Polibio

HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPÚBLICA ROMANA
 

 



LIBRO  QUINCE

 

CAPÍTULO PRIMERO
Deslealtad de los cartagineses.- Embajadores que Escipión les envía por esta razón.- Libertad con que éstos recriminan ante el Senado su infidelidad.- Leve esperanza que los cartagineses fundan en Aníbal para intentar dar muerte a los embajadores romanos y volver a encender la guerra.- Nueva guerra más cruel y porfiada.- Preparativos de Escipión y Aníbal para el combate.- Ardid que usó Escipión con unos espías capturados en su campo.- Deseo de Aníbal de reunirse con Escipión.- Conferencia de estos dos notables generales.- Observación de Polibio acerca de la batalla que se va a dar.- Formación de batalla por ambos generales.- Arengas a sus tropas.- Obstinación de unos y otros durante la lucha y victoria por los romanos.

A pesar de que Escipión sufría con impaciencia que los cartagineses le hubiesen arrebatado el convoy y que ya estuviesen abundantemente provistos de todo lo necesario, con todo le llegaba más al alma que, contra la religión de los juramentos y tratados, volviesen a encender nuevamente la guerra. Por esta razón nombró a L. Servilio, L. Bebio y L. Fabio, y los diputó a Cartago para que hiciesen presente su queja y manifestasen que acababa de saber de Roma cómo el pueblo había rectificado el tratado. No bien llegaron éstos a Cartago, fueron llevados primero al Senado y después a la asamblea del pueblo, donde hablaron con libertad sobre el estado presente. Ante todas las cosas, les trajeron a la memoria lo que habían hecho sus embajadores cuando fueron a Túnez; que admitidos al consejo de los romanos, no sólo habían hecho libaciones a los dioses y adorado la tierra, como acostumbran otras naciones, sino que se habían prosternado vilmente contra el suelo y habían besado los pies a toda la asamblea; que incorporados después, se habían echado a sí mismos la culpa de haber violado los pactos concertados anteriormente entre romanos y cartagineses; que no negaban que merecían con razón cualquier castigo que les quisiesen imponer, pero que, por la común fortuna de los hombres, les suplicaban no se mostrasen crueles con ellos, pues así su imprudencia vendría a ser un blasón de la clemencia romana. «Atento a esto, prosiguieron los embajadores, no acaba de comprender nuestro general y demás que se hallaron entonces en el consejo, qué fundamento tengáis para olvidaros de lo que entonces ofrecisteis y atreveros a violar la fe del juramento y de las treguas. Casi se puede asegurar que el regreso de Aníbal y de sus tropas os ha inspirado este ardimiento, pero lo erráis de medio a medio. A todos os consta que, desalojado de toda Italia, hace ya más de un año que se halla encerrado y poco menos que cercado en las proximidades de Lacinio, de modo que con dificultad podrá escapar para volver al África. Pero demos que vuelve victorioso y que tiene después que pelear con nosotros, aun así, a la vista de las dos batallas consecutivas que habéis perdido, debierais poner duda en el éxito y no aseguraros tanto de la victoria, que acaso no podáis volver a ser vencidos. Y en este caso, ¿qué dioses invocaréis? ¿De qué palabras os valdréis para interesar la clemencia del vencedor en vuestro infortunio? Seguramente, según vuestra inconstancia e imprudencia, ya no tendréis más que esperar ni de los dioses ni de los hombres.» Manifestado esto, se retiraron los embajadores.
Pocos cartagineses fueron de parecer que se estuviese al tenor del tratado. Los más, tanto de los que tenían en sus manos el gobierno como de los que formaban el consejo, ofendidos de las condiciones impuestas en el pacto, sufrieron con impaciencia la libertad de los embajadores. Añadíase a esto la imposibilidad que existía de restituir las embarcaciones que se habían apresado y las municiones de que estaban cargadas. Pero el principal motivo era lo mucho que confiaban en la victoria con la presencia de Aníbal. El pueblo quiso que se despachase a los embajadores sin respuesta; pero los gobernadores de la ciudad, cuyo ánimo era renovar la guerra de cualquier forma, formaron consejo y maquinaron esta perfidia. Dijeron que se debía tomar providencia, a fin de que los embajadores regresasen con seguridad a su campo. Para lo cual equiparon dos trirremes que los convoyasen; pero al mismo tiempo avisaron a Asdrúbal, jefe de la escuadra cartaginesa, que a la sazón se encontraba a la ancla en las inmediaciones de Utica, para que tuviese prevenidos navíos no lejos del campo romano, y así que las trirremes que iban de escolta dejasen a los embajadores, atacasen la embarcación que los conducía y la echasen a pique. Comunicada esta orden a Asdrúbal, los enviaron, mandando a las trirremes que así que hubiesen pasado la embocadura del Macra, desde donde ya se podía ver el campamento enemigo, los dejasen y tornasen a Cartago. Los que iban de escolta, luego que estuvieron del otro lado del río según la orden, les desearon un buen viaje y se volvieron. Los embajadores se ofendieron algún tanto de esta despedida, no tanto porque sospechasen algún otro mal, cuanto porque creyeron que el dejarlos tan pronto provenía de desprecio. Lo mismo fue comenzar a navegar solos, cuando he aquí que salen de la emboscada tres trirremes contra ellos para atacar la quinquerreme romana. Y aunque no la pudieron batir con el espolón porque escapaba ella por bajo, ni venir al abordaje por la vigorosa defensa que hacía, con todo, dando vueltas alrededor de los costados, hirieron a los que la ocupaban y mataron muchos de ellos, hasta que advirtiendo los romanos que un cuerpo de los suyos que había salido del campo a forrajear hacia la costa acudía a la brilla a su socorro, lanzaron la embarcación contra tierra. La mayor parte de la tripulación pereció, pero los embajadores se salvaron como por milagro. Con esto se volvió a renovar la guerra con más calor y odio que antes. Los romanos, por su parte, creyendo se les había faltado a la fe, hacían todos los esfuerzos por vencer a los cartagineses; y éstos por la suya, conociendo la perfidia que habían cometido, se disponían a sufrirlo todo por no caer en manos del enemigo. Con tales disposiciones de una y otra parte, bien se dejaba conocer que sólo una batalla habría de decidir la disputa. De aquí provenía que no sólo la Italia y el África, sino aun la España, la Sicilia y la Cerdeña estaban en suspensión y expectativa pendientes del resultado. Durante este tiempo, Aníbal, por estar escaso de caballería, despachó legados a Tiqueo, númida, amigo que era de Sifax y a la sazón con la mejor caballería de toda el África, para empeñarle a venir en su socorro y aprovecharse de la ocasión, seguro de que, si los cartagineses salían victoriosos, podría conservar sus estados, y si al contrario, arriesgaría su vida, según la ambición de Massinisa. Efectivamente, Tiqueo asintió a la propuesta, y trajo a Aníbal dos mil caballos.
Escipión, habiendo provisto a la seguridad de su escuadra, y dejado a Bebio por su lugarteniente, corrió las ciudades recibiendo, no ya como antes a su amistad las que voluntariamente se le entregaban, sino reduciéndolas por fuerza, y haciendo público el resentimiento de que estaba animado contra la perfidia de los cartagineses. Despachó sin demora un correo a Massinisa para manifestarle de qué modo habían roto las treguas los cartagineses, y animarle a que, reclutando las mayores fuerzas que pudiese, viniese a unírsele con diligencia. Porque este príncipe, como hemos dicho antes, lo mismo había sido acordarse la tregua, había partido con sus propias tropas, diez compañías de infantería y caballería romana que se le habían agregado, y los embajadores que le dio Escipión, para recobrar no sólo el reino de sus mayores, sino para añadir también al suyo el de Sifax con el auxilio de los romanos, como ocurrió en efecto.
