 Ella, por su ligero salto veloz, superaba las redes
 y lo alto de los linos traspasaba de las puestas redes.
 Su cópula se quita a los perros, de los que ella, que la perseguían, 770
 huye, y su contacto no más lenta que un ave burla.
 Se me demanda a mí por consenso grande a mi Lelaps:
 de mi regalo, éste el nombre; ya hace tiempo que de sus ataduras lucha
 por despojarse él mismo, y con el cuello, al ellas retenerlo, las tensa.
 No bien soltado fue, y ya no podíamos dónde estaba 775
 saber. De sus pies las huellas el polvo caliente tenía,
 él de nuestros ojos se había arrancado: no más rápida que él
 una asta, ni sacudidas de la arremolinada honda las balas,
 ni el cálamo leve sale de un arco de Gortina.
 De mitad de una colina el pico emerge sobre los campos a ella sometidos. 780
 Me alzo a él y percibo el espectáculo de una novedosa carrera
 en la que ora ser cogida, ora sustraerse de la misma
 herida la fiera parece, y no por una senda recta, astuta,
 y a un espacio huye, sino que burla la boca de su perseguidor
 y vuelve en redondo, para que no mantenga su ímpetu su enemigo. 785
 La acosa éste, y la sigue pareja y, semejante al que la tuviera,
 no la tiene y vanos repite en el aire sus mordiscos.
 A la ayuda me volvía yo de mi jabalina, la cual, mientras la derecha mía
 la balancea, mientras los dedos en sus correas aplicar intento,
 mis luces giré, y, revocadas de nuevo, al mismo sitio 790
 las había devuelto: en medio -asombroso- del llano dos mármoles
 contemplo. Huir éste, aquél ladrar creerías.
 Claro es que invictos ambos en la disputa de esa carrera
 que quedaran un dios quiso, si algún dios les asistió a ellos».


Muerte de Procris

     Hasta aquí, y calló: «¿Y en la jabalina propia, qué crimen hay?», 795
 Foco dice. Y de la jabalina así los crímenes recontó él:
     «Nuestros goces el principio son, Foco, de nuestro dolor:
 ellos antes te contaré. Agrada, oh, acordarse de ese feliz
 tiempo, Eácida, en el que durante los primeros años, como es rito,
 con mi cónyuge era feliz, feliz era ella con su marido. 800
 Una mutua inquietud a los dos y un amor común nos tenía,
 y ni de Júpiter ella a mi amor los tálamos preferiría,
 ni a mí que me atrapara, no si Venus misma viniera,
 alguna había. Iguales abrasaban llamas nuestros pechos.
 Con el sol apenas con sus radios primeros hiriendo las cumbres 805
 de caza a las espesuras juvenilmente ir yo solía,
 ni conmigo sirvientes ni caballos ni de narinas acres
 ir perros, ni los linos nudosos seguirme solían:
 seguro estaba con la jabalina. Pero cuando saciado de matanza
 de fieras mi derecha se había, regresaba yo al frío y las sombras, 810
 y, la que de los helados valles salía, aura.
 Esa aura buscaba lene en medio yo del calor,
 esa aura ansiaba, descanso era ella para la fatiga.
 «Aura», pues, recuerdo, «vengas tú», cantar solía,
 «y a mí me confortes y entres en los senos, gratísima, nuestros 815
 y, como haces, volver a aliviar quieras, con los que ardemos, estos calores».
 Quizás añadiera -así a mí mis hados me arrastraban-
 ternuras más, y: «Tú para mí gran placer»,
 decir habría solido, «tú me repones y alientas,
 tú haces que las espesuras, que ame estos lugares solos: 820
 el aliento este tuyo siempre sea buscado por mi boca».
 A estas voces ambiguas engañado oído prestó
 no sé quién, y el nombre del aura, tan a menudo invocado,
 ser cree de una ninfa, a una ninfa cree que yo amo.
 Al instante, de ese crimen fingido temerario delator, 825
 a Procris acude y con su lengua refiere los oídos susurros.
 Crédula cosa el amor es. Por el súbito dolor desvanecida,
 según a mí se narra, cayó, y tras largo tiempo
 reponiéndose, desgraciada ella, ella de un hado inicuo se dijo
 y de mi fidelidad se lamentó, y por un crimen incitada vano, 830
 de lo que nada es tuvo miedo, tuvo miedo sin cuerpo de un nombre,
 y se duele la infeliz como de una rival verdadera.
 Muchas veces aun así duda y espera, desgraciadísima, engañarse
 y de la delación la veracidad niega y, si no los viera ella misma,
 de condenar no ha los delitos de su marido. 835
     Las siguientes luces habían ahuyentado de la Aurora a la noche.
 Salgo y a las espesuras acudo, y vencedor por las hierbas:
 «Aura, ven», dije, «y nuestra fatiga remedia»,
 y súbitamente unos gemidos entre mis palabras me pareció,
 no sé cuáles, haber oído: «Ven», aun así, «la mejor», mientras yo decía, 840
 una fronda caduca un leve crujido de nuevo al hacer,
 consideré que era una fiera y mi dardo volátil le lancé.
 Procris era, y en medio sosteniendo de su pecho su herida:
 «¡Ay de mí!», clama. La voz cuando fue conocida de mi fiel
 cónyuge a su voz en picado y amente corrí. 845
 Medio muerta y sus asperjadas ropas ensuciando la sangre,
 y sus regalos, triste de mí, de la herida sacando
 la encuentro, y su cuerpo, que el mío para mí más querido, con codos
 blandos levanto y desgarrándome desde el pecho la ropa
 sus heridas salvajes ligo e intento inhibir el crúor, 850
 y que no a mí, por la muerte suya abominable, me abandone, le imploro.
 De fuerzas ella carente y ya moribunda se obligó
 a estas pocas palabras decir: «Por los pactos de nuestro lecho
 y por los dioses suplicante te imploro, por los altísimos y los míos,
 por lo que quiera que he merecido de ti bien y por el que permanece 855
 ahora también, cuando muero, causa para mí de muerte, mi amor,
 en los tálamos nuestros que Aura entre no toleres como esposa»,
 dijo, y el error entonces por fin que había de un nombre
 sentí y le mostré. ¿Pero qué mostrarlo ayudaba?
 Se resbala y sus pocas fuerzas huyen con su sangre, 860
 y mientras algo mirar puede, a mí me mira y en mí
 su infeliz aliento, y en mi boca, exhala.
 Pero, por su semblante mejor, morir tranquila parece».


Céfalo (IV)
 
     A quienes lloraban estas cosas, llorando el héroe, remembraba, y he aquí
 que Éaco entra con su doble prole y el nuevo 865
 ejército; el cual recibe Céfalo, junto con sus fuertes armas.


 Libro VIII


Céfalo (V)
 
     Ya el nítido día cuando hubo descubierto el Lucero, y ahuyentado
 de la noche los tiempos, cae el Euro y las húmedas nubes
 se levantan: dan curso, plácidos, a los que regresan los Austros,
 a los Eácidas y a Céfalo, por los cuales, felizmente llevados,
 antes de lo esperado los puertos buscados tuvieron.


Escila y Minos

     Entre tanto Minos los lelegeos litorales devasta
 y pone a prueba las fuerzas de su mavorte en la ciudad
 de Alcátoo, que Niso tiene, el cual, entre sus honoradas canas,
 en medio de su cabeza, un solo cabello, esplendente de púrpura,
 tenía prendido: garante de su gran reino. 10
     Los sextos cuernos resurgían de la naciente luna
 y en suspenso estaba aún la fortuna de la guerra y largo tiempo
 entre uno y otro vuela con dudosas alas la Victoria.
 Una regia torre había adosada a sus vocales murallas,
 en las cuales su áurea lira se dice que la prole 15
 de Leto depuso: a su roca el sonido de ella quedó prendido.
 Muchas veces allí solió ascender la hija de Niso,
 y alcanzar con una exigua piedrecita esas resonantes rocas,
 entonces, cuando paz hubiera; en la guerra también muchas veces solía
 contemplar desde ella las disputas del riguroso Marte; 20
 y ya por la demora de la guerra de los próceres también los nombres conocía
 y sus armas y caballos y hábitos y sus cidóneas aljabas.
 Conocía antes que los otros la faz del jefe hijo de Europa,
 más aún de lo que conocer bastante es. Con ella de juez, Minos,
 si su cabeza había escondido en su crestado yelmo de plumas, 25
 en gálea hermoso era, o si había cogido, por su bronce
 fulgente, su escudo, su escudo haber cogido le agraciaba.
 Había blandido tensando los brazos sus astiles flexibles,
 alababa la virgen, unida con sus fuerzas, su arte.
 Imponiéndoles un cálamo había curvado los abiertos arcos: 30
 que así Febo, juraba, se apostaba cuando cogía sus saetas.
 Pero cuando su faz desnudaba quitándose el bronce,
 y purpúreo montaba las espaldas de su blanco caballo, insignes
 por sus pintas gualdrapas, y sus espumantes bocas regía,
 apenas suya, apenas dueña de su sana mente la virgen 35
 Niseide era: feliz la jabalina que tocara él,
 y los que con su mano estrechara felices a esos frenos llamaba.
 El impulso es de ella, lícito sea sólo, llevar por la fila
 enemiga sus virgíneos pasos, es el impulso de ella
 de las torres desde lo más alto hacia los gnosios cuarteles lanzar 40
 su cuerpo, o las broncíneas puertas al enemigo abrir
 o cualquier otra cosa que Minos quiera. Y cuando estaba sentada
 las blancas tiendas contemplando del dicteo rey:
 «Si me alegre», dice, «o me duela de que se haga esta lacrimosa guerra
 en duda está. Me duele porque Minos enemigo de quien le ama es. 45
 Pero si estas guerras no fueran, nunca yo conocido le habría.
 De ser yo, aun así, aceptada como rehén, podría él deponer
 la guerra: a mí de compañera, a mí de prenda de paz me tendría.
 Si la que a ti te parió tal fue, el más bello
 de los reyes, cual eres tú, con motivo el dios ardió en ella. 50
 Oh, yo, tres veces feliz si con alas bajando por las auras
 pudiera en los cuarteles detenerme del gnosíaco rey
 y confesándome ser yo, y las llamas mías, con qué dote, le preguntara,
 querría que fuera comprada, sólo con que los patrios recintos no me demandara,
 pues perezcan mejor mis esperados lechos, a que sea 55
 por la traición poderosa. Aunque muchas veces la clemencia
 de su vencedor plácido útil hizo el ser vencidos para muchos.
 Justas hace ciertamente por su nacido extinguido estas guerras
 y por su causa prevalece, y por las armas que su causa sostienen,
 y, creo, seremos vencidos. ¿Qué salida, pues, queda a la ciudad? 60
 ¿Por qué su mavorte estas murallas mías a él le ha de abrir,
 y no nuestro amor? Mejor sin matanza y demora,
 y sin el coste podría vencer de su crúor.
 No temeré realmente que alguien tu pecho, Minos,
 hiera, en su imprudencia, ¿pues quién tan duro que a ti 65
 a dirigir se atreva, si no es sin saberlo, una despiadada asta?
 Estas empresas placen y consta mi decisión de entregar conmigo
 como dote a la patria y un fin imponer a la guerra.
 Empero querer poco es. Los accesos una custodia los guarda
 y los cerrojos de las puertas mi genitor los tiene: a él yo, solo, 70
 infeliz de mí, temo, solo él mis deseos demora.
 Los dioses hicieran que sin padre yo fuera. Para sí mismo cada uno en efecto
 es el dios: las perezosas súplicas la Fortuna rechaza.
 Otra ya hace tiempo, inflamada por un deseo tan grande,
 en destruir se gozaría cuanto se opusiera a su amor. 75
 ¿Y por qué alguna sería que yo más valiente? A ir por entre fuegos
 y espadas me atrevería, y no en esto, aun así, de fuegos algunos
 o de espadas menester es: menester es para mí del cabello paterno.
 Él para mí es que el oro más precioso, esa púrpura
 dichosa a mí me ha de hacer, y de mi deseo dueña». 80
     A la que tal decía, máxima nodriza de las ansias,
 la noche, le sobrevino, y con las tinieblas su audacia creció.
 El primer descanso había llegado, en el cual, de sus ansias diurnas cansados,
 los pechos el sueño tiene: en los tálamos paternos taciturna
 entra y -ay, mala acción-, su nacida al padre suyo 85
 del cabello de sus hados despoja, y de esa presa nefanda apoderada,
 lleva consigo el despojo de su abominación y saliendo de su puerta,
 por mitad de los enemigos -en su mérito confianza tan grande tiene-
 llega hasta el rey, al que así se dirigió, asustado:
 «Me persuadió el amor de la acción: prole yo, regia, de Niso, 90
 Escila, a ti te entrego los de mi patria y mis penates.
 Premios ningunos pido salvo a ti. Coge, prenda de mi amor,
 el purpúreo cabello, y no que yo ahora te entrego un cabello,
 sino de mi padre la cabeza a ti, cree», y su criminal diestra
 los regalos extendió. Minos lo extendido rehúye, 95
 y turbado por la imagen de este nuevo hecho responde:
 «Que los dioses te sustraigan, oh infamia de nuestro siglo,
 del orbe suyo, y la tierra a ti y el ponto se nieguen.
 De seguro yo no sufriré que a Creta, de Júpiter la cuna,
 que mi mundo es, tan gran monstruo le toque». 100
     Dijo y, cuando sus leyes a los cautivos enemigos, justísimo
 autor de ellas, hubo impuesto, que las amarras de su armada soltadas fueran
 ordenó, y las broncíneas popas empujadas a remo.
 Escila, después que al estrecho bajadas nadar las quillas,
 y que no le aprestaba ese general los premios a ella de su crimen, vio, 105
 consumidas las súplicas, a una violenta ira pasó
 y tendiendo sus manos, furibunda, esparcidos sus cabellos:
 «¿A dónde huyes», exclama, «a la autora de estos méritos abandonando,
 oh, antepuesto a la patria mía, antepuesto a mi padre?
 ¿A dónde huyes, despiadado, cuya victoria nuestro 110
 crimen y también mérito es? ¿Ni a ti los dados regalos ni a ti
 nuestro amor te ha conmovido, ni que mi esperanza toda en solo
 tú reunida está? ¿Pues a dónde, abandonada, me volvería?
 ¿A la patria? Vencida yace. Pero supón que me quedo:
 por la traición mía cerrado se me ha a mí. ¿De mi padre a la cara, 115
 el cual a ti te doné? Los ciudadanos odian a quien lo merece,
 los vecinos del ejemplo tienen miedo: expósita soy, huérfana
 de tierras, de modo que a nos Creta sola se abriera.
 En ella también, si nos prohíbes, y a nos, ingrato, abandonas,
 no la genetriz Europa tuya es, sino la inhóspita Sirte 120
 y de Armenia una tigresa y por el austro agitada Caribdis,
 ni de Júpiter tú nacido, ni tu madre por la imagen de un toro
 arrastrada fue: de tu generación falsa es esa fábula; verdadero
 y fiero, y no cautivado por el amor de novilla alguna,
 el que te engendró un toro fue. ¡Exige los castigos, 125
 Niso padre!, ¡gozaos de los males, recién traicionadas murallas,
 nuestros! Pues lo confieso, lo he merecido y soy digna de morir.
 Pero que aun así alguno de ésos a los que impía herí
 me extinga. ¿Por qué, quien venciste por el crimen nuestro,
 persigues ese crimen? Abominación éste para mi patria y mi padre, 130
 servicio para ti sea. De ti en verdad como esposo digna es
 la que adúltera en el leño engañó al torvo toro
 y ese discorde feto en el útero llevó. ¿Es que a los oídos
 tuyos no llegan mis palabras? ¿Acaso inanes palabras
 los vientos llevan, y los mismos, ingrato, tus quillas? 135
 Ya, ya no es admirable que Pasífae un toro
 haya antepuesto a ti: tú más fiereza tenías.
 Pobre de mí, apresurarse ordena y convulsa por los remos
 la onda suena; y conmigo a la vez, ah, mi tierra se le aleja.
 Nada haces, oh, en vano olvidado de los méritos nuestros: 140
 te seguiré, involuntario, y a tu popa abrazada recurva
 por los estrechos largos me haré llevar». Apenas lo dijera, adentro saltó de las ondas
 y alcanza las naves, haciéndole el deseo las fuerzas,
 y de la gnosíaca quilla prendida queda, compañera odiosa.
 A la cual su padre cuando la vio, pues ya estaba suspendido en el aura 145
 y recién convertido se había, de fulvas alas, en el águila marina,
 a ella iba para, prendida, con su pico lacerarla corvo.
 Ella de miedo la popa soltó, y el aura leve al ella caer,
 que la sostuvo -para que no tocara los mares- parecía.
 Su pluma fue: por esas plumas en ave mutada se la llama 150
 ciris y de su tonsurado cabello ha este nombre tomado.
     Sus votos a Júpiter Minos -los cuerpos de toros cien-
 cumplió cuando, saliendo de sus naves, la curétide tierra
 tocó, y con los despojos a ella fijados decorado fue su real.


El laberinto, el Minotauro y Ariadna

     Había crecido el oprobio de su generación, y vergonzoso se manifestaba 155
 de esa madre el adulterio por la novedad del monstruo biforme.
 Decide Minos este pudor de su tálamo suprimir
 y en una múltiple casa y ciegos techos encerrarle.
 Dédalo, por su talento del fabril arte celebradísimo,
 pone la obra, y conturba las señales y a las luces con el torcido 160
 rodeo de sus variadas vías conduce a error.
 No de otro modo que el frigio Meandro en las límpidas ondas
 juega y con su ambiguo caer refluye y fluye
 y corriendo a su encuentro mira las ondas que han de venir
 y ahora hacia sus manantiales, ahora hacia el mar abierto vuelto, 165
 sus inciertas aguas fatiga: así Dédalo llena,
 innumerables de error, sus vías, y apenas él regresar
 al umbral pudo: tanta es la falacia de ese techo.
 En el cual, después que la geminada figura de toro y joven
 encerró y al monstruo, con actea sangre dos veces pastado, 170
 el tercer sorteo lo dominó, repetido a los novenos años,
 y cuando con ayuda virgínea fue encontrada, no reiterada
 por ninguno de los anteriores, esa puerta difícil con el hilo recogido,
 al punto el Egida, raptada la Minoide, a Día
 velas dio, y a la acompañante suya, cruel, en aquel 175
 litoral abandonó. A ella, abandonada y de muchas cosas lamentándose,
 sus abrazos y su ayuda Líber le ofreció, y para que por una perenne
 estrella clara fuera, cogida de su frente su corona,
 la envió al cielo. Vuela ella por las tenues auras
 y mientras vuela sus gemas se tornan en nítidos fuegos 180
 y se detienen en un lugar -el aspecto permaneciendo de corona-,
 que medio del que se apoya en su rodilla está, y del que la sierpe tiene.


Dédalo e Ícaro

     Dédalo entre tanto, por Creta y su largo exilio
 lleno de odio, y tocado por el amor de su lugar natal,
 encerrado estaba en el piélago. «Aunque tierras», dice, «y ondas 185
 me oponga, mas el cielo ciertamente se abre; iremos por allá.
 Todo que posea, no posee el aire Minos».
 Dijo y su ánimo remite a unas ignotas artes
 y la naturaleza innova. Pues pone en orden unas plumas,
 por la menor empezadas, a una larga una más breve siguiendo, 190
 de modo que en pendiente que habían crecido pienses: así la rústica fístula
 un día paulatinamente surge, con sus dispares avenas.
 Luego con lino las de en medio, con ceras aliga las de más abajo,
 y así, compuestas en una pequeña curvatura, las dobla
 para que a verdaderas aves imite. El niño Ícaro a una 195
 estaba, e ignorando que trataban sus propios peligros,
 ora con cara brillante, las que la vagarosa aura había movido,
 intentaba apoderarse de esas plumas, ora la flava cera con el pulgar
 mullía, y con el juego suyo la admirable obra
 de su padre impedía. Después que la mano última a su empresa 200
 impuesto se hubo, su artesano balanceó en sus gemelas alas
 su propio cuerpo, y en el aura por él movida quedó suspendido.
 Instruye también a su nacido y: «Por la mitad de la senda que corras,
 Ícaro», dice, «te advierto, para que no, si más abatido irás,
 la onda grave tus plumas, si más elevado, el fuego las abrase. 205
 Entre lo uno y lo otro vuela, y que no mires el Boyero
 o la Ursa te mando, y la empuñada de Orión espada.
 Conmigo de guía coge el camino». Al par los preceptos del volar
 le entrega y desconocidas para sus hombros le acomoda las alas.
 Entre esta obra y los consejos, su mejillas se mojaron de anciano, 210
 y sus manos paternas le temblaron. Dio unos besos al nacido suyo
 que de nuevo no había de repetir, y con sus alas elevado
 delante vuela y por su acompañante teme, como la pájara que desde el alto,
 a su tierna prole ha empujado a los aires, del nido,
 y les exhorta a seguirla e instruye en las dañinas artes. 215
 También mueve él las suyas, y las alas de su nacido se vuelve para mirar.
 A ellos alguno, mientras intenta capturar con su trémula caña unos peces,
 o un pastor con su cayado, o en su esteva apoyado un arador,
 los vio y quedó suspendido, y los que el éter coger podían
 creyó que eran dioses. Y ya la junonia Samos 220
 por la izquierda parte -habían sido Delos y Paros abandonadas-,
 diestra Lebinto estaba, y fecunda en miel Calimna,
 cuando el niño empezó a gozar de una audaz voladura
 y abandonó a su guía y por el deseo de cielo arrastrado
 más alto hizo su camino: del robador sol la vecindad 225
 mulló-de las plumas sujeción- las perfumadas ceras.
 Se habían deshecho esas ceras. Desnudos agita el los brazos,
 y de remeros carente, no percibe auras algunas
 y su boca, el paterno nombre gritando, azul
 la recoge un agua que el nombre saca de él. 230
 Mas el padre infeliz, y no ya padre: «¡Ícaro!», dijo,
 «¡Ícaro!», dijo, «¿Dónde estás? ¿Por qué región a ti he de buscarte?
 ¡Ícaro!», decía. Las plumas divisó en las ondas,
 y maldijo sus propias artes, y su cuerpo en un sepulcro
 encerró, también tierra por el nombre dicha del sepultado. 235


Perdiz

     A él, mientras en el túmulo ponía el cuerpo de su pobre nacido,
 gárrula desde una limosa encina lo contempló una perdiz
 y aplaudió con sus alas y atestiguados su gozos por su canto fueron,
 única entonces esa ave y no vista en los anteriores años,
 y, recién convertida en ave, largo crimen para ti, Dédalo, fue. 240
 Pues a éste le había entregado -de sus hados ella ignorante-, para que él le enseñara,
 al engendrado suyo su germana: sus cumpleaños pasados
 una docena de veces un chico, de ánimo para los preceptos capaz.
 Él incluso, las espinas que en medio de un pez se señalan,
 las sacó para ejemplo y en un hierro agudo talló 245
 unos perpetuos dientes y de la sierra encontró el uso.
 El primero él también dos brazos de hierro con un solo nudo
 vinculó para que, por un igual espacio distantes ellos,
 una parte quedara parada, la parte otra trazara un círculo.
 Dédalo lo envidió, y del sagrado recinto de Minerva 250
 de cabeza lo envió, resbalado mintiéndole; mas a él,
 la que alienta los ingenios, lo acogió Palas y ave
 lo devolvió, y por mitad lo veló del aire de plumas,
 pero el vigor de su ingenio, un día veloz, a sus alas
 y a sus pies se marchó. El nombre, el que también antes, permaneció. 255
 No, aun así, esta ave alto su cuerpo levanta
 ni hace en las ramas y la alta copa sus nidos.
 Cerca de la tierra revolotea y pone en los setos sus huevos,
 y, memoriosa de su antigua caída, tiene miedo a las alturas.


Meleagro y el jabalí de Calidón

     Y ya fatigado la tierra del Etna había recibido 260
 a Dédalo, y, al coger las armas a favor de un suplicante, Cócalo
 por compasivo era tenido; ya Atenas de pagar
 había cesado, por la gloria de Teseo, su lamentable tributo:
 los templos se coronan, a la guerreadora Minerva
 con Júpiter invocan, y los dioses otros, a los que con la sangre prometida 265
 y sus presentes dándoles y sus acervos de incienso, honoran.
 Había esparcido la errante fama por las argólicas ciudades el nombre
 de Teseo, y los pueblos que la rica Acaya cogía,
 de él la ayuda habían implorado en sus grandes peligros,
 de él la ayuda Calidón -aunque a Meleagro tuviera- 270
 con angustiado ruego, suplicante, había pedido. La causa de la petición
 un cerdo era, sirviente y defensor de la hostil Diana.
 Pues cuentan que Eneo, de un año de prosperidad pleno,
 las primicias de los frutos a Ceres, sus vinos a Lieo,
 los Paladios licores a la flava Minerva había ofrendado. 275
 Empezando por los campestres, a todos los altísimos arribó
 su ambicionado honor. Solas sin incienso dejadas,
 preteridas, que cesaron cuentan de la Latoide las aras.
 Toca también la ira a los dioses: «Mas no impunemente lo llevaremos,
 y, la que no honorada, no también se nos dirá no vengada», 280
 dice, y, despreciada, por los campos Olenios mandó
 un vengador jabalí, cuanto mayores toros la herbosa
 Epiros no tiene, pero los tienen los sículos campos menores.
 De sangre y fuego rielan sus ojos, rígida está su erizada cerviz,
 también sus cerdas semejantes a rígidos astiles se erizan, 285
 [y se yerguen como una empalizada, como altos astiles, sus cerdas].
 Hirviente, junto con su bronco rugido, por sus anchas espaldillas
 la espuma le fluye, sus dientes se igualan a los dientes indos,
 un rayo de su boca viene, las frondas con sus aflatos arden.
 Él, ora los crecientes sembrados pisotea, aún en hierba, 290
 ahora los maduros votos siega de un colono que habrá de llorarlos,
 y a Ceres en espigas la intercepta, la era en vano,
 y en vano aguardan los hórreos las prometidas mieses.
 Postradas yacen grávidas junto con su largo sarmiento las crías
 y la baya con las ramas de la siempre frondosa oliva. 295
 Se encarniza también en los rebaños: no a ellas el pastor o el perro,
 no a las vacadas, bravos, las pueden defender los toros.
 Se dispersan los pueblos y no sino en las murallas de la ciudad
 estar creen a salvo, hasta que Meleagro y un solo
 selecto puñado de jóvenes se unieron en su deseo de alabanza: 300
 los Tindárides gemelos, digno de ver en las cestas el uno,
 el otro a caballo, y de la primera nave el constructor, Jasón,
 y con Pirítoo -feliz concordia- Teseo,
 y los dos Testíadas y, prole de Alfareo, Linceo,
 y el veloz Idas y ya no mujer Ceneo 305
 y Leucipo el feroz y por su jabalina insigne Acasto
 e Hipótoo y Dríade y, descendido de Amíntor, Fénix
 y los Actóridas parejos, y enviado desde la Élide Fileo.
 Tampoco Telamón faltaba y el creador del magno Aquiles
 y con el Feretíada y el hianteo Iolao 310
 el diligente Euritión y en la carrera invicto Equíon
 y el naricio Lélex y Panopeo e Hileo y el feroz
 Hípaso y en sus primeros años tadavía Néstor
 y a los que Hipocoonte mandó desde la antigua Amiclas
 y de Penélope el suegro con el parrasio Anceo 315
 y Ampícida el sagaz y todavía de su esposa a salvo
 el Eclida, y, gracia del bosque liceo, la Tegeea.
 Un bruñido alfiler a ella le mordía lo alto del vestido,
 su pelo iba sencillo, recogido en un nudo solo;
 de su hombro colgando izquierdo resonaba la marfileña 320
 guardesa de sus flechas, el arco también su izquierda lo tenía.
 Tal era por su arreglo su belleza, que decirla verdaderamente
 virgínea en un jovencito, juvenil en una virgen, pudieras.
 A ella al par que la vio, al par el calidonio héroe
 la eligió, renuente el dios, y unas llamas escondidas 325
 apuró y: «Oh feliz él si a alguno dignara», dice,
 «esta mujer por esposo», y no más permite el tiempo y el pudor
 decir: la mayor obra del gran certamen urge.
     Un bosque concurrido de troncos, que ninguna edad había tumbado,
 empieza desde un plano e inclinados contempla unos campos; 330
 al cual después que llegaron esos varones, parte las redes tienden,
 sus ligaduras parte quitan a los perros, parte impresas siguen
 las señales de los pies y desean hallar su propio peligro.
 Un cóncavo valle había, en el que dejarse caer unos arroyos
 solían, de pluvial agua. Posee lo hondo de la laguna 335
 el flexible sauce y ovas livianas y juncos palustres
 y mimbres y bajo la larga enea pequeñas cañas.
 De aquí el jabalí lanzándose violento en mitad de sus enemigos
 sale, como de las sacudidas nubes expelidos los fuegos.
 Se postra por su carrera el bosque y un estruendo propulsada 340
 la espesura hace: gritan los jóvenes y preparadas en su fuerte
 diestra tienen las armas vibrantes con su ancho hierro.
 Él se lanza y esparce los perros según cada uno a él, enloquecido,
 se le opone, y con su oblicuo golpe, ladrando, los disipa.
     La cúspide blandida en primer lugar por el brazo de Equíon 345
 vana fue y en un tronco hizo una leve herida de arce.
 La próxima, si de las demasiadas fuerzas de su lanzador uso
 no hubiera ella hecho, en la espalda buscada pareció que iba a clavarse.
 Más lejos va. El autor del arma el pagaseo Jasón.
 «Febo», dice el Ampícida, «si a ti te honré y te honró 350
 dame, el que es buscado, con certera arma alcanzar».
 En lo que pudo a estas súplicas el dios asintió; golpeado por él fue,
 pero sin herida, el jabalí. Su hierro Diana de la jabalina
 en vuelo había arrebatado. Leño sin punta llegó.
 La ira del fiero se excitó y no que el rayo más lene ardió. 355
 Riela de sus ojos, espira también por su pecho llama
 y como vuela la mole disparada por el tensado nervio
 cuando busca o las murallas o llenas de soldado las torres,
 contra los jóvenes con su certera así embestida el hiriente cerdo
 váse y a Hipalmo y Pelagón que los diestros flancos 360
 guadaban postra: sus compañeros arrebataron a los caídos.
 Mas no de sus mortíferos golpes escapó Enésimo,
 de Hipocoonte simiente. Temblando y sus espaldas aprestando
 a volver, segada su corva, le abandonaron sus nervios.
 Quizás también el Pilio anteriormente a los troyanos tiempos 365
 hubiera desaparecido, pero tomando impulso de su lanza puesta en el suelo
 saltó, de un árbol que se erguía próximo, a sus ramas,
 y abajo miró, seguro en ese lugar, del que había huido, al enemigo.
 Con sus dientes aquel feroz, en un tronco de encina estregados,
 se cierne para la destrucción y confiando en sus recientes armas 370
 del Euritida magno el muslo apuró con su pico corvo.
 Mas los gemelos hermanos, todavía no celestes estrellas,
 ambos conspicuos, en caballos que la nieve más cándidos
 ambos eran portados, ambos, blandiéndolas por las auras
 de sus astas batían las guijas con trémulo movimiento. 375
 Heridas hubieran hecho, de no ser porque el cerdoso animal entre unas opacas
 espesuras se hubiese ido, ni para las jabalinas ni para el caballo lugares transitables.
 Lo persigue Telamón e incauto en su afán por ir,
 de bruces por una raíz de un árbol cayó retenido.
 Mientras lo levanta a éste Peleo una rápida saeta la Tegeea 380
 impuso a su nervio y la expelió de su curvado arco.
 Fijada bajo la oreja del fiero desgarró la caña lo alto
 de su cuerpo y de sangre enrojeció exigua sus cerdas,
 y no, aun así, ella más contenta del éxito de su golpe
 que Meleagro estaba: el primero se cree que lo vio, 385
 y el primero que a sus compañeros visto mostró el crúor
 y que: «Merecido», dijo, «llevarás de tu virtud el honor».
 Enrojecieron los varones y a sí mismos se exhortan y añaden
 con clamor ánimos y lanzan sin orden sus armas:
 su multitud perjudica a los lanzamientos y los impactos que busca impide. 390
 He aquí que enfurecido, contra sus hados el Arcadio, el de hacha bifronte:
 «Aprended, frente a las femeninas, cuánto las armas viriles aventajan,
 oh jóvenes, y a la obra mía ceded», dijo.
 «Aunque la propia Latonia a él con sus armas lo proteja,
 contra la voluntad, aun así, de Diana lo destruirá mi diestra». 395
 Tales cosas con grandilocuente boca, henchido, había remembrado
 y su bicéfala segur levantando con ambas manos
 se había erguido en sus dedos, suspendido sobre el principio de sus articulaciones:
 se apodera del que tal osaba y por donde es la ruta vecina a la muerte,
 a lo alto de las ingles el fiero le enderezó sus gemelos dientes. 400
 Cae Anceo y hacinadas con mucha sangre
 sus vísceras resbalándose fluyen. Humedecida la tierra de crúor queda.
 Iba contra el adverso enemigo la prole de Ixíon,
 Pirítoo, con su vigorosa diestra batiendo unos venablos;
 al cual: «Lejos», el Egida, «oh que yo para mí más querido», dice, 405
 «parte del alma mía, detente. Pueden fuera de alcance estar
 los fuertes. A Anceo le dañó su temeraria virtud»,
 dijo, y de broncínea cúspide blandió un pesado cornejo;
 el cual, bien balanceado y que de su voto apoderado se habría,
 se lo impidió, de su árbol de encina frondosa, una rama. 410
 Envió también el Esónida una jabalina que el acaso, desde él,
 volvió hacia el hado de un perro ladrador que lo desmerecía, y a través
 de sus ijares disparada, en la tierra, a través de los ijares, clavada quedó.
 Mas la mano del Enida varía y enviándole dos,
 el asta primera en la tierra, en mitad de la espalda se irguió la otra, 415
 y sin demora, mientras se encarniza, mientras su cuerpo hace girar en círculo
 y rugiente espuma con nueva sangre derrama,
 de la herida el autor acude y a su enemigo irrita a la ira
 y unos espléndidos venablos esconde en sus adversas espaldillas.
 Sus gozos atestiguan los socios con el clamor favorable 420
 y la vencedora diestra buscan a su diestra juntar,
 y el inabarcable fiero, en mucha tierra tendido,
 admirados contemplan y todavía tocarlo seguro
 no creen que sea, pero las armas suyas aun así cada cual ensangrienta.
 Él, con su pie impuesto, la cabeza mortífera pisa 425
 y así: «Toma el botín, Nonacria, de mi jurisdicción»,
 dijo, «y que en parte vaya mi gloria contigo».
 En seguida los despojos, las erizadas espaldas de rigurosas
 cerdas, le da e insigne por sus grandes dientes su rostro.
 Para ella alegría es, con el regalo, del regalo su autor. 430
 Lo envidiaron los otros y en todo el grupo había un murmullo.
 De los cuales, tendiendo sus brazos con su ingente voz:
 «Déjalo, va, y no interceptes, mujer, los títulos nuestros»,
 los Testíadas claman, «y no a ti la confianza de tu hermosura
 te engañe, no esté lejos de ti, cautivado de amor, 435
 su autor», y a ella arrebatan el regalo, la jurisdicción del regalo a él.
 No lo soportó, y rechinando de henchida ira el Mavortio:
 «Aprended, robadores del ajeno honor», dijo,
 los hechos de las amenazas cuanto distan», y apuró con nefando
 hierro el pecho de Plexipo, que nada tal temía. 440
 A Tóxeo, sobre qué hacer en duda, y al par queriendo
 vengar a su hermano y los fraternos hados temiendo,
 no sufre que dude mucho tiempo, y cálido del anterior
 asesinato recalienta de consorte sangre su arma.


Altea y Meleagro

     Sus dones al dios en los templos por su hijo vencedor llevaba, 445
 cuando ve Altea que extinguidos sus hermanos de vuelta traen.
 La cual, golpe de duelo dándose, de afligidos gritos la ciudad
 llena y con las vestiduras de oro mutó unas negras.
 Mas una vez que hubo el autor de la muerte a la luz salido, desaparece todo
 el luto, y de las lágrimas éste se vuelve al amor del castigo. 450
     Un tronco había, el cual, cuando -su parto ya dado a luz- estaba acostada
 la Testíade, en llamas pusieron las triples hermanas,
 y sus hebras fatales, apretándolas con el pulgar, hilando:
 «Los tiempos», dijeron, «mismos al leño y a ti,
 oh, ora nacido, damos». La cual canción dicha después que 455
 se retiraron las diosas, la flagrante rama la madre
 del fuego retiró y la asperjó con fluidas aguas.
 Ella largo tiempo había estado en los penetrales escondida más profundos
 y, preservada, joven, había preservado tus años.
 La sacó a ella la genetriz, y teas y virutas que se dispongan 460
 impera, y dispuestas enemigos fuegos les acerca.
 Entonces, intentando cuatro veces a las llamas imponer la rama,
 su empresa cuatro veces contuvo. Lucha la madre y la hermana,
 y diversos tiran dos nombres de un solo pecho.
 Muchas veces del miedo de su crimen futuro palidecía su rostro, 465
 muchas veces, hirviente, a sus ojos daba la ira su propio rubor,
 y ora semejante al que amenaza no sé qué cosa cruel
 su rostro era, ora al que compadecerse creer podrías;
 y cuando las lágrimas de su ánimo había secado su fiero ardor,
 se encontraban lágrimas aun así, y como la quilla, 470
 a la que el viento y, al viento contrario, arrastra el bullir del mar,
 una fuerza gemela siente y obedece sin tino a las dos cosas,
 la Testíade no de otra forma por dudosos afectos va errante
 y por turnos depone y depuesta resucita su ira.
 Empieza a ser aun así mejor germana que madre 475
 y como sus consanguíneas sombras con sangre aplaque,
 por su impiedad pía es; pues después que el calamitoso fuego
 convaleció: «La pira esta creme mis entrañas», dijo,
 y como en su mano ominosa el leño fatal tenía,
 ante esas sepulcrales aras infeliz se apostó 480
 y: «Diosas triples de los castigos», dice, «a estos sacrificios
 de furia, Euménides, los rostros volved vuestros.
 Tomo venganza y hago una abominación. La muerte con la muerte de expiar se ha,
 a un crimen de añadirse un crimen ha, a los funerales un funeral.
 Coacervados, perezca esta casa impía mediante lutos. 485
 ¿Acaso feliz Eneo de su nacido vencedor disfrutará,
 y Testio huérfano estará? Mejor plañiréis ambos.
 Vosotros ora, fraternos manes y ánimas recientes,
 el servicio sentid mío y a lo grande preparados,
 aceptad estos sacrificios de ultratumba, las malas prendas del útero nuestro. 490
 ¡Ay de mí! ¿A dónde me arrebato? Hermanos, perdonad a una madre.
 Desertan de la empresa mis manos. Que ha merecido él, confesamos,
 por qué muera. De su muerte a mí no place la autora.
 ¿Así que impunemente lo llevará y vivo y vencedor y por su mismo
 éxito henchido el reino de Calidón tendrá, 495
 vosotros, ceniza exigua y heladas sombras yaceréis?
 No yo ciertamente lo sufriré. Perezca el criminal y él
 la esperanza de un padre y el reino arrastre y de la patria la ruina.
 ¿La mente dónde materna está? ¿Dónde están las pías leyes de los padres
 y los que sostuve una decena de meses, afanes? 500
 Oh, ojalá en los primeros fuegos hubieras ardido aún bebé
 y tal yo sufrido hubiera. Viviste por regalo nuestro,
 ahora por el mérito morirás tuyo. Coge los premios de lo hecho,
 y dos veces dado, primero por el parto y luego por el tronco arrebatado,
 devuelve tu aliento, o a mí me añade a los fraternos sepulcros. 505
 Y lo deseo y no puedo. ¿Qué haga yo? Ora las heridas de mis hermanos
 ante los ojos tengo y de tan gran sangría la imagen,
 ahora mi ánimo la piedad y los maternos nombres quiebran.
 Pobre de mí. Mal venceréis, pero venced, hermanos,
 en tanto que, la que os los habré de dar, a esos consuelos y a vosotros 510
 yo misma siga». Dijo y con una diestra, vuelta ella de espaldas, temblorosa,
 el fúnebre tizón arrojó en medio de los fuegos.
 O dio o pareció que un gemido aquel tronco
 había dado, y arrebatado por esos involuntarios fuegos ardió.
     Inconsciente y ausente, Meleagro por la llama aquella 515
 se quema y por ciegos fuegos tostarse sus entrañas
 siente y grandes dolores supera por su virtud.
 Aun así, que por una cobarde muerte él caiga y sin sangre
 le aflige, y las de Anceo felices heridas dice
 y a su padre de edad avanzada y hermanos y pías hermanas 520
 con un gemido, y a la compañera de su lecho llama con boca postrera;
 quizás también a su madre. Crecen el fuego y el dolor,
 y languidecen otra vez. Al mismo tiempo se extinguió uno y otro
 y hacia las leves auras marchó poco a poco su espíritu,
 poco a poco la brasa cubriendo, cana, la ceniza. 525


Las hermanas de Meleagro

     La alta Calidón yace. Plañen jóvenes y viejos,
 y el vulgo y los nobles gimen, y rasgándose los cabellos
 golpes de duelo se dan las madres Calídonides Eveninas.
 De polvo su canicie el genitor y su rostro senil
 mancha, por el suelo derramado, y su espaciosa edad increpa, 530
 pues, en cuanto a la madre, la mano para ella cómplice del siniestro hecho
 le exigió los castigos, pasando por sus entrañas el hierro.
 No a mí si cien bocas un dios, sonando con sus lenguas,
 y un ingenio capaz y todo el Helicón me hubiera dado,
 los tristes votos conseguiría de sus pobres hermanas. 535
 Olvidadas de su decor sus lívidos pechos tunden,
 y mientras le queda cuerpo, su cuerpo reaniman y animan,
 besos le dan a él, dispuesto dan besos al lecho.
 Después de ceniza, sus cenizas apuradas a su pecho aprietan
 y derramadas yacen junto al túmulo, y a sus nombres 540
 inscritos en la roca abrazadas, lágrimas sobre sus nombres derraman.
 A las cuales finalmente la Latonia, del desastre de la Pataonia
 casa saciada, excepto a Gorge y a la nuera
 de la noble Alcmena, nacidas en su cuerpo plumas,
 las aligera, y largas por sus brazos les extiende unas alas 545
 y córneas sus bocas hace y tornadas por el aire las manda.


Teseo y Aqueloo (I)

     Entre tanto Teseo, su parte de la obra común
 tras cumplir, a los erecteos recintos iba de la Tritónide.
 Le cerró el camino y le causó demoras el Aqueloo al marchar,
 de lluvia henchido: «Acércate a los techos», le dice, «míos, ilustre 550
 Cecrópida, y no te encomiendes a las robadoras ondas.
 Llevar troncos sólidos y oblicuas rocas hacer rodar
 con su gran murmullo suelen. He visto, lindando a su ribera,
 con sus greyes establos altos ser arrastrados, y ni fuertes allí
 les sirvió ser a las vacadas ni a los caballos veloces. 555
 Muchos también este torrente, las nieves desde el monte liberadas,
 muchos cuerpos juveniles en su arremolinado abismo sumergió.
 Más seguro es el descanso, mientras sus caudales corran por su acostumbrada
 linde, mientras tenues acoja su seno las ondas.
 Asintió el Egida y: «Haré uso, Aqueloo, de la casa 560
 y del consejo tuyo», respondió; y uso de ambos hizo.
 De pómez multicava y no lisas tobas a unos atrios
 construidos entra: la tierra estaba húmeda de blando musgo,
 las alturas artesonaban, con alterno múrice, conchas.
 Y ya dos partes de la luz Hiperión habiendo medido, 565
 se recostaron en unos divanes Teseo y sus compañeros de fatigas,
 por ésta el Ixiónida, por aquella parte el héroe
 treceno, Lélex, de raras canas ya asperjadas sus sienes,
 y a los otros que con parejo honor había dignado
 el caudal de los acarnanes, contentísimo de huésped tanto. 570
 En seguida unas ninfas desnudas de plantas instruyeron
 con manjares acercadas las mesas, y el festín retirado,
 en gema pusieron vino puro.


