Flavio Josefo

ANTIGÜEDADES DE LOS JUDIOS

Tomo I

LIBRO I

Prefacio 1.

No todos los que emprenden la tarea de escribir la historia lo hacen por la misma razón, sino por diversos motivos que difieren en los distintos autores. Algunos se dedican a esta rama de la ciencia para exhibir su habilidad en el arte de las letras y para lograr reputación de elocuentes. Otros se proponen favorecer a los personajes que intervienen en la historia, y para hacerlo no ahorran esfuerzos; antes bien, exceden en la tarea su propia capacidad. Otros, en fin, escriben la historia por imperio de las circunstancias, porque ellos mismos están involucrados en los sucesos y no pueden abstenerse de relatarlos a la posteridad. Y no son pocos los que se ven incitados a sacar los hechos a la luz del día, exponiéndolos al interés público, debido a la gran importancia de los acontecimientos. De las diversas razones que mueven a los historiadores a escribir sus libros, debo declarar que las mías son las dos mencionadas en último término. Como yo estuve mezclado personalmente en la guerra que sostuvieron los judíos con los romanos, y conocí sus alternativas y supe en qué terminó, me he sentido obligado a relatar su historia cuando vi que otros escritores que lo habían hecho antes habían falsificado la verdad 1 1 Se refiere especialmente a Justo de Tiberíades, que participó en la guerra y escribió luego sobre la misma un relato en el que ataca la actuación de Josefo, y a quien éste replicó en su autobiografía, y a otros historiadores a los que en el preámbulo de La Guerra de los Judíos tacha de inexactos y parciales. 2 Ptolomeo II Filadelfo (285-247 a. J.). 2. Me tomé el trabajo de escribir esta obra pensando que to- dos los griegos la encontrarían digna de estudio; porque contendrá nuestras antigüedades, y la constitución de nuestras cosas públicas, tal como las presentan las escrituras hebreas. Ya me había propuesto anteriormente, cuando historié la guerra de los judíos, explicar el origen de los judíos, las vicisitudes por que pasaron y quién fué el legislador que les enseñó la religión y la observancia de otras virtudes. Así como las guerras que libraron antiguamente, antes de verse envueltos sin quererlo en la última contienda con los romanos. Como sería un trabajo muy amplio, lo dividí en varias partes, con su comienzo y su fin. Con el correr del tiempo, como suele suceder con los que acometen grandes empresas, me fatigué y reduje el ritmo de mi labor. Encontraba, por otra parte, pesada la tarea de trasladar nuestra historia a un idioma .extranjero a cuyo manejo estamos poco acostumbrados. Muchas personas que deseaban conocer nuestra historia me animaron a seguir adelante, sobre todo Epafrodito, gran amante de las ciencias pero especialmente de la historia. También él conoció las grandes empresas y las mudanzas de la suerte, revelando siempre una gran fortaleza de ánimo y un espíritu virtuoso. Cedí a sus instancias, que acostumbra a ejercer con los que poseen alguna capacidad útil y digna, para mancomunar esfuerzos; avergonzado de permitir que mi pereza pesara más en mi espíritu que el placer de trabajar de lleno en un estudio útil, reanudé con más ímpetus mi labor. Aparte de estas razones no dejé de meditar detenidamente en algunas otras, como ser la de que nuestros antepasados deseaban difundir aquellos hechos y de que no pocos griegos se interesaban mucho en las cosas de nuestra nación. 3. Averigüé de ese modo que el rey Ptolomeo 11 2 era muy dado a la sabiduría y a los libros, y estaba empeñado en obtener una traducción al griego de nuestra ley y de nuestra organización política allí estipulada. El pontífice Eleazar, par de nuestros más altos dignatarios, no deseaba dar al rey esa facilidad, y se la habría negado, si no fuera porque sabía que en nuestro pueblo regía la norma de no impedir que otros conozcan lo que nosotros consideramos valioso. Pensé, por lo tanto, que bien podía imitar la generosidad de nuestro sumo pontífice y considerar que tal vez haya otros muchos estudiosos como el rey, quien no recibió todos nuestros escritos juntos. Los traductores que fueron enviados a Alejandría sólo le dieron los libros de la ley, habiendo muchos otros en nuestras sagradas escrituras. Libros que contienen la historia de un lapso de cinco mil años, durante los cuales ocurrieron muchos episodios extraños, muchas alternativas guerreras, las hazañas de nuestros grandes jefes y los profundos cambios de nuestra organización política. Los que estudien detenidamente esa historia verán que todas las cosas les salen bien, hasta un extremo increíble, y que Dios les propone la recompensa de la felicidad, sólo a los que cumplen su voluntad y no se aventuran a violar sus buenas leyes; y que cuando los hombres incurren en apostasía de la estricta observancia de las leyes, lo que antes era posible se vuelve imposible, y todas las cosas buenas que acometen se tornan en plagas insanables. Exhorto a todos los que lean estos libros a que pongan sus pensamientos en Dios y analicen la intención de nuestro legislador, y vean si no interpretó su naturaleza de manera digna, si no se asignó siempre acciones que fundamentaron su fuerza, si no libró sus escritos de las fábulas indignas inventadas por otros, aunque dado el largo tiempo transcurrido, podría haber convalidado esas mentiras impunemente; porque vivió hace dos mil años, lapso durante el cual los poetas no han sido tan rigurosos en determinar las generaciones ni siquiera de sus dioses, cuanto menos las acciones de los hombres, o sus leyes. En mi historia describiré detalladamente las constancias de nuestros anales, en su orden cronológico; porque he prometido hacerlo en toda esta obra, y sin añadir nada de lo que contienen, ni quitarles tampoco nada. 4. Pero como toda nuestra organización deriva de la sabiduría de nuestro legislador Moisés, es ineludible que comience por decir algo a su respecto, aunque muy brevemente. De lo contrario los lectores podrán decir que mi trabajo, destinado a ser una reseña de leyes y acontecimientos históricos, contiene mucha filosofía. Conviene saber que él consideraba imprescindible tomar en consideración la naturaleza divina para todo aquel que quiera conducirse bien en la vida y legislar para sus semejantes; y observando los actos de Dios, imitar su modelo hasta donde pueda caber la imitación en la naturaleza humana y empeñarse en seguirla. Sin ello ningún legislador puede actuar con criterio justo ni promoverá lo que escriba el desarrollo de las virtudes, lo que sólo se logra enseñando que Dios es padre y señor de todas las cosas y ve todas las cosas y concede la felicidad a todos los que observan sus dictados. En cambio a los que no siguen la senda de la virtud los hunde en las máximas calamidades. Cuando Moisés quiso instituir su doctrina a sus conciudadanos, no comenzó a establecer sus leyes como lo hacían otros legisladores, mediante contratos y otros convenios mutuos, sino haciéndoles elevar su pensamiento hacia Dios y su creación del mundo, y persuadiéndolos que los hombres somos la más perfecta de sus creaciones terrestres. Habiéndolos hecho someterse a la religión, le fué fácil persuadirlos de otras cosas. Los otros legisladores se ajustaron a las fábulas y atribuyeron los más vergonzosos pecados humanos a los dioses, proveyendo de buenas excusas para sus vicios a los hombres más perversos; nuestro legislador, en cambio, después de demostrar la pureza de la virtud de Dios, consideró que el hombre debía empeñarse con todas sus fuerzas en participar de ella. E impuso los más severos castigos a los que no lo admitían ni lo creían. Insto a los lectores quieran examinar esta obra bajo este punto de vista. Podrán comprobar que no hay nada de absurdo ni en la majestad de Dios ni en el amor que profesa a la humanidad. Porque todas las cosas se refieren a la naturaleza del universo; nuestro legislador dice algunas cosas sabiamente pero de modo enigmático y otras envueltas en dignas alegorías, pero cuando es necesario las explica concretamente y con toda claridad. Y los que tengan tendencia a conocer las causas de todas las cosas, hallarán una teoría filosófica muy particular cuya explicación me abstendré de dar en este momento, pero si Dios me permite lo haré al terminar esta obra. Voy a dedicarme ahora a la historia, cuya redacción he emprendido, después de mencionar lo que dice Moisés sobre la creación del mundo, la que encontramos relatada en las sagradas escrituras de la siguiente manera. 1 La división en capítulos y parágrafos y los sumarios no son de Josefo. CAPITULO I La creación del mundo. El paraíso. El pecado original. Expulsión de Adán y Eva 1.1 Al principio Dios creó el cielo y la tierra. Pero como la tierra no se veía sino que estaba cubierta de espesas tinieblas y un, aire recorría la superficie, ordenó Dios que se hiciera la luz. Hecha la luz, consideró la mole en su totalidad y separó la luz de las tinieblas, y a las tinieblas las llamó noche y a la luz día; y al comienzo de la luz y a la hora del descanso los llamó tarde y mañana. Y éste fué el primer día que existió. Moisés dijo que era un día. Podría dar ahora mismo la razón; pero como he pro- metido presentar las causas de todas las cosas en un libro aparte, postergaré hasta entonces la explicación. Luego, en el segundo día superpuso el cielo sobre todo el universo, lo separó de las demás cosas y determinó que se mantuviera colocado por sí mismo. Lo rodeó de un cristal, para suministrar la humedad y las llu^bias a la tierra y provocar la fecundidad. Al tercer día ordenó que apareciera la tierra seca, rodeada por el mar. El mismo día hizo que brotaran de la tierra las plantas y las semillas. El cuarto día adorné el cielo con el sol, la luna y los demás astros, y les señaló sus movimientos y sus cursos, para que indicaran las vic áitudes del tiempo y las tempestades. El quinto día produjo a los animales que nadan y los que vuelan, los primeros en los mares, los segundos, en el aire; y los clasificó en especies, y los juntó para que procrearan y aumentaran sus géneros y se multiplicaran. El sexto día creó a los animales cuadrúpedos, a los que dividó en machos y hembras; el mismo día hizo al hombre. En seis días hizo el mundo con todo lo que contiene, y dice Moisés que el séptimo día fué de descanso y de suspensión de esa labor. Por eso ese día nos abstenemos de 2 En la Biblia es Adán el que da nombre a los animales (Gén., 2, 20). trabajar y lo llamamos sabat, palabra que significa descanso en lengua hebrea.. 2. Después del séptimo día Moisés comienza a hablar en tér- minos de interpretación filosófica y dice acerca de la formación del hombre, que Dios tomó tierra del suelo, hizo al hombre y le insufló espíritu y alma. A este hombre lo llamé Adán, que en len- gua hebrea significa roja, porque fué hecho de tierra roja ma- cerada. Porque ésta es auténtica tierra virgen. Y Dios presentó a Adán a los animales, que hizo machos y hembras en sus respec- tivas especies, y a los que dió los nombres que aún ahora llevan 4. Viendo que Adán carecía de sociedad, que no tenía compañera hembra (que ninguna había sido creada), y que él observaba extrañado a los demás animales, que eran machos y hembras, lo durmió, le sacó una costilla y con ella formó a la mujer. Adán la conoció y supo que había sido sacada de él mismo. Ishá se dice a la mujer en lengua hebrea; pero el nombre de esa mujer fué Eva, que significa madre de todos los vivientes. 3. Cuenta luego que Dios plantó un paraíso en el oriente, lleno de árboles florecidos; entre ellos se encontraba el árbol de la vida, y el de la ciencia, con el que se conocería lo bueno y lo malo. Y que cuando introdujo en el paraíso a Adán con su mujer, les ordenó que cuidaran las plantas. El jardín estaba regado por un río, que corría alrededor de toda la tierra y estaba dividido en cuatro partes. Fisón (que significa multitud), penetra en la India y desemboca en el mar, y es llamado por los griegos Ganges. También el Eufrates y el Tigris desembocan en el mar Rojo. La palabra Eufrates, o Fora, significa dispersión o flor; Tigris o Diglat, lo que es veloz con angustia. Geón, que corre por Egipto, significa lo que sale por el este, y es el que los griegos llaman Nilo. 4. Dios ordenó que Adán y su esposa comieran el fruto de todas las plantas, pero que se abstuvieran del árbol de la ciencia; y les previno que si lo tocaban se acarrearían la destrucción. Pero mientras todos los demás animales hablaban el mismo idio- ma en aquellos tiempos, la serpiente, que vivía con Adán y su mujer, les envidiaba que fueran felices viviendo en obediencia de los mandamientos de Dios. Y suponiendo que si los desobedecieran se acarrearían calamidades, indujo a la mujer maliciosamente a probar el fruto del árbol de la ciencia, diciéndole que en ese árbol residía el conocimiento del bien y el mal, y que si lo alcanzaran vivirían una vida feliz, a la par de los dioses; por este medio convenció a la mujer que desobedeciera la orden de Dios. Cuando ella probó el fruto del árbol, y lo encontró delicioso, persuadió a Adán a que lo hiciera él también. Advirtieron entonces que estaban desnudos; se avergonzaron e inventaron la forma de cubrirse. Porque el árbol les había aguzado el entendimiento. Y se cubrieron con hojas de higuera. Atándoselas por de- lante creyeron ser más felices que antes por haber descubierto lo que les hacía falta. Cuando llegó Dios al jardín, Adán, a quien antes le agradaba conversar con él, consciente ahora de su mal proceder, se ocultó. Dios le preguntó, asombrado, a qué se debía se conducta. Por qué él, a quien siempre le gustaba la conversación, ahora la eludía. Como no contestara nada, sabedor de que había violado la orden de Dios, le dijo Dios: t -Yo había decretado que vosotros vivierais felices, sin preocupaciones, sin cuidados y sin aflicciones; y que todo lo que es sirviera y pudiera proporcionaros placer creciera por mi providencia, sin trabajos ni esfuerzos por parte de vosotros; porque trabajos y esfuerzos os llevarían a la senectud y la vida ya no vnfiduraría mucho. Has abusado de mi buena voluntad y desobedecido mis órdenes; porque tu silencio no es señal de virtud sao de mala conciencia. Adán se disculpó de su pecado, rogó a Dios que no se enojara eón él y acusó a su mujer de ser la culpable de lo sucedido, di- eiondo que lo había engañado. La mujer a su vez acusó a la serpiente. Pero Dios, por haber seguido el consejo de su mujer, aplicó a Adán un castigo, diciéndole que en lo sucesivo la tierra no le daría espontáneamente sus frutos; cuando trabajara fatigo- ante le daría algunos negándole otros. A Eva la hizo sujeta a los dolores del parto, porque había persuadido a Adán con los mismos argumentos con que la serpiente la había engañado a produciéndole una situación calamitosa. A la serpiente le qtt é la palabra, de ira por su malicioso comportamiento con Adán. Le inyectó además, veneno bajo la lengua, declarándola amiga de los hombres, a los que indicó que le lanzaran los golpes la cabeza, porque era donde residían sus perversos designios hacia los hombres y de ese modo podían herirla más fácilmente de muerte; la privó, además, de los pies, destinándola a arrastrarse por el suelo. Decretadas estas penas, Dios transaldó a Adán y Eva a otro sitio. CAPITULO II La posteridad de Adán. Caín y Abel. Los descendientes de Set 1. Tuvieron dos hijos varones. Al mayor lo llamaron Caín (palabra que para ser interpretada denotaría posesión). Al se- gundo Abel (vocablo que significa duelo). También tuvieron hias. Los dos hermanos tenían distintas modalidades. Abel, el menor, creía en la justicia, y que Dios estaba presente en todos sus actos; por eso era virtuoso. Su oficio era el de pastor. Caín en cambio no sólo era perverso en todas las cosas sino también codicioso. Prefirió primeramente arar la tierra, y luego mató a su hermano en la siguiente ocasión. Habiendo determinado ofrecer un sacrificio a Dios, Caín llevó productos agrícolas y fruta de los árboles, y Abel leche y los primeros frutos de sus rebaños. Dios se regocijó más con este último sacrificio, porque era más honrado con lo que crecía espontáneamente en la naturaleza, que con lo que era un producto forzado de la invención de un hombre avaro. Indignado Caín porque Dios había preferido a Abel mató a su hermano y escondió el cadáver, creyendo que no sería descubierto. Pero Dios, que sabía lo que había pasado, fué hacia Caín y le preguntó dónde estaba su hermano, a quien -no veía desde hacía varios días, y siempre los había observado conversando juntos. Caín vaciló, no sabiendo qué contestar a Dios. Primero dijo que él también estaba angustiado por su desaparición, pero presionado por Dios que lo interrogaba con insistencia, dijo que él no era ni el preceptor ni el guardián de su hermano, ni el observador de sus actos. Dios replicó condenando a Caín por haber asesinado a su hermano. "Es extraño, le dijo, que no sepas qué fué de un hombre a quien tú mismo eliminaste." Por haberle ofrecido sacrificios rogándole que no extremara su ira no lo castigó y sólo lo maldijo a él y a su posteridad hasta la séptima generación; y lo expulsó con su mujer de aquella región. Como él temiera ser víctima de las fieras y perecer, le ordenó que desechara esas tristes sospechas y que recorriera la tierra sin temer ningún daño de las fieras; y poniéndole una señal para que fuera reconocido, lo mandó partir. 2. Después de haber recorrido Caín con su mujer muchos paí. ses, edificó una ciudad llamada Nod, que es una localidad de este nombre, y allí estableció su morada, y procrearon hijos. Pero él no había aceptado su castigo para corregirse sino para aumentar su maldad; porque sólo buscaba sus propios placeres, aunque con ello ofendiera al prójimo. Incrementó sus posesiones domésticas y su riqueza pecuniaria mediante la rapiña y la violencia; e in- vitó a sus familiares a que se entregaran a la lujuria y al latro- cinio y se convirtió en conductor de hombres por las sendas de la depravación. Alteró la simplicidad de la primitiva vida de los hombres creando las medidas y las pesas; la vida inocente y generosa del hombre cuando ignoraba esas cosas se convirtió en un mundo de astucia y artería. Comenzó por trazar límites a la tierra, edificó una ciudad y la fortificó rodeándola de muros y obligó a su familia a que se concentrara en ella. Y llamó a la ciudad Enoc, nombre de su hijo mayor Enoc. Luego Jared fué el hijo de Enoc; y el hijo de éste Maruel; y el hijo de éste Matusalén; y el hijo de éste Lamec, quien tuvo setenta y siete hijos con sus dos esposas, Sila y Ada. Uno de los hijos de Ada fué Jobel, que levantó tiendas y prefirió la vida pastoral. Jubal, su hermano de la misma madre, se dedicó a la música, e inventó el salterio y la cítara. Tobel, uno de los hijos de la otra esposa, superaba a todos los hombres en fuerza y se destacó en las actividades militares; de ese modo trataba de lograr lo que producía placer corporal; e inventó en primer lugar el arte de acicalar metales. Lamec fué también el padre de una hija llamada Noema; y como era entendido en la ciencia de la revelación divina, y supo que sería castigado por haber matado Caín a su hermano, llamó a sus esposas y se lo comunicó. Todavía en vida de Adán la descendencia de Caín, por sucesión e imitación, se fué haciendo cada vez más perversa y fueron muriendo uno tras otro cada cual más malo que el anterior; eran violentos en la guerra y apasionados para los robos. Alguno 1 J. 1-6 2 En la Biblia(Génesis V, 3-4), Adán es padre a los ciento treinta años y vive luego ochocientos años más. podía ser contenido para el asesinato, pero todos eran de conducta desenfrenada, injustos y ofensivos.1 3. Adán, que fué el primer hombre y hecho de tierra (porque ahora debemos hablar de él), después del asesinato de Abel y la consiguiente huída de Caín, se entregó empeñosamente a procrear, poseído por un vehemente deseo de engendrar hijos. Tenía doscientos treinta años; después vivió otros setecientos años y murió.2 Tuvo muchos otros hijos, entre ellos Set. Los demás sería fastidioso nombrarlos; sólo voy a referirme a los que salieron de Set. Cuando Set creció y llegó a la edad en que supo discernir lo que era justo, se volvió un hombre virtuoso y así como él fué un hombre de excelentes cualidades los hijos que dejó imitaron sus virtudes. Vivieron felices en la misma tierra, sin disensiones y sin sufrir infortunios hasta el día de su muerte. Fueron también los inventores de esa especie particular de sabiduría relativa a los cuerpos celestes y su orden. Y para que sus invenciones no se perdieran antes de ser ampliamente difundidas, como según la predicción de Adán todas las cosas serían destruidas primero por el fuego y luego por la violencia de una gran cantidad de agua, construyeron dos columnas, una de ladrillos y otra de piedra, e inscribieron en ellas sus invenciones; si la de ladrillos era derribada por la inundación, quedaría la de piedra para exhibir al mundo sus descubrimientos, y le informaría que había otra columna de ladrillos. Hasta el día de hoy han quedado en la tierra de Siriad. 1 No hay nada de esto ni en la Biblia ni en el Midrash. 2 En la biblia, solamente tres.

CAPITULO III El diluvio. Salvación de Noé en el Arca. Cronología de los patriarcas 1. La posteridad de Set siguió durante siete generaciones considerando a Dios como señor del universo y observando una conducta virtuosa; pero con el tiempo se corrompieron, abandonaron las prácticas de sus antepasados y no cumplieron con las honras señaladas para ser rendidas a Dios ni se preocuparon de ser justos con los hombres. El mismo celo que antes demostraban para ser virtuosos lo demostraban ahora doblemente para ser perversos, y se acarrearon la enemistad de Dios. Muchos ángeles de Dios convivieron con mujeres y engendraron hijos injuriosos que despreciaban el bien, confiados en sus propias fuerzas; porque según la tradición estos hombres cometían actos similares a los de aquellos que los griegos llaman gigantes. Noé se sintió inquieto por su conducta y trató de convencerlos de que la mejoraran. Viendo que no cedían a sus instancias, y que seguían esclavizados a sus perversas voluptuosidades, y temiendo que lo mataran a él, su esposa, sus hijos1 y los consortes de sus hijos, se alejó de aquella tierra. 2. Dios tenía predilección por él, por su virtud; y no sólo con- denó a los otros por su maldad, sino que determinó perder a todo el genéro humano y reemplazarlo por otro libre de maldad, al que limitaría la edad; los años de vida ya no serían tanto como antes sino solamente ciento veinte. Para eso convirtió la tierra firme en un mar y de ese modo los destruyó. Sólo Noé se salvó; porque Dios le indicó el siguiente medio: le dijo que construyera un arca de cuatro pisos de altura2 trescientos codos de largo, cin- cuenta de ancho y treinta de alto. Entró en el arca Noé con su 3 En las Escrituras, Noé embarcó dos parejas de los animales impuros (VI, 19) y siete de los puros (VII, 2). 4 Para mantener el mayor grado de fidelidad con el original, y a pesar de que a veces ofrecen notables diferencias con sus equivalentes hebreos, hemos conservado en la presente versión los nombres griegos de los personajes y de los lugares geográficos, tal como aparecen en el texto de Josefo. e3 La Biblia dice el diecisiete. Josefo habrá seguido a los Setenta, que también dan la fecha del veintisiete. cuyo padre era Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared; Jared era hijo de Maruel quien, con muchas de sus hermanas, era hijo de Cainás, hijo de Enoc. Y Enoc fué hijo de Set, hijo de Adán. esposa, sus hijos y las esposas de éstos, y no sólo lo cargó de provisiones para sus necesidades, sino que también hizo entrar a todas las especies de seres vivos, cada macho con su hembra, para preservar las especies. De otras clases hizo entrar de a siete de cada una. 3 El arca tenía paredes sólidas y un techo y estaba reforzado con vigas cruzadas para que no pudiera hundirse, ni dominado por la violencia de las aguas. Así se salvaron Noé y su familia. Noé era el décimo descendiente de Adán, hijo de Lamec4, 3. Esa calamidad ocurrió en el sexacentésimo año de la edad de Noé, en el segundo mes que los macedonios llaman dius y los hebreos marjeshvan; así era como contaban el año en Egipto. Pero Moisés señaló que nisán, que es xanticus, debía ser el primer mes de sus fiestas, porque ese mes fué cuando salieron los hebreos de Egipto; luego con ese mes comienza el año, con todas las solemnidades que observan para honrar a Dios, aunque se mantiene el orden primitivo de los meses para las compras y las ventas y otras actividades corrientes. Dice él que la inundación comenzó el vigésimo séptimo día3 del nombrado mes, a dos mil seiscientos cincuenta y seis años de Adán, el primer hombre. En los libros sagrados figuran estos datos, que fueron anotados con gran exactitud porque los hombres de aquella épo- ca anotaban cuidadosamente el nacimiento y la muerte de los hombres ilustres. 4. Adán engendró a Set cuando tenía doscientos treinta años, y vivió novecientos treinta. Set engendró a Enec a los doscientos cinco años; cuando había vivido novecientos doce años entregó la capitanía a su hijo Cainás, a quien tuvo a los ciento diecinueve años. Cainás vivió novecientos diez años y tuvo a su hijo Malael, que nació a los ciento diecisiete años. Malael murió a los ochocientos noventa y cinco años dejando a su hijo Jared, a quien 4 El Génesis y los Setenta fijan la edad de Jared en novecientos sesenta y dos años. La otra cifra es la de Matusalén. 5 En la Biblia la paloma fué despachada en tres oportunidades, para averiguar el estado de la tierra (Génesis, VIII, 8, 10, 12). engendró cuando tenía ciento sesenta y cinco. Jared vivió novecientos sesenta y dos4, y le siguió su hijo Enoc, que nació cuando su padre tenía ciento sesenta y dos. Después de vivir trescientos sesenta y cinco años se fué con Dios; por esta razón no registraron la fecha de su muerte. Matusalén, hijo de Enoc, nacido cuando éste tenía ciento sesenta y cinco años, tuvo un hijo, Lamec, a los ciento ochenta y siete años; a él le entregó la capitanía después de retenerla novecientos sesenta y nueve años. Lamec, cuando hubo gobernado setecientos setenta y siete años, nombró a su hijo Noé como gobernante del pueblo; Noé nació cuando Lamec tenía ciento ochenta y dos años y había conservado el gobierno durante novecientos cincuenta años. Estos años reunidos completan la suma indicada. No averigüemos la muerte de esos hombres (porque extendían sus vidas juntos con sus hijos y sus nietos), y sólo observemos su nacimiento. 5. Cuando Dios dió la señal y comenzó a llover, el agua cayó durante cuarenta días, hasta que llegó a tener quince codos de altura sobre la tierra; por esta razón no se salvaron más, porque no había sitio para volar. Cuando cesó la lluvia, las aguas sólo comenzaron a bajar ciento cincuenta días después, o sea el décimoséptimo día del séptimo mes. El arca quedé reposando sobre la cima de una montaña de Armenia. Cuando Noé lo advirtió, la abrió y viendo un pedazo de tierra concibió esperanzas de pronta liberación. Unos días más tarde, habiendo bajado las aguas en mayor grado, Noé envió un cuervo para averiguar si había otras partes de la tierra que habían quedado libres del agua y si podía salir sin peligro del arca. Pero el cuervo no volvió. Siete días después envió una paloma5, para explorar el estado de la tierra; volvió cubierta de barre y trayendo una rama de olivo en el pico; de este modo Noé supo que la tierra se había librado del diluvio. Se quedó en el arca otros siete días y luego hizo salir a los animales. Y salió también él con su familia, y ofrecieron sacrificios a Dios y festejaron. Los armenios llaman a ese sitio aporateion, o desembarcadero, y hasta hoy en día muestran sus habitantes en él los restos del arca. 6. El diluvio y el arca les mencionan todos los que escribieron las historias bárbaras, entre ellos Beroso el caldeo. Cuando des- cribe las circunstancias del diluvio expresa lo siguiente: "Dicen que todavía queda una parte de ese barco en Armenia, en el monte Cordión; y que hay gente que se lleva trozos de betún para usarlos como amuletos contra la mala suerte". Lo mismo dicen Jerónimo el egipcio, que escribió sobre las antigüedades de los fenicios, y Manaseas, y muchos otros. Nicolás de Damasco, en su nonagésimo sexto libro, incluye un relato particular al respecto, en estos términos: "Hay una gran montaña en Armenia, sobre Minias, llamada Baris, en la cual se dice que se salvaron muchos de los que huyeron del diluvio; y dicen que uno que viajaba en un arca tocó tierra en su cima; y que los restos de la madera se conservaron durante mucho tiempo; este último debe de haber sido el hombre a quien se refiere Moisés, el legislador de los judíos". 7. Temeroso Noé de que Dios, que había resuelto destruir al género humano, inundara algún año la tierra, ofreció sacrificios y rogó a Dios que las cosas siguieran en lo sucesivo como antes, y que no pronunciara nunca más una sentencia tan grande como aquélla, que pusiera en peligro a toda la creación. Habiendo cas- tigado a los malos, que su bondad perdonase a los restantes y a los que hasta entonces había creído conveniente librar de la calamidad. De lo contrario los últimos serían más desdichados que los primeros, condenados a sufrir una suerte peor, si no se les permitía librarse completamente del peligro. Es decir, en el caso de que estuvieran reservados para ser aniquilados en otro diluvio. Porque estarían aterrorizados por el recuerdo del primero y amenazados por un segundo. Rogó asimismo a Dios que aceptara sus sacrificios y garantizara que la tierra jamás volvería a ser objeto de una ira tan grande, que los hombres podrían seguir cultivando alegremente la tierra, levantar ciudades y habitarlas felices. Y que no fueran privados de todas las cosas buenas de que gozaban antes del diluvio. Y que alcanzaran la edad a que llegaban los hombres de antes. 8. Ante las preces de Noé Dios, que lo apreciaba por ser un hombre justo, le concedió sus pedidos y le dijo que no era él quien había desencadenado la destrucción de un mundo corrompido, que los perversos habían provocado la venganza por su maldad; que no había traído hombres al mundo con el propósito de ser aniquilados, porque era de más alta sabiduría no darles vida desde un principio, que dársela para después destruirla. -Pero las ofensas -dijo-, que infirieron a mi santidad y virtud, me obligaron a castigarlos. No obstante postergaré los castigos, movido por tus súplicas. Y si alguna vez envío a la tierra grandes lluvias, tempestuosas, no os alarméis por su prolongada duración. El agua no volverá a cubrir la tierra. Os exijo, sin embargo, que os abstengáis de derramar sangre humana, y que no cometáis crímenes; y que castiguéis a los que lo hagan. Os doy permiso para usar a vuestro gusto a todos los demás animales, y como os indique vuestro apetito. Porque yo os he hecho amos y señores de todos ellos, tanto de los que caminan por la tierra, como los que nadan en el agua y los que vuelan en el aire, salvo su sangre, porque en ella está la vida. Y os daré una señal de que he dejado a un lado mi ira, mediante mi arco. (Porque se decidió que el arco iris era el arco de Dios.) Después de formular esta promesa, Dios se retiró. 9. Noé vivió feliz trescientos cincuenta años después del diluvio y murió, habiendo vivido novecientos cincuenta años. Que nadie piense, al comparar la vida de los antiguos con la nuestra, y con los pocos años que ahora existimos, que lo que hemos dicho sea falso, o deducir de nuestra vida breve que ninguno de los antiguos vivió tanto; porque ellos eran queridos por Dios y hechos por Dios mismo, y como sus alimentos eran más propios para la prolongación de la vida, bien pudieron haber vivido esa cantidad de años. Además Dios les concedió más tiempo de vida por sus virtudes y por el buen uso que hicieron de ella para realizar descubrimientos astronómicos y geográficos, que si no vivieran seiscientos años no podrían predecirlo (la periodicidad de los astros). Pongo por testigos de lo que digo a todos los que han escrito sobre las antigüedades, tanto griegos como bárbaros; están de acuerdo hasta Manetón, que escribió la historia de Egipto, Beroso, que clasificó los monumentos caldeos, Moc, Hestieo, y además Jerónimo el egipcio y los que compusieron la historia fenicia. También Hesiodo, Hecateo, Helánico y Acusilao; y también Eforo y Nicolao dicen que los antiguos vivían mil años. Sobre esto que cada cual piense lo que le parezca mejor. CAPITULO IV La descendencia de Noé. La Torre de Babel. Confusión de las lenguas 1. Los hijos de Noé fueron tres, Sem, Jafet y Cam, nacidos caen años antes del diluvio. Fueron los primeros en descender de las montañas a las llanuras donde fijaron su residencia, y persuadieron a los demás, que temían los terrenos bajos por el peligro de inundación, y no querían bajar de las alturas, a que siguieran su ejemplo. La llanura donde vivieron primero se llamaba Senaar. Dios les ordenó además que enviaran colonias a ocupar otras regiones, que no fomentaran entre sí las disidencias y que cultivaran gran parte de la tierra y gozaran ampliamente de sus frutos; pero como estaban muy mal enseñados desobede- cieron a Dios y cayeron en nuevas calamidades y tuvieron que conocer por experiencia el pecado en que habían incurrido. Cuan- do florecieron en una multitud de jóvenes, Dios les reiteró el consejo de que enviaran colonias. Ellos suponiendo que la vida cómoda de que gozaban no provenía del favor de Dios sino de sus propias fuerzas, no obedecieron. Y añadieron a la desobediencia la sospecha de que les ordenaban separarse en colonias porque estando divididos los podrían oprimir más fácilmente. 2. El que les incitó a semejante desprecio de Dios fué Nebrodes, nieto de Cam, hijo de Noé, un hombre audaz y de mucha fuerza en los brazos, quien los persuadió de que no adjudicaran a Dios la causa de su felicidad, porque sólo se la debían a su propio valor. Paulatinamente convirtió el gobierno en una tiranía, viendo que la única forma de quitar a los hombres el temor a Dios era el de atarlos cada vez más a su propia dominación. Afirmó que si Dios se proponía ahogar al mundo de nuevo, haría construir una torre tan alta que las aguas jamás la alcanzarían, y al mismo tiempo se vengaría de Dios por haber aniquilado a sus antepasados. 3. La multitud estuvo dispuesta a seguir los dictados de Nebredes y a considerar una cobardía someterse a Dios. Y levantaron la torre; trabajaron sin pausa ni descanso, y como eran muchos los brazos que intervenían comenzó a levantarse rápidamente, más rápido de lo que sería de esperar. Pero era tan gruesa y tan fuerte, que por su gran altura parecía menos de lo que era. Estaba construida de ladrillos cocidos, unidos con betún para que no pasara el agua. Cuando Dios los vió trabajar como locos decidió no destruirlos por completo, ya que no habían aprendido nada de la destrucción de los pecadores anteriores; provocó, en cambio, la confusión catre ellos haciéndolos hablar en distintas lenguas para que no se entendieran entre sí. El lugar donde edificaron la torre se llamó Babilonia, por la confusión de las lenguas; porque en hebreo babel significa confusión. La Sibila también hace mención de la torre y de la confusión de las lenguas, al decir: "Cuando los hombres hablaban todos el mismo idioma algunos de ellos edificaron una torre de gran altura, como si quisieran por 4% ascender al cielo, pero los dioses enviaron tormentas de viento y derribaron la torre, e hicieron hablar a cada uno un idioma distinto. Por eso se llamó aquella ciudad Babilonia". En cuanto a la llanura de Senaar del campo de Babilonia, Hestieo la nomhra al decir que "los sacerdotes que fueron salvados tomaron los vasos sagrados de Júpiter Enialio y se fueron a Senaar de Babilonia”. CAPITULO V Dispersión por todo el mundo de la posteridad de Noé 1 Después de eso se dispersaron, según sus lenguas, e instalaron colonias en todas partes. Cada colonia ocupó las tierras a las q te habían llegado y a las que Dios los había conducido, de tal modo que todo el continente se llenó de colonias, tanto las tierras Mediterráneas como las marítimas. Muchos atravesaron el mar en barcos y habitaron las islas. Algunas naciones conservan el nombre que les dieron sus primitivos fundadores, otras lo perdieron otras introdujeron algunos cambios para hacerlos más comprensibles por sus habitantes. Fueron los griegos los autores de estos cambios, porque en los siglos posteriores se hicieron poderosos y reivindicaron para sí la gloria de la antigüedad y aplicaron nombres a las naciones que sonaran bien y que ellos pudieran entenderlos mejor y les dieron formas concordantes de gobierno, o si fueran pueblos que procedían de ellos mismos. CAPITULO VI Los pueblos derivados de los hijos de Noé. Origen de los hebreos Los primeros que ocuparon las tierras les dieron nombres honraban a los nietos de Noé. Jafet, el hijo de Noé, tuvo, siete hijos. Se instalaron en las tierras que comenzaban en las montañas Tauro y Amán y que se extendían por Asia hasta el río Tanais, y por Europa hasta Cádiz, y llamaron a las tierras con sus propios nombres. Gomar fundó las que los griegos llaman ahora de los gálatas pero que antes se llamaban de los gomarenses. Magog fundó a los que se llamaron magogas, pero que los griegos denominan escitas. En cuanto a Javán y Mades, hijos de Jafet, de Mades derivan los madeos, que los griegos llaman medos; de Javán deriva Jonia. Tobel fundó a los tobelos, que ahora se llaman iberos. Los mosquenos fueron fundados por Mosoc; ahora son los capadocios. Todavía queda una huella de las antiguas denominaciones; porque todavía ahora existe una ciudad llamada Mazaca, que puede informar a los que sean capaces de entenderlo que así se llamó en un tiempo toda la nación. Tiras llamó a los que gobernó tirios; los griegos les cambiaron el nombre por el de tracios. De los tres hijos de Gomar, Ascanaxo fundó a los ascanaxos, que ahora los griegos llaman reginos. Rifate fundó a los rifateos, llamados ahora paflagones; y Tigrame, a los tigrameos, que ahora, por resolución de los griegos, se llaman frigios. De los tres hijos de Jayán, hijo de Jafet, Elisas dió nombre a los eliseos, que eran sus súbditos; ahora son los eolios. Tarso dió nombre a los tarsos, que así se llamaba antiguamente Cilicia; la prueba está en que la ciudad más noble que tienen, y que es metrópoli además, se llama Tarso, habiéndole cambiado la theta por la tau. Ceteim poseyó la 1 Josefo cita solamente tres hijos de Jayán: Elisas, Tarso y Cetim. El Génesis nombra a otro, Dodanim (X, 4), que en Crónicas, 1, figura como Rodanim. isla de Cetim (ahora se llama Chipre). De ahí que todas las islas, y la mayor parte de la costa marítima, sean llamadas Cetim por los hebreos. Una de las ciudades de Chipre pudo conservar su nombre; la llaman Citio los que cambiaron por el griego, nombre que no discrepa mucho del de Cetim1. Muchas naciones poseyeron los hijos y los nietos de Jafet. Después de establecer algo que los griegos quizá no sepan, explicaré lo que he pasado por alto. Porque los nombres se escriben aquí a la manera de los griegos, para satisfacción de los lectores. En la lengua de nuestra tierra no se pronuncian así; los nombres siempre tienen la misma forma y la misma terminación. El nombre que aquí pronunciamos Noes, es Noé, y conserva la misma terminación en todos los casos. 2 Los hijos de Cam poseyeron la tierra de Siria y Amán las montañas del Líbano, ocupando todas las tierras hasta la obsta del mar y del océano. Algunos de sus nombres desaparecieion completamente; otros fueron cambiados, con otra pronunciación difícil de identificar. Algunos, sin embargo, se conservan sin variaciones. De los cuatro hijos de Cam el tiempo no alteró el ñümbre de Cus; porque los etíopes, sobre los cuales reinó, se minan ellos mismos y así les dicen todos los habitantes del Asia, cogeos. La memoria de los mestres también se conserva en su üornbre; porque todos los que habitamos en este país llamamos a Egipto Mestre y a los egipcios mestreos. Fut fué el fundador de Libia, y llamó por su nombre futeos a sus habitantes. Hay un río en la región de Maurón que se llama así; por eso muchos histo- riadores griegos nombran ese río y sus adyacencias con el nom- bre de Fut. Pero el nombre que tiene ahora lo lleva por uno de los hijos de Mestraim, llamado Libios. Diremos ahora por qué llama así el Africa. Canaán, el cuarto hijo de Cam, habitó la región llamada ahora Judea, y le puso su propio nombre, Canaán.Los hijos de Cam tuvieron hijos a su vez. Cus tuvo seis. Sabas fundó a los sabeos, Evilas a los evileos, que hoy se llaman getulos, Sabatas a los sabatenos, que los griegos llaman astabaros, Sabacatas a los sabavatenos, Ragmo a los ragmeos; éste tuvo dos hijos, uno de ellos, Judadas, estableció la familia de los judadeos, pueb de los etíopes occidentales, y les dió su nombre. Lo mismo que sabas con los sabeos. Pero Nebrodes, hijo de Cus, se instaló como tirano en Babilonia, de lo que ya hemos informado. Los hijos de Mestraim, que eran ocho, poseyeron la región que va de Gaza a Egipto, pero sólo quedó el nombre de uno de ellos, Filistinos; los griegos llaman a esa parte de la región Palestina. De los demás, Ludim, Enemim, Labim (el único que colonizó Libia lpuso a las tierras su nombre), Nedem, Fetrosim, Ceslem y Geftorim, no sabemos nada, fuera de sus nombres. Porque la guerra de Etiopía, que luego describiremos, ocasionó la destrucción de esas ciudades Los hijos de Canaán fueron éstos: Sidonio, edificó una ciudad con su nombre en Fenicia; los griegos la que siguen llamando Sidón, Amatio habitó en Amate, que todavía ahora llaman Amatia sus habitantes, aunque los macedonios, la denominaron Epifanía, en recuerdo de un antepasado. Aradio poseyó la isla de Arado. Aruceo poseyó Arce, que está en el Líbano. De los otros siete, Ceteo, Jebuseo, Amorreo, Gergeseo, Eveo, Sineo y Samareo, nuestras sagradas escrituras no dicen nada, fuera de nombrarlos, porque los hebreos derribaron sus ciudades y esa fué la causa de sus calamidades. 3. Noé, cuando después del diluvio la naturaleza se restituyó a su anterior condición, se dedicó a la agricultura; plantó viñas, y cuando maduró la uva la recogió en su estación, hizo vino, ofreció sacrificios y festejó. Y habiéndose embriagado, quedó dormido, desnudo de manera indecorosa. Su hijo menor lo vió y riendo lo mostró a sus hermanos; ellos cubrieron la desnudez de su padre. Cuando Noé lo supo, oró por la prosperidad de sus dos hijos mayores; a Cam no lo maldijo, por su parentesco sanguíneo, pero maldijo a su descendencia, y como los restantes eludieron la maldición, Dios la infligió en los hijos de Canaán. De este asunto hablaré a continuación. 4. Sem, el tercer hijo de Noé, tuvo cinco hijos, que habitaron las tierras del Asia que comienzan en el Eufrates y llegan al océano Indico. Elam dejó a los elamitas, antepasados de los persas. Asur vivió en la ciudad de Nínive, y llamó a sus súbditos asirios; fué la nación más afortunada. Arfaxad dió nombre a los arfaxadeos, que son ahora los caldeos. Aram originó a los arameos, a quienes los griegos llaman sirios. Lud fundó a los ludos, que ahora son llamados lidos. De los cuatro hijos de Aram, Us fundó la Traconita y Damasco, entre Palestina y Celesiria. Ul fundó a Armenia; Geter a los bactrianos; Mes a los mesaneos, región que ahora se llama Espasina Carax. Arfaxad fué padre de Salas, y éste de Héber, de cuyo nombre se llamó originalmente hebreos a los judíos. Héber engendró a Juctas y a Falec, llamado así porque nació cuando se desparramaron las naciones en sus respectivas tierras. Porque Falec en hebreo significa división. Juctas, uno de los hijos de Héber, tuvo los siguientes hijos: Elmodad, Salef, Azermot, Ires, Adoram, Ezel, Declas, Ebal, Abimael, Sabeo, Ofir, Evilates y Jobab. Habitaron junto al río Cofen, un río de la India. y en una parte de la Aria adyacente. Y con esto será suficiente en cuanto a los hijos de Sem. 5. Ahora hablaré de los hebreos. Falec, hijo de Héber, engen- dró a Ragav, cuyo hijo fué Serug, a quien le nació Nacor; hijo de éste fué Tare, que fué el padre de Abram, que fué por lo tanto el décimo después de Noé; nació doscientos noventa y dos años después del diluvio. Porque Tare engendró a Abram a los setenta años. Nacor engendró a Arán cuando tenía ciento veinte años. Nacor nació por Serug cuando éste tenía ciento treinta y dos. Ragav tuvo a Serug a los ciento treinta. A la misma edad tuvo Falec a Ragav. Héber procreó a Falce a los ciento treinta y cuatro; y él fué engendrado por Salas cuando tenía ciento treinta, y éste por Arfaxad a los ciento treinta y cinco. Arfaxad fué hijo de Sem, y nació doce años después del diluvio. Abram tuvo dos hermanos, Nacor y Arán; de ellos Arán dejó un hijo, Lot, y dos hijas, Sara y Melca, y murió en una ciudad de Caldea llamada Ur, donde todavía puede verse su monumento. Los dos hermanos se casaron con sus sobrinas; Nacor con Melca y Abram con Sara. Como Tare odiaba a Caldea, por la muerte de Arán, todos emigraron a Caran, en Mesopotamia. Allí murió Tare y fué sepultado después de haber vivido doscientos cinco años; porque la vida del hombre había disminuido gradualmente haciéndose más corta, hasta el nacimiento de Moisés; después el término de la existencia humana fué de ciento veinte años, según determinó Dios que fuera la duración de la vida de Moisés. Nacor tuvo con Melca ocho hijos: Ux, Baux, Matuel, Cazam, Asav, Feldas, Ieldaf y Batuel. Todos hijos legítimos de Nacor, porque Tabeo, Gaam Tavau y Macas fueron hijos de Ruma, su concubina. Pero Batuel tuvo una hija Rebeca y un hijo Labán. CAPITULO VII Abram se instala en la tierra de Cancún 1. Como Abram no tenía hijos adoptó a Lot, hijo de su her- inano Arán y hermano de su esposa Sara, y abandonó la tierra de Caldea. A los setenta y cinco años de edad y por orden de Dios se trasladó a Canaán, donde residió y dejó la tierra a sus des- cendientes. Era un hombre muy inteligente, entendía todas las cosas y sabía convencer a los que lo escuchaban, y no se equivo- caba en sus opiniones. Por eso comenzó a concebir una idea más elevada de la virtud que los demás hombres, y la noción que en aquel entonces tenían acerca de Dios; porque él fué el primero en declarar que hay un solo Dios, creador del universo; y que si los demás seres contribuían en algo a la felicidad de los hombres, lo hacían en virtud del papel que tenían señalado por disposición divina y no por su propio poder. Estas opiniones le fueron inspiradas por los fenómenos naturales que etservaba en la tierra y en el mar, como también en el sol, la luna y los demás cuerpos celestes. -Si estos cuerpos -decía- tuvieran poder propio, cuidarían de cumplir ordenadamente sus movimientos; faltándoles ese po. der, es indudable que colaboran en nuestro beneficio no por su propia capacidad sino como subordinados del que los manda y a quien debemos ofrecer nuestras honras y nuestro agradeci- miento. Cuando los caldeos y otros pobladores de la Mesopotamia se levantaron contra él por sus doctrinas, creyó conveniente aban- donar la región. Y por orden y con la ayuda de Dios fué a vivir a la tierra de Canaán, donde una vez instalado erigió un altar y ofreció un sacrificio a Dios. 2. Beroso menciona a nuestro padre Abram sin nombrarlo. cuando dice: "En la décima generación después del diluvio hubo entre los caldeos un hombre justo y grande, y entendido en la ciencia del cielo." Hecateo hizo algo más que nombrarlo; dejó todo un libro sobre él. Nicolás de Damasco, en el cuarto libro de sa historia, dice: "Abram reinó en Damasco, siendo forastero, y habiendo llegado con un ejército de una tierra situada más allá de Babilonia que él llamaba Caldea. Poco tiempo después se trasladó con su familia a la tierra llamada entonces Canaán y que ahora se llama Judea. Fué cuando su posteridad se multiplicó y se convirtió en una multitud; en cuanto a esa posteridad, relatamos su historia en otro libro. El nombre de Abram sigue siendo famoso en Damasco, donde hay una aldea que se llama en su honor Residencia de Abram". CAPITULO VIII Hambre en Canaán. Abram se transiada a Egipto y en seña a los egipcios 1. Cuando invadió el hambre a la tierra de Canaán y Abram averiguó que los egipcios estaban en buena situación, se dispuso a trasladarse allí para participar de su abundancia y escuchar la opinión de sus sacerdotes sobre los dioses, y luego seguirlos si los conceptos de ellos fueran mejores que los suyos, o convertirlos si los de él resultaran más verdaderos. Como tenía que llevar con- sigo a Sara y temía la intemperancia de los egipcios con respecto a las mujeres y de que el rey lo matase por la gran belleza de su mujer, recurrió al expediente de hacerse pasar por su hermano, y la instruyó para que dijera lo mismo, asegurándole que sería en su beneficio. Cuando llegó a Egipto sucedió lo que Abram había sospechado; la fama de la belleza de su mujer se había extendido por todas partes. El faraón, rey de Egipto, no se conformó con lo que le informaron, quiso verla personalmente, preparándose de antemano a gozarla. Pero Dios detuvo sus injustos deseos, enviándole una peste y una rebelión contra su gobierno. Cuando preguntó a los sacerdotes cómo se podría librar de las calamidades, le respondieron que su desdicha se debía a la ira de Dios, por haber querido abusar de la esposa del extranjero. Dominado por el temor, preguntó a Sara quién era y con quién había venido. Cuando supo la verdad pidió disculpas a Abram; creyendo que la mujer era su hermana y no su esposa, había querido emparentar con él casándose con la mujer y no abusar de ella incitado por la lujuria. Le dió grandes riquezas y lo relacionó con los egipcios más eruditos, con quienes Abram conversó, destacando y aumentando su virtud y su reputación. 2. Los egipcios tenían anteriormente diversas costumbres, y se despreciaban mutuamente sus ritos sagrados, odiándose y ridiculizándose entre sí. Abram conferenció con cada uno de ellos refutando las razones que daban en abono de sus respectivas prácticas, y demostrando que esas razones eran vanas y carentes de verdad. Todos lo admiraban como a un hombre sabio, ingenioso y perspicaz cuando hablaba de cualquier tema; y no sólo para pensarlo sino también para explicarlo y lograr el consentimiento de los que lo escuchaban. Les enseñó aritmética y la ciencia de la astronomía; porque antes de la llegada de Abram a Egipto no conocían esas disciplinas, que llegó de Caldea a Egipto y de ahí pasó a los griegos. 8. En cuanto Abram volvió a Canaán dividió su tierra con Lot, debido a las disensiones de los pastores sobre las tierras de pastoreo, dejando a Lot la opción de elegir la parte que quisiese; y él se quedó con la parte restante, que eran las tierras más bajas situadas al pie de las montañas. Vivió en Hebrón, ciudad siete años más antigua que la de Tanis en Egipto. Lot poseyó la tierra de la llanura y el río Jordán, no lejos de la ciudad de Sodoma, que era entonces una buena ciudad y se encuentra ahora destruida por la ira de Dios, por la causa que luego señalaré en su lugar oportuno. CAPITULO IX Guerra de los sodomitas con los asirios 1. En aquellos tiempos en que los asirios imperaban en Asia, Sodoma gozaba de una situación floreciente tanto en riquezas como en abundancia de juventud. Eran cinco los reyes que domi- naban en la región, Balas, Barsas, Senabar, Simobor y el rey Ba- lenón, y cada rey comandaba sus propias tropas. Los asirios les hicieron la guerra dividiendo su ejército en cuatro partes. Cada parte tenía su jefe y después de entablada la batalla los asirios fueron los vencedores e impusieron gabelas a los reyes sodomitas. Durante doce años se sometieron y pagaron el tributo, pero el año décimotercero se rebelaron. El ejército asirio volvió a atacarlos a las órdenes de Amarapside, Ariocho, Codolamor y Tadal. Estos jefes arrasaron a Siria y vencieron a los descendientes de los gigantes. Cuando llegaron a las tierras de Sodoma instalaron el campamento en el valle llamado Pozos de Betún, porque en aquel tiempo era un lugar lleno de pozos (fréata). Ahora, desaparecida la ciudad de Sodoma, el valle se transformó en un lago que se llama Asfaltites. De este lago volveremos a hablar más adelante. Entablada la lucha de los sodomitas con los asirios la batalla se hizo encarnizada; muchos murieron y los de. más fueron tomados cautivos, entre ellos Lot, que había acudido en auxilio de los sodomitas. CAPITULO X Abram vence a los asirios, pone en libertad a los prisioneros y recupera el botín 1. Cuando Abram se enteró de la calamidad que les había ocurrido, temió por Lot, su pariente, y se compadeció de los sodomitas, que eran sus amigos y vecinos. Consideró conveniente prestarles ayuda y partió sin demora; marchó rápidamente y a la quinta noche atacó a los asirios cerca del Dan (que así se llama la otra rama del Jordán), y sorprendiéndolos de improviso, desprevenidos e inermes, mató a los que estaban durmiendo y puso en fuga a los que no se habían, acostado aún, pero que estaban demasiado embriagados para luchar. Abram los persiguió y al día siguiente los ahuyentó hacia Soba, lugar perteneciente a Damasco. De este modo demostró que la victoria no depende del número, sino de la rapidez y el valor de los soldados, que pueden dominar grandes multitudes; Abram venció a un ejército tan grande con sólo trescientos dieciocho de sus sirvientes y tres amigos. Todos los que huyeron regresaron a sus hogares ignominiosamente. 2. Abram libertó a los cautivos tomados por los asirios, salvó también a su pariente Lot y volvió en paz a su casa. El rey de Sodoma se encontró con él en un sitio llamado Campo real, donde lo recibió el rey de la ciudad de Solima, Melquisédec. Este nombre significa "rey justo"; y lo era, en opinión de todos. Por esa razón lo hicieron sacerdote de Dios. Y a Solima luego la llamaron Jerusalén. Melquisédec abasteció generosamente al ejército de Abram dándole abundantes provisiones. Y mientras se hallaban festejando lo elogió y alabó a Dios por haber sometido al enemigo a sus manos. Abram le dió la décima parte del botín y él la aceptó; el rey de Sodoma, por su parte, insistió en que Abram retuviera el botín para sí; pero le rogó que le devolviera los hombres que había salvado de los asirios, porque eran de él. Abram no quiso tomar del botín más que las provisiones para sus sirvientes, pero ofreció una parte a sus amigos que lo habían ayudado en la batalla. El primero se llamaba Escol, el segundo Ener y el tercero Mambres. 3. Dios encomió su virtud, pero le dijo: -No debes renunciar a la recompensa que merece tu hazaña. -¿Qué ventaja me dará esa recompensa -respondió él-, si nadie la gozará en lo futuro? (Porque no tenía hijos). Dios le prometió que tendría un hijo y que su posteridad sería muy numerosa, tanto como el número de estrellas. Y él ofreció un sacrificio a Dios, de acuerdo con sus órdenes. El sacrificio fué de esta manera: tomó una becerra de tres años, una cabra de tres años, un carnero igualmene de tres años, una tórtola y un palomino, y los dividió en dos, menos las aves. Luego, antes de que erigiera el ara y mientras volaban las aves de rapiña sedientas de sangre, oyó una voz divina que le anunció que su posteridad tendría vecinos enemigos durante su permanencia en Egipto, que se prolongaría cuatrocientos años; en ese lapso sufriría penas, pero luego vencería a sus enemigos, triunfaría en la guerra contra los cananeos y tomaría posesión de sus tierras y sus ciudades. 4. Abram vivía cerca del roble llamado Ogiges (un sitio que pertenecía a Canaán, no lejos de la ciudad de Hebrón). Preocupado por la esterilidad de su mujer, rogó a Dios que le concediera descendencia masculina. Dios le dijo que tuviera ánimo, que a todos los dones que le había acordado desde que lo sacó de Mesopotamía, agregaría el de darle hijos. Sara, de acuerdo con las órdenes de Dios, le llevó a la cama a una sierva llamada Agar, de ascendencia egipcia, para que le diera hijos. Cuando ésta estuvo embarazada miró con desprecio a Sara, como si el poder estuviera destinado a pasar a las manos de su prole. Abram la entregó a Sara para que la castigara y la mujer optó por huir y rogó a Dios que se compadeciera de ella. 1 En la Biblia Dios anuncia a Abram que tendrá un hijo con Sara, que el nombre de Abram será en lo sucesivo Abraham, porque haría de él un padre de multitudes, y que su mujer Sarai, madre de naciones, se llamará en adelante Sara; y establece la circuncisión como signo del pacto con Jehová (Gen. cap. 7). Esas referencias acerca del cambio de nombres faltan en el relato de Josefo. En el desierto le salió al encuentro un ángel de Dios y le orde- nó que volviera a la casa de sus amos; si se sometía a su prudente consejo, viviría mejor en lo sucesivo. Porque el motivo de su actual desgracia era su ingratitud y su arrogancia frente a su ama. Si desobedecía a Dios y persistía en seguir su camino, perecería; pero si volvía sería madre de un hijo que reinaría en la región. Volvió y obtuvo el perdón de sus amos y poco tiempo después nació Ismael, que significa oído por Dios, porque Dios escuchó los ruegos de su madre. 5. Abram tenía ochenta y seis años cuando nació el hijo que hemos dicho. A los noventa y nueve Dios se le apareció y le pro. metió que tendría otro hijo con Sara, y le ordenó que le pusiera de nombre Isaac; anunciándole que de su hijo saldrían grandes naciones y reyes, que por medio de guerras obtendrían toda la tierra de Canaán, desde Sidón hasta Egipto. Pero le prescribió que, para que su posteridad no se mezclara con otras, deberían circuncidarse a los ocho días de haber nacido. La causa de la circuncisión la explicaré en otro lugar 1. Preguntado por Abram si Ismael viviría, Dios le informó que sería longevo y padre de grandes multitudes. Después de agrade- cer a Dios por sus favores Abram se circuncidó, así como todos los que estaban con él y el niño Ismael, que tenía a la sazón trece años en tanto que él contaba noventa y nueve. CAPITULO XI Cólera de Dios por los pecados de los sodomitas. Destrucción de Sodoma. Las hijas de Lot 1. Por aquella época los sodomitas, a causa de su gran riqueza, se volvieron orgullosos, injustos con los hombres e impíos en la religión, olvidando los beneficios recibidos; odiaban a los forasteros y se entregaban a costumbres repudiables. Dios se sintió ofendido y decidió castigar su insolencia, y no solamente derribarles la ciudad, sino también, devastar los campos para que no creciera ningún producto de la tierra. 2. Cuando Dios decretó la suerte de los sodomitas, Abram (que estaba sentado a la puerta de su casa, junto al roble de Mambre), vió tres ángeles, y creyendo que serían forasteros, se levantó, los saludó y les ofreció su hospitalidad. Aceptaron y en seguida ordenó que se hicieran panes de harina flor, mató un becerro, lo asó y se lo llevó a sus huéspedes, que estaban sentados debajo del árbol. Ellos hicieron que comían y le preguntaron de paso dónde estaba Sara. Respondió que estaba dentro de la casa; le dijeron entonces que volverían posteriormente y que para ese entonces Sara sería madre. La mujer al oírlos sonrió y dijo que era imposible que ella engendrara hijos porque era nonagenaria y su marido tenía cien años. Ellos no disimularon más y manifestaron que eran ángeles de Dios; uno de ellos había sido enviado para anunciarles un hijo y los otros dos para derribar a Sodoma. 3. Oyendo esto, Abram se sintió apenado por los sodomitas; se levantó y rogó a Dios por ellos, pidiéndole que no destruyera a los buenos junto con los ímprobos. Dios repuso que no había buenos entre los sodomitas, y que si hubiese diez perdonaría a todos el castigo de sus pecados. Abram guardó silencio y los án- geles fueron a la ciudad de Sodoma donde Lot les pidió que acep- taran albergarse en su casa; porque era generoso con los foraste- ros y había aprendido a imitar la bondad de Abram. Los sodomitas, al ver a los adolescentes de extraordinaria belleza que se habían alojado en la casa de Lot, decidieron gozar de ellos por la fuerza; Lot los exhortó a contenerse y a no ofrecer un espectáculo inconveniente a los extranjeros, que eran sus huéspedes; y que si no podían dominarse, les daría a su hija para satisfacer su lujuria. Pero no cedieron. 4. Dios, iracundo por su audacia y su impudicia, quitó la vista a esos hombres para que no pudieran hallar la entrada de la casa de Lot, y condenó a Sodoma a la destrucción total. Lot, informado por Dios de que los sodomitas serían destruídos, partió de la ciudad con su mujer y sus hijas (que eran dos y eran vírgenes) ; en cuanto a los dos hombres con quienes estaban prometidas se burlaron de Lot y de sus palabras. Dios lanzó sus rayos sobre la ciudad y la hizo arder con todos sus habitantes, y devastó por el fuego los campos, como dije antes cuando escribí sobre la guerra de los judíos. La mujer de Lot, que se dió vuelta llena de curiosidad para ver lo que ocurría a la ciudad, a pesar de que Dios lo había prohibido, fué convertida en una estatua de sal (yo la he visto; todavía está). Lot y sus hijas huyeron a un pequeño lugar intacto, rodeado por el fuego, y allí se instalaron. Se llama todavía ahora Zoar, palabra que en hebreo significa pequeñez. Allí llevó una vida miserable, porque no tenía compañera y escaseaban las provisiones. 5. Creyendo las vírgenes que se había extinguido todo el géne- ro humano, tuvieron contacto con el padre, pero tomando la pre- caución de que éste no se enterare. Lo hicieron con el propósito de que no desapareciese completamente la humanidad. Tuvieron hijos; el de la mayor se llamó Moab, que significa "del padre". El de la menor se llamó Amón, que significa "hijo del género". El primero fué el padre de los moabitas, que son ahora una gran nación; el segundo de los amonitas. Ambas naciones habitan en la Celesiria. Y así fué como Lot salió de entre los sodomitas. CAPITULO XII Los árabes, descendientes de Ismael, hijo de Abram 1. Abram partió hacia Gerar, en Palestina, llevando consigo a Sara como si fuera su hermana, usando la misma simulación que la vez anterior. Temía a Abimélec, el rey de aquella tierra, que también se enamoró de Sara y se propuso corromperla. Pero una grave enfermedad que le envió Dios le impidió satisfacer su luju- ria. Cuando sus médicos desesperaban de curarlo se durmió y recibió en sueños la advertencia de que no debía inferir agravio a la esposa de su huésped. Cuando se recobró dijo a sus amigos que Dios le había enviado aquella enfermedad para vindicar a su huésped, a cuya esposa se había propuesto violar. (Porque no era su hermana, sino su legítima esposa.) Dios le había prometido concederle en adelante su favor, si libraba a aquel hombre de preocupación por la castidad de su esposa. Dicho esto, y por consejo de sus amigos, mandó llamar a Abram y lo exhortó a que no temiera que a su cónyuge le pasara ninguna contrariedad; porque Dios se había ocupado y por su providencia recuperaba a su mujer sin que hubiese sufrido ninguna ofensa. Apeló a Dios y a la conciencia de la mujer y dijo que no se habría sentido tentado de gozarla, si hubiese sabido que era su esposa. Como creyó que era su hermana, no había cometido nada injusto. Le suplicó que no le guardara rencor y le hiciera recuperar el favor de Dios. Si quería seguir con él, obtendría todo lo que necesitara y en abundancia; si decidía marcharse, lo despediría honrosamente y le daría todas las provisiones que había ido a buscar a su casa. A esto Abram le respondió que no había men- tido respecto al parentesco de su esposa (porque era hija de su hermano) ; y que no se consideraba seguro cuando viajaba con su esposa sin recurrir a ese subterfugio; añadió que él no le había causado la enfermedad, porque sólo había buscado su propia seguridad. Y le dijo que estaba dispuesto a quedarse con él. Abimélec le concedió tierras y dinero, y ambos convinieron en vivir juntos sin engaños. Prestaron juramento junto a un pozo llamado Bersube, que significa El pozo del juramento. Así lo llama aún hoy la población del lugar. 2. Poco tiempo después Abram tuvo un hijo de Sara, como le había predicho Dios, y le puso de nombre Isaac, que significa risa. Así lo llamaron porque Sara se había reído cuando Dios le dijo que pariría; no esperaba tener prole a su edad. Sara tenía noventa años y Abram cien. El hijo nació al año siguiente, y fué circuncidado al octavo día, y desde entonces los judíos acostum- bran a circuncidar a sus hijos dentro de ese término. Los árabes a los trece años, porque Ismael, generador de su pueblo, hijo de Abram y su concubina, fué circuncidado a esa edad. De lo cual daré ahora una explicación detallada. 3. Sara amó al principio a Ismael, nacido de su sierva Agar, con el cariño que hubiese dispensado a su propio hijo, porque estaba destinado a ser el sucesor en el gobierno. Pero cuando dió a luz a Isaac, no quiso que Ismael se educara junto con el niño, porque era mayor y podía perjudicarlo cuando muriera el padre. Persuadió a Abram que lo mandara con su madre a un país lejano. Al principio no accedió al pedido de Sara, pensando que era una medida inhumana despedir a un niño y una mujer carentes de recursos, pero al final consintió (porque Dios estaba conforme con lo que Sara había resuelto) ; entregó a Ismael a su madre, por. que todavía no sabía andar solo, y le mandó que se llevara una botella de agua y una rebanada de pan y se fuera, guiada por la necesidad. Marchó hasta que se encontró en mala situación por falta de provisiones; cuando estaba por terminarse el agua dejó al niño, que estaba por expirar, al pie de un abeto, y siguió andando sola para no presenciar su muerte. Pero un ángel de Dios le salió al encuentro, le indicó una fuente próxima y le ordenó que cuidara al niño y lo criara porque su salvación sería la felicidad de ella. Ella tuvo fe en la predicción y luego se encontró con unos pas- tores que la ayudaron a librarse de sus penurias. 4. Cuando el niño creció y llegó a la edad adulta se casó con una mujer oriunda de Egipto (de donde era también su madre). Con la cual tuvo Ismael doce hijos: Nabaiot, Cedar, Abdel, Ma- san, Idumas, Masmas, Masa, Codad, Temán, Jetur, Nafés y Cedmas. Habitaron las tierras que se extienden entre el Eufrates y el mar Rojo, y llamaron a la región Nabatea. Son árabes y sus tribus llevan sus nombres, por su propia virtud y por la dignidad de su padre Abram. CAPITULO XIII Dios ordena el sacrificio de Isaac 1. Abram amaba mucho a Isaac, porque era su unigénito y le había sido dado por Dios en los límites de la senectud. El niño a su vez se ganaba la benevolencia y el amor paternos practicando todas las virtudes, cumpliendo con su deber hacia sus padres y observando piadosamente la adoración de Dios. Abram también cifraba su felicidad en la esperanza de que a su muerte dejaría a su hijo en situación próspera, y la obtuvo por la voluntad de Dios. Queriendo probar la piedad de Abram, Dios se le apareció y le enumeró todos los beneficios que le había concedido; le recordó que lo había hecho superior a sus enemigos y que el nacimiento de su hijo Isaac, motivo principal de su presente felicidad, se lo debía a él; y le dijo que quería que le ofreciera a su hijo como sacrificio y víctima. Le ordenó que lo llevara al monte Morio, que levantara un altar y lo ofreciera en holocausto; esa sería la mejor manera de manifestar su piedad, anteponiendo a la salvación de su hijo lo que era grato a Dios. 2. Abram juzgó que no era justo desobedecer a Dios y que estaba obligado a servirlo en todas las circunstancias de la vida, porque todos los seres vivos gozaban de la vida por su providen- cia y sus dones. Ocultando la orden de Dios y sus propósitos de sacrificar a su hijo a su mujer y sus siervos, para que no le im- pidieran obedecer a Dios, tomó a Isaac con dos siervos y cargan- do en un asno lo necesario para el sacrificio partió hacia la mon- taña. Los siervos marcharon con él dos días; al tercer día, cuando vió delante de sí a la montaña, dejó en el campo a los siervos que lo acompañaban y siguió adelante con su hijo. Era la montaña en la cual el rey David levantó después el Templo. Llevaba todo lo necesario para el sacrificio menos el animal que había de ser ofrendado. Isaac tenía veinticinco años de edad. Y cuando estaba 1 En la Biblia no figura este discurso. construyendo el ara preguntó a su padre qué sacrificio ofrecerían, ya que faltaba la víctima para el holocausto. Le contestó que Dios proveería la víctima, porque él tenía el poder de suministrar todo lo que el hombre necesita y de privar de lo que tienen a los que se creen seguros; por eso si Dios quería que le fuera propicio el sacrificio proveería él mismo la víctima. 3. Cuando estuvo preparado el altar y Abram depositó la leña y todo estuvo listo, habló de este modo a su hijo: -¡Oh, hijo! Muchos votos hice a Dios para que tú nacieras. Cuando viniste al mundo te eduqué con los mayores cuidados, no habiendo nada que te fuera útil que no me empeñara en conseguir, y nada que me hiciera más feliz que la idea de verte hecho un hombre y de dejarte a mi muerte como sucesor de mis dominios. Pero como fué voluntad de Dios que yo fuera tu padre, y ahora es su voluntad que renuncie a ti, acepta con valor tu consagración. Porque te cedo a Dios, que ha considerado conveniente reclamarme esta prueba de veneración por los beneficios que me ha concedido, siendo mi sostenedor y mi defensor. Como has nacido morirás ahora, no de la manera ordinaria, sino enviado a Dios, padre de todos los hombres, por tu propio padre, por la vía ritual del sacrificio. Sin duda te considera digno de irte del mundo no por enfermedad ni por guerra ni por ninguna de las otras maneras corrientes, sino recibiendo tu alma en solemne sacrificio, para ponerte junto a sí; y allí serás mi apoyo y el sostenedor de mi vejez. Para eso principalmente te crié, y tú ahora harás que Dios sea mi consuelo en tu lugar1. 4. Isaac (que era de ánimo generoso, como hijo de su padre), quedó muy satisfecho del sermón y dijo que no habría merecido haber nacido si rechazase la decisión de Dios y de su padre y no se adaptase rápidamente a su gusto; sería injusto desobedecerlo aunque lo hubiese resuelto únicamente su padre. Y se dirigió in- mediatamente al altar para ser sacrificado. El hecho se habría consumado si Dios no se hubiera opuesto; llamando en voz alta a Abram por su nombre, le prohibió que matara a su hijo. Y le dijo que no era por deseo de sangre hu- mana que le había mandado matar a su hijo, ni quería apartarlo de aquel a quien había hecho su padre, sino para explorar su ánimo y saber si obedecería la orden. Conociendo ahora la pron- titud y disposición de su piedad, se alegraba de haberle concedido sus favores y no dejaría de velar por él y por toda su descendencia. Su hijo viviría muchos años y después de gozar de una existencia feliz dejaría una fuerza potente a una posteridad grande y legítima. Le predijo asimismo que su familia crearía numerosas naciones y que los patriarcas dejarían una fama eterna. Su posteridad obtendría la tierra de Canaán y concitaría la envidia de todos los hombres. Dicho esto, Dios hizo aparecer de pronto un carnero para el sacrificio. Habiendo recibido la promesa de tantos grandes favo- res, Abram e Isaac se abrazaron, y después de hacer el sacrificio volvieron a reunirse con Sara y vivieron felices todos juntos, asistidos por Dios en todo lo que necesitaban. CAPITULO XIV Muerte de Sara 1. Sara murió poco después, habiendo vivido ciento veintisiete años. La sepultaron en Hebrón; los cananeos les cedieron un se- pulcro público, pero Abram compró la tierra por cuatrocientos siclos a un tal Efrain, un habitante de Hebrón. Allí edificó Abram su monumento y el de sus descendientes. CAPITULO XV Los trogloditas, descendientes de Abram y Cetura 1. Después Abram se casó con Cetura, con la que tuvo seis hijos, hombres de trabajo y de agudo ingenio: Zambrán, Jazar, Madán, Madián,, Josubac y Suc. Los hijos de Suc fueron Sabatán y Dadán. Los de éste Latusim, Asuris y Luames. Los hijos de Ma. dián fueron: Efas, Ofrés, Anoc, Ebidas y Eldas. Para todos sus hijos y nietos Abram instaló colonias ocupando las tierras trogloditas y la región de la Arabia feliz, que se extendía hasta el mar Rojo. Ofrés hizo la guerra a Libia y la conquistó, y sus nie- tos, que la habitaron, pusieron su nombre al país y lo llamaron Africa. Lo que acabo de relatar lo atestigua Alejandro Polyhistor, quien dice: "El profeta Cleodemo, llamado también Malcus, en la historia que escribió de los judíos, dice, de acuerdo con el relato de Moisés, su legislador, que Abram tuvo muchos hijos con Cetura; y nombra a tres de ellos: Afer, Surim y Jafrán. Agrega que de Surim salió el nombre de Asiria, y de los otros dos, Afer y Jafrán, los de la ciudad de Afra y de la tierra del Africa. Porque esos hombres ayudaron a Hércules cuando peleó contra Libia y Anteo. Y dice que Hércules se casó con la hija de Afra y tuvo con ella un hijo, Didoro; hijo de éste fué Sofón, de donde sale el nombre del pueblo bárbaro de los sofaceos". CAPITULO XVI Enlace de Isaac con Rebeca 1. Cuando Abram resolvió tomar por esposa para su hijo Isaac, que tenía cuarenta años de edad, a Rebeca, nieta de su hermano Nacor, envió a hacer los esponsales al más anciano de sus sirvientes, después de haberlo obligado a darle la máxima garantía de fidelidad. El juramento se hizo de la siguiente ma- nera: cada cual puso la mano debajo del muslo del otro, y ambos invocaron a Dios como testigo de lo que debían hacer. Y mandó con 61 a sus amigos como obsequio objetos que por ser raros o nunca vistos en aquella tierra eran de valor inestimable. El viaje insumió al sirviente mucho tiempo, porque era difícil transitar por la Mesopotamia, en invierno por el espesor del cieno, y en verano por la falta de agua y por los ladrones que infestaban el lugar y contra los cuales los viajeros debían precaverse. Finalmente llegó a Carra. Antes de entrar en la ciudad se encontró con una gran cantidad de doncellas que iban a buscar agua y rogó a Dios que Rebeca, aquella a la que su amo le había enviado a pedir para su hijo, estuviese entre ellas, y que la señal para reconocerla, fuese que las demás le negasen agua y ella se la diese. 2. Con ese propósito se acercó a la fuente y pidió a las don- cellas que le dieran agua para beber. Todas se negaron, con la excusa de que la necesitaban para sus casas y no podían disponer de la menor cantidad; sólo una reprochó a las demás su falta de hospitalidad, y les preguntó cómo podrían compartir la vida de los hombres si se negaban a compartir con ese hombre un poco de agua. Y se la ofreció gentilmente para beber. El criado pensó que su misión tendría éxito, pero deseando co- nocer la verdad, la alabó por su generosidad y su humanidad, 1 No está de acuerdo con la Biblia. porque no había vacilado en dar agua al que la necesitaba, aunque le costaba trabajo sacarla. Y le preguntó quiénes eran sus padres, felicitándolos por tener una hija como ella. -Sin duda estarás casada, a satisfacción de ellos -le dijo-, con un buen esposo a quien darás hijos legítimos. Rebeca no desdeñó responder a su pregunta, y le dijo quién era su familia. -Mi nombre es Rebeca -dijo-. Mi padre se llamaba Batuel, pero ya ha muerto1. Mi hermano es Labán, que junto con mi madre atiende todos los asuntos de mi familia y cuida mi vir- ginidad. Al oírlo el criado se alegró mucho por el episodio y vió que era Dios quien había dirigido sus pasos. Sacando los brazaletes que había llevado, y otros adornos propios de una virgen, se los dió a la muchacha como agradecimiento y recompensa por su amabili- dad, diciéndole que era justo que se los diera porque había sido más amable que las demás. Como se acercaba la noche y no podía seguir viaje, le pidió que le permitiera pernoctar en su casa. Sacando sus preciosos adornos para mujeres, le dijo que no los confiaría a nadie mejor que a ellos; y que sin duda por ser tan humanitarios su madre y su hermano no quedarían desconformes con él, porque no sería una carga y pagaría el alojamiento y los gastos de su propio peculio. Replicó ella que había acertado en cuanto a la humanidad de sus padres, pero que no aceptarían dinero y lo hospedarían com- pletamente gratis. Pero primero era necesario que le pidiera licencia a su hermano Labán para llevarlo a su casa. 3. Hecho lo cual la muchacha condujo al forastero. Los criados de Labán se hicieron cargo de los camellos y a él Labán lo llevó a comer. Después de la cena les dijo, a él y a la madre de la joven: -Abram es hijo de Tare, y pariente de vosotros, porque Nacor, mujer, el abuelo de estos hijos, era hermano de Abram, de padre y madre. El me envió porque desea tomar a esta doncella como esposa de su hijo. Es su hijo legítimo y su único heredero. Podría conseguir a la mujer más opulenta de aquella tierra, pero no quiere que su hijo se case con ninguna de ellas, sino que contraiga enlace honorablemente con una de su raza. Fué por voluntad de Dios que encontré a tu hija y su casa; porque cuando estaba cerca de la ciudad vi una cantidad de doncellas que iban a la fuente, y rogué que pudiese encontrarme con esta virgen, lo cual así sucedió. Debéis, por lo tanto, confirmar el matrimonio, cuyos esponsales han sido hechos de antemano por decisión divina; y honrar a Abram, que me envió con tanto empeño. Comprendiendo que era la voluntad de Dios, enviaron a la joven de acuerdo con las condiciones pedidas. Isaac casó con ella y recibió la herencia; porque los hijos de Cetura se habían instalado en sus propias colonias. CAPITULO XVII Muerte de Abram 1. Poco tiempo después murió Abram. Fué un hombre de virtudes incomparables, favorecido por Dios por su gran piedad. El total de su vida fué de ciento setenta y cinco años; fué sepultado en Hebrón, junto con su esposa Sara, por sus hijos Isaac e Ismael. 1 En la Biblia la invocación a Dios la formula en primer término Isaac (Génesis, XXV, 21), y luego Rebeca (id., 22), siendo a Rebeca solamente a quien Dios descubre el porvenir de sus hijos. CAPITULO XVIII Esaú y Jacob, hijos de Isaac. Matrimonio de Esaú. Isaac bendice a Jacob 1. La mujer de Isaac quedó embarazada (después de la muer- te de Abram), y como el vientre adquiriera un volumen inusitado, Isaac, inquieto, preguntó por ella a Dios. Este le contestó que Rebeca pariría gemelos1; y que las naciones tomarían el nombre de sus hijos. Y que el que saliera segundo sería superior al primero. No mucho tiempo después, como predijera Dios, nacieron gemelos; el mayor era áspero y velloso de la cabeza a los pies, pero el menor lo tomó del calcañar cuando estaban naciendo. El padre amaba al mayor, que por su pilosidad fué llamado Esaú o Seir, porque en hebreo se dice seir al pelo. Jacob, el menor, era más amado por la madre. 