En este mismo momento llegaron al campo de la armada los embajadores que venían de Roma. Bebio despachó al instante los de Roma a Escipión, y retuvo consigo los de Cartago, que afligidos ya con otros motivos, se creyeron ahora en el último apuro; puesto que informados del insulto hecho a los embajadores romanos, no dudaban recayese sobre ellos la venganza. Escipión, luego que supo por sus embajadores que el Senado y pueblo romano aprobaba con agrado el tratado concertado por él con los cartagineses, y que estaba pronto a ejecutar cuanto había pedido, alegre sobre manera ordenó a Bebio que con toda humanidad y agasajo despachase los embajadores cartagineses a Cartago. Éste, en mi opinión, fue un sabio y prudente proceder; porque conociendo el alto aprecio que hacía su patria de la fe prestada a los embajadores, atendió, después de haberlo bien reflexionado, no tanto a lo que merecían los cartagineses, como a lo que debían hacer los romanos. Por lo cual, reprimiendo su cólera y el negro deseo que tenía de vengar el insulto, procuró seguir, según el proverbio, los bellos ejemplos de sus mayores. Efectivamente, quedaron confundidos los cartagineses, y aun el mismo Aníbal, al ver que la probidad de Escipión había vencido su locura.
Los cartagineses, viendo saqueadas sus ciudades, avisaron a Aníbal y le suplicaron que sin dilación se aproximase al enemigo, y decidiese el asunto por una batalla. Este general, después de haber escuchado a los diputados, les contestó que atendiese Cartago a otras cosas, que cuanto a ésta él cuidaría de obrar o estarse quieto, según la ocasión lo exigiese. Pocos días después levantó el campo de las cercanías de Adrumetes, y fue a acampar alrededor de Zama, ciudad distante cinco días de camino de Cartago, hacia el Occidente. Desde aquí despachó tres espías con el fin de saber dónde acampaba el enemigo y de qué forma tenía situado el campamento. Estos espías fueron capturados y llevados a presencia de Escipión, quien distó tanto de castigarlos como se acostumbra en otras naciones, que, por el contrario, les dio un tribuno con orden de enseñarles sin esbozo todo el campo. Efectuado lo cual, les preguntó si el tribuno les había mostrado todo con individualidad, y respondiendo que sí, les dio provisión y escolta para el camino, previniéndoles diesen a Aníbal una exacta noticia de cuanto les había ocurrido. A la llegada de éstos, Aníbal admiró la magnanimidad y confianza de Escipión, y le entró, sin saber cómo, el deseo de venir con él a una conferencia. Tomada esta decisión, le envió un rey de armas para que le dijese que le agradaría conferenciar con él sobre el estado presente. A esta embajada contestó Escipión que se avenía a ello, pero que ya le enviaría a decir el tiempo y lugar donde se habían de reunir, con cuya contestación regresó el rey de armas a su campo. Al día siguiente llegó Massinisa con seis mil hombres de infantería y casi otros tantos de caballería. Escipión le recibió amistosamente y se alegró de que hubiese sometido todos los pueblos que antes obedecían a Sifax; después de lo cual se puso en marcha, y habiendo llegado a la ciudad de Margaro, sentó su campo en un puesto que entre otras ventajas tenía la de estar el agua a tiro de dardo.
Desde aquí envió a decir al general cartaginés que estaba dispuesto a ponerse al habla. Con esta noticia, Aníbal levantó el campo, y cuando ya estuvo a treinta estadios del enemigo, sentó el real sobre una colina que le pareció muy ventajosa para el objeto presente, pero que por lo demás tenía muy lejos el agua, de que se seguía grande incomodidad a los soldados. Al día siguiente salieron de sus respectivos campamentos uno y otro general, acompañados de unos cuantos caballeros, y retirados después éstos, quedaron solos en medio, cada uno con su intérprete. Aníbal saludó primero y comenzó a hablar de esta manera: «Cuán de desear sería que ni los romanos hubiesen ambicionado conquistas fuera de Italia, ni los cartagineses fuera del África; puesto que uno y otro pueblo poseían estos dos bellos imperios, a quienes la naturaleza parece haber puesto sus límites. Pero pues que hemos tomado las armas para disputarnos primero la Sicilia, después la España, y finalmente, alucinados por la fortuna, hemos llegado a términos de poner en riesgo antes vuestro patrio suelo, y ahora el nuestro, no nos queda otro arbitrio sino ver cómo se pudiera aplacar la cólera de los dioses y poner fin a esta contienda. Cuando a mí toca, instruido por la experiencia de cuán voluble es la fortuna, de cuán poco es menester para merecer o desmerecer sus favores, y cómo juega con los hombres como si fueran niños, estoy dispuesto a un convenio. Pero temo mucho que tú, Escipión, o porque te ves en la flor de la edad, o porque todo te ha salido en España y África a medida del deseo, y no has hallado hasta ahora obstáculo en el curso de tus victorias, no quieras asentir a mis razones, aunque en sí poderosas. Sin embargo, considera por esto solo la condición de las cosas humanas. No recurriré a ejemplos antiguos, mira únicamente a lo que por mí mismo ha pasado. Yo soy aquel Aníbal que después de la batalla de Cannas, dueño de casi toda Italia, me presenté a poco tiempo delante de la misma Roma, y acampado a cuarenta estadios de distancia, deliberaba ya lo que había de hacer de vosotros y de vuestra patria, y contémplame aquí ahora en el África delante de un romano, tratando de mi salud y de la de los cartagineses. Este ejemplo te puede servir para no llenarte de orgullo y deliberar sobre el estado presente sin olvidarte de que eres hombre; esto es, escogiendo siempre el mayor de los bienes, y el menor de los males. ¿Qué hombre sensato deseará exponerse a un peligro tal como el que ahora te está amenazando? Si sales victorioso, no añades lustre alguno considerable a tu fama ni a la de tu patria; y si eres vencido, toda la gloria y honor hasta aquí adquirido queda del todo sepultado. Pero ¿qué es lo que me he propuesto por objeto en este discurso? Que todo lo que hasta aquí ha servido de teatro a nuestras contiendas, como la Sicilia, la Cerdeña y la España, quede por los romanos; que en ningún tiempo los cartagineses les muevan guerra por estos reinos, y que todas las demás islas que existen entre Italia y África pertenezcan también a los romanos. Creo que estas condiciones ponen en seguridad a los cartagineses para el futuro, y son las más gloriosas para ti y para todos los romanos.» Así habló Aníbal.
Escipión tomó la palabra, y dijo: «Es constante que los romanos no han sido causa ni de la guerra de Sicilia, ni de la de España, sino los cartagineses. Esto tú mismo lo sabes muy bien, Aníbal; y los dioses han sido testigos de ello, puesto que han concedido la victoria no a los que primero han movido una guerra tan injusta, sino a los que no han hecho más que defenderse. Conozco tan bien como otro la inestabilidad de la fortuna, y en cuanto puedo cuento siempre con la incertidumbre de las cosas humanas. Mas si antes de pasar los romanos al África hubieras tú salido de Italia y hubieras propuesto estas condiciones, bien creo no te hubiera desmentido la idea; pero ahora que a tu pesar has salido de Italia, y que yo me veo en África dueño de la campaña, bien conoces que se hallan en muy diverso estado las cosas. Además de esto, vencidos tus ciudadanos, me suplicaron la paz, y ya en cierto modo estábamos de acuerdo. Pusimos el tratado por escrito, en el cual, a más de lo que tú ahora propones, se contenía: que los cartagineses restituirían los prisioneros sin rescate; que entregarían los navíos con puente, que pagarían cinco mil talentos, y que para firmeza de todo esto darían rehenes. Estas eran las condiciones en que nos habíamos convenido. Sobre ellas habíamos enviado unos y otros legados al Senado y pueblo romano; yo pidiendo que las aprobase, y ellos suplicando se les concediese esta gracia. Y después que el Senado había prestado su consentimiento y el pueblo su aprobación, tus ciudadanos, conseguida su demanda, no quieren pasar por ello y nos faltan a lo prometido. ¿Qué queda que hacer después de esto? Ponte tú en mi lugar, y dime: ¿Será bueno exonerarles do lo más duro que contiene el tratado? Efectivamente, esto sería premiar su delito y enseñarles a ser infieles con sus bienhechores para el futuro. Me dirás acaso que, conseguida esta gracia, procederán reconocidos. Pero todo lo contrario: ahora mismo acaban de obtener con humillaciones lo que pretendían, y lo mismo ha sido tener la débil esperanza de que tú regresabas, que tratarnos al punto como a enemigos. En este supuesto, si a las condiciones ya impuestas se añade alguna otra más dura, en tal caso se podrá llevar otra vez el tratado al pueblo romano; pero si se ha de quitar algo de lo pactado, es excusado gastar el tiempo. Pero ¿a qué fin este mi discurso? A que o vuestra patria y personas se rindan a discreción, o veáis cómo habéis de vencer por las armas.»
