Horacio

Ars Poetica

 

 

 

La unidad de la obra literaria  Si un pintor quiere unirle a una cabeza humana la cerviz de. un caballo y ponerle

plumas diversas a un amasijo de miembros

de vario acarreo, de modo que remate

en horrible pez negro lo que es por arriba una hermosa mujer,

5 invitados a ver semejante espectáculo, ¿aguantaréis, amigos

míos, la risa?

Límites de la variedad  Creedme, Pisones, que a ese cuadro será muy parecido el libro en el que, al

igual que en los sueños que tiene un enfermo,

se representen imágenes vanas, en

las que pies y cabeza no correspondan a una misma figura.

10 «Los pintores y los poetas siempre han tenido el mismo derecho

de atreverse a cuanto les plazca». Lo sabemos, y esa licencia

pedimos y por nuestra parte la damos; pero no para que

se junten con los animales mansos las bestias feroces, no para

que se emparejen con las aves las sierpes o con los corderos los tigres.

15 Ejemplos de incoherencia  Muchas veces, a preámbulos serios y

que mucho prometen se les cosen uno o

 dos trapos de púrpura para que reluzcan

de lejos, describiendo un bosque y un altar

de Diana, y el serpentear de las aguas que corren por campos

amenos, o la corriente del Rin, o el arco que sigue a la lluvia;

pero ése no era el momento de tales asuntos. También

sabes, tal vez, representar un ciprés; ¿pero eso a qué viene, si

20 quien te paga lo hace para que lo pintes a él nadando desesperado

después de un naufragio? Se empezó a hacer un ánfora:

¿por qué, al correr de la rueda, es un cántaro lo que sale? En

fin, que sea lo que tú quieras, con tal de que sea homogéneo

y tenga unidad.

El arte controla variedad La mayor parte de los poetas, padre y

25 jóvenes dignos del padre, nos engañamos con la apariencia de lo que es correcto:

me esfuerzo en ser conciso y oscuro

me vuelvo; cuando busco hacer una cosa ligera me faltan nervio

y aliento; el que aspira a lo grande se hincha; por tierra se

arrastra el que es precavido en exceso y teme a las tempestades;

el que ansia dar a una obra una variedad prodigiosa, pinta un

30 delfín en los bosques y un jabalí en las olas. El escapar del defecto,

al vicio conduce, si se carece de arte.

Ejemplo del artesano del bronce

Un humilde artesano de junto a la palestra

de Emilio reproducirá en el bronce

las uñas, e imitará los muelles cabellos;

mas no acertará a hacer la obra completa,

porque no sabrá diseñar el conjunto.

35 A mí, cuando de componer alguna obra me ocupe, no me apetecería ser como ése más que

vivir con la nariz torcida, aunque mis negros ojos y mi negro

cabello fueran dignos de verse.

Elección de la Materia adecuada elegida la que conviene, no faltará la exposición adecuada Los que escribís, elegid la materia que

40 a vuestras fuerzas les cuadre, y pensad largo

tiempo en lo que rehúsan y lo que pueden

cargar vuestros hombros. A quien escoja

un asunto para el que tiene energías,

no le han de faltar ni facundia ni un orden

lucido.

La organización y dicción del poema: la lengua poética, el vocabulario, los géneros. O yo me equivoco, o la virtud y el encanto

del orden están en que diga ya ahora

lo que ya ahora deba decirse, y en dejar

muchas otras cosas para más tarde y por el momento omitirlas. Además, mostrándose

fino y prudente al trenzar las palabras,

45 unas cosas ha de buscar y otras desdeñar el autor del prometido

poema.

Te expresarás de manera excelente si una combinación ingeniosa

convierte en nueva alguna palabra sabida. Si es necesario

mostrar las cosas oscuras por medio de símbolos nuevos y

50 crear palabras que no oyeron los fajados Cetegos, habrá y se

dará licencia para usarlas con la debida cautela. Además, las

nuevas palabras y las recién acuñadas tendrán crédito si dimanan

de fuente griega, parcamente vertidas. ¿Y por qué a Cecilio y a Plauto le van a conceder los romanos lo que nieguen a

55 Virgilio y Vario? ¿Por qué yo, si puedo hacer unas pocas ganancias

soy mal mirado, cuando la lengua de Catón y de Ennio

enriqueció el habla patria y dio a conocer nuevos nombres?