2. Como había hambre en el país, Isaac quiso trasladarse a Egipto, pero por orden de Dios se traladó a Gerar, donde el rey Abimélec lo recibió, porque Abram había vivido en un tiempo con él y había sido su amigo. Al principio lo trató amablemente, pero luego sintió envidia al ver que Dios lo ayudaba y lo favorecía, y lo alejó de su lado. Ad- virtiendo Isaac que la envidia había cambiado al rey, se retiró a un sitio llamado El Valle, no lejos de Gerar. Comenzó a abrir un pozo pero lo atacaron unos pastores para impedir que lo hiciera. No queriendo luchar, se retiró y abrió otro pozo; otros pastores de Abimélec lo hostigaron a su vez. Dejó también el segundo pozo y se retiró, y de ese modo se ganó la tranquilidad gracias a su conducta prudente. Finalmente, el rey lo autorizó a abrir un pozo sin sufrir incon- venientes. Le puso de nombre Rejovot, que significa amplio espa- cio. De los pozos anteriores uno se llamaba Escón, que significa altercado, el otro Sitena, que significa enemistad. 3. Los asuntos de Isaac crecieron en potencia y magnitud. Abimélec creyó que Isaac le guardaba rencor por la mutua desconfianza que había entre los dos y porque Isaac se retiró ocultando su enemistad. Temió que su anterior amistad con Isaac no fuera eficaz si éste se proponía vengarse de las ofensas. Fué, por tanto, a renovar la amistad con él llevando consigo a uno de sus generales, llamado Ficol. Después de obtener lo que quería, gracias a la bondad de Isaac, que prefería la amistad que Abimélec le había demostrado anteriormente a él y a su padre, a su ira posterior, se volvió a su casa. 4. Cuando Esaú, el hijo preferido de Isaac, llegó a los cuarenta años, se casó con Ada, hija de Helón, y con Alibama, hija de Esebón, poderosos señores de los cananeos; realizó los matrimonios por su propia autoridad, sin consultar a su padre. Si hubiese preguntado a Isaac, éste no habría consentido los enlaces, porque no estaba conforme en contraer alianzas con los habitantes de esas tierras. Pero no queriendo molestar a su hijo, ordenándole abandonar a sus esposas, prefirió guardar silencio. 5. Cuando llegó a viejo y quedó privado de la vista, llamó a Esaú y le dijo que además de su ceguera, su senectud le impedía rendir culto a Dios; y le ordenó que fuera a cazar todos los venados que pudiera y que luego le preparase una cena. Podría entonces suplicar a Dios que ayudara a su hijo y lo sostuviera durante toda su vida. Añadió que no sabía a ciencia cierta la fecha de su muerte, y que deseaba obtener de antemano, con sus oraciones, la bene. volencia divina para él. 6. Esaú salió a cazar. Pero Rebeca, creyendo que era mejor implorar el favor de Dios para Jacob, contrariando la voluntad de Isaac le ordenó que matara unos cabritos y preparara un guisado. Jacob obedeció a su madre, siguiendo sus instrucciones. Cuando estuvo listo el guisado, se cubrió los brazos con la piel de un cabrito para que su padre, por el vello, creyera que era Esaú. Eran mellizos, iguales en todo y diferentes sólo en este detalle. Lo hizo por temor de que su padre, antes de hacer las imploraciones, descubriera su superchería y lo maldijera. Le llevó la vianda e Isaac, reconociéndolo por la voz, llamó a su hijo. Este le dió la mano, cubierta con la piel de cabrito. Cuando Isaac la tocó dijo -Tu voz parece la voz de Jacob, pero por el espesor de tu vello veo que eres Esaú. 7. Sin sospechar el engaño comió el guisado y se entregó a rogar e interceder ante Dios. Y dijo: -¡Señor de todos los tiempos y creador de todas las cosas! Tú fuiste el que concedió a mi padre abundancia de cosas buenas, y me diste todo lo que tengo, y prometiste a mi posteridad ser su ayuda y su sostén y concederle favores más grandes aún. Confirma ahora tus promesas y no me abandones, porque en mi presente condición te necesito más que nunca. Concede tu gracia a mi hijo, evítale todos los males. Concédele una vida feliz y la posesión de todo lo bueno que tú puedes acordar. Hazlo temible para sus enemigos y honrado y amado por sus amigos. 8. Esto es lo que pidió Isaac a Dios, creyendo que sus ruegos eran para Esaú. Apenas había terminado cuando volvió Esaú de la caza. Cuando Isaac advirtió el error, guardó silencio. Pero Esaú le pidió que le hiciera compartir la bendición que le había dado a su hermano; el padre se negó, porque todas las oraciones las había volcado sobre Jacob. Esaú lloró por el error. Su padre, apenado por su llanto, le dijo que sería superior en la caza y fuerte de cuerpo y en el ejercicio de las armas, en todo lo cual obtendría gloria eterna, él y después de él su posteridad. Pero que debería servir a su hermano. 9. Jacob temía que su hermano lo castigara por el engaño de la bendición paterna; su madre lo libró del peligro convenciendo a Isaac que tomara esposa para Jacob en la Mesopotamia, entre los miembros de su familia. había ae no vuelto gustaban los Basemat, hija de Ismael, porque a su padre eso, cananeos y le había reprobado sus anteriores enlaces;por eso para agradar a su padre, se había casado con Basemat, por la realmente sentía mucho afecto. CAPITULO XIX El sueño de Jacob. Raquel. Jacob huye a la Mesopotamia 1. Jacob fué enviado a la Mesopotamia por su madre para que se casara con la hija de su hermano Labán, matrimonio autorizado por Isaac en atención a los deseos de su esposa. Viajó por las tierras de Canaán y como odiaba a sus habitantes no se alojó en la casa de ninguno de ellos; antes bien se tendió al aire libre apoyando la cabeza en un montón de piedras reunidas. Vió entonces en sueños una escalera que iba de la tierra al cielo, y personas que descendían de la escalera y que parecían superiores a los seres humanos. Finalmente, apareció Dios mismo sobre ella, claramente visible. Y llamándolo por su nombre le habló de esta manera: 2. -Jacob, no es propio que tú, hijo de un buen padre y nietode un abuelo que ganó reputación por sus grandes virtudes,tedesalientes por tu actual situación; debes esperar tiemposmejores,porque con mi ayuda tendrás todas las cosas buenasenabundancia;yo traje a Abram hasta aquí desde la Mesopotamia,cuandofuédesterrado por sus parientes, e hice detupadreunhombrefeliz.No menor será la felicidad que te concederé a ti. Levanta el ánimo y prosigue este viaje con mi guía, porque el matrimonio que buscas con tanto empeño será consumado. Y tendrás buenos hijos cuyos descendientes serán multitudes innumerables; y dejarán lo que tengan a una posteridad más numerosa aún, y a ellos y su posteridad les doy el domino de esta tierra, y su posteridad llenará toda la tierra y el mar que ilumina el sol. No temas ningún peligro, ni al trabajo que deberás cumplir; yo velaré ahora por lo que debes hacer, y mucho más en lo futuro. 1 J. t-8 3. Estas fueron las predicciones que Dios hizo a Jacob, quien se alegró de lo que había visto y oído y echó aceite en las piedras, porque en ellas le habían sido hechas las predicciones de tantos grandes favores. Hizo, además, el voto de que ofrecería un sacrificio sobre ellas, si vivía y volvía sano y salvo; y en tal caso daría a Dios el diezmo de lo que hubiese adquirido. Consideró también que aquél era un lugar de honor, y lo llamó Bezel, lo que en la lengua de los griegos significa casa de Dios. 4. Prosiguió viaje hacia la Mesopotamia y llegó finalmente a Carra. Se encontró en los suburbios con pastores, adolescentes y muchachas, sentados junto a un pozo, y se quedó con ellos como si desease tomar agua. Comenzó a hablar con ellos y les preguntó si conocían a un tal Labán y si aún vivía. Todos respondieron que lo conocían (porque no era una persona sin importancia para que hubiese alguno que lo ignorara), y que su hija solía pa. cer con ellos el rebaño de su padre. Y se extrañaron de que aún no hubiese llegado. -Por su intermedio -dijeron- podrás averiguar mayores detalles sobre su familia. Cuando decían esto llegó la doncella con otros pastores. Le señalaron a Jacob diciéndole que era un forastero que preguntaba por su padre. Contenta como una criatura por la llegada de Jacob, le preguntó quién era, de dónde venía y qué le hacía falta. Y le dijo que ojalá pudieran darle todo lo que necesitaba.1 5. Jacob quedó cautivado no tanto por la comprobación de su parentesco ni por la benevolencia con que lo recibía, como por el sentimiento de amor que le provocó la doncella y la sorpresa que experimentó ante su belleza, tan deslumbrante que pocas mujeres de su edad podían ostentar. Y dijo: -Si tú eres la hija de Labán, existe un parentesco anterior a tu nacimiento y al mío. Abram fué hijo de Tare, como Arán y Nacor. Tu abuelo Batuel fué hijo de Nacor. Mi padre, Isaac, de Abram y Sara, hija de Arán. Pero hay otro lazo de parentesco más próximo entre nosotros dos, porque mi madre, Rebeca, es hermana de tu padre Labán, de padre y madre. Luego tú y yo somos primos hermanos. Vine ahora a saludaros y a renovar nuestra relación. Ante estos recuerdos la doncella (como suelen hacer las adolescentes), se echó a llorar y abrazó a Jacob, porque había oído hablar a su padre de Rebeca y sabía que sus padres la apreciaban. Lo abrazó y le dijo que su llegada sería un gran placer para su padre y para toda su familia, los que siempre hablaban de su madre y la recordaban mucho. Luego le rogó que fuera a ver a su padre; ella lo conduciría, porque no era justo privarlo más tiempo de ese gran placer. 6. Dicho esto lo llevó a presencia de Labán. Recibido por su tío, se sintió seguro y entre amigos, y les produjo mucho placer con su presencia inesperada. Pocos días después Labán le dijo que no podía expresar en palabras la alegría que le había ocasionado su llegada, pero quería saber el motivo de su visita, y por qué había dejado a sus ancianos padres, que necesitaban de sus cuidados; y le dijo que le daría toda la ayuda que fuera necesario. Jacob le explicó el motivo de su viaje, diciéndole que Isaac tenía dos hijos mellizos, él y Esaú; que éste, habiendo perdido las bendiciones de su padre, que por la sabiduría de su madre habían recaído en él, quiso matarlo, por haber sido privado del reino que le daría Dios, y de los beneficios implorados por su padre. Por eso se había ido, siguiendo las instrucciones de su madre. -Porque -dijo-, todos somos hermanos, pero mi madre aprecia más una alianza con ustedes que con cualquier familia de aquella tierra. Confié para mi peregrinación en la protección de Dios y en la tuya y por eso me considero seguro en las actuales circunstancias. 7. Labán prometió ayudarlo amistosamente, en homenaje de sus antepasados y sobre todo en obsequio de su madre, a la que demostraría su afecto, aún estando ausente, rodeando de atenciones a su hijo. Porque lo nombraría principal pastor de su rebaño, con toda la autoridad necesaria. Y cuando quisiera volver a reunirse con sus padres, les enviaría obsequios dignos de su estrecho parentesco. Jacob escuchó sus palabras con mucha alegría y le dijo que con gusto aceptaría todas las labores que quisiera encomendarle mientras estuviese con ellos, pero que quería a Raquel por esposa, como recompensa por esas labores, porque ése fué el propósito de su viaje (y porque amaba a la doncella). Labán aceptó complacido la propuesta y consintió en darle la doncella porque dijo que no podría encontrar otro yerno mejor que él. Pero le anunció que se la daría por esposa si se quedaba cierto tiempo a vivir con ellos, porque no quería que su hija fuera a vivir entre los cananeos; ya estaba bastante arrepentido de la alianza que había hecho anteriormente su hermana. Jacob consintió, conviniendo en que se quedaría siete años. Resolvió servir este tiempo a su suegro, para que así, conociendo su virtud; supiera qué clase de hombre era. Labán aceptó las condiciones y transcurrido el tiempo señalado, preparó la ceremonia nupcial. Cuando llegó la noche, sin que Jacob lo adviritiera Labán le puso en la cama a su otra hija, que era mayor que Raquel y de rostro no tan agraciado. Por el vino que habían bebido y la oscuridad Jacob no advirtió con quién se acostaba. Cuando llegó la luz del día conoció el engaño y reprochó a La- bán su proceder injusto. Labán le pidió perdón y alegó que no le había dado a Lía por maldad, sino obligado por la necesidad. Sin embargo nada le impediría casarse también con Raquel; si le servía otros siete años le daría la doncella que amaba. Jacob acce- dió a la condición, porque su amor por la muchacha no le permi- tía hacer otra cosa. Y después de otro lapso de siete años, tomó a Raquel en matrimonio. 8. Las dos hermanas tenían cada cual una criada, que les había dado el padre. La de Lía era Zelfa y la de Raquel, Bala; no eran esclavas, sino sometidas a sus amas. Lea sufría por el amor que su marido demostraba a su hermana; pensó que si le diera hijos sería más apreciada, y en este sentido rogó continuamente a Dios. Dió a luz un hijo, y su esposo se reconcilió con ella; Lía le puso el nombre de Rubén, porque Dios había tenido misericordia dándole un hijo; esto es lo que significaba el nombre. Después de cierto tiempo tuvo tres hijos más; Simeón, nombre que significa que Dios había escuchado sus ruegos; Leví, el confirmador de su amistad, y luego Judá, que significa acción de gracias. Raquel, temiendo que la fertilidad de Lía haría disminuir su parte del amor de Jacob, le dió como concubina a su criada Bala;con ella tuvo Jacob un hijo llamado Dan, nombre que en griego podría interpretarse como reivindicación de Dios. Luego nació Neftalí, "conquistado con dolo", porque Raquel había contendido con la fecundidad de su hermana mediante el dolo. Pero Lía siguió el mismo sistema, y usó del mismo artificio contra su hermana: dió a su marido a su criada Zelfa como con- cubina. Tuvo un hijo cuyo nombre fué Gad, que puede interpre. tarse como ventura. Después de él nació Aser, que sería "el que da dicha", porque había aumentado la dicha de Lía. Rubén, el hijo mayor de Lía, trajo mandrágoras a su madre. Cuando Raquel las vió le pidió que se las diera, porque ansiaba comerlas. Su hermana se las negó, diciéndole que se conformara con haberla privado de los favores de su marido. Raquel, para aliviar la animosidad de su hermana, le propuso cederle esa noche a su marido para que se acostara con ella. Aceptó Lía el favor, y aquella noche Jacob durmió con ella, por gracia de Raquel. Luego dió a luz a estos hijos: Isacar, que significa nacido por merced, y Zabulón, o prueba de la benevolencia hacia ella; y una hija, Dina. Un tiempo después Raquel tuvo un hijo llamado José, que significa que habría un agregado. 9. Jacob apacentó el rebaño de su suegro durante veinte años. Pasado este tiempo le pidió permiso para irse a su casa con sus esposas. Como su suegro se lo negara, decidió marcharse secreta- mente y consultó la opinión de sus mujeres sobre el viaje. Ellas se declararon conformes. Raquel se llevó consigo las imágenes de los dioses que según sus leyes adoraban en esa tierra y se fugó con su hermana, los hijos de ambas, las criadas y todo lo que poseían. Jacob se llevó además la mitad del ganado, sin decir nada a Labán. La razón de que Raquel se llevase los ídolos, aunque Jacob le había enseñado a despreciar esos cultos, fué que, en caso de que fueran perseguidos y alcanzados por su padre, podría acudir a los ídolos para lograr su perdón. 10. Tres días después, al enterarse de que Jacob había partido con sus hijas, Labán se sintió muy indignado y los persiguió llevando consigo un grupo de hombres; al séptimo día los alcanzó, encontrándolos cuando estaban descansando en una loma. No discutió con ellos porque era la caída de la tarde; pero Dios se le apareció en sueños y le advirtió que debía recibir a su yerno y sus hijas pacíficamente; que no se dejara llevar por la ira e hiciera un pacto con Jacob. Y le previno que si juzgando que eran un grupo reducido los atacaba violentamente, él estaría de parte de ellos. Advertido de ese modo por Dios, Labán llamó a Jacob al día siguiente para tratar con él y le relató el sueño que había tenido. Cuando aquél se acercó confiado le reprochó su proceder, diciendo que lo había mantenido cuando era pobre y le había dado todo lo que necesitaba. -Te di -dijo-, mis hijas en matrimonio, y supuse que de este modo aumentaría tu afecto; pero tú no tuviste consideración ni por el parentesco que me une con tu madre ni por el que contra- jimos luego nosotros; ni por las esposas con quienes te casaste, ni por los hijos de los que soy abuelo. Me trataste como si fuera tu enemigo, llevándote mi ganado y convenciendo a mis hijas que huyeran del lado de su padre; y llevándote las sagradas imágenes paternales que adoraron mis antepasados y a las que yo honré con el mismo culto. Y todo esto lo has hecho siendo mi pariente, hijo de mi hermana y esposo de mis hijas, y después de haber sido tratado por mí con hospitalidad y de haber comido en mi mesa. Dicho esto por Labán, Jacob se defendió diciendo que él no era el único en quien Dios había implantado el amor a la patria y que era razonable que después de tanto tiempo quisiera volver a su tierra. -En cuanto a la rapiña de que me acusas -dijo-, cualquiera que lo juzgase encontraría que fuiste tú quien me trató con injus- ticia. En lugar de las gracias que debiera haber recibido de ti por cuidarte y aumentarte el ganado, me reprochas sin razón por haberme llevado apenas una pequeña parte. En cuanto a tus hijas has de saber que no es con malas artes que me han seguido en mi regreso a mi hogar, sino por el amor que las esposas sienten naturalmente por sus maridos. Y no me siguen tanto a mí como a sus hijos. De este modo se justificó para rechazar la acusación de haber actuado injustamente. Luego añadió sus propias quejas y acusa- ciones contra Labán, diciendo que era el hijo de su hermana y que le había dado sus hijas en matrimonio, pero que lo había agotado haciéndolo trabajar para él veinte años. Los que tuvo que trabajar para casarse con sus hijas fueron pasables, pero los que agregó luego fueron peores que si hubiesen sido inferidos a un enemigo. Porque en realidad Labán había tratado muy mal a Jacob; como viera que Dios estaba con él en todo lo que deseaba, le pro- metía que del ganado nuevo que naciera, le corresponderían a veces los blancos y otras veces los negros; pero cuando los que debían pasar a poder de Jacob eran numerosos, no cumplía su palabra y le decía que se los entregaría al año siguiente, porque le envidiaba la cantidad de sus posesiones. Le prometía siempre en la creencia de que no habría una producción tan grande. Y cuando nacía el ganado lo engañaba. 11. En cuanto a las imágenes sagradas, Jacob lo invitó a que lo registrara. Labán aceptó y cuando Raquel lo supo las puso en la silla del camello en que viajaba, y se sentó encima. Luego dijo que la menstruación le impedía levantarse. Labán dejó de buscar, porque no suponía que su hija se acercaría a los ídolos estando en ese estado. Hizo un pacto con Jacob, sellado con juramento, de que no le guardaría rencor por lo acontecido; y Jacob aceptó y prometió amar a las hijas de Labán. Hicieron los juramentos en unas montañas en las que levantaron una columna de forma de altar. Por eso aquella colina se llama Galaad, y por eso aquella tierra se sigue llamando aún hoy la tierra de Galaad. Después de festejar el pacto, Labán se volvió a su casa. CAPITULO XX Jacob vuelve a Canaán. Su encuentro con Esaú 1. Cuando Jacob se dirigía a la tierra de Canaán vió ante él en el camino unos ángeles de Dios que le dieron buenas refe- rencias de su futuro; al sitio en que aparecieron lo llamó Campa- mento de Dios. Deseando saber cuáles eran las intenciones que tenía su hermano a su respecto, envió mensajeros para que lo averiguaran con exactitud, temiendo que subsistiera la antigua enemistad. Les encargó que dijeran a Esaú que Jacob no había creído conveniente vivir con él cuando estaba enojado y por eso se había ido de la región, pero que ahora, suponiendo que el tiempo transcurrido había modificado las cosas, volvía a su hogar trayendo consigo a sus esposas y sus hijos y los bienes que había adquirido. Se entregaba en sus manos, con todo lo que era más caro para él. Su mayor placer sería compartir con su hermano todo lo que Dios le había dado. Los mensajeros transmitieron el mensaje y Esaú, muy contento, le salió al encuentro con cuatrocientos hombres. Cuando Jacob supo que se aproximaba con tanta gente armada, tuvo miedo. Se encomendó a Dios y arbitró los recursos necesarios para salvarse él y los suyos si los atacaban violentamente. Dividió a su comitiva en dos partes; envió la primera delante y ordenó a la otra que lo siguiera muy de cerca. De tal modo si el enemigo dominaba a la primera se refugiaría en la segunda. Hecho esto envió presentes a su hermano, consistentes en animales de carga y numerosos cuadrúpedos de todas clases que serían muy estimados por sus destinatarios debido a su rareza. Los envió separados por ciertos intervalos entre sí, para que fueran llegando continuamente y parecieran más numerosos. Esperaba aplacar la cólera de Esaú con los presentes, si aún estaba irritado. Dió asimismo instrucciones a los mensajeros de que le hablaran en términos amables. 2. Hechos todos estos preparativos de día, Jacob se puso en marcha de noche con su comitiva. Después de cruzar el río Jaboc, Jacob quedó rezagado. Tropezó con un espectro que lo provocó, luchó con él y lo venció. El espectro alzó la voz y habló, dicién- dole que se alegrara por lo que le había sucedido porque no era una victoria fácil la que había obtenido: había vencido a un ángel divino y debía considerar la victoria como un presagio de la gran felicidad que le esperaba. Su descendencia jamás fracasaría y nadie sería bastante fuerte para vencerla. Le ordenó además que en lo sucesivo se llamara Israel, palabra que en hebreo significa "el que luchó con el ángel divino". Estas promesas fueron formuladas a ruego de Jacob, que cuando supo que era un ángel de Dios le pidió que le aclarara su futuro. Pronunciadas sus palabras el espectro desapareció. Jacob quedó complacido por todo lo ocurrido y llamó a aquel sitio Fa- nuel, que significa "el rostro de Dios". Como de la lucha le quedara dolorido el nervio ancho, se abstuvo después de comer ese nervio. Y por eso nosotros no lo comemos hoy en día. 3. Cuando Jacob supo que su hermano estaba cerca envió delante a sus mujeres, cada cual con su criada, para que vieran de lejos la pelea de los hombres, si éste era el designio de Esaú. Luego se dirigió a su hermano Esaú y le hizo una reverencia. Esaú, que no abrigaba malas intenciones, le devolvió el saludo, y le preguntó quiénes eran esas mujeres y esos niños. Cuando averiguó lo que deseaba saber, le pidió que fueran con él a la casa de su padre. Pero Jacob se excusó pretextando que los ani- males estaban cansados, y Esaú se volvió a Saira, que así se lla- maba el lugar donde vivía. Le había puesto ese nombre, "hirsuto", por su hirsuta cabellera. CAPITULO XXI El rapto de Dina 1. Jacob llegó a un sitio que todavía ahora se llama Skenas (Tiendas) y de ahí se trasladó a la ciudad de Síquem, que era de los cananeos. Los siquemitas celebraban una festividad solemne y Dina, la única hija de Jacob, fué a la ciudad a ver los atavíos de las mujeres. Cuando la vió Siquem, hijo del rey Emor, la raptó y la violó. Pero enamorado de la joven, rogó a su padre que le pidiera a la joven en matrimonio. El padre consintió y fué a ver a Jacob para pedirle que su hijo tomara a Dina en legítimo connubio. Jacob juzgó que la ley le prohibía casar a su hija con un extranjero, pero no podía negarse a un personaje de tan alta jerarquía, y le pidió permiso para consultar el caso. El rey partió, esperando que Jacob accedería al enlace. Jacob informó a sus hijos de la violación de su hermana y del pedido de Emor. Y les pidió que le dieran un consejo. Nadie supo decir nada, salvo Simeón y Leví, hermanos de madre de la muchacha, que convinieron en la siguiente resolución: como los siquemitas estaban de fiesta, los atacarían de noche cuando se hallaran dormidos, matarían a todos los hombres incluso al rey y su hijo, y respetarían a las mujeres. Esto lo hicieron sin el con- sentimiento de su padre, y rescataron a su hermana. 2. Cuando Jacob, estupefacto ante la magnitud de aquellos actos, reprochaba a sus hijos por haberlos cometidos, se le apare- ció Dios y le ordenó que recuperara el ánimo, que purificara las tiendas y ofreciera los sacrificios que había prometido cuando fué a Mesopotamia y vió la visión. Cuando estaba purificando a su gente, encontró los dioses de Labán (no sabía que Raquel los ha- bía robado). Los escondió enterrándolos al pie de una encina; luego partió de allí y ofreció sacrificio en Bezel, donde había visto el sueño cuando se dirigía a Mesopotamia. 1 En la Biblia Raquel llama a su hijo Benoni (de Biniamin, hijo de mi vejez), en recuerdo de sus sufrimientos. 3. De allí siguió viaje y llegó a Efrata, donde sepultó a Raquel que murió de parto. Fué la única de los parientes de Jacob que no tuvo la honra de ser sepultada en Hebrón. Después de cumplir un largo período de luto, dió al hijo que había nacido el nombre de Benjamín, por el dolor que le había causado a la madre 1. Estos fueron los hijos de Jacob, doce varones y una mujer. De ellos ocho eran legítimos, seis de Lía y dos de Raquel; y cuatro de las criadas, dos de cada una. Los nombres ya han sido dichos anteriormente. 2 La Biblia fija en ciento ochenta años la edad de Isaac (Génesis, XXXV, 28). CAPITULO XXII Muerte de Rebeca y de Isaac 1. De allí Jacob se trasladó a Hebrón, ciudad situada en Canaán; allí residía Isaac. Vivieron un tiempo juntos. A Rebeca Jacob no la encontró viva. Isaac murió al poco tiempo de regresar su hijo y fué enterrado por sus hijos junto a su mujer, en Hebrón, donde tenían el sepulcro de sus antepasados. Isaac fué un hombre amado por Dios, y recibió los favores de la providencia divina después de su padre Abram. Vivió muchísimos años; después de vivir virtuosamente ciento ochenta y cinco años, murió2. 1 En la Biblia Esaú cede su derecho de primogenitura a Jacob, no dándole en ese momento ninguna importancia (Génesis, XXV, 31-34). LIBRO II Abarca un lapso de doscientos veinte años CAPITULO I Esaú y Jacob se reparten sus dominios. Esaú se queda con la Idumea y Jacob con Canaán 1. Después de la muerte de Isaac sus hijos se repartieron sus dominios, sin retener lo que habían recibido antes. Esaú se trasladó de la ciudad de Hebrón, que dejó a su hermano, a la de Seir, desde donde gobernó a Idumea, país al que puso su propio sobrenombre. Lo llamaban Edom por la siguiente causa: Un día que volvía muy hambriento de cazar (era un niño aún), se en- contró con su hermano que preparaba un potaje de lentejas, de un color rojo oscuro. Se sintió incitado a comerlo y le rogó a su hermano que le diera una parte; éste, aprovechando el hambre de su hermano, lo obligó a cederle en cambio la primogenitura11. Impulsado por el hambre, aquél así lo hizo, bajo juramento. De ahí que, debido al color rojo del potaje lo llamaran en broma Edom, que es como se dice rojo en hebreo. Y éste fué el nombre que puso al país. Pero los griegos le dieron una pronunciación más agradable, llamándolo Idumea. 2. Tuvo cinco hijos, de los cuales Jaús, Jeglom y Coreo lo fueron de una de sus esposas llamada Alibama; de los restantes, Elifas fué engendrado por Ada, y Ragüel por Basemat; éstos fueron los hijos de Esaú. Elifas tuvo cinco hijos legítimos, Temán, Omán, Sofar, Gotam y Cenés; Amalec no era legítimo, sino hijo de una concubina llamada Tamna. Vivió en una parte de la Idumea denominada Gobolitis, la que por Amalec se llamó Amalecitia. Idumea era una tierra muy grande y conservó ese nombre para el conjunto, mientras sus distintas partes llevaban el nombre de sus habitantes. CAPITULO II Prosperidad de Jacob. Los sueños de José 1. Jacob alcanzó una felicidad tan grande que difícilmente algún otro hombre la habrá igualado. Era el más rico de los ha- bitantes de su tierra, y fué envidiado y admirado además porque tenía hijos virtuosos, sin defectos, laboriosos y aptos y de aguda inteligencia. Dios le concedió su providencia y cuidó su dicha, acordándole grandes beneficios aun en las condiciones que pa- recían las más penosas y preparó la salida de nuestros antepasados de Egipto, por medio de Jacob y sus descendientes. Fué de la siguiente manera: José, hijo de Raquel, era al que más amaba de todos sus hijos, por la belleza de su cuerpo y las virtudes de su alma (porque era superior a todos en sabiduría). El afecto de su padre y los sueños que vió y que contó a su padre y sus hermanos, y que predecían su felicidad futura, provocaron la envidia y el odio de sus hermanos. La naturaleza humana es proclive a envidiar la prosperidad ajena, incluso la de los parien- tes más próximos. Las visiones que vió en sueños fueron las si- guientes: 2. José fué enviado con sus hermanos a recoger el fruto de la tierra, cuando vió una visión en un sueño, pero muy distinta de las apariciones habituales que suelen presentarse en los sueños. Cuando despertó la contó a sus hermanos, para que interpretaran su presagio. Les dijo que había visto la noche anterior que su manojo permanecía inmóvil en el mismo sitio donde lo había dejado mientras los manojos de sus hermanos corrían a inclinarse delante del suyo, como sirvientes ante el amo. Comprendiendo que el sueño pronosticaba para José poder y riquezas y la supre macía sobre ellos, se abstuvieron de 1 1 La Biblia dice, en cambio, que ante el relato de José exclamaron sus hermanos: "¿Pretendes reinar sobre nosotros y dominarnos?" (Gén., 37, 8). interpretar el sueño, como si no lo entendieran1. Rogaron que no se cumplieran sus presagios y aborrecieron aún más a su hermano. 3. Pero Dios, oponiéndose a su envidia, envió a José otra visión mucho más maravillosa que la primera; José vió que el sol y la luna y las demás estrellas bajaban a la tierra y se pros- ternaban ante él. Contó el sueño a su padre, en presencia de sus hermanos, de los que no sospechaba ningún mal, para que inter- pretara su significado. A Jacob le agradó el sueño, porque pensando en el presagio que contenía, cuyo significado acertó sabiamente, se alegró por los grandes anuncios que pronosticaba y que anticipaban la felicidad de su hijo y el advenimiento de un futuro en el que, con la bendición de Dios, sería honrado y considerado digno de adoración por sus padres y hermanos. Porque supuso que la luna y el sol representaban a la madre y al padre: la primera era la que hacía crecer y nutría todas las cosas, el segundo era el que les daba forma y fuerza. Y que las estrellas eran los hermanos, puesto que eran en número de once, lo mismo que las estrellas que reciben su poder del sol y la luna. 4. Esta fué la interpretación, no desacertada, que hizo Jacob del sueño; pero el presagio causó gran pesar a los hermanos de José. Lo sintieron como si fuera un extraño el que recibiría las cosas buenas contenidas en el sueño, y no un hermano con el que podrían compartir todos los bienes. Estando unidos por el parentesco del nacimiento serían también partícipes de la feli- cidad. Resolvieron matar a su hermano, y confirmándose en su reso- lución, en cuanto recogieron la cosecha se trasladaron a Siquem (tierra apta para el pastoreo). Allí llevaron a pacer a sus rebaños, sin comunicar a su padre el sitio adonde iban. Jacob, que no sabía dónde estaban sus hijos ni tenía noticias de los rebaños, temiendo por ellos envió a José con el encargo de que averiguara lo que ocurría y le trajera la información. 1 Hay aquí una contradicción, porque si bien la interpretación del segundo sueño la incluye, Raquel había muerto mucho tiempo antes (Génesis, XXXV, 19). CAPITULO III Los hermanos de José traman su muerte 1. Cuando los hermanos lo vieron venir se alegraron, no por la llegada de un pariente y un enviado de su padre, sino por la presencia de un enemigo que la voluntad de Dios ponía en sus manos. Resolvieron no dejar pasar la oportunidad y matarlo. Rubén, el mayor, al verlos dispuestos a cumplir sus propósitos, trató de refrenarlos, haciéndoles ver que cometerían un acto inhumano e impío, repudiable a los ojos de Dios y de los hombres; lo sería si no fuera un pariente de ellos, y lo era mucho más tratándose de un hermano. Ese acto perverso y repudiable causaría un gran dolor a su padre y una tremenda pena a su madre, que lloraría la pérdida de su hijo muerto de una manera contraria a todas las leyes naturales1. Les rogó por lo tanto que por su propia conciencia compren- dieran el error que cometerían con la muerte de un hijo tan bueno y tan joven; y que temieran a Dios, que era espectador y testigo de sus designios contra su hermano. Si abandonaban sus propósitos y se entregaban al arrepentimiento y la penitencia los amaría; pero si ejecutaban el acto propuesto, el asesinato de su hermano, les infligiría toda clase de castigos, porque ha. brían profanado su voluntad omnipresente que ve todo lo que sucede, sea en las ciudades o en el desierto. Porque en todas partes donde se encuentren los hombres deben suponer que también se encuentra Dios. Añadió que sus conciencias serían sus peores enemigos si llevaban a cabo la perversa empresa; la conciencia 2 En la Biblia son todos los hermanos, y no sólo Judá, los que ven pasar a los ismaelitas (Génesis, XXXVII, 25). no se puede eludir jamás, ya sea una conciencia buena o la que les tocaría llevar en su interior si mataran a su hermano. Añadió que aparte de lo dicho no era justo matar a un her- mano, aunque los hubiese ofendido. Que es una buena acción olvidar los actos de los parientes próximos, aunque parezcan in- juriosos. Que José no les había hecho ningún daño, y que su poca edad debía moverlos a misericordia y a cuidarlo y protegerlo. Que la causa por la que querían matarlo hacía el acto más perverso aún, porque lo harían por envidiarle su futura prospe- ridad, de la cual participarían con él, mientras él la gozase, por partes iguales, ya que no eran ajenos sino parientes cercanos. Porque lo que Dios concediera a José podían considerarlo como que era concedido para ellos también. Y que no olvidaran que la ira de Dios sería mayor si mataban al que Dios había juzgado digno de la prosperidad esperada; al matarlo, impedían a Dios que se la otorgase. 2. Estas y otras cosas dijo Rubén, rogándoles y tratando de impedirles que mataran a su hermano. Pero cuando vió que sus palabras no conmovían a sus hermanos y que éstos se apresta- ban a cumplir su propósito, les aconsejó que para aliviar la per- versidad del acto eligieran otro medio para llevarlo a cabo; por- que si a pesar de sus exhortaciones, con las que trataba de disua- dirlos de cumplir la venganza, insistían en matar a su hermano, la culpa sería menor si seguían el consejo que ahora les daría, para que hicieran lo que deseaban de una manera menos vio- lenta. Les pidió que no mataran a su hermano con sus propias manos, y que más bien lo arrojaran a la cisterna que había en el desierto, y lo dejaran morir allí; de ese modo no se mancharían las manos con su sangre. Los jóvenes aceptaron rápidamente el consejo. Rubén tomó una cuerda, ató al niño y lo descendió suavemente al pozo, que no tenía nada de agua. Hecho esto, siguió su camino buscando pastos para el ganado. 3. Judá, otro de los hijos de Jacob, al ver unos árabes, des- cendientes de Ismael, que conducían a Egipto especias y pro- ductos de Siria de la tierra de Galaad2, después de irse Rubén 2 En el Génesis no figura este detalle. aconsejó a sus hermanos que sacaran a José del pozo y lo ven- dieran a los árabes; porque si moría entre extraños a mucha distancia de allí, ellos se librarían de la responsabilidad de esa acción brutal. Así lo resolvieron; sacaron a José de la cisterna y lo vendieron a los mercaderes por veinte minas. Tenía diecisiete años. Rubén volvió por la noche sin decir nada a sus hermanos, para sacar a José del pozo: como sus llamadas no obtuvieran respuesta, temió que lo hubiesen matado después de haberse ido. Se quejó a sus hermanos y cuando le contaron lo que habían hecho, Rubén dejó de lamentarse. 4. Después que los hermanos vendieron a José meditaron so- bre la manera de eludir las sospechas de su padre. Le habían quitado la túnica que llevaba puesta (cuando lo descendieron al pozo), y pensaron conveniente desgarrarla y empaparla en san- gre de cabra, y luego llevársela a su padre para hacerle creer que había sido devorado por las fieras. Así lo hicieron y se presentaron ante el anciano, que ya había tenido conocimiento de la desgracia de su hijo2. Le dijeron que no habían visto a José ni sabían qué desgracia le había pasado, pero que habían encontrado su túnica ensangrentada y rota, sos- pechando, si ésa era su túnica, que había caído en las garras de las fieras. Jacob, que había concebido la esperanza de que lo hubiesen vendido como esclavo, abandonó la esperanza, porque la túnica, que era la que llevaba puesta cuando lo envió a buscar a sus hermanos, era prueba de que estaba muerto. Lloró la muerte del niño como si no tuviera más que un hijo, y sin hallar consuelo en los demás. Envuelto en una arpillera y presa de gran aflicción, no lo aliviaron los consuelos de sus hijos y no se aplacó su dolor durante mucho tiempo. CAPITULO IV José en la casa de Putifar. La castidad de José 1. Los mercaderes vendieron a José a Putifar, un egipcio que era jefe de los cocineros del rey Faraón y que lo trató con mucha amabilidad y le dió la educación y los alimentos correspondientes a hombres libres y no a esclavos. Además, lo nombró administra- dor de sus bienes. Gozando de todas estas ventajas, José no abandonó, sin embargo, con motivo de su cambio de posición, las virtudes que poseía anteriormente, demostrando que la prudencia puede fiscalizar las inseguras pasiones de la vida cuando se la posee realmente, y cuando no es solamente apariencia impuesta por una prosperidad pasajera. 2. Cuando la esposa de su amo se enamoró de él, por la belleza de su cuerpo y su habilidad para manejar las cosas, la mujer pensó que con sólo decírselo lo haría acostarse con ella, considerando una gran dicha el que su ama quisiera divertirse con él. (Ella pensaba en su condición de esclavo, y no en su moralidad, que siguió siendo la misma después de su cambio de condición.) Le comunicó, por lo tanto, sus inclinaciones y lo invitó a satisfacerlas. Pero él rechazó sus ruegos, considerando que sería injusto ceder a sus instancias e inferir una ofensa al que lo había comprado y le había concedido tantos favores. La invitó, en cambio, a refrenar su pasión, haciéndole ver la imposibilidad de conseguir sus deseos, los que podría dominar al saber que no lograría complacerlos. Estaba dispuesto a sufrir cualquier contratiempo antes que cometer ese delito. Porque aunque un esclavo, como él, no debía contrariar a su ama, podía ser disculpado en un caso como aquél. La negativa inesperada de José exacerbó la pasión de su ama. Acosada dolorosamente por su perversa pasión, trató de satisfacerla haciendo una nueva tentativa. 1 J. 1-9 3. Cuando llegó una fiesta pública a la que solían asistir las mujeres, dijo a su esposo que estaba enferma, para quedarse sola y renovar sus ruegos con José. Volvió a suplicarle con palabras más dulces, diciéndole que haría bien en ceder a su primer pedido y no contradecirla, por el respeto que debía a su dignidad y considerando la vehemencia de su pasión que la había obligado, aunque era el ama, a humillar su majestad; ahora podía, siguiendo una conducta más prudente, enmendar su anterior error. Ahora volvía a hacerle las mismas solicitaciones y con más pasión, porque había pretendido estar enferma sólo porque prefería su compañía a la solemnidad del festival. Si se había negado anteriormente por no creer en la seriedad de sus ruegos, le daba ahora la seguridad, repitiendo su pedido, de que no trataba de engañarlo.1 Si se sometía a sus deseos no sólo seguiría gozando de las ventajas que hasta entonces había adquirido, sino que las aumentaría más aún. Pero si la rechazaba y prefería conservar su reputación de castidad, sólo debía esperar odio y venganza de parte de ella. No ganaría nada con su conducta, porque ella lo acusaría ante su marido de que había atentado contra su honor. Y Putifar escucharía sus palabras antes que las de él, aunque las de él fueran más verí- dicas que las de ella. 4. Ni las lágrimas y la elocuencia de la mujer, ni la piedad, pudieron persuadirlo que abandonara su castidad, ni pudo el miedo obligarlo a ceder a sus intenciones y sus amenazas. Prefirió sufrir los peores castigos a gozar de sus actuales ventajas haciendo lo que su conciencia sabía que por ello merecería justicieramente la muerte. Le dijo que siendo ella una mujer casada sólo debía cohabitar con su marido; estas razones eran de mayor peso que el breve placer de un regodeo lujurioso del que luego se arrepentiría, con un arrepentimiento que no corregiría el error cometido. Le habló también del miedo que sentiría de ser sorprendidos. Que las ventajas del secreto eran pocas, y que sólo mientras no se conociera su perversidad podrían sentirse algo tranquilos. En cambio, la compañía de su esposo podía gozarla sin sobresaltos. Añadió que la compañía de su esposo le daba la ventaja de poseer una conciencia limpia, ante Dios y ante los hombres. Y que actuaría mejor en su condición de ama haciéndole sentir su autoridad y conservando su castidad que complicándose avergonzada en una perversidad de la que serían secretamente culpables. Es mejor gozar de una vida limpia, sabiendo que lo es, que del secreto de una vida de prácticas malignas. 5. Diciendo estas y otras cosas José trató de refrenar la vio- lenta pasión de la mujer, y retrotraer sus sentimientos a los lími- tes de la razón. Pero ella sintió cada vez más vehementes sus de- seos, y desesperada de convencerlo le puso las manos encima para obligarlo por la fuerza. José salió corriendo de la cámara, dejando en sus manos la capa; la mujer, temiendo que delatara a su marido su lujuria y sintiéndose herida por la ofensa que le había inferido, trató de anticiparse acusándolo ante Putifar y vengándose de ese modo de su orgullo y su desdén. Compungida y confusa, aparentó hipócritamente que su enojo y su pesar, que sentía por haber sido desdeñada, eran por haber sido atacada su castidad. Cuando volvió su esposo y le preguntó la causa de su disgusto, lanzó su acusación contra José diciendo: -Será preciso que mueras, esposo, si no castigas al perverso esclavo que intentó violar tu lecho, que olvidando quién era cuando vino a nuestra casa no supo asumir una conducta modesta, y no recordó los favores recibidos de tu generosidad; debe de ser un hombre realmente ingrato el que no se conduce en todas las cosas con el mayor respeto hacia nosotros. Este hombre se propuso abusar de tu esposa, y aprovechó tu ausencia con motivo del festival. Ahora se ve claramente que su modestia, la que aparentó al principio, se debió solamente al temor que tenía por ti, y no a una virtud natural. Esto se debe a que recibió honores superiores a los que merecía y esperaba, y dedujo que si era digno de que le confiaras la administración y el manejo de tu familia, y fuera preferido a los más antiguos de tus sirvientes, podía también poner las manos en tu mujer. Cuando terminó su elocución le mostró la capa, como si hubiese quedado en su poder cuando trató de forzarla. Putifar no podía dejar de creer lo que le decían las palabras y las lágrimas de su mujer, y lo que él mismo veía, y seducido por su amor a su mujer no se detuvo a investigar la verdad. Seguro de que su esposa era una mujer púdica, condenó a José por perverso y lo envió a la prisión de los malhechores. Y se formó una opinión más elevada de su mujer, de cuya modestia y castidad había recibido el mejor testimonio. CAPITULO V En la cárcel. Los sueños del copero y del panadero. Las visiones del Faraón 1. José, encomendando todas sus cosas a Dios, no trató de defenderse ni de relatar la verdad de lo sucedido, y aceptó silen- ciosamente el cautiverio, creyendo firmemente que Dios, que sabía la causa de su contrariedad y la verdad de los hechos, sería más fuerte que los hombres que lo castigaban. No tardó en recibir una prueba de la providencia divina. El guardián de la cárcel, advirtiendo la diligencia y la fidelidad con las que cumplía los encargos que le daba, e impresionado, asimismo, por la dignidad que reflejaba su semblante, le aligeró las cadenas, haciendo su calamidad más llevadera, y le acordó una dieta mejor que la del resto de los presos. Los demás prisioneros, terminadas sus pesadas labores, solían conversar entre sí, como es habitual entre los que comparten el mismo sufrimiento, y preguntarse las causas que a cada uno de ellos los habían llevado a la prisión. Entre ellos estaba el copero del rey, a quien éste apreciaba y luego lo había encarcelado en un momento de enojo. Este hombre estaba en la misma cadena que José y se hizo muy amigo de él. Después (al advertir que José era más inteligente que los demás), le contó un sueño que había tenido y le pidió que se lo interpretara, quejándose de que aparte de las penas que debía sobrellevar a causa del rey, Dios le había añadido las que le producían sus sueños. 2. Y le dijo que había visto en sueños tres racimos de uvas col- gando en tres ramas de una vid, grandes y maduros para ser recogidos; y que él los exprimió dentro de una copa que el rey sostenía en la mano. Después de colar el vino se lo dió a beber al rey, quien lo recibió amablemente. Esto era lo que había visto, dijo, y quería que José, si entendía algo de esas cosas, le dijera qué pronosticaba su visión. José le respondió que no se desanimara y conservara la esperanza de que dentro de tres días lo pondrían en libertad, porque el rey requeriría sus servicios y lo repondría en su antiguo cargo. Le hizo saber que el fruto de la vid era un bien que Dios concedía a los hombres; el vino es ofrecido a Dios, es el compromiso de fidelidad y confianza entre los hombres, pone fin a las disputas, aleja el dolor y la pasión y alegra las mentes. -Me dices que exprimiste con tus manos, el vino de tres raci- mos de uvas y que el rey lo recibió; has de saber, entonces, que la visión te favorece; predice la liberación de tu presente cautiverio dentro de un número de días igual al de los racimos de los que sacaste las uvas en tu sueño. Pero recuerda la prosperidad que te he pronosticado, y cuando la compruebes por la experiencia y tengas autoridad, no te olvides que quien te la anunció sigue en la prisión, donde me dejarás cuando vayas a donde te anuncio. No estoy preso por ningún crimen; he sido condenado a sufrir el castigo de los malhechores por mi virtud y sobriedad, y porque no quise ofender al que me trajo esta desgracia, ni aun siendo para mi propio placer. El copero, como es natural, se alegró al oír esa interpretación de su sueño, y esperó que se cumpliera lo que le había pre- sagiado. 3. Pero había otro servidor del rey, jefe de panaderos, que estaba en la prisión con el copero. Alentado por la interpretación de José del sueño del copero, quiso que José le interpretara el suyo (porque había tenido uno la noche anterior), y le dijera lo que significaban las visiones que se le habían presentado. Eran las siguientes: -Me parecía -dijo-, que llevaba en la cabeza tres canastas, dos llenas de hogazas y la tercera llena de dulces y otras viandas, como las que suelen prepararse para los reyes; pero las aves venían y se lo comían todo, sin hacer caso de mis esfuerzos por ahuyen. tarlas. El panadero esperaba una predicción semejante a la del copero. Pero José, después de reflexionar sobre el sentido del sueño, le dijo que de buena gana hubiera preferido ser intérprete de buenas noticias y no de las que el sueño declaraba; pero que sólo tenía dos días de vida (que era lo que significaban las canastas), y que al tercer día sería crucificado y devorado por las aves, sin poder evitarlo. Ambos sueños se cumplieron tal como José lo había predicho; al tercer día, cuando el rey celebró su cumpleaños, hizo crucificar al panadero y libertó al copero y lo repuso en su cargo anterior. 4. Después de sufrir José dos años de encierro, sin que el co- pero lo ayudara, porque había olvidado su promesa, Dios lo libró de la cárcel arbitrando el siguiente medio: El rey Faraón había visto en sueños dos visiones en una misma noche, junto con las interpretaciones de ambas; pero olvidó las interpretaciones, rete- niendo solamente las visiones. Preocupado por lo que había visto (que le parecía triste), al día siguiente reunió a los más grandes sabios de Egipto para que le interpretaran los sueños. Como ellos vacilaran en hacerlo, el rey se sintió más perturbado aún. Fué entonces cuando el copero del rey, viendo la confusión de Faraón, recordó a José y su inteligencia para entender los sueños. Habló de él a Faraón contándole el sueño que había tenido en la cárcel y de qué modo se cumplió su predicción. Añadió que el jefe de los panaderos había sido crucificado el mismo día de su liberación, también de acuerdo con la interpretación de su sueño hecha por José. Le informó que José había sido enviado a la cárcel por Pu- tifar, el jefe de los cocineros, por ser esclavo, pero que pertenecía a la clase más noble de los hebreos, y era hijo de un padre ilustre. -Si quieres mandarlo llamar, sin parar mientes en su actual desgracia, conocerás el significado de tus sueños. El rey ordenó que condujeran a José a su presencia, y así lo hicieron los enviados, después de ocuparse por indicación del rey de atenderlo y acicalarlo. 5. El rey lo tomó de la mano y le dijo: -¡Joven! Uno de mis sirvientes me dió óptimas referencias sobre tu gran inteligencia. Me dijo que tú eras actualmente la persona a quien mejor podía consultar sobre mis sueños. Concé. deme el mismo favor que otorgaste a mi sirviente, y dime cuáles son los acontecimientos que pronostican mis visiones. Quiero que no me ocultes nada por miedo, que no me adules con mentiras o diciéndome cosas que me agraden, aunque la verdad tenga aspecto horrible. En mi sueño me pareció ver marchando junto al río unas vacas gordas, muy grandes, en número de siete, que iban del río hacia los pantanos; otro número igual de vacas fué a su encuentro procedente de los pantanos; eran vacas muy delgadas y feas y se comieron a las gordas y grandes, pero no mejoraron de aspecto y siguieron siendo consumidas por el hambre. Después de esa visión desperté, pero preocupado por lo que pudiera significar mi sueño me volví a dormir y vi otro sueño, más extraordinario que el anterior, que me preocupó y atemorizó aún más: vi siete espigas que crecían en una misma caña, dobladas por el peso de los granos y maduras para la siega; y cerca de ellas vi otras siete espigas, magras y marchitas por falta de lluvia, que con gran estupefacción mía devoraron a las que estaban maduras. 6. José respondió: -Este sueño, ¡oh, rey! aunque se presentó bajo dos formas, se refiere a un mismo acontecimiento; las vacas, animales hechos para el arado y el trabajo, que viste devoradas por las otras más débiles, y las espigas comidas por las más estropeadas predicen hambre en Egipto, por falta de productos de la tierra, que seguirá a un lapso de igual número de años de prosperidad. La abundancia de los años de fertilidad será consumida durante el mismo número de años de escasez, y esa escasez de provisiones necesarias será difícil de subsanar. Es prueba de ello el que las vacas feas que devoraron a las de mejor clase, no quedaron con ello satisfechas. Pero Dios anticipa lo que ocurrirá a los hombres no para apenarlos sino para que, sabiendo de antemano lo que pasará, puedan adoptar con prudencia las medidas más convenientes. Si dispones con cuidado de las cosechas abundantes que precederán al hambre, lograrás que la calamidad siguiente no sea tan sentida por los egipcios. 7. El rey se maravilló de la discreción y la sabiduría de José; y le preguntó de qué modo podría disponer de las cosechas abun- dantes de los años buenos que precederían al hambre, para hacer tolerable el período de austeridad. José agregó entonces el siguiente consejo: Que escatimara las cosechas buenas y no permitiera a los egipcios derrocharlas, guardando los sobrantes para satisfacer las necesidades de la época de escasez. También le exhortó a que retirara el trigo a los agricultores y les diera sólo lo suficiente para su alimentación. El rey, admirado no sólo por la interpretación de José, sino también por el consejo que le había dado, le encargó que se ocu- para del trigo, dándole poder para hacer todo lo que creyera beneficioso para el pueblo de Egipto y para el rey, convencido de que el mismo que había ideado el recurso sería el más indicado para ponerlo en acción. Con el poder que le había conferido el rey, y autorizado para usar el sello real y vestir de púrpura, recorrió en su carroza todo el país de Egipto y recogió el trigo de los agricultores, dejando a cada cual lo suficiente para semilla y alimentación, pero sin decir a nadie la razón de que procediera de este modo. CAPITULO VI José, después de haberse hecho famoso en Egipto, somete a sus hermanos 1. José cumplió treinta años de edad, gozando de grandes ho- nores de parte del rey, que por su prodigiosa sabiduría lo llamaba Psotomfanej, palabra que significa "descubridor de secretos". Se casó con una mujer de alta alcurnia, la hija de Potifera, uno de los sacerdotes de Heliópolis; era una virgen llamada Asenet. Tuvo con ella hijos antes de que llegara la escasez: Manasés, el mayor, nombre que significa "olvido", porque su actual felicidad le había hecho olvidar su desventura anterior, y Efraím el menor, nombre que sinificaba "restituidor" porque le había sido devuelta la libertad de sus antepasados. Después de haber pasado Egipto siete años de abundancia, de acuerdo con la interpretación de los sueños hecha por José, al octavo año llegó el hambre; y como la desgracia cayó sobre ellos sin que la conocieran de antemano, se afligieron mucho y se re- unieron ante las puertas del palacio real. El rey llamó a José, que distribuyó trigo, convirtiéndose en el reconocido salvador del pueblo. Pero no sólo abrió el mercado del trigo para los del país; todos los extranjeros tuvieron libertad para comprarlo. José quería que todos los hombres, que eran parientes entre sí, recibieran ayuda de los que vivían en la prosperidad. 2. Cuando Jacob supo que el mercado estaba abierto para los extranjeros, envió a todos sus hijos a Egipto a comprar trigo, por- que la tierra de Canaán sufría terriblemente por el hambre; (la calamidad había invadido a todo el continente). Sólo retuvo a Benjamín, hijo de Raquel y hermano de José de la misma madre. Los hijos de Jacob llegaron a Egipto y se dirigieron a José para pedirle que les permitiera comprar trigo; porque nada se hacía sin su aprobación, y hasta el homenaje que se tributaba al rey sólo era provechoso cuando se honraba también a José. José reconoció a sus hermanos, mientras que ellos no lo reconocieron a él, porque era muy joven cuando lo dejaron, y ahora había alcanzado una edad mucho mayor y las facciones de su rostro habían cambiado. Además la gran dignidad que revestía no les permitía ni sospechar siquiera que pudiera ser él. José los puso a prueba para tantear sus sentimientos; se negó a venderles trigo diciendo que habían ido a espiar los asuntos del rey: y que procedían de distintos países, habiéndose reunido para simular que eran parientes; porque no era posible que un particular hubiese criado tantos hijos, y de tan hermosa prestancia; ni los mismos reyes podían dar a tantos hijos una educación como la de ellos. Esto lo dijo para averiguar qué había sido de su padre después de su partida, y la suerte que había corrido su hermano Benjamín; porque temía que hubiesen hecho víctima a Benjamín de la misma perfidia que habían cometido con él. 3. Los hermanos, llenos de terror y confusión, creyeron que los amenazaba un gran peligro; pero sin pensar en su hermano José se defendieron rechazando con firmeza la acusación, Rubén habló en nombre de todos. -No hemos venido -dijo-, con ningún propósito avieso, ni para perjudicar los asuntos del rey; sólo queríamos precavernos pensando encontrar en tu generosidad un refugio contra la mi- seria que aflige, a nuestro país, porque supimos que habías re- suelto vender trigo, no solamente a tus compatriotas, sino tam- bién a los extranjeros y que habías decidido permitir que ese trigo sirviera para satisfacer a todos los necesitados. De que so- mos hermanos, y de la misma sangre, lo dicen claramente los rasgos característicos de nuestros rostros que no son muy distintos entre sí. Nuestro padre se llama Jacob, un hebreo que tuvo doce hijos con cuatro esposas. Cuando los doce vivían, formábamos una fa. milia feliz; pero cuando murió uno de nuestros hermanos, llamado José, nuestras cosas empeoraron, porque mi padre, sin poder evitarlo, lo lloró durante mucho tiempo y nosotros sufrimos doblemente, por la pérdida de nuestro hermano y por la aflicción de nuestro anciano padre. Ahora vinimos a comprar trigo, después de dejar la atención de nuestro padre y de nuestra familia al cuidado de nuestro hermano menor, Benjamín. Si mandas a comprobarlo a nuestra casa, podrás averiguar que no hemos incurrido en ninguna falsedad en nuestras palabras. 4. De este modo trató Rubén de inspirar en José una opinión más favorable a su respecto. Después de enterarse de que su padre vivía y que sus hermanos no habían matado a su hermano, los envió temporariamente a la, cárcel, para estudiar detenidamente el caso cuando tuviera más tiempo. Al tercer día los mandó llamar y les dijo: -Vosotros afirmáis insistentemente que no habéis venido a perjudicar los negocios del rey, y que sois hermanos e hijos del padre que habéis nombrado; pues bien, para comprobar la ver- dad de lo que decís me dejaréis aquí a uno de vosotros, que no sufrirá ningún daño; llevaréis el trigo a vuestro padre y cuando volváis traeréis con vosotros al hermano que decís que habéis dejado en vuestra casa; de ese modo me convenceréis de la verdad de vuestras palabras. Con esto la pena de los hermanos aumentó; lloraron, se lamentaron, recordando la desdichada historia de José, diciendo que esa desgracia era el castigo que Dios les infligía. Rubén los reprochó largamente por su tardío arrepentimiento, que no beneficiaba a José. Y los exhortó a sobrellevar con paciencia los sufrimientos, porque era un castigo de Dios. De este modo hablaron entre sí, sin imaginarse que José entendía su idioma. Ante las palabras de Rubén todos sintieron una honda tristeza y se arrepintieron por su acción, como culpables del hecho cometido y por el que Dios los castigaba con justicia. Cuando José los vió afligidos de ese modo, se sintió conmovido hasta las lágrimas, y no queriendo que lo vieran llorar, se retiró. Un rato más tarde volvió y reteniendo a Simón como garantía de que sus hermanos volverían, les mandó tomar el trigo que habían comprado y que se marcharan. A su mayordomo le ordenó privadamente que pusiera en cada uno de los sacos el dinero que habían traído para comprar el trigo, y los despidiera; aquél hizo lo que le ordenó. 5. Cuando los hijos de Jacob llegaron a la tierra de Canaán contaron a su padre lo que les había ocurrido en Egipto; que fueron sospechados de haber ido a espiar al rey, y que cuando dijeron que eran hermanos y habían dejado a su undécimo her- mano acompañando al padre de ellos, no les habían creído; aña- dieron que habían dejado a Simón en poder del gobernador hasta que Benjamín fuera a atestiguar la verdad de sus manifesta- ciones. Rogaron a su padre que no temiera nada y enviara a su her- mano con ellos. Jacob quedó desconforme con lo que habían hecho sus hijos; sintió dolorosamente la detención de Simón y juzgó que sería una tontería entregar también a Benjamín. No cedió a los ruegos de Rubén, que le ofreció sus propios hijos para que en represalia, el abuelo los matara si le ocurría algo a Benjamín en el viaje. Turbados y sin saber qué hacer, un nuevo accidente los alteró todavía más, y fué cuando hallaron el dinero escondido en los sacos de trigo. Pero el trigo que compraron se terminó y como el hambre se- guía apretando, Jacob, obligado por la necesidad, resolvió enviar a Benjamín con sus hermanos, ya que no podían volver a Egipto si no lo llevaban como lo habían prometido. Como la miseria era cada día mayor y sus hijos le rogaban, no le quedó otro recurso que adoptar en aquellas circunstancias. Judas, que solía ser de carácter audaz, le dijo que no temiera por su hijo, ni pensara en nada malo, porque nada le pasaría que no hubiese sido dispuesto por Dios, y que si debía ocurrirle algo lo mismo le pasaría aunque se quedase en su casa. No debía condenarlos a una destrucción manifiesta, ni privarlos de la abundancia de alimentos que podían obtener del faraón, debido a su irrazonable temor por Benjamín; debía, en cambio, preocuparse por Simón; impidiendo el viaje de Benjamín podía ocasionar la muerte de Simón. Lo exhortó a confiar en Dios. Y añadió que si no traía a su hijo sano y salvo, moriría con él. Jacob quedó finalmente convencido; les entregó a Benjamín, y les dió el doble del precio del trigo. Envió también obsequios a José, frutos de la tierra de Canaán, bálsamos, resinas, trementina y miel. Tanto ellos como su padre derramaron muchas lágrimas al partir. El deseo del padre era que volvieran sanos y salvos del viaje; y el de los hijos el de encontrar al padre gozando de buena salud y no pesaroso y dolorido por ellos. La aflicción duró todo un día; finalmente el anciano quedó en su casa, agotado por el dolor, y ellos partieron a Egipto, tratando de mitigar las penas de sus actuales desgracias con la esperanza de una suerte mejor para lo futuro. 6. No bien llegaron a Egipto fueron conducidos a presencia de José. Y allí los asaltó otro temor, el de ser acusados de haber en- gañado a José, por el dinero del trigo. Dieron al mayordomo de José una extensa explicación, diciéndole que cuando llegaron a su casa encontraron el dinero en las bolsas, y que ahora lo habían traído de vuelta. El mayordomo replicó que no sabía de qué hablaban. Esas palabras los libraron del temor. Luego, el mayordomo dejó en libertad a Simón, le puso una hermosa capa y le permitió que se reuniera con sus hermanos; en ese momento llegó José, volviendo de asistir al rey. Le ofrecieron los obsequios que traían y cuando José les preguntó por su padre le respondieron que lo habían dejado bien. Enterado de ese modo de que estaba vivo, y como viera a Benjamín, les preguntó si ése era su hermano menor. Le dijeron que sí, y José respondió que Dios era su protector. Pero como se le llenaron los ojos de lágrimas por la emoción, se retiró para que no lo vieran llorar. Luego los invitó a cenar, y, ellos se sentaron en el mismo orden que acostumbraban a observar en la mesa de su padre. Aunque trató amablemente a todos, envió a Benjamín una ración doble de la que recibieron los demás comensales. 7. Cuando se acostaron a dormir, después de la cena, José ordenó a su mayordomo que les diera las medidas de trigo, y que volviera a esconderles el precio en los sacos; y que en la bolsa de Benjamín pusiera la copa de plata en la que a José le gustaba beber. Lo cual tenía por objeto poner a prueba a sus hermanos y comprobar si defenderían a Benjamín cuando éste fuera acusado de haber robado la copa y se hallase en peligro, o si lo abandonarían y basándose en su propia inocencia volverían a la casa de su padre sin él. Los sirvientes cumplieron las órdenes recibidas, y los hijos de Jacob, sin sospechar nada, se pusieron en marcha llevando con- sigo a Simón y sintiéndose doblemente felices, porque también volvía con ellos Benjamín, a quien llevaban de vuelta a su padre, como le habían prometido. De pronto los rodeó un pelotón de soldados a caballo, acompa. ñados por el sirviente de José, el mismo que había puesto la copa en el saco de Benjamín. Alarmados por el inesperado ataque, les preguntaron a qué se debía que asaltaran de ese modo a un grupo de hombres que poco antes habían sido considerados por su amo dignos de una honorable y hospitalaria recepción. Los hombres respondieron llamándolos malvados y diciéndoles que habían olvidado el trato amable y hospitalario de José, no vacilando en perjudicarlo; se habían llevado la copa con la que José tan amistosamente había brindado por ellos, sin considerar su amistad, como tampoco el peligro que correrían si fueran apresados. Los amenazaron con el castigo, porque aunque habían escapado burlando al sirviente de servicio, no habían escapado al conocimiento de Dios. -¡Y todavía preguntáis por qué os hemos detenido, y fingís no saber nada! Pero ya lo sabréis cuando recibáis vuestro castigo. Estas y otras cosas les dijo el sirviente, a manera de reproche. Pero como ellos no sabían nada de lo que decía, lo tomaron a risa. Y se sorprendieron del lenguaje abusivo que usaba el criado, que se permitía acusar a los que poco antes habían devuelto el dinero del trigo que hallaron en sus sacos, en lugar de quedarse con él, aunque nadie lo sabía, y que estaban muy lejos de querer inferir ningún agravio a José, voluntariamente. Pero pensando que si los revisaran quedarían mejor justificados que con las negativas, les ordenaron que así lo hicieran, y que si alguno de ellos resultara culpable de robo, los castigaran a todos. Conscientes de que no habían cometido ningún crimen, hablaban con la seguridad de que no corrían ningún peligro. Los sirvientes convinieron en registrarlos, pero dijeron que el castigo sólo debería alcanzar al que fuera hallado culpable del robo. Los registraron, dejando a Benjamín para el final, porque sabían que en su saco habían ocultado la copa. Revisaron a los demás sólo para demostrar que eran rigurosos. Todos quedaron tranquilos en cuanto a su propia seguridad y solamente les quedó el temor por Benjamín, pero con la certeza al mismo tiempo de que también él sería hallado inocente. Y reprocharon a sus perseguidores por haberles estorbado el viaje. Pero no bien comenzaron a revisar la bolsa de Benjamín encontraron la copa. Los hermanos empezaron entonces a gemir y a lamentarse; se desgarraron las ropas, lloraron por el castigo que su hermano sufriría por el robo, y por la decepción de su padre, Quien habían prometido que traerían a Benjamín sano y salvo. Aumentaba su pesar el hecho de que ese triste accidente se había producido, desgraciadamente, en el momento preciso en que se creían libres de riesgos; se proclamaron culpables de la desdicha de su hermano, lo mismo que de la pena de su padre, porque habían obligado a su padre a que enviara a Benjamín con ellos. 8. Los soldados condujeron a Benjamín a presencia de José, seguidos por sus hermanos. Cuando José vió a Benjamín arrestado y a su hermanos con ropas de duelo, les dijo: -¿Qué idea, hombres viles y despreciables, os habéis formado de mi amabilidad y de la providencia de Dios, para cometer desvergonzadamente este atentado contra vuestro benefactor, que os atendió con tanta hospitalidad? Los hermanos se confesaron culpables para salvar a Benjamín, y recordaron de nuevo la perversa acción que habían cometido con José. Manifestaron que él era ahora más feliz que ellos, si estaba muerto, porque se había librado de las miserias de la vida, y si estaba vivo porque podía gozar viendo la venganza de Dios tomada contra ellos. Añadieron que eran una calamidad para su padre, porque al anterior dolor por José le agregaban ahora el nuevo pesar por Benjamín. Rubén los amonestó enérgicamente, pero José les mandó que se retiraran, porque, dijo, ellos no habían incurrido en ningún delito, y él se limitaría a castigar al muchacho, al que no podía dejar en libertad porque no era lógico libertar al culpable por consideración a los inocentes. Como tampoco era justo castigar a todos porque uno sólo hubiera robado. Cuando les prometió finalmente darles permiso para partir, sin ser molestados,, los hermanos se sintieron consternados y no atinaron a decir nada. Pero Judá, que había convencido al padre de que les permitiera llevar al muchacho, y que era además un hombre audaz y activo, resolvió arriesgarse a lograr la salvación de su hermano. -Es verdad, ¡oh gobernador! -dijo-, que hemos sido muy perversos contigo, y que por eso merecemos castigo. Es justo que todos lo suframos, aunque el robo haya sido cometido por uno de nosotros, el más joven de todos; no obstante nos queda alguna esperanza, que nos impide entregarnos a la desesperación, y que se basa en tu amabilidad de prometernos que saldríamos bien librados del presente peligro. Te rogamos que no te fijes en nosotros ni en el gran crimen de que somos culpables, y que con tu excelente carácter te inspires más bien en tu virtud que en el odio que nos profesas; pasión ésta que sólo abrigan los que son de baja índole, porque de ella sacan su fuerza, y no sólo en las grandes ocasiones sino también en las ocasiones menudas. Domina, señor, esa pasión, y no te dejes subyugar por ella, ni permitas que aniquile a los que no reclaman su salvación sino que la desean aceptar libremente de ti. No sería la primera vez que nos la darías; la vez pasada cuando vinimos a comprar trigo, nos diste gran cantidad de alimentos y permiso para que lleváramos a nuestra familia todo lo que necesitábamos para no morirnos de hambre. No hay niguna diferencia entre no descuidar a los hombres que se mueren por falta de lo necesario y no castigar a los que parecen delincuentes y han tenido la desdicha de perder la ventaja de la gloriosa protección que recibieron de ti. Sería el mismo favor concedido de distinta manera; salvarías a los que diste de comer, y con tuu bondad conservarías la vida a las almas que no quisiste ver sufrir por el hambre, siendo simultáneamente una acción grande y maravillosa mantenernos vivos con el trigo y concedernos el perdón de lo que ahora nos aflige y que nos permitiría seguir con vida. Estoy dispuesto a cree que Dios quiso darte la oportunidad de mostrar tu virtuosa disposición, produciéndonos esta desdicha para que sea evidente que eres capaz de olvidar las ofensas que te fueron inferidas; y para que puedan apreciar tu bondad los demás, aparte de los que necesitan de tu ayuda. Si es justo asistir a los afligidos por falta de alimentos, es más glorioso aún salvar a los que merecen castigo por ofensas cometidas contra ti. Porque si es encomiable perdonar a los culpables de pequeños delitos, que ocasionan pérdidas a una persona, y es loable el que las olvida, contener la pasión de la cólera ante crímenes que ponen la vida de los culpables en las manos de las víctimas, es poseer la excelente naturaleza de Dios mismo. A decir verdad yo, si no tuviéramos un padre que nos hizo ver, con motivo de la muerte de José, el dolor que aflige a un padre cuando pierde un hijo, no habría dicho una sola palabra para salvar nuestras vidas; es decir, ni una sola que no fuera la de destacar tu excelente carácter para preservar incluso a aquellos que no tienen quien los llore a su muerte; nos entregaríamos, en cambio, preparados a sufrir lo que tú dispusieras. Pero ahora (porque no pedimos misericordia para nosotros, aunque tendríamos que morir siendo jóvenes, y antes de haber gozado de la vida), ten consideración por nuestro padre, compadécete de su vejez, en cuyo nombre te hacemos estas súplicas. Te rogamos que nos des estas vidas que nuestra perversidad puso a merced de tu castigo; y te lo pedimos en nombre del que no es perverso, porque no por ser nuestro padre es por lo que somos perversos. Nuestro padre es un buen hombre, y no merece que su dolor sea puesto a prueba de este modo; ahora mismo está afligido por nuestra ausencia. Y cuando se entere de nuestra muerte, y por la causa de ella, morirá indefectiblemente; la detestable forma de nuestra ruina acelerará su fin, lo matará, le producirá una muerte miserable, lo hará apresurarse a abandonar este mundo, lo sumirá en un estado de insensibilidad, antes de que la triste historia de nuestro fin se difunda por el mundo. Considera las cosas de este modo, aunque nuestra maldad provoque ahora en ti un justo deseo de castigarla, y perdónala por nuestro padre. Que tu conmiseración por él pese más en tu voluntad que nuestro delito. Considera la vejez de nuestro padre, quien, si nosotros morimos, quedará muy solo mientras.viva, y no tardará en morir él también. Concede esa gracia a la palabra padre, y con eso honrarás al que te dió la vida y a ti mismo que también llevas ese nombre. De ese modo Dios, padre de todas las cosas, te protegerá, por haber tenido piedad por nuestro padre, y considerando lo afligido que estaría si perdiera a sus hijos. Te toca a ti concedernos lo que Dios nos dió, estando en tu poder quitárnoslo, y ser de ese modo semejante a él en caridad. Es. preferible que el que puede dar o quitar, use su poder con misericordia. Está en tus manos destruir, olvidar que tienes ese poder y considerar que sólo tienes fuerza para proteger. Y cuanto más se extiende ese último poder tanto más crece la reputación del que lo ejerce. Perdonando a nuestro hermano lo qué desdichadamente cometió, nos protegerás a todos; nosotros no podemos pensar en seguir viviendo si él muere, porque no osaríamos presentarnos ante nuestro padre sin nuestro hermano. Tenemos que quedarnos a compartir con él la misma suerte. Te rogamos, ¡oh, gobernador!, que si condenas a nuestro hermano a muerte, nos castigues junto con él, como cómplices de su crimen. No sería razonable dejar que nos matemos de dolor por la muerte de nuestro hermano; debemos morir como igualmente culpables de su crimen. Sólo te haré esta consideración, y luego no diré una sola palabra más: nuestro her- mano cometió su falta siendo joven, sin poseer una conciencia madura de su conducta; y es natural que los hombres perdonen a los jóvenes. Con esto termino, sin añadir nada, lo que tengo que decir; en caso de que nos condenes, que esa omisión haya sido la causa de tu exceso de severidad. En caso de que nos dejes libres, que la medida corresponda a tu bondad, de la que tienes conciencia en tu fuero interno. Nos librarás de una condena, no solamente para protegernos sino para concedernos un favor que nos dará mayor justificación; con ello habrás hecho más por nuestra liberación que lo que nosotros mismos pudiéramos hacer. Si, en cambio, resuelves matarlo, quisiera que me mates a mí en su lugar, y a él lo devuelvas a su padre; o si te place retenerlo como esclavo, yo soy más apto para trabajar para ti como esclavo; como puedes ver, estoy mejor preparado para cualquiera de estas dos penas. Dispuesto a soportarlo todo con tal de salvar a su hermano, Judas se arrojó a los pies de José, tratando empeñosamente de aplacar su enojo. Los demás hermanos también se tiraron a sus pies, llorando y ofreciéndose para morir y salvar la vida de Benjamín. 9. José, dominado por la emoción e incapaz de seguir fingien- do enojo, ordenó a todos los presentes que salieran para darse a conocer a sus hermanos cuando estuvieran solos. Todos se re- tiraron y José se dió a conocer a sus hermanos, diciendo: -Alabo vuestra virtud y vuestra bondad para con nuestro her- mano. Veo que sois mejores de lo que esperaba por lo que hi- cistéis conmigo. La verdad es que hice todo esto para probar vuestro amor fraternal. Creo, por lo tanto, que no sois perversos por naturaleza, por lo que hicisteis en mi caso, sino que todo ocurrió de acuerdo con la voluntad de Dios, que por este medio trató de que gozáramos las cosas buenas que tenemos; y, si con- tinúa en buena disposición, por las que tendremos en adelante. Como por eso sé que nuestro padre se encuentra sano y salvo, mejor de lo que esperaba, y como os veo tan bien dispuestos hacia nuestro hermano, olvidaré la culpa que hayáis podido tener en vuestra acción contra mí, dejaré de odiaros por esa maldad que cometisteis y por el contrario os daré las gracias por haber colaborado con las intenciones de Dios para llevar las cosas al estado actual. Os pido que vosotros también lo olvidéis, ya que vuestra imprudencia llegó a un fin tan feliz, y dejéis de sentiros incómodos y avergonzados. No permitáis que ahora os apenen vuestras malas inclinaciones de antes y el acerbo remordimiento que las siguió, porque esas intenciones fueron frustradas. Seguid vuestro camino, celebrando lo que ocurrió por la divina providencia, y decídselo a vuestro padre, para que no se preocupe por vosotros y me prive de la parte más grata de mi felicidad, es decir, que no se muera antes de que yo lo vea y de que goce las cosas buenas que ahora nos alegran. Traed a vuestro padre, y a sus esposas e hijos y todos sus parientes, e instalad aquí vuestras moradas. Porque no es propio que las personas que me son más queridas vivan lejos de mí, ahora que mis asuntos son tan prósperos, y sobre todo cuando todavía tienen que sobrellevar otros cinco años de hambre. Dicho esto José abrazó a sus hermanos, que lloraban conmovidos. Pero la generosa bondad de su hermano no les dejaba lugar al temor de que fueran castigados por lo que habían tramado y hecho contra él. Luego celebraron un banquete. Cuando el rey se enteró de que los hermanos de José habían ido a verlo, se alegró mucho, como si fuera un acontecimento de su propia familia; les dió carros llenos de trigo, oro y plata para que los llevasen a su padre. Recibieron otros presentes de José, para llevarlos a su padre y como regalos para ellos, siendo mayores los de Benjamín. Luego partieron. CAPITULO VII El translado, a causa del hambre, del padre de José con toda su familia 1. En cuanto Jacob se enteró, al regreso de sus hijos, de las noticias sobre José, de que no sólo había escapado a la muerte, por la que todavía Jacob llevaba luto, sino que vivía feliz, rodeado de esplendor y gobernando a Egipto, junto con el rey que le había encargado casi todas las cosas, no consideró increíble lo que le decían, juzgando la grandeza de la obra de Dios y su bondad para con él, aunque esa bondad había sido intermitente en los últimos tiempos, e inmediata y fervorosamente se preparó para ir a reunirse con José. 2. Cuando llegó al pozo del juramento, ofreció sacrificio a Dios. Luego se sintió temeroso de que la felicidad que reinaba en Egipto tentara a su posteridad a quedarse allí, y no pensara volver a la tierra de Canaán para poseerla como Dios les había prometido; temió también que su descenso a Egipto no contara con la voluntad de Dios y que su familia fuera por eso destruida; le preocupaba, sobre todo, la idea de abandonar esta vida sin ha- ber visto a José. Revolviendo esas dudas en su mente se quedó dormido. 