Concluidos estos discursos se retiraron ambos generales, sin haber terminado nada en la conferencia. Al día siguiente, al amanecer, uno y otro sacaron sus huestes y las dispusieron para la batalla; los cartagineses por su propia salud y la de toda el África, y los romanos por el imperio y mando del universo. Al considerar este paso, no se podrá menos de tomar parte en la narración. Jamás ejércitos más aguerridos, jamás generales más venturosos ni más ejercitados en el arte de la guerra, ni jamás la fortuna había propuesto mayor premio a los combatientes. No se trataba aquí sólo del África o de la Europa, iba a dar al victorioso el imperio de todas las demás partes del mundo que ahora componen las historias, como efectivamente sucedió poco después. He aquí cómo ordenó Escipión sus tropas en batalla. En la primera línea colocó los hastatos con intervalos de cohorte a cohorte; en la segunda los príncipes, situando las cohortes de éstos no de frente a los intervalos de la primera línea, como acostumbran los romanos, sino paralelas unas tras de otras con algún espacio de por medio, a causa del gran número de elefantes que tenía el enemigo, y en la última se hallaban los triarios. Sobre el ala izquierda formaba C. Lelio con la caballería italiana, y sobre la derecha Massinisa con toda la númida. Los espacios de las primeras cohortes los rellenó con otras de vélites, con orden de empezar los primeros el combate; y en no pudiendo resistir el ímpetu de las fieras, retirarse, los más ligeros por los intervalos directos hasta lo último de toda la formación, y los que se viesen más hostigados, por los transversales que a derecha e izquierda había entre las cohortes. Esto así dispuesto, recorrió las líneas, exhortándolas con pocas palabras, pero convenientes a la ocasión presente. «Las dijo que se acordasen de sus pasadas expediciones, y que sostuviesen como buenos la propia reputación y la de la patria; que tuviesen presente que si salían con la victoria, no sólo serían dueños absolutos del África, sino que asegurarían para sí y para la patria un imperio y dominio incontestable sobre el resto del universo; y que si eran vencidos, los que quedasen generosamente sobre el campo de batalla tendrían la más honrosa sepultura por haber muerto por la patria, y los que volviesen la espalda, la mayor ignominia y miseria para el resto de sus días. Para el que huya, no se da retiro seguro en el África; para el que caiga en manos del enemigo, bien se deja conocer, si se reflexiona, la suerte que le espera. Los dioses no permitan que tal ocurra. Por una y otra parte nos presenta la fortuna los mayores premios; ¿pues no seríamos los más cobardes y necios del mundo, si por amor a la vida dejásemos los mayores bienes y tomásemos los mayores males? Estas dos cosas os debéis proponer para marchar contra el enemigo: o vencer, o morir. Si con tales disposiciones entráis en la acción, depuesta la esperanza de vivir, la victoria será vuestra sin remedio.» Así exhortó Escipión a sus soldados.
Aníbal puso delante de todo el ejército los elefantes, que eran más de ochenta, y después los extranjeros en número de doce mil, ligures, celtas, baleares y mauritanos; a espaldas de éstos los naturales del país, africanos y cartagineses, y detrás de todos, a más de un estadio de distancia, los que habían venido con él de Italia. Guarneció sus alas con la caballería, la izquierda con la númida aliada, y la derecha con la cartaginesa. Ordenó a los oficiales que cada uno exhortase a sus soldados a que confiasen en la victoria, pues tenían presente a Aníbal y las tropas que con él habían venido; y previno a los jefes de los cartagine ses que les contasen y pusiesen a la vista las calamidades que esperaban a sus hijos y mujeres si perdían la batalla. Mientras los oficiales ejecutaban este mandato, Aníbal, recorriendo las tropas que habían venido con él de Italia, las animaba y alentaba con muchas razones. «Acordaos, camaradas, les decía, de diecisiete años que ha que vivimos juntos; acordaos del gran número de batallas que habéis dado a los romanos, en las cuales, siempre invencibles, ni aun la más leve esperanza les habéis dejado de venceros. Pero sobre todo, poned ante la vista la batalla del Trebia contra el padre del que ahora manda el ejército romano, la de Etruria contra Flaminio, y la de Cannas contra Paulo Emilio, sin contar las refriegas particulares y ventajas innumerables que habéis ganado. La batalla presente no merece entrar en comparación con éstas, bien se mire al número, bien al valor de las tropas. Y si no, volved los ojos y reparad en el ejército enemigo. Qué digo menor, ni aun una pequeña parte compone del que entonces tuvisteis por contrario. Pues el valor no merece cotejo. Aquellos, como nunca vencidos hasta entonces, pelearon contra vosotros con todas sus fuerzas; pero éstos, o son una raza de aquellos, o unas reliquias de los que vencisteis en Italia e hicisteis volver la espalda tantas veces. Ea, pues, cuidado con perder la gloria y reputación que vos y yo hemos adquirido; pelead con esfuerzo para asegurar la fama que ya tenéis de hombres invencibles. » Tales, poco más o menos, fueron las arengas de los dos generales. Una vez que todo estuvo prevenido para la lucha de una y otra parte, y que la caballería númida hubo escaramuceado entre sí por largo tiempo, Aníbal ordenó a los conductores de los elefantes que arremetiesen contra el enemigo. Lo mismo fue resonar por todas partes las trompetas y bocinas, que al punto, alborotada una parte de estos animales, volver hacia atrás y pegar contra los númidas entre auxiliaban a los cartagineses; desorden de que se aprovechó Massinisa para arrollar la caballería del ala izquierda. El resto de elefantes arremetió contra los vélites romanos en aquel espacio que mediaba entre los dos ejércitos. Sufrieron mucho e hicieron sufrir igualmente a los contrarios, hasta que finalmente espantados, unos se metieron sin hacer daño por los intervalos que Escipión con toda prudencia tenía prevenidos, otros huyendo hacia el ala derecha, acosados a tiros por la caballería, se lanzaron totalmente fuera del campo de batalla. En el transcurso de esta confusión, Lelio ataca la caballería cartaginesa y la obliga a volver la espalda a rienda suelta. Mientras éste seguía con calor el alcance de los que huían, Massinisa hacía lo mismo por su parte. Para entonces las dos falanges se iban aproximando una a otra a paso lento y con arrogancia, menos la tropa que había venido de Italia con Aníbal, que ésta se quedó separada en el puesto que había ocupado al principio. Cuando ya estuvieron cerca, los romanos, según costumbre, dando grandes voces y haciendo ruido en los escudos con las espadas, acometieron al enemigo. Los que se hallaban a sueldo de los cartagineses, como no eran de una misma lengua ni de una misma voz, sino, según el poeta,