Ha sido y será siempre lícito sacar a la luz un nombre que lleve

el cuño del tiempo. Igual que de un año para otro los bosques

60 cambian de hojas y caen las primeras, así perece la generación

de las viejas palabras y, al igual que los jóvenes, florecen y cobran

vigor las que han nacido hace poco. Nosotros y todo lo

nuestro somos deuda a pagar a la muerte. Lo mismo da que

Neptuno, acogido en la tierra, proteja de los aquilones las flotas,

obra digna de un rey; o que un pantano largo

65 tiempo baldío

y hecho para los remos dé de comer a las ciudades vecinas y

sienta lo que pesa un arado; o que haya cambiado su curso, dañino

para las cosechas, el río al que se ha enseñado un camino

mejor: perecerán las obras humanas, y tanto menos han de

70 durar la belleza y la gracia de las palabras. Renacerán numerosos

vocablos que ya decayeron, y decaerán los que ahora se estiman,

si el uso lo quiere; pues en sus manos están el arbitrio, la

ley y la norma del habla.

Con qué ritmos podían cantarse las gestas de reyes y de

75 paladines y las guerras funestas lo dejó claro Homero. En los

versos dispares unidos se incluyó primero el lamento, y luego

también el sentir del que ha visto cumplido su voto; sin embargo,

sobre quién fue el primero en entonar la humilde elegía,

los gramáticos no se ponen de acuerdo y el asunto aún está sometido

a juicio. Armó la rabia a Arquíloco con el yambo, tan

80 suyo; y a este pie le vinieron a la medida el zueco y los altos

coturnos, por ser adecuado para la charla alternada, capaz de

imponerse al griterío del pueblo, y como nacido para representar

una acción. A la lira le encomendó la musa cantar a los

dioses y también a sus hijos; al luchador victorioso, y al caballo

que en la carrera quedara el primero; y las cuitas de los muchachos

85 y la libertad de los vinos. Y a mí, si no sé respetar e ignoro

las diferencias prescritas y los tonos que cada género

tiene, ¿por qué se me saluda como poeta? ¿Por qué, llevado de

una errada vergüenza, prefiero ignorar que aprender?

La dicción en el drama: intro y lengua. Un asunto cómico no admite que lo traten con los versos de la tragedia;

90 y a su, vez, se indigna de que la narren en versos

de andar por casa; y de que casi están a la

altura del zueco, la cena de Tiestes. Ha de mantener cada

asunto su lugar adecuado, el que se le ha atribuido. Sin embargo,

de vez en cuando también la comedia levanta la  voz, y Cremes

perora irritado hinchando la boca; y muchas veces un

personaje de la tragedia se duele en estilo pedestre, cuando

Télefo y Peleo, pobres y desterrados el uno y el otro, se deshacen

de ampulosidades y de las palabras que miden pie y medio,

buscando llegar con su queja al corazón de los espectadores.

No basta con que los poemas sean hermosos: han de tener

100 encanto y llevar el ánimo del lector a donde les plazca. Al

igual que se ríen con quienes se ríen, así lloran con los que lloran

los rostros humanos. Si quieres hacerme llorar, primero has

de dolerte tú mismo; entonces me hará sufrir tu desgracia, ya

105 seas Télefo, ya Peleo; mas si dices mal tu papel, me dormiré o

habré de reírme. A un rostro triste le cuadran palabras amargas;

a uno airado, las que de amenazas rebosan; al que está de

broma, las chanzas; y a un rostro severo, serias palabras. Y es

que primero la naturaleza nos prepara por dentro para todo tipo

110 de suerte: nos llena de gozo o nos empuja a la ira, o bien nos

echa por tierra abrumados de pena y nos llena de angustia; luego

saca a la luz las emociones del alma, y la lengua le hace de

intérprete. Si las palabras del que habla no casan con su fortuna,

los caballeros romanos y también los de a pie se echarán

a reír.

115 Será muy distinto si el que habla es Davo o es un héroe; si

es un viejo maduro o un mozo fogoso, aún en la flor de la edad;

si una imperiosa matrona o un aya solícita; si un mercader ambulante

o el labrador de una verde parcela; si un colco o un asirio;

si un oriundo de Tebas o uno de Argos.