Las Equínades; Perimele

     Entonces el más grande héroe
 las superficies mirando a sus ojos sometidas: «Qué lugar», dijo,
 «aquél», y con el dedo lo muestra, «y la isla nombre cuál 575
 lleva aquella, enséñanos; aunque no una parece».
 El caudal a esto: «No es», dice, «lo que divisáis una cosa:
 cinco tierras yacen. El espacio las distancias burla.
 Y por que menos el hecho te admire, despreciada, de Diana,
 unas náyades ellas habían sido, las cuales, una decena de novillos 580
 habiendo sacrificado y del campo a los dioses a los sacrificios habiendo invitado,
 olvidadas de nos, sus festivos coros hicieron.
 Me entumecí de ira y cuan grande fluyo cuando máximo alguna vez,
 tan grande era, y al par por mis ánimos y ondas inabarcable,
 de las espesuras, espesuras, y de los campos, campos arrancaba, 585
 y con su lugar a las ninfas, acordadas entonces al fin de nos,
 a los mares arramblé. El flujo nuestro y del mar
 esa tierra distrajo continua, y sus partes desligó
 en otras tantas cuantas Equínades divisas en medio de las ondas.
 Como aun así tú mismo ves, lejos, ay, lejos una isla 590
 se apartó, grata a mí. Perimele el navegante la llama.
 A ella yo su virgíneo nombre, mi elegida, le quité,
 lo cual su padre Hipodamante amargamente sufrió y al profundo
 arrojó desde una peña el cuerpo de su hija, que iba a morir.
 La recogí, y mientras nadaba sosteniéndola: «Oh, agraciado con los reinos 595
 próximos del cosmos, los de la vagabunda onda», dije, «portador del tridente,
 [en quien acabamos, al que sagrados corremos los caudales,
 ven aquí y oye plácido, Neptuno, a quien te suplica.
 A ésta yo, a la que porto, he hecho daño. Si tierno y justo,
 si padre Hipodamante, o si menos impío fuera,]1 600
 préstale ayuda, y a ella, ahogada, te lo ruego, por la fiereza paterna,
 dale, Neptuno, un lugar; o que sea el lugar ella, lícito será:
 [así también la estrecharé». Movió la cabeza el marino rey
 y sacudió con sus asentimientos todas las ondas.
 Sintió temor la ninfa: nadaba aun así; yo mismo el pecho 605
 de ella, que nadaba, rozaba, latiendo en tembloroso movimiento.
 Y mientras lo toco, todo endurecerse sentí
 su cuerpo, y que en las tierras que lo cubrían se escondía su torso.
 Mientras hablo rodeó sus miembros una nueva tierra, nadando ellos,
 y, pesada, dentro creció una isla de su mutado cuerpo». 610


Filemon y Baucis

     El caudal tras esto calló; el hecho admirable a todos
 había conmovido: se burla de los que lo creen, y cual de los dioses
 despreciador era y de mente feroz, de Ixíon el nacido:
 «Mentiras cuentas y demasiado crees, Aqueloo, poderosos,
 que son los dioses», dijo, «si dan y quitan las figuras». 615
 Quedaron suspendidos todos y tales dichos no aprobaron,
 y antes que todos Lélex, de ánimo maduro y de edad,
 así dice: «Inmenso es, y límite el poderío del cielo
 no tiene, y cuanto los altísimos quisieron realizado fue.
 Y para que menos lo dudes, a un tilo contigua una encina 620
 en las colinas frigias hay, circundada por un intermedio muro.
 Yo mismo el lugar vi, pues a mí a los pelopeos campos
 Piteo me envió, un día reinados por su padre.
 No lejos de aquí un pantano hay, tierra habitable en otro tiempo,
 ahora, concurridas de mergos y fochas palustres, ondas. 625
 Júpiter acá, en aspecto mortal, y con su padre
 vino el Atlantíada, el portador del caduceo, dejadas sus alas.
 A mil casas acudieron, lugar y descanso pidiendo,
 mil casas cerraron sus trancas; aun así una los recibió,
 pequeña, ciertamente, de varas y caña palustre cubierta, 630
 pero la piadosa anciana Baucis y de pareja edad Filemon
 en ella se unieron en sus años juveniles, en aquella
 cabaña envejecieron y su pobreza confesando
 la hicieron leve, y no con inicua mente llevándola.
 No hace al caso que señores allí o fámulos busques: 635
 toda la casa dos son, los mismos obedecen y mandan.
 Así pues, cuando los celestiales esos pequeños penates tocaron
 y bajando la cabeza entraron en esos humildes postes,
 sus cuerpos el anciano, poniéndoles un asiento, les mandó aliviar,
 al cual sobrepuso un tejido rudo, diligente, Baucis 640
 y en el fogón la tibia ceniza retiró y los fuegos
 suscita de la víspera y con hojas y corteza seca
 lo nutre y las llamas con su aliento senil alarga
 y muy astilladas antorchas y ramajos áridos del techo
 bajó y los desmenuzó y acercó a un pequeño caldero 645
 y, la que su esposo había recogido del bien regado huerto,
 troncha a esa hortaliza sus hojas; con una horquilla iza ella, de dos cuernos,
 unas sucias espaldas de cerdo que colgaban de una negra viga,
 y reservado largo tiempo saja de su cuero una parte
 exigua, y sajada la doma en las hirvientes ondas. 650
 Mientras tanto las intermedias horas burlan con sus conversaciones
 y que sea sentida la demora prohíben. Había un seno allí
 de haya, por un clavo suspendido de su dura asa.
 Él de tibias aguas se llena y unos miembros que entibiar
 acoge. En el medio un diván de mullidas ovas 655
 ha sido impuesto, en un lecho de armazón y pies de sauce2.
 Con unas ropas lo velan que no, sino en tiempos de fiesta,
 a tender acostumbraban, pero también ella vil y vieja
 ropa era, que a un lecho de sauce no ofendería:
 se recostaron los dioses. La mesa, remangada y temblorosa 660
 la anciana, la pone, pero de la mesa era el pie tercero dispar:
 una teja par lo hizo; la cual, después que a él sometida su inclinación
 sostuvo, igualada, unas mentas verdeantes la limpiaron.
 Se pone aquí, bicolor, la baya de la pura Minerva
 y, guardados en el líquido poso, unos cornejos de otoño, 665
 y endibia y rábano y masa de leche cuajada
 y huevos levemente revueltos en no acre rescoldo,
 todo en lozas; después de esto, cincelada en la misma plata,
 se coloca una cratera, y, fabricadas de haya,
 unas copas, por donde cóncavas son, de flavas ceras untadas. 670
 Pequeña la demora es, y las viandas los fogones remitieron calientes,
 y, no de larga vejez, de vuelta se llevan los vinos
 y dan lugar, poco tiempo retirados, a las mesas segundas.
 Aquí nuez, aquí mezclados cabrahígos con rugosos dátiles
 y ciruelas y fragantes manzanas en anchos canastos 675
 y de purpúreas vides recolectadas uvas,
 cándido, en el medio un panal hay: sobre todas las cosas unos rostros
 acudieron buenos y una no inerte y pobre voluntad.
     Entre tanto, tantas veces apurada, la cratera rellenarse
 por voluntad propia, y por sí mismos ven recrecerse los vinos: 680
 atónitos por la novedad se asustan y con las manos hacia arriba
 conciben Baucis plegarias y, temeroso, Filemon,
 y venia por los festines y los ningunos aderezos ruegan.
 Un único ganso había, custodia de la mínima villa,
 el cual, para los dioses sus huéspedes los dueños a sacrificar se aprestaban. 685
 Él, rápido de ala, a ellos, lentos por su edad, fatiga,
 y los elude largo tiempo y finalmente pareció que en los propios
 dioses se había refugiado: los altísimos vetaron que se le matara
 y: «Dioses somos, y sus merecidos castigos pagará esta vecindad
 impía», dijeron. «A vosotros inmunes de este 690
 mal ser se os dará. Sólo vuestros techos abandonad
 y nuestros pasos acompañad, y a lo arduo del monte
 marchad a la vez». Obedecen ambos, y con sus bastones aliviados
 se afanan por sus plantas poner en la larga cuesta.
 Tanto distaban de lo alto cuanto de una vez marchar una saeta 695
 enviada puede: volvieron sus ojos y sumergido en una laguna
 todo lo demás contemplan, que sólo sus techos quedan;
 y mientras de ello se admiran, mientras lloran los hados de los suyos,
 aquella vieja, para sus dueños dos incluso cabaña pequeña,
 se convierte en un templo: las horquillas las sustituyeron columnas, 700
 las pajas se doran, y cubierta de mármol la tierra
 y cinceladas las puertas, y de oro cubiertos los techos parecen.
 Tales cosas entonces de su plácida boca el Saturnio dejó salir:
 «Decid, justo anciano y mujer de su esposo justo
 digna, qué deseáis». Con Baucis tras unas pocas cosas hablar, 705
 su juicio común a los altísimos abre Filemon:
 «Ser sus sacerdotes, y los santuarios vuestros guardar
 solicitamos, y puesto que concordes hemos pasado los años,
 nos lleve una hora a los dos misma, y no de la esposa mía
 alguna vez las hogueras yo vea, ni haya de ser sepultado yo por ella». 710
 A sus deseos la confirmación sigue: del templo tutela fueron
 mientras vida dada les fue; de sus años y edad cansados,
 ante los peldaños sagrados cuando estaban un día y del lugar
 narraban los casos, retoñar a Filemon vio Baucis,
 a Baucis contempló, más viejo, retoñar Filemon. 715
 Y ya sobre sus gemelos rostros creciendo una copa,
 mutuas palabras mientras pudieron se devolvían y: «Adiós,
 mi cónyuge», dijeron a la vez, a la vez, escondidas, cubrió
 sus bocas arbusto: muestra todavía el tineio, de allí
 paisano, de un gemelo cuerpo unos vecinos troncos. 720
 Esto a mí, no vanos -y no había por qué burlarme quisieran-
 me narraron unos ancianos; yo ciertamente colgando vi
 unas guirnaldas sobre sus ramas, y poniendo unas recientes dije:
 «El cuidado de los dioses, dioses sean, y los que adoraron, se adoren».


Erisicton y su hija

     Había acabado y a todos la cosa había conmovido, y su autor, 725
 a Teseo principalmente; al cual, pues los hechos oír quería
 milagrosos de los dioses, apoyado sobre su codo el calidonio caudal,
 con tales cosas se dirige: «Los hay, oh valerosísimo,
 cuya forma una vez movido se ha, y en esta renovación ha permanecido;
 los hay que a más figuras el derecho tienen de pasar, 730
 como tú, del mar que abraza a la tierra paisano, Proteo.
 Pues ora a ti como un joven, ora te vieron un león,
 ahora violento jabalí, ahora, a la que tocar temieran,
 una serpiente eras, ora te hacían unos cuernos toro.
 Muchas veces piedra podías, árbol también a menudo, parecer; 735
 a veces, la faz imitando de las líquidas aguas,
 una corriente eras, a veces, a las ondas contrario, fuego.
     Y no menos, de Autólico la esposa, de Erisicton la nacida,
 potestad tiene. Padre de ella era quien los númenes de los divinos
 despreciara y ningunos olores a las aras sahumara. 740
 Él, incluso, un bosque de Ceres, que violó a segur
 se dice, y que sus florestas a hierro ultrajó, vetustas.
 Se apostaba en ellas, ingente de su añosa robustez, una encina,
 sola un bosque; bandas en su mitad y memorativas tabillas
 y guirnaldas la ceñían, argumentos de un voto poderoso. 745
 A menudo bajo ella las dríades sus festivos coros condujeron,
 a menudo incluso, sus manos enlazadas por orden, del tronco
 habían rodeado la medida, y la dimensión de su robustez una quincena
 de codos completaba; y no menos, también, la restante espesura,
 en tanto más baja toda que ella estaba, cuanto la hierba debajo de este todo. 750
 No, aun así, por esto su hierro el Triopeio de ella
 abstuvo, y a sus sirvientes ordena talar su sagrada
 robustez y, como a los así ordenados que dudaban vio, de uno
 arrebatada su segur, emitió, criminal, estas palabras:
 «No dilecta de la diosa solamente, sino incluso si ella pudiera 755
 ser la diosa, ya tocará con su frondosa copa la tierra».
 Dijo y, en oblicuos golpes mientras el arma balancea,
 toda tembló, y un gemido dio la Deoia encina,
 y al par sus frondas, al par a palidecer sus bellotas
 comenzaron, y sus largas ramas esa palidez a tomar. 760
 En cuyo tronco, cuando hizo su mano impía una herida,
 no de otro modo fluyó al ser astillada su corteza la sangre,
 que suele ante las aras, cuando un ingente toro como víctima
 cae, de su truncada cerviz crúor derramarse.
 Quedaron atónitos todos, y alguno de todos ellos osa 765
 disuadirle de la impiedad e inhibirle su salvaje hacha bifronte.
 Le miró y: «De tu mente bondadosa coge los premios», dijo
 el tésalo, y contra el hombre volvió del árbol el hierro
 y destronca su cabeza, y, volviendo a buscar la robustez, la hiere,
 y emitido de en medio de su robustez un sonido fue tal: 770
 «Una ninfa bajo este leño yo soy, gratísima a Ceres,
 quien a ti, que los castigos de estos hechos tuyos te acechan,
 vaticino al morir, solaces de nuestra muerte».
 Prosigue la atrocidad él suya, y oscilando finalmente
 a golpes innúmeros, y reducido con cuerdas el árbol, 775
 sucumbe y postró con su peso mucha espesura.
     «Atónitas la dríades por el daño de los bosques y el suyo,
 todas las germanas ante Ceres, con vestiduras negras,
 afligidas acuden y un castigo para Erisicton oran.
 Asiente a ellas y de la cabeza suya, bellísima, con un movimiento, 780
 sacudió, cargados de grávidas mieses, los campos
 y le depara un género de castigo digno de compasión, de no ser
 porque él era para nadie digno de compasión por sus actos:
 lacerarlo con la calamitosa Hambre. A la cual, en tanto que ella misma,
 la diosa, no ha de acceder -pues no a Ceres y Hambre 785
 los hados reunirse permiten-, de las de numen montano a una,
 con tales palabras, a una agreste oréade, apela:
 «Hay un lugar en las extremas orillas de la Escitia glacial,
 triste suelo, estéril -sin fruto, sin árbol- tierra.
 El frío inerte allí habitan y la Palidez y el Temblor, 790
 y la ayuna Hambre: que ella a sí misma en las entrañas se esconda,
 criminales, del sacrílego, ordénale, y que la abundancia de las cosas
 no la venza a ella, y supere en certamen a mis fuerzas;
 y para que del camino el espacio no te aterre, coge mis carros,
 coge, a quienes con sus frenos en lo alto gobiernes, mis dragones». 795
 Y los dio. Ella, con el dado carro sostenida por el aire,
 deviene a Escitia, y de un rígido monte en la cima
 -Cáucaso lo llaman- de las serpientes los cuellos alivió,
 y a la buscada Hambre vio en un pedregoso campo:
 con sus uñas, y arrancando con los dientes unas escasas hierbas, 800
 basto era su pelo, hundidos sus ojos, palor en la cara,
 labios canos de saburra, ásperas de asiento sus fauces,
 dura la piel, a través de la que contemplarse sus vísceras podían,
 sus huesos emergían áridos bajo sus encorvados lomos.
 Del vientre tenía, en vez del vientre, el lugar; pender creerías 805
 su pecho y que únicamente por el armazón del espinazo se tenía.
 Había aumentado sus articulaciones la escualidez y de las rodillas henchíase
 el círculo y en desmedida protuberancia sobresalían los tobillos.
 A ella de lejos cuando la vio -pues no a acercársele junto
 se atrevió- le refiere los mandados de la diosa, y poco tiempo demorada, 810
 aunque distaba largamente, aunque ora había llegado allí,
 parecióle aun así haber sentido hambre, y para atrás sus dragones
 llevó a la Hemonia, tornando, sublime, las riendas.
     Las palabras el Hambre de Ceres -aunque contraria siempre
 de ella es a la obra- cumplió, y por el aire con el viento 815
 a la casa ordenada descendió y en seguida entra
 del sacrílego en los tálamos y a él, en un alto sopor relajado
 -pues de la noche era el tiempo-, con sus gemelos codos lo estrecha,
 y a sí misma en el hombre se inspira, y sus fauces y pecho y cara
 sopla y en sus vacías venas esparce ayunos. 820
 Y, cumplido el encargo, desierto deja, fecundo, ese orbe
 y a sus casas indigentes, sus acostumbradas cuevas, regresa.
     Lene todavía el Sueño con sus plácidas alas a Erisicton
 acariciaba. Busca él festines bajo la imagen de un sueño
 y su boca vana mueve y diente en el diente fatiga, 825
 y cansa, por una comida inane engañada, su garganta,
 y en vez de banquetes, tenues, para nada, devora auras.
 Pero cuando expulsado fue el descanso, se enfurece su ardor por comer
 y por sus ávidas fauces y sus incendiadas entrañas reina.
 No hay demora, lo que el ponto, lo que la tierra, lo que produce el aire 830
 demanda y se queja de sus ayunos con las mesas puestas,
 y entre los banquetes banquetes pide y lo que para ciudades,
 y lo que bastante podría ser para un pueblo, no es suficiente a uno solo,
 y más desea cuanto más al vientre abaja suyo,
 y como el mar recibe de toda la tierra las corrientes 835
 y no se sacia de aguas y peregrinos caudales bebe,
 y como robador el fuego ninguna vez alimentos rehúsa
 e innumerables troncos crema, y cuanto provisión mayor
 le es dada, más quiere y por su multitud misma más voraz es:
 así los banquetes todos de Erisicton la boca, el profano, 840
 acoge, y demanda al mismo tiempo: alimento todo en él
 causa de alimento es, y el lugar queda inane, comiendo.
     Y ya de hambre y por la vorágine de su alto vientre
 había atenuado sus riquezas patrias, pero inatenuada permanecía
 entonces también su siniestra hambre y de su inaplacada gola 845
 seguía vigente la llama; al fin, tras abajarse a las entrañas su hacienda,
 una hija le quedaba, no de ese padre digna.
 A ella también la vende indigente: un dueño, noble ella, rehúsa,
 y, vecinas, tendiendo sobre las superficies sus palmas:
 «Arrebátame a mí de un dueño, el que los premios tienes de la virginidad 850
 a nos arrebatada», dice; esto Neptuno tenía,
 el cual, su súplica no despreciada, aunque recién vista fuera
 por su amo que la seguía, su forma le renueva y un semblante viril
 le inviste y de atuendos para los que el pez capturan aptos.
 A ella su dueño contemplándola: «Oh quien los suspendidos bronces 855
 con un pequeño cebo escondes, moderador de la caña», dice,
 «así el mar compuesto, así te sea el pez en la onda
 crédulo y ningunos, sino clavado, sienta los anzuelos:
 una que ora con pobre vestido, turbados los cabellos,
 en el litoral este se apostaba, pues apostada en el litoral la he visto, 860
 dime dónde esté, pues no sus huellas más lejos emergen».
 Ella, que del dios el regalo bien paraba, sintió, y de que por sí misma
 a sí le inquirieran gozándose, con esto replicó al que le preguntaba:
 «Quien quiera que eres, disculpa: a ninguna parte mis ojos
 desde el abismo este he girado, y con ardor operando, en él estaba prendido. 865
 Y por que menos lo dudes, así estas artes el dios de la superficie
 ayude, que ninguno ya hace tiempo en el litoral este,
 yo exceptuado, ni mujer se ha apostado alguna».
 Lo creyó, y vuelto su dueño el pie, con él hundió la arena,
 y burlado partió: a ella su forma devuelta le fue. 870
 Mas cuando sintió que la suya poseía unos transformables cuerpos,
 muchas veces su padre a dueños a la Triopeide la entregó, mas ella,
 ahora yegua, ahora pájaro, ora vaca, ora ciervo partía,
 y le aprestaba, ávido, no justos alimentos a su padre.
 La fuerza aquella, aun así, de su mal, después que hubo consumido toda 875
 su materia, y había dado nuevos pastos a su grave enfermedad,
 él mismo, su organismo, con lacerante mordisco a desgarrar
 empezó, e, infeliz, minorándolo, su cuerpo alimentaba.
     «¿A qué demorarme en extraños? También para mí, la de muchas veces renovar
 mi cuerpo, oh joven, fue en número limitada, mi potestad: 880
 pues ora el que ahora soy parezco, ora me giro en sierpe,
 de la manada ora el dirigente, mis fuerzas en los cuernos asumo...
 Cuernos mientras pude. Ahora esta parte otra carece del arma
 de la frente, como tú mismo ves». Gemidos siguieron a esas palabras.

 Libro IX


Teseo y Aqueloo (II): Aqueloo y Hércules

     Cuál de su gemido, al dios el Neptunio héroe pregunta,
 y de su trunca frente la causa, cuando así el calidonio caudal
 comenzó, coronado de arundo en sus no ornados cabellos:
     «Triste ofrenda pides, pues quién sus batallas, vencido,
 conmemorar quiere. Lo referiré aun así por su orden, pues no tan 5
 indecente fue el ser vencido cual haber contendido decoroso es,
 y grandes consuelos da a nos un tan grande vencedor.
 Por el nombre suyo, si una tal finalmente ha arribado a los oídos
 tuyos, Deyanira, un día la más bella virgen,
 y de muchos pretendientes fue la esperanza envidiosa; 10
 con los cuales, cuando del suegro pretendido en la casa entramos:
 «Recíbeme a mí de yerno», dije, «de Partaón el nacido».
 Lo dijo también el Alcida. Los otros cedieron a los dos.
 Él, que a Júpiter por suegro daba él, y la fama de sus labores,
 y superadas contaba las órdenes de su madrastra. 15
 Por contra yo: «Indecente que un dios a un mortal ceda», dije
 -todavía no era él dios-: «el dueño a mí me ves de las aguas
 que con sus cursos oblicuos por entre tus dominios fluyo;
 y no un yerno huésped, a ti mandado desde extrañas orillas,
 sino paisano seré y del estado tuyo parte una. 20
 Tan sólo no sea para mi mal que a mí la regia Juno
 no me odia y todo castigo me falta de las ordenadas labores.
 Pues del que te jactas, de Alcmena el hijo, engendrado,
 Júpiter, o falso padre es, o por delito el verdadero.
 De una madre por el adulterio un padre pretendes: elige si fingido 25
 que sea Júpiter prefieres, o que tú por desdoro hayas nacido».
 A mí que tal decía ya hacía tiempo que con luz torva
 él me contempla y, encendida, no es fuerte de imperar sobre su ira
 y palabras tantas devuelve: «Mejor en mí la diestra que la lengua.
 En tanto que luchando gane, tú vence hablando», 30
 y ataca feroz. Me dio vergüenza, recién esas grandes cosas dichas,
 de ceder: rechacé de mi cuerpo su verde vestidura
 y mis brazos le opuse y sostuve desde mi pecho zambas
 en posta las manos y para la lucha mis miembros preparé.
 Él, con sus huecas palmas recogido, me asperja de polvo, 35
 y a su vez al contacto de la fulva arena amarillece él,
 y ya el cuello, ya las piernas centelleantes intenta apresarme,
 o que lo intentaba dirías, y por todos lados me acosa.
 A mí mi pesadez me defendía y en vano se me buscaba,
 no de otro modo que una mole a la que con gran murmullo los oleajes 40
 combaten: resiste ella y por su peso está segura.
 Nos distanciamos un poco y de nuevo nos juntamos a las guerras,
 y en un paso estábamos apostados, seguros de no ceder, y estaba
 con el pie el pie junto, y yo, inclinado sobre todo mi pecho,
 los dedos con los dedos y la frente con la frente le apretaba. 45
 No de otro modo he visto, fuertes, correr en contra a los toros
 cuando, botín de su lucha, de todo el soto la más espléndida
 ansía de esposa; lo contempla la manada, y tienen miedo
 sin ella saber a quién quedará la victoria de tan gran reino.
 Tres veces sin provecho quiso en contra 50
 desprender de sí, esplendente, mi pecho, a la cuarta
 se sacude de mi abrazo y a él juntados desata mis brazos
 y golpeándome con la mano -pues he decidido confesar la verdad-
 en seguida me da la vuelta y a mi espalda pesadamente se prende.
 Si crédito hay, pues la gloria con fingida voz 55
 no busco, hundido por un monte a mí impuesto me creía.
 Apenas pude insertar, aun así, chorreando mucho sudor,
 los brazos, apenas desatar de mi cuerpo sus duras cadenas.
 Me oprime asfixiándome y me impide retomar mis fuerzas
 y de mi cerviz se apodera. Entonces por fin hunde 60
 la tierra la rodilla nuestra y las arenas con la boca mordí.
 Inferior en virtud me refugio en mis artes
 y me escurro de este hombre figurado en una larga serpiente.
 El cual, después que curvé mi cuerpo en retorcidos círculos
 y cuando moví con fiera estridencia mi lengua bifurcada, 65
 se rió, y burlándose el tirintio de mis artes:
 «De mis cunas es tarea el superar serpientes»,
 dijo, «y aunque venzas, Aqueloo, a otros dragones,
 ¿parte cuánta de la de Lerna hidra serás, una sola serpiente?
 De sus propias heridas era ella fecunda y ni una cabeza, 70
 de cien en número, fue cortada impunemente
 sin que con un gemelo heredero su cerviz más fuerte se hiciera.
 A ella yo, ramosa de las culebras nacidas de la matanza
 y que crecía con su desgracia, la domé y domada la recluí.
 ¿Qué confías que ha de ser de ti, que convertido en una serpiente 75
 falsa, armas ajenas mueves, a quien una forma precaria esconde?».
 Había dicho, y a lo alto de mi cuello arroja las cadenas
 de sus dedos: me asfixiaba, como apretada mi garganta por unas tenazas,
 y de sus pulgares pugnaba por arrancar mis fauces.
 Así también, vencido, me quedaba la tercera, 80
 la forma de toro asesino: en toro mutado mis miembros rebelo.
 Reviste él con sus toros por la izquierda parte mis brazos
 y tirando de mí, a la carrera, me sigue y bajándome los cuernos
 los clava en la dura tierra y a mí me tumba en la alta arena.
 Y no bastante había sido esto: con su fiera diestra, mientras sostiene 85
 rígido mi cuerno, lo quiebra y de mi trunca frente lo arranca.
 Las náyades, de frutos y olorosa flor relleno,
 lo consagraron; y rica es la Buena Abundancia por mi cuerno».


Partida de Teseo

     Había dicho, y una ninfa, remangada al rito de Diana,
 una de sus ministras, derramados a ambas partes sus cabellos, 90
 entró y trajo en ese muy rico cuerno todo
 un otoño, y las mesas -frutos felices- segundas.
     La luz llega y con el primer sol hiriendo las cimas
 se marchan los jóvenes; y no esperan, pues, mientras paz
 y plácido discurrir tengan, y todas vuelvan 95
 a asentarse las aguas. Su rostro el Aqueloo agreste
 y su cabeza lacerada de un cuerno esconde en medio de las aguas.


Hércules, Neso y Deyanira

     Sin embargo, a éste que domó la pérdida de su arrebatada gracia,
 el resto salvo lo tiene. De su cabeza el daño, además, con fronda
 de sauce o sobrepuesta caña lo esconde. 100
 Mas a ti, Neso fiero, tu ardor por esa misma doncella
 te había perdido, atravesado en tu espalda por una voladora saeta.
 Pues regresando con su nueva esposa a los muros patrios
 había llegado, rápidas del Eveno, el hijo de Júpiter a sus ondas.
 Más abundante de lo acostumbrado, por las borrascas invernales acrecido, 105
 concurrido estaba de torbellinos e intransitable ese caudal.
 A él, no temeroso por sí mismo, pero preocupado por su esposa,
 Neso se acerca y, fuerte de cuerpo y conocedor de sus vados:
 «Por servicio mío será ella depositada en aquella
 orilla,» dice, «Alcida. Tú usa tus fuerzas nadando». 110
 Y a ella, palideciente de miedo y al propio río temiendo,
 se la entregó el Aonio, a la asustada Calidonia, a Neso.
 En seguida, como estaba y cargado con la aljaba y el despojo del león
 -pues la clava y los curvos arcos a la otra orilla había lanzado-:
 «Puesto que lo he empezado, venzamos a las corrientes», dijo, 115
 y no duda, ni por dónde es más clemente su caudal
 busca y desprecia ser llevado a complacencia de las aguas.
 Y ya teniendo la orilla, cuando levantaba los arcos por él lanzados,
 de su esposa conoció la voz, y a Neso, que se disponía
 a defraudar su depósito: «¿A dónde te arrastra», le clama, 120
 «tu confianza vana, violento, en tus pies? A ti, Neso biforme,
 te decimos. Escucha bien y no las cosas interceptes nuestras.
 Si no te mueve temor ninguno de mí, mas las ruedas
 de tu padre podrían disuadirte de esos concúbitos prohibidos.
 No escaparás, aun así, aunque confíes en tu recurso de caballo; 125
 a herida, no a pie te daré alcance». Sus últimas palabras
 con los hechos prueba y lanzando a sus fugitivas espaldas una saeta
 los traspasa: sobresalía corvo de su pecho el hierro.
 El cual, no bien fue arrancado, sangre por uno y otro orificio
 rielaba, mezclada con la sanguaza del veneno de Lerna. 130
 La recoge Neso; «Mas no moriremos sin vengarnos»,
 dice entre sí y unos velos teñidos de su sangre caliente
 da de regalo a su secuestrada como si fuera un excitante de amor.


Muerte y apoteosis de Hércules

     Larga fue la demora del tiempo intermedio, y los hechos del gran
 Hércules habían colmado las tierras y el odio de su madrastra. 135
 Vencedor, desde Ecalia, preparaba unos sacrificios votados
 a Júpiter Ceneo, cuando la Fama locuaz se anticipó hasta los oídos,
 Deyanira, tuyos, la que a la verdad se goza de añadir
 mentiras y desde lo más pequeño crece merced a sus mentiras,
 de que el Anfitrionida era presa del fuego de Iole. 140
 Lo cree su enamorada, y aterrada por la fama de esa nueva Venus
 condescendió, a lo primero, a las lágrimas, y llorando disipó,
 digna de compasión, el dolor suyo. Justo después: «¿Por qué empero
 lloramos?», dice. «Mi rival se alegrará de estas lágrimas.
 La cual, puesto que va a llegar, algo habré de apresurar e inventar, 145
 mientras se puede, y en tanto aún no tiene otra mis tálamos.
 ¿Me quejaré o callaré? ¿Volveré a Calidón o me demoraré?
 ¿Saldré de estos techos o, si otra cosa no, me opondré a ellos?
 ¿Qué si acordada, Meleagro, de que soy tu hermana
 acaso preparo un crimen y cuánto la injuria pueda, 150
 y mi femíneo dolor, degollando a mi rival atesto?».
 En cursos varios marcha su ánimo. A todos ellos
 prefirió, embebida de la sangre de Neso, una veste
 enviarle que las fuerzas le devuelva de su repudiado amor,
 y a Licas, que lo ignora, sin ella saber qué entrega, sus lutos 155
 propios ella entrega, y que con tiernas palabras, la muy desgraciada,
 dé los regalos esos a su esposo, le encarga. Los coge el héroe, sin él saber,
 y se inviste por los hombros el jugo de la hidra de Lerna.
 Inciensos daba y palabras suplicantes a las primeras llamas,
 y vinos de una pátera vertía en las marmóreas aras. 160
 Se calentó la fuerza aquella del mal y, desatada por las llamas,
 marcha ampliamente difundida de Hércules por los miembros.
 Mientras pudo con su acostumbrada virtud su gemido reprimió.
 Después que vencido por los males fue su sufrimiento, empujó las aras
 y llenó de sus voces el nemoroso Eta. 165
 Y no hay demora, intenta rasgar su mortífera vestidura:
 por donde tira, tira ella de la piel, y horrible de contar,
 o se prende a su cuerpo en vano intentándosela arrancar,
 o lacerados miembros y grandes descubre huesos.
 El propio crúor, igual que un día la lámina candente 170
 mojada en la helada cuba, rechina y se cuece del ardiente veneno,
 y medida no hay, sorben ávidas sus entrañas la llamas
 y azul mana de todo su cuerpo un sudor
 y quemados resuenan sus nervios y, derretidas las médulas
 de esa ciega sanguaza, levantando a las estrellas sus palmas: 175
 «De las calamidades», grita, «Saturnia, cébate nuestras,
 cébate y esta plaga contempla, cruel, desde el alto,
 y tu corazón fiero sacia. O si digno yo de compasión hasta para un enemigo,
 esto es, si para ti lo soy, de siniestros tormentos mi enfermo
 y odiado aliento y nacido para las penalidades, llévate. 180
 La muerte me será un regalo. Decoroso es estos dones dar a una madrastra.
 ¿Así que yo al que manchaba sus templos con crúor extranjero,
 a Busiris he sometido, y al salvaje Anteo arrebaté
 el alimento de su madre, y ni a mí del pastor ibero
 su forma triple, ni la forma triple tuya, Cérbero, me movió, 185
 y ¿acaso vosotras, manos, no agarrasteis los cuernos del fuerte toro?
 ¿Vuestra obra Elis tiene, vuestra las estinfálides ondas
 y el partenio bosque? ¿Por vuestra virtud devuelto,
 en oro del Termodonte labrado, el tahalí,
 y las frutas concustodiadas por el insomne dragón, 190
 y no a mí los Centauros me pudieron resistir, ni a mí
 el devastador jabalí de la Arcadia, ni le sirvió a la hidra
 el crecer merced a su merma y retomar geminadas fuerzas?
 ¿Y qué de cuando los caballos del tracio vi, cebados de sangre humana,
 y llenos de cuerpos truncos sus pesebres vi 195
 y vistos los derribé y a su dueño y ellos di muerte?
 Por estos brazos golpeada yace la mole de Nemea,
 a[por éstos Caco. Horrendo monstruo del litoral tiberino],
 en este cuello llevé el cielo. De dar órdenes se agotó
 la salvaje esposa de Júpiter: yo no me he agotado al realizarlas. 200
 Pero esta nueva plaga llega, a la cual ni con virtud
 ni con armas y armaduras resistírsele puede. Por los pulmones profundos
 vaga un fuego voraz y se ceba por todos los miembros.
 Mas vivo está Euristeo, ¿y hay quienes creer puedan
 que hay dioses?», dijo, y por el alto Eta herido 205
 no de otro modo camina que si venablos un toro
 en su cuerpo clavado lleva y al autor del acto rehuyera.
 Lo vieras a él muchas veces dejando escapar gemidos, muchas veces
 bramando, muchas veces reintentando quebrantar esas vestiduras
 todas, y tumbando troncos, y enconándose 210
 en los montes, o tendiendo los brazos al cielo de su padre.
     He aquí que a Licas, escondido tembloroso en una peña ahuecada,
 divisa, y como el dolor había reunido toda su rabia:
 «¿No has sido tú, Licas», dijo, «el que estos funerarios dones me has dado?
 ¿No has de ser tú el autor de mi muerte?». Tiembla él y se estremece, 215
 pálido, y tímidamente palabras exculpatorias dice.
 En diciéndolas, y mientras se disponía a llevar las manos a las rodillas de él,
 lo agarra el Alcida y rotándolo tres y cuatro veces
 lo lanza más fuerte que en el tormento de la catapulta hacia las ondas eubeas.
 Él, suspendido por las aéreas auras se puso rígido, 220
 y como dicen que las lluvias se endurecen con los helados vientos,
 de donde se hacen las nieves, y también, blando, de las nieves al rotar,
 se astriñe y se aglomera su cuerpo en denso granizo,
 que así él, lanzado a través del vacío por esos vigorosos brazos
 y exangüe de miedo y sin tener líquido alguno, 225
 en rígidas piedras fue él convertido, cuenta la anterior edad.
 Ahora también en el profundo euboico, en el abismo, una peña breve
 emerge, y de su humana forma conserva las huellas,
 al cual, como si lo fuera a sentir, los navegantes hollar temen,
 y le llaman Licas. Mas tú, célebre hijo de Júpiter, 230
 cortados los árboles que llevara el arduo Eta
 e instruidos en una pira, que tu arco y tu aljaba capaz,
 y las que habrían de ver de nuevo los reinos troyanos, esas saetas,
 ordenas que las lleve al hijo de Peante, por servicio del cual fue aplicada
 la llama, y mientras de ávidos fuegos se prende toda esa empalizada 235
 en lo alto del montón de bosque tiendes tu vellón
 de Nemea e imponiendo tu cuello en la clava te recuestas,
 no con otro rostro que si cual comensal yacieras
 entre copas llenas de vino puro, coronado de guirnaldas.
     Y ya vigorosa y derramándose por todos lados sonaba, 240
 y sus tranquilos miembros y a su despreciador buscaba
 la llama: temieron los dioses por su defensor en la tierra.
 A los cuales así -pues lo notó- con alegre boca se dirige
 el Saturnio Júpiter: «Para nuestro agrado es el temor este,
 oh altísimos, y pláceme en todo mi pecho y agradezco 245
 que de un pueblo atento se me dice soberano y padre,
 y también mi descendencia por vuestro favor está a salvo.
 Pues aunque ello se concede a los ingentes hechos de él mismo,
 obligado estoy yo también. Pero no se atemoricen, pues, vuestros fieles
 pechos por un miedo vano: despreciad las eteas llamas. 250
 El que todo lo ha vencido vencerá, los que veis, a esos fuegos,
 y no, sino en su parte materna, sentirá al poderoso
 Vulcano: eterno es lo que sacó de mí y ajeno
 e inmune a la muerte y no domable por ninguna llama,
 y ello yo, cuando él haya acabado en la tierra, en las celestes orillas 255
 lo recibiré, y en que a todos los dioses placentero será
 mi acto confío; si alguno, aun así, de Hércules, si alguno
 acaso se habrá de doler de él como dios, no querrá que estos premios se le hayan dado,
 pero sabrá que ha merecido que se le den y contra su voluntad lo aprobará».
     Asintieron los dioses; la esposa regia también pareció 260
 que lo demás con no duro semblante, con duro las últimas
 palabras, había admitido, y que se dolía hondo de que se la señalara.
 Mientras tanto, cuanto fue devastable a la llama, Múlciber se lo llevó,
 y no reconocible quedó la efigie de Hércules y nada sacado de la imagen
 de su madre posee y sólo las huellas de Júpiter conserva; 265
 y como una serpiente nueva cuando, depuesta su piel vieja,
 exuberar suele y resplandecer con su escama reciente,
 así, cuando el tirintio se despoja de sus miembros mortales
 la parte mejor de sí cobra vigor y empieza él a parecer
 más grande y a volverse por su augusta gravedad temible. 270
 Al cual su padre el todopoderoso, arrebatándolo entre las cóncavas nubes
 con su cuadriyugo carro lo indujo entre los radiantes astros


Galántide

     Sintió Atlas el peso, y todavía el Esteneleio no había desatado
 sus iras, Euristeo, y atroz ejercía en su descendiente el odio
 de su padre; mas, angustiada por sus largas inquietudes, 275
 la argólide Alcmena, donde poner sus lamentos de vieja,
 a quien contar las penalidades de su hijo, atestiguados en el mundo,
 o a quien sus propios casos, a Iole tiene; a ella por los mandatos
 de Hércules en su tálamo y en su ánimo había acogido Hilo,
 y le había llenado el vientre de su noble simiente, cuando así 280
 empieza Alcmena: «Favorézcante a ti las divinidades al menos,
 y abrevien las demoras cuando madura invoques
 a quien preside a las temerosas parturientas, a Ilitía,
 esa a la que a mí me hizo contraria la influencia de Juno.
 Pues del sufridor de las penalidades, de Hércules, cuando ya era 285
 el tiempo de su nacimiento y por la décima constelación pasaba la estrella,
 me extendía su peso el vientre y lo que llevaba
 tan grande era que bien podrías decir que el autor del encerrado
 peso, era Júpiter, y ya tolerar esas fatigas
 más allá yo no podía: como que ahora también mis miembros, mientras 290
 hablo, ocupa un frío horror, y una parte es recordarlo de ese dolor.
 Atormentada durante siete noches y otros tantos días,
 agotada por mis males y tendiendo al cielo los brazos, llamaba
 yo a grandes gritos a Lucina y a los parejos Nixos.
 Ella ciertamente vino, pero previamente corrompida, 295
 y queriendo regalarle mi cabeza a la inicua Juno.
 Y cuando oyó mis gemidos se sentó en aquella
 ara de delante de las puertas y apretándose con la corva derecha
 la rodilla izquierda y con los dedos entre sí juntados en peine
 contenía mis partos; con tácita voz también dijo 300
 unos encantos y retuvieron esos encantos los emprendidos partos.
 Pujo y digo al ingrato Júpiter, fuera de mí, insultos
 vanos, y deseo morirme y en palabras que habrían de mover
 a las duras piedras me lamento; las madres Cadmeides me asisten
 y mis votos sostienen y animan a la doliente. 305
 Una de mis sirvientas, de la media plebe, Galántide,
 flava de pelo, allí asistía, diligente en hacer mis mandatos,
 querida por sus propios servicios. Ella sintió que alguna cosa
 pasaba por causa de la inicua Juno, y mientras sale y entra
 sin cesar por las puertas, a la divina allí sentada vio en el ara, 310
 y los brazos en las rodillas, y sus dedos enlazados manteniendo,
 y: «Quien quiera que eres», dice, «felicita a la señora. Aliviado se ha
 la argólide Alcmena y es dueña, recién parida, de su voto».
 Se sobresaltó y aflojó sus manos juntas, llena de temor,
 la divina señora del vientre, de mis cadenas me alivio yo al aflojarse ellas. 315
 Engañada su divinidad, fama es que se rió Galántide;
 riendo y cogida por su propio pelo la diosa salvaje
 la arrastró y, queriendo ella de la tierra levantar el cuerpo,
 se lo impidió y sus brazos mutó en patas delanteras.
 Su diligencia antigua permanece, ni sus espaldas su color 320
 perdieron: su hermosura, a la anterior, es ahora opuesta.
 La cual, puesto que con mentirosa boca ayudó a una parturienta,
 por la boca pare y nuestras casas, como también antes, frecuenta».


Dríope

     Dijo, y conmovida por el recuerdo de su vieja sirvienta
 gimió hondo. A la cual en su dolor así se dirigió su nuera: 325
 «A ti con todo, oh madre, la belleza arrebatada de una persona
 ajena a nuestra sangre te conmueve. ¿Qué si a ti los hados portentosos
 de mi propia hermana te refiriera? Aunque las lágrimas y el dolor
 me impiden y me prohíben hablar. Fue única para su madre
 -a mí mi padre me engendró de otra-, la más notable por su hermosura 330
 de entre las Ecálides, Dríope. A la cual, careciendo de su virginidad
 y habiendo sufrido violencia del dios que Delfos y Delos tiene,
 la acoge Andremon y se le tiene por feliz de esa esposa.
 Hay un lago que cuesta arriba hace, por su declinante margen,
 la forma de un litoral; su altura mirtales la coronan. 335
 Había venido aquí Dríope, ignorante de sus hados, y para que
 te indignes más, para llevarle a las ninfas unas coronas;
 y en el seno su niño, que aún no había cumplido un año,
 llevaba de dulce carga, y por medio de tibia leche lo alimentaba.
 No lejos de ese pantano, remedando los tirios colores, 340
 en esperanza de bayas florecía un acuático loto.
 Había cogido de ahí Dríope, que de entretenimiento a su hijo
 extendiera, unas flores, y lo mismo me parecía que iba a hacer yo
 -pues presente yo estaba-: vi unas gotas caer de la flor,
 cruentas, y las ramas moverse en tembloroso horror. 345
 Claro era, como cuentan ahora por fin, tarde, los agrestes lugareños,
 que Lótide, la ninfa, huyendo de las obscenidades de Priapo,
 a ella había conferido, salvando su nombre, su transformado aspecto.
 No sabía mi hermana esto; la cual, cuando aterrada quiso
 irse hacia atrás, y retirarse ya adoradas de las ninfas, 350
 prendidos quedaron de una raíz sus pies; por arrancarlos pugna
 y no otra cosa sino su parte más alta mueve. Le crece desde abajo
 y poco a poco le aprieta todas las ingles una flexible corteza.
 Cuando lo vio, intentando con la mano mesarse los cabellos,
 de fronda su mano llenó: frondas su cabeza toda ocupaban. 355
 Mas el niño Anfiso -pues tal nombre su abuelo Éurito a él
 le había añadido- siente que se endurecen los pechos
 de su madre y no obedece al que lo saca el lácteo humor.
 Espectadora asistía yo de ese hado cruel, y ayuda
 no podía a ti ofrecerte, hermana, y cuanto podían mis fuerzas, 360
 creciente el tronco y sus ramas, los detenía estrechándolos y,
 lo confieso, bajo la misma corteza quise esconderme.
 He aquí que su marido Andremon y su padre desgraciadísimo llegan
 y buscan a Dríope: a Dríope, a los que la buscaban,
 se la mostré de loto. A su tibio leño dan besos 365
 y derramándose por las raíces de su querido árbol a él quedan prendidos.
 Nada sino ya su rostro, que no fuera árbol, tenía
 mi qurida hermana: sus lágrimas entre las hojas formadas de su desgraciado
 cuerpo roran, y mientras puede y su boca ofrece
 de voz un camino, tales derrama al aire sus lamentos: 370
 «Si alguna fe se da a los desgraciados, por las divinidades juro
 que yo no he merecido esta impiedad; sufro sin culpa un castigo.
 Vivimos inocente; si miento, que árida pierda
 las frondas que tengo y cortada a segures se me queme.
 Mas quitad a este niño de las maternas ramas 375
 y dadlo a una nodriza, y bajo mi árbol muchas veces
 su leche haced que beba, y que bajo nuestro árbol juegue,
 y cuando pueda hablar, a su madre haced que salude
 y triste diga: 'Se oculta en este tronco mi madre'.
 Pero que los estanques tema y no coja del árbol sus flores, 380
 de los retoños todos piense que el cuerpo son de dioses.
 Querido esposo, adiós, y tú, germana, y padre:
 si es que tenéis piedad, de la herida de la aguda hoz,
 del mordisco del rebaño defended mis frondas,
 y puesto que a mí lícito inclinarme a vosotros no me es, 385
 erigid aquí los brazos y a mis besos venid,
 mientras ser tocados pueden, y levantad a mi pequeño nacido.
 Más cosas decir no puedo. Pues ya por mi blanco cuello una blanda
 corteza serpea y en lo alto de una copa me escondo.
 Quitad de mis ojos las manos. Sin la ofrenda vuestra 390
 tape la corteza que los va cubriendo mis moribundos ojos».
 Dejó a la vez su boca de hablar, a la vez de existir, y mucho tiempo
 en su cuerpo mutado sus ramas recientes se mantuvieron tibias».


Yolao y los hijos de Calírroe; rejuvenecimientos

     Y mientras cuenta Iole ese hecho portentoso, y mientras
 las lágrimas de la Eurítide allegándole su pulgar le seca 395
 Alcmena -llora también ella- contuvo toda
 tristeza una cosa nueva. Pues en el alto umbral se detuvo,
 casi un niño, cubriéndose de un dudoso bozo sus mejillas,
 devuelto su rostro a sus primeros años, Iolao.
 Eso le había dado a él de regalo la Junonia Hebe, 400
 vencida por las súplicas de su marido; la cual, cuando a jurar se disponía
 que dones tales no habría de atribuir ella, después de éste, a nadie,
 no lo permitió Temis: «Pues ya mueve Tebas
 las desavenidas guerras», dijo, «y Capaneo, sino por Júpiter, no podría
 ser vencido, y resultarán parejos en heridas los hermanos 405
 y, sustraída la tierra, sus propios manes verá
 -vivo todavía- el profeta, y habrá de vengar a su padre con su padre
 su hijo, piadoso y criminal por el mismo hecho,
 y, atónito por sus desgracias, desterrado de su mente y de su casa,
 por los rostros de las Euménides y de su madre las sombras será acosado 410
 hasta que a él su esposa le demande el oro fatal,
 y su costado beba -su pariente-la espada de Fegeo.
 Sólo entonces pretenderá del gran Júpiter la Aqueloide
 suplicante, Calírroe, estos años para sus hijos pequeños;
 para no dejar que la muerte del vencedor quede largo tiempo sin vengar, 415
 Júpiter, por ello conmovido, proveerá estos dones a su hijastra
 y a su nuera y los hará hombres en sus impúberes años».
     Cuando esto con su fatícana boca, pronosticadora del avenir,
 hubo dicho Temis, con diversa opinión rumoreaban los altísimos,
 y por qué no a otros estaba permitido conceder los mismos dones 420
 su murmullo era: se lamenta la Palantíade de que viejos los años
 de su esposo sean, se lamenta de que encanezca su Iasíon
 la tierna Ceres, una repetida edad demanda
 Múlciber para Erictonio, a Venus también le alcanza el cuidado
 del fururo, y los años de Anquises estipula que se renueven. 425
 Por quién afanarse dios todo tiene; y crece con el favor
 la túrbida sedición, hasta que su boca Júpiter
 libera y: «Oh, de nos si tenéis algún temor», dijo,
 «¿a dónde os lanzáis? ¿Acaso tanto se cree alguno que puede
 que incluso a los hados supere? Por los hados ha vuelto 430
 Iolao a los años que pasó, por los hados rejuvenecer deben
 de Calírroe los engendrados, no por ambición ni armas.
 A vosotros también, y para que lo admitáis con un ánimo mejor,
 incluso a mí los hados me rigen, los cuales, si para mudarlos tuviera fuerza,
 no encorvarían a mi querido Éaco sus tardíos años, 435
 y perpetua la flor de su edad, con el Minos mío, Radamanto
 tendría, al cual, a causa de los amargos pesos
 de la vejez, se le desprecia y no en el orden que antes reina».
 Las palabras de Júpiter conmovieron a los dioses y ninguno puede,
 al ver agotados a Radamantis y a Éaco de sus años, 440
 y a Minos, quejarse; el cual, mientras estuvo intacto de su edad,
 había aterrado a grandiosos pueblos incluso con su solo nombre;
 entonces hallábase inválido, y del Diónida, en el vigor
 de su juventud, de Mileto, soberbio de su padre Febo,
 tenía miedo, y creyendo que se alzaba contra sus reinos 445
 no, aun así, alejarle de sus penates patrios osó.
 Por tu voluntad, Mileto, propia huyes, y en una rápida quilla
 mides las aguas egeas, y en la tierra asiática
 constituyes unas murallas que tienen el nombre de su ponedor.
 

