Polibio

HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA

 

LIBRO SEXTO



CAPÍTULO PRIMERO
Sobre la fundación de Roma.- Antiguas costumbres.- Licio, hijo de Demarates, en Roma.- Su amistad con el rey Anco Marcio. Persuadido estoy de que fue fundada Roma en el segundo año de la séptima olimpíada.

El monte Palatino tomó este nombre del de un joven llamado Palante, que allí fue muerto.

Los romanos prohibían beber vino a las mujeres. Permitíanlas, sin embargo, beberlo cocido. Hacíase este vino con uva cocida y asemejaba en el gusto al vino ligero de Agosthenes o de Creta. Cuando las mortificaba la sed, apagábanla con esta bebida; pero la que bebía vino no podía ocultarlo, primero por no tener a su cuidado y libre disposición la despensa o bodega donde era guardado, y además porque la costumbre obligaba a besar en la boca a sus allegados y a los de su esposo, hasta los hijos de sus primos, siempre que los veía, aunque fuera diariamente; de suerte que, ignorando a quien encontraría, evitaba beber vino, porque el aliento era indicio seguro de la falta

Anco Marcio fundó también a Ostia, ciudad fortificada junto al Tíber

Lucio, hijo de Demarates el Corintiano, fue a Roma con grandes esperanzas, fundadas en su propio mérito y en su riqueza, y persuadido de que encontraría ocasión de probar que no era inferior a ningún ciudadano de la república. Estaba casado con mujer que, a otras dotes, unía la de ánimo apropiado para secundarle en las empresas que exigen prudencia y astucia. Llegó a Roma; concediósele derecho de ciudadanía; hizo alarde del mayor respeto a las órdenes del rey, y al poco tiempo, debido en parte a su liberalidad, en parte a la agudeza de su ingenio, y especialmente a las artes que aprendió desde la niñez, tanta influencia adquirió en el ánimo del rey, que tuvo con él gran confianza. Andando el tiempo, convirtióse en estrecha amistad con el rey Anco Marcio, hasta el extremo de habitar en su palacio y despachar con él los asuntos de Estado. Velando con celo en esta administración por el interés público, ayudaba al mismo tiempo con su crédito y esfuerzos a quienes alguna merced le pedían, y a las veces usaba sus propias riquezas con magnificencia, logrando con los beneficios la adhesión de muchos ciudadanos y la benevolencia de todos por su reputación de honradez: por tales medios consiguió ser elevado al trono.



CAPÍTULO II
Diversas clases de gobierno.- Origen y cambio natural de una en otra.- El mejor sistema de gobierno es el que participa de todos. Así es la República Romana.

Si sólo se hubiera de tratar de las repúblicas griegas, del acrecentamiento de unas y de la ruina total de otras, a poca costa se daría cuenta de lo pasado y se juzgaría de lo porvenir. Repetir lo que se sabe, es fácil; y pronosticar lo futuro por conjeturas de lo pasado, no es difícil. Pero habiéndose de hablar de la República Romana, no es lo mismo. Porque ni es fácil analizar su estado presente, por la variedad de gobierno, ni adivinar el futuro, por la ignorancia de las costumbres que, en general y en particular, usó este pueblo antiguamente. Y así, si se han de investigar con precisión las ventajas que en sí encierra esta República, es empresa de un estudio y atención nada común.
Los más que escriben con método de política, asignan tres especies de gobierno: Real, Aristocrático y Democrático. Me parece se les pudiera preguntar con justo motivo si nos las proponen como solas o como las mejores. Pero sea lo que fuese, a mi entender pecan en uno y otro extremo. No son las mejores; pues que es evidente, y lo comprueba no sólo la razón, sino la experiencia, que la mejor forma de gobierno es laque se compone de las tres sobredichas, tal como la que estableció Licurgo el primero en Lacedemonia. No son tampoco las únicas: vemos ciertos gobiernos monárquicos y tiránicos que se distinguen muchísimo del real, bien que tengan con éste alguna semejanza, bajo la cual todos los monarcas y tiranos procuran en lo posible paliar y colorear el nombre de reyes. Se encuentran también muchos Estados gobernados por un corto número, que aunque parecen tener alguna conformidad con la aristocracia, es infinita la diferencia que entre ellos se halla. Lo mismo se debe decir de la democracia. Para convencimiento de lo que digo, nótese que no toda monarquía es reino, sino sólo aquella que está formada de vasallos voluntarios y que es gobernarla más por razón que por miedo y violencia; ni toda oligarquía merece el nombre de aristocracia, sino aquella donde se eligen los más justos y prudentes para que la manden. Asimismo no es democracia aquella en que el populacho es árbitro de hacer cuanto quiera y se le antoje, sino en la que prevalecen las patrias costumbres de venerar a los dioses, respetar a los padres, reverenciar a los ancianos y obedecer a las leyes entre semejantes sociedades sólo se debe llamar democracia donde el sentimiento que prevalece es el del mayor número.
Sentemos, pues, que hay seis especies de gobiernos tres que todo el mundo conoce y nosotros acabamos de proponer, y tres que tienen relación con las antecedentes, a saber: el gobierno de uno solo, el de pocos y el del populacho. El gobierno de uno solo o monárquico se estableció sin arte, sólo por impulso de la naturaleza: de éste se deriva y trae su origen el real, si se añade el arte y la corrección. El real, si degenera en los vicios que le son connaturales, viene a parar en tiranía, y de las ruinas de ésta y aquél nace la aristocracia. De ésta, que por naturaleza se inclina al gobierno de pocos, si el pueblo se llega a irritar y vengar las injusticias de los próceres, se origina la democracia, y si llega a ser insolente y menospreciar las leyes, se engendra la olocracia o gobierno del populacho. Que es cierto lo que digo, lo conocerá cualquiera fácilmente si reflexiona sobre los principios naturales, origen y alteraciones de cada especie de gobierno. Sólo el que conozca la constitución natural de cada Estado es el que podrá conocer a fondo sus progresos, su auge, su mutación, su ruina, cuándo y cómo sucederá y en qué forma se cambiará. Me presumo que si a alguna república es adaptable este género de examen, es en especial la romana, porque su primer establecimiento y sus progresos son conformes a la misma naturaleza.
Se me dirá acaso que este cambio natural de Estados se halla tratado con más exactitud en Platón y algunos otros filósofos. Pero como esta materia es oscura, prolija y entendida de pocos, nosotros extractaremos lo que convenga a una historia verdadera y sea adaptable a la comprensión de todos; pues caso que esta idea general no satisfaga en un todo el examen individual que se hará adelante, satisfará plenamente las dudas que ahora se formen.



CAPÍTULO III
Origen de las sociedades, y especialmente de las monarquías y de los reinos.

¿Cuál es, pues, el principio de las sociedades, y de dónde diremos que traen su origen? Cuando por un diluvio, una enfermedad epidémica, una escasez de frutos u otras calamidades análogas viene la ruina del género humano, como ya ha ocurrido y dicta la razón que ocurrirá aún muchas veces, con los hombres perecen también los inventos y las artes. Pero después que de las semillas que se han salvado se vuelve a multiplicar con el tiempo la especie humana, entonces sucede a los hombres lo que a los demás animales. Se asocian, se congregan, como es regular a los de una misma especie y lo dicta la debilidad de su misma naturaleza; y entonces por necesidad el que excede a los otros en fuerzas corporales, espíritu y atrevimiento, se pone a su cabeza y los gobierna. Esto debemos creer que es obra puramente de la naturaleza; pues que vemos en los otros animales que no se gobiernan sino por instinto, que los más fuertes sin disputa hacen oficio de conductores, como el toro, el jabalí, el gallo y otros semejantes. Es muy probable que al principio fuese así la vida de los hombres, juntarse en una grey a manera de animales, y dejarse conducir de los más fuertes y poderosos. Mientras la autoridad se mide por las fuerzas, se llama monarquía; pero después que con el transcurso del tiempo se introduce en la sociedad una educación común y un trato mutuo, ya entonces pasa a ser reino; y este es el momento en que el hombre comienza a formar idea de lo honesto y de lo justo, así como de los vicios contrarios.
Tal es el origen y modo de formarse las sociedades. Todos nos inclinamos naturalmente al coito, y de aquí nacen los hijos. Cuando éstos llegan a la pubertad y no proceden reconocidos, ni socorren a los que los han criado, sino al contrario los tratan mal de palabra u obra, es claro que ofenden y dan en rostro a los que lo ven y son sabedores de los cuidados y desvelos que han tenido los padres en la educación y crianza de los hijos. Y como el hombre se distingue de los demás animales en que él solo piensa y discurre, no es verosímil deje de considerar una cosa que advierte aún en los otros animales; por el contrario, le hará eco tal ingratitud, le chocará por el pronto tal procedimiento, y previendo el futuro, hará su cuenta de que podrá sucederle a él igual dificultad. Lo mismo digo de un hombre que es socorrido y aliviado de otro en un peligro: si este tal, en vez de dar las gracias al libertador, intenta agraviarle, es constante será odiado y aborrecido de los que lo sepan, y al paso que se compadecerán del prójimo, se temerán no les ocurra a ellos otro tanto. De aquí nace en el hombre una idea de la obligación, contempla la fuerza que tiene, y en esto consiste el principio y fin de la justicia.
Asimismo ¿por qué al que se expone a los peligros por la salud de todos, al que sufre y resiste el ímpetu de los animales más bravos, se le aplaude, se le venera y se le mira como a patrono, y al que hace lo contrario se le desprecia y aborrece? Esto no puede provenir sino de la consideración que hace el vulgo sobre lo torpe y honesto, y sobre la diferencia que hay entre uno y otro extremo; de donde se deduce, lo honesto merece nuestro celo e imitación, por la utilidad que nos procura; lo torpe nuestra aversión y desprecio. Cuando el que manda y supera en fuerzas a los demás llega a adquirir en el pueblo el concepto de perpetuo favorecedor y recto distribuidor del premio entre sus súbditos según el mérito; de allí adelante, como ya deja de temerse la violencia y hace su oficio la razón, se someten, se unen para conservarle la autoridad; y aunque llegue a la decrepitud, unánimes le defienden y conspiran contra los que quieren atacar su poder: y de esta manera, cuando la razón llega a ejercer su imperio sobre la ferocidad y la fuerza, de monarca pasa a rey insensiblemente y sin que nadie lo perciba.
Tal es la primera noción que naturalmente adquiere el hombre de lo honesto y de lo justo, y de los vicios opuestos. Tal el principio y origen del verdadero reino. Los súbditos no sólo conservan a éstos la dignidad real, sino que la continúan a sus descendientes por largo tiempo: porque se persuaden que ramas de semejante tronco, y educadas por tales padres, tendrán también iguales costumbres. Mas desde que el pueblo se disgusta con los sucesores, pasa a elegirse magistrados y reyes; y entonces ya no recae la elección sobre el brío y la fuerza, sino sobre la prudencia y sabiduría, desengañado por la experiencia de las ventajas de los dotes de espíritu sobre los del cuerpo. Antiguamente los que una vez eran puestos sobre el trono, envejecían en la dignidad. Sus cuidados eran fortificar puestos ventajosos, rodearlos de murallas y extender sus dominios, tanto para seguridad propia, como para abundancia de lo necesario en sus vasallos. Mientras se ocupaban en esto, como no se diferenciaban ni en el vestido ni en la mesa, sino que traían igual porte y método de vida que los demás, estaban exentos de los tiros de la calumnia y de la envidia. Pero después que sus herederos y sucesores hallaron prevenido todo lo concerniente a la seguridad, y aun más de lo que necesitaban para satisfacer las necesidades de la vida, entonces lisonjeadas sus pasiones con la abundancia, creyeron que la majestad debía fundarse en traer un vestido más rico, mantener una mesa más opípara, gastar un tren más costoso que sus súbditos, y en que ninguno pudiese contradecirles en sus amores y pasiones aunque ilícitas. De estos desórdenes, unos se suscitaron la envidia y ofensa, otros el odio e ira implacable, y de reyes pasaron a tiranos; pero al mismo tiempo se echaron los cimientos de su ruina, y se conspiró contra su autoridad; propósito que nunca fue de hombres despreciables, sino de los más ilustres, más magnánimos y más esforzados; porque éstos son los que menos pueden sufrir la insolencia de los tiranos.