De habla diversa y tierras diferentes,
hacían un ruido confuso y desentonado.

Al principio, como el combate era de cerca y de hombre a hombre, no se pudo hacer uso de las lanzas y espadas; de que provino que los mercenarios cartagineses, que excedían en agilidad y ardimiento, maltrataron infinito a los romanos; bien que éstos, confiados en la justa formación de batalla y naturaleza de sus armas, iban siempre ganando terreno. Por otra parte, al paso que los romanos eran seguidos y alentados por su segunda línea, los mercenarios, a quienes nadie se agregaba ni socorría, iban perdiendo el ánimo. Finalmente cedieron los bárbaros, y creyéndose abandonados a las claras por los suyos, caen al retirarse sobre los que tenían a la espalda, y dan muerte a muchos. Este accidente hizo perder la vida a un buen número de cartagineses con valor; porque atacados por los mercenarios, tuvieron a un tiempo que defenderse sin querer contra los suyos y contra los romanos; y como peleaban atónitos y fuera de sí, mataban a muchos de los suyos y de los contrarios; desorden que introdujeron también en las cohortes de los hastatos. Pero los centuriones de los príncipes que advirtieron lo que ocurría, les opusieron sus manípulos, con cuyo refuerzo pereció la mayor parte de los mercenarios y de los cartagineses, unos a manos de los suyos mismos, otros a manos de los hastatos. A los que se salvaron y escaparon del peligro, lejos de permitirles Aníbal que se incorporasen con sus tropas, ordenó a la primera fila presentarles las picas para no dejarlos arrimar; de que provino verse obligados a retirarse por los costados a campo raso.
El espacio que mediaba entre los ejércitos quedó cubierto de sangre, muertos y heridos, de que resultó a Escipión un grande embarazo; porque el cúmulo de los muertos, el montón de los que caídos estaban revolcándose en su misma sangre, y la confusa mezcla de armas y cadáveres esparcidos por todas partes, venían a hacer intransitable el paso a los que se hallaban formados. A pesar de estos inconvenientes, hace conducir los heridos detrás de la formación, da la señal a los hastatos que seguían el alcance para que se retiren, los aposta de parte allá del campo de batalla al frente del centro enemigo, y bien condensados los príncipes y triarios sobre una y otra ala, les ordena avanzar por encima de los muertos. Una vez estuvieron éstos del otro lado formados al igual con los hastatos, vienen a la carga las dos falanges con el mayor ardor y valentía. Como de una y otra parte el número, la arrogancia, el valor y las armas eran iguales, la acción estuvo indecisa por largo tiempo, obligando a cada uno la obstinación a morir sobre su puesto; hasta que finalmente volviendo del alcance Massinisa y Lelio con su caballería, llegan oportunamente al tiempo preciso, atacan por la espalda a Aníbal, y pasan a cuchillo la mayor parte de los suyos en sus mismas filas. De los que intentaron salvarse por los pies, lo consiguieron muy pocos, ya que tenían sobre sí la caballería, y el terreno era llano y descampado. Los romanos perdieron más de mil quinientos hombres, los cartagineses más de veinte mil, y poco menos de otros tantos que se hicieron prisioneros. Tal fue el éxito de aquella batalla que se dio entre estos dos generales, y que adjudicó a los romanos el imperio del universo.
Después de la acción, Escipión siguió el alcance, saqueó el real enemigo, y regresó a su campamento. Aníbal se retiró a toda prisa con algunos caballeros, y se salvó en Adrumetes, después de haber hecho en el combate cuanto pudo y cuanto se podía esperar de un hábil y experimentado capitán. Porque ante todas las cosas intentó concluir la guerra por medio de una conferencia. Esto no era ajar su gloria pasada, era sí desconfiar de la fortuna, y prever las terribles consecuencias de una batalla. Después de metido en la acción, se condujo de tal suerte, que teniendo que pelear con iguales armas contra los romanos, no se podía dar cosa más bien dispuesta. La formación romana es difícil de romper, porque cada cuerpo de por sí y en general pelea haciendo frente a todas partes; y como el orden de batalla es uno, las cohortes más próximas al peligro siempre se vuelven hacia donde es necesario. Por otra parte, su armadura les presta mucha defensa y atrevimiento, tanto por la magnitud de sus escudos, como por la resistencia de sus espadas; causas todas que los hacen incontrastables e invencibles. Sin embargo, Aníbal, en lo humano, tomó de tal forma las posibles medidas contra cada uno de estos obstáculos, que no dejó que desear. Desde el principio había reunido gran número de elefantes, y los había colocado al frente para desbaratar y romper la ordenanza de los romanos; había situado en la primera línea los mercenarios para cansar las fuerzas del enemigo y embotar los filos de sus espadas con tanto matar; había puesto a los cartagineses a espaldas de éstos y situándolos entre dos líneas para reducirlos a la necesidad de hacer frente y combatir, según el verso del poeta:

Hasta el forzado tomará las armas.

Había apostado a cierta distancia lo más aguerrido y esforzado de su ejército para ver desde lejos el evento, y hallándose con todas sus fuerzas enteras, aprovecharse de ellas cuando llegase el tiempo. Si puestos todos los medios posibles para vencer, con todo fue vencido este héroe hasta entonces invencible, merece condescendencia. Unas veces la fortuna se opone a los propósitos de los grandes hombres, otras sucede aquello del proverbio:

Encontró el esforzado otro más fuerte.

Y cabalmente esto fue lo que entonces pasó a Aníbal.

 

CAPÍTULO II
Todo lo que para mover a compasión sobrepasa la esfera común, si no nace del interior sino de la simulación, en vez de la compasión y el perdón excita la ira y el odio.- Condiciones de Escipión a los cartagineses para otorgarles la paz.- Aníbal arroja de la tribuna a Gisgón porque iba a contradecirlas, y persuade a los cartagineses que aceptan la paz con estos convenios.

Ciertamente en los grandes infortunios todo lo que excede la regla común si se advierte que procede de sincero afecto, excita la compasión en los que lo ven y oyen, y apenas hay alguno a quien la novedad no le conmueva; pero si se nota que nace de la impostura y del fingimiento, en vez de la misericordia granjea la cólera y aborrecimiento. Esto es lo que aconteció entonces a los embajadores de Cartago. Escipión les dijo en pocas palabras: «No merecéis que los romanos usen con vosotros de alguna indulgencia, si so atiende a que vos mismos confesáis que desde el principio les habéis declarado la guerra tomándoles a Sagunto contra el tenor de los tratados; y que acabáis de faltarles a la fe pactada, quebrantando los artículos de la paz firmados con juramento; sin embargo, ellos, atendiendo a su honor, a la fortuna y a la condición de las cosas humanas, han decidido usar con vosotros de la conmiseración y generosidad acostumbrada. Esto mismo confesaréis vosotros, si consideráis atentamente el estado actual. Porque si ahora se os impusiese cualquiera pena que sufrir, cualquiera cosa que hacer, o cualquiera impuesto que pagar, no deberíais reputarlo como tratamiento riguroso, por el contrario, deberíais tener por una especie de milagro el que después de haberos cerrado la puerta la fortuna a toda conmiseración y condescendencia, y haberos puesto vuestra perfidia a discreción del enemigo, se os tratase con alguna benignidad.» Manifestado esto, Escipión les entregó primero los artículos que contenían sus liberalidades, y después las condiciones que habían de sufrir. Se reducían en sustancia: A que retendrían en el África todas las ciudades, campos, ganados, esclavos y demás bienes que poseían antes de declarar la última guerra a los romanos; que desde aquel día no se les haría hostilidad alguna, vivirían según sus leyes y costumbres, y quedarían exentos de toda guarnición. Tales eran las condiciones benignas; las duras contenían: Que los cartagineses resarcirían a los romanos todos los menoscabos que habían sufrido durante las treguas; que les devolverían todos los prisioneros y siervos fugitivos sin prescripción de tiempo; que les entregarían todos los navíos largos, a excepción de diez trirremes; que lo mismo se observaría con los elefantes; que de ningún modo harían guerra fuera ni dentro del África sin licencia del pueblo romano; que todas las casas, tierras, ciudades y cualquiera otra cosa del rey Massinisa o de sus descendientes, serían restituidas a este príncipe, dentro de los términos que se les señalasen; que proveerían de víveres el ejército por tres meses, y le pagarían el sueldo hasta que volviese de Roma la noticia de la ratificación del tratado; que darían diez mil talentos de plata en cincuenta años, pagando doscientos talentos eubeos en cada uno; que para resguardo de su fidelidad entregarían cien personas en rehenes, que escogería Escipión entre su juventud, ni menores de catorce años, ni mayores de treinta.
Estos fueron los artículos que Escipión propuso a los embajadores cartagineses, los cuales, así que los oyeron, partieron sin dilación y los participaron al Senado. Refieren que en esta ocasión, queriendo oponerse cierto senador a las condiciones propuestas, y habiendo empezado a hablar, Aníbal se fue a él y le arrojó de la tribuna; y que irritados los demás de una acción tan contraria a la costumbre de una ciudad libre, Aníbal se había levantado y manifestado, que merecía perdón si por ignorancia había cometido alguna falta contra los usos, cuando les constaba que desde la edad de nueve años que había salido de su patria no había regresado a ella hasta pasados los cuarenta y cinco; que no debían atender a si había pecado contra la costumbre, sino a si había sabido sentir los males de la patria, puesto que por su causa había incurrido ahora en este desacato; que se admiraba y extrañaba en extremo que existiese un cartaginés que, sabiendo lo que la patria en general y cada miembro en particular había maquinado contra los romanos, no bendijese la fortuna de que, puesto a discreción de Roma, se le tratase con tal humanidad; que si pocos días antes de la batalla se hubiera preguntado a los cartagineses qué males pensáis sufrirá la patria caso que los romanos salgan vencedores, no los hubieran podido explicar con palabras: tan grandes y excesivos eran los que la imaginación les representaba. Por lo cual les rogaba no volviesen a deliberar ya más sobre el asunto, sino que recibiesen con conformidad los artículos propuestos, hiciesen sacrificios a los dioses, y todos les pidiesen que el pueblo romano tuviese a bien ratificarlos. El consejo de Aníbal pareció acertado y conveniente a las actuales circunstancias, en cuya atención decidió el Senado concertar la paz con las dichas condiciones, y despachó al instante sus embajadores para pasar por ellas.