Biblis

     Aquí tú, mientras sigue ella las curvaturas de su ribera paterna, 450
 la hija de Menandro, el que tantas veces regresa a sí mismo,
 cuando la conociste, a Ciánea, de prestante hermosura su cuerpo,
 a Biblis junto con Cauno parió ella, prole gemela.
 Biblis de ejemplo está para que amen lo concedido las niñas:
 Biblis, arrebatada por el deseo de su hermano, el descendiente de Apolo: 455
 no como una hermana a su hermano, ni por donde debía, le amaba.
 Ella realmente al principio no los entendió fuegos ningunos,
 ni pecar considera el que tantas veces sus labios le una,
 el que de su hermano circunden sus brazos el cuello,
 y mucho tiempo se engaña de la piedad con la mendaz sombra. 460
 Poco a poco declina el amor, y a ver a su hermano
 arreglada viene y demasiado desea hermosa parecer,
 y si alguna hay allí más hermosa, se enoja de ella.
 Pero todavía no se es manifiesta a sí misma y bajo aquel fuego
 no hace ningún voto, empero bulle por dentro. 465
 Ya dueño le llama, ya los nombres de la sangre odia,
 Biblis ya prefiere, a que la llame él hermana.
 Pero esperanzas obscenas a su corazón no se atreve
 a condescender despierta; relajada en el descanso plácido,
 a menudo ve lo que ama: le pareció incluso que unía a su hermano 470
 su cuerpo y enrojeció aunque dormida yacía.
 El sueño marcha. Calla ella largo tiempo y recuerda del descanso
 ella suyo la imagen y con dubitativo corazón así habla:
 «Desgraciada de mí, ¿qué pretende esta imagen de la callada noche,
 cual no quisiera yo que ratificado fuera? ¿Por qué he visto esos sueños? 475
 Él realmente es hermoso a los ojos, aun los inicuos,
 y gusta, y podría yo, si no fuera mi hermano, amarle,
 y de mí digno era; pero para mi mal soy su hermana.
 En tanto que nada tal despierta acometer intente,
 puede muchas veces volver bajo semejante imagen el sueño. 480
 Testigo no tiene el sueño y no poco tiene de imitado placer.
 Por Venus y con su tierna madre el volador Cupido,
 goces cuán grandes sentí, cuán manifiesto deleite
 me ha alcanzado, cuán relajada hasta en las médulas he quedado,
 cómo acordarse agrada. Aunque breve ese placer, 485
 y la noche fue precipitada, y envidiosa de lo emprendido en mí.
 «Oh yo, si lícito sea, mutado el nombre, unirnos,
 qué bien, Cauno, podría la nuera ser de tu padre,
 qué bien, Cauno, podrías el yerno ser de mi padre.
 Todo -los dioses lo hicieran- sería común para nosotros, 490
 excepto los abuelos: tú, que yo, quisiera que más noble fueras.
 No sé a quién harás pues, bellísimo, madre,
 mas para mí, la que mal he sido agraciada con los padres que tú,
 nada sino hermano serás. Que lo impide, esto tendremos solo.
 ¿Qué me indican entonces mis visiones? Aunque qué peso 495
 tienen los sueños. ¿O es que tienen también los sueños peso?
 Los dioses mejor lo quieran... Los dioses, por cierto, suyas hicieron a sus hermanas.
 Así Saturno a Ops, unida a él por sangre, la tomó,
 Océano a Tetís, a Juno el regidor del Olimpo.
 Tienen los altísimos sus propias leyes. ¿Por qué los ritos humanos 500
 hacia los celestiales y opuestos pactos intento pasar?
 O, prohibido, de mi corazón se ha de ahuyentar este ardor,
 o si esto no puedo, perezca yo, suplico, antes, y que en el lecho
 muerta se componga y depositada me dé de su boca besos mi hermano.
 Y aun así del arbitrio de dos requiere un tal asunto. 505
 Supón que me place a mí: crimen le parecerá que es a él.
 Mas no temieron los Eólidas los tálamos de sus hermanas.
 ¿Pero de dónde conozco a ésos? ¿Por qué he preparado estos ejemplos?
 ¿A dónde me llevo? Obscenas llamas, marchad lejos de aquí,
 y no, sino por donde es lícito a una hermana, mi hermano sea amado. 510
 Pero, si él mismo de mi amor el primero hubiera sido cautivado,
 quizás al de él podría yo condescender, a su loco amor.
 ¿Así pues yo, lo que no habría de rechazar a su pretendiente,
 debería yo misma pretender? ¿Podrás hablar? ¿Podrás confesar?
 Obligará el amor, podré. O, si el pudor mi boca tiene, 515
 una carta arcana confesara mis fuegos escondidos».
     Esto decide, esta decisión venció su dubitativo corazón;
 hacia un lado se yergue y apoyada en su codo izquierdo:
 «Él verá», dice. «Malsanos, confesemos estos amores.
 Ay de mí, ¿en qué estoy cayendo? ¿Cuál el fuego que ha concebido mi mente?». 520
 Y las meditadas palabras compone con mano temblorosa.
 Su diestra sostiene un hierro, la cera vacía sostiene la otra.
     Empieza y duda, escribe y condena las tablillas,
 y anota y borra, cambia e inculpa y aprueba
 y en turnos cogidas las deja y dejadas las retoma. 525
 Qué cosa quiere, no sabe. Cuanto le parece que va a hacer,
 le desplace. En su rostro está la audacia mezclada con el pudor.
 Escrita «Tu hermana» estaba: le pareció borrar a la hermana,
 y palabras grabar en las corregidas ceras tales:
 «La que si tú no le dieras no ha de tener ella, salud 530
 te manda tu enamorada. Le avergüenza, ay, le avergüenza revelar su nombre
 y si qué deseo quieres saber, sin mi nombre quisiera
 que pudiera llevarse mi causa, y que no conocida antes
 Biblis fuera, de que la esperanza de mis votos certera hubiese sido.
 De mi herido pecho, realmente, serte podía el delator 535
 mi color, mi delgadez y mi rostro, y húmedos tantas veces
 mis ojos, y mis suspiros movidos por causa no patente,
 y los continuos abrazos, y los besos -si acaso notaste-
 que sentirse podían que no eran los de una hermana.
 Yo misma, aun así, aunque en mi ánimo una grave herida tenía, 540
 aunque en mi interior había un furor de fuego, todo lo hice
 -me son los dioses testigos- para que por fin más sana estuviera,
 y pugné mucho tiempo por ahuyentar, violentas, las armas
 de Cupido, infeliz, y más de lo que creerías que puede soportar
 una muchacha, dura, yo lo he soportado. A confesarme vencida 545
 obligada me veo, y la ayuda tuya a implorar con temerosos votos:
 tú puedes salvar, tú perder el único a tu amante.
 Elige qué de ambas cosas harás. No una enemiga tal te suplica,
 sino la que, aunque a ti esté unidísima, más unida estar
 ansía y con un lazo contigo más cercano atarse. 550
 Las leyes conozcan los viejos y, qué sea lícito y sacrílego
 y piadoso sea, ellos inquieran, y de las leyes los fieles observen.
 Conveniente Venus es la temeraria a los años nuestros.
 Qué sea lícito ignoramos aún, y todo lícito
 creemos y seguimos de los grandes dioses el ejemplo. 555
 Y no un duro padre o el temor de la fama
 o el miedo se nos opondrá; aunque haya motivo de temor:
 dulce, bajo el nombre fraterno, nuestros hurtos esconderemos.
 Tengo la libertad de hablar contigo en secreto,
 y nos damos abrazos y unimos los labios en público. 560
 ¿Cuánto es lo que falta? Compadécete de quien confiesa su amor
 y no lo habría de confesar si no la obligara el último ardor,
 y no merezcas ser suscrito como causa en mi sepulcro».
     La cera abandonó, llena, a su mano que en ella surcaba en vano
 tales cosas, y en el margen quedó prendido el supremo verso. 565
 En seguida firma sus delitos imprimiéndoles su gema,
 la cual tiñó de sus lágrimas -a su lengua había abandonado su humor-,
 y de sus criados a uno, pudorosa, llamó
 y -asustado de ello- lisonjeándolo: «Llévalas, el más fiel, a nuestro...»
 dijo, y añadió tras largo tiempo, «hermano». 570
 Al dárselas, escurriéndosele de las manos cayeron las tablillas;
 por el presagio quedó turbada, las mandó aun así. El sirviente, cuando halló
 unos tiempos aptos, se acerca y le entrega las ocultas palabras.
 Atónito, con súbita ira el joven Meandrio
 tiró las tablillas recibidas, leída una parte, 575
 y apenas conteniendo su mano de la cara del tembloroso sirviente:
 «Mientras puedes, oh criminal autor de este vedado placer,
 huye», dice, «que si tus hados no se llevaran
 consigo mi pudor, tus castigos me habrías pagado con tu muerte».
 Él huye espantado y a su dueña las feroces palabras 580
 de Cauno refiere. Palideces, Biblis, al oír su repulsa,
 y se espanta asediado por un glacial frío tu cuerpo.
 Pero cuando en sí volvió su mente al par volvieron sus furores
 y su lengua apenas dio al aire, por ellas herido, palabras tales:
 «Y con razón, pues ¿por qué, temeraria, de la herida esta 585
 he hecho delación? ¿Por qué, las que esconder se hubieron,
 tan rápido encomendé a unas apresuradas tablillas, mis palabras?
 Antes con ambiguas frases debí sondear el designio
 de su corazón. Para que no dejara de seguirme en mi camino,
 en parte alguna de la vela hubiera debido notar cuál sería la brisa, 590
 y por un mar seguro correr quien ahora
 por no explorados vientos he llenado mis lienzos.
 Me veo arrastrada a los escollos pues, y volcada me cubre
 el océano todo, y no tienen mis velas retornos.
 Y qué de que con presagios ciertos se me prohibía 595
 condescender al amor mío, ya entonces, cuando al ordenar llevarla
 se me cayó e hizo la cera caducas nuestras esperanzas.
 ¿Acaso no debió ser o aquel día o toda mi voluntad
 -pero mejor el día- cambiado? Un dios mismo me amonestaba
 y señales ciertas me daba: de no haber estado mal sana. 600
 Aun así yo misma hablar, y no encomendarme a la cera,
 había debido, y presente descubrir mis locos amores.
 Hubiese visto él mis lágrimas, mi rostro hubiese visto de amante,
 más cosas decir podía que las que las tablillas cogieron.
 Contra su voluntad pude circundar mis brazos a su cuello 605
 y si fuera rechazada pudo vérseme casi morir,
 y abrazarme a sus pies, y allí derramada demandarle la vida.
 Todo lo hubiese hecho, de entre lo cual, si cada cosa su dura
 mente doblegar no pudiera, lo hubiese podido todo junto.
 Quizás incluso sea también alguna la culpa del sirviente que envié: 610
 no se acercó apropiadamente, ni eligió, creo, idóneos
 los tiempos, ni buscó la hora y el ánimo desocupado.
 Esto es lo que me hizo mal; pues de una tigresa no ha nacido,
 ni rigurosas piedras o sólido en su pecho el hierro
 o acero lleva, ni la leche bebió él de una leona. 615
 Será vencido. Habrá de buscársele nuevamente, ni cansancio alguno
 admitiré de lo emprendido mientras el aliento este permanezca.
 Pues lo primero era, si lo que he hecho se pudiera revocar,
 no haber empezado: lo empezado expugnar es lo segundo.
 Es lo cierto que él no puede, aunque ya abandonara mis votos, 620
 no acordarse para siempre, con todo, de mi osadía.
 Y, porque he desistido, más livianamente pareceré
 que lo he querido, o incluso que a él lo he tentado, o que con insidias lo he buscado:
 o incluso realmente que no por éste que omnipresente empuja y quema
 el pecho nuestro, por este dios, sino por el mero deseo me creerá vencida. 625
 Finalmente, ya no puedo nada haber cometido nefando;
 le he escrito y lo he pretendido: mancillada está mi voluntad;
 aunque nada añada no puedo no culpable ser llamada.
 Lo que resta mucho es para mis votos, para mis delitos poco».
     Dijo y -tanta es la discordia de su incierta mente- 630
 aunque le pesa el haberlo intentado, gusta de intentarlo, y de la medida
 se excede e infeliz acomete muchas veces el que se la rechace.
 Luego, cuando ya no tiene un final, de su patria huye él y de la abominación,
 y en una tierra extraña pone unas nuevas murallas.
 Entonces verdaderamente dicen que la afligida Milétide de toda 635
 su mente se apartó, entonces verdaderamente de su pecho se rasgó
 el vestido, y se golpeó en duelo furibunda sus propios brazos,
 y ya abiertamente está fuera de sí misma, y de la no concedida Venus
 confiesa su esperanza, sin la cual, su patria y sus odiados penates
 abandona y sigue las huellas de su prófugo hermano, 640
 e igual que movidas por tu tirso, vástago de Sémele,
 las ismarias bacantes celebran tus reiterados trienios,
 a Biblis no de otro modo aullar por los anchos campos
 vieron las nueras de Búbaso; las cuales dejadas,
 anda errante ella por toda la Caria y los acorazados Léleges, y Licia. 645
 Ya el Crago y Límira había dejado atrás, y del Janto las ondas,
 y la cima en que la Quimera por sus partes de en medio, fuego,
 pecho y rostro de leona, cola de serpiente poseía:
 te abandonan los bosques cuando tú, agotada de la persecución,
 caes al suelo, y puestos en la dura tierra tus cabellos, 650
 Biblis, quedas tendida, y sobre las frondas tu cara pones, caducas.
 Muchas veces a ella las nifas con sus tiernos brazos, las Lelégides,
 levantarla intentaron, muchas veces de que remedie su amor
 la aperciben y allegan consuelos a su sorda mente.
 Muda yace, y verdes hierbas retiene en sus uñas 655
 Biblis y humedece las gramas con el río de sus lágrimas.
 Las Naides a ellas una vena que nunca secarse pudiera
 dicen que debajo le pusieron. Pues ¿qué más grande que darle habían?
 En seguida, como de la cortada corteza de una pícea las gotas,
 o como tenaz de la grávida tierra mana el betún, 660
 y como al adviento del favonio, que sopla lene,
 con el sol se ablanda de nuevo la onda que el frío detuvo,
 así de sus lágrimas consumida la Febeia Biblis
 se torna en manantial, el cual ahora todavía en los valles aquellos
 el nombre tiene de su dueña, y bajo una negra encina mana. 665


Ifis

     La fama de ese nuevo portento las cien ciudades quizás
 de Creta hubiese llenado, si los prodigios poco antes
 de Ifis mutada, más cercanos, no hubiese sufrido Creta.
 Próxima al reino gnosíaco, en efecto, en otro tiempo, la tierra
 de Festo engendró, de nombre desconocido, a Ligdo, 670
 hombre de la plebe libre, y no su hacienda en él
 mayor era que su nobleza, pero su vida -y su crédito-
 inculpada fue. El cual, a los oídos de su grávida esposa,
 con las palabras estas le advertía cuando ya cerca se hallaba el parto:
 «Lo que yo encomendaría dos cosas son: que con el mínimo dolor te alivies, 675
 y que un varón paras. Más onerosa la otra suerte es
 y fuerzas la fortuna le niega. Cosa que abomino, así pues,
 si ha de salir acaso una hembra de tu parto,
 -contra mi voluntad te lo encargo: piedad, perdónamelo- se la matará».
 Había dicho, y de lágrimas profusas su rostro bañaron 680
 tanto el que lo encargaba como a la que los encargos eran dados.
 Pero aun así incluso, Teletusa a su marido con las vanas
 súplicas inquieta de que no le ponga a ella su esperanza en esa angostura;
 cierta la decisión suya es, de Ligdo. Y ya de llevar
 apenas capaz era ella su vientre grave de su maduro peso, 685
 cuando en medio del espacio de la noche, bajo la imagen de un sueño
 la Ináquida ante su lecho, cortejada de la pompa de sus sacramentos,
 o estaba o lo parecía: puestos en su frente estaban sus cuernos
 lunares, con espigas rutilantes de nítido oro,
 y con su regio ornato; con ella el ladrador Anubis 690
 y la santa Bubastis, variegado de colores Apisa,
 y el que reprime la voz y con el dedo a los silencios persuade;
 y los sistros estaban, y nunca bastante buscado Osiris,
 y plena la serpiente extranjera de somníferos venenos.
 entonces, como a una que se hubiera sacudido el sueño y viera lo manifiesto, 695
 así se le dirigió la diosa: «Parte, oh Teletusa, de mis seguidoras,
 deja tus graves pesares y a los mandados de tu marido falta;
 y no duda, cuando de tu parto Lucina te aligere,
 en recoger lo que ello sea. Soy la diosa del auxilio, y ayuda
 cuando se me implora llevo, y no te lamentarás de haber adorado 700
 a un numen ingrato». Le aconsejó, y se retiró de su tálamo.
     Contenta se levanta del lecho y levantando sus puras manos
 suplicante la cretense a las estrellas, que sus visiones sean confirmadas suplica.
 Cuando el dolor creció y a sí mismo se expulsó su propio peso
 a las auras, y nació una hembra, sin saberlo el padre, 705
 ordenó que se le alimentara su madre mintiéndola niño; crédito
 la cosa tuvo y no era del fingimiento cómplice sino la nodriza.
 Sus votos el padre cumple y el nombre le impone de su abuelo:
 Ifis el abuelo había sido. Se alegró del nombre la madre
 porque común era y a nadie se engañaría con él. 710
 Desde ahí emprendidas las mentiras, en ese piadoso fraude quedaron ocultas:
 su tocado era el de un niño, su cara la que si a una niña,
 o si la dieras a un niño, fuera hermoso uno y la otra.
 El tercer año mientras tanto al décimo había sucedido,
 cuando tu padre, Ifis, te promete a la rubia Iante, 715
 entre las Festíadas, la que más alabada por la dote
 de su hermosura fue, la virgen, nacida del dicteo Telestes.
 Pareja la edad, pareja su hermosura era, y las primeras artes
 recibieron de unos maestros -los rudimentos de su edad- comunes;
 de aquí que el amor de ambas alcanzara su inexperto pecho, y una igual 720
 herida a las dos hizo, pero era su confianza dispar:
 el matrimonio y los tiempos de la pactada antorcha ansía,
 y la que hombre piensa que es, que su hombre será cree Iante;
 Ifis ama a una de quien poder gozar no espera, y aumenta
 por ello mismo sus llamas y arde por la virgen una virgen, 725
 y apenas conteniendo las lágrimas: «¿Qué salida me espera», dice,
 «de quien conocida por nadie, de quien el prodigioso pesar de una desconocida
 Venus se ha adueñado? Si los dioses me querían salvar,
 salvar me habían debido, si no, y perderme querían,
 un mal natural al menos y de costumbre me hubiesen dado. 730
 Y a la vaca no el de la vaca, y a las yeguas el amor de las yeguas no abrasa;
 abrasa a las ovejas el carnero, sigue su hembra al ciervo;
 así también se unen las aves, y, entre los seres vivos todos,
 hembra arrebatada por el deseo de una hembra ninguna hay.
 Quisiera que ninguna yo fuera. Para que no dejara Creta, aun así, 735
 de criar todos los portentos, a un toro amó la hija del Sol,
 hembra desde luego a un macho: es más furioso que aquel,
 si la verdad profeso, el amor mío; aun así, ella seguía
 una esperanza de esa Venus; aun así ella, con engaños y la imagen de una vaca,
 sintió al toro, y había, al que se engañara, un adúltero. 740
 Aquí, aunque de todo el orbe la destreza confluyera,
 aunque el mismo Dédalo revolara con sus enceradas alas,
 ¿qué había de hacer? ¿Acaso a mí muchacho, de doncella, con sus doctas
 artes me volviera? ¿Acaso a ti te mutaría, Iante?
 Por qué no afirmas tu ánimo y tú misma te recompones, Ifis, 745
 y carentes de consejo y estúpidos rechazas unos fuegos.
 Qué hayas nacido, ve, si no es que a ti misma también te engañas,
 y busca lo que lícito es y ama lo que mujer debes.
 La esperanza es quien lo capta, la esperanza es quien alimenta al amor:
 de ella a ti la realidad te priva: no te aparta una custodia del querido 750
 abrazo, ni de un cauto marido el cuidado,
 no de un padre la aspereza, no al tú rogarla ella misma a sí se niega,
 y no, aun así, has de poseerla tú, y no, aunque todo ocurriera,
 puedes ser feliz, aunque dioses y hombres se afanen.
 Ahora incluso, de mis votos, ninguna parte hay vana 755
 y los dioses a mí propicios cuanto pudieron me han dado.
 Lo que yo quiere mi padre, quiere ella misma, y mi suegro futuro;
 mas no quiere la naturaleza, más potente que todo esto,
 la que sola a mí me hace mal. He aquí que llega un deseable tiempo
 y la luz conyugal se acerca, y ya mía se hará Iante... 760
 Y no me alcanzará: tendremos sed en medio de las ondas.
 ¿Por qué, Prónuba Juno, por qué, Himeneo, venís
 a estos sacrificios, en los que quien nos lleve falta, donde somos novias ambas?».
 Calló tras esto su voz. Y no más lene la otra virgen
 se abrasa, y que rápido llegues, Himeneo, suplica. 765
 Lo que pide, a ello temiendo Teletusa, ya difiere los tiempos,
 ahora con fingida postración la demora alarga, augurios muchas veces
 y visiones pretexta; pero ya había consumido toda
 materia de mentira y, dilatados, los tiempos de la antorcha
 apremiaban, y un solo día restaba: mas ella 770
 la venda del pelo a su hija y a sí misma de la cabeza
 detrae y sueltos, al ara abrazada, los cabellos:
 «Isis, el paretonio y los mareóticos campos y Faros,
 tú, que honras, y distribuidos en siete cuernos el Nilo,
 presta, te suplico», dice, «tu ayuda y remedia nuestro temor. 775
 A ti, diosa, a ti misma hace tiempo, y tuyas estas enseñas, vi,
 y todo lo he reconocido, el sonido y el séquito de bronce...
 De los sistros y en mi memorativo corazón tus mandatos inscribí.
 El que ella vea esta luz, el que yo no sufra castigo, he aquí
 que consejo y regalo tuyo es. Compadécete de las dos, 780
 y con tu auxilio nos ayuda». Lágrimas siguieron a esas palabras.
 Pareció la diosa que movió -y había movido- sus aras,
 y del templo temblaron las puertas, y que remedan a la luna,
 fulgieron sus cuernos, y crepitó el sonable sistro.
 No tranquila, ciertamente, pero del fausto augurio contenta, 785
 la madre sale del templo; la sigue su acompañante, Ifis, al ella marchar,
 de lo acostumbrado con paso más grande, y no su albor en su rostro
 permanece, y sus fuerzas se acrecen, y más acre su mismo
 rostro es, y más breve la medida de sus no acicalados cabellos,
 y más vigor le asiste que tuvo de mujer. Pues la que 790
 mujer poco antes eras, un muchacho eres. Dad ofrendas a los templos,
 y no con tímida confianza alegraos. Dan ofrendas a los templos,
 añaden también un título; el título una breve canción tenía:
 «ESTOS · DONES · DE · MUCHACHO · CUMPLIÓ · QUE · DE · MUJER · VOTÓ · IFIS».
     La posterior luz con sus rayos había revelado el ancho orbe, 795
 cuando Venus y Juno e Himeneo a los sociales fuegos
 concurren, y posee, de muchacho, Ifis a su Iante.

 

 Libro X


Orfeo y Eurídice

     De ahí por el inmenso éter, velado de su atuendo
 de azafrán, se aleja, y a las orillas de los cícones Himeneo
 tiende, y no en vano por la voz de Orfeo es invocado.
 Asistió él, ciertamente, pero ni solemnes palabras,
 ni alegre rostro, ni feliz aportó su augurio; 5
 la antorcha también, que sostenía, hasta ella era estridente de lacrimoso humo,
 y no halló en sus movimientos fuegos ningunos.
 El resultado, más grave que su auspicio. Pues por las hierbas, mientras
 la nueva novia, cortejada por la multitud de las náyades, deambula,
 muere al recibir en el tobillo el diente de una serpiente. 10
 A la cual, a las altísimas auras después que el rodopeio bastante hubo llorado,
 el vate, para no dejar de intentar también las sombras,
 a la Estige osó descender por la puerta del Ténaro,
 y a través de los leves pueblos y de los espectros que cumplieran con el sepulcro,
 a Perséfone acude y al que los inamenos reinos posee, 15
 de las sombras el señor, y pulsados al son de sus cantos los nervios,
 así dice: «Oh divinidades del mundo puesto bajo el cosmos,
 al que volvemos a caer cuanto mortal somos creados,
 si me es lícito, y, dejando los rodeos de una falsa boca,
 la verdad decir dejáis, no aquí para ver los opacos 20
 Tártaros he descendido, ni para encadenar las triples
 gargantas, vellosas de culebras, del monstruo de Medusa.
 Causa de mi camino es mi esposa, en la cual, pisada,
 su veneno derramó una víbora y le arrebató sus crecientes años.
 Poder soportarlo quise y no negaré que lo he intentado: 25
 me venció Amor. En la altísima orilla el dios este bien conocido es.
 Si lo es también aquí lo dudo, pero también aquí, aun así, auguro que lo es
 y si no es mentida la fama de tu antiguo rapto,
 a vosotros también os unió Amor. Por estos lugares yo, llenos de temor,
 por el Caos este ingente y los silencios del vasto reino, 30
 os imploro, de Eurídice detened sus apresurados hados.
 Todas las cosas os somos debidas, y un poco de tiempo demorados,
 más tarde o más pronto a la sede nos apresuramos única.
 Aquí nos encaminamos todos, esta es la casa última y vosotros
 los más largos reinados poseéis del género humano. 35
 Ella también, cuando sus justos años, madura, haya pasado,
 de la potestad vuestra será: por regalo os demando su disfrute.
 Y si los hados niega la venia por mi esposa, decidido he
 que no querré volver tampoco yo. De la muerte de los dos gozaos».
 Al que tal decía y sus nervios al son de sus palabras movía, 40
 exangües le lloraban las ánimas; y Tántalo no siguió buscando
 la onda rehuida, y atónita quedó la rueda de Ixíon,
 ni desgarraron el hígado las aves, y de sus arcas libraron
 las Bélides, y en tu roca, Sísifo, tú te sentaste.
 Entonces por primera vez con sus lágrimas, vencidas por esa canción, fama es 45
 que se humedecieron las mejillas de las Euménides, y tampoco la regia esposa
 puede sostener, ni el que gobierna las profundidades, decir que no a esos ruegos,
 y a Eurídice llaman: de las sombras recientes estaba ella
 en medio, y avanzó con un paso de la herida tardo.
 A ella, junto con la condición, la recibe el rodopeio héroe, 50
 de que no gire atrás sus ojos hasta que los valles haya dejado
 del Averno, o defraudados sus dones han de ser.
 Se coge cuesta arriba por los mudos silencios un sendero,
 arduo, oscuro, de bruma opaca denso,
 y no mucho distaban de la margen de la suprema tierra. 55
 Aquí, que no abandonara ella temiendo y ávido de verla,
 giró el amante sus ojos, y en seguida ella se volvió a bajar de nuevo,
 y ella, sus brazos tendiendo y por ser sostenida y sostenerse contendiendo,
 nada, sino las que cedían, la infeliz agarró auras.
 Y ya por segunda vez muriendo no hubo, de su esposo, 60
 de qué quejarse, pues de qué se quejara, sino de haber sido amada,
 y su supremo adiós, cual ya apenas con sus oídos él
 alcanzara, le dijo, y se rodó de nuevo adonde mismo.
 No de otro modo quedó suspendido por la geminada muerte de su esposa Orfeo
 que el que temeroso de ellos, el de en medio portando las cadenas, 65
 los tres cuellos vio del perro, al cual no antes le abandonó su espanto
 que su naturaleza anterior, al brotarle roca a través de su cuerpo;
 y el que hacia sí atrajo el crimen y quiso parecer,
 Óleno, que era culpable; y tú, oh confiada en tu figura,
 infeliz Letea, las tuyas, corazones unidísimos 70
 en otro tiempo, ahora piedras a las que húmedo sostiene el Ida.
 Implorante, y en vano otra vez atravesar queriendo,
 el barquero le vetó: siete días, aun así él,
 sucio en esa ribera, de Ceres sin la ofrenda estuvo sentado.
 El pesar y el dolor del ánimo y lágrimas sus alimentos fueron. 75
 De que eran los dioses del Érebo crueles habiéndose lamentado, hacia el alto
 Ródope se recogió y, golpeado de los aquilones, al Hemo.
     Al año, concluido por los marinos Peces, el tercer
 Titán le había dado fin, y rehuía Orfeo de toda
 Venus femenina, ya sea porque mal le había parado a él, 80
 o fuera porque su palabra había dado; de muchas, aun así, el ardor
 se había apoderado de unirse al vate: muchas se dolían de su rechazo.
 Él también, para los pueblos de los tracios, fue el autor de transferir
 el amor hacia los tiernos varones, y más acá de la juventud
 de su edad, la breve primavera cortar y sus primeras flores. 85


Catálogo de árboles; Cipariso

     Una colina había, y sobre la colina, llanísima, una era
 de campo, a la que verde hacían de grama sus hierbas.
 De sombra el lugar carecía; parte en la cual, después que se sentara,
 el vate nacido de los dioses, y de que sus hilos sonantes puso en movimiento,
 sombra al lugar llegó: no faltó de Caón el árbol, 90
 no bosque de las Helíades, no de frondas altas la encina,
 ni tilos mullidos, ni haya e innúbil láurea,
 y avellanos frágiles y fresno útil para las astas,
 y sin nudo el abeto, y curvada de bellotas la encina
 y el plátano natalicio, y el arce de colores desigual, 95
 y, los que honráis las corrientes, juntos los sauces y el acuático loto,
 y perpetuamente vigoroso el boj y los tenues tamariscos,
 y bicolor el mirto, y de sus bayas azul la higuera.
 Vosotras también, de flexible pie las hiedras, vinisteis y, a una,
 las pampíneas vides, y vestidos de esa vid los olmos, 100
 y los fresnos y las píceas, y de su fruto rojeciente cargado
 el madroño, y dúctiles, del vencedor los premios, las palmas,
 y recogido su pelo y de erizada coronilla el pino,
 grato de los dioses a la madre, si realmente el Cibeleio Atis
 se despojó en ella de su ser humano y de endurecerse hubo en aquel tronco. 105
     Asistió a esta multitud, a las metas imitando, el ciprés,
 ahora árbol, muchacho antes, del dios aquel amado
 que la cítara a los nervios, a los nervios templa el arco.
 Pues sagrado para las ninfas que poseen de la Cartea los campos,
 un ingente ciervo había, y con sus cuernos, ampliamente manifiestos, 110
 él a su propia cabeza altas se ofrecía sus sombras;
 sus cuernos fulgían de oro, y bajando a sus espaldillas,
 colgaban enjoyados collares en su torneado cuello;
 una borla sobre su frente, argentina, con pequeñas cinchas
 atada se le movía, y de pareja edad, brillaban 115
 desde sus gemelas orejas alrededor de sus cóncavas sienes, unas perlas.
 Y él, de miedo libre y depuesto su natural
 temor, frecuentar las casas y ofrecer para acariciar su cuello,
 a cualesquiera desconocidas manos, acostumbraba.
 Pero, aun así, antes que a otros, oh el más bello de las gentes de Ceos, 120
 grato te era, Cipariso, a ti. Tú hasta los pastos nuevos
 a ese ciervo, tú lo llevabas del líquido manantial hasta su onda,
 tú ora le tejías variegadas por sus cuernos unas flores,
 ahora, cual su jinete, en su espalda sentado para acá y para allá contento
 blanda moderabas su boca con purpurinos cabestros. 125
 El calor era, y mediado el día, y del vapor del sol,
 cóncavos hervían los brazos del ribereño Cáncer.
 Fatigado, en la herbosa tierra depositó su cuerpo
 el ciervo, y de la arboleada sombra se llevaba el frío.
 A él el muchacho, imprudente, Cipariso, le clavó una jabalina 130
 aguda, y cuando lo vio a él muriendo de la salvaje herida
 decidió que él quería morir. Qué consuelos no le dijo Febo
 y cúanto le advirtió que ligeramente y con relación a su motivo
 se doliera. Gime él, aun así, y de presente supremo
 esto pide de los altísimos, que luto él sintiera en todo tiempo. 135
 Y ya agotada su sangre por los inmensos llantos
 hacia un verde color empezaron a tornarse sus miembros
 y los que ahora poco de su nívea frente colgaban, sus cabellos,
 a volverse una erizada melena y, asumida una rigidez,
 a contemplar, estrellado, con su grácil copa el cielo. 140
 Gimió hondo y triste el dios: «Luto serás para nos,
 y luto serán para ti otros, y asistirás a los dolientes», dice.
     Tal bosque el poeta se había atraído y en el concilio
 de las fieras, central él de su multitud y de los pájaros, estaba sentado;
 cuando bastante hubo templado pulsadas con su pulgar las cuerdas 145
 y sintió que variados, aunque diversos sonaran,
 concordaban sus ritmos, con esta canción acompasó su voz:


Canción de Orfeo: proemio

     «Desde Júpiter, oh Musa madre -ceden todas las cosas al gobierno de Júpiter-,
 entona los cantos nuestros. De Júpiter muchas veces su poderío
 he dicho antes: canté con plectro más grave a los Gigantes 150
 y esparcidos por los campos de Flegra sus vencedores rayos.
 Ahora menester es de una más liviana lira, a los muchachos cantemos
 amados de los altísimos, y a las niñas que atónitas
 por no concedidos fuegos, merecieron por su deseo un castigo.
 

Ganimedes
 
     El rey de los altísimos, un día, del frigio Ganimedes en el amor 155
 ardió, y hallado fue algo que Júpiter ser prefiriera,
 antes que lo que él era. En ninguna ave, aun así, convertirse
 se digna, sino la que pudiera soportar sus rayos.
 Y no hay demora, batido con sus mendaces alas el aire,
 robó al Ilíada, el cual ahora también copas le mezcla, 160
 y, de Juno a pesar, a Júpiter el néctar administra.


Jacinto

     «A ti también, Amiclida, te hubiese puesto en el éter Febo,
 triste, si espacio para ponerte tus hados te hubiesen dado;
 lo que se puede, eterno aun así eres, y cuantas veces rechaza
 la primavera el invierno, y al Pez acuoso el Carnero sucede, 165
 tú tantas veces naces, y verdes en el césped las flores.
 A ti el genitor mío ante todos te amó y, del mundo
 en su centro, abandonada careció de su soberano Delfos,
 mientras tal dios el Eurotas y no fortificada frecuenta
 a Esparta. Y ni las cítaras, ni están en su honor las saetas: 170
 olvidado él aun de sí mismo, no las redes llevar rehúsa,
 no haber sujetado a los perros, no por las crestas del monte inicuo
 ir de comitiva y, con tal larga costumbre, alimenta él sus llamas.
 Y ya casi central el Titán, de la sucesiva y de la pasada
 noche, estaba, y en espacio parejo distaba de ambos puntos. 175
 Sus cuerpos de ropa aligeran y con el jugo del pingüe olivo
 resplandecen y del ancho disco inician las competiciones,
 el cual, primero balanceado, Febo lo envía a las aéreas auras
 y desgarró con su peso, a él opuestas, las nubes.
 Recayó sólida tras largo tiempo en la tierra 180
 su peso, y había exhibido él su arte, unido con sus fuerzas.
 En seguida, imprudente, y movido por la pasión del juego,
 a coger el Tenárida su círculo se apresuraba, mas a él,
 dura, devuelto el golpe de su herida, lo lanzó la tierra
 contra el rostro, Jacinto, tuyo. Palideció, e igualmente 185
 que el muchacho el mismo dios, y colapsados recogió tus miembros,
 y ya te reanima, ya tristes tus heridas seca,
 ahora tu aliento, que huye, sostiene aplicándole sus hierbas.
 Nada aprovechan su artes; era inmedicable herida.
 Como si alguien sus violas o la rígida adormidera en un huerto 190
 y los lirios quebrara, de sus rubias lenguas erizados,
 que marchitas bajaran súbitamente su cabeza ajada ellas,
 y no se sostuvieran y miraran con su cúspide la tierra;
 así su rostro muriendo yace y traicionando su vigor
 su mismo cuello para él un peso es, y sobre su hombro se recuesta. 195
 «Te derrumbas, Ebálida, en tu primera juventud defraudado»,
 Febo dice, «y veo yo -mis culpas- la herida tuya».
 Tú eres mi dolor y el crimen mío; mi diestra en tu muerte
 ha de ser inscrita. Yo soy de tu funeral el aurtor.
 Cuál mi culpa, aun así, salvo si al haber jugado llamársele 200
 culpa puede, salvo si culpa puede, también a haberte amado, llamarse.
 Y ojalá contigo morir y por ti mi vida rendir posible
 fuera. De lo cual, puesto que por una fatal condición se nos retiene,
 siempre estarás conmigo y, memorativa, prendido estarás en mi boca.
 Tú de mi lira, tocada por mi mano, tú de las canciones nuestras serás el sonido 205
 y, flor nueva, en tu escrito imitarás los gemidos nuestros.
 Y el tiempo aquél llegará en que a sí mismo un valerosísimo héroe
 se añada a esta flor, y en su misma hoja se lea».
 Tales cosas, mientras las menciona la verdadera boca de Apolo,
 he aquí que el crúor que derramada por el suelo había señalado las hierbas, 210
 deja de ser crúor, y más nítida que de Tiro la ostra,
 una flor surge y la forma toma de los lirios, si no
 purpurino el color suyo, mas argentino, en ellos.
 No bastante es tal para Febo -pues él había sido el autor de tal honor-:
 él mismo sus gemidos en las hojas inscribe y «ai ai» 215
 la flor tiene inscrito, y esa funesta letra trazada fue.
 Y no de haberle engendrado se avergüenza Esparta, a Jacinto, y su honor
 perdura hasta esta generación, y, para celebrarse al uso de los antiguos,
 anuales vuelven las Jacintias, con su antepuesta procesión.


Las Propétides y los Cerastas

     «Mas si acaso preguntaras, fecunda en metales, a Amatunta, 220
 si haber engendrado quisiera a las Propétides, con un gesto lo negará,
 igualmente que a aquellos cuya frente áspera en otro tiempo por su geminado
 cuerno era, de donde además su nombre tomaron, los Cerastas.
 Ante las puertas de éstos estaba el altar de Júpiter Huésped.
 †De un no luctuoso crimen† el cual altar, si algún recién llegado teñido 225
 hubiese visto de sangre, inmolados creería haberse allí
 a unos terneros lechales, y de Amatunte sus ovejas bidentes.
 Un huésped había sido asesinado. Ofendida por esos sacrificios nefandos,
 sus propias ciudades y de Ofiusa los campos se disponía
 a dejar desiertos la nutricia Venus. «Pero, ¿qué estos lugares a mí gratos, 230
 qué han pecado las ciudades mías? ¿Qué delito», dijo, «en ellas?
 Con el exilio su condena mejor su gente impía pague
 o con la muerte o si algo medio hay entre la muerte y la huida.
 Y ello ¿qué puede ser, sino el castigo de su tornada figura?».
 Mientras duda en qué mutarlos a sus cuernos giró 235
 su rostro y acordada fue de que tales se les podían a ellos dejar,
 y, grandes sus miembros, los transforma en torvos novillos.
     «Atrevido se habían, aun así, las obscenas Propétides a negar
 que Venus fuera diosa; merced a lo cual, por la ira de su divinidad,
 sus cuerpos, junto con su hermosura, cuentan que ellas las primeras fueron en hacer públicos, 240
 y cuando su pudor cedió y la sangre de su rostro se endureció,
 en rígida piedra, con poca distinción, se las convirtió.


Pigmalión

     «A las cuales, porque Pigmalión las había visto pasando su vida a través
 de esa culpa, ofendido por los vicios que numerosos a la mente
 femínea la naturaleza dio, célibe de esposa 245
 vivía y de una consorte de su lecho por largo tiempo carecía.
 Entre tanto, níveo, con arte felizmente milagroso,
 esculpió un marfil, y una forma le dio con la que ninguna mujer
 nacer puede, y de su obra concibió él amor.
 De una virgen verdadera es su faz, a la que vivir creerías, 250
 y si no lo impidiera el respeto, que quería moverse:
 el arte hasta tal punto escondido queda en el arte suyo. Admira y apura
 en su pecho Pigmalión del simulado cuerpo unos fuegos.
 Muchas veces las manos a su obra allega, tanteando ellas si sea
 cuerpo o aquello marfil, y todavía que marfil es no confiesa. 255
 Los labios le besa, y que se le devuelve cree y le habla y la sostiene
 y está persuadido de que sus dedos se asientan en esos miembros por ellos tocados,
 y tiene miedo de que, oprimidos, no le venga lividez a sus miembros,
 y ora ternuras le dedica, ora, gratos a las niñas,
 presentes le lleva a ella de conchas y torneadas piedrecillas 260
 y pequeñas aves y flores mil de colores,
 y lirios y pintadas pelotas y, de su árbol caídas,
 lágrimas de las Helíades; orna también con vestidos su cuerpo:
 da a sus dedos gemas, da largos colgantes a su cuello;
 en su oreja ligeras perlas, cordoncillos de su pecho cuelgan: 265
 todo decoroso es; ni desnuda menos hermosa parece.
 La coloca a ella en unas sábanas de concha de Sidón teñidas,
 y la llama compañera de su lecho, y su cuello,
 reclinado, en plumas mullidas, como si de sentirlas hubiera, recuesta.
     «El festivo día de Venus, de toda Chipre el más celebrado, 270
 había llegado, y recubiertos sus curvos cuernos de oro,
 habían caído golpeadas en su nívea cerviz las novillas
 y los inciensos humaban, cuando, tras cumplir él su ofrenda, ante las aras
 se detuvo y tímidamente: «Si, dioses, dar todo podéis,
 que sea la esposa mía, deseo» -sin atreverse a «la virgen 275
 de marfil» decir- Pigmalión, «semejante», dijo, «a la de marfil».
 Sintió, como que ella misma asistía, Venus áurea, a sus fiestas,
 los votos aquellos qué querían, y, en augurio de su amiga divinidad,
 la llama tres veces se acreció y su punta por los aires trujo.
 Cuando volvió, los remedos busca él de su niña 280
 y echándose en su diván le besó los labios: que estaba templada le pareció;
 le allega la boca de nuevo, con sus manos también los pechos le toca.
 Tocado se ablanda el marfil y depuesto su rigor
 en él se asientan sus dedos y cede, como la del Himeto al sol,
 se reblandece la cera y manejada con el pulgar se torna 285
 en muchas figuras y por su propio uso se hace usable.
 Mientras está suspendido y en duda se alegra y engañarse teme,
 de nuevo su amante y de nuevo con la mano, sus votos vuelve a tocar;
 un cuerpo era: laten tentadas con el pulgar las venas.
 Entonces en verdad el Pafio, plenísimas, concibió el héroe 290
 palabras con las que a Venus diera las gracias, y sobre esa boca
 finalmente no falsa su boca puso y, por él dados, esos besos la virgen
 sintió y enrojeció y su tímida luz hacia las luces
 levantando, a la vez, con el cielo, vio a su amante.
 A la boda, que ella había hecho, asiste la diosa, y ya cerrados 295
 los cuernos lunares en su pleno círculo nueve veces,
 ella a Pafos dio a luz, de la cual tiene la isla el nombre.


