DIÁLOGOS DE CORTESANAS

Luciano

1 GLICERION Y TAIS
 

GLICERION.— El militar aquel, Tais, el de A c a rn an ia que se en ten d ía hace ya tiempo co n H a b ró to n o y que después se en am o ró de mí, ¿te a cuerdas de él? Sí; el que iba vestido de p ú rp u ra y llevaba u n a clámide, me refiero, ¿sabes quién es o te has olvidado del individuo en cuestión?
TAIS. — ¡Qué va! Glicerión; ya lo creo que sé quién es; si hasta estuvo bebiendo con nosotras el año pasado en las fiestas Haloas. ¿Y qué pasa? Al parecer, tienes algo que contar acerca de él.
G l i c e r i ó n . — La muy sinvergüenza de Gorgona que parecía ser amiga mía lo ha seducido y se me lo ha llevado.
TAIS.— ¿O sea que ya no se te acerca y ha hecho de Gorgona su cortesana?
G l i c e r i ó n . — Pues sí, Tais, y el asunto me ha afectado bastante.
TAIS. — Mal asunto, Glicerión, pero no inesperado, pues al fin y al cabo se trata de algo que suele sucedemos a nosotras las cortesanas. Así que no debes disgustarte más de la cuenta ni regañar a Gorgona; que tampoco te lo echó a ti  en cara Habrótono y eso que erais amigas. Ahora bien, lo que más me admira es qué encantos le vio el militar de marras, a no ser que esté tan ciego perdido que ni siquiera ha visto los cuatro pelos que tiene que le dejan buenas entradas en la frente; tiene los labios lívidos, un cuello escuálido en el que se marcan las venas y una nariz enorme. Una cosa positiva tiene: buena estatura, anda erguida y su sonrisa es enormemente seductora.
G l i c e r i ó n . — ¿Crees entonces, Tais, que el acarnanio se ha enamorado de ella por su hermosura? ¿No sabes que Crisarion, su madre, es una hechicera que conoce algunos conjuros tesalios y hace bajar a la luna? Dicen que incluso vuela de noche. Ella es la que sacó de sus cabales al individuo de marras dándole a beber sus pócimas y ahora bien que le sacan partido.
Tais .—También se lo sacarás tú a otros, Glicerion.
Déjala, pues, que se vaya a hacer puñetas.
 

2- MIRTÍON, PANFILO Y DÓRIDE


i Mir t ío n .—¿Vas a casarte, Pánfilo, con la hija de Filón el armador, que andan diciendo incluso que te has casado ya? ¿Se han marchado en un voleo tantos juramentos como hiciste y tantas lágrimas y te has olvidado de Mirtíon justamente ahora que estoy de ocho meses? Esto es lo que he sacado en limpio de tu amor; el bombo este que me has hecho y dentro de poco... ¡a criar un bebé, el mayor coñazo que puede haber para una cortesana! Que yo por lo menos no voy a abandonar a mi niño, sobre todo si sale varón, sino que pienso ponerle de nombre Pánfilo y tenerlo como prenda de mi amor y algún día te echará en cara tu infidelidad a su desgraciada madre. Y... vas a casarte con una moza que de guapa no tiene nada. Pues hace un instante la vi con su madre en las Tesmoforias cuando aún no sabía que por su culpa ya no volvería a ver más a Pánfilo. Así que fíjate bien y mírala bien a la cara y a los ojos, no vayas luego a enfadarte si ves que los tiene demasiado glaucos o bizcos, que se miran el uno al otro. Sobre todo; has visto ya al padre de la novia; conoces bien su cara, así que... no te hace falta ya ver a la hija.
P a n f i l o .— ¿Voy a tener que seguir escuchando tus paparruchas a cuento de muchachas y tus historias de bodas con armadores? ¿Conozco yo acaso a alguna moza chata o guapa? ¿O lo único que sé es que Filón el de Alopece —creo que es a él a quien te refieres— tiene una hija que está justo en edad casadera? Pues el individuo en cuestión ni tan siquiera es amigo de mi padre. Es más, me viene a la memoria que no hace mucho lo citó a juicio por asunto de una deuda. Un talento le debía, creo, a mi padre y no le dio la gana de pagárselo. Así que él lo condujo ante los miembros del tribunal encargado de asuntos marítimos, y a trancas y a barrancas se lo hizo pagar, y no todo; bueno, eso al menos decía mi padre. Si me hubiera parecido oportuno casarme, ¿crees que lo habría hecho con la hija de Filón luego de rechazar a la hija de Demeas que había desempeñado el cargo de estratego el año anterior y que para colmo es prima mía por parte materna? ¿De dónde has oído esas historias? ¿O qué clase de vanos celos te has inventado, Mirtíon, en tu batalla contra las sombras?
M ir t ío n . —¿O sea que no vas a casarte, Pánfilo?
PÁNFILO.— ¿Estás loca, Mirtíon , o con resaca? Y eso que ayer al menos no estábamos b o rra ch o s como cubas.
Mir t ío n . — La Dóride esa es la que me ha puesto triste; que la mandé por lana para mi vientre y a que realizara plegarias en mi nombre a la «Partera» u ; me dijo que se topó con Lesbia...; bueno mejor que le digas tú, Dóride, con toda exactitud lo que has oído... a no ser que sean figuraciones tuyas.
D ó r id e . — ¡Que me parta un rayo, señora, si en algo te he engañado! Luego de llegar al Pritaneo me topé con Lesbia, que sonriente va y me dice: «vuestro amante Pánfilo va a casarse con la hija de Filón». Y por si no me fiaba, me invitó a asomarme al callejón en que vivís a ver guirnaldas, flautistas, jaleo y demás gentes entonando el himeneo.
P a n f il o .— ¿Y qué, Dóride, te asomaste?
D ó r id e . — Claro que sí y lo vi todo, tal cual dijo ella.
P a n f il o . — Comprendo la equivocación, pues no era falso, Dóride, todo lo que te contó Lesbia. Y tú le llevaste a Mirtíon una noticia cierta. Sólo que vuestra conmoción no tenía razón de ser, pues la boda no era en nuestra casa, sino que ahora me ha venido a la cabeza algo que oí de labios de mi madre cuando volvía de vuestra casa; lo que dijo fue: «Pánfilo, Cármides el hijo de Aristéneto el vecino, que es de tu quinta, ya por fin se casa y sienta la cabeza; y tú en cambio, ¿hasta cuándo vas a andar con una cortesana?». Al tiempo que la escuchaba sin hacerle mucho caso, me vi transportado al mejor de los sueños. Después, de madrugada salí de casa, así que no vi nada de lo que luego vio Dóride. Y si no te fías, vuelve allí otra vez, Dóride, y mira con atención no el callejón sino la puerta, a ver cuál de las dos es la que está engalanada con guirnaldas; descubrirás que es la de los vecinos.
Mir t ío n . — M e has salvado, Pánfilo, pues me h ab ría colgado o si h u b ie ra sucedido cosa semejante.
PANFILO. —No hubiera podido suceder; y ojalá que no llegue yo a estar tan loco como para olvidarme de Mirtíon, máxime ahora que está a punto de darme un hijo.
 

3- FILINA Y SU MADRE


M a d r e . — ¿Perdiste el seso, Filina, o qué te pasó anoche en el simposio? Pues a mi casa vino muy de mañana lloroso Dífilo y me contó el trato que recibió de tu parte; que te emborrachaste y levantándote saliste a bailar al medio de la escena aunque él trataba de impedirlo, y que acto seguido te pusiste a besar a Lamprías, su compañero, y que, como se enfadó contigo, lo dejaste plantado, te fuiste a la vera de Lamprías y lo abrazaste, al tiempo que él se congestionaba ante lo que estaba sucediendo. Y es que ni aun bien entrada la noche, creo, te acostaste con él, sino que lo dejaste plantado lloroso y te acostaste sola sobre un sofá que había allí a mano al tiempo que le fastidiabas con tus cantos.
F i l i n a . — Pues lo que hizo él, madre, no te lo contó, pues no te pondrías de parte de un tipo que me ha tratado con una frescura tal que, dándome de lado no paraba de charlar con Tais, la cortesana de Lamprías, que aún no se había presentado. Al ver que yo me estaba enfadando y que desaprobaba con mis gestos lo que estaba haciendo, fue y la cogió de la punta de la oreja, torció el cuello hacia arriba y le dió un beso tan apretado que casi no pudo ni despegar los labios. Entonces yo me eché a llorar al tiempo que él se reía y le decía a Tais muchas cosas al oído, cosas en contra mía, evidentemente. Y Tais dirigía su mirada a mí y sonreía. Mas como se percataron de que estaba entrando Lamprías y como quiera que se hartaron ya de besarse, a pesar de los pesares yo fui y me tumbé a su lado para que no pudiera luego reprocharme ni tan siquiera eso. En cambio Tais, levantándose, salió a bailar la primera dejando los tobillos bien al aire como si fuera la única que los tuviera bonitos. Y cuando dejó de bailar, Lamprías no hacía más que reírse y no decía ni pío, en tanto que Dífilo no paraba de piropear, lo airosamente que había bailado, y de aplaudir lo bien acompasado que iba su pie con la cítara y lo lindo de sus pantorrillas y mil cosas por el estilo, como si estuviera deshaciéndose en elogios de la Sosandra de Cálamis, y no de Tais, a la que tú conoces perfectamente; porque se baña con nosotras y ya sabes qué pintas tiene, ¡Y hay que ver! ¡Vaya con la tal Tais que empezó a burlarse de mí! «Si hay alguna, decía, que no le dé vergüenza de tener las piernas flacas, se levantará y saldrá a bailar también». ¿Qué podría yo replicar, madre? Pues me levanté y bailé. ¿Qué remedio me quedaba? ¿Aguantarme y dar por buena la burla y dejarle a Tais ser la reina del banquete?
M a d r e . — Muy a pecho te lo tomas, hija; no deberías  haberle dado importancia. Pero, cuenta qué pasó después.
FlLINA. — Pues los restantes invitados me aplaudían, en tanto que Dífilo era el único que aguantó tumbado boca arriba mirando al techo hasta que yo, cansada, dejé de bailar.
M a d r e . — Y lo de que besaste a Lamprías, y lo de que te cambiaste de sitio para abrazarlo, ¿es verdad? ¿Por qué callas? Con esta actitud sí que no tienes excusas.
F il in a . — Es que quería yo a mi vez hacerle la puñeta.
M a d r e .—¿Y después ni siquiera te acostaste con él sino que hasta cantabas mientras él lloraba? ¿No te das cuenta, hija, de que somos pobres, ni te acuerdas ya de todo cuanto recibimos de parte suya, o de cómo habríamos pasado el invierno anterior de no ser porque Afrodita nos lo envió?
FlLINA .—¿Y qué? ¿Voy a tener que aguantar por ello sus malos tratos?
M a d r e . — Enfádate, pero no respondas a sus insultos con los tuyos. ¿O es que no sabes que los amantes no dejan de intercambiarse insultos y reproches? Tú has sido siempre muy hosca con este hombre. Así que mira a ver, no sea que, como dice el refrán, se nos vaya a romper la cuerda por tensarla demasiado.