 

CAPÍTULO III
Simulada amistad que Filipo y Antíoco mantienen con Ptolomeo Filopator en el transcurso de su vida, y decisión que toman de dar muerte a su hijo y dividir entre sí el reino después de su muerte.- Observación acerca del castigo de estos dos reyes, y cómo la Divinidad se valió de los romanos para conservar el reino a este huérfano.

¡A quién no admirará que Filipo y Antíoco, mientras vivió Ptolomeo y no necesitó de su socorro, estuviesen dispuestos a ayudarle, y después de muerto, dejando un tierno niño a quien por derecho natural se hallaban obligados a conservar el reino, se confederasen estos dos reyes para dividirlo entre sí y quitar la vida al infante! ¡Si por pudor al menos hubieran dorado la acción con algún frívolo pretexto, como hacen los tiranos! Pero se condujeron tan a las claras, con tanta desvergüenza y tan brutalmente, que se apropiaron el proverbio de los peces, entre quienes, aun con ser de la misma especie, el menor sirve de pasto al más grande. Efectivamente, ¿quién, al considerar el tratado concertado entre estos reyes, no le parecerá estar viendo como en un espejo la impiedad contra los dioses, la inhumanidad contra los hombres y su excesiva codicia? Si no obstante alguno tomase de aquí motivo para quejarse de la fortuna porque así juega con los hombres, de la también en cambio las gracias porque dio el merecido castigo a estos malvados y dejó a la posteridad el más bello ejemplo de corrección con el escarmiento de estos dos reyes. Estaban aún pensando cómo engañarse el uno al otro y cómo repartir entre sí el reino del joven príncipe, cuando he aquí la fortuna suscita los romanos y dispone con justa razón y motivo recaiga sobre ellos lo que inicuamente estaban maquinando contra el vecino. Vencidos al instante uno y otro por las armas, no sólo dejaron de codiciar el bien ajeno, sino que se vieron obligados a pagar tributo y sufrir el yugo de los romanos. Por último, en muy corto tiempo la fortuna recobró el reino de Ptolomeo, destruyó los de Filipo y Antíoco, y a sus sucesores a unos perdió el todo y a otros afligió casi con los mismos infortunios.

 

CAPÍTULO IV
Molpagoras.

Existió entre los daneses un hombre tan a propósito para la oratoria como para la acción. Naturalmente ambicioso, a fin de captarse el afecto de la multitud, denunció a las personas más ricas, haciendo morir unas, desterrar a otras, confiscándoles los bienes y distribuyéndolos al pueblo. Por tales medios consiguió poder y autoridad del rey.

 

CAPÍTULO V
Infortunios que ocasiona a los cianos, pueblo de la Bitinia, su imprudencia y mal gobierno.- El hombre es a veces más necio que los mismos animales.- Errores que comete Filipo en prestar socorro injustamente a su yerno Prusias contra los cianos.- Odio cruel de los rodios contra Filipo por esta injusticia, y aborrecimiento de los etolios por la misma causa.

De que los cianos hayan incurrido en tan grandes desgracias, no tanto deben culpar a la fortuna y a la injusticia de los vecinos, cuanto a su imprudencia y mal gobierno. Porque honrar a los malos con las dignidades, y castigar a los buenos que se oponen a que aquellos repartan entre sí las fortunas de los demás, esto es, digámoslo así, traerse a casa voluntariamente las desdichas, en las cuales, a pesar estarse viendo incurrir a otros a cada paso, con todo, sin saber cómo, el hombre no puede abstenerse de semejante imprudencia; ¿qué digo abstenerse? ni aun es fácil hacerle entrar en la menor desconfianza, cosa que hacen algunos irracionales. Porque entre éstos, no sólo el haberse hallado ellos en un inminente riesgo, como defenderse de un cebo o desenredarse de un lazo, sino el haber visto a otro en peligro, basta para no acercarse ya con facilidad a semejante sitio, para tener aquel lugar por sospechoso y para desconfiar de cuanto se les presenta a la vista. Pero el hombre, por el contrario, aunque oiga, aunque vea que las repúblicas se pierden por la mala elección de jefes; con todo, no bien se le presenta la linsonjera esperanza de engrandecerse con perjuicio de otro, cuando sin más reparo ni precaución se lanza al cebo; no obstante que sabe ciertamente que de cuantos han tragado semejantes añagazas ninguno ha escapado, y que semejante política ha ocasionado sin excepción la ruina de cuantos la han seguido.
Filipo, apoderado de la ciudad de los cianos, se hallaba sumamente gozoso. A su parecer, había realizado una acción ilustre y memorable con haber socorrido rápidamente a su yerno, haber aterrado a los que habían abandonado su partido y haberse hecho dueño legítimamente de innumerables esclavos y de dinero. No veía las consecuencias contrarias, aunque estaban saltando a la vista: en primer lugar, que había socorrido a un yerno que, lejos de estar injuriado, había faltado a la fe a sus vecinos; en segundo, que con haber hecho sufrir sin razón a una ciudad griega los mayores males, se confirmaría la fama que ya de él se había difundido de hombre cruel con sus aliados, errores ambos que justamente le adquirirían el concepto de impío entre todos los griegos; y en tercero, que había hecho un insulto a los embajadores de estas ciudades, los cuales, habiendo venido a su ruego para libertar a los cianos de las calamidades que les amenazaban, entretenidos con buenas palabras, únicamente habían servido de testigos de lo que menos hubieran querido. A esto se añadía que los rodios se habían exasperado contra él de tal forma, que ni aun tomarle en boca querían. La casualidad contribuyó también visiblemente a inspirar este odio contra Filipo. Se hallaba su embajador elogiándole en el teatro ante los rodios, y exageraba la generosidad de su amo, que dueño ya en cierto modo de su ciudad, les había dejado vivir libres. El objeto era refutar las calumnias que sus enemigos habían esparcido, y manifestar al pueblo el afecto que Filipo les tenía; cuando he aquí que llega al Pritaneo uno de la escuadra, cuenta la esclavitud de los cianos, y la crueldad con que Filipo los había tratado. De suerte, que como el embajador estaba aún refiriendo estos encomios, y al mismo tiempo entró el magistrado superior a dar cuenta de la noticia, los rodios no se pudieron persuadir de Filipo una tan extraña perfidia. Entretanto, este príncipe, a pesar de haberse perjudicado más a sí propio que a los cianos, llegó a tal frenesí y a exceder de tal modo los límites de la moderación, que en vez de correrse de vergüenza por lo que había hecho, se jactaba y vanagloriaba como de una acción laudable. Pero los rodios desde aquel día le miraron como a su enemigo, y con este fin hicieron sus preparativos. Asimismo esta acción le atrajo el odio de los etolios. Acababa de reconciliarse con ellos y dispensarles sus gracias, hacía muy poco tiempo que vivía en amistad y alianza con éstos, los lisimacos, calcedonenses y cianos, cuando sin más ni más se apropió la ciudad de Lisimaquia, desmembrándola de la alianza que tenía con los etolios, redujo después a su poder la de Calcedonia, y por último esclavizó la de los cianos, a pesar de que se hallaba dentro un gobernador de parte de los etolios en quien residía el sumo imperio. Prusias, aunque se hallaba muy alegre de haber llevado a efecto su propósito, con todo, no podía sufrir con paciencia que otro se hubiese llevado el fruto de la empresa y a él sólo le hubiese tocado el suelo de una ciudad despoblada; pero ya no había remedio.