120 Viejos y nuevos temas cómo recrear los asuntos tradicionales  O atente a la tradición, o invéntate algo

coherente al ponerte a escribir. Si por caso

sacas de nuevo a Aquiles, tan celebrado,

que sea incansable, iracundo, inexorable,

agresivo; que diga que para él no se hicieron las leyes, y que

nada sustraiga al poder de las armas. Sea Medea feroz e inflexible,

e Ino llorosa; pérfido Ixión, vagabunda lo y lúgubre Orestes.

125 Si llevas algo no tratado a la escena, y a forjar algún personaje

nuevo te atreves, mantenlo hasta el fin tal cual haya

aparecido al principio y haz que sea coherente. Es difícil decir

de manera propia lo que es patrimonio común, y mejor harás si

conviertes en actos el poema de Ilion, que si das a la luz el

130 primero historias desconocidas que nadie ha contado. La materia

pública será de tu dominio privado si no te quedas dando

vueltas al circuito vulgar que todos recorren; ni pretendes que

cada palabra otra palabra recoja, como un intérprete fiel, ni,

puesto a imitar, te metes en un aprieto del que te impidan sacar

135 el pie la vergüenza o la ley de ese género. Y no empezarás

como antaño el poeta cíclico hacía: «La fortuna de Príamo voy

a cantar y la guerra famosa». ¿Qué va a traer de bueno el que

tanto promete, y abriendo tanto la boca? Se pondrán de parto

los montes y nacerá un ratón, que es cosa de risa.

140 ¡Cuánto mejor hace el que nunca se mete en descabelladas empresas!:

«Dime, Musa, el varón que tras los tiempos de la conquista de

Troya, de muchos hombres fue a ver las costumbres y las ciudades

». No piensa en sacar humo del fulgor, sino del humo la

145 luz, para luego mostrar vistosos prodigios: a Antífates y a Escila

y, con el cíclope, a Caribdis. Y no inicia el regreso de Diomedes

con la muerte de Meleagro, ni la guerra de Troya con los

huevos gemelos. Corre siempre hacia el desenlace, y mete al

lector en mitad de la historia, como si ya la supiera. Las cosas

150  a las que no espera poder dar brillo al tratarlas, las deja; y así

fabula y mezcla verdad y mentira, de modo que del comienzo

no discrepe la parte de en medio, ni de la parte de en medio

el final.

Los personajes del drama Escucha lo que yo, y conmigo el pueblo, echo de menos, si lo que te hace falta

 es un espectador dispuesto a aplaudir, que

155 espere a que se eche el telón, y se quede

sentado hasta que el cantor diga lo de «¡Aplaudid!». Has de observar los comportamientos propios de cada edad, y dar a los

caracteres, que con los años varían, los rasgos que les convienen.

El niño que ya sabe repetir algunas palabras y ya pisa

con pie firme la tierra, está inquieto por irse a jugar con sus pares,

y sin mayor motivo se enfada y se calma y cambia de una

160 hora para otra. El joven imberbe, que al fin se ha quitado de encima

al tutor, disfruta con los caballos, los perros y el césped

del soleado Campo de Marte; es blando como la cera para torcerse

hacia el vicio, díscolo con sus consejeros, tardo para ocuparse

de lo que es útil, pródigo del dinero, idealista, apasionado

165 y presto para abandonar lo que amaba. Mudando de afanes,

la edad y el carácter viril van tras la riqueza y las amistades, se

hacen esclavos de las distinciones, se guardan de hacer cosa

alguna que luego les sea difícil cambiar. Muchos son los inconvenientes

que acosan al viejo, ya porque busca ganancias y, tras

170 encontrarlas, el pobre no las toca y teme servirse de ellas; ya

porque todo lo hace lleno de miedo y sin entusiasmo; a todo da

largas y pospone las esperanzas; carece de iniciativa y se angustia

por el futuro; intratable y gruñón, es dado a alabar el

tiempo pasado, cuando él era niño, y a corregir y censurar a

los jóvenes. Muchas cosas buenas traen consigo los años que

175 vienen, y muchas se llevan cuando se marchan. No ha de encomendarse

a un joven un papel de viejo, ni a un muchacho el de

hombre maduro; siempre habrá que atenerse a los caracteres

propios de cada edad.