4-MELITA Y BÁQUIDE


M e l i t a . — Si conoces, Báquide, a alguna vieja como esas que dicen abundan en Tesalia, que con sus conjuros hacen a los amantes atractivos, por muy odiosa que resulte, vete y traéme una. Que yo de buen grado estaría dispuesta a cederle mis vestidos y mis joyas simplemente con tal de ver que Carino vuelve a mí de nuevo al tiempo que odia a Símique del mismo modo que me odia ahora a mí.
B ä q u i d e .—¿Qué dices? ¿Es que ya no vivís juntos, sino que Carino resulta que va y se larga con Símique, Melita, luego de dejarte a ti plantada? ¿A ti, por quien aguantó tantas broncas de sus padres por no querer casarse con la ricachona aquella que aportaba —eso decían— cinco talentos de dote? Que yo de esto me he enterado de boca tuya.
M e l i t a . — Pues todo eso se ha ido a la mierda, Báquide, y llevo ya —este es el quinto— cinco días que ni siquiera lo he visto: andan bebiendo en casa de su amiguito Pámenes él y Símique.
B á q u id e . — ¡Qué horror!, Melita. Pero ¿qué es lo que os separó? Pues no parece que sea algo de poca monta.
Me l it a . — Ni siquiera puedo contarte la historia completa. El otro día al subir del Píreo —había bajado, creo, a reclamar una deuda por encargo de su padre— ni tan siquiera me dirigió la mirada al entrar, ni consintió que acudiera corriendo a sus brazos como de costumbre, sino que apartándome bruscamente cuando intentaba abrazarlo me dijo: «Lárgate con Hermótimo el armador o lee lo que está escrito en los muros del Cerámico, donde vuestros nombres están escritos en una estela» . «¿De qué Hermótimo, de quién o de qué clase de estela me estás hablando?», le dije yo. Pero él no contestó ni pío, se dio media vuelta al tiempo que hacía intención de meterse en la cama sin cenar. Con ese panorama ¿cuántas triquiñuelas crees que no discurrí intentando abrazarlo, hacer que se volviera, y hasta darle un beso en la espalda, ya que seguía sin darse la vuelta? Pues bien; él no se ablandó ni un ápice, sino que va y me dice: «Como sigas dándome la lata me largo ya de una vez aunque sea noche cerrada».
BÁQUIDE. —Pero a todo esto... ¿conoces a Hermótimo?
MELITA. — Ojalá me veas, Báquide, en una situación más lamentable que la que estoy pasando ahora si conozco yo a algún armador que se llame Hermótimo. Pero en fin..., el tipo aquel se marchó de madrugada, tras despertarse con el canto de gallo. Me acordaba yo de que había dicho, que mi nombre estaba escrito en un muro del Cerámico. Envié pues a Ácide a que lo comprobara. Ella no encontró más que esta inscripción cerca del Dipilón a mano derecha según se entra: «Melita ama a Hermótimo» y otra vez un poquito más abajo «El armador Hermótimo ama a Melita».
B á q u id e . — ¡Vaya con los jovencitos metomentodo! Ya entiendo. Alguien que quería hacerle la puñeta a Carino, sabiendo que es muy celoso escribió la frase. Y Carino se lo creyó de inmediato. Si lo viera en alguna parte, le diría dos palabras: es un inexperto y un niño aún.
M e l i t a . — Y ¿dónde podrías verlo, si está recluido con Símique? Sus padres aún lo andan buscando en mi casa. Pero, como te iba diciendo, si encontráramos, Báquide, a alguna vieja... su presencia me salvaría.
 BÁQUIDE. — Hay, querida, una hechicera apropiada, de estirpe siria, que aún está de buen ver y maciza, que en una ocasión a Fanias, que estaba enfadado conmigo por una tontería, como Carino, lo reconcilió al cabo de cuatro meses; cuando yo ya lo daba por perdido, él volvió a mí merced a los conjuros de ella.
M e l i t a .—¿Y qué cobró la vieja, si es que aún te acuerdas?
BÁQUIDE. — No son muy altos sus honorarios, Melita; tan sólo una dracma y un pan, pero a ello hay que añadir además de los granos de sal siete óbolos y azufre y una antorcha. Eso cobra la vieja, y además hay que haber mezclado previamente el vino de una crátera y se lo tiene que beber ella sola. Necesitará también algo de ese hombre, sean prendas de vestir, calzado o un mechón de pelo o algo por el estilo.
M e l i t a . — Tengo sus sandalias.
B á q u id e . — Luego de colgarlas de un clavo las fumiga con el azufre al tiempo que esparce la sal sobre el fuego. Pronuncia al mismo tiempo los nombres de los dos, el suyo
y el tuyo. Acto seguido sacando de su regazo una especie de ruleta, la hace girar al tiempo que pronuncia con lengua atropellada palabras bárbaras y espeluznantes. Eso hizo en aquella ocasión. Y al cabo de no mucho tiempo Fanias, pese a los lisonjeos de sus amiguitos y de las súplicas constantes de Fébide con la que vivía, vino a mí, movido más que nada por los hechizos. Y aún me enseñó la siria el conjuro para provocar su odio hacia Fébide; estando al tanto de cuando dejaba una huella, borrarla poniendo mi pie derecho sobre la impronta del izquierdo de ella, y el izquierdo mío sobre la huella del derecho de ella y decir a la vez: "estoy plantada encima de ti y piso tu huella". Y yo actué tal y como ella me ordenó.
M e l i t a . — Deprisa, Báquide, deprisa; llama ya a la siria. Y tú, Acide, vete preparando el pan, el incienso y todo lo demás para el conjuro.

 