3. Dios se le apareció y lo llamó dos veces por su nombre; él preguntó quién era, y Dios le dijo: -No es justo, Jacob, que no reconozcas al Dios que siempre protegió y apoyó a tus antepasados y luego a ti mismo; cuando tu padre te privó de este dominio, yo te lo di, y fué por mi bondad que, habiendo ido solo a Mesopotamia, hayas obtenidos buenas esposas, volviendo con muchos hijos y riquezas. Toda tu familia fué también protegida por mi providencia. Y fui yo quien condujo a tu hijo José, a quien dabas por perdido, a la felicidad y la prosperidad. Yo lo hice señor de Egipto, con poca diferencia del propio rey. Por eso vengo ahora a guiarte en este viaje; y predigo que morirás en los brazos de José. Y te informo que tu posteridad gozará durante muchos años de autoridad y gloria, y que la instalaré en la tierra que le prometí. 4. Animado por su sueño, Jacob fué más alegremente a Egipto, con sus hijos y todas sus pertenencias. Eran en total setenta. Pensé que sería mejor no anotar los nombres de esa familia, sobre todo por su difícil pronunciación. Pero en general creo que es necesario mencionarlos, para refutar a los que creen que no procedemos originalmente de Mesopotamia, sino que somos egipcios. Jacob tuvo doce hijos, uno de los cuales, fué antes que ellos a Egipto. Vamos a anotar los nombres de los hijos y nietos de Jacob. Rubén tuvo cuatro hijos: Anoc, Fa], Asarón y Carmis. Simeón tuvo seis: Jamuel, Jamín, Jaod, Jaquín, Soar y Saúl. Leví tuvo tres hijos: Gersón, Caaz y Maranir. Judá tuvo tres hijos: Salas, Farés y Zaras, y dos nietos de Farés: Esrón y Amir. Isacar tuvo cuatro hijos: Tulas, Fúa, Jasub y Samarón. Zabulón llevó consigo tres hios: Sarad, Elón y Jalel. Todos ellos descendientes de Lía, de quien fué también su hija Dina. Son treinta y tres. Raquel tuvo dos hijos, uno de los cuales, José, tuvo dos también, Manasés y Efraím. El otro, Benjamín; tuvo diez: Bolosor, Bacar, Asabel, Gerar, Naemán, Jes, Ros, Momfis, Optais y Arad. Estos catorce, unidos a los treinta y tres anteriormente nombrados, suman cuarenta y siete. Fué la posteridad legítima de Jacob. Tuvo además con Bala, la criada de Raquel, a Dan y Neftalí, el último de los cuales tuvo cuatro hijos que lo siguieron: Jesel, Gunis, Isares y Selim. Dan tuvo un solo hijo, Usis. Añadiendo éstos a los enumerados antes se completa la cantidad de cincuenta y cuatro. Gad y Aser fueron los hijos de Zelfa, la criada de Lía. Gad llevó consigo a sus siete hijos, Safonía, Augis, Sunis, Asabón, Erin, Eredes y Ariel. Aser tuvo una hija, Sara, y seis hijos cuyos nombres eran Jomnes, Isus, Isuis, Baris, Abaro y Melkiel. Si agregamos éstos, que son dieciséis, a los cincuenta y cuatro anteriores, llegamos al antes mencionado número de setenta, en el que no se incluye a Jacob. 5. Cuando José supo que venía su padre, porque su hermano Judá llegó antes y le anunció su arribo, salió a recibirlo, y se en- contraron en Herópolis. Jacob se sintió desfallecer ante la grande e inesperada alegría. José lo reanimó, aunque él mismo tampoco pudo resistir la impresión, y el placer del encuentro estuvo a punto de provocarle el mismo efecto que a su padre. Pero logró dominarse mejor que éste. Luego rogó a Jacob que marchara lentamente y él, llevando consigo a cinco de sus hermanos, se adelantó a prisa para anunciar al rey la llegada de Jacob y su familia. El rey se alegró por la grata noticia y pidió a José que le dijera qué clase de vida les gustaba llevar a sus hermanos, para encomendarles las mismas ocupaciones. José le dijo que eran buenos pastores, y no estaban acostumbrados a hacer ninguna otra cosa fuera de esa tarea. Luego dispuso que no se separaran y vivieran juntos, y cuidaran de su padre; también determinó que para ser aceptables por los egipcios, no se dedicaran a ninguna de sus actividades. A los egipcios les estaba prohibido ocuparse en labores de pastoreo. 6. Jacob se presentó ante el rey y lo saludó y le deseó prospe. ridad a su gobierno. Faraón le preguntó qué edad tenía; cuando le respondió que tenía ciento treinta años, se admiró de su longe- vidad. Jacob añadió que no había vivido tanto como sus ante- pasados, y el rey le dió permiso para residir con sus hijos en Heliópolis. Porque en esta ciudad tenían sus prados los pastores del rey. 7. El hambre aumentó entre los egipcios. El grave flagelo se hizo más opresivo; el río no desbordó porque no había llegado a su anterior altura, ni Dios les mandó lluvia. Tampoco hicieron acopio de provisiones, porque ignoraban lo que debían hacer. José les vendió trigo por dinero. Cuando les faltó el dinero, compraron trigo con el ganado, y con los esclavos, y los que tenían algún pequeño terreno lo cedieron para adquirir comida; de ese modo el rey se convirtió en dueño de todas sus cosas. Tuvieron que ser trasladados unos a un sitio, otros a otro, para que la posesión del país quedara firmemente en las manos del rey; excepto las tierras de los sacerdotes, que siguieron en su poder. El hambre los convirtió realmente en esclavos, de cuerpo y alma; finalmente los obligó a procurarse el sustento por medios deshonrosos. Pero cuando terminó la miseria, y el río desbordó y cubrió la tierra, y ésta dió abundantes frutos, José fué a todas las ciudades, reunió en cada una al pueblo y les devolvió la tierra que, por su propio consentimiento, debía ser de propiedad exclusiva del rey y para su exclusivo provecho. Los exhortó a considerarla como propiedad de cada cual, y a que se dedicaran con entusiasmo a la agricultura y pagaran como tributo al rey la quinta parte de los frutos de la tierra que el rey, siendo suya, les devolvía. Todos se alegraron al verse inesperadamente dueños de sus tierras, y cumplieron con diligencia lo que les mandaron. De este modo aumentó el ascendiente de José sobre los egipcios, y el cariño que sentían por el rey. La ley de pagar la quinta parte como tributo se mantuvo hasta el último de los reyes. CAPITULO VIII Muerte de Jacob y de José 1 Después de vivir diecisiete años en Egipto, Jacob cayó en- fermo y murió en presencia de sus hijos; pero antes hizo sus ple- garias por su prosperidad y les anunció proféticamente que todos ellos vivirían en la tierra de Canaán. Lo cual sucedió muchos años después. En cuanto a José, lo elogió por haber olvidado la maldad de sus hermanos, y haber sido generoso con ellos, dándoles favores que ni siquiera concedían los benefactores. Ordenó luego a sus hijos que admitieran a los hijos de José, Efraím y Manasés, entre los suyos, y dividieran en común entre ellos la tierra de Canaán, sobre lo cual hablaremos más tarde. Pero pidió que lo enterraran en Hebrón. Murió después de ha- ber vivido sólo tres años menos de ciento cincuenta, no habiendo estado por debajo de ninguno de sus antepasados en su devoción a Dios. Obtuvo la recompensa que corresponde a los que son bue- nos como él. Con permiso del rey José condujo el cadáver de Ja- cob a Hebrón, y allí lo sepultó con gran pompa. Sus hermanos no quisieron al principio volver con él, porque temían que, muerto el padre, los castigaría por sus conspiraciones contra él, ya que había desaparecido aquel por quien los había tratado tan bien. Pero José los convenció de que no temieran nada ni desconfiaran de él. Los llevó consigo, les dió grandes propiedades y nunca dejó de preocuparse por ellos. 2. José murió a los ciento diez años, habiendo sido un hombre de admirable virtud; condujo todos sus asuntos con prudencia. Usó su autoridad con moderación, causando la felicidad de los egipcios, aun cuando procedía de otro país y en las terribles cir- cunstancias que ya hemos relatado. Con el tiempo sus hermanos murieron, después de haber vivido felices en Egipto. Los descen- dientes de estos hombres un tiempo después condujeron sus cuerpos a Hebrón y allí los inhumaron. En cuanto a los restos de José lo llevaron después a la tierra de Canaán, cuando los hebreos salieron de Egipto, porque José lo había hecho prometer con juramento. Pero lo que a cada uno de esos hombres ocurrió, y con qué medios tomaron posesión de la tierra de Canaán, se verá luego, después que haya explicado por qué dejaron la tierra de Egipto. CAPITULO IX Las aflicciones que sufren los hebreos en Egipto durante cuatrocientos años 1. Sucedió que los egipcios se volvieron voluptuosos y holga- zanes, hasta la exageración, y se entregaron a otros placeres, en particular el amor al lucro. Se sintieron entonces descontentos de los hebreos y envidiosos de su prosperidad. Cuando vieron que la nación de los israelitas florecía, y éstos se volvían eminentes y poseían abundantes riquezas, que habían adquirido por sus virtudes y su inclinación natural al trabajo, pensaron que su progreso redundaría en perjuicio de los egipcios. Habiendo olvidado con el transcurso del tiempo los beneficios que recibieron de José, sobre todo porque la corona había pasado a otra familia, sometieron a crueles abusos a los israelitas, e idearon muchos medios para angustiarlos. Les ordenaron abrir un gran número de canales para el río, construir muros para las ciudades y terraplenes para contener el río y evitar el estancamiento de las aguas cuando aquél desbordaba de las orillas; también les mandaron levantar pirámides y con todos esos trabajos los agotaron, viéndose obligados los israelitas a aprender toda clase de artes mecánicas y a acostumbrarse a realizar labores pesadas. En estas tribulaciones pasaron cuatrocientos años; porque ambos bandos se esforzaban empeñosamente, los egipcios en destruir a los israelitas y los israelitas en resistir y aguantar hasta el fin. 2. Estando de este modo las cosas, se produjo un acontecimiento que excitó aún más a los egipcios en su deseo de exterminar a nuestra nación. Uno de los escribas sagrados, hombres que son muy astutos para predecir los acontecimientos futuros, dijo al rey que por aquella época nacería un niño israelita que, cuando fuera hombre, derribaría el dominio de los egipcios y exaltaría a los israelitas. Superaría a todos los 1 Según la Biblia, la orden fué impartida a las parteras judías (Exodo, 1, 15-16). hombres en virtudes y obtendría una gloría que perduraría por todos los siglos. El rey tuvo tanto miedo que, de acuerdo con la opinión de ese hombre, ordenó que mataran a todos los niños que les nacieran a los israelitas, arrojándolos al río; dispuso, además, que las par- teras egipcias vigilaran a las mujeres hebreas y observaran a los recién nacidos, porque quería que cumplieran esas funciones con las mujeres hebreas las parteras que, por ser compatriotas del rey, no infringirían sus órdenes1. Mandó también que los padres que desobedecieran y trataran de salvar la vida de un niño fueran muertos ellos y sus familias. Fué una gran pesadumbre para los afectados, no sólo porque los privaban de sus hijos y porque siendo sus padres debían colaborar en la destrucción de sus propias criaturas, sino también porque aquella medida conduciría al exterminio de toda la nación. Esta era la desdichada situación. Pero nadie puede oponerse a los designios de Dios, ni aunque imagine diez mil recursos sutiles; porque ese niño que había pro- nosticado el sagrado escriba, fué criado y ocultado a la vista de los observadores nombrados por el rey. El que lo había pronos- ticado no se equivocó en las consecuencias de ese hecho, que ocu- rrieron de la siguiente manera. 3. Un hombre llamado Amram, de la más noble alcurnia de los hebreos, temió que su nación se extinguiese por la falta de varones. Estaba, además, inquieto porque su mujer se hallaba embarazada, y no sabía qué medidas tomar. Recurrió con súplicas a Dios; le rogó que tuviera compasión de los hombres que no habían transgredido de ningún modo la ley de su culto, que los librara de la desgracia que los afligía e hiciera fracasar las esperanzas de sus enemigos de destruir a su nación. Dios se compadeció de él y se dejó conmover por sus súplicas. Se le presentó en sueños y lo exhortó a no desesperar de sus fu- turos favores. Le dijo que no había olvidado su devoción para con él, y que siempre los recompensaría, como anteriormente había concedido sus favores a sus antepasados haciéndolos crecer de un pequeño grupo hasta una gran multitud. Le recordó que cuando Abram fué sólo de la Mesopotamia a Canaán, le había concedido todas las felicidades en muchos aspectos, y haciendo además, que su mujer, que había sido estéril, pudiera concebir y le diera hijos. A Ismael y a su posteridad les dejó el país de Arabia, a los hijos de Cetura, el país de los trogloditas, y a Isaac, la tierra de Canaán. -Con mi ayuda -añadió-, cumplió grandes hazañas en la guerra, la cual, a menos que seas impío, debes recordar. En cuanto a Jacob, fué famoso incluso entre los extranjeros, por la grandeza y la prosperidad con las que vivió y que dejó a sus hijos, los que llegaron a Egipto siendo no más de setenta almas, mientras que vosotros sois ahora más de seiscientos mil. Has de saber por lo tanto que os daré a todos vosotros lo que os sea útil, y a ti particularmente lo que te hará famoso. Porque ese niño por el que, temerosos de su nacimiento, los egipcios condenaron a muerte a los niños israelitas, será tu hijo, y será ocultado de los que vigilan para destruirlo; después de ser criado de manera sorprendente, salvará a la nación hebrea de la desgracia que la aflige en Egipto. Su memoria será famosa mientras dure el mundo; no sólo entre los hebreos, sino también entre los extranjeros. Todo lo cual será consecuencia del favor que te dispensaré a ti y a tu posteridad. Tu hijo tendrá otro hermano que obtendrá mi sacerdocio, el que pasará a su posteridad después de él hasta el fin del mundo. 4. Después de que la visión le hubiese informado de estas cosas, Amram despertó y se lo contó a Joquebed, su esposa. Aumentó en. tonces el temor de los dos, por la predicción contenida en el sueño de Amram; les preocupaba, no solamente el niño, sino también la gran felicidad que le esperaba. Pero los dolores de parto de la madre fueron de tal naturaleza que permitieron confirmar lo que Dios había anticipado, porque no se enteraron los que estaban encargados de vigilarla, debido a que los dolores fueron suaves, no la atacaron con violencia. Durante tres meses nutrieron a la criatura privadamente; después Amram, temiendo ser descubierto y caer en el desagrado del rey, con lo que morirían ambos, él y su hijo, quedando sin ningún efecto la promesa de Dios, resolvió confiar a Dios el cuidado y la salvación del niño antes que hacerla depender de su propia ocultación, por demás insegura. Estaba convencido de que Dios procuraría de algún modo la salvación del niño, para asegurar la exactitud de sus propias predicciones. Hicieron una arquilla de fibras de papiro con la forma de una cuna, de un tamaño suficiente para que pudiera caber un niño sin mucha estrechez. La untaron con betún, que impediría la en- trada del agua por entre las junturas, pusieron en ella al niño y depositándola en el agua la abandonaron al cuidado de Dios. El río recibió al niño y lo llevó a flote. Miriam, la hermana de la criatura, se paseó por la orilla, frente a la arquilla, como le había ordenado su madre, para ver hacia dónde sería llevada. Dios de- mostró que la sabiduría humana no es nada, y que todo lo que el Ser Supremo quiere cumplir se realiza finalmente. Aquellos que por su propia seguridad condenan a muerte a los demás y se em- peñan en lograrlo, fracasan en su propósito, mientras que otros, de manera sorprendente, se salvan y alcanzan la prosperidad en medio de sus propias calamidades; son aquellos, desde luego, cuyo peligro surge por mandato de Dios. Esa providencia se reveló en el caso de este niño, demostrando el poder de Dios. 5. Termutis era la hija del rey. Estaba pasando el rato en la orilla del río, cuando vió una cuna arrastrada por la corriente. Envió a alguien que sabía nadar con orden de traerle la cuna. Cuando los enviados volvieron y la princesa vió al niño se enamoró de él, porque era grande y bello. Dios había puesto tanto esmero en la formación de Moisés que hizo que lo consideraran digno de ser criado y atendido aquellos mismos que, temiendo su nacimiento, habían tomado la fatal resolución de destruir al, resto de la nación hebrea. Termutis ordenó que buscaran una mujer para dar el pecho al niño; pero la criatura se negó a aceptarlo, volviendo la cabeza, e hizo lo mismo con otras mujeres que le trajeron. Miriam estaba presente, fingiendo que no había ido de propósito, sino que se había detenido accidentalmente para contemplar a la criatura. Dirigiéndose a Termutis, le dijo: -Será en vano, ¡oh, reina!, que llames para alimentar al niño mujeres que no son de su parentesco. Pero si haces traer una mujer hebrea, es posible que el niño admita el pecho de una mujer de su propia raza. Termutis encontró razonable el consejo y le ordenó que buscara y trajera una mujer hebrea que amamantara. Miriam trajo entonces a su madre, a quien nadie conocía allí. El niño aceptó alegremente el pecho y se prendió fuertemente de él. Y así fué como, a pedido de la reina, la nutrición del niño se encomendó a su propia madre. 6. Después Termutis le impuso el nombre de Mouses, recor- dando su extracción del río, porque los egipcios llaman Mo al agua, y Uses a lo que es salvado de ella. Uniendo las dos palabras formaron el nombre que le dieron. Y de acuerdo con la predicción de Dios fué, por su gran inteligencia y su desdén por las dificul- tades, el más ilustre de los hebreos. (Porque Abram fué su ante- pasado de la séptima generación. Moisés era hijo de Amram, que era hijo de Caat, cuyo padre Leví era hijo de Jacob, que era hijo de Isaac, el hijo de Abram.) La inteligencia de Moisés no era la de su edad, sino muy superior a su término medio. Reveló una rapidez de aprehensión mayor de la habitual, presagiando grandes acciones para cuando llegara a ser hombre. Dios le dió también una estatura que a los tres años ya era maravillosa. En cuanto a su belleza, nadie dejaba de asombrarse por la hermosura de su rostro cuando lo veía. Frecuentemente sucedía que la gente que se cruzaba con él cuando lo llevaban por el camino volviera la cabeza para seguir mirándolo; dejaban lo que estaban haciendo y se quedaban un rato largo contemplándolo. Porque la belleza del niño era tan notable y natural por muchos conceptos que detenía a los espectadores obligándolos a mirarlo largo rato. 7. Advirtiendo Termutis lo notable que era el niño, lo adoptó como hijo porque ella no los tenía. Un día se lo llevó a su padre y le dijo que pensaba hacer de él el sucesor del rey, si Dios quería que no tuviese un hijo propio. -He criado un niño -dijo-, de forma divina y de mente ge- nerosa. Y como lo he recibido por la merced del río, de manera maravillosa, he creído conveniente adoptarlo como hijo y here- dero de tu trono. Diciendo esto puso al niño en los brazos de su padre, quien lo oprimió sobre su pecho y, para subrayar las palabras de su hija, 1c puso amablemente su corona en la cabeza. Pero Moisés la arrojó al suelo y con ademanes pueriles la hizo rodar y la pisó, lo que pareció traer un mal presagio para el reino de Egipto. Cuando lo vió el sagrado escriba (el mismo que había pronos- ticado que su nacimiento derribaría el dominio del reino), hizo una violenta tentativa para matarlo, y con voz terrible exclamó: -Este, loh, rey!, es el niño de quien Dios nos previno que si lo matábamos nos libraríamos del peligro. Ahora él mismo con- firma la predicción, atropellando tu autoridad y pisoteando tu corona. Elimínalo, y libra a los egipcios del miedo que tienen por su causa; y quita a los hebreos las esperanzas de ser animados por él. Pero Termutis se lo impidió y le arrebató el niño de las manos. El rey no se apresuró a matarlo, porque Dios protegió a Moisés induciendo al rey a salvarle la vida. Fué luego educado con gran esmero. Los hebreos pusieron en él sus esperanzas en la certeza de que haría grandes cosas. Los egipcios, en cambio, desconfiaban del resultado que daría su educación. Pero se abstuvieron de matarlo porque si Moisés era muerto no quedaría ninguno, ni pariente ni adoptado, que pudiera pretender la corona con beneficio para ellos. CAPITULO X Moisés hace la guerra a los etíopes 1. Cuando Moisés llegó a la edad madura hizo manifiesta su virtud a los egipcios: demostró que había nacido para abatirlos y exaltar a los israelitas. La ocasión de que se valió fué la siguien- te: los etíopes, que eran vecinos de los egipcios, hicieron una in- cursión en su tierra, de la que se apoderaron llevándose los efectos de los egipcios. Estos, indignados, salieron a atacarlos para vengar las ofensas recibidas. Pero vencidos en la batalla, algunos fueron asesinados y los restantes huyeron vergonzosamente y se salvaron. Los etíopes los persiguieron; considerando que sería una co- bardía no someter a todo Egipto se extendieron por el país y lo subyugaron. Después de haber probado los frutos de la tierra ya no cejaron en la prosecución de la guerra, y como las zonas más próximas no tuvieron valor al principio para pelear con ellos, fueron hasta Menfis, y hasta el mismo mar, mientras ninguna de las ciudades les hacía oposición. Los egipcios, apesadumbrados y oprimidos, echaron mano a sus oráculos y profecías, y por consejo de Dios resolvieron tomar como aliado a Moisés el hebreo, para que los ayudara. El rey ordenó a su hija que lo enviara, para nombrarlo general de su ejército. Después de hacer jurar al rey que no le haría ningún daño, Termutis se lo confió al rey, segura de que su ayuda sería de gran beneficio para todos. Y reprochó a los sacerdotes que antes habían reclamado de los egipcios que lo mataran y ahora no se avergon. zaban de rogarle su ayuda. 2. Moisés, persuadido por Termutis y el rey, asumió animosa- mente la misión. Los sagrados escribas de ambas naciones se 1 En la Biblia figura un relato similar, pero allí Moisés alecciona a los etíopes proporcionándoles la manera de volver a suciudad, después de una guerra, a pesar de las serpientes y los escorpiones con los que el adivinoBalaam había llenado los caminos. Moisés les recomienda amaestrar pichones de cigüeñas y lanzarlos sobre las serpientes. sin. tieron satisfechos; los egipcios porque pensaban que con el valor de Moisés vencerían a sus enemigos y en la misma acción sería muerto Moisés; y los hebreos porque podrían escapar de los egipcios, cuando Moisés fuera su general. Moisés se adelantó al enemigo y condujo su ejército contra él, antes de que se enterara de que iba a atacarlo. No marchó por el río, sino por tierra, dando en esta ocasión una magnífica prueba de su sagacidad. Habían llegado a un sitio por donde no se podía pasar porque estaba lleno de serpientes, peculiaridad de esa región que no presentan otros lugares. Las serpientes eran numerosísimas, peores que las de otras partes en fuerza y maldad; de aspecto terrible, algunas surgían del suelo sin ser vistas, y hasta volaban por el aire, y de ese modo atacaban imprevistamente a los hombres ocasionando grandes daños. Moisés ideó una extraordinaria estratagema para sacar al ejército sano y salvo. Hizo unos canastos de corteza de papiros, los llenó de ibis y los llevó consigo; estos animales son los más grandes enemigos de las serpientes, que huyen cuando aquéllos se acercan; los ibis las cazan y devoran, como hacen los ciervos. Los ibis son animales mansos, enemigos únicamente de los reptiles. Pero no diré nada más de los ibis, porque los griegos los conocen muy bien. En cuanto Moisés llegó a la tierra donde se criaban las serpientes, dejó en libertad a los ibis, y por este medio repelió el ataque de los reptiles, usándolo antes de que el ejército llegara a aquel punto1. Hecho esto, pudo caer sobre los etíopes antes de lo que éstos esperaban. Les presentó batalla y los venció, quitándoles la esperanza de triunfar contra los egipcios. Prosiguió luego derribando sus ciudades e hizo una gran matanza de etíopes. Después de que los egipcios tomaron el gusto al buen éxito, gracias a los recursos de Moisés, se sintieron infatigables y los etíopes se vieron amenazados con la esclavitud y la destrucción total. Por último éstos se retiraron a Saba, ciudad real de Etiopía, a la que después Cambises dió el nombre de su hermana, Meroé. Hubo que sitiar la plaza con grandes dificultades, porque el Nilo que la rodea completamente, y los otros ríos Astap y Astabora, cuyo cruce era difícil de intentar, hacían imposible el ataque. La ciudad, situada en el centro, era como una isla. Estaba rodeada de una fuerte muralla y protegida por los ríos. Grandes terraplenes entre la muralla y los ríos impedían que las aguas la inundaran, aunque se desbordaban con gran violencia. Y aunque el enemigo cruzara los ríos, los terraplenes hacían casi imposible tomar la ciudad. Moisés estaba inquieto por la inactividad del ejército (porque el enemigo no se animaba a presentar batalla), cuando sucedió el siguiente episodio: Tarbis, la hija del rey de Etiopía, vió a Moisés conduciendo las tropas hasta la muralla y peleando con gran valor. Admirada por la sutileza de sus acometidas, y comprendiendo que él era el autor de los triunfos de los egipcios, que antes desespera. ban de recobrar la libertad, y el causante del gran peligro en que se hallaban los etíopes, que antes se jactaban de sus grandes victorias, se enamoró profundamente de él. Impulsada por su pasión, le envió al más fiel de sus sirvientes para tratar con él de su matrimonio. Moisés aceptó la oferta, con la condición de que se rindiera la ciudad; y le aseguró con juramento que la tomaría por esposa y que después de tomar la ciudad no quebrantaría su pro. mesa. Hecho el trato, se cumplió inmediatamente. Derrotados los etíopes, Moisés dió gracias a Dios, realizó el enlace y condujo a los egipcios de vuelta a su patria. CAPITULO XI Moisés huye de Egipto a Madián 1. Después de haber sido salvados por Moisés los egipcios le cobraron odio y conspiraron ansiosamente contra él porque sos- pechaban que se aprovecharía de su triunfo para provocar un levantamiento y producir cambios en Egipto. Y dijeron al rey que había que matarlo. El rey también abrigaba intenciones simi- lares, envidioso de su gloriosa expedición al frente de su ejército, y temeroso de que lo derribara. Instigado por sus sagrados escri- bas, se manifestó dispuesto a decidir la muerte de Moisés. Cuando éste se enteró de lo que se tramaba contra él, se alejó en secreto. Como los caminos públicos estaban vigilados, huyó por el desierto, por donde sus enemigos no sospecharían que pudiera viajar. Aunque carecía de alimentos siguió adelante arrostrando valerosamente todas las dificultades. Llegó a la ciudad de Madián, a orillas del mar Rojo, llamada así por uno de los hijos de Abram y Cetura. Se sentó junto a un pozo a descansar de la pesada jornada y de la aflicción que sufría. No estaba lejos de la ciudad; era mediodía, y tuvo una oportunidad, ofrecida por las costumbres del país, de hacer algo que le hizo revelar sus cualidades y que le dió base para mejorar su situación. 2. Como aquel pa' s tenía poca agua, los pastores solían sacar- la de los pozos antes de que vinieran otros, para que sus rebaños no sufrieran sed y para que los otros no la gastaran. Al pozo don- de él estaba llegaron siete hermanas, que eran vírgenes, hijas de Ragüel, un sacerdote considerado por el pueblo digno de gran honor. Esas doncellas cuidaban los rebaños de su padre, lo que era costumbre en el país y habitual entre los trogloditas. Fueron las primeras en venir y sacaron, en cubetas hechas especialmente para el agua, la cantidad que necesitaban sus animales. Pero llegaron los pastores y echaron a las doncellas, para disponer del agua en beneficio de ellos. Moisés juzgó que sería censurable dejar sufrir a las mozas esa injusticia, y echó a los hombres, prestando ayuda apropiada a las mujeres. Después de recibir este favor, las jóvenes volvieron a su casa y contaron a su padre que habían sido ofendidas por los pastores y ayudadas por un extranjero, y le rogaron que no dejara pasar sin recompensa su generosa acción. El padre apoyó el deseo de sus hijas de recompensar a su bienhechor, y les ordenó que trajeran a Moisés a su presencia, para premiarlo como merecía. Cuando llegó Moisés se refirió a lo que sus hijas le habían relatado sobre su intervención y su ayuda. Añadió que admiraba su virtud y le aseguró que había dado asistencia a personas que no eran insensibles a los favores y que deseaban devolverle su gentileza y sobrepasar la medida de su generosidad. Lo hizo entonces su hijo, dándole una de sus hijas en matrimonio. Y lo nombró guardián y superintendente de su ganado, que desde antiguo constituía toda la riqueza de los bárbaros. CAPITULO XII La zarza ardiente y la vara de Moisés 1. Obtenidos esos beneficios de Jetro (que era uno de los nombres de Ragüel), Moisés se quedó a vivir con ellos y cuidó sus rebaños. Poco tiempo después, un día que los estaba apacen- tando junto a la montaña llamada Sinaí, llevó los rebaños más lejos que de costumbre. Aquélla era la montaña más alta del lugar y la mejor para apacentar, porque tenía una hierba exce- lente; pero nunca subían hasta allí los pastores, porque decían que allí moraba Dios. Ocurrióle entonces a Moisés un prodigio maravilloso; se incendió una zarza, pero el fuego no consumía las hojas verdes ni las flores, ni tampoco, las ramas, aunque las llamas eran grandes y fuertes. Moisés se asustó ante aquel extraño espectáculo, pero se sintió más sorprendido aún cuando el fuego emitió una voz, que lo llamó por el nombre y pronunció palabras, advirtiéndole la temeridad que había cometido aventurándose a subir a un sitio al que ningún hombre había ido, porque era un sitio sagrado. Y le aconsejó que se alejase del fuego y se conformase con lo que había visto. Aunque era un hombre virtuoso y descendía de antepasados ilustres, debía en lo sucesivo reprimir su curiosidad. Le predijo que obtendría gloria y honores entre los hombres, porque tenía la bendición de Dios. Le ordenó que volviera confiado a Egipto, donde sería el jefe y el conductor de los hebreos y salvaría a su pueblo de sus sufrimientos. -Porque -dijo- habitarán la tierra dichosa que habitó su antepasado Abram, y gozarán de todas las cosas buenas. Y tú con tu prudencia los conducirás hacia ellas. Pero le ordenó que cuando sacara a los hebreos de Egipto volviera a aquel sitio, a ofrecer sacrificios y agradecimientos. Este fué el divino oráculo que partió del fuego. 2. Moisés quedó atónito por lo que veía, y mucho más por lo que había oído. Y dijo: -Creo, señor, que sería una gran locura para alguien que, como yo, te venera, desconfiar de tu poder, que también se ma- nifestó a mis progenitores. Pero sigo dudando de que yo, que soy un particular y sin capacidad, pueda persuadir a mis compatrio- tas que abandonen el país que ahora habitan, y me sigan al país al que yo los conduciré. Y si pudiera persuadirlos, no sé de qué modo podré obligar a Faraón que les permita partir, ya que ellos aumentan sus riquezas y su prosperidad con el trabajo y las tareas que les hace realizar. 3. Pero Dios lo exhortó a que tuviera valor en todas las oca- siones y le prometió estar con él y asistirlo en sus palabras cuando tuviera que persuadir a los hombres, y en sus hechos cuando tu. viera que actuar. Le ordenó que como prenda de confianza arrojara su vara al suelo, la cual, cuando así lo hizo, se arrastró y se transformó en una serpiente, se enrolló, irguió la cabeza, pronta a defenderse de quien la atacara, y luego se transformó nuevamente en una vara como antes. Luego Dios ordenó a Moisés que se pusiera la mano derecha en el pecho. Obedeció, y cuando la sacó estaba blanca, del color de la tiza; pero luego recuperó su color habitual. A una orden de Dios, tomó un poco de agua y la derramó en el suelo, y vió que su color era el de la sangre. Ante el asombro que Moisés manifestó por los milagros. Dios lo exhortó a que tuviera ánimo y estuviera seguro de que él sería su gran apoyo. Le ordenó que usara esos signos para hacer que los hombres creyeran "que yo te mando, y que haces todo eso de acuerdo con mis órdenes. Te ordeno,pues, que vuelvas de prisa a Egipto, viajando día y noche, sin perder más tiempo. Para que no duren más la esclavitud de los hebreos y sus sufrimientos". 4. Habiendo visto y oído esos milagros, que le garantizaban la verdad de las promesas de Dios, Moisés ya no pudo dudar y le rogó que le concediera ese poder cuando estuviera en Egipto. Le rogó que le permitiera conocer su nombre; ya que lo había concedido que lo viera y le hablara, que le dijera también cómo llamarlo; así en el momento de hacer los sacrificios podría invo- 1 Se refiere al tetragrámaton de Jehová, o Iahvé, cuatro consonantes que forman el nombre de Dios (777P), y cuya pronunciación exacta no se conoce por la falta de las vocales, pequeños signos que en el idioma hebreo. se colocan encima, al lado o debajo de las consonantes y que generalmente, se omiten. Esos signos acompañaroncarlo para presidir la ceremonia. Dios entonces le dijo su santo nombre, que nunca había sido comunicado a ningún hombre; por lo tanto no sería leal por mi parte que dijera nada más al res- pecto1. -a Moisés, no sólo entonces, sino siempre. A todos los signos les atribuía la firme confirmación del fuego de la zarza. Creyendo que Dios le daría el don de su ayuda, tuvo la esperanza de que podría librar a su nación, y acarrear calamidades a los egipcios. CAPITULO XII Moisés y Aarón se presentan ante el rey 1. Cuando Moisés supo que el rey Faraón, de cuyo reino había huído, había muerto, pidió permiso a Ragüel para ir a Egipto, en beneficio de su pueblo. Se llevó consigo a Séfora, la hija de Ragüel, con la que se había casado, y a los hijos que tuvo con ella, Gersón y Eleazar, y se apresuró a trasladarse a Egipto. El primero de estos nombres, Gersón, significa en lengua hebrea en país extraño; y Eleazar que con la ayuda del Dios de sus padres, había huido de Egipto. Cuando se acercaba a las fronteras de Egipto, su hermano Aarón le salió al encuentro por orden de Dios. Moisés le refirió lo que le había pasado en la montaña y las órdenes que había recibido de Dios. Siguieron andando y a medida que avanzaban salían a recibirlos los principales de los judíos, que se habían enterado de su llegada. Moisés les informó de los signos que había visto, y como no le creyeran los tuvo que repetir para que los vieran ellos también. Frente a este espectáculo sorprendente e inesperado, se animaron y concibieron la esperanza de su total liberación, convencidos ahora de que Dios velaba por ellos. 2. Moisés supo entonces que los hebreos obedecerían todo lo que él les mandase, según lo prometieron, porque amaban la libertad. Se presentó ante el rey, que hacía poco se había hecho cargo del gobierno, y le habló de todo lo que Moisés había hecho por el bien de los egipcios, cuando los dominaban los etíopes que habían arruinado el país; le recordó que él había sido el coman- dante de los egipcios y había trabajado por ellos como si fuera su propio pueblo. Le informó de los peligros que había corrido durante la expedición, añadiendo que no había recibido el agra- decimiento que merecía. También le contó claramente lo que le había ocurrido en el Sinaí, y lo que Dios le había dicho. Y le habló de los signos que le había dado Dios para confirmarle la autoridad de las órdenes impartidas. Finalmente le exhortó a creer lo que le había dicho y a no oponerse a la voluntad de Dios. 3. Como el rey ridiculizara a Moisés, le hizo ver los signos que le fueron dados en el Sinaí. El rey se enojó, lo trató de malvado y lo acusó de haber huído de su esclavitud en Egipto para volver ahora. a sorprenderlo con trucos engañosos y milagros de artes mágicas. Diciendo esto ordenó a los sacerdotes que le hicieran ver idénticos milagros, porque los egipcios eran hábiles en esas prácticas; él no era la única persona que las sabía, y si pretendía que eran divinas, añadió, sólo sería creído por los ignorantes. Los sacerdotes arrojaron sus varas, que se transformaron en serpientes. Pero Moisés no se amilanó y dijo: -No desprecio, oh rey, la sabiduría de los griegos, pero afirmo que lo que yo hago es superior a lo que ellos hacen con artes mágicas y triquiñuelas, porque el poder divino es superior al hu- mano. Pero voy a demostrar que lo que yo hago no son pro- ducciones de la magia ni de las artes de imitación, sino apari- ciones que surgen por la providencia y el poder de Dios. Diciendo esto arrojó al suelo su vara y le ordenó que se con- virtiera en una serpiente. La vara obedeció, recorrió la estancia y devoró las varas de los egipcios, que parecían dragones, hasta que los consumió enteramente. Luego recuperó su forma anterior y Moisés la tomó de nuevo en su mano. 4. El rey no se sintió más conmovido que antes y dijo, muy enojado, que no ganaría nada con su astucia y sus habilidades contra los egipcios. Ordenó al que era capataz principal de los hebreos que no les diera descanso en sus tareas, y los sometiera a una opresión mayor aún que antes. Este, que antes les daba paja para hacer los ladrillos, decidió no darles más ese material y los hizo trabajar duramente de día haciendo ladrillos y de noche untando paja. Cuando vieron duplicado el trabajo que debían hacer, los he- breos echaron la culpa a Moisés, porque su trabajo y sus desdichas se hicieron mayores aún. Pero Moisés no dejó que decayera su valor por las amenazas del rey; ni desmayó en su celo por las quejas de los hebreos. Las soportó resueltamente y usó todo su empeño para libertar a sus compatriotas. Fué de nuevo a ver al rey y trató de convencerlo de que permitiera a los hebreos trasladarse hasta el monte Sinaí para poder ofrecer sacrificios a Dios, quien así se lo había ordenado; que no contradijera los designios de Dios, apreciara en cambio sus favores por sobre todas las cosas, permitiera a los hebreos partir y no obstruyera los mandamientos divinos ocasionando su propio castigo. Las más severas aflicciones surgen de todas partes contra aquellos que provocan la ira divina; ya no tienen ni tierra, ni aire, ni amigos; ni son los frutos del vientre como deben ser y todas las cosas son para ellos adversas e inamistosas. Los egipcios, añadió, lo sabrían por experiencia propia, mientras que el pueblo hebreo lo mismo saldría de su país sin su consentimiento. CAPITULO XIV Las diez plagas que asuelan a los egipcios 1. Como el rey despreciara las palabras de Moisés y no les prestara ninguna atención, cayeron dolorosas plagas sobre los egipcios, las que describiré una por una, porque ninguna nación sufrió nunca esa clase de azotes y porque quiero demostrar que Moisés no dejó de cumplir una sola de las cosas que había anunciado; conviene que la humanidad aprenda la lección de que no se debe hacer nada que disguste a Dios, para no provocar su ira. A una orden de Dios en el río egipcio corrió agua sangrienta, la que no podía ser bebida, no teniendo los egipcios otra fuente. El agua no sólo tenía color de sangre sino que provocaba en quien se aventuraba a beberla grandes dolores y amargos tor- mentos. Así era el río para los egipcios, pero era dulce y potable para los hebreos, y en nada diferente de lo que solía ser habi- tualmente. Como el rey no supiera qué hacer en estas sorprendentes circunstancias, y temió por los egipcios, dió permiso a los hebreos para que se fueran. Pero cuando la plaga cesó, cambio de nuevo de opinión y les impidió que partieran. 2. Cuando Dios vió que era ingrato, y que después de cesar la calamidad ya no se mostraba razonable envió otra plaga a los egipcios. Una multitud innumerable de ranas consumió el fruto de la tierra. El río también estaba lleno de ellas, y el agua se co- rrompió con la sangre de los animales muertos. El país se trans- formó en un sucio lodazal, en el que nacían y morían las ranas. Arruinaron las vasijas en las casas, invadieron los alimentos y las bebidas y aparecieron en gran número en las camas. Producían un hedor desagradable cuando nacían y cuando morían. Viendo a los egipcios oprimidos por esa miseria, el rey ordenó a Moisés que sacara a los hebreos y se fuera con ellos. La mul- titud de ranas desapareció, y la tierra y el río volvieron a su estado natural anterior. Pero no bien quedó el país libre de la plaga, Faraón se olvidó de su causa y retuvo a los hebreos. Como si quisiera experimentar nuevas calamidades, se negó a que Moisés y su pueblo partieran; había dado el permiso por miedo y no por consideración. 3. Por lo tanto Dios castigó su falsedad con otra plaga, aña- dida a la anterior. A los egipcios se les criaron en el cuerpo innu- merables cantidades de piojos; los malvados perecieron, porque fueron incapaces de destruir las sabandijas ni con lavados ni con unturas. La terrible sentencia inquietó al rey de Egipto, por el miedo de que su pueblo fuera destruído de esa manera detestable. Se vió obligado a contener su maldad y dió permiso a los hebreos para que se fueran. Pero cuando la plaga cesó, exigió que dejaran a sus mujeres y sus hijos como rehenes de su retorno. Con esta medida provocó el enojo más vehemente de Dios por- que pretendió imponerse a su providencia como si fuera sólo Moi- sés, y no Dios, el que castigaba a los egipcios por los hebreos. Por eso llenó el país con varias clases de criaturas pestilentes de variadas características, que nunca había visto anteriormente el ojo humano. Los hombres perecían y la tierra se vió privada de labradores para su cultivo. Los que escapaban a su destrucción eran muertos por una enfermedad que tuvieron que sufrir los hombres. 4. Como Faraón ni aún entonces cedió al deseo de Dios, por- que permitió que los maridos llevaran a sus mujeres, pero in- sistió en que dejaran a los hijos, Dios resolvió castigar su maldad con varias otras clases de calamidades, peores que las que ya lo habían afligido anteriormente. A los egipcios les salieron en el cuerpo terribles diviesos que formaban llagas y los consumían interiormente. Gran parte de los egipcios pereció de esta manera. Como el flagelo no hiciera entrar en razón al rey, cayó un granizo del cielo, un granizo como jamás lo había conocido el clima de Egipto, ni era parecido a las lluvias de invierno de otras 1 Aquí Josefo saltea la plaga de la peste (Exodo, IX, 15). partes; era más grande que el que conocen los que viven en las regiones del norte y del noroeste. El granizo cayó en plena primavera y desgajó las ramas cargadas de frutos1. Después una manga de langostas consumió la semilla que no había sido herida por el granizo, con lo que los egipcios perdieron todas las esperanzas de obtener frutos de la tierra. 5. Se diría que las anteriores calamidades serían suficientes para hacer prudente al que sólo fuera tonto, y no perverso, y de hacerle ver con sensatez lo que le convenía. Pero Faraón, guiado no tanto por su locura como por su maldad, aunque vió el motivo de sus miserias, volvió a oponerse a Dios, renunciando a la causa de la virtud. Ordenó a Moisés que se llevara a los hebreos con sus mujeres y sus hijos, pero dejando el ganado., porque el ganado de los egipcios había sido destruido. Moisés le dijo que su deseo era injusto, porque tenían que ofrecer sacrificios a Dios con ese ganado. Entretanto se extendió sobre Egipto una densa oscuridad en la que no había la menor claridad. Los egipcios no podían ver, ni respirar por la densidad del aire; murieron miserablemente y aterrorizados por el temor de que los tragara la nube de oscuridad. Cuando después de tres días con sus noches se disipó la niebla, y como Faraón todavía no se arrepentía ni dejaba marchar a los hebreos, Moisés fué a verlo y le dijo: -¿Hasta cuándo desobedecerás el mandamiento de Dios? Por. que él te ordena que dejes salir a los hebreos. Y ésta es la única forma de que os veáis libres de las calamidades que ahora sufrís. El rey, furioso por estas palabras, lo amenazó con cortarle la cabeza si volvía a molestarlo al respecto. Moisés respondió que no volvería a hablarle del asunto, porque sería el rey mismo, lo mismo que los principales de los egipcios, los que pedirían que los hebreos se fueran. Dicho esto se retiró. 6. Dios señaló que con una plaga más obligaría a los egipcios a dejar salir a los hebreos y mandó a Moisés a decir al pueblo que preparara un sacrificio el décimo día del mes de xanticus, para el día catorce (mes que los egipcios llaman farmuti y los hebreos nisán; pero los macedonios le dicen xánticus), y que se llevara a los hebreos con todas sus pertenencias. Por consiguiente preparó a los hebreos para partir, los dividió en tribus y los tuvo reunidos en un mismo sitio. Llegó el día décimocuarto y estaban todos listos para partir. Ofrecieron el sacrificio, purificaron sus casas con la sangre, usando para ello hisopos. Después de cenar quemaron el resto de la carne y se dispusieron a partir. Por eso seguimos ofreciendo todavía ahora ese secrificio del mismo modo, y llamamos a la fiesta Pascua, que significa el paso al otro lado, porque ese día Dios nos pasó al otro lado, y envió la plaga a los egipcios. Porque aquella noche cayó sobre los egipcios la destrucción del primo- génito, y muchos egipcios que vivían cerca del palacio del rey persuadieron a Faraón de que dejara salir a los hebreos. Este llamó a Moisés y le ordenó que se fueran los hebreos, suponiendo que en cuanto hubieran salido de Egipto, el país se vería libre de sus miserias. Honraron asimismo a los hebreos con obsequios, algunos para que se marcharan más rápidamente y otros por la vecindad y la amistad que los había unido. CAPITULO XV Los hebreos, conducidos por Moisés, salen de Egipto 1. Y los hebreos se fueron de Egipto, mientras los egipcios lloraban y se arrepentían de haberlos tratado tan duramente. Se dirigieron por Letópolis, un sitio desierto a la sazón, pero que fué donde luego se edificó Babilonia, cuando Cambises asoló a Egipto. Marcharon apresuradamente y al tercer día llegaron a un sitio llamado Baalsefón, junto al mar Rojo. Como no contaban con alimentos producidos por la tierra, porque era un desierto, comieron hogazas amasadas con harina y calentadas a fuego lento. Las consumieron durante treinta días, porque lo que llevaron de Egipto no les alcanzó para más tiempo, aunque sólo dieron a cada cual lo suficiente para servir sus necesidades y no para saciarlo. Es por esto que, en recuerdo de aquella escasez, celebramos durante ocho días la fiesta que se llama del pan sin levadura. La multitud de los emigrantes, incluyendo mujeres y niños, no era fácil de contar, pero los que estaban en edad de pelear eran seiscientos mil. 2. Salieron de Egipto en el mes de xánticus, el décimoquinto día de la lupa, cuatrocientos treinta años después de la llegada de nuestro antepasado Abram a Canaán y doscientos quince años después del traslado de Jacob a Egipto. Fué el octogésimo año de la edad de Moisés; Aarón tenía tres años más. También se llevaron consigo los huesos de José, como él había encargado a sus hijos que hicieran. 3. Pero los egipcios no tardaron en arrepentirse de haber de- jado salir a los hebreos; el rey estaba sumamente preocupado, pensando que aquello había sido posible sólo por las artes mágicas de Moisés. Y resolvió ir a buscarlos. Tomaron las armas y demás imple- mentos bélicos y los persiguieron para traerlos de vuelta en cuanto los alcanzaran; ya no tendrían motivo para invocar a Dios, porque les habían permitido salir. Creyeron que los dominarían fácilmente porque no tenían armas, y estarían cansados del viaje. Apresuraron, pues, la persecución, preguntando en el camino a todos los que encontraban hacia qué lado habían ido. Esa tierra era realmente difícil de transitar, no solamente para los ejércitos, sino también para personas aisladas. Moisés los llevó por ese camino para que en caso de que los egipcios se arrepintieran y decidieran perseguirlos, soportaran el castigo de su maldad y de la violación de sus promesas. También los llevó por ese camino para que los filisteos, cuyo país estaba cerca de Egipto, no se enteraran de su partida, porque odiaban a los hebreos por una antigua enemistad. Por eso Moisés no condujo a la multitud por el camino que llevaba a la tierra de los filisteos, sino por el desierto, por donde después de un viaje largo y penoso, entrarían en la tierra de Canaán. Otra razón fué la de que Dios le había ordenado que llevara al pueblo al monte Sinaí, para ofrecerle sacrificios. Cuando los egipcios alcanzaron a los hebreos se prepararon para pelear con ellos, y valiéndose de su mayor número los em- pujaron hacia un sitio estrecho; los perseguidores tenían seiscientos carros y eran cincuenta mil hombres a caballo y doscientos mil a pie, todos armados. Ocuparon todos los pasos por donde supo. nían que los hebreos podrían huir, encerrándolos entre precipicios inaccesibles y el mar; había una cadena de montañas que terminaba en el mar, y que era infranqueable por lo escabrosa e inadecuada para huir. Aprovechando que las montañas estaban cerradas por el mar, colocaron al ejército en las grietas de las montañas para impedir a los hebreos el paso a la llanura. 4. Los hebreos no pudieron sostenerse, porque estaban sitiados y sin provisiones, y no vieron la posibilidad de escapar. Aunque hubiesen pensado en pelear, no tenían armas, y creían que serían totalmente destruídos, a menos que se entregaran voluntariamente a los egipcios. Culparon de la difícil situación a Moisés, olvidando todas las señales que Dios les había dado para recuperar la libertad, y llegaron hasta el punto de arrojar piedras al profeta, mientras él los animaba prometiéndoles la liberación. Finalmente resolvie- ron entregarse a los egipcios. No había más que dolor y lamentos entre las mujeres y los ni- ños, que sólo veían ante ellos la destrucción, rodeados como esta- ban por las montañas, el mar y los enemigos, y sin encontrar la forma de eludirlos. 5. Pero Moisés, aunque la multitud lo miraba furiosa, no abandonó sus cuidados por ella, despreciando todos los peligros, con la confianza de que Dios, si le había hecho dar los pasos tomados hasta entonces para recobrar la libertad predicha, no permitiría que los subyugaran los enemigos ni para esclavizarlos ni para darles muerte. Moisés habló a la multitud de esta manera: -No es justo que desconfiemos de los hombres que hasta ahora han manejado bien nuestras cosas, como si no fueran los mismos de antes; y es una locura desesperar ahora de la providencia de Dios, por cuyo poder y con mi intermedio se realizaron todas las cosas que prometió para libraros de la esclavitud, y aunque vosotros no las esperabais. En esta gran aflicción, en la que ahora nos encontramos, debemos esperar que Dios nos socorrerá, ya que él hizo que nos veamos encerrados en este espacio estrecho, y que nos librará de las dificultades que parecen insuperables y de las que ni vosotros ni vuestros enemigos creéis que os podréis librar, y que demostrará al mismo tiempo su poder y su providencia con nosotros. Dios no acuerda su ayuda a los que favorece en dificultades pequeñas, sino en aquellos casos en los que no se ve la posibilidad de que la acción humana logre mejorar la situación. Confiad, por lo tanto, en ese protector, capaz de hacer grandes cosas y demostrar que la poderosa fuerza que ahora os ataca es realmente débil, y no os asustéis ante el ejército egipcio. Ni desesperéis de ser salvados porque el mar delante y la montaña detrás no os den oportunidad de huir, por que si Dios lo quiere esa misma montaña puede tranformarse para vosotros en tierra llana y el mar en terreno seco. CAPITULO XVI El mar se divide ante los hebreos perseguidos por los egipcios, dándoles oportunidad para escapar 1. Dicho esto Moisés los condujo hacia el mar, mientras los egipcios, que estaban a la vista, los observaban. Fatigados por la persecución, los egipcios consideraron conveniente suspender la lucha hasta el otro día. Cuando llegaron a la orilla del mar, Moi- sés tomó su vara y suplicó a Dios que acudiera en su ayuda. -Tú no ignoras, ¡oh, señor! -dijo-, que está fuera de las fuerzas y las posibilidades humanas eludir las dificultades en que ahora nos hallamos, y debe ser obra tuya procurar la salvación de este pueblo que dejó a Egipto por tu orden. Desesperamos de recibir cualquier otra ayuda o recurso, y sólo nos queda la esperanza que depositamos en ti, y de tu providencia confiamos recibir el medio para escapar. Que llegue pronto el socorro que pondrá de manifiesto tu poder. Eleva el ánimo de este pueblo y hazle esperar la salvación, porque está profundamente hundido en el desconsuelo. Estamos en un sitio extraño, pero no deja de ser un sitio que tú posees; el mar es tuyo, las montañas que nos rodean son tuyas. Si tú lo ordenas las montañas se abrirán, y el mar, si tú se lo mandas, se transformará en tierra seca. Y hasta podríamos escapar volando por el aire, si tú resolvieras que éste fuera el medio de salvación. 2. Después de hablar de este modo a Dios, Moisés golpeó el mar con la vara; al recibir el golpe se partió en dos y recogién- dose las aguas quedó la tierra seca, como un camino, para que huyeran los hebreos. Viendo Moisés esa demostración de Dios y de que el mar había dejado su lugar a la tierra firme, entró primero y ordenó a los hebreos que lo siguieran por el camino divino y se regocijaran por el peligro que corrían los enemigos que los seguían; y dió gracias a Dios por la sorprendente salva- ción que les mandaba. 3. Los hebreos no se detuvieron; avanzaron con firmeza, guia- dos por la presencia entre ellos de Dios. Los egipcios creyeron al principio que lo hacían distraídos y marchaban a ciegas hacia una destrucción segura. Pero cuando los vieron recorrer un gran trecho sin sufrir ningún daño y sin encontrar obstáculos ni dificultades en su marcha, se apresuraron a perseguirlos, pen- sando que el mar se mantendría sereno también para ellos. Con la caballería a la cabeza, penetraron en el mar. Los hebreos, mientras aquéllos perdían tiempo colocándose las armaduras, se adelantaron y escaparon, llegando indemnes a la otra orilla. Los otros se sintieron animados y los persiguieron, creyendo que tampoco a ellos les sucedería ningún daño. Pero los egipcios no sabían que habían entrado en un camino hecho únicamente para los hebreos y no para otros; un camino hecho para la sal- vación de los que estaban en peligro y no para los que estaban empeñados en la destrucción de los demás. Por eso no bien estuvo en él la totalidad del ejército egipcio, el mar volvió a su sitio, descendieron las aguas impulsadas por el viento y envolvieron a los egipcios. Abundantes lluvias bajaron asimismo del cielo, con terribles truenos y relámpagos y descargas de fuego. No faltó nada de lo que Dios suele usar para indicar su ira; una noche oscura y lúgubre los rodeó y perecieron todos los hombres, no quedando ni uno solo que pudiera llevar la información de la calamidad al resto de los egipcios. 4. Los hebreos no pudieron contener su gozo ante su mara- villosa liberación y la destrucción de sus enemigos; se creyeron firmemente a salvo, porque aquellos que los hubieran obligado a volver a la esclavitud habían sido destruídos, y vieron que Dios era evidentemente su protector. De este modo escaparon los he- breos al peligro y como vieron que sus enemigos habían sido castigados con una pena de la que no había memoria entre los hombres, se pasaron toda la noche cantando himnos y regoci- jándose. Moisés compuso una canción a Dios, en versos hexá- metros, expresando sus alabanzas y agradeciéndole su bondad. 5. En cuanto a mí, relaté todas las partes de esta historia tal como las hallé en los libros sagrados. Que a nadie le extrañe la rareza de la narración, y no piense si la senda que se abrió ante esos hombres de la antigüedad, libres de la maldad de las edades modernas, fué obra de la voluntad de Dios o fruto del azar. Porque ante los acompañantes de Alejandro, rey de Macedonia, que vivió comparativamente hace poco tiempo, el mar de Panfilia se retiró y les abrió paso, cuando no tenían otro camino por donde ir, y eso ocurrió cuando fué la voluntad de Dios destruir la monarquía de los persas. El hecho lo reconocen como auténtico todos los que han escrito sobre las acciones de Alejandro. Pero de estos acontecimientos que cada cual resuelva a su gusto. 6. Al día siguiente Moisés reunió las armas de los egipcios, ue fueron llevados al campo de los hebreos por la corriente del mar, impulsada por la fuerza del viento. Y conjeturó que también aquello había ocurrido por la providencia divina, para que no carecieran de armas. Después de ordenar a los hebreos que las tomaran, los guió hacia el monte Sinaí, para ofrecer sacrificios a Dios, y dar ofrendas por la salvación de la multitud, como se lo habían indicado de antemano. LIBRO III Abarca un intervalo de dos años CAPITULO I Moisés lleva al pueblo al monte Sinaí, después de experimentar numerosos sufrimientos en el viaje 1. Después de obtener esa maravillosa liberación, los hebreos se encontraron con el problema del campo, que era completa- mente desierto y no daba ningún sustento. Había también muy poca agua, que era insuficiente para los hombres y no alcanzaba para dar de beber al ganado. La tierra estaba reseca y no tenía humedad que permitiera nutrir vegetales. Se vieron obligados a viajar por ese campo, porque no había otro por el que pudieran hacerlo. Habían llevado consigo agua de la tierra por donde habían viajado antes, como les ordenó que hicieran su conductor. Pero cuando se hubo consumido, se vieron obligados a sacar agua de pozos, penosamente, por la dureza de la tierra. Además el agua que encontraron era amarga, no potable, y escasa. Siguieron viajando y llegaron al atardecer a un sitio llamado Mar, nombre éste que tenía por la mala calidad de sus aguas, porque mar significa amargo. Llegaron allí afligidos por el 1 En la Biblia no hay nada de esto. 2 Explicación racional que da Josefo al milagro bíblico. cansancio del viaje y la falta de alimentos, que para ese entonces ya era completa. Había allí una fuente, que los indujo a acampar en ese sitio, y que aunque no era bastante para satisfacer a un ejército tan grande, les dió algún ánimo el haberla hallado en ese sitio del desierto, sobre todo porque se habían enterado por los que ha- bían ido a investigar, que si seguían más adelante no encontra- rían nada. Pero aquella agua era amarga y no potable para los hombres, e intolerable para los animales. 2. Moisés vió que el pueblo estaba decaído y que las palabras no serían eficaces en esas circunstancias; porque no se trataba de un ejército corriente de hombres, que podía oponer fortaleza masculina a la necesidad que los agobiaba. La multitud de los niños, y también de las mujeres, demasiado débiles para ser per- suadidos por la razón, entorpecían el valor de los hombres. Moisés se vió por eso en grandes dificultades y tuvo que cargar con las calamidades de todos. Porque todos corrieron hacia él, a pedirle socorro. Las mujeres pedían por sus niños, los hombres por las mujeres, que no los abandonara y buscara algún medio de salvarlos. Moisés comenzó a rogar a Dios que cambiara la condición del agua y la hiciera buena para beber. Acordado por Dios ese favor, tomó la punta del palo que encontró tirado a sus pies y lo dividió por la mitad, prolongando la sección a todo lo largo1. Luego lo dejó caer en el pozo, asegurando a los hebreos que Dios había accedido a sus ruegos,. prometiendo volver el agua tal como ellos querían que fuera, siempre que obedecieran los que les iba a mandar; pero no de manera remisa o negligente. Cuando le pre- guntaron qué era lo que debían hacer para que mejorara el agua, ordenó al más fuerte de los que estaban a su lado, que sacara agua del pozo. Y les dijo que cuando hubieran sacado la mayor parte del agua, el resto sería potable. Trabajaron tanto hasta que el agua, agitada y purificada quedó apropiada para beber2. 3. Luego partieron de allí y llegaron a Elis, sitio que desde lejos parecía bueno, porque había un bosquecillo de palmeras; 1 La Biblia (Exodo, XVI, 1) dice que los israelitas se hallaban en el décimoquinto día del segundo mes de la salida de Egipto. 2 En la Biblia la intención de apedrear a Moisés no aparece hasta más adelante (Exodo, XVII, 4). pero cuando estuvieron cerca vieron que era un mal sitio, porque las palmeras eran sólo setenta, y eran árboles mal crecidos, rastreros, por falta de agua. Toda la tierra estaba seca; de los manantiales, de los que había doce, no llegaba la húmedad su- ficiente para hacerla útil. Más que fuentes eran sitios húmedos,de los que no brotaba agua y que no podían regar suficientemente los árboles. Cavaron en la arena, pero no hallaron agua. Las pocas gotas que podían recoger en las manos eran inservibles por el barro. Los árboles eran demasiado flojos para producir frutos, por falta de agua que los vivificara. La multitud echó la culpa a su con- ductor y formuló graves quejas contra él. Dijo que a él le debían la miserable situación en que se hallaban y la adversidad que estaban experimentando; porque para ese entonces ya habían viajado durante treinta días1 1 y se habían agotado todas las provisiones que llevaran consigo; como no encontraban alivio, se hallaban desalentados. Al fijar su atención únicamente en su desgracia actual, no recordaban las mercedes que habían recibido de Dios, ni las que les diera la sabiduría de Moisés. Muy enojados con su conductor sentían fervorosas intenciones de apedrearlo, como responsable directo de sus desdichas2. 4. En cuanto a Moisés, mientras la multitud estaba amargada e irritada con él, confiaba animosamente en Dios y tenía con- ciencia de la atención con que había cuidado a su pueblo. Se puso en medio de ellos, aunque todos gritaban en su contra y tenían piedras en las manos para arrojárselas. Era de muy agradable presencia y sabía persuadirlos con sus discursos; comenzó a mitigar su enojo y los exhortó a no preocuparse excesivamente por sus actuales adversidades, no fueran a sufrir con ellas por haber dejado que se les fueran de la memoria los beneficios que antes les habían sido otorgados; y les pidió que de ningún modo, debido a sus presentes infortunios, arrojaran de la memoria los grandes y maravillosos favores y dones que habían obtenido de Dios, y que esperaran en cambio la salvación de sus problemas de los que ahora no podían desprenderse, por medio de la divina 3 J. 1 - 12 providencia que los vigilaba. Siendo posible que Dios estuviese poniendo a prueba su virtud, ejercitándoles la paciencia con esas adversidades, para apreciar su fortaleza y la memoria que conservaban de su anterior maravillosa actuación en su beneficio y para ver si se acordarían de ello cuando estuvieran sufriendo miserias. Les dijo que al parecer no eran buenos hombres, ni en paciencia ni en recordar lo que les habían hecho con tanto éxito, a veces despreciando a Dios y sus mandamientos, siendo que por esos mandamientos habían salido de la tierra de Egipto, y a veces portándose mal con él, que era el siervo de Dios y eso que nunca los había engañado, ni en lo que les había dicho ni por lo que les había mandado hacer por orden de Dios. También les recordó todo lo que anteriormente había pasado; que los egipcios habían sido destruídos cuando trataron de detenerlos, contra la orden de Dios, que un mismo río fué sangre para los otros, inapta para beber, y para ellos dulce y potable, que ellos pasaron por un camino nuevo abierto en el mar, el que se alejó a mucha distancia de ellos, y que de ese modo se salvaron y vieron luego destruídos a sus enemigos, y que cuando se encontraron carentes de armas Dios se las suministró en gran cantidad. De este modo les recordó todas las oportunidades en las que cada vez que parecía que iban a ser destruídos Dios acudía a salvarlos de manera asombrosa; y que conservaba el mismo poder, y que ni aun ahora debían desesperar de su providencia.3 Los exhortó por lo tanto a seguir tranquilos, y a que conside raran que la ayuda, aunque no viniese en seguida, novendría demasiado tarde, si se presentaba antes de que sufrieran grandes desdichas. Que debían razonar que Dios nodemoraba su ayuda porque no tuviese miramientos con ellos, sino porque primero quería probar su fortaleza y el placer con que tomaban su libertad, para averiguar si tenían el alma suficientemente grande como para soportar la falta de alimentos y la escasez de agua; o si preferían ser esclavos, como los animales son esclavos de los queles dan de comer generosamente, pero sólo para hacerlos más útiles para servirlos. En cuanto a él, no le preocupaba su propia seguridad, porque si moría injustamente, no lo consideraría una 4 La Biblia no habla de nieve, sino de una "helada blanca". aflicción; más se preocupaba por ellos, por temor de que al arrojarle piedras a él los juzgaran como condenando a Dios mismo 5. De este modo Moisés apaciguó al pueblo y la contuvo de apedrearlo y le hizo arrepentirse de lo que estaba a punto de hacer. Como le pareció que la necesidad que sufrían hacía menos injustificable su pasión, pensó que debía apelar a Dios con ora- ciones y súplicas. Subió a una altura y pidió a Dios algún socorro para el pueblo, y alguna forma de librarlo de la necesidad que sufría, porque en él, y sólo en él, estaba su esperanza de sal- vación; y le pidió que perdonara lo que la necesidad había obli- gado a hacer al pueblo, porque estaba en la naturaleza de la humanidad ser difícil de satisfacer y quejarse ante la adversidad. Dios prometió que se ocuparía y les daría el socorro que pedían. Oyendo esto Moisés bajó a reunirse con la multitud; cuando lo vieron alegre ante las promesas que había recibido de Dios, se les cambió la expresión del rostro, que de triste se volvió jubilosa. Moisés se situó entre ellos y les dijo que venía a traerles la salvación de Dios de sus actuales desventuras. En efecto, poco después llegó volando desde el mar una gran cantidad de codornices, aves que abundan más en ese golfo árabe que en otra parte; cuando estuvieron sobre ellos, fatigadas por su laborioso vuelo y volando siempre muy cerca de la tierra, cayeron entre los hebreos; éstos las cogieron y satisfacieron con ellas su hambre, y supusieron que ése era el medio empleado por Dios para proveerles alimentos. Moisés agradeció a Dios por prestarles su asistencia más rápidamente de lo que les había prometido. 6. Después de ese primer suministro de alimentos, les envió otro. Cuando Moisés levantaba sus brazos para orar, cayó un rocío. Moisés vió que era pegajoso en las manos y supuso que era otra comida que Dios les mandaba, y lo probó; y viendo que el pueblo no sabía lo que era y pensaba que era la nieve que habi- tualmente cae en era época del año4, les dijo que ese rocío no había caído del cielo de la forma que ellos se imaginaban, sino para su preservación y sustento. Lo probó y les dió un poco para que pudieran comprobar lo que les había dicho. Imitaron a su conductor y les agradó el alimento, porque era dulce como la miel, de agradable gusto, pero de cuerpo como el del bedelio; se trataba de una especia dulce, igual por su tamaño a la semilla del coriandro. Lo reunieron activamente. Pero les habían ordenado recogerlo en cantidades iguales, un gomer por día para cada uno, porque ese alimento no vendría en cantidades demasiado pequeñas, para que los débiles no dejaran de tomar su parte a causa de que los fuertes recogieran demasiado. De todos modos los fuertes que tomaban una cantidad mayor de la señalada, no obtenían más que los otros, sólo se cansaban más en el trabajo de recogerlo, porque no hallaron más que un gomer cada uno; el excedente no les sirvió, porque se pudrió por los gusanos y porque era amargo. ¡Qué alimento maravilloso y divino! También suplía la necesidad de otros alimentos al que los comía. Todavía ahora llueve el maná del cielo en ese sitio, en el que Moisés obtuvo que Dios lo enviara al pueblo para su sustento. Los hebreos lo llamaron maná, por la partícula man, que en nuestra lengua equivale a la pregunta ¿Qué es esto? Los hebreos se alegraron mucho con lo que les habían mandado del cielo. Usaron ese alimento cuarenta años, mientras estuvieron en el desierto. 7. Cuando se fueron de allí, se trasladaron a Rafidín, su- friendo sed en extremo. En los días anteriores habían obtenido agua en algunas pequeñas fuentes, pero ahora encontraron la tierra completamente seca y se encontraron en muy mala situa- ción. Se volvieron de nuevo con su enojo contra Moisés, quien al principio eludió la furia de la multitud y luego oró a Dios, rogán- dole que si les había dado alimentos cuando lo necesitaban gran- demente, les diera ahora agua, porque el favor de darles de comer no tenía valor si no tenían agua para beber. Dios no tardó en darles el agua; prometió a Moisés que les conseguiría una fuente con abundancia de agua en un sitio donde no esperaban hallar ninguna. Le ordenó que golpeara con su vara la roca que veía a sus pies, y que recibiera de allí toda la que pedían; porque él se había ocupado de que el agua les llegara sin trabajo ni sufrimientos. Recibida la orden de Dios Moisés volvió al pueblo que lo esperaba, y todos confiaron en él porque lo vieron llegar apresuradamente de su eminencia. No bien llegó les dijo que Dios los libraría de sus actuales inconvenientes y les había acordado un inesperado favor; y les informó que de aquella roca brotaría para ellos un río. Sorpren- didos ante estas palabras, creyeron que tendrían que partir la roca a pedazos, fatigados como estaban por la sed y el viaje. Pero Moisés abrió un pasaje con sólo golpear la roca con su vara, y de ahí manó el agua, clara y abundante. Estupefactos ante aquel maravilloso resultado, sintieron satisfecha la sed, por así decirlo, con sólo ver el agua. Y bebieron el agua, que encontraron grata y dulce, como un verdadero presente de Dios. El pueblo sintió también admiración por la manera como Moisés era honrado por Dios; y agradecieron a Dios con sacrificios por su providencia hacia ellos. Esa Escritura que hay en el Templo nos informa de qué modo Dios anunció a Moisés que saldría el agua de la roca. CAPITULO II Los amalecitas y las naciones vecinas hacen guerra a los hebreos y son derrotados, perdiendo gran parte de su ejército 1. El nombre de los hebreos ya había comenzado a ser cono- cido en todas partes, llegando hasta el extranjero los rumores de sus actividades. Lo cual hizo concebir no poco miedo a los habitantes de los países. Se enviaron embajadores, exhortándose recíprocamente a defenderse, y a empeñarse en destruir a aque- llos hombres. Los que indujeron a los demás a hacerlo fueron los que habitaban en Goboltis y Petra. Se llamaban los amalecitas, y eran la nación más guerrera de todas las que vivían en los alrededores. Sus reyes se exhortaron entre sí y también a los ve- cinos a hacer la guerra a los hebreos diciéndoles que un ejército de extranjeros que habían huído de la esclavitud en Egipto, aguardaba para exterminarlos; que ese ejército, por prudencia y por seguridad, no debía ser descuidado, sino aplastado antes de que se hiciera más fuerte y prosperara. Que había que anticiparse a iniciar las hostilidades, porque sería indolencia no hacerlo. "Debemos vengarnos por lo que hicieron en el desierto, pero no podremos hacerlo cuando hayan puesto sus manos sobre nuestras ciudades y nuestras posesiones. Los que se empeñan en aplastar un poder que surge, son más sabios que los que tratan de detener su progreso cuando se vuelve poderoso; porque estos últimos sólo parecen enojarse ante el florecimiento de los otros, en tanto que los anteriores no dan tiempo a sus enemigos a que puedan serles perjudiciales". Después de enviar las embajadas a las naciones vecinas y unas a las otras, resolvieron atacar a los hebreos en batalla. 2. El proceder de esos pueblos causó perplejidad y preocupa- ción a Moisés, que no esperaba sus aprestos bélicos. Cuando los países estuvieron listos para combatir, y la multitud de los he- breos se vió obligada a probar la suerte de la guerra, se hallaron en un gran desorden, carentes de todo, y tuvieron que pelear con hombres que estaban bien preparados para ello. Por eso Moisés comenzó a animarlos, a exhortarlos a templar los corazones, y a confiar en la ayuda de Dios, con la cual habían adelantado hasta encontrarse en libertad, y a esperar la victoria sobre los que estaban prontos a pelear con ellos para privarlos de esa bendición. Debían suponer, les dijo, que su ejército era nume- roso, que no les faltaba nada, ni armas, ni dinero, ni provisiones, ni ninguna de esas otras ventajas que cuando los hombres las poseen pelean intrépidamente. Y que debían considerar que tenían todas esas ventajas en la asistencia divina. También debían suponer que el ejército del enemigo era pe- queño, desarmado, débil y carente de esas conveniencias que ellos sabían que son necesarias cuando es la voluntad de Dios que sean derrotados. Que la asistencia de Dios era valiosa ya lo sabían por experiencia, lo habían conocido en numerosas pruebas; y todas ellas más terribles que la guerra, que sólo es contra hombres, mientras que aquéllas eran el hambre y la sed, cosas realmente por su propia naturaleza insuperables; y también contra montañas, y ese mar que no les permitía huir. Sin embargo todas esas dificultades habían sido vencidas por la graciosa amabilidad de Dios para con ellos. Los exhortó a ser valientes en la ocasión y a considerar que toda su prosperidad dependía de su actual victoria sobre el enemigo. 3. Con estas palabras Moisés animó a la multitud, y luego reunió a los principales de las tribus y a sus jefes, separada y conjuntamente. A los jóvenes les encargó que obedecieran a los mayores, y a los mayores a obedecer a los conductores. El pueblo se sintió exaltado y estuvo dispuesto a probar la fortuna en la batalla, esperando que de ese modo se vería libre al fin de sus miserias. Más aún, pidieron a Moisés que los llevara inmedia- tamente contra sus enemigos sin la menor demora, porque ningún atraso podría obstaculizar su presente resolución. Moisés agrupó a los que eran aptos para la guerra en diferentes tropas; y los puso a las órdenes de Josué hijo de Nun, de la tribu de Efraím, hombre de gran valor y paciencia para el trabajo y de gran capacidad para entender y para hablar lo que era apropiado; muy serio en su adoración a Dios y, verdaderamente como Moisés, maestro de piedad. Destinó una pequeña parte de los hombres armados para que se apostaran junto al agua y cuidaran a los niños, las mujeres y el campamento. Toda la noche se prepararon para la guerra; tomaron las armas, las que estaban bien hechas, y prestaron atención a sus comandantes, listos para correr a la lucha en cuanto Moisés diera la voz de orden. Moisés también se quedó despierto, enseñando a Josué a ordenar el campo. Al despuntar el día, Moisés volvió a llamar a Josué y lo exhortó a realizar la hazaña que los hombres esperaban de un hombre de su reputación y a ganar gloria con la expedición, ante la opinión de esos hombres, con sus proezas en la batalla. Hizo escuchar también una exhortación especial a los principales de los hebreos, y alentó a todo el ejército reunido delante de él. Animados de ese modo los hombres, con su acción y su palabra, se retiró a una montaña, encomendando el ejército a Dios y a Josué. 4. Los ejércitos se trabaron en lucha; llegaron a combatir cuerpo a cuerpo, revelando por ambas partes gran actividad y animándose unos a otros. Cuando Moisés tendía los brazos al cielo, los hebreos dominaban a los amalecitas. Pero como no podía mantener todo el tiempo los brazos extendidos (cuando bajaba los brazos su pueblo llevaba la peor parte), dijo a su hermano Aarón y a Ur, el marido de su hermana Miriam, que se pusieran uno a cada lado y le sostuvieran las manos para que pudiera mantener los brazos extendidos a pesar del cansancio. Con esto los hebreos vencieron a los amalecitas, los que habrían perecido todos si la llegada de la noche no hubiera obligado a los hebreos a desistir de seguir matándolos. Así obtuvieron nuestros antepasados una victoria muy señalada y oportuna; no sólo dominaron a los que peleaban contra ellos, sino que además aterrorizaron a las naciones vecinas y obtuvieron una grande y espléndida ventaja. Porque cuando tomaron el 1 Esta presa no la menciona la Biblia. campamento de los enemigos, conquistaron un botín para el pueblo y para sus familias privadas, siendo que hasta entonces no tenían abundancia de nada y ni siquiera de los alimentos necesarios. La referida batalla, una vez triunfantes, fué también motivo de su prosperidad, no sólo para el presente sino también para las edades futuras. Porque no sólo esclavizaron el cuerpo de sus ene- migos, sino que subyugaron también sus mentes y, después de esa batalla, se hicieron terribles para todos los que vivían alrededor de ellos. Adquirieron además una vasta cantidad de riquezas, porque quedó en el campamento del enemigo una gran porción de plata y oro; también vasijas de bronce, de las que usaban las familias, muchos utensilios, bordados, de dos clases, es decir, de los que estaban tejidos y de los que eran adornos de sus armaduras, y otras cosas que servían para uso de las familias y para el moblaje de las habitaciones. También obtuvieron la presa del ganado y de todo lo que suele seguir por el campo a los campamentos cuando se trasladan de un sitio a otro1. Los hebreos se valoraron por su valentía y reclamaron el mérito de su valor. Y se acostumbraron perpetuamente a sobrellevar penurias, con las que juzgaban que todas las dificultades pueden ser superadas. Estas fueron las con- secuencias de la batalla. 