CAPÍTULO IV
Orígenes de la aristocracia, la oligarquía, la democracia y la olocracia.- Sucesión de unas en otras hasta tornar a la monarquía. Así que se ve el pueblo con jefes, cuando les presta su poder

contra los reyes; y abolida hasta la sombra de reino y monarquía, pasa a fundar y establecer la aristocracia. El pueblo, reconocido a los que le han liberado de los monarcas, se entrega sin reflexionar su conducta, y les fía sus personas. Éstos, pagados de tal confianza, al principio reputan por principal obligación el bien de la república, y dan toda su atención y cuidado al manejo de los negocios, tanto particulares cono del Estado. Pero suceden sus hijos en las mismas dignidades, gentes poco acostumbradas a trabajos, sin la más mínima noción de la igualdad y de la libertad constitutivos de una república, criados desde la infancia entre los honores y dignidades de sus padres; y abandonándose unos a la avaricia y torpe deseo de riquezas, otros a las borracheras y comilonas insaciables, otros a los adulterios y amores infames, transforman la aristocracia en oligarquía; pero al mismo tiempo excitan en el pueblo los mismos sentimientos que anteriormente había tenido, y vienen a lograr el mismo fin que lograron los tiranos. Si después alguno, vista la envidia y odio de que el pueblo está animado, tiene la audacia de decir o hacer alguna cosa contra los jefes, y halla a la multitud en disposición de coadyuvar sus intentos, las consecuencias son la muerte de unos... y el destierro de otros. En este caso a nombrar rey ya no se atreven; dura aun el temor de la injusticia de los pasados. Para confiar el gobierno a muchos no tienen ánimo; está aun muy reciente la memoria de sus anteriores yerros. Sólo les queda salvo el recurso que hallan en sí mismos, a éste se atienen, y he aquí transformado el gobierno de oligarquía en democracia, y sustituido el poder y cuidado de los negocios en sus personas. Mientras duran algunos que sufrieron la insolencia y despotismo del gobierno anterior, contentos con el presente estado, prefieren a todo la igualdad y la libertad. Pero suceden jóvenes, entra el gobierno en manos de sus nietos, y ya entonces la misma costumbre desestima la igualdad y la libertad, y sólo se anhela por dominar a los otros: escollo donde comúnmente tropiezan los que exceden en riquezas. De aquí adelante, arrastrados de esta pasión, como no pueden satisfacerla ni por sí propios ni por sus virtudes personales, emplean sus bienes en cohechar y corromper el pueblo de todas maneras. Una vez enseñado éste a dejarse sobornar y vivir a costa de la loca ambición de honores de sus jefes, desde aquel punto desaparece la democracia, y sucede en su lugar la fuerza y la violencia. Porque acostumbrada la plebe a mantenerse de lo ajeno y a fundar la esperanza de subsistencia sobre el vecino; si a la sazón se la presenta un jefe esforzado, intrépido y excluido por la pobreza de los cargos públicos, se asocia con él, se entrega a los últimos excesos, y todo son muertes, destierros, repartimientos de tierras, hasta que al fin encrudelecida vuelve a hallar señor y monarca que la domine.
Tal es la revolución de los gobiernos, tal el orden que tiene la naturaleza en mudarlos, transformarlos y tornarlos a su primitivo estado. Conocidos a fondo estos principios, bien podrá uno engañarse sobre la duración que ha de tener el presente estado; perorara vez le desmentirá el fallo que eche sobre el grado de elevación o decadencia en que se halla, ni sobre la forma de gobierno en que vendrá a cambiarse, si lo forma sin pasión ni envidia. Con esta investigación fácilmente se conocerá el establecimiento, progresos, elevación y trastorno que vendrá a tener la República Romana. Pues aunque, como acabo de decir, esta República está fundada desde el principio y acrecentada según las leyes de la naturaleza tan bien como otra, con todo sufrirá igualmente su trastorno natural. Pero esto lo aclarará mejor la consecuencia. Ahora disertaremos brevemente sobre la legislación de Licurgo; asunto que no desdice de nuestro propósito.



CAPÍTULO V
Alabanza del gobierno de Licurgo.

Ciertamente Licurgo había llegado a comprender que todos los trastornos que hemos dicho eran naturalmente inevitables. Se hallaba persuadido que toda especie de gobierno simple y constituida sobre una sola autoridad era peligrosa, por degenerar rápidamente en el vicio familiar y consiguiente a su naturaleza. A la manera que el orín en el hierro, la polilla y la carcoma en la madera son pestes connaturales que, sin necesidad de otros males exteriores corroen estos cuerpos, porque fomentan en sí mismos la causa de su destrucción; de igual modo cada especie de gobierno alimenta dentro de sí un cierto vicio que es la causa de su ruina. Por ejemplo, la monarquía se pierde por el reino, la aristocracia por la oligarquía, la democracia por el poder desenfrenado y violento; en cuyas transformaciones es imposible, como poco ha manifestábamos, dejen devenir a parar con el tiempo todas las especies de gobierno mencionadas. Atento a esto, Licurgo formó su república, no simple ni uniforme, sino compuesta delo bueno y peculiar que encontró en los mejores gobiernos, para que ninguna potestad saliese de su esfera y degenerase en el vicio connatural. En su república estaban contrapesadas entre sí las autoridades, para que la una no hiciese ceder ni declinar demasiado a la otra, sino que todas se hallasen en equilibrio y balanza, a la manera del barco que por todas partes es impelido igualmente de los vientos. El miedo del pueblo, que tenía su buena parte en el gobierno, contenía la soberbia de los reyes. Al pueblo, para que no se atreviese contra el decoro de los reyes, refrenaba el respeto del Senado, cuerpo formado de gentes escogidas y virtuosas, que siempre se habían de poner de parte de la justicia. De suerte que la parte más flaca, pero que conservaba en vigor la disciplina, venía a ser la más fuerte y poderosa con la agregación y contrapeso del Senado. Con este género de gobierno conservaron los lacedemonios su libertad por más tiempo que otro pueblo de que tengamos noticia; y con esta política, Licurgo, previendo de dónde y cómo se originan los males, estableció la mencionada república sin peligro.
Los romanos, aunque en el establecimiento de su república se propusieron el mismo objeto, no fueron conducidos por la razón, sino por los muchos combates y peligros, a cuya costa aprendieron la forma de gobierno que más bien les convenía. De este modo llegaron al mismo fin que Licurgo y fundaron una república la más perfecta que conocemos.
El recto juez no debe calificar los escritores por lo que omiten, sino por lo que manifiestan. Si en ellos encuentra alguna cosa falsa, se debe persuadir que aquélla se les escapó por ignorancia; pero ti todo es verdadero, les debe hacer el favor de que el silencio, en ciertas cosas, más proviene del juicio que de la ignorancia.



CAPÍTULO VI
Diversas potestades que forman la República Romana y derechos propios de cada una.

Como hemos dicho antes, el gobierno de la República Romana estaba refundido en tres cuerpos, y en todos tres tan equilibrados y bien distribuidos los derechos, que nadie, aunque sea romano, podrá decir con certeza si el gobierno es aristocrático, democrático o monárquico. Y con razón; pues si atendemos a la potestad de los cónsules, se dirá que es absolutamente monárquico y real; si a la autoridad del Senado, parecerá aristocrático, y si al poder del pueblo, se juzgará que es Estado popular. He aquí, con poca diferencia los derechos propios que tenía en lo antiguo y tiene ahora cada uno de estos cuerpos. Los cónsules, mientras se hallan en Roma y antes de salir a campaña, son árbitros de los negocios públicos. Todos los demás magistrados, a excepción de los tribunos, les están sujetos y obedecen. Ellos conducen los embajadores al Senado, proponen los asuntos graves que se han de tratar, y les pertenece todo derecho de formar decretos. A su cargo están todos los actos públicos que se han de expedir por el pueblo, convocar asambleas, proponer leyes y decidir sobre el mayor número de votos. Tienen una autoridad casi soberana en los aparatos de la guerra y en todo lo concerniente a una campaña, como mandar en los aliados a su antojo, crear tribunos militares, alistar ejércitos y escoger tropas. En campaña pueden castigar a su arbitrio y gastar del dinero público cuanto gusten, para lo cual les acompaña siempre un cuestor, que ejecuta prontamente todas sus órdenes. Al considerar la República Romana por este aspecto, se dirá con razón que su gobierno es simplemente monárquico y real. Si no obstante alguno de estos derechos, o de los que diremos después, se cambiase en la actualidad o dentro de poco, no por eso dejará de ser nuestro juicio menos verdadero.
Lo primero en que manda el Senado es en el erario. Nada entra ni sale de él sin su orden. Ni aun los cuestores pueden expender alguna suma en los usos particulares sin su decreto, a excepción de lo que gasta para los cónsules. Aun para aquellas grandes y considerables sumas que tienen que gastar los censores todos los lustros en reparo y adorno de los edificios públicos, es el Senado quien les da su autorización para tomarlas. Asimismo, todos los delitos cometidos dentro de Italia, que requieren una corrección pública, como traiciones, conjuraciones, envenenamientos y asesinato, son de la jurisdicción del Senado. Es también de su inspección ajustar las diferencias que se originen entre particulares o ciudades de Italia, castigarlas, socorrerlas y defenderlas si lo precisan. Si es menester despachar alguna embajada fuera de Italia para reconcilian las potencias, exhortarlas o mandarlas que emprendan o declaren la guerra, es el Senado quien tiene esta incumbencia. De igual modo da audiencia a los embajadores que vienen a Roma, delibera sobre sus pretensiones, y da la conveniente respuesta. En nada de cuanto hemos manifestado tiene que ver el pueblo; de suerte que si uno entra en Roma a tiempo que no estén los cónsules, le parecerá su gobierno una pura aristocracia; concepto en que están también muchos griegos y reyes a la vista de que casi todos sus negocios dependen de la autoridad del Senado.
En este supuesto no será extraña la pregunta: ¿qué parte es la que queda al pueblo en el gobierno? Por un lado el Senado dispone de todo lo que hemos dicho, y lo principal, maneja a su arbitrio el cobro y gasto de las rentas públicas; por otro, los cónsules son absolutos en los aparatos de guerra, e independientes en campaña. Sin embargo, el pueblo tiene su parte, y muy principal. Él es el solo árbitro de los premios y castigos, únicos polos en que se sostienen los imperios, las repúblicas y toda la conducta de los hombres. En el Estado donde no se conoce diferencia entre estos dos resortes, o reconocido se hace de ella mal uso, no puede existir cosa arreglada. Y si no, ¿qué equidad donde el bueno está a nivel del malo? El pueblo juzga e impone multas cuando lo merece el delito, y éstas recaen principalmente sobre los que obtienen los primeros cargos. Él sólo condena a muerte, en lo cual hay una costumbre laudable y digna de recordar, por la que el reo de pena capital, mientras se le sigue la causa, tiene facultad de ausentarse públicamente y acogerse a un destierro voluntario, aunque falte alguna tribu que no le haya prestado su voto. El reo puede vivir con seguridad en Nápoles, Preneste, Tibur u otra ciudad con quien se tenga derecho de asilo. El pueblo distribuye los cargos entre los que lo merecen; la más bella recompensa que se puede conceder a la virtud en un gobierno. Es dueño de aprobar o reprobar las leyes; y lo principal, se le consulta sobre la paz y sobre la guerra; y bien se trate de hacer alianzas, bien de terminar una guerra, bien de concertar un tratado, él es el que ratifica y aprueba estos proyectos, o los anula y desprecia. A la vista de esto cualquiera dirá con razón que el pueblo tiene la mayor parte en el gobierno, y que es popular el Estado.



CAPÍTULO VII
Contrapeso y conexión que poseen entre sí las tres potestades que forman la República Romana.