180 Representación y narración: exigencias del buen gusto. La acción se representa en la escena  o , bien se cuenta una vez sucedida . Lo que

 se deja caer al oído conmueve los ánimos

más lentamente que lo que se presenta ante

los fieles ojos y que el espectador se cuenta

a sí mismo. Sin embargo, no has de sacar a la escena las cosas

que pide el decoro que ocurran entre bastidores, y hurtarás

a los ojos no pocas que luego habrá de contar la elocuencia de

185  uno que haya estado presente; que no degüelle Medea a sus hijos

delante del pueblo; que ante el público no cocine entrañas

humanas el sacrílego Atreo, ni se convierta en pájaro Procne ni

Cadmo en serpiente. Cualquier cosa así que me muestres, incrédulo yo la rechazo.

190 Los «cinco actos» el deus ex machina la «regla de los tres actores» Que no sea menor ni se alargue pasando del quinto acto la obra que quiera ser

 reclamada y repuesta en la escena. Que no

intervenga un dios, a no ser que haya un

nudo que exija que el lo desate; y que el

cuarto personaje no se empeñe en hablar.

Función del coro El coro ha de desempeñar el papel de

un actor y cumplir su deber como un hombre; y entre los actos no ha de cantar

cosa alguna que no venga a cuento y que

195 no se ajuste bien a la trama. Debe animar a los buenos y darles

amigables consejos, y corregir a quienes se dejan llevar de la

ira, y procurar calmar a los arrogantes. Ha de alabar los convites

de una mesa frugal, la saludable justicia y las leyes, y la

paz que deja las puertas abiertas. Ha de guardar los secretos

200 que le son confiados, y rogar y pedir a los dioses que la Fortuna

vuelva con los desdichados y a los soberbios los deje.

La música en la escena La flauta —no, como la de ahora,

 que se ciñe de latón y compite con la trompeta, sino flaca, sencilla y sin tanto agujero!— se bastaba para dar el tono y

205 acompañar a los coros, y para llegar con su soplo a todas las filas,

aún no demasiado apretadas; en las cuales se reunía un pueblo

que aún podía contarse, por lo pequeño que era, además de

honrado, decente y respetuoso. Después de que, vencedor, empezó

a dilatar sus campos, y unas murallas más amplias a

210 abrazar a la urbe, y se permitió dar gusto al genio en las fiestas bebiendo

de día, se otorgó mayor libertad a los ritmos y a las

melodías. En efecto, ¿qué iba a apreciar una mezcolanza de incultos

patanes en día de asueto y de público urbano, de gentuza

y de gente de clase? Así, a su antiguo arte añadió el flautista

215 movimiento y exuberancia, y andaba de aquí para allá por la escena

llevando a rastras el manto. Así también le crecieron las

voces a las cuerdas austeras138, y una desbocada facundia trajo

consigo un insólito modo de hablar, cuyos conceptos, ya trataran

de averiguar lo que es útil, ya de adivinar el futuro, no diferían

de los oráculos delfios.