5. Al, día siguiente Moisés despojó los cuerpos de sus enemigos y reunió los armamentos de los que habían huido, y entregó recompensas a los que se habían destacado en la acción. Y recomendó sumamente a Josué, el general del ejército, con el testimonio de todos los hombres, por las grandes acciones que había realizado. Ningún hebreo fué muerto, y las muertes del ejército enemigo fueron demasiado grandes para ser enumeradas. Moisés ofreció sacrificios de agradecimiento a Dios, y levantó un altar al que llamó Dios conquistador. Anticipó además que los amalecitas serían completamente destruídos y que en adelante no quedaría ninguno, porque habían peleado contra los hebreos, cuando éstos 2 Josefo altera el orden del relato bíblico. En la Biblia (Exodo, XVIII, S), Jetro va al encuentro de Moisés cerca de la "montaña de Dios", o sea el Sinaí. Pero la partida de Rafidín la Biblia la refiere después de la visita de Jetro. se hallaban en el desierto y afligidos. Luego obsequió una fiesta al ejército. De este modo libraron su primera batalla con los que se aven- turaron a oponerse a ellos, después de su salida de Egipto. Cuando Moisés celebró el festival de la victoria, permitió a los hebreos que descansasen unos días, y luego los hizo formar en orden de batalla, porque ahora tenía muchos soldados en armadura liviana. Avanzando gradualmente, llegaron al monte Sinaí, tres meses después de haber salido de Egipto; era la montaña donde, como hemos relatado anteriormente, habían ocurrido la visión de la zarza y las demás apariciones milagrosas2. 1 2 Aquí Josefo llama al suegro de Moisés Ragüel, primero de los nombres que le da la Biblia, siendo luego llamado en todas partes Jetro. 2 3 En la Biblia Jetro se dirige a -la casa de Moisés acompañado de Séfora y sus hijos, de quienes Moisés se había separado. CAPITULO III Moisés recibe amablemente a su suegro Jetro, cuando va a visitarlo al monte Sinaí. 1. Cuando Ragüel1, el suegro de Moisés, supo el próspero esta- do de sus asuntos, fué alegremente a su encuentro y dió una buena acogida a Moisés, a Séfora, su mujer, y a sus hijos2. Moisés se alegró sobremanera de su llegada. Después de ofrecer sacrificios hizo una fiesta para la multitud junto a la zarza que había visto anteriormente; todos participaron con sus familias. Aarón y su familia se reunieron con Ragüel y cantaron himnos a Dios, como autor y procurador de su liberación y su libertad. También elogiaron a su conductor, por cuya virtud les habían salido todas las cosas tan bien. Ragüel hizo grandes elogios a toda la multitud por el agradecimiento que testimoniaba a Moisés. Y admiró a Moisés por su fortaleza, y la humanidad que había demostrado en la salvación de sus amigos. CAPITULO IV Ragüel sugiere a Moisés que ordene al pueblo, nombrando Jefes y capitanes. Moisés acepta el consejo de su suegro 1. Al día siguiente Ragüel vió a Moisés rodeado por una mul- titud de asuntos. (Porque él dilucidaba las diferencias de los que se las sometían, yendo todos a verlo a él porque suponían que sólo obtendrían justicia si él era el árbitro; los que perdían sus causas no pensaban mal porque consideraban que las habían perdido justamente, y no con parcialidad.) Ragüel no dijo nada en ese momento, para no estorbar a los que hacían uso de la virtud de su conductor. Pero luego llevó a Moisés aparte y cuando estuvieron solos le instruyó sobre lo que debía hacer; le aconsejó que dejara las causas menores a otros, y él se ocupara sólo de las grandes, y de la seguridad del pueblo; porque podrían encontrarse otros hebreos aptos para juzgar causas, pero nadie más que Moisés podía ocuparse de la seguridad de tantas decenas de miles. -No seas impasible ante tu propia virtud -le dijo-, y ante lo que has hecho administrando a las órdenes de Dios para la salvación del pueblo. Deja, pues, que otros juzguen las causas co- munes, y tú resérvate únicamente para la atención de Dios. Busca métodos de preservar a la multitud de su actual aflicción. Usa el método que te sugiero para los asuntos humanos; pasa revista al ito y nombra jefes selectos sobre decenas de miles, y luego sobre miles; luego divídelos en grupos de quinientos, luego de cien, y luego de cincuenta. Nombra capitanes para cada uno de esos grupos, que podrán distinguirlos en grupos de treinta y mantenerlos en orden. Finalmente enuméralos en grupos de veinte y de diez. Que cada número tenga un comandante, para ser designados por el número que dirijan; pero hombres probos que la multitud apruebe como buenos y justos. Y que esos jefes decidan las controversias que surjan entre ellos. Y si se produce alguna causa grande, que la traigan ante los jefes de mayor dignidad; y si surge alguna dificultad grande que ni aun ellos pueden resolverla, que te la envíen a ti. De ese modo habrá dos ventajas: los hebreos tendrán justicia y tú podrás servir constan- temente a Dios y procurar de él que sea más favorable a su pueblo. 2. Esta fué la admonición de Ragüel; Moisés recibió amable- mente su consejo, y actuó de acuerdo con su sugestión. No ocultó quién había ideado el método, ni pretendió que fuera de su invención. Informó a la multitud quién había sido. Y nombró a Ragüel en los libros que escribió, como la persona que había creado esa ordenación del pueblo, considerando justo dar un testimonio verdadero a las personas valiosas, aunque pudiese haber obtenido reputación adjudicándose las invenciones de otros hombres. De ahí podemos conocer la virtuosa disposición de Moisés. Pero a esta disposición tendremos ocasión apropiada para referirnos en otras partes de estos libros. CAPITULO V Moisés sube al monte Sinaí y recibe leyes de Dios, y las entrega a los hebreos 1. Moisés reunió a la multitud y anunció que se iría al monte Sinaí, a conversar con Dios, y a recibir de él cierto oráculo que traería consigo. Les ordenó que plantaran sus tiendas cerca de la montaña, prefiriendo la habitación próxima a Dios, y no la lejana. Dicho esto ascendió al monte Sinaí, que es la montaña más alta de esa tierra, y no sólo es difícil de escalar para los hombres por su enorme altura, sino también por la escabrosidad de sus precipicios. No se puede mirarla sin sentir los ojos dolori- dos. Además era terrible e inaccesible por el rumor de que Dios moraba en ella. Los hebreos levantaron sus tiendas, como Moisés les había or- denado, y tomaron posesión de la falda de la montaña, y aguardaron con el ánimo elevado a que Moisés volviera de su encuentro con Dios trayendo promesas de las buenas cosas que les había propuesto. Hicieron un banquete y aguardaron a su conductor, y se mantuvieron puros, entre otras cosas, en no juntarse con sus mujeres durante tres días, como les ordenara anteriormente. Y rogaron a Dios que recibiera favorablemente a Moisés en su conversación con él; y que les concediera dones con los cuales pudieran vivir bien. Hicieron también comidas más abundantes, y adornaron a sus mujeres e hijos con ropas más decentes que de costumbre. 2. Pasaron dos días en esas fiestas, pero el tercer día, antes de que saliera el sol, se tendió sobre todo el campamento de los hebreos una nube tal como nadie la había visto anteriormente y rodeó el sitio donde habían plantado las tiendas. Mientras todo el resto del aire estaba limpio, a ese sitio llegaron fuertes vientos que levantaron grandes chubascos, los que se transformaron en una poderosa tempestad. Había unos relámpagos terribles que espantaban la vista. Truenos y rayos caían, declarando que Dios estaba presente de manera benigna para aquellos con los que Moisés quería que fuera benigno. Respecto a estos hechos, mis lectores pueden pensar lo que a cada cual le plazca. Yo tengo que contar esta historia, tal como figura en los libros sagrados. Ese espectáculo, y los sorprendentes ruidos que herían los oídos, perturbaron a los hebreos en sumo grado, porque no estaban acostumbrados a ellos. Luego el rumor extendido de que Dios habitaba habitualmente en aquella montaña, les impresionó grandemente, y se encerraron apesadumbrados en sus tiendas, suponiendo que Moisés sería destruido por la ira divina y esperando igual destrucción para ellos. 3. Estando dominados por esos temores, apareció Moisés ju- L.iloso y muy exaltado. Cuando lo vieron perdieron el miedo y concibieron mayores esperanzas para lo futuro. También el aire, después de aparecer Moisés, se limpió de todo su desorden anterior. Moisés congregó al pueblo para que oyera lo que Dios le dijera. Una vez reunidos, subió a una eminencia desde la cual pudieran oírlo, y dijo: -Hebreos, Dios me recibió amablemente como lo había hecho antes. Y sugirió un método feliz de vida para vosotros y un orden de gobierno político, y está ahora presente en este campamento. Os encargo por eso, por él y por sus obras, y por lo que hemos hecho con su intermedio, que no déis poco valor a lo que voy a deciros, porque los mandamientos que ahora os entrego no son la palabra de un hombre; si consideráis la gran importancia de las cosas mismas, comprenderéis la grandeza de aquel que los insti- tuyó, y que no desdeñó comunicármelos para nuestro común be- neficio. Porque no debe suponerse que el autor de esas institucio- nes es simplemente Moisés, el hijo de Amram y Joquebed, sino de aquel que obligó al Nilo a llevar sangre por vosotros, el que domó la altivez de los egipcios con varias clases de sentencias, el que nos abrió un camino por el mar, el que ideó un medio para enviarros alimentos del cielo cuando nos afligía su falta, el que 1 La Biblia prohibe reproducir la imagen de todo lo que existe "en el cielo, la tierra y las aguas" (Exodo, XX, 4). Al concretar la prohibición a los animales Josefo parece anticiparse a la refutación que hace en Contra Apión de las fábulas difamatorias alejandrinas que acusan a los judíos de adorar en el Templo una cabeza de asno. hizo salir agua de una roca, cuando era poca la que teníamos, el que hizo que Adán compartiera los frutos de la tierra y del mar, el que dió los medios para que Noé escapara al diluvio, el que hizo que nuestro antepasado Abram, peregrino nómada, se convirtiera en el heredero de Canaán, el que hizo que Isaac naciera de padres muy viejos, el que hizo que Jacob se viera adornado de doce hijos virtuosos, el que hizo que José fuera el poderoso señor de los egipcios. Es él quien os envía estas instrucciones, siendo yo su intérprete. Que sean venerables para vosotros. Sustentadlas con más firmeza que a vuestras mujeres e hijos. Porque si las seguís llevaréis una vida feliz, gozaréis de los frutos de la tierra, veréis tranquilo el mar y los frutos del vientre nacerán completos, como lo exige la naturaleza. Seréis, además, terribles para vuestros enemigos. He sido recibido ante Dios y he oído su voz incorruptible, porque es grande su preocupación por vuestra nación y su permanencia. 4. Dicho esto condujo a los hebreos, con sus mujeres e hijos, tan cerca de la montaña, que pudieron oír a Dios mismo que les hablaba sobre los preceptos que debían practicar, para que la energía de lo que debía decir no sufriera daño al ser pronunciada por la lengua de un hombre, que sólo podía ofrecerla a su com- prensión de manera imperfecta. Todos oyeron una voz que les llegaba de arriba, de tal modo que no se les escapó ni una sola de las palabras, que Moisés escribió en dos tablas, y que no nos es permitido anotar directamente; pero vamos a declarar su im- portancia. 5. El primer mandamiento nos enseña que no hay más que un Dios, y que sólo a él debemos adorar. El segundo nos ordena no hacer ninguna imagen de animal para adorarla1. El tercero, que no debemos jurar por Dios falsamente. El cuarto, que debemos guardar el séptimo día, descansando de toda clase de trabajo. El quinto que debemos honrar a nuestros padres. El sexto que debemos abstenernos de matar. El séptimo, que no debemos co- meter adulterio. El octavo, que no debemos ser culpables de robo. El noveno, que no debemos prestar falso testimonio. El décimo, que no debemos cobijar deseos de lo que sea de otros. 6. La multitud se regocijó al oír a Dios mismo dar los precepts de los cuales les había hablado Moisés, y la congregación se disolvió. Pero durante los días siguientes fueron a la tienda de Moisés pidiéndole que les trajera otras leyes de Dios. Moisés anotó esas leyes y luego les informó de qué manera debían desempeñarse en todos los casos. A estas leyes me referiré a su debido tiempo. Pero la mayoría la reservaré para otro libro, donde daré de ellas una clara explicación. 7. Al llegar las cosas a este punto, Moisés subió de nuevo al monte Sinaí, anunciándolo de antemano. Ascendió en presencia de todos; y como estuviera ausente mucho tiempo (porque permaneció allí cuarenta días), se apoderó el temor de los hebreos de que le hubiera ocurrido algún daño. No había nada tan triste y que tanto les perturbara, como la idea de que Moisés hubiera perecido. Hubo una variante en los sentimientos hacia él; algunos decían que había caído entre fieras, siendo de esta opinión en su mayoría los que estaban mal dispuestos hacia él; otros decían que había partido y se había ido con Dios; pero los más prudentes se dejaban guiar por la razón y no encontraban satisfacción en ninguna de estas opiniones, pensando que si sucedía a veces que los hombres cayeran entre las fieras y perecieran, también era posible que por su virtud hubiese partido y se hubiese ido con Dios. Permanecieron por lo tanto tranquilos a la espera de los acontecimientos. Pero les dolía mucho la suposición de que. hubiesen perdido a un gobernador y protector, que no podrían nunca recobrar; ni esta sospecha les daba autorización para esperar ningún hecho confortante sobre aquel hombre, ni podían reprimir su preocupación y melancolía. No obstante el campamento no se movió de su lugar, porque Moisés les había ordenado que permanecieran allí. 8. Cuando pasaron los cuarenta días, con otras tantas noches, Moisés regresó, no habiendo probado bocado de ninguna comida indicada habitualmente para la alimentación de los hombres. Su aparición llenó al ejército de alegría, y él les declaró los cuidados 2 La Biblia no dice nada sobre la disposición de los mandamientos en las dos tablas de Moisés. que Dios sentía por ellos, y con qué conducta de vida podrían vivir felices; les dijo que durante esos días de su ausencia le ha- bía sugerido que hiciera construir un tabernáculo para él, al que descendería cuando viniera a reunirse con ellos, y de qué modo "deberemos conducirlo con nosotros cuando nos vayamos de este sitio. Ya no habrá necesidad de subir al monte Sinaí, porque él vendrá a ocupar su tabernáculo y estará presente durante nuestras oraciones". También dijo que el tabernáculo debía ser de las medidas y de la construcción que le había indicado, y que había que poner manos a la obra y hacerlo con diligencia. Dicho esto les mostró las dos tablas, con los diez mandamientos grabados en ellas, cinco en cada tabla2; la escritura era de la mano de Dios. CAPITULO VI El tabernáculo que Moisés construye en el desierto en honor de Dios, y que sirve de templo 1. Jubilosos por lo que habían visto y oído a su conductor, los israelitas no fueron remisos en demostrar sus habilidades; trajeron plata, oro y bronce, maderas de las mejores clases, que no se arruinarían por la putrefacción, pelo de camellos, cueros de carnero, algunos de ellos teñidos de azul, otros de rojo. Unos trajeron la flor para el color púrpura, otros para el blanco, y lana, teñida con las flores nombradas, y lino fino, y piedras preciosas, que los que usaban adornos costosos engastaban en monturas de oro. Llevaron también gran cantidad de especias. Con estos materiales Moisés construyó el tabernáculo, que no difería en nada de un templo móvil y ambulante. Reunidas con gran diligencia todas esas cosas, porque todos tenían la ambición de hacer más de lo que podían, nombró los arquitectos para la obra, por orden de Dios, que fueron por cierto los mismos que el pueblo habría elegido si les hubiesen encargado la elección. Sus nombres figuran en los libros sagrados; eran Beseleel, hijo de Uri, de la tribu de Judá, nieto de Miriam, la hermana del conductor, y Eliab hijo de Isamac, de la tribu de Dan. El pueblo prosiguió la tarea que había emprendido con tanta actividad que Moisés se vió obligado a contenerlos, proclamando que lo que habían traído era suficiente, según informaban los ar- tífices. Se entregaron entonces a la construcción del tabernáculo. Moisés les informó, de acuerdo con las directivas de Dios, las medidas que debía tener, y su tamaño; y cuántos vasos debía contener para uso de los sacrificios. También las mujeres querían hacer su parte, con respecto a las vestimentas de los sacerdotes y de otras cosas, que harían falta, tanto para los ornamentos como para el mismo servicio divino. 2. Preparadas todas las cosas, el oro, la plata, el bronce, los tejidos, Moisés, que había anunciado anticipadamente que se ha- ría una fiesta, ofreciéndose sacrificios de acuerdo con la capaci- dad de cada cual, erigió el tabernáculo. Midió el atrio abierto, de cincuenta codos de ancho y cien de largo, puso columnas de bronce, de cinco codos de altura, veinte en cada uno de los cos- tados más largos, y diez columnas en el ancho posterior. Todas las columnas tenían un anillo. Los capiteles eran de plata, pero las bases de bronce; parecían puntas de lanza y eran de bronce, fijas en el suelo. Pasaron cuerdas por los anillos, atados por la otra punta a clavos de bronce de un codo de largo, clavados en el suelo junto a cada columna, para sostener el tabernáculo y evitar que lo sacudiesen los vientos. Una cortina de lino fino y suave rodeaba todas las columnas, y colgaba libremente de los capite- les; envolvía todo el espacio y parecía una pared que lo rodeara. Así fué la estructura de tres costados del recinto. El cuarto, que tenía cincuenta codos de longitud, era el frente del conjunto; veinte codos eran para la abertura de las entradas, donde había dos columnas de cada lado, pareciendo puertas abiertas; estaban hechas totalmente de plata, pulidas, excepto las bases que eran de bronce. A cada lado de la entrada tres columnas, insertadas en la base cóncava del portal, con el que hacían juego. Rodeándolas había una cortina de lino fino. En el portal mismo, de veinte codos de largo y cinco de altura, la cortina era de púrpura, rojo y azul, lino fino y bordado con muchas y diversas clases de figuras, excepto figuras de animales. Dentro del portal estaba la jofaina de bronce para la purificación, con una base debajo, del mismo metal, donde el sacerdote pudiera lavarse las manos y rociarse los pies. Esa fué la construcción ornamental del recinto que rodeaba el atrio del tabernáculo, y que estaba expuesto al aire libre. 3. En cuanto al tabernáculo mismo, Moisés lo ubicó en el centro de ese atrio, dando frente al este, de modo que recibiera los primeros rayos del sol. Su longitud, una vez instalado, era de treinta codos, y su ancho de doce. Una de las paredes daba al sud y la otra estaba expuesta al norte, quedando el oeste en la parte posterior. Fu¿ necesario que su altura fuera igual a su ancho. Había también columnas de madera, veinte a cada lado; estaban 1 J. 1-13 talladas de forma rectangular, de un codo y medio de ancho y cuatro dedos de espesor; tenían colocadas de ambos lados finas placas de plata en dos lados, el de dentro y el de fuera; cada una de ellas tenía dos espigas de plata insertadas en la base, habiendo en cada base un receptáculo para recibir las espigas. Las columnas de la pared del oeste eran seis. Las espigas y los quicios, exactamente fijados unos en otros, de modo que las junturas fueran invisibles, parecían una sola pared unida, cubierta de oro, por dentro y por fuera. El número de columnas era el mismo en los lados opuestos; había veinte en cada lado. Cada una de ellas tenía un espesor de un tercio de palmo, y de ese modo formaban los treinta codos entre ellos. Pero en la pared posterior, donde las seis columnas sólo sumaban nueve codos, hicieron otras dos columnas, de un codo, y las pusieron en las esquinas, haciéndolas igualmente finas como las otras.1 Todas las columnas tenían anillos de oro en la cara externa, como si se hubieran arraigado en las columnas, y formaban una fila por la que pasaron varillas forradas de oro, de cinco codos de largo cada una, las que unían las columnas pasando la cabeza de un varilla dentro de la otra, como las espigas insertas una en otra. En la pared de atrás sólo había una fila de varillas que pa- saba por todas las columnas, en cuya fila entraban las puntas de las varillas de los costados de la pared más larga, machihem- brados firmemente para que el tabernáculo no se moviera, ni sacudido por el viento ni por otros medios, y para que perma- neciera continuamente quieto e inmóvil. 4. En cuanto a la parte interior, Moisés la dividió a lo largo en tres porciones. A diez codos del extremo más secreto Moisés situó cuatro columnas, hechas de igual manera que las otras y con la misma base, y colocadas a poca distancia una de otra. El espacio al que rodeaban estas columnas era el lugar más sagrado. El resto del espacio era el tabernáculo, abierto para los sacerdotes. Esta proporción de las medidas del tabernáculo resultaron ser una imitación de la organización del mundo; porque esa tercera parte que estaba dentro de las cuatro columnas, en la que no podían entrar los sacerdotes era, por así decir, un cielo, 2 La Biblia no dice nada al respecto. reservado a Dios. El espacio de los veinte codos era, por así decir, mar y tierra, accesible a los hombres; por eso esta parte estaba reservada a los sacerdotes. Al frente, donde se hizo la entrada, pusieron columnas de oro, sobre bases de bronce, en número de siete; luego tendieron sobre el tabernáculo velos de lino fino, de color púrpura, rojo y azul, y bordados. El primer velo tenía diez codos por lado, y lo exten- dieron sobre las columnas que dividían el templo, ocultando el sitio más sagrado; ese velo hacía que esa parte no fuera visible para nadie. Todo el templo se llamaba el lugar sagrado, pero esa parte que estaba dentro de las cuatro columnas, en la que no podía entrar nadie, se llamaba el sanctasanctórum. El velo era muy hermoso, bordado con las flores que produce la tierra2, y llevaba tejidas todas las variedades que pudieran ser ornamentales, exceptuando formas de animales. Había otro velo cubriendo las cinco columnas de la entrada. Era como el anterior en su tamaño, textura y color. En la esquina de cada columna un anillo lo sostenía de arriba abajo hasta la mitad de las columnas siendo la otra mitad una entrada para los sacerdotes que se desli. zaban debajo de él. Sobre aquél había un velo de lino, del mismo largo que el anterior; se corría hacia un lado o hacia el otro por medio de cuerdas, cuyas anillas, fijadas en el tejido del velo y en las cuerdas, servían para correrlo y descorrerlo y para soste. nerlo en las esquinas, de modo que una vez corrido no estorbase la vista del santuario, sobre todo en los días solemnes. En otros días, especialmente cuando el tiempo amenazaba nevar, se extendía, suministrando al velo una cubierta de diversos colores. De ahí de. riva nuestra costumbre de colocar sobre la entrada, después de la construcción del templo, un hermoso velo de lino. Las otras diez cortinas tenían cuatro codos de ancho y veinti- ocho de largo, con broches de oro, para unir una cortina con otra, lo que hacían tan exactamente que parecían una sola cortina en. tera. Estaban extendidas sobre el templo y cubrían toda la parte superior y partes de las paredes, a los costados y por detrás, hasta un codo del suelo. Había otras cortinas del mismo ancho, pero una más en número, y más largas, porque tenían treinta codos de largo; estaban tejidas con pelo, con la misma delicadeza que las de lana, y caían flojamente hasta el suelo, pareciendo en el portal un frente triangular con una elevación; la undécima cortina era usada precisamente con ese objeto. Encima de aquéllas había otras cortinas hechas de piel, que daban cubierta y protección a las hiladas, pero cuando hacía calor y llovía. Era grande la sorpresa de los que veían esas cortinas desde lejos, porque no se diferenciaban en nada del color del cielo. Las que estaban hechas de pelo y de piel llegaban hasta abajo como el velo del portal, y protegían contra el calor del sol y contra los daños que pudiera ocasionar la lluvia. De ese modo fué erigido el tabernáculo. 5. También hicieron un arca, consagrada a Dios, de madera fuerte que no se pudría. La llamaban, en nuestro idioma, erón. Fué construída de este modo: Su largo era de cinco palmos, y su ancho y alto de tres palmos cada uno. Estaba toda recubierta de oro, por dentro y por fuera, de modo que no se veía la madera. Tenía además una cubierta, unida por medio de goznes de oro,y de una manera extraordinaria; la cubierta era pareja por todas partes, y no presentaba eminencias que ocultaran su exacta unión. Había además dos anillas de oro en cada uno de sus tablas más largas, que pasaban por toda la madera; corrían por ellas varillas de oro que se extendían por todo el largo de cada tabla, para que por medio de ellas se pudiera moverla y sacarla, cuando llegara la ocasión. Porque no era conducida en un carro por bestias de carga, sino en los hombros de los sacerdotes. Sobre la cubierta había dos imágenes, que los hebreos llaman querubirn. Son seres alados, pero su forma no es parecida a ninguna de las criaturas que hayan visto los hombres, aunque Moisés dijo que él había visto seres como ésos junto al trono de Dios. En esta arca puso las dos tablas que tenían escritos los diez mandamientos, cinco en cada una, dos y medio de cada lado. El arca la instaló en el santuario. 6. En el templo sagrado puso una mesa, como las de Delfos. Su largo era de dos codos, su ancho de un codo y su altura de tres palmos. Tenía patas, cuyas partes inferiores eran completas, como las que los dorios ponían en las camas, y las superiores de forma cuadrada. La mesa tenía un hueco en cada extremo, y una cornisa de cuatro dedos que la rodeaba como una espiral, por arriba y por abajo. En cada una de las patas había un anillo, cerca de la cubierta, por la que pasaban varas de madera dorada, para sacar la mesa cuando hacía falta, habiendo una cavidad donde se unía con los anillos. Porque no eran anillos enteros; antes de redondearse terminaban en agudas puntas, una de las cuales se insertaba en la parte prominente de la mesa y la otra en la pata; por ahí era conducida cuando viajaban. En esa mesa, que se hallaba al norte del templo, no lejos de la parte más sagrada, había doce hogazas de pan ázimo, seis en cada pila, una sobre otra. Estaban hechas con dos décimas partes de la harina más pura; la décima parte es una medida de los hebreos, y contiene siete cotylae atenienses. Encima de las hogazas había dos redomas llenas de incienso. Cada siete días cambiaban hogazas, el día que nosotros llamamos el sabat; porque al séptimo día le decimos el sabat. Pero de esas hogazas volveremos a hablar en otro sitio. 7. Por encima de la mesa, cerca de la pared del sud, había un candelabro de oro fundido; hueco por dentro, pesaba cien minas, peso que los hebreos llaman cincares. Traducido al griego significa talento. Tenía sus borlas, sus lirios, sus granadas y sus cuencos (adornos que sumaban en total setenta) ; de ese modo la caña se elevaba desde una sola base y se desparramaba en tantos brazos como el número de planetas, incluyendo la luna. Terminaba en siete cabezas, puestas en fila, una al lado de la otra. Esos brazos llevaban siete lámparas, imitando el número de planetas, que miraban hacia el este y hacia el sud, estando el candelabro en posición oblicua. 8. Entre el candelabro y la mesa que, como dijimos, estaban dentro del santuario, se hallaba el altar del incienso, hecho de madera, pero de la misma madera con que habían hecho los vasos anteriores, que no podía pudrirse. Estaba completamente revestido con una placa de oro. Su ancho en cada lado era de un codo, pero su altura el doble. Encima había una reja de oro, extendida sobre el altar, con una corona de oro que la rodeaba y a la que correspondían anillos y varas, por medio de los cuales los sacerdotes lo conducían cuando viajaban. Delante de este tabernáculo erigieron un altar de bronce, pero hecho de madera por dentro, de cinco codos por lado y tres de alto, adornado igualmente con láminas de bronce brillantes como el oro. Tenía también un hogar de malla, porque como no tenía base para recibirla, el suelo recibía el fuego del hogar. Junto al altar estaban los tazones, las redomas, los incensarios, las cal- deras, hechas de oro. Los otros vasos, para los sacrificios, eran de bronce. Esta era la construcción del tabernáculo; y éstos son los vasos que le correspondían. 1 Curiosa alteración de las palabras arameas cahaná rabá (sacerdote supremo), en la que parece haber sido puesta al final la sílaba inicial. CAPITULO VII Las vestimentas de los sacerdotes y del sumo sacerdote 1. Había vestimentas especiales señaladas para los sacerdotes, tanto para los que ellos llaman caneas, como para el anarabac1, o sumo sacerdote. Cuando el sacerdote se dirige a hacer el sacrificio, se purifica con la purificación que prescribe la ley. En primer lugar se pone lo que se llama el macanase, que significa algo que se ata fuertemente. Es un calzón hecho de lino finamente retorcido y se pone sobre las partes privadas, introduciéndole las piernas como si fuera un pantalón; pero está cortado hacia la mitad y termina en los muslos, donde se ata fuertemente. 2. Encima se coloca una vestimenta de lino, hecha de fino lino torcido; se llama quetomene, que significa lino, porque al lino le decimos quetón. Esta vestimenta llega hasta los pies, y se ajusta al cuerpo. Tiene mangas fuertemente atadas a los brazos, está atada al pecho un poco más arriba de los codos, mediante un cinturón que a menudo lo rodea sobresaliendo cuatro dedos, pero está hecho con un tejido flojo que parece una piel de serpiente. Tiene bordadas flores rojas, púrpuras y azules, con lino finamente retorcido; la urdimbre es nada más que lino fino. Comienzan las vueltas en el pecho, y después de varias de ellas se ata y cuelga desde allí hasta las rodillas. El sacerdote se presenta de este modo con un aspecto agradable. Pero cuando está obligado a asistir un ofrecimiento de sacrificios, y cumplir con los servicios señalados, no se ve estorbado en sus movimientos, lo tira a la izquierda y se lo echa sobre el hombro. Moisés llamaba ese cinturón abanez, pero nosotros aprendimos de los babilonios a llamarlo emián, que es como ellos lo llaman. Esta vestimenta no tiene partes sueltas ni vacías, y sólo una estrecha abertura para el cuello; se ata con unas cintas que cuelgan del borde, sobre el pecho y la espalda, y se ajusta sobre cada hombro; se llama masabazanes. 3. En la cabeza lleva una gorra, que no tiene forma cónica ni rodea toda la cabeza, pero la cubre hasta más de la mitad; se llama masnemftes. Está hecha de manera que parece una corona, de gruesas fajas, pero la contextura es de lino; está cosida después de dar varias vueltas. Además un trozo de fino lino cubre la gorra por la parte superior, y llega hacia abajo por la frente, y tapa las costuras de las fajas, que sería indecente que se vieran. Se adhiere fuertemente en la parte sólida de la cabeza, y queda fijada con tanta firmeza que no se puede caer durante el sagrado servicio de los sacrificios. Con esto les hemos indicado cuál era el ropaje de la generalidad de los sacerdotes. 4. El sumo sacerdote se adornaba con las mismas vestimentas que hemos descrito, sin descontar ninguna; sólo que encima se ponía un ropaje de color azul. Es un manto también largo, que llega hasta los pies. En nuestro idioma se llama meeir, y se ata con un cinturón, bordado con los mismos colores y flores de los demás, y entretejido con hilos de oro. Del borde inferior de este manto cuelgan flecos, del color de la granada, con campanillas doradas, en una hermosa combinación; una granada entre dos campanillas, y entre dos granadas una campanilla. Este vestido no estaba compuesto de dos piezas, ni estaba cosido en los hombros y los costados; era una sola vestimenta larga, tejida de tal modo que le quedara una abertura en el cuello, la que no era oblicua, sino partida a lo largo del pecho y la espalda. Llevaba cosido un reborde, para que la abertura no pareciera demasiado indecente. También estaba partida por donde salían los brazos. 5. Aparte de esa prenda el sumo sacerdote se ponía otra, que se llamaba efod, y era parecida al epomis de los griegos. Se hacía de la siguiente manera. La tejían hasta un espesor de un codo, de varios colores, con oro entretejido y bordados, dejando el centro del pecho descubierto. Tenía mangas, y no se diferenciaba de una chaqueta corta. Pero en el sitio vacío de esta prenda se insertaba una pieza del tamaño de un palmo, bordada con oro y los demás colores del efod, y que se llama esen, lo que en griego significa oráculo. Esta pieza llenaba exactamente el espacio vacío del efod, al que iba unida por anillos de oro en todas las esquinas, iguales a los anexados al efod, y atado con una cinta azul. Para que el espacio entre los anillos no quedara vacío lo llenaban con puntadas de cintas azules. Había también dos sardónices en los hombros del efod, para asegurarlo como si fueran botones, haciendo correr los dos bordes hasta los sardónices para poder abrocharlos. Llevaban grabados los nombres de los hijos de Jacob en nuestra lengua y con nuestro alfabeto; seis en cada lado de las piedras, estando los nombres de los hijos mayores en el hombro derecho. Había también doce piedras en el peto, de tamaño y belleza extraordinarios. Eran un ornamento que no podía ser comprado por los hombres, por su inmenso valor. Estas piedras estaban en tres filas, de a cuatro por fila, y se insertaban en el peto, engastadas en monturas de oro, fijadas en el peto de tal modo que no se podían caer. Las primeras tres piedras eran un sardónice, un topacio y una esmeralda. La segunda fila contenía un carbúnculo, un jaspe y un zafiro. El primero de la tercera fila era un ligurio, el siguiente una amatista y el tercero un ágata, que era el noveno del total. El primero de la cuarta fila era un crisolito, el siguiente un ónix y el último de todos un berilo. Estas piedras llevaban grabados los nombres de los hijos de Jacob, a los que consideramos los jefes de nuestras tribus, teniendo cada piedra el honor de un nombre, en el orden de su nacimiento. Y como los anillos eran demasiado débiles para soportar el peso de las piedras, ponían otros dos anillos de tamaño mayor, al borde de esa parte del peto que llega al cuello, y los insertaban en la misma contextura del peto, para recibir cadenas finamente labradas que los conectaban con bandas de oro sobre los hombros; las extremidades se doblaban hacia atrás y penetraban en el anillo, en la parte posterior prominente del efod. Todo lo cual era para seguridad del peto, para que no se saliera de su sitio. Había también un cinturón cosido al peto, con los colores mencionados y entretejido con oro, que después de dar una vuelta se ataba sobre la costura y quedaba colgando. También había lazos de oro que recibían los flecos en cada extremo del cinturón y lo contenían enteramente. 6. La mitra del sumo sacerdote era la misma que hemos des- crito anteriormente, y estaba formada del mismo modo que la de todos los sacerdotes; pero encima llevaba otra, con fajas bordadas de azul, rodeada de una tiara de oro pulido, de tres filas, una encima de otra; de la tiara salía una copa de oro parecida a la hierba que nosotros llamamos sácaro, pero que los griegos entendidos en botánica llaman hiosciamo. Por si alguien vió la hierba pero no sabe su nombre, o conoce el nombre pero no sabe distinguirla, daré una descripción de la hierba. Tiene a menudo más de tres palmos de altura; su raíz es parecida a la del nabo (y el que la compare con ella no se equivocará), pero sus hojas son como las de la menta. De sus ramas sale un cáliz que penetra en la rama, y la rodea una túnica, que se desprende naturalmente cuando cambia, para producir el fruto. El cáliz es del tamaño del hueso del dedo meñique, pero en la extensión de su apertura es como una copa. Lo voy a describir para los que no lo conocen. Imaginemos una esfera dividida en dos partes, redonda abajo pero con otro segmento que crece de abajo arriba hasta formar una circunferencia. Supongamos que se va estrechando poco a poco, y que la cavidad de esa parte se achica y luego se ensancha de nuevo gradualmente hacia el borde, como las ranuras que vemos en el ombligo de una granada. La recubre una túnica hemisférica, que parece torneada, y que sube hacia arriba por los gajos que, como dije, crecen como en las granadas, sólo que son agudos y terminan únicamente en púas. Este manto del cáliz preserva el fruto, que es como la semilla de la hierba sideritis: deja salir una flor que puede parecerse a la de la amapola. Con el modelo de esta planta se hacía la corona, que iba desde la parte posterior de la cabeza hasta las sienes; pero el efielis, que así puede llamarse el cáliz, no cubría la frente, que estaba cubierta por una placa de oro con la inscripción del nombre de Dios en caracteres sagrados. Estos fueron los ornamentos del sumo sacerdote. 7. Uno podría sorprenderse por la mala voluntad que nos tie- nen los hombres que la explican afirmando que es porque despreciamos la deidad que ellos pretenden honrar. Porque si alguien considerase la hechura del tabernáculo, y observase las vestimentas del sumo sacerdote, y de los vasos que empleamos en nuestros servicios sagrados, descubriría que nuestro legislador fué un hombre divino y que somos injustamente reprochados. Porque si lo miraran sin prejuicio, y juzgaran rectamente estas cosas, hallarían que todas están hechas imitando el universo. Cuando Moisés dividió el tabernáculo en tres partes, y señaló dos para los sacerdotes, como sitio accesible y común, significó con ello la tierra y el mar, que son de acceso general para todos; pero dejó aparte la tercera división para Dios, porque el cielo es inaccesible para el hombre. Y cuando ordenó que se colocaran doce hogazas en una mesa, significó con ellas el año, dividido en otros tantos meses. Dividiendo el candelabro en setenta partes, indicó secretamente el decani, o las setenta divisiones de los planetas. En cuanto a las siete lám- paras del candelabro, se refieren al curso de los planetas que son de ese número. También las redomas, compuestas de cuatro cosas, declaran los cuatro elementos; el lino es apropiado para denotar la tierra, porque crece en la tierra; la púrpura significa el mar, porque de ese color se tiñe con la sangre de un marisco marino. El azul es adecuado para señalar el aire y el rojo indica naturalmente el fuego. Las vestimentas del sumo sacerdote, por el lino de que están hechas, señalan la tierra; el azul denota el cielo, siendo como relámpagos sus granadas y semejando a los truenos el sonido de las campanillas. En cuanto al efod, enseña que Dios hizo el universo con cuatro elementos; el oro entretejido supongo que se refiere al esplendor con que se iluminan todas las cosas. Señaló también que se colocara el peto en el centro del efod, para semejar la tierra, que ocupa el centro del mundo. El cinturón que rodea el cuerpo del sumo sacerdote, significa el océano, que corre en redondo e incluye el universo. Cada sardónice nos declara al sol y a la luna, me refiero a los que hacen de botones en los hombros del sumo sacerdote. En cuanto a las doce piedras, ya sea que las interpretemos como que son los meses o los signos de igual número de ese círculo que los griegos llaman el zodíaco, no nos equivocaremos en su sentido. La mitra, de color azul, me parece que significa el cielo. ¿De qué otro modo se podría inscribir en ella el nombre de Dios? Está adornada con una corona, de oro, por el esplendor con que Dios se regocija. Basta esta explicación por el momento, ya que en el curso de mi narración tendré a menudo y en muchas ocasiones la oportunidad de extenderme sobre las virtudes de nuestro legislador. CAPITULO VIII El sacerdocio de Aarón. Consagración del tabernáculo 1. Cuando se concluyó de construir el tabernáculo que ha sido descrito, sin haber sido consagradas todavía las ofrendas, Dios se apareció a Moisés y le ordenó que adjudicara el sumo sacerdocio a su hermano Aarón, porque el mejor de todos ellos por su virtud merecía ese honor. Moisés reunió a la multitud, le dió un informe sobre la virtud de Aarón y su buena voluntad para con todos y de los peligros que había corrido por ellos. El pueblo testimonió su conformidad, y se mostró dispuesto a recibirlo, Moisés dijo: -Esta obra, israelitas, ha llegado a su fin, de la manera más aceptable para Dios, y de acuerdo con nuestra capacidad. Ahora, como debemos recibir a Dios en este tabernáculo, nos hará falta ante todo alguien que oficie por nosotros, y haga el servicio de los sacrificios y de las oraciones que habrá que elevar. Si la elección de esa persona se me hubiera dejado a mí, yo me habría creído digno de ese honor, porque todos los hombres están naturalmente encariñados consigo mismos, y porque tengo con- ciencia de que he hecho mucho por vuestra liberación. Pero Dios mismo determinó que Aarón es digno de ese honor, y lo eligió para ser su sacerdote, sabiendo que es la persona más justa de todos vosotros. De modo que él se pondrá las vestimentas consa- gradas a Dios; él se ocupará de los altares, y de hacer provisión para los sacrificios. Y es él quien elevará sus oraciones a Dios, que las escuchará de buena gana, no sólo porque él es solícito para su nación, sino también porque las recibirá como ofrecidas por alguien que él mismo eligió para ese menester. Los hebreos estuvieron satisfechos con sus palabras, y dieron su aprobación al que Dios había ordenado. Porque Aarón era de todos ellos el que más merecía ese honor, por sus propios valores, sus dones y profecías, y la virtud de su hermano. Tenía a la sazón cuatro hijos, Nabad, Abió, Eleazar e Itamar. 2. Moisés le mandó que usara todos los elementos sobrantes de la construcción del tabernáculo, para cubrir el mismo taber- náculo, el candelabro, el altar del incienso y los otros vasos, de modo que no sufrieran daño cuando viajaran, por la lluvia o la tierra. Reunida la multitud de nuevo, ordenó que ofrecieran medio siclo cada uno como oblación a Dios. El siclo es una mo- neda de los hebreos y equivale a cuatro dracmas atenienses. Obedecieron inmediatamente la orden de Moisés, siendo el número de los que ofrecieron seiscientos cinco mil quinientos cincuenta. El dinero que trajeron los hombres que eran libres, fue donado por los que tenían más de veinte años y menos de cincuenta. Lo que se recolectó se empleó para los usos del tabernáculo. 3. Moisés purificó el tabernáculo e hizo lo mismo con los sacerdotes, de la siguiente manera: Ordenó que tomaran qui- nientos siclos de mirra selecta, igual cantidad de casia y la mitad de ese peso de canela y cálamo (una clase de especia dulce), que lo machacaran, lo mojaran con un hin de aceite de oliva (el hin es una medida de nuestra tierra, y contiene dos congios atenienses), que lo mezclaran y lo pusieran a hervir; luego que lo prepararan según el arte de la perfumería y formaran un ungüento de aroma suave. Luego untó a los sacerdotes y a todo el tabernáculo y los purificó. También había muchas clases de especias dulces que pertenecían al tabernáculo, y que eran de mucho precio y fueron llevados al altar dorado del incienso; no describo su naturaleza para no cansar a mis lectores. Pero el incienso había que ofrecerlo dos veces por día, antes de la salida del sol y a la puesta del sol. Debían conservar también aceite purificado para las lámparas, tres de las cuales debían alumbrar todo el día, en el candelero sagrado, ante Dios, y el resto debía ser encendido por la tarde. 4. Cuando todo terminó, Beseleel y Eliab revelaron ser los obreros más hábiles, porque inventaron obras más finas que lo que habían hecho otros antes que ellos. Tenían gran aptitud para imaginar cosas que antes no se conocían. De los dos Beseleel fué considerado el mejor. El tiempo que emplearon en la obra fué de siete meses; y con ellos se cumplió el primer año de su salida de Egipto. Pero al comenzar el segundo año en el mes de xántico, como lo llaman los macedonios, y nisán, como lo llaman los hebreos, en la luna nueva, consagraron el tabernáculo y todos sus vasos que ya he descrito. 5. Dios se mostró satisfecho con la obra de los hebreos, y no dejó que su trabajo fuera en vano; ni desdeñó usar lo que habían hecho, y bajó a habitar con ellos instalándose en la-casa santa. Llegó de la siguiente manera; el cielo estaba claro, y sólo sobre el tabernáculo había una niebla, rodeándolo; pero no era de las espesas y gruesas que se ven en invierno, ni tampoco tan delgada como para que se pudieran distinguir las cosas a través de ella. Desprendía un rocío dulce que revelaba la presencia de Dios a los que la deseaban y la creían. 6. Después de acordar a los obreros honrosos regalos como los que merecían recibir los que habían trabajado tan bien, Moisés ofreció en el atrio abierto del tabernáculo, como Dios le había ordenado, el sacrificio de un toro, un carnero y un cabrito, propiciatorio por los pecados. En mi escrito sobre los sacrificios diré cómo los hacemos, e informaré en qué casos Moisés nos or- denó ofrecer un holocausto y en qué casos la ley nos permite comerlo. Después roció a Aarón, y a sus hijos y sus vestimentas con la sangre de los animales sacrificados, y los purificó con agua de manantial y ungüento, para entregarlos como sacerdotes de Dios. De este modo los consagró a ellos y sus ropas durante siete días. Lo mismo hizo con el tabernáculo y los vasos que le per- tenecían, con aceite primeramente incensado, como he dicho, y con la sangre de toros y carneros, matados uno por día, uno de cada clase. El octavo día lo señaló como fiesta para el pueblo, y mandó ofrecer sacrificios, cada cual según sus posibilidades. To- dos compitieron entre sí, queriendo sobrepasar a los demás en los sacrificios que llevaban; de ese modo cumplieron el mandato de Moisés. Pero cuando los sacrificios estaban sobre el altar, de pronto se encendió espontáneamente un fuego, que pareció el de un relámpago, y consumió todo lo que había en el altar. 1 En la Biblia son los hijos de Uziel, Misael y Elcefán, los encargados de sacar del campamento los cuerpos de Nabad y Abió. 7. Aarón sufrió una gran aflicción, considerado como hombre y padre, pero la sobrellevó con gran fortaleza. Porque tenía real- mente una gran firmeza de alma para los accidentes, y pensó que esa calamidad le había caído encima por la voluntad de Dios. Porque tenía cuatro hijos, como dije antes, y los dos mayores, Nabad y Abió, no habían llevado los sacrificios que Moisés les había ordenado, sino los que acostumbraban a ofrecer antes, y fueron muertos por el fuego. Cuando el fuego cayó sobre ellos y comenzó a quemarlos, nadie pudo apagarlo. De esta manera murieron. Moisés ordenó a su padre y a sus hermanos que sacaran los cuerpos del campamento, y los sepultaran con magnificencia1. La multitud los lloró, muy afligida por su muerte que tan inespe- radamente les había caído. Pero Moisés rogó a sus hermanos y su padre que no se atribularan por ellos, y que prefirieran el honor de Dios, ante su dolor, pues Aarón ya se había puesto las vestimentas sagradas. 8. Moisés rehusó todo el honor que la multitud estaba dis- puesta a conferirle, y sólo atendió al servicio de Dios. No volvió a subir al monte Sinaí; iba al tabernáculo y traía las respuestas de Dios a lo que le rogaba. Su ropa seguía siendo la de un par- ticular; y en todas las demás circunstancias se conducía como un hombre del pueblo. No quería distinguirse de la multitud a la que hacía saber que no hacía otra cosa más que atenderla. También registró por escrito la forma del gobierno por la que se regían, y las leyes por cuya obediencia llevarían una existencia para agradar a Dios y no disputarían entre ellos. Las leyes que ordenó fueron las que Dios le había sugerido. Ahora me referiré a esa forma de gobierno, y a estas leyes. 9. Voy a tratar ahora de algo que antes omití sobre la vestimenta del sumo sacerdote. Porque Moisés no dejó lugar a las malas prácticas de los impostores, si alguno de esa clase tratara de abusar de la autoridad divina, porque dejó a la voluntad de Dios la decisión de estar presente o ausente de los sacrificios que se le ofrecieran. Y quería que lo supieran no sólo los hebreos sino también los extranjeros que estaban allí. De las piedras de que antes les hablé, que lleva el sumo sacerdote en los hombros, y que son sardónices (creo innecesario describirlas, porque todos las conocen), una de ellas relucía cuando Dios estaba presente en los sacrificios; era la que hacía de botón en el hombro derecho. De ella salían rayos brillantes que podían ver aun los que estaban lejos y que no eran esplendores naturales de la piedra. Este hecho debe de parecer maravilloso a los que no se entregan a la filosofía de despreciar las cosas divinas. Y diré algo que es más maravilloso aún: Dios anunciaba de antemano, por medio de esas doce piedras que el sumo sacerdote lleva en el pecho, insertadas en el peto, cuándo saldrían victoriosos de una batalla. Antes de que el ejército se pusiera en marcha salía de ellos un esplendor tan grande que todo el pueblo sabía que Dios estaba con él para ayudarlo. De ahí que los grie- gos, que veneraron nuestras leyes porque no pudieron contradecir este hecho, llamaron al peto oráculo. El peto, y la sardónice, dejaron de brillar doscientos años antes de que yo compusiera este libro, porque a Dios le desagradó la transgresión de sus leyes. De esto hablaremos más adelante, en ocasión más indicada. Ahora proseguiré mi narración. 10. Consagrado el tabernáculo y establecido el orden regular para los sacerdotes, la multitud juzgó que ahora Dios moraba con ellos y se entregó a ofrecer sacrificios y preces a Dios, por haber sido librados de todo mal y por cobijar esperanzadas perspectivas de mejores tiempos a partir de ese momento. También ofrecieron donaciones a Dios, algunas comunes a toda la nación y otras particulares, tribu por tribu. Los jefes de las tribus se reunieron de a dos y trajeron cada grupo un carro y una yunta de bueyes. Seis, en total, conducían el tabernáculo cuando viajaban. Además cada jefe de tribu trajo una escudilla, un cargador y una cuchara de diez daricos llena de incienso. El cargador y la escudilla eran de plata y juntos pesaban doscientos siclos, pero la escudilla no tenía más que setenta siclos; y estaban llenos de harina fina mezclada con acei- te, del que usaban en el altar para los sacrificios. También lle- varon un becerro, un carnero de un año, para el holocausto, y una cabra para el perdón de los pecados. Todos los jefes de las tribus trajeron asimismo otros sacrificios, llamados ofrendas de paz, cada día dos toros, cinco carneros, un cordero de un año, y cabritos. Los jefes de las tribus sacrificaron durante doce días, uno cada día. Moisés no volvió a subir al monte Sinaí, pero penetraba en el tabernáculo y Dios le informaba lo que debían hacer y las leyes que había que emitir; leyes que eran preferibles a las que ideaba el entendimiento humano, y fueron observadas firmemente en todos los tiempos futuros, consideradas como dones de Dios; los hebreos no transgredieron ninguna de ellas, ni por tentación de lujuria en tiempos de paz, ni por angustia ante los aconteci- mientos en tiempo de guerra. Pero aquí no diré nada más sobre ellas, porque he resuelto redactar otro libro referente a nuestras leyes. CAPITULO IX La naturaleza de nuestros sacrificios de ofrenda 1. Ahora, no obstante, mencionaré algunas de nuestras leves, las que se refieren a las purificaciones, y oficios sagrados simi- lares, ya que accidentalmente llegué a este tema de los sacrificios. Los sacrificios son de dos clases, los que ofrecen los particula- res y los del pueblo en general. Se hacen de dos maneras dife- rentes; en la primera lo que se mata se quema, en holocausto,y por eso se le da este nombre; la otra es una oferta de agrade- cimiento, y se destina para festín de los que sacrifican. Me referiré a la primera. Supongamos que un particular ofrece un holocausto; debe matar un toro, un cordero o un cabrito, estos últimos de menos de un año; los toros se permite sacrificarlos de más edad. Todos los sacrificios de holocausto deben ser machos. Una vez muertos, el sacerdote salpica la sangre alrededor del altar; luego se lavan los cuerpos, se dividen en partes, se salan y se colocan en el altar, mientras se apilan unos sobre otros los trozos de madera y arde el fuego. Luego se lavan las patas de los sacrificios y las entrañas, cuidadosamente, y se agregan al resto para ser expurgados por el fuego. El sacerdote recibe los pellejos. Esta es la forma de ofrecer un holocausto. 2. Los que hacen ofrendas de agradecimiento, sacrifican en realidad los mismos animales, pero tienen que ser inmaculados y de más de un año; pueden elegir machos o hembras. También salpican el altar con la sangre, pero ponen en el altar los riñones, los redaños, toda la grasa, el lóbulo del hígado y las nalgas del cordero; luego, dando al sacerdote el pecho y la espalda derecha, los oferentes comen durante dos días el resto de la carne. Lo que queda lo queman. 3. Los sacrificios por pecados son ofrecidos de la misma ma- nera que los de agradecimiento. Pero los que no pueden comprar sacrificios completos, ofrecen dos palomas, o tórtolas, con la primera de las cuales hacen el holocausto a Dios, y la otra la dan para alimento de los sacerdotes. Pero de la ofrenda de esos animales trataré detalladamente en el escrito sobre los sacrificios. Cuando una persona incurre en pecado por ignorancia ofrece una oveja o una chivita, de la misma edad; los sacerdotes rocían la sangre en el altar, no de la manera anterior, sino en los rinco- nes. Luego transportan al altar los riñones y el resto de la grasa, junto con el lóbulo del hígado, mientras los sacerdotes se llevan los pellejos y la carne, y lo gastan en el lugar santo el mismo día. Porque la ley no les permite dejarla para el día siguiente. Pero si alguien peca, y tiene conciencia de haber pecado, pero nadie se lo puede probar, ofrece un carnero, como le ordena la ley; la carne se la comen los sacerdotes como la anterior, en el sitio sagrado, el mismo día. Cuando los gobernantes ofrecen sacrificios por sus pecados, traen las mismas ofrendas que los particulares; pero difieren en que el toro o el cabrito deben ser machos. 4. La ley exige, tanto para los sacrificios públicos como para los privados, que se lleve asimismo harina finísima; por un cor- dero la medida de una décima parte, por un carnero, dos, y por un toro, tres. La consagran en el altar, después de mezclarla con aceite. Porque también traen aceite los que sacrifican, para un toro la mitad de un hin, para un carnero la tercera parte de la misma medida y un cuarto para un cordero. El hin es una anti- gua medida hebrea, y es el equivalente de dos congios atenienses. Traen la misma cantidad de aceite que de vino, y echan el vino por el altar; pero si alguien no ofrece un sacrificio completo de animales, y trae harina flor sólo como voto, arroja un puñado sobre el altar como primicia, mientras los sacerdotes toman el resto del alimento, ya sea hervido, o mezclado con aceite, pero hecho en tortas de pan. Pero cualquier cosa que ofrezca el sacerdote mismo, tiene que ser necesariamente quemado por completo. La ley nos prohibe sacrificar un animal al mismo tiempo que su madre; y en otros casos hasta el octavo día de su nacimiento. Hay otros sacrificios señalados para eludir las enfermedades, o para otras ocasiones, en los que las ofrendas de carne son consumidas junto con los animales sacrificados, de los que no es legítimo dejar ninguna parte para el día siguiente y del que sólo los sacerdotes deben tomar su parte. 1 J. 1 - 14 CAPITULO X Acerca de los festivales, y de cómo debe observarse cada uno de sus días 1. La ley exige que al comienzo y al final de cada día se mate un corderito de un año, costeado con los gastos públicos; pero el séptimo día, que es llamado el sabat, se matan dos y se sacrifican de la misma manera.1 Con la luna nueva se realiza el sacrificio diario y se matan además dos toros, siete corderos de menos de un año y un cabrito, para expiación de los pecados; esto es, cuando se ha pecado por ignorancia. 2. Pero el séptimo mes, que los macedonios llaman hyperbe- reteo, hacen un agregado a los que nombramos y sacrifican un toro, un carnero, siete corderos y un cabrito, por los pecados. 3. El décimo día del mismo mes lunar, hacen un festín que dura hasta la noche; ese día sacrifican un toro, dos carneros, siete corderos y un cabrito, por los pecados. Traen además dos cabritos, uno de los cuales es enviado vivo hacia el desierto, fuera de los límites del campamento, como chivo emisario y para expiar los pecados de toda la multitud; el otro es llevado a un sitio muy limpio dentro de los límites del campamento donde es quemado con la piel, sin lavado de ninguna clase. Junto con el chivo queman un toro, traído no por el pueblo sino por el sumo sacerdote, por su cuenta; toro del que, una vez muerto, transporta la sangre al lugar santo, junto con la sangre del cabrito, y salpica el techo con los dedos siete veces, lo mismo que el pavimento, y luego el sitio más sagrado y alrededor del altar dorado. Finalmente la lleva al patio abierto y salpica alrededor del gran altar. Aparte de esto se colocan las extremidades, los riñones y la grasa, con el lóbulo del hígado, en el altar. El sumo sacerdote presenta del mismo modo un carnero a Dios como holocausto. 4. El décimoquinto día del mismo mes, cuando comienza la estación del invierno, la ley nos ordena instalar tabernáculos en todas las casas, para preservarnos del frío de esa época del año; y también que cuando lleguemos a nuestro país, a la ciudad que entonces tendremos por metrópoli, porque en ella edificaremos el templo, y que cuando celebremos un festival de ocho días, ofre- ciendo holocaustos y sacrificando ofrendas de agradecimiento, llevemos en las manos una rama de mirto y sauce, y un ramo de la palmera con el agregado de la cidra. Y que el holocausto del primero de esos días sea un sacrificio de treinta toros, catorce corderos y quince carneros, con el agregado de un cabrito, como expiación de pecados; los días siguientes el mismo número de corderos y de carneros, con los cabritos; pero disminuyendo los toros en uno por día hasta que sólo sean siete. El octavo día se abandona todo el trabajo y entonces, como dijimos antes, se sa- crifica a Dios un toro, un carnero y siete corderos, con un cabrito para expiación de pecados. Esta es la solemnidad habitual de los hebreos, que cumplen cuando instalan los tabernáculos. 5. El mes de xántico, que nosotros llamamos nisán y es el comienzo de nuestro año, el décimocuarto día del mes lunar, cuando el sol se halla en Aries (porque en este mes fué cuando fuimos libertados de la esclavitud de Egipto), la ley ordena que todos los años matemos el mismo sacrificio que como les dije antes habíamos matado al salir de Egipto, y que llamamos la pascua; celebramos, pues, la pascua en compañía, sin dejar nada de lo que sacrificamos para el día siguiente. La fiesta del pan ácimo sucede al de la pascua y cae el décimoquinto día del mes y continúa durante siete días, durante los cuales nos alimentamos de pan ácimo. Cada uno de estos días se matan dos toros, un carnero y siete corderos. Los carneros se queman enteramente, además del cabrito que se añade al resto, para los pecados; porque el propósito es que sea una fiesta para el sacerdote durante todos esos días. El segundo día del pan ácimo, que es el décimosexto del mes, se participa por primera vez de los frutos de la tierra, porque antes de ese día no se tocan. Se considera apropiado honrar a Dios, de quien se obtiene una abundante provisión, ofreciendo la primicia de la cebada de la siguiente manera: se toma un puñado de espigas, se secan y se machacan, separando la cebada del afrecho; luego se lleva una décima parte al altar, ante Dios, y arrojando un puñado al fuego, se deja el resto para uso del sacerdote. Después de esto se puede recoger la cosecha, pública o privadamente. Con esta participación de las primicias de la tie- rra se sacrifica un cordero, como holocausto a Dios. 6. Transcurridas una semana de semanas después del sacrificio (semana que contiene cuarenta y nueve días), el quincuagésimo día, que es pentecostés pero que los hebreos llaman asarla, que significa también pentecostés, se trae ante Dios una hogaza, hecha con harina de trigo, de dos décimas partes, con levadura, y dos corderos para sacrificar; una vez que han sido presentados a Dios son preparados para la cena de los sacerdotes, no siendo permitido dejar nada para el día siguiente. También se matan tres bueyes para holocausto, y dos carneros, y catorce corderos con dos cabritos por los pecados. No hay un solo festival sin ofrendas de holocaustos; y se per- mite también descansar en cada uno de ellos. Concordantemente la ley determina las clases de sacrificios que deben hacerse en cada festival, y el descanso absoluto que en cada uno de ellos debe tomarse. Los sacrificios se hacen para celebrar festines. 7. Aparte de las cargas comunes, el pueblo suministra pan horneado sin levadura de veinticuatro décimas de harina. De los cuales dos montones son horneados y tomados la víspera del sabat, pero son llevados al sitio sacro durante la mañana del sabat y colocados en la mesa sacra, de a seis por montón, una hogaza apoyada en la otra. Les ponen encima dos copas doradas llenas de incienso, y ahí quedan hasta el sabat siguiente; se ponen entonces otras hogazas en su lugar, mientras las hogazas se entregan a los sacerdotes para su alimento y el incienso es quemado en ese fuego sagrado en el que se queman todas las ofrendas; y otro incienso se pone sobre las hogazas en lugar del anterior. El sacerdote también de su propio cargo ofrece sacrificios, dos veces por día. Hechos de harina mezclada con aceite y cocidos a fuego lento. La cantidad es de una décima de harina; trae al fuego la mitad por la mañana y la otra mitad por la noche. Más adelante daré un informe más detallado de estos sacrificios; pero creo que por ahora he establecido lo suficiente a su respecto. CAPITULO XI De las purificaciones 1. Moisés apartó a la tribu de Leví de toda comunicación con el resto del pueblo, separándola para que fuera una tribu santa; la purificó con agua, tomada de manantiales perpetuos, y con sa- crificios como los que solían ofrecerse a Dios en ocasiones simi- lares. Le entregó el tabernáculo y el vaso sagrado y las demás cortinas que fueron hechas para cubrir el tabernáculo, para que pudiera ministrar con la guía de los sacerdotes que ya habían sido consagrados a Dios. 2. Determinó también lo relativo a los animales; cuáles de ellos podían ser usados como alimentos, y de cuáles debían abs- tenerse. Estas cuestiones, cuando esta obra me dé oportunidad, serán más ampliamente explicadas; agregando las causas que movieron a Moisés a permitirnos que empleáramos algunos de ellos como alimentos y a ordenarnos que nos abstuviéramos de otros. Pero nos prohibió completamente que usáramos como alimento la sangre, la que consideró que contiene el alma y el espíritu. También nos prohibió comer carne de animales muertos por sí mismos, y el redaño y la grasa de cabras, ovejas y toros. 3. Ordenó también que aquellos cuyos cuerpos sufrieran de lepra, y los que tuviesen gonorrea, no entraran en la ciudad; más aún, alejó a las mujeres, cuando tenían sus purgaciones natu- rales, hasta el séptimo día, después de lo cual las consideraba puras y les permitía volver. La ley permite también a los que han asistido a funerales que vuelvan cuando ha pasado el mismo número de días. Pero si alguien continúa después de ese lapso en estado de polución, la ley señala la ofrenda de dos corderos como sacrificio; uno de los cuales debe ser purificado por el fuego mientras que el otro lo toman para ellos los sacerdotes. Del mismo modo sacrifican los que han tenido gonorrea. El que derrama el semen, durmiendo, si se sumerge en agua fría tiene el mismo derecho que el que se ha acompañado legítimamente con su esposa. En cuanto a los leprosos, no les permitió entrar en la ciudad de ningún modo, ni vivir con los demás, como si fueran efectiva- mente personas muertas; pero si alguno obtenía, por oración a Dios, el restablecimiento de su enfermedad y recuperaba su es- tado de salud, daba gracias a Dios con varias clases de sacrifi- cios, acerca de los cuales hablaremos luego. 4. Por eso uno no puede menos que sonreír ante aquellos que afirman que Moisés estaba afectado de lepra cuando salió de Egipto, y que se hizo conductor de los que por igual razón aban- donaron el país, llevándolos al país de Canaán. Porque si hubiese sido cierto, Moisés no habría hecho esas leyes para su propio deshonor, siendo más probable que se hubiera opuesto a su aprobación si otros hubiesen tratado de introducirlas; hay leprosos en muchos países que sin embargo son honrados, y no sólo libres de reproches y exclusión; los hubo que fueron grandes jefes de ejércitos y se les confiaron altas funciones en la comunidad, y tuvieron el privilegio de entrar en sitios sagrados y en templos. De modo que nada impedía que si Moisés o la multitud que estaba con él hubiesen estado sujetos a esa desgracia en el estado de la piel, que hiciese el legislador leyes favorables a los leprosos en lugar dificultades. Por consiguiente es claro que es sólo por violentos prejuicios que afirman esas cosas de nosotros. En cuanto a Moisés, estaba exento de ese mal, del que también estimando cosa feliz que los hombres fueran prudentes en los estaba libre el pueblo, e hizo las leyes con referencia a otros que asuntos del matrimonio, y que era provechoso para las ciudades lo sufrían, por el honor de Dios. Que cada cual juzgue este asunto y las familias que los hijos se supieran legítimos. También rede acuerdo con su criterio. 5. En cuanto a las mujeres, a las que habían dado a luz un crímenes más grandes; del mismo modo, acostarse con la esposa niño Moisés les prohibió entrar en el templo y tocar los sacrifi- del padre y con las tías, hermanas y nueras lo señaló como ejem- cios antes de que pasaran cuarenta días. Si era una niña la ley j plo de abominable vileza. También prohibió que un hombre se acosdecía que la madre no podía entrar hasta el doble de aquel nú- tara con su mujer cuando estaba profanada por su natural purmero de días. Después del lapso señalado, podían entrar a ofrecer gación; y que se juntara con bestias, y que aspirara a acostarse sacrificios, que los sacerdotes consagraban a Dios. 6. Si alguien sospechaba que su esposa era culpable de adulterio culpables de esa conducta insolente ordenó castigarlos con la terio debía llevar una décima de harina de cebada; echaba un puñado a Dios y entregaba el resto a los sacerdotes para su alimento. Uno de los sacerdotes colocaba a la mujer junto a las pureza; porque les prohibió todo lo anterior y no les permitió puertas vueltas hacia el templo, le retiraba el velo de la cabeza, casarse con rameras. También les prohibió casarse con esclavas escribía el nombre de Dios en un pergamino y le ordenaba jurar o con cautivas, y con las que se ganan la vida con el comerque no había ofendido a su marido y que si había violado su cio de engaños o con posadas; y también con mujeres separacastidad que se le desarticulara el muslo derecho, que se le hin- das por cualquier causa de sus maridos. Más aún; consideró chara el vientre y que se muriera en ese estado; pero que si inapropiado para el sumo sacerdote casarse hasta con una viuda, su esposo había sido inducido temerariamente a concebir sus sospechas aunque se lo permitió a los sacerdotes, y sólo lo autorizó a con- pechas por la violencia de su afecto y los celos consiguientes, que traer enlace con una virgen y a retenerla. Tampoco puede el sumo quedara embarazada con un varón en el décimo mes. Hecho este juramento, el sacerdote borraba el nombre de Dios prohibe acercarse a sus hermanos o padres o hijos muertos. Los del pergamino, echaba el agua en una redoma, tomaba un poco sacerdotes no deben tener ningún defecto físico.de tierra, si la había en el templo, la echaba en la redoma, y se Ordenó que el sacerdote que adoleciese de alguna mácula obtulo daba todo a la mujer para que lo bebiera. Luego la mujer, viera su parte de alimentos, pero le prohibió subir al altar o si había sido acusada injustamente, concebía un varón y lo generaba en su viente Pero si había violado la fe de su matrimonio varan pureza en sus sagrados ministerios sino también en su con y jurado en falso ante Dios, moría de reprochable manera; se leversación diaria, la que debía ser intachable. Por eso los quecaía el muslo y la hidropesía le hinchaba el vientre. Estas son las ceremonias de los sacrificios y las purificaciones nentes por su pureza y sobriedad. No se les permite beber vino correspondientes, que Moisés suministró a sus compatriotas. Y mientras lleven la ropa. Además deben ofrecer sacrificios sanos, también les prescribió las siguientes leyes. CAPITULO XII Diversas leyes 1. En cuanto al adulterio, Moisés lo prohibió completamente, estimando cosa feliz que los hombres fueran prudentes en los asuntos del matrimonio, y que era provechoso para las ciudades y las familias que los hijos se supieran legítimos. También re- pudió el incesto de los hombres con sus madres como uno de los crímenes más grandes; del mismo modo, acostarse con la esposa del padre y con las tías, hermanas y nueras lo señaló como ejem. plo de abominable vileza. También prohibió que un hombre se acostara con su mujer cuando estaba profanada por su natural purgación; y que se juntara con bestias, y que aspirara a acostarse con hombres, todo lo cual era perseguir placeres ilegítimos. A los culpables de esa conducta insolente ordenó castigarlos con la muerte. 2. En cuanto a los sacerdotes, les prescribió doble grado de pureza; porque les prohibió todo lo anterior y no les permitió casarse con rameras. También les prohibió casarse con esclavas o con cautivas, y con las que se ganan la vida con el comercio de engaños o con posadas; y también con mujeres separadas por cualquier causa de sus maridos. Más aún; consideró inapropiado para el sumo sacerdote casarse hasta con una viuda, aunque se lo permitió a los sacerdotes, y sólo lo autorizó a contraer enlace con una virgen y a retenerla. Tampoco puede el sumo sacerdote acercarse a un muerto, aunque a los demás no se les prohibe acercarse a sus hermanos o padres o hijos muertos. Los sacerdotes no deben tener ningún defecto físico. Ordenó que el sacerdote que adoleciese de alguna mácula obtuviera su parte de alimentos, pero le prohibió subir al altar o entrar en la casa santa. También les ordenó que no sólo observaran pureza en sus sagrados ministerios sino también en su conversación diaria, la que debía ser intachable. Por eso los que visten los ropajes sacerdotales son hombres sin mancha y eminentes por su pureza y sobriedad. No se les permite beber vino mientras lleven la ropa. Además deben ofrecer sacrificios sanos, que no tengan ningún defecto. 3. Moisés les dió todos esos preceptos, que fueron observados mientras vivió. Pero aunque vivió en el desierto proveyó no obs- tante la manera de que observaran las mismas leyes cuando hu- biesen tomado la tierra de Canaán. Dispuso entonces que cada siete años, la tierra descansara y no fuera arada ni sembrada, lo mismo que había prescrito a los hombres que descansaran del trabajo cada siete días. Y ordenó que en esa oportunidad lo que crezca espontáneamente en la tierra perteneciera en común a todos los que quisieran emplearlo, sin hacer distinción entre compatriotas y extranjeros, y que hicieran lo mismo después de un lapso de siete veces siete años, o sea en un total de cincuenta años. El quincuagésimo año es llamado por los hebreos el jubileo, y en él los deudores quedan libres de sus deudas, y recobran la libertad los esclavos que se convirtieron en tales, aunque eran del mismo linaje, como castigo por haber transgredido alguna de las leyes cuya pena no era la capital. Ese año se restituye asi- mismo la tierra a sus anteriores poseedores, de la siguiente ma- nera: cuando llega al jubileo, palabra que significa libertad, el que vendió la tierra y el que la compró se reúnen y calculan, por una parte, los frutos recogidos, y por la otra los gastos invertidos. Si los frutos recogidos superan a los gastos, el que la vendió recupera la tierra; pero si los gastos resultan ser mayores que los frutos, el poseedor actual recibe del anterior dueño la diferencia faltante, y le deja la tierra. Si el fruto recibido resulta igual a los gastos el actual poseedor la cede a su anterior propietario. Moisés quería aplicar la misma ley a las casas que eran ven- didas en las aldeas; pero hizo una ley diferente para las que eran vendidas en una ciudad. Porque si el vendedor conservaba el dinero del comprador dentro del año, estaba obligado a devol- verlo; pero si transcurría un año entero, el comprador gozaba de lo que había comprado. Esa fué la formación de las leyes que Moisés aprendió de Dios, cuando tenían el campamento al pie del monte Sinaí, y las entregó por escrito a los hebreos. 4. Cuando el establecimiento de las leyes parecía haber que- dado concluido, Moisés consideró oportuno pasar revista al ejér- cito, pensando que era conveniente arreglar los asuntos de la guerra. Encargó a los jefes de las tribus, exceptuando la tribu de Leví, que registraran el número exacto de los que eran aptos para ir a la guerra; los levitas eran santos y libres de todas esas cargas. Después de numerar a la gente, se halló que había seis- cientos mil en condiciones de guerrear, de veinte a cincuenta años de edad, aparte de otros tres mil seiscientos cincuenta. En lugar de Leví Moisés incluyó a Manasés, hijo de José, entre los jefes de tribus, y a Efraím en lugar de José. Había sido, como conté anteriormente, un pedido hecho por Jacob a José, de que le diera sus hijos para adoptarlos como propios. 5. Instalado el tabernáculo, lo recibieron en medio del campo, armando sus tiendas tres tribus a cada lado, y abriendo caminos por el centro de esas tiendas. Era como un mercado bien orde- nado; todas las cosas estaban bien arregladas y preparadas para vender. En los puestos había toda clase de artículos; parecía una ciudad que a veces se translada y a veces queda fija. Los sacerdotes ocupaban el primer lugar junto al tabernáculo; venían luego los levitas, cuyos varones de más de treinta días de edad habían sido contados y sumaban veintitrés mil ochocientos ochenta. Durante el tiempo en el que la nube permanecía sobre el tabernáculo, juzgaban conveniente quedarse en el mismo sitio, suponiendo que Dios habitaba allí entre ellos; pero cuando se alejaba, ellos también se desplazaban. 6. Moisés fué además el creador de un modelo de trompeta, que estaba hecha de plata. Su descripción es la siguiente: De lar. go tenía poco menos de un codo. Estaba compuesta de un tubo angosto, algo más delgado que una flauta pero suficientemente ancho como para que pasara el aliento de la boca de un hombre. Terminaba en forma de campana, como las trompetas comunes. Se llamaba en lengua hebrea asosrá. Hicieron dos, una de las cuales se hacía sonar cuando había que reunir a la multitud en congregación. Cuando la primera daba la señal, los jefes de las tribus debían juntarse para cambiar ideas sobre los asuntos de su competencia. Pero cuando daban la señal con las dos, era para llamar a la multitud a que se reuniera. Cuando se transladaba el tabernáculo, se procedía con el si- guiente orden solemne: A la primera alarma de la trompeta, los que tenían sus tiendas hacia el este se preparaban para el trans- lado; cuando se daba la segunda señal, hacían lo mismo los que estaban del lado sud. En un lugar vecino se desarmaba el taber- náculo y se transportaba entre seis tribus que iban delante y otras seis que seguían detrás, rodeando los levitas al tabernáculo. Cuando sonaba la tercera señal se ponían en movimiento los que tenían sus tiendas hacia el oeste, y a la cuarta señal hacían lo mismo los del norte. También empleaban las trompetas en los oficios sagrados, cuando conducían los sacrificios al altar, tanto el día del sabat como en el descanso de las fiestas. Y entonces fué cuando Moisés ofreció el sacrificio que llama- ron pascua, en el desierto; fué el primero que ofreció después de la salida de Egipto. CAPITULO XIII Moisés parte del monte Sinaí conduciendo al pueblo hasta las fronteras de los cananeos 1. Poco después levantó el campamento alejándose del monte Sinaí; después de pasar por varias etapas, de las que hablaremos luego, llegó a un lugar llamado Esermot, donde la multitud comenzó de nuevo a amotinarse y a culpar a Moisés por lo que había su- frido en los viajes; decían que los había persuadido de que aban- donaran un buen país, el que perdieron, y ahora, en lugar de en contrarse en la situación feliz que les había prometido, vagaban en condiciones miserables y escaseándoles el agua; y si el maná dejara de caer, perecerían todos de hambre. Sin embargo, mientras todos pronunciaban palabras amargas contra aquel hombre, uno de ellos los exhortó a no ser desconsiderados con Moisés y a que no olvidaran las grandes penurias que había pasado en beneficio de ellos; y a que no desesperaran de recibir la asistencia de Dios. La multitud se volvió más indócil aún y más rebelde contra Moisés que antes. Aunque era vilmente injuriado por ellos Moisés los alentó, prometiéndoles que trataría de conseguir una gran cantidad de carne, y no sólo para unos días sino para muchos días. La gente no quiso creerlo y cuando uno de ellos le preguntó de dónde sacaría la abundancia que prometía, Moisés replicó: Ni yo ni Dios, aunque escuchamos frases oprobiosas, deja- remos de trabajar por vosotros; pronto lo veréis. No bien lo dijo todo el campo se llenó de codornices; el pueblo las rodeó y recogió una gran cantidad de ellas. No obstante Dios no tardó en castigar a los hebreos por su insolencia y los repro. ches que les habían lanzado, porque no pocos de ellos murieron. Y hasta hoy en día ese sitio conserva el recuerdo de esa destruc- ción; se llama Cabrotabá, que significa los sepulcros de la concu- piscencia. CAPITULO XIV Moisés envía a varias personas a explorar la tierra de los cananeos, y el tamaño de sus ciudades. Ante el informe de los enviados la multitud cae en la desesperación y resuelve apedrear a Moisés y regresar a Egipto servir a los egipcios. 