5 CLONARION Y LEENA


Clo n a r io n . — No paramos de oír, Leena, cosas realmente
nuevas acerca de ti, a saber, que Megila la lesbia, la
ricachona está enamorada de ti como un hombre, que vivís
juntas y que no sé qué cosas os hacéis la una a la otra.
¿Qué me dices de eso? ¿Te sonrojas? Vamos, dime si es
verdad.
LEENA . — Es verdad, Clonarion, y estoy abochornada pues es algo... antinatural.
Clo n a r io n . — Por Afrodita, ¿de qué se trata? O ¿qué pretende la mujer? ¿Y qué hacéis cuando estáis juntas?
¿Estás viendo? No me quieres, pues no me ocultarías asuntos
de tal índole.
LEENA. — Te quiero más que a cualquier otra , es que la mujer en cuestión es terriblemente varonil.
Clo n a r io n . — No entiendo lo que dices a n o ser que se tra te de u n a «cortesana p a ra mujeres». Cuentan que en Lesbos hay mujeres de esa índole, con pinta de hombres, que no quieren trato con hombres sino que son ellas las que acechan a las mujeres como si de hombres se tratara .
LEENA . — Setrata de algo así.
Clo n a r io n . — Entonces, Leena, explícame estos detalles, cómo se te insinuó la primera vez, cómo te dejaste persuadir y todo lo que vino después.
Leena. — Ella y Demonasa, la corintia, mujer también rica y de las mismas costumbres que Megila, habían organizado un guateque, y me habían contratado para que les tocara la cítara. Una vez que terminé de tocar, como ya era una hora intempestiva y había que acostarse, y ellas estaban aún borrachas, va Megila y me dice: vamos, Leena, es un momento estupendo para acostarse; así que métete en la cama con nosotras, en medio de las dos.
Clo n a r io n . — ¿Y dormías? ¿Qué sucedió después?
LEENA . — Me besaban al principio como los hombres,  no limitándose a adaptar sus labios a los míos, sino entreabriendo la boca, y me abrazaban al tiempo que me apretaban los pechos. Demonasa me daba mordiscos a la vez que me colmaba de besos. Yo no podía hacerme una idea de lo que era aquello. Al cabo de un rato, Megila que estaba ya un poco caliente se quitó la peluca de la cabeza —llevaba una que daba el pego perfectamente acoplada— y se dejó ver a pelo, como los atletas más varoniles, rasurada. Al verla quedé impresionada. Pero ella va y me dice: Leena, ¿has visto ya antes a un jovencito tan guapo? Yo no veo aquí, Megila, a ningún jovencito, le dije. No me tomes por mujer, me dijo, que me llamo Megilo y hace tiempo que casé con Demonasa, ahí presente, que es mi esposa. Ante eso, Clonarion, yo me eché a reír y dije: ¿Así pues, Megilo, nos has estado ocultando que eres un hombre exactamente igual que dicen que Aquiles se ocultaba entre las doncellas y tienes lo que los hombres tienen y actúas con Demonasa como los hombres? No lo tengo, Leena, replicó, ni puñetera la falta que me hace; tengo yo una manera muy especial y mucho más gratificante de hacer el amor; lo vas a ver. ¿No serás un hermafrodito, dije yo, como los muchos que se dice que hay que tienen ambos sexos? pues yo, Clonarion, desconocía todavía el tema. ¡Qué va! respondió, soy un hombre de cabo a rabo. Oí contar, decía yo, a la flautista beocia Ismenodora historias locales, que según dicen en Tebas alguien se convirtió de mujer en hombre, y que se trata de un excelente adivino, Tiresias se llama, creo; ¿acaso te ha ocurrido a ti algo así?. No Leena, dijo; yo fui engendrada igual que todas vosotras las demás mujeres, pero mi forma de pensar, mis deseos y todo lo demás lo tengo de hombre. ¿Y tienes suficiente con los deseos, dije? Si desconfías, Leena, dijo, dame una oportunidad y comprenderás que no necesito para nada a los hombres, pues tengo algo a cambio de la virilidad; ya lo vas a ver. Se la di, Clonarion, pues me suplicaba con insistencia y me regaló un collar de los caros y unos vestidos de los finos. Después yo le iba dando abrazos como a un hombre en tanto que ella no dejaba de actuar y besarme y de jadear y me parecía que su placer era superior al normal.
Cl o n a r io n . — ¿Y qué hacía, Leena, y de qué manera? Dímelo antes que nada, que eso es lo que más deseo saber.
L e e n a . — No preguntes tan minuciosamente, pues se trata de cosas vergonzosas; así que, por Urania, no te lo podría decir.
 


6- CRÓBILE Y CORINA
 

CRÓBILE. — Ya has aprendido, Co rin a , que no es tan i
trem en d o como pensabas el p a s a r a ser de virgen mujer,
luego de e s ta r con u n apuesto muchacho y de gana rte un a
mina, tu prim e r su e ld o, co n la que a h o ra mismo te voy a
com p ra r u n collar.
C o r in a . — Sí, mamita , y que te n g a unas cuentas c a rmesíes
como el de Filénide.
CRÓBILE. —Así será. Pero escucha de mi boca los consejos
acerca de lo que tienes que hacer y de cómo tienes
que comportarte con los hombres. Pues no tenemos nosotras
otro medio de vida, hija. ¿Es que no sabes de qué mala
manera hemos ido viviendo estos dos años desde que
murió tu bendito padre? Cuando él vivía teníamos de todo
en cantidad suficiente. Pues trabajaba como herrero y tenía
una gran fama en el Pireo y puedes aún oír a la gente jurar
que después de Filino ya no habrá otro herrero. Tras su
fallecimiento, entregué las tenazas y el yunque y el martillo
por dos minas, minas de las que comimos siete meses.
Luego fui saliendo adelante a duras penas, bien tejiendo,
bien moviendo la rueca, bien haciendo girar el huso. Y te
iba dando de comer, hija, poniendo en ello mis esperanzas.
C o r in a . — ¿A la mina te refieres?
CRÓBILE.—No, sino que echaba cuentas de que al llegar
ya a esta edad me alimentarías y te las arreglarías con
facilidad y te harías rica y tendrías vestidos de púrpura y
criadas.
CORINA. — ¿Cómo decías, madre, o a qué te refieres?
CRÓBILE. — Me refiero a los jovencitos y al compartir con ellos sus fiestas y su cama por dinero.
CORINA. — ¿Igual que Lira, la hija de Dáfnide?
CRÓBILE. — Sí.
CORINA. — Pero ella es una cortesana.
CRÓBILE.—Eso no es nada espantoso. Serás tú también
rica igual que ella y tendrás muchos amantes. ¿Por
qué te echas a llorar, Corina? ¿No ves qué numerosas son
las cortesanas, y qué solicitadas están, y cuánto dinero ganan?
A Dáfnide al menos yo la he conocido, querida Adrastea,
vestida de harapos antes de llegar a la flor de la juventud.
¡Y ya ves ahora cómo sale, joyas, vestidos floridos y cuatro
criadas!
CORINA. — ¿Y cómo consiguió L ira to d o eso?
CRÓBILE. — Lo primero a base de arreglarse con buen
gusto, de vestirse bien y de estar radiante con todos, sin
soltar carcajadas sin ton ni son como sueles tú hacer, sino
con una sonrisa dulce y seductora; después sabiendo ligar
con habilidad, no dejando frustrado a nadie que se le acerque
o que mande llamarla y no yendo ella a la caza de los
hombres. Y caso de que alguna vez salga a cenar previo cobro de dinero ni se emborracha —lo que resultaría extremadamente ridículo y los hombres desprecian a las mujeres de esa índole— ni se empacha de manjares de
forma grosera, sino que se limita a tocar la comida con la
punta de los dedos y a masticar sin hacer ruido ni hinchar
los dos carrillos a un tiempo; y bebe despacio, no de un
trago, sino a sorbos.
CORINA. — ¿Incluso cuando tiene sed, madre?
C ró b il e . — Entonces mucho más despacio, Corina. Y
no habla más que lo imprescindible ni se mete con ninguno
de los presentes, y no mira más que a quien le ha dado la
paga. Y por todo esto la quieren los hombres. Y cuando
llega el momento de acostarse nunca adopta una actitud
descocada o indiferente sino que concentra toda su atención
en un único punto: cómo seducir al cliente y hacer que
sea su amante. Eso es lo que de ella elogian todos. Y si tú
también fueras capaz de aprender estas formas de comportarse,
seríamos felices nosotras también. Puesto que en lo
que a otros asuntos se refiere... estás bastante más adelantada
que ella. Pero... ya no digo nada más, querida Adrastea...
sólo larga vida.
Co r in a . — Dime, madre, ¿todos lo qué pagan a una  mujer son como Éucrito con quien dormí yo ayer?
CRÓBILE. —No todos; algunos son mejores, otros están ya un poco pasados de rosca y otros no se han visto muy agraciados por la naturaleza.
Co r in a .— ¿Y también h a b r á que acostarse con tipos
así?
Cr ó b il e . — Sobre todo con estos últimos, hija; esos son sin duda los que más pagan. Los hermosos solo aman ser hermosos. Y tú preocúpate siempre de la ganancia si quieres que en breve todas señalándote con el dedo digan: ¿No ves a Corina la hija de Cróbile, cómo nada en la abundancia y cómo ha hecho a su madre la mujer más feliz del mundo? ¿Qué dices? ¿Lo harás? Lo harás, ya lo sé y aventajarás de buen corro a todas las demás. Ahora vete a bañarte por si llega a casa hoy también el jovencito Éucrito, que te lo tenía prometido.
 