 

CAPÍTULO VI
Doblez de Filipo con los tasienos.

Tras de faltar mil veces a la fe de los tratados durante el camino, penetró en tierra de los tasienos y redujo a servidumbre su capital, a pesar de la alianza que con él habían concertado . ...Manifestaban los tasienos a Metrodoro, general de Filipo, que entregarían sus ciudades a condición de no tener en ellas guarniciones, ni huéspedes forzosos, ni pagar tributos, ni derogar sus leyes propias... Les respondió Metrodoro que el rey les concedía inmunidad de guarniciones, de tributos, de hospitalidad obligatoria, y autorización para vivir sujetos a sus propias leyes. Acogidas estas promesas con grandes aplausos, abrieron a Filipo las puertas de su ciudad.

 

CAPÍTULO VII
Ardides de los reyes para mejor asentarse en el gobierno de los pueblos.

La mayoría de los reyes cuando quieren apoderarse del imperio cuidan mucho hacer grande ostentación de la palabra libertad a los oídos de los hombres, y prodigan cariñosos títulos de amigos y aliados a los que comparten y favorecen sus esperanzas; pero dueños del gobierno comienzan a tratar no como amigos sino como vasallos, a quienes confiaron en su fe. Pronto abjuran de todo sentimiento honrado, y con frecuencia no obtienen el esperado fruto de su hipocresía, porque quien aparenta autoridad soberana y con sus ambiciosas esperanzas abarca el mundo entero y llega a la mayor prosperidad en la gestión de los negocios, pronto se vuelve loco, y hasta furioso, al verse obligado a confesar con justicia ante todos sus súbditos, grandes y pequeños, la inconstancia y fragilidad de su fortuna.

 

CAPÍTULO VIII
Aclaraciones del autor.

Relatado cuanto sucedió en el mundo año por año, concluiré contando lo que, conforme a mi plan, debía estar al principio del libro, porque el curso de la narración exige a veces que el preámbulo sea como la peroración.

 

CAPÍTULO IX
Agatocles y la muerte de Dinón

Agatocles dio muerte a Dinón, hijo de Dinón; y de la más injusta de las cosas, quiso, como dice el proverbio, hacer la más justificada, porque al recibir las cartas que le anunciaban el asesinato de Arsinoe, en su mano tenía difundirlo y conservar el reino; pero aliándose en seguida con Filimón, llegó a ser causa de todo el mal que se hizo. No mudando sus disposiciones tras del asesinato, y deplorando lo hecho ante muchas personas como arrepentido de haber desaprovechado la ocasión, denunciáronle a Agatocles, y poco después perdió la vida en justo suplicio.

 

CAPÍTULO X
Sosibio.

Este pretendido tutor de Ptolomeo era, por lo que parece, un hombre astuto, avezado a las intrigas y arterias de las cortes, y perverso. El primero a quien hizo morir fue Lisímaco, hijo de Ptolomeo y Arsinoe, hija ésta de otro Lisímaco; el segundo fue Maya, hijo de Ptolomeo y Berenice, hija de Maya. Por igual procedimiento acabó con Berenice, madre de Ptolomeo Filopator, con el lacedemonio Cleomenes y con Arsinoe, hija de Berenice.

 

CAPÍTULO XI
Agatocles.

Este ministro de Ptolomeo, tras de alejar de la corte a los más ilustres personajes y desvanecer el descontento de las tropas pagándoles los atrasos, tornó a sus antiguas mañas. Los cargos vacantes por alejamiento de quienes los desempeñan, diolos a gentes sin probidad ni honor, ocupadas antes en oficios viles. Día y noche entregado a la embriaguez y al desordenado proceder que este vicio ocasiona, deshonraba sin pudor vírgenes y esposas, cometiendo todos estos crímenes con un aire de autoridad que le hacía insoportable. Todo el Egipto sufría la tiranía de este monstruo, sin recurso ni socorro para librarse de un yugo cada vez más pesado. La insolencia, el orgullo, la molicie del ministro eran limitados, y el pueblo le tenía horror, recordando las desgracias que otros como él produjeron al reino; pero no habiendo quien capitaneara a los que deseaban vengarse de Agatocles y de Agatoclea, preciso fue permanecer quietos y esperar en Ptolomeo, única esperanza que tranquilizaba.

 

CAPÍTULO XII
Rebelión intestina en Alejandría entre los tutores del hijo de Ptolomeo.- Agatocles y Agatoclea, su hermana, presentan el rey a los macedonios en una reunión para irritarlos por medio de Critolao contra Tlepolemo, pero en vano.- Danae, suegra de Tlepolemo, arrastrada por la ciudad y encarcelada.- Moeragenes, dispuesto ya a sufrir el suplicio por orden de Agatocles, libre después inesperadamente, excita contra él los macedonios. Alejandría da a conocer públicamente su resentimiento contra Agatocles.- Oenante provoca cólera de las mujeres contra sí y contra toda la parentela de Agatocles.- Alboroto y gritería confusa del pueblo contra Agatocles, que se había ocultado con el rey en un rincón de palacio.- Precisión en que le ponen los macedonios de entregar el rey.- Persuasión de Sosibio al rey para que haga entrega al pueblo de Agatocles y de todos los que habían ofendido a su madre.- Crueles castigos con que mueren Agatocles y otros muchos.- Rebate Polibio la exageración con que algunos han referido el trágico fin de Agatocles.