1. Moisés condujo a los hebreos a un sitio llamado Faranx, próximo a la frontera de los cananeos, y en el que era difícil permanecer. Al llegar allí congregó a la multitud y colocándose en medio de ellos, dijo: -De una de las dos cosas que Dios determinó concedernos, la libertad y la posesión de un país feliz, ya sois poseedores, por la gracia de Dios; la otra pronto la obtendréis. Porque hemos acampado cerca de las fronteras de Canaán, y nada podrá impedirnos su adquisición cuando finalmente caigamos sobre ella; ningún rey y ninguna ciudad, y ni siquiera la humanidad en- tera si se uniera para eso. Pongamos, pues, manos a la obra, porque los cananeos no nos entregarán su tierra sin pelear, y tendremos que arrancársela con grandes luchas guerreras. En- viemos espías para observar las cosas buenas de la tierra y la fuerza que poseen. Pero sobre todo unamos los pensamientos y honremos a Dios que por sobre todas las cosas es nuestra ayuda y asistencia. 2. Dicho esto por Moisés, la multitud lo recompensó con se- ñales de acatamiento; eligieron doce espías entre los hombres más eminentes, uno de cada tribu, que atravesando todo el país de Canaán, desde las fronteras con Egipto, llegaron a la ciudad de Amaté y hasta el monte Líbano. Habiendo averiguado la naturaleza del país y de sus habitantes, volvieron después de los cuarenta días que invirtieron en la operación. Trajeron consigo los frutos que producía la tierra, cuya excelencia destacaron, e informaron la gran cantidad de cosas buenas que producía el país y que dieron motivo para que la multitud se enardeciera y deseara ir a la guerra. Pero luego los aterrorizaron de nuevo al referirse a las gran- des dificultades que ofrecería la conquista, y al decirles que los ríos eran tan grandes y profundos que no podían ser atrave- sados, que las colinas eran tan altas que no se podía viajar por ellas y que las ciudades estaban protegidas por murallas y for- tificaciones. También dijeron que habían encontrado en Hebrón a los descendientes de los gigantes. Cuando los espías enviados a observar la tierra de Canaán advirtieron que todas esas dificul- tades eran mayores que todas las que habían hallado desde su salida de Egipto, asustaron a la multitud. 3. Por las informaciones recibidas supusieron que sería impo- sible tomar posesión del país. La congregación se disolvió pero los hombres, con sus mujeres y niños, siguieron lamentándose, como si Dios realmente no los asistiese y les diera solamente pro- mesas. Volvieron a culpar a Moisés y levantaron una grita con- tra él y su hermano Aarón, el sumo sacerdote. Pasaron aquella noche muy mal, lanzándoles invectivas, y a la mañana siguiente se congregaron apresuradamente con el propósito de apedrear a Moisés y Aarón y retornar a Egipto. 4. Entre los espías se hallaban Josué hijo de Nun, de la tribu de Efraím, y Caleb, de la tribu de Judá, quienes, temiendo las consecuencias, penetraron en medio de la multitud y la acallaron incitándolos a que tuvieran valor, y a que no condenaran a Dios, acusándolo de haberles mentido, ni prestaran oídos a aquellos que los habían amedrentado diciendo lo que no era cierto acerca de los cananeos, y escucharan en cambio a aquellos que los animaban instándolos a tener esperanzas en el buen éxito. Dijeron que podrían tomar posesión de la felicidad prometida, porque ni la altura de las montañas, ni la profundidad de los ríos impedirían que lo intentaran los hombres de verdadero valor, sobre todo cuando Dios se ocuparía de antemano de cuidarlos y asistirlos. -Vamos, pues -dijeron-, a atacar al enemigo, sin pensar en derrotas, confiando en la conducción de Dios y siguiendo a nuestros jefes. Con estas exhortaciones los dos hombres lograron apaciguar la ira de la multitud. Moisés y Aarón cayeron a tierra y rogaron a Dios, no por ellos, sino que pusiera término a lo que el pueblo hacía imprudentemente y le aquietara las ideas desordenadas por su actual apasionamiento. También esta vez apareció la nube y se mantuvo por encima del tabernáculo, expresando que estaba con ellos la presencia de Dios. CAPITULO XV Moisés queda disgustado y predice que continuarán en el desierto cuarenta años, durante los cuales no volverán a Egipto ni tomarán posesión de Canaán. 1. Moisés se acercó animosamente a la multitud y le informó que Dios, sacudido por sus injurias, la castigaría, no con la pena qúe merecían sus pecados sino con la que aplican los padres a sus hijos para corregirlos. Cuando estaba, dijo, en el tabernáculo, llorando por la destrucción que caería sobre ellos, Dios le recordó lo que había hecho por ellos y los beneficios que de él habían recibido, y que sin embargo habían sido tan ingratos con él; que habían sido inducidos por el miedo de los espías a pensar que sus palabras eran más veraces que la promesa divina. Por eso, aunque no los destruiría por completo a todos, ni exterminaría enteramente a la nación, a la que por cierto había honrado más que a cualquier otra parte de la humanidad, no les permitiría tomar posesión de la tierra de Canaán, ni gozar de su felicidad, y los haría en cambio errar en el desierto, viviendo sin habitación fija y sin ciudad, durante cuarenta años, como castigo por su trasgresión. "Pero como había prometido dar el país a nuestros hijos, los haría poseedores a ellos de esas cosas buenas de que vosotros mismos os habéis despojado debido a vuestras inconte- nidas pasiones." 2. Después de haberles hablado Moisés de ese modo, siguiendo las indicaciones de Dios, la multitud cayó en gran aflicción; rogaron a Moisés que tratara de reconciliarlos con Dios y que no los dejara seguir errando en el desierto, concediéndoles ciudades. Moisés respondió que Dios no accedería a la tentativa, porque su determinación no había sido tomada con ligereza, como hacen los hombres, y era en cambio una decisión bien meditada. No dejaremos de creer que Moisés, que era un solo hombre, apaciguó a tantos millares de personas iracundas, y las convirtió en gente de carácter suave; es que Dios estaba con él, y le pre- paró el camino para que pudiera persuadir a la multitud. Como muchas veces habían sido desobedientes, ahora comprendían que esa desobediencia no era conveniente para ellos, y que ahora por esa causa sufrirían calamidades. 3. Pero ese hombre fué admirable por su virtud, y fuerte para hacer que los hombres dieran crédito a lo que les decía, no sola- mente durante su vida, pero ni aun ahora hay un solo hebreo que no se comporte como si Moisés estuviera presente y pronto para castigarlo si comete un acto incorrecto, violando las leyes que ordenó, aunque pudiera disimular sus trasgresiones. Hay muchas otras pruebas de que su poder era más que humano, porque hubo quienes llegaron de allende el Eufrates, lo que es una jornada de cuatro meses, para venerar nuestro Templo; no obstante, y a pesar de sus ofrendas, no pudieron participar de sus propios sacrificios, porque Moisés lo prohibió, porque no pertenecían a nuestras leyes ni estaban en relación con nosotros por las costumbres de nuestros antepasados. Algunos de ellos no ofrecieron sacrificios, otros dejaron sus sacrificios en imperfectas condiciones, muchos ni siquiera pu- dieron entrar en el Templo, y se volvieron como vinieron, prefi- riendo la sumisión a las leyes de Moisés antes que la satisfacción de sus propias inclinaciones; y no porque tuvieran temor de que alguien los condenara, sino temiendo únicamente a su propia conciencia. Es así que esa legislación, que aparece como divina, hizo que este hombre fuera estimado como superior a su propia naturaleza humana. Más aún; un poco antes de esta última guerra, cuando Claudio era emperador de los romanos e Ismael nuestro sumo sacerdote, y cuando un hambre muy grande nos había asaltado, hasta el punto que una décima se vendía por cuatro dracmas; y cuando no menos de setenta coros de harina fueron llevados al Templo en la fiesta del pan ácimo (o sea treinta y un medimnos sicilianos o cuarenta y uno atenienses), ninguno de los sacerdotes comió ni una migaja aunque el país sufría una desgracia tan grande. Fué por temor a la ley, y por esa cólera que Dios conserva contra los actos de perversidad, aun cuando nadie pueda acusar a los actores. Por eso no debe asombrarnos lo que entonces se hizo, ya que hasta el día de hoy los escritos que dejó Moisés tienen tanta fuer- za, que aun hasta los que nos odian confiesan que fué Dios el que estableció esa reglamentación, y que fué por medio de Moisés y su virtud. Pero estas cosas que cada cual las tome como mejor le parezca. LIBRO IV Abarca un lapso de treinta y ocho años CAPITULO I La lucha de los hebreos con los cananeos, sin el consenti miento de Moisés, y su derrota. 1. La vida de los hebreos en el desierto fué tan ingrata y pe- nosa y tanto los inquietaba que, aunque Dios les había prohibido enredarse con los cananeos, no pudieron ser convencidos de que obedecieran las palabras de Moisés y permanecieran tranquilos. Creyendo que podrían derrotar al enemigo, aun sin su aproba- ción, lo acusaron de mantenerlos de propósito en situación an- gustiosa para que tuvieran que recurrir constantemente a su ayuda. Resolvieron, por lo tanto, pelear con los cananeos, dicien- do que Dios les daría su asistencia no por la intercesión de Moisés sino porque había tomado a su cargo el cuidado de toda la nación en atención a sus antepasados cuyos asuntos había to- mado bajo su dirección y que si antes les había dado la libertad por sus virtudes, ahora los ayudaría cuando habían decidido lu- char por ella. Dijeron también que tenían por sí mismos suficientes condiciones para conquistar al enemigo, aunque Moisés tuviera el propósito de alejar a Dios de ellos; que de todos modos era conveniente para ellos dirigir sus propios destinos, y no regocijarse por su liberación de los sufrimientos que habían padecido con los egipcios para soportar la tiranía de Moisés y ser engañados, y vivir de acuerdo con sus deseos, como si Dios hubiese profetizado lo que a nosotros respecta por ser amable con él, como si no fueran ellos la posteridad de Abram, a quien Dios hizo el único autor de todo lo que sabemos y de quien aún debemos continuar aprendiendo. Sería una medida prudente oponerse a sus arrogantes preten- siones, depositar la confianza en Dios, resolver tomar posesión de la tierra prometida y no prestar oídos a quien, con la pretensión de la divina autoridad, les había prohibido hacerlo. Considerando el estado de zozobra en que se hallaban, y de que en aquellos sitios desiertos sólo podía empeorar su situación, resolvieron combatir con los cananeos, sometiéndose sólo a Dios, su comandante supremo, y sin esperar la ayuda de su legislador. 2. Tomada esta resolución, que consideraron la mejor, avanzaron contra el enemigo. Pero éste no se desanimó ni por el ataque ni por la gran multitud que lo realizaba, y los recibieron valerosamente. Muchos hebreos fueron muertos, y el resto del ejército, después del desorden en que cayeron las tropas, fué perseguido y huyó de manera vergonzosa a su campamento. La inesperada desgracia los desalentó, y ya no esperaron nada bueno de su acción, porque el desastre les había venido por la ira de Dios ante su conducta de ir imprudentemente a la guerra sin su aprobación. 3. Cuando Moisés vió la profunda aflicción en que habían caído a causa de la derrota, y temiendo que el enemigo se sintiera animado por la victoria y tentado a buscar una gloria mayor aún y los atacara, resolvió que convenía retirar el ejército hasta el desierto, a mayor distancia de los cananeos. La multitud se entregó de nuevo a su conducción porque comprendió que sin su guía sus asuntos no marcharían bien. Moisés hizo desplazar al ejército internándose más en el desierto, para dejarlo descansar allí y no permitirle combatir de nuevo a los cananeos antes de que Dios les diera una oportunidad más favorable. CAPITULO II La sedición de Coré y de la multitud, contra Moisés y su hermano, con motivo del sacerdocio 1. Ocurrió con los judíos lo que suele suceder con los grandes ejércitos, y sobre todo en casos de mal éxito: son difíciles de com- placer y de gobernar. Eran seiscientos mil, y no se sometían fá- cilmente a sus gobernantes, ni aun en caso de prosperidad; debido a la aflicción que sufrían y a las calamidades que soportaban, se mostraron más furiosos que de costumbre, entre ellos y contra su jefe. Fueron presa de una sedición de la que no hay ejemplo ni entre los griegos ni entre los bárbaros y que los ponía en peligro de ser destruídos completamente. Fueron, no obstante, salvados por Moisés, que no quiso acor- darse de que casi fué apedreado por ellos. Tampoco dejó Dios de evitar su ruina; a pesar de las injurias que habían inferido a su legislador y a las leyes, y a la desobediencia de los mandamientos que les había enviado por medio de Moisés, los libró de terribles calamidades que, sin su cuidado providencial, les había acarreado la sedición. Explicaré primero la causa por la que surgió la sedición y luego relataré la sedición misma, así como las ordenanzas de gobierno que dictó Moisés cuando hubo terminado. 2. Coré, un hebreo de importancia, tanto por su familia como por sus riquezas, y que también sabía hablar muy bien y persua- dir al pueblo con sus discursos, vió que Moisés revestía una dig- nidad excesivamente grande. Disgustado por eso y envidioso (era de la misma tribu de Moisés y pariente de él), se sintió particu- larmente ofendido porque pensó que a él le correspondía con más derecho aquel puesto de honor, por las grandes riquezas que poseía y porque no era inferior a Moisés por su nacimiento. Levantó por lo tanto una grita contra él entre los levitas, que eran de la misma tribu, y especialmente entre sus parientes, diciendo que era una cosa triste que tuvieran que tolerar a Moisés mientras éste trazaba y recorría el camino de su propia gloria, que obtenía con malas artes y con la pretensión de recibir órdenes de Dios. Contrariando las leyes había dado el sacerdocio a Aarón, no por el voto general de la multitud sino por su propio sufragio, adjudicando dignidades de manera tiránica a quien él quería. Añadió que ese modo disimulado de imponerse sobre ellos era más difícil de soportar que si lo hubiese hecho abiertamente, por la fuerza porque no sólo se había apoderado de su poder sin el consentimiento de la multitud sino también cuando estaban desprevenidos e ignorando sus planes contra ellos. Porque el que tiene conciencia de que merece alguna dignidad, trata de conseguirla por la persuasión, y no por arrogantes métodos de violencia. Los que creen imposible obtener esos honores con justicia, aparentan bondad y fingen que no hacen uso de la fuerza, y se vuelven perversamente poderosos valiéndose de recursos taimados. Corresponde a la multitud castigar a esos hombres, aunque disimulen sus designios, y no permitirles que se hagan fuertes antes de proclamarse abiertamente enemigos. -¿Por qué razón -añadió-, acordó Moisés el sacerdocio a Aarón y sus hijos? Si Dios determinó conceder ese honor a un hombre de la tribu de Leví, yo soy más digno de obtenerlo que él, siendo igual a Moisés por mi familia, y superior a él en riquezas y en edad. Y si Dios acordó concederlo a la tribu mayor, le corres- pondería con más justicia a la tribu de Rubén; y lo recibirían Datán, Abiram y Falaes, porque son los más ancianos de la tribu, y poderosos además por sus grandes riquezas. 3. Diciendo esto Coré se proponía aparecer como interesado en el bienestar público, pero en realidad trataba de que la multitud le transfiriera a él esa dignidad. Con propósitos malignos pero con palabras plausibless habló a los de su tribu; sus palabras llegaron luego gradualmente hasta un número mayor de personas y luego todo el ejército las repitió con los agregados que cada cual añadía a los escándalos arrojados contra Aarón. Los que conspiraban con Coré, en número de doscientos cin- cuenta, eran hombres principales que estaban ansiosos de quitar al hermano de Moisés al sacerdocio y hacerlo caer en desgracia. La multitud fué inducida a la rebelión y trató de apedrear a Moisés, reuniéndose en asamblea, en confusión y desorden. Tu- multuosamente alzaron una grita frente al tabernáculo de Dios, pidiendo procesar al tirano y librar al pueblo de la esclavitud a la que, con el pretexto de que eran mandamientos divinos, los sometía con órdenes violentas. Porque si hubiese sido Dios el que eligiese un hombre para cumplir las funciones de sacerdote, habría elevado a esa dignidad a alguna persona merecedora, y no a uno que era inferior a muchos otros; si hubiese juzgado conveniente designar a Aarón, le habría permitido a la multitud que lo hiciera, y no habría dejado esa tarea a cargo de su propio hermano. 4. Aunque Moisés había visto de antemano las calumnias de Coré y advertido que el pueblo estaba irritado, no obstante no se asustó; animosamente, sabiendo que lo había aconsejado bien en sus asuntos, y que su hermano había sido nombrado para compartir el sacerdocio por orden de Dios y no como un favor personal de él, se dirigió a la asamblea y sin decir nada a la multitud habló con la voz más alta que pudo, dirigiéndose a Coré. Como era muy hábil para hacer discursos, y poseía, entre otros, el talento natural de conmover a la multitud con sus arengas, dijo: -Tú, Coré, y los que están contigo -y señaló a los doscientos cincuenta hombres-, parecéis dignos de ese honor; yo creo que todos los hombres del pueblo son merecedores de esa dignidad, aunque no sean tan ricos o tan grandes como vosotros. No he dado el oficio a mi hermano porque sea superior a otros en riquezas, ya que tú nos superas a ambos en la grandeza de tu opulencia; ni tampoco porque sea de familia eminente, ya que Dios, al darnos un antepasado común, hizo iguales a nuestras familias. Tampoco fué por afecto fraternal, como otro pudiera ha- ber hecho con justicia; porque si no hubiese acordado ese honor por consideración a Dios y sus leyes, por cierto que no me habría pasado por alto yo mismo, dándoselo a otro, ya que soy un pa- riente más próximo de mí mismo que de mi hermano y teniendo más intimidad conmigo mismo que con él; no habría sido prudente por mi parte exponerme a los peligros de ofender concediendo el feliz empleo a otro. Pero yo estoy por encima de esas bajas prácticas. Dios no lo hubiera consentido, viéndose de ese modo despreciado, ni hubiera permitido que vosotros ignorarais lo que debíais hacer para complacerlo; hubiera elegido él mismo a quien debiera cumplir el sagrado ministerio, librándoos a vosotros de ese cuidado. No fué algo que yo pretenda dar si no es de acuerdo con la determinación de Dios. "Propongo por lo tanto que sea disputado por los que desean obtenerlo, pidiendo solamente que se permita ofrecerse como candidato al que ha sido preferido y lo obtuvo hasta ahora. Prefiero vuestra tranquilidad y que lleguéis sin sedición al honorable cargo, aunque en verdad él lo haya obtenido con vuestra aprobación; porque si bien Dios fué el dador, no ofendemos cuando pensamos que lo aceptamos con su visto bueno; y sería impiedad no tomar el honorable empleo cuando lo ofrece. Al contrario; sería muy irrazonable rehusarlo cuando Dios considera conveniente que alguien lo retenga por todos los tiempos y se lo entrega seguro y firme. "Pero dejemos que él mismo juzgue de nuevo quién quiere que le ofrezca sacrificios y tenga la dirección de las cosas de la religión. Porque es absurdo que Coré, que ambiciona ese honor, prive a Dios del poder de otorgarlo a quien quiera. Suspended, por lo tanto, la sedición y los disturbios y que mañana por la mañana todos los que deseen el sacerdocio traigan un incensario y vengan aquí con incienso y fuego. Deja, Coré, la decisión a Dios, y aguarda a ver de qué lado se inclinará, pero no trates de ser más grande que Dios. Ven tú también, para que esta competencia por el cargo reciba su determinación. Y supongo que podemos admitir que Aarón se ofrezca en la elección, ya que es del mismo linaje que tú, y no hizo nada en su sacerdocio que pueda hacerlo excluir. "Venid, por lo tanto todos juntos, y ofreced el incienso ante el pueblo; y cuando lo ofrezcáis, aquel cuyo sacrificio acepte Dios será ordenado para el sacerdocio y estará libre de las actuales calumnias formuladas contra Aarón, de que obtuvo el favor por ser mi hermano." CAPITULO III Los sediciosos son destruídos por la voluntad de Dios. Aarón, el hermano de Moisés, retiene el sacerdocio 1. Después de estas palabras de Moisés la multitud abandonó la conducta turbulenta a que se había entregado y las sospechas contra Moisés y comentó lo que había dicho, porque la propuesta era buena y el pueblo así lo consideró. Con tal motivo disolvieron la asamblea. Pero al día siguiente se congregaron para presenciar el sacrificio y la determinación que se haría entre los candidatos al sacerdocio. La reunión resultó turbulenta; toda la multitud esperaba con gran expectación lo que habría de suceder. A algunos les hubiera agradado que Moisés fuese condenado por malas prácticas, pero los más inteligentes deseaban librarse cuanto antes del desorden y la perturbación, porque temían que si la sedición continuaba se destruiría el orden de la organización del campamento. Pero el grueso del pueblo se complacía en gritar contra sus gobernantes, y cambiando entre sí opiniones sobre las arengas de los oradores alteraban la tranquilidad pública. Moisés envió mensajeros a buscar a Abiram y Datán, ordenándoles que acudieran a la asamblea y aguardaran los oficios sagrados que se llevarían a cabo. Respondieron al mensajero que no obedecerían la orden, y que no tolerarían la conducta de Moisés, que se estaba volviendo demasiado grande para ellos merced a sus malas prácticas. Al conocer su respuesta, Moisés dispuso que los jefes del pueblo lo siguieran y se dirigieron a la facción de Datán, sin pensar en temer nada al dirigirse hacia esa gente insolente. No hicieron oposición y fueron con él. Pero Datán y sus asociados, cuando supieron que Moisés y los principales del pueblo se dirigían hacia ellos, salieron con sus es- posas e hijos y se quedaron delante de sus tiendas, a la espera de lo que Moisés haría. Se hicieron rodear por los sirvientes para que los defendieran en el caso de que Moisés usara la fuerza contra ellos. 2. Moisés se aproximó, alzó los brazos al cielo y dijo con voz bien alta para que lo oyera la multitud: -¡Oh, señor de todos los seres que están en el cielo, en la tierra y en el mar! Tú eres el más auténtico testigo de lo que hice, y de que todo fué hecho por tu orden; tú que fuiste quien nos dió asistencia cuando intentábamos cualquier cosa y que te mostraste misericordioso con los hebreos en todas sus angustias, acércate y escucha lo que digo, ya que nada, ni acción ni pensamiento escapa a tu conocimiento, y no desdeñes decir la verdad para vindicarme, sin considerar las ingratas imputaciones de estos hombres. Lo que ocurrió antes de que yo naciera tú bien lo sabes, no por referencias sino por haberlo visto y presenciado; en cuanto a lo que se hizo últimamente, y de lo que estos hombres, aunque lo conocen perfectamente, pretenden sospechar, te pongo a ti de testigo. Viviendo una vida privada tranquila, abandoné todas las cosas buenas de que por mi diligencia, y por tu consejo, gozaba con mi suegro Ragüel, y me entregué a este pueblo y soporté numerosas penurias por él. Pasé al principio por muchos trabajos, para obtener su libertad, y ahora para preservarlos. Y siempre me mostré dispuesto a ayudarlos en todas sus desgracias. "Ahora, sospechado por esos mismos hombres que deben su ser a mi actividad, ven tú, como es razonable esperarlo de ti, tú, que te mostraste primeramente en el monte Sinaí, y me hiciste oír tu voz, y ver los distintos milagros que ese sitio me deparó; tú que me mandaste ir a Egipto a declarar tu voluntad a este pueblo; tú, que perturbaste la situación feliz de los egipcios y nos diste oportunidad de huir de nuestra esclavitud e hiciste el dominio del faraón inferior a mi dominio; tú que hiciste del mar tierra seca para nosotros, cuando no sabíamos hacia dónde encaminarnos, y anonadaste a los egipcios con esas olas destructivas que se habían separado para nosotros; tú que nos otorgaste la seguridad de las armas cuando estábamos desnudos; tú, que hiciste que de las fuentes corrompidas brotase agua apropiada para beber, y nos suministraste agua que venía de las rocas cuando más falta nos hacía; tú que nos salvaste la vida con lo que era alimento del mar, cuando nos faltaron los frutos de la tierra; tú que nos mandaste un alimento del cielo que nunca se había visto anteriormente; tú que nos sugeriste el conocimiento de tus leyes y nos señalaste la forma de gobierno; ven tú, ¡oh, señor de todo el mundo!, y como juez y testigo que no puede ser sobornado, revela que nunca acepté de ningún hebreo ninguna donación contraria a la justicia, nunca condené a un pobre que debía ser absuelto, para favorecer a un rico, y nunca traté de dañar a la comunidad. Ahora me acusan de lo que está más lejos de mis intenciones, de haber dado el sacerdocio a Aarón no por tu orden sino por favorecerlo; demuestra ahora que todas las cosas son administradas por tu providencia, y que nada sucede por casualidad, sino que todo es gobernado por tu voluntad y logra de ese modo su fin; demuestra asimismo que tú proteges a los que hacen bien a los hebreos; demuéstralo con el castigo de Abiram y Datán, que te condenan como un ser insensible y dominado por mis ideas. "Lo harás infligiendo un castigo a estos hombres, que tan im- prudentemente atacan tu gloria, castigo que los retire del mundo, no de manera ordinaria sino de tal modo que sea visible que no murieron como todos. Que se abra la tierra que pisan y los consuma con sus familias y sus bienes. Lo cual será demostración de tu poder para todos los hombres; y el método de su sufrimiento será un ejemplo para enseñar prudencia a los que abrigan sentimientos profanos hacia ti. Y será la prueba de que soy un fiel intérprete de tus preceptos. Pero si las calumnias que han lanzado contra mí son verdades, evita a estos hombres todo accidente y haz caer sobre mí la destrucción que imprequé contra ellos. "Después que hayas infligido el castigo a los que procuraron tratar injustamente con el pueblo, otorga a éste concordia y paz. Salva a esta multitud que sigue tus mandamientos y líbralos de daños, y no permitas que compartan el castigo de los que han pe- cado. Como tú sabes, no es justo que por la perversidad de esos hombres sufra castigo toda la corporación de los israelitas." 3. Después que Moisés dijera estas palabras, con lágrimas en los ojos, estremecióse de pronto la tierra, ocasionando una agitación semejante a la que produce el viento en las olas del mar. El pueblo se asustó. La tierra se hundió debajo de las tiendas arrastrando consigo todo lo que estimaban los sediciosos, que así perecieron tan enteramente que no quedaron ni huellas de que hubiese habido hombres en aquel sitio. La tierra se abrió debajo de ellos volviendo a cerrarse y quedando entera como antes, tanto que nadie que la vió después notó que hubiese pasado allí un accidente como el que había ocurrido. Así murieron esos hombres, siendo su muerte una demostración del poder de Dios. Realmente cualquiera lo lamentaría, no sólo por la calamidad que les había caído y que merece nuestra conmiseración, sino también porque sus parientes quedaron complacidos por su desgracia. Porque olvidaron el parentesco que los unía y ante el triste accidente aprobaron la sentencia que había recaído sobre ellos; y como consideraron a la gente que rodeaba a Datán como hombres pestilentes, juzgaron que habían muerto como tales y no sintieron pesar por ellos. 4. Moisés llamó a los que competían por el sacerdocio para realizar una prueba que determinaría quién sería sacerdote; aquel cuyo sacrificio sería más grato a Dios sería ordenado para el oficio. Asistieron doscientos cincuenta hombres, que fueron realmente honrados por el pueblo, no solamente por el poder de sus antepasados sino también por ellos mismos en lo que superaban a los demás. También Aarón y Coré se adelantaron y todos ellos ofrecieron incienso ante el tabernáculo, en los incensarios que habían llevado consigo. Inmediatamente se produjo una llamarada tan grande que nadie había visto jamás nada igual, ni hecho por la mano del hombre, ni en las erupciones de la tierra causadas por fuegos subterráneos, ni en los incendios que estallan espontáneamente en los bosques, cuando se agitan los árboles rozándose unos con otros; era un fuego brillantísimo, de llama terrible, como los que arden por orden de Dios. Envuelta por la erupción toda la compañía, in- cluso Coré, fueron destruídos, tan completamente que no quedaron restos de sus cuerpos. El único que se salvó fué Aarón, que ni siquiera fué dañado por el fuego, porque Dios había enviado el fuego para quemar únicamente a los' que debían ser quemados. Después de la destrucción de aquellos hombres, Moisés quiso que el recuerdo de la sentencia fuera transmitido a la posteridad, para que la conocieran las generaciones futuras. Ordenó a Eleazar, el hijo de Aarón, que pusiera sus incensarios junto al altar de bronce, para que fueran un recuerdo para la posteridad de lo que sufrieron aquellos hombres, por suponer que se podía eludir el poder de Dios. Y Aarón ya no fué considerado como que desempeñaba el sacerdocio por el favor de Moisés, sino por el juicio público de Dios. Y él y sus hijos gozaron pacíficamente ese honor. CAPITULO IV La permanencia de los hebreos en el desierto durante trein ta y ocho años 1. No obstante la sedición, lejos de cesar después de esa des- trucción, se hizo más fuerte volviéndose cada vez más intolerable. El motivo de su empeoramiento fué de tal naturaleza que parecía que la calamidad no terminaría nunca, que duraría mucho tiempo. Creyendo los hombres que nada sucedía sin la providencia de Dios, dieron en pensar que aquellas cosas sólo habían ocurrido por el favor de Dios hacia Moisés; y le echaron la culpa de que Dios estuviera tan enojado y afirmaron que aquello había sucedido no tanto por la perversidad de los que fueron castigados como porque Moisés se empeñó en que lo fueran; y de que aquellos hombres habían sido destruídos sin haber pecado, y sólo porque habían sido celosos del culto divino, y también de que aquel que había sido causa de que el número del pueblo disminuyese, con la destrucción de tantos hombres, y de los mejores de todos, además de haber escapado a todo castigo había dado ahora el sacerdocio a su hermano con tanta firmeza que ya nadie podía disputárselo. Porque indudablemente ya nadie podría aspirar a ocuparlo, después de haber visto perecer miserablemente a los primeros que lo intentaron. Además, los parientes de los que fueron destruídos instaron empeñosamente a la multitud a abatir la arrogancia de Moisés, aduciendo que sería mejor para todos si lo hacían. 2. Enterado del tumulto que promovía la multitud, Moisés, te. meroso de que intentaran alguna otra innovación, cuya consecuencia podría ser alguna terrible y lamentable calamidad, convocó a congregación a la multitud y escuchó pacientemente los alegatos que formulaban, sin refutarlos para no excitar a la multitud. Sólo pidió a los jefes de las tribus que trajeran sus 1 Según la Biblia era el nombre de Aarón, y no el de la tribu, el que había grabado en la vara (Números, XVII, 3). 2 La Biblia dice solamente que los nazarenos se rapaban y arrojaban los cabellos al fuego (Números, VI, 18). Moisés depositó las varas en el tabernáculo de Dios. varas, con los nombres de las tribus inscriptos en ellas, y anunció que correspondería el sacerdocio a la vara en la que Dios dejara una señal. Aceptado este temperamento todos trajeron las varas, incluso Aarón, que puso en la suya el nombre de la tribu de Leví1. Al día siguiente las sacó y fueron reconocidas por los que las habían traído, así como por la multitud. Vieron que todas las demás varas estaban tal como Moisés las había recibido, pero en la de Aarón habían brotado pimpollos, ramas y frutos maduros de almendras, porque la vara era de un árbol de almendro. El pueblo quedó tan asombrado ante aquel espectáculo extraordinario, que aunque sentía hacia Moisés y Aarón cierto grado de odio, dejó a un lado esa aversión y comenzó a admirar el juicio de Dios; y todos aplaudieron lo que Dios había decretado y permitieron que Aarón gozara pacíficamente el sacerdocio. De ese modo Dios ordenó a su sacerdote tres veces; y éste retuvo el honor sin posteriores contratiempos. Y esta sedición de los hebreos, que había sido grande y duradera, quedó finalmente solucionada. 3. Como la tribu de Leví había sido exceptuada de la guerra y de las expediciones bélicas y destinada al servicio divino, para que sus miembros no pasaran necesidades y tuvieran que buscarse la vida descuidando el templo, Moisés ordenó a los hebreos, de acuerdo con la voluntad de Dios, que cuando entraran en posesión de la tierra de Canaán asignaran a los levitas cuarenta y ocho ciudades, buenas y limpias, y les permitieran usufructuar de sus su. burbios hasta el límite de dos mil codos desde las murallas de la ciudad. Mandó, además, que el pueblo pagara a los levitas y a los sacerdotes un diezmo de su producción anual de frutos de la tierra. Esto es lo que la tribu recibe de la multitud; pero creo necesario anotar lo que se paga en total, especialmente a los sacerdotes. 4. Ordenó a los levitas que cedieran a los sacerdotes trece de sus cuarenta y ocho ciudades2, y que les apartaran la décima parte del diezmo que reciben anualmente del pueblo. Dispuso 3 El Pentateuco no menciona esta distribución, que sólo se encuentra en Josué (XXI, 4/20). también que era justo ofrecer a Dios las primicias de toda la producción de la tierra, y que debían dar a los sacerdotes, para que pudieran comerlo con sus familias en la ciudad santa, el primogénito de los cuadrúpedos señalados para los sacrificios, si era macho. Los dueños de los primogénitos no indicados para sacrificios por las leyes de nuestro país, deben entregar en su lugar un siclo y medio; por el primogénito de un hombre, cinco siclos. También les corresponde la primicia de la esquila de las ovejas; y los que cuecen pan de maíz y hacen hogazas deben darles un poco de lo que han hecho. Además los que han hecho un voto sagrado, me refiero a los llamados nazarenos, que se dejan crecer el cabello y no usan vino, cuando consagran el pelo y ofrecen sacrificios, deben donar sus rizos a los sacerdotes32. También los que se dedican a Dios como exvoto, que es lo que los griegos llaman ofrenda, cuando quieren librarse de ese ser- vicio deben dejar dinero para los sacerdotes; treinta siclos las mujeres y cincuenta los hombres. Para los que sean demasiado pobres para abonar esa suma, los sacerdotes podrán determinar la cantidad que les parezca apropiada. Los que matan en su casa animales para un festival privado, no religioso, están obligados a llevar a los sacerdotes el cuajar y la mejilla, y la espalda derecha del sacrificio. Con esto Moisés arbitró la manera de que los sacerdotes estén abundantemente mantenidos, aparte de lo que obtienen de las ofren. das por pecados, que el pueblo les da, como he dicho en el libro anterior. Ordenó, asimismo, que de todo lo que les dan a los sacerdotes participen lo mismo que ellos sus sirvientes, hijas y esposas, exceptuando lo que reciben de los sacrificios ofrecidos por pecados; porque de éstos sólo pueden comer los varones de las familias de los sacerdotes, y únicamente en el templo, y el mismo día que son ofrecidos. 5. Hechas estas reglamentaciones, después de terminada la sedición, Moisés se transladó, con todo el ejército, hasta las fronteras de Idumea. De allí envió embajadores al rey de los idumeos pidiéndole que le diera paso por su país y convino en enviarle los rehenes que quisiera como garantía contra toda ofensa. También le pidió que diera libertad a su ejército para comprar provisiones; y si insistía le pagaría por el agua que beberían. Al rey no le satisfizo la embajada de Moisés; no dió paso al ejército y llevó a su pueblo armado a enfrentar a Moisés y estor. barle su propósito en el caso de que intentara pasar por la fuerza. Moisés consultó por el oráculo a Dios, quien no le ordenó entrar en guerra. Moisés retiró sus fuerzas e hizo un rodeo viajando por el desierto. 6. Fué entonces cuando Miriam, la hermana de Moisés, llegó a su fin, habiendo completado el cuadrgésimo año de su salida de Egipto eI primer día del mes lunar de xántico. Le hicieron un fu- reral público, con grandes gastos. Fué enterrada en cierta mon- taña que se llama Sin. Después de guardar duelo durante treinta días, Moisés purificó al pueblo de la siguiente manera: tomó una vaca que no había sido usada para el arado o para labranza, que estaba sana en todas sus partes y de color totalmente rojo, y la llevó a cierta distancia del campo, a un sitio perfectamente limpio. La vaca fué muerta por el sumo sacerdote quien salpicó la sangre, con los dedos, siete veces frente al tabernáculo` de Dios; luego la vaca fué quemada entera con su piel y sus entrañas, echando en el fuego madera de cedro, hisopo y lana escarlata. Luego un hombre limpio recogió las cenizas y las depositó en un sitio perfectamente limpio. Después, cuando una persona quedaba profanada por un cadáver, echaban un poco de esas cenizas en agua de manantial, con hisopo, y sumergiendo parte de las cenizas la rociaban al tercero y séptimo día, y con eso quedaba limpia. Moisés ordenó que hicieran lo mismo cuando las tribus llegaran a su tierra. 7. Finalizada la purificación descrita, que el conductor realizó por el duelo de su hermana, hizo marchar al ejército por el de- sierto, a través de Arabia. Al llegar a un sitio que los árabes con- sideraban su metrópoli, un lugar rodeado de altas montañas que antes se llamaba Arce y lleva ahora el nombre de Petra, Aarón subió sobre una de las montañas, porque Moisés le había dicho de antemano que moriría, y quedó frente a todo el ejército, por la pendiente de la ladera. Se quitó el ropaje sacerdotal y lo entregó a su hijo Eleazar, a quien pertenecía el sacerdocio por ser el mayor, y falleció mien- tras la multitud lo miraba. Murió el mismo año en el que perdió a su hermana, habiendo vivido en total ciento veintitrés años. Fué el primer día de ese mes lunar que los atenienses llaman hecatombeon, los macedonios lous y los hebreos ab. CAPITULO V Moisés vence a los amorreos Sicón y Og, destruyéndoles todo el ejército, y luego divide la tierra entre dos y media tribus de los hebreos 1. El pueblo guardó duelo por Aarón durante treinta días; ter. minado el duelo, Moisés retiró al ejército de aquel sitio y llegó al río Arno, el que saliendo de las montañas, corre atravesando el desierto y cae en el lago Asfaltites. Constituía el límite entre el país de los moabitas y el de los amorreos. Se trata de una tierra fructífera, suficiente para mantener un gran número de hombres con las cosas buenas que produce. Moisés envió mensajeros a Sicón, rey del país, pidiéndole per- miso para pasar, con las seguridades que quisiera pedirle. Le prometió que no serían ofendidos, ni el país que Sicón gobernaba ni sus habitantes, y que compraría las provisiones a un precio conveniente para el rey, incluyendo, si lo quería, el agua. Sicón rechazó la oferta y puso a su ejército en pie de guerra, preparándose para impedirles el paso por el Arno. 2. Viendo Moisés que el rey amorreo estaba dispuesto a entrar en hostilidades, decidió que no debía tolerar el insulto; y resuelto a arrancar a los hebreos de su temperamento indolente y prevenir los desórdenes resultantes, que habían motivado la anterior sedición (y todavía no estaban del todo apaciguados), preguntó a Dios si le daba permiso para pelear. Acordado el permiso, y habiéndole Dios prometido la victoria, se sintió muy animado y dispuesto a entrar en batalla. Alentó a los soldados, instándolos a que tomaran gusto a la pelea, ahora que Dios les había dado la venia para combatir. Recibida la misión, que ansiaban hacía mucho tiempo, los hombres revistieron los armamentos y pusieron manos a la obra sin demora. El rey de los amorreos no las tuvo todas consigo cuando los hebreos estuvieron listos para el ataque; tuvo miedo, y su ejército, que antes había demostrado mucho valor, se volvió temeroso y no pudo hacer frente a los hebreos ni resistir su primera embestida. Huyeron, creyendo que podrían escapar protegiéndose en sus ciudades, que eran fuertes; pero no sacaron ninguna ventaja hu- yendo hacia ellas, porque no bien los hebreos los vieron ceder te- rreno inmediatamente los siguieron pisándoles los talones. Una vez rotas las filas los aterrorizaron grandemente, desprendiéndose algunos de ellos para correr a las ciudades. Los hebreos los siguieron vivamente persistiendo obstinadamente en la tarea que habían emprendido; y como eran muy hábiles en el manejo de la honda y muy diestros para arrojar flechas, o cualquier otra cosa parecida, y como sólo llevaban armamento ligero, lo que los hacía veloces para la persecución, alcanzaron al enemigo. A los que estaban más lejos y no podían llegar hasta ellos, los alcanzaban con sus hondas o sus arcos, y los mataron en gran número. Los enemigos que escaparon a la matanza quedaron gravemente heridos, y muchos sufrieron más por la sed que por los elementos bélicos; porque era verano y corrieron en desorden al río por el deseo de beber. Allí fueron rodeados por los hebreos, que los atacaron con dardos y flechas e hicieron una matanza. El rey Sicón también fué muerto. Los hebreos despojaron los cadáveres recogiendo el botín. La tierra que tomaron abundaba en frutos, y el ejército la recorrió sin temor, alimentando al ganado y se apoderaron de las ciudades sin que nadie pudiera detenerlos, ya que todos los hombres combatientes habían perecido. Esta fué la destrucción que alcanzó a los amorreos, que no eran sagaces en los designios ni valerosos en la acción. Los hebreos tomaron posesión de su tierra, que es un país situado entre tres ríos y parece una isla. El río Arno es su límite sud, el Jabaco determina el lado norte (este río, al derramarse en el Jordán, pierde su nombre y toma el otro), y el Jordán corre por todo el costado oeste. 3. Cuando las cosas llegaron a este estado, Og, el rey de Galaad y Gaulanitis, cayó sobre los israelitas. Llevó consigo un ejército y acudió apresuradamente en ayuda de su amigo Sicón. Aunque ya lo encontró muerto, decidió no obstante pelear con los hebreos, suponiendo que sería demasiado para ellos y deseando probar su valor. Sus esperanzas fallaron y fué muerto en la batalla y destruido su ejército. Moisés atravesó el río Jabaco e invadió el reino de Og. Derribó las ciudades y mató a todos sus habitantes, que superaban en riquezas a todos los hombres de esa parte del continente, debido a la bondad de la tierra y la abundancia de sus frutos. Muy pocos hombres había iguales a Og, en el tamaño de su cuerpo y la belleza de su aspecto. Era, además, un hombre de gran habilidad, hábil en el uso de sus manos, y sus proezas armonizaban con el enorme tamaño y la hermosa apariencia de su cuerpo. Los hombres pudieron adivinar fácilmente su fuerza y magnitud, cuando tomaron su cama en Rabat, la ciudad real de los amonitas; estaba hecha de hierro y tenía cuatro codos de ancho y un codo más del doble de largo. Su caída no sólo mejoró la situación actual de los hebreos, sino que su muerte fué para ellos motivo de nuevos triunfos, porque tomaron las sesenta ciudades, rodeadas de excelentes murallas, que le estaban sometidas, y cobraron en general y en particular una buena presa. CAPITULO VI El profeta Balaam y la apostasía de Zambrías 1. Moisés condujo su ejército al Jordán e instaló el campamento en la gran planicie que se hallaba frente a Jericó. Esta ciudad gozaba de una situación muy buena y era muy adecuada para producir palmeras y bálsamos. Los israelitas comenzaron a sentirse muy orgullosos de sí mismos y muy ansiosos de pelear. Moisés, después de haber ofrecido durante varios días sacrificios de agradecimiento a Dios y fiestas al pueblo, envió una expedición de hombres armados a arrasar el país de los madianitas y tomar sus ciudades. La ocasión con que decidió hacerles la guerra fué la siguiente: 2. Cuando Balac, rey de los moabitas, que por sus antepasados tenía parentesco y asociación con los madianitas, vió el gran crecimiento de los israelitas, tuvo miedo, por el peligro que corrían él y su reino, porque ignoraba que los hebreos, habiéndoles Dios pro. hibido ir más lejos, no tocarían a ningún otro país y se limitarían a la posesión del país de Canaán. Con más apresuramiento que sabiduría Balac resolvió hacer la tentativa de atacarlos con palabras; no creyó prudente combatir con ellos, después de sus grandes triunfos, y de su propiedad que había aumentado hasta con los malos éxitos, y pensó tratar de impedir que siguieran prosperando. Decidió, pues, enviar embajadores a los madianitas para conversar con ellos al respecto. Los madianitas, sabiendo que junto al Eufrates vivía un tal Balaam, que era uno de los más grandes profetas de la época y era amigo de ellos, envió a varios de sus honorables príncipes junto con los embajadores de Balac, para rogar al profeta que fuera a imprecar maldiciones para la destrucción de los israelitas. Balaam recibió a los embajadores y los trató muy amablemente y después de haber cenado inquirió cuál era la voluntad de Dios acerca del asunto para el que le pedían los madianitas que fuera a su país. Como Dios se opusiera a su partida, volvió a reunirse con los embajadores y les dijo que él satisfaría con mucho gusto su pedido, pero Dios se oponía a sus intenciones, ese Dios que lo había exaltado hasta la reputación que poseía por la verdad de sus predicciones; porque ese ejército, que le pedían que fuera a maldecir, gozaba del favor de Dios. Por lo tanto les aconsejaba que volvieran a su tierra y que no persistieran en su enemistad con los israelitas. Después de darles su respuesta, despidió a los embaja. dores. 3. Los madianitas, cediendo a las sinceras instancias y fervientes ruegos de Balac, enviaron otros embajadores a Balaam quien, deseando satisfacerlos, volvió a interrogar a Dios; disgustado por esta prueba, le ordenó que no contradijera a los embajadores. Balaam no se imaginó que Dios le había dado esa orden para engañarlo, y se fué con los embajadores; pero cuando el ángel divino le salió al paso en un pasaje angosto y lo cercó con paredes por los dos lados, la burra que montaba comprendió que era un espíritu divino el que les había salido al paso, y arrojó a Balaam contra una de las paredes, sin cuidarse de los golpes que Balaam le aplicó cuando se sintió lanzado contra la pared. Perturbada por el ángel y por los golpes, la burra cayó al suelo, y por la voluntad de Dios hizo uso de una voz de hombre y se quejó contra Balaam, acusándolo de maltratarla injustamente; sin tener motivo para castigarla, le dijo, por sus anteriores servicios, ahora la apaleaba sin entender que era la providencia de Dios que le estorbaba para que no fuera a realizar lo que se proponía. Balaam quedó perplejo por la voz de la burra, que era la voz de un hombre; entonces se le apareció claramente el ángel y le re- prochó los golpes que había aplicado a la burra y le informó que el animal no había cometido ninguna falta y que él había ido a interrumpirle el viaje que era contrario a la voluntad de Dios. Balaam se asustó y se dispuso a regresar; pero Dios lo incitó a proseguir su camino, pero agregando la orden de que no dijera nada más que lo que él le sugeriría. 4. Recibido ese encargo de Dios, Balaam se presentó ante Ba- lac. El rey lo atendió magníficamente y le pidió que se transladara a una de las montañas a observar la situación del campamento hebreo. Balac también fué a la montaña llevando consigo al profeta y un cortejo real. La montaña se hallaba por encima de los hebreos y a una distancia de sesenta estadios del campamento. Después de observarlos, Balaam pidió al rey que levantara siete altares y le llevara otros tantos toros y carneros. El rey satisfizo su deseo. Balaam mató los sacrificios y los ofreció en holocausto. Como observara la señal de una fuga, dijo: -Dichoso este pueblo a quien Dios otorgó la posesión de innu- merables cosas buenas, y le concede su providencia para asistirlo y guiarlo. No habrá ninguna nación en la humanidad a la que no seáis considerados superiores en virtud y en la celosa observancia de las mejores reglas de vida, libres de perversidad. Reglas excelentes que dejaréis a vuestros hijos, por la consideración que Dios os guarda y la provisión de cosas que os harán más felices que cualquier otro pueblo que se encuentra bajo el sol. Vosotros retendréis la tierra a la que él os mandó, la que estará siempre a las órdenes de vuestros hijos, y tanto esta tierra como el mundo entero y los mares se llenarán de vuestra gloria. Seréis suficientemente numerosos como para proveer al mundo en general, y a cada región en particular, de habitantes de vuestra estirpe. Y eso aunque sea extraño, ¡oh, bendito ejército!, que hayáis salido tantos de un solo padre. Realmente la tierra de Canaán podrá conteneros ahora que sois relativamente pocos; pero sabed que todo el mundo es propuesto para ser el lugar de vuestra residencia permanente. "La multitud de vuestra posteridad vivirá tanto en las islas como en el continente, y en mayor número que el de las estrellas del cielo. Y cuando hayáis llegado a ser tantos, Dios no dejará de cuidaros, os suministrará en abundancia todas las cosas buenas en tiempo de paz y la victoria y la dominación en tiempo de guerra. "Que los hijos de vuestros enemigos se sientan tentados de lu- char con vosotros, y que les sea duro llegar a las armas y asaltaros en combate, porque no volverán victoriosos ni su retorno será placentero para sus esposas y sus hijos. A ese alto grado de valor seréis elevados por la providencia de Dios, que puede disminuir la afluencia de unos y suplir las necesidades de otros. 5. Así habló Balaam por inspiración, porque no podía hacerlo por su propio poder sino movido por el espíritu divino. Pero Balac quedó disgustado, afirmando que había violado el compromiso, según el cual había ido, invitado por él y sus confederados y con la promesa de grandes obsequios, para maldecir a sus enemigos, y él en cambio los había encomiado, diciendo que eran los más felices de los hombres. A esto replicó Balaam: -Si consideras justicieramente este asunto, loh, Balac!, com- prenderás que no está en nuestro poder callar o decir algo cuando hemos sido tomados por el espíritu de Dios. Porque él nos pone en la boca las palabras que quiere y frases de las que nosotros no tenemos conciencia. Bien recuerdo los ruegos con los cuales vosotros y los madianitas me trajeron jubilosamente hasta aquí, y por los cuales emprendí este viaje. Rogué que me fuera permitido no defraudar vuestros deseos; pero Dios es más fuerte que las intenciones que tuve de serviros; porque aquellos que han asumido la tarea de predecir los hechos de la humanidad de acuerdo con sus propias capacidades, se ven completamente incapacitados para hacerlo, o de abstenerse de pronunciar lo que Dios les sugiere, o de hacer violencia a su voluntad, porque cuando él nos previene o entra en nosotros, nada de lo que decimos es nuestro. Yo no me propuse elogiar a ese ejército, ni enumerar las diversas cosas buenas que Dios se propone hacer a su raza, pero como Dios estaba tan inclinado en su favor y tan dispuesto a concederles una vida feliz y gloria eterna, me sugirió la declaración de esas cosas. Mas ahora, como mi deseo es cumplir contigo y con los madianitas, cuyos ruegos no es decente que rechace, erijamos otros altares y ofrezcamos de nuevo los mismos sacrificios de antes, para que yo vea si puedo persuadir a Dios de que me permita atar a esos hombres con maldiciones. Balac estuvo de acuerdo, pero Dios no consintió, ni con el se- gundo sacrificio, que maldijera a los israelitas. Volvió a sacrificar por tercera vez, después de hacer levantar nuevos altares, pero ni aun entonces lanzó maldiciones contra los israelitas. Balaam cayó de cara al suelo, y predijo las calamidades que caerían sobre los reyes de las naciones y las ciudades más eminentes, muchas de las cuales no estaban desde hacía mucho tiempo ni siquiera habitadas. Hechos que luego ocurrieron entre los distintos pueblos referidos, en los tiempos pasados y en los actuales, hasta llegar a mis propios tiempos, tanto por mar como por tierra. Del cumplimiento de todas las predicciones que formuló se puede fácilmente comprender que las restantes también se cumplirán en lo futuro. 6. Muy enojado por el hecho de que los israelitas no hubiesen sido maldecidos, Balac despachó a Balaam sin considerarlo digno de nada más. Cuando ya estaba por pasar el Eufrates, envió a buscar a Balac y los príncipes madianitas, y les habló de la siguiente manera -¡Oh, Balac, y vosotros los madianitas que estáis presentes! Me siento obligado, aun sin la voluntad de Dios, a daros satisfacción. Es verdad que no puede caer sobre los hebreos la destrucción completa, ni por medio de guerras, ni por plagas, ni por la escasez de frutos de la tierra, ni puede llegar a ser su ruina total ningún otro accidente inesperado. Porque la providencia de Dios se preocupa de preservarlos de esas desgracias y no permitirá que les caiga ninguna calamidad que los haga perecer. "Pero pequeñas desgracias, y por poco tiempo, y por las que parezca que han caído, puede acaecerles. Sólo que después de ellas florecerán de nuevo, para terror de los que les han aportado desdichas. De modo que si os proponéis obtener alguna victoria sobre ellos por un corto espacio de tiempo, lo conseguiréis siguiendo mis indicaciones. Elegid las más hermosas de vuestras hijas, las que sean más eminentes por su belleza y apropiadas para doblegar y conquistar la modestia de los que las miran, preparadlas bien vestidas y adornadas, lo mejor que podáis, y enviadlas a las proximidades del campamento israelita, encargándoles que cuando los jóvenes hebreos requieran su compañía, se la concedan. "Cuando vean que están enamorados de ellas, que se despidan para irse, y si les piden que se queden, que no les den consentimiento hasta que no los hayan persuadido de que abandonen la obediencia a sus leyes y el culto al Dios que las estableció y adoren a los dioses de los madianitas y los moabitas; de este modo Dios se enojará con ellos. Después de darles este consejo, Balaam se fué. 7. Los madianitas enviaron a sus hijas, como Balaam les había exhortado a hacerlo, y los jóvenes hebreos se sintieron atraídos por su belleza y fueron a hablar con ellas, rogándoles que no les escatimaran el gozo de su hermosura ni les negaran la conversación. Las hijas de los madianitas recibieron sus palabras de buen grado y consintieron al pedido, quedándose con ellos; pero cuando lograron enamorarlos y la inclinación de los jóvenes hacia ellas se había hecho madura, comenzaron a hablar de retirarse. Los hombres se sintieron grandemente desconsolados e instaron a las mujeres a que no se fueran y les rogaron que se quedaran y fueran sus esposas, prometiéndoles que serían dueñas de todo lo que poseían. Esta promesa la afirmaron con juramento poniendo a Dios de árbitro de su ofrecimiento; lo dijeron con lágrimas en los ojos y todas las demás señales de afecto, para despertar su compasión demostrándoles lo desdichados que serían sin ellas. Las mujeres, en cuanto notaron que los habían hecho sus esclavos, conquistándolos con su conversación, comenzaron a hablar de la siguiente manera: 8. -¡Oh, jóvenes ilustres! Nosotros poseemos nuestras casas, llenas de cosas buenas, junto con el natural afecto de nuestros padres y amigos. No hemos venido a conversar con vosotros porque nos falten esas cosas, ni hemos admitido la invitación con el propósito de prostituir por lucro la belleza de nuestros cuerpos; accedimos a vuestro pedido considerándoos hombres valientes y dignos, y para poder trataros con los honores que exije la hospitalidad. Ahora, ante vuestras afirmaciones de que sentís un gran afecto por nosotras y os perturba la idea de que nos vayamos, no nos negaremos a vuestros ruegos, y si pudiéramos recibir las seguridades de vuestra buena voluntad que considerásemos suficientes, tendríamos mucho gusto de vivir con vosotros en calidad de esposas; pero tememos que con el tiempo os canséis de nuestra compañía, nos maltratéis y nos enviéis ignominiosamente de vuelta a las casas de nuestros padres. Los jóvenes afirmaron que les darían todas las seguridades que quisieran y no les discutieron nada de lo que dijeron, tan grande era la pasión que sentían. -Si ésta es vuestra decisión -respondieron ellas-, como vos- otros usáis costumbres y formas de vida que son completamente diferentes de las de todos los hombres, tanto que vuestros alimentos son propios solamente de vosotros y vuestras bebidas no son comunes a las demás, ha de ser absolutamente necesario, si queréis que seamos vuestras esposas, que también vosotros adoréis a nuestros dioses. No puede haber ninguna otra prueba del cariño que afirmáis sentir y prometéis para lo futuro que ésta, la de que adoréis los mismos dioses que nosotros. ¿Puede alguien quejarse razonablemente de que al haber llegado a este país adoréis sus dioses? Sobre todo siendo nuestros dioses comunes a todos los hombres, y el vuestro uno que no pertenece a nadie más que a vosotros. Añadieron que debían adoptar los métodos de culto de todos los demás, o buscar otro mundo en el que pudieran vivir para ellos mismos, de acuerdo con sus leyes. 9. Inducidos por el cariño que sentían hacia aquellas mujeres, los jóvenes juzgaron que habían hablado muy bien y se rindieron a sus indicaciones, trasgrediendo las leyes paternas y aceptando que había muchos dioses, a los que resolvieron ofrecer sacrificios de acuerdo con las leyes de la tierra. Saborearon encantados sus extraños alimentos e hicieron todo lo que las mujeres les mandaban, aunque contradecían sus propias leyes. La transgresión se extendió a todo el ejército de los jóvenes, los que cayeron en una sedición mucho peor que la anterior, y en el peligro de la abolición de todas sus instituciones. Porque después de tomar el gusto a aquellas extrañas costumbres, cayeron en una insaciable inclinación hacia ellas, y aunque algunos de los hombres principales eran ilustres por las virtudes de sus padres, se corrompieron junto con todos los restantes. 10. Incluso Zambrías, el jefe de la tribu de Simón, buscó la compañía de Cosbia, una mujer madianita hija de Sur, hombre de autoridad en aquel país. Solicitado por su mujer a que abandonara la ley de Moisés y siguiera aquellas a las que ella estaba habituada, satisfizo su deseo, sacrificando de manera distinta a la suya y tomando una mujer extranjera por esposa. En ese estado de cosas, Moisés, temeroso de que las cosas empeoraran aún más, congregó al pueblo y no acusó a nadie por su nombre para no hacer desesperar a los que, ocultándose en mentiras, podían arrepentirse. Sólo dijo que no habían observado una conducta digna de ellos mismo ni de sus padres, al preferir el placer a Dios y a vivir de acuerdo con su voluntad; que era conveniente que cambiaran de rumbo mientras las cosas se hallaban aún en buen estado, y que no creyeran que era fuerte el que hacía violencia a sus leyes sino el que resistía a la lujuria. Dijo además que no era razonable que después de haber hecho una vida sobria en el desierto se portaran descabelladamente ahora que estaban en la prosperidad, y que no debían perder, ahora que tenían abundancia, lo que habían ganado cuando tenían poco. Y les rogó que corrigieran a los jóvenes y los hicieran arrepentirse de lo que habían hecho. 11. Pero Zambrías se levantó y dijo: -Tú, Moisés, puedes usar libremente las leyes a las que tienes tanto cariño y que afirmaste sobre la ingenuidad de esta gente; de lo contrario, no siendo por este carácter que tienen, ya habrías averiguado, mediante más de un castigo, que no es fácil imponerse a los hebreos. Pero no me obligarás a que sea tu partidario en tus órdenes tiránicas, porque hasta ahora no has hecho otra cosa más que imponernos la esclavitud y lograr dominio, con el pretexto de las leyes y de Dios, mientras nos privabas de las dulzuras de la vida, que consisten en actuar de acuerdo con nuestra propia voluntad, derecho de los hombres libres y de los que no tienen amo que los mande. Serías más duro con los hebreos que los mismos egipcios, al pretender castigar de acuerdo con tus leyes. "Cada cual se conduce como mejor le place; tú eres el que me- rece castigo, por pretender abolir lo que cada cual sabe que es lo mejor para él, y tratas de que tu sola opinión tenga más fuerza que la de todos los demás. Lo que hago ahora, y que creo que es lo correcto, no negaré que lo hago de acuerdo con mis propios sentimientos. Desposé, como tú dices correctamente, a una mujer extranjera, y lo hago como hombre libre, y no intento por cierto disimularlo. Admito también que ofrezco sacrificios a los dioses a quienes tú no consideras digno sacrificar. "Creo justo inquirir la verdad preguntando a muchos, y no vivir bajo la tiranía para sufrir que todas las esperanzas de la vida dependan de un solo hombre. Nadie podrá vanagloriarse de que tiene más autoridad sobre mis acciones que yo mismo." 12. Después que Zambrías hubo dicho esas cosas, sobre los hechos que perversamente él y otros habían cometido, el pueblo guardó silencio, por temor de lo que pudiera ocurrirles, y porque vieron que su legislador no quería seguir presentando ante el pueblo la insolencia de aquel hombre ni discutir abiertamente con él, para evitar que otros muchos imitaran su lenguaje imprudente perturbando a la multitud. En seguida fué disuelta la asamblea. Aquella perniciosa tentativa habría ido más lejos si Zambrías no hubiese sido muerto. Lo cual ocurrió de la siguiente manera: Finees, un hombre mejor que el resto de los jóvenes y que por su padre superaba a sus contemporáneos en dignidad (porque era hijo de Eleazar, el sumo sacerdote, y nieto del hermano de Moisés), grandemente perturbado por lo que Zambrías había hecho, resolvió seriamente castigarlo, antes de que su indigna conducta creciera por la impunidad, y para impedir que la transgresión avanzara, lo que sucedería si los cabecillas no eran castigados. Era intrépido de alma y fuerte de cuerpo, y cuando adoptaba una resolución peligrosa no la postergaba hasta 1 Esta cifra está en contradicción con la de veinticuatro mil que da la Biblia (Núm., 25-9). dominarla, y obtuvo una victoria completa. Penetró en la tienda de Zambrías y lo mató con su lanza, y junto con él mató también a Cosbia. Después de eso todos aquellos jóvenes que respetaban la virtud y querían hacer una acción gloriosa, imitaron la audacia de Finees, y mataron a todos los que fueron hallados culpables del mismo crimen que Zambrías. Muchos de los transgresores murieron por la valiente actitud de los jóvenes; los restantes murieron a causa de una plaga, enfermedad que Dios mismo les mandó. Todos sus parientes que, en lugar de impedirles que realizaran esas perversas acciones, los convencieron de que las prosiguieran, fueron considerados por Dios como cómplices, y murieron. Murieron no menos de catorce mil del ejército1. 13. Esa fué la causa de que Moisés se viera inducido a enviar un ejército a destruir a los madianitas. De esa expedición habla. remos luego, después de haber relatado lo que hemos omitido. Porque es justo no pasar por encima del debido encomio a nuestro legislador, por su conducta en este asunto. Balaam fué enviado por los madianitas para maldecir a los hebreos, y al ser estorbado para hacerlo por la providencia divina les sugirió aquel consejo, con cuyo ardid nuestros enemigos casi corrompieron a toda la multitud de los hebreos, hasta el punto de que algunos de ellos se vieron hondamente afectados por sus opiniones; no obstante Moisés le hizo el gran honor de registrar por escrito sus profecías. Estando en su mano pretender para sí esa gloria y hacer creer a los hombres que esas predicciones eran suyas, no habiendo nadie que pudiera atestiguar lo contrario, le acordó su testimonio y le hizo el honor de mencionarlo con ese motivo. Pero que cada cual piense al' respecto lo que le plazca. CAPITULO VII Los hebreos pelean con los madianitas, y los vencen 1. Moisés envió un ejército sobre el 'país madianita, por las causas arriba mencionadas, con un total de doce mil hombres, los que tomó en igual número de cada tribu. Nombró comandante a Finees, de quien hemos hablado anteriormente, diciendo que era el que había guardado la ley de los hebreos, castigando a Zambrías cuando la transgredió. Viendo los madianitas que venían los hebreos y que caerían de pronto sobre ellos, reunieron el ejército, fortificaron las entradas del país y aguardaron la llegada del enemigo. Cuando llegaron se trabaron en lucha, cayendo una inmensa multitud de los madianitas, tantos que no pudieron ser contados. Entre ellos cayeron todos sus reyes, en número de cinco, a saber: Oeo, Sur, Robees, Ures y Recem. La ciudad que lleva el nombre de este último es la principal de toda Arabia y todavía ahora la nación árabe la llama Arecem, por el nombre de su rey fundador; los griegos la llaman Petra. Derrotado el enemigo, los hebreos saquearon el país, tomando un gran botín, y destruyeron a los hombres que lo habitaban, junto con las mujeres. Sólo dejaron a las vírgenes, como Moisés lo ordenara a Finees, quien regresó trayendo un ejército que no había sufrido ningún daño y un gran botín: cincuenta y dos mil reses, setenta y cinco mil seiscientas ovejas, sesenta mil asnos y una inmensa cantidad de objetos de oro y plata que los madianitas empleaban en sus hogares; porque eran tan ricos que llegaban a ser lujosos. También tomaron cautivas a treinta y dos mil vírgenes. Moisés dividió el botín en partes, y dió una cincuentava parte a Eleazar y los dos sacerdotes y otra cincuentava parte a los levitas, distribuyendo el resto entre el pueblo. Después de esto vivieron felices, habiendo obtenido abundantes cosas buenas por su valor y sin que hubiera desgracias que los afligieran o les perturbara el goce de su felicidad. 2. Pero Moisés se había vuelto viejo y nombró sucesor a Josué, para recibir directivas de Dios como profeta y como comandante del ejército, cuando les hiciese falta. Lo cual hizo por orden de Dios, que dispuso que le fuera encomendado el cuidado de la cosa pública. Josué había sido instruído en todo lo concerniente al estudio de las leyes, habiendo sido Dios mismo y Moisés sus instructores. 3. Fué entonces cuando las dos tribus de Gad y de Rubén y media tribu de Manasés, que poseían una gran cantidad de ganado así como muchas otras cosas de prosperidad, después de reunirse en asamblea fueron a ver a Moisés y le pidieron que les diera, como parte particular de ellos, la tierra de los amorreos, que habían tomado por derecho de guerra, porque era fructífera y buena para el pastoreo del ganado. Moisés, suponiendo que temían pelear con los cananeos y usaban la preocupación por el ganado como una bonita excusa para eludir la guerra, los llamó cobardes y les dijo que habían buscado únicamente una excusa decente para cubrir su cobardía, que se proponían vivir con lujo y holgorio, mientras los restantes trabajaban fatigosamente para obtener la tierra que querían poseer, y que no querían marchar con ellos y sobrellevar los esfuerzos que faltaban y que eran los de pasar el Jordán y dominar a los enemigos que Dios les había señalado para obtener sus tierras. Las tribus, al ver el enojo de Moisés y comprender que tenía un justo motivo para sentirse disgustado por su pedido, se disculparon y dijeron que no lo habían formulado por temor al peligro, ni por pereza, sino para dejar la presa que les tocó en lugar seguro y encontrarse más libres y dispuestos a afrontar las dificultades y librar batallas. Añadieron que después de levantar ciudades, en las que pudieran poner a cubierto a sus hijos, sus esposas y sus pertenencias, si sedas acordaba, irían con todo el resto del ejército. Ante esas palabras Moisés quedó satisfecho. Llamó a Eleazar el sumo sacerdote y a Josué, y a los jefes de las tribus y los auto- rizó a poseer la tierra de los amorreos; pero con la condición de que participaran con sus parientes en la guerra, hasta que todas las cosas quedaran establecidas. Con esta condición tomaron posesión del país y edificaron ciudades fuertes, en las que instalaron a sus hijos y sus esposas y todo lo que poseían y que podía ser un impedimento en la actividad de sus futuras marchas. 4. Moisés edificó las diez ciudades que integrarían el número de cuarenta y ocho, tres de las cuales las asignó para que aquellos que habían matado a alguna persona involuntariamente pudieran asilarse en ellas, y señaló para su destierro el mismo lapso que el de la vida del sumo sacerdote bajo quien ocurrieron las muertes y la huída, permitiendo el retorno de los matadores después de la muerte del sumo pontífice. Durante el destierro los parientes de los que fueron muertos podían, por esta ley, matar al homicida, si lo sorpren- dían fuera de los límites de la ciudad a la que había huido, aun- que este permiso no se le concedía a ninguna otra persona. Las ciudades apartadas para servir de refugio eran éstas: Bosora, en los límites de Arabia; Arimán, en el país de Galaad, y Gaulana, en la tierra de Batanea. Habría también, por orden de Moisés, otras tres ciudades destinadas a la residencia de los fugitivos de las ciudades de los levitas, pero no antes de que entraran en posesión de la tierra de Canaán. 5. Fué entonces cuando los principales de la tribu de Manasés fueron a ver a Moisés, y le informaron que había muerto un hombre eminente de su tribu, llamado Holofantes, que no había dejado hijos pero sí hijas; y le preguntaron si las hijas podían heredar su tierra. Moisés respondió que si se casaban dentro de la tribu, podrían mantener su patrimonio; pero que si se daban en matrimonio a hombres de otras tribus, deberían dejar la herencia en la tribu del padre. Y fué entonces cuando Moisés ordenó que la herencia de cada cual debía continuar en su respectiva tribu. CAPITULO VIII Sobre la política establecida por Moisés, y de cómo el legislador desaparece del mundo 1. Completados los cuarenta años, dentro de los treinta días siguientes Moisés reunió a la congregación junto al Jordán, en unsitio lleno de palmeras, donde se levanta actualmente la ciudad de Abila. Reunido el pueblo le habló de la siguiente manera: 2. -Israelitas y soldados que me acompañasteis en esta larga e inquieta jornada: Puesto que es la voluntad de Dios, y así lo exige mi edad de ciento veinte años, que abandone la vida; y como Dios me prohibió que os apadrinara o asistiera en la tarea que queda por realizar allende el Jordán, he creído razonable no abandonar ni aun ahora mis esfuerzos en pro de vuestra felicidad, y hacer en cambio todo lo posible para procuraros el goce eterno de las cosas buenas, y para mí un momento imperecedero como autor de vuestra prosperidad. Permitidme que os sugiera de qué modo podréis ser felices y dejar una posesión próspera eterna a vuestros hijos después de vosotros, y luego irme del mundo. Merezco que me creais por las grandes cosas que he hecho por vosotros y porque las almas cuando están a punto de abandonar los cuerpos hablan con la más sincera libertad. ¡Hijos de Israel! Hay una sola fuente de felicidad para toda la humanidad: el favor de Dios. Porque sólo él es capaz de dar cosas buenas a los que las merecen, y de privar de ellas a los que pecan contra él. Si os comportáis de acuerdo con su voluntad, y de acuerdo con lo que yo, que conozco muy bien su pensamiento, os exhorto a que hagáis, seréis estimados y bendecidos por él, y admirados por todos los hombres, y jamás sufriréis desdichas ni dejaréis de ser felices. Así conservaréis la posesión de las cosas buenas que ahora poseéis y obtendréis rápidamente aquellas que ahora os faltan; sólo tenéis que ser obedientes con aquel a quien Dios querrá que sigáis. No prefiráis ninguna otra organización de gobierno a las leyes que os han sido dadas; no descuidéis la forma de culto divino que tenéis actualmente, ni la cambiéis por ninguna otra. Si así lo hacéis, seréis los hombres más valientes sobrellevando las fatigas de la guerra, y no seréis fácilmente conquistados por ninguno de vuestros enemigos. Porque mientras Dios se encuentre presente para asistiros, es de esperar que podáis desdeñar la oposición de toda la humanidad. Y grandes recompensas os traerá la virtud, si la conserváis durante toda la vida. La virtud es ella misma el primero y principal de los bienes, que después concede abundancia de otros; vuestro ejercicio de la virtud os hará vivir felices y más gloriosos que lo que puedan ser los pueblos forasteros, procurándoos indisputada reputación y prosperidad. "Podréis obtener esas bendiciones si obedecéis y observáis las leyes que os he ordenado, por mandato divino, y meditáis sobre la sabiduría que contienen. Me alejo de vosotros, regocijándome con las cosas buenas de que gozáis; y os recomiendo la sabia conducción de vuestra ley, el decoroso orden de vuestra or- ganización política y las virtudes de vuestros comandantes, que atenderán a lo que es mejor para vosotros. Y que Dios, que ha sido hasta ahora vuestro conductor, y por cuya voluntad os he sido útil, no ponga punto final a su providencia para con vosotros, y que gocéis de su cuidado mientras deseéis tenerlo de protector, en vuestro ejercicio de la virtud. Vuestro sumo sacerdote, Eleazar, lo mismo que Josué, con el senado y los jefes de vuestras tribus, se pondrán a la cabeza de vosotros para sugeriros los mejores consejos, siguiendo los cuales continuaréis siendo felices. Prestadles oído sin reservas, sabiendo que el que sabe ser gobernado sabrá también gobernar cuando sea llamado a hacerlo. "Y no penséis que la libertad consiste en oponeros a las direc- tivas que vuestros gobernantes consideran conveniente daros, como hacéis ahora, que sólo destináis la libertad a ofender a vuestros benefactores. Si podéis evitar este error en lo futuro, vuestros asuntos estarán en mejores condiciones que hasta ahora. No pongáis en esas cosas el grado de pasión que a menudo habéis puesto cuando os sentíais coléricos conmigo; porque vos sabéis que he estado en peligro de morir a vuestras manos más veces que a las de nuestros enemigos. Si ahora os lo recuerdo no es para reprocharos, porque no lo considero apropiado, ni me voy del mundo para traeroslo a la memoria y dejaros ofendidos conmigo, ya que cuando sufrí esas injusticias vuestras no estaba enojado con vosotros, sino para que seáis más prudentes en lo sucesivo y para haceros ver que es por vuestra seguridad. Quiero decir que no debéis ser injuriosos con los que os dirigen, aunque os hayáis vuelto ricos, como lo seréis en alto grado cuando hayáis pasado el Jordán y estéis en posesión de la tierra de Canaán. Porque si impulsados por vuestras riquezas llegáis hasta el extremo de menospreciar y descuidar la virtud, habréis perdido el favor de Dios. Y cuando lo hayáis hecho, seréis vencidos en la guerra, y vuestros enemigos os quitarán de nuevo la tierra que poseáis, con grandes reproches hacia vuestra conducta. Seréis dispersados por todo el mundo, y llenaréis como esclavos mar y tierra. Después de sufrir esa experiencia os arrepentiréis, recordando las leyes que violasteis cuando sea demasiado tarde. Por eso quiero aconsejaros, si os proponéis cuidar esas leyes, que no dejéis ningún enemigo vivo después de haberlos vencido, y que consideréis conveniente para vosotros destruirlos a todos, para que no ocurra que si los dejáis vivos probéis sus costumbres y corrompáis vuestras instituciones. Os exhorto asimismo a derribar sus altares y sus bosques y todos los templos que tengan, y a que destruyáis su memoria por el fuego, porque sólo por este medio podrá garantizarse la seguridad de vuestra feliz organización. Y para evitar vuestra ignorancia de la virtud, y la degeneración de vuestra naturaleza hacia el vicio, os he ordenado leyes, por sugestión divina, y una forma de gobierno que es tan buena, que si la observáis regularmente seréis considerados los más dichosos de los hombres." 3. Dichas estas palabras, les dió las leyes y la constitución del gobierno, escritas en un libro. El pueblo se deshizo en lágrimas y parecía conmovido por la sensación de que les haría mucha falta su conductor, porque recordaban la cantidad de peligros por que había pasado y los cuidados que había tomado para evitarlos. Se sintieron desesperados ante la idea de lo que les sobrevendría después de su muerte, y pensaban que jamás tendrían otro go- bernante como él; temían que cuando muriese Moisés, que solía interceder por ellos, Dios se cuidaría menos de ellos. También se sintieron arrepentidos y pesarosos por lo que le habían dicho en el desierto cuando estaban coléricos, tanto que todo el pueblo rompió a llorar con tanta amargura que no había palabras para confortarlos en su aflicción. Moisés los consoló distrayéndolos del pensamiento de que era digno de que lloraran por él, y los exhortó a que mantuvieran la forma de gobierno que les había dado. Luego la congregación fué disuelta. 4. Por consiguiente comenzaré ahora por describir esa forma de gobierno que responde a la dignidad y la virtud de Moisés, e informaré a los que lean estas antigüedades cómo era nuestra organización original, procediendo luego a continuar con las restantes historias. Esa organización se conserva escrita, tal como él la dejó. No agregaremos ningún adorno, ni nada que no sea lo que Moisés nos dejó. Sólo innovaremos lo necesario para recopilar las distintas clases de leyes en un sistema regular, porque las dejó escritas tal como habían sido accidentalmente desparramadas en su entrega, y tal como, a su requerimiento, las recibía de Dios. Por eso he creído conveniente formular de antemano la observación, para que no me culpen mis propios compatriotas de haber inferido alguna ofensa. Una parte de nuestra constitución comprende las leyes que corresponden a nuestro estado político. En cuanto a las leyes que Moisés dejó relativas a nuestras relaciones recíprocas, las he re- servado para una exposición sobre nuestra forma de vida que me he propuesto escribir, con la ayuda de Dios, después de haber concluído la obra en que ahora estoy empeñado. 