 

7- MUSARION Y SU MADRE
 

M a d r e . — Caso que lleguemos a encontrar, Musarion,
un amante de la misma índole que Quéreas, no habrá más
remedio que sacrificarle a Afrodita una cabra blanca, a
Afrodita Urania que está en los Jardines una ternera y
ofrecer una corona a la diosa que otorga las riquezas.
Seremos plenamente dichosas, las más felices de la tierra.
Ya estás viendo ahora qué sacamos en limpio de tu jovencito
que no te ha dado jamás de los jamases ni un óbolo, ni
un vestido, ni unos zapatos, ni un perfume sino pretextos
constantes y promesas y darte largas... Y mucho decir... «si
mi padre,... y yo pasara a ser dueño de sus bienes, todo
sería tuyo». Y tú aún andas diciendo que ha jurado que se
casará legalmente contigo.
M u s a r i o n . — Que sí que lo juró, madre, por las dos
diosas y por la Políada.
M a d r e . — Y por lo que se ve, tú te lo crees. Y por eso
el otro día, como él no podía pagar su parte le diste tu anillo sin que yo lo supiera y él lo vendió... y se lo bebió.
Y otra vez le diste los dos collares jónicos que pesaba cada
uno dos daricos, que te había traído Praxias de Quíos, el
armador, que los mandó hacer de propio en Éfeso. Pero,
claro, Quéreas tenía que pagar su parte a escote en el banquete
con sus compañeros. Y de sedas y vestiditos, ¿qué
podría decir? Desde luego, ¡vaya un regalito y vaya un
mochuelo que nos ha caído encima con el tipo este!
M u sa r io n . — Pero es guapo e imberbe, y afirma que
me quiere y llora y encima es hijo de Dinómaco y de Laques
el areopagita y dice que vamos a casarnos y nos ha dado
grandes esperanzas; basta con que el viejo llegue a cerrar
los ojos.
M a d r e . — Así Musarion, que cuando necesitemos unos
zapatos y nos pida el zapatero la moneda de dos dracmas
le diremos: «no tenemos dinero, pero de nuestras escasas
esperanzas toma alguna»; y lo mismo al panadero; y a
quien nos reclame el alquiler le responderemos: «espera
hasta que se muera Laques el coliteo; ya te pagaré después
de la boda». ¿No te da vergüenza ser la única cortesana que no
tiene ni pendientes, ni collar, ni vestido de Tarento?
M u sa r io n . —¿Y qué, madre? ¿Son aquéllas más felices
o más guapas que yo?
Ma d r e . —No, pero son más listas y conocen su oficio
de cortesanas y no confían ni en palabrerías ni en jovencitos
que tienen los juramentos a flor de labios. Tú en cambio
eres la mujer fiel y amante de su hombre, que no se acerca
a otro que no sea Quéreas. Y el otro día cuando vino el
labrador acarneo, imberbe también por cierto, a ofrecerte
dos minas —precio del vino que había vendido por encargo
de su padre— tú, le burlaste de mala manera y vas y te
acuestas con el «Adonis» de Quéreas.
MUSARION.—¿Y qué? ¿Tenía que haber dejado tirado
a Quéreas y recibir al currante ese que olía a cabrón que
apestaba? «Suavecito mi Quéreas y un cerdito el acarneo»,
como dice el refrán.
MADRE. — Conforme; el otro es un gañán y huele que
apesta. Pero ¿y de Antifonte el hijo de Menécrates que te
prometía una mina, y al que ni siquiera te dignaste recibir,
qué? ¿Es que no era guapo, hombre de ciudad y de la
misma quinta de Quéreas?
M u s a r i o n . — Sí, pero es que Quéreas amenazó con
cortarnos el pescuezo a los dos si alguna vez me pillaba con
él.
Madre.— ¿Y cuántos otros han lanzado amenazas
semejantes? ¿Es que te vas a quedar por eso sin amantes y
vas a mantenerte en tu sitio no como si fueras una cortesana
sino una sacerdotisa de la Tesmófora?. En fin, dejémoslo
estar. Hoy es la fiesta de las Haloas. ¿Qué te ha regalado
para la fiesta?
Mu sa r io n .— N o tiene nad a , mamaíta.
MADRE.— ¿Es él el único que no h a en c o n trad o u n
tru co p a r a camelar a su padre, que no le h a m a n d ad o u n
esclavo p a r a b u rlarle , que no le h a ped id o n a d a a su madre
am en a z á n d o la con alistarse en la m a rin a e irse a la gu e rra
si no co n seg u ía n a d a , y que p o r el c o n tra rio se q u ed a ahí
sen tad o , d án d o n o s largas, sin reg a larn o s n a d a y sin dejarnos coger de quienes dan? ¿Crees tú, Musarion, que vas a
tener siempre dieciocho años? ¿O que Quéreas pensará de
igual manera cuando sea rico él también y su madre le consiga
una boda de postín? ¿Crees que se va a acordar aún
entonces de las lágrimas o de los besos o de los juramentos
cuando esté viendo una dote quizás de cinco talentos?
M u sa r io n . — Se acordará y aquí está la demostración;
aún no se ha casado y se ha negado a hacerlo pese a las
presiones y coacciones que recibe.
M a d r e . — Ojalá me equivoque. Ya te refrescaré la
memoria en su momento.
 

8- AMPÉLIDE Y CRÍSIDE


A m p é l IDE.— ¿Críside, está aún enamorado quien ni se  muestra celoso ni se en fad a ni te h a pegado n u n c a ni te h acortado el pelo ni desgarrado tus vestidos?
CRÍSIDE.—¿Es que son esos los únicos síntomas de un
hombre enamorado?
AMPÉLIDE. — Sí, esos son los propios de un hombre
cálido, dado que todos los demás, besos, lágrimas y ju ramentos
y constantes visitas son síntomas de un amor incipiente
que se está gestando. El fuego auténtico viene de los
celos. Conque si Gorgias te sacude y se consume de celos, sé
optimista y ruega que siempre se comporte así.
CRÍSIDE .—¿Así? ¿Qué dices? ¿Que se pase la vida sacudiéndome?
AMPÉLIDE.—No, no, sino que se preocupe si no es el único a quien tú miras, puesto que si no te ama ¿a cuento de qué iba a enfadarse si tuvieras otro amante?
CRÍSIDE . — Pero es que yo no lo tengo. Absurdas son
sus sospechas de que el ricachón aquél está enamorado de
mí simplemente porque lo mencioné el otro día.
AmpéLIDE. — También resulta agradable que crea que
los ricos andan tras de ti. Pero en fin; así se preocupará
más y pondrá todo su empeño en que los rivales en las lides
amorosas no le vayan por delante.
CRÍSIDE . — Pues el hombre ese no hace más que enfadarse y sacudirme, pero no me regala nada.
A m p é l id e . — Ya te regalará —que se muere de celos— y máxime si tú lo llevas por la calle de la amargura.
C r Í s i d e .—No comprendo por qué quieres, Ampelidita, que me lleve sus zurras.
A m p é l id e . — No es eso, pero es que es así como creo yo que se gestan los grandes amores, a base de convencerse de que no se les hace caso; al contrario, si tienen fe ciega en que no tienen competencia se va marchitando por así decirlo la pasión. Te digo todo esto con mis experiencias de veinte años de cortesana, en tanto que tú no tienes más que dieciocho años o menos, creo. Y si quieres te voy a contar lo que pasó no hace muchos años. Era mi amante Demofanto el prestamista, el que vive detrás de la Galería Pecila. Nunca jamás me había dado más de cinco dracmas y pretendía ser dueño y señor mío. Me amaba, Críside, con un amor superficial, sin gemidos ni llantos ni visitas intempestivas sino que se limitaba a acostarse conmigo de vez en cuando, y eso de tiempo en tiempo. Pues bien; cuando en cierta ocasión le di con la puerta en las narices —pues estaba dentro Cálides el pintor que me había acabado de mandar diez dracmas— su primera reacción fue largarse tras insultarme. Mas como pasaron muchos días y yo no mandaba ir a buscarle, pues Cálides estaba dentro de casa, Demofanto, que se iba entonces poniendo bastante caliente, va y echa toda la carne al asador. Y apostándose al acecho de que abriera yo la puerta lloraba, me golpeaba, amenazaba con matarme, me rasgaba el vestido, hacía todo lo habido y por haber y al final por dos talentos que me dio me tuvo en exclusiva ocho meses completos. Su mujer andaba por ahí diciendo a todos que yo le había hecho enloquecer a base de fármacos; como que... ¡los celos eran
mi fármaco! Así que utiliza tú también, Críside, con Gorgias la misma droga; el jovencito será rico en caso de que llegase a pasarle algo a su padre.
 

9- DÓRCADE Y PANÍQUIDE Y FILÓSTRATO Y POLEMÓN
 

DÓRCADE . — Estamos perdidas, señora, estamos perdidas;
Polemón, según cuentan, ha vuelto de campaña rico.
Lo he visto yo también con manto de ribetes de púrpura
ajustado con broche y acompañado de un gran séquito.
Sus amigos nada más verlo corrían hacia él con deseos de
abrazarlo. Entre tanto yo, al ver a un criado que iba detrás
y que había estado con él en campaña, le iba haciendo las
siguientes preguntas: «dime, Parmenón —dije tras saludarlo
previamente—, ¿qué tal os ha ido? ¿Habéis vuelto con algo
que os compense de los trajines de la guerra?».