Mirra

     «Nacido de ella aquel fue, quien, si sin descendencia hubiese sido,
 entre los felices Cíniras se podría haber contado.
 Siniestras cosas he de cantar: lejos de aquí, hijas, lejos estad, padres, 300
 o si mis canciones las mentes vuestras han de seducir,
 fálteme en esta parte vuestra fe y no deis crédito al hecho,
 o si lo creéis, del tal hecho también creed el castigo.
 Si, aun así, admisible permite esto la naturaleza que parezca,
 a los pueblos ismarios y a nuestro mundo felicito, 305
 felicito a esta tierra porque dista de las regiones esas
 que tan gran abominación han engendrado: sea rica en amomo
 y cinamomo, y el costo suyo, y sudados de su leño
 inciensos críe y flores otras la tierra de Panquea,
 mientras que críe también la mirra: de tal precio no era digno el nuevo árbol. 310
 El mismo Cupido niega que te hayan dañado a ti sus armas,
 Mirra, y las antorchas suyas del delito ese defiende:
 con el tronco estigio a ti, y con sus henchidas víboras, hacia ti sopló
 de las tres una hermana. Crimen es odiar a un padre;
 este amor es, que el odio, mayor crimen. De todas partes 315
 selectos te desean los aristócratas y desde todo el Oriente la juventud
 de tu tálamo a la contienda asiste. De entre todos un hombre
 elige, Mirra, solo, mientras no esté entre todos este uno.
 Ella ciertamente lo siente, y lucha contra su repugnante amor
 y para sí: «¿A dónde en mi mente me lanzo? ¿Qué preparo?», dice. 320
 «Dioses, yo os suplico, y Piedad, y sagradas leyes de los padres,
 esta abominación prohibid y oponeos al crimen nuestro,
 si aun así esto crimen es. Pero es que a condenar esta Venus
 la piedad se niega, y se unen los animales otros
 sin ningún delito, ni se tiene por indecente para la novilla 325
 el llevar a su padre en su espalda; se hace la hija del caballo su esposa,
 y en las que engendró entra, en esos ganados, el cabrío, y por la simiente
 que concebida fue, de la misma concibe, la pájara.
 Felices a los que tal lícito es. El humano cuidado
 ha dado unas malignas leyes, y lo que la naturaleza permite, 330
 envidiosas, sus leyes lo niegan. Pueblos, aun así, que hay se cuenta
 en los cuales al nacido la madre, como la nacida al padre,
 se une y la piedad con ese geminado amor se acrece.
 Desgraciada de mí que nacer no me alcanzó allí
 y por la fortuna del lugar herida quedo. ¿Por qué a esto regreso? 335
 Esperanzas prohibidas, ¡apartaos! Digno de ser amado
 él, pero como padre, es. Así pues, si hija del gran
 Cíniras no fuese, con Cíniras yacer podría;
 ahora, porque ya mío es, no es mío, y para mi daño es
 mi proximidad; ajena más poderosa sería. 340
 Irme quiero lejos de aquí, y de la patria abandonar las fronteras,
 mientras del crimen así huya. Retiene este mal ardor a la enamorada,
 para que presente contemple a Cíniras, y a él le toque y hable,
 y mis labios le acerque si nada se concede más allá.
 ¿Pero más allá esperar algo puedes, impía virgen? 345
 ¿Es que cuántas leyes y nombres confundirías acaso sientes?
 ¿No serás de tu madre la rival y la adúltera de tu padre?
 ¿Tú no la hermana de tu nacido y la madre te llamarás de tu hermano?
 ¿Y no temerás, crinadas de negra serpiente, a las hermanas,
 a las que con antorchas salvajes, sus ojos y sus rostros buscando, 350
 los dañosos corazones ven? Mas tú, mientras en tu cuerpo no has
 sufrido esa abominación, en tu ánimo no la concibe, o, con un concúbito
 vedado, de la poderosa naturaleza no mancilles la ley.
 Que él quiere supón: la realidad misma lo veta. Piadoso él y consciente es
 de las normas... y oh, quisiera que similar delirio hubiera en él». 355
     «Había dicho, mas Cíniras, al que la digna abundancia de pretendientes
 qué debe hacer hace dudar, interroga a ella misma,
 dichos sus nombres, de cuál marido quiere ser.
 Ella guarda silencio al principio, y de su padre en el rostro prendida
 arde, y de un tibio rocío inunda sus luces. 360
 El de una doncella Cíniras creyendo que tal era el temor,
 llorar le veta, y le seca las mejillas, y besos de su boca le une.
 Mirra de ellos dados demasiado se goza y consultada cuál
 desea tener, por marido: «Semejante a ti», dijo, mas él
 esas palabras no entendidas alaba y: «Sé 365
 tan piadosa siempre», dice. De la piedad el nombre dicho
 bajó ella el rostro, de su crimen para sí misma cómplice la doncella.
     «De la noche era la mitad, y las angustias y cuerpos el sueño
 había liberado; mas a la doncella Cinireide, insomne, ese fuego
 la desgarra, indómito, y sus delirantes votos retoma, 370
 y ora desespera, ora quiere probarlo, y se avergüenza
 y lo desea, y qué hacer no halla, y como de una segur
 herido un tronco ingente, cuando el golpe supremo resta
 con el que caiga, en duda está y por parte toda se teme,
 así su ánimo por esa varia herida debilitado titubea, 375
 aquí y allá, liviano, e impulso toma hacia ambos lados,
 y no mesura y descanso, sino la muerte, encuentra de ese amor:
 la muerte place. Se levanta, y con un lazo anudar su garganta
 determina, y su cinturón, de lo más elevado de una jamba atando:
 «Querido Cíniras, adiós, y el motivo de mi muerte entiende», 380
 dijo, y estaba ajustando a su palideciente cuello las ligaduras.
     «Los murmullos de esas palabras de la nodriza a los fieles oídos
 que llegaron cuentan, que el umbral guardaba de su ahijada.
 Se levanta la anciana y desatranca las puertas, y de la muerte dispuesta
 los instrumentos viendo, en un mismo espacio grita, 385
 y a sí se hiere, y se desgarra los senos, y arrancadas de su cuello
 sus ligaduras destroza. Entonces finalmente de llorar tuvo ocasión,
 de darle abrazos, y del lazo inquirir la causa.
 Muda guarda silencio la doncella y la tierra inmóvil mira
 y, sorprendidos sus intentos, se duele de su demorada muerte. 390
 La apremia la anciana y las canas suyas desnudando y sus vacíos
 pechos, por sus cunas y alimentos primeros le suplica
 que a ella le confíe de cuanto se duele: ella, dando la espalda
 a quien tal preguntaba, gime; decidida está a averiguarlo la nodriza
 y no compromete su sola palabra. «Dime», le dice, «y ayuda 395
 déjame que te preste; no es perezosa la vejez mía:
 o si delirio es, tengo lo que con un encantamiento te sanará y con hierbas;
 o si alguno te ha hecho daño, se te purificará con un mágico rito;
 ira de los dioses si ello es, con sacrificios aplacable es esa ira.
 ¿Qué calcule más allá? Ciertamente tu fortuna y tu casa 400
 a salvo y en su curso está: viven tu madre y tu padre».
 Mirra, su padre al oír, suspiros sacó de lo hondo
 de su pecho, y la nodriza, como todavía no concibe en su mente
 ninguna abominación, sí presiente, aun así, algún amor,
 y en su propósito tenaz, cualquier cosa que ello sea le ruega que a ella 405
 revele y en su regazo de anciana, llorando ella, la levanta
 y así rodeando con sus débiles brazos su cuerpo:
 «Lo sentimos», dice: «estás enamorada. También en esto, deja tu temor,
 mi diligencia te será útil y no notará nunca
 tal tu padre». Saltó de su regazo furibunda y hundió 410
 en su cama el rostro; al apremiarla: «Retírate o cesa», dijo,
 «de preguntarme de qué sufro: un crimen es lo que por saber te afanas».
 Se horroriza la anciana y sus temblorosas manos, de los años y del miedo,
 le tiende y ante los pies suplicante se postra, de su ahijada,
 y ya la enternece, ya, si no la hace cómplice, 415
 la aterra y con la delación de su lazo y de la emprendida muerte
 la amenaza, y su servicio le promete para ese amor, siéndole a ella confiado.
 Saca ella su cabeza y de sus lágrimas llenó, brotadas,
 el pecho de la nodriza, e intentando muchas veces confesar,
 muchas veces contiene su voz, y su pudoroso rostro con sus vestidos 420
 tapó y: Oh», dijo, «madre, feliz de tu esposo».
 Hasta aquí, y sollozaba. Helado, en los miembros de la nodriza
 y en sus huesos, pues lo sintió, penetra un temblor y blanca en toda
 su cabeza su canicie se irguió, rígidos sus cabellos
 y muchas cosas para que expulsara sus siniestros -si pudiera- amores 425
 añadió. Mas la doncella sabe que no falsas cosas le aconseja:
 decidida a morir aun así está si no posee su amor.
 «Vive», le dice ella, «poseerás a tu» y no osando decir
 padre calló, y sus promesas con una divinidad confirma.
     «Las fiestas de la piadosa Ceres, anuales, celebraban las madres, 430
 aquéllas, en que con nívea veste velando sus cuerpos,
 las primicias dan de sus cosechas, de espiga en guirnaldas,
 y por nueve noches la Venus y los contactos masculinos
 entre las cosas vedadas se numeran. En la multitud esa Cencreide,
 del rey la esposa, se halla y los arcanos sacrificios frecuenta. 435
 Así pues, de su legítima esposa mientras vacío está su lecho,
 al encontrarse ella muy cargado de vino a Cíniras, mal diligente la nodriza,
 con un nombre mentido, verdaderos le expone unos amores
 y su faz alaba; al preguntársele de la doncella los años:
 «Pareja», dice, «es a Mirra». A la cual, después que conducirla a su presencia 440
 se le ordenó y cuando volvió al palacio: «Alégrate», dijo, «mi ahijada:
 hemos vencido». Infeliz, no en todo su pecho siente
 alegría la doncella, y su présago pecho está afligido,
 pero aun así también se alegra: tan grande es la discordia de su mente.
     «El tiempo era en el que todas las cosas callan, y entre los Triones 445
 había girado, oblicuo el timón, su carro el Boyero.
 Hacia la fechoría suya llega ella. Huye áurea del cielo
 la luna, cubren negras a unas guarecidas estrellas las nubes.
 La noche carece de su fuego propio. Primero cubres tú, Ícaro, tu rostro,
 y Erígone, por tu piadoso amor de tu padre consagrada. 450
 Tres veces por la señal de su pie tropezado fue disuadida, tres veces su omen
 un fúnebre búho con su letal canto hizo.
 Va ella, aun así, y las tinieblas minoran y la noche negra su pudor,
 y de la nodriza la mano con la suya izquierda tiene, la otra con su movimiento
 el ciego camino explora. Del tálamo ya los umbrales toca, 455
 y ya las puertas abre, ya se mete dentro, mas a ella,
 al doblar las rodillas le temblaban las corvas y huyen
 color y sangre y su ánimo la abandona al ella marchar.
 Y cuanto más cerca de su propio crimen está, más se horroriza y de su osadía
 le pesa y quisiera, no conocida, poder retornar. 460
 A ella que dudaba, la de la larga edad de la mano la hace bajar y acercada
 al alto lecho, cuando la entregaba: «Recíbela», dijo,
 ésta tuya es, Cíniras» y unió su malditos cuerpos.
     «Recibe en el obsceno lecho su padre a sus entrañas
 y de doncella sus miedos alivia y la anima en su temor. 465
 Quizás, el de su edad, también con el nombre de hija la llamó,
 lo llamó también ella padre, para que al crimen sus nombres no faltaran.
 Llena de su padre de sus tálamos se retira e impías en su siniestro
 vientre lleva sus semillas y sus concebidas culpas porta.
 La posterior noche la fechoría duplica y un fin en ella no hay, 470
 cuando finalmente Cíniras, ávido de conocer a su amante
 después de tantos concúbitos, acercándole una luz vio
 su crimen y a su nacida, y retenidas por el dolor las palabras
 de su vaina suspendida arranca su nítida espada.
 Mirra huye, y con las tinieblas y por regalo de la ciega noche 475
 robada le fue a la muerte y, tras vagar por los anchos campos,
 los palmíferos árabes y de Panquea los sembrados atrás deja
 y durante nueve cuernos anduvo errante de la reiterada luna,
 cuando finalmente descansó agotada en la tierra Saba,
 y apenas de su útero portaba la carga. Entonces, ignorante ella de su voto 480
 y de la muerte entre los miedos y los hastíos de su vida,
 entrelazó tales plegarias: «Oh divinidades si algunas
 os ofrecéis a los confesos, he merecido y triste no rehúso
 mi suplicio, pero para que yo no ofenda sobreviviente a los vivos
 y a los extinguidos muerta, de ambos reinos expulsadme 485
 y a mí, mutada, la vida y la muerte negadme».
 Divinidad para los confesos alguna se ofrece: sus últimos votos,
 ciertamente, sus sus dioses tuvieron, pues sobre las piernas de la que hablaba
 tierra sobrevino y oblicua a través de sus uñas por ella rotas
 se extiende una raíz, de su largo tronco los firmamentos, 490
 y sus huesos robustez toman, y en medio quedando la médula,
 la sangre se vuelve en jugos, en grandes ramas los brazos,
 en pequeñas los dedos, se endurece en corteza la piel.
 Y ya su grávido útero en creciendo le había constreñido el árbol,
 y su pecho había enterrado, y su cuello a cubrirle se disponía: 495
 no soportó ella esa demora y yendo contraria al leño
 bajo él se asentó y sumergió en su corteza su rostro.
 La cual, aunque perdió con su cuerpo sus viejos sentidos,
 llora aun así, y tibias manan del árbol gotas.
 Tienen su honor también las lágrimas y destilada de su corteza la mirra 500
 el nombre de su dueña mantiene y en ninguna edad de ella se callará.


Venus y Adonis (I)

     «Mas, mal concebido, bajo su robustez había crecido ese bebé
 y buscaba la vía por la que, a su madre abandonando,
 pudiera salir él. En la mitad del árbol grávido se hincha su vientre.
 Tensa su carga a la madre, y no tienen sus palabras esos dolores, 505
 ni a Lucina puede de la parturienta la voz invocar.
 A una que pujara, aun así, se asemeja y curvado incesantes
 da gemidos el árbol y de lágrimas que le van cayendo mojado está.
 Se detiene junto a sus ramas, dolientes, la compasiva Lucina
 y le acercó sus manos y las palabras puérperas le dijo: 510
 el árbol hace unas grietas y, hendida su corteza, viva
 restituye su carga y sus vagidos da el niño. Al cual, sobre las mullidas hierbas
 las náyades imponiéndolo, con lágrimas lo ungieron de su madre.
 Podría alabar su belleza la Envidia incluso, pues cuales
 los cuerpos de los desnudos Amores en un cuadro se pintan, 515
 tal era, pero, para que no haga distinción su aderezo,
 o a éste añádelas, leves, o a aquéllos quita las aljabas.
     «Discurre ocultamente y engaña la volátil edad,
 y nada hay que los años más veloz. Él, de su hermana nacido
 y del abuelo suyo, que, escondido en un árbol ahora poco, 520
 ahora poco había nacido, ora hermosísimo bebé,
 ya joven, ya hombre, ya que sí más hermoso mismo es,
 ya complace incluso a Venus, y de su madre venga los fuegos.
 Pues, vestido de aljaba, mientras besa el niño la boca a su madre,
 sin darse cuenta con una sobresaliente caña rasgó su pecho. 525
 Herida, con la mano a su nacido la diosa rechaza: más profundamente llegado
 la herida había que su aspecto, y al principio a ella misma había engañado.
 Cautivada de tal hombre por la hermosura, ya no cura de las playas
 de Citera, no, de su profundo mar ceñida, vuelve a Pafos,
 y a la rica en peces Gnido, o a Amatunta, grávida de metales. 530
 Se abstiene también del cielo: al cielo antepone a Adonis.
 A él retiene, de él séquito es, y acostumbrando simpre en la sombra
 a permitirse estar y su belleza a aumentar cultivándola,
 por las cimas, por los bosques y espinosas rocas deambula,
 con el vestido al límite de la rodilla, remangada al rito de Diana, 535
 y anima a los perros, y animales de segura presa persigue:
 o las liebres abalanzadas, o elevado hacia sus cuernos el ciervo,
 o los gamos. De los valientes jabalíes se abstiene
 y a los lobos robadores, y armados de uña a los osos
 evita y saturados de su matanza de la manada a los leones. 540
 A ti también que de ellos temas, si de algo servirte aconsejando
 pueda, Adonis, te aconseja y: «Valiente con los que huyen sé»,
 dice, «contra los audaces no es la audacia segura.
 Cesa de ser, oh joven, temerario para el peligro mío,
 y a las fieras a las que armas dio la naturaleza no hieras, 545
 no me resulte a mí cara tu gloria. No conmueve la edad,
 ni la hermosura, ni lo que a Venus ha movido, a los leones,
 y a los cerdosos jabalíes y a los ojos y ánimos de las fieras.
 Un rayo tienen en sus corvos dientes esos agrios cerdos,
 su ímpetu tienen, rubios, y su vasta ira los leones 550
 y odiosa me es esa raza». Cuál el motivo, a quien lo preguntaba:
 «Te lo diré», dice, «y de la monstruosidad te maravillarás de una antigua culpa.
 Pero este esfuerzo desacostumbrado ya me ha cansado, y he aquí que
 con su sombra nos seduce oportuno este álamo
 y nos presta un lecho el césped: me apetece en ella descansar contigo 555
 -y descansa- en este suelo» y se echa en el césped, y en él
 y en el seno del joven dejado su cuello, reclinado él,
 así dice, y en medio intercala besos de sus palabras:


Hipómenes y Atalanta

     «Quizás hayas oído de una mujer que en el certamen de la carrera
 superó a los veloces hombres. No una habladuría el rumor 560
 aquel fue, pues los superaba, y decir no podrías
 si por la gloria de sus pies, o de su hermosura por el bien, más destacada fuera.
 Al interrogarle ella sobre su esposo, el dios: «De esposo», dijo,
 «no has menester, Atalanta, tú. Huye del uso de un esposo.
 Y aun así no le huirás y de ti misma, viva tú, carecerás». 565
 Aterrada por la ventura del dios, por los opacos bosques innúbil
 vive y a la acuciante turba de sus pretendientes, violenta,
 con una condición ahuyenta y: «Poseída no he de ser, salvo», dice,
 «vencida primero en la carrera. Con los pies contended conmigo.
 De premios al veloz esposa y tálamos se le darán; 570
 la muerte el precio para los tardos. Tal la ley del certamen sea».
 Ella ciertamente dura, pero -tan grande el poder de la hermosura es-
 acude a tal ley, temeraria, una multitud de pretendientes.
 Se había sentado Hipómenes de la carrera inicua como espectador,
 y: «¿Puede alguien buscar por medio de tantos peligros esposa?», 575
 había dicho, y excesivos había condenado de esos jóvenes sus amores,
 cuando su faz, y dejado su velo, su cuerpo vio,
 cual el mío, o cual el tuyo, si mujer te hicieras:
 quedó suspendido y levantando las manos: «Perdonadme»,
 dijo, «los que ora he recriminado. Todavía los premios conocidos, 580
 que buscabais, no me eran». En elogiándola concibe fuegos,
 y que ninguno de los jóvenes corra más veloz desea
 y con envidia teme: «¿Pero por qué del certamen este
 no tentada la fortuna he de dejar?», dice.
 «A los osados un dios mismo ayuda». Mientras tal consigo mismo 585
 trata Hipómenes, con paso vuela alado la doncella.
 La cual, aunque avanzar no menos que una saeta escita
 pareció al joven aonio, aun así él de su gracia
 se admira más: incluso la carrera misma la agraciaba.
 El aura echa atrás, arrebatados por sus rápidas plantas, sus talares, 590
 y por sus espaldas de marfil se agita su pelo, y las rodilleras
 que sus corvas llevaban con su pintada orla
 y en su candor de jovencita su cuerpo había producido
 un rubor, no de otro modo que cuando sobre los atrios cándidos
 un velo de púrpura simuladas tiñe las sombras. 595
 Mientras nota tal el huésped recorrida la última meta fue
 y es cubierta, vencedora Atalanta, de una festiva corona.
 Un gemido dan los vencidos y pagan, según el pacto, sus condenas.
     «No, aun así, por el destino de ellos aterrado, el joven
 se apostó en medio y su rostro en la doncella fijo: 600
 «¿Por qué un fácil título buscas venciendo a unos inertes.
 Conmigo compárate», dice, «o, si a mí la fortuna poderoso
 me ha de hacer, por alguien tan grande no serás indigna de ser vencida.
 Pues el padre mío, Megáreo de Onquesto; de él
 es Neptuno el abuelo, bisnieto yo del rey de las aguas, 605
 ni mi virtud por detrás de mi linaje está. O si vencido soy, obtendrás,
 Hipómenes vencido, un grande y memorable nombre».
 Al que tal decía con tierno rostro la Esqueneide
 lo contempla y duda si ser superada o vencer prefiera,
 y así: «¿Qué dios a éste, para los hermosos -dice- injusto, 610
 perder quiere y con el riesgo le ordena de su amada vida
 este matrimonio perseguir? No merezco, a juicio mío, tanto.
 Y no su hermosura me conmueve -podía aun así de ella también conmoverme-,
 sino el que todavía un niño es. No me conmueve de él sino su edad.
 Qué el que tiene virtud y una mente impertérrita de la muerte. 615
 Qué el que de su marino origen se compute el cuarto.
 Qué el que está enamorado y en tanto estima la boda nuestra
 que moriría si a mí la fortuna, a él dura, le negara.
 Mientras puedes, huésped, vete y estos tálamos deja atrás cruentos.
 Matrimonio cruel el mío es, contigo casarse ninguna no querrá 620
 y ser deseado puedes por una inteligente niña.
 Por qué, aun así, siento pesar por ti, cuando tantos ya antes han muerto.
 Él verá. Que perezca puesto que con tanta muerte de pretendientes
 advertido no fue y se deja llevar a los hastíos de la vida.
 ¿Caerá él, así pues, porque quiso vivir conmigo, 625
 y el de una indigna muerte por precio sufrirá de su amor?
 Inquina no nos ha de traer la victoria nuestra.
 Pero culpa mía no es. Ojalá desistir quisieras,
 o puesto que en tu juicio no estás, ojalá más veloz fueses.
 Mas cuán virginal en su cara de niño su rostro es. 630
 Ay, triste Hipómenes, no quisiera por ti vista haber sido.
 De vivir digno eras, que si más feliz yo fuera
 y a mí el matrimonio mis hados importunos no me negaran,
 el único eras con quien asociar mi lecho querría».
     Había dicho y, como inexperta y por su primer deseo tocada, 635
 de que lo está ignorante, está enamorada, y no lo siente amor.
 «Ya las acostumbradas carreras demandan pueblo y padre,
 cuando a mí, con angustiada voz, el descendiente de Neptuno
 me invoca, Hipómenes, y: «Citerea, suplico, a las osadías asista nuestras»,
 dice, «y los que ella dio, ayude a esos fuegos». 640
 Bajó una brisa no envidiosa hasta mí esas súplicas tiernas.
 Conmovida quedé, lo confieso, y una demora larga para el socorro no se me daba.
 Hay un campo, los nativos tamaseno por nombre le dan,
 de la tierra chipriota la parte mejor, el cual a mí los ancianos
 de antaño me consagraron y que a mis templos se sumara 645
 dote tal ordenaron. En la mitad brilla un árbol de ese campo,
 rubio de cabello, de rubio oro sus ramas crepitantes.
 De allí volviendo yo al acaso, llevaba, en número de tres, arrancadas
 de mi mano, unas frutas de oro, y sin que nadie ver me pudiera, salvo él mismo,
 a Hipómenes me acerqué y le instruí de qué su uso en ellas. 650
 Sus señales las tubas habían dado, cuando de la barrera abalanzado uno y otro
 centellea y la suprema arena con rápido pie pizca:
 poder los creerías a ellos, con seco paso, rasar el mar,
 y de una mies cana, ella en pie, recorrer las aristas.
 Le añaden ánimos al joven el clamor y el favor y las 655
 palabras de quienes decían: Ahora, ahora de aligerar es el tiempo,
 Hipómene, apresura, ahora de tus fuerzas usa todas.
 Rechaza la demora: vencerás». En duda si el héroe de Megareo
 se alegre o la doncella más, la Esqueneia, de estas palabras.
 Oh cuántas veces, cuando ya podía pasarlo, demoróse, 660
 y contemplado mucho tiempo su rostro a su pesar lo dejó atrás.
 Árido, de su fatigada boca le llegaba su anhélito,
 y la meta estaba lejos. Entonces al fin de los tres uno,
 de los retoños del árbol, envió el descendiente de Neptuno.
 Quedó suspendida la doncella, y del nítido fruto por el deseo 665
 declina su carrera y el oro voluble recoge.
 La deja atrás Hipómenes: resuenan las gradas del aplauso.
 Ella su demora con rápida carrera, y los cesados tiempos,
 corrige, y de nuevo al joven tras sus espaldas deja.
 Y de nuevo, con el lanzamiento de un fruto demorada, del segundo, 670
 es alcanzada, y pasa ella al varón. La parte última de la carrera
 restaba. «Ahora», dice, «acude, diosa, autora de este regalo».
 Y a un costado del campo, para que más tarde ella volviera,
 lanza oblicuamente, nítido, juvenilmente, el oro.
 Si lo buscaría la doncella pareció dudar, la obligué 675
 a recogerla y añadí, por ella levantada, pesos a la manzana
 y la impedí a la par por el peso de su carga y la demora,
 y para que mi discurso que la propia carrera no sea más lento,
 atrás dejada fue la doncella: se llevó sus premios el vencedor.
     «¿Digna de que las gracias me diera, de que del incienso el honor 680
 me llevara, Adonis, no fui? Ni las gracias, olvidado, me dio
 ni inciensos a mí me puso. A una súbita ira me torno
 y, dolida por el desprecio, de no ser despreciada por los venideros,
 con un ejemplo me cuido y a mí misma yo me incito contra ambos.
     Por unos templos que a la madre de los dioses en otro tiempo el claro Equíon 685
 había hecho por exvoto, merced a unos nemorosos bosques escondidos,
 atravesaban ellos, y el camino largo a descansar les persuadió.
 Allí, el intempestivo deseo de yacer con ella
 se apodera de Hipómenes, excitado por la divinidad nuestra.
 De luz exigua había cerca de esos templos un receso, 690
 a una caverna semejante, de nativa pómez cubierto,
 por una religión primitiva sagrado, adonde su sacerdote,
 de leño, había llevado muchas representaciones de viejos dioses.
 Aquí entra y con ese vedado oprobio ultraja los sagrarios.
 Los sagrados objetos volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre 695
 en la estigia onda a los pecadores duda si sumergir.
 Condena leve le pareció. Así pues, unas rubias crines velan,
 poco antes tersos, sus cuellos, sus dedos se curvan en uñas,
 de sus hombros unas espaldillas se hacen, hacia su pecho todo
 su peso se va, las supremas arenas barridas son de su cola. 700
 Ira su rostro tiene, en vez de palabras murmullos hacen,
 en vez de sus tálamos frecuentan los bosques y, para otros de temer,
 con su diente domado aprietan de Cíbeles los frenos, los leones.
 De ellos tú, querido mío, y con ellos del género todo de las fieras,
 el que no sus espaldas a la huida, sino a la lucha su pecho ofrece, 705
 rehúye, no sea la virtud tuya dañosa para nosotros dos».


Venus y Adonis (II): muerte de Adonis

     «Ella ciertamente tal le aconsejó y, juntos por los aires sus cisnes,
 emprende el camino. Pero se alza a los consejos contraria la virtud.
 Un cerdo fuera de sus guaridas, sus huellas ciertas siguiendo,
 dieron en sacar los perros, y de las espesuras a salir cuando se dispone, 710
 le atravesó el joven Cinireio con un oblicuo golpe.
 En seguida sacudió con su curvo hocico los venablos,
 de sangre teñidos, y a él, tembloroso y la seguridad buscando,
 el sangriento jabalí le sigue y enteros bajo la ingle los dientes
 le hunde y en la rubia arena, moribundo, lo dejó tendido. 715
 Llevada en su leve carro por mitad de las auras Citerea,
 a Chipre con las cígneas alas todavía no había llegado.
 Reconoció de lejos el gemido de aquel que moría y blancas
 allí giró sus aves, y cuando desde el éter alto lo vio,
 exánime, y en su propia sangre agitando su cuerpo, 720
 saltó abajo y al par su seno y al par su cabellos
 quebró y golpeó, indignas, su pecho con sus palmas,
 y lamentándose con los hados: «Mas no, aun así, todas las cosas de vuestra
 jurisdicción han de ser», dijo. «De este luto los recuerdos permanecerán
 siempre, Adonis, del luto mío y la imagen repetida de tu muerte 725
 anuales remedos hará de los golpes del duelo nuestro.
 Mas tu crúor en flor se mutará, ¿o es que a ti en otro tiempo
 un femíneo cuerpo convertir en olientes mentas,
 Perséfone, te fue concedido, y mal se verá que por mí
 sea mutado el héroe Cinireio?». Así diciendo su crúor 730
 con néctar perfumado asperjó, la cual, teñido de él,
 se hinchó así como en el rubio cieno totalmente traslúcida
 levantarse una burbuja suele, y no más larga que una hora plena
 resultó la demora, cuando una flor, de la sangre concolor, surgió,
 cual los que esconden bajo su tersa corteza su grano, los bermellones 735
 granados llevar suelen. Breve es aun así su uso en él,
 pues mal prendido y por su excesiva levedad caduco,
 lo sacuden los mismos que le prestan sus nombres, los vientos».

 

 

 Libro XI

 


Muerte de Orfeo

     Mientras con un canto tal los bosques y los ánimos de las fieras,
 de Tracia el vate, y las rocas siguiéndole, lleva,
 he aquí que las nueras de los cícones, cubiertas en su vesanos
 pechos de vellones ferinos, desde la cima de un promontorio divisan
 a Orfeo, a los percutidos nervios acompasando sus canciones. 5
 De las cuales una, agitando su pelo por las auras leves:
 «Ay», dice, «ay, éste es el despreciador nuestro», y su lanza
 envió del vate hijo de Apolo contra la boca,
 la cual, de hojas cosida, una señal sin herida hizo.
 El segundo disparo una piedra es, la cual enviada, en el mismo 10
 aire por el concento vencida de su voz y su lira fue,
 y como suplicante por unas osadías tan furiosas,
 ante sus pies quedó tendida. Pero temerarias crecen
 esas guerras y la mesura falta e insana reina la Erinis,
 y todos los disparos hubieran sido por el canto enternecidos, pero el ingente 15
 clamor, y de quebrado cuerno la berecintia flauta,
 y los tímpanos, y los aplausos, y los báquicos aullidos
 ahogaron la cítara con su sonar: entonces finalmente las piedras
 enrojecieron del no oído vate con su sangre
 y primero, atónitos todavía por la voz del cantor, 20
 a los innumerables pájaros y serpientes y el tropel de fieras,
 las Ménades a título del triunfo de Orfeo destrozaron.
 Después ensangrentadas vuelven contra Orfeo sus diestras
 y allí se unen como las aves, cuando acaso durante la luz vagando,
 al ave de la noche divisan, y, edificado para ambas cosas ese teatro, 25
 como el ciervo que en la arena matutina ha de morir
 presa de los perros, y al vate buscan, y verdes de fronda
 le tiran sus tirsos, no para este cumplido hechos.
 Éstas terrones, aquéllas sus ramas de un árbol desgajadas,
 parte blanden pedernales; y para que no falten armas a su delirio 30
 era el caso que unos bueyes con su reja hundida levantaban la tierra,
 y no lejos de ahí, con su mucho sudor deparando el fruto,
 sus duros campos, musculosos, perforaban los paisanos,
 los cuales, al ver ese tropel huyen y de su labor abandonan
 las armas, y por los campos vacíos yacen dispersos 35
 los escardillos, los rastros pesados y los largos azadones.
 Los cuales, después que los arrebataron aquellas fieras y amenazadores con su cuerno
 despedazaron a los bueyes, del vate a los hados de nuevo corren,
 y tendiéndoles él sus manos y en ese momento por primera vez
 vanas cosas diciéndoles y para nada con su voz conmoviéndolas, 40
 esas sacrílegas le dan muerte, y a través de la boca -por Júpiter- aquella,
 oída por las rocas, entendida por los sentidos
 de las fieras, a los vientos exhalada, su ánima se aleja.
 A ti las afligidas aves, Orfeo, a ti la multitud de las fieras,
 a ti los rígidos pedernales, que tus canciones muchas veces habían seguido, 45
 a ti te lloraron los bosques. Depuestas por ti sus frondas el árbol,
 tonsurado de cabellos, luto lució. De lágrimas también los caudales suyas
 dicen que crecieron, y forzados sus tules al negro
 las naides y las dríades, y sueltos su cabellos tuvieron.
 Sus miembros yacen distantes de lugar. Su cabeza, Hebro, y su lira 50
 tú acoges y, milagro, mientras baja por mitad de tu corriente
 un algo lúgubre lamenta su lira, lúgubre su lengua
 murmura exánime, responden lúgubre un algo las riberas.
 Y ya ellas al mar llevadas su caudal paisano dejan,
 y de la metimnea Lesbos alcanzan el litoral. 55
 Aquí una fiera serpiente ese busto expuesto en las peregrinas
 arenas ataca y, asperjados de goteante rocío, sus cabellos.
 Finalmente Febo le asiste y, cuando sus mordiscos a inferirle se disponía,
 la contiene y en piedra las comisuras abiertas de la sierpe
 congela y anchurosa, cual estaba, endurece su comisura. 60
 Su sombra alcanza las tierras, y esos lugares que había visto antes,
 todos reconoce, y buscando por los sembrados de los piadosos
 encuentra a Eurídice y entre sus deseosos brazos la estrecha.
 Aquí ya pasean, conjuntados sus pasos, ambos,
 ora a la que le precede él sigue, ora va delante anticipado, 65
 y a la Eurídide suya, ya en seguro, se vuelve para mirarla Orfeo.
     No impunemente, aun así, el crimen este deja que quede Lieo,
 y por el perdido vate de sus sacrificios doliéndose,
 al punto en los bosques a las madres Edónides todas,
 las que vieron esa abominación, con una retorcida raíz las ató. 70
 Así que de los pies a los dedos su camino -el que entonces había cada una seguido-
 alarga y en la sólida tierra sus puntas precipita,
 e igual que cuando con los lazos, los que astuto escondió el pajarero,
 su pata ha enredado el pájaro y la siente retenida,
 golpes de duelo se da y agitándose se aprieta las ataduras con su movimiento, 75
 así, cuando cada una de ellas al suelo fijada queda prendida,
 consternada, la fuga en vano intenta, mas a ella
 dúctil la retiene una raíz y su exaltación doblega,
 y mientras dónde estén sus dedos, mientras su pie dónde se pregunta y uñas,
 contempla que por sus tersas pantorrillas un leño le sube 80
 e intentando su muslo golpear en duelo con su afligida diestra,
 su madera golpeó, de su pecho también madera se hace,
 madera son sus hombros, y nudosos sus brazos verdaderas
 ramas creerías que eran, y no te engañarías creyéndolo.


Midas (I)

     Y no bastante esto para Baco es. Esos mismos campos también abandona 85
 y con un coro mejor los viñedos de su Timolo
 y el Pactolo busca, aunque no de oro en aquel
 tiempo, ni por sus caras arenas envidiado era.
 A él su acostumbrada cohorte, sátiros y bacantes le frecuentan,
 mas Sileno falta. Tambaleante de años y de vino 90
 unos aldeanos lo cautivaron, frigios, y atado con guirnaldas
 al rey lo condujeron, Midas, a quien el tracio Orfeo
 en sus orgias había iniciado, junto con el cecropio Eumolpo.
 El cual, cuanto hubo reconocido a su aliado y camarada de sacrificios,
 de tal huésped por la llegada una fiesta generosamente dio 95
 durante una decena de días, y a ellos unidas por su orden sus noches.
 Y ya de las estrellas el sublime tropel careaba
 el Lucero undécimo, cuando a los lidios campos alegre
 el rey llega, y su joven ahijado le devuelve a Sileno.
 A éste el dios le dio el grato pero inútil arbitrio 100
 de pedir un presente, contento de haber recuperado a su ayo.
 Él, que mal había de usar de estos dones: «Haz que cuanto
 con mi cuerpo toque se convierta en bermejo oro».
 Asiente a sus deseos y de esos presentes, que para daño de él serían, se libera
 Líber, y hondo se dolió de que no hubiera pretendido mejores cosas. 105
 Contento se marcha y se goza de su mal de Berecinto el héroe,
 y de lo prometido la fe, tocando cada cosa, prueba,
 y apenas a sí mismo creyendo, no con alta fronda ella verdeante,
 de una encina arrancó una vara: vara de oro se hizo.
 Recoge del suelo una roca: la roca también palideció de oro. 110
 Toca también un terrón: con su contacto poderoso el terrón
 masa se torna. De Ceres desgaja unas áridas aristas:
 áurea la mies era. Arrancado sostiene de un árbol su fruto:
 las Hespérides haberlo donado creyeras. Si a los batientes altos
 acercó los dedos, los batientes irradiar parecen. 115
 Él, además, cuando sus palmas había lavado en las líquidas ondas,
 la onda fluente en sus palmas a Dánae burlar podría.
 Apenas las esperanzas suyas él en su ánimo abarca, de oro al fingirlo
 todo. Al que de tal se gozaba las mesas le pusieron sus sirvientes
 guarnecidas de festines y no de tostado grano faltas. 120
 Entonces en verdad, ya si él con la diestra las ofrendas
 de Ceres había tocado, de Ceres los dones rígidos quedaban,
 ya si los festines con ávido diente a desgarrar se aprestaba,
 una lámina rubia a esos festines, acercádoles el diente, ceñía.
 Había mezclado con puras ondas al autor de ese obsequio: 125
 fúsil por sus comisuras el oro fluir vieras.
 Atónito por la novedad de ese mal, y rico y mísero,
 escapar desea de esas riquezas, y lo que ahora poco había pedido, odia.
 Abundancia ninguna su hambre alivia. De sed árida su garganta
 arde y como ha merecido le tortura el oro malquerido, 130
 y al cielo sus manos y sus espléndidos brazos levantando:
 «Dame tu venia, padre Leneo: hemos pecado», dice,
 «pero conmisérate, te lo suplico, y arrebátame este especioso daño.
 Tierno el numen de los dioses. Baco al que haber pecado confesaba
 restituyó y libera a los obsequios por él dados del cumplimiento de lo pactado, 135
 y: «Para que no permanezcas embadurnado de tu mal deseado oro,
 ve», dice, «al vecino caudal de la gran Sardes,
 y por su cima subiendo, contrario al bajar de sus olas,
 coge el camino, hasta que llegues del río a sus nacimientos
 y en su espumador manantial, por donde más abundante sale, 140
 hunde tu cabeza, y tu cuerpo a la vez, a la vez tu culpa lava».
 El rey sube al agua ordenada: su fuerza áurea tiñó la corriente
 y de su humano cuerpo pasó al caudal.
 Ahora también, ya percibida la simiente de su vieja vena,
 sus campos rigurosos son de tal oro, de él palidecientes sus húmedos terrones. 145


Midas (II): Febo y Pan

     Él, aborreciendo las riquezas, los bosques y los campos honraba,
 y a Pan, que habita siempre en las cuevas montanas,
 pero zafio permaneció su ingenio, y de dañarle como antes
 de nuevo habían a su dueño los interiores de su estúpida mente.
 Pues los mares oteando ampliamente se yergue, arduo en su alto 150
 ascenso, el Tmolo, y por sus pendientes ambas extendiéndose,
 en Sardes por aquí, por allí en la pequeña Hipepa termina.
 Pan allí, mientras tiernas a las nifas lanza sus silbos
 y leve modula, en su encerada caña, su canción,
 osando despreciar ante sí de Apolo sus cantos, 155
 bajo el Tmolo, éste de juez, a un certamen acude disparejo.
 En su propio monte el anciano juez se sentó, y sus oídos
 libera de árboles: de encina su melena azul sólo
 ciñe, y penden, alrededor de sus cóncavas sienes, bellotas.
 Y éste, al dios del ganado contemplando: «En el juez», 160
 dijo, «ninguna demora hay». Por dentro sus cálamos agrestes hace sonar él
 y con su bárbara canción a Midas -pues era el caso que acompañaba él
 al cantor- cautiva. Después de él sagrado el Tmolo volvió su rostro
 hacia el rostro de Febo: a su semblante siguió su bosque.
 Él, en su cabeza flava de laurel del Parnaso ceñido, 165
 barre la tierra con su capa saturada de tirio múrice y,
 guarnecida su lira de gemas y diente indios,
 la sostiene por la izquierda, sujeta la mano segunda el plectro.
 De un artista su porte mismo era. Entonces los hilos con docto
 pulgar inquieta, por cuya dulzura cautivado, 170
 a Pan ordena el Tmolo a esa cítara someter sus cañas.
 El juicio y la sentencia del santo monte place
 a todos; se la rebate aun así e injusta se la llama
 en el discurso de Midas solo. Y el Delio sus oídos
 sandios no soporta que retengan su figura humana, 175
 sino que las alarga en su espacio y de vellos blanquecientes las colma,
 y no estables por debajo las hace y les otorga el poder moverse:
 lo restante es de humano. En una parte se le condena
 y se viste las orejas del que lento avanza, el burrito.
     Él ciertamente esconderlo desea, y con vergonzoso pudor 180
 sus sienes con purpurinas tiaras intenta consolar.
 Pero, el que solía sus largos cabellos cortar a hierro
 había visto esto, su sirviente, el cual, como tampoco a traicionar
 el desdoro visto se atreviera, deseando sacarlo a las auras,
 y tampoco pudiera callarlo aun así, se aleja y la tierra 185
 perfora y de su dueños cuáles haya contemplado las orejas
 con voz refiere baja y a la tierra dentro lo murmura, vaciada,
 y la delación de su voz con tierra restituida
 sepulta y de esos hoyos tapados tácito se aparta.
 Espeso de cañas trémulas allí a levantarse un bosque 190
 comenzó y, tan pronto maduró al año pleno,
 traicionó a su agricultor, pues movido por el austro lene
 las sepultadas palabras refiere y del señor arguye las orejas.


Fundación y destrucción de Troya; Laomedonte

     Vengado se marcha del Tmolo y a través del fluido aire portado
 antes del angosto mar de la Nefeleide Heles 195
 el Latoio se detiene, de Laomedonte en los sembrados.
 A derecha del Sigeo, del Reteo profundo a izquierda,
 una ara vieja hay consagrada al Panonfeo Tonante.
 Desde allí por primera vez construir sus murallas de la nueva Troya
 a Laomedonte ve, y que crecían sus grandes empresas 200
 con difícil esfuerzo, y que no riquezas pequeñas demandaba,
 y junto con el portador del tridente, del henchido profundo el padre,
 se viste de mortal figura y para el tirano de Frigia
 edifica los muros, postulando por tales murallas su oro.
 En pie estaba la obra: su precio el rey deniega y añade, 205
 de su perfidia el cúmulo, el perjurio a sus falsas palabras.
 «No impunemente lo harás», el soberano del mar dice, y todas
 inclinó sus aguas a los litorales de la avara Troya,
 y en forma de mar sus tierras colmó y sus riquezas
 arrebató a los campesinos y con sus oleajes sepultó los campos. 210
 Y ni la condena esa es suficiente. Del rey también la hija para un monstruo
 ecuóreo es demandada, a la cual, a las duras rocas atada,
 reclama el Alcida y los prometidos obsequios demanda,
 los de los caballos acordados, y de tan gran labor la merced negada,
 dos veces perjuras somete las murallas, vencida, de Troya. 215
 Y, parte de su ejército, Telamón, no sin honor se retiró,
 y a Hesíone, a él dada, posee. Pues por su esposa divina Peleo
 brillante era, y no más él soberbio del nombre
 de su abuelo que de su suegro, puesto que de Júpiter ser nieto
 tocó no a uno solo, de esposa una diosa tocó solo a éste. 220


Peleo, Tetis y Aquiles

     Pues el viejo Proteo a Tetis: «Diosa», había dicho, «de la onda:
 concibe. Madre serás de un joven que en sus fuertes años
 los hechos de su padre vencerá y mayor se le llamará que él».
 Así pues, para que nada el cosmos que Júpiter mayor tuviera,
 aunque no tibios en su pecho había sentido unos fuegos, 225
 Júpiter de los matrimonios de la marina Tetis huye
 y en sus votos al Eácida, su nieto, que le sustituya
 ordena, y a los abrazos ir de la virgen del mar.
 Hay una ensenada en Hemonia, en curvados arcos falcada;
 sus brazos adelante corren, donde, si fuera más alta la onda, 230
 un puerto era. En lo alto de la arena metido se ha el mar;
 una playa tiene sólida, que ni las huellas conserva
 ni retarda el camino ni cubierto esté de alga.
 De mirto un bosque tiene, sembrado de bicolores bayas.
 Hay una gruta en su mitad, por la naturaleza hecha, o si por el arte, 235
 ambiguo; más por el arte, aun así, adonde muchas veces venir,
 en un enfrenado delfín sentada, Tetis, desnuda, solías.
 Allí a ti Peleo, cuando del sueño vencida yacías,
 te asalta, y puesto que con súplicas tentada lo rechazas,
 a la fuerza se apresta, enlazando con ambos brazos tu cuello, 240
 que si no hubieras acudido -variadas muchas veces tus figuras-
 a tus acostumbradas artes, de lo que osó se hubiera apoderado.
 Pero ora tú pájaro -de pájaro aun así él te sujetaba-,
 ahora un grave árbol eras: prendido en el árbol Peleo estaba.
 Tercera forma fue la de una maculada tigresa: de ella 245
 aterrado, el Eácida de tu cuerpo sus brazos soltó.
 Después a los dioses del piélago, derramando vino sobre las superficies,
 y de un ganado con las entrañas, y con humo de incienso, adora,
 hasta que el carpacio vate, desde la mitad del abismo:
 «Eácida», le dijo, «de los tálamos pretendidos te apoderarás. 250
 Tú, sólo, cuando dormida descanse en la rigurosa cueva,
 ignorante, con cuerdas y cadena tenaz átala.
 Y no te engañe ella mintiendo cien figuras,
 sino apriétala, cualquier cosa que ella sea, hasta que en lo que fue antes se restituya».
 Había dicho esto Proteo, y escondió en la superficie su rostro 255
 y admitió, sobre sus palabras últimas, sus oleajes.
 Bajando estaba el Titán e inclinado su timón
 ocupaba el vespertino mar, cuando la bella, abandonado
 el ponto, la Nereida, entra en sus acostumbrados lechos.
 No bien Peleo había invadido sus virginales miembros, 260
 ella renueva sus figuras hasta que su cuerpo sintió que era retenido
 y que hacia partes opuestas sus brazos se tendían.
 Entonces finalmente gimió hondo y: «No», dice, «sin una divinidad vences»,
 y exhibida quedó Tetis: a la rendida se abraza el héroe
 y se apodera de sus deseos y la llena, ingente, de Aquiles. 265


Dedalión y Quíone

     Feliz de su hijo, feliz también de su esposa Peleo,
 y a quien, si quitas las incriminaciones del degollado Foco,
 todo había alcanzado. A él, de la sangre de su hermano culpable
 y expulsado de la casa paterna, de Traquis la tierra
 lo acogió. Aquí su gobierno sin fuerza, sin muerte ejercía 270
 Ceix, del Lucero, su padre, engendrado, y llevando el paterno
 brillo en su cara, el cual en aquel tiempo afligido
 y desemejante de sí mismo, a su hermano arrebatado lloraba.
 Adonde, después que el Eácida fatigado por la angustia y el camino
 llegó, y entró con poco cortejo en la ciudad, 275
 y que los que llevaba, sus rebaños de ganado, los que consigo de reses
 no lejos de sus murallas bajo un opaco valle hubo dejado,
 cuando la ocasión se le ofreció primera de acercarse al tirano,
 ramos tendiéndole con mano suplicante, sobre quién sea él
 y de quién hijo le apercibe, sólo sus culpas esconde 280
 y miente de la huida la causa. Pide que con ciudad o campo
 le ayude. A él por el contrario el traquinio de su plácida boca
 con tales cosas le responde: «Para la media plebe incluso nuestra
 benevolencia es manifiesta, Peleo, y no inhospitalarios gobiernos tenemos.
 Añades a tal ánimo razones poderosas: tu brillante 285
 nombre y de abuelo a Júpiter. Tus tiempos no malogra suplicando.
 Lo que pides todo lo tendrás y tuyo esto llama como parte suya,
 cuanto ves. Ojalá mejores cosas vieras»,
 y lloraba. Que moviera a tan grandes dolores qué causa
 Peleo y sus acompañantes preguntan, a los cuales él revela: 290
 «Quizás que ese pájaro que del robo vive y a todas
 las aves aterra siempre alas ha tenido creáis:
 un hombre fue y -tanta es del ánimo la constancia- ya entonces
 agrio era y en la guerra feroz y a la fuerza presto,
 por nombre Dedalión, de ese padre engendrado 295
 que llama a la Aurora y del cielo el más reciente sale.
 Honrada por mí la paz ha sido, el de mantener esa paz -y el de mi matrimonio-
 mi cuidado ha sido. A mi hermano las fieras guerras complacían:
 la virtud suya a reyes y a pueblos sometió,
 la cual ahora, mutada, hostiga de Tisbe a las palomas. 300
 Nacida le fue a él Quíone, quien dotadísima de hermosura,
 mil pretendientes hubo, núbil a sus catorce años.
 Por acaso, al regresar Febo y el hijo de Maia,
 aquél de su Delfos, éste de la cima de Cilene,
 la vieron a ella a la par, a la par contrajeron por ella un ardor. 305
 La esperanza de su Venus difiere a los tiempos de la noche Apolo.
 No soporta aquél las demoras y con su vara, que mueve al sopor,
 de la doncella el rostro toca: a su tacto cae ella poderoso,
 y la fuerza del dios padece. La noche había asperjado el cielo de astros.
 Febo a una anciana simula y, previamente a él robados, sus gozos toma. 310
 Cuando maduro completó sus tiempos su vientre,
 de la estirpe del dios de los alados pies un astuto vástago
 nace, Autólico, ingenioso para hurto todo:
 blanco de lo negro, y de lo blanco negro
 quien a hacer acostumbrara, no desmerecedor de su paterno arte. 315
 Nace de Febo -pues dio a luz gemelos-
 por su canción vocal y por su cítara brillante Filamon.
 ¿De qué haber parido a dos, y dioses haber complacido a dos,
 y de un fuerte padre y del Tonante por antepasado
 haber sido engendrada sirve? ¿Acaso no perjudica incluso su gloria a muchos? 320
 Le perjudicó a ella ciertamente, la cual de anteponerse a Diana
 tuvo el valor y la belleza de la diosa incriminó, mas en ella
 una ira movida fue y: «Con nuestros hechos», dice, «le agradaremos»,
 y sin demora curvó el cuerno y desde le nervio una saeta
 impulsó y, de ello merecedora, le atravesó con su caña la lengua. 325
 Su lengua calla, y ni su voz ni las pretendidas palabras le obedecen,
 y al intentar hablar con su sangre su vida la abandona.
 A la cual, desgraciado, abrazándola yo, entonces de un padre el dolor
 en mi corazón sufrí, y a mi hermano piadoso consuelos dije.
 Los cuales ese padre no de otra forma que los arrecifes los murmullos del ponto 330
 recibe, y a su hija lamenta sin cesar, arrebatada.
 Pero cuando arder la vio, cuatro veces el impulso de él
 fue ir a la mitad de esos fuegos, cuatro veces de ahí rechazado
 su excitado cuerpo a la huida encomienda y, semejante al novillo
 que unos aguijones de abejorro en su oprimida cerviz lleva, 335
 por donde camino ninguno hay se lanza. Ya entonces a mí correr me pareció
 más que un hombre, y que alas sus pies habían tomado creerías.
 Escapó, así pues, de todos y veloz por su deseo de muerte
 de la cima del Parnaso se apodera. Conmiserado Apolo,
 como Dedalión a sí mismo se hubiera lanzado desde esa alta roca, 340
 lo hizo ave y súbitas con unas alas al que caía sostiene,
 y una boca corva le dio, curvados le dio por uñas unos ganchos,
 su virtud la antigua, mayores que su cuerpo sus fuerzas,
 y ahora, el azor, para nadie lo bastante bueno, contra todas
 las aves se ensaña y por dolerse de otros se hace él causa de dolor». 345


El ganado de Peleo

     Mientras el hijo del Lucero narra esos milagros acerca
 de su consorte hermano, apresurado en una carrera asfixiada
 volando llega de la manada el guardián, el foceo Anétor,
 y: «¡Peleo! ¡Peleo! Mensajero a ti llego de una gran
 calamidad», dice. Lo que quiera que traiga le ordena revelar Peleo, 350
 aturdido también él por el miedo de su temblorosa boca el traquinio.
 Él refiere: «A los fatigados novillos hacia los litorales curvados
 había arreado, cuando el Sol, altísimo en la mitad del cielo,
 tanto hacia atrás mirara como restarle viera,
 y una parte de las reses en las arenas rubias había inclinado sus rodillas, 355
 y de las anchas aguas, tumbada, las llanuras contemplaba;
 parte con pasos tardos por aquí deambulaba y por allá;
 nadan otros y con su excelso cuello emergen sobre las superficies.
 Unos templos de ese mar cerca están, ni de mármol brillante ni de oro,
 sino de vigas densas sombreados y de bosque vetusto. 360
 Las Nereides y Nereo lo poseen: ellos un marinero del ponto
 me reveló que eran sus dioses, mientras sus redes en el litoral seca.
 Junta una laguna a él hay, de densos sauces sitiada,
 a la que laguna hizo la ola del remansado mar.
 Desde allí, estrepitoso con su fragor grave, los lugares próximos aterra 365
 una bestia inmensa: un lobo de los juncos laguneros sale,
 embadurnado de espumas y asperjado de sangre en sus comisuras
 fulmínea, inyectados sus ojos de una roja llama.
 El cual, aunque se ensaña a la par por su rabia y su hambre,
 más acre es por su rabia, y así pues, no a sus ayunos cuida de poner 370
 fin con la matanza de unos bueyes, y a su siniestra hambre, sino toda
 la manada hiere y la tumba hostilmente entera.
 Parte también de nosotros, de su funesto mordisco herida,
 mientras nos defendemos, a la muerte es entregada. De sangre el litoral
 y la ola primera rojece, y las mugidas lagunas. 375
 Pero la demora dañosa es y el caso dudar no permite.
 «Mientras resta alguna cosa, todos unámonos, y nuestras armaduras,
 nuestras armaduras empuñemos, y conjuntas nuestras armas llevemos»,
 había dicho un lugareño agreste: y no conmovían a Peleo sus daños,
 sino que consciente de su pecado colige que la Nereida, de su hijo huérfana, 380
 esos daños suyos como ofrendas fúnebres a su extinguido Foco enviaba.
 Vestir sus armaduras a sus hombres y tomar sus violentas armas
 el rey del Eta ordena, con las cuales al mismo tiempo él se disponía
 a marchar, pero Alcíone, su esposa, despierta por el tumulto
 a él se arroja y todavía no acicalada de todo su cabello 385
 los divide a esos hombres y en el cuello derramándose de su marido,
 que mande el auxilio sin él mismo, con palabras le suplica
 y lágrimas, y dos vidas que salve en una sola.
 El Eácida a ella: «Tus bellos, reina, y piadosos
 miedos deja. Plena es la gracia de tu propuesta. 390
 No me place a mí las armas contra esos nuevos prodigios mover.
 Una divinidad del piélago ha de ser implorada». Había, ardua, una torre.
 En lo supremo de la fortaleza una hoguera, señal grata para las fatigadas quillas.
 Ascienden allí, y a los toros en el litoral tumbados
 con gemidos contemplan, y devastados, ensangrentada 395
 su boca a ese fiera, inficionados de sangre sus largos vellos.
 Desde ahí, sus manos tendiendo a los litorales del abierto ponto
 Peleo a la azul Psámate que ponga fin a su ira
 ruega, y preste su ayuda. Y no a las palabras ella, del que rogaba,
 del Eácida, se doblega. Tetis, por su esposo suplicante, 400
 recibe esa venia. Pero, aun revocado de su acre
 matanza, el lobo persevera, por la dulzura de la sangre áspero,
 hasta que prendido de una lacerada novilla en la cerviz,
 en mármol lo mutó. El cuerpo y, salvo su color,
 todo lo conservó; de la piedra el color delata que aquél 405
 ya no es lobo, que ya no debe temerse.
 Y aun así en esa tierra al prófugo Peleo establecerse
 los hados no consienten. A los magnesios llega, vagabundo exiliado, y allí
 toma del hemonio Acasto las purificaciones de sus asesinato.