5. Cuando hayáis entrado en posesión de la tierra de Cancán y tengáis ocasión de gozar de sus buenas cosas, y cuando hayáis decidido posteriormente construir ciudades, si hacéis lo que es grato a Dios gozaréis de una segura situación de bienestar. Levantaréis entonces una ciudad santa en la tierra de Canaán, situada en el lugar más agradable por su bondad y sus 1 Esta disposición parece inspirada por la costumbre imperante en Siria de ofrecer a Venus los emolumentos de las prostitutas. cualidades, y será la que Dios elija por sí mismo por revelación profética. Haréis un templo en ella, y un altar, erigido no con piedra labrada sino con la que se recoge al azar, las que blanqueadas con almirez tendrán una hermosa apariencia, grata a la vista. El ascenso hacia el altar no será por gradas, sino por cuesta de tierra elevada. Y no habrá altar ni templo en ninguna otra ciudad; porque Dios es uno solo y la nación de los hebreos, una sola. 6. El que blasfeme contra Dios, será apedreado y colgado de un árbol todo ese día, y será luego sepultado de manera ignomi- niosa y oscura. 7. Los que vivan en los confines de la tierra que posean los hebreos acudirán a la ciudad donde se encuentre el templo, tres veces por año, para dar gracias a Dios por sus anteriores beneficios y rogarle por los que necesiten en adelante; de este modo mantendrán una amistosa correspondencia con todos los demás, reuniéndose y comiendo juntos; porque es bueno que aquellos que son del mismo linaje y viven bajo las mismas leyes, no sean desconocidos entre sí. Ese conocimiento será mantenido conversando juntos, viéndose y hablando unos con otros y renovando los recuerdos de esta unión. Porque si no conversan continuamente parecerán extraños entre sí. 8. Sacaréis una décima parte de vuestros frutos, aparte del que habréis asignado para darlo a los sacerdotes y los levitas, el que podréis vender en el país, pero será para ser usado en las fiestas y sacrificios que se celebren en la ciudad santa. Porque es conveniente que gocéis los frutos de la tierra que Dios os da en posesión, para honor del donante. 9. No ofreceréis sacrificios con las remuneraciones de las mu- jeres prostitutas, porque a la divinidad no le agrada nada que salga de esas ofensas a la naturaleza, de las que ninguna es tan mala como la prostitución del cuerpo1. De igual modo nadie podrá emplear el precio de la cobertura de un perro, de los empleados en la caza o para cuidar ovejas, para ofrecer con él sacrificios a Dios. 10. Que nadie blasfeme contra los dioses estimados como tales por otras ciudades; y nadie podrá robar lo que pertenezca a los templos ajenos, ni retirar las donaciones dedicadas a ningún dios. 11. Que ninguno de vosotros use ropa hecha de lana y lino, destinada únicamente para los sacerdotes. 12. Cuando la multitud se reúna cada siete años en la ciudad santa para ofrecer sacrificios en la fiesta de los tabernáculos, el sumo sacerdote subirá a una plataforma alta, para que pueda ser oído por todos, y leerá las leyes al pueblo; no se impedirá escucharlo a las mujeres y a los niños, ni tampoco a los sirvientes. Es bueno que esas leyes queden grabadas en el alma y conservadas en la memoria indeleblemente, porque de este modo nadie será culpable de pecado al no poder alegar ignorancia de lo que las leyes mandan. También tendrán las leyes gran autoridad para predecir lo que sufrirán los que las violan y para imprimir en el alma, escuchando su lectura, lo que mandan hacer. Y que siempre las tengan presentes los que las desprecien y violen causando su propia desgracia. Que también los niños aprendan las leyes, siendo lo primero y lo mejor que se deberá enseñarles y que será la causa de su futura felicidad. 13. Todos deberán conmemorar ante Dios los beneficios que les otorgó al sacarlos de la tierra de Egipto, dos veces por día, al comenzar el día y al llegar la hora del sueño, porque la gratitud espor su propia naturaleza una cosa buena y sirve no sólo como reribución por lo pasado, sino también como invitación de futuros avores. Inscribirán también en las puertas de sus casas las principales bendiciones que recibieron de Dios, y mostrarán el mismo recuerdo en sus brazos; llevarán, asimismo, en la frente y en el brazo los milagros que declaran el poder de Dios y su buena voluntad hacia ellos, para que la disposición de Dios a bendecirlos aparezca en todas partes claramente visible. 14. En cada ciudad habrá siete hombres para juzgar, serán los más celosos en el ejercicio de la virtud y la justicia. Cada juez tendrá asignados dos agentes de la tribu de Leví. Serán tenidos en gran honor aquellos que sean elegidos para juzgar en las diversas ciudades; a nadie le será permitido vilipendiar en su presencia a nadie, ni tratarlo con insolencia, siendo natural que el respeto hacia los que ocupan altos cargos entre los hombres procure el temor y el respeto hacia Dios. Les será permitido a los que juzgan determinar de acuerdo con lo que crean justo, a menos que alguien pueda demostrar que han recibido soborno, para pervertir la justicia, o pueda alegar alguna otra acusación contra ellos por la que pueda suponerse que han dictado una sentencia injusta; porque no es propio que las causas sean determinadas por consideraciones de lucro, o por la dignidad de los litigantes, debiendo los jueces estimar antes que ninguna otra cosa aquello que es justo. De lo contrario Dios parecería despreciado y estimado inferior a aquellos que por el temor a su poder ocasionaron la sentencia injusta; porque la justicia es el poder de Dios. El que complace a los que tienen gran dignidad los supone más poderosos que Dios mismo. Pero si los jueces son incapaces de dictar una sentencia justa en las causas que les presentar. (lo que no es poco frecuente en las cosas humanas), que envíen la causa sin determinarla a la ciudad santa, y que allí la determinen como les parezcabien el sumo sacerdote, el profeta y el sanedrín'. 1 Difiere de la enumeración de la Biblia, que sólo menciona a los sacerdotes levitas y al juez (Deuteronomio, XVII, 9). 15. No debe darse crédito a un solo testigo; tienen que ser tres, o por lo menos dos, y sólo aquellos cuyo testimonio esté confirmado por la corrección de su vida. No se admitirá el testi- monio de las mujeres, por su veleidad y la audacia de su sexo. Tampoco se permitirá dar testimonio a los sirvientes, por la villanía de su alma; ya que es probable que no digan la verdad, por esperanza de lucro o temor al castigo. El que sea sospechado de haber prestado falso testimonio, sufrirá, cuando sea convicto, el mismo castigo que debía haber sufrido aquel contra quien declaró. 16. Si se comete un crimen en cualquier parte y no se encuen- tra al autor, ni hay sospechas de que alguien lo haya odiado y matado, se hará una investigación diligente en busca del hombre, ofreciéndose recompensas a quien lo descubra; si no se obtiene ninguna información, se reunirán los magistrados y el senado de las ciudades próximas al sitio donde se cometió el crimen, y medirán la distancia que haya desde el sitio donde yazca el cadáver. Luego el magistrado de la ciudad más cercana comprará una ternera y la llevará a un valle, a un sitio donde no haya tierra arada ni árboles plantados y cortará los nervios de la ternera; luego el sacerdote y los levitas, y el senado de la ciudad tomarán agua y se lavarán las manos sobre la cabeza del animal, y declararán abiertamente que sus manos son inocentes del crimen, que no lo han hecho ellos mismos ni ayudado al que lo hizo. Rogarán asimismo a Dios que sea misericordioso con ellos y que no vuelva a cometerse en esa tierra un hecho horrible como aquél. 17. El gobierno de los mejores es el mejor régimen, lo mismo que la forma de vida que de él deriva; no tengáis nunca inclinación hacia ninguna otra forma de gobierno, amad ese régimen, observad las leyes de vuestros gobernantes y gobernad todas vuestras acciones de acuerdo con ellas; porque no necesitáis otro supremo gobernante más que Dios. Pero si deseareis un rey, que sea uno de vuestra propia nación, que sea siempre, perpetuamente, cuidadoso de la justicia y de otras virtudes, que se someta a las leyes y estime los mandamientos de Dios como su más alta sabiduría. Pero que no haga nada sin el sumo sacerdote y el voto de los senadores; que no posea un gran número de esposas, ni persiga abundancia de riquezas, ni multitud de caballos, por lo que pueda volverse demasiado orgulloso para someterse a las leyes. Y si se aficiona a esas cosas, restringidlo, para que no se vuelva tan poderoso que su estado se haga incompatible con vuestro bienestar. 18. No será legal modificar las fronteras, ni las nuestras ni las de aquellos con quienes estamos en paz. Tened cuidado de no retirar los mojones que son, por así decirlo, un límite divino e in- conmovible de derechos hecho por Dios mismo para durar siem- pre; porque pasar de los límites y ganar terreno a costa de otros, es motivo de guerras y sediciones; los que modifican fronteras no están lejos de intentar la subversión de las leyes. 19. El que siembre un lote de tierra, cuyos árboles produzcan frutos antes del cuarto año, no deberá llevar las primicias a Dios, ni usar esos frutos él mismo, porque no se han producido en su estación apropiada; porque cuando la naturaleza hace un esfuer- zo intempestivo el fruto no es apropiado para Dios, ni para uso de su dueño, quien deberá juntar todo lo que creció el cuarto año, que es la estación propia. Después de recogido deberá llevarlo a la ciudad santa y gastarlo, junto con el diezmo de sus restantes frutos, celebrando festines con sus amigos, con los huérfanos y con las viudas. Pero el fruto del quinto año será suyo y podrá usarlo como le plazca. 20. No sembraréis con semilla un lote de terreno plantado con vides, porque es suficiente que nutra esta planta sin que deba ser atigado además por el arado. Araréis vuestras tierras con bueyes, y no obligaréis a otros animales a unirse con ellos en el mismo yugo; labraréis vuestros campos con animales que sean de la misma especie. Las semillas también deberán ser puras, sin mezclas, y no estarán compuestas de dos o tres clases; porque a la naturaleza no le agrada la unión de las cosas que no son de la misma clase, ni deberéis vosotros permitir que engendren juntos animales de distinta clase. Hay razones para temer que esa injuria antinatural se extienda de los animales de distintas clases a los hombres; a esto pueden conducir las faltas cometidas con sujetos insignificantes. No debe permitirse que por imitación se introduzca la más mínima subversión en la constitución. Las leyes no deben descuidar ni aun las cosas chicas, y deben estar ellas mismas por encima de todo reproche. 21. Los que cosechan y recogen el maíz cosechado, no reco- gerán las arrebañaduras; dejarán algunos puñados para los que estén apurados por las necesidades de la vida, para que puedan servirles de sustento y proveer a su subsistencia. Lo mismo cuando recojan la uva; dejarán algunos racimos para los pobres, y dejarán pasar algo de los frutos de los olivos, cuando los recojan, dejándolos para que los compartan los que no los tengan; porque la ventaja que obtendrán los dueños recogiéndolo todo no será tan grande como la que obtendrán de la gratitud de los pobres. Y si vosotros no os preocupáis solamente de vuestro propio beneficio sino también de mantener a los demás, Dios hará que la tierra sea más eficaz para producir y hacer crecer sus frutos. No pondréis bozal a los bueyes cuando desgranan el maíz en la era; porque no es justo privar del fruto a nuestros colaboradores que trabajan para su producción. No prohibiréis tocar la fruta de los árboles a los que pasan, cuando está madura, y les daréis permiso para llenarse con lo que vosotros poseáis, ya sean de vuestro país o extranjeros, demostrando que os agrada tener la oportunidad de darles una parte de vuestra fruta cuando está madura; pero no será legal que se la lleven. Los que recogen las uvas y las conducen a los lagares que no impidan comer de ellas a los que encuentren en el camino; por- que es injusto impedir, por envidia, a los que así lo deseen, que participen de las cosas buenas que llegan al mundo según la vo- luntad de Dios, cuando la estación está en su apogeo y transcurre rápidamente como agrada a Dios. Más aún; si alguien se retrae, por timidez, de tocar los frutos, habrá que animarlo a que los tome. Me refiero tanto a los israelitas, que tienen algo así como un derecho de propiedad y de participación por el origen común, como a los hombres llegados de otros países, a quienes se permitirá participar como huéspedes de los frutos que Dios ha dado en su estación propicia. No deberá considerarse como derrochado inútilmente, lo que cada cual concede por amabilidad a los demás, ya que Dios otorga cosas buenas a los hombres, no solamente para que ellos recojan los beneficios, sino también para que las den a otros generosamente. Por ese medio quiere dar a conocer a los demás su especial gentileza para con el pueblo de Israel, a quien acuerda libremente felicidad mientras la comparta abundantemente, por sus grandes sobrantes, incluso con los extraños. Pero el que realice actos contrarios a esta ley será azotado con cuarenta golpes menos uno, por el verdugo público. Sufrirá este castigo, uno de los ignominiosos para un hombre libre, por ser tan esclavo para el lucro como para echar un baldón en su propia dignidad. Porque es correcto que vosotros, que habéis tenido la experiencia de las aflicciones en Egipto y en el desierto, hagáis provisión para los que se encuentran en iguales circunstancias, y que al haber obtenido ahora la abundancia, por la merced y la providencia de Dios, distribuyáis una parte con la misma simpatía a los que tienen necesidad. 22. Aparte de los dos diezmos, que como os he dicho, deberéis pagar todos los años, uno para los levitas y el otro para las fies- tas, deberéis aportar cada tres años un tercer diezmo para ser distribuido entre los necesitados, las mujeres viudas y los niños huérfanos. En cuanto a los frutos maduros, se conducirán los primeros que se recojan al templo, y después de bendecir a Dios por la tierra que los produjo, y que él dió en posesión, y después de ofrecer los sacrificios que la ley ordena, se entrega. rán las primicias a los sacerdotes. Después que todos lo hayan hecho, trayendo el diezmo de todo lo que poseen, junto con las primicias que corresponden a los levitas y para las fiestas, antes de volver a sus hogares se detendrán frente a la casa santa y darán gracias a Dios por haberlos librado del injurioso tratamiento que recibieron en Egipto y dado un país bueno, grande, cuyos rutos les permite gozar. Después de haber atestiguado públicamente que abonaron los diezmos, de acuerdo con la ley de Moisés, rogarán a Dios que sea siempre misericordioso y propicio con ellos, y siga siendo así con todos los hebreos, preservándo. les las cosas buenas que les había dado y añadiendo lo que aún estaba en su poder otorgarles. 23. Los hebreos desposarán, a la edad conveniente, vírgenes que sean libres y nacidas de buenos padres. Los que no se casen con una virgan que no corrompan a la mujer de otro hombre ni la quiten a su anterior marido. Los hombres libres no se casarán con esclavas, aunque su afecto los induzca fuertemente a hacerlo, porque es decente, y conveniente para la dignidad de las personas, saber gobernar el afecto. Nadie se casará con una prostituta, cuyas ofrendas matrimoniales, proviniendo de la prostitución de su cuerpo, Dios no recibirá. Para que los hijos sean libres y virtuosos, no deberán nacer de uniones vergonzosas ni ser frutos de pasiones ilegítimas. Si alguien se casa con una mujer creyéndola virgen, y luego comprueba que no lo es, que la demande, acusándola y emplean- do las indicaciones probatorias que posea, y que defiendan a la mujer el padre o el hermano o el pariente que les siga. Si la mujer obtiene una sentencia favorable, de que no fu¿ culpable, que viva con el marido que la acusó, quien carecerá de todo po- der para rechazarla en lo sucesivo, salvo si le da motivos muy grandes de sospecha y de tal índole que no puedan ser dene- gados. El que formule acusaciones calumniosas contra su mujer de manera impúdica y temeraria, será castigado recibiendo cua- renta azotes menos uno, y deberá pagar cincuenta siclos al padre de su mujer. Si la mujer es convicta de haber sido corrompida, y si es del pueblo común, será apedreada, porque no supo preser- var su virginidad hasta estar legítimamente casada; si fuera hija de un sacerdote será quemada viva. Si un hombre tiene dos esposas y respeta mucho y es muy amable con una de ellas, por su cariño hacia ella, o por la belleza de la mujer, o por cualquier otra razón, en tanto que estima me- nos a la otra, y si el hijo de la que es amada es menor por su nacimiento que otro hijo nacido de la otra mujer, y trata de ob- tener el derecho de primogenitura valiéndose de la amabilidad de su padre hacia su madre, con lo que lograría una parte doble del caudal de su padre (porque esa doble porción es la que le asigné en las leyes), no le será permitido; porque es injusto que el mayor por su nacimiento sea privado de lo que le corresponde en la disposición de la hacienda del padre, porque su madre no sea considerada con equidad por aquél. Si un hombre seduce a una mujer casada con otro, contando con el consentimiento de ella, se les dará muerte a ambos, por- que los dos son igualmente culpables: el hombre por haber per- suadido a la mujer de que se someta voluntariamente a la acción más impura prefiriéndola al matrimonio legítimo, la mujer porque f ué persuadida de que cediera a la seducción, ya sea por placer o por lucro. Pero si un hombre se encuentra con una mujer cuando está sola y la viola, no habiendo nadie que pueda acudir en su ayuda, se dará muerte al hombre solamente. El que seduzca a una virgen no desposada, que se case con ella; si el padre de la mujer no quiere que sea su esposo, el hombre pagará cincuenta siclos como reparación del ultraje. El que quiera divorciarse de su mujer por cualquier causa, y entre hombres hay muchas causas de ésas, que dé garantías por escrito de que jamás volverá a usarla como esposa; de este modo ella estará en libertad de contraer matrimonio con otro hombre, aunque no podrá hacerlo hasta que no se decrete el divorcio. Pero si es maltratada por el nuevo esposo también, o si éste muere y el primer esposo quisiera desposarla de nuevo, no será legal que vuelva con él. Si el esposo de una mujer muere y la deja sin hijos, que se case con ella el hermano del marido, que le ponga al hijo que les nazca el nombre del hermano y lo eduque como heredero de su patrimonio; este procedimiento será beneficioso para el pueblo, porque de este modo no fracasarán las familias y la hacienda continuará entre los parientes. Y será un consuelo para las mujeres casarse con los familiares más próximos de sus anteriores maridos. Pero si el hermano no quisiera tomarla en matrimonio, la mujer se presentará ante el senado y protestará públicamente de que el hermano, no quiere admitirla como esposa, ofendiendo la memoria de su difunto hermano, ya que ella desea continuar en la familia y engendrarle hijos. Después de interrogar al hermano sobre la causa de que se oponga al enlace, sea buena o mala la razón que aduzca, el asunto deberá terminar del siguiente modo: la mujer desatará las sandalias del hermano y escupirá a éste en la cara, diciendo que merece ese reproche por parte de ella por haber injuriado la memoria del difunto. El hombre se retirará del senado, cargando toda la vida con el reproche de la mujer. Luego ella podrá casarse con quien le plazca de entre los que lapidan en matrimonio. Si un hombre toma cautiva a una virgen, o a una mujer que estuvo casada, y se propone casarse con ella, no se le permitirá llevarla a su cama, ni vivir con ella como esposo, antes de que la mujer se haga afeitar la cabeza, se ponga ropa de luto y llore a sus parientes y amigos muertos en la batalla. De este modo dará salida a su dolor, después de lo cual podrá ocuparse de la fiestci y del matrimonio. Es bueno que el que toma una mujer para tener hijos con ella complazca sus inclinaciones, y no persiga meramente su propio placer sin considerar lo que puede ser agradable para ella. Pasados los treinta días de duelo, lapso que basta a las personas prudentes para llorar a los amigos más queridos, podrán llevar adelante el matrimonio. En el caso de que después de haber satisfecho su lujuria el hombre se sienta demasiado orgulloso para retenerla como esposa, no tendrá atribuciones para hacerla esclava, y ella podrá ir a donde quiera con el derecho de una mujer libre. 24. A los jóvenes que desprecien a sus padres y los ofendan en lugar de honrarlos, ya sea porque se avergüencen de ellos o se crean más sabios que ellos, primeramente los padres los amones- tarán de palabra (ya que por naturaleza tienen autoridad suficiente para ser sus jueces), y les dirán que han cohabitado no por gusto ni para aumentar sus riquezas, uniendo sus patrimonios, sino para tener hijos que los cuiden en la vejez y les provean sus necesidades. Les dirán también: -Cuando tú naciste te recibimos con alegría, dimos las gracias a Dios por ti y te educamos con todo cuidado sin ahorrarnos nada que pudiera ser útil para tu seguridad y para tu instrucción, en lo que fuera más excelente. Ahora, como es razonable perdonar los pecados de los jóvenes, suspende las muchas pruebas de desprecio que nos diste, refórmate y pórtate en lo sucesivo con más prudencia, considerando que a Dios le disgustan los que son insolentes con sus padres, porque él es el padre de toda la humanidad y parece cargar en parte el deshonor que recae sobre los que llevan el mismo nombre cuando no son retribuídos debidamente por sus hijos. Sobre éstos la ley aplica el castigo inexorablemente. ¡Que no conozcas nunca ese castigo! Si la insolencia de los jóvenes se cura por este medio, éstos eludirán el reproche que merecen por sus anteriores errores; el legislador habrá demostrado su bondad y los padres quedarán contentos por no haber visto castigados a un hijo o una hija. Pero si esas palabras y las instrucciones de corrección que contienen resultan inútiles, las leyes se volverán implacables enemigos de la insolencia con la que trataron a sus padres. Sus mismos padres los llevarán entonces fuera de la ciudad, seguidos por una multitud, y allí serán apedreados. Después de ser expuestos ante la multitud durante un día entero, serán sepultados durante la noche. Así es como enterramos a todos los que la ley condena a muerte, por cualquier causa. Nuestros enemigos que caigan en la lucha también serán enterrados; ningún cuerpo muerto deberá quedar sobre la tierra, ni sufrir mayores castigos que los que exige la justicia. 25. Nadie prestará a ningún hebreo con usura, ni usura de lo que se come, o bebe, porque no es justo sacar ventaja de la desgracia de un compatriota; el que lo ayude en sus necesidades se considerará pagado con su gratitud y con la recompensa que recibirá de Dios por su humanidad. 26. Los que hayan pedido prestado plata o cualquier clase de ruta, seca o fresca, cuando sus asuntos, con la bendición de Dios, marchen bien, deberán devolver lo prestado con placer, como si lo hubiesen recibido en depósito con el compromiso de restituirlo cuando fuera necesario. Pero si alguien fuera desvergonzado y no lo devolviera, el prestador no irá a la casa del prestatario a tomar una prenda por sí mismo antes de que se dicte sentencia sobre el asunto; pero requerirá la prenda, y el deudor deberá llevarla por sí mismo, sin la menor oposición hacia el que viene a verlo con la protección de la ley. Si el que da la prenda es rico, el acreedor la retendrá hasta que le sea pagado su préstamo; pero si es pobre, la tomará y la devolverá antes de la puesta del sol, especialmente si la prenda es ropa de vestir, para que el deudor pueda usarla como cobertor para dormir. Dios demuestra naturalmente misericordia por los pobres. No será legítimo tomar como prenda una piedra de molino ni cualquier utensilio que le pertenezca, para que el deudor no se vea privado de los instrumentos con que se procura el alimento y quede desamparado en sus necesidades. 27. La muerte será el castigo por robar a un hombre; pero el que haya hurtado oro o plata, Fagará el doble. El que mate a un hombre que le roba en su casa, será considerado inocente, aunque el hombre sólo haya estado escalando la pared. El que robe ganado pagará el cuádruple de la pérdida; excepto cuando se trate de un toro, por el que el ladrón pagará el quíntuple. El que sea pobre y no pueda pagar la multa que se le imponga, será sirviente de aquel a quien haya sido sentenciado a pagar. 28. El que sea vendido a alguien de su propia nación le ser- virá seis años, y al séptimo saldrá libre. Pero si hubiese tenido un hijo con una mujer sierva de la casa de su comprador, y si por su buena voluntad hacia su amo y su natural afecto hacia su mu- jer y su hijo, quisiera seguir sirviéndole, será declarado libre sólo a la llegada del año del jubileo, que es cada quincuagésimo año; entonces se llevará consigo a su mujer y su hijo, que también serán libres. 29. El que encuentre oro o plata en el camino averiguará quién lo perdió, anunciando el lugar donde lo halló, y se lo devolverá, por considerar que no es justo obtener ventaja de la pérdida de otro. La misma regla se observará con el ganado que se encuentre extraviado en un lugar solitario. Si no se descubre al dueño,el que hizo el hallazgo se lo guardará para sí, apelando a Dios de que no hurtó lo que pertenece a otro. 30. No es legítimo pasar frente a un animal en desgracia, que en un temporal haya caído en el cieno, sin tratar de ayudarlo,compadeciéndose de su pena. 31. Es también un deber indicar el camino a los que no lo conocen, evitando, por hacer una broma, estorbar las ventajas de otras personas indicándoles un camino equivocado. 32. De igual manera, nadie deberá ofender a los ciegos o a los lelos. 33. En una pelea entre hombres en la que no se usen instru- mentos de hierro, el que haya sido castigado será vengado inme- diatamente infligiendo el mismo castigo al que lo castigó. Pero si el herido es conducido a su casa, donde yace enfermo varios días y luego muere, el que lo hirió no podrá escapar al castigo; si el castigado escapa a la muerte, pero tiene grandes gastos para su curación, el heridor abonará todos los gastos ocasionados du- rante todo el tiempo que dure la enfermedad y lo que se haya pagado al médico. El que patee a una mujer embarazada, haciéndola abortar, pagará en dinero la multa que determinen los jueces, por haber disminuido la multitud destruyendo lo que la mujer llevaba en su seno; también dará dinero al esposo de la mujer el que la haya pateado. Pero si muere del golpe, será castigado con la muerte, porque la ley juzga equitativo pagar vida por vida. 34. Ningún israelita tendrá en su poder venenos que causen la muerte o produzcan otros daños; el que fuera sorprendido con alguno será condenado a muerte, debiendo sufrir el mismo infortunio que el acusado ocasionaría a aquel para quien había preparado el veneno. 35. El que mutile a otro sufrirá la misma mutilación, debien- do privársele del mismo miembro del que él privó al otro, a menos que el mutilado acepte dinero en cambio; porque ley instituye a la víctima como juez del valor de lo que sufrió y le permite estimarlo, a menos que prefiera ser más severo. 36. El que posea un buey que da cornadas deberá matarlo; si el animal acuerna a, alguien en la era deberá ser muerto a pe- dradas y su carne no se considerará apta para ser usada como alimento. Si se comprueba que el dueño conocía la costumbre del animal y no tomaba medidas para contenerlo, aquél recibirá también la muerte por haber sido el causante de que el buey diese muerte a un hombre. Si el buey hubiese matado a un siervo o una sierva, será apedreado y el dueño del buey pagará treinta siclos al amo del muerto. Si fuese un toro el que de ese modo hubiese sido golpeado y muerto, ambos bueyes, el que atacó y el que f ué muerto, serán vendidos, dividiéndose sus dueños el precio de laventa. 37. El que cave un pozo o un hoyo deberá cuidarse de cubrirlo con tablas y mantenerlo cerrado, no para impedir que saquen agua sino para que no haya peligro de que alguien caiga dentro de él. Si un animal cayese en un pozo o un hoyo abierto que no hubiese sido tapado y muriera, el dueño del pozo pagará el precio correspondiente al dueño del animal. Rodeando el coronamiento de las casas deberá haber un almenaje, que impedirá que la gente caiga y se mate. 38. El que reciba algo en custodia de otra persona lo cuidará como un depósito sagrado y divino y no imaginará ningún re- curso para privar de esa cosa al que se la ha confiado, sea hom- bre o mujer, y ni aunque gane con ello una inmensa suma de oro, y aunque nadie pueda comprobárselo, porque la conciencia del hombre, que sabe lo que posee, debe obligarlo en todos los casos a actuar correctamente. La conciencia será su testigo y lo hará siempre portarse de tal manera que le procure el encomio de la gente, pero que piense sobre todo en Dios, de quien no puede ocultarse ningún hombre perverso. Pero si el depositario de la cosa la perdiera, sin que hubiera engaño de su parte, se presentará ante los siete jueces y jurará por Dios que no perdió nada voluntariamente, o con torcida intención, y que no usó nada de la cosa perdida, con lo que se lo dejará ir sin culpa; pero el que hiciera uso de la más mínima parte de lo que se le hubiese entregado en custodia y lo hubiese perdido, será condenado a pa- gar todo lo que recibió. Del mismo modo que con los depósitos, serán abominados los que defrauden a los que hagan por ellos algún trabajo corporal. Y recordemos siempre que no debemos defraudar el salario de los pobres, considerando que Dios les asignó esos salarios en lugar de tierra y otras posesiones. Más aún, esos pagos no deberán ser de ningún modo demorados y serán abonados el mismo día, puesto que Dios no desea privar al trabajador del uso inmediato de aquello por lo que ha trabajado. 39. Los hijos no serán castigados por las faltas de los padres; más bien por sus virtudes se les acordará conmiseración en lugar de odio por haber nacido de padres malos. Tampoco deberemos imputar los pecados de los hijos a los padres, puesto que hay jóvenes que se entregan a muchas prácticas distintas de las que les han sido enseñadas, por su altanero repudio de esas ense- ñanzas. 40. Los que se hagan eunucos serán detestados; deberéis elu- dir toda conversación con aquellos que se hayan privado de la masculinidad y del fruto de la generación que Dios dió a los hom- bres para multiplicar su especie. Esos deberán ser echados, como si hubiesen matado a sus hijos, ya que de antemano perdieron lo que se los procuraría. Porque es evidente que sus almas se han vuelto afeminadas y ellos transfundieron la afeminación a sus cuerpos. Del mismo modo trataréis a los que son de naturaleza monstruosa cuando los miráis; tampoco es legítimo castrar ni a los hombres ni a ningún otro animal. 41. Estas serán vuestras leyes políticas en tiempo de paz. Dios tendrá la misericordia de preservar esta excelente constitución libre de toda perturbación. Que jamás llegue la hora de que sea reformada o modificada en sentido contrario. Pero como debe necesariamente ocurrir que la humanidad caiga en conflictos y peligros, ya sea involuntaria o intencionadamente, habrá que hacer varios reglamentos al respecto, de tal modo que estando informados de antemano de lo que debe hacerse, tengáis saludables consejos preparados para cuando los necesitéis y no os veáis obligados a buscarlos y caer por imprevisión en circunstancias peligrosas. Sed un pueblo laborioso, ejercitad vuestras almas en acciones virtuosas y poseed y heredad la tierra sin guerras, y que no os haga la guerra ningún extranjero, afligiéndoos, ni se produzca ninguna sedición interior, por la que podáis cometer actos contrarios a vuestros padres y perder las leyes que establecieron. Continuad observando las leyes que Dios aprobó y os entregó. Que todas las operaciones bélicas, ya sea las que se produzcan ahora, en vuestro tiempo, o luego en los tiempos de vuestra posteridad, se cumplan fuera de vuestras fronteras. Cuando estéis a punto de entrar en guerra, enviad embajadores y heraldos a vuestros voluntarios enemigos, porque es justo hacer uso de la palabra con ellos antes de llegar a las armas de guerra, y aseguradles que aunque poseéis un ejército numeroso, con caballos y armas, y por encima un Dios misericordioso con vosotros y dispuesto a asistiros, no obstante deseáis que no os obliguen a pelear con ellos ni quitarles lo que tienen y que será sin duda vuestra ganancia, pero que ellos tendrán razones para querer que no nos lo apropiemos. Si os escuchan, será propio que mantengáis con ellos la paz; pero si confían en sus fuerzas, supo- niéndolas superiores a las vuestras y se niegan a haceros justicia, conducid vuestro ejército contra ellos, usando a Dios como comandante supremo vuestro pero nombrando un teniente bajo su mando, el más valiente de los vuestros; porque muchos comandantes, aparte de ser un obstáculo en las acciones que deben ser emprendidas súbitamente, son una desventaja para los que deben emplearlos. Conducid un ejército puro, de hombres selectos, compuesto por los que tengan el cuerpo extraordinariamente fuerte y el alma intrépida, y apartad a los timoratos, para que no huyan en el momento de la acción dando ventaja al enemigo. Dad también licencia a los que construyeron recientemente sus casas y las habitaron menos de un año, y a los que plantaron sus viñedos y todavía no compartieron sus frutos, para que se queden en sus tierras, lo mismo que a los que se desposaron, o contrajeron últimamente enlace con sus esposas, no sea que sintiendo el afecto que no gozaron mucho en sus vidas, se reserven para saborearlo y se vuelvan voluntariamente cobardes (a causa de sus esposas). 42. Cuando arméis vuestras tiendas, tened cuidado de no hacer nada que sea cruel. Cuando estéis empeñados en un asedio y os haga falta madera para las máquinas bélicas, no arraséis la tierra cortando los árboles frutales; respetadlos, considerando que fueron hechos en beneficio de los hombres, y que si pudieran hablar se quejarían justamente contra vosotros; porque sin ser motivo de guerra son tratados injustamente y sufren, y si pudieran se transladarían a otro país. Cuando hayáis derrotado al enemigo en la batalla, matad a los que combatieron contra vosotros, pero dejad a los demás vivos para que os paguen tributo, exceptuando a la nación de los cananeos, porque a este pueblo deberéis destruirlo enteramente. 43. Tened cuidado, especialmente en las batallas, de que nin- guna mujer use ropas de hombre y ningún hombre ropas de mujer. 44. Esa fué la forma de gobierno que Moisés nos dejó. En tregó también las leyes escritas cuarenta años antes, acerca de las cuales hablaremos en otro libro. En los días siguientes (porque los reunía continuamente en asamblea), les dió 1 En la Biblia (Deuter., XXVII, 3) Moisés no pone ninguna inscripción; encomienda al pueblo que, después de pasar el Jordán, escriba las palabrasde la ley "en piedras grandes revocadas con cal", las que deberán levantar en el bendiciones, y envió maldiciones a los que no vivieran de acuerdo con las leyes, transgrediendo los deberes que les habían señalado para observar. Luego leyó una canción poética, compuesta con versos hexámetros, y la dejó en el libro santo. Contiene una predicción de lo que pasaría después. Todas las cosas sucedieron de conformidad y nos siguen pasando, no habiéndose apartado absolutamente nada de la verdad. Entregó los libros a los sacerdotes junto con el arca, en la que también puso los diez mandamientos escritos en dos tablas. También les entregó los tabernáculos, y exhortó al pueblo a que, una vez conquistado el país e instalados en él, no olvidaran las ofensas de los amalecitas y les hicieran la guerra, infligiéndoles el castigo por el daño que les habían hecho cuando se hallaban en el desierto; y a que después de tomar posesión de la tierra de los cananeos y destruir a la multitud de sus habitantes, como deberían hacer, erigieran un altar dando frente a la salida del sol, no lejos de la ciudad de los siquemitas, entre dos montañas, la de Garizim a la derecha y la llamada Gibal a la izquierda; y a que el ejército fuera dividido, quedando seis tribus en cada una de las dos montañas, y con ellos los levitas y los sacerdotes. Primero orarían los de la montaña Garizim por la bendición de los que eran diligentes en la adoración de Dios y la observancia de sus leyes, y de los que no habían rechazado lo que les dijera Moisés; y los demás responderían con murmullos favorables. Cuando estos últimos pronunciaran las mismas oraciones, los anteriores aprobarían. Luego serían declaradas maldiciones sobre los que transgredieran las leyes, respondiéndose alternativamente a manera de confirmación de lo dicho. Moisés les escribió las bendiciones y las maldiciones, para que las aprendieran tan bien que jamás las olvidaran con el correr del tiempo. Cuando estuvo preparado para morir, escribió las bendiciones y maldiciones a cada lado del altar, donde esta vez también estaba el pueblo; luego sacrificó y ofreció holocaustos, aunque después de ese día nunca ofrecieron en él ningún otro sacrificio, porque no era legítimo hacerlo1. monte Ebal, como altar a Jehová. Josué cumple el encargo, comodice más adelante Josefo (V, 1, 19), aunque refiriéndose a las maldiciones. 2 Se refiere a las que llevaban los sacerdotes en el pecho. Estas son las leyes de Moisés; y la nación hebrea sigue viviendo de acuerdo con ellas. 45. Al día siguiente Moisés congregó al pueblo, con las muje- res y los niños, estando presentes también los esclavos, para que se comprometieran con juramento a observar las leyes, y para que después de considerar debidamente el sentido que tenían de Dios, no fueran a creer que otra cosa era preferible a las leyes y las transgredieran, ni por favorecer a un pariente, ni por temor a terceros, ni por ningún otro motivo. En caso de que alguien de su sangre, o toda una ciudad, tratara de confundir o disolver la constitución de su gobierno, deberían combatirlos, todos juntos y cada persona en particular; después de conquistarlos, derri- barían la ciudad hasta los cimientos y si fuera posible no dejarían la menor huella de semejante locura. Si no fueran capaces de tomar esa venganza, demostrarían de todos modos que lo que habían hecho era contrarió a sus deseos. Y la multitud se comprometió con juramento a hacerlo. 46. También les enseñó Moisés cómo serían más aceptables para Dios sus sacrificios; y de qué manera deberían ir a la guerra guiándose por las piedras2, como he expresado anteriormente. También Josué profetizó estando Moisés presente. En seguida Moisés recapituló todo lo que había hecho por el cuidado del pueblo, en las guerras y en la paz, habiéndoles dado una excelente forma de gobierno, y les predijo, como Dios le había declarado, que si transgredían la institución de la adoración a Dios, sufrirían las siguientes desgracias: su país se llenaría de armas de guerra de sus enemigos, sus ciudades serían derribadas y su templo incendiado; ellos serían vendidos como esclavos a otros hombres que no se compadecerían de sus aflicciones; y se arrepentirían, cuando el arrepentimiento no les aliviaría los sufrimientos. -No obstante -agregó-, el Dios que fundó vuestra nación devolverá las ciudades a vuestros ciudadanos, con el templo, y vosotros perderéis estas ventajas no una vez, sino a menudo. 47. Después de haber exhortado a Josué a organizar una expedición contra los cananeos, ayudado por Dios en todas sus empresas, añadió -Como debo ir a reunirme con mis antepasados, y Dios dis- puso que hoy fuera el día de mi partida, le daré las gracias mien- tras todavía estoy vivo y con vosotros, porque él ejerció su provi- dencia con vosotros, y ella no sólo nos libró de las miserias en que estábamos sino que nos otorgó prosperidad; asimismo me asistió en la tarea que emprendí y en todas las obras que realicé por vosotros para mejorar vuestra condición, y se mostró favorable con nosotros en todas las ocasiones; mejor dicho fué él quien manejó desde el principio nuestros asuntos, llevándolos a un fin feliz, usándome como vicario general bajo sus órdenes y como ministro en los asuntos en los que quería beneficiaros. Por eso creo apropiado bendecir el poder divino que os cuidará en los tiempos venideros, con el objeto de pagar la deuda que tengo con él y dejaros a vosotros el recuerdo de que debemos adorarlo y honrarlo y cumplir las leyes que son el don más excelso de todos los que hasta ahora nos ha dado y de los que, si sigue favorecién- doos, os dará en lo futuro. Un legislador humano es sin duda un terrible enemigo cuando sus leyes son ofendidas y despreciadas; pero no experimentéis jamás el desagrado de Dios, descuidando las leyes que creó y os dió. 48. Después de estas palabras de Moisés, dichas al final de su vida, y cuando les predijo lo que a cada tribu ocurriría y añadió su bendición, la multitud se deshizo en lágrimas, y hasta las ,mujeres, golpeándose el pecho, expresaron la honda preocupación que les causaba su inminente muerte. Los niños también lloraron, tanto más intensamente cuanto que no podían contener su dolor, con lo que expresaban que aun a su edad apreciaban su virtud y sus grandes hazañas. Jóvenes y viejos parecían rivalizar en sus manifestaciones de dolor. Los viejos penaban porque se verían pri. vados de un gran protector, y se lamentaban por su situación futura. Los jóvenes penaban no solamente por eso, sino también porque se verían abandonados por él antes de haber gustado bastante de su virtud. Se puede adivinar el dolor y las lamentaciones de la multitud, por lo que le pasó al mismo legislador, aunque siempre estaba persuadido de que no debía abatirse al acercarse el momento de su muerte, ya que debía correrse esa suerte porque era la voluntad de Dios y la ley de la naturaleza, pero la actitud del pueblo lo agobió de tal modo que se echó a llorar. Luego se dirigió al lugar donde debía desaparecer de su vista, seguido por toda la multitud que lloraba; Moisés hizo seña con la mano a los que estaban más alejados indicándoles que se detu- vieran, mientras exhortaba a los que estaban cerca a que no hi- cieran tan lamentable su partida. Pensaron entonces que debían acordarle ese favor, dejándolo partir como él quisiera, y se con- tuvieron, aunque siguieron llorando entre sí. Lo acompañaron el senado, Eleazar el sumo sacerdote y Josué su comandante. Cuando llegaron al monte llamado Abarim, (que es una mon- taña muy alta, situada frente a Jericó, ofreciendo al que estaba sobre ella una vista de la mayor parte de la excelente tierra de Canaán), despidió al senado; y cuando iba a abrazar a Eleazar y Josué, y mientras seguía conversando con ellos, de pronto se cir- mo sobre él una nube y Moisés desapareció en un valle; aunque él escribió en los libros sagrados que murió, lo que hizo por temor de que se aventuraran a decir que por su extraordinaria virtud se había ido con Dios. 49. Moisés vivió en total ciento veinte años, una tercera parte de los cuales, menos un mes, fué el gobernante del pueblo. Murió el último mes del año, llamado por los macedonios distro y por nosotros adar, el primer día del mes. Fué superior a todos los hombres en inteligencia, e hizo el mejor uso de lo que esa inte- ligencia le indicaba. Tenía una manera muy grata de hablar y di- rigirse a la multitud, y en cuanto a sus otras cualidades, sabía dominar ampliamente sus pasiones, como si apenas las tuviera en su alma, y las conocía sólo de nombre y más bien por advertirlas en los demás que en sí mismo. Fué además un general de ejército de los que se ven pocos, y un profeta como no se conoció ningún otro, hasta el punto de que cualquier cosa que decía era la voz de Dios mismo la que hablaba. El pueblo lo lloró treinta días. Jamás sufrieron los hebreos una pena tan honda como la que sintieron por la muerte de Moisés; no sólo lo querían aquellos que habían experimentado su conducción sino todos los que utilizaron las leyes que dejó y que le dió la extraordinaria virtud que poseía. Con lo cual considero que es bastante para expresar de qué modo se produjo la muerte de Moisés. LIBRO V Abarca un lapsode cuatrocientossetenta y seis años CAPITULO I Josué, comandante de los hebreos, hace la guerra a los cananeos, los vence, los destruye y divide la tierra por sor. teo entre las tribus de Israel 1. Después que Moisés fué sacado de entre los hombres, de la forma que ya hemos descrito, y cuando concluyeron todas las solemnidades correspondientes al duelo y el dolor de su muerte, Josué ordenó a la multitud que se aprestara para una expedición. Envió espías a Jericó a averiguar de qué fuerzas disponían y cuáles eran sus intenciones; y puso en orden el campamento, disponiéndose a pasar el Jordán en la estación propicia. Luego citó a los dirigentes de la tribu de Rubén y a los gober- nantes de la tribu de Gad y de Manasés, la mitad de la cual había sido autorizada para instalarse en la tierra de los amorreos, que era la séptima parte del país de Canaán, y les recordó lo que habían prometido a Moisés y los exhortó a que por el cuidado que Moisés les había dado, que nunca se fatigaba de ocuparse de ellos, ni siquiera cuando se estaba muriendo, y por el bienestar del pueblo, que se prepararan y realizaran rápidamente lo que habían prometido. Y tomando cincuenta mil hombres que los siguieron marchó de Abila al Jordán, sesenta estadios. 2. Inmediatamente después de instalar el campamento volvieron los espías, conociendo exactamente la situación general de los cananeos. Al principio, antes de ser descubiertos, pudieron ver sin 209 JI molestias toda la ciudad de Jericó, notando qué partes de las murallas eran fuertes y cuáles no lo eran, y si eran realmente seguras, y qué puertas eran tan débiles que podrían permitir la entrada del ejército. Aquellos que los vieron creyeron que eran simplemente forasteros, que solían ser curiosos y observaban las cosas de la ciudad, y no los supusieron enemigos. Pero luego se retiraron a una posada, próxima a las murallas, donde comieron, y cuando estaban considerando la forma de regresar, el rey, que estaba cenando, fué informado de que habían llegado ciertas personas del campamento de los hebreos para ver la ciudad como espías, y que estaban en la posada de Rahab, tratando de no ser descubiertos. El rey mandó inmediatamente gente con orden de arrestarlos y llevarlos a su presencia, para hacerlos torturar y averiguar qué asuntos los habían llevado. Cuando Rahab se enteró de la llegada de los mensajeros escondió a los espías bajo unos haces de lino que había puesto a secar en el techo de la casa, y dijo a los mensajeros enviados por el rey que unos farasteros desconocidos habían cenado con ella poco antes de la puesta del sol y se habían ido; y que si eran peligrosos para la ciudad, o para el rey, podían fácilmente ser apresados. Los mensajeros, engañados por la mujer y sin sospechar nada, siguieron su camino sin ocuparse de registrar la posada y tomaron por los caminos por los que creyeron más probable que se hubiesen marchado los espías, y sobre todo los que conducían al río; pero no tuvieron ninguna noticia de ellos, y abandonaron la persecución. Pasado el tumulto, Rahab hizo bajar a los hombres y les pidió que cuando tomaran posesión de Canaán y estuvieran en condi- ciones de hacer algo por ella, que no olvidaran el peligro que había corrido para salvarlos. Porque si hubiese sido sorprendida ocultándolos no habría escapado a una muerte terrible, con toda su familia. Les pidió que se fueran pero que antes le juraran que la salvarían a ella y su familia, cuando tomaran la ciudad y destruyeran a todos sus habitantes, como lo habían decretado. Porque se había sentido asegurada por los milagros divinos de que se había enterado. Los espías reconocieron que le debían las gracias por lo que había hecho y juraron recompensarle su amabilidad no sólo con palabras, sino con hechos. Le recomendaron que cuando viera que la ciudad estaba por ser tomada reuniera sus cosas y su fa- milia en la posada para mayor seguridad, y colgara unos hilos rojos delante de las puertas, para que el comandante de los he. breos pudiera reconocer la casa y se ocupara de que no le hicie- ran daño. -Porque -añadieron-, le informaremos de lo sucedido, de que te preocupaste de salvarnos. Pero si alguno de tus parientes cayera en la batalla, no nos culpes a nosotros. Y rogamos que Dios, por quien hemos jurado, no se disguste con nosotros, de que hemos violado nuestro juramento. Hecho ese convenio los hombres partieron, descendiendo por la pared por medio de una cuerda, y huyeron. Volvieron al campamento y contaron al pueblo lo que habían hecho en su viaje a la ciudad. Josué relató a Eleazar, el sumo sacerdote, y al senado, lo que los espías habían jurado a Rahab, quienes confirmaron el juramento. 3. Josué, el comandante, estaba preocupado por el paso del Jordán, porque el río tenía una corriente muy fuerte y no podía ser atravesado por medio de puentes, que nunca habían sido ten- didos sobre él. Sospechaba que si trataba de tender un puente los enemigos no lo dejarían terminarlo, y barcas no tenían. Dios había prometido disponer el río de tal modo que pudieran pasarlo, retirando la mayor parte de las aguas. Dos días más tarde Josué hizo pasar al ejército y toda la mul- titud de la siguiente manera: Primero avanzaron los sacerdotes, con el arca; luego los levitas conduciendo el tabernáculo y los va- sos de los sacrificios; después les siguió la multitud, por tribus, llevando a las mujeres y los niños en el centro, para que no los arrastrara la corriente. No bien entraron los sacerdotes el río apareció fácil de vadear; se redujo la profundidad de las aguas y se vió la arena en el fondo. La corriente no era ni tan fuerte ni tan rápida como para arrastrar a nadie. Todos pasaron el río sin temor, encontrándolo tal como Dios había predicho que lo pondría. Los sacerdotes se quedaron inmóviles en el centro del río hasta que pasó la multitud y llegó sana y salva a la orilla. Después salieron ellos también, dejando que las aguas corrieran de nuevo libremente como antes. J Cuando hubieron salido todos los hebreos, el río volvió a subir y recuperó su magnitud anterior ` q4. Los hebreos avanzaron cincuenta estadios más e instalaron el campamento a diez estadios de Jericó. Josué erigió un altar con las piedras que los jefes de las tribus, por orden del profeta, habían sacado de la profundidad, para que fuera un recuerdo del retroceso del río y para ofrecer en él sacrificios a Dios. En aquel sitio celebraron la pascua, y consiguieron en abundancia todas las cosas que querían, porque cosecharon el grano de los cananeos, ue estaba a punto, y tomaron otras cosas como botín, porque ya no recibieron más el maná, que había sido anteriormente su alimento y que habían comido durante cuarenta años. 5. Mientras hacían eso los israelitas, los cananeos no los atacaron; permanecieron quietos dentro de sus murallas, y Josué resolvió ponerles sitio. El primer día de la fiesta2 los sacerdotes condujeron el arca, rodeada por un grupo de hombres armados, para hacerle guardia. Los sacerdotes iban delante, soplando las siete trompetas, y exhortando al ejército a que tuviera valor y marchara alrededor de la ciudad, seguido por el senado. Después de hacer sonar las trompetas, que fué sólo eso lo que hicieron, los sacerdotes volvieron al campamento. Después de hacer lo mismo durante seis días, al séptimo Josué congregó a los hombres armados y al pueblo y les dijo la buena nueva de que ahora tomarían la ciudad, porque ese día Dios se la entregaría con la caída de las murallas, lo que ocurriría espontáneamente, sin que los hombres hicieran nada. Sin embargo les encargó que mataran a todos los que aprisio- naran, y no se abstuvieran de matar a sus enemigos ni por debi- lidad ni por lástima, y que no se entregaran al saqueo desviándose de perseguir a sus enemigos cuando huyeran; y que destruyeran todos los animales y no se llevaran nada para su ventaja personal. Les mandó también que reunieran todo lo que fuera de plata y oro, para apartarlo y ofrecerlo como primicia a Dios, por el éxito 1 También aquí Josefo reduce el aspecto sobrenatural del relato bíblico. En Josué (III, 15, 16, 17) dice que el río se divide en dos y "todo Israel lo pasó en seco". 2 La fiesta de Pascua, pero la Biblia no lo dice. obtenido en la primera ciudad conquistada 1. Y que dejaran vivos únicamente a Rahab y su familia, por el juramento que le habían hecho los espías. 6. Dicho esto, y después de poner en orden al ejército, lo con- dujo contra la ciudad. Volvieron a marchar en derredor de ella, con el arca a la cabeza, y los sacerdotes animando al pueblo a obrar con fervor. Dieron siete vueltas a la ciudad y permanecieron un instante inmóviles y luego las murallas se derrumbaron sin que los hebreos les hubiesen aplicado ningún instrumento guerrero ni ninguna otra fuerza. 7. Entraron en Jericó y mataron a todos los hombres que encontraron y que seguían sorprendidos y atemorizados al ver caer las murallas; habían perdido todo el valor y no se pudieron defender. Fueron muertos, degollados, algunos en los caminos, otros apresados en sus casas. Nada ni nadie les dió ayuda y pe- recieron todos, incluso las mujeres y los niños. No escapó ni uno solo y la ciudad se llenó de cadáveres. Luego prendieron fuego a la ciudad y el campo que la rodeaba; sólo dejaron vivos a Rahab y su familia que se habían refugiado en la posada. La condujeron a presencia de Josué quien le dijo que le debían las gracias por haber protegido a los espías. Añadió que no sería inferior el beneficio que le haría, e inmediatamente le dió unas tierras y siempre la tuvo en gran estima. 8. Las partes que escaparon al fuego las arrasó hasta los ci- mientos; y echó una maldición sobre sus habitantes; si alguno quería reedificarla poniendo los cimientos sobre las murallas, que se viera privado de su primogénito, y al terminarla que perdiera a su hijo menor. Pero de lo que aconteció luego hablaremos más tarde. 9. Había una inmensa cantidad de plata y oro, y además de bronce, que fué retirado todo junto de la ciudad sin que nadie transgrediera el decreto ni hurtara nada para su beneficio particular. El botín Josué lo entregó a los sacerdotes para depositarlo junto con los demás tesoros. Y de este modo pereció Jericó. 10. Pero hubo un tal Acar hijo de Zebedía, de la tribu de Judá, que encontró una prenda real tejida completamente con oro, una pieza de plata que pesaba cincuenta siclos y otra de oro de 1 Josefo omite aquí el bronce y el hierro (Josué, VI, 19). 212 213 1 doscientos siclos, y pensando que era injusto que el botín que él, corriendo algunos peligros,- había recogido, tuviera que entregarlo para ser ofrecido a Dios, que no lo necesitaba, mientras que el que lo necesitaba tenía que entregarlo, abrió un pozo profundo en su tienda y los guardó allí, suponiendo que no sólo quedaría escondido de sus camaradas sino también de Dios. 11. El sitio donde Josué había establecido el campamento se llamaba Galgalá, que significa libertad; porque desde que habían pasado el Jordán se consideraban libres de las miserias que ha- bían sufrido con los egipcios y en el desierto. 12. Pocos días después de la calamidad que había asolado a Jericó Josué envió tres mil hombres armados a tomar Ana, ciudad situada más allá de Jericó. Pero a la vista del pueblo de Ana fueron rechazados, perdiendo treinta y seis hombres. Cuando lo supieron los israelitas quedaron muy tristes y sumamente desconsolados, no tanto por los hombres que habían sido destruídos, aunque eran buenos hombres, y merecían su estima, como por la desesperación que les causaba. Porque cuando creían que ya estaban en posesión del país y que el ejército saldría de las batallas sin sufrir pérdidas, como Dios les había prometido de antemano, inesperadamente veían al enemigo audaz por el buen éxito. Se pusieron sacos sobre la ropa y pasaron todo el día llorando y lamentándose, sin pensar en comer y tomándose muy a pecho lo ocurrido. 13. Viendo Josué al ejército afligido y lleno de malos presa- gios para toda la expedición, usó libertad con Dios y dijo: -No hemos llegado hasta aquí por nuestra precipitación, por habernos considerado capaces de someter esta tierra con nuestras armas, sino por instigación de Moisés tu siervo, porque tú prometiste, con muchos signos, que nos darías la posesión de esta tierra y que harías nuestro ejército siempre superior en la guerra a nuestros enemigos. Varios triunfos ya hemos logrado, concordantes con tus promesas; pero como ahora hemos fracasado, perdiendo unos hombres de nuestro ejército, nos sentimos pesarosos, temiendo que no podamos esperar lo que tú nos has prometido, y que Moisés nos predijo. Y nuestra futura expectación nos perturba más aún porque hemos sufrido ese desastre en nuestra primera tentativa. Líbranos, señor, de esas sospechas, porque tú puedes hallar remedio al desorden dándonos la victoria, lo que nos 214 quitará el pesar que padecemos ahora y evitará nuestra desconfianza en lo porvenir. s 14. Josué presentó este pedido a Dios postrado sobre su ros- tro. Dios le contestó que se levantara y purificara a su hueste de la contaminación que le había entrado. Porque habían sido roba- dos desvergonzadamente objetos consagrados a él. Esa era la causa de la derrota que sufrieron, agregó. Que buscaran y castigaran al ofensor, y él volvería a preocuparse de que obtuvieran la victoria sobre sus enemigos. Josué lo comunicó al pueblo. Llamó a Eleazar, el sumo sacerdote, a las autoridades, y echó suertes, tribu por tribu. La suerte señaló que la mala acción había sido cometida por uno de la tribu de Judá. Volvió a sortear entre sus diversas familias y se halló que la mala acción correspondía a la familia de Acar. Hecha la investigación hombre por hombre, tomaron a Acar, que, después de ser reducido por Dios a un terrible rigor, no pudo negar el hecho. Confesó el robo y entregó lo que había tomado. Inmediatamente fué muerto y condenado a ser sepultado de noche y vergonzosamente, como correspondía a un malhechor condenado 1. 15. Purificada de este modo la hueste, Josué la condujo contra Ana. Tendió de noche una emboscada alrededor de la ciudad y atacó al enemigo no bien fué de día. El enemigo avanzó audaz- mente contra los israelitas, animado por su victoria anterior. Josué fingió una retirada y los llevó de ese modo a gran distancia de la ciudad, haciéndoles creer que los perseguían y que se repetía el caso de la batalla anterior. De pronto Josué ordenó a sus fuerzas que se volvieran e hicieran frente al enemigo. Hizo entonces la señal convenida a los que estaban emboscados, incitándolos a pelear. Estos corrieron a la ciudad, cuyos habitantes, perplejos, se hallaban en las murallas, contemplando a los que se acercaban a las puertas. Tomaron la ciudad y mataron a todos los que encontraron. Josué obligó a los que lo habían seguido a librar una batalla cuerpo a cuerpo, los derrotó y los puso en fuga. El enemigo corrió a la ciudad, creyendo que no había sido tocada; cuando 1 Con este detalle, que no figura en las Escrituras, Josefo habrá querido demostrar que se aplicó la ley mosaica de la lapidación, que menciona en el libro IV (cap. 3, párr. 6). 215 t 1 vieron que había sido tomada y que ardía, con sus esposas e hijos, se desparramaron por el campo, incapaces de defenderse porque no tenían quién los sostuviera. Después del desastre sufrido por Ana, los israelitas tomaron gran número de niños, mujeres y sirvientes, y una inmensa can- tidad de diversos efectos. Los hebreos tomaron también rebaños de ganado y una gran suma de dinero, porque era un país rico. Cuando llegó Josué a Galgalá, dividió el botín entre los soldados. 16. Los gabaonitas, que vivían muy cerca de Jerusalén, cuan- do vieron las desdichas de los habitantes de Jericó y de Ana y sospechando que les tocaría a ellos la misma triste calamidad, no creyeron conveniente pedir misericordia a Josué, porque pensaron que poca conmiseración podrían encontrar en el que hacía la guerra y podía destruir todo el país de los cananeos, e invitaron en cambio a los ceferitas y al pueblo de Cariatiarima, que eran sus ve cipos, a coaligarse contra ellos diciéndoles que no podrían eludir el peligro en que se hallaban si los israelitas se anticipaban y los atacaban. Cuando los convencieron resolvieron tratar de escapar a las fuerzas israelitas. De acuerdo con el convenio que pactaron, enviaron delegados a Josué para proponerle un pacto de amistad con él, eligiendo a los ciudadanos mejor conceptuados y más capaces de hacer lo que beneficiara a la multitud. Los embajadores creyeron que sería peligroso confesarse cananeos, y supusieron que con este recurso evitarían el peligro, o sea diciendo que no tenían ninguna relación con los cananeos y vivían a mucha distancia de ellos. Añadieron que habían hecho un largo viaje, atraídos por la reputación de su virtud. Como prueba de la verdad de sus palabras, le mostraron la ropa que llevaban puesta, que era nueva cuando salieron y ahora estaba muy gastada por el largo tiempo del viaje. Porque realmente se había puesto ropa rota de propósito para hacerle creer lo que decían. Rodeados por el pueblo, declararon que eran enviados por el pueblo de Gabaón y las ciudades circunvecinas, que estaban muy alejadas de aquel sitio, para hacer con ellos un pacto de amistad, en las condiciones que eran habituales de sus antepasados. Porque cuando supieron, añadieron, que por el favor de Dios y sus mercedes entrarían en posesión de la tierra de Canaán, que les había sido concedida, se alegraron mucho y deseaban ser incluidos en el número de sus ciudadanos. Así dijeron los embajadores, y mostrando las señales de su largo viaje, rogaron a los hebreos que hicieran con ellos un pacto de amistad. Creyendo sus palabras, y de que no eran de la nación de los cananeos, Josué hizo amistad con ellos. Eleazar, el sumo pontí- fice, y el senado, les juraron que los considerarían amigos y aso- ciados y que no harían nada que fuera injusto contra ellos; y la multitud asintió al juramento que les hacían. Obtenido lo que querían, engañando a los israelitas, los hom- bres se volvieron. Pero cuando Josué condujo su ejército al cam- po, al pie de las montañas de esa parte de Canaán, supo que los gabaonitas vivían cerca de Jerusalén y que eran del linaje de los cananeos. Envió a llamar a sus gobernadores y les reprochó el engaño que le habían hecho. Ellos alegaron en su defensa que no tenían otra manera de salvarse y se vieron obligados a acudir a ese recurso. Josué, citó a Eleazar, el sumo pontífice, y al senado, que consideraron justo hacerlos servidores públicos, para no vio- lar el juramento que les habían hecho, y les dieron esa orden. Ese fué el medio de que se valieron esos hombres para salir sanos y salvos de la calamidad que iba a ocurrirles. 17. El rey de Jerusalén, indignado por la actitud de los gabaonitas de pasarse a Josué, invitó a los reyes de las naciones vecinas a unirse para hacerles la guerra juntos. Cuando los gabaonitas vieron que esos reyes, que eran cuatro además del rey de Jerusalén, se proponían atacarlos, y advirtieron que habían instalado el campamento junto a una fuente, cerca de la ciudad a la que se preparaban para asediar, pidieron ayuda a Josué. Porque temían ser destruidos por aquellos cananeos y suponían que serían salvados por aquellos que habían ido a destruir a los cananeos merced al pacto de amistad que con ellos habían hecho. Josué se apresuró a acudir con todo su ejército en su ayuda, y marchando día y noche, a la mañana cayeron sobre el enemigo cuando iba al asedio y después de derrotarlo lo persiguió cuesta abajo por las lomas. Aquel sitio se llama Bezorón; allí también supo que Dios lo había asistido, lo que declaró con truenos y relámpagos, como por la caída de granizo más grande que el habitual. Además su 216 217 cedió que el día se prolongó, y la noche no llegó demasiado rá- pido para no ser un obstáculo al fervor con que los hebreos perse- guían al enemigo; de ese modo Josué pudo apresar a las reyes, que se habían escondido en una cueva de Maceda, y les dió muerte. El hecho de que el día se hubiese prolongado, siendo más largo que de costumbre, figura en los libros guardados en el Templo. 18. Vencidos los reyes que iban a hacer la guerra a los ga- baonitas, Josué volvió a la parte montañosa de Canaán, y después de hacer una gran matanza de ese pueblo tomó el botín y regresó al campamento de Galgalá. Se extendió entonces una gran fama entre los pueblos de los alrededores, acerca del valor dedos hebreos, y los que se enteraron de la gran cantidad de hombres que habían matado sintieron gran temor. Los reyes que vivían alrededor del monte Líbano, que eran cananeos, organizaron una expedición. Los cananeos que vivían en la llanura, reunidos con los filisteos, establecieron campamento en Berota, ciudad de la alta Galilea, próxima a Cedasa, que es también localidad de la Galilea. El número total de los que componían el ejército era de tres- cientos mil infantes y diez mil jinetes, con veinte mil carros. La multitud del enemigo asustó a Josué y a los israelitas, y en lugar de tener amplias esperanzas en el buen éxito, se sintieron supersticiosamente atemorizados por el terror que los había asaltado. Dios entonces les reconvino por el temor que tenían, y les pre- guntó si querían una ayuda mayor aún que la que podía darles, y les prometió que vencerían al enemigo y les encomendó que inutilizaran los caballos del enemigo y les quemaran los carros. Con estas promesas de Dios Josué se sintió lleno de valor y salió de pronto a enfrentar al enemigo, y después de cinco días de marcha se encontró con él y le ofreció batalla. Hubo una lucha terrible y fueron muertos tantos que nadie lo quería creer. Luego los persiguió un trecho largo, destruyendo a todo el ejército enemigo, salvo algunos pocos. Todos los reyes cayeron en la batalla. Cuando no hubo más hombres para matar, Josué mató los caballos y quemó los carros y pasó por todo el país sin oposición, no atreviéndose nadie a darle batalla. Pero él siguió adelante, tomando las ciudades por asedio y matando a todos los que tomaba. 19. Transcurrió el quinto año y ya no quedaba ningún cana- neo, salvo los que se habían retirado a sitios de gran resistencia. Josué retiró su campamento a la región montañosa, y depositó el tabernáculo en la ciudad de Siló, porque parecía un lugar apropiado debido a la belleza de su posición, hasta que pudieran edificar un templo. De ahí se trasladó a Siquem, con todo el pueblo, y erigió un altar en el sitio que Moisés había indicado de antemano. Luego dividió al ejército, dejando una mitad en el monte Garizim y la otra en el monte Gibal, donde estaba el altar. También dejó allí a la tribu de Leví y a los sacerdotes. Después de sacrificar y declarar las maldiciones, y dejarlas grabadas en el altar, volvieron a Siló 1. 20. Josué se hizo viejo, y vió que las ciudades de los cananeos no eran fáciles de tomar, no sólo porque estaban situadas en si- tios tios muy resguardados, sino por la fortaleza de las murallas, construídas alrededor de la fortaleza natural de los lugares donde se hallaban las ciudades, que parecían capaces de repeler al enemigo que las asediara y hacerle desesperar de tomarlas. Porque cuando los cananeos supieron que los israelitas habían salido de Egipto para destruirlos se dedicaron a hacer más fuertes sus ciudades. Josué congregó al pueblo en Siló, y cuando todos se reunieron, apresuradamente y con gran celo, les hizo observar los grandes éxitos que habían logrado hasta entonces y las cosas gloriosas que habían hecho, dignas de aquel Dios que los había capacitado para hacerlas y de la virtud de las leyes que observaban. Advirtió también que treinta y uno de los reyes que se habían aventurado a darles batalla habían sido vencidos, y que todos los ejércitos que habían luchado contra ellos, por grandes y confiados en su poder que hubiesen sido, fueron completamente destruidos, ¡ hasta el punto de que no quedaba ni uno de sus descendientes. En cuanto a las ciudades, como algunas habían sido tomadas pero ! quedaban otras que debían ser tomadas con el tiempo, mediante largos asedios, por la fortaleza de las murallas y la confianza que éstas inspiraban a sus habitantes, consideraba razonable que las tribus que habían ido con ellos desde el otro lado del Jordán, participando de los peligros que corrieron, siendo de su propia estirpe, que fueran despedidos y enviados a sus casas, agradeciéndoseles por las penurias que sufrieron junto con ellos. Y creía 1 V. nota de la pág. 272. 218 219 igualmente razonable que enviaran un hombre de cada tribu 1, de los que hubiesen demostrado una extraordinaria virtud, para medir fielmente la tierra y que sin engaños ni falsedades informaran sobre su real magnitud. 21. Después de hacer esa propuesta, Josué halló que la mul- titud la aprobaba. Envió por lo tanto hombres a medir la tierra y mandó con ellos a varios geómetras, que no podrían dejar fá- cilmente de conocer la verdad por su habilidad en el arte. Les encargó asimismo que estimaran las medidas de las partes del país que eran más fértiles y de las que no eran tan buenas. Porque así es el país de Canaán; hay grandes llanuras, excelentes para dar frutos, y que comparadas con otras partes del país pueden parecer sumamente fértiles, pero comparadas con los campos que rodean a Jericó, y con los que pertenecen a Jerusalén, parecerán sin ninguna utilidad. Y aunque la tierra de este último pueblo tiene poca extensión y es, además, en su mayor parte, montañosa, sin embargo no desmerece de otras partes por su excelente calidad y belleza. Por cuya razón Josué consideraba que la tierra destinada a las tribus debería ser dividida estimando su calidad, más que su extensión, porque podía suceder que un arapende de una clase de tierra valiera por mil de otra clase. Los hombres que fueron enviados, y que eran en número de diez, recorrieron toda la tierra estimándola, y al séptimo mes regresaron a la ciudad de Siló, donde Josué había instalado el tabernáculo. 22. Junto con Eleazar, el senado y los jefes de las tribus, Josué distribuyó la tierra entre las nueve tribus y la mitad de la tribu de Manasés, señalando las dimensiones de acuerdo con la extensión de cada tribu. Sortearon y en el sorteo le tocó a Judá la mitad superior de Judea, llegando hasta Jerusalén, y extendiéndose a lo ancho hasta el lago de Sodoma. En el lote de esta tribu estaban las ciudades de Ascalón y de Gaza. El lote de Simeón, que fué el segundo, incluyó las partes de Idumea que limitaba con Egipto y Arabia. A la tribu de Benjamín le tocó en suerte un lote que a lo largo iba del río Jordán hasta el mar, y a lo ancho estaba limitado por Jerusalén y Bezel. Era el lote más estrecho de todos, debido a la calidad de la tierra, 1 Según la Biblia, tres hombres por tribu (Josué, XVIII, 4). 220 porque incluía a Jericó y la ciudad de Jerusalén. A la tribu de Efraím le tocó en suerte la tierra que se extiende desde el río Jordán hasta Gazara, y a lo ancho desde Bezel hasta su fin en la gran llanura. La media tribu de Manasés recibió la tierra que va desde el Jordán hasta la ciudad de Dora, y en el ancho hasta Bezana, que ahora se llama Escitópolis. Después le tocó a Isacar, cuyos límites fueron en longitud el monte Carmelo y el río, y en el ancho el monte Tabor. El lote de la tribu de Zabulón incluyó la tierra que pueda llegar hasta el lago Genezaret y la que pertenece al Carmelo y el mar. La tribu de Aser obtuvo la parte que se llamó el Valle, porque lo era, toda la parte que se encuentra frente a Sidón. La ciudad de Arce, llamada también Actipus, estaba en esa parte. Los neftalitas recibieron las partes orientales, hasta la ciudad de Damasco y la alta Galilea, el monte Líbano y los manantiales del Jordán que salen de ese monte; es decir, de la parte cuyos límites son los de la vecina ciudad de Arce. La parte de los da- nitas comprendía toda la región del valle que corresponde a la puesta del sol y estaba limitada por Azot y Dora; también reci- bieron Jamnia y Geta, desde Acarón hasta la montaña donde co- menzaba la tribu de Judá. 23. De ese modo dividió Josué a las seis naciones que llevaban los nombres de los hijos de Canaán, con sus tierras, para ser poseídas por las nueve tribus y media. Porque Moisés le había prevenido y ya había distribuido la tierra de los amorreos, que también tenía el nombre de uno de los hijos de Canaán, entre las dos tribus y media restantes, como hemos visto anteriormente. De las partes de Sidón, como las de los aruceos, los amateos y los aradianos, todavía no dispusieron. 24. Impedido Josué por su edad de realizar lo que se había propuesto y como los que le sucedieron en el gobierno se cui- daron poco de lo que era ventajoso para el pueblo, encargó a cada tribu que no dejaran ni el recuerdo de la raza de los cananeos en la tierra que les había sido dividida por sorteo; porque Moisés les había asegurado de antemano que podrían descansar satisfechos de que su seguridad y la observancia de sus leyes dependía enteramente de ello. Les ordenó además que entregaran treinta y ocho ciudades a los levitas, porque ya habían recibido 221 0 u diez en la tierra de los amorreos, tres de las cuales asignó a los que huyeran de un homicidio, para habitarlas; porque tuvo buen cuidado de que no se descuidara nada de lo que Moisés había ordenado. Esas ciudades eran Hebrón, de la tribu de Judá, Siquem, de la de Efraím, y Cedasa, localidad de la alta Galilea, de la de Neftalí. También distribuyó el resto del botín, que era muy grande, con lo que se vieron en posesión de grandes riquezas, todos jun- tos y cada uno en particular, consistentes en oro, plata, vestidos y otros muebles, aparte de gran cantidad de ganado cuyo número no se podía determinar. 25. Terminada esta operación, congregó al ejército y habló de este modo a aquellas tribus que se habían establecido en la tierra de los amorreos al otro lado del Jordán (de los cuales cincuenta mil hombres se habían armado para marchar con ellos a la guerra) -Ya que ese Dios que es el padre y señor de la nación hebrea nos dió en posesión esta tierra, y prometió mantenernos para siempre en el goce de su propiedad, y ya que vosotros os habéis ofrecido celosamente a ayudarnos cuando nos hacía falta vuestra ayuda, de acuerdo en todas las ocasiones con las órdenes de Dios, es justo ahora que terminaron nuestras dificultades que se os permita gozar de un descanso y que no abusemos más de vuestro celo para ayudarnos, de modo que si volvemos a necesitarla po- damos contar con ella en ocasiones futuras y que el exceso de fatiga no sea motivo para que seáis más remisos en ayudarnos en otra oportunidad. Os damos, por lo tanto, las gracias, por los peligros que habéis corrido con nosotros; y no lo hacemos solamente ahora sino que siempre estaremos dispuestos a recordaros como amigos y a tener en cuenta las ventajas que obtuvimos y la diligencia con que habéis pospuesto el goce de vuestra felicidad por nosotros y habéis trabajado por lo que ahora, por la voluntad de Dios, hemos obtenido, resolviendo no gozar de vuestra propia prosperidad hasta que no nos hayáis prestado esa asistencia. "No obstante, al uniros a nosotros habéis obtenido grandes ri- quezas y llevaréis a vuestros hogares abundante botín, de oro y de plata, y lo que es más que todo eso, nuestra buena voluntad para con vosotros y la disposición para devolveros vuestra ama bilidad en cualquier caso en que lo deseéis, porque vosotros no habéis omitido nada de lo que Moisés os requirió de antemano ni lo habéis despreciado después de haber muerto; nada, pues, puede disminuir la gratitud que os debemos. Por eso os despedimos jubilosamente enviándoos a vuestras heredades; y os rogamos dar por sentado que no hay límites entre nuestras íntimas relaciones y que no imaginéis que porque se interponga el río entre nosotros sois por eso de diferente raza que la nuestra y dejáis de ser hebreos, porque todos somos de la posteridad de Abram, nosotros los que habitamos aquí y vosotros los que habitáis allí; el mismo Dios trajo al mundo a nuestros antepasados y a los vuestros, y nosotros debemos observar su culto y la forma de gobierno que él nos ordenó, muy cuidadosamente, porque mientras continuéis cumpliendo esas leyes Dios se mostrará misericordioso con vosotros y os asistirá. Pero si imitáis a las otras naciones y abandonáis esas leyes, rechazará a vuestra nación. Dicho esto saludó a las autoridades uno por uno y a toda la multitud en común y mientras él permanecía en su sitio el pueblo acompañó a las tribus en su viaje, no sin lágrimas en los ojos, separándose luego con gran pena. 26. Después de pasar el río la tribu de Rubén y la de Gad y la parte de la de Manasés que los siguió, levantaron un altar en las orillas del Jordán, como monumento para la posteridad y señal de parentesco con los que habitarían al otro lado. Pero cuando los del otro lado supieron que aquellos a quienes habían despedido habían levantado un altar, al no saber con qué intención lo habían construído supusieron que había sido para hacer una innovación e introducir dioses extraños. Creyendo los informes difamatorios, en lugar de estar inclinados a rechazarlos, tomaron las armas para ir a vengarse de los que habían erigido el altar. Se dispusieron a cruzar el río para castigarlos por la subversión de las leyes de su país, pensando que no debían guardarles consideración por su parentesco ni su dignidad y que sólo debían consideración a la voluntad de Dios y el modo con que él quería que se le rindiera culto. Pero Josué, con Eleazar, el sumo pontífice, y el senado, los contuvieron, y los persuadieron de que primero hicieran una requisitoria verbal acerca de sus intenciones, y si encontraban que eran malas sólo entonces procedieran a hacerles la guerra. Enviaron, 222 223 entonces, como delegados a Finees, el hijo de Eleazar, y otras diez personas de gran estima entre los hebreos, para que les preguntaran qué se habían propuesto al edificar un altar en la orilla después de haber pasado el río. No bien los embajadores cruzaron el río y llegaron hasta ellos, fué congregada la multitud y Finees les dijo que la ofensa que habían cometido era demasiado horrible para ser castigada úni- camente con palabras, ni para ser corregida en lo futuro sola. mente. -Pero -añadió-, no hemos acudido a las armas para castigaros inmediatamente por la horrible transgresión en consideración a nuestro parentesco y a la posibilidad de que el hecho tuviese una explicación satisfactoria. Preferimos enviarles esta embajada para indagar las verdaderas razones que os han movido a erigir el altar y no aparecer apresurados en recurrir a la guerra sin conocer previamente si hay razones justificadas, y proceder a castigaros después si no las hubiere y la acusación fuese exacta. Porque se nos hace difícil creer que vosotros, que conocéis la vo- luntad de Dios, que habéis escuchado las leyes que él mismo nos dió, al separaros de nosotros para instalaros en vuestro patrimo- nio, obtenido en el sorteo por la gracia de Dios y la providencia que ejerce con vosotros, hayáis podido olvidarlo, abandonar el arca y el altar que es propio de nosotros, para introducir dioses extraños e imitar las malas prácticas de los cananeos. Pero que- daréis libres de culpa si os arrepentís ahora y no seguís adelante con esa locura y ofrecéis la debida reverencia y recordáis las leyes de vuestro país. Pero si persistís en el pecado, no escatimaremos esfuerzos para proteger nuestras leyes, y pasaremos el Jordán para defenderlas, y defender también a Dios, y os consideraremos iguales a los cananeos y os destruiremos como los hemos destruido a ellos. Porque no debéis imaginaros que al cruzar el río quedasteis fuera del alcance del poder de Dios. En cualquier parte donde os halléis estaréis en sitios que le pertenecen, y es imposible eludir su poder y el castigo que por eso aplica a los hombres. Y si creéis que vuestra instalación en este lado puede impediros ser razonables, nada se opondría a que dividamos de nuevo la tierra, dejando esta parte para el pastoreo de las ovejas; pero como este crimen es reciente haréis bien en volver prudentemente a vuestros deberes. Os rogamos por vuestros hijos y mujeres que no nos obliguéis a castigaros. Tomad, por lo tanto, en esta asamblea, las medidas necesarias, teniendo en cuenta que de ellas dependen vuestra seguridad y la seguridad de vuestros seres queridos, y creed que es mejor para vosotros ser conquistados con palabras que insistir en vuestros propósitos y sufrir las consecuencias de la guerra. 