PANÍQUIDE. — Así tan por derecho no tenías que haber empezado, sino con palabras de este estilo: «Gracias sean dadas a los dioses porque estáis sanos y salvos, en especial a Zeus Hospitalario y a Atenea Guerrera. Mi señora andaba siempre preguntando qué tal os iba y dónde estabais». Y si hubieras añadido que lloraba y estaba siempre acordándose de Polemón, mejor que mejor.
DÓRCADE.—Ya lo dije al principio todo eso. Pero lo que quisiera yo contarte no es lo que dije yo, sino lo que oí, ya que a Parmenón empecé a decirle: ¿es que no os zumbaban los oídos, Parmenón?, pues la señora estaba constantemente acordándose llorosa de ti; y sobre todo cuando alguien volvía de la guerra y contaba que habían muerto muchos, se mesaba los cabellos, se golpeaba el pecho y se compungía ante la noticia.
PANÍQUIDE. — ¡Bien Dórcade! Así es como había que hablar.
DÓRCADE.—Acto seguido le hice las preguntas que te dije antes y él me contestó: «Formidable, hemos vuelto formidablemente bien».
P a n í q u i d e .— ¿O sea que no dijo antes algo así como que Polemón se acordaba de mí o me echaba de menos o hacía votos por encontrarme viva?
DÓRCADE . — Y otras muchas cosas por el estilo decía. Pero su noticia principal era mucha riqueza, oro, vestidos, séquito, marfil; que el dinero que traen no puede calcularse
sino en medimnos, y son muchos medimnos. El propio
Parmenón llevaba en el meñique una sortija enorme de
forma poligonal con una incrustación en piedra de tres
colores, y roja por encima. Lo dejé cuando intentaba contarme
cómo atravesaron el Halis y cómo mataron a un tal
Tiridates y cómo había destacado Polemón en la batalla
contra los pisidios. Vine corriendo a traerte estas noticias
para que reflexiones a la vista de las circunstancias actuales.
Pues si viene Polemón —que vendrá en cuanto se
sacuda de encima a los conocidos— y a base de preguntas
descubriera a Filóstrato dentro en nuestra casa, ¿qué crees
que haría?
PANÍQUIDE .— Tratemos de hallar, Dórcade, una salida
a la situación actual; pues ni es elegante echar a este hombre
que me acaba de dar un talento y que entre otras cosas
es un comerciante que promete mucho, ni es práctico no
recibir a Polemón que regresa en semejante situación;
además es celoso y ya resultaba insoportable cuando era
pobre, ¿qué no sería capaz de hacer ahora?
DÓRCADE . — Pues ahí se acerca.
PANÍQUIDE . — ¡Me desmayo, Dórcade, qué apuro!, estoy temblando.
DÓRCADE . — Ahí se acerca también Filóstrato.
PANÍQUIDE . —¿Qué va a ser de mí? ¡Tierra, trágame!.
F iló s t r a to . — ¿Por qué no tomamos una copa, Paníquide?
PANÍQUIDE . — ¡Ay, amigo, p o r tu culpa estoy perdida...
Y tú, P olemón, ¡hola! ¡Cuánto tiempo sin verte!
P o l em ó n . — ¿Quién es el tipo este que se acerca a
vuestra casa? ¿Callas? Está bien; márchate, Paníquide. ¡Y
yo que vengo en cinco días desde las Termopilas a toda
prisa para ver a una mujer así! Me está bien empleado lo
sucedido; aunque te estoy agradecido; ya no me volverás a
atrapar.

F iló st r a to .— ¿Y tú, amigo, quién eres?
POLEMÓN. — Ya lo estás oyendo; Polemón de Estiria,
de la tribu Pandiónide. Al principio estaba al frente de mil
soldados, y ahora pongo en pie de guerra cinco mil escudos;
amante de Paníquide, cuando creía que ella aún era
capaz de pensar y sentir como una persona.
F il ó s t r a t o . — Pues ahí lo tienes, capitán de mercenarios;
ahora Paníquide es mía, y ha recibido un talento y va
a recibir otro en cuanto hayamos distribuido las mercancías.
Y ahora, acompáñame, Paníquide, y deja que éste se
vaya a mandar mil hombres en el país de los odrisas.
POLEMÓN. — Es muy libre de acompañarte si quiere.
PANÍQUIDE . — ¡Ay, Dórcade!, ¿qué puedo hacer?
DÓRCADE . — Mejor entrar; no puedes quedarte junto a
Polemón, furioso como está y que aún se va a salir de sus
casillas con los celos.
PANÍQUIDE . — Entremos, si quieres.
POLEMÓN. — Pues o s aviso que hoy será vuestra última
copa, o de poco sirven los cientos de matanzas en que me
he adiestrado. ¡Los tracios, Parmenón! ¡Acudan armados
y bloqueen el callejón formados en falange! Al centro los
hoplitas! ¡A los flancos honderos y arqueros! ¡El resto a
retaguardia!
F iló s t r a to .—Nos hablas, mercenario, como si fuéramos
chiquillos y tratas de asustarnos. ¿Has matado alguna
vez un gallo o... has visto siquiera la guerra? A lo mejor
has hecho guardia en alguna fortaleza de tres al cuarto, con
media compañía a tu cargo... y eso por hacerte un favor.
P o l em ó n . — Dentro de poco lo sabrás, cuando nos
veas avanzar radiantes con las armas al encuentro de la
lanza.
F il ó s t r a t o . — Venid sólo si estáis bien preparados,
que yo y Tibio, aquí presente —es el único que me acompaña—,
os vamos a dispersar con tal lluvia de piedras y
cascotes que no vais a saber dónde meteros.
 

10 QUELIDONION Y DRÓSIDE
 

QUELlDONION.—¿Ya no viene a visitarte el jovencito
Clinias, Dróside? Pues hace ya mucho tiempo que no lo he
visto en vuestra casa.
D r ó s i d e . — Ya no, Quelidonion; su maestro le prohibió
que viniera a verme.
QUELIDONION.—¿Y quién es el maestro ese? ¿No te estarás refiriendo a Diotimo, el profesor de gimnasia?
Porque es amigo mío.
D r ó s i d e . — Qué va; es Aristéneto, el más depravado de los filósofos.
Q u e l i d o n i o n .—Te refieres al tipo ese de ceño fruncido, peludo, con barba poblada que suele pasear en compañía de muchachos por la Galería P e d ia.
D r ó s i d e . — A ese me estoy refiriendo, al charlatán ese, que lo viera muerto de lo peor , arrastrado de la barba por un verdugo.
Q u e l i d o n i o n .—¿Y qué le sucedió para persuadir a Clinias a actuar así?
D r ó s i d e . — No lo sé, Quelidonion. Lo cierto es que nunca se había acostado con nadie que no fuera yo desde que comenzó a frecuentar trato con mujeres —la primera fui yo— y hace ya tres días seguidos que ni se acerca por la
callejuela esta. Como yo estaba molesta —no sé qué me
estaba pasando al tratar con él—, envié a Nébride a echar
un vistazo por donde suele pasar el rato, bien en el Ágora o
en la Galería Pecila. Ella me dijo que lo había visto
paseando en compañía de Aristéneto, y que le había hecho
señas con la cabeza; y que él se ha ruborizado, se ha puesto
a mirar al suelo y ya no ha levantado la vista. Acto seguido
echaron a andar en dirección a la Academia. Ella los
acompañó hasta el Dipilón, pero como él ni siquiera volvió
la cabeza, regresó sin poder traerme ninguna noticia segura.
¿Cómo crees que vivo después de esto, sin poder siquiera
imaginar lo que le ha ocurrido a mi jovencito? ¿Lo habré
disgustado en algo?, decía yo, o ¿se habrá enamorado de
otra y a mí me desprecia?, ¿le habrá puesto pegas su padre?
Pobre de mí, no hacía más que dar vueltas a mil ideas
semejantes. Y al caer la tarde me viene Dromón con esta
cartita de parte suya. Toma y léela, Quelidonion, que tú ya
sabes de cartas.
Q u e l i d o n i o n . — Veamos. Las letras no están muy claras, son más bien garabatos que evidencian las prisas de quien las escribió. Dice: «De cómo te quise pongo a los
dioses por testigos, Dróside».
D r ó s i d e . — Ay, desdichado, ni siquiera ha escrito delante el saludo...
Q u e l i d o n i o n . — ...«Y ahora me aparto de ti no por
desprecio sino por imperiosa necesidad. Mi padre me ha
entregado a Aristéneto para que en su compañía aprenda
la filosofía; y él —que ya sabía todo lo que había entre
nosotros— me ha hecho muchos reproches diciéndome que
no está bien que siendo hijo de Arquíteles y de Erasiclea me
entienda con una cortesana, y que es mejor anteponer la virtud
al placer».
D r ó s i d e . — Mal rayo lo parta al charlatán ese que le enseña esas cosas al muchacho.
Q u e l i d o n i o n . — «Así que forzosamente he de obedecerle; pues me acompaña y me somete a una estricta vigilancia y no tengo posibilidad alguna de mirar a nadie que
no sea él. Y si mi comportamiento fuera sensato y le obedeciera en todo, me promete que seré feliz y que conseguiré la virtud tras haberme ejercitado previamente en las fatigas. Te he escrito esto, con gran dificultad, a escondidas de él. Que te vaya bien y acuérdate de Clinias.»
D r ó s i d e . —¿Qué te parece la carta, Quelidonion?
Q u e l i d o n i o n . — Pues el resto es perorata de escitas, pero el... «acuérdate de Clinias», deja un resquicio a la esperanza.
D r ó s i d e . — A mí también me ha dado esa impresión;
pero yo me muero de amor. Dromón me decía que Aristéneto
era un maricón y que con el pretexto de sus enseñanzas
se acuesta con los jóvenes más guapos y que en particular
a Clinias le escribe poemas y le hacía algunas promesas
en el sentido de hacerlo parecer igual a un dios. Y además
lee con él escritos eróticos que los antiguos filósofos dedicaban
a sus alumnos; en resumen; que no vive más que
para el muchacho; él amenazaba con denunciar estos hechos
al padre de Clinias.
Q u e l i d o n i o n .—Tenías que haberte camelado a Dromón por el estómago.
D r ó s i d e . — Ya lo hice e incluso sin eso está por mí, pues está que arde por Nébride.
Q u e l i d o n i o n . — Ánimo, que todo saldrá bien. Y me parece que voy a escribir una pintada en el muro del Cerámico por donde suele pasar Arquíteles que diga «Aristéneto
está pervirtiendo a Clinias», con lo que ayudaremos a que prospere la acusación de Dromón.
D r ó s i d e .—¿Cómo la podrás escribir sin que te vean?
Q u e l i d o n i o n . — De noche, Dróside, con un carboncillo que cogeré donde sea.
D r ó s i d e , — Bien, Quelidonion; sé tú mi aliada en la lucha contra el bocazas de Aristéneto.