Ceix y Alcíone

     Mientras tanto, por los prodigios de su hermano 410
 y los que siguieron a su hermano turbado en su pecho Ceix,
 para consultar unas sagradas -de los hombres deleite- venturas,
 al dios de Claros se dispone a ir. Pues sus templos délficos
 el sacrílego Forbas, con los flegios, inaccesibles hacía.
 De su proyecto aun así antes, fidelísima, a ti 415
 te cerciora, Alcíone. De la cual, al instante, sus íntimos huesos
 un frío acogieron, y, al boj muy semejante, a su cara
 una palidez acudió, y de lágrimas sus mejillas se humedecieron profusas.
 Tres veces al intentar hablar, tres veces de llanto su cara regó
 y entrecortando su sollozo sus piadosos lamentos: 420
 «¿Qué culpa mía», dijo, «amadísimo, tu mente
 ha mutado? ¿Dónde está tu cuidado por mí cual antes ser solía?
 ¿Ya puedes tranquilo ausentarte Alcíone dejada atrás?
 ¿Ya un camino largo te place? ¿Ya te soy más querida ausente?
 Mas, pienso yo, por las tierras tu ruta es y solamente me doleré de ello, 425
 no tendré miedo además, y mis cuidados de temor carecerán.
 Los mares me aterran y del ponto la triste imagen,
 y laceradas hace poco unas tablas en el litoral he visto
 y muchas veces en los sepulcros sin su cuerpo leí unos nombres,
 y para que a tu ánimo una falaz confianza no mueva 430
 porque suegro tuyo el Hipótada es, quien en su cárcel contiene
 a los fuertes vientos y cuando quiere las superficies aplaca,
 cuando una vez soltados se apoderan de las superficies los vientos,
 nada a ellos vedado les es, y desamparada la tierra
 toda y todo el estrecho es, del cielo también a las nubes hostigan 435
 y su sacudida arranca con sus fieras colisiones rutilantes fuegos.
 Mientras más los conozco -pues los conozco y muchas veces en mi paterna
 casa de pequeña los vi-, más por ello creo son de temer.
 Por lo que si la decisión tuya doblegarse con súplicas ningunas,
 querido esposo, puede, y demasiado cierto estás de marchar, 440
 a mí también llévame a la vez. Ciertamente se nos sacudirá a una,
 y no, sino de lo que padezco, tendré miedo y a la par sufriremos
 cuanto haya de ser, a la par sobre la superficie seremos llevados».
 Con tales razones de la Eólide y con sus lágrimas
 se conmueve su sideral esposo: pues no menor fuego en él mismo hay. 445
 Pero ni de los proyectados recorridos del piélago desistir,
 ni quiere a Alcíone recibir al partido del peligro,
 y muchas cosas responde en consolación de su temeroso pecho.
 No, aun así, por tal razón su causa hace buena. Añade a ellas
 este paliativo también, con el que solo doblegó a su amante: 450
 «Larga ciertamente es para nosotros toda demora, pero te juro
 por los fuegos de mi padre, si sólo los hados a mí me devuelvan,
 que antes he de retornar de que la luna dos veces colme su orbe».
 Cuando con estas promesas la esperanza se le acercó de su regreso,
 en seguida, sacado de sus astilleros el pino, que de mar 455
 se tiñera y que se le acoplaran, ordena, sus armamentos.
 Visto el cual, de nuevo, como presagiadora del futuro
 se estremeció Alcíone y lágimas vertió brotadas,
 y en sus brazos le estrechó y con triste, desgraciadísima, boca
 finalmente: «Adiós», dijo y se colapsó todo su cuerpo. 460
 Mas los jóvenes, mientras buscaba demoras Ceix, retornan,
 en filas gemelas, hacia sus fuertes pechos los remos
 y con igual golpeo hienden los estrechos. Sostuvo ella
 húmedos sus ojos y apostado en la popa recurva
 y agitando su mano para hacerle a ella las primeras señales 465
 a su marido ve, y le devuelve esas señas. Cuando la tierra se aleja
 más y sus ojos no pueden reconocer su rostro,
 mientras puede persigue huyendo al pino con la mirada.
 Él también, cuando no podía por la distancia separado ser visto,
 sus velas aun así contempla, en lo alto ondeantes del mástil. 470
 Cuando ni las velas ve, vacío busca, ansiosa, su lecho,
 y en la cama se deja caer. Renueva el lecho y la cama
 de Alcíone las lágrimas y le recuerda qué parte está ausente.
     De los puertos habían salido, y había movido el aura las maromas.
 Vuelve contra el costado los suspendidos remos el marinero, 475
 y las perchas en lo alto de la arboladura coloca y todos del mástil
 los linos cuelga y las auras en viniendo recoge.
 O menos o ciertamente no más allá de en su mitad la superficie
 por esa popa iba siendo cortada, y lejos estaba una y la otra tierra,
 cuando el mar, a la noche, de henchidos oleajes a blanquecer 480
 comenzó y vertiginoso a soplar más vigorosamente el euro.
 «Arriad en seguida las arduas perchas», el capitán grita,
 «y a las entenas toda la vela arremangad». Él ordena.
 Estorban las contrarias ventiscas sus órdenes
 y no consiente que se oiga voz alguna el fragor del mar. 485
 Por sí mismos, aun así, se apresuran unos a izar los remos,
 parte a reforzar el costado, parte a negar a los vientos las velas.
 Saca éste los oleajes y el mar revierte al mar,
 este arrebata las entenas. Lo cual, mientras sin ley se hace,
 áspero crece el temporal y de todas partes, feroces, 490
 sus guerras hacen los vientos y los estrechos indignados mezclan.
 Él mismo está espantado, y cuál sea su estado que ni él mismo
 sabe confiesa el capitán del barco, ni qué ordene o qué prohíba,
 tan grande la mole de ese mal y tanto más poderosa que su arte es,
 como que resuenan con sus gritos los hombres, con su chirrido las maromas, 495
 con la colisión de las olas, pesada, la ola, con los truenos el éter.
 Con sus oleadas se yergue y el cielo igualar parece
 el ponto, y, reunidas por su aspersión, tocar las nubes.
 Y ora, cuando desde lo profundo revuelve rubias arenas,
 de igual color es a ellas; que la estigia onda ora más negro, 500
 se postra algunas veces y de sus espumas resonantes blanquece.
 La propia también popa de Traquis se mueve con estas tornas
 y ahora sublime, como desde la cima de un monte,
 contemplar abajo los valles y profundo el Aqueronte parece:
 ahora, cuando abajada el recurvo mar la cerca, 505
 contemplar arriba desde el infernal abismo el supremo cielo.
 Muchas veces hace, por el oleaje en su costado golpeada, un ingente fragor,
 y no más leve golpeada resuena que cuando férreo en otro tiempo
 el ariete o la balista embiste las laceradas ciudadelas,
 y como suelen tomando para el ataque fuerzas marchar 510
 a pecho contra las armaduras y las enhestadas armas fieros los leones,
 así, cuando se lanzaba la ola al concurrir los vientos,
 iba contra los armamentos de la nave y en mucho era más alta que ellos.
 Y ya resbalan las cuñas, y despojada de su revestimento de cera
 una hendija aparece y presta camino a las letales olas. 515
 He aquí que caen largas -liberadas las nubes- lluvias,
 y contra el mar creerías que todo desciende el cielo,
 y contra los golpes del cielo que hinchado asciende el ponto.
 Las velas se mojan de las borrascas y con las celestes olas
 las ecuóreas aguas se mezclan. Carece de sus fuegos el éter 520
 y una ciega noche ceñida se ve por las tinieblas del temporal y las suyas.
 Las hienden aun así a ellas y les ofrecen rielantes su luz
 los rayos. Con esos fuegos de rayo arden las olas.
 Hace también ya asalto dentro de las huecas texturas de la quilla
 el oleaje, y como el soldado más destacado que el número restante, 525
 cuando muchas veces intentó asaltar las murallas de una ciudad que le rechaza,
 de su esperanza se apodera al fin y, enardecido por el amor de la alabanza,
 entre mil hombres de ese muro aun así se apodera él solo,
 así, cuando hubieron batido nueve veces sus arduos costados los oleajes,
 más vastamente surgiendo se precipita de la décima ola la embestida, 530
 y no antes se abstiene de asaltar a la agotada quilla
 de que descienda como contra los baluartes de una cautivada nave.
 Una parte, así pues, intentaba todavía invadir el pino;
 parte del mar dentro estaba. Tiemblan no menos todos
 de lo que suele una ciudad temblar cuando unos su muro 535
 horadan por fuera, y cuando otros la ocupan por dentro.
 Cesa el arte, los ánimos caen, y tantas les parece,
 cuantas oleadas vienen, que se precipitan e irrumpen las muertes.
 No sostiene éste las lágrimas, suspendido está éste, llama aquél felices
 a los que funerales aguardan, éste con sus votos a una divinidad implora, 540
 y sus brazos defraudados elevando a un cielo que no ve
 pide ayuda. Le vienen a aquél su hermano y su padre,
 a éste junto con sus prendas su casa y cuanto dejado atrás ha.
 Alcíone a Ceix conmueve, de Ceix en la boca
 ninguna salvo Alcíone está, y aunque la extrañe a ella sola, 545
 se alegra de que ausente esté, aun así. De la patria también quisiera a las orillas
 volver la mirada y a su casa volver sus supremos rostros,
 pero dónde esté, ignora, de tan gran vorágine el ponto
 hierve, y producida una sombra desde esas nubes como la pez,
 todo se oculta el cielo y duplicada se hubo de la noche la imagen. 550
 Se rompe por la embestida de un tempestuoso torbellino el árbol,
 se rompe también el gobernalle, y de sus expolios ardida la sobreviviente
 ola, como vencedora, y ensenada, desdeña a las olas,
 y no más levemente que si alguien al Atos y al Pindo arrancados
 de su sede enteros los arrojara al abierto mar, 555
 precipitándose cae, y a la par con su peso y con su golpe
 hunde en lo hondo el barco. Con la cual una parte grande de sus hombres
 de ese pesado abismo presa y al aire no devuelta, su hado
 cumplió; otros partes y miembros de la quilla
 truncados sostienen. Sostiene él mismo con la mano con la que sus cetros solía 560
 trozos del navío Ceix y a sus suegro y padre invoca,
 ay, en vano. Pero incesante en la boca del que nada:
 Alcíone, su esposa. A ella recuerda y nombra,
 de ella ante los ojos que lleven su cuerpo los oleajes
 pide y exánime sea sepultado por esas manos amigas. 565
 Mientras nada, a la ausente, cuantas veces le permite abrir la boca el oleaje,
 nombra a Alcíone y por dentro de las mismas olas lo murmura.
 He aquí que por encima de los plenos oleajes un negro arco de aguas
 rompe y rota la ola sepulta, sumergida, su cabeza.
 El Lucero oscuro y a quien conocer no podrías 570
 esa luz estuvo y puesto que retirarse del cielo
 dado no le era, de densas nubes cubrió su rostro.
     La Eólide mientras, de tan grandes desgracias ignorante,
 recuenta las noches y ya, las que vestirá él,
 apresura las ropas, ya las que, cuando haya venido él, 575
 ella misma llevará, y unos retornos se promete inanes.
 A todos ella, ciertamente, a todos los altísimos, piadosos inciensos llevaba;
 antes, aun así, que a esos todos, de Juno los templos honraba,
 y por su marido, que ninguno era, venía a sus aras
 y que estuviera a salvo el esposo suyo y que retornara 580
 pedía, y que ninguna a ella antepusiera. Mas a él
 éste, de tantos votos, podía alcanzarle, solo.
     Mas la diosa no más allá sostiene el ser rogada a favor de quien con la muerte
 ha cumplido, y para apartar esas manos funestas de sus aras:
 «Iris», dijo, «de mi voz fidelísima mensajera, 585
 visita del Sueño velozmente su soporífera corte,
 y del extinguido Ceix ordénale envíe con su imagen
 unos sueños a Alcíone, que narren sus verdaderos casos».
 Había dicho. Se viste sus velos de mil colores
 Iris y con una arqueada curvatura signando el cielo, 590
 a las moradas tiende del ordenado -bajo las nubes escondidas- rey.
     Hay cerca de los cimerios, en un largo receso, una caverna,
 un monte cavo, la casa y los penetrales del indolente Sueño,
 en donde nunca con sus rayos, o surgiendo, o medio, o cayendo,
 Febo acercarse puede. Nieblas con bruma mezcladas 595
 exhala la tierra, y crepúsculos de dudosa luz.
 No la vigilante ave allí, con los cantos de su encrestado busto,
 evoca a la Aurora, ni con su voz los silencios rompen
 solícitos los perros, o que los perros más sagaz el ganso.
 No las fieras, no los ganados, no movidas por un soplo las ramas 600
 o su sonido devuelve la barahúnda de la lengua humana.
 La muda quietud lo habita. De una roca, aun así, honda,
 sale el arroyo del agua del Olvido, merced al cual, con su murmullo resbalando,
 invita a los sueños su onda con sus crepitantes guijarros.
 Ante las puertas de la cueva fecundas adormideras florecen 605
 e innumerables hierbas de cuya leche el sopor
 la Noche cosecha y lo esparce húmeda por las opacas tierras.
 Puerta, para que chirridos al volverse su gozne no haga,
 ninguna en la casa toda hay, guardián en el umbral ninguno.
 En medio un diván hay, del antro, de ébano, sublime él, 610
 plúmeo, negricolor, de endrino cobertor tendido,
 en donde reposa el propio dios, sus miembros por la languidez relajados.
 De él alrededor, por todas partes, variadas formas imitando,
 los sueños vanos yacen, tantos cuantos una cosecha de aristas,
 un bosque lleva de frondas, de escupidas arenas una playa. 615
 Adonde una vez que penetró y con sus manos, a ella opuestos, la doncella
 apartó los Sueños, con el fulgor del su vestido relució
 la sagrada casa, y el dios, yacentes ellos de su tarda pesadez,
 apenas sus ojos levantando, y una vez y otra desplomándose,
 y lo alto del pecho golpeándose con su bamboleante mentón, 620
 se sacudió finalmente a sí mismo, y a sí mismo sobre su codo apoyándose,
 a qué venía -pues la reconoció- inquiere. Mas ella:
 «Sueño, descanso de las cosas, el más plácido, Sueño, de los dioses,
 paz del ánimo, de quien el cuidado huye, quien los cuerpos, de sus duros
 menesteres cansados, confortas y reparas para la labor: 625
 a unos Sueños, que las verdaderas figuras igualen en su imitación,
 ordena que en la hercúlea Traquis, bajo la imagen de su rey,
 a Alcíone acudan y unos simulacros de su naufragio remeden.
 Impera eso Juno». Después que sus encargos llevó a cabo,
 Iris parte -ya que no más allá tolerar del sopor 630
 la fuerza podía- y deslizarse el sueño sintió a sus miembros,
 huye y retorna, por los que ahora poco había venido, sus arcos.
     Mas el padre, del pueblo de sus mil hijos,
 despierta al artífice y simulador de figuras,
 a Morfeo: no que él ninguno otro más diestramente 635
 reproduce el caminar y el porte y el sonido del hablar.
 Añade además los vestidos y las más usuales palabras
 de cada cual. Pero él solos a hombres imita. Mas otro
 se hace fiera, se hace pájaro, se hace, de largo cuerpo, serpiente:
 a él Ícelo los altísimos, el mortal vulgo Fobétor 640
 le nombra. Hay también de diversa arte un tercero,
 Fántaso. Él a la tierra, a una roca, a una ola, a un madero
 y a cuanto vacío está todo de ánima, falazmente se pasa.
 A los reyes él y a los generales su rostro mostrar
 de noche suele, otros los pueblos y la plebe recorren. 645
 Prescinde de ellos su señor y de todos los hermanos solo
 a Morfeo, quien lleve a cabo de la Taumántide lo revelado, el Sueño
 elige, y de nuevo en una blanda languidez relajado
 depuso la cabeza y en el cobertor profundo la resguarda.
 Él vuela con unas alas que ningunos estrépitos hacen 650
 a través de las tinieblas y en un breve tiempo de demora a esa ciudad
 arriba de Hemonia, y depuestas de su cuerpo las alas,
 a la faz de Ceix se convierte y tomada su figura,
 lívido, a un exánime semejante, sin ropas ningunas,
 de su esposa ante el lecho, la desgraciada, se apostó. Mojada parece 655
 la barba del marido, y de sus húmedos cabellos fluir pesada ola.
 Entonces, en el lecho inclinándose, con llanto sobre su rostro profuso,
 tal dice: «¿Reconoces a Ceix, mi muy desgraciada esposa,
 o acaso mudado se ha mi faz por la muerte? Mírame: me conocerás
 y hallarás, por el esposo tuyo, de tu esposo la sombra. 660
 Ninguna ayuda, Alcíone, tus votos nos prestaron.
 Hemos muerto. En falso prometerme a ti no quieras.
 Nuboso, del Egeo en el mar, sorprendió a la nave
 el Austro, y sacudiéndola con su ingente soplo la deshizo,
 y la boca nuestra, que tu nombre en vano gritaba, 665
 llenaron los oleajes. No esto a ti te anuncia un autor
 ambiguo, no esto de vagos rumores oyes:
 yo mismo los hados míos a ti, náufrago presente, te revelo.
 Levántate, vamos, dame tus lágrimas y de luto vístete, y no a mí,
 no llorado, a los inanes Tártaros me envía». 670
     Añade a esto una voz Morfeo, que de su esposo ella
 creyera ser, llantos también derramar verdaderos
 parecido había, y el gesto de Ceix su mano tenía.
 Gime hondo Alcíone, llorando, y mueve los brazos
 durante el sueño y su cuerpo buscando abraza las auras 675
 y grita: «Espera, ¿a dónde te me arrebatas? Iremos a la vez».
 Por su propia voz y la apariencia de su marido turbada, el sueño
 se sacude y al principio mira alrededor por si está allí
 quien hace poco parecido lo había, pues, movidos por su voz sus sirvientes,
 entraron una luz. Después que no lo encuentra en parte alguna, 680
 se golpea el rostro con la mano y rasga de su pecho los vestidos
 y sus pechos mismos hiere y sus cabellos de mesar no cura,
 los desgarra, y a la nodriza, que cuál de su luto la causa preguntaba:
 «Ninguna Alcíone es, ninguna es», dice, «murió a la vez
 con el Ceix suyo. Las palabras de consuelo llevaos. 685
 Náufrago ha perecido, lo vi y reconocí y mis manos a él
 al retirarse, ansiando retenerle, le tendí.
 Una sombra era, pero también una sombra, aun así, manifiesta
 y de mi marido verdadera. No él ciertamente, si saber lo quieres, tenía
 su acostumbrado semblante ni, con el que antes, con tal rostro brillaba. 690
 Palideciente y desnudo y todavía mojado su cabello,
 infeliz de mí le vi. Apostado el desgraciado aquí, en este
 mismo lugar», y busca sus huellas, si alguna resta.
 «Tal cosa era, tal, lo que con mi ánimo adivinador temía,
 y que de mí huyendo los vientos no siguieras te pedía. 695
 Mas ciertamente quisiera, puesto que a morir marchabas,
 que a mí también me hubieses llevado. Mucho más provechoso contigo
 a mí me fuera el marchar, pues de mi vida ningún tiempo
 sin ti hubiera pasado, ni nuestra muerte separada hubiese sido.
 Ahora ausente he perecido, y me sacuden también las olas ausente 700
 y, sin mí él, el ponto me tiene. Más cruel que el mismo
 piélago sea mi corazón si mi vida por llevar más lejos pugno,
 y lucho por sobrevivir a tan gran dolor.
 Pero ni lucharé ni a ti, triste, te abandonaré,
 y tuya ahora al menos llegaré de acompañante, y el sepulcro, 705
 si no la urna, con todo nos unirá a nosotros la letra:
 si no tus huesos con los huesos míos, mas tu nombre con mi nombre he de tocar».
 Más cosas el dolor prohíbe y en cada palabra un golpe de duelo interviene,
 y desde su atónito corazón gemidos salen.
     De mañana era. Sale de su morada a la playa, 710
 y aquel lugar afligida busca desde el cual contemplara al que marchaba,
 y mientras se detiene allí, y mientras: «Aquí las amarras desató,
 en esta playa al separarse de mí besó mis labios», dice,
 y mientras anotados en sus lugares rememora los sucesos, y hacia el mar
 mira, en un trecho distante, divisa algo así 715
 como un cuerpo, líquida, en el agua, y al principio qué ello
 fuese era dudoso. Después que un poco lo empujó la ola,
 y aunque lejos estaba, un cuerpo, aun así, que era, manifiesto estaba.
 De quién fuera ignorante ella, porque náufrago, del presagio conmovida quedó,
 y como a un desconocido que su lágrima ofreciera: «Ay, desgraciado», dice, 720
 «quien quiera que eres, y si alguna mujer tienes». Por el oleaje llevado
 se hace más cercano el cuerpo. El cual, mientras más ella lo escruta,
 por ello menos cada vez de su mente es dueña, y ya a la vecina
 tierra allegado, ya cual conocerlo pudiera,
 lo distingue: era su esposo. «Él es», grita, y a una, 725
 cara, pelo y vestido lacera, y tendiendo temblorosas
 a Ceix sus manos: «¿Así, oh queridísimo esposo,
 así a mí, triste, regresas?», dice. Adyacente hay a las olas,
 hecha a mano, una mole que del mar las primeras iras
 rompe, junto a las embestidas que ella previamente fatiga de las aguas. 730
 Salta allí, y prodigioso fue que pudiera: volaba,
 y golpeando con sus recién nacidas alas el aire leve,
 rozaba lo alto, pájaro triste, de las olas,
 y mientras vuela, un sonido a la aflicción semejante y lleno
 de queja dio su boca, crepitante de su tenue pico. 735
 Pero cuando tocó, mudo y sin sangre, ese cuerpo,
 a sus amados miembros abrazada con sus recientes alas,
 fríos besos inútilmente puso en sus labios con su duro pico.
 Si sintió tal cosa Ceix, o si su rostro con los movimientos de la ola
 levantar pareció, aquella gente lo dudaba, más él 740
 lo había sentido, y finalmente, al conmiserarse los altísimos, ambos
 en ave son mutados. A los hados mismos sometido
 entonces también permaneció su amor, y de su matrimonio el pacto deshecho
 no quedó, en ellos de aves. Se aparean y se hacen padres,
 y durante unos días plácidos del invernal tiempo, siete, 745
 se recuesta Alcíone, suspendidos en la superficie, en sus nidos.
 Entonces es segura la ola del mar: los vientos custodia y retiene
 Éolo de su salida y brinda a sus nietos mar lisa.


Ésaco

     A ellos algún señor mayor, conjuntamente volando los mares anchos,
 los contempla, y hasta el fin conservados alaba sus amores: 750
 uno a su lado, o él mismo si la suerte lo quiso: «Éste también», dijo,
 «que el mar rozando y con sus patas recogidas
 contemplas -mostrándole alargado hacia su garganta a un somorgujo-
 regia descendencia es, y si descender hasta él
 en orden perpetuo intentas, son el origen suyo 755
 Ilo y Asáraco y, raptado por Júpiter, Ganimedes,
 o Laomedonte el anciano, y Príamo, a quien los postreros tiempos
 de Troya tocaron. Hermano fue de Héctor éste,
 el cual, si no hubiera sentido en su juventud estos nuevos hados,
 quizás inferior a Héctor un nombre no tuviera, 760
 aunque lo hubo a él dado a luz la hija de Dimas;
 a Ésaco, en el sombreado Ida, furtivamente, que lo parió
 se dice Alexírroe, nacida de Granico el bicorne.
 Odiaba él las ciudades, y apartado de la brillante corte,
 secretos montes e inambiciosos campos 765
 cultivaba, y no de Ilión a las juntas, salvo raramente, acudía.
 No agreste, aun así, ni inexpugnable al amor
 pecho tenía, y perseguida muchas veces por los bosques todos,
 contempla a Hesperie, de su padre en la orilla, a la Cebrenida,
 echados a los hombros, secándolos al sol sus cabellos. 770
 Al ser vista huye la ninfa, como aterrada del rubio
 lobo una cierva, y, a lo lejos sorprendida al haber dejado el lago,
 del azor el fluvial ánade. A ella de Troya el héroe
 persigue, y a la rápida de miedo, el rápido acucia de amor.
 He aquí que, escondida en la hierba una culebra, de la que huía 775
 con su corvo diente el pie rozó, y su humor dejó en su cuerpo.
 Con su vida acabada fue la huida. Se abraza él fuera de sí
 a la exánime y clama: «Me arrepiento, me arrepiento de haberla seguido,
 pero no esto temí, ni vencer me era de tanto.
 A ti te hemos dado muerte, desgraciada, dos: la herida, por la serpiente; 780
 por mí el motivo dado fue. Yo soy más criminal que ella,
 quien a ti con la muerte mía de tu muerte consuelos no te envío».
 Dijo y de una peña, a la que ronca por su base recomía una ola,
 se entregó al ponto. Tetis, compadecida del que caía,
 blandamente lo recibe y, nadando él por las superficies, de alas 785
 lo cubrió y de su deseada muerte no le fue dada la posibilidad.
 Se indigna el amante de que contra su voluntad a vivir se le fuerce
 y se le cierre el paso a su ánima, que de su desgraciada sede quería
 salir, y cuando, nuevas para sus hombros, había tomado esas alas
 remonta y de nuevo su cuerpo sobre las superficies lanza. 790
 La pluma alivia sus caídas: se enfurece Ésaco, y contra el profundo
 abalanzado parte, y de la muerte el camino al fin reintenta.
 Causó el amor su delgadez: largas las articulaciones de sus piernas,
 larga permanece su cerviz, la cabeza está del cuerpo lejos.
 Las superficies ama y su nombre tiene porque se sumerge en ella». 795

 

 

 Libro XII


La expedición contra Troya

     Sin saber Príamo, el padre de Ésaco, que con sus asumidas alas
 él vivía, le lloraba. A un túmulo también, que su nombre tenía,
 Héctor y sus hermanos unas ofrendas fúnebres le habían ofrecido inanes.
 Faltó a ese servicio triste la presencia de Paris,
 el que poco después, junto con su raptada esposa, una larga guerra 5
 atrajo a su patria, y aliadas le persiguen
 mil embarcaciones, y con ellos el común de la gente pelasga.
 Y dilatada no hubiera sido la venganza, de no ser porque los mares
 hicieron intransitables los salvajes vientos, y si la tierra beocia
 en Áulide, la rica en peces, no hubiera retenido sus popas que iban a marchar. 10
 Aquí, según la costumbre patria, al preparar a Júpiter sus sacrificios,
 cuando la vieja ara se encandeció con los encendidos fuegos,
 serpear azulado los dánaos vieron un reptil,
 hacia un plátano que se erguía próximo a los emprendidos sacrificios.
 Un nido había, de pájaros dos veces cuatro, en lo supremo del árbol: 15
 a los cuales y a la madre, que alrededor de sus pérdidas volaba,
 una vez que arrebató la serpiente y en su ávida boca los sepultó,
 quedaron suspendidos todos, mas de la verdad vidente el augur
 Testórida: «Venceremos», dice, «gozaos de ello, Pelasgos.
 Troya caerá, pero será una demora larga la de nuestra gesta», 20
 y los nueve pájaros en los años de la guerra distribuye.
 Ella, cual estaba abrazada verdes a sus ramas en el árbol,
 se vuelve piedra y signa con la imagen de una serpiente tal roca.
     Permanece el Bóreas violento de Aonia en las ondas
 y las guerras no traslada, y hay quienes que salva a Troya 25
 Neptuno creen, porque las murallas había hecho de esa ciudad.
 Mas no el Testórida. Pues no ignora o calla
 que con una sangre virgínea aplacada de la virgen la ira
 ha de ser. Después que a la piedad la causa pública,
 y el rey al padre, hubo vencido, y la que iba a dar su casta sangre 30
 ante el ara apostada estaba, Ifigenia, llorándola sus oficiantes,
 vencida la diosa fue y una nube a los ojos opuso y en medio
 del servicio y el gentío del sacrificio y las voces de los suplicantes,
 sustituida por una cierva, se dice que mutó a la Micénide.
 Así pues, cuando con la matanza que debió mitigada fue Diana, 35
 a la vez de Febe, a la vez del mar la ira se aleja.
 Reciben los vientos de espalda las mil quillas
 y tras mucho padecimiento se apoderan de la frigia arena.


La Fama

     Del orbe un lugar hay en el medio, entre las tierras y el mar
 y las celestes extensiones, los confines de ese triple mundo, 40
 desde donde lo que hay en dondequiera, aunque largos trechos diste,
 se divisa, y penetra toda voz hasta sus huecos oídos.
 La Fama lo posee, y su morada se eligió en su suprema ciudadela,
 e innumerables entradas y mil agujeros a sus aposentos
 añadió y con ningunas puertas encerró sus umbrales. 45
 De noche y de día está abierta: toda es de bronce resonante,
 toda susurra y las voces repite e itera lo que oye.
 Ninguna quietud dentro y silencios por ninguna parte;
 y ni aun así hay gritos, sino de poca voz murmullos
 cuales los de las olas, si alguien de lejos las oye, del piélago 50
 ser suelen, o cual el sonido que, cuando Júpiter
 increpa a las negras nubes, los extremos truenos devuelven.
 Sus atrios un gentío los posee. Vienen, leve vulgo, y van,
 y mezclados con los verdaderos los inventados deambulan,
 miles de tales rumores, y confusas palabras revuelan. 55
 De los cuales, éstos llenan de relatos los vacíos oídos,
 éstos lo narrado llevan a otro, y la medida de lo inventado
 crece y a lo oído algo añade su nuevo autor.
 Allí la Credulidad, allí el temerario Error
 y la vana alegría está, y los consternados Temores, 60
 y la Sedición repentina, y de dudoso autor los Susurros.
 Ella misma qué cosas en el cielo y en el mar se pasen
 y en la tierra ve e inquiere a todo el orbe.


Aquiles y Cigno

     Había hecho ella conocido que con soldado fuerte
 se allegaban desde Grecia unas embarcaciones y no inesperado 65
 llega el enemigo en armas. Prohíben el acercamiento y su litoral vigilan
 los troyanos, y de Héctor por la lanza el primero, fatalmente,
 Protesilao, caes, y los emprendidos combates mucho
 cuestan a los dánaos, y fuerte por su muerte de almas se conoce a Héctor.
 Tampoco los frigios con exigua sangre sintieron de qué 70
 la diestra aquea era capaz, y ya rojecían del Sigeo
 los litorales, ya a la muerte el descendiente de Neptuno, Cigno,
 a mil hombres había entregado, ya en su carro acosaba Aquiles
 y enteras, con el golpe de su cúspide del Pelio, tendía
 tropas y por las filas o a Cigno o a Héctor buscando 75
 aborda a Cigno -para el décimo año diferido
 Héctor estaba-: entonces, sus cuellos resplandecientes hundidos por el yugo,
 exhortando a sus caballos, su carro dirigió contra el enemigo,
 y agitando con sus brazos las vibrantes armas:
 «Quien quiera que eres, oh joven», dijo, «por consuelo ten 80
 de tu muerte que del hemonio Aquiles has sido degollado».
 Hasta aquí el Eácida, a su voz la grave asta siguió,
 pero aunque ningún yerro hubo en la certera asta,
 de nada, aun así, sirvió la punta del lanzado hierro,
 y cuando el pecho únicamente golpeó con su embotado golpe: 85
 «Nacido de diosa, pues a ti gracias a la fama desde antes te conocía», dice
 él: «¿por qué te asombras de que en nos herida no haya?»,
 pues asombrado estaba. «No este casco que ves, rubio de crines
 equinas, ni la carga, la cóncava rodela, de mi izquierda,
 de auxilio me son: ornato se ha buscado de ellos. 90
 Marte también, por mor de él, empuñar tales defensas suele. Príveseme de todo
 servicio de esta cobertura, aun así, intacto saldré.
 Algo es el no haber sido engendrado de una Nereida, sino quien
 a Nereo y a sus hijas y todo modera el mar».
 Dijo y el que habría de clavarse del escudo en la curvatura un dardo 95
 lanzó al Eácida, el cual, sí el bronce y las siguientes rompió
 pieles novenas de bueyes: en el décimo orbe, aun así, detenido quedó.
 Lo sacudió el héroe, y de nuevo tremolando sus armas
 con su fuerte mano las blandió: de nuevo sin herida el cuerpo
 e íntegro quedó, ni la tercera cúspide, a ella abierto 100
 y ofreciéndosele fue capaz de rasgar a Cigno.
 No de otro modo se inflamó él que en el circo abierto un toro
 cuando sus aguijadas -las prendas de bermellón- busca
 con su terrible cuerno y defraudadas siente sus heridas.
 Si es que se ha desprendido el hierro, considera él, del asta: 105
 fijado estaba al leño. «¿Es la mano mía la débil, así pues,
 y las fuerzas -dice- que antes tuvo las ha disipado en uno solo?
 Pues cierto que vigor tuvo, bien cuando de Lirneso
 las murallas el primero derribé, o cuando a Ténedos
 y a la Tebas de Eetión colmé de su sangre, 110
 o cuando purpurino de su paisana muerte el Caíco
 fluyó, y la obra de mi asta los veces sintió Télefo.
 Aquí también para tantos asesinatos cuyas pilas por este litoral
 hice y veo, vigor tuvo mi diestra y tiene»,
 dijo y en lo antes realizado como si mal creer pudiera, 115
 su asta manda en derechura, de la plebe licia, a Menetes,
 y su loriga a la vez, y bajo ella su pecho le rompe.
 Del cual, al golpear la tierra grave con su moribundo pecho,
 extrae aquella misma arma de su caliente herida
 y dice: «Ésta la mano es, ésta, con la que acabamos de vencer, mi asta: 120
 usaré contra él las mismas. Sea en él suplico, el resultado mismo».
 Así diciendo a Cigno retorna, y el fresno no yerra
 y en su hombro sonó, no evitada, izquierdo.
 De allí, como de un muro y un sólido arrecife rechazada fue.
 Por donde, aun así, golpeado había sido, marcado de sangre a Cigno 125
 había visto y en vano se había regocijado Aquiles.
 La herida era ninguna, la sangre era aquella de Menetes.
 Entonces verdaderamente, abalanzado, del carro alto rugiente
 salta y con su nítida espada a su intacto enemigo
 de cerca buscando, la rodela con su espada y su gálea hundirse 130
 contempla, más en ese duro cuerpo dañarse también el hierro.
 No lo soporta más, y con su escudo reiterado golpea
 tres y cuatro veces la cara de ese varón, a él vuelta, con la empuñadura también sus huecas
 sienes, y al que retrocedía persiguiéndole le acosa y lo turba se le lanza,
 y atónito le niega el descanso: el pavor se apodera de él, 135
 y ante sus ojos nadan las tinieblas, y atrás llevando
 retrocedidos los pasos una piedra se le opuso en mitad del campo,
 de la cual encima, empujado Cigno con su cuerpo boca arriba,
 con fuerza mucha lo vuelve y a la tierra lo sujeta Aquiles.
 Entonces con su escudo y sus rodillas duras oprimiéndole el busto, 140
 de las correas tira de su gálea, las cuales, por debajo de su oprimido mentón,
 le rompen la garganta y la respiración y el camino
 le roban del aliento. Al vencido a expoliar se disponía.
 Sus armas abandonadas ve: su cuerpo el dios del mar confirió
 a una blanca ave, de cuyo modo el nombre tenía. 145
     Esta gesta, esta batalla, un descanso de muchos días
 trajo consigo y, depuestas las armas ambas partes hicieron un alto.
 Y mientras vigilante de Frigia los muros un centinela guarda,
 y vigilante de Argólide las fosas guarda un centinela,
 el festivo día había llegado en que de Cigno el vencedor, Aquiles, 150
 a Palas aplacaba con la sangre de una inmolada vaca.
 De la cual, cuando impuso sus entrañas en las calientes aras
 y por los dioses percibido penetró en los aires su vapor,
 los sacrificios se llevaron la suya, la parte fue dada, restante, a las mesas.
 Se tumbaron en los divanes los próceres, y sus cuerpos de asada 155
 carne llenan, y con vino alivian sus cuidados y su sed.
 No a ellos la cítara, no a ellos las canciones de las voces,
 o de muy perforado boj les deleita, larga, la tibia,
 sino que la noche en la conversación alargan, y la virtud es, de su hablar,
 la materia. Sus batallas refieren, las del enemigo y las suyas, 160
 y en turnos los peligros afrontados y apurados a menudo
 remembrar les place: pues de qué hablaría Aquiles,
 o de qué cabe al gran Aquiles mejor hablarían.
 La muy reciente victoria, principalmente, sobre el dominado Cigno
 en conversación estuvo, pareciendo admirable a todos 165
 el que al joven su cuerpo de ningún arma penetrable
 e invicto a la herida fuera, y que el hierro puliera.


Ceneo (I)

     Esto el propio Eácida, esto admiraban los aqueos,
 cuando así Néstor dice: «En vuestra edad fue el único
 despreciador del hierro y horadable por golpe ninguna 170
 Cigno. Mas yo mismo en otro tiempo, sufriendo él heridas mil
 en un cuerpo no dañado, al perrebo Ceneo vi,
 a Ceneo el perrebo, el cual, glorioso por sus hechos, el Otris
 habitaba, y para que ello más admirable fuese en él,
 mujer nacido había. Del prodigio por la novedad se conmueve 175
 todo el que asiste, y que lo refiera le piden. Entre los cuales Aquiles:
 «Di, vamos, pues en todos el mismo hay deseo de oírlo,
 oh, elocuente anciano, de nuestra edad la prudencia,
 quién fuera Ceneo, por qué en lo contrario vuelto,
 en qué milicia, de qué batalla en el certamen 180
 por ti conocido, de quién fue vencido, si vencido de alguno fue».
 Entonces el mayor: «Aunque a mí me estorba mi tarda vejez,
 y muchas se me huyen de las cosas por mí contempladas en mis primeros años,
 más cosas, aun así, recuerdo, y, que más prendida esté, ninguna
 cosa en el pecho nuestro hay entre hechos tantos de guerra 185
 y de paz, y si a alguien pudo su espaciosa vejez
 como espectador de las obras de muchos devolver, yo he vivido
 de años dos veces cien. Ahora se vive mi tercera edad.
 «Brillante por su hermosura fue la descendencia de Elato, Cenis,
 de las tesalias la doncella más bella, y en las cercanas, 190
 y en tus ciudades -pues fue paisana tuya, Aquiles-,
 en vano por los votos de muchos pretendientes fue deseada.
 Hubiese intentado Peleo los tálamos también, quizás, esos:
 pero ya le habían alcanzado a él las bodas de tu madre
 o le habían sido prometidas, ni tampoco Cenis a ningunos 195
 tálamos desposada fue, y por unas secretas playas cogiendo ella,
 fuerza sufrió del dios marino, así la fama lo contaba.
 Y cuando los goces de esta nueva Venus Neptuno hubo tomado:
 «Que estén tus votos te permito», dijo, «libres de rechazo.
 Elige qué has de desear» -la misma fama esto también contaba-. 200
 «Grande», Cenis dice, «hace esta injuria a mi deseo:
 que tal sufrir ya nada pueda. Dame el que mujer no sea:
 todo lo habrás garantizado». Con más grave tono las últimas dijo
 palabras, y podía la de un hombre la voz aquella parecer,
 como así era. Pues ya a su voto el dios del mar alto 205
 había asentido y le había dado, además, que ni dañado por ningunas
 heridas fuera, o a hierro sucumbir pudiera.
 De su presente contento parte, y en afanes viriles su edad
 pasó el Atrácida y del Peneo los campos recorre.