Agatocles reunió primero a los macedonios (203 años antes de J. C.) y se presentó ante ellos con el rey y su hermana Agatoclea. Al principio simuló no poderles explicar su pensamiento, a causa de las muchas lágrimas que le caían; pero una vez que a fuerza de haberse enjugado con la túnica hubo contenido aquel torrente, tomando al infante en sus manos, dijo: «Recibid, macedonios, este huérfano que Ptolomeo, su padre, al morir dejó entre los brazos de mi hermana y encomendó a vuestra fidelidad. La ternura de ésta es muy débil escudo para su vida: en vosotros y vuestras diestras se funda al presente toda su ventura. Tiempo ha que los que consideran a fondo las cosas habrán podido conocer que Tlepolemo aspira a más altura que la que conviene a un hombre de su clase; pero ahora ya tiene señalado día y hora para ceñirse la diadema. Sobre esto no me creáis a mí, creed a los que saben la verdad y acaban de hallarse presentes en todo el aparato.» Al mismo tiempo hizo entrar a Critolao, el cual manifestó que había visto los altares dispuestos y las víctimas prevenidas por el pueblo para la solemnidad de la coronación. Los macedonios escucharon este discurso, no sólo sin moverse a compasión, pero aun sin atender a lo que decía. Estuvieron hablando y cuchicheando unos con otros, hasta llegar la mofa a tales términos, que ni Agatocles supo por dónde salir de aquella reunión. Dio este mismo paso con los demás cuerpos del Estado, pero en todos halló la misma acogida. En este intermedio iba acudiendo mucha tropa de las provincias superiores. Unos animaban a sus parientes otros a sus amigos a venir al socorro en tan triste situación y no permitir fuesen ultrajados impunemente por unas gentes tan indignas. Pero lo que más encendió al pueblo a tomar venganza de los que entonces gobernaban, fue el saber que existía peligro en la demora, porque Tlepolemo se apoderaba de los comestibles que iban llegando a Alejandría.
Contribuyó también a irritar la cólera del pueblo y de Tlepolemo una acción que entonces hizo Agatocles. A fin de hacer pública la discordia que existía entre él y Tlepolemo, extrajo del templo de Ceres a Danae, suegra de éste, la llevó arrastrando por la ciudad con la cara descubierta, y la metió en la cárcel. Indignado el populacho con esta acción, ya no se contentaba con murmurar privadamente y en secreto, sino que unos fijaban por la noche pasquines en los puestos públicos, otros se congregaban en corrillos durante el día, y proferían en público el odio que tenían contra los jefes. Agatocles, que veía los procedimientos del vulgo y las débiles esperanzas de salud que le quedaban, unas veces pensaba en ausentarse, pero como, necio e imprudente, no tenía nada dispuesto para este caso, desistía del proyecto; otras convocaba a los conjurados y cómplices de su arrojo, con ánimo de pasar a cuchillo sobre la marcha una parte de sus contrarios, apoderarse de otra y usurpar después la tiranía. Estos pensamientos combatían su espíritu, cuando cierto Moeragenes, uno de sus satélites, fue delatado de que avisaba de todo a Tlepolemo y cooperaba a sus intentos a causa de la amistad que tenía con Adeo, gobernador que era a la sazón de Bubasto. Agatocles al punto ordenó a Nicostrato, su secretario, que prendiese a Moeragenes, y con los más exquisitos tormentos le sacase la verdad de todo. En efecto, rápidamente fue cogido el infeliz, y conducido por Nicostrato a cierta pieza apartada de palacio, donde primero fue preguntado sin rodeos sobre lo que de él se decía; pero viendo que todo lo negaba, fue después desnudado. Ya estaban unos disponiendo las máquinas para atormentare y otros quitándole la ropa con el azote en la mano, cuando en este momento llega corriendo a Nicostrato un criado, le dice al oído no sé qué cosa y se vuelve con la misma apresuración. Nicostrato echa a andar detrás de él sin hablar una palabra, pero dándose golpes sin cesar sobre el muslo.
Ocurrió entonces a Moeragenes una cosa bien particular y rara. Porque, aunque ya estaban unos casi con el azote levantado y otros preparando a su vista las máquinas para el tormento, con la ausencia de Nicostrato todos quedaron pasmados, mirándose unos a otros y esperando a que volviese. Viendo que tardaba, poco a poco se fueron marchando todos, hasta que al fin dejaron solo a Moeragenes, que desnudo como estaba atravesó por dicha el palacio, y se metió en una tienda de macedonios que estaba cerca. Por casualidad los halló reunidos, en disposición de ir a comer. Les cuenta todo lo que le había sucedido y el milagroso modo con que se había salvado. Ellos, en parte desconfían, y en parte no pueden menos de dar crédito viéndole desnudo. Pero Moeragenes, libre ya de este peligro, les suplica con lágrimas en los ojos que miren no tanto por su vida cuanto por la del rey, y en especial por la de ellos mismos; que el peligro era para todos inminente si no se aprovechaban del momento en que estaba en su fuerza el odio de la plebe y toda la gente dispuesta a vengarse de Agatocles; que la ocasión presente era la más oportuna y sólo se necesitaba de una cabeza. Este discurso inflamó el ánimo de los macedonios, y persuadidos al fin por Moeragenes, pasan sin dilación a las tiendas de los demás camaradas, que estaban contiguas, y todas mirando a un lado de la ciudad. Como ya de tiempos atrás se hallaban dispuestos los ánimos de la multitud y sólo faltaba uno que los avivase y metiese en calor, prender y reventar el fuego todo fue uno. Apenas habían transcurrido cuatro horas, cuando ya todas las clases del Estado, militares y políticas, estaban convenidas en la sublevación. En aquel entonces tuvo también el azar su buena parte para la consecución. Recibió Agatocles una carta, y fueron traídos a su presencia ciertos espías. La carta era de Tlepolemo a sus tropas, en las que las comunicaba que en breve se vería en su presencia, y los espías declaraban que ya estaba cerca. Esta noticia le sacó fuera de sí de tal modo, que dejando de tomar remedio y providencia sobre lo que le explicaban, se fue a la hora señalada al convite, donde acostumbraba divertirse con sus amigos.
Por otra parte, Oenante, penetraba de dolor, se fue al Tesmoforio, o templo de Ceres y Proserpina, que casualmente se hallaba abierto con motivo de cierto sacrificio que se hacía todos los años. Aquí, primero puesta de rodillas, imploró y pidió con grandes instancias el amparo de las diosas, y luego, sentada junto al altar, se estaba quieta. Las demás mujeres, que veían con agrado su aflicción y desconsuelo, se estaban callando; pero las parientas de Policrates y algunas otras mujeres ilustres, ignorando del todo el motivo de su dolor, se aproximaron para consolarla. Entonces Oenante, lanzando un gran grito: «No os acerquéis a mí, dijo, bestias feroces; os conozco bien, sé que sois mis enemigas y pedís a las diosas nos envíen los más duros males; pero yo confío en la voluntad de las diosas, que vendréis a comer vuestros propios hijos.» Dicho esto, ordenó a las mujeres que tenía consigo que arrojasen fuera a las demás y diesen de palos alas que no obedeciesen. Con este motivo, las mujeres se fueron todas, alzando las manos al cielo y pidiendo a las diosas recayese sobre Oenante aquella misma desdicha con que ella amenazaba a las demás.
Ya estaba decidido por los hombres cambiar de gobierno; pero ahora, con la nueva cólera de las mujeres que se añadió en cada casa, se duplicó el odio. Apenas llegó la noche, todo fue en la ciudad alboroto, hachones y gentes corriendo de una parte a otra. Unos formaban corrillos en el estadio con grande algazara, otros se animaban mutuamente, y no faltaba quien, por evitar el peligro, buscaba casa o lugar desconocido para ocultarse. Ya todas las plazuelas en torno al palacio, el estadio y la plaza se hallaban llenas de toda clase de gentes, en especial de aquellas que frecuentan los teatros de Baco; cuando Agatocles, que no había hecho más que salir del convite, informado de lo que ocurría, se levanta medio borracho, coge a toda su familia menos a Filón, va al rey, y después de haberse lamentado brevemente de su mala suerte, le toma de la mano y sube a una galería que se halla entre el Meandro y la Palestra, y sirve de paso para la entrada del teatro. Allí, después de haber asegurado bien las dos primeras puertas, se oculta detrás de la tercera con dos o tres guardias, el rey y su familia. Las puertas eran de rejas, entraba la luz por ellas, y estaban cerradas con dos cerrojos. Para entonces se había reunido ya de toda la ciudad tanto pueblo, que no sólo el suelo y pavimentos, sino aun las escaleras y techados se hallaban cubiertos de gente. No se oía más que un bullicio y gritería confusa de mujeres, niños y hombres, todos mezclados. Porque tanto en Cartago como en Alejandría, en semejantes tumultos no alborotan menos los niños que los hombres.
