Capricho de los dioses
En verdad que la leyenda que de
mi salvación los mortales propugnan es falsa e injusta para con las habilidades
de mi madre, Rea, y la astucia de mi padre. Pues según dicha leyenda, este
dejose engañar por una piedra en lugar de mi ser. ¡Un pedrusco no podría jamás
engañar a Crono, mi ávido padre!. Os relataré, pues, la verdadera naturaleza de lo
acontecido.
Mi madre, Rea, dispuso, para su obligado esposo, un banquete como
jamás se había conocido, y nunca más podrá igualarse. Perfectas conchas gigantes integraron la vajilla
que ofrecía en sus bandejas nacaradas los diferentes manjares. Veinte de las más bellas vírgenes aprendieron a
verter desde sus tiernos y cálidos labios los más exquisitos vinos y licores. Las más cautivadoras sirenas emitieron los sonidos
por los que habían enloquecido de amor tantos mortales. Artemisa, también llamada Diana, aportó los más
tiernos venados y hermosos faisanes. Del reino de mi hermano, Poseidón, se surtió la
noble mesa de corales, mariscos y las blancas carnes de los acuáticos. De la sabiduría de mi buena abuela, Gea, se
enriqueció la estancia con aromas de roble, albahaca, tomillo, perejil, café y
hierbabuena. De los fogones de mi hermana y futura esposa,
Hera, que sería madre de mi hijo Vulcano, surgieron los panes más blancos y
crujientes, así como deliciosas y dulces tartas. De la tierra de mi hermano Hades se extrajeron
frutos y hortalizas más brillantes que las piedras preciosas y más sedosas que
la piel de una niña, a la vez que exquisitos aceites extractos de sol y oliva. Y de todo ello se dispuso con gracia y buen gusto,
cuidando cada sabor, color, textura y olor para que armonizasen mutuamente. Así
fue mi padre degustando finísimas lascas de rape arropado en limón, yema de
huevo, pimienta y aceite; aromáticas brochetas de bogavante, tomate, pimiento y
cebollitas; delicadas carnes rojas con setas, trufas y vino tinto; crujientes
empanadas de vieiras y almejas; dorados asados de aves rellenas perfumadas con
rosas; brillantes rábanos, endibias y espárragos aromatizados con finas hierbas
y aromáticos aceites; encendidas fresas, cerezas y frambuesas encerradas en
licores y azúcares.
Diez días duró el banquete, al
fin de los cuales mi padre se dio por satisfecho. Tiempo suficiente que
aprovechó mi madre para huir llevándome lejos de la cruel intención paterna.
Porque yo, Zeus, también llamado Júpiter, dios de dioses, gracias al buen hacer
de mi madre Rea, por algunos llamada Cibeles, que siguió los consejos de mi
abuela Gea, la primera diosa, salvé mi vida de la voracidad de mi padre, Crono,
también llamado Saturno, que pretendía, al igual que hizo con mis hermanos,
devorarme a mí, el menor de sus hijos.
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