220 El drama satírico El que compitió por un vil carbón con

una tragedia también sacó luego desnudos

a los rústicos sátiros; y con cierta

rudeza, sin mengua de la gravedad, probó con la chanza, por

aquello de que al espectador había que entretenerlo con diversiones

y gratas sorpresas cuando, habiendo cumplido los ritos

sagrados, estaba bebido y sin ley. Sin embargo, a los risueños y

225 deslenguados sátiros bueno será presentarlos, pasando de lo serio

a lo chusco, de modo que ningún dios, ningún héroe que

aparezca en la escena, y al que poco antes se ha visto ataviado

de regio oro y de púrpura, se vaya a las oscuras tabernas por

usar el más bajo lenguaje; o que, por no andar por los suelos,

230 se agarre a las nubes y al espacio vacío. La tragedia, a la cual no

le cuadra andar soltando versos ligeros, como una matrona obligada

a bailar en un día de fiesta, sólo con mengua de su recato

se mezclará con los sátiros desvergonzados. Yo no buscaría, Pisones,

sólo nombres y verbos sin artificio y con su valor literal,

puesto a escribir un drama satírico; ni me esforzaría en

235 apartarme del estilo de la tragedia, hasta el punto de que no se

distinga si hablan Davo y la osada Pitíade, que ha desplumado

a Simón al sacarle un talento, o bien Sileno, guardián y servidor

de su divino pupilo. Partiendo de lo conocido, iré tras un

240 nuevo poema, tal que si alguno pretende lo mismo, sude no poco y

en vano se esfuerce en su intento; tanto vale el saber combinar

y unir las palabras, tanto brillo se puede darle a lo que se ha tomado de lo que es común patrimonio. Si soy yo quien ha de

245 juzgar, que los faunos sacados de las espesuras no osen jamás,

como si fueran gente nacida en los barrios o casi asiduos del

Foro, pasarse de finos con versos muy tiernos, o escandalizar con

palabras inmundas e ignominiosas. Pues se ofende a quienes

tienen caballo, un padre y un capital, y aunque en cierto medida

lo apruebe el que compra garbanzos y nueces tostadas,

250 no le agrada ni le otorga el premio de la corona.

El metro escénico: Grecia y Roma  Una sílaba larga después de una breve

yambo se llama; un pie veloz, lo que

hizo que a los versos yámbicos se les añadiera

el nombre de trímetros, aunque cada

uno diera seis golpes, iguales desde el primero al final. Aún

255 no hace mucho, con el fin de llegar al oído un poco más lento y

más grave, ese pie dio entrada a los sólidos espondeos en sus leyes

paternas, mostrándose bien dispuesto y paciente, mas no

tanto como para cederles, como buen compañero, el segundo o

el cuarto lugar. Aparece poco este pie en los trímetros tan famosos de Accio; y a los versos que Ennio mandó cargados

260 con enorme peso a la escena los abruma con la acusación deshonrosa

ya de obra apresurada en exceso y carente de esmero, ya de ignorancia del arte.

No ve cualquier juez qué poemas están mal medidos, y a

los poetas romanos se ha dado una venia que no se merecen.

¿Por eso he de andar yo sin rumbo y escribir como me 

265 apetezca? ¿O he de pensar que todos verán mis defectos y ponerme a

seguro, amparándome en la esperanza de que me disculpen?

A la postre he evitado el reproche, pero no he merecido el elogio.

Vosotros dad vueltas a los modelos griegos, teniéndolos en

las manos de día y de noche. Verdad es que vuestros mayores

270 alabaron los ritmos y sales de Plauto, admirando lo uno y lo

otro con mucha paciencia, por no decir estulticia; al menos si

vosotros y yo sabemos diferenciar un dicho ingenioso de uno

sin gracia, y captamos con el oído y los dedos el son que se

ajusta a la ley.

275 La tragedia y comedia griegas El género de la camena trágica, hasta entonces desconocido, se dice que fue

 Tespis el que lo inventó, y que en su carreta

llevó sus poemas para que los cantaran

actores con la cara embadurnada de orujo. Tras éste, el inventor de la máscara y del manto de ceremonia, Esquilo, puso una

280 tarima en la escena apoyada en vigas modestas y enseñó a hablar

con grandeza y a subirse al coturno. Tras éstos vino la Comedia

Antigua, y no sin muchos elogios; mas la libertad paró

en vicio y en violencia que demandaban el control de la ley. La

ley fue adoptada y el coro calló avergonzado, privado de la potestad

de hacer daño.

285 El teatro romano No ha habido cosa que no intentaran

nuestros poetas, y no fue despreciable la

gloria que se ganaron los que se atrevieron

a abandonar las huellas de los griegos y a celebrar las hazañas

patrias, o los que a la escena dieron tragedias pretextas o comedias

togatas. Y no sería más poderoso el Lacio por su valor y

290 sus armas gloriosas que por su lengua, si no molestara a todos

y cada uno de los poetas la morosa labor de la lima. Vosotros,

sangre de Numa Pompilio, censurad el poema al que muchos

días y muchas enmiendas no han hecho encoger, y no han

corregido diez veces hasta pasar la prueba de la uña bien recortada.