Ya era de día claro y continuaba la misma confusión de voces, pero se dejaba entender sobre todas que pedían al rey. Lo primero que hicieron los macedonios cuando salieron de sus tiendas fue apoderarse de aquel salón de palacio donde daba el rey audiencia; pero informados poco después de la pieza donde estaba, fueron allá, rompieron las primeras puertas de la primera galería, y cuando llegaron a las segundas pidieron el rey a grandes voces. Agatocles, que ya entonces conoció el peligro que le amenazaba, pidió a las guardias fuesen a los macedonios y les dijesen de su parte que estaba dispuesto a renunciar la tutela y toda la demás autoridad, honores y rentas que tenía; que únicamente suplicaba le concediesen la vida con el preciso alimento para sustentarla, y de esta forma, reducido a su primer estado, no podría dar que hacer a nadie aunque quisiese. Ninguno de los guardias quiso tomar parte en esta comisión; sólo se encargó de ella un tal Aristomenes, que después vino a tener el gobierno del reino. Era este tal de nación acarnanio, y hombre que, habiendo llegado cuando viejo a tener el manejo de los negocios, supo comportarse tan sabio y honrado con el rey y el reino, como fino adulador había sido con Agatocles en tiempo de su prosperidad. Él fue el primero que habiendo convidado a comer a Agatocles a su casa, le distinguió entre todos los circunstantes con una corona de oro, honra que sólo se acostumbra conceder a los reyes. Él fue también el que primero se atrevió a llevar su retrato en el anillo y poner por nombre Agatoclea a una hija que le había nacido. Pero baste lo manifestado sobre este particular. Aristomenes, pues, habiendo recibido la orden, salió por un postigo y se aproximó a los macedonios. Apenas les había dicho algunas palabras y declarado la intención de Agatocles, cuando intentaron pasarle a saetazos; pero defendido con las manos de algunos que pedían la muerte de todos, regresó con la comisión o de traerles el rey, o que no pensase salir él de allí tampoco. Despachado Aristomenes con esta contestación, los macedonios se acercaron a la segunda puerta y la desquiciaron. Agatocles, que conoció por los efectos y por la respuesta que se le había dado el furor en que estaban, intentó, ver si sacando las manos por las rejas de la puerta, y Agatoclea descubriendo los pechos con que decía haber alimentado al rey, aplacaba a los macedonios, y haciéndoles todo género de súplicas, lograba la vida por lo menos.
Después de haberse lamentado inútilmente de su suerte por largo tiempo, al fin les remitió el rey con los guardias. Los macedonios le reciben, le ponen al punto sobre un caballo y le conducen al estadio. Lo mismo fue presentarse, que resonar por todas partes la algazara y el aplauso. Detienen el caballo, bajan de él al rey y le llevan a la silla de donde acostumbraban dejarse ver los soberanos. La multitud fluctuaba entre el gozo y el dolor. Se hallaba muy contenta de haber recobrado a su rey, pero sentía en el alma no haber capturado a los culpables y haberles dado el merecido castigo. Por eso clamaba sin cesar que se trajese a los autores de tantos males y se hiciese con ellos un escarmiento. Ya era entrado el día, y el pueblo no había encontrado aún contra quién emplear su furor, cuando a Sosibio, hijo de Sosibio y uno de los guardias, se le previno el expediente más útil para el rey y para el Estado. Viendo que no calmaba la rabia del populacho, y que el rey estaba incomodado por no conocer a los que le rodeaban y por el alboroto de la gente, le preguntó: «¿No sería bueno entregar a la multitud a los que han ofendido a vos y a vuestra madre?» El rey dijo que sí, y Sosibio entonces, ordenando a ciertos satélites que hiciesen pública su voluntad, cogió al joven príncipe y se le llevó a su casa, que estaba contigua, para cuidar de su persona. Declarada la intención del rey, toda la circunferencia resonó con aplausos y clamores. Durante este tiempo, Agatocles y su hermana Agatoclea se habían retirado cada uno a sus casas; pero al punto los soldados, unos de voluntad, otros a instancias de la multitud, se pusieron a buscarlos.
He aquí cómo por una casualidad comenzó la mortandad y el derramamiento de sangre. Entró medio borracho en el estadio uno de los criados y aduladores de Agatocles, llamado Filón, y viendo la rabia de la plebe contra su amo, dijo a los circunstantes: «Si él viniese ahora, os arrepentiríais como antes.» A estas palabras, unos le llenan de oprobios, otros le dan de pechugones; pero intentando ponerse en defensa, se le rasga la capa, se le atraviesa a lanzadas, y palpitando aún, se le lleva arrastrando con ignominia al medio de la plazuela. Lo mismo fue gustar la turba de la mortandad, que ya no se esperaba más que el que los otros fuesen traídos. A poco rato pareció Agatocles cargado de cadenas. Lo mismo fue entrar, se arrojan sobre él y le pasan a puñaladas, obrando en esta parte más como amigos que como enemigos, pues así no sufrió el castigo que merecía. Después se trajo a Nicón, detrás de éste a Agatoclea, desnuda, con sus hermanas, y en su consecuencia a toda la parentela. Finalmente, se sacó del Tesmoforio a Oenante y se la condujo al estadio, puesta desnuda sobre un caballo. Entregados al pueblo todos estos personajes, unos los mordían, otros los daban de puñaladas, otros los sacaban los ojos, y según iban cayendo, se les despedazaba los miembros hasta que quedaron todos descuartizados. Tal es la excesiva crueldad del pueblo egipcio cuando se ve enfurecido. A este mismo tiempo ciertas doncellas que se habían educado con Arsinoe, informadas de que Filammón, que tenía el encargo de matar a la reina, había llegado de Cirena tres días antes, se dirigen a su casa, la entran por fuerza, matan a palos y pedradas al mismo Filammón, degüellan a un hijo muy joven que tenía, arrastran a su mujer, desnuda, hasta la plaza, y le dan muerte. De este modo acabaron Agatocles, su hermana Agatoclea y toda su familia.
No ignoro los portentos y vanos aparatos que traen algunos historiadores sobre este suceso para llenar de asombro a los lectores, haciendo narraciones más extensas que las que merece la naturaleza y calidad del asunto. Unos atribuyen todo el lance a la fortuna para ponernos a la vista lo inconstante e inevitable de ésta; otros pretenden hallar razones probables para sujetar a la razón lo extraordinario del caso. A mí no me ha parecido deber seguir sus huellas, porque ni hallo en Agatocles aquel espíritu guerrero y valor sobresaliente, ni encuentro aquel feliz y envidiable talento de conducir negocios, ni últimamente noto aquella finura y doblez palaciega en que tanto sobresalieron durante su vida Sosibio y otros muchísimos que supieron manejar a su arbitrio reyes de reyes. En Agatocles veo todo lo contrario. Su extraordinaria elevación la debió a la ineptitud para reinar de Tolomeo Filopator. Puesto en esta dignidad, aunque alcanzó después de la muerte de este príncipe tiempos muy convenientes para conservarse en ella, su flojedad e indolencia le granjeó en breve tiempo el odio de todos y le hizo perder el manejo de los negocios junto con la vida.
En este supuesto no merecen tales personajes un lugar tan sobresaliente en la historia, como si se hablase de un Agatocles y de Dionisio, tiranos de Sicilia, o de otros varios que se han hecho célebres por sus hechos. Porque aunque Dionisio provenga de un origen humilde y plebeyo, y Agatocles (como por burla dice Timeo), de oficio alfarero, haya dejado desde niño la rueda, la greda y el humo, para venir a Siracusa; a pesar de estos principios, uno y otro en sus respectivos tiempos se hicieron tiranos do esta ciudad, a la sazón sin igual en esplendor y riquezas. No contentos después con haber llegado a ser reyes de toda la Sicilia, dominaron asimismo una parte de la Italia. Agatocles aún fue más adelante; no sólo intentó la conquista del África, sino que se fue al sepulcro con todos estos honores. He aquí por qué Escipión, aquel que primero sujetó a los cartagineses, preguntado qué hombres en su concepto se habían distinguido más en el manejo de los negocios y en la audacia prudente y juiciosa, respondió que los dos sicilianos, Agatocles y Dionisio. Sobre tales personajes conviene llamar la atención del lector, recordare algún tanto la fortuna y vicisitud de las cosas humanas, y sobre todo proponerle ejemplos que le sirvan de instrucción; pero sobre otros, como del que hemos hablado anteriormente, de ningún modo.
Por esta razón hemos reprobado hablar con exageración de la muerte de Agatocles. No menos nos ha impelido a esto ver que los sucesos horrorosos en tanto merecen nuestra atención, en cuanto nos importa su noticia. Todo lo demás, como es hacer de ellos una descripción más extensa o una pintura más exacta, no tan sólo nos es provechoso, sino que causa cierta molestia en los espectadores. Dos son los fines a que debe dirigir todos sus pasos el que desea instruirse por la vista o por el oído, la utilidad y el deleite, y los mismos que deben intervenir especialmente en la historia; pero ni a uno ni a otro le cuadra bien el pleonasmo o amplicación sobre casos horrorosos. Porque ni se apetece imitar lo que sucede contra la razón, ni se encuentra deleite en ver u oír despacio lo que repugna a la naturaleza y a las nociones comunes. Por el contrario, por una u otra vez se anhela ver u oír un espectáculo estupendo, para desengañarnos de que es posible lo que en nuestra opinión no lo era; pero una vez cerciorados, nadie gusta detenerse en una cosa que horroriza. A todos disgusta repetir muchas veces una misma cosa. Sentemos, pues, que toda narración ha de servir o para utilidad o para deleite, y que los pleonasmos que no se refieren a estos dos objetos, son más propios de la tragedia que de la historia. Sin embargo, es preciso tener condescendencia con aquellos historiadores que no han estudiado la naturaleza, ni saben palabra de lo que ha ocurrido por el mundo. En opinión de éstos, aquello que ellos han presenciado o han aprendido por oídas de otros, es lo más extraordinario y admirable de cuanto ha sucedido. De que proviene la imprudencia de ser más prolijos que lo regular en cosas que ni tienen novedad porque otros antes las han dicho, ni pueden ocasionar utilidad o deleite.

 

CAPÍTULO XIII
Antíoco.

Durante los primeros años de su reinado se juzgaba a este príncipe capaz de idear y llevar a cabo grandes proyectos, mas al avanzar en edad no justificó las esperanzas concebidas.

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