La batalla de Lápitas y Centauros

     Había desposado a Hipódame el hijo del audaz Ixíon, 210
 y a los feroces hijos de la nube, puestas por orden las mesas,
 había ordenado recostarse, de árboles cubierta, en una gruta.
 Los próceres hemonios asistían, asistíamos también nos,
 y festivo con su confuso gentío resonaba el real.
 He aquí que cantan a Himeneo y de fuego los atrios humean, 215
 y ceñida llega la doncella de las madres y las nueras por la caterva,
 muy insigne de hermosura. Feliz llamamos de esa
 esposa a Pirítoo, el cual presagio casi malogramos.
 Pues a ti, de los salvajes el más salvaje, de los centauros,
 Éurito, cuanto por el vino tu pecho, tanto por la doncella vista 220
 arde, y la ebriedad, geminada por la libido, en ti reina.
 En seguida, volcándose, turban los convites las mesas,
 y es raptada, de su pelo tomado por la fuerza la nueva casada.
 Éurito a Hipódame, otros, la que cada uno aprobaban
 o podían, rapta, y, la de una tomada, era de la ciudad la imagen. 225
 De gritos femeninos suena la casa: más rápido todos
 nos levantamos y el primero: «¿Qué vesania», Teseo,
 «Éurito, a ti te impulsa», dice, «a que tú en vida mía provoques
 a Pirítoo y violes a dos, ignorante, en uno?».
 Y no tal el magnánimo en vano había remembrado con su boca: 230
 aparta a los que le acosan y la raptada de aquellos delirantes arrebata.
 Él nada en contra -pues tampoco defender con palabras
 tales acciones puede-, sino que del defensor la cara con protervas
 manos persigue y su generoso pecho golpea.
 Era el caso que había junto, de sus figuras prominentes áspera, 235
 una antigua cratera, que, vasta ella, más vasto él mismo,
 la sostiene el Egida y la lanza contra su cara a él opuesta.
 Borbotones de sangre él, a la vez que cerebro y vino,
 por la herida y la boca vomitando, de espaldas en la húmeda arena
 convulsiona. Arden los hermanos bimembres 240
 por el asesinato y a porfía todos con una sola boca: «Las armas, las armas», dicen.
 Los vinos les daban ánimos y a lo primero de la lucha copas
 lanzadas vuelan y los frágiles jarros y las curvadas escudillas,
 cosas para los festines un día, entonces para las guerras y los asesinatos aptas.
     El primero el Ofiónida Ámico los penetrales de sus dones 245
 no temió expoliar, y él el primero del santuario
 arrebató, de luces denso, coruscantes, un candelabro,
 y, levantado éste alto, como el que los cándidos cuellos de un toro
 por romper se esfuerza con la sacrificial segur,
 lo estrelló en la frente del Lápita Celadonte y sus huesos 250
 derramados dejó, no reconocible, en su rostro.
 Le saltaron los ojos y, dispersos los huesos de la cara,
 echada fue atrás su nariz y fijada quedó en mitad del paladar.
 A él, con un pie arrancado de una mesa de arce, el de Pela
 lo tendió en tierra, Pelates, hundido en su pecho su mentón, 255
 y con negra sangre mezclados escupiendo él sus dientes,
 de tal herida geminada lo envió del Tártaro a las sombras.
     «Cercano como apostado estaba contemplando los altares humosos
 con su rostro terrible: «¿Por qué no», dice, «hemos de hacer uso de ellos?»,
 y con sus fuegos Grineo levanta la ingente ara, 260
 y del tropel de los Lápitas lo arroja en la mitad
 y aplasta a dos, a Bróteas y a Orío. De Orío
 su madre era Mícale, la cual, que había abajado encantándola
 muchas veces, constaba, los cuernos de la reluctante luna.
 «No impune quedarás, no bien de un arma se me dé provisión», 265
 había dicho Exadio, y de un arma tiene a la traza, los que
 en un alto pino estuvieran, los cuernos de un votivo ciervo.
 Clavado queda de ahí Grineo con una doble rama en sus ojos,
 y se le extraen los globos, de los cuales parte en los cuernos prendida queda,
 parte prendida fluye a su barba y con coagulada sangre cuelga. 270
     He aquí que arrebata flameante Reto de la mitad de las aras
 la brasa de un ciruelo, y desde la parte derecha de Caraxo
 sus sienes quebranta, protegidas por su rubio cabello.
 Arrebatados por la rapaz -como mies árida- llama
 ardieron sus pelos y en la herida la sangre quemada, 275
 terrible su chirrido, un sonido dio, como dar el hierro
 al fuego rojeciente frecuentemente suele, al que con su tenaza curvada
 cuando su obrero lo saca, en las cubas lo hunde: mas él
 rechina y en la agitada onda sumergido silba.
 Herido él de sus erizados cabellos el ávido fuego sacude, 280
 y hacia sus hombros un umbral de la tierra arrancado
 levanta, carga de un carro, el cual, que no llegue a lanzar contra el enemigo
 su mismo peso hace. A un aliado también la mole de roca
 aplastó, que en un espacio estaba más cercano, a Cometes.
 Sus goces no retiene Reto: «Así, yo lo suplico», dice, 285
 «el resto de esta multitud, de los cuarteles tuyos, sea fuerte»,
 y con el medio quemado tronco renueva repetidamente la herida,
 y tres y cuatro veces con un grave golpe las junturas de su cabeza
 rompe y se asentaron sus huesos, líquido, en su cerebro.
     Vencedor hacia Evagro y Córito y Drías pasa. 290
 De los cuales, cuando cubierto en sus mejillas con su primer bozo
 sucumbió Córito: «De un muchacho derribado qué gloria
 nacido para ti ha», Evagro dice, y decir más Reto
 no consiente y, feroz, en la abierta boca del que hablaba
 sepultó de ese hombre, y a través de su boca en su pecho, rutilantes, esas llamas. 295
 A ti también, salvaje Drías, alrededor de tu cabeza blandiendo el fuego
 te persigue, pero no contra ti también consiguió el mismo
 resultado: a él que de su asidua matanza por el éxito se congratulaba,
 por donde unida está al hombro la cerviz, con una estaca le clavas, al fuego tostada.
 Gimió hondo, y de su duro hueso la estaca apenas se arrancó 300
 Reto y él mismo de su sangre empapado huye.
 Huye también Orneo y Licabante y herido en su hombro
 derecho Medón y con Pisénor Taumante,
 y el que poco antes en el certamen de los pies había vencido a todos,
 Mérmero -encajada entonces una herida más lento iba-, 305
 y Folo y Melaneo y Abante, el azote de los jabalíes,
 y el que a los suyos en vano de la guerra había disuadido, el augur
 Ástilo. Él además, al que temía las heridas, a Neso:
 «No huyas. Para los hercúleos», dice, «arcos reservado serás».
 Mas no Eurínomo, y Lícidas, y Areo e Ímbreo 310
 escaparon a la muerte, a los cuales todos la diestra de Drías
 abatió, a él enfrentados. De frente tu también, aunque
 tus espaldas a la huida habías dado, tu herida, Creneo, llevaste,
 pues grave un hierro, al volver la mirada, entre los dos ojos
 por donde la nariz a lo más bajo se une, encajas. 315
     «En ese tan gran bramido por todas sin fin sus venas yacía
 dormido y sin despabilarse Afidas,
 y en su languideciente mano una copa mezclada sostenía,
 derramado en las vellosas pieles de una osa del Osa.
 Al cual de lejos cuando lo vio sin levantar en vano ningunas armas, 320
 mete en su correa los dedos y: «Para ser mezclados», dijo
 Forbas, «con Estige esos vinos beberás, y sin detenerse en más
 contra el joven blandió una jabalina y el herrado
 fresno en el cuello, como al acaso yacía boca arriba, le entró.
 Su muerte careció de dolor y de su garganta plena fluyó 325
 a los divanes y a las mismas copas, negra, la sangre.
     Vi yo a Petreo intentando levantar de la tierra,
 llena de bellotas, una encina, a la cual, mientras con sus abrazos la rodea
 y sacude aquí y allá y su vacilante robustez agita,
 la láncea de Pirítoo, introducida en las costillas de Petreo, 330
 su pecho reluctante junto con las dura robustez dejó fijado.
 De Pirítoo por la virtud que Lico había caído contaban,
 de Pirítoo por la virtud Cromis, pero ambos menor
 título a su vencedor que Dictis y Hélope dieron,
 clavado Hélope en una jabalina que transitables sus sienes hizo, 335
 y lanzada desde la derecha hasta la oreja izquierda penetró,
 Dictis, resbalándose desde la bicéfala cima de un monte,
 mientras huye temblando del que le acosa, de Ixíon al hijo,
 cae de cabeza, y con el peso de su cuerpo un olmo
 ingente rompió y de sus ijares lo vistió roto. 340
     Vengador llega Alfareo, y una roca del monte arrancada
 lanzar intenta. Al que lo intentaba con un tronco de encina
 asalta el Egida y de su codo los ingentes huesos
 rompe y no más allá de entregar ese cuerpo inútil a la muerte
 u ocasión tiene o se preocupa, y a la espalda del alto Biénor 345
 salta, no acostumbrada a portar a nadie sino a sí mismo,
 y le opuso la rodilla a sus costillas y reteniéndole
 con la izquierda la cabellera, su rostro y su amenazante boca
 con un tronco nudoso, y sus muy duras sienes, le rompió.
 Con ese tronco a Nedimno y al alanceador Licopes 350
 tumba, y protegido en su pecho por su abundante barba
 a Hípaso y de lo más alto de los bosques prominente a Rifeo,
 y a Tereo, quien en los hemonios montes los osos que cogía
 llevar a su casa vivos e indignados solía.
     No soportó que disfrutara Teseo de los éxitos 355
 de la batalla más allá Demoleonte: con su sólido matorral
 arrancar un añoso pino con gran esfuerzo intenta,
 lo cual, puesto que no pudo, previamente roto lo arroja a su enemigo;
 pero lejos del arma que le venía Teseo se retiró,
 por la admonición de Palas: que se le creyera así él mismo quería. 360
 No, aun así, el árbol inerte cayó, pues del alto Crántor
 separó del cuello el pecho y el hombro izquierdo:
 armero aquel de tu padre había sido, Aquiles,
 a quien de los dólopes el soberano, en la guerra superado, Amíntor,
 al Eácida había dado, de la paz, prenda y garantía. 365
     A él, desde lejos cuando por una horrible herida desmembrado Peleo
 lo vio: «mas tus ofrendas fúnebres, de los jóvenes el más grato, Crántor,
 recibe», dice y con vigoroso brazo contra Demoleonte
 de fresno lanzó, de su mente también con las fuerzas, un asta,
 que de su costado el armazón antes rompió, y luego en sus huesos prendida quedó 370
 temblando: saca él con su mano sin su cúspide el leño
 -éste también apenas le obedece-: la cúspide en el pulmón retenida queda.
 El mismo dolor fuerzas a su ánimo daba: enfermo contra el enemigo
 se levanta y con sus pies de caballo al hombre cocea.
 Recibe él los golpes resonantes en la gálea y el escudo 375
 y defiende sus hombros y ante sí tendidas sostiene sus armas,
 y a través de las axilas con un solo golpe sus dos pechos perfora.
 Antes, aun así, a la muerte había entregado a Flegreo e Hiles,
 desde lejos, a Ifínoo con cercano Marte, y a Clanis.
 Se añade a ellos Dórilas, que las sienes cubiertas llevaba 380
 de la piel de un lobo, y a guisa de salvaje arma los prestantes
 cuernos zambos de unos bueyes, enrojecidos del mucho crúor.
     A éste yo, pues fuerzas mi ánimo me daba: «Contempla», dije,
 «cuánto ceden a nuestro hierro tus cuernos»,
 y una jabalina blandí, la cual, como evitar no pudiera, 385
 opuso su diestra a la que había de sufrir esas heridas, su frente.
 Fijada quedó con su frente su mano. Se produce un griterío, mas a aquél,
 prendido, y por su acerba herida vencido Peleo
 -pues apostado estaba el más cercano- bajo su mitad le hiere a espada el vientre.
 Se abalanzó, y por la tierra, feroz, sus vísceras arrastró, 390
 y arrastradas las pisó, y pisadas las rompió, y en ellas
 sus patas también impidió, y sobre su vientre inane cayó.
     Y no a ti al luchar, Cílaro, tu hermosura te redimió,
 si es que a la naturaleza esa hermosura le concedemos.
 Su barba era incipiente, de esa barba el color áureo, áureo 395
 desde los hombros su pelo pendía hasta la mitad de sus espaldillas.
 Agradable en su cara el vigor; su cuello y hombros y manos
 y pecho a las alabadas esculturas de los artistas próximos,
 y por doquiera que hombre es; ni tampoco la del caballo imperfecta y peor
 bajo aquel hombre la hermosura: dale cuello y cabeza 400
 y de Cástor digno será: así su espalda montable, así son
 sus pechos excelsos de sus toros. Todo que la pez negra más negro,
 cándida la cola, en cambio. Su color es también, de las piernas, blanco.
 Muchas a él lo pretendieron de su raza, pero una sola
 se lo llevó, Hilónome, que la cual ninguna más hermosa mujer entre 405
 los mediofieras habitó en los altos bosques.
 Ella con sus ternuras y amándole, y que le amaba confesando,
 a Cílaro sola tiene, de su ornato también, cuanto en esos
 miembros existir puede, que sea su pelo por el peine liso,
 que ora de rosmarino, ora de viola o rosa 410
 se rodee, alguna vez que canecientes lirios lleve,
 y dos veces al día, bajados del vértice del pagáseo bosque,
 en sus manantiales su rostro lave, dos veces en su caudal su cuerpo moje,
 y que no, salvo las que le honren, de selectas fieras,
 o a su hombro o a su costado izquierdo tienda pieles. 415
 Parejo amor hay en ellos: vagan en los montes a una,
 grutas a la vez alcanzan. Y también entonces de los Lápitas a los techos
 habían entrado a la par, a la vez esas fieras guerras hacían.
 El autor en duda está: una jabalina de la parte izquierda
 llega, y más abajo que al cuello el pecho sostiene, 420
 Cílare, te clavó. Su corazón, de esa pequeña herida alcanzado,
 junto con su cuerpo entero después que el arma fue sacada se enfrió.
 En seguida Hilónome recibe murientes sus miembros
 e imponiéndole la mano la herida le calienta y su boca a la boca
 le acerca y su aliento que escapa impedir intenta. 425
 Cuando lo ve extinguido, tras decirle cosas que el griterío a mis oídos
 vedó llegar, sobre el arma que dentro de él prendida estaba
 se echó, y muriendo se abrazó a su marido.
     «Ante mis ojos está también aquel que, de a seis, ató
 entre sí con entrelazados nudos de leones unas pieles, 430
 Feócomes, protegiéndose a la vez al hombre y al caballo,
 el cual, un tronco lanzando que apenas un par de yuntas moverían,
 a Téctalo el Olénida desde el extremo de su cabeza lo rompió.
 [Roto quedó el contorno más ancho de su cabeza, y a través de su boca
 y a través de sus huecas narices, por los ojos y las orejas, el cerebro 435
 blando le fluye, como cuajada por un mimbre de encina
 la leche suele, o como el líquido en un ralo cedazo por su peso
 mana, y se exprime espesa por los densos agujeros.]
 Mas yo, mientras se dispone él de sus armas a desnudar al yacente,
 -sabe esto tu padre-, mi espada en las profundas ijadas 440
 del que le expoliaba hundí. Ctonio también y Teléboas
 por la espada nuestra yacen: una rama el primero ahorquillada
 llevaba, éste una jabalina. Con esa jabalina a mí heridas me hizo.
 Sus señales ves. Se distingue todavía vieja la cicatriz de ahí.
 En ese entonces debió a mí enviárseme a tomar Pérgamo; 445
 entonces podía del gran Héctor, si no superar,
 detener sus armas con las mías. Pero en aquel tiempo ninguno,
 o un niño, Héctor era. Ahora a mí me traiciona mi edad.
 Para qué de Périfas, el vencedor del geminado Pireto,
 de Ámpix para qué contarte, quien del cuadrupedante Equeclo 450
 clavó de frente en su cara un cornejo sin cúspide.
 Una tranca hundiéndole el Peletronio Macareo en el pecho
 tumbó a Erigdupo. Recuerdo también que unos venablos se escondieron
 en la ingle de Cimelo por las manos de Neso lanzados.
 Y no has de creer que sólo cantaba el porvenir 455
 el Ampicida Mopso. Con Mopso de lanzador el biforme
 Hodites sucumbió y en vano intentó hablar:
 a su mentón la lengua y el mentón a su garganta clavado.


Ceneo (II)

     «Cinco a la muerte Ceneo había entregado, Estífelo y Bromo
 y Antímaco y Élimo y al portador de la segur, Piracmo. 460
 Sus heridas no las recuerdo; del número y del nombre tomé nota.
 Adelante vuela, de los expolios del ematio Haleso armado,
 a quien había dado muerte, de miembros y cuerpo el más grande
 Latreo: su edad, entre un joven y un viejo,
 su fuerza juvenil era; variegaban sus sienes las canas. 465
 El cual, por su escudo y gálea y macedonia pica
 conspicuo, y su faz vuelta a ambas tropas,
 sus armas golpeó y en un certero círculo cabrioleó,
 y palabras tantas vertió, ardido, a las vacías auras:
 «¿También a ti, Cenis, te he de sufrir? Pues tú para mí una mujer siempre, 470
 tú para mí Cenis serás. ¿Tu origen natal no te ha advertido
 y a tu mente viene, como premios de qué acto
 y por qué merced la falsa apariencia de un hombre se te ha deparado?
 Qué hayas nacido mira, o qué has sufrido, y la rueca,
 anda, coge con los canastos, y las urdimbres con tu pulgar tuerce: 475
 las guerras deja a los hombres». Al que profería tales cosas Ceneo
 vació su costado, tenso por la carrera, lanzándole un asta
 en donde el hombre con el caballo se juntaba. Enloquece él de dolor,
 y, desnuda, la cara del joven Fileo hiere con su pica.
 No de otro modo ella rebotó que de la cima de un tejado el granizo, 480
 o si uno hiere con una pequeña piedra los huecos tímpanos.
 De cerca ataca y en su costado duro por esconder
 lucha su espada: para su espada lugares transitables no son.
 «Mas no escaparás. Te degollará por su mitad mi espada
 puesto que su punta está roma», dice, y de costado su espada 485
 atraviesa, y con su larga diestra le estrecha las ijadas.
 El golpe produce unos gemidos como en un cuerpo de mármol golpeado,
 y rota salta en pedazos la lámina al ser sacudido tal callo.
 Cuando bastante sus ilesos miembros le hubo exhibido a él, admirado:
 «Ahora, vamos», dice Ceneo, «con el hierro nuestro tu cuerpo 490
 probemos», y hasta la empuñadura le hundió en sus costados
 la espada mortífera y ciega llevó su mano hasta sus vísceras
 y la removió y herida en la herida hizo.
 He aquí que se lanzan con vasto griterío rabiosos los bimembres,
 y sus armas contra éste solo todos lanzan y llevan. 495
 Las armas rebotadas caen: permanece no perforado,
 y no ensangrentado Ceneo el de Élato, por golpe alguno.
 Los había dejado atónitos el insólito asunto. «Oh deshonra ingente»,
 Mónico exclama. «A un pueblo se nos vence por uno solo,
 y apenas si hombre. Aunque él hombre es; nosotros, por nuestros indolentes actos 500
 lo que fue él somos. ¿De qué estos miembros ingentes nos aprovechan?
 ¿De qué esta geminada fuerza y el que los más fuertes
 de la naturaleza animales en nosotros una naturaleza doble ha unido?
 Y no a nosotros de madre una diosa, ni nosotros de Ixíon haber
 nacido nos creo, el que tan grande era que de la alta Juno 505
 la esperanza concibiera: a nosotros nos vence un enemigo medio varón.
 Rocas y troncos encima y todos en contra volvedle los montes,
 y su vivaz aliento sacadle lanzándole sus bosques.
 Que su masa le oprima la garganta y hará las veces de herida el peso».
 Dijo y, arrancado por las dementes fuerzas del austro, 510
 por casualidad un tronco que hallara, lo lanzó contra su vigoroso enemigo,
 y ejemplo fue, y en poco tiempo desnudo de árbol el Otris estaba ni tenía el Pelión
 sombras. Sepultado en ese ingente montón de érboles bajo su peso
 Ceneo bulle, y los apilados troncos en sus duros
 hombros lleva, pero realmente después que sobre su rostro y su cabeza 515
 creció su peso y no tiene, las que coja, su respiración auras,
 desfallece a veces, ora a sí mismo sobre el aire en vano
 levantarse intenta y volcar, a él arrojados, los bosques,
 y a veces los mueve, como el que vemos, he ahí,
 arduo, si de la tierra se agita con los movimientos, el Ida. 520
 El resultado en duda está. Unos que bajo los inanes
 Tártaros su cuerpo precipitado fue, de los bosques por la mole, decían;
 lo deniega el Ampicida y de la mitad del acúmulo vio
 de rubias alas un ave salir a las líquidas auras,
 la cual entonces por primera vez, en ese entonces por última vez contemplé. 525
 A ella, cuando lustrando con su liviana voladura sus campamentos
 Mopso, y con ingente clangor el alrededor llenando de su sonido,
 lo contempló, a la par con sus ánimos y con sus ojos siguiéndola:
 «Oh salve», dijo, «gloria de la raza Lápita,
 el más grande hombre en otro tiempo, pero ahora ave única, Ceneo». 530
 Creído el asunto por el autor suyo fue. El dolor nos añadió ira,
 y mal llevamos que ahogado por tantos enemigos uno solo fuera,
 y no antes nos abstuvimos de dispensar dolor a hierro,
 de que dada una parte a la muerte, a la otra parte la huida y la noche alejara».


Periclímeno

     A estas batallas entre los Lápitas y los mediohombres Centauros, 535
 al referirlas el Pilio, Tlepólemo el dolor
 del preterido Alcida no pudo soportar con callada boca
 y dice: «De la gloria de Hércules admirable es que olvidos te hayan
 ocurrido a ti, señor. Ciertamente a menudo referirme
 solía mi padre que los hijos de la nube dominados por él habían sido». 540
 Triste a esto el Pilio: «¿Por qué a recordar mis males
 me obligas y, cerrados por los años, a desgarrar mis lutos
 y contra tu padre mi odio y sus ofensas a confesar?
 Él ciertamente cosas más grandes de lo creíble también hizo y el orbe
 colmó de sus méritos, lo cual preferiría poder negar. 545
 Pero ni a Deífobo ni a Polidamante ni al propio
 Héctor alabamos, pues quién alabaría a su enemigo.
 Ese tu genitor, las murallas mesenias en otro tiempo
 derribó y, no merecedoras, las ciudades de Elis y Pilos
 derruyó y contra los penates míos hierro y llama 550
 empujó, y por que a otros silencie yo, a los que él dio muerte,
 dos veces seis los Nelidas fuimos, admirada juventud,
 dos veces seis de Hércules cayeron, menos yo solo,
 por las fuerzas, y que otros ser vencidos pudieran, soportable es:
 prodigiosa de Periclímeno la muerte es, a quien el poder tomar 555
 figuras, cuales quisiera, y de nuevo dejar las tomadas
 Neptuno había otorgado, de la sangre de Neleo el autor.
 Él, cuando en vano se hubo variado en todas las formas,
 se torna la faz de un ave que rayos en sus curvos
 pies llevar suele, de los dioses la más grata a su rey. 560
 De las fuerzas usando de esa ave, con el pico recorvado
 y sus ganchudas uñas, de ese hombre había desgarrado la cara.
 Tensa contra ella, demasiado certeros, el Tirintio sus arcos,
 y entre las nubes sus sublimes miembros portando,
 y suspendida, la hiere por donde al costado se une el ala. 565
 Y grave la herida no era, pero rotos por esa herida sus nervios
 le traicionan y el movimiento le niegan y las fuerzas del volar.
 Cae a la tierra, al no concebir auras
 sus infirmes alas, y por donde había quedado prendida al ala
 la leve saeta, hundida fue por el peso del cuerpo abatido, 570
 y a través de lo más alto del costado por su cuello izquierdo se salió.
 ¿Ahora te parece que le debo pregones de sus cosas
 a tu Hércules, oh regidor bellísimo de la flota rodia?
 Aun así, más allá que sus valientes hechos silenciando
 no me vengo de mis hermanos: sólida es para mí la gracia contigo». 575
     Después que tal el Nelio expuso con su dulce boca,
 tras el discurso del anciano, retomado el regalo de Baco,
 se levantaron de los divanes. La noche fue entregada, restante, al sueño.


Muerte de Aquiles

     Mas el dios que las ecuóreas ondas con su cúspide templa,
 del cuerpo de su hijo en el ave de Faetonte tornado 580
 en su mente se duele paterna, y lleno de odio por el salvaje Aquiles,
 ejerce, memorativas, más que civilmente, sus iras.
 Y ya casi arrastrada por dos quinquenios la guerra,
 con tales razones compele al intonsurado Esmínteo:
 «Oh para mí largamente el más grato de los hijos de mi hermano, 585
 quien conmigo pusiste las defraudadas murallas de Troya,
 ¿acaso cuando estos recintos a punto de caer contemplas,
 hondo no gimes? ¿O acaso de tantos millares asesinados
 cuando defendían sus muros no te dueles? ¿Acaso, para no proseguir con todos,
 de Héctor la sombra no te viene, alrededor de sus Pérgamos arrastrado? 590
 Cuando en cambio aquel feroz, y que la guerra misma más sanguinario,
 vive todavía, de la obra nuestra el devastador, Aquiles.
 Ofrézcaseme a mí: de qué con mi triple cúspide sea yo capaz, haría
 que sienta. Mas puesto que atacar de cerca al enemigo
 no nos es dado, a él desprevenido pierde con una oculta saeta». 595
 Asiente, y al ánimo a la vez de su tío y suyo el Delio cediendo,
 de una nube velado, a la tropa llega ilíaca, y en medio de esa matanza de hombres
 a Paris, que ralos disparos por desconocidos aqueos dispersaba,
 ve, y confesándose un dios: «¿Por qué tus puntas pierdes
 en la sangre de la plebe?», dice. «Si alguno es tu cuidado por los tuyos 600
 vuélvete al Eácida y a tus hermanos asesinados venga».
 Dijo, y mostrándole, tumbando a hierro cuerpos
 troyanos, al Pelida, sus arcos en contra vuelve de él
 y unas certeras puntas le dirigió con su mortífera diestra.
 De lo que Príamo el anciano gozarse después de Héctor pudiera, 605
 esto fue. Él, así pues, de tantos el vencedor, Aquiles,
 vencido fue por el cobarde raptor de una esposa griega.
 Mas si habías tú de caer por un Marte femenino,
 por el hacha doble de la del Termodonte preferirías haber caído.
     Ya el temor aquel de los frigios, la honra y tutela del nombre 610
 pelasgo, el Eácida, cabeza insuperable en la guerra,
 había ardido: lo había armado el dios mismo, el mismo lo había cremado.
 Ya ceniza es, y del tan grande Aquiles resta
 un no sé qué pequeño que no bien llene una urna,
 mas vive esa gloria que llena todo el orbe. 615
 Ella a la medida de tal hombre corresponde y por ella es
 parejo a sí mismo el Pelida y los inanes Tártaros no siente.
     Incluso su mismo escudo, para que de quién fuera conocer puedas,
 guerras mueve, y en torno de unas armas, armas se llevan.
 No ellas el Tidida, no osa el Oileo Áyax, 620
 no el menor Atrida, no aquél en la guerra mayor y en edad
 demandarlas, no otros: solos, de Telamón el nacido
 y el de Laertes, tuvieron la arrogancia de tan gran gloria.
 De sí el Tantálida esa carga y la envidia alejó,
 y a los argólicos jefes reunirse en mitad de los campamentos 625
 ordenó, y el arbitrio de la lid traspasó a todos.

 Libro XIII


Las armas de Aquiles

     Se sentaron los generales, y con el vulgo de pie, en corro,
 se levanta hacia éstos el dueño del escudo séptuple, Áyax,
 y cual estaba, incapaz de soportar su ira, del Sigeo a los litorales
 con torvo rostro se volvió para mirar, y a la flota en ese litoral,
 y extendiendo las manos: «Tratamos, por Júpiter», dice, 5
 «ante nuestros barcos esta causa, y conmigo se compara Ulises.
 Mas no dudó en ceder de Héctor a las llamas,
 las cuales yo sostuve, las cuales de esta armada ahuyenté.
 Más seguro es, así pues, con fingidas palabras contender
 que luchar con la mano, pero ni para mí el hablar es fácil, 10
 ni actuar es para éste, y cuanto yo en el Marte feroz
 y en la formación valgo, tanto vale este hablando.
 Y tampoco que de recordar se hayan a vosotros mis hechos, Pelasgos,
 opino: pues los visteis. Los suyos narre Ulises,
 esos que sin testigo hace, de los que la noche cómplice sola es. 15
 Que unas recompensas grandes se piden confieso, pero les quita honor
 el rival. Para Áyax no es un orgullo poseer,
 aunque sea ello ingente, algo que ha esperado Ulises.
 Éste ha conseguido su recompensa ya ahora, de la pretensión esta,
 porque, cuando vencido haya sido, conmigo que ha contendido se dirá. 20
     «Y yo, si la virtud en mí dudosa fuera,
 por mi nobleza poderosa sería, de Telamón nacido,
 el que las murallas troyanas bajo el fuerte Hércules cautivó
 y en los litorales colcos entró con una pagasea quilla.
 Éaco su padre es, quien las leyes a los silentes allí 25
 otorga, donde al Eólida una piedra grave, a Sísifo, empuja.
 A Eáco lo reconoce el supremo Júpiter, y vástago
 confiesa que es suyo. Así, desde Júpiter el tercero: Áyax.
 Y aun así este orden a mi causa no aproveche, Aquivos,
 si para mí con el gran Aquiles no es común: 30
 hermano era, lo fraterno pido. ¿Por qué, de la sangre engendrado
 de Sísifo, y en hurtos y fraude el más semejante a él,
 injertas ajenos nombres en el linaje Eácida?
 «¿Acaso porque a las armas el primero y sin que nadie lo indicara vine,
 estas armas negadas me han de ser, y más poderoso parecerá aquél 35
 que las últimas las tomó, y rehusó fingiendo
 locura la milicia, hasta que más astuto que él,
 pero para sí mismo más dañino, las mentiras de este cobarde
 corazón descubrió el Nauplíada, y lo arrastró a las evitadas armas?
 ¿Las mejores acaso ha de tomar, porque tomar no quiso ningunas: 40
 yo deshonorado, y de los dones de mi primo huérfano,
 porque me ofrecí a los primeros peligros, he de quedar?
 «Y ojalá, o verdadero loco él, o creído fuera,
 y no de camarada aquí nunca a los recintos frigios hubiera venido,
 instigador de crímenes. No a ti, oh vástago de Peante, 45
 Lemnos te retendría, expuesto, con delito nuestro,
 quien ahora, según cuentan, escondido en silvestres cuevas
 a las rocas conmueves con tu gemir y para el Laertíada suplicas
 lo que merecido ha, las cuales cosas, si dioses hay, no vanas las habrás suplicado.
 Y ahora él, conjurado en las mismas armas que nosotros, 50
 ay, parte una de los jefes, de quien por sucesor las saetas
 de Hércules se sirven, quebrantado por la enfermedad y el hambre
 se cubre y alimenta de aves y pájaros buscando,
 debidas a los hados de Troya, fatiga sus puntas.
 Él, aun así, vive, porque no acompañó a Ulises. 55
 Preferiría también, infeliz, Palamedes haber sido abandonado.
 Viviría o ciertamente una muerte sin delito tendría,
 al cual, demasiado conocedor éste de su mal convicto delirio,
 que traicionaba la parte de los dánaos inventó e inventado probó
 ese delito y mostró, que ya antes había enterrado, un oro. 60
 Así pues, o con el exilio fuerzas restó a los aquivos
 o con la muerte. Así lucha, así ha de ser temido Ulises.
     El cual, aunque en elocuencia al fiel Néstor incluso venza,
 no conseguirá aun así que el abandonado Néstor piense yo
 que delito es ninguno, el cual, aunque implorara a Ulises, 65
 por la herida de su caballo tardo, y fatigado por sus ancianos años,
 traicionado por un aliado fue. Que estas acusaciones no son inventadas por mí
 lo sabe bien el Tidida, el cual, por su nombre muchas veces llamándolo,
 lo corrió, y su fuga reprobó a ese tembloroso amigo.
 Contemplan con ojos justos los altísimos las cosas mortales. 70
 He aquí que necesita auxilio quien no lo prestó, y como él abandonó
 así de abandonársele había: su ley a sí mismo se había dictado él.
 A gritos llama a sus aliados. Llego y lo veo estremecido
 y palideciente de miedo y temblando de la muerte futura.
 Opuse la mole de mi escudo y le cubrí yaciente 75
 y le salvé un aliento -lo menor es tal de mi gloria- inerte.
 Si persistes en rivalizar, al lugar volvamos aquel.
 Vuelve al enemigo y a la herida tuya y a tu acostumbrado temor,
 y detrás de mi escudo ocúltate, y conmigo contiende bajo él.
 Mas después que lo saqué de allí, al que para estar en pie sus heridas 80
 fuerzas no daban, por ninguna herida demorado huye.
 «Héctor acude y consigo sus dioses a la batalla lleva,
 y por donde se lanza no tú solamente te aterras, Ulises,
 sino los fuertes incluso, tanto arrastra él de temor.
 A él yo, por el éxito de su sangrienta matanza triunfante, 85
 desde lejos con un ingente peso boca arriba lo derribé;
 a él yo, demandando él a quien abalanzarse, solo
 le resistí, y por la suerte mía hicisteis votos, aquivos,
 y valieron vuestras plegarias. Si preguntáis de esta
 batalla la fortuna, no fui vencido de él. 90
 He aquí que llevan los troyanos hierro y fuegos y a Júpiter
 contra las dánaas flotas: ¿dónde ahora el elocuente Ulises?
 Por supuesto yo protegí, mil, con mi pecho las popas,
 la esperanza de vuestro regreso: dadme a cambio de tantas naves esas armas.
 Y si la verdad lícito me es decir, se les procura a ellas, 95
 que a mí, mayor honor, y conjunta la gloria nuestra es,
 y aun Áyax por esas armas, no por Áyax esas armas, son pedidas.
     Compare con esas cosas el de Ítaca a Reso, al no aguerrido Dolón
 y al Priámida Héleno, con la raptada Palas capturado:
 a la luz nada hizo él, nada, de Diomedes alejado. 100
 Si de una vez dais a méritos tan viles esas armas,
 divididlas y la parte sea mayor de Diomedes en ellas.
 «¿Para qué, aun así, ellas al de Ítaca, quien a escondidas, quien siempre inerme
 las cosas hace y con sus hurtos engaña al incauto enemigo?
 El mismo brillo de la gálea, radiante de su oro claro, 105
 sus insidias traicionará y de manifiesto le pondrá, agazapado.
 Pero ni esa cabeza duliquia, bajo el yelmo de Aquiles,
 pesos tan grandes soportará, ni la no poco pesada y grave
 asta de Pelias puede ser para unos no aguerridos brazos
 ni el escudo, del vasto mundo labrado con la imagen 110
 convendrá a una cobarde y nacida para los hurtos izquierda:
 para qué pretendes, que te hará flaquear, malvado, un regalo,
 que a ti, si del pueblo aqueo te lo donara el yerro,
 razón por que seas expoliado te será, no por que seas temido del enemigo,
 y la huida, en la que sola a todos, cobardísimo, vences, 115
 tarda te habrá de ser tirando de cargas tan grandes.
 Suma que este escudo tuyo, que tan raramente combates
 ha sufrido, entero está. Para el mío, que de soportar armas
 por mil tajos está abierto, un nuevo sucesor ha de haber.
 Finalmente -porque, qué menester de palabras hay- contémplesenos actuando. 120
 Las armas de ese hombre fuerte se lancen en mitad de los enemigos.
 De allí ordenad que se busquen, y al que las devuelva ornad con ellas devueltas».
     Había terminado de Telamón el vástago, y seguido había
 a lo último un murmullo del pueblo, hasta que el Laertio héroe
 se acercó y sus ojos, un poco en la tierra demorados, 125
 sostuvo hacia los próceres y con un ansiado sonido
 liberó su boca, y no falta a sus disertas palabras la gracia:
 «Si los míos junto con los votos vuestros poderosos hubieran sido, Pelasgos,
 no sería dudoso de tan gran certamen el heredero,
 y tú tus armas, nosotros a ti te poseeríamos, Aquiles, 130
 al cual, puesto que no justos a mí y a vosotros nos lo negaron
 los hados -y con la mano a la vez, como llorosos, se secó
 los ojos- ¿quién al grande mejor ha de suceder, a Aquiles,
 que aquél merced al cual el gran Aquiles sucedió a los dánaos?
 A éste, con sólo que no le aproveche que obtuso, cual es, parece él ser, 135
 y no me perjudique a mí el que a vosotros siempre, aquivos,
 os aprovechó mi ingenio, y con que esta elocuencia mía, si alguna es,
 que ahora en favor de su dueño, en favor vuestro muchas veces ha hablado,
 de inquina carezca y los bienes suyos cada uno no rehúse.
 «Pues mi linaje y bisabuelos y cuanto no hicimos nosotros mismos 140
 apenas ello nuestro lo llamo, pero ya que refirió Áyax
 que era él de Júpiter el bisnieto, de mi sangre también el autor
 Júpiter es y los mismos pasos disto de él,
 pues Laertes mi padre es, Arcesio el de él,
 Júpiter de éste, y no entre ellos ninguno condenado y desterrado. 145
 Es también merced a mi madre el Cilenio, añadida a nos,
 segunda nobleza: un dios hay en cada uno de mis padres.
 Pero no porque soy más noble por mi origen materno,
 ni porque mi padre de la sangre de su hermano es inocente
 esas propuestas armas pido: por nuestros méritos sopesad esta causa, 150
 en tanto que, porque hermanos Telamón y Peleo fueron,
 de Áyax el mérito no sea tampoco de su sangre el orden,
 sino que el honor de la virtud se busque en los expolios estos,
 o si el parentesco y el primer heredero se requiere,
 es su padre Peleo, es Pirro hijo de él: 155
 ¿cuál el lugar de Áyax? A Ftía ellas o a Esciros sean llevadas,
 y no menos es que éste Teucro primo de Aquiles,
 ¿mas, acaso las pide él? ¿Acaso, si las pidiera, las llevaría?
 Así pues, de nuestras obras puesto que el desnudo certamen se tiene,
 más cosas ciertamente he hecho que las que abarcar en mis palabras 160
 a mi alcance está: por el orden de tales cosas aun así me guiaré.
     Presabedora de su futura muerte, su madre, la Nereia,
 disimula con su atavío a él de niño, y había engañado a todos,
 entre los cuales a Áyax, del adoptado vestido la falacia:
 unas armas yo, que habrían de conmover su ánimo viril, 165
 entremetí con las femeninas mercancías, y todavía no se había despojado el héroe
 de sus virginales atuendos, cuando a él, la rodela y el asta sosteniendo:
 «Nacido de diosa», le dije, «para que la destruyas tú se reserva
 Pérgamo, ¿cómo dudas en abatir la ingente Troya?»,
 y le eché la mano, y, fuerte, a fuertes cosas le envié. 170
 Así pues las obras de él mías son: yo a Télefo combatiente
 con el asta dominé, y vencido y suplicante lo restablecí.
 Que Tebas cayera mío es, a mí acreditad Lesbos,
 a mí Ténedos y Crise y Cila, de Apolo las ciudades,
 y el que Esciros fuera tomada. Por mi diestra golpeadas 175
 considerad que yacieron en el suelo las murallas lirnesias,
 y, porque de otros calle, el que al salvaje Héctor perder
 pudiera, sin duda os di: por mí yace el ilustre Héctor.
 Éstas, por aquéllas armas con las que fue descubierto Aquiles,
 armas pido: a él vivo yo se las había dado, tras sus hados las reclamo. 180
     «Cuando el dolor de uno solo llegó a todos los dánaos,
 y la Áulide de Eubea llenaron mil quillas,
 ansiadas mucho tiempo, ningunas o contrarias a la flota
 las brisas eran, y duras ordenaron a Agamenón unas venturas,
 sin ella merecerlo, que para la salvaje Diana a su hija inmolara. 185
 Deniega esto su padre, y contra los divinos mismos se encona,
 y en el rey, con todo, un padre hay. Yo el tierno natural
 de ese padre, con mis palabras, a los públicos intereses volví:
 ahora yo, ciertamente lo confieso -y al confeso perdone el Atrida-,
 esta difícil causa la sostuve bajo un no justo juez. 190
 A él, aun así, la utilidad del pueblo y su hermano y el sumo
 poder del cetro a él dado le conmueven, su gloria a que con esa sangre compense.
 Se me manda también a su madre, que no de exhortar se había,
 sino de engañar con astucia, adonde si el Telamonio hubiese ido,
 huérfanos estarían todavía ahora los lienzos de sus vientos. 195
 Se me envía también, audaz orador, de Ilión a los recintos.
 Vista y hollada fue por mí la curia de la alta Troya,
 y llena todavía estaba ella de sus varones. Impertérrito llevé,
 la que a mí había encomendado Grecia, la común causa,
 e inculpo a Paris, y el botín y a Helena reclamo, y conmuevo 200
 a Príamo y, a Príamo unido, a Anténor.
 Mas Paris y sus hermanos y los que secuestraron bajo su mando
 apenas contuvieron sus manos sacrílegas, sabes esto Menelao,
 y el primer día de nuestro peligro contigo fue aquel.
 Larga es la demora de referir lo que con mi consejo y mi mano 205
 de utilidad hice en el tiempo de esa espaciosa guerra.
 Después de las batallas primeras en las murallas de su ciudad los enemigos
 se contuvieron mucho tiempo, y provisión de abierto Marte
 alguna no hubo. En el décimo año por fin hemos luchado:
 ¿qué haces tú entre tanto, quien de nada sino de combates sabes? 210
 ¿Cuál tu utilidad era? Pues si mis hechos requieres,
 a los enemigos insidio, con una fosa sus baluartes ciño,
 conforto a los aliados para que los hastíos de esa larga guerra
 con mente lleven plácida, enseño de qué modo hemos de alimentarnos
 y de armarnos, se me envía adonde postula la utilidad. 215
     «He aquí que por admonición de Júpiter, engañado por la imagen de un sueño,
 el rey ordena el cuidado abandonar de la emprendida guerra.
 Él puede, por su autor, defender su voz.
 Que no permita tal Áyax y que se destruya Pérgamo demande,
 y que, lo que él puede, luche. ¿Por qué no detiene a los que se iban a marchar? 220
 ¿Por qué no las armas coge y ofrece lo que la errante multitud prosiga?
 No era tal demasiado para quien nunca sino de cosas grandes habla.
 ¿Y qué de que también él huye? Yo vi, y me avergonzó ver,
 cuando tú las espaldas dabas y una deshonrosas velas preparabas,
 y sin demora: «¿Qué hacéis? ¿Qué demencia», dije, 225
 «os impulsa a abandonar la capturada Troya,
 y qué a casa lleváis en este décimo año, sino la deshonra?».
 Con tales cosas y otras, para las que el dolor mismo elocuente
 me había hecho, vueltos ya, desde la prófuga flota les hice regresar.
 Convoca el Atrida a unos aliados de terror agitados: 230
 y el Telamónida aun entonces a abrir la boca
 no osa, mas osado había contra los reyes a arremeter con palabras insolentes
 Tersites incluso, merced a mí no impunemente.
 Me pongo de pie y a los agitados ciudadanos exhorto contra el enemigo
 y su perdida virtud con mi voz reclamo. 235
 Desde el tiempo ese, cuanto pueda parecer que ha hecho
 valientemente éste mío es, quien al que daba sus espaldas arrastré de vuelta.
     «Finalmente de los dánaos quién te alaba o busca?
 Mas el Tidida conmigo comunica sus actos,
 a mí me aprueba y en su aliado siempre confía Ulises. 240
 Es algo, de tantos miles de griegos, que solo yo
 por Diomedes sea elegido -y la ventura no ir me ordenaba-,
 así y todo -y despreciado, de la noche y del enemigo, el peligro-,
 al que osaba lo mismo que nosotros del pueblo frigio, a Dolón,
 doy muerte, no antes en cambio de que todo le obligué 245
 a traicionar y me instruí de qué preparaba la pérfida Troya.
 Todo lo había sabido y cosa por espiar no tenía
 y ya con la prometida gloria podía retornar:
 no contento con ello fui a las tiendas de Reso
 y en sus propios campamentos a él mismo y a su comitiva di muerte, 250
 y así en el cautivo carro, vencedor y de mis votos dueño,
 entro, remedando él los gozosos triunfos.
 De aquel cuyos caballos como precio por aquella noche había demandado
 el enemigo, sus armas negadme a mí, y fuera más benigno Áyax.
     ¿A qué referir, del licio Sarpedón, las tropas por el hierro 255
 mío devastadas? Con mucha sangre derramé
 a Cérano el Ifítida, y a Alástor y a Cromio,
 y a Alcandro y a Halio y a Noemon y a Prítanis,
 y a su final entregué, con Quersidamas, a Toón
 y a Carops, y por unos hados despiadados llevado a Énnomo, 260
 y los que menos célebres bajo las murallas de la ciudad
 sucumbieron por mi mano. Tengo también yo heridas, ciudadanos,
 por su mismo lugar bellas. Y no creáis, vanas, mis palabras.
 Contemplad aquí», y la ropa con la mano se apartó. «Éste es
 un pecho», dice, «siempre en vuestras cosas esforzado. 265
 Mas nada gastó durante tantos años el Telamonio
 de su sangre en sus aliados y tiene sin herida un cuerpo.
     «¿Qué, aun así, esto importa, si que él por la flota pelasga
 sus armas haber llevado cuenta contra los troyanos y Júpiter?
 Y confieso que las llevó, pues detractar malignamente 270
 los méritos mío no es, pero para que de los comunes él solo
 no se apodere, y algún honor a vosotros también os devuelva,
 rechazó el Actórida, seguro bajo la imagen de Aquiles,
 a los troyanos de las que iban a arder con su defensor, nuestras quillas.
 Que osó también él solo a lanzarse de Héctor contra las armas 275
 se cree él, olvidado del rey, de los jefes y de mí,
 noveno él en ese servicio, y antepuesto por regalo de la suerte.
 Pero aun así el resultado de la batalla de vos, oh fortísimo,
 ¿cuál fue? Héctor salió, violado por herida ninguna.
     Triste de mí, con cuánto dolor se me obliga a recordar 280
 el tiempo aquel en que, de los griegos el bastión, Aquiles,
 sucumbió. Y a mí las lágrimas y el luto y el temor
 no me retrasaron de que su cuerpo de la tierra, sublime, no recogiera.
 Con estos hombros, con estos, digo, hombros, yo el cuerpo de Aquiles
 y a la vez sus armas llevé, las que ahora también por llevar me afano. 285
 Tengo yo, que valgan para tales pesos, fuerzas,
 tengo un ánimo, ciertamente, que estos honores vuestros ha de reconocer,
 ¿o no está claro, por ello, que a favor de su hijo su azul
 madre ambicionó que estos celestes dones,
 de arte tan grande una labor, un rudo y sin corazón soldado 290
 los vistiera? Y ya que del escudo los labrados no conoce,
 el Océano y las tierras y con su alto cielo las estrellas
 y las Pléyades e Híades e inmune de la superficie la Ursa
 y sus diversas ciudades y nítida de Orión su espada,
 demanda empuñar unas armas que no entiende. 295
     ¿Y qué de que a mí, cuando yo huía de los regalos de la dura guerra,
 me tacha de que tarde acudía a la emprendida labor,
 y que habla mal él del magnánimo Aquiles no nota?
 Si a haber disimulado llamas culpa, disimulamos ambos;
 si la demora por culpa es, yo fui más presto que él. 300
 A mí una piadosa esposa me detuvo, su piadosa madre a Aquiles,
 y los primeros fueron a ellas dados de nuestros tiempos, el resto a vosotros.
 No temo yo, si incluso no pudiera defenderlo, una culpa
 común con tan gran varón: cogido por el ingenio
 de Ulises, aun así, él fue, pero no por el de Áyax Ulises. 305
     Y de que contra mí los insultos de su estúpida lengua
 vierta él no nos asombremos, a vosotros también cosas dignas de pudor
 os ha objetado. ¿O acaso a Palamedes de un falso delito haber acusado
 indecente es para mí, para vosotros, haberlo condenado, decoroso?
 Pero ni el Nauplíada una fechoría defender pudo tan grande 310
 y tan patente, ni vosotros oísteis en él
 sus culpas: lo visteis y en pago lo expuesto patente estaba.
 Y porque al Penatíada lo tiene la vulcania Lemnos,
 ser yo reo no he merecido -la acción defended vuestra,
 pues lo consentisteis-, ni que yo os persuadí negaré: 315
 para que se sustrajera él, de la guerra y del camino, a la fatiga,
 e intentara sus fieros dolores con el descanso mitigar.
 Me obedeció y vive. No esta opinión sólo
 leal, sino también feliz, aunque sea bastante el ser fiel.
 Al cual, puesto que los profetas para destruir Pérgamo 320
 le demandan, no me encarguéis a mí: mejor el Telamonio irá
 y con su elocuencia a ese hombre, por sus enfermedades e ira furioso,
 lo ablandará o aquí lo traerá, astuto, con algún arte.
 Antes hacia atrás el Simois fluirá y sin frondas el Ida
 se alzará y auxilio enviará Acaya a Troya, 325
 que, cesando mi pecho a favor de vuestros estados,
 de Áyax, el estúpido, la astucia aproveche a los dánaos.
 Aunque seas hostil a los aliados, al rey y a mí,
 duro Filoctetes, aunque execres y maldigas
 sin fin mi cabeza y desees que yo te sea acaso entregado 330
 en tu dolor, y mi crúor apurar, y que con tal de que
 de tu presencia yo, hágase que de la mía tú dispongas:
 a ti, aun así, me acercaré y por regresarte conmigo pugnaré
 y tanto de tus saetas me apoderaré favorézcame la fortuna
 cuanto me hube del dardanio adivino, al que apresé, apoderado, 335
 cuanto las respuestas de los dioses y los troyanos hados descubrí,
 cuanto arrebaté a Frigia la imagen sacrosanta de Minerva
 de la mitad de los enemigos. ¿Y que a mí se compare Áyax?
 Naturalmente que se tomara Troya prohibían los hados sin él:
 ¿Dónde está el fuerte Áyax? ¿Dónde están las ingentes palabras 340
 de ese gran varón? ¿Por qué aquí tienes miedo? ¿Por qué osa Ulises
 y por entre las vigilancias y a encomendarse a la noche
 y a través de fieras espadas no solo en las murallas de los troyanos,
 sino incluso en lo más alto de las fortalezas a penetrar y de su
 santuario robar a la diosa y robada a traerla a través de los enemigos? 345
 Lo cual, si no hubiese hecho yo, en vano de Telamón el nacido
 hubiese llevado en la izquierda de sus siete toros las pieles.
 En aquella noche por mí nuestra victoria a Troya parida fue:
 Pérgamo entonces vencí, cuando a que ser vencida pudiera obligué.
     Deja, con el rostro y tu murmullo, de señalarme 350
 a mi querido Tidida. Parte hay suya de la gloria en ello.
 Y tú, cuando el escudo a favor de la aliada flota sostenías,
 tampoco solo estabas: a ti una multitud secuaz, a mí me tocó él solo.
 El cual, si no supiera él que el luchador menor que el inteligente
 es, y que no a una indómita diestra se deben estos premios, 355
 él también los pidiera, los pidiera más moderado Áyax,
 y Eurípilo el feroz, y del claro Andremon el nacido,
 y no menos Idomeneo, y de la patria misma engendrado
 Meriones,los pidiera del mayor Atrida su hermano:
 pero como quiera que de mano fuertes, y no son a ti en el Marte segundos, 360
 a los consejos cedieron míos. La diestra tuya para la guerra
 útil; tu ingenio es cual necesita del gobierno nuestro.
 Tú tus fuerzas sin pensamiento conduces, cuidado mío es el de lo futuro.
 Tú combatir puedes, del combate los tiempos conmigo
 elige el Atrida. Tú sólo con tu cuerpo eres útil, 365
 nos con el ánimo, y en cuanto quien modera el barco sobrepasa
 del remero el servicio, en cuanto el general que el soldado más grande,
 en tanto yo te supero. Y no poco en mi cuerpo
 mi pecho es más poderoso que mi mano: mi vigor todo está en él.
     «Mas vosotros, oh próceres, a la tutela vuestra sus premios dad, 370
 y a cambio del cuidado de tantos años que ansioso pasé,
 este título, que de compensar ha los méritos míos devolvedme:
 ya la labor en su fin está. Los opuestos hados aparté
 y, que pudiera ser tomada la alta Pérgamo haciendo, la tomé.
 Por nuestras esperanzas ahora comunes, y por las murallas de los troyanos que van a caer, 375
 y por esos dioses os ruego que al enemigo hace poco he arrebatado,
 por cuanto resta, si algo, que con inteligencia haya de hacerse,
 si algo todavía audaz y súbito de acometerse ha,
 si de Troya a los hados que algo resta pensáis
 de mí acordaos, o si a mí no me dais las armas, 380
 a ella dádselas», y muestra la estatua hadada de Minerva.
     Conmovido ese puñado de próceres quedó, y, de qué la elocuencia fuera capaz,
 con la situación se hizo patente, y del fuerte varón llevó las armas el diserto.
 A Héctor quien solo, quien el hierro y los fuegos y a Júpiter
 sostuvo tantas veces, sola no sostiene a su ira 385
 y a ese no vencido varón venció el dolor: arranca su espada
 y: «Mía ésta ciertamente es, ¿o también a ella para sí demanda Ulises?
 Ella», dice, «he de usar contra mí yo, y la que de la sangre
 muchas veces de los frigios se ha mojado, de su dueño ahora con la muerte se mojará,
 para que nadie a Áyax pueda superar sino Áyax», 390
 dijo y en su pecho, que entonces al fin heridas sufría,
 por donde patente estaba al hierro, letal sepultó su espada.
 Y no pudieron las manos sacar la enclavada arma:
 la expulsó el propio crúor, y enrojecido de sangre el suelo
 purpúrea engendró del verde césped una flor, 395
 la que antes había de la herida del Ebalio nacido.
 Una letra común en el medio, al muchacho y a este varón,
 inscrita está de sus hojas, ésta de su nombre, aquélla de su queja.