295 El Poeta Como Demócrito estima que la

inspiración supone mayor fortuna que el arte

—a su parecer, poca cosa—·, y excluye del

Helicón a los poetas sensatos, buena parte de ellos no se cuida

de cortarse ni uñas ni barba, busca apartados lugares, evita

los baños. En efecto, alcanzarán el honor de que se les llame

poetas si nunca confían a Lícino, el peluquero, esas cabezas

300 suyas, que ni tres Antíciras lograrían, curar. ¡Ay, torpe de

mí, que me purgo la bilis al acercarse el tiempo de la primavera!

Y no habría otro que hiciera mejores poemas; sin embargo,

no vale la pena. Así, pues, haré el papel de la muela, que

305 es capaz de dar filo al hierro aunque ella no pueda cortar; sin

escribir cosa alguna, enseñaré el oficio y el arte: de dónde se sacan

recursos, qué es lo que nutre y forma al poeta; lo que es

apropiado y lo que no lo es; adonde lleva el acierto y adonde el

error.

310 Recursos del poeta La sensatez es principio y fuente del

bien escribir. Los escritos de los socráticos

te podrán brindar la materia, y una

vez que la materia esté disponible, de buen grado la seguirán las

palabras. El que sabe qué debe a la patria y qué a los amigos;

con qué amor hay que amar a los padres, con cuál al hermano y

315 al huésped; cuál es el deber del senador, cuál el del juez, cuál el

papel del jefe enviado a la guerra, ése sin duda sabrá dar a sus

personajes los rasgos que a cada uno le cuadran. Que mire al

modelo de la vida y de las costumbres: eso le aconsejaré al imitador

avisado; y que saque de ahí palabras llenas de vida. A veces una obra brillante por sus máximas y con

320 personajes logrados,

pero sin gracia ninguna, sin peso ni arte, agrada más al

público, y más le interesa, que los versos carentes de contenido

y las naderías canoras.

A los griegos les dio la musa el ingenio, a los griegos el hablar

con una boca redonda; nada han codiciado salvo la gloria.

Los niños romanos, haciendo largas cuentas, aprenden a

325 dividir en cien partes un as. «Que lo diga el hijo de Albino: si de

cinco onzas se quita una onza, ¿qué queda? Ya podías haberlo

dicho.»— «Un tercio de as.»— «Bien, tu sabrás conservar tu dinero.

Y si se le suma una onza, ¿cuánto hace?»— «Medio

as». ¿Y una vez que esa roñosería y afán de peculio han

330 impregnado las almas, cabe esperar que se puedan crear poemas

dignos de ungirse con aceite de cedro y de guardarse en estuches

de pulido ciprés?

Objetivos del poeta Los poetas pretenden o ser de provecho

o brindar diversión; o bien hablar de cosas a un tiempo gratas y buenas para la vida.

Siempre que des un precepto, sé breve, a fin de que, dichas en

335 poco tiempo las cosas, las acojan las mentes con docilidad y fielmente

las guarden; pues todo lo superfluo desborda de un ánimo

ya saturado. Lo que se inventa para deleitar debe ser verosímil:

no pretenda la fábula que se crea cuanto ella quiera, y no le saque

a una lamia recién comida un niño vivo del vientre. Las centurias

340 de los mayores rechazan las obras que no son de provecho,

los Ramnes altivos dan de lado a los poemas austeros; pero se ha

llevado todo el voto el que mezcló a lo agradable lo útil,

345 deleitando al lector e instruyéndolo a un tiempo. Éste es el libro que

les procura dinero a los Sosios, éste atraviesa el mar, y al escritor

conocido le alarga la vida.

Los errores del poeta y sus límites Hay, sin embargo, defectos que estamos dispuestos a pasar por alto; pues no

siempre la cuerda da el sonido que quieren

350 la mano y la mente (muchas veces a quien

se lo pide grave le da un agudo), ni el arco acertará con cualquier

blanco al que apunte. La verdad, cuando en un poema son más

las cosas que brillan, no me molestarán unas pocas manchas que

o dejó caer un descuido, o no previno bastante la humana

355 naturaleza. ¿Entonces, qué? Al igual que el copista de libros, si se

equivoca sin cesar en lo mismo aunque se le haya avisado, no

merece perdón, y es objeto de risa el citarista que siempre yerra

en la misma cuerda, así, para mí, el que mucho falla se hace

como el Quérilo aquel, al que cuando lo hace bien dos o tres

360 veces, lo admiro con una sonrisa; y también me indigno siempre

que el buen Homero dormita; pero en una obra larga es justo

que el sueño se abra camino.