Una vez expuesto cómo la República Romana esta dividida en tres especies de gobierno, veamos ahora de qué forma se pueden oponer la una a la otra, o auxiliarse mutuamente. El cónsul, después que revestida de esta dignidad sale a campaña al frente de un ejército, aunque parece absoluto cuanto al éxito de la expedición, sin embargo necesita del pueblo y del Senado, sin los cuales no puede llevar a cabo sus propósitos. Al ejército por precisión se le han de estar remitiendo, provisiones sin interrupción, pues sin orden del Senado; no se le puede enviar ni víveres, ni vestuario, ni sueldo, de suerte que los propósitos de los cónsules quedarán sin efecto si el Senado se propone no entrar en sus miras o hacer oposición. El consumar o no los cónsules sus ideas y proyectos depende del Senado, pues en él está enviar sucesores concluido el año, o continuarle el mando. En él estriba también exagerar y pondera sus expediciones u oscurecerlas y disminuirlas. Lo que entre los romanos se llama triunfo, ceremonia que representa al pueblo una viva imagen de las victorias de sus generales, o no lo pueden celebrar con decoro los cónsules, o no lo obtienen, si el Senado no consiente y da para los gastos. Por otra parte, como el pueblo tiene autoridad para concluir la guerra, por más distantes que se hallen de Roma, precisan, no obstante, su favor. Porque, como hemos manifestado antes, el pueblo es el que puede anular o ratificar los pactos y tratados. Y lo que es más que todo, una vez depuestos del mando, toca al pueblo el juicio de sus acciones. De suerte que de ninguna forma pueden sin peligro desatender ni la autoridad del Senado, ni el favor del pueblo.
Por el contrario, el Senado, en medio de ser tanta su autoridad, necesita sin embargo atender y tener gran consideración al pueblo en el manejo de los negocios públicos. No puedo proceder en los juicios graves y arduos, ni castigar los delitos de Estado que merezcan muerte si el pueblo antes no los confirma. Lo mismo es de las cosas que respectan al Senado mismo; porque si alguno propone una ley que hiera de algún modo la autoridad de que están en posesión los senadores, o que coarte sus preeminencias y honores, o que disminuya sus haberes, de todo esto toca la aprobación o reprobación al pueblo. A más de esto, si un tribuno se opone a las resoluciones del Senado, no digo pasar adelante, por ni aun reunirse o congregarse pueden los senadores. El cargo de los tribunos es ejecutar siempre la voluntad del pueblo y atender principalmente a su gusto. A la vista de lo que hemos dicho, no es extraño que el Senado tema y respete al pueblo. De igual modo el pueblo se halla sujeto al Senado y necesita contemporizar o con todo el colegio o con alguno de sus miembros. Son innumerables las obras que hay por toda Italia, cuyo asiento está a cargo de los censores, como construcción y restauración de edificios públicos, impuestos sobre ríos, puertos, jardines, minas, tierras, y, en una palabra, cuantas gabelas comprende el Imperio romano. Todas estas cosas pasan por manos del pueblo; de suerte que casi desde el primero hasta el último está implicado o en estos ajustes o en el cuidado de estos ministerios. Unos hacen por sí el arriendo con los censores, otros se forman en compañía, aquél sale por fiador del asentista, éste asegura con sus haberes al erario, y de todo esto es árbitro el Senado. Porque él da moratorias, él remite en parte la deuda si sobreviene algún caso fortuito, y en caso de imposibilidad él rescinde enteramente el asiento. En fin, tiene mil ocasiones en que puede hacer un gran perjuicio o favor a los que manejan las rentas públicas, porque toda inspección de esto atañe al Senado. Y, sobre todo, de este cuerpo es de donde se sacan jueces para los más de los contratos, tanto públicos como particulares, que son de alguna importancia. Convengamos, pues, en que todo el pueblo tiene puesta su confianza en el Senado, y por temor de que con el tiempo necesite su amparo no se atreve a resistir ni oponerse a sus órdenes. Asimismo se guarda bien de hacer oposición a los propósitos de los cónsules, porque todos, en particular y en general, están sujetos en campaña a sus preceptos.
Tal es el poder que tiene cada una de estas potestades para perjudicarse o ayudarse mutuamente, y todas ellas están tan bien enlazadas contra cualquier evento, que con dificultad se encontrará república mejor establecida que la romana. Sobreviene del exterior un terror público que pone a todos en la precisión de conformarse y coadyuvarse los unos a los otros; es tal el vigor y actividad de este gobierno que nada se omite en cuanto es necesario. Todos los cuerpos contribuyen a porfía a un mismo propósito. No halla dilaciones lo decidido, porque todos en general y en particular cooperan a que tenga efecto lo proyectado. He aquí por qué es invencible la constitución de esta república, y siempre tienen efecto sus empresas. Por el contrario, sucede que los romanos, libres de toda guerra exterior, disfrutan la buena fortuna y abundancia que les han procurado sus victorias, y que el logro de tal dicha, la adulación y el ocio los hace, como es regular, soberbios e insolentes; entonces principalmente es el ver a esta república sacar de su misma constitución el remedio de sus males. Porque al punto que una de las partes pretende ensoberbecerse y arrogarse más poder que el que la compete, como ninguna es bastante por sí misma, y todas, según hemos dicho, pueden contrastar y oponerse mutuamente a sus propósitos, tiene que humillar su altivez y soberbia. Y así todas se mantienen en su estado, unas por hallar oposición a sus deseos, otras por temor de ser oprimidas de las compañeras.



CAPÍTULO VIII
Reglamentos militares del pueblo romano.- Nombramiento de tribunos.- Recluta de tropas naturales y aliadas.

Después que eligen cónsules, los romanos pasan as crear tribunos militares. Se nombran catorce de los que ya han servido cinco años, y diez de los que ya han militado diez. Todo ciudadano, hasta la edad de cuarenta y seis años, tiene por obligación que llevar las armas, o diez años en la caballería o dieciséis en la infantería. Sólo se exceptúan aquellos cuyo haber no llega a cuatrocientas dracmas, que éstos los destinan a la marina. Aunque si urge la necesidad, las gentes de a pie prosiguen hasta los veinte años. A ninguno es ilícito obtener cargo de magistrado si no ha cumplido diez años en la milicia. Cuando los cónsules tienen que efectuar levas de soldados, cosa que se practica todos los años, anuncian primero al pueblo el día en que se deberán reunir todos los que puedan llevar las armas. Venido el día, llegados a Roma los de la edad competente y congregados en el Capitolio, los más jóvenes de los tribunos, por el orden que los ha elegido el pueblo, o los cónsules les prescriben, se dividen en cuatro partes, porque entre los romanos la total y primaria división de sus tropas es de cuatro legiones. Los cuatro primeros nombrados son para la primera legión, los tres siguientes para la segunda, los cuatro consecutivos para la tercera y los tres últimos para la cuarta. Entre los más ancianos, los dos primeros los aplican a la primera legión, los tres segundos a la segunda, los dos siguientes a la tercera y los tres últimos a la cuarta. Llevada acabo la división y elección de tribunos de forma que cada legión tenga igual número de jefes, los tribunos, sentados separadamente, sortean las tribus y las llaman una por una conforme van saliendo. De la primera tribu que ha salido por suerte sacan cuatro jóvenes, iguales con poca diferencia de edad y fuerzas, los hacen venir a su presencia y los primeros tribunos escogen los soldados de la primera legión, los segundos de la segunda, los terceros de la tercera y los últimos de la cuarta. Vuelven a llamar otros cuatro, y entonces los tribunos primeros eligen los soldados de la segunda legión, los segundos y terceros cada uno de la suya y los últimos de la primera. Vienen otros cuatro, los primeros tribunos sacan los soldados para la tercera legión y los últimos para la segunda; de suerte que turnando de este modo la elección por todos, cada legión viene a estar formada de hombres de una misma talla y de unas mismas fuerzas. Una vez completo el número necesario (que a veces es de cuatro mil doscientos infantes para cada legión, y a veces de cinco mil, si amenaza mayor peligro), se pasa a la caballería. Antiguamente había la costumbre de escogerse ésta después de completo el número de gentes de a pie, y para cada cuatro mil se daban doscientos caballos; pero al presente se saca primero la caballería, según la estimación de rentas que tiene hecha el censor, y para cada legión asignan trescientos caballos. Finalizada la leva del modo manifestado, los tribunos congregan cada uno su legión, escogen uno entre todos, el más idóneo, y le toman juramento de que obedecerá y ejecutará en lo posible las órdenes de los jefes. Todos los demás van pasando uno por uno y prestan el mismo juramento. Al mismo tiempo los cónsules despechan a los magistrados de las ciudades aliadas de Italia, de donde quieren sacar socorro, para hacerles saber el número, día y lugar donde han de concurrir las tropas elegidas. Las ciudades, efectuada la leva y juramento de las tropas de igual modo que hemos dicho, nombran un jefe y un cuestor y las envían. En Roma los tribunos, después de tomado el juramento a los soldados, señalan a cada legión día y lugar donde han de presentarse sin armas y les dan su licencia. Reunidos éstos el día señalado, se escoge de los más jóvenes y más pobres para los que se llaman vélites, de los que siguen para hastatos, de los que están en el vigor de su edad para príncipes y de los más ancianos para triarios. Así es que entre los romanos hay cuatro clases de gentes en cada legión, diferentes en nombre, edad y armas. La repartición se hace de este modo: seiscientos los más ancianos para triarios, mil doscientos para príncipes, otros tantos para hastatos y el resto, que se compone de los más niños, para vélites. Si la legión pasa de cuatro mil hombres, se reparten a proporción entre las clases, menos en la de los triarios, que ésta nunca varía.



CAPÍTULO IX
Armas utilizadas por los romanos.