 

11-TRIFENA Y CÁRMIDES


t r i f e n a , — ¿Quién es el listo que va y contrata a una
cortesana, le paga cinco dracmas y se acuesta con ella dándole
la espalda, llorando y suspirando? Pero es que ni has disfrutado
de la bebida, creo, ni quisiste cenar solo; que llorabas
incluso durante la cena, que te veía yo. E incluso ahora
no has dejado de lloriquear como un bebé. ¿A cuenta de
qué, Cármides, actúas de esta manera? No me lo ocultes, a
ver si al menos saco algo en limpio después de haberme
pasado la noche en vela haciéndote compañía.
C á r m id e s . — Me está destruyendo Eros, Trifena, y ya no soy capaz de hacer frente a este tormento.
T r i f e n a . — Que no es a mí a quien amas está claro; pues no me harías de menos cuando me tienes, ni me apartarías de tu lado cuando quiero abrazarte, ni, por último,
levantarías con tu manto un muro entre nosotros temeroso de que pudiera llegar a tocarte. Dime no obstante quién es ella; tal vez pudiera yo contribuir al éxito de tu amor, pues sé cómo hay que bandeárselas en estos menesteres.
C á r m id e s . — La conoces perfectamente, igual que ella a ti; no es precisamente una cortesana que no se haga notar.
T r i f e n a . — Dime su nombre, Cármides.
C á rm id e s . — Filemation, Trifena.
T r i f e n a .—¿A cuál de las dos te refieres?, porque hay dos; la del Pireo, recientemente desvirgada, cuyo amante es
Dámilo, el hijo del actual general en jefe del ejército, o a la otra a la que llaman «Págide»?.
Cá rm id e s . — A ésta, y ¡pobre de mí!, estoy a tra p a d o y
he sido preso de ella.
T r if e n a .—¿Así que llorabas por ella?
Cá rm id e s . — Ya lo creo.
TRIFENA.— ¿Y hace mucho que estás enamorado de
ella o eres un novato en estas lides?
Cá rm id e s . — De novato nada, que hace ya casi siete
meses que la vi por primera vez en las fiestas Dionisíacas.
T r if e n a . — ¿Y la viste to d a ella co n detalle o ta n sólo
su ro s tro y las p a rte s de su cue rpo que son visibles ta l cual
es de esp e ra r de u n a mujer qu e h a cum plido los c u a re n ta y cinco años?
Cá rm id e s . — Sin embargo ella jura que cumplirá veintidós
el próximo mes de Elafebolión.
T r if e n a . — ¿Y de qué te fiarías más, de sus juramentos
o de tus propios ojos? Fíjate en ella con atención; échale un
vistazo a sus sienes, el único punto en que tiene sus propios
cabellos; el resto es una tupida peluca. Y cuando vaya perdiendo
fuerza el potingue con que se tiñe, se encanecerá
casi por completo. Pero... eso no es nada; insiste alguna
vez en verla desnuda.
Cá r m id e s . —Nunca jamás ha consentido en darme esa
ocasión.
T r if e n a . — Evidentemente, pues estaba segura de que sentirías repugnancia ante sus manchas blancas; toda ella, desde el cuello a las rodillas se parece a un leopardo... ¿Y
llorabas tú por no entenderte con una mujer semejante? ¿Y para colmo, no te irritaba e incluso hasta te miraba por encima del hombro?
C á r m id e s . — Sí, Trifena, y eso que no paraba de recibir
cantidades de regalos de parte mía. Y ahora, puesto que
no podía darle así como así las mil dracmas que me pedía,
ya que me da de comer un padre ahorrador, me ha dado
con la puerta en las narices y ha recibido en su casa a
Mosquión. Y como en contrapartida yo quería hacerle la
puñeta, te he cogido a ti.
T r i f e n a . — Por Afrodita, no habría venido si alguien
me hubiera avisado de antemano que me contratarían
con la intención de hacer la puñeta a otra mujer, máxime
tratándose de Filemation, la momia esa. Así que me marcho,
que ya cantó el gallo por tercera vez.
C á r m id e s . — No tan deprisa, Trifena, que si es verdad lo que dices de Filemation, a saber, lo de la peluca, y que se tiñe, y lo de las otras manchas, ni tan siquiera sería capaz de dirigirle la mirada.
T r i f e n a . — Pregúntale a tu madre, a ver si alguna vez ha coincidido en los baños con ella; y en lo que a sus años se refiere, tu abuelo te lo contará si es que aún vive.
C á r m id e s . — Bien; ya que esa mujer es como la describes,
derribemos ya el muro que nos separa, abracémonos,
besémonos y hagamos el amor como está mandado. Y Filemation,
que se vaya a hacer puñetas.
 

12 YOESA, PITÍADE Y LISIAS
 

Y o e s a .—¿Me das de lado, Lisias? Muy bonito, hombre,
cuando yo nunca te pedí dinero ni te di con la puerta
en las narices cuando viniste a mi casa diciéndote: «hay
otro hombre dentro», ni te obligué a timar a tu padre ni a
sisar a tu madre para traerme algún regalo, como hacen las
demás cortesanas, sino que desde un principio te acepté sin
exigirte precio o garantía alguna. Sabes además a cuántos
amantes he dejado de lado; a Teocles que es actualmente
prítano, a Pasión el armador y a tu joven compañero,
Meliso, quien al morir recientemente su padre, ha pasado a
ser dueño de sus bienes. Pero yo te tenía por mi único
Faón y no miraba ni dejaba acercárseme a otro que no
fueras tú. Y yo creía, ingenua de mí, que eran verdaderos
tus juramentos y por ello, atenta sólo a ti, llevaba una vida
tan recatada como Penélope, pese a los gritos y reproches
de mi madre ante mis amigas. Tú, en cambio, en cuanto
supiste que me tenías en tus manos derretida por ti, hay
que ver cómo me hacías rabiar, unas veces bromeando con Licena en presencia mía y otras deshaciéndote en elogios a Magadión, la tañedora de arpa, mientras estabas conmigo en la cama. Por este comportamiento lloro y me siento ofendida. El otro día cuando compartíais bebida Trasón, Dífilo y tú, se encontraban allí también presentes la flautista Cimbalión y Pirálide, a la que odio. En fin, a Cimbalion, ya sabes, no me importó en absoluto que la besaras cinco veces; tú mismo te estabas insultando al besar a una mujer de semejante calaña. Pero a Pirálide, ¡anda que no le hiciste señas! Y después de beber le enseñabas la copa cada vez y al tiempo que se la entregabas al esclavo le ordenabas al oído que no sirviera bebida a nadie a no ser que Pirálide pidiera antes la suya. Y para colmo, dando un mordisco a una manzana, cuando viste que Dífilo estaba entretenido charlando con Trasón, te inclinaste y la arrojaste con buena puntería a su regazo, sin hacer la más mínima intención de que yo me enterara. Ella, tras besarla, se la metió de tapadillo entre los dos pechos bajo el refajo. ¿A santo de qué actúas así? ¿Qué ofensa grande o pequeña te inferí, o qué pesar te he causado? ¿Es que miré a otro hombre? ¿Es que no vivo más que para ti? ¿No es algo grande lo que estás haciendo, al disgustar a una pobre mujer que está loquita por ti? Hay una divinidad, Adraste a, que ve incluso actitudes como las tuyas. Quizá algún día te apenarás cuando oigas decir de mí que yazgo muerta después de ahorcarme con una soga o de tirarme de cabeza a un pozo o de cualquier otra forma de matarme que encuentre, para que el simple hecho de verme no te resulte enojoso. Presumirás entonces como quien ha llevado a cabo una acción importante y destacada... ¿Por qué me miras de reojo y rechinas los dientes? Si tienes algo de qué acusarme, dímelo, y que Pitíade aquí presente sea nuestro juez. ¿Qué pasa? ¿Intentas largarte sin contestarme, dejándome aquí plantada? ¿Estás viendo, Pitíade, cómo me trata Lisias?
PITÍADE. — ¡Qué barbaridad! Ni siquiera le conmueve
tu llanto; es una piedra, y no una persona. Ahora, que a
decir verdad, Yoesa, tú lo echaste a perder con tantos
mimos y tantas demostraciones de amor. No deberías estar
tan pendiente de él, pues los hombres se vuelven engreídos
en cuanto se dan cuenta. Así que deja de llorar, desgraciada,
y si me haces caso, dale con la puerta en las narices
una o dos veces cuando vaya a tu casa; verás cómo se
enardece de nuevo y cómo replica con un auténtico delirio
de amor.
YOESA. — Eso, ni lo digas. ¡Quita! ¿Darle yo a Lisias
con la puerta en las narices? ¡Ojalá no sea él el primero en
dejarme!
PlTíADE. — Pues ahí viene otra vez.
Yoesa. — ¡Buena nos la has hecho, Pitíade! Igual te ha oído cuando decías «dale con la puerta en las narices».
L is ia s . — No he vuelto p o r ella, Pitíade, pues siendo ella como es, ni ta n siquiera le dirigiría la mirada. P e ro he vuelto p o r ti, p a ra que no me condenes en tu juicio y digas «Lisias es inflexible».
Pitíade. — Justo y cabal, eso es lo que yo estaba diciendo, Lisias.
Lisias. —Entonces, ¿pretendías, Pitíade, que aguantara a Yoesa, que ahora bien que llora, pero a la que sorprendí en cierta ocasión acostada con un jovencito cuando ya se había separado de mí?
Pitíade. — Al fin y al cabo, Lisias, es una cortesana. ¿Y
cómo los pillaste durmiendo juntos?
LISIAS. — Hace ya casi cinco días, por Zeus, cinco, en el
segundo día del mes; hoy estamos a siete. Mi padre, sabedor
de que desde hacía tiempo yo andaba enamorado de
esta «buena» mujer, me encerró tras dejarle dicho al portero
que no me abriera. Pero yo, que no soportaba el no
«estar» con ella, le rogué a Dromón que se agachara junto a
la tapia del patio, por el sitio más bajo, y que me dejara
subirme a su espalda, pues así podría escalar con más facilidad.
¿Para qué extenderme? Trepé, llegué y encontré la
puerta del patio cuidadosamente cerrada, pues era bien
entrada la noche. No llamé sino que levantando con suavidad
la puerta —tal y como ya había hecho en otras
ocasiones— y alterando el gozne, me introduje sin hacer ruido. Todos estaban durmiendo. Así, tanteando la pared, llego hasta la cama.