27. Después de este discurso de Finees, los directores de la asamblea y toda la multitud comenzaron a disculparse de la acu- sación, diciendo que no habían renunciado al parentesco que los unía y que no habían levantado el altar para introducir inno- vaciones; que reconocían un solo Dios común a todos los hebreos, y al altar de bronce erigido delante del tabernáculo en el cual ofrecerían los sacrificios. -En cuanto al altar que levantamos aquí -siguieron diciendo-, y que dió motivo a las sospechas, no lo hemos erigido para adorar ante él, sino como signo y testimonio de nuestro eterno parentesco con vosotros, y como precaución necesaria para nues- tra prudente conducta y para continuar con las leyes de nuestro país, y no como medio para transgredirlas, como vosotros ha. béis sospechado. Ponemos a Dios como auténtico testigo nuestro de que éste fué el motivo por el cual edificamos el altar. Os roga- mos por lo tanto que modifiquéis la mala opinión que os habéis formado de nosotros y no nos imputéis lo que a cualquier descen. diente de Abram le habría hecho merecedor de la muerte por intentar introducir nuevos ritos, diferentes de nuestras prácticas habituales. 28. Oída esa respuesta, que Finees les alabó, éste regresó y explicó a Josué, delante de todo el pueblo, cuál había sido la con- testación obtenida. Josué se alegró de no tener que ponerlos en pie de guerra ni conducirlos a derramar sangre y combatir con hombres de su propia estirpe. Ofreció en consecuencia sacrificios dando gracias a Dios. Luego Josué disolvió la gran asamblea del pueblo, enviándolos a sus respectivas heredades, mientras él establecía su residencia en Siquem. Veinte años después, siendo muy viejo, envió a buscar a los de mayor dignidad de las distintas ciudades, a las autoridades, al senado y a todo el pueblo común que podía estar presente. Una vez reunidos, les recordó todos los beneficios que Dios les había a otorgado, que no podían ser sino muchos, ya que de su baja condición habían subido a un grado tan alto de gloria y abundancia, y les exhortó a que tomaran nota de las intenciones de Dios que habían sido tan favorables para ellos. Les dijo que la divinidad seguiría concediéndoles su amistad sólo por la piedad de ellos. Y que era apropiado que él, Josué, ahora que estaba por abandonar la vida, les dejara esa exhortación y les expresara su deseo de que recordaran sus recomendaciones. 29. Después de estas palabras Josué murió, habiendo vivido ciento diez años, cuarenta de ellos junto con Moisés, para apren- der con él conocimientos ventajosos. Después de la muerte de Moisés fué comandante durante veinticinco años. Fué un hombre a quien no le faltó ni sabiduría ni elocuencia para expresarse; se destacó en ambas virtudes. Fué de gran valor y magnanimidad, en la acción y en el peligro, muy sagaz para buscar la paz del pueblo y de grandes cualidades en todos los momentos. Fué sepultado en la ciudad de Tamna, de la tribu de Efraím. En la misma época murió Eleazar, el sumo sacerdote, dejando el sumo sacerdocio a su hijo Finees. Su monumento y su sepulcro están en la ciudad de Gabata. CAPITULO II Después de la muerte de Josué los israelitas transgreden las leyes de su país. Estalla una sedición. Destrucción de la tribu de Benjamín 1. Después de la muerte de éstos (Josué y Eleazar), Finees profetizó que de acuerdo con la voluntad de Dios debían enco- mendar el gobierno a la tribu de Judá, la que destruiría la raza de los cananeos. Porque a la sazón el pueblo estaba preocupado por conocer cuál era la voluntad de Dios. Judá contó con la ayuda de la tribu de Simeón, con la condición de que cuando fueran muertos los cananeos atribuidos a la tribu de Judá, harían lo mismo con los que estaban en la parte de Simeón. 2. Pero la situación de los cananeos era en aquel entonces flo- reciente, y esperaron a los israelitas con un gran ejército en la ciudad de Bezek, habiendo puesto el gobierno en las manos de Adonibezek, nombre que significa señor de Bezek, porque adoni en hebreo significa señor 1. Los cananeos esperaban que la muerte de Josué hubiese sido un gran golpe para los israelitas. Pero cuando entraron en batalla con ellos, es decir, con las dos tribus arriba mencionadas, los hebreos lucharon gloriosamente y mataron a más de diez mil cananeos, poniendo en fuga a los restantes; los persiguieron y apresaron a Adonibezek quien, cuando le cortaron los dedos de las manos y los pies, dijo: -Por lo que veo era imposible que pudiera escapar siempre de Dios, y ahora tengo que sufrir lo que no vacilé en infligir a setenta y dos reyes. Lo condujeron vivo hasta Jerusalén y cuando murió lo sepultaron y prosiguieron tomando ciudades. Después de conquistar la mayor parte de ellas, pusieron sitio a Jerusalén. Tomaron la parte baja de la ciudad, después de un tiempo considerable, y mataron a todos los habitantes. Pero la parte alta de la ciudad no podía ser tomada sin grandes dificultades, debido a la fortaleza de sus murallas y la naturaleza del lugar. 3. Por esta razón trasladaron el campamento a Hebrón, la que tomaron matando a todos los habitantes. Quedaba todavía la raza de los gigantes; tenían un cuerpo tan grande y un rostro tan distinto de los demás hombres, que asombraban con su presencia e impresionaban con su voz. Los huesos de esos hombres todavía se exhiben ahora, diferentes a los de todos los demás hombres. Los israelitas dieron la ciudad a los levitas como recompensa extraordinaria, con los suburbios de dos mil codos. Pero las tie- rras que les correspondían las entregaron como donación a Ca- leb, de acuerdo con las órdenes de Moisés. Caleb era uno de los espías que Moisés había enviado a la tierra de Canaán. También entregaron tierras para habitar a los descendientes de Jetro, el 1 En realidad, "mi señor". Josefo no traduce la declinación, refiriéndose solamente al nominativo. 'Q u I madianita, suegro de Moisés, los que habían dejado su país para seguirlos y acompañarlos en el desierto. 4. Las tribus de Judá y Simeón tomaron las ciudades de la parte montañosa de Canaán, así como Ascalón y Azot de las que estaban cerca del mar. Pero Gaza y Acarón escaparon, porque, estando en una región llana, y poseyendo gran número de carros, hostigaron dolorosamente a los atacantes. Cuando estas tribus se hicieron muy ricas con la guerra, se retiraron a sus ciudades, dejando las armas. 5. Los benjaminitas, a quienes pertenecía Jerusalén, permitieron a sus habitantes pagarles tributo. Dejaron, entonces, unos de matar, otros de correr riesgos, y tuvieron tiempo para dedicarse al cultivo de la tierra. Las demás tribus imitaron a la de Benjamín e hicieron lo mismo; contentándose con el tributo que les pagaban, dejaron a los cananeos vivir en paz. q6. La tribu de Efraím, que había sitiado a Bezel, no hacía ningún progreso ni realizaba nada digno del tiempo y las penurias que pasaban instalados delante de la ciudad; pero persistieron en mantener el sitio, aun a costa de grandes contratiempos. Al cabo de cierto tiempo apresaron a un ciudadano que fué hacia ellos a buscar lo que necesitaba, y le dieron seguridades de que si entregaba la ciudad lo protegerían a él y su familia. El hombre juró ue con esas condiciones pondría la ciudad en sus manos. Efectivamente, el que traicionó la ciudad fué protegido, él y su familia. Los israelitas mataron a todos los habitantes y retuvieron la ciudad. 7. Luego los israelitas dejaron de seguir peleando con sus ene- migos y se dedicaron a cultivar la tierra, lo que les produjo gran- des riquezas; descuidaron la disciplina y se entregaron al lujo y los placeres. También dejaron de cuidar celosamente las leyes que pertenecían a su forma de gobierno. Dios se indignó y les hizo notar en primer término que con- trariando sus indicaciones habían perdonado la vida a los cana- neos, y luego esos cananeos, cuando llegara el momento oportuno, los explotarían bárbaramente. Pero los israelitas, aunque pesaro sos por las admoniciones de Dios, seguían desganados para hacer la guerra; obtenían grandes tributos de los cananeos y entregados a la lujuria, estaban poco dispuestos a correr riesgos. Por eso tam bién permitieron que la aristocracia se corrompiera y no forma ron el senado ni nombraron las otras magistraturas que les señalaban las leyes; sólo se dedicaban a cultivar los campos para obtener riquezas. Esa gran indolencia provocó una terrible sedición y llegaron hasta el punto de pelear entre sí, en la siguiente ocasión: 8. Vivía allí un levita, un hombre de familia vulgar, que per- tenecía a la tribu de Efraím, quien contrajo matrimonio con una mujer de Betlem, localidad perteneciente a la tribu de Judá. El hombre estaba muy enamorado de su esposa y subyugado por su belleza. Pero tenía la desdicha de no ser correspondido por la mujer, que lo odiaba, con lo que encendía aún más su pasión. Ambos reñían continuamente hasta que la mujer, disgustada por las perpetuas querellas, abandonó a su marido y se fué a reunir con sus padres al cuarto mes'. El marido, inquieto por su partida, fué a ver a sus suegros, arregló la disputa y se reconcilió con su mujer; tratado amable- mente por los padres de su esposa, se quedó con ellos cuatro días. Al quinto día resolvió regresar a su casa y partió al anochecer, porque los padres de ella no querían separarse de su hija, y demoraron la partida hasta el final del día. Tenían un criado, que los siguió, y un asno en el que montó la esposa. Cuando estaban cerca de Jerusalén, después de haber recorrido treinta estadios, el criado les aconsejó que se alojaran en alguna posada, para evitar que les pasara alguna desgracia si viajaban de noche, sobre todo porque estaban cerca del enemigo y en aquella época había razones para sospechar hasta de los amigos. Al marido no le gustó el consejo ni quiso hospedarse entre extranjeros, porque la ciudad pertenecía a los cananeos, y juzgó preferible viajar veinte estadios más y alojarse en alguna ciudad israelita. De este modo llegaron a Gaba, una ciudad de la tribu de Ben- jamín, cuando comenzaba a oscurecer. Nadie de los que vivían en la plaza del mercado los invitó a alojarse en su casa, pero un anciano del campo, que era de la tribu de Efraím pero residía en Gaba, le preguntó de dónde era y por qué había llegado a la ciudad tan tarde y por qué buscaba provisiones para cenar siendo de noche. 1 La frase no es clara en cuanto al tiempo. En Jueces (XIX, 2) dice que la mujer regresó a la casa de su padre, donde permaneció cuatro meses. 228 229 El hombre respondió que era levita y volvía a su casa llevando a su esposa de la casa de sus padres, y le dijo que su casa estaba en la tribu de Efraím. El anciano, tanto por su parentesco como porque vivían en la misma tribu, y también porque se habían encontrado accidentalmente, los llevó a alojarlos en su casa. Ciertos jóvenes de los habitantes de Gaba, que habían visto a la mujer en la plaza y admirado su belleza, cuando supieron que se alojaba en la casa del viejo, llegaron hasta la puerta, despreciando la debilidad y el reducido número de la familia del anciano. Este les pidió que se fueran y no hicieran ofensa ni abuso. Los jóvenes le respondieron que les entregara a la extranjera y no le harían a él ningún daño. El viejo alegó que el levita era pariente de él y que cometerían una acción malvada si se dejaban dominar por sus deseos y ofendían las leyes; los jóvenes despreciaron su justa admonición, riendo y bromeando. Y lo amenazaron con matarlo si se interponía en sus inclinaciones. El anciano se encontró en mala situación pero no quiso aban- donar a sus huéspedes y entregarlos al abuso; y les dió su propia hija, diciéndoles que sería una violación menor de la ley satisfacer su lujuria con ella que abusar de sus huéspedes. De este modo pensaba evitar la ofensa a sus huéspedes. Los jóvenes no cejaron en su empeño de que les entregase a la extranjera; el anciano les rogó que no perpetraran esa injusticia. Pero los jóvenes la tomaron por la fuerza, y dominados por la vio- lencia de sus inclinaciones la retiraron de la casa y después de satisfacer con ella sus deseos durante toda la noche la abandonaron al rayar el alba. La mujer volvió a la casa donde había sido recibida, muy afli- gida por lo que le había ocurrido y muy apenada por sus sufri- mientos. No osando mirar a su marido a la cara, porque suponía que jamás la perdonaría por lo que había hecho, cayó al suelo y expiró. Creyendo el marido que su esposa estaba dormida, la levantó y resolvió hablarle y confortarla, ya que no se había expuesto vo- luntariamente a la lujuria de aquellos hombres, sino que había sido sacada a la fuerza de la casa. Pero en cuanto advirtió que estaba muerta, actuó con toda la grandeza que su desgracia le per 1 mitía. Depositó a la difunta sobre el asno y la condujo a su casa; allí la desmembró, dividiéndola en doce partes y envió un trozo a cada tribu, encargando a los que condujeron los trozos que informaran a las tribus quiénes habían sido los causantes de su muerte y la violencia de que habían hecho objeto a la mujer. 9. El pueblo se sintió muy perturbado por lo que veía y oía, porque nunca había sucedido nada semejante. Se reunió en Siló, lleno de una grande y justa indignación, y congregándose delante del tabernáculo resolvió inmediatamente tomar las armas y tratar a los habitantes de Gaba como enemigos. Pero el senado los contuvo, persuadiéndolos de que no debían precipitarse a hacer la guerra a los que eran de su misma nación, y que antes debían hablarles acerca de la acusación que se les había formulado. Porque la ley decía que ni aun contra extranjeros que apareciesen como ofensores debían tomarse las armas sin enviarles antes una embajada procurando de ese modo averiguar si se arrepentían o no 1. Los exhortaron, por consiguiente, a obedecer las leyes, esto es, a mandar preguntar a los habitantes de Gaba si estaban dispuestos a entregar a los ofensores y si aceptarían su castigo. Si despreciaban a los enviados, entonces tomarían las armas para castigarlos. Enviaron delegados a los habitantes de Gaba acusando a los jóvenes del crimen cometido con la mujer del levita, y les pidieron que entregaran a los que habían cometido lo que era contrario a las leyes, para que pudieran ser castigados, porque merecían la muerte por su acción. Los habitantes de Gaba se negaron a entregar a los jóvenes y consideraron que era reprochable ceder, por temor a la guerra, a las demandas de otros hombres; no querían ser inferiores a nadie en la guerra, ni en el número ni en el valor. El resto de la tribu comenzó a hacer grandes preparativos para ir a la guerra, porque eran tan insolentes que estaban dispuestos a repeler la fuerza con la fuerza. 10. Enterados los israelitas de lo que habían resuelto los de Gaba, juraron que nadie daría a su hija en matrimonio a un ben 1 La intervención del senado es agregado por Josefo, probablemente 1 para indicar que se actuó de acuerdo con las leyes de Moisés. La Biblia sólo dice que se enviaron varones a reclamar la entrega de los culpables (Jueces, XX, 12, 13). 231 230 jaminita, y decidieron hacerles la guerra con más furia que la que según sabían habían empleado nuestros antepasados para combatir a los cananeos; enviaron contra ellos un ejército de cuatrocientos mil hombres. El ejército de los benjaminitas era de veinticinco mil seiscientos hombres. De estos, quinientos eran muy hábiles para arrojar piedras con honda con la mano izquierda, tanto que al entablarse la batalla los benjaminitas derrotaron a los israelitas, de los que cayeron dos mil hombres; probablemente habrían matado más si la llegada de la noche no hubiese interrumpido la batalla. Los benjaminitas regresaron a la ciudad llenos de júbilo mientras los israelitas volvieron a sus campamentos asustados por lo ocurrido. Al día siguiente, al reanudarse la pelea, los benjaminitas vol- vieron a derrotar a los israelitas, matando a dieciocho mil. El resto abandonó el campo temeroso de que la matanza fuera mayor. Volvieron a Bezel, ciudad próxima al campamento, y ayunaron al día siguiente. Por intermedio de Finees, el sumo sacerdote, pidieron a Dios que cesara su cólera contra ellos y se declarara satisfecho con esas dos derrotas, dándoles la victoria y el poder para derrotar a sus enemigos. Dios les prometió hacerlo mediante la profecía de Finees. 11. Luego dividieron al ejército en dos partes, una de las cua- les tendió de noche una emboscada cerca de la ciudad de Gaba y la otra atacó a los benjaminitas. En seguida emprendieron la retirada, perseguidos por los benjaminitas; los hebreos retrocedían lentamente, para sacar al adversario completamente de la ciudad. Los viejos y los jóvenes que habían sido dejados en la ciudad por ser demasiado débiles para combatir, salieron junto con los combatientes, deseosos de rendir al enemigo. Pero cuando estaban a gran distancia de la ciudad los hebreos dejaron de huir, se volvieron y presentaron batalla, e hicieron la señal convenida con los que habían quedado emboscados, los cuales salieron y cayeron con gran estrépito sobre el enemigo. En cuanto advirtieron que habían sido engañados, no supieron qué hacer; empujados hacia una hondonada que había en un valle fueron atacados por las fuerzas de los hebreos que los rodearon y mataron a todos menos a seiscientos que formando un grupo compacto, se abrieron paso a través del enemigo y huyeron a las montañas vecinas, donde se quedaron. El resto, unos veinticinco mil, fueron muertos. Los israelitas prendieron fuego a Gaba, mataron a las mujeres y a los hombres menores de edad, y luego hicieron lo mismo con las demás ciudades de los benjaminitas. Estaban tan arrebatados por la ira que enviaron doce mil hombres con orden de destruir la ciudad de Jabis, de Galaditis, que no los había ayudado a combatir a los benjaminitas. Los enviados mataron a los guerreros, con sus mujeres e hijos, exceptuando cuatrocientas vírgenes. A ese extremo llegaron en su cólera, porque no sólo tenían que vengar los sufrimientos de la esposa del levita, sino también la matanza de sus soldados. 12. No obstante, luego se arrepintieron de la calamidad que habían hecho caer sobre los benjaminitas, y señalaron con ese motivo un día de ayuno, aunque juzgaban que esos hombres habían sufrido un justo castigo por haber violado las leyes. Y enviaron a buscar a los seiscientos que habían escapado, y que se habían instalado en una roca llamada Roa, en el desierto. Los embajadores se lamentaron por el desastre que no sólo había herido a los benjaminitas sino también a ellos mismos, por la destrucción de sus parientes, y los persuadieron de que tuvieran paciencia y fueran a unirse con ellos y no dieran motivo para el exterminio total de la tribu de Benjamín. -Os autorizamos -les dijeron-, para que toméis toda la tierra de Benjamín para vosotros, y todo el botín que podáis llevar con vosotros. Los hombres reconocieron que lo sucedido había ocurrido de acuerdo con la decisión de Dios, y por la maldad de ellos; acepta- ron la invitación y regresaron a su tribu. Los israelitas les dieron a las cuatrocientas vírgenes de Jabis de Galaad, para que las tomaran por esposas. Luego deliberaron acerca de los doscientos restantes, para ver la manera de darles esposas con las que tuvieran hijos. Y aunque antes de comenzar la guerra habían jurado no dar a sus hijas para esposas a ningún benjaminita, alguien aconsejó que no hicieron caso del juramento, porque no había sido hecho juiciosa y deliberadamente, sino en un rapto de pasión. Jamás harían nada contra Dios, pero como se trataba de salvar una tribu entera amenazada de extinción, consideraron que el perjurio era un acto 232 233 triste y peligroso cuando se cometía con mala intención, pero no cuando se hacía por necesidad. , El senado expresó su temor ante la sola mención de la palabra perjurio, pero una persona les dijo que podía indicarles la manera 1 de suministrar esposas a los benjaminitas, sin dejar de cumplir el juramento. Preguntado sobre cuál era su propuesta, respondió: l-Cuando nos encontramos en Siló tres veces por año, nuestras esposas e hijas nos acompañan. Que los benjaminitas rapten y se casen con las mujeres que puedan conseguir, y nosotros ni los incitaremos ni se lo prohibiremos. Si los padres lo toman a mal y piden el castigo de los raptores, les diremos que la culpa es de ellos por no haber vigilado a sus hijas, y que no deben exagerar el enojo contra los benjaminitas, porque ese enojo ya había ido demasiado ejos. Los israelitas fueron persuadidos de que siguieran ese consejo, resolviéndose permitir a los benjaminitas que robaran sus esposas. Cuando llegó el festival, los doscientos benjaminitas se emboscaron frente a la ciudad, en grupos de dos y tres, y aguardaron la llegada de las vírgenes, en los viñedos y en otros lugares donde podían esconderse. Las vírgenes se aproximaron jugando despreocupadamente, sin sospechar lo que les esperaba; los emboscados en el camino se levantaron y se apoderaron de ellas. De este modo los benjaminitas consiguieron esposas y se dedicaron a la agricultura, tratando de recuperar su antigua prosperidad. Así fué como la tribu de Benjamín, que corrió peligro de ser exterminada totalmente, se salvó por la sabiduría de los israelitas. Luego florecieron y se multiplicaron hasta llegar a ser una multitud, y alcanzaron la felicidad. Este fué el fin de esa guerra. CAPITULO III Los israelitas, después de esa desgracia, se vuelven perversos y sirven a los asirios. Dios los salva por medio de Otoniel, quien gobierna durante cuarenta años 1. Sucedió que la tribu de Dan sufrió lo mismo que la de Benjamín. Fué del siguiente modo: Cuando los israelitas abandonaron el ejercicio de las armas y se dedicaron a la labranza, los cananeos los miraron con desprecio y reunieron un ejército, no en previsión de contratiempos, sino para poder tratar mal a los hebreos cuando quisieran y vivir mejor en lo futuro en sus ciudades. Prepararon carros, reunieron soldados, las ciudades se combinaron y quitaron a la tribu de Judá las ciudades de Ascalón y Acarón, y muchas otras que se hallaban en la llanura. Obligaron a los danitas a huir a la región montañosa, sin dejarles la menor porción de la llanura donde pudieran poner el pie. Como entonces los danitas no podían combatirlos y no tenían suficiente territorio, enviaron cinco hombres al interior para bus- car territorio al que pudieran transladar su residencia. Los hom- bres llegaron hasta la vecindad del monte Líbano y los manantiales del Jordán inferior, en la gran planicie de Sidón, a un día de viaje de la ciudad. Después de observar la tierra y encontrándola buena y muy fértil, la hicieron conocer a la tribu y luego realizaron una expedición con el ejército y edificaron la ciudad de Dan, nombre del hijo de Jacob y de la tribu. 2. Pero los israelitas se volvieron tan indolentes y poco dispuestos a molestarse, que sufrieron cada vez mayores desdichas, las que en parte provenían también de su menosprecio del culto divino. Porque después de haberse apartado de la normalidad de su gobierno político se dedicaron a vivir de acuerdo con sus placeres y su voluntad, hasta que su conducta se llenó con las mismas malas prácticas de los cananeos. Dios por lo tanto se indignó y a causa de su lujuria los israe- litas perdieron la situación de felicidad que habían conseguido con mucho trabajo. Cusartes, rey de los asirios, les hizo la guerra, perdieron en la batalla muchos soldados y fueron sitiados y tomados por la fuerza. Algunos, impulsados por el miedo, se sometieron voluntariamente y aunque el tributo que les impusieron fué mayor de lo que podían afrontar, lo pagaron y durante ocho años sobrellevaron toda clase de opresiones. Al cabo de ese tiempo fueron libertados de la siguiente manera. 3. Había un hombre llamado Otoniel, hijo de Cenez, de la tribu de Judá, un hombre activo y de gran valor. Recibió una admonición de Dios indicándole que no abandonara a los israelitas en la t desdichada situación en que se hallaban, y que se empeñara audazmente en conseguir su libertad. Otoniel consiguió reunir un grupo que lo ayudara en la peligrosa empresa (y pocos fueron los que, por vergüenza ante la situación o por el deseo de cambiarla, pudieron ser convencidos de que lo secundaran), y en primer lugar destruyó la guarnición que Cusartes les había impuesto. Cuando vieron que no había fracasado en su primera tentativa, otros hombres del pueblo se unieron en su ayuda. Entablaron batalla con los asirios, los hicieron retroceder y los obligaron a pasar el Eufrates. Luego Otoniel, que había dado pruebas de su valor, recibió de la multitud autoridad para juzgar al pueblo. Después de gobernarlos durante cuarenta años, murió. CAPITULO IV Nuestro pueblo sirve a los moabitas durante dieciocho años,y es luego librado de la esclavitud por Ehud, quien gobierna durante ochenta años 1. Muerto Otoniel, los asuntos de los israelitas cayeron de nuevo en el desorden; no rendían a Dios los honores debidos r.i obedecían las leyes. Sus aflicciones fueron aumentando hasta que Eglón, rey de los moabitas, concibió por ellos un desprecio tan grande, a causa de los desórdenes de su política gubernamental, que les hizo la guerra y los venció después en varias batallas. Sometió a los más valientes, subyugó a todo el ejército y les ordenó pagar tributo. Eglón se hizo edificar un palacio real en Jericó1 y no omitió ningún medio para oprimirlos. Los redujo a la pobreza durante dieciocho años. Pero cuando Dios se compadeció de los israelitas por sus aflicciones y las súplicas que le hacían los libró de la dura es. clavitud a que habían sido sometidos por los moabitas. La liberación se la otorgó de la siguiente manera. 1 La Biblia no nombra a Jericó. Dice la "ciudad de las palmeras". El Targum también lo traduce por Jericó. Esta interpretación parece ignorar la destrucción de Jericó por Josué, aunque Jericó vuelve a ser nombrada más adelante por David (II Samuel, X, 5). 2. En la tribu de Benjamín había un joven llamado Ehud, hijo de Gera, un hombre de gran valor en empresas audaces, y de cuerpo robusto hecho para tareas duras, y muy hábil en el uso de su mano izquierda en la que residía toda su fuerza. Ehud vivía en Jericó, y se hizo familiar con Eglón, obteniendo su favor por medio de presentes y ganándose su buena voluntad y la estima de los que rodeaban al rey. Cierta vez que llevó presentes al rey, acompañado de dos criados, se guardó secretamente una daga en el muslo derecho. Era verano, a mediodía; los guardias no vigilaban bien, por el calor y porque estaban comiendo. El joven ofreció los presentes al rey, que se hallaba en una pequeña salita convenientemente resguardada del calor, y entró a conversar con él. Estaban solos porque el rey había despedido a los sirvientes. El rey estaba sentado en su trono y Ehud sintió temor de errar el golpe y no herirlo mortalmente. Le dijo que tenía que informarle de un sueño por orden de Dios. El rey se levantó gozoso para escuchar el sueño y Ehud le asestó una puñalada en el corazón, después de lo cual, dejando el puñal en el cuerpo del rey, salió y cerró la puerta. Los sirvientes guardaron silencio, creyendo que el rey se había acostado a dormir. 3. Ehud informó privadamente al pueblo de Jericó de lo que había hecho, y lo exhortó a recuperar la libertad. El pueblo le hizo caso de buen grado y se levantó en armas, enviando mensajeros a todo el país para invitarlos a hacer sonar trompetas en cuernos de cabrío, que era nuestra acostumbrada manera de reunir al pueblo. Los sirvientes de Eglón ignoraron durante un buen rato la desgracia que a éste le había ocurrido; pero hacia el anochecer, temiendo que le hubiese pasado algo, penetraron en la sala y lo hallaron muerto. Se produjo un gran alboroto en el que nadie sabía lo que debía hacer. Antes de que pudieran ser reunidos los guardias, los israelitas cayeron sobre ellos, matando a algunos inmediatamente y poniendo en fuga a otros, que huyeron para salvarse hacia el país de Moab. Eran más de diez mil. Los israelitas tomaron por el vado del Jordán y los persiguieron y los mataron sin que escapara ninguno, siendo muchos de ellos muertos en el mismo vado. u De este modo los israelitas se libertaron de la esclavitud de los moabitas. Ehud fué elevado a la dignidad de gobernante de toda la multitud, y murió después de gobernar ochenta años1. Era un hombre digno de encomio, aparte de lo que había hecho. Después de su muerte fué elegido gobernador Sanagar, hijo de Anat, pero murió al primer año de su gobierno. CAPITULO V Los cananeos esclavizan a los israelitas durante veinte años, después de los cuales éstos son libertados por Barac y Débora, que los gobiernan durante cuarenta años 1. Los israelitas, que no aprendieron nada de sus anteriores .infortunios para corregir su conducta, y no adoraron a Dios ni obedecieron las leyes, fueron esclavizados por Jabín, rey de los cananeos, cuando sólo habían obtenido un corto respiro después de la esclavitud con los moabitas. Jabín salió de Asor, ciudad situada junto al lago Semeconitis, con trescientos mil hombres a pie, diez mil a caballo y no menos de tres mil carros. El comandante del ejército era Sisara, el hom- bre que gozaba del principal favor del rey. Derrotó a los israelitas y les ordenó pagar tributo. 2. Sobrellevaron la pesada carga durante veinte años, sin sacar bastante experiencia dé sus desgracias. Dios quiso domeñar su obstinación e ingratitud para con él. Cuando finalmente se arrepintieron y aprendieron que sus contratiempos provenían de su desdén por las leyes, pidieron a Débora, una profetisa (cuyo nombre en hebreo significa abeja), que rogara a Dios que se apiadara de ellos y no los abandonara, y no permitiera que los exterminaran los cananeos. Dios les concedió la salvación, y les eligió como general a Barac, de la tribu de Neftalí. (Barac en hebreo significa relámpago.) 3. Débora mandó llamar a Barac y le ordenó que eligiera diez mil jóvenes para marchar contra el enemigo, porque Dios había 1 La Biblia sólo dice que "reposó la tierra ochenta años" (Jueces, III, 30). dicho que ese número sería suficiente y les había prometido la victoria. Barac respondió que no sería general del ejército a menos que ella, Débora, fuera con él. Débora, indignada, respondió: -Tú, Barac, delegas despectivamente la autoridad que Dios te dió en una mujer; pero yo no la rechazo. Reunieron diez mil hombres e instalaron el campamento en el monte Tabor, donde por orden del rey, Sísara les hizo frente ins- talando el campamento no lejos del enemigo. Los israelitas y el mismo Barac se asustaron ante la magnitud del enemigo y habrían decidido retirarse si Débora no se lo hubiese impedido, ordenándoles presentar batalla al enemigo ese mismo día; porque era su deber conquistarlo, y para ello contaban con la asistencia de Dios. 4. Comenzó la batalla y cuando entraron a pelear cuerpo a cuerpo llegó del cielo una gran tormenta con abundante lluvia y granizo; el viento sopló la lluvia sobre el rostro de los cananeos y les oscureció de tal modo la vista que no pudieron obtener ningún beneficio de sus hondas y sus flechas. El frío del aire no permitió tampoco a los soldados emplear las espadas. La tormenta en cambio no incomodó mucho a los israelitas, porque estaba a sus espaldas. Ante la certeza de que Dios los asistía, los israelitas cobraron tanto valor que se lanzaron sobre el enemigo y mataron un gran número de sus hombres. Algunos cayeron a manos de los israeli- tas, otros fueron derribados por sus propios caballos, que se des- bandaron, y no pocos fueron muertos por sus propios carros. Finalmente, Sísara, cuando se vió derrotado, huyó y llegó hasta la casa de una mujer cinea llamada Jael y le pidió que lo ocultara. La mujer lo recibió y cuando le pidió algo para beber le dió leche agria de la que tomó tanta que se quedó dormido. Estando dormido, Jael tomó una estaca de hierro y con un martillo se la clavó en la sien hasta el suelo. Poco después llegó Barac y la mujer le mostró a Sisara clavado al suelo. De ese modo esa victoria fué ganada por una mujer, como lo predijo Débora. Barac peleó luego con Jabín en Asor y cuando se encontró con él lo mató. Caído el general, Barac arrasó 238 239 la ciudad y fué comandante de los israelitas durante cuarenta años 1. CAPITULO VI Los madianitas y otras naciones luchan con los israelitas y los derrotan y sojuzgan a su país durante siete años. Los israelitas son libertados por Gedeón, que gobierna a la mul titud durante siete años 1. Cuando murieron Barac y Débora, lo que ocurrió casi al mismo tiempo, los madianitas llamaron en su ayuda a los amale- citas y a los árabes e hicieron la guerra a los israelitas; vencieron a sus adversarios, devastaron los frutos de la tierra y se llevaron el botín recogido. Como repitieron lo mismo durante siete años, los israelitas se retiraron a las montañas, abandonando la llanura. Abrieron cuevas subterráneas y cavernas y guardaron lo que habían podido salvar de las manos del enemigo. Porque los madianitas hacían excursiones en la época de la cosecha, pero los dejaban arar la tierra en invierno, para que los israelitas hicieran el trabajo y ellos recogieran los frutos. Se produjo una escasez de alimentos y sobrevino el hambre, y los israelitas acudieron a suplicar a Dios que los salvara. 2. Gedeón, hijo de Joas, uno de los principales de la tribu de Manasés, llevaba en secreto sus haces de trigo y los sacudía en el lugar, porque por temor a sus enemigos no los sacudía abiertamente en la era. En cierto momento se le apareció alguien con la forma de un joven, y le dijo que Gedeón era un hombre feliz y amado de Dios. -¡Buena prueba del favor de Dios -replicó inmediatamente Gedeón- es ésta de que me vea obligado a usar el lagar en lugar de la era! Pero la aparición lo exhortó a que tuviera ánimos e hiciera la tentativa de recuperar la libertad. Gedeón respondió que le era imposible hacerlo, porque la tribu a que pertenecía era poco nu 1 La Biblia dice: "...y la tierra reposó cuarenta años" (Jueces, Y, 31). merosa, y porque él era demasiado joven y carente de importancia para pensar en grandes acciones. El otro le prometió entonces que Dios le suministraría lo que le faltara, y daría la victoria a los israelitas, conducidos por él. 3. Gedeón relató el episodio a varios jóvenes, que le creyeron, e inmediatamente se reunió un ejército de diez mil hombres listo para la lucha. Dios se apareció en sueños a Gedeón y le dijo que la humanidad era demasiado egoísta y enemiga de los que se destacaban por su virtud, y que en lugar de adjudicar la victoria a Dios, se imaginaban que la obtenían por sus propias fuerzas, porque eran un gran ejército capaz de derrotar al enemigo. Para que apreciaran que la debían a su ayuda, le aconsejó que a mediodía, con la violencia de la lucha, llevara al ejército hacia el río y observara a los hombres que bebían. Si se echaban de rodillas y bebían eran hombres de valor; los que bebieran desordenadamente, sería porque temían al enemigo. Gedeón hizo lo que Dios le había sugerido. Trescientos hombres bebieron el agua en las manos desordenadamente, y Dios le ordenó que tomara a esos hombres y atacara al enemigo. Gedeón instaló el campamento junto al río Jordán, preparándose para cruzarlo al día siguiente. 4. Pero Gedeón sentía un gran temor, porque Dios le había anticipado que debería caer sobre el enemigo por la noche. De- seando liberarlo del temor, Dios le ordenó que tomara uno de sus soldados y se acercara a las tiendas de los madianitas; de ese modo aumentaría su valor y su audacia. Gedeón obedeció y salió con su criado Furá; al acercarse a una de las tiendas descubrió que sus ocupantes estaban despiertos y hablaban. Uno de los soldados relataba a su compañero un sueño que había tenido, tan claramente que Gedeón alcanzó a oírlo. El sueño era el siguiente: El soldado vió una torta de cebada, tan vil que ningún hombre la comería, la que rodando por el campamento derribó la tienda real y las tien das de todos los soldados. El otro soldado le dijo que ese sueño significaba la destrucción del ejército y explicó en qué razones se basaba para afirmarlo, y que eran éstas. La semilla llamada cebada era considerada la más vil de todas las semillas, y los israelitas eran el pueblo más vil de i 240 241 todos los de Asia, como la semilla de cebada. Los que parecían ser grandes de los israelitas eran Gedeón y su ejército. -Si tú dices -concluyó-, que viste a la torta derribando nuestras tiendas, me temo que Dios haya concedido la victoria a Gedeón sobre nosotros. 5. Al oír Gedeón el relato del sueño, se sintió animado y lleno de esperanzas. Ordenó a sus hombres que se armaran y les contó la visión de sus enemigos. También los soldados sintieron aumentar su valor y se dispusieron a cumplir lo que les mandara. Gedeón dividió al ejército en tres partes, cada una de cien hombres, y lo sacó durante la cuarta guardia de la noche; todos ellos llevaban cántaros vacíos con antorchas encendidas dentro de ellos para que su ataque no fuera descubierto por el enemigo. Cada cual llevaba además en la mano un cuerno de cabrío, para usarlo como trompeta. El campamento enemigo ocupaba una gran extensión, porque tenían gran número de camellos; divididos en naciones se habían reunido en un solo círculo. Cuando los hebreos se acercaron al enemigo, al recibir la señal y cumpliendo las órdenes recibidas hicieron sonar los cuernos, rompieron los cántaros y cayeron sobre el enemigo con las antorchas a los gritos de: "¡Victoria para Gedeón, con la asistencia de Dios!". Los hombres del otro bando, que estaban durmiendo (porque era de noche, como había dicho Dios), se desbandaron aterrori- zados. Algunos de ellos fueron muertos por los israelitas, pero la mayoría por ellos mismos. Como hablaban distintas lenguas, al producirse el desorden se mataron entre sí, tomando cada grupo a los demás por enemigos. De este modo se produjo una gran matanza. Cuando la noticia de la victoria de Gedeón llegó hasta los israelitas, éstos tomaron las armas y persiguieron al enemigo y lo alcanzaron en un valle rodeado de torrentes, del que no podía pasar. Lo rodearon y mataron a todos los soldados, junto con sus reyes Oreb y Zebul. Los capitanes que quedaron se llevaron a los soldados restantes, que eran unos dieciocho mil, e instalaron el campamento a mucha distancia de los israelitas. Pero Gedeón no escatimó sus esfuerzos y los persiguió con todo el ejército, les dió batalla, destruyó todo el ejército enemigo y tomó prisioneros a sus jefes restantes, Zebes y Salmana. En esta batalla fueron muertos unos ciento veinte mil hombres de los madianitas y sus aliados árabes. Los hebreos tomaron un gran botín de oro, plata, ropas, camellos y asnos. Cuando Gedeón volvió a su tierra de Efrán, mató a los reyes de los madianitas. 6. La tribu de Efraím quedó tan disgustada por los triunfos de Gedeón que resolvió hacerle la guerra, acusándolo de no haberles avisado que haría una expedición contra sus enemigos. Gedeón, que era un hombre reposado y sobresalía en todas las virtudes, argumentó que no había llevado el ataque contra el enemigo sin avisarles por su propia resolución, sino por orden de Dios, y que la victoria les pertenecía tanto a ellos como a los combatientes. Apaciguando de este modo las pasiones, benefició a los hebreos más que con el buen éxito que había obtenido frente al enemigo, porque evitó la sedición que amenazaba producirse. Sin embargo, esa tribu sufrió luego el castigo por haber ofendido a Gedeón, de lo que informaremos a su tiempo. 7. Gedeón quiso rechazar el gobierno, pero fué persuadido de que lo aceptara y lo retuvo durante cuarenta años, impartiendo justicia al pueblo, que le sometía sus diferencias y acataba sus decisiones. Cuando murió fué sepultado en su pueblo, Efrán. CAPITULO VII Sobre la guerra que libran durante mucho tiempo con sus vecinos los jueces que suceden a Gedeón 1. Gedeón tuvo setenta hijos legítimos, porque casó con varias esposas, y uno bastardo con su concubina Drumá. Este último, que se llamaba Abimélec, después de la muerte de su padre se retiró a Siquem a reunirse con los parientes de su madre, que vivían allí. Obtuvo dinero de gente famosa por sus numerosas tropelías y volvió a la casa de su padre, donde mató a todos sus hermanos, menos a Joatam, quien tuvo la suerte de escapar y salvarse. Abimélec se hizo dueño y señor y gobernó tiránicamente, ha 242 243 ciendo lo que quería y no lo que mandaban las leyes, y siendo más severo aún con los que defendían la justicia. 2. En cierta ocasión en que se realizaba un festival público en Siquem y se había reunido la multitud, Joatam, el hermano de Abimélec, de quien habíamos dicho que había logrado escapar, subió al monte Garizim, que dominaba la ciudad de Siquem, para que lo oyera la multitud y les pidió que lo escucharan y meditaran sobre lo que iba a decirles. Cuando hubieron guardado silencio, les habló diciéndoles que un día que los árboles tuvieron voz humana se reunieron en asamblea y expresaron su deseo de que la higuera los gobernara. La higuera se negó porque prefería gozar el honor que le daban sus frutos y no el que recibiría de otros. Los árboles no abandonaron su propósito de nombrar un gobernante, y creyeron conveniente ofrecer ese honor a la vid. Elegida la vid, ésta se disculpó y rechazó el gobierno con las mismas palabras que había empleado la higuera. Después de haber hecho lo mismo el olivo, se lo pidieron al espino (que es una especie de madera buena para hacer fuego), quien prometió hacerse cargo del gobierno y ejercerlo con celo, pero siempre que se mantuvieran bajo su sombra; y si se complotaban, el principio del fuego que residía en él los destruiría. Añadió Joatam que no les había contado un cuento para reír, porque después de haber gozado de tantas bendiciones con Gedeón, toleraban a Abimélec que los dominaba y lo habían ayudado a matar a sus hermanos. Terminó diciendo que Abimélec no era mejor que el fuego. Dicho esto se marchó y vivió en las montañas tres años, temiendo la persecución de Abimélec. 3. Poco después del festival, los siquemitas, arrepentidos de haber matado a los hijos de Gedeón, expulsaron a Abimélee de la ciudad y de la tribu. Abimélec pensó entonces de qué manera podría dañar a la ciudad. Llegó la época de la vendimia y el pueblo no quiso salir a recoger los frutos, por temor a las represalias de Abimélec. Sucedió que arribó a la ciudad un jefe llamado Gaal, quien se alojó en la ciudad con sus parientes y sus soldados. Los siquemitas le pidieron que les facilitara una guardia hasta después de la vendimia; el hombre accedió y el pueblo salió precedido por Gaal al frente de sus soldados. Recogieron el fruto sin inconvenientes, y cuando se reunieron a cenar en varios grupos se animaron a maldecir abiertamente a Abimélec. Los magistrados tendieron celadas alrededor de la ciu- dad y apresaron y mataron a muchos de los hombres de Abimélec. 4. Pero Zebul, uno de los magistrados de Siquem, estaba en buenas relaciones con Abimélec y le envió mensajeros, informán- dole que Gaal había soliviantado al pueblo contra él, y lo incitó a tender emboscadas frente a la ciudad. Zebul convencería a Gaal de que saliera a hacerle frente, y así estaría en condiciones de vengarse, después de lo cual haría reconciliar a Abimélec con la ciudad. Abimélec tendió las celadas y aguardó personalmente junto a las mismas. Gaal se encontraba en los suburbios sin tomar mayores precauciones. Zebul estaba con él. De pronto vió venir hacia él hombres armados y se lo advirtió a Zebul. Replicó éste que eran las sombras de las rocas. Pero cuando estuvieron más cerca Gaal comprendió cuál era la realidad y afirmó que no eran sombras sino hombres emboscados. -¿Tú no reprochaste a Abimélec por ser cobarde? -dijo en- tonces Zebul-. ¿Por qué no demuestras ahora tu valentía y sales a pelear con ellos? Gaal, alterado, salió y presentó batalla a Abimélec, cayendo algunos de sus hombres, después de lo cual huyó hacia la ciudad llevándose a los restantes. Pero Zebul manejó las cosas de tal modo que la ciudad expulsó a Gaal, acusándolo de cobardía ante los soldados de Abimélec 1. Cuando éste supo que los siquemitas volverían a salir a cosechar la uva, preparó emboscadas delante de la ciudad y cuando salieron una tercera parte del ejército tomó posesión de las puertas, para impedir que volvieran a entrar los ciudadanos, mientras el resto perseguía a los que se habían diseminado, habiendo por lo tanto matanzas en todas partes. Arrasada la ciudad hasta los cimientos, porque no estaba en condiciones de sostener un sitio, hizo desparramar sal sobre las ruinas y avanzó con su ejército hasta que todos los siquemitas quedaron muertos. Los que se desparramaron por el campo y 1 La Biblia no da los motivos de la expulsión. lograron huir, se reunieron en una fuerte roca 1, se instalaron en ella y se dispusieron a levantar una muralla alrededor. Enterado Abimélec de sus propósitos impidió que lo cumplieran. Dirigióse hacia ellos con sus fuerzas e hizo depositar alrededor del lugar haces de madera seca, algunos de los cuales los llevó él mismo para animar a sus soldados. Después pegaron fuego a los haces que rodeaban la roca, arrojando encima todo lo que pudiera inflamarse fácilmente. De este modo se formó una gran hoguera y nadie pudo escapar de la roca; murieron todos los hombres con sus mujeres e hijos, siendo en total los hombres unos mil quinientos 2 y también numerosos los demás. Esa fué la calamidad que cayó sobre los siquemitas. El pesar causado por su suerte habría sido más grande de lo que fué si aquélla no hubiese estado justificada como castigo por haber traído tantos infortunios sobre una persona que tanto bien les hizo. 5. Abimélec atemorizó a los israelitas con la desgracia de los siquemitas y adquirió una autoridad mayor de la que tenía. Su violencia ya no tuvo límites, como no fuera la destrucción total. Marchó hacia Tebas y tomó la ciudad por sorpresa; como la mul- titud corriera a refugiarse en una gran torre que tenía la ciudad, se dispuso a sitiarla. Mientras corría furiosamente junto a la puerta, una mujer le arrojó a la cabeza un trozo de rueda de molino, y Abimélec cayó y pidió a su escudero que lo matara para que no se dijera que lo había ultimado una mujer. Así lo hizo el escudero. Abimélec recibió la muerte en castigo por la maldad que había cometido con sus hermanos y la insolente barbaridad perpetrada contra los siquemitas. En cuanto a la calamidad sufrida por los siquemitas, fué de acuerdo con la predicción de Joatam. El ejército que acompañaba a Abimélec, después de la caída de éste se dispersó, yéndose cada cual a su hogar. 6. Tomó entonces el gobierno el galadita Jair, que era de la tribu de Manasés. Hombre dichoso en varios aspectos, lo era sobre todo por sus hijos, que tenían buen carácter. Eran treinta, muy hábiles para montar, y a ellos les confiaron el gobierno de las 1 La Biblia habla de una torre. 2 Según Jueces (IX. 49) eran "unos mil hombres y mujeres". ciudades de Galaad. Jair gobernó veintidós años y murió viejo, siendo sepultado en Camón, ciudad de Galaad. 7. Los asuntos de los hebreos fueron luego manejados de ma- nera insegura y amenazaban terminar en desorden, y en el des- precio de Dios y de las leyes. Los amonitas y los filisteos los menospreciaron y arrasaron la comarca con un gran ejército. Después de tomar toda la Perea, su insolencia llegó al extremo de cruzar el río para apoderarse de todo el resto. Los hebreos, escarmentados por las calamidades que habían sufrido, se dedicaron a suplicar a Dios, llevándole sacrificios y pidiéndole que no fuera demasiado severo con ellos y aceptara sus ruegos y les retirara su cólera. Dios se volvió más misericordioso con ellos y se dispuso a asistirlos. 8. Cuando los amonitas organizaron una expedición hacia la tierra de Galaad, los habitantes de la comarca les hicieron frente en la montaña, pero pidieron que les nombraran un comandante. Había un hombre llamado Jefté, poderoso por la virtud de su padre y por el ejército que mantenía con sus propias expensas. Los israelitas enviaron a verlo y le rogaron que fuera a ayudarlos, prometiéndole en cambio la jefatura vitalicia sobre ellos. Jefté no accedió a sus ruegos; los acusó de no haber ido a ayudarlo a él cuando fué tratado con injusticia, abiertamente, por sus hermanos. Lo habían excluido por no tener la misma madre, sino una madre extraña, una mujer que el cariño de su padre había traído a vivir con ellos, y eso lo hicieron por desprecio de su capacidad. Jefté vivió desde entonces en la comarca de Galaad y recibía a todos los que iban a juntarse con él, de cualquier parte que fuera, y les pagaba sueldos. Presionado para que aceptara la jefatura, con el juramento de que le asegurarían el gobierno para toda la vida, los condujo finalmente a la guerra. 9. Jefté se hizo cargo inmediatamente de sus funciones, situó a su ejército frente a la ciudad de Masfate y envió un mensaje al amonita, protestando por su injusta ocupación de la tierra. El rey respondió con otro mensaje, protestando por la salida de los israelitas de Egipto y ordenándoles que desocuparan la tierra de los amorreos y se la entregaran a él, por haber pertenecido originalmente a sus antepasados. Jefté contestó que su queja contra sus antepasados por la tierra de los amorreos no era justa, y que más bien debían agradecerles por haberles dejado la de los amonitas, ya que Moisés pudo haberla tomado. Y añadió que no renunciaría a la tierra que les pertenecía, la que Dios había obtenido para ellos y en la que ahora vivían desde hacía trescientos años, y que en cambio pelearía por ella. 10. Después de darles esa respuesta, despidió a los embajado- res. Impetró la victoria e hizo voto de que realizaría sacrificios sagrados y de que si volvía sano y salvo a su hogar, ofrecería en sacrificio la primera criatura viva que le saliera al encuentro; luego entabló batalla con el enemigo y obtuvo una gran victoria, persiguiéndolo hasta la ciudad de Maliate y dando muerte a sus soldados. Pasó luego a la tierra de los amonitas y derribó muchas de sus ciudades, tomando botín y libertando a su pueblo de la esclavitud que estaban sufriendo desde hacía dieciocho años. Pero al volver a su casa experimentó una desgracia que no condecía con las grandes acciones realizadas. Porque salió a recibirlo su hija, hija única y virgen. Jefté lamentó dolorosamente su pesar y reprochó a su hija por haberse apresurado a salir a su encuentro, porque había hecho voto de sacrificarla a Dios. La suerte que tendría que tocarle no fué sin embargo desagradable para ella, porque moriría con motivo del triunfo de su padre y de la libertad de sus conciudadanos. Sólo pidió a su padre que le diera dos meses para llorar su juventud con sus conciudadanos. Al cabo de ese tiempo, consentiría en que hiciera con ella lo que mandaba su voto. Pasado el lapso mencionado Jefté sacrificó a su hija en holo- causto, haciendo una ofrenda que no estaba de acuerdo con la ley ni era aceptable para Dios; tampoco había considerado la opinión que se formaría la posteridad. 11. La tribu de Efraím le hizo la guerra porque no los había llevado consigo en la expedición contra los amonitas y se había apoderado para él solo del botín y de la gloria. A lo que respondió, en primer lugar, que ellos no ignoraban que su comarca le había hecho oposición y que cuando fueron invitados no acudieron en su ayuda, aunque debieron haber ido rápidamente aun antes de ser invitados. Y en segundo término que se portaban injustamente, porque no tuvieron valor para pelear con el enemigo y en cambio 248 venían a toda prisa a luchar contra sus propios parientes. Y los amenazó de que, si no obraban con más prudencia, con la ayuda de Dios les daría el castigo merecido. No pudiendo convencerlos, peleó contra ellos con las fuerzas que había enviado desde Galaad e hizo entre ellos una gran ma- tanza. Una vez derrotados, los persiguió y los aprisionó en los pasos del Jordán con una parte del ejército que había enviado de antemano, y mató unos cuarenta y dos mil. 12. Jefté murió después de gobernar seis años, y fué sepultado en su pueblo, Sebea, del país de Galaad. 13. Muerto Jefté, tomó el gobierno Apsán, que era de la tribu de Judá y de la ciudad de Betlem. Tuvo sesenta hijos, treinta va- rones y el resto mujeres. Dejó a todos vivos, y casados. No hizo nada en los siete años de su gobierno que merezca ser registrado o recordado. Murió viejo y fué enterrado en su pueblo. 14. Muerto Apsán, tampoco hizo nada notable Eleón, de la tri- bu de Sabulón, que lo siguió en el gobierno durante diez años. 15. Abdón, hijo de Hilel, de la tribu de Efraím y nacido en la ciudad de Piratón, fué ordenado gobernador supremo después de Eleón. Sólo consta que fué feliz por sus hijos. Los asuntos públicos fueron tan pacíficos y seguros que tampoco él tuvo ocasión de realizar acciones gloriosas. Tuvo cuarenta hijos y treinta nietos y marchaba con gran pompa con los setenta, que eran todos hábiles jinetes. Los dejó todos vivos al morir. Falleció a edad avanzada y recibió un magnífico sepelio en Piratón. CAPITULO VIII Sobre la fuerza de Sansón y las desventuras que ocasiona a los filisteos 1. Después de la muerte de Abdón los filisteos dominaron a los isarelitas y recibieron tributo de los vencidos durante cuarenta años. De su infortunio fueron libertados de la siguiente manera. 2. Había un hombre llamado Manoc, que era uno de los más notables dantas, y sin disputa el principal de su comarca. Tenía una esposa celebrada por su hermosura y superior a sus contempo- 249 11 ráneos. Manoc no tenía hijos. Preocupado por su deseo de posteridad, rogaba a Dios, cuando paseaba con su mujer por los suburbios, en una gran llanura que había, que les diera hijos legítimos para sucederlos. Manoc amaba a su mujer hasta la locura y por eso era inmensamente celoso. Una vez que la mujer estaba sola vió ante sí una aparición; era un ángel de Dios que parecía un hombre apuesto y alto, y le trajo la buena noticia de que daría a luz un hijo, nacido por la providencia de Dios; sería bueno y fuerte y por él, cuando llegara a la edad viril, sufrirían aflicciones los filisteos. Le exhortó a que no le cortaran el cabello y que sólo bebiera agua (porque Dios lo había ordenado). Dado el mensaje, el ángel se fué, habiéndose presentado por la voluntad de Dios. 3. Cuando volvió a su casa su marido, la mujer le informó lo que le había dicho el ángel. Demostró tanta admiración por la belleza y la estatura del joven que se le había aparecido que el hombre quedó pasmado, fuera de sí por los celos y presa de gran excitación por la sospecha. Queriendo la mujer quitar a su marido su injusto pesar, rogó a Dios que le enviara el ángel de nuevo para que lo viera su esposo. Por el favor de Dios volvió el ángel cuando ambos estaban en los suburbios, y se le apareció a la mujer estando sola. La mujer le pidió que se quedara hasta que llegara su esposo. Concedida la petición, la mujer fué a buscar a Manoc. Cuando vió al ángel sintió de nuevo las sospechas y le pidió que le repitiera todo lo que había dicho a su mujer. Respondió el ángel que era suficiente con que sólo ella lo supiera, y Manoc le pidió entonces que el dijera su nombre, para que así, cuando naciera el niño, pudieran darle las gracias y entregarle un ob- sequio. El ángel replicó que no quería regalos, porque no les había llevado la buena nueva del nacimiento de un hijo por interés. Y cuando Manoc le rogó que se quedara a compartir su hospitalidad no consintió. Pero accedió, a instancias de Manoc, a quedarse hasta que le diera por lo menos una prueba de su hospitalidad. Manoc mató un corderito y ordenó a su mujer que lo hirviera. Cuando estuvo listo el ángel lo ayudó a disponer las hogazas y la carne, pero sin los vasos, sobre una roca. Hecho esto, tocó la car ne con la varilla que tenía en la mano; salió una llama que consumió la carne junto con las hogazas. El ángel ascendió al cielo por el humo, como si fuera un vehículo, a la vista de ellos. Manoc temía que correrían peligro por haber visto a Dios, pero su mujer lo animó, diciéndole que Dios se había aparecido a ellos para favorecerlos. 4. La mujer quedó embarazada y observó cuidadosamente las instrucciones que le habían dado. Llamaron al niño, cuando nació, Sansón, que significa fuerte. El niño creció con rapidez, siendo evidente que sería profeta por la moderación de su dieta y el crecimiento de su cabello. 5. Un día que fué con sus padres a Tamna, ciudad de los filis- teos, donde se desarrollaba un gran festival, se enamoró de una doncella de la comarca y pidió a sus padres que se la consiguieran para esposa. Los padres se negaron porque no era del linaje de Israel. Pero como el matrimonio era cosa de Dios, que se proponía hacerlo servir en beneficio de los hebreos, Sansón los convenció de que trataran de lograr que la doncella se casara con él. Sansón iba continuamente a ver a los padres de ella, y una vez se encontró con un león; aunque estaba desarmado, lo esperó y lo estranguló con las manos y arrojó la bestia en una parte arbolada del campo, a un lado del camino. 6. Otro día que se dirigía a ver a la joven, se encontró con una colmena instalada en el pecho del león; tomó tres panales y se los dió a su amada, con los demás regalos que le llevaba. El pueblo de Tamna, temeroso de su fuerza, cuando se hizo la fiesta de la boda (porque Sansón los invitó a todos), le dió treinta jóvenes de los más fuertes de la ciudad con el pretexto de que le hicieran compañía, pero en realidad para vigilarlo y evitar que ocasionara contratiempos. Mientras estaban bebiendo y en- treteniéndose dijo Sansón, como era habitual en esos casos: -Les voy a proponer un enigma que podrán solucionar en el plazo de siete días. Si aciertan, como premio a su sabiduría les daré una camisa y un vestido a cada uno. Ambiciosos de obtener fama de sabios y ganar al mismo tiempo el premio, le pidieron que les propusiera el enigma. Sansón les dijo que "un gran devorador que era violento por sí mismo produjo en su seno un alimento dulce". 250 251 u Como no pudieran solucionar el acertijo, tres días después p; dieron a la doncella que se lo averiguara a su esposo y se lo comunicara a ellos, amena ándola con quemarla si no lo hacía. La mujer rogó a su esposo que se lo dijera y Sansón se negó al principio, pero ante la insistencia de su esposa que lloró y declaró que su negativa era prueba de su falta de afecto, le contó que había matado un león encontrando luego en su pecho las colmenas, de las cuales le había llevado los tres panales. Sin sospechar ningún engaño se lo reveló todo, y la mujer informó a los que querían saberlo. Al séptimo día, en el que debían responder al enigma, se reunieron antes de la puesta del sol y le dijeron: -No hay nada tan violento como un león para los que se encuentran con él, ni tan dulce como la miel para los que la usan. A lo que Sansón respondió: -No hay nada tan traicionero como una mujer, porque ésa fué la persona que les descubrió mi interpretación. De acuerdo con lo prometido les dió los regalos, que sacó pre- viamente a los ascalonitas, filisteos también, a quienes encontró en el camino. Pero se divorció de su mujer, y la mujer despre- ciando su enojo se casó con el compañero de Sansón, que había sido el que anteriormente los había unido. 7. Ofendido por el injurioso tratamiento, Sansón resolvió cas- tigar junto con ella a todos los filisteos. Siendo verano y estando los frutos de la tierra casi maduros para la cosecha, tomó tres- cientos zorros y atándoles antorchas encendidas en la cola los echó sobre los campos de los filisteos. De ese modo se echaron a perder todos los frutos de los campos. Enterados los filisteos de que aquello había sido obra de Sansón, y sabiendo por qué lo había hecho, enviaron a sus magistrados a Tamna y quemaron a su ex esposa y sus parientes, por haber sido los causantes de su desgracia. 8. Después de matar muchos filisteos en la llanura, Sansón se alojó en Eta, que era un peñasco fortificado de la tribu de Judá. Los filisteos hicieron una expedición contra esa tribu. Pero el pueblo de Judá dijo que no era justo que los castigaran a ellos, que pagaban tributo, por las ofensas de Sansón. A lo que respon dieron los filisteos que si no querían ser inculpados debían entregar a Sansón. Deseosos de librarse de la acusación fueron al peñasco con tres mil hombres armados y se quejaron ante Sansón de los audaces insultos que había inferido a los filisteos, que eran hombres capaces de acarrear desgracias a toda la nación de los hebreos. Le dijeron que habían ido a prenderlo para entregarlo a los filisteos y le pidieron que lo aceptara voluntariamente. Cuando le dieron seguridades, con juramento, de que no le harían ningún daño y se limitarían a entregarlo a sus enemigos, descendió de la roca y se puso en las manos de sus compatriotas. Lo ataron con dos cuerdas y lo condujeron para entregarlo a los filisteos. Cuando llegaron a cierto lugar, que es ahora llamado Siagón, por la gran hazaña que allí realizó Sansón, aunque antes no tenía ningún nombre, los filisteos, que habían acampado cerca de allí, les salieron al encuentro jubilosos y gritando, como si hubiesen hecho una gran proeza obteniendo lo que querían. Pero Sansón rompió las cuerdas y apoderándose de una quijada de asno que encontró tirada a sus pies, cayó sobre el enemigo y mató mil de ellos golpeándolos con la quijada, y puso en fuga desordenada a los restantes. 9. Después de la matanza, Sansón se sintió orgulloso y no de- claró que aquello había ocurrido por la asistencia de Dios sino por su propio valor y se jactó de que por miedo al verlo usar la quijada cayeron algunos y huyeron los demás. Luego sintió sed y juzgó que el valor humano no es nada y dió testimonio de que todo debía ser adjudicado a Dios y le rogó que no se enojara por lo que había dicho ni lo entregara a sus ene- migos, y que le prestara ayuda en su aflicción y lo librara de la desgracia que lo agobiaba. Movido por sus ruegos, Dios le hizo salir una abundante fuente de agua dulce de una roca. Por eso Sansón llamó a ese sitio Siagón (La quijada), y así se sigue lla- mando actualmente. 10. Después de esa pelea Sansón despreció a los filisteos y se fué a Gaza' alojándose en una posada. Cuando los gobernantes de Gaza se enteraron de su llegada apostaron hombres emboscados en las puertas para que no pudiera escapar sin ser visto. Sansón, que conocía las medidas tomadas contra él, se levantó a media 252 253 q noche, corrió hacia las puertas, las arrancó con sus postes, vigas y demás partes de madera y ,llevándolo todo sobre los hombros lo condujo hasta las montañas que se encuentran sobre Hebrón y allí lo depositó. 11. Pero finalmente transgredió las leyes de su país alterando su norma de vida e imitando las extrañas costumbres de los extranjeros. Este fué el comienzo de su desgracia. Se enamoró de una mujer que era una prostituta filistea. Se llamaba Dalila, y Sansón vivió con ella. Los que gobernaban a los filisteos fueron a verla y mediante promesas la indujeron a que sonsacara a Sansón la causa de la fuerza que lo hacía inconquistable por sus enemigos. Cuando se hallaban conversando y bebiendo, la mujer fingió sentirse admirada por sus acciones y trató de averiguar sutilmente de qué medios se valía para superar a todos en fuerza. Sansón, para engañarla, porque aún no había perdido la sensatez, le dijo que si lo ataban con siete pámpanos todavía flexibles, sería más débil que cualquier otro hombre. La mujer no dijo nada más pero comunicó las palabras de Sansón a los gobernantes de los filisteos y escondió a varios soldar dos filisteos en su casa. Cuando Sansón, estando bebido, se durmió, Dalila lo ató lo más fuertemente posible con los pámpanos. En seguida lo despertó y le dijo que los filisteos lo atacaban. Sansón rompió las ligaduras y se dispuso a defenderse, como si realmente lo atacaran. La mujer, en su constante conversación con Sansón, fingió ofenderse por su falta de confianza en su cariño, como si ella no supiera guardar los secretos que él quisiera ocultar. Sin embargo Sansón la engañó de nuevo, diciéndole que si lo ataban con siete cuerdas perdería la fuerza. Como tampoco esta vez obtuviera ningún resultado, insistió por tercera vez. Sansón le dijo que había que trenzarle el cabello. Tampoco esta vez descubrió la mujer la verdad. Finalmente, ante las súplicas de Dalila, Sansón quiso compla- cerla (porque estaba destinado a sufrir desgracias), y le dijo que Dios lo había cuidado, que él había nacido bajo su providencia. -Por eso debo dejarme crecer el cabello, porque Dios me ordenó que jamás me lo cortara. Mi fuerza depende del largo de mi cabello. Enterada del secreto, Dalila le cortó el cabello y lo entregó a sus enemigos cuando ya no tenía suficientes fuerzas para defen- derse de sus ataques. Los filisteos le sacaron los ojos, lo ataron y se lo llevaron. 12. Pero con el tiempo el cabello de Sansón creció de nuevo. Hubo una vez una fiesta de la que participaron los gobernantes de los filisteos y los personajes más importantes. (El salón donde se realizaba la fiesta tenía el techo sostenido por dos columnas.) Mandaron traer a Sansón para insultarlo. Considerando que la mayor de sus desgracias sería no poder vengarse de los insultos, Sansón convenció al muchacho que lo conducía de la mano, di- ciéndole que estaba cansado y quería descansar, y le pidió que lo condujera hasta las columnas. No bien llegó a tocarlas, las empujó con fuerza, derrumbó la casa al derribar las columnas, matándose los tres mil hombres que estaban dentro y Sansón con ellos. Así fué el fin de ese hombre, que gobernó a los israelitas durante veinte años. Merece ser admirado por su valor y su fuerza y la grandeza de su muerte. Su odio a sus enemigos era tanto que prefirió morir con ellos. En cuanto a que fué engañado por una mujer, eso es propio de la naturaleza humana, demasiado débil para resistir las tentaciones del pecado. Pero es preciso dar fe de que en todos los demás aspectos fué un hombre de extraordinaria virtud. Sus parientes retiraron su cuerpo y lo sepultaron en Sarasat, su tierra, junto con el resto de su familia. CAPITULO IX En, gobernador de los israelitas. Boaz se casa con Rut, naciendo de ellos Obed, el abuelo de David 1. Después de la muerte de Sansón, Eli, el sumo sacerdote, fué gobernador de los israelitas. En su tiempo el hambre azotó al país, y Elimélec, de Betlem, ciudad de la tribu de Judá, no pudiendo mantener a su familia en las desastrosas condiciones imperantes, tomó a su mujer Noemí y a los hijos que había tenido con ella, Celión y Malón, y se trasladó a la tierra de Moab. Habiendo prosperado sus asuntos, tomó esposas para sus hijos a las mujeres moabitas Orfa, para Celión, y Rut, para Malón. Pero en el lapso de diez años murieron primero Elimélec y poco después sus dos hijos. Noemí, dolorida por sus desgracias y encontrando difícil la vida solitaria, después de haber muerto sus seres queridos por quienes había abandonado a su patria, volvió a ella, porque le habían informado que ahora se encontraba en situación floreciente. Pero sus nueras no quisieron separarse de ella y se dispusieron a partir con su suegra. Noemí insistió en que se quedaran, se casaran y fueran más felices en su nuevo matrimonio que con sus hijos y tuvieran prosperidad también en las demás cosas. Estando ella en tan mala situación, no podía llevarlas consigo para que compartieran la inseguridad con que regresaba a su hogar. Orfa obedeció y se quedó, pero Rut se fué con Noemí, deseosa de compartir con ella la suerte que le tocara. 2. Cuando Rut llegó a Betlem con su suegra, fué atendida por Boaz, un pariente de Elimélec. Sus conciudadanos llamaron a Noemí por su nombre, y ella les dijo: -Mejor sería que me llamaran Mara. Noemí significa en hebreo felicidad, y Mara, dolor. Era la época de la cosecha y Rut, con permiso de su suegra, salió a recoger, para que pudieran guardar una cantidad de trigo para alimentarse. Sucedió que Rut se pasó al campo de Boaz y cuando éste llegó poco después preguntó por ella a sus sirvientes. Enterado de quién era la abrazó cordialmente, por el afecto que sentía hacia su suegra y por el recuerdo del hijo de ésta. Y le dió permiso para que recogiera todo lo que pudiera y se lo llevara a su casa. También encargó a su criado que no le impidieran llevarse nada, y le ordenó que le dieran de conwr y de beber junto con los segadores. Todo el trigo que recibió4tut lo guardó para su suegra, a quien le llevó las gavillas cuando volvió por la noche. Noemí le había guardado una parte de los alimentos que sus vecinos le habían obsequiado. Rut contó a su suegra todo lo que Boav le había dicho; y cuando Noemí le dijo que era un pariente y probablemente un hombre muy piadoso que haría provisiones pari 256 ella, Rut volvió a salir los días siguientes a recoger junto con las criadas de Boaz. 3. Pocos días después de haber sido aventada la cebada, Boaz se durmió en su era. Informada Noemí de esa circunstancia, hizo que Rut se acostara junto a él, porque pensó que sería ventajoso para ellas que hablara con la joven. Y le mandó que se tendiera a sus pies, lo que ella así hizo porque no creyó propio de su deber oponerse a las órdenes de su suegra. Primero se acostó sin que Booz lo supiera, porque dormía pro- fundamente. Pero a medianoche despertó y al ver una mujer acostada a su lado le preguntó quién era. Ella le dijo su nombre y pidió que aquel a quien tenía por señor la perdonara. Boaz no dijo nada, pero a la mañana siguiente, antes de que los sirvientes comenzaran sus tareas, la despertó y le ordenó que tomara toda la cebada que pudiera cargar y se la llevara a su suegra, antes de que alguien viera que se había acostado a su lado, porque era prudente evitar los reproches que pudieran suscitarse, sobre todo no habiendo hecho nada malo. En cuanto al punto principal que era su objetivo, el asunto quedaría suspendido. -El que es tu pariente más próximo debe ser interrogado si quiere tomarte por esposa. Si dice que sí, tendrás que seguirlo. Pero si te rechaza, yo te desposaré de acuerdo con la ley. Cuando informó a su suegra, ambas se alegraron, porque tenían la esperanza de que Boaz las cuidaría. A mediodía Boaz bajó a la ciudad y reunió al senado y mandó llamar a Rut y a su pariente. Cuando éste llegó le preguntó Boaz: -¿No retienes tú la herencia de Elimélec y guardas a sus hijos? El pariente admitió que la retenía, y que lo había hecho de acuerdo con lo que permitían las leyes, porque era el pariente más próximo. Dijo entonces Boaz: -No debes recordar las leyes a medias, sino cumplirlas en todo lo que mandan. Vino la viuda de Malón y tú tienes que casarte con ella, de acuerdo con las leyes, si quieres retener sus campos. El hombre cedió entonces los campos y la mujer a Boaz, que también era pariente de los difuntos, alegando que él tenía esposa e hijos. Boaz puso al senado de testigo, y ordenó a la mujer que des 257 IIII~'i~ atara el zapato al hombre y le escupiera en la cara, de acuerdo con la ley. Hecho esto Boaz se casó con Rut y al cabo de un año tuvieron un hijo. Noemí lo crió ella misma y por consejo de las mujeres lo llamó Obed, porque le serviría de sustento en su vejez, y Obed en hebreo significa sirviente. Obed fué padre de Isaí, y éste de David, que fué rey y dejó sus dominios a sus hijos durante veintiuna generaciones. Me vi obligado a relatar la historia de Rut porque me propuse demostrar el poder de Dios, quien sin dificultad puede elevar a los que son de padres ordinarios a la dignidad y el esplendor a los que subió a David a pesar de su procedencia humilde. CAPITULO X Samuel predice la calamidad que sufrieron los hijos de Eli 1. Las cosas de los hebreos se hallaban en mala situación e hicieron la guerra a los filisteos. Fué de la siguiente manera: El sumo pontífice Eli tenía dos hijos, Ofnis y Fineés, que cometieron actos de injusticia contra los hombres y de impiedad con Dios y no se abstuvieron de ninguna clase de maldad. Algunas de las donaciones las retiraban porque les pertenecían por su honora- ble cargo; otras las tomaban por la violencia. También incurrían en impureza con las mujeres que acudían a adorar a Dios, obli- gando a algunas a ceder a su lujuria por la fuerza, y seduciendo a otras con obsequios. Su conducta no difería nada de la tiranía. Estas maldades provocaron la indignación de su padre, que esperaba ver caer de pronto el castigo de Dios por lo que hacían. También la multitud se sentía apenada. Y cuando Dios predijo la calamidad que caería sobre los hijos de Eli, comunicándolo a Eli y al profeta Samuel, que todavía era un niño, el padre demostró abiertamente su pesar por la destrucción de sus hijos. 2. Primero terminaré con lo que tengo que decir sobre el pro- feta Samuel y luego seguiré narrando la historia de los hijos de Eli y de los infortunios que acarrearon sobre todo el pueblo de los hebreos. El levita Elcana, hombre de mediana condición que residía en Armata, ciudad de la tribu de Efraím, tenía dos esposas, Ana y Fenana. La última le había dado hijos, pero él amaba más a la otra aunque era estéril. Elcana se trasladó con sus dos mujeres a la ciudad de Siló a sacrificar, porque allí se había instalado el tabernáculo, como dijimos anteriormente. Después de sacrificar distribuyó en el festival porciones de la carne a sus esposas e hijos, y cuando Ana vió a los hijos de la otra sentados alrededor de su madre se echó a llorar por su esterilidad y su soledad. Sin que pudieran dominar su dolor los consuelos de su marido, se dirigió al tabernáculo a rogar a Dios que le diera prole y la hiciera madre, e hizo voto de que consagraría al servicio de Dios, el primer hijo que concibiera, el que no haría una vida como la de un hombre corriente. Como prolongara indefinidamente sus oraciones, Eli, que estaba delante del tabernáculo, creyendo que estaba trastornada por el vino, le ordenó que se retirara. Ella le respondió que sólo había bebido agua y que estaba apesadumbrada porque no tenía hijos y rogaba a Dios que se los diera. El¡ le dijo que tuviera ánimo, que Dios le daría hijos. 3. Volvió a reunirse con su marido llena de esperanzas y comió alegremente. Cuando regresaron a su pueblo se encontró embarazada. Nació un hijo al que llamaron Samuel, que podría traducirse por "pedido a Dios". Luego fueron al tabernáculo a ofrecer sacrificios por el nacimiento del niño, y llevaron consigo sus diezmos. Pero la mujer recordó el voto que había hecho sobre su hijo, y se lo entregó a Eli para que lo dedicara a Dios y para que fuera profeta. Por consiguiente le dejaron crecer el cabello y sólo bebió agua. Samuel vivió y creció en el templo. Pero Elcana tuvo con Ana otros hijos, y tres hijas. 4. Cuando Samuel tuvo doce años de edad comenzó a profetizar. Una vez que estaba durmiendo Dios lo llamó por su nombre; creyendo que lo había llamado el sumo sacerdote, se dirigió hacia Eli, pero éste le dijo que no lo había llamado. Dios repitió el llamado tres veces y Eli comprendió entonces y le dijo: -Tampoco te llamé esta vez, Samuel. Es Dios quien te llama. Respóndele, diciendo aquí estoy. Cuando Samuel oyó nuevamente a Dios, le pidió que hablara y 258 259 1 le comunicara los oráculos que quisiera decirle, porque no dejaría de cumplir cualquier ministerio que le encomendara. Dios replicó: -Si estás aquí, entérate de las desgracias que afligirán a los israelitas, tan grandes que no pueden ser descritas con palabras y que no hay fe que las crea. Los hijos de Eli morirán el mismo día y el sacerdocio será transferido a la familia de Eleazar, porque Eli amó a sus hijos más que a mi culto, y hasta un punto inconveniente para ellos. Eli obligó al profeta con juramento a comunicarle el mensaje, porque el profeta no quería afligirlo diciéndoselo, y tuvo entonces la certeza de la perdición de sus hijos. Por su parte la gloria de Samuel fué siempre en aumento, comprobándose que todo lo que profetizaba se cumplía. CAPITULO XI Los filisteos derrotan a los hebreos y se apoderan del arca. Muerte de Eli 1. En aquel tiempo los filisteos hicieron la guerra a los israeli- tas, instalando el campamento en la ciudad de Afee. Poco después se presentaron los israelitas, y al día siguiente entablaron combate. Los filisteos obtuvieron la victoria y mataron más de cuatro mil hebreos, persiguiendo al resto de la multitud hasta su campamento. 