Ut pictura poesis Cual la pintura, tal es la poesía: habrá una que si estas mas cerca, mas te cautivará, y otra lo hará si te pones más lejos; ésta gusta de la oscuridad,

y quiere que la vean con luz esta otra, que no teme a la

fina agudeza del juez; una ha gustado una vez, otra lo hará

365 aunque se la haya visto diez veces.

El poeta no puede ser mediocre  Tú, el mayor de los jóvenes, aunque

 la voz de tu padre te enseña el recto camino

 y eres sensato, guárdate en la memoria

estas palabras: que sólo en ciertas cosas

se puede admitir lo mediano y lo tolerable. El jurisconsulto o

370 el abogado mediocre dista de la valía del elocuente Mésala y

no sabe tanto como Aulo Cascelio; sin embargo, vale lo suyo.

A los poetas, ni hombres, ni dioses ni carteleras les permiten

que sean mediocres. Al igual que en un convite agradable resultan

chocantes una música desafinada, un perfume pringoso o

375 la amapola con miel de Cerdeña180, porque sin tales cosas podía

salir bien la cena, así también, si el poema nacido e inventado

para alegrar el espíritu no alcanza la cumbre, aunque sea por

poco, abajo del todo se viene.

Quien no sabe jugar se abstiene de las armas del Campo,

y el que no es hábil con la pelota, el disco o el aro, quieto se

380 queda, no sea que el numeroso corro se eche a reír sin recato; en

cambio, el que no sabe de versos se atreve a escribirlos. ¿Por

qué no?: es hombre libre y de buena familia y, sobre todo, figura

en el censo con el capital propio de un caballero y es persona

385 sin tacha. Tú nada dirás ni harás en contra de la voluntad

de Minerva; tal ha de ser tu criterio y tu idea. Sin embargo, si

algo escribes en alguna ocasión, haz que llegue a oídos del crítico

Meció y a los de tu padre y también a los nuestros; y hazlo

esperar nueve años guardándote el pergamino en tu casa.

390 Podrás borrar lo que no hayas dado a la luz; la palabra que se

deja escapar no sabe el camino de vuelta.

Excelencias de la vocación poética  Orfeo, sacerdote y portavoz de los

dioses, a los hombres salvajes les hizo

dejar sus matanzas y su repugnante sustento,

y por esto se dice de él que amansaba

a los tigres y a los rabiosos leones; también se dice que

395 Anfión, fundador de la urbe tebana, movía las piedras al son

de su lira y las llevaba a donde quería con sus dulces ruegos. En esto estaba antaño la sabiduría: en separar lo público

de lo privado, lo sagrado de lo profano; en prohibir la promiscuidad

en el trato carnal, sometiendo el matrimonio al derecho;

en levantar ciudades y en grabar en madera las leyes. Así les

400 vino la honra y la fama a los vates divinos y a sus poemas. Tras

éstos, el insigne Homero y Tirteo aguzaron las almas viriles

para las guerras de Marte. En verso se daban las respuestas de

los adivinos, y se enseñaba a andar por la vida También con

405 los ritmos pierios se procuró la amistad de los reyes, y se inventó

el espectáculo que fue descanso de tantas tareas. No te

avergüences, pues, de la musa experta en la lira ni de Apolo el cantor.

Talento y trabajo Se ha discutido si el poema debe su mérito a la naturaleza o al arte. Por mi

parte, no alcanzo a ver de qué sirve el esfuerzo

sin una vena copiosa, ni el talento sin cierto cultivo; de

410 tal manera una cosa requiere la ayuda de la otra, y con ella se

conjura de modo amistoso. El que en la carrera se afana por alcanzar

la meta deseada, mucho ha aguantado y ha hecho desde

que era niño: ha sudado y ha pasado frío, se ha abstenido del

415 sexo y del vino. El flautista que entona los píticos himnos ha

aprendido primero y ha respetado al maestro. Hoy en día basta

decir: «Yo creo admirables poemas; sarnoso el que vaya a la

cola; para mí es una deshonra quedar rezagado y confesar sin más que ignoro lo que no he aprendido».