YOESA.—¿Qué vas a decir, por Deméter?, que estoy preocupada.
L is ia s . — Al ver que la respiración no era una sola, lo primero que pensé fue que Lidia estaba durmiendo con ella. Pero no era así, Pitíade, sino que al palpar descubrí a un tipo imberbe, muy suave, con la cabeza rapada, que despedía él también un olor a perfume. Si llego a venir con una espada, no hubiera dudado, estad seguras, a la vista de la situación. ¿De qué os reís, Pitíade? ¿Te parece que lo que estoy contando es cosa de risa?
YOESA. — ¿Y eso es lo que te ha disgustado, Lisias? Era Pitíade, aquí presente, quien estaba durmiendo conmigo.
P it ía d e .—No se lo digas, Yoesa.
YOESA . — ¿Por qué no voy a decírselo? Era Pitíade,
amor mío, que la había yo mandado llamar para que durmiera
conmigo, pues yo estaba triste porque no te tenía.
Lis ia s . — ¿Pitíade era el de la cabeza rapada? Así que
en cinco días le ha salido semejante melena?
YOESA . — Por una enfermedad, Lisias, se cortó el pelo,
pues se le caían los cabellos. Y ahora se ha puesto una
peluca. Enséñasela, Pitíade, demuéstrale que es así; convéncelo.
Ahí tienes el jovencito adúltero del que tenías
celos.
L is ia s . — ¿Cómo no iba a tenerlos, Yoesa, enamorado como estoy, después de haberlo tocado?
YOESA . — Así pues, parece que ya estás convencido.
¿Quieres que me llegue a mí el turno de enfadarme contigo?
Pues estoy muy cabreada con toda la razón por mi parte.
L is ia s . — En modo alguno. Mejor es que bebamos ya y
Pitíade con nosotros, pues es de todo merecimiento que
esté presente en nuestra reconciliación.
YOESA . — Estará. ¡Lo que he sufrido por tu culpa,
Pitias, el más cojonudo de los jóvenes!
P it ía d e . — Sí, y también el que os reconcilió; así que no
te enfades conmigo. Pero, una cosa; mucho ojo, Lisias, no
vayas a decirle a alguien lo de mi pelo.
 

13 LEÓNTICO, QUÉNIDAS, HÍMNIDE
 

LEÓNTICO. — Cuenta, Quénidas, en la batalla contra los gálatas cómo avancé antes que los demás jinetes a lomos de mi blanco corcel, y cómo los gálatas pese a su fuerza se echaron a temblar nada más verme y ni tan siquiera uno de ellos me resistió. Entonces yo arrojé mi lanza y atravesé con ella al mismísimo jefe de caballería y a su caballo. Luego... contra lo que aún quedaba en pie de ellos —pues había algunos que aún aguantaban tras la disolución de la falange y que se habían reagrupado en cuadro—, desenvainando la espada y acometiendo' con todo mi coraje voy y derribo como a unos siete de los que estaban en vanguardia con la embestida de mi caballo. Y a machetazos con la espada le corté en dos la cabeza con casco incluido a uno de los capitanes. Y vosotros, Quénidas, acudisteis al cabo de un rato, cuando estaban dándose a la fuga.
Q u é n id a s . — Y cuando te enfrentaste en combate singular en Paflagonia contra el sátrapa, ¿no realizaste también entonces una gran exhibición?
L e ó n t i c o . — Bien hiciste en recordarme aquella gesta que no fue precisamente poco notable. El sátrapa, en efecto, hombre de gran estatura, pasaba por ser el mejor en el combate con armas pesadas, y despreciando al ejército griego saltó al medio y retó a quien quisiera enfrentarse a él en duelo singular. Los demás se quedaron pasmados, tanto los capitanes como los taxiarcos y hasta el propio caudillo y eso que no era un hombre sin agallas. Efectivamente era nuestro caudillo Aristecmo el etolio, excelente lanzador de jabalina, y yo era aún un comandante de mil hombres. Pese a todo, en un alarde de arrojo, desembarazándome de los compañeros que trataban de retenerme, pues temían por mí al ver al bárbaro refulgente por sus armas chapadas en oro, con su penacho imponente y terrible y blandiendo la lanza...
QUÉNIDAS.— T ambién yo tuve miedo entonces, Leóntico,
y sabes cóm o te su je tab a p id ién d o te que no te ex p u sieras
a peligros, pues mi vida no merecía la p en a ser vivida si tú morías.
LeóNTICO. — Pero yo me atreví y avancé hasta el medio,
no peor equipado que el paflagonio, sino totalmente cubierto
de oro yo también; así que al punto se levantó un griterío
de entre nuestro bando y de entre el de los bárbaros,
pues me reconocieron también ellos al ver mi escudo, las
abolladuras del casco y el penacho. Di, Quénidas, ¿con
quién me compararon todos en aquella ocasión?
Qu é n id a s . —¿Con quién iba a ser, por Zeus, sino con
Aquiles, el hijo de Tetis y Peleo? ¡Qué bien te sentaba el
casco! ¡Cómo destacaba tu vestido de púrpura, y cómo
resplandecía el escudo!
L eó n t ic o . — Después que entablamos combate el bárbaro
va y me hiere primero, ligeramente cuanto tocarme un
poquito por encima de la rodilla, pero yo, atravesando su
escudo con la «sarisa», voy y le traspaso de cabo a rabo el
pecho; luego abalanzándome sobre él le corté fácilmente el
cuello con la espada. Y regresé con sus armas y su cabeza
clavada en mi sarisa, bañado en sangre.
HÍMNIDE. —Quita, Leóntico; asquerosas y terribles son
las historias que cuentas de ti, y ninguna sería capaz de
mirarte a la cara, a ti que tanto disfrutas con el cuajo de la
sangre, y mucho menos de compartir contigo la bebida o la
cama. Yo, al menos, me largo.
LEÓNTICO.—Toma, que te pago doble sueldo.
HÍMNIDE. — No podría soportar dormir con un criminal.
L eó n t ic o .—No temas, Hímnide; aquellas gestas se
llevaron a cabo en Pañagonia; ahora vivo la vida en paz.
H ím n id e . — Eres un tipo maldito, y te goteaba la sangre
desde la cabeza del bárbaro que llevabas colgada de la
sarisa. ¿Cómo voy yo a besar y a acariciar a un tipo así?
Líbrenme las Gracias de hacerlo, pues en nada es ese tipo
mejor que el verdugo público.
L eó n t ic o . — Si me hubieses visto con la armadura
puesta, te habrías enamorado de mí; estoy seguro.
H ím n id e . — Sólo de oírte, Leóntico, me dan náuseas, se
me ponen los pelos de punta y me parece estar viendo las
sombras y los espectros de tus víctimas, en especial la del
pobre capitán aquel con la cabeza partida en dos. ¿Qué
crees que habría sucedido si hubiera llegado a contemplar
yo la hazaña y la sangre y los cadáveres tendidos en el
suelo? Creo que me habría desmayado; ni siquiera he visto
nunca jamás matar a un gallo.
LEÓNTICO. —¿Tan poco valiente y tan pusilánime eres,
Hímnide? Yo creía que te alegrarías al oírme.
H ím n id e . — Pues entretén con esas historias a las mujeres de Lemnos o a las Danaides que pudieras encontrar. Yo me vuelvo volando a casa de mi madre mientras es aún de día. Acompáñame tú también, Grámíde. Y tú, el mejor de los quiliarcas, ánimo y que mates a tantos cuantos desees.
L eó n t ic o . — Quédate, Hímnide, quédate... se ha ido.
Q u én id a s . — Claro, tú asustaste a esta ingenua muchachita, Leóntico, agitando penachos y narrando gestas increíbles; al punto vi que se ponía pálida mientras contabas tú la famosa historia del capitán; se crispaba su rostro y se estremeció tras decir que le cortaste la cabeza.
L eó n t ic o . — Creía yo aparecer más seductor a sus
ojos, pero tú también, Quénidas, has echado a perder mis
planes al proponer el duelo singular.
Qu é n id a s . —¿Cómo no iba a ser cómplice de tus mentiras
viendo la causa de tu fanfarronería? Es que has hecho
el relato demasiado terrible. Pase que cortaras la cabeza al
desventurado paflagonio, pero ¿a cuento de qué la clavaste
colgando de la sarisa de modo que te chorreaba encima la sangre?
L e ó n t ic o . — Ese punto, Quénidas, lo reconozco, es sin
lugar a dudas repulsivo, en tanto que lo demás no estuvo
mal inventado. Así que márchate y convéncela de que se
acueste conmigo.
Qu én id a s . — Le digo, pues, que to d o lo que le contaste e ra m e n tira p o r quere r p a s a r a ojos de ella como un «héroe».
L eó n t ic o . — Estará feo, Quénidas.
Qu é n id a s . — Pues de otro modo, no vendría. Así que
elige, una de dos, o ser odiado pretendiendo ser un héroe o
acostarte con Hímnide confesando que has mentido.
L e ó n t ic o . — Difícil dilema. Prefiero, pese a todo, a Hímnide. Así que vete y dile, Quénidas, que le he mentido, pero no en todo.