2. Temiendo los hebreos lo peor, llamaron al senado y al sumo sacerdote y pidieron que trajeran el arca de Dios, porque, estando en formación con el arca entre ellos, serían difíciles de vencer. No pensaban que aquel que los había condenado a sufrir esa calamidad era más grande que el arca y que sólo por él se honraba al arca. Trajeron el arca y con él a los hijos del sumo sacerdote, a quienes su padre les había dicho que si pretendían sobrevivir a la toma del arca no volvieran a presentarse ante él. Fineés ya oficiaba a la sazón como sumo sacerdote, porque su padre había renunciado al cargo en su favor, por su avanzada edad. Los hebreos se sintieron llenos de valor, suponiendo que con la llegada del arca serían difíciles de vencer por el enemigo. También el enemigo se sintió preocupado, temerosos por la llegada del 1 arca de los israelitas. Pero el resultado no fué como lo preveían ambos bandos. Entablada la batalla la victoria que esperaban los hebreos fué ganada por los filisteos, y la derrota que temían los filisteos, le tocó a los israelitas, quienes comprobaron que habían confiado en vano en el arca. En cuanto se trabó la lucha cuerpo a cuerpo fueron derrotados y perdieron unos treinta mil hombres, entre los cuales se hallaban los hijos del sumo sacerdote. Y el arca fué tomada por el enemigo. 3. Cuando llegó a Siló la noticia de la derrota con la captura del arca (un joven benjaminita, que había combatido, actuó como mensajero), la ciudad se llenó de lamentos. Eli, el sumo sacerdote, que se hallaba sentado en un trono alto junto a una de las puertas, oyó el llanto y los gritos y pensó que había ocurrido algo extraño a su familia. Mandó llamar al mensajero y al enterarse de lo que había pasado en la batalla, no se sintió muy perturbado por sus hijos ni por la suerte del ejército, ya que sabía de antemano, por la revelación divina, lo que debía ocurrir; pero cuando supo que el enemigo se había llevado el arca, sufrió un gran dolor, porque era lo contrario de lo que había esperado, se cayó del trono y murió. Había vivido noventa y ocho años, durante cuarenta de los cuales retuvo el gobierno. 4. Aquel mismo día murió también la esposa de su hijo Finees que no pudo sobrevivir a la desgracia de la muerte de su esposo, noticia que le dieron cuando estaba con dolores de parto. Dió a luz, sin embargo, un niño de siete meses, que vivió, y a quien pusieron de nombre Jocab, que significa desgracia, porque el ejército había sufrido un desgraciado revés. 5. Eli fué el primero de la familia de Itamar, segundo hijo de Aarón, que obtuvo el gobierno; al principio desempeñó el sumo sacerdocio la familia de Eleazar, transmitiéndose el honroso cargo de padres a hijos. Eleazar se lo confirió a su hijo Fineés, luego tomó el honor su hijo Abiezer, quien se lo entregó a su hijo, llamado Boco, quien a su vez lo transmitió a su hijo Ozis. Luego ocupó el cargo Eli, de quien hemos estado hablando, y después la posteridad de él hasta el reinado de Salomón, en cuya ocasión lo reasumió la posteridad de Eleazar. 260 261 LIBRO VI Comprende un lapsode treinta y dos años CAPITULO I Los filisteos y su tierra sufren calamidades, por la ira de Dios, a causa de haberse llevado cautiva el arca. La de vuelven a los hebreos 1. Cuando los filisteos capturaron el arca de los hebreos, como dije poco antes, la llevaron a la ciudad de Azot, y la pusieron junto a su dios, que se llamaba Dagón, como parte del botín. Pero cuando entraron a la mañana siguiente en el templo, para adorar a su dios, lo encontraron adorando a su vez al arca: estaba tirado en el suelo, como si se hubiese caído de su pedestal. Muy preocupados, lo levantaron y lo colocaron de nuevo en su sitio. Y cada vez que entraban hallaban a Dagón tendido en el suelo, en actitud de adorar al arca 1. Los filisteos quedaron sumamente preocupados y confusos. Finalmente Dios envió una enfermedad destructora a la ciudad y la comarca de Azot; muchos fueron víctima de la disentería o flujo, mal doloroso que mataba de golpe. Antes de que el alma pudiera, como es habitual en las muertes sencillas, separarse del cuerpo, a los atacados se les revolvían las entrañas, vomitaban todo lo que habían comido y quedaban completamente putrefactos por la enfermedad. En cuanto a los frutos del campo salió de la tierra una gran cantidad de ratones que no perdonaron ni las plantas ni los frutos. Mientras el pueblo de Azot sufría estas calamidades insoporta 1 En la Biblia se repite la caída una sola vez. Pero figuran detalles de la mutilación del ídolo que Josefo no da. 263 bles, comprendió que era a causa del arca y que la victoria obtenida y el apresamiento del arca no habían sido beneficios para ellos. Enviaron un mensaje al pueblo de Ascalón, pidiéndole que les recibiera el arca. El pedido del pueblo de Azot no fué desagradable para el pue- blo de Ascalón, que resolvió acordarle ese favor. Pero después de recibir el arca sufrieron las mismas consecuencias desdichadas, porque el arca trajo consigo el desastre que ya había experimen- tado el pueblo de Azot. Los de Ascalón enviaron el arca a otros pueblos. Tampoco allí quedó mucho tiempo, porque al ser atacado por idénticos males, fué cada pueblo enviándolo a la ciudad vecina. De ese modo el arca recorrió las cinco ciudades de los filisteos. 2. Agotados por las calamidades, y escarmentados de recibir el arca horque debían pagarlo tan caro, buscaron finalmente algún medio para librarse de ella. Los gobernadores de las cinco ciudades, Gita, Acarón, Ascalón, Gaza y Azot, se reunieron y discutieron lo que convenía hacer. Al principio pensaron enviar de vuelta el arca a su pueblo, admitiendo que Dios había vengado su causa, que las desdichas las producía el arca y caían por ella y con ella sobre las ciudades. Otros, sin embargo, opinaron que no debían dejarse engañar, adjudicando al arca la causa de sus males, porque no podía tener ese poder y esa fuerza. Si Dios hubiese tenido tanta consideración por el arca, no habría permitido que cayera en las manos de los hombres. Exhortaron, por lo tanto, a los demás, a sufrir con paciencia su suerte, y admitir que la causa era nada más que la naturaleza, que en ciertos cambios del tiempo producía esas mutaciones en el cuerpo de los hombres, en la tierra, en las plantas y en todas las cosas que crecen en la tierra 2. Pero la opinión que prevaleció fué la de aquellos que se habían distinguido anteriormente por su comprensión y su prudencia y que en las presentes circunstancias parecían expresar el consejo más 1 En la Biblia, el pueblo de Asdod (Azot), convoca a los principales de los filisteos, que hacen transportar el arca a Gat y de allí a Ekrón (Gita y Acarón) (1 Samuel, V, 8 y 10). 2 Este intercambio de opiniones no figura en el relato bíblico, pero probablemente se inspiró en el versículo 9, cap. VI, de 1 Samuel. apropiado. Esos hombres dijeron que no creían justo ni enviar el arca de vuelta ni conservarla; lo que había que hacer era dedicar cinco imágenes de oro, una por cada ciudad, como ofrenda de gracias a Dios 1, por haberles salvado la vida cuando estaban por perderla por esa enfermedad que no estaba en sus manos combatir. Propusieron igualmente que hicieran cinco ratones de oro como aquellos que les habían devorado y destruido los campos, que los pusieran en una bolsa y depositaran ésta sobre el arca. Que hicieran, asimismo, un carro nuevo, y le uncieran vacas lecheras, pero encerrando a los becerros para que no siguieran y estorbaran a sus madres y las hicieran volver. Luego deberían conducir el carro con las vacas lecheras hasta un cruce de caminos y dejarlo allí para que las vacas tomaran el camino que quisieran. Si seguían por el que llevaba a la tierra de los hebreos, darían por sentado que el arca había sido la causa de sus desdichas, pero si tomaban por otro camino, deducirían que el arca no tenía la fuerza que le habían atribuído. 3. Resolvieron aceptar como prudentes las palabras de esos hombres, e hicieron lo que habían indicado. Llevaron el carro a un cruce de tres caminos y lo dejaron. La yunta de vacas tomó el camino correcto, como si alguien la guiara, mientras los jefes filisteos la seguían deseosos de averiguar dónde se detendría o a donde se dirigiría. Había una aldea de la tribu de Judá que se llamaba Bezamé, y hacia ella se dirigieron las vacas; y aunque delante de ellas había 4 una amplia y buena llanura, no siguieron andando y detuvieron allí el carro. Los aldeanos se alegraron sobremanera al verlo. Era 1 verano y todos los habitantes de la aldea estaban en los campos recogiendo la cosecha. En cuanto vieron el arca abandonaron la tarea y corrieron alegremente hacia el carro. Bajaron el arca con los vasos que contenían las imágenes y los ratones y lo colocaron en una roca de la llanura. Después de ofrecer un espléndido sacrificio a Dios y de celebrar un festín, hicieron un holocausto con el carro y las vacas. Viendo esto los príncipes de los filisteos, se volvieron a su tierra. 1 En las Escrituras, la ofrenda no tiene por objeto agradecer a Dios, sino apaciguarlo. 264 265 4. Pero luego cayó la ira de Dios sobre la aldea de Bezamé y provocó la muerte de setenta personas que, no siendo sacerdotes, e indignos por lo tanto de tocar el arca, se habían acercado a ella 1. Los aldeanos lloraron por los caídos, con los lamentos que eran de esperarse por la gran desgracia que les había mandado Dios, llorando cada cual por sus parientes. Como reconocieron que eran indignos de que el arca morara con ellos, enviaron mensajeros al senado público de los israelitas para informar que los filisteos habían devuelto el arca. Cuando el senado lo supo, la hizo trasladar a Cariatiarima, ciudad situada en la vecindad de Bezamé, en la que vivía un hombre llamado Aminadab, levita de nacimiento 2, muy encomiado por su vida recta y piadosa. A su casa llevaron el arca, considerándola digna de que Dios habite en ella porque en ella vivía un hombre recto. Sus hijos s cumplieron el servicio divino, y fueron sus princi- pales cuidadores durante veinte años, tiempo que estuvo en Cariatiarima, habiendo permanecido sólo cuatro meses en poder de los filisteos 4. CAPITULO II La expedición de los filisteos contra los hebreos, y la victoria de éstos bajo el mando del profeta Samuel, que fué su general 1. Mientras el arca estuvo en la ciudad de Cariatiarima todo el pueblo se dedicó a ofrecer continuamente oraciones y sacrificios a Dios, demostrando celo y empeño en su adoración. Viendo el profeta Samuel que estaban muy dispuestos a cumplir con su deber, pensó que aquél era el momento oportuno para hablarles sobre la recuperación de la libertad y las bendiciones que ésta traía consigo. Para eso usó las palabras que consideró más apropiadas para excitar su inclinación y para convencerlos que lo intentaran. 1 En 1 Samuel, VI, 19, dice que por haber mirado el arca Dios "hirió en el pueblo a cincuenta mil setenta hombres", suma inexplicable que se su pone un error de copia. 2 La Biblia no dice que era levita. a La Biblia sólo habla de un hijo, Eleazar. 4 Siete meses en 1 Samuel (VI, 1). -Israelitas -dijo-. Los filisteos siguen siendo vuestros enco- nados enemigos, pero Dios comienza a seros favorable. Corres- ponde que no sólo deseéis la libertad sino que adoptéis los métodos adecuados para obtenerla. No debéis conformaros con la tendencia a libraros de vuestros amos y señores, mientras continuáis haciendo lo que os mantendrá en la esclavitud. Sed justos, por lo tanto, y expulsad la maldad de vuestras almas, y con vuestra adoración suplicad a la divina majestad con todo el corazón y perseverad en su culto. Si lo hacéis gozaréis de prosperidad, os veréis libres de la esclavitud y obtendréis la victoria frente a vuestros enemigos, bendiciones que no podréis alcanzar ni por las armas de la guerra ni por la fuerza de vuestros cuerpos ni por el número de combatientes; Dios no prometió conceder aquellas bendiciones por estos medios, sino por la bondad y la rectitud. Si sois virtuosos y justos yo os garantizaré la realización de las promesas de Dios. La multitud aclamó su discurso y aceptó complacida su exhortación y prometió someterse a la voluntad de Dios. Samuel los reunió entonces en una ciudad llamada Masfate, que en hebreo significa atalaya. Allí sacaron agua e hicieron libaciones a Dios, ayunaron todo el día y se entregaron a la oración. 2. La asamblea no pasó inadvertida a los filisteos. Cuando su- pieron que se había reunido una compañía tan grande, cayeron sobre los hebreos con un gran ejército, con la esperanza de asal- tarlos inesperadamente y sin preparación. Los hebreos se asustaron y se desbandaron llenos de terror. Corrieron a ver a Samuel y le dijeron que tenían el alma abatida, por el temor y por la última derrota que habían sufrido. -Por eso queremos permanecer quietos, para no excitar el poder de nuestros enemigos. Tú nos trajiste aquí para ofrecer oraciones y sacrificios y prestar juramento, y entre tanto nuestros enemigos organizaron una expedición contra nosotros, estando nosotros desnudos y desarmados. Nuestra única esperanza es la de que, por tus medios, y con la asistencia de Dios, consigas con nuestros ruegos que nos libre de los filisteos. Samuel les pidió que tuvieran ánimo y les prometió que Dios les ayudaría. Tomó un cordero de leche, lo sacrificó en beneficio de la multitud y rogó a Dios que mantuviera sobre ellos su mano i 266 267 protectora cuando lucharan con los filisteos y que no los abandonase ni permitiese que sufriesen un nuevo descalabro. Dios escuchó sus ruegos, aceptando su sacrificio con intención propicia y buena disposición para asistirlos, y les garantizó la victoria y poder sobre sus enemigos. Mientras se hallaba todavía el sacrificio en el altar, no habiendo sido consumido enteramente por el fuego sagrado, el ejército enemigo salió de su campamento y fué puesto en orden de batalla. Tenían la esperanza de salir triunfadores, porque los judíos serían tomados en circuns tancias desfavorables, sin armas y desordenados. Pero las cosas ocurrieron de tal manera que nadie lo creería aunque hubiesen sido pronosticadas. En primer lugar Dios perturbó al enemigo con un terremoto, y sacudió la tierra bajo sus pies de tal manera que la hizo temblar e hizo tambalear a los hombres; algunos no pudieron sostenerse en pie y cayeron al suelo; abriendo grietas hizo caer a otros en los pozos. Luego produjo entre ellos terribles truenos y relámpagos vivísimos que los rodeaban amenazando quemarles los rostros. Hizo que las armas les temblaran tanto en las manos que se les cayeron y huyeron desarmados a sus casas 1. Samuel y la multitud los persiguieron hasta un pueblo llamado Correa. Allí Samuel puso una piedra como límite de su victoria y de la huída del enemigo, y la llamó la "piedra del poder", en señal del poder que Dios le había dado contra sus enemigos. 3. Después de este golpe los filisteos no volvieron a hacer expediciones contra los israelitas y permanecieron quietos, por miedo y por el recuerdo de lo que les había ocurrido. Todo el valor que tenían los filisteos contra los hebreos, des- pués de la victoria fué transferido a los hebreos. Samuel hizo además una expedición contra los filisteos y mató a muchos de ellos y humilló completamente su orgullo 4r les quitó esa comarca que, cuando habían sido triunfadores en la batalla, les habían quitado a los judíos; era la comarca que se extiende desde las fronteras de Gita hasta la ciudad de Acarón. Pero el resto de los cananeos estaba a la sazón en términos amistosos con los israelitas. 1 Nada de esto figura en la Biblia, donde sólo dice que "Jehová tronó aquel día con gran estruendo sobre los filisteos, y desbaratólos, y fueron vencidos delante de Israel" (1 Sanr, VI, 10). CAPITULO III Samuel, por su avanzada edad, no puede ocuparse de los asuntos públicos, y los confía a sus hijos. Ante la mala administración de éstos, la multitud se indigna y pide un rey. Disgusto de Samuel 1. El profeta Samuel, después de ordenar los asuntos del pueblo de manera conveniente, señaló una ciudad para cada distrito y ordenó que se presentaran en esas ciudades para ventilar las controversias que se suscitaran. Samuel las visitaba dos veces por año, administrando justicia. Así mantuvo el orden mucho tiempo. 2. Pero luego sintió el peso de los años y ya no pudo hacer lo que solía. Entregó por lo tanto el gobierno y el cuidado de la mul- titud a sus hijos, el mayor de los cuales se llamaba Joel y el menor Abia. Les ordenó que residieran y juzgaran al pueblo, uno en la ciudad de Bezel y otro en la de Bersabé 1, y dividió al pueblo en distritos que estarían bajo la jurisdicción de cada uno de ellos. Estos hombres constituyen un ejemplo evidente y una prueba de que a veces los hijos no tienen el mismo carácter que sus padres; a veces son buenos y prudentes, aunque hayan nacido de padres malos; éstos se mostraron malos, siendo hijos de padres buenos. Apartándose de la buena senda de su padre, tomaron un camino contrario, pervirtieron la justicia por el sucio lucro de los presentes y los sobornos y tomaron sus determinaciones no de acuerdo con la verdad sino del interés. Se entregaron al lujo, a una vida costosa, y de ese modo en primer término practicaban lo que era contrario a la voluntad de Dios, y en segundo término lo que era contrario a la voluntad de su padre el profeta, que se había preocupado mucho y había tomado cuidadosas medidas para que la multitud fuera virtuosa. 3. El pueblo se sintió muy intranquilo ante la injuria que a su constitución y gobierno inferían los hijos del profeta, y acudieron a verlo a la ciudad de Armata, donde entonces vivía, comunicándole 1 Según la Biblia, ambos hijos de Samuel "eran jueces en Beersheba" (Bersabé). I las transgresiones de sus hijos. Como él estaba viejo, le dijeron, y demasiado impedido per su edad para vigilar las cosas como antes, le rogaban y pedían que nombrara un rey para gobernar la nación y vengarlos de los filisteos, que debían ser castigados por sus anteriores opresiones. Esas palabras afligieron grandemente a Samuel, por su natural amor a la justicia y su aversión al gobierno real. Tenía mucho afecto a la aristocracia, que hacía a los hombres que la empleaban de una feliz disposición divina. Preocupado y atormentado por lo que le habían dicho, no pudo comer ni dormir. Permaneció toda la noche despierto, revolviendo diversas ideas en su mente relativas al problema. 4. Estando en esa situación Dios se le apareció y lo consoló diciéndole que no debía inquietarse por los deseos de la multitud, porque no era a él, sino a Dios, a quien despreciaban con toda in- solencia, negándose a que fuera su único rey. Añadió que esas cosas las habían estado urdiendo desde el mismo día en que salieron de Egipto. Pero que no tardarían mucho en arrepentirse de lo que habían hecho, arrepentimiento que no podría impedir los acontecimientos futuros. Serían bastante reprochados y confundidos por su desdén y su conducta ingrata hacia Dios y el profético oficio de Samuel. -Te ordeno, por lo tanto -terminó diciendo-, que les elijas un rey, el que yo te indicaré de antemano, después de enumerarles las desdichas que les acarreará un gobierno real, haciéndoles ver claramente el gran cambio que se apresuran a pedir. 5. Samuel llamó a los judíos a la mañana siguiente y les anunció que nombraría un rey; pero primero les describiría lo que les esperaba, el tratamiento que recibirían de los reyes y los agravios con que tendrían que luchar. -Porque debéis saber -dijo-, que en primer lugar os quitarán a vuestros hijos, y a unos los harán conductores de sus carrozas, a otros jinetes y guardias personales del rey; otros serán mensajeros, capitanes de milicias y capitanes de centurias. Los convertirán en artífices y armeros, tendrán que hacer carros e instrumentos, labrar la tierra de los reyes y cuidar sus campos y cavar 1 La Biblia sólo habla de una plegaria dirigida a Dios por Samuel. sus viñedos. Tendrán que hacer todo lo que les manden, como si fueran esclavos comprados con dinero. Nombrarán a vuestras hijas reposteras, cocineras y panaderas, y ellas estarán obligadas a hacer todo el trabajo que realizan las esclavas por temor a los azotes y los tormentos. Además se apoderarán de vuestras posesiones y se las darán a sus eunucos y sus guardianes, y entregarán vuestros rebaños a sus sirvientes. Y para decirlo todo en pocas palabras, vosotros y los vuestros seréis siervos de vuestro rey, en nada superiores a los esclavos. Cuando sufráis estas desdichas, recordaréis entonces lo que ahora os digo. Os arrepentiréis de lo que habéis hecho y rogaréis a Dios que se apiade de vosotros y os libre de los reyes; pero Dios no aceptará vuestros ruegos, os abandonará y dejará que sufráis el castigo merecido por vuestra perversa conducta. 6. La multitud cometió la tontería de prestar oídos sordos a sus predicciones y fué demasiado antojadiza para dejarse disuadir de una determinación que había tomado con tanta imprudencia. Rechazando las palabras de Samuel insistieron perentoriamente en su decisión y le pidieron que nombrara inmediatamente un rey y no se preocupara por lo que pudiera suceder después. Porque ellos necesitaban alguien que los llevara a la batalla y los vengara de sus enemigos, y si los países vecinos tenían reyes no era ningún absurdo que ellos tuvieran el suyo. Viendo Samuel que su admonición no los había apartado de sus propósitos y que se afirmaban en su resolución, dijo: -Idos por ahora a vuestras casas. Os mandaré llamar oportu- namente, cuando haya averiguado a quién quiere Dios daros como rey. CAPITULO IV Sobre el nombramiento, por orden de Dios, de un rey para los israelitas llamado Saúl 1. Había un hombre de la tribu de Benjamín que era de buena familia y de virtuosa disposición; se llamaba Cis. Tenía un hijo, joven, apuesto, alto, pero cuya inteligencia era superior a sus cualidades visibles. Su nombre era Saúl. Cis tenía unas asnas de buena 1 1 1 clase que se habían extraviado alejándose del prado donde pastaban. Como le gustaban esos animales más que todos los restantes que poseía, envió a su hijo con un criado a buscar a las asnas. Después de buscarlas por toda la tribu pasó a otras tribus y como no las hallara resolvió regresar a su casa, para no preocupar a su padre sobre su propia suerte. Pero el criado que iba con él le dijo que como estaban cerca de la ciudad de Armata, donde moraba un auténtico profeta, le aconsejaba que fuera a verlo para averiguar lo que había ocurrido con las asnas. Replicó Saúl que no tenían nada para darle como recompensa por la profecía, porque se le había terminado la provisión de di- nero. Respondió el criado que a él le quedaba aún un cuarto de siclo y que podían dárselo al profeta, ignorando ambos que el profeta no recibía esas recompensas. Fueron, pues, a verlo; cuando estaban frente a las puertas de la ciudad se encontraron con unas mozas que iban a buscar agua y les preguntaron dónde vivía el profeta. Las mozas les indicaron la casa y les recomendaron que se apresuraran a llegar antes de que se sentara a comer, porque tenía muchos invitados, y solía sentarse a la mesa antes que sus huéspedes. Samuel había convidado a mucha gente a comer con él por esa misma razón, porque Dios, a quien todos los días le había rogado que le anticipara a quién quería hacer rey, el día anterior le había dicho que le enviaría un joven de la tribu de Benjamín a esa hora del día; y Samuel se había sentado en la terraza de la casa esperando que llegara el momento indicado. Llegado ese momento, descendió para ir a comer y se encontró con Saúl, y Dios le reveló que era ése el hombre que los gobernaría. Saúl se acercó a Samuel y lo saludó, y le pidió que le informara cuál era la casa del profeta, porque él, Saúl, era forastero y no la conocía. Samuel le respondió que él era el profeta y lo invitó a comer, asegurándole que las asnas que había ido a buscar habían sido halladas, y que a él le había sido adjudicada la más grande de las buenas cosas. -Señor -respondió Saúl-, soy demasiado insignificante para aspirar a esas cosas, y pertenezco a una tribu demasiado pequeña para que de ella salgan reyes, y a una de las familias más chicas. Pero tú me lo dices en broma y me tomas como objeto de risa, 272 hablándome de asuntos importantes que no están en proporción con mi origen. Pero el profeta lo condujo a la fiesta v lo hizo sentar a la mesa, a él y a su criado, a la cabecera de los demás invitados, que eran en número de setenta;' y ordenó a los criados que sirvieran a Saúl una porción real. Cuando llegó la hora de dormir, todos se levantaron y cada cual se retiró a su casa, pero Saúl se quedó con el profeta, él y su criado, y durmieron en la casa de él. 2. No bien despuntó el día Samuel despertó a Saúl y lo condujo a su casa. Al salir de la ciudad, le pidió que hiciera adelantarse al criado porque tenía algo que decirle sin que hubiera nadie delante. Saúl alejó al sirviente. El profeta Samuel tomó entonces un vaso de aceite, lo derramó sobre la cabeza del joven, lo besó y dijo: -Serás rey ordenado por Dios contra los filisteos, y para vengar los sufrimientos que infligieron a los hebreos. La prueba será la que ahora te diré. En cuanto te hayas marchado de aquí encontrarás en el camino a tres hombres que se dirigirán a adorar a Dios en Bezel2. El primero llevará tres hogazas de pan, el segundo un cabrito 3 y el tercero, que irá detrás, una botella de vino. Esos tres hombres te saludarán, y te hablarán amablemente y te darán dos de las hogazas, que tú aceptarás. De allí irás a un sitio llamado el sepulcro de Raquel, donde una persona 4 que encontrarás te dirá que tus asnas fueron halladas. Luego, cuando llegues a Gabata verás una compañía de profetas y serás arrebatado por el espíritu divino y profetizarás junto con ellos hasta que todos los que te vean queden atónitos y admirados y digan: "¿A qué se debe que al hijo de Cis le haya tocado un honor tan grande?" a Después de comprobar estas señales, sabrás que Dios está contigo. Luego podrás saludar a tu padre y tus parientes. Y cuando mande a buscarte a 1 El versículo correspondiente de la Biblia dice que eran "unos treinta hombres". (I Samuel, IX, 22). 2 Josefo invierte el orden de los encuentros detallados en los versículos 2, 3 y 4 (Samuel, cap. X). 3 El primero de los tres hombres llevaba, según la Biblia, tres cabritos y el segundo tres hogazas. 4 Según la Biblia, dos hombres. s En Samuel (X, 11) dice que el pueblo se preguntaba: "¿Qué ha sucedido al hijo de Cis? ¿Saúl también entre los profetas?", frase esta última que se transformó en proverbio. 273 1 Galgala, vendrás, para que podamos hacer nuestras ofrendas de agradecimiento a Dios por sus bendiciones. Habiéndole dicho esas palabras, anticipándole los sucesos, Samuel despachó al joven. Y todas las cosas ocurrieron tal como lo había profetizado Samuel. 3. En cuanto Saúl llegó a la casa de su pariente Abner, a quien por cierto amaba más que a todos sus restantes familiares, éste le preguntó acerca de su viaje y de los accidentes que tuvo en su transcurso. Saúl no le ocultó nada, ni su llegada a la casa de Samuel, ni que éste le había anunciado el hallazgo de las asnas. Pero no le dijo nada del reinado ni de lo que al mismo concernía, porque pensó que provocaría envidias y por otra parte tampoco sería creído fácilmente. No juzgó prudente comunicarle esas cosas, aunque era muy amigo de él y lo amaba más que a todos los demás parientes, teniendo en cuenta, me imagino, lo que es la naturaleza humana, y pensando que nadie, ni aun el más íntimo amigo, mantiene inconmovible su amistad cuando Dios promueve a un hombre a una gran prosperidad; es, por el contrario, avieso y envidioso del que llega a un puesto eminente. 4. Luego Samuel reunió al pueblo en la ciudad de Masfate, y le habló en los siguientes términos, diciendo que lo hacía por orden de Dios. Comenzó por recordarles que Dios les había conseguido la libertad, sometiendo al enemigo. Pero ellos, olvidando sus beneficios, lo rechazaron como rey, sin considerar que sería más ventajoso ser comandados por el mejor de los seres. Porque siendo Dios el mejor de los seres, preferían un hombre para rey. Los reyes tratan a sus súbditos como bestias, de acuerdo con la violencia de su voluntad e inclinación y sus restantes pasiones exasperadas por la lujuria del poder, y no se empeñan en proteger a la raza humana como obra suya y creación suya, mientras que Dios, por esa misma razón, lo haría con mucha atención. -Pero -concluyó-, ya que habéis tomado esa resolución, y se impuso el trato ofensivo que habéis dado a Dios, agrupaos por tribus y cetros y tirad a la suerte. 5. Así lo hicieron los hebreos y la suerte recayó en la tribu de Benjamín. Cuando sortearon entre las familias de la tribu le tocó a la llamada Matri. Luego echaron suertes entre los miembros de esa familia, y resultó elegido rey Saúl hijo de Cis. 274 Cuando el joven lo supo, se anticipó y alejándose de allí se ocultó 1. Supongo que habrá sido para que no pensaran que aceptaba voluntariamente el gobierno. Demostró, por el contrario, mucho dominio de sí mismo y modestia. Mientras la mayor parte del pueblo no cabía en sí de gozo, el hombre elegido no mostró ninguna de esas emociones al ser nombrado señor de tantos y de tribus tan grandes. Huyó y se escondió de la vista de aquellos sobre quienes había de reinar, y los obligó a que lo buscaran muy perturbados. Viendo al pueblo acongojado por la desaparición de Saúl, Samuel pidió a Dios que le indicara el sitio donde se había escon- dido. Envió entonces a buscarlo y cuando lo trajeron lo pusieron en medio de la multitud. Y él era más alto que todos y tenía una estatura majestuosa. 6. Dijo entonces el profeta: -Dios os da a este hombre para que sea vuestro rey. Ved su altura, mayor que la de cualquier otro, y qué digno es del mando. El pueblo lo aclamó gritando "¡Viva el rey!" El profeta escribió en un libro lo que había de pasar en lo futuro, lo leyó delante del rey y depositó el libro en el tabernáculo de Dios, para testimonio de las generaciones venideras de lo que él había predicho. Luego despidió a la multitud y se trasladó a la ciudad de Armata, que era su pueblo. Saúl se fué a Gabata, el lugar donde había nacido. Muchos hombres buenos lo acompañaron, rindiéndole los respetos debidos a un rey; pero la mayoría eran hombres malos, que fingían despreciarlo, se reían de los demás, no le llevaban presentes ni trataban de complacerlo ni con su afecto, ni simplemente con palabras. CAPITULO V Saúl ayuda a los galaditas. Popularidad del rey. Confirmación de Saúl. Reproches de Samuel 1. Un mes después la guerra que Saúl sostuvo con Naas, el rey de los amonitas, le granjeó el respeto de todo el pueblo, por 1 La Biblia sólo dice que el elegido no fué hallado. 275 que Naas había ocasionado grandes perjuicios a los judíos que vivían al otro lado del Jordán atacándolos con un ejército nume- roso y aguerrido. Redujo a la esclavitud a las ciudades, no sola- mente sometiéndolas por la fuerza, sino debilitándolas con suti. leza y astucia para que luego no pudieran librarse de la esclavitud; hizo sacar el ojo derecho a los que se rendían bajo palabra o eran tomados prisioneros en la acción, porque de ese modo al quedar tapado el ojo izquierdo por el escudo se volvían inútiles para la guerra. Después de haber tratado de ese modo a los que vivían al otro lado del Jordán, el rey de los amonitas condujo su ejército contra los que se llamaban los galaditas. Instaló el campamento frente a la capital de sus enemigos, que era la ciudad de Jabis, y les envió embajadores, ofreciéndoles la alternativa de que se dejasen saltar el ojo derecho o sufrir un asedio y ver derribadas sus ciudades. Les daba a elegir entre perder un pequeño miembro del cuerpo o perecer en su totalidad. Los galaditas, átemorizados por la oferta, no se animaron a responder en ningún sentido, ni de que se rendirían ni de que pelearían. Solamente le pidieron siete días de tregua, para que pudieran enviar emisarios a sus compatriotas y pedirles ayuda,. Si acudían a ayudarlos, pelearían, pero si la ayuda fuera impo- sible de obtener se entregarían para sufrir lo que quisiera infligirles. 2. Menospreciando a la multitud de los galaditas y la respuesta que le dieron, les concedió la tregua permitiéndoles que enviaran a pedir ayuda a quien quisieran. Inmediatamente mandaron emisarios a todas las ciudades israelitas informándoles de la amenaza de Naas y del desasosiego en que se hallaban. Todos rompieron a llorar y a lamentarse, ante las noticias que traían los embajadores de Jabis. Pero el terror no les permitía hacer nada más. Cuando los mensajeros llegaron hasta la ciudad del rey Saúl y relataron el peligro en que se hallaban los habitantes de Jabis, el pueblo sufrió la misma aflicción que el de las demás ciudades. Al volver Saúl de la labranza a la ciudad encontró a sus compa- triotas llorando; les preguntó la causa y se enteró de la tristeza y la confusión que los afligía. Saúl se sintió arrebatado por la furia divina y despachó a los emisarios de los habitantes de Jabis pro- metiéndoles que iría a ayudarlos al cabo de tres días, y que derro 276 taría al enemigo antes, de la salida del sol para que al salir éste se viera que habían triunfado y se habían librado del temor que ahora los sobrecogía. Pero ordenó a varios de ellos que se quedaran para conducirlo a Jabis. 3. Deseando inducir al pueblo a que enfrentara a los amonitas por el miedo de lo que perderían si no peleaban, y para que pu- dieran reunirse lo más rápidamente, cortó los nervios de sus bueyes y amenazó hacer lo mismo a todos los que no se presentaran al día siguiente con sus armas junto al Jordán, para seguirlo a él y al profeta Samuel a donde quisieran conducirlos 1. Asustados por la amenaza, los israelitas se reunieron el día señalado. La multitud fué contada en la ciudad de Bezek, siendo setecientos mil, sin incluir a los de la tribu de Judá, que sumaban setenta mil. Atravesaron el Jordán y marcharon durante toda la noche, una distancia de treinta estadios, llegando a Jabis antes del alba. Saúl dividió el ejército en tres compañías y cayó sobre el enemigo repentina e inesperadamente por tres costados a la vez Trabada la batalla, mataron un gran número de amonitas, entre ellos al rey Naas 2. La gloriosa acción de Saúl fué relatada con grandes elogios a todos los hebreos, y Saúl conquistó una magnífica reputación por su valor. Aunque había antes algunos que lo despreciaban, ahoga cambiarón de opinión y lo honraron y lo estimaron como el mejor de los hombres. Porque no se conformó con salvar a los habitantes de Jabis, sino que realizó una expedición a la tierra de los amonitas y la arrasó, tomando un valioso botín. Regresó a su patria con más gloria que antes. El pueblo se sintió muy satisfecho con las hazañas de Saúl y se alegró de haberlo nombrado rey, y volviéndose con gritos de protesta contra aquellos que habían afirmado que no sería útil para los asuntos del pueblo, pidieron su castigo, diciendo lo que suelen decir las multitudes en casos semejantes, cuando les sonríe la prosperidad, contra los que habían despreciado a los autores de sus triunfos. Pero Saúl, aunque recibió amablemente el afecto y la buena 1 Según la Biblia, Saúl amenaza hacer lo mismo "con los bueyes" de los que no se unieran a él. 2 No figura la muerte del rey en las Escrituras. 277 voluntad de esos hombres, juró que ese día no permitiría matar a ninguno de sus compatriotas, porque sería absurdo mezclar la victoria que Dios les había concedido con la sangre y la matanza de los que eran de la misma raza que ellos; y los instó a celebrar el triunfo con ánimo amistoso. 4. Habiéndoles dicho Samuel que debían confirmar el reinado de Saúl con una segunda ordenación, se congregaron todos en la ciudad de Galgala. El profeta ungió a Saúl con el óleo santo, en presencia de la multitud, y lo declaró rey por segunda vez. De este modo el gobierno de los hebreos se convirtió en un gobierno real; porque en los tiempos de Moisés y de su discípulo Josué, que fué el general de los hebreos, mantuvieron el régimen de la aristocracia, pero después de la muerte de Josué, y durante dieciocho años, la multitud no tuvo forma estable de gobierno, y vivió en la anarquía. Luego tornaron a su forma anterior de gobierno, confiando la autoridad para juzgarlos al que era el me- jor y más valeroso guerrero; por eso fué llamado ese lapso de su gobierno el de los jueces. 5. Luego el profeta Samuel convocó otra asamblea y dijo: -En nombre de Dios todopoderoso, que trajo al mundo esos excelentes hermanos que fueron Moisés y Aarón, que libertó a nuestros padres del yugo egipcio y de la esclavitud que sufrían en su tierra, os adjuro solemnemente a que no habléis solamente por el deseo de agradarme, ni suprimáis nada por temor, ni os dejéis llevar por ninguna otra pasión, y digáis si alguna vez he cometido algún acto cruel o injusto, o si he sido guiado por el lucro o. la codicia, o por la intención de agradar a terceros. De- clarad si alguna vez he tomado un buey o una oveja o algo seme- jante, aunque siendo para mi sustento se considera que no es acción censurable, o si he tomado algún asno para mi uso en perjuicio de cualquiera. Acusadme de esos crímenes, ahora que estamos en presencia de vuestro rey. Todos respondieron a gritos que nunca había hecho nada de eso, y que siempre había comandado a la nación con santidad y justicia. 6. Ante el testimonio de su rectitud que prestaba el pueblo, prosiguió diciendo Samuel: -Ya que aseguráis que no podéis acusarme de nada malo, escu 278 chad entonces lo que ahora os diré con entera libertad. Vosotros habéis cometido un gran acto de impiedad contra Dios pidiendo que os nombraran un rey. Debéis recordar que vuestro abuelo Jacob se trasladó a Egipto a causa del hambre, acompañado únican.ente de setenta almas de nuestra familia, y su posteridad se multiplicó hasta sumar muchas decenas de miles. Los egipcios los redujeron a la esclavitud y los oprimieron duramente, y Dios mismo, respondiendo a los ruegos de nuestros padres, envió a Moisés v Aarón, que eran hermanos, y les dió poder para librar a la multitud de sus desgracias, lo cual hicieron sin ningún rey. Ellos nos trajeron a este país que ahora poseéis. Y cuando gozabais los beneficios concedidos por Dios, traicionasteis su culto y religión; y eso que cuando os hallasteis en las manos de vuestros enemigos os libró de ellas, primero haciéndoos superiores a los asirios y sus fuerzas, luego permitiéndoos derrotar a los amonitas y los rnoabitas y finalníerite a los filisteos. Todos estos triunfos los habéis logrado bajo el mando de Jefté y Gedeón. ¿Qué delirio os ha poseído ahora para que queráis alejaros de Dios y vivir bajo el dominio de un rey? He ordenado rey al que Dios eligió para vosotros; y aunque podría manifestaros claramente el enojo de Dios por vuestra elección de un gobierno real, le rogaré que él mismo os lo declare per medio de extrañas señales. Ninguno de vosotros ha visto antes una tormenta de invierno en la época de la cosecha; pues bien, rogaré a Dios que os la haga ver ahora. No bien hubo dicho estas palabras cuando Dios produjo grandes señales, con rayos y truenos y granizo, confirmando la verdad de todo lo que había manifestado el profeta. Estupefactos y aterrorizados confesaron que habían pecado y que habían caído en el pecado por ignorancia. Y rogaron al profeta, que era para ellos como un padre bueno y amable, que volviera a Dios misericordioso y lo hiciese perdonarles los pecados, los que habían añadido a las ofensas y transgresiones cometidas contra él. Samuel les prometió entonces que rogaría a Dios, pidiéndole que les perdonara esos pecados. Pero les aconsejó que fueran virtuosos y buenos y que no olvidaran nunca las desdichas que habían sufrido cada vez que se apartaban de la virtud. Y que recordaran los extraños signos que Dios les había hecho ver y que tuvieran siempre presente el código de Moisés si querían ser 279 0 protegidos y vivir felices con su rey. Si volvían a descuidar esas cosas, añadió, ellos y su rey sufrirían grandes castigos de Dios. Hecha esta profecía a los hebreos Samuel los despidió, después de haber confirmado el reinado de Saúl por segunda vez. CAPITULO VI Los filisteos realizan otra expedición contra los hebreos, y son derrotados 1. Saúl seleccionó tres mil hombres de la multitud, destinando dos mil para que formaran su guardia personal y residieran en la ciudad de Bezel, y los otros mil para la guardia personal de su hijo Jonatás, a quien envió a Gabaón; éste puso sitio a una guarnición filistea, cerca de Galgala y la tomó. Porque los filisteos de Gabaón habían derrotado a los judíos, les habían secuestrado las armas y puesto guarniciones en los sitios más fuertes de la región, prohibiéndoles portar ningún instrumento de hierro ni usar el hierro para nada en ningún caso. Por esta razón cuando los labradores tenían que afilar sus herramientas, ya sea palas o rejas de arado, o cualquier otro instrumento agrícola, tenían que acudir a los filisteos. Cuando los filisteos se enteraron del exterminio de su guarni- ción montaron en cólera, y considerándolo una terrible ofensa salieron a hacer la guerra a los judíos con trescientos mil hombres de a pie, y treinta mil carros y seis mil caballos', e instalaron el campamento en la ciudad de Macma. Informado Saúl, rey de los hebreos, bajó a la ciudad de Galgala y lanzó una proclama a todo el país instando al pueblo a esforzarse por recuperar la libertad y a hacer la guerra a los filisteos, despreciando sus fuerzas y considerándolos no tan grandes como para no intentar combatir con ellos. Al ver el pueblo que rodeaba a Saúl que los filisteos eran muy numerosos se sintió consternado; muchos se escindieron en cuevas 1 La Biblia dice que eran 30.000 carros, 6.000 jinetes "y pueblo como la arena de la orilla del mar en multitud" (1 Samuel, 13, 5). y en cavernas subterráneas, pero la mayor parte huyó hacia el otro lado del Jordán, a las tierras de Gad y de Rubén 1. 2. Saúl mandó a llamar al profeta para consultarlo acerca de la guerra y de los asuntos públicos. El profeta le ordenó que lo aguardara y preparara sacrificios, anunciándole que él iría dentro de siete días, para ofrecer sacrificios el séptimo día y luego entablar batalla con el enemigo. Saúl esperó la llegada del profeta, pero no cumplió sus órdenes; viendo que tardaba en venir, y que sus soldados desertaban, ofreció por sí mismo los sacrificios. Luego, al enterarse de que llegaba Samuel, salió a recibirlo. El profeta le dijo que había hecho mal en desobedecer las órdenes que le había enviado; el plazo se lo había indicado de acuerdo con la voluntad de Dios y Saúl se había apresurado a hacer mal los sacrificios que Samuel se proponía ofrecer por la multitud. Saúl se defendió aduciendo que había aguardado los días que Samuel le señaló, y que se había anticipado a ofrecer los sacrificios impelido por la necesidad en que se hallaba y porque los soldados se marchaban, atemorizados por la presencia del enemigo en Macma y por los rumores de que se aprestaba a atacarlos en Galgala. -Si te hubieses conducido como un hombre virtuoso -replicó Samuel-, sin desobedecer mis órdenes, ni soslayar las órdenes que Dios me sugirió acerca del presente estado de cosas, ni actuar con más premura de la que las circunstancias exigían, te habría sido dado reinar mucho tiempo, y a tus descendientes después de ti. Ofendido por lo que había acontecido, Samuel regresó a su casa. Saúl, por su parte, en compañía de su hijo Jonatás, avanzó sobre la ciudad de Gabaón, con sólo seiscientos hombres, la mayor parte de los cuales carecía de armas a causa de la escasez de hierro y artífices que supieran trabajarlo. Porque ya hemos dicho que los filisteos no les habían permitido que poseyeran hierro, ni que hubiera artesanos de esa especialidad. Los filisteos dividieron sus fuerzas en tres compañías y tomando otros tantos caminos devastaron el país de los hebreos, en presencia del rey Saúl y su hijo Jonatás, que no pudieron hacer nada para defenderlo porque sólo disponían de seiscientos hombres. 1 Gad y Gilead, en la Biblia. 281 f Saúl y su hijo y el sumo pontífice Aquías, que era descendiente del sumo pontífice Eli, contemplaban apesadumbrados desde una alta loma la devastación de su país. El hijo de Saúl convino con su escudero en que irían privadamente al campo enemigo a provocar el desorden. El escudero le prometió seguirlo a donde lo llevara, aunque le costara la vida. Jonatás, con la ayuda del mozo, descendió de la loma y se dirigió hacia donde se hallaba el enemigo. El campamento filisteo estaba sobre un precipicio que tenía tres picos terminados en una extremidad pequeña pero larga y aguda y con una roca que los rodeaba como si fueran líneas hechas para prevenir los ataques del enemigo 1. Sucedió que habían descuidado la guardia exterior del campamento, por la seguridad que ofrecía el sitio y porque consideraban completamente imposible no sólo que alguien subiera al campamento por aquel lado sino que pudiera acercarse a él. En cuanto hubo llegado al campamento Jonatás animó a su escudero diciéndole: -Vamos a atacar al enemigo; y si cuando nos vean nos ordenan que subamos, ten por seguro que es una señal de victoria. Pero si no dicen nada, si no se proponen invitarnos a subir, nos volveremos. Cuando estaban cerca del campamento, poco después del alba, y los filisteos los vieron, dijeron entre ellos: "Los hebreos están saliendo de las cuevas", y dirigiéndose a Jonatás y su escudero les gritaron -Vamos, subid, así podremos daros el castigo que merecéis, por vuestra temeridad de atacarnos. El hijo de Saúl aceptó la invitación, como signo de victoria, salió del sitio donde había sido visto por el enemigo y cambiando de dirección se encaminó hacia la roca que estaba sin guardias por tratarse de un punto fuerte inaccesible. De ahí subieron tre- pando con mucho trabajo y dificultades y venciendo los obstáculos naturales del lugar hasta que estuvieron en posición de luchar con el enemigo. Cayeron sobre él cuando estaba durmiendo y mataron unos veinte hombres, provocando tanta sorpresa y desorden que muchos filisteos arrojaron las armas y huyeron. En su mayor parte 1 La Biblia menciona sólo dos peñascos, Boses y Sené. no se conocían entre sí porque eran de diferentes naciones, y como no se imaginaban que los hebreos eran solamente dos, se tomaron los unos a los otros por enemigos y se mataron entre sí. Algunos murieron en la batalla; otros que quisieron huir fueron arrojados de cabeza al precipicio. 3. Los centinelas de Saúl informaron al rey que había confusión en el campamento de los filisteos. Saúl preguntó si se había ido alguien del ejército y cuando supo que su hijo y el escudero de éste se hallaban ausentes, pidió al sumo sacerdote que se pusiera las vestimentas de su alto sacerdocio y profetizara el éxito que tendrían. El sumo sacerdote dijo que obtendrían la victoria y dominarían al enemigo. Saúl salió entonces contra los filisteos y los atacó mientras se mataban entre sí. Los que ante se habían ocultado en las cavernas y las grutas, al enterarse de que Saúl triunfaba, corrieron a unirse a sus filas. Cuando el número de sus fuerzas ascendió a unos diez mil hombres, emprendió la persecución del enemigo, que se desparramó por todo el país. Pero luego incurrió en un acto lamentable que merece ser muy censurado. Ya sea por ignorancia, o por la alegría de la victoria tan extrañamente obtenida, lo que suele suceder con las personas afortunadas, que en ese momento no razonan, deseando vengarse e imponer el debido castigo a los filisteos, lanzó una maldición contra todo hebreo "que abandonase la matanza del enemigo o su persecución y tomase alimentos antes de que llegara la noche". El hijo de Saúl, que estaba en un bosque perteneciente a la tribu de Efraím donde había numerosos panales, y no había oído la maldición de su padre ni la aprobación que le dió la multitud, partió un trozo de panal y comió la miel 1. En ese momento fué informado del anatema con que su padre les había prohibido que probaran bocado antes de la puesta del sol. Jonatás dejó de comer y dijo que su padre había hecho mal, porque si los hombres comieran algo perseguirían al enemigo con más vigor y decisión y matarían mayor número de filisteos. 4. Después de exterminar unos diez mil filisteos, se entregaron a saquear el campamento enemigo, cuando ya era entrada la no 1 En el relato bíblico, Jonatás sólo moja en un panal la punta de su vara. 282 283 che. Tomaron gran botín, así como ganado, al que mataron y comieron con la sangre. Los escribas comunicaron al rey que la multitud pecaba contra Dios, sacrificando y comiendo antes de haber lavado perfectamente la sangre y limpiado la carne 1. Saúl ordenó que se colocara en medio de la multitud una gran roca, y proclamó que mataran sobre ella los sacrificios y que no comieran la carne con la sangre, porque no era aceptado por Dios. El pueblo hizo lo que el rey ordenaba, y Saúl erigió en ese sitio un altar y ofreció holocaustos a Dios. Fué el primer altar levantado por Saúl. 5. Saúl deseaba conducir a sus hombres al campo enemigo antes del amanecer, para saquearlo; a los soldados no les faltaba voluntad para seguirlo, y estaban muy dispuestos a cumplir sus órdenes. El rey llamó entonces a Aquitob, el sumo sacerdote, y le pidió que indagara si Dios le concedería el favor y el permiso de atacar el campamento enemigo para destruir a los que se hallaran en él. El sacerdote le informó que Dios no respondía. -Debe de haber alguna causa -replicó Saúl-. Poco antes nos declaró todo lo que deseábamos saber de antemano, y hasta nos previno sin que le preguntáramos. Si ahora se niega a contestar, es porque hay algún pecado escondido entre nosotros que motiva su silencio. Juro por Dios mismo, que aunque el culpable del pecado resulte ser mi propio hijo Jonatás, lo mataré, y apaciguaré de ese modo la ira de Dios, y lo castigaré como si fuera un extraño y no un pariente. La multitud aprobó a gritos su decisión; Saúl la reunió a un lado quedando él con su hijo al otro lado y ordenó buscar al culpable por sorteo; el sorteo señaló a Jonatás. Preguntado por su padre qué pecado había cometido y qué hecho de su vida consideraba que podía ser motivo de culpa o profanación, respondió: -Padre, lo único que hice fué que ayer, ignorando tu maldición y juramento, probé la miel de un panal mientras perseguía al enemigo. Saúl juró que lo mataría, prefiriendo el cumplimiento de su promesa a todos los lazos de nacimiento y naturaleza. Jonatás no se 1 No menciona escribas la Biblia. Sólo dice que el pueblo comió la carne con la sangre. alteró ante la amenaza de muerte, y ofreciéndose generosa e intré pidamente, dijo: -No deseo que me perdones, padre; la muerte será para mí muy aceptable procediendo de tu piedad y después de una gloriosa victoria. Tengo el gran consuelo de dejar a los hebreos victoriosos contra los filisteos. Todo el pueblo, afligido y pesaroso por la suerte de Jonatás, juró que no lo dejaría morir, a él que era el autor de su triunfo. De esta manera lo sacaron del peligro en que se hallaba por la anatema de su padre, y rogaron a Dios que perdonara al joven su pecado. 6. Habiendo matado unos sesenta mil enemigos, Saúl regresó a su casa y tuvo un reinado feliz. Luchó con los países vecinos y sometió a los amonitas, los moabitas, los filisteos, los idumeos y los amalecitas y venció al rey de Soba. Tuvo tres hijos, Jonatás, Jesús y Melquiso, y dos hijas, Meroba y Mico]. Abner, el hijo de su tío, fué capitán de su ejército. El tío se llamaba Nero. Este y Cis, el padre de Saúl, eran hermanos. Saúl poseyó gran número de carros y jinetes; volvió siempre triunfante de todas las guerras que acometió y llevó los asuntos de los hebreos a un alto grado de éxito y prosperidad, haciéndolos superiores a las demás naciones. Su guardia personal estaba formada por los jóvenes de mayor talla y apostura. CAPITULO VII La guerra de Saúl contra los amalecitas, y su conquista 1. Samuel fué a ver a Saúl y le dijo que Dios lo había enviado a recordarle que lo había preferido a todos los demás y lo había ordenado rey, y que por eso debía obedecerle y someterse a su autoridad, considerando que aunque tenía el dominio de las de- más tribus, Dios tenía el dominio sobre él y sobre todas las cosas. Le manifestó por lo tanto que Dios le había dicho lo siguiente: -Como los amalecitas habían inferido a los hebreos grandes ofensas cuando éstos estaban en el desierto y se dirigían, después de salir de Egipto, a la tierra que ahora era de ellos, te ordeno, por lo tanto, que los castigues haciéndoles la guerra, y que después de 1 285 someterlos no dejes ni a uno solo vivo; los matarás a todos, comenzando por las mujeres y los niños, como castigo por el daño que hicieron a nuestros antepasados. No perdonarás nada, ni asnos ni otros animales, ni dejarás ninguno de ellos para tu ventaja y posesión; los dedicarás universalmente a Dios, para borrar completamente, en obediencia a las órdenes de Moisés, el nombre de Amalec. 2. Saúl prometió cumplir todo lo que le habían ordenado; y juzgando que mostraría mejor su obediencia a Dios, no solamente haciendo la guerra a los amalecitas, sino actuando con decisión y rapidez, reunió sin demora sus fuerzas y después de contarlas en Galgala halló que eran cuatrocientos mil israelitas, además de la tribu de Judá, que contenía treinta mil. Saúl irrumpió en la tierra de los amalecitas, tendió varias emboscadas junto al río, para herirlos no solamente en la lucha abierta sino también caerles encima inesperadamente en los caminos y rodearlos y matarlos. Entablada la batalla, derrotó al enemigo, lo persiguió y lo destruyó. Obtenida la victoria en esta empresa, como Dios lo había predicho, puso sitio a las ciudades amalecitas, las tomó por la fuerza, en parte con máquinas de guerra y en parte con minas subterráneas y en parte levantando muros en el exterior. Al algunos los mataron de hambre; a otros los dominaron por otros métodos. Luego se dedicó a matar a las mujeres y los niños, juzgando que no cometía un acto bárbaro e inhumano, primero, porque eran enemigos, y segundo, porque lo hacía por orden de Dios, a quien era peligroso desobedecer 1. Tomó en cambio, prisionero a Agag, el rey enemigo, por cuya belleza y estatura sintió tanta admiración que lo consideró digno de ser perdonado. Pero no lo hizo de acuerdo con la voluntad de Dios sino cediendo a impulsos humanos, y dejándose conmover por una inoportuna conmiseración en un punto que no podía decidir por sí mismo, porque Dios odiaba a la nación de los amalecitas hasta el extremo de que había ordenado a Samuel que no tuviera piedad ni siquiera de los niños a quienes más compadecemos por naturaleza. Pero Saúl salvó al rey, autor de todas las 1 Estos comentarios son de Josefo, así como los relativos al perdón de Agag. desdichas de los hebreos, como si prefiriera la buena apariencia del enemigo al recuerdo de lo que Dios le había mandado. La multitud incurrió en la misma culpa, lo mismo que Saúl, porque salvaron los rebaños y las manadas y los tomaron como botín, habiendo ordenado Dios que no fueran perdonados. Se llevaron también el resto de las riquezas, y destruyeron lo que no valía la pena de llevarse. 3. Después de conquistar a todos los pueblos instalados desde Pelusio, en Egipto, hasta el mar Rojo, devastó el territorio enemigo, pero no tocó a los siquemitas, aunque vivían en el mismo centro de la tierra de Madián. Porque antes de la batalla Saúl envió a decirles que se fueran para no compartir la suerte de los amalecitas, porque eran parientes de Ragüel, el suegro de Moisés. 4. Saúl regresó jubiloso a su casa, por el acto religioso que ha- bía cumplido y la conquista de sus enemigos, y como si no hu- biera descuidado nada de lo que le había ordenado el profeta cuando partió a combatir contra los amalecitas, y como si hubiese observado puntualmente todo lo que debía hacer. Pero Dios estaba enojado porque había perdonado la vida al rey de Amalec, y porque la multitud se había apoderado del ganado como botín, actos realizados sin su permiso. Consideraba intolerable que hubiesen dominado y conquistado al enemigo con el poder que él les había dado, para ser luego despreciado y desobedecido con una grosería que un simple rey humano no toleraría. Dijo por lo tanto al profeta Samuel que estaba arrepentido por haber ungido rey a Saúl, quien no obedecía lo que le mandaba y se dejaba guiar por sus propias inclinaciones. Samuel se sintió conturbado y rogó toda la noche a Dios que se compadeciera de Saúl y le retirara su enojo. Dios no le concedió el perdón que el profeta pedía, porque no creyó prudente perdonar esa clase de pecados contra sus órdenes, ya que las ofensas crecían con la indulgencia de los ofendidos; buscando la gloria de ser considerados amables y bondadosos, sin quererlo producen otros pecados. Rechazada por Dios la intercesión del profeta y viendo éste que no modificaría su decisión, Samuel fu¿ al alba a ver a Saúl en Galgala. El rey corrió a su encuentro, lo abrazó y le dijo: -Doy gracias a Dios que me dió la victoria, porque he cum- plido todas sus órdenes. F -¿Cómo es que oigo balar ovejas -replicó Samuel-, y mugir ganado mayor en el campamento? Saúl respondió que el pueblo había reservado los animales para los sacrificios, pero que la nación de los amalecitas había sido totalmente destruida, de acuerdo con las órdenes recibidas, no quedando un solo hombre vivo, excepto el rey, a quien había traído, y sobre cuya suerte decidirían juntos. Samuel respondió que a Dios no le satisfacían los sacrificios sino los hombres buenos y virtuosos, o sea los que obedecían su voluntad y sus leyes y consideraban que nada de lo que hacían estaba bien hecho más que cuando lo hacían de acuerdo con las órdenes de Dios. Y que se juzgaba ofendido no cuando alguien dejaba de hacer un sacrificio sino cuando lo desobedecía. De aquellos que no lo obedecían ni cumplían con ese deber que era la única adoración verdadera y aceptable, no recibía de buen grado sus ofrendas, aunque los sacrificios fueran más numerosos y gruesos que nunca, y los presentes más lujosos, así fueran de oro y plata; los rechazaría, considerándolos más bien señales de perversidad que de piedad. Añadió que sólo se complacía con aquellos que pensaban únicamente en cumplir las órdenes de Dios, cualesquiera que fueran, y preferían la muerte antes que transgredir alguna de sus órdenes. Y que ni siquiera les requería un sacrificio. Pero cuando lo hacían, aunque fuera una ofrenda magra, lo aceptaba como honra de pobreza con más agrado que las ofrendas procedentes de los hombres más ricos. -Has de saber, por consiguiente -concluyó- que has provocado la ira de Dios, porque despreciaste y descuidaste lo que te mandó. ¿Cómo crees que Dios respetará un sacrificio de aquello que destinó a la destrucción? A menos que supongas que es lo mismo ofrecerlo a Dios como sacrificio que destruirlo. Debes por lo tanto esperar que te sea quitado el reino y esta autoridad de la que has abusado con tu insolente conducta hasta el extremo de desatender a ese Dios que la concedió. Saúl admitió entonces que había actuado injustamente, y no negó que había pecado, porque había transgredido las órdenes del profeta. Pero agregó que sólo por temor a los soldados no les había prohibido tomar el botín. -Perdóname -dijo-, y sé misericordioso conmigo, y en lo sucesivo me cuidaré de no volver a pecar. Rogó finalmente al profeta que volviera con él para hacer sus ofrendas de agradecimiento a Dios. Pero Samuel se dispuso a re- gresar a su casa, porque comprendió que Dios no aceptaría su reconciliación con él. 5. Ansioso Saúl de retener a Samuel lo tomó de la capa, y por la vehemencia con que Samuel partió con un movimiento violento, la capa se rasgó. El profeta declaró entonces que de la misma manera le sería arrancado el reino del que se haría cargo un hombre bueno y justo, y que Dios se mantenía en lo que había resuelto, porque ser mudable y cambiante en las determinaciones era propio de las pasiones humanas pero no del poder divino. Saúl repuso que había sido perverso, pero que lo hecho no podía deshacerse. Y le pidió que lo honrara acompañándolo a adorar a Dios, para que los viera la multitud. Samuel le concedió ese favor y ambos fueron a adorar a Dios. Agag, el rey de los amalecitas, fué llevado a su presencia y cuando le preguntó si sería amarga la muerte, Samuel respondió: -Del mismo modo que tantas madres hebreas, sumidas en el dolor por tu causa, lloraron la muerte de sus hijos, así también llorará tu madre la tuya. Ordenó que le dieran muerte inmediatamente en Galgala, y se retiró a la ciudad de Ramata. CAPITULO VIII A raíz de la transgresión por parte de Saúl de las órdenes del profeta, Samuel, de acuerdo con lo que le mandara Dios, ordena privadamente como rey a otro hombre,llamado David 1. Consciente Saúl de la desdichada situación en que había caído, incurriendo en la enemistad de Dios, se trasladó a su palacio real de Gabaa, nombre que significaba colina, y a partir de ese día no volvió a presentarse delante del profeta. Samuel se dolió por él, pero Dios le dijo que no se preocupara más por Saúl y que to i 288 289 mara el óleo santo y fuera a ver en Betlem a Isaí hijo de Obed, y ungiera al que él le señalaría como futuro rey. Samuel expresó su temor de que al enterarse Saúl lo matara, por algún medio privado o abiertamente. Dios le prometió hacerlo llegar sano y salvo y Samuel se dirigió hacia la mencionada ciudad. Allí recibió el saludo de sus habitantes, y cuando le preguntaron el motivo de su visita respondió que había ido a ofrecer sacrificios a Dios. Después de cumplir los sacrifios llamó a Isaí y sus hijos para que participaran del festín sacro. Viendo al hijo mayor de Isaí juzgó por su alta estatura y su apostura que ése debía de ser el futuro rey. Pero Samuel se equivocó sobre los propósitos de Dios, porque al preguntarle si debía ungir al joven, a quien admiraba y juzgaba digno de ser rey, Dios le respondió que los hombres no veían del mismo modo que Dios. -Tú resptas la favorable apariencia de ese joven y por eso lo consideras digno de ser rey, yo en cambio propongo el trono no como recompensa de la belleza física sino de la virtud del alma, y busco a alguno que reúna esta condición. Es decir, alguno cuya belleza resida en su piedad, su justicia, su fortaleza y su obedien- cia; porque esto es lo que significa la apostura del alma. Ante estas palabras de Dios, Samuel pidió a Isaí que le presentara a todos sus hijos. Isaí llamó a sus cinco hijos restantes, de los cuales Eliab era el mayor, Aminadab el segundo, Samal el tercero, Nataniel el cuarto, Rael el quinto y Asán el sexto. Samuel vió que ninguno de los cinco era inferior en aspecto al mayor y preguntó a Dios a cuál de ellos había elegido. Dios respondió que no era ninguno de ellos, y Samuel preguntó a Isaí si no tenía más hijos. Contestó Isaí que tenía otro, llamado David, pero que era pastor y estaba cuidando a las ovejas. Samuel le ordenó que lo llamara inmediatamente, porque mientras faltara alguno no podía dar comienzo a la fiesta. Cuando llegó David vió que era pálido, de vista aguda y de aspecto generoso y correcto. Este, se dijo Samuel, es el que a Dios le place darnos para rey. Sentóse a la mesa poniendo al joven a su lado, junto con Isaí y sus otros hijos. Luego tomó aceite, lo puso delante de David, y se lo echó encima, diciéndole al oído que Dios lo había elegido para ser rey, y que debía ser justo y obediente a sus mandamientos, para que su reinado fuese duradero y su di. nastía tuviese gran esplendor y ganase celebridad en todo el mundo. Le anunció que derrotaría a los filisteos y que saldría siempre triunfador de todas las guerras que hiciera contra cualquier nación, sobreviviendo en todas las luchas. Su fama sería gloriosa durante toda su vida y luego dejaría esa gloria a su posteridad. 2. Después de estas exhortaciones Samuel partió. El poder di- vino dejó a Saúl y pasó a David, quien, con ese translado a su persona del espíritu divino, comenzó a profetizar. En cuanto a Saúl, fué presa de una extraña y diabólica enfermedad que le provocaba sofocaciones amenazando ahogarlo. Los médicos l señalaron como único remedio que le buscaran alguna persona capaz de adormecerle las pasiones cantando y tocando el arpa, cuando observara que los demonios comenzaban a perturbarlo. Saúl ordenó sin demora que buscaran esa persona. Un tran- seúnte informó que había visto en la ciudad de Betlem a un joven, hijo de Isaí, todavía un niño por su edad, pero bello y apuesto y digno en otros aspectos de consideración, que era muy hábil para tocar el arpa y sabía cantar himnos, además de ser un buen soldado en la guerra. Saúl mandó recado a Isaí pidiéndole que retirara a David del cuidado de los rebaños y se lo enviara, porque se lo habían en- comendado por su apostura y su valor, y quería verlo. Isaí envió a su hijo, dándole presentes para que los entregara a Saúl. Cuando llegó, Saúl lo recibió complacido y lo nombró su escudero. Le cobró mucha estima porque sabía aplacarle su pasión; era el único médico que, tocando el arpa y recitando himnos, lograba dominarle los trastornos que le producían los ataques de los de- monios y lo tranquilizaba, normalizándole las ideas. Saúl mandó pedir a Isaí, el padre del joven, que le dejara a David, porque le encantaba su presencia y su compañía. Isaí, no pudiendo negarse al pedido de Saúl, concedió su permiso. 1 Los criados de Saúl, dice la Biblia (1 Samuel, XVI, 15 y 16). CAPITULO IX Los filisteos realizan otra expedición contra los hebreos, bajo el reinado de Saúl, y son derrotados por David que mata a Goliat en combate singular 1. Poco después los filisteos volvieron a reunirse, y habiendo formado un gran ejército hicieron la guerra a los israelitas. Se apoderaron de un sitio ubicado entre Soco y Azeca e instalaron en él su campamento. Saúl movilizó su ejército para hacerles frente y estableció el campamento en una loma, obligando a los filisteos a abandonar el de ellos y trasladarlo a otra loma, enfrente de aquella que había ocupado Saúl 1, de modo que los dos ejércitos quedaron separados por el valle que corría entre ambas colinas. Del campo de los filisteos descendió un hombre llamado Goliat, de la ciudad de Gita. Era un hombre de enorme estatura (tenía cuatro codos y un palmo, y armas que estaban en proporción con el tamaño de su cuerpo, una coraza que pesaba cinco mil siclos, un yelmo y grebas de bronce del tamaño necesario para cubrir las piernas de un hombre de ese tamaño prodigioso. La lanza no la llevaba como un arma liviana en la mano derecha, sino cargada al hombro. Tenía además un venablo que pesaba seiscientos siclos, y lo seguían varios escuderos 2). El susodicho Goliat se detuvo entre ambos ejércitos, que estaban en tren de combate, y gritó, dirigiéndose a Saúl y los hebreos: -Os libraré de la batalla y de los peligros. No es necesario que vuestro ejército caiga y sufra. ¿Para qué? Enviadme un hombre de los vuestros que pelee conmigo, y el que gane obtendrá la re- compensa de ser el triunfador y decidirá la guerra. Los vencidos servirán a los vencedores. Es mejor y más prudente ganar con el riesgo de un solo hombre que con el de todos. Dicho esto se retiró a su campamento, pero al día siguiente volvió y repitió su desafío con las mismas palabras, e hizo lo mismo durante cuarenta días seguidos. Saúl y su ejército quedaron ate 1 No hay nada de esto en la Biblia. 2 Según la Biblia, era un solo escudero, que iba delante de Goliat. I rrorizados, y aunque estaban en formación de batalla no entablaron la lucha. 2. Cuando estalló la guerra entre los hebreos y los filisteos, Saúl envio a David a la casa de su padre Isaí, conformándose con retener a los otros tres hijos que le había enviado para asistirlo y compartir los peligros de la guerra. David volvió a apacentar las ovejas y los rebaños; poco después regresó al campo de los he- breos, enviado por su padre para llevar alimentos a sus hermanos y a averiguar cómo se encontraban. Cuando estaba hablando con sus hermanos oyó al filisteo, que había salido de nuevo a renovar su desafío, y a reprochar y ultrajar al ejército hebreo, diciendo que no había ninguno entre ellos con suficiente valor para hacerle frente. David se sintió indignado y anunció a sus hermanos que estaba dispuesto a aceptar el reto y luchar en combate singular con aquel adversario. Eliab, el hermano mayor, lo reprendió, afirmando que hablaba con demasiada imprudencia para su edad, y le ordenó que volviera a su casa. Confundido por las palabras de su hermano, se alejó, pero hablando con unos soldados repitió que estaba dispuesto a aceptar el desafío del filisteo. Los soldados comunicaron al rey la resolución del joven y Saúl lo mandó llamar y le preguntó qué era lo que tenía que decir. -No te sientas abatido, joh, rey!, ni temas nada; yo aplastaré la insolencia del adversario. Bajaré a combatir con él y lo traeré conmigo, alto y grande como es, para que haga de hazmerreír y tu ejército se llene de gloria cuando se advierta que fué muerto por alguien que no es hombre aún, ni sirve para pelear, ni se le puede confiar el mando de un ejercito ni la dirección de una ba- talla; por alguien que parece un niño, y que en realidad no tiene más edad que la de un niño. 3. Saúl se maravilló ante la audacia de David, pero no se ani- mó a confiar en su capacidad, en razón de su edad. Sólo dijo que sería demasiado débil para pelear con un hombre ducho en el arte de la guerra. -Emprenderé esta acción -repuso David-, confiando en que Dios estará conmigo, porque ya otras veces recibí su ayuda. Una vez perseguí y cogí un león que había asaltado mis rebaños lle- vándose un cordero. Le arranqué el cordero de la boca y cuando 1 me saltó furiosamente encima lo tomé por la cola 1 y lo maté golpeándolo contra el suelo. Del mismo modo me vengué en otra oportunidad de un oso. Este adversario nuestro no es más que una fiera como aquéllas; hace un rato reprochó a nuestro ejército y blasfemó de nuestro Dios, que lo dominará con mi poder. 4. Saúl rogó entonces a Dios que el final de la contienda no fuera ingrato a la audacia y la decisión del joven. Y le dijo: -Ve y lucha. Le puso en el pecho su coraza, le ajustó en la cintura su espada, le colocó el yelmo en la cabeza y lo despachó. Pero David se sintió sobrecargado con la armadura, a la que no estaba acostumbrado y que le impedía caminar. -Quédate tú con la armadura, ¡oh, rey! -dijo-, que sabes usarla. Dame tu venia para pelear como siervo tuyo y a mi manera. Dejó la armadura, tomó su cayado, recogió cinco piedras del arroyo, que guardó en la bolsa, y con la honda en la mano derecha se dirigió al encuentro de Goliat. El adversario lo miró con des. precio y lo hizo objeto de bromas, diciéndole que no llevaba las armas que se usan para pelear con un hombre, sino las que se emplean para ahuyentar a los perros. -¿Es que me tomas por un perro? -No -replicó David-, por un perro, no. Eres menos que un perro. Estas palabras provocaron el enojo de Goliat, que lo maldijo en nombre de Dios y lo amenazó con hacer que le comieran la carne las bestias de la tierra y las aves del cielo. A lo que David respondió: -Vienes a mi encuentro armado de espada, lanza y coraza, y yo tengo a Dios como único escudo; él te destruirá a ti y a todo tu ejército por medio de mis manos. Porque hoy te cortaré la cabeza y arrojaré a los perros las restantes partes de tu cuerpo, y todo el mundo sabrá que Dios es el protector de los hebreos. Nuestras armas y nuestra fuerza están en su providencia, y sin la asistencia de Dios todos los armamentos son inútiles. Retardado por el peso de su armadura, el filisteo, aunque quiso avanzar apresuradamente contra David, tuvo que hacerlo con toda 1 La Biblia dice "la barba". lentitud, despreciándolo y seguro de que lo mataría porque estaba desarmado y era un niño. 5. Pero el joven hizo frente a su antagonista acompañado por un asistente invisible, que no era otro que Dios. Tomando una de las piedras que había recogido del arroyo y guardado en su bolsa, y ajustándola a la honda, la disparó contra el filisteo. La piedra le dió en la frente y se hundió en el cerebro; Goliat quedó aturdido y cayó de bruces. David corrió, subió sobre el cuerpo de su adversario y con la propia espada de éste, ya que él no llevaba ninguna, le cortó la cabeza. Al caer Goliat los filisteos quedaron derrotados y huyeron; porque al ver postrado a su campeón tuvieron miedo y resolvieron abandonarlo todo, entregándose a una ignominiosa e indecente fuga. Saúl y el ejército de los hebreos se lanzaron contra ellos y ma- taron un gran número y persiguieron al resto hasta las fronteras de Gita y las puertas de Ascalón. Quedaron treinta mil filisteos muertos y el doble de heridos 1. Saúl regresó a su campamento, destrozó sus fortificaciones y las quemó. David arrastró la cabeza de Goliat hasta su tienda, pero dedicó su espada a Dios. CAPITULO X Saúl envidia a David por su gloriosa victoria y aprovecha la promesa que le hace de darle su hija en matrimonio para tenderle una celada, poniendo como condición de que debe llevarle seiscientas cabezas de filisteos 1. Las mujeres fueron la causa de la envidia y el odio que Saúl concibió hacia David. Porque salieron al encuentro del ejército victorioso con címbalos y tambores y grandes demostraciones de júbilo y cantando. Decían las esposas que Saúl había matado miles de filisteos, y las vírgenes respondían que David había matado decenas de millares 2. 1 Este detalle no figura en la Biblia. 2 El relato bíblico no distingue entre las aclamaciones de las casadas y de las doncellas. Cuando Saúl las oyó cantar y advirtió que le adjudicaban la parte menor de los elogios, atribuyendo al joven el mayor número, de decenas de millares, pensó que después de ese aplauso a aquél sólo le faltaría ser rey, y comenzó a temer y sospechar de David. Lo retiró del cargo que tenía anteriormente, el de escudero, que le pareció demasiado próximo a su persona, y lo nombró capitán de una milicia; le dió otro puesto que era mejor pero más seguro para Saúl, porque se proponía enviarlo a luchar contra el enemigo esperando que en aquellos peligrosos encuentros perdiera la vida. 2. Pero David tenía a Dios que lo acompañaba a todas partes, y por consiguiente prosperó mucho en todas sus empresas; era tanto su buen éxito que la hija de Saúl, que era virgen, se enamoró de él, de una manera tan visible que no lo pudo ocultar y su padre se enteró. Saúl lo supo complacido, proponiéndose aprovechar esa opor- tunidad para tender una celada a David. Declaró a los que le ha- bían informado del afecto de su hija que gustosamente daría la doncella a David en matrimonio. Y agregó: -Me comprometo a casar a mi hija con él si me trae seiscientas cabezas de enemigos 1. Cuando trate de buscar la gloria aceptando una acción tan peligrosa como increíble, morirá a manos de los filisteos, quedando realizados mis planes a su respecto tal como los pensé, porque me veré libre de él haciéndolo matar, no por mi mano, sino por mano ajena. Ordenó a sus sirvientes que tantearan de qué modo respondería David ante la propuesta de contraer matrimonio con la joven. Los sirvientes comenzaron a hablar con David, diciéndole que el rey Saúl lo amaba, lo mismo que el pueblo, y que el rey quería emparentar con él mediante el enlace de su hija. A lo que respondió David -¿Os parece cosa sencilla ser el yerno del rey? Pues, a mí, no, sobre todo siendo de familia baja, sin gloria ni honor. Enterado Saúl de la respuesta de David, dijo: -Díganle que no quiero dinero, ni dote, lo que sería más bien vender a mi hija que darla en matrimonio; sólo deseo tener un yerno que posea fortaleza y toda clase de virtudes, y esas virtudes 1 En la Biblia, Saúl pide cien "prepucios" de filisteos. las veo en él; no quiero que me dé, por casarse con mi hija, ni oro ni plata, ni que me traiga esas riquezas de la casa de su padre; sólo quiero venganza contra los filisteos. Seiscientas cabezas de filisteos serían un presente mucho más deseable y más glorioso; prefiero recibir ese obsequio y no la dote acostumbrada, vale decir, prefiero que mi hija se case con un hombre de esas cualidades y que pueda ofrecer el testimonio de haber vencido a sus enemigos. 3. Cuando las palabras de Saúl llegaron a los oídos de David, éste se sintió complacido y supuso que Saúl deseaba realmente emparentar con él. Sin pensarlo más, ni detenerse a considerar si la propuesta era posible y si ofrecía o no dificultades, él y sus compañeros salieron inmediatamente contra el enemigo para cumplir la condición del matrimonio. Y como era Dios el que hacía todas las cosas posibles y fáciles para David, mató a muchos y cortando la cabeza a seiscientos de ellos se las llevó al rey y le pidió permiso para casarse con su hija. No pudiendo eludir sus compromisos, y juzgando que sería una bajeza aparecer como embustero por haber prometido a su hija, o como traicionero, por proponer cosas imposibles para que lo mataran, le dió en matrimonio a su hija, que se llamaba Mical. CAPITULO XI David escapa a las trampas que le tiende Saúl gracias al afecto y los cuidados de Jonatás y los recursos de su esposa Mical. Su entrevista con el profeta Samuel 1. Saúl no estaba dispuesto a continuar mucho tiempo en esa situación. Viendo que David gozaba de la estima de Dios y de la multitud, tuvo miedo, y no pudiendo ocultar su temor referente a cosas importantes como eran su reino y su vida, porque perder uno u otra sería igualmente terrible, resolvió hacer matar a David y encomendó la tarea a su hijo Jonatás y a sus más fieles servidores. Sorprendido Jonatás por el cambio que había experimentado su padre con respecto a David, cambio tan completo que después de demostrarle tanta benevolencia había pasado a dar la orden de 296 297 matarlo, y como estimaba al joven y lo respetaba por sus virtudes, le informó de la misión secreta que le había encomendado su padre y de las intenciones que abrigaba hacia él. Le aconsejó que tuviera cuidado y se ausentara al día siguiente y que él iría a saludar a su padre y si lo encontraba en disposición favorable hablaría con él para averiguar la causa de su disgusto. Le diría que no había motivo para ello, y que por un delito menor no debía matar a un hombre que tanto había hecho por la multitud y lo había beneficiado a él mismo con hazañas que bien merecían el perdón, aunque hubiese sido