Por lo que se refiere a los vélites están armados de espada, flecha y broquel, especie de escudo, fuerte por su estructura y bastante capaz para la defensa. Es de figura redonda y tiene tres pies de diámetro. Llevan en la cabeza un adorno humilde. Éste a veces es una piel de lobo o cosa parecida, que sirve a un tiempo de reparo y distintivo para dar a conocer a los oficiales subalternos los que se distinguen o no en los combates. La flecha es una especie de arma arrojadiza, cuya asta mide cuando menos dos codos de largo y un dedo de grueso. El casquillo es un gran palmo de largo, pero tan agudo y afilado, que se tuerza sin remedio al primer golpe y no puedan volverle a arrojar los contrarios: o de otro modo ya es un género común de dardo. Los de más edad, llamados hastatos, portan armadura completa. Ésta, entre los romanos, se compone primero de un escudo, cuya convexa superficie tiene dos pies y medio de ancho y cuatro de largo, o cuando más, el mayor excede un palmo. Está hecho de dos tablas encoladas, y cubiertas por fuera primero con lienzo y después con piel de becerro. Tiene toda la circunferencia guarnecida de alto abajo de un cerco de hierro, para defenderse de los tajos de las espadas y para que no se pudra fijado en tierra. Está asimismo el convexo cubierto de hierro, para liberar los golpes mortales de piedras picas y todo tiro violento. A más de esto tienen espada los hastatos que llevan al muslo derecho y llaman española, cuya hoja fuerte y estable es excelente para herir de punta y cortar de tajo por ambos lados. Llevan a más dos picas, un morrión de bronce y botas. Las picas unas son gruesas, otras delgadas; las de más grosor unas son redondas, otras cuadradas; aquellas miden cuatro dedos de diámetro y éstas el diámetro de uno de sus costados. Las delgadas se asemejan a los dardos medianos, que portan también los hastatos. La longitud del asta de unas y otras es casi de tres codos. La hoja de hierro a manera de anzuelo que tienen pegada es de la misma longitud que el asta, cuya unión y encaje está tan bien asegurado, que entra hasta la mitad de la madera y está atravesado con frecuentes clavos; de suerte que, en un apuro, antes se hará pedazos el hierro que falsee el encaje, a pesar de que al final, en aquella parte donde se une con la madera, sólo tenga dedo y medio de grueso: tanto y tan particular es el cuidado que ponen en esta trabazón. Adornan a más de esto el morrión con un penacho de tres plumas derechas, encarnadas o negras, casi un codo de altas; añadidura sobre la cabeza que, junto con las otras armas, los hace parecer el doble mayores, los hermosea y hace terribles al enemigo. El común de soldados añade a lo dicho una plancha de bronce de doce dedos por todos lados, que ponen sobre el pecho, y llaman pectoral, con lo cual quedan armados completamente. Pero los que están regulados en más de diez mil dracmas, en vez de pectoral llevan una cota de malla.
De igual modo están armados los príncipes y triarios, a excepción de que en vez de picas los triarios portan lanzas. De cada una de estas clases de soldados, menos de la de los vélites, se sacan diez capitanes, con respecto al valor. Después de éstos se escogen otros diez, y todos se llaman centuriones, de los cuales el primer elegido tiene entrada en el consejo. Éstos vuelven a elegir otros tantos tenientes. Síguese después la división de cada cuerpo, a excepción de los vélites, por edades en diez partes, y a cada una la asignan dos jefes de los escogidos y dos tenientes. Los vélites, a proporción del número, están divididos por igual en todas las otras partes. Cada una de éstas se llama centuria, cohorte o manípulo, y sus jefes centuriones o capitanes. Cada uno de éstos escoge en su manípulo dos, los más esforzados y valientes, para llevar las banderas. No es sin motivo el poner dos capitanes a cada centuria. Pues no sabiéndose lo que hará uno solo o lo que le podrá ocurrir, y por otra parte en materias militares no tengan lugar las excusas, no quieren que la centuria esté jamás sin quien la mande. Cuando los dos jefes se hallan presentes, el primer elegido manda la derecha de la cohorte y el segundo la izquierda; pero si uno de ellos está ausente, el que resta la conduce toda. En la elección de centuriones no tanto se mira a la audacia e intrepidez como al talento de mandar, constancia y presencia de ánimo. No se quiere que sin más ni más vengan a las manos y den principio al combate, sino que perseveren en la prepotencia y opresión del enemigo, y perezcan antes que abandonar el puesto.
La caballería se divide del mismo modo en diez compañías; de cada una se nombran tres capitanes y éstos eligen tres tenientes. El primer capitán manda la compañía, los otros dos hacen veces de decuriones y tienen este nombre. En ausencia del primero, entra el segundo en el mando. Las armas de la caballería actualmente son parecidas a las de los griegos; pero antiguamente no traían lorigas, sólo peleaban con túnicas: compostura que para montar y apearse de un caballo les daba mucha agilidad y desembarazo; pero para el combate eran muy peligrosas, porque peleaban desnudos. Las lanzas les eran inútiles por dos razones: la primera, porque haciéndolas delgadas y flexibles no podían acertar directamente con el objeto que estaba delante, y antes de entrar la punta por el contrario las más se hacían pedazos, blandiéndose con el movimiento mismo del caballo; la segunda, porque no las construían con punta en la parte posterior, y así si al primer golpe se quebraba la punta de delante, el resto venía a serles inútil e infructuoso. Tenían a más un broquel de cuero de buey, parecido a aquellas tortas ovaladas que sirven de oblación en los sacrificios. Esta era una especie de arma que no servía para reparar los golpes por no tener firmeza, y si se llegaba a ablandar y humedecer con las lluvias, la que antes era poco útil, ahora venía a ser de ningún provecho. He aquí por qué desechadas sus propias armas sustituyeron las de los griegos. Efectivamente, con éstas el primer bote de lanza es recto y eficaz, porque la construcción del asta es inflexible y estable, y vuelta al revés es firme y violento. De igual modo, los broqueles son duros y sólidos, ya para la defensa, ya para el ataque. A la vista de esto, los romanos al punto siguieron el ejemplo, porque es el pueblo que más bien cambia de usos y emula lo mejor.
Después que los tribunos han efectuado esta distribución y dado las órdenes convenientes sobre las armas, envían los soldados a sus casas. Llegado el día en que juraron todos reunirse en el lugar señalado por los cónsules (por lo regular cada uno señala sitio separado para sus soldados, que son la mitad de los aliados, y dos legiones romanas), todos los alistados asisten indefectiblemente, sin que se admita otra excusa a los juramentados que los auspicios y la imposibilidad. Así que están reunidas las tropas aliadas y romanas, doce oficiales, creados por los cónsules y llamados prefectos, se encargan de la economía y manejo de toda la armada. Primeramente apartan de todos los aliados que han venido la caballería e infantería más esforzada en un lance apurado, para asistir a los cónsules. Éstos se llaman extraordinarios, que equivale en griego a ’ . El total de aliados de infantería es igual por lo común a las legiones romanas; pero el de caballería es dos veces mayor. De éstos toman para extraordinarios la tercera parte, poco más o menos, de la caballería y la quinta de la infantería; el resto lo dividen en dos partes, una llamada ala derecha, otra ala izquierda. Arreglado todo esto, los tribunos forman las tropas romanas y aliadas y las hacen acampar. Como en todo tiempo y lugar es una y sencilla la ordenanza que tienen los romanos en sus campamentos, me ha parecido oportuno dar aquí a los lectores, en cuanto alcancen mis fuerzas, una idea de la disposición de las tropas en sus marchas, campamentos y formaciones de batalla. Porque ¿quién será tan indolente sobre materias bellas y curiosas, que no quiera detener un rato la consideración en un asunto que, oído, le ha de instruir en un método laudable y digno de saberse?



CAPÍTULO X
Forma de acampar de los romanos.

He aquí cómo acampan los romanos. Una vez señalado lugar para el campo, se toma para tienda del cónsul o pretorio el terreno de donde con más facilidad pueda ver y expedir sus órdenes. Plantada una señal en donde se ha de poner la tienda, alrededor se mide un espacio cuadrado, de suerte que todos los lados se disten de la señal cien pasos y toda el área sea de cuatrocientos. A la una de las fachadas y lados de esta figura, aquel que parece más a propósito para salir al agua y al forraje, se sitúan las legiones romanas de este modo. Ya hemos manifestado que hay seis tribunos en cada Iegión, y que dos de éstas componen el ejército de un cónsul, conque por precisión han de acompañar doce tribunos a cada cónsul. Las tiendas de éstos se ponen todas sobre una línea recta, paralela a uno de los lados del cuadro que se ha elegido antes y distante de él cincuenta pies. Este espacio sirve para los caballos, bestias de carga y demás equipaje de los tribunos. Las tiendas se sitúan de manera que estén de espaldas al pretorio y mirando al campamento. Esté entendido el lector que esta línea es el frente de todo el campo, y así la llamaremos siempre en adelante. Puestas a igual distancia unas de otras las tiendas de los tribunos, ocupan de través tanto espacio como las legiones. Se vuelven a medir hacia delante otro espacio de cien pies, y tirada una línea recta que termine este terreno y venga a estar paralela con las tiendas de los tribunos, se comienza a alojar las legiones, que es de este modo. Se divide por medio la línea que hemos dicho, y desde este punto se tira otra que haga dos ángulos rectos, donde se aloja frente por frente la caballería de ambas legiones, a distancia una de otra de cincuenta pies, que forman el espacio del intervalo. La disposición de tiendas en la caballería y en la infantería es igual y parecida; porque bien sea de un manípulo, bien de un escuadrón, la figura es cuadrada, su vista hacia las calles, su longitud de cien pies a lo largo de la calle, y regularmente se procura que la profundidad sea la misma, a excepción del alojamiento de los aliados. Cuando las legiones son más numerosas, se aumenta a proporción lo largo y ancho del terreno. Efectuado el alojamiento para la caballería hacia el centro de las tiendas de los tribunos, viene a figurar como una calle transversal respecto de la línea recta que hemos manifestado y del espacio que se halla delante de las tiendas de los tribunos. Todas las calles están divididas por igual en manzanas, donde de uno a otro lado a lo largo están acampados, bien manípulos, bien escuadrones. A espaldas de la caballería están puestos los triarios de ambas legiones; detrás de cada escuadrón un manípulo en la misma forma; de suerte que unos y otros están unidos en la misma manzana, pero los manípulos miran al lado opuesto de la caballería, y ocupa cada uno la mitad de ancho respecto de lo largo; porque por lo común son la mitad menos que los otros cuerpos. Por lo cual, aunque son desiguales en número, como va-ría la anchura, igualan siempre en longitud con los otros.
A cincuenta pies de distancia de los triarios se hallan alojados, frente por frente, los príncipes. Miran a este intervalo, y forman otras dos calles, que principian desde la misma línea recta, tienen su entrada, como la dela caballería, desde el espacio de cien pies que hay delante de los tribunos, y terminan en aquel lado del campo opuesto a las tiendas de éstos, que al principio pusimos por frente de todo el campamento.
A espaldas de los príncipes están los hastatos, mirando a la fachada opuesta, pero unidos en la manzana. Como los trozos de una legión, según la dividimos al principio, se componen cada uno de diez manípulos, ocurre que las calles todas son igualmente largas, y todas finalizan en el lado opuesto al frente del campo, donde están de través los últimos manípulos.
Desde los hastatos se vuelve a dejar otro espacio de cincuenta pies, donde se halla colocada frente por frente la caballería de los aliados, que principia desde la misma línea recta y finaliza en la misma calle. Ya hemos manifestado antes que el número de aliados de infantería es igual al de las legiones romanas, pero se apartan de aquí los extraordinarios; y que el de caballería es doblado, pero se quita una tercera parte para los extraordinarios. No obstante esta desigualdad, aunque en el terreno que ocupan se les aumenta a proporción la profundidad, se procura que en la longitud igualen con las legiones romanas. Efectuadas estas cinco calles, a espaldas de la caballería aliada se sitúa la infantería de los aliados, dándoles una anchura proporcionada, pero mirando hacia el atrincheramiento, de suerte que forman por uno y otro lado los lados del campo.
A la cabeza de cada manípulo de una y otra fachada están las tiendas de los centuriones. De igual modo que en la caballería se deja por uno y otro lado un espacio de por medio de cincuenta pies desde el quinto al sexto escuadrón, igualmente se observa en los manípulos de la infantería; de suerte que viene a formarse al promedio de las legiones otra nueva calle, de través respecto a las manzanas, pero paralela con las tiendas de los tribunos. Esta calle se llama la quinta, porque corre por los quintos manípulos. Del espacio que cae a espaldas de las tiendas de los tribunos y confina por los lados con la tienda del cónsul, una parte sirve para mercado, y la otra para el cuestor y las municiones.
Desde las últimas tiendas de los tribunos, tirando por detrás de uno y otro lado una línea transversal respecto de estas tiendas, se halla el alojamiento de los escogidos entre la caballería extraordinaria, y otros voluntarios que militan por amistad con el cónsul. Toda esta caballería está alojada a los lados del campo, una parte mirando a la plaza del cuestor, otra al mercado. Por lo común sucede que esta tropa no sólo acampa próxima al cónsul, sino que en las marchas y otros ministerios ejecuta sus órdenes y las del cuestor, y está siempre a su lado.
A espaldas de esta caballería, mirando a la trinchera, se halla la infantería extraordinaria, que hace el mismo servicio. Después de estas tropas se deja una calle, de cien pies de ancho, paralela con las tiendas de los tribunos, que atraviesa de un lado a otro el campamento, por la parte de allá del mercado, la tienda del cónsul y la plaza del cuestor. De parte allá de esta calle acampa la caballería extraordinaria de los aliados, con las vistas hacia el mercado, el pretorio y el tesoro. Al promedio del alojamiento de esta caballería, y frente por frente del pretorio, parte una calle de cincuenta pies, que conduce a la parte posterior del campamento, y viene a desembocar directamente en la calle de cien pies de que acabamos de hablar. Detrás de esta caballería está situada la infantería extraordinaria de los aliados, mirando hacia la trinchera y a la fachada posterior de todo el campamento. El espacio vacío que queda de uno y otro lado está destinado para los extranjeros y aliados que casualmente vienen al campo con algún motivo. Arreglado todo del modo dicho, se ve que la figura de todo el campamento representa un cuadro igual por todos sus lados, y tanto en la división particular de manzanas como en la disposición de todo lo demás, se asemeja a una ciudad.
Desde la trinchera a las tiendas se deja un espacio por todos lados de doscientos pies. Este vacío es de grande utilidad y provecho, y se halla cómodamente situado para la entrada y salida de las legiones. Porque cada cuerpo tiene la salida a este espacio por su calle respectiva, con lo que se evita que, concurriendo todos a una, se confundan y atropellen unos con otros. A más, los ganados que se traen del campo y los que se cogen al enemigo, se ponen en este sitio y se custodian durante la noche. Pero la principal ventaja es que en las invasiones nocturnas, ni el fuego ni los tiros alcanzan adonde están ellos, a no ser una rarísima casualidad; y dado que ésta ocurra, casi no causan detrimento, por la gran distancia y defensivo de las tiendas. Sentado el número de infantes y caballos en cada legión, bien se componga ésta de cuatro mil, bien de cinco mil hombres; dada una idea de la profundidad, longitud y latitud de las cohortes, y asignado el intervalo de calles, plazas y demás sitios, es fácil comprender la magnitud del terreno y circunferencia de todo el campo. Si desde el principio de la campaña es mayor el número de aliados, o se aumenta después por alguna urgencia, a éstos recién llegados, a más del terreno dicho, se les da alojamiento en la inmediación del pretorio, y entonces el mercado y la plaza del cuestor se unen en un lugar, el que parezca más conveniente, y a los que acompañaron el ejército desde el principio, si el número es excesivo, se les hace una calle al tenor de las otras, de uno y otro lado de las legiones romanas a los lados del campo. Para el caso de que se hallen unidas todas cuatro legiones, y los dos cónsules en un mismo recinto, no hay más que figurarse dos ejércitos situados del modo dicho, vueltos el uno hacia el otro y pegados por el lado donde acampan los extraordinarios de uno y otro ejército, los cuales hemos manifestado que se hallan mirando a la espalda del campamento. Cuando esto ocurre, el campo representa un cuadro oblongo, de doble terreno que ante y vez y media mayor de circunferencia. Tal es la manera de acampar los dos cónsules cuando están juntos; pero cuando están separados, a excepción de que el mercado, el tesoro y las tiendas de los dos cónsules se ponen entre los dos campos, todo lo demás es lo mismo.