 

14 DORIÓN Y MÍRTALE
 

DORIÓN. — Ahora me das con la puerta en las narices, i
Mírtale, ahora que me he quedado pobre por tu culpa;
pero cuando te traía tantas cosas entonces era tu amante,
tu hombre, tu señor, todo. Mas después de quedarme sin
un duro tú has encontrado como amante al comerciante de
Bítinia, y me veo con las puertas cerradas y me quedo plantado
ante ellas llorando, en tanto que él recibe tus caricias,
es el único que está dentro y se pasa de juerga la noche
entera y encima dices que estás embarazada de él.
MÍRTALE . — Sofocos me da oírte, Dorión, sobre todo cuando dices que me hiciste muchos regalos y que te has vuelto pobre por mi culpa. Echa la cuenta de todo lo que
me has regalado desde el principio.
D o r i ó n . — De acuerdo, Mírtale, echemos la cuenta; zapatos de Sición lo primero, que valían dos d ra cm a s; anota , dos dracmas.
MÍRTALE . — Sí, pero te acostaste, conmigo, dos noches.
DORIÓN . — Y a mi regreso de Siria un frasco de perfume de Fenicia, valorado también en dos dracmas, por Poseidón.
MÍRTALE . — Pero yo cuando ibas a embarcarte te regalé
la túnica pequeña aquella que te llegaba hasta los muslos,
para que la tuvieras mientras remabas; Epiuro el timonel se
la olvidó en mi casa una vez cuando se acostó conmigo.
DORIÓN.—El tal Epiuro, el otro día, la reconoció en
Samos y me la quitó después de una buena pelea, oh dioses. Y cuando volvimos navegando desde el Bosforo te traje cebollas de Chipre, cinco arenques y cuatro percas. ¿Qué más? Sí, y ocho panes marineros en un canasto y un jarro
lleno de higos secos de Caria y por último unas sandalias chapadas en oro de Pátaras, desagradecida. Ah, y aún me viene a la memoria un queso enorme de Gitío.
MÍRTALE . — ¡Bah! Quizás todo eso no vale más que
cinco dracmas, Dorión.
DORIÓN . — Mira, Mírtale, es todo cuanto podría yo
sacar, el sueldo de un marinero que se pasa la vida navegando.
Y ahora que tengo ya mando sobre la borda derecha
de la nave, tú vas y me miras por encima del hombro.
Hace poco, con motivo de las fiestas de Afrodita, ¿no puse
por ti un dracma de plata a los pies de Afrodita? Y más de
una vez le di a tu madre dos dracmas para unos zapatos y a
Lide, aquí presente, le puse en la mano bien dos, bien cuatro
óbolos; todo eso bien reunido sería la fortuna de un
marinero.
MÍRTALE .—¿Las cebollas y los arenques, Dorión?
DORIÓN . — Sí, pues no podía llevarte más; no sería remero si fuera rico, que a mi madre no le he llevado jamás de los jamases ni una triste cabeza de ajos. Por cierto, que
me gustaría saber qué regalos recibes del Bitinio.
MÍRTALE .—¿Estás viendo, lo primero, esta pequeña túnica? Me la compró él, igual que este collar de cuentas gruesas.
DORIÓN . — ¿Él? Creía yo saber que hacía tiempo que lo
tenías.
MÍRTALE . — Pues el que tú conocías tenía las cuentas mucho más finas y no tenía esmeraldas. Y además, estos pendientes y una alfombra, y el otro día me dio dos minas y pagó por nosotras el alquiler de la casa; no son sandalias de Pátaras ni queso de Gitio ni bagatelas por el estilo.
DORIÓN. — Pero ¿por qué no me dices qué clase de hombre es el tipo con quien te acuestas? Seguro que pasa, ya de los cincuenta años, que se está quedando calvo y que tiene la piel como un cangrejo. ¿A que no le has visto nunca los dientes? ¡Y el salero que tiene, Dioscuros, sobre todo cuando canta y quiere comportarse con delicadeza; todo un burro que toca la lira, como dice el refrán! ¡Disfruta de él que te lo mereces, y ojalá tengáis un hijo que se parezca al padre! Que yo ya encontraré a una Délfide o a una Cimbalion de las de mi estilo o a vuestra vecina la flautista o a cualquier otra; que alfombras, collares y sueldos de dos minas no todos los tenemos.
M í r t a l e . — Dichosa aquella que te tenga por amante, Dorión, pues buenas cebollas de Chipre y buen queso le llevarás cuando regreses por mar desde Gitio.
 

 

15- CÓCLIDE Y PARTÉNIDE


CÓCLIDE. — ¿Por qué lloras, Parténide? Y ¿de dónde vienes con las flautas rotas?
PARTÉNIDE . — El militar lidio, el alto, el amante de Crócale, me dio una paliza al encontrarme tocando la flauta en casa de Crócale, contratada yo por su rival en las lides amorosas, Gorgo, y me rompió de un chasquido las flautas; y encima volcó la mesa a medio cenar y precipitándose sobre la crátera de vino, la derramó. Después al paleto aquel, a Gorgo, lo sacó del banquete cogido por los pelos mientras lo golpeaban en derredor suyo el soldado en persona —Dinómaco, creo que se llama— y su compañero de armas. Conque no sé si seguirá vivo el pobre hombre,
Cóclide; le sangra abundantemente la nariz, tiene toda la cara hinchada y está lívido.
C ó c l i d e . —¿Le dio un ataque de locura al hombre en cuestión o se trataba de los efectos siguientes a una borrachera?
PARTÉNIDE . — Qué va, cosa de celos, Cóclide, y un amor fuera de lo normal. Crócale, creo, le pidió dos talentos si quería tenerla en exclusiva. Y como Dinómaco no se los daba, no le dejó entrar cuando vino a verla y le dio materialmente con la puerta en las narices, según se contaba. Y a Gorgo, un campesino de Énoe, hombre honrado que estaba enamorado de ella desde hacía mucho tiempo, lo invitó y bebía en compañía de él y me cogió a mí para que les tocara la flauta. Cuando ya la bebida iba muy avanzada y yo estaba tañendo bajito una melodía al modo lidio, el labrador se levantó ya para bailar mientras Crócale aplaudía, y todo resultaba de lo más alegre. En esto se deja oír un ruido y un griterío y una serie de golpes en la puerta del patio y al instante irrumpieron unos ocho jovencitos bien fornidos y entre ellos el... megarense de marras. En un instante quedó todo patas arriba y a Gorgo, como te iba diciendo, lo iban golpeando y pisando mientras estaba tirado en el suelo. Crócale no sé cómo se las arregló para escapar a escondidas a casa de su vecina Tespíade. A mí Dinómaco, después de darme una buena paliza, va y me dice: «mal rayo te parta», al tiempo que me arrojaba las flautasrotas. Y ahora voy corriendo a contarle lo sucedido a mi amo; y el labrador se marcha a ver a algunos amigos suyos de la ciudad para hacer entrega del megarense a los Prítanos.
CÓCLIDE. — Esto es lo que se saca en limpio de estos amoríos con militares, golpes y pleitos. Por lo demás, aunque andan por ahí diciendo que son generales y quiliarcas cuando hay que dar algo dicen: «espera la ordenanza; cuando cobre mi sueldo, haré todo». ¡Que se mueran los fanfarrones esos! Yo al menos obro bien al no acercarme a ellos en absoluto. Ojalá tuviera yo un pescador o un marinero o un labrador de mi categoría que sepa camelar poco y traer mucho, porque los tipos esos que van por ahí agitando los penachos y contando sus batallas, Parténide, son ruidos .
 

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