La caída de Troya

     El vencedor de Hipsípila a la patria y del claro Toante
 y a las tierras infames de la matanza de sus viejos varones, 400
 sus velas da para traer de vuelta, del Tirintio las armas, las saetas.
 Las cuales, después que a los griegos, con su dueño acompañándole, las reportó,
 impuesta le fue al fin la mano última a esa fiera guerra.
 Troya y a la vez Príamo caen. De Príamo la esposa
 perdió la infeliz después de todo aquello de humana 405
 su figura y con un nuevo ladrido aterró auras extrañas,
 por donde en angostura se cierra largo el Helesponto.
     Ilión ardía, y todavía no se había asentado el fuego
 y del viejo Príamo el ara de Júpiter el exiguo crúor
 había bebido, y arrastrada de sus cabellos la sacerdotisa de Febo, 410
 que no habían de aprovecharle, tendía al éter las palmas.
 A las dardanias madres, a las imágenes de sus patrios dioses
 mientras pueden abrazadas, y sus incendiados templos ocupando,
 las arrastran vencedores los griegos, envidiosos premios.
 Es lanzado Astíanax desde aquellas torres de donde 415
 luchando por sí mismo, y sus atávicos reinos guardando,
 muchas veces ver a su padre, mostrado por su madre, solía.
 Y ya a la ruta persuade el Bóreas y son su soplo favorable
 los linos movidos suenan: ordena el marinero que se aprovechen los vientos.
 «Troya, adiós, nos roban», gritan, dan besos a su tierra 420
 las troyananas: de su patria los humantes techos atrás dejan.
 La última ascendió a la flota, triste de ver,
 en mitad de los sepulcros encontrada Hécuba de sus hijos.
 Abrazando sus túmulos y a sus huesos besos dando
 la arrastraron unas duliquias manos. Aun así del único sacó 425
 y en su seno las cenizas consigo se llevó sacadas de Héctor.
 De Héctor en el túmulo de su cana cabeza un pelo,
 ofrendas funerarias pobres, un pelo y sus lágrimas dejó.
     Hay, donde Troya estuvo, a la de Frigia contraria una tierra,
 habitada por los varones bistonios. De Poliméstor allí 430
 el real rico estaba, a quien a ti te encomendó para que te educara
 a escondidas, Polidoro, tu padre y te apartó de las frigias armas,
 un plan sabio si, del crimen botín, grandes riquezas
 no hubiera añadido, aguijada de un espíritu avaro.
 Cuando cayó la fortuna de los frigios coge el impío su espada, 435
 el rey de los tracios, y en la garganta la hunde de su ahijado
 y como si quitarse junto con el cuerpo sus culpas pudieran,
 exánime por una peña lo lanzó, a ellas sometidas, a las ondas.
     En el litoral tracio su flota había amarrado el Atrida
 mientras el mar pacificado, mientras el viento más amigo le fuese. 440
 Aquí súbitamente, cuan grande cuando vivía ser solía,
 sale de la tierra anchamente rota, y cual si amenazante
 el rostro del tiempo aquel volviera a llevar Aquiles,
 en el que fiero al injusto Agamenón buscaba a hierro y:
 «¿Olvidados de mí partís», dice, «aquivos, 445
 y sepultada ha sido conmigo la gracia de la virtud nuestra?
 No lo hagáis, y para que mi sepulcro no sea sin su honor,
 aplaque a los manes de Aquiles, inmolada, Políxena».
 Dijo y obedeciendo sus compañeros a la despiadada sombra,
 arrebatada del seno de su madre, a la que ya casi sola calor daba, 450
 fuerte e infeliz y más que mujer esa virgen,
 es conducida al túmulo y se la hace víctima de una siniestra hoguera.
 La cual, acordada ella de sí misma, después que a las crueles aras
 acercada fue y sintió que para ella unos fieros sacrificios se preparaban,
 y cuando a Neoptólemo apostado y el hierro sosteniendo 455
 y en su rostro vio que fijaba él sus ojos:
 «Utiliza ahora mismo esta generosa sangre», dijo,
 «ninguna demora hay: tú en la garganta o en el pecho tu arma
 esconde mío», y su garganta a la vez y pecho descubrió.
 «Claro es que a nadie servir yo, Políxena, quisiera. 460
 No merced a tal sacrificio a divinidad aplacaréis ninguna.
 La muerte mía sólo quisiera que a mi madre engañar pudiera:
 mi madre me estorba y minora de la muerte mis goces, aunque
 no mi muerte para ella, sino su vida de gemidos digna es.
 Vosotros, sólo, para que a los estigios manes no acuda no libre, 465
 idos lejos, si cosa justa pido, y de mi contacto de virgen
 apartad vuestras manos. Más acepta para aquél,
 quien quiera que él es, a quien con el asesinato mío a aplacar os disponéis,
 libre será mi sangre. Si a alguno de vosotros, aun así, las últimas palabras
 conmueven de mi boca -de Príamo a vosotros la hija, del rey, 470
 no una cautiva os ruega- a mi madre mi cuerpo no vendido
 devolved, y no con oro redima el derecho triste de mi sepulcro,
 sino con lágrimas. Entonces, cuando podía, los redimía también con oro».
     Había dicho, mas el pueblo las lágrimas que ella contenía
 no contiene. También llorando e involuntario el mismo sacerdote, 475
 su ofrecido busto rompió, a él lanzado el hierro.
 Ella sobre la tierra, al desfallecer su corva cayendo,
 mantuvo no temeroso hasta sus hados postreros el rostro.
 Entonces también su cuidado fue el de velar sus partes de cubrir dignas,
 al caer, y la honra salvar de su casto pudor. 480
 Las troyanas la reciben y los llorados Priámidas recuentan
 y cuántas sangres diera una casa sola,
 y por ti gimen, virgen, y por ti, oh ahora poco regia esposa,
 regia madre llamada, de la Asia floreciente la imagen,
 ahora incluso de un botín mal lote, a la que el vencedor Ulises 485
 que fuera suya no quería, sino porque, con todo, a Héctor de tu parto
 diste a luz: un dueño para su madre apenas halla Héctor.
 La cual, ese cuerpo abrazando inane de alma tan fuerte,
 las que tantas veces a su patria había dado, e hijos y marido,
 a ella también da esas lágrimas. Lágrimas en sus heridas vierte, 490
 de besos su boca y rostro cubre y su acostumbrado pecho en duelo golpea,
 y la canicie suya, coagulada de sangre barriendo,
 más cosas ciertamente, pero también éstas, desgarrado el pecho, dice:
     «Hija mía, de tu madre, pues qué resta, el dolor último,
 hija, yaces, y veo, mis heridas, tu herida: 495
 y, para que no perdiera a ninguno de los míos sin asesinato,
 tú también herida tienes. Mas a ti, porque mujer, te pensaba
 del hierro a salvo: caíste también mujer a hierro,
 y a tantos tus hermanos el mismo, a ti te perdió él mismo,
 destrucción de Troya y de mi orfandad el autor, Aquiles. 500
 Mas después que cayó él de Paris y de Febo por las saetas,
 ahora ciertamente, dije, miedo no se ha de tener de Aquiles: ahora también
 miedo yo le había de tener. La ceniza misma de él sepultado
 contra la familia esta se ensaña y en su túmulo también sentimos a este enemigo.
 Para el Eácida fecunda he sido. Yace Ilión, ingente, 505
 y con resultado grave finalizado fue de nuestro pueblo el desastre,
 pero finalizado, aun así. Sola a mí Pérgamos restan
 y en su curso mi dolor está, ahora poco la más grande de su estado,
 de tantos yernos e hijos poderosa, y de nuera, y esposo,
 ahora se me arrastra desterrada, pobre, desgarrada de los túmulos de los míos, 510
 de Penélope el regalo, la cual a mí, los pesos de la lana dados arrastrando,
 mostrándome a las madres de Ítaca: «Ésta de Héctor aquélla es,
 la brillante madre; ésta es», dirá, «de Príamo la esposa»,
 y después de tantos perdidos tú ahora, la que sola aliviabas
 de una madre los lutos, unas enemigas hogueras has expiado. 515
 Ofrendas fúnebres para el enemigo he parido. ¿Para qué, férrea, resto
 o a qué espero? ¿Para qué me reservas, añosa senectud?
 ¿Para qué, dioses crueles, sino para que nuevos funerales vea,
 vivaz mantenéis a esta anciana? ¿Quién feliz pensaría
 que Príamo se podría decir después de derruida Pérgamo? 520
 Feliz por la muerte suya es, y no a ti, mi hija, perecida
 te mira y su vida al par que su reino abandonó.
 Mas, creo yo, de funerales serás dotada, regia virgen,
 y se sepultará tu cuerpo en los monumentos de tus abuelos.
 No tal es la fortuna de esta casa; como regalos de tu madre 525
 te tocarán los llantos y un puñado de extranjera arena.
 Todo lo hemos perdido: me resta, por lo que vivir un tiempo
 breve sostenga, retoño muy grato a su madre,
 ahora él solo, antes el menor de mis hijos varones,
 entregado al rey ismario en estas orillas, Polidoro. 530
 ¿Qué espero, entre tanto, para sus crueles heridas con linfas
 purificar y asperjado de despiadada sangre su rostro».
     Dijo, y al litoral con su paso avanzó de vieja,
 lacerada en sus blanquecientes cabellos: «Dadme, Troyanas, una urna»,
 había dicho la infeliz, para sacar líquidas aguas. 535
 Contempla, arrojado en ese litoral, de Polidoro el cuerpo
 y hechas por las armas tracias sus ingentes heridas.
 Las troyanas gritan, enmudeció ella de dolor
 y al par sus lágrimas y su voz hacia dentro brotadas
 las devora el mismo dolor, y muy semejante a una dura roca 540
 se atiere y, a ella opuesta, clava ora sus ojos en la tierra,
 a veces torvo alza al éter su rostro,
 ahora abajando el suyo contempla el rostro de su hijo, ahora sus heridas,
 sus heridas principalmente, y se arma y guarnece de ira.
 De la cual, una vez se inflamó, tal cual si reina permaneciera, 545
 vengarse decide y del castigo en la imagen toda ella está,
 y como enloquece, de su cachorro lactante orfanada una leona
 y las señales hallando de sus pies sigue a ése que no ve, a su enemigo,
 así Hécuba, después que con el luto mezcló su ira,
 no olvidada de sus arrestos, de sus años olvidada, 550
 marcha al artífice, Poliméstor, del siniestro asesinato
 y su conversación pretende, pues ella mostrarle quería,
 dejado atrás, oculto para él, que a su hijo le devolviera, un oro.
 Lo creyó el Odrisio y acostumbrado del botín al amor,
 a unos retiros viene. Entonces, artero, con tierna boca: 555
 «Deja las demoras, Hécube», dijo. «Dame los regalos para tu hijo.
 Que todo ha de ser de él, lo que me das, y lo que antes diste,
 por los altísimos juro». Contempla atroz al que así hablaba
 y en falso juraba, y de henchida ira se inflama,
 y así cogido a las filas de las cautivas madres 560
 invoca y sus dedos en esos traidores ojos esconde
 y le arranca de las mejillas los ojos -la hace la ira dañina-
 y dentro sumerge las manos y manchada de esa sangre culpable
 no su luz -pues no la había-, los lugares de su luz saca.
 Por el desastre de su tirano de los tracios el pueblo irritado, 565
 a la troyana con lanzamiento de armas y de piedras empezó
 a atacar, mas ella a una lanzada roca con ronco gruñido
 a mordiscos persigue, y con sus comisuras, para las palabras preparadas,
 ladró al intentar hablar. El lugar subsiste y del rey
 el nombre tiene, y de sus viejas desgracias mucho tiempo ella memorativa, 570
 entonces también aulló, afligida, por los sitonios campos.
 A los troyanos suyos, y a los enemigos pelasgos,
 la fortuna suya a los dioses también conmovido había a todos,
 así a todos, que también la propia esposa y hermana de Júpiter,
 que esos sucesos Hécuba había merecido negaría. 575


Memnón

     No da tiempo a la Aurora, aunque las mismas armas alentaba,
 de los desastres y el caso de Troya y Hécuba a conmoverse.
 Un cuidado a la diosa más cercano y un luto doméstico angustia,
 el de su Memnón perdido, a quien en los frigios campos
 gualda lo vio, sucumbiendo de Aquiles por la cúspide, su madre. 580
 Lo vio y aquel color con el que matinales rojecen
 los tiempos, había palidecido, y se escondió entre nubes el éter.
 Mas no, impuestos a los supremos fuegos sus miembros,
 sostuvo el contemplarlos su madre, sino que el pelo suelto,
 tal como estaba, a las rodillas postrarse del gran Júpiter 585
 no tuvo a menos, y a sus lágrimas añadir estas palabras:
 «A todas inferior que las que sostiene el áureo éter
 -pues míos hay rarísimos templos por el orbe todo-,
 divina, aun así, he venido no para que santuarios y días
 me des a mí sacrificiales y, que se calentaren a fuegos, aras. 590
 Si aun así contemplas cuánto a ti, siendo mujer, te deparo,
 en ese entonces cuando con la luz nueva de la noche los confines preservo,
 que premios se me han de dar puedes creer. Pero no ese mi cuidado, ni este es
 ahora el estado de la Aurora, que merecidos demande sus honores:
 del Memnón huérfana mío vengo, que fuertes en vano 595
 a favor de su tío llevó sus armas, y en sus primeros años
 cayó por el fuerte -así vosotros lo quisisteis- Aquiles.
 Dale, te suplico, a él, consuelo de su muerte, algún honor,
 sumo de los dioses regidor, y mis maternas heridas mitiga.
     Júpiter había asentido, cuando, ardua, con su alto fuego 600
 se derruyó su hoguera, y las espiras de negro humo
 inficionaron el día como cuando los caudales exhalan,
 en ellos nacidas, sus nieblas y el sol no es admitido bajo ellas.
 La negra pavesa vuela y aglomerada en un cuerpo solo
 se densa y forma coge y toma el color 605
 y el ánima del fuego: la levedad suya le presta alas,
 y al principio semejante a un ave, luego verdadera ave,
 resonó con sus alas: al par sonaron sus hermanas
 innúmeras, de las cuales es el mismo su natal origen,
 y tres veces la hoguera lustran y consonante sale a las auras 610
 tres veces un plañido, a la cuarta voladura separan sus cuarteles.
 Entonces dos pueblos desde diversas partes, feroces,
 guerras sostienen, y con los picos y corvas uñas iras
 ejercen y sus alas y opuestos pechos fatigan
 y, fúnebres ofrendas, caen sus emparentados cuerpos a la ceniza 615
 sepultada, y, que ellas de un varón fuerte nacieron, recuerdan.
 A esas voladoras súbitas su nombres les puso su autor: por él
 Memnónides llamadas, cuando el sol la docena de signos ha recorrido,
 de sus difuntos a la manera, las que han de morir, se vuelven a hacer la guerra.
 Así pues, a unos, que ladrara la Dimántide digno de llanto pareció, 620
 en los lutos suyos está la Aurora volcada y, piadosas,
 ahora también da sus lágrimas y rora en el orbe todo.


El peregrinaje de Eneas (I): la partida de Troya

     No, aun así, que aniquilada, junto con sus murallas, de Troya fuera
 la esperanza también los hados permiten: sus sacramentos y, sacramentos otros, a su padre
 lleva en sus hombros, venerable carga, el héroe Citereio. 625
 De tan grandes riquezas el botín ese, piadoso, elige,
 y al Ascanio suyo, y con su prófuga flota por las superficies
 es arrastrado desde Antandros, y los criminales umbrales del los tracios
 y, manando de la sangre de Polidoro, esa tierra
 abandona, y con útiles vientos y bullir favorable 630
 entra, de Apolo, con sus compañeros de séquito, en la ciudad.
 A él Anio, a quien como rey los hombres, como sacerdote Febo
 honraba, ritualmente, en su templo y en su casa lo recibió
 y su ciudad le mostró y los santuarios conocidos, y los dos
 troncos que Latona un día, al parir, sostenía. 635
 Incienso dado a las llamas y vino a esos inciensos prodigado,
 y de las heridas reses sus entrañas según la costumbre quemadas,
 a las regias moradas se dirigen, y tendidos unos tapices
 altos, regalos de Ceres toman con líquido Baco.
 Entonces el piadoso Anquises: «Oh de Febo el sacerdote elegido, 640
 ¿me engaño o también un hijo cuando por primera vez estas murallas vi,
 y dos parejas de hijas, en cuanto recuerdo, tenías?».


La hija de Anio

     A él Anio sus sienes, de níveas vendas circundadas,
 golpeándolas, y triste, dice: «No te engañas, héroe
 máximo. Viste de cinco hijos al padre, 645
 al cual ahora -tanta a los hombres de su estado la inconstancia torna-
 apenas ves huérfano, ¿pues cuál para mí mi hijo ausente
 es auxilio, al que, llamada de su nombre, la tierra
 de Andros retiene, que en vez de su padre ese lugar y esos reinos posee?
 El Delio el augurio le había otorgado a él. Había otorgado otros Líber 650
 a mi estirpe femenina, que el voto mayores y que la fe,
 otros presentes: pues al contacto de mis hijas todas las cosas
 en sembrado y en humor de vino y de la cana Minerva
 se transformaban, y rica era su utilidad en ellas.
 Tal cosa, cuando la conoció de Troya el devastador, el Atrida, 655
 para que no poco, en alguna parte, que vuestra misma tempestad
 hemos sentido nos también creas, la fuerza de las armas usando
 las abstrajo contra su voluntad del regazo de su padre, y que alimenten
 les impera con su celeste don la flota de Argos.
 Escapan adonde cada una puede: a Eubea dos 660
 y otras tantas de mis hijas a la Andros fraterna se dirigieron.
 Soldado llega, y, si no se le entreguen, con las armas amenaza.
 Vencida por el miedo la piedad. Esos consortes cuerpos al castigo
 entregó, y podrías perdonar, miedoso, a ese hermano:
 no aquí Eneas, no quien defendiera Andros 665
 un Héctor había, por el que resististeis hasta el décimo año.
 Y ya se preparaban las ataduras para sus cautivos brazos;
 ellas, levantando todavía libres al cielo sus
 brazos: «Baco, padre, préstanos ayuda», dijeron, y les prestó
 de su don el autor ayuda, si a perderlas de prodigioso modo 670
 prestar se llama ayuda, y no de qué suerte su forma
 perdieron pude saber o ahora decir puedo.
 Lo sumo de ese mal conocido fue: alas tomaron
 y de tu esposa en las aves, en níveas palomas, se volvieron».


Coronas

     Con tales y otros relatos después que los banquetes 675
 completaron, la mesa retirada, el sueño buscaron,
 y con el día se levantan y acuden a los oráculos de Febo.
 El cual, buscar su antigua madre y sus parientes litorales
 ordenó. Les sigue el rey y da de regalo a los que iban a marchar,
 a Anquises un cetro, una clámide y una aljaba a su nieto, 680
 una cratera a Eneas que otrora le había trasladado a él,
 como su huésped, desde las orillas aonias, Terses el Ismenio.
 Se la había mandado a él Terses, la había fabricado Alcón
 el de Hile y con un largo argumento la había labrado.
 Una ciudad había, y siete podrías señalar sus puertas: 685
 éstas en vez de su nombre estaban y cuál fuera ella enseñaban.
 Ante la ciudad unas exequias y túmulos y fuegos y hogueras
 y derramados cabellos y madres de abiertos pechos
 significan el luto. Unas ninfas también llorar parecen
 y que desecados se lamentan de sus manantiales. Sin frondas un árbol 690
 desnudo se erige, raen áridas rocas las cabritas.
 He aquí que hace que, en mitad de Tebas, las hijas de Oríon:
 ésta un no femenino pecho hiere, la garganta abierta,
 aquélla, bajada por sus fuertes heridas un arma,
 por su pueblo ha caído, y en bellos funerales a través de la ciudad 695
 es llevada y en una concurrida parte es cremada.
 Que después, de la virginal brasa unos gemelos salen,
 para que su familia no perezca, unos jóvenes, a los que la fama Coronas
 nombra y que de la ceniza materna guían la pompa.
 Hasta aquí en figuras fulgentes de antiguo bronce: 700
 lo alto de la cratera era áspero de dorado acanto.
 Y no más leves que los a ellos dados, los troyanos unos dones devuelven,
 y dan al sacerdote, guardián del incienso, un turíbulo,
 dan una pátera, y brillante de oro y gemas una corona.


El peregrinaje de Eneas (II): Sicilia

     Desde allí, acordándose de que los teucros de la sangre de Teucro 705
 llevan su principio, Creta alcanzaron y del lugar
 soportar mucho tiempo no pudieron el astro y, sus cien ciudades
 abandonadas, desean alcanzar los puertos de Ausonia.
 Se ensaña el mal tiempo y sacude a esos varones, y recibidos
 de las Estrófades en sus puertos no confiables, los aterra la alada Aelo. 710
 Y ya los duliquios puertos, e Ítaca, y Samos,
 y de Nérito las casas, y el reino del falaz Ulises
 pasado de largo habían: disputada en un litigio de dioses
 la Ambracia ven, y bajo su imagen la roca del convertido
 juez, la cual ahora por el Apolo de Accio conocida es, 715
 y la tierra vocal por su encina dodónida,
 y las ensenadas caonias, donde los hijos del rey Moloso
 de unos impíos incendios huyeron con unas alas a ellos sometidas.
     A los próximos, de felices frutos plantados, campos
 de los feacios se dirigen; el Epiro, desde ellos, y, reinada por el vate 720
 frigio, Butrotos y su simulada Troya alcanzan.
 De ahí, del futuro cerciorados, que todo con fiel
 admonición el Priámida Héleno les había predicho, entran
 en Sicania: ésta incurre en los mares mediante tres alas,
 de las cuales, a los lluviosos austros se vuelve el Paquino, 725
 a los blandos céfiros encarado el Lilibeo, a las Ursas,
 del mar exentas, contempla, y al bóreas, el Peloro.
 La alcanzan los teucros, y a remos y con un bullir favorable,
 a la noche, gana la flota de Zancle la arena:


Escila (I)

     Escila el costado derecho, el izquierdo la irrequieta Caribdis 730
 estraga. Devora ésta arrebatándolas, y las vuelve a vomitar, las quillas.
 Aquella de fieros perros se ciñe su negro vientre
 aunque rostro de virgen muestra y, si no todo los vates
 inventado nos han dejado, en algún tiempo también virgen era.
 A ella la buscaron muchos pretendientes, los cuales rechazados, 735
 ella hacia las ninfas del piélago, del piélago la más grata a las ninfas,
 iba y burlados narraba de esos jóvenes los amores.
 A la cual, mientras para peinarlos le ofrece Galatea sus cabellos,
 con tales razones se le dirige, reiterando suspiros:


Galatea, Acis y Polifemo

     «A ti, aun así, oh virgen, un género no despiadado de varones 740
 te pretende y, como haces, puedes a ellos impunemente negarte.
 Mas a mí, para quien padre es Nereo, a quien la azul Doris
 a luz dio, quien estoy por la multitud también guardada de mis hermanas,
 no, sino mediante lutos, lícito me fue del Cíclope al amor
 escapar», y lágrimas la voz impidieron de la que hablaba. 745
 Las cuales, cuando enjugó con su pulgar de mármol la virgen,
 y consolado a la diosa hubo: «Cuenta, oh carísima», dijo,
 «y la causa no oculta -así soy fiel- de tu dolor».
 La Nereide, de ello en contra, prosiguió diciendo del Crateida a la nacida:
     «Acis había sido de Fauno y de la ninfa Simétide creado, 750
 gran placer ciertamente del padre suyo y madre,
 nuestro aun así mayor, pues a mí consigo solo me había unido.
 Bello, y sus octavos cumpleaños por segunda vez hechos,
 había señalado sus tiernas mejillas con un dudoso bozo.
 A él yo, a mí el Cíclope sin ningún final me pretendía, 755
 y no, si preguntares, si el odio del Cíclope o el amor
 de Acis en nos fuera más presente, te revelaré:
 par uno y otro era. ¡Oh, cuánta la potencia del reino,
 es, Venus nutricia, tuyo! Como que aquel despiadado y para las mismas
 espesuras horrendo y visto por huésped ninguno 760
 impunemente y del gran Olimpo con sus dioses despreciador,
 qué sea el amor siente, y de un vigoroso deseo cautivo
 se abrasa olvidado de los ganados y de los antros suyos.
 Y ya para ti el de tu hermosura, y ya para ti es el cuidado el de gustar,
 ya rígidos peinas con rastrillos, Polifemo, tus cabellos, 765
 ya te gusta, hirsuta, a ti, con la hoz recortar tu barba,
 y contemplar fieros en el agua, y componerlos, tus semblantes.
 De la matanza el amor y la fiereza y la sed inmensa de crúor
 cesan y seguras vienen y van las quillas.
 Télemo entre tanto, habiendo bajado hasta el siciliano Etna, 770
 Télemo, el Eurímida, a quien ningún ave había engañado,
 al terrible Polifemo se acerca y: «Esa luz, que única
 en la mitad de tu frente llevas, te la arrebatará a ti», dijo, «Ulises».
 Se rio y: «Oh de los videntes el más estúpido, te engañas», dice.
 «Otra ya me lo ha arrebatado». Así, al que en vano la verdad le advertía, 775
 desprecia, y o bien pisando con su ingente paso las playas
 socava, o, agotado, bajo sus opacos antros regresa.
     Sobresale hacia el ponto, acuñado en punta larga,
 un collado. A ambos costados circunfluye de la superficie la onda.
 Aquí fiero asciende el Cíclope, y central se asienta, 780
 mientras sus lanados rebaños, sin que nadie les guiase, le seguían.
 Y él, después que un pino, que de bastón prestaba el uso,
 ante sus pies dejado hubo, para llevar entenas apto,
 y tomado que hubo, de cañas cien compactada, una siringa,
 sintieron todos los montes sus pastoriles silbos, 785
 los sintieron las ondas. Agazapada yo en un risco, y de mi
 Acis en el regazo sentada, de lejos con los oídos recogí
 tales razones míos, y oídas en mi mente las anoté:
     «Más cándida que la hoja de la nívea, Galatea, alheña,
 más florida que los prados, más esbelta que el largo aliso, 790
 más espléndida que el vidrio, que el tierno cabrito más retozona,
 más lisa que por la asidua superficie trizadas las conchas,
 que los soles invernales, que la veraniega sombra más grata,
 más noble que las manzanas, que el plátano alto más visible,
 más lúcida que el hielo, que la uva madura más dulce, 795
 más blanda que del cisne las plumas y la leche cuajada,
 y si no huyeras, más hermosa que un bien regado huerto.
 Más salvaje que las indómitas, la misma Galatea, novillas,
 más dura que la añosa encina, más falaz que las ondas,
 más lenta que las varas del sauce y las vides blancas, 800
 que estas peñas más inconmovible, más violenta que el caudal,
 que un alabado pavón más soberbia, más acre que el fuego,
 más áspera que los abrojos, más brava que preñada la osa,
 más sorda que las superficies, más despiadada que pisada una hidra,
 y lo que principalmente querría que a ti arrancarte yo pudiera, 805
 no sólo que el ciervo por los claros ladridos movido,
 sino incluso que los vientos y voladora el aura más fugaz.
 Mas si bien supieras, te pesaría el haber huido, y las demoras
 tuyas tú misma condenarías y por retenerme te esforzarías.
 Hay para mí, parte de un monte, suspendidos de la viva roca, 810
 unos antros, los cuales, ni el sol en medio del calor sienten,
 y no sienten el mal tiempo; hay frutos que hunden sus ramas,
 hay, al oro semejantes, largas en sus vides, uvas,
 las hay también purpúreas: para ti éstas reservamos, y aquéllas.
 Tú misma con tus manos, bajo la silvestre sombra nacidas, 815
 blandas fresas cogerás, tú misma otoñales cornejos,
 y ciruelas, no sólo las cárdenas de negro jugo,
 sino también las nobles, que imitan nuevas a las ceras,
 ni a ti castañas, yo tu esposo, ni a ti te faltarán
 del madroño las crías: todo árbol a ti te servirá. 820
 Este ganado todo mío es, y muchas también por los valles erran,
 muchas la espesura oculta, muchas se apriscan en mis antros,
 y no, si acaso preguntas, podría a ti decirte cuántas son:
 de pobre es contar su ganado. De las alabanzas suyas
 nada a mí creyeras: presente puedes tú misma verlo, 825
 cómo apenas rodean, restallante, con sus patas su ubre.
 Hay, crianza menor, en sus tibios rediles corderos,
 hay también, pareja la edad, en otros rediles cabritos.
 Leche para mí siempre hay, nívea: parte de ahí para beber
 se reserva, otra parte licuados coágulos la cuajan. 830
 Y no delicias fáciles y vulgares presentes
 sólo te alcanzarán, gamos, liebres y cabrío,
 o un par de palomas o cogido de su copa un nido:
 he encontrado, gemelos, que contigo jugar puedan,
 entre sí semejantes como apenas distinguirlos puedas, 835
 de una velluda osa cachorros en lo alto de unos montes.
 Los encontré y dije: «Para mi dueña los reservaremos».
 Ya, ora, tu nítida cabeza saca del ponto de azul,
 ya, Galatea, ven, y no desprecia los regalos nuestros.
 Ciertamente yo me he conocido y de la líquida agua en la imagen 840
 me he visto hace poco, y me complació a mí al verme mi figura.
 Contempla cuán grande soy. No es que este cuerpo mayor
 Júpiter en el cielo, pues vosotros narrar soléis
 que no sé que Júpiter reina. Mi melena mucha emerge
 sobre mi torvo rostro y mis hombros, como una floresta, sombrea. 845
 Y que de rígidas cerdas se eriza densísimo
 mi cuerpo no indecente considera: indecente sin sus frondas el árbol,
 indecente el caballo si sus cuellos dorados crines no velan,
 pluma cubre a las aves, para las ovejas su lana decor es:
 la barba a los varones, y les honra en su cuerpo sus erizados vellos. 850
 Única es en mitad de mi frente la luz mía, pero en traza
 de un gigante escudo. ¿Qué? ¿No estas cosas todas el gran
 Sol ve desde el cielo? Del Sol, aun así, único el orbe.
 Añade que en vuestra superficie el genitor mío reina,
 este suegro a ti te doy. Sólo apiádate, y las plegarias 855
 de este suplicante escucha. Pues a ti hemos sucumbido, sola,
 y quien a Júpiter y a su cielo desprecio, y su penetrable rayo,
 Nereide, a ti te venero, que el rayo más salvaje la ira tuya es.
 Y yo, despreciado, sería más sufridor de ello
 si huyeras a todos. ¿Pero por qué, el Cíclope rechazado, 860
 a Acis amas y prefieres que mis abrazos a Acis?
 Él, aun así, que a sí mismo se plazca, y te plazca, lícito sea,
 lo cual yo no quisiera, Galatea, a ti: sólo con que la ocasión se me dé,
 sentirá que tengo yo, según este tan gran cuerpo, fuerzas.
 Sus vísceras vivas le sacaré y sus divididos miembros por los campos, 865
 y los esparciré -así él a ti se mezcle- por tus ondas.
 Pues me abraso, y dañado se inflama más acre el fuego,
 y con sus fuerzas me parece que trasladado el Etna
 en el pecho llevo mío, y tú, Galatea, no te conmueves».
     De tales cosas para nada lamentándose -pues todo yo veía- 870
 se levanta, y como el toro furibundo, su vaca al serle arrebatada,
 parar no puede, y por la espesura y sus conocidos sotos erra:
 cuando, fiero, sin nosotros darnos cuenta y que para nada tal temíamos,
 a mí me ve y a Acis y: «Te veo», exclama, «y que ésta
 la última sea, haré, concordia de la Venus vuestra», 875
 y tan gran voz cuanta un Cíclope airado tener
 debió, aquella fue. De su grito se erizó el Etna.
 Mas yo, despavorida, bajo la vecina superficie me sumerjo.
 Sus espaldas a la fuga vueltas había dado el Simetio héroe
 y: «Préstame ayuda, Galatea, te lo ruego. Prestádmela, padres», 880
 había dicho, «y al que va a morir admitid a vuestros reinos».
 Le persigue el Cíclope, y una parte del monte arrancada
 le lanza, y un extremo ángulo aunque arribó
 hasta él de la roca, todo, aun así, sepultó a Acis.
 Mas nos, lo que hacerse sólo, por los hados, podía, 885
 hicimos, que las fuerzas asumiera Acis de su abuelos.
 Bermellón de esa mole crúor manaba, y dentro
 de un tiempo exiguo su rubor a desvanecerse comenzó,
 y se hace su color a lo primero el del caudal turbado por la lluvia,
 y se purga con la demora. Entonces la mole a él arrojada se hiende, 890
 y viva por sus grietas y esbelta se levanta una anea,
 y la boca hueca de la roca suena al brollarle ondas,
 y, admirable cosa, de súbito emerge hasta el vientre en su mitad,
 enceñido un joven de flexibles cañas por sus nuevos cuernos,
 el cual, si no porque más grande, porque azul en toda su cara, 895
 Acis era, pero así también era, con todo, Acis, en caudal
 vuelto, y su antiguo nombre retuvieron sus corrientes».


Escila (II) y Glauco

     Había dejado Galatea de hablar y, la reunión disuelta,
 se retiran y a sus plácidas ondas nadan las Nereides.
 Escila vuelve, y ciertamente confiarse a la mitad del ponto 900
 no osa, y o bien por la bebedora arena deambula sin ropas,
 o, cuando cansado se hubo, hallando unos apartados recesos
 del abismo, en esa recluida agua refrigera sus miembros.
 He aquí que rozando el mar, nuevo habitante del alto ponto,
 recientemente transformados sus miembros en la eubea Antedón, 905
 Glauco llega, y de la doncella vista el deseo en él prende,
 y cuantas cree que huyendo ella puede demorarla, tales
 palabras le dice. Huye ella aun así, y veloz del temor
 llega a lo alto, colocado cerca del litoral, de un monte.
 Delante del estrecho hay, ingente, recogido en una punta sola, 910
 convexo hacia las largas superficies bajo sus árboles, un vértice.
 Se detiene aquí, y segura de su lugar, si monstruo o dios
 él sea ignorando, se admira de su color
 y su cabellera, que sus hombros y a ella sometidas sus espaldas cubría,
 y también que el extremo de sus ingles las acoja un tórcil pez. 915
 La sintió él y apoyándose, que se alzaba próxima, en una mole:
 «No un prodigio, ni soy yo un fiero monstruo, oh virgen,
 sino un dios», dice, «del agua, y mayor derecho sobre las superficies
 Proteo no tiene, y Tritón, y el Atamantíada Palemon.
 Antes en cambio mortal era, pero claramente destinado 920
 a las altas superficies, ya entonces me afanaba en ellas,
 pues ora sacaba, las que sacarían peces,
 mis redes, ora en una mole sentado gobernaba con mi arundo el lino.
 Hay, a un verde prado confines, unas playas, una de cuyas partes
 de olas, la parte otra se ciñe de hierbas, 925
 las cuales, ni adornadas novillas con su morder dañaron,
 ni plácidas las cortasteis, ovejas, o las greñudas cabritas.
 No la abeja de ahí se lleva diligente sus recolectadas flores,
 no han ofrecido ellas para la cabeza festivas guirnaldas ni nunca
 manos armadas de hoz las cortaron. Yo el primero en aquel 930
 césped me senté, mientras mis linos mojados seco,
 y para recontarlos, cautivos, en orden mis peces,
 ahí encima expuse, esos que a las redes el azar,
 o su credulidad a los corvos anzuelos había llevado.
 La cosa semejante es a una fingida, pero ¿qué a mí el fingirlo me aprovecha? 935
 Al ser tocada esa grama empezó mi botín a moverse
 y a mudar su costado y en la tierra como en la superficie a apoyarse.
 Y mientras me paro y me admiro a la vez, huye toda esa multitud
 a las olas suyas y a su dueño nuevo y la playa dejan.
 Me quedé suspendido, y vacilo un tiempo y la causa inquiero, 940
 de si dios alguno tal cosa, o si el jugo lo hiciera de tal hierba.
 «Mas qué hierba», digo, «tiene estas fuerzas», y con la mano
 esos pastos arranqué y arrancados con los dientes los mordí.
 No bien había bebido mi garganta esos desconocidos jugos,
 cuando de súbito trepidar por dentro mis entrañas sentí 945
 y que por el amor de otra naturaleza era arrebatado mi pecho,
 y no pude demorarme largo tiempo y: «A la que no he de volver nunca,
 tierra, salud», dije, y mi cuerpo sumergí bajo las superficies.
 Los dioses del mar al acogerme me dignan con compartido honor,
 y, que a mí cuanto llevo de mortal me arrebaten, 950
 al Océano y a Tetis ruegan: soy yo lustrado por ellos,
 y tras decírseme una canción que purga lo nefasto nueve veces,
 mi pecho bajo cien corrientes se me ordena someter,
 y sin demora, bajando de diversas partes unos caudales,
 y todas sus aguas, se vierten sobre la cabeza nuestra. 955
 Hasta aquí lo ocurrido para contártelo a ti puedo referirte;
 hasta aquí también recuerdo; y la mente mía de lo restante no tuvo noción,
 la cual, después que a mí volvió, otro me recobré en mi cuerpo
 todo del que fuera poco antes, y tampoco era el mismo en mi mente.
 Entonces por primera vez, verde de herrumbre, esta barba, 960
 y la cabellera mía, que larga por las superficies barro,
 y mis ingentes hombros y azules brazos vi,
 y mis piernas curvadas a su extremo en pez que lleva aletas.
 De qué, aun así, este aspecto, de qué a los dioses marinos haber complacido,
 de qué me ayuda ser dios, si tú no te conmueves por estas cosas?». 965
 Tal diciendo y al ir a decir mas, abandona Escila al dios. Se enfurece él,
 e irritado por su rechazo a los prodigiosos atrios se dirige de la Titánide Circe.


Libro XIV


Escila (III), Glauco y Circe

     Y ya, arrojado dentro de unas fauces de Gigante al Etna,
 y los campos de los Cíclopes, ignorantes de qué cosa los rastrillos, cuál el uso
 del arado, y que nada a los ayuntados bueyes deben,
 había dejado atrás el euboico habitante de las henchidas aguas.
 Había dejado también Zancle y las opuestas murallas de Regio, 5
 y el naufragador estrecho que, presa de un gemelo litoral,
 de la tierra ausonia y de la siciliana tiene los confines.
 De ahí, con su mano grande desplazándose a través de los tirrenos mares,
 a los herbosos collados acude y los atrios Glauco
 de la hija del Sol, Circe, de coloridas fieras llenos. 10
 A quien una vez hubo visto, dicho y recibido el saludo:
 «Divina, de un dios apiádate, te lo suplico, pues sola aliviar
 tú puedes», dijo, «si sólo te parezco digno, este amor.
 Cuánta sea de las hierbas, Titania, el poder, para nadie
 que para mí más conocido, quien he sido mutado por ellas, 15
 y para que no conocida no sea para ti la causa del delirio mío:
 en un litoral de Italia, de las mesenias murallas en contra,
 a Escila vi. Pudor da las promesas, las súplicas,
 las ternuras mías y despreciadas palabras referir.
 Mas tú, si alguna soberanía hay en tu canción, una canción 20
 con tu boca sagrada mueve, o si más expugnadora la hierba es,
 usa las tentadas fuerzas de una efectiva hierba,
 y no que me cures a mí y sanes estas heridas que tengo, mando,
 de su fin ninguna necesidad hay: que parte lleve ella de este calor».
 Mas Circe -pues no tiene más apto ninguna su ingenio 25
 para llamas tales, ya sea que el origen esté de tal cosa en ella misma,
 ya sea que Venus causa tal cosa, ofendida por la delación de su padre-
 tales palabras le devuelve: «Mejor persigue a quien desee
 y ansíe lo mismo, y de parejo deseo cautivada.
 Digno eras todavía, y podrías serlo ciertamente, de ser rogado, 30
 y si esperanza dieras, a mí créeme, serías rogado todavía.
 Y para que no lo dudes y te falte confianza en tu hermosura,
 heme aquí, cuando diosa sea, cuando hija del nítido Sol,
 con el encantamiento cuando tanto, tanto también con la grama pueda,
 que por ser tuya hago votos. A la que te desprecia desprecia, a la que te sigue 35
 dale las tornas, y con un solo acto a dos vengar puedes.
 A la que tal intentaba: «Antes -dice- en la superficie frondas
 -Glauco-, y en los supremos montes nacerán algas,
 que en vida de Escila se muten nuestros amores».
 Se indignó la diosa, y por cuanto dañarle a él mismo 40
 no podía -ni quería, amándole-, se encona con la que
 a ella habíase antepuesto, y de su Venus por el rechazo ofendida
 en seguida infames pastos de horrendos jugos juntos
 maja, y triturados hecateios encantos les mezcla
 y de azules velos se viste y a través de su tropel 45
 de fieras aduladoras sale de mitad de su aula
 y dirigiéndose, opuesto contra las rocas de Zancle,
 hacia Regio, entra en el bullir de las hirvientes olas,
 en las cuales como en sólida tierra pone sus huellas
 y recorre sobre lo alto las superficies a pies secos. 50
     Pequeño había un abismo, ensenado en curvos arcos,
 grato descanso de Escila, adonde ella se retiraba del hervor
 del mar y del cielo, cuando muchísimo en mitad de su orbe
 el sol era y mínimas desde su vértice hiciera las sombras.
 Éste la diosa previamente lo malogra, y con venenos hacedores de portentos 55
 lo inquina. Aquí, exprimidos líquidos de una raíz dañosa
 asperja, y, oscuro, del rodeo de sus palabras nuevas,
 en tres novenas la canción largamente murmura con su mágica boca.
 Escila llegó y hasta el vientre en su mitad había descendido,
 cuando desfigurarse sus ingles merced a monstruos que ladraban 60
 contempló y, al principio, creyendo que no aquellas
 de su cuerpo eran partes, rehúye y espanta y teme
 las bocas protervas de los perros, pero a los que huye consigo arrastra a una,
 y el cuerpo buscando de sus muslos, y piernas, y pies,
 cerbéreos belfos en vez de las partes aquellas encuentra: 65
 y se yergue por la rabia de los perros, y esas espaldas de las fieras,
 sometidas a sus ingles truncas y a su útero perviviente, contiene.
     Llora enamorado Glauco y de la que demasiado hostilmente había usado
 las fuerzas de las hierbas, huye de las bodas de Circe.
 Escila en ese lugar permaneció y cuando le fue dada ocasión, 70
 primero por odio de Circe, de sus aliados expolió a Ulises,
 luego, ella misma, hubiera hundido las teucrias quillas,
 si no antes en la peña que también ahora rocosa pervive
 transformada hubiera sido: su peña también el navegante evita.