CAPÍTULO XI
Servicios de los soldados romanos en sus campos.

Una vez concluido el campamento, se reúnen los tribunos, y toman juramento, uno por uno, a todos los hombres libres y esclavos de cada legión. El juramento consiste en que no robarán nada del campamento, y lo que se encuentren lo llevarán a los tribunos. Después distribuyen los manípulos de príncipes y hastatos de cada legión de esta forma: dos para que cuiden del espacio que hay delante del cuartel de los tribunos; porque como la mayoría de los romanos pasan todo el día en esta calle, se procura que esté siempre regada y barrida. De los dieciocho manípulos restantes (hemos sentado antes que los manípulos de hastatos y príncipes son veinte en cada legión, y seis tribunos), sortea cada tribuno tres, cuyo servicio por turno es éste. Fijar la tienda del tribuno luego de asignado lugar para el campamento; allanar el terreno de alrededor; cuidar de rodear, si es necesario, alguna pieza para seguridad de los utensilios, y dar dos cuerpos de guardia, cada uno de cuatro hombres, uno para el frente y otro para la espalda de la tienda junto a la caballería. Como cada tribuno tiene tres manípulos, y en cada uno de éstos hay más de cien hombres, sin contar con los triarios y los vélites, que éstos no hacen servicio, la fatiga es llevadera, pues no toca la guardia a cada manípulo sino de cuatro en cuatro días. Todo esto, al paso que contribuye para la comodidad de los tribunos en lo necesario, da lustre y autoridad a sus empleos.
Los triarios se hallan exentos del servicio de los tribunos, pero cada manípulo tiene que dar diariamente un cuerpo de guardia al escuadrón de caballería correspondiente que tiene a su espalda. Su obligación, entre otras, es cuidar principalmente de que los caballos no se enreden con los ronzales y se manquen, o que sueltos no acoceen a los otros y originen algún alboroto y conmoción en el campamento. Entre todos los manípulos uno hace diariamente la guardia por turno en la tienda del cónsul, guardia que a un tiempo le asegura de cualquier asechanza y autoriza la majestad del mando.
El levantar el foso y la trinchera por los dos lados toca a los aliados, a cuya inmediación acampan sus dos alas; los otros dos incumben a los romanos, uno a cada legión. Cada lado se divide en partes a proporción de los manípulos; el mecanismo particular de la obra lo presencian los centuriones, y la aprobación de toda ella pertenece a dos tribunos. Asimismo están encargados del restante cuidado del campo los tribunos, que distribuidos de dos en dos turnan en el mando por dos meses durante el semestre, y aquellos a quienes cupo la suerte, autorizan todo lo que pasa en el campo. El mismo mando obtienen los prefectos entre los aliados. Lo mismo es amanecer, que los caballeros y centuriones acuden a las tiendas de los tribunos, y éstos a la del cónsul. El cónsul comunica lo que urge a los tribunos, los tribunos a los caballeros y centuriones, y éstos a los soldados cuando es su tiempo. Para evitar toda falta en la forma de dar el santo por la noche, se hace de esta suerte: en cada cuerpo, bien sea de caballería, bien de infantería, el décimo manípulo acampa a lo último de la calle, de éste se saca un soldado que está exento de toda fatiga; éste va todos los días, al ponerse el sol, a la tienda del tribuno, donde recibe el santo, que es una tablilla con alguna señal o inscripción y se vuelve. Llegado a su manípulo, entrega la tablilla y la señal delante de testigos al centurión de la cohorte inmediata, éste al de la siguiente, y así sucesivamente hasta llegar a los primeros manípulos que acampan junto a los tribunos. La tablilla, antes que acabe el día, ha de estar de vuelta en poder del tribuno, el cual, si halla suscritas todas las cohortes, conoce que el santo se ha dado a todos, y que para llegar a él ha pasado por manos de todos. Pero si falta alguna, al punto por la inscripción conoce a qué cohorte no se ha dado la tablilla, averigua en qué consiste, y al que tiene la culpa le impone el castigo correspondiente. Cuanto a las centinelas de por la noche, se distribuyen de esta manera: un manípulo hace la guardia al cónsul y su tienda. Los nombrados de cada cohorte, según tenemos ya manifestado, la hacen a las tiendas de los tribunos y a los escuadrones de caballería. Asimismo, cada cuerpo saca una guardia de sí propio. Todas las demás se distribuyen a gusto del general. Por lo regular da tres hombres al cuestor, y dos a cada uno de los legados y consejeros. El exterior del campo se halla a cargo de los vélites, que hacen sus centinelas durante el día a todo lo largo de la trinchera. Este es el servicio que hace este cuerpo, a más de otros diez hombres que pone en cada puerta del campo.
De cada cuerpo de guardia destinado a la fatiga, el primero que la ha de montar es conducido por un teniente de cada manípulo al ponerse el sol a la tienda del tribuno; quien entrega a todos estos una tablilla muy pequeña, marcada con alguna nota, y una vez recibida se marchan a sus puestos respectivos.
El cargo de rondar las centinelas es de la caballería. El primer capitán de cada legión comunica por la mañana a uno de sus subalternos la orden de que nombre cuatro jóvenes de su mismo escuadrón, para hacer la ronda antes de comer. A más de esto, debe prevenir por la tarde al jefe del segundo escuadrón, que a él toca rondar el día siguiente. Éste, advertido, da la misma orden que hemos dicho para el día inmediato, y así sucesivamente. Aquellos cuatro soldados del primer escuadrón elegidos por el oficial subalterno, después que han sorteado entre sí las guardias, se dirigen a la tienda del tribuno donde reciben por escrito la orden de cuántos y cuáles cuerpos de guardia han de visitar. Después, estos mismos cuatro caballeros montan la guardia al primer manípulo de los triarios, cuyo centurión tiene el cuidado de mandar tocar la trompeta a cada vigilia. Llegado el tiempo, ronda la primera vigilia aquel a quien cupo la suerte, acompañado de algunos amigos que lleva por testigos. Visita no sólo las guardias apostadas en la trinchera y las puertas, sino las de cada manípulo y cada escuadrón. Si halla despiertas y alerta las de la primera vigilia, recibe de ellas la tablilla; pero si encuentra alguna dormida, o que ha abandonado el puesto, pone por testigos a los que lleva consigo, y se marcha. La misma diligencia se hace en la ronda de las vigilias restantes. El cuidado de tocar la trompeta a cada vigilia, para que tanto los que han de rondar como las centinelas estén acordes, incumbe por días a los centuriones del primer manípulo de los triarios de cada legión.



CAPÍTULO XII
Castigos de los delitos y premios al valor.

Apenas amanece, que al punto los que han estado de ronda llevan al tribuno las tablillas; quien si encuentra todas las que antes había entregado, los deja ir sin castigo, pero si falta alguna respecto el número de centinelas, inquiere por la nota de qué cuerpo de guardia es la que falta y averiguado, llama al centurión. Éste hace venir a los que estaban nombrados, para la guardia, y los carea con la ronda. Si la falta reside en las centinelas, la ronda pone por testigos a sus compañeros. Por eso es necesario que los lleve; de lo contrario, recae sobre ella toda la culpa. Se forma al instante un consejo de guerra, el tribuno sentencia, y al que sale condenado se le da una paliza.
La paliza es de esta forma: coge el tribuno una varita, con la que no hace más que tocar al reo, y al punto todos los de la legión dan sobre él a palos y pedradas, de suerte que los más pierden la vida en el suplicio. Pero si alguno escapa, no por eso queda salvo, porque ni se le permite tornar a su patria, ni se atreverá pariente alguno a acogerle en su casa. Y así el que una vez ha venido a tan triste estado, no le queda más arbitrio que la muerte. El mismo castigo existe para el oficial subalterno y el jefe del escuadrón, si aquella la ronda y éste al decurión del escuadrón siguiente no les advierte a tiempo su obligación. De este modo, un castigo tan severo e irremisible mantiene en su vigor la disciplina de las centinelas nocturnas.
Los soldados reciben las órdenes de los tribunos, y éstos de los cónsules. El tribuno puede imponer multas, exigir fianzas y aplicar castigos. Igual potestad tienen los prefectos entre los aliados. Se castiga asimismo con paliza al que roba en el campamento, al que jura en falso, al que en la flor de la edad abusa de su cuerpo, y al que ha sido multado tres veces por una misma cosa. Tales son los delitos que se castigan con pena corporal. Hay otros que sólo tienen una nota de timidez e ignominia; como si uno, por lograr premio, cuenta al tribuno una hazaña que no ha realizado; Si apostado de centinela, desampara por miedo el sitio, o si cobarde arroja las armas en el .combate. Por eso se ven soldados que, temerosos del castigo que les espera, prefieren antes perecer visiblemente en el puesto `,aunque sea superior el número de los enemigos, que no abandonar la línea. Otros que, perdido durante la acción el escudo, la espada u otra cualquier arma, se lanzan temerarios en manos de los contrarios, o para recobrar lo que han perdido, o para evitar con la muerte la manifiesta vergüenza y escarnio de sus compañeros.
Si tal vez son muchos los que han incurrido en la misma falta, y manípulos enteros han sido forzados a dejar sus puestos, entonces no imponen la pena de palos o muerte a todos, pero se valen de un expediente no menos útil que terrible. Reúne la legión el tribuno, hace salir al medio los culpados, y luego de una severa reprensión, sortea unas veces de cinco en cinco, otras de ocho, otras de veinte, y en una palabra, ateniéndose al número, procura que salga siempre el décimo. A aquellos a quienes cupo la suerte, se les da la paliza sin remedio. A los demás en vez de trigo se les distribuye ración de cebada, y se les hace acampar fuera del real y de las fortificaciones del campamento. De esta forma, como el peligro y el miedo de salir por suerte amenaza por igual a todos, como que no se sabe a quién tocará, y por otra parte la ignominia de mantenerse con cebada recae sobre todos; de esta disciplina se saca un preservativo, que infunde terror para el futuro, y corrige al mismo tiempo el daño pasado.
Para inspirar valor a la juventud, tienen un excelente medio. Después de una batalla, si algunos se han señalado, el cónsul convoca el ejército, coloca a su lado los que se han distinguido, hace primero un elogio de cada uno sobre aquella hazaña particular y sobre cualquiera otra digna de recordar que haya realizado durante el resto de su vida y después los recompensa. Si ha herido al enemigo, le obsequia con una lanza; si le ha muerto o despojado, al de pie le da una copa, y al de a caballo un jaez, bien que antiguamente no se daba más que una lanza. Pero esto se debe entender, no de aquellos soldados que en una batalla campal o en la toma de una plaza hubiesen dado muerte o despojado algunos contrarios, sino de aquellos que en una escaramuza o cualquier otro encuentro particular, donde no es obligado acudir personalmente, de voluntad y por gusto se arrojan al peligro.
En la toma de una ciudad, los que primero montan el muro tienen una corona de oro. Asimismo existen premios para el que pone en libertad o salva la vida de un ciudadano o aliado. Regularmente el mismo libertado corona a su libertador; y si no quiere, le compele el tribuno por sentencia, y a más tiene que respetarle durante toda su vida como a padre, y prestarle todos los oficios como a hacedor.
Con estos estímulos se excita la contienda y emulación, no sólo de los que se hallan presentes en las batallas, sino de los que han quedado en sus casas. Porque los que han conseguido estos premios, a más de la gloria que disfrutan en el campo y fama que alcanzan en su patria, de regreso de la campaña se presentan en las fiestas y juegos con estos distintivos del valor, que no es permitido llevar sino a los que el cónsul ha honrado. A más de esto cuelgan en el sitio más visible de sus casas los despojos que han tomado al enemigo, para que sean monumentos v testimonios de su esfuerzo. Pueblo que con tanto cuidado y esmero dispensa el premio y el castigo en la milicia, no es extraño logre un éxito feliz y brillante en sus empresas.
La infantería tiene al día dos óbolos de sueldo; los centuriones doble, y la caballería una dracma. Al soldado de a pie se le entrega una ración de trigo, que es poco más de dos partes del medimno ático; a la caballería siete medimnos de cebada por mes, y dos de trigo. La infantería aliada está igual con la romana; mas la caballería tiene un medimno y un tercio de trigo, y cinco de cebada. Todo esto se da gratuitamente a los aliados; pero respecto de los romanos, el cuestor les descuenta de sus sueldos una cierta suma de víveres, vestuario y armamento si se necesita.