Igual que el charlatán que reúne a la

420 El papel de la gente para que compre su género, a los

critica sincera aduladores los anima a que vayan tras la

ganancia el poeta que es rico en tierras y

rico por sus dineros puestos a rédito. Y si además puede servir

un buen plato, salir fiador de un pobre que no tiene nada, y librar

al que está enredado en los aprietos de un pleito, me

425 asombraré si en medio de tanta ventura es capaz de distinguir al amigo

sincero del falso. Tú, si a alguno le has hecho o quieres

hacerle un regalo, no se te ocurra llevarlo, encantado como estará,

a que escuche tus versos. Pues exclamará: «¡Precioso, muy

bien, así se hace!»; y pálido se quedará, y además dejará que le

430 caigan las lágrimas de sus ojos amigos, saltará y con el pie dará

golpes en tierra. Al igual que los que lloran a sueldo en los funerales

casi dicen y hacen más cosas que quienes se duelen de

verasi, así se emociona más el impostor que el admirador

435 verdadero. Se dice que los reyes agobian con múltiples copas y

con el vino torturan a aquel de quien quieren saber si es digno

de su amistad. Si compones poemas, nunca te engañarán los

sentimientos ocultos bajo la piel de una zorra.

Quintilio, si algo le recitabas, decía: «Por favor, corrige

esto, y esto también». Si decías que no podías hacerlo mejor después

de intentarlo en vano dos y tres veces, te mandaba borrar

440 y volver a poner en el yunque los versos mal torneados. Si preferías

defender que cambiar lo mal hecho, ni una palabra más

decía, ni hacía un esfuerzo baldío por evitar que sólo tú, y sin rival,

te amaras a ti y a lo tuyo. El hombre honrado y sabio

445 criticara los versos sin arte, los duros los condenará, y a los poco esmerados

les pondrá con el cálamo de través una negra señal;

los adornos pretenciosos los podará, y obligará a iluminar los

puntos oscuros; censurará las ambigüedades y anotará lo que

deba cambiarse. Hará de Aristarco, y no dirá:

450 «¿Por qué voy

yo a molestar a un amigo con cosas de poca importancia?».

Esas cosas sin importancia lo pondrán en aprietos muy serios,

cuando se rían de él y lo acojan de mala manera.

Sensatez y locura poéticas Igual que al que sufre la sarna maligna

 0 a enfermedad de los reyes, o bien un

 demencial desvarío y a una Diana iracunda,

455 al poeta loco teme tocarlo y le huye la gente sensata; lo

abuchean los niños y los incautos lo siguen. Éste, si mientras va

de un lado para otro eructando a lo alto sus versos, igual que un

pajarero atento a los mirlos, se cae en un pozo o una fosa,

460 aunque por largo tiempo grite: «¡Eh, ciudadanos, socorro!», no

habrá quien procure sacarlo. Y si alguien se cuida de prestarle

ayuda y de echarle una cuerda, yo le diré: «¿Cómo sabes si no

se ha tirado ahí a propósito y si quiere ser rescatado?»; y le contaré

465  cómo halló la muerte el sículo vate: llevado de su ansia de

ser tenido por dios inmortal, Empédocles, el friolero, se lanzó

a las llamas del Etna. Han de tener derecho y licencia para

morir los poetas; el que salva a uno a la fuerza hace lo mismo

que quien lo matare. Además, no es la primera vez que lo hace,

y aunque se vuelva atrás no por ello se convertirá en un hombre

470 normal, ni abandonará su afán de una muerte famosa. Y tampoco

está claro por qué escribe versos: si es porque se ha meado

en las cenizas paternas, o porque ha profanado, sacrílego, el siniestro

lugar donde un rayo ha caído. Desde luego está loco,

y tal como un oso que logra romper los barrotes que le impiden

salir de la jaula, puesto a recitar sin piedad hace huir al indocto

475 al docto; y al que logra pillar, lo retiene y a fuerza de leerle lo

mata, sanguijuela que no suelta la piel si no está harta de sangre.

 

 

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