El peregrinaje de Eneas (III): Italia

     A ella cuando a remos, y a la ávida Caribdis, 75
 vencieron los barcos troyanos, cuando ya cerca del litoral ausonio se hallaban,
 por el viento son devueltos a las orillas líbicas.
 Recibe a Eneas allí en su ánimo y en su casa quien no bien
 la separación de su frigio marido había de soportar,
 la Sidónide, y en una pira, en la figuración de un sacrificio hecha, 80
 se postró sobre un hierro y defraudada defraudó a todos.
 De nuevo, huyendo de las nuevas murallas de esa arenosa tierra,
 hacia la sede del Érix devuelto y al fiel Acestes,
 sacrifica él, y el túmulo de su padre honora.
 Y esos barcos que Iris la Junonia casi había quemado 85
 desata, y del Hipótada el reino y las tierras humantes
 de caliente azufre y las peñas de las Aqueloides deja atrás,
 las de las Sirenas, y huérfano de su conductor ese pino
 la Inárime y Próquite escoge, y en un estéril collado
 situadas las Pitecusas, de sus habitantes con el nombre dichas. 90


Los Cércopes

     Como que de los dioses el padre, el fraude y los perjurios de los Cércopes
 un día aborreciendo y las comisiones de esa gente dolosa,
 en un desfigurado ser a sus varones mutó, de modo que igualmente
 desemejante al humano y semejantes parecen,
 y sus miembros contrajo, y sus narices, de la frente remangadas, 95
 aplastó y de arrugas roturó de vieja su cara,
 y velados en todo el cuerpo de un dorado vello
 los mandó a estas sedes y no dejó antes de arrebatarles el uso
 de las palabras y, nacida para los perjurios, de su lengua.
 El poder lamentarse sólo con un ronco chirrido les dejó. 100


El peregrinaje de Eneas (IV): la Sibila

     Cuando éstas hubo preterido y a la diestra de Parténope
 las murallas abandonó, por la izquierda parte del canoro
 Eólida en el túmulo y, lugares preñados de palustres ovas,
 en los litorales de Cumas y en las cuevas de la vivaz Sibila
 entra y que a los manes paternos él acuda a través de los Avernos, 105
 le ruega. Mas ella su rostro, largo tiempo en la tierra demorado,
 erigió, y, al fin, delirante del dios por ella recibido:
 «Grandes cosas pretendes», dijo, «varón por tus hechos el más grande,
 cuya diestra a través del hierro, su piedad a través de los fuegos se han contemplado.
 Deja aun así, Troyano, el miedo: dueño serás de tus pretensiones 110
 y las Elisias moradas y los reinos postreros del mundo
 conmigo de guía conocerás y las efigies amadas de tu padre.
 Inviable para la virtud ninguna vía hay», dijo y fulgente
 de oro una rama en el bosque de la Averna Juno
 le mostró y le ordenó desgajarla de su tronco. 115
     Obedeció Eneas y del formidable Orco
 vio las riquezas y los antepasados suyos y la sombra anciana
 del magnánimo Anquises. Aprendió también las leyes de esos lugares
 y cuáles los peligros que habían de ser arrostrados en nuevas guerras.
 De ahí, llevando sus fatigados pasos por la opuesta senda, 120
 con su guía Cumea suaviza en la conversación el esfuerzo.
 Y mientras el camino horrendo a través de los opacos crepúsculos coge:
 «Si una diosa tú presente, o si a los dioses gratísima -dijo-:
 de un numen en la traza estarás siempre para mí, y confesaré que yo
 de regalo tuyo existo, tú, quien, que yo a los lugares de la muerte entrara, 125
 quien de esos lugares que yo saliera, quisiste, de la muerte por mí vista.
 Por esos méritos, tras llegar yo del aire a las auras,
 unos templos te alzaré y te otorgaré unos honores de incienso».
     Se vuelve a mirarle la vidente y unos suspiros tomando:
 «Ni diosa soy», dijo, «ni de sagrado incienso con el honor 130
 dignes una humana cabeza, y para que ignorante no yerres:
 una luz eterna a mí y el carecer de final se me concedía
 si mi virginidad hubiese padecido a Febo, mi enamorado.
 Mientras esperanza tiene de ella, mientras previamente sobornarme con dones
 ansía: «Elige», dice, «virgen Cumea, qué deseas. 135
 De tus deseos serás dueña». Yo de polvo cogido
 le mostré un puñado: cuantos tuviera de cuerpos ese polvo,
 tantos cumpleaños a mí me alcanzaran, vana, le rogué.
 Se me pasó pedir jóvenes también en adelante esos años:
 éstos con todo él me los daba, y la eterna juventud, 140
 si su Venus padecía. Despreciado el regalo de Febo
 célibe permanezco. Pero ya la más feliz edad
 sus espaldas me ha dado, y con tembloroso paso viene la enferma vejez,
 que de sufrir largo tiempo he. Pues ya, aunque para mí siete siglos
 han pasado, aun así resta, para que los números del polvo iguale, 145
 trescientas mieses, trescientos mostos ver.
 Un tiempo habrá cuando, de tan gran cuerpo, a mí pequeña
 el largo día me hará, y mis miembros consumidos por la vejez
 se reduzcan a una mínima carga, y ni amada haber sido pareceré
 por un dios, ni haberle complacido: Febo también quizás, él mismo, 150
 o no me conocerá o que me amó negará,
 hasta tal punto mutada se me llevará y para nadie visible,
 por mi voz, aun así, se me conocerá. La voz a mí los hados me dejarán».


Aqueménides

     Mientras tales cosas a través del convexo camino mencionaba la Sibila,
 de las sedes estigias emerge el troyano Eneas hacia la ciudad 155
 eubea, y propiciados unos sacrificios según la costumbre,
 a las costas acude que todavía de su nodriza no tenían el nombre.
 Aquí también se había detenido, después de los hastíos largos de sus labores,
 el Neritio Macareo, compañero del sufridor Ulises.
 El cual, al que había sido abandonado un día en medio de las peñas del Etna 160
 reconoce, a Aqueménides, y al encontrarlo de improviso,
 de que viva asombrado: «¿Qué azar a ti, o dios,
 te guarda, Aqueménides? ¿Por qué», dice, «una bárbara proa a ti,
 un griego, te porta? ¿Se dirige vuestra quilla a qué tierra?».
 A quien tal preguntaba, ya no tosco en su atavío, 165
 ya suyo él, y no trabado su sombrero de espinas ningunas,
 dice Aqueménides: «Que de nuevo a Polifemo y aquellas
 comisuras yo contemple, fluidas de sangre humana,
 si mi casa que esta quilla para mí mejor es, o Ítaca,
 si menos a Eneas venero que a mi padre, y nunca 170
 estarle bastante agradecido podré, aunque se lo ofreciera todo.
 Puesto que hablo y respiro y el cielo y los astros del sol
 contemplo, ¿podría ingrato y olvidado serle?
 Él me dio el que este aliento mío a la boca del Cíclope
 no haya venido, y aunque ya ahora la luz vital abandone yo, 175
 en un túmulo, o ciertamente no se me sepultará en aquel vientre.
 ¿Qué animo entonces era el mío -a no ser que el temor me haya robado
 todo el sentido y mi ánimo-, cuando a vosotros, dirigiros a las altas
 superficies, abandonado, contemplé? Quise gritaros, pero a mi enemigo
 entregarme temí: a vuestro barco incluso el grito 180
 de Ulises casi hizo daño. Yo vi cuando de monte desgajada
 una ingente peña lanzó en medio de las ondas,
 vi de nuevo, como por las fuerzas de una catapulta llevadas,
 vastas rocas que él disparaba con su brazo de Gigante,
 y que no hundiera ese oleaje o esa piedra la quilla, 185
 mucho temí, ya que yo no estaba en ella olvidado.
 Pero cuando la huida os retornó de una certera muerte,
 él ciertamente todo el Etna deambula gemebundo,
 y por delante tienta con la mano los bosques, y de su luz huérfano
 contra las peñas se lanza, y sus brazos, desfigurados de la sanguaza, 190
 tendiendo al mar, maldice la raza aquiva
 y dice: «Oh si algún azar a mí me devuelve a Ulises
 o a alguno de sus aliados, contra el que se ensañe mi ira,
 las entrañas del cual me coma, cuyos vivientes miembros
 con mi diestra despedace, cuya sangre a mí me inunde 195
 la garganta y aplastadas tiemblen bajo mis dientes sus extremidades:
 cuán nulo o leve me sería el daño de mi luz arrebatada».
 Esto y más aquel feroz. A mí un lívido horror me invade,
 contemplando su rostro todavía de la matanza mojado,
 y sus cruentas manos, y vacío el orbe de su luz, 200
 y sus miembros y cuajada de sangre humana su barba.
 Esa muerte estaba ante mis ojos, lo mínimo aun así ella de mi dolor,
 y ya, que iba a ser atrapado, ya ahora mis entrañas pensaba
 que en las suyas iba a sumergir, y en mi mente prendida estaba la imagen
 del tiempo aquel en el que vi de a dos los cuerpos de mis compañeros, 205
 tres veces, cuatro veces ser golpeados contra la tierra,
 cuando echado él encima, a la manera de un hirsuto león,
 sus entrañas y carnes y con las blancas médulas sus huesos
 y medio exánimes sus extremidades sepultaba en su vientre ávido.
 Un temblor me invadió: de pie estaba, sin sangre, afligido, 210
 viéndole mojado y arrojando de su boca sus cruentos
 festines y bocados con vino aglomerados vomitando:
 tales imaginaba que a mí, desgraciado, se preparaban los hados,
 y durante muchos días agazapado y estremeciéndome ante todo
 crujido y la muerte temiendo y deseoso de morir, 215
 con bellota combatiendo el hambre y, mezclada con frondas, con hierba,
 solo, pobre, desahuciado, a la muerte y a esa condena abandonado,
 ésta desde lejos contemplé después de largo tiempo, esta nave,
 y les supliqué mi huida con gestos y al litoral corrí
 y los conmoví: a un griego un barco troyano lo acogió. 220
 «Tú también expón tus azares, de mis compañeros el más grato,
 y los del jefe y la multitud que contigo se confió al ponto».


Aventuras de Ulises

     Que Éolo, él le cuenta, reinaba en el profundo etrusco,
 Éolo, el Hipótada, reteniendo en su cárcel a los vientos,
 los cuales, encerrados en una piel de vacuno, memorable regalo, 225
 los tomó el jefe duliquio, y que con soplo favorable marchó
 durante nueve luces, y contempló la tierra a la que se dirigían;
 que la siguiente tras la novena, cuando se movió esa aurora,
 de envidia sus aliados, y del deseo de botín, vencidos
 fueron: creyéndolo oro, arrancaron sus ataduras a los vientos; 230
 que con ellos marcha atrás, a través de las ondas recién
 recorridas el barco, y a los puertos volvía a dirigirse del eolio tirano.
 «De ahí, de Lamo el Lestrigon», dice, «a la antigua ciudad
 llegamos: Antífates reinaba en la tierra aquella.
 Enviado a él yo soy, en número de dos mis acompañantes, 235
 y apenas en la huida buscada fue la salvación de un acompañante y mía.
 El tercero de nosotros tiño la impía boca del Lestrigon con el crúor suyo.
 Al huir nosotros nos acosa y una hueste contra nosotros
 lanza Antífates. Nos atacan y rocas y maderos
 nos lanzan y sumergen a nuestros hombres y sumergen nuestras quillas. 240
 Una, aun así, que a nosotros y al mismo Ulises portaba
 escapó. Por esa perdida parte de nuestros aliados, dolientes
 y de muchas cosas lamentándonos, a las tierras arribamos aquellas
 que lejos de aquí divisas -de lejos, créeme, se ha de ver
 la isla vista por mí-, y tú, oh el más justo de los troyanos, 245
 nacido de diosa, pues finalizada la guerra de llamarte enemigo
 no he, Eneas, te aconsejo: huye de los litorales de Circe.
 Nosotros también, amarrado nuestro pino de Circe en el litoral,
 de Antífates acordados y del inmansueto Cíclope,
 a marchar nos negábamos, pero para alcanzar la morada desconocida 250
 a la muerte fuimos elegidos: la suerte a mí y al leal Polites
 y a Euríloco a la vez y a Elpénor, el del excesivo vino,
 a dos novenas de aliados de Circe a las murallas nos envió.
 Las cuales, cuanto las alcanzamos y estuvimos en el umbral de su techo,
 mil lobos y mezcladas a los lobos osas y leonas 255
 al correr a nosotros nos dieron miedo, pero ninguno de temer,
 y ninguno había de hacernos en el cuerpo herida alguna;
 incluso tiernas movieron al aire sus colas
 y adulándonos cortejan nuestras huellas hasta
 que nos reciben unas sirvientas y a través de unos atrios de mármol cubiertos 260
 a su dueña nos llevan. Sentada está ella en un receso bello,
 de solemne trono y, vestida de un manto brillante,
 por encima está velada de un dorado atuendo.
 Nereides y ninfas a la vez, que vellones ningunos arrastran
 moviendo sus dedos, ni hilos subsiguientes sacan, 265
 gramas distribuyen y, esparcidas sin orden unas flores,
 las disciernen en canastos y variadas de colores hierbas.
 Ella misma, el que ellas hacen, su trabajo concluye, ella qué uso,
 o en qué hoja esté, cuál sea la concordia de ellas mezcladas
 conoce y a ellas atendiendo los lotes examina de las hierbas. 270
 Ella cuando nos vio, dicho y recibido el saludo,
 esparció su rostro y nos devolvió augurios con sus votos.
 Y sin demora que se mezclen ordena cebadas de tostado grano
 y mieles, y la fuerza del vino puro con leche que coágulos ha padecido
 y, los que bajo esta dulzura se oculten furtivamente, unos jugos 275
 añade. Recibimos de su sagrada diestra dadas esas copas,
 las cuales, no bien sedientos con nuestra árida boca apuramos,
 y nos hubo tocado con su vara la diosa siniestra lo alto de nuestros cabellos
 -vergüenza da, mas lo contaré-, de cerdas a erizarme comencé
 y ya a no poder hablar, por palabras a emitir un ronco 280
 murmullo y hacia la tierra a postrarme con todo el rostro
 y la cara mía sentí que en un ancho morro se encallecía,
 mis cuellos hincharse de protuberancias y por la parte que ahora poco esas copas
 sostenidas por mí fueran, con ella huellas hacía,
 y con los que lo mismo habían padecido -tanto las drogas pueden- 285
 me encierra en la pocilga, y solo de un cerdo carecer de la figura
 vimos a Euríloco: solo él de las copas a él dadas había huido,
 las cuales, si él no hubiese evitado, del ganado cerdoso una parte
 permanecería ya ahora también, y no, de tan gran calamidad cerciorado
 por él, hasta Circe, vengador, hubiese venido Ulises. 290
 El pacificador Cilenio a él le había dado una flor blanca:
 moly la llaman los altísimos; con una negra raíz se tiene.
 Guardado por ella, y por las advertencias también celestes, entra
 él en la casa de Circe, y a las insidiosas copas
 llamado, y a la que intentaba con su vara acariciar sus cabellos, rechaza, 295
 y empuñada su espada, pávida, la aterroriza.
 De ahí, sus palabras y sus diestras dadas, y en el tálamo recibido
 del matrimonio, de dote los cuerpos de sus aliados demanda.
 Se nos asperja de jugos mejores de una desconocida hierba,
 y se nos golpea la cabeza con un azote de la vara vuelta, 300
 y palabras se dicen contrarias a las dichas palabras.
 Mientras más ella canta, más con ello de la tierra aligerados
 nos erguimos, y las cerdas caen, y bífidos abandona su hendidura
 a nuestros pies, vuelven los hombros, y sometidos a sus antebrazos
 nuestros brazos fueron: a él llorando, llorando lo abrazamos nosotros, 305
 y prendidos quedamos del cuello de nuestro jefe, y palabras antes ningunas
 dicho hubimos que las que nos atestiguaban agradecidos.


Pico

     De un año allí nos detuvo la demora, y muchas cosas, presente,
 en tiempo tan largo vi, muchas con mis oídos recogí:
 esto también, con las muchas, que a escondidas me refirió una 310
 de sus cuatro fámulas, de las destinadas a tales sacrificios.
 Así pues, con el jefe mío mientras Circe sola se demoraba,
 ella a mí de níveo mármol hecha una estatua
 me muestra, juvenil, portando en la cabeza un pico,
 en el santuario sagrado puesta, y por sus muchas coronas señalada. 315
 Quién fuera y por qué en ese sagrado santuario se le honraba,
 por qué ese ave llevaba, a mí que le preguntaba y saber quería:
 «Atiende», dice, «Macareo, y de la dueña mía el poder cuál sea,
 de aquí también aprende. Tú a mi relato dispón tu mente.
     Pico, de Ausonia en las tierras, prole de Saturno, 320
 el rey fue, de los útiles para la guerra caballos estudioso.
 La hermosura de ese hombre la que contemplas era, puedes tú mismo su decor
 contemplar y por la fingida imagen aprobar al verdadero.
 Parejo su ánimo a su hermosura, y todavía contemplar merced a sus años
 no había podido cuatro veces en la griega Élide su pugna quinquenal. 325
 Él a las dríades, del Lacio en los montes nacidas,
 había vuelto hacia su rostro, a él las fontanas divinidades
 le pretendían, las náyades, las que el Álbula, las que el Numicio,
 las que del Anio las aguas y de su curso brevísimo el Almo
 o el Nar lleva vertiginoso, y el Fárfaro de opaca onda, 330
 y las que honran el pantano nemoroso de la escítica Diana
 y sus muy lindantes lagos. Despreciadas aun así todas, a una
 ninfa él honraba, que en otro tiempo en el collado del Palacio
 se dice que del jonio parió Venilia Jano.
 Ella, tan pronto como maduró en sus casaderos años, 335
 antepuesto a todos, al Laurente entregada, a Pico, fue,
 rara ciertamente por su faz, pero más rara por su arte del cantar,
 de donde Canente se le llamaba: los bosques y las rocas mover
 y amansar las fieras y las corrientes largas demorar
 con la boca suya, y los pájaros errantes retener, solía. 340
 La cual, mientras con su voz de mujer modula canciones,
 había salido de su morada Pico a los campos laurentes,
 a fin de atravesar paisanos jabalíes, y sobre el lomo pesaba
 de un agrio caballo, y en su izquierda un par de astiles llevaba,
 y recogida su clámide bermellón por un rubio oro. 345
 Había llegado a unos bosques, y la hija del Sol a los mismos,
 y para nuevas recoger de esos fecundos collados sus hierbas,
 del nombre suyo llamados, los campos circeos había abandonado.
 La cual, no bien al joven en los ramajes escondida hubo visto,
 quedó suspendida: cayeron de su mano, las que había recogido, hierbas, 350
 y una llama por todas sus médulas le pareció que erraba.
 Cuando por fin compuso su mente de ese vigoroso bullir,
 qué anhelaba, a confesar iba: que no pudiese acercarse,
 la carrera de su caballo hizo, y rodeado él de escoltas.
 «No», dice, «escaparás, aunque del viento seas arrebatado, 355
 si sólo yo me conozco, si no se ha desvanecido toda
 de mis hierbas la virtud ni a mí mis canciones me engañan».
 Dijo y la efigie sin ningún cuerpo de un falso
 jabalí finge y por delante de los ojos correr del rey
 le ordenó, y, denso de troncos, a un bosque que marchar pareciera, 360
 por donde máxima la espesura es y para el caballo lugares transitables no son.
 No hay demora, a continuación de esa presa busca sin él saberlo la sombra
 Pico y veloz de su caballo los espumantes lomos abandona
 y una esperanza persiguiendo vana sus pies lleva errante en el alto bosque.
 Piensa ella unas súplicas y esas palabras suplicantes dice 365
 y a unos ignotos dioses con una ignota canción ora,
 con el que suele el rostro confundir de la nívea Luna,
 y para la cabeza de su padre tejer bebedoras nubes.
 Entonces también, cantada su canción, se densa el cielo,
 y nieblas exhala la tierra, y por ciegas sendas vagan 370
 sus séquitos y falta la custodia del rey.
 Habiendo hallado ella el lugar y el tiempo: «Oh por tus ojos», dice,
 «que a los míos cautivaron, y por ésta, el más bello, tu hermosura,
 que hace que una suplicante a ti diosa yo sea, considera estos fuegos
 nuestros y por suegro, que lo contempla todo, al Sol 375
 recibe, y no, duro, a la Titánide Circe desprecia».
 Había dicho. Él, feroz, a ella y sus súplicas rechaza y:
 «Quien quiera que eres», dice, «no soy tuyo. Otra cautivado
 me tiene y me tenga, suplico, por una larga edad,
 y con una Venus externa mis conyugales alianzas yo no hiera, 380
 mientras a mí a la hija de Jano me la conserven los hados, a Canente».
 Muchas veces reintentadas sus súplicas en vano la Titania:
 «No impunemente lo habrás hecho, y no», dice, «serás devuelto a Canente,
 y herida qué haga, qué enamorada, qué una mujer aprenderás
 de los hechos. Mas está enamorada y herida y es mujer Circe». 385
     Entonces dos veces hacia los ocasos, dos veces se vuelve a los ortos,
 tres veces al joven con su bastón tocó, tres canciones dijo.
 Él huye, pero, de lo que él acostumbraba más veloz, él mismo
 de correr se asombra: alas en su cuerpo ve,
 y de que él súbitamente se sumaba del Lacio a los bosques 390
 como nueva ave indignado, con su duro pico en los fieros troncos
 clava y enconado da heridas a las largas ramas.
 El purpúreo color de la clámide sus alas sacaron;
 el que prendedor había sido y su ropa había mordido, el oro,
 pluma se hace y su cerviz se rodea de rubio oro, 395
 y nada antiguo a Pico, salvo sus nombres, restan.
     En esto que sus séquitos, habiendo llamado muchas veces por los campos
 para nada a Pico y en ninguna parte hallado,
 encuentran a Circe, pues ya había atenuado las auras
 y sufrido ella había que las nieblas con los vientos y el sol se reabrieran, 400
 y con acusaciones la apremian verdaderas y su rey le reclaman
 y fuerza añaden y se disponen a atacarla con las salvajes armas.
 Ella de un dañino humor los asperja y de jugos de veneno,
 y a la Noche y de la Noche a los dioses, con el Érebo y Caos
 convoca y con largos aullidos a Hécate ora. 405
 Saltaron de su lugar -de decir admirable- los bosques
 y hondo gimió el suelo, y vecino palideció el árbol,
 y asperjadas de sus gotas se mojaron las pajas de sangre,
 y las piedras parecieron emitir mugidos roncos,
 y ladrar los perros, y que la tierra de sierpes negras 410
 se hacía inmunda y que tenues ánimas revoloteaban de silentes:
 atónita por esos prodigios la gente se asusta. Ella las caras
 de los asustados tocó, asombradas, con una envenenada vara,
 por cuyo tacto monstruos de variopintas fieras
 a los jóvenes vienen: a ninguno le permaneció su imagen. 415


Canente

     Había asperjado caduco Febo los litorales de Tartesos
 y en vano su esposo por los ojos y el ánimo de Canente
 ansiado era. Los criados y el pueblo por todos
 los bosques se dispersan y opuestas luces portan.
 Y no bastante es para la ninfa llorar y lacerar sus cabellos 420
 y darse golpes de pecho -hace esto, aun así, todo-
 y se abalanza y deambula vesánica del Lacio por los campos.
 Seis noches ella y otras reiteradas luces del sol
 la vieron, indigente de sueño y de alimento
 por los cerros, por los valles, por donde el azar la llevaba, andando. 425
 El último la contempló el Tíber, del luto y del camino
 fatigada y ya depositando su cuerpo, larga, en su ribera.
 Allí, junto con lágrimas, por el propio dolor entonadas,
 unas palabras de sonido tenue afligida derramaba, como en otro tiempo
 sus canciones ya muriendo canta, exequiales, el cisne. 430
 Por sus lutos, al extremo, en sus tenues médulas derretida
 se consumió y, leves, poco a poco se licueció en las auras.
 Su fama, aun así, señalada en ese lugar quedó, al cual según el rito el Canente,
 por el nombre de la ninfa, lo llamaron los antiguos colonos.
     «Muchas cosas tales a mí narradas durante un largo año, 435
 y vistas por mí, fueron. Acomodados y por la deshabituación lentos,
 de nuevo a entrar al estrecho, de nuevo dar las velas se nos ordena,
 y que dudosas nuestras rutas, y que el camino vasto, la Titania
 nos dijera, y que nos aguardaban los peligros del salvaje ponto.
 Muchó temí, lo confieso, y al hallar este litoral, a él me aferré». 440


El peregrinaje de Eneas (V): el Lacio

     Había acabado Macareo, y en una urna de mármol la nodriza
 de Eneas sepultada, en su túmulo esta breve canción tenía:
 AQUÍ · A · MÍ · CAYETA · MI · AHIJADO · DE · CONOCIDA · PIEDAD
 ARREBATADA · DEL · ARGÓLICO · EN · EL · FUEGO · QUE · DEBÍA · ME · CREMÓ.
     Se libera de su herboso muelle la atada cuerda, 445
 y lejos las insidias y de la malfamada diosa dejan la morada
 y a unos bosques se dirigen donde nuboso de sombra
 al mar prorrumpe el Tíber con su rubia arena.
 De la casa del hijo de Fauno Latino se apodera y de su hija,
 no sin Marte aun así. Una guerra con esa gente feroz 450
 se emprende y enloquece por su pactada esposa Turno.
 Se abalanza al Lacio la Tirrenia toda y largo tiempo,
 ardua, con las angustiadas armas se busca la victoria.
 Aumenta cada uno sus fuerzas con externo vigor
 y muchos a los rútulos, muchos los campamentos troyanos 455
 guardan, y no Eneas a las murallas de Evandro en vano,
 mas Vénulo en vano a la ciudad del prófugo Diomedes había ido.


Diomedes

     Él ciertamente bajo el Iápige Dauno unas muy grandes
 murallas había fundado y sus dotales campos poseía.
 Pero Vénulo, después que los encargos de Turno llevó a cabo 460
 y auxilio busca, sus fuerzas el héroe etolio
 excusa: que ni él ni de su suegro los pueblos mandar a la batalla
 quería, o a los que de la gente suya armara,
 que no tenía ningunos: «Y para que esto inventado no creáis,
 aunque con el recuerdo los lutos se renueven amargos, 465
 sufriré el recordarlos aun así. Después que la alta Ilión quemado se hubo,
 y de que Pérgamo apacentó las dánaas llamas,
 y de que el héroe Naricio, de la Virgen a una virgen al arrebatar,
 el castigo que mereció él solo distribuyó a todos,
 nos dispersamos, y por los vientos arrebatados a través de enemigas 470
 superficies, las corrientes, la noche, las lluvias, la ira del cielo y del mar
 sufrimos los dánaos, y, el colmo, el desastre del Cafereo,
 y para no demorarme refiriendo estos tristes lances por su orden,
 Grecia entonces le pudo a Príamo incluso digna de llanto parecer.
 A mí, aun así, salvado, el cuidado de la armada Minerva 475
 me arrebató de los oleajes, pero de los campos de la patria de nuevo
 se me expulsa, y memoriosos castigos de su antigua herida
 me exige la nutricia Venus, y tan grandes penalidades
 por las altas superficies sostuve, tan grandes en terrestres armas,
 que yo felices aquellos he muchas veces llamado 480
 a los que la común tempestad y el importuno Cafereo
 sumergió en las aguas, y quisiera que de ellos parte una hubiera sido yo.
 Lo último ya habiendo soportado mis acompañantes en la guerra y en el estrecho,
 abandonan, y un fin ruegan de ese errar, mas Acmon,
 de férvido ingenio, entonces verdaderamente también por las calamidades áspero: 485
 «¿Qué queda que ya la paciencia vuestra rehúse
 soportar, varones?», dijo. «¿Qué tiene Citerea que más allá
 -que quiera, supón- nos haga? Pues mientras cosas peores se temen
 hay para los votos un lugar: la suerte, en cambio, cuando es la peor que existe,
 bajo esos pies el temor está, y es seguro el extremo de las desgracias. 490
 Aunque lo oiga ella, aunque, lo cual hace, nos odie a todos
 los hombres al mando de Diomedes, el odio aun así de ella todos
 despreciamos: y en gran cosa está un gran poder a nuestros ojos».
 Con tales cosas irritando a Venus el Pleuronio Acmon
 la aguija con sus palabras y reaviva su vieja ira. 495
 Lo dicho por él complace a pocos: sus amigos más numerosos
 a Acmon corremos, al cual, responder queriendo,
 su voz al par que de su voz la vía se le hubo atenuado,
 y sus cabellos en plumas acaban, de plumas su nuevo cuello se cubre,
 y su pecho y espalda; mayores remeras sus brazos 500
 acogen, y sus codos se ensenan, leves, en alas.
 Del pie una parte grande invade los dedos, y sus labios
 en cuerno endurecidos se hacen rígidos y su límite en punta ponen.
 De él Lico, de él Idas y con Rexénor Nicteo,
 de él se admira Abante y mientras se admiran la misma 505
 faz acogen y el número más grande de mi tropa
 empieza a volar y los remos él circunvuela batiendo sus alas:
 si de estos pájaros súbitos cuál sea la forma preguntas,
 como no de los cisnes, así próxima a los blancos cisnes.
 Apenas yo, ciertamente, de estas sedes y de los áridos campos 510
 del Iápige Dauno soy dueño, con esta mínima parte de los míos».


El olivo salvaje

     Hasta aquí el Enida; Vénulo los calidonios reinos, y las
 peucetias ensanadas, y los mesapios campos abandona.
 Entre los cuales unos antros ve que, nublados de su mucha espesura
 y asintiendo con sus leves cañas, el mediocabrío Pan 515
 ahora posee, mas que poseyeron en cierto tiempo las ninfas.
 A ellas un pastor ápulo, de aquella región ahuyentándolas,
 las aterró y primero con un súbito susto las conmovió,
 luego, cuando en sí volvieron y despreciaron a su perseguidor,
 al compás moviendo sus pies trazaron unas danzas. 520
 Las reprueba el pastor e imitándolas con su baile agreste
 añadió a sus obscenas frases insultos rústicos,
 y no antes su boca calló que a su garganta sepultó un árbol.
 Árbol, pues, es, y por su jugo se puede reconocer su carácter,
 como que la marca de su lengua el acebuche en sus bayas amargas 525
 exhibe: la aspereza de sus palabras pasó a ellas.


Las naves de Eneas

     De ahí cuando los legados volvieron, las a ellos negadas
 de Etolia aportando, los rútulos sin las fuerzas esas
 sus guerras guarnecidas traen, y cantidad, de ambas partes,
 de crúor se entrega. He aquí que lleva ávidas contra los armazones 530
 de pino Turno unas antorchas y los fuegos temen a quienes la ola perdonó,
 y ya la pez y las ceras y los alimentos restantes de la llama Múlciber quemaba, y a través
 del alto mástil hacia los linos iba, y humaban los banquillos de la incurvada quilla,
 cuando acordada de estos pinos, de la cima del Ida cortados,
 la santa madre de los dioses de tintineos de bronce golpeado 535
 el aire, y lo colmó del del murmullo del soplado boj,
 y leves, portada por sus domados leones a través de las auras:
 «Inútiles incendios lanzas, y con una diestra sacrílega,
 Turno», dice. «Los arrebataré, y no he de tolerar que queme
 el fuego devorador de los bosques partes y miembros míos». 540
 Tronó mientras tal decía la diosa, y al trueno secundarios
 con saltarín granizo cayeron graves borrascas,
 y el aire, y henchida de súbitas embestidas la superficie,
 los Astreos turban y marchan a los combates los hermanos,
 de entre los cuales la nutricia madre, de las fuerzas de uno solo sirviéndose, 545
 rompió las retenidas de estopa de la flota frigia
 y lleva las naves en picado y en medio de la superficie las sumerge.
 Su madera ablandada, y su leño en cuerpos convertido,
 en figura de cabezas las popas corvas se mutan,
 en dedos acaban y en piernas nadando los remos y, 550
 lo que seno fuera, costado es, y la quilla, sujeta
 a la mitad de los navíos, de espina dorsal en uso se muta,
 los linos melenas suaves, las entenas brazos se hacen,
 azul, como lo fuera, su color es, y, las que antes temían,
 esas ondas en sus juegos de doncellas fatigan 555
 estas Náyades marinas, y en los duros montes habiendo nacido
 el mullido estrecho frecuentan ni a ellas su origen las inmuta.
 Aun así, no olvidadas de cuán muchos peligros muchas veces
 padecieron en el piélago, bajo las sacudidas quillas
 muchas veces pusieron sus manos, salvo aquella que llevara a aquivos: 560
 del desastre todavía frigio memoriosas odian a los pelasgos
 y del barco neritio vieron los trozos con alegres
 rostros y con ellos alegres vieron que se volvía rígida la popa
 de Alcínoo, con sus rostros, y que roca por dentro crecía de la madera.


Árdea

     Esperanza había, en ninfas al haberse animado la flota marinas, 565
 de que pudiera por miedo del prodigio el rútulo desistir de la guerra.
 Persiste, y tienen sus dioses ambas partes y -lo que de los dioses está
 en traza- tienen arrestos; y ya no unos dotales reinos,
 ni el cetro de su suegro, ni a ti, Lavinia virgen,
 sino vencer buscan, y por pudor de deponerlas, 570
 guerras hacen y finalmente Venus vencedoras las armas
 de su hijo ve y Turno cae. Cae Árdea, en vida
 de Turno llamada poderosa. Al cual, después que una espada bárbara
 lo arrebató y quedaron a la vista sus techos, caliente, bajo la brasa,
 de en medio de la montonera, entonces por primera vez conocido, un alado 575
 alza el vuelo, y las cenizas azota al batir sus alas.
 Su sonido y su flacura y su palidez y todo: los que honran
 a su ciudad tomada, el nombre también permaneció en ella
 de esa ciudad, y ella misma se plañe, la árdea, el alcaraván, con sus propias alas.


Apoteosis de Eneas

     Y ya a los dioses todos y a la misma Juno la virtud 580
 de Eneas a limitar sus viejas iras había obligado,
 cuando, bien fundadas las riquezas del creciente Julo,
 tempestivo estaba para el cielo el héroe Citereio.
 Rondaba Venus a los altísimos, y alrededor del cuello
 de su padre derramada: «Nunca para mí», había dicho, «en ningún 585
 tiempo duro, padre, ahora que seas el más tierno deseo,
 y que al Eneas mío, quien a ti de la sangre nuestra
 te ha hecho abuelo, aunque pequeño, que le des, oh óptimo, un numen,
 con tal de que le des alguno. Bastante es el inamable reino
 con haber visto una vez, una vez haber ido por los caudales estigios». 590
 Asintieron los dioses, y la esposa regia su semblante
 inmutado no mantuvo y con calmado rostro consiente.
 Entonces el padre: «Sois», dice, «de ese celeste regalo dignos
 la que lo pides y por quien lo pides: toma, hija, lo que deseas».
     Hablado había. Se goza y las gracias da ella a su padre 595
 y a través de las leves auras, de sus uncidas palomas portada,
 al litoral acude laurente, donde cubierto de caña serpea
 hasta los estrechos, de sus caudales ondas vecinos, el Numicio.
 A él ordena que a Eneas de todo lo sujeto a la muerte
 purifique y lo lleve hacia las superficies por su tácito curso. 600
 El cornado secunda los encargos de Venus y con las suyas,
 cuanto en Eneas había sido mortal, purga
 y lo dispersó en las aguas. La parte mejor restó en él.
 Lustrado, su madre con un divino aroma ungió
 su cuerpo y con ambrosia, con dulce néctar mezclada, 605
 tocó su boca y lo hizo dios, al cual la muchedumbre de Quirino
 nombra Índiges y en un templo y en aras lo ha acogido.


Los reyes latinos

Después, bajo el dominio de Ascanio, el de dos nombres, Alba
 y el estado latino estuvo. Lo sucedió Silvio a él,
 nacido del cual, tuvo repetidos Latino 610
 sus nombres, junto con el antiguo cetro; el brillante Alba sigue a Latino.
 Épito después de él es, tras éste Cápeto y Capis,
 pero Capis antes estuvo. El reinado de ellos Tiberino
 tomó, y hundido en las ondas de la corriente toscana
 sus nombres dio a su agua, del cual Rémulo y el feroz 615
 Ácrota fueron engendrados. Rómulo, más maduro en años,
 de un rayo pereció -el imitador del rayo- por un golpe.
 Que de su hermano más moderado, Ácrota, el cetro pasa
 al fuerte Aventino, el cual, en el que había reinado,
 en ese mismo monte yace depositado y atribuyó su vocablo a ese monte. 620


Vertumno y Pomona (I)

Y ya de la palatina gente el mando Proca tenía.
 Bajo el rey tal Pomona vivió, que la cual, ninguna entre las latinas
 Hamadríades ha honrado con más pericia los huertos
 ni hubo más estudiosa otra del fruto del árbol,
 de donde posee el nombre. No los bosques ella ni caudales, 625
 el campo ama y las ramas que felices frutos llevan.
 Y no de la jabalina pesada va, sino de la corva hoz, su diestra,
 con la que ora su exceso modera y, extendidos por todas partes,
 sus brazos contiene, ora en una hendida corteza una vara
 injerta y sus jugos apresta para un prohijado ajeno, 630
 y que sienta sed no tolera y las recurvas fibras
 de la bebedora raíz riega con manantes aguas.
 Éste su amor; éste su estudio, de Venus incluso ningún deseo tiene.
 La fuerza aun así de los hombres del campo temiendo, sus pomares cierra
 por dentro y los accesos prohíbe y rehúye masculinos. 635
 ¿Qué no los Sátiros, para los bailes apta esa juventud,
 hicieron, y enceñidos de pino en sus cuernos los Panes,
 y Sileno, siempre más juvenil que sus propios años,
 y el dios que a los ladrones o con su hoz o con su entrepierna aterra,
 para apoderarse de ella? Pero es así que los superaba amándola 640
 a ellos incluso Vertumno, y no era más dichoso que ellos.
 Oh cuántas veces, en el atavío de un duro segador, aristas
 en una cesta le llevó, y de un verdadero segador fue la imagen.
 Sus sienes muchas veces llevando con heno reciente trenzadas,
 la segada grama podía parecer que había volteado. 645
 Muchas veces en su mano rigurosa aguijadas portaba, tal que él
 jurarías que cansados acababa de desuncir sus novillos.
 Una hoz dada, deshojador era y de la vid podador.
 Se vestía unas escalas: que iba a recoger frutos creerías.
 Soldado era con una espada, pescador, la caña tomada. 650
 Por fin, merced a esas muchas figuras acceso para sí muchas veces
 encontró de modo que poseyera los goces de la contemplada hermosura.
 Él incluso, coronadas sus sienes de una pintada mitra,
 apoyándose en un bastón, puestas por esas sienes canas,
 se simuló una vieja, y entró en los cultivados huertos 655
 y de los frutos se admiró y: «Tanto más poderosa», dice,
 y a la que un poco había alabado dio besos cuales nunca
 verdadera hubiese dado una anciana, y en el terreno encorvada se sentó,
 mirando arriba, curvas, del peso de su otoño, las ramas.
 Un olmo había enfrente, especioso por sus brillantes uvas. 660
 El cual, después que al par, con su compañera vid, hubo aprobado:
 «Mas si se alzara», dice, «célibe sin el sarmiento su tronco,
 nada, excepto sus frondas, por que se le buscara, tendría.
 Ésta también, la que unido se le ha, la vid descansa en el olmo.
 Si casado no se hubiera, a la tierra inclinada, yacería. 665
 Tú, aun así, con el ejemplo no te inmutas del árbol este,
 y de los concúbitos huyes, ni de casarte curas.
 Y ojalá quisieras. Helena no por más pretendientes
 se hubiese inquietado, ni la que de los Lápitas movió
 a las batallas, ni la esposa del demasiado demorado Ulises. 670
 Ahora también, aunque huyas y te apartes de los que te pretenden,
 mil varones te desean, semidioses y dioses,
 y cuantos númenes poseen los albanos montes.
 Pero tú si supieras, si unirte tú bien y a la anciana
 esta oír quieres, que a ti más que todos esos, 675
 más de lo que crees, te amo: rehúsa esas vulgares antorchas
 y a Vertumno de tu lecho por compañero para ti elige, por el cual a mí también
 como prenda tenme, pues para sí mismo más conocido él no es
 que para mí. Y no por doquier errante deambula por el orbe todo;
 estos lugares grandes honra y no, cual parte grande de tus pretendientes, 680
 a la que acaba de ver ama: tú el primer y el último ardor
 para él serás y sola a ti ha consagrado sus años.
 Añade que es joven, que natural tiene
 de la hermosura el regalo, y en las figuras aptamente se finge todas,
 y que lo que hayas de ordenarle, aunque le ordenes cualquier cosa, será. 685
 Qué de que amáis lo mismo, que los frutos que por ti honrados
 él el primero tiene y sostiene tus regalos con diestra dichosa.
 Pero ni ya sus crías anhela, del árbol arrancadas,
 ni, las que el huerto alimenta, con jugos tiernos las hierbas,
 ni otra cosa que a ti: compadécete del que así arde y a él mismo, 690
 quien te pide, en la boca mía, presente cree que te suplica,
 y a los vengadores dioses y a la que los pechos duros aborrece,
 a la Idalia, y la memorativa ira teme de la Ramnúside.
 Y para que más lo temas -y en efecto a mí muchas cosas mi vejez
 saber me ha dado- te referiré, en todo Chipre muy conocidos, 695
 unos hechos con que virar fácilmente y enternecerte puedas.


Ifis y Anaxárete

«Había visto, generosa de la sangre del viejo Teucro,
 Ifis a Anaxárete, de humilde estirpe creado.
 La había visto y concibió en todos sus huesos un fervor;
 y tras luchar mucho tiempo, después que con la razón su furor 700
 vencer no pudo, suplicante a sus umbrales vino,
 y ora a su nodriza confesándole su desgraciado amor,
 que con él dura no fuera, por sus esperanzas en su ahijada, le pidió,
 y ora de entre sus muchas compañeras enterneciendo a cualquiera
 con acongojada voz, pretendía su propenso favor. 705
 A menudo para que las llevaran dio sus palabras a tiernas tablillas,
 a veces, mojadas del rocío de sus lágrimas, coronas
 a sus jambas tendió y puso en su umbral duro
 su tierno costado y, triste, a la cerradura insultos le gritó.
 Más salvaje ella que el estrecho que se levanta al caer los Cabritos, 710
 más dura también que el hierro que funde el fuego nórico,
 y que la roca viva que todavía por su raíz se sostiene,
 lo desprecia y de él se burla, y a sus actos despiadados añade
 palabras soberbias, feroz, y de su esperanza incluso priva a su amante.
 No soportó, incapaz de sufrirlos, los tormentos de ese largo dolor 715
 Ifis, y ante sus puertas estas palabras últimas dijo:
 «Vences, Anaxárete, y no tendrás tú hastíos algunos al fin
 que soportar de mí: alegres triunfos apresta
 y a Peán invita y cíñete de nítido laurel.
 Pues vences, y muero con gusto: venga, férrea de ti, gózate. 720
 Ciertamente a algo alabar de mi amor te verás obligada, en lo que a ti
 te sea yo grato y el mérito confesarás nuestro.
 No, aun así, antes mi anhelo por ti recuerda que me ha abandonado,
 que la vida, y de mi gemela al par luz me he visto privado.
 Y no a ti la fama ha de venir, nuncia de mi muerte: 725
 yo mismo, no lo dudes, llegaré y estar presente pareceré,
 para que de mi cuerpo exánime tus crueles ojos apacientes.
 Si aun así, oh altísimos, los hechos mortales veis,
 sed de mí memoriosos -nada más allá mi lengua suplicar
 sostiene- y haced que de mí se cuente en una larga edad, 730
 y, los que arrancasteis a mi vida, dad tiempos a mi fama.
     Dijo, y a esas jambas, ornadas a menudo de sus coronas,
 sus húmedos ojos y pálidos brazos levantando,
 al atar a lo más alto de las puertas las ataduras de un lazo:
 «Estas guirnaldas a ti te placen, cruel y despiadada», dijo, 735
 e introdujo su cabeza, pero entonces también vuelto hacia ella,
 y, peso infeliz, quebrada su garganta, se colgó.
 Golpeada por el movimiento de sus pies, un sonido agitado y
 que abrir ordenaba pareció haber dado, y abierta la puerta, el hecho
 revela: gritan los sirvientes y en vano levantándolo 740
 -pues su padre había sucumbido- lo reportan hasta los umbrales de su madre.
 Lo recibe ella en su seno y abrazada a los fríos miembros
 del hijo suyo, después que las palabras de los desgraciados padres
 hubo expresado, y de las madres desgraciadas las operaciones concluyó,
 los funerales guiaba, lacrimosa, por mitad de la ciudad, 745
 y lívidos portaba sus miembros en el féretro que había de arder.
 Por acaso, vecina su casa a la calle por la que, digna de llanto, iba
 la pompa, estaba, y el sonido de los golpes de pecho, dura, a los oídos
 llega de Anaxárate, a la cual ya un dios vengador trataba.
 Conmovida, aun así: «Veamos», dice, «el desgraciado funeral», 750
 y, de anchas ventanas, va al piso alto
 y no bien, impuesto sobre el lecho, contempló a Ifis,
 rígidos quedaron sus ojos y cálida fuera de su cuerpo su sangre,
 sobrevenida a ella una palidez, huye, y al intentar
 hacia atrás llevar sus pies, prendida estaba, y al intentar volver su rostro, 755
 esto también no pudo, y poco a poco invade sus miembros,
 la cual había estado ya hacía tiempo en su duro pecho, una roca.
 Y para que esto fingido no creas, de su dueña con la imagen una estatua
 conserva todavía Salamina, y de Venus también un templo, con el nombre
 de la Contemplante, tiene. De las cuales cosas consciente, oh querida mía, tus lentos 760
 orgullos deja, te lo suplico, y a tu enamorado únete, mi ninfa:
 así a ti ni un primaveral frío queme tus nacientes
 frutos, ni los abatan florecientes, robadores, los vientos».


Vertumno y Pomona (II)

Ello una vez que para nada el dios, apto a la figura de vieja,
 hubo expresado, al joven volvió, y los aparejos 765
 se quitó de anciana, y tal se apareció a ella,
 cual cuando a él opuestas, nitidísima del sol la imagen,
 vence a las nubes y sin que ninguna lo impida reluce,
 y a la fuerza se dispone. Pero de fuerza no hay menester, y en la figura
 del dios cautivada la ninfa fue, y mutuas heridas sintió. 770


Apoteosis de Rómulo y Hersilia

El próximo, el soldado