CAPÍTULO XIII
Forma de abandonar el campo, marchar el ejército y asentar las tiendas.

He aquí cómo levantan el campo. Al primer toque, descuelgan las tiendas y lían el bagaje. Mas a nadie es lícito quitar o poner tienda, sin haberlo hecho antes con la del cónsul y las de los tribunos. Al segundo toque, se coloca el bagaje sobre las bestias; y al tercero empiezan a marchar los primeros, y se mueve todo el campo. Regularmente van en la vanguardia los extraordinarios, síguese después el ala derecha de los aliados, y a su inmediación los bagajes de unos y otros. Marcha luego la primera legión de los romanos y detrás todo su equipaje. A continuación va la segunda legión, seguida de su propio bagaje y del de los aliados, que cierran la marcha. Porque siempre en éstas ocupa la retaguardia el ala izquierda de los aliados. La caballería, unas veces marcha detrás de su cuerpo de infantería respectivo, otras camina a los lados de las bestias de carga, para contenerlas y eximirlas de un insulto. Cuando amenaza el enemigo por la retaguardia, todo permanece en el mismo estado; sólo los extraordinarios de los aliados, desde la vanguardia pasan a la retaguardia. Entre las legiones y las alas hay alternativa; un día por su turno marchan a la cabeza, y otro a la cola, para que todos participen igualmente del agua y de los forrajes. Existe otro género de marcha, para cuando se recela algún peligro y se camina por lugares descampados. Se sitúa los hastatos, los príncipes y los triarios a igual distancia unos detrás de otros en forma de falange triple, y se coloca el bagaje de los primeros por delante, el de los segundos detrás de los primeros, y el de los terceros detrás de los segundos, de suerte que los bagajes y los diferentes cuerpos de tropas estén mezclados alternativamente. Dispuesta así la marcha, cuando surge el peligro, por una conversión bien a izquierda, bien a derecha, se hace avanzar el ejército fuera de los equipajes, hacia el lado donde se presenta el enemigo. De esta forma, en un momento y con un solo movimiento, todo el ejército viene a quedar formado en batalla, a no ser que tengan que hacer alguna evolución los hastatos, que entonces los bagajes y toda su comitiva vienen a quedar a espaldas de la formación de batalla, en una posición defendida de todo peligro. Cuando ya se aproximan al lugar destinado para campamento, se adelantan el tribuno y los centuriones nombrados para este efecto. Estos, después de reconocido todo el terreno donde se ha de acampar, escogen lo primero un sitio donde se ha de instalar la tienda del cónsul, y hacia qué fachada o lado del pretorio han de estar alojadas las legiones. Señalados estos lugares, miden el ámbito que ha de ocupar el pretorio; tiran después una línea recta, sobre la cual han de estar situadas las tiendas de los tribunos; y de aquí otra paralela, desde donde ha de comenzar a acampar el ejército. De igual modo, del otro lado del pretorio hacen sus dimensiones, de que ya hemos hablado anteriormente muy por menor. Como todos los espacios se hallan determinados y sabidos por el largo uso, todas estas medidas se toman con facilidad en poco tiempo. Después de lo cual fijan cuatro banderas; la primera donde ha de estar la tienda del cónsul, la segunda hacia la fachada que se ha elegido, la tercera en el promedio de la línea donde se han de alojar los tribunos, y la cuarta donde han de acampar las legiones. Todas estas banderas son de color encarnado, menos la del cónsul que es blanca. De parte allá del pretorio, unas veces se fijan simples estacas, otras banderas de diversos colores. Realizado esto, se pasa a tomar las dimensiones de las calles, y en cada una se clava una lanza; de suerte que lo mismo es estar a tiro el ejército de poder echar una ojeada sobre el lugar del campamento, que al punto se le representan distintamente todas sus partes, conjeturándolas e infiriéndolas por la bandera del general. Finalmente, como todos saben a ciencia cierta en qué calle y en qué parte de la misma ha de estar su tienda, porque cada una ocupa siempre un mismo sitio, viene esto a parecerse a cuando un regimiento entra en una ciudad de donde es natural. Entonces, como todos en general y en particular saben en qué parte de la ciudad se halla su morada, desde la misma puerta, sin extraviarse a un lado ni a otro, se dirigen y llegan a su propia casa sin equivocarse. Igual cosa ocurre en los campamentos de los romanos. En mi opinión, si los romanos han seguido diferente método que los griegos cuanto a esta parte, ha sido principalmente por consultar a la facilidad. Los griegos en sus campamentos prefieren siempre atenerse a la fortaleza del terreno, ya por ahorrarse el trabajo de levantar la trinchera, ya porque piensan que no es igual la seguridad que presta el arte a la que ofrece la naturaleza. De aquí la necesidad en que se ven de dar al campamento la figura que da de sí el terreno; de aquí la variación de sus partes, ya de una, ya de otra forma, según los diferentes sitios y de aquí, finalmente, la incertidumbre que tiene el soldado de su lugar respectivo y del do su cuerpo; en vez de que los romanos, a costa del trabajo de un foso y otras fatigas ajenas, consiguen la ventaja de la facilidad y del método sabido y único de acampar siempre de un mismo modo. Esto es lo principal que hay que observar sobre las legiones romanas, y en especial sobre sus campamentos.



CAPÍTULO XIV
Gobiernos famosos en la antigüedad y comparación de unos con otros.- Gobierno de Creta, ni parecido ni digno de alabanza como el de Licurgo.

Aproximadamente todos los escritores han hablado con elogio de las repúblicas de Lacedemonia, Creta, Mantinea y Cartago. Las de Atenas y Tebas han tenido asimismo sus admiradores. Cuanto a las cuatro primeras, vaya en hora buena; pero respecto de las dos últimas, como sus progresos no han sido proporcionados, ni su elevación permanente, ni sus reformas realizadas con moderación, creo no es preciso que nos detengamos. Si tal vez estos pueblos florecieron, fue como una luz pasajera, que al tiempo mismo que los representaba el colmo de la gloria y felicidad que disfrutarían después, los redujo al extremo opuesto. Los tebanos, si han adquirido reputación entre los griegos, ha sido porque uno u otro de sus ciudadanos, informados del estado de los lacedemonios, les han atacado a tiempo que la imprudencia de éstos les había conciliado el odio de sus aliados. Prueba clara de que no es la causa de sus prósperos sucesos la constitución del gobierno, sino el mérito de los que gobernaban, es que todas sus proezas crecieron, florecieron y finalizaron durante la vida de Epaminondas y Pelópidas. Convengamos en que no al gobierno, sino a las cabezas se debe atribuir el brillante papel que entonces hizo la República de Tebas.
El mismo juicio se ha de hacer de la República de Atenas. Feliz de tiempo en tiempo, pero en el colmo de su elevación cuando la gobernaba Temístocles, en un instante decayó de aquel grado de poder por la in-constancia de sus costumbres. El pueblo de Atenas ha sido siempre como una nave sin piloto. En ésta, bien por temor de un enemigo, bien por peligro de una tempestad, si a los marineros les place conformarse, y obedecer al piloto, todos cumplen con sus ministerios exactamente; mas si recobrados del miedo pasado, empiezan a despreciar a sus jefes, a amotinarse y a no convenirse, entonces, como uno quiere que se prosiga el viaje, otro insta a que se tome puerto, aquel manda que se desplieguen las velas, éste que se recojan, semejante división y trastorno representa un espectáculo horrible a los navíos próximos, y es una constitución peligrosa a los mismos que la tripulan. Así se ve, que después de haber recorrido espaciosos mares, y haber escapado de furiosas borrascas, vienen a naufragar en el puerto y sobre la misma costa. He aquí cabalmente lo que ha ocurrido ya muchas veces por la República de Atenas. Puesta a salvo tal vez de los mayores y más terribles vaivenes por el valor del pueblo y de los que la gobernaban, la hemos visto otras estrellarse en su mayor bonanza y cuando no existe peligro, por no sé qué temeridad e imprudencia.
Esto supuesto, se me dispensará hablar más de estas dos repúblicas, donde el pueblo dispone de todo a medida de sus pasiones. En la primera, todo se hace con precipitación y encono; y en la segunda, con fuerza y violencia. Pasemos a la de Creta, y examinemos los dos puntos que nos refieren los más hábiles escritores de la antigüedad, Eforo, Jenofonte, Calístenes y Platón. Primeramente sientan que esta república es similar y una misma con la de Lacedemonia; y en segundo lugar dicen que es digna de alabanza. En mi opinión, ni uno ni otro es verdadero, y si no, véase la prueba. Empieza por la desemejanza. Tres cosas caracterizan el gobierno de Lacedemonia: primera, la posesión de bienes raíces, de los cuales no es lícito tener un ciudadano mas que otro, sino que todos han de poseer igual porción de tierra concejil; segunda, el ningún valor del dinero, por cuyo medio se logra cortar de raíz en el gobierno la disputa del más y del menos; tercera, la perpetua sucesión en el reino de padres a hijos, y la constante autoridad de los que llaman viejos durante su vida por cuyas manos pasan todos los negocios del Estado. Todo lo contrario ocurre entre los cretenses. Las leyes les permiten tener bienes raíces cada uno según sus facultades, sin que haya límites prescritos. El dinero se halla entre ellos en tanta estima, que su adquisición no sólo se tiene por necesaria, sino por muy honrosa. En una palabra, las costumbres sórdidas y avaras tienen allí tal imperio, que de todas las naciones en solo Creta ninguna ganancia se reputa por torpe y vergonzosa. En fin, la magistratura es anual, y se ejerce como en el estado popular; de suerte que muchas veces he llegado a dudar cómo de dos repúblicas diametralmente opuestas han podido decir estos escritores que se asemejan y son entre sí conformes. Estos autores, después de no advertir tan evidentes diferencias, se ponen a tratar, en un largo suplemento, que Licurgo solo entre todos los mortales es el que ha conocido que los dos principales polos donde se sostiene todo gobierno son el valor en la guerra, y la unión entre los ciudadanos; que este legislador, con haber cortado de raíz la avaricia, había desterrado de su república toda doméstica discusión y alboroto; y que por eso la Lacedemonia, libre de esta peste, era el gobierno mejor de toda la Grecia para conservar la unión. Luego de haber dicho semejantes expresiones, y haber realizado cotejo con la República de Creta, donde la ambición natural al dinero ha producido, no digo particulares discordias, sino generales sediciones, muertes y guerras civiles; sin reparar en esto, se atreven a proferir que son semejantes estos gobiernos. Eforo, en la descripción que efectúa de estas dos repúblicas, usa de unos mismos términos, a excepción de los nombres propios; de suerte que a no prestar atención a esta diferencia, no se podrá conocer de cuál de las dos habla. Esta es la diversidad que a mi entender se encuentra en ellas, ahora se explicará cómo la de Creta ni es digna de elogio, ni de emulación.
En mi opinión, dos son los fundamentos de todo gobierno, las leyes y las costumbres, y de éstas depende la estimación o menosprecio de su fuerza y constitución. Aquellas leyes y costumbres merecen aprecio, que hacen la vida de los particulares inocente y casta, y forman los institutos públicos humanos y justos, y aquellas otras son dignas de aversión, que producen los efectos contrarios. Así como cuando advertimos en un pueblo costumbres y leyes justas, afirmamos sin reparo que su gobierno y los miembros que le componen son laudables; así también cuando vemos que la avaricia reina en los particulares y la injusticia en las acciones públicas, podremos decir con razón que sus leyes son malas, sus usos particulares perversos, y su estado despreciable. Es así que en pueblo ninguno, exceptuando a muy pocos, se hallarán hombres de más dolo y mala fe que los cretenses, ni estado de designios más inicuos que el de Creta. Luego reprobada semejante comparación, sentemos que ni es semejante al de Lacedemonia, ni merece aplauso ni emulación.
No tuve por conveniente proponer aquí la república de Platón, a pesar de que entre los filósofos tiene sus panegiristas. Porque así como en los combates públicos no se admite a los cortesanos y atletas que no están matriculados, o han dado alguna prueba de su valor, tampoco se debe traer a colación esta república en una disputa sobre precedencia, si antes no presenta de propia cosecha algún efecto real y verdadero. Hasta el presente, si se quisiese compararla con la de Esparta, Roma o Cartago, sería lo mismo que proponerse hacer un parangón entre una estatua y un hombre vivo y animado; por mucho realce que se quiera dar al arte en la estatua, los espectadores siempre hallarán excesiva desproporción y desemejanza en el cotejo. Dejemos, pues, esta república, y pasemos a la de Lacedemonia.



CAPÍTULO XV
Gobierno de Licurgo, apto por sí solo para mantener la libertad.- Superior bondad y eficacia que encierra en sí la constancia de la República Romana para extender sus fronteras.

En mi opinión, Licurgo estableció tales leyes y tomó tan sabias providencias para mantener la concordia entre los ciudadanos, poner a cubierto la Laconia, y conservar a Esparta una libertad permanente, que más la juzgo esta obra divina que humana. Aquella igualdad de bienes raíces, aquella simplicidad y frugalidad de vida común, por precisión había de formar hombres sobrios y un estado exento de toda discordia. Aquel ejercitarse en los trabajos, aquel endurecerse en las penalidades, sin remedio había de producir lacedemonios robustos y esforzados. Y desengañémonos, que concurriendo en un hombre o en un Estado estas dos virtudes, la fortaleza y la templanza, ni es fácil que nazca vicio dentro de casa, ni la conquista por el vecino es así como quiera. He aquí por qué Licurgo, fundada su república sobre estas dos bases, procuró a toda la Laconia una seguridad sólida, y dejó a sus moradores una libertad permanente. Sin embargo, me parece que este legislador, ni en el derecho privado de la república, ni en el público del Estado, dejó cosa dispuesta cuanto a la extensión de límites, mando y arrogación de autoridad sobre los países próximos. Y así le faltó, o haber impuesto a la nación esta cortapisa, o haberla inspirado este deseo, para que así como formó sobrios y parcos a los particulares, hubiese hecho asimismo moderado y contenido a todo el Estado. Y no que ahora, viviendo el particular sin codicia y con mucha moderación en sus derechos públicos y privados, el conjunto de la nación es el más ambicioso, el más amante de dominar y enriquecerse a costa de los otros griegos.
Porque, ¿quién no sabe que los lacedemonios fueron casi los primeros de toda la Grecia que, codiciosos del país vecino, declararon la guerra a los messenios, por vender los prisioneros en almoneda? ¿Quién ignora que la obstinación les empeñó entonces en el juramento de no levantar el sitio antes que Messena fuese tomada por fuerza? Fuera de que es notorio al mundo que por mandar en la Grecia tuvieron la debilidad de someterse a las órdenes de aquellos mismos a quienes con anterioridad habían vencido con las armas. Pues en la invasión de los persas en la Grecia, después de haberlos vencido y haberlos hecho volver y retirar a su patria, les entregaron bajamente por la paz de Antalcida aquellas mismas ciudades por cuya libertad habían tomado las armas, únicamente por reunir dinero para sujetar a los griegos. Entonces fue cuando supieron que su legislación era defectuosa. Porque mientras se limitó su ambición a los países próximos y a mandar dentro del Peloponeso, la misma Laconia les sufragó suficientemente tropas y provisiones, dándoles proporción para tener todas las municiones necesarias, y comodidad para regresar rápidamente a sus casas y transportar sus aprestos. Pero desde que pensaron en poner escuadras sobre el mar y mantener ejércitos en el exterior del Peloponeso, ya entonces se desengañaron que ni su moneda de hierro, ni la permuta de frutos anuales que Licurgo había establecido, eran bastantes; y que sin una moneda común, y sin auxilios extranjeros no podía el Estado sufragar a sus necesidades. De aquí la necesidad de mendigar el favor de los persas; de aquí la imposición de tributos sobre los insulares; de aquí, finalmente, se siguió la exacción de dinero de toda la Grecia; como que ya se hallaban persuadidos a que con solas las leyes de Licurgo no podían no digo imperar sobre Grecia, pero ni aun emprender cosa considerable. Pero ¿a qué efecto esta digresión? Para que los mismos hechos den a conocer que el gobierno de Licurgo es suficiente por sí para la propia defensa del Estado, y para la conservación de la libertad. Pues es preciso conceder a los que aplauden la forma y constitución del gobierno lacedemonio, que en cuanto a este punto, ni existe, ni ha existido jamás otro que se le iguale. Mas si se ambiciona empresas mayores, si se tiene por glorioso y brillante aquello de mandar a muchos súbditos, someter y señorear muchas provincias, y atraerse sobre sí las miras y atención de todos; se debe confesar que la República de Lacedemonia es defectuosa, y que la romana la lleva muchas ventajas, por poseer una constitución más poderosa. Los hechos mismos evidencian lo que digo. Los lacedemonios, por aspirar al mando sobre la Grecia, estuvieron cerca de perder la libertad; los romanos por el contrario, después de sujetada la Italia, sometieron en poco tiempo todo el universo, contribuyendo no poco al logro de la empresa la abundancia y facilidad que en sí mismos hallaron de proveerse de pertrechos.



CAPÍTULO XVI
Paralelismos de la República cartaginesa y la romana.

En mi concepto, la República de Cartago en sus principios fue muy bien establecida, por lo que se refiere a los puntos principales. Porque había reyes o sufetes, existía un senado con una autoridad aristocrática, y el pueblo era dueño acerca de ciertas cosas de su inspección. En una palabra, el enlace de todas estas potestades se asemejaba al de Roma y Lacedemonia. Pero en tiempo de la guerra de Aníbal era inferior la cartaginesa, y superior la romana. Esta es una ley de naturaleza, que todo cuerpo, todo gobierno y toda acción tengan sus progresos, su apogeo y su ruina; y que de todos el segundo sea el más poderoso. En este estado es cuando se ha de ver lo que va de gobierno a gobierno. Todo cuanto tuvo de anterior el estado de perfección y vigor de la República de Cartago respecto de la de Roma, otro tanto tuvo de anticipada su decadencia; en vez de que la de Roma se hallaba entonces en su mayor auge. Ya el pueblo se había arrogado en Cartago la principal autoridad en las deliberaciones, cuando en Roma estaba aún en su vigor la del senado. Allí era el pueblo quien resolvía, cuando aquí eran los principales quienes deliberaban sobre los asuntos públicos. Y he aquí por qué a pesar de la entera derrota de Cannas, las sabias medidas del senado vencieron finalmente a los cartagineses. Sin embargo, si reflexionamos sobre ciertos puntos particulares, por ejemplo, sobre el arte militar, encontraremos que los cartagineses tenían más disposición e inteligencia de la guerra de mar que no los romanos, ya porque desde la antigüedad habían heredado esta ciencia de sus mayores, ya porque la habían ejercitado más que otro pueblo. Mas sobre la guerra de tierra eran muchísimas las ventajas que los romanos llevaban a los cartagineses; puesto que Roma ponía sobre este ramo el mayor esmero, mientras que Cartago lo tenía del todo abandonado, aunque cuidase algún tanto de su caballería. La causa de esto es porque esta República se sirve de tropas extranjeras y mercenarias, y aquella, por el contrario, saca las suyas del país y de la misma Roma. Cuanto a esta parte, es más plausible el gobierno romano que no el cartaginés. Porque el uno tiene puesta siempre su libertad en manos de tropas venales, y el otro en su propio valor y en el auxilio de sus aliados. Por eso, bien que tal vez reciba un golpe mortal el estado, los romanos en la hora recobran sus fuerzas, pero los cartagineses se levantan con trabajo... Además de que, como los romanos pelean por su patria y por sus hijos, jamás se enfría en ellos aquel primer ardor, por el contrario, permanecen resueltos hasta triunfar del contrario. He aquí por qué, no obstante ser muy inferiores en habilidad sus tropas de mar, como manifestábamos antes, con todo han salido vencedores por el valor de sus soldados. Pues aunque la ciencia náutica contribuye muchísimo para los combates navales, sin embargo, el esfuerzo de la marinería hace un gran contrapeso para la victoria. A más de que la naturaleza ha diferenciado a los italianos de los cartagineses y africanos tanto en la fuerza corporal como en el ardor y espíritu, tienen asimismo ciertos institutos que excitan infinito el valor en la juventud. Un solo ejemplo bastará para dar una idea del cuidado que tiene el ministerio en formar hombres que arrostren todo peligro por lograr aplauso en su patria.
Cuando muere en Roma algún personaje de consideración, a más de otros honores que se le tributan en el entierro, se le lleva a la tribuna de las arengas, donde se le expone al público comúnmente en pie, y rara vez echado. En medio de una innumerable concurrencia sube a la tribuna su hijo, si ha dejado alguno de edad competente y se halla en Roma, o cuando no un pariente, y hace el panegírico de las virtudes del difunto y demás acciones y exponer a la vista de la multitud los hechos del muerto; de que proviene que no sólo los partícipes en sus acciones, sino aun los extraños toman parte en el sentimiento, que más parece luto general del pueblo que particular de su familia. Después de enterrado el cadáver y hechos los sufragios, se hace un busto que representa a lo vivo el rostro con sus facciones y colores, y se coloca en el lugar más visible de la casa, dentro de una urna de madera. Regularmente en las funciones públicas se descubren estos bustos y se adornan con esmero. Cuando fallece otro personaje de la misma familia los llevan al entierro, y para que iguale en la estatura al que representa, se les pone un tronco de madera. Todos estos simulacros están con sus vestidos. Si el muerto ha sido cónsul o pretor, con la pretexta; si ha sido censor, con una ropa de púrpura; si ha logrado el triunfo o algún otro honor parecido, con una tela de oro. Se les lleva sobre sus carros, precedidos de las fasces, hachas y demás insignias propias de la dignidad que obtuvo en la República en el transcurso de su vida.
Así que se ha llegado a la tribuna, se sientan todos en sus sillas de marfil, lo cual representa el espectáculo más agradable a un joven amante de la gloria y de la virtud. Efectivamente, ¿habrá alguno que a la vista de tantas imágenes de hombres recomendables por la virtud, vivas, digámoslo así, y animadas, no se sienta inflamado del deseo de imitarlas? ¿Se puede representar espectáculo más patético? Después, que el orador ha finalizado el panegírico del que ha de ser enterrado, pasa a hacer el elogio de las gloriosas acciones de los otros, empezando por la estatua más antigua de las que tiene delante. Con esto se renueva la fama de los ciudadanos virtuosos; con esto se inmortaliza la gloria de los que se han distinguido; con esto se divulga el nombre delos beneméritos de la patria y pasa a la posteridad; y lo más importante de todo, con esto se incita a la juventud a pasar por todo, si media el bien público, por conseguir la gloria que se concede a la virtud. Sirva de prueba para todo lo que he manifestado, a ver a muchos romanos que voluntariamente han salido a un combate particular por la decisión de los asuntos del Estado; no pocos que han apetecido una muerte inevitable; unos en la guerra por la salud de sus compañeros, otros en la paz por la defensa de la República. Aun ha habido algunos que, teniendo en sus manos el poder, han sacrificado sus hijos contra toda ley y costumbre, pudiendo más en ellos el bien de la patria que los vínculos de la naturaleza y de la sangre. Muchos casos se pudieran referir de esto entre los romanos; pero por ahora bastará uno, que sirva de ejemplo y comprobación de lo que digo.
Cuentan que Horacio llamado el Tuerto, estando peleando con dos enemigos (506 años antes de J. C.) a la entrada del puente que se halla junto a Roma sobre el Tíber, luego que advirtió que venían más en su socorro, temiendo que, forzado el paso, no penetrasen en la ciudad, se volvió a los que tenía a la espalda, y a grandes voces les dijo que se retirasen y cortasen el puente. Obedecida la orden, mientras que éstos lo desbarataban, él, a pesar de las muchas heridas que había recibido, sostuvo el choque, y contuvo el ímpetu de los enemigos, que quedaron admirados no tanto de sus fuerzas, cuanto de su constancia y atrevimiento.
Arrancado el puente, y frustrado el empeño del contrario, Horacio se lanza con sus armas en el río, prefiriendo una muerte voluntaria por la salud de la patria, y la gloria que después le redundaría, a la vida presente y los años que le quedaban. Tanto es el ardor y emulación que inspiran en la juventud las costumbres de los romanos para las bellas acciones.



CAPÍTULO XVII
Continúa la comparación entre las dos repúblicas.- Influencia que posee en la de Roma la superstición.- Decadencia y perturbación que la espera.

Hasta las formas de ganar la vida son más legítimas entre los romanos que entre los cartagineses. En Cartago no existe torpeza donde hay ganancia; en Roma no hay cosa más indecorosa que dejarse corromper, y enriquecerse con malas artes. Todo lo que tiene de honroso entre ellos ganar de comer honestamente, tiene de abominable atesorar riquezas con malos tratos. Prueba de esto es que en Cartago se compran públicamente los cargos a fuerza de dádivas; en Roma es un crimen capital. A la vista de esto no hay que extrañar que, siendo tan contrarios los premios que se proponen a la virtud en uno y otro pueblo, sean también diferentes los medios de conseguirlos. Pero la principal excelencia de la República Romana sobre las otras, consiste en el concepto que se tiene de los dioses. En mi juicio la superstición que en cualquier otro pueblo es reprensible, aquí es la que sostiene el Imperio romano. Ella tiene tal imperio y tal influencia en los asuntos, tanto particulares como de Estado, que toda ponderación es poca. Esto sin duda causará admiración a muchos; pero, a mi modo de entender, se halla introducido por causa del pueblo. Si fuera dable que un Estado se compusiese de sabios, tal vez no sería preciso semejante instituto; mas como el pueblo es un animal inconstante, lleno de pasiones desarregladas, y en quien domina la ira, la inconsideración, la fuerza y la violencia, es necesario refrenarle con el temor de las cosas que no ve, y con otras parecidas ficciones que le horroricen. He aquí por qué, a lo que yo alcanzo, no sin motivo ni al aire introdujeron en el pueblo los antiguos estas ideas y opiniones acerca de los dioses y de las penas del infierno, y sería una locura e inconsideración que nuestro siglo las desechase. Porque sin meterme en otras consecuencias de la irreligión, en Grecia por ejemplo, si confiáis un talento a los que manejan las rentas públicas, aunque se lo entreguéis delante de diez escribanos, aunque le exijáis diez firmas, y aunque lo atestigüéis con veinte testigos, no podréis conseguir la fidelidad. Por el contrario en Roma, siendo así que en las magistraturas y embajadas se manejan cuantiosas sumas de dinero, la religión sola del juramento les hace observar una fe inviolable. Y lo que en otros pueblos sería un prodigio, hallar un hombre que se hubiese abstenido del dinero público y estuviese limpio de tal crimen, en Roma al contrario, es muy raro encontrar un reo de peculado manifiesto. Mas que todas las cosas de este mundo perecen y están sujetas a mudanza, es excusado advertirlo; bastante prueba de esto es la misma ley de naturaleza. De dos formas perece todo gobierno: la una le viene del exterior, la otra le nace dentro. El conocimiento de la exterior es vago e incierto, pero el de la interior fijo y determinado. Ya hemos manifestado antes cuál es la primera forma de gobierno, cuál la segunda, y cómo se transforman unas en otras; de suerte que en esta materia el que consiga unir los principios con el fin, podrá asimismo predecir lo que ocurrirá en lo futuro. Al menos, a mi modo de entender, es evidente. Porque cuando una República, después de haberse liberado de grandes y terribles vaivenes, llega a su mayor elevación y a conseguir un poder incontrastable, no hay duda que, como la abundancia llegue a hacer asiento en ella mucho tiempo, el lujo se introducirá en las costumbres, y la ambición desmedida de honores y otros desordenados deseos se apoderará de sus particulares. Con los progresos que cada día harán estos desarreglos, la pasión de mandar y la especie de mengua que se tendrá en obedecer empezarán el trastorno del gobierno; el fausto y el orgullo llevarán adelante lo comenzado; y el pueblo, cuando la avaricia de unos se crea ofendida, y la ambición de otros lisonjeada y satisfecha, dará la última mano. Entonces irritado, y consultando sólo con la cólera, ya no sólo rehusará obedecer y dividir por igual la autoridad con los magistrados, sino que querrá disponer de todo o de mayor parte. Después de lo cual, el gobierno toma el más bello nombre, esto es, de estado libre y popular; pero en realidad no es sino la dominación de un populacho el peor de todos los estados. Ahora, pues, hemos expuesto la constitución de la República Romana, sus progresos, su apogeo, su estado actual, y su superioridad o inferioridad respecto de las otras, daremos aquí fin al discurso. Pero antes, a semejanza que un buen artífice saca al público una pieza por muestra de su habilidad, referiremos también nosotros brevemente un hecho, tomado de aquella parte de la historia que pertenece al tiempo de donde nos hemos separado, para que, no sólo las palabras, sino las obras hagan evidencia del alto grado de poder y vigor que tenía entonces esta República.
Aníbal, tras de la derrota de los romanos en Cannas (217 años antes de J. C.), habiendo hecho prisioneros ocho mil hombres que habían quedado para guarda, del campo, los dejó ir todos libres a Roma para procurar su libertad y rescate. Ellos eligieron diez de los más principales, a los cuales Aníbal tomó juramento de que regresarían, y permitió que marchasen. Uno de los elegidos, luego que estuvo fuera del real, cuando diciendo que se le había olvidado una cosa, tornó al campamento, cogió lo que había dejado y volvió a emprender su viaje, creyendo que con este regreso había cumplido con el pacto y se había eximido de la fe del juramento. Llegados a Roma, suplicaron y exhortaron al Senado que no negase a unos prisioneros la vuelta a su patria, que les permitiese pagar tres minas por cada uno y volver a ver sus parientes, que esto era en lo que se habían convenido con Aníbal; que ellos eran tanto más acreedores a esta gracia, cuanto que no habían temido venir a las manos ni hecho cosa indigna del nombre de romano, sino que dejados para custodia del campo, después de muertos todos sus compañeros, la desgracia les había reducido a venir a poder del enemigo. Los romanos habían sufrido por entonces grandes pérdidas, se veían casi privados de todos sus aliados, y amenazaba a la sazón a la patria un peligro cual nunca se había imaginado; sin embargo, oída la propuesta, inflexibles a la desgracia cuando se atraviesa el desdoro, ni hicieron caso de la demanda, ni omitieron providencia de las que pudieran conducir a la República. Por el contrario, conociendo que el propósito de Aníbal con esta acción era tener abundancia de dinero y apagar al mismo tiempo en sus contrarios aquel ardor y emulación en los combates, dándoles a entender que aún quedaba esperanza de salud a los vencidos, estuvieron tan distantes de otorgar lo que se les pedía, que sin compadecerse de sus parientes ni estimar los servicios que pudieran obtener de estos prisioneros; al contrario, les negaron el rescate y dejaron frustradas las intenciones y esperanzas de Aníbal. Promulgaron después una ley que obligaba a las tropas a vencer o morir, para quitar todo otro recurso de salud a los vencidos. Tomada esta decisión, despacharon los nueve diputados, que voluntariamente se retiraron por cumplir con lo pactado, y al que había pretendido eludir el juramento le remitieron atado a los cartagineses; de suerte que Aníbal no tuvo tanto gozo de haber vencido a los romanos, como consternación y espanto de haber visto la constancia y magnanimidad que brillaba en sus deliberaciones.

Necesario es a los que desean adquirir buena educación aprender y ejercitar desde la infancia las demás virtudes, especialmente el valor.

El que asegura cosas no sólo falsas, sino imposibles, comete una falta sin excusa.

Como sabio y prudente obra quien, según Hesiodo, sabe cuándo vale más la parte que el todo.

Aprender a no mentir a los dioses es base del culto de la verdad entre los hombres.

Hay un sitio llamado Rhuncus en las inmediaciones de Stratum en Etolia, según dice Polibio en el libro sexto de su historia.

Olcium, ciudad de Etruria.



CAPÍTULO XVIII
Constitución y revolución de la República Romana.

Sé cuán difícil resultará a algunos explicarse por qué interrumpo el hilo de mi narración, para referir el expresado sistema político; pero creo haber manifestado varias veces que desde el principio me impuse una obligación, y forma parte integrante de mi plan general, dándola a conocer en el comienzo y en la exposición de mi historia, donde dije que la mejor y más preciosa enseñanza de las que puede ofrecer esta empresa mía a los lectores de mi obra será la de saber por qué medios y con cuál forma de gobierno lograron los romanos, después de someter en menos de cincuenta años a casi todo el mundo conocido, sujetarlo a su dominio, cosa de que no existe ejemplo en los pasados siglos. Tomada esta determinación, no he encontrado momento más oportuno que el actual para fijar la atención en el examen de la constitución romana. Efectivamente, al juzgar las virtudes y vicios de las personas, para que haya verdad y certidumbre en el juicio, necesario es tomar por dato de observación no la parte de existencia que transcurre en tranquila prosperidad, sino la agitada por alternativas de éxitos y contrariedades; que sólo da pruebas de entereza de carácter quien soporta con magnanimidad y constancia los cambios completos de fortuna. Del mismo modo debe ser juzgada una constitución. No pudiendo ocurrir cambios mayores ni más rápidos que los efectuados en nuestros días en la fortuna de los romanos, dejé para este momento detalles y pruebas de lo antedicho. Puede juzgarse la grandeza de la revolución por los hechos siguientes...



CAPÍTULO XIX
Conjugación de lo agradable con lo útil.

Característico es de un ánimo sediento de instrucción gozar observando las causas y procurar en cada circunstancia hacer la elección más acertada. Lo mismo puede decirse de los estados en los que este estudio es el primer elemento de buen éxito y su olvido causa segura de reveses y catástrofes. Este principio es un manantial no sólo de nuestros designios y propósitos sino de su realización. En la mayoría de las cosas humanas, los que por sí adquirieren una fortuna, inclinados son a conservarla, y los que de otros la reciben hecha, propicios a disiparla.



CAPÍTULO XX
Alusión a las campañas de Jerjes en Grecia.- Apogeo de la República Romana.

Ya habían transcurrido treinta años de la expedición de Jerjes a Grecia, desde cuya época hemos separado cuidadosamente cada acontecimiento particular... El gobierno de Roma había alcanzado el apogeo de la perfección y belleza en la época de Aníbal, punto de partida para hacer esta digresión. Explicada ya su forma, diré ahora lo que era cuando los romanos, reunidos en Cannas, vieron su imperio completamente arruinado. No ignoro que lo expuesto parecerá insuficiente, por haber omitido algunos detalles, a los hombres nacidos bajo esta constitución. Poseedores en este asunto do conocimientos completos y de consumada experiencia, que deben a la ventaja de vivir desde la infancia dentro de las costumbres e instituciones de su patria, tendrán menos estimación a lo que he dicho que afición a buscar lo omitido: no supondrán que el escritor ha desdeñado de intento debates de escaso interés, sino le acusarán de callar por ignorancia las causas y ligazón de los hechos: sin aprobar las consideraciones que haya expuesto, por juzgarlas mediocres y superfluas, aplicáranse a notar sus omisiones, calificándolas de esenciales, inspirándoles tal crítica el deseo de aparecer más sabios que el autor. Mas un juez imparcial debe juzgar al escritor por lo que dice y no por lo que omite. Si el censor advierte algún error en los hechos referidos, sabrá que las omisiones proceden de ignorancia; pero si lo que dice es cierto, conceda al menos que lo callado es por discernimiento, no porque lo ignore. Con esto basta para aquellos que critican a los historiadores con más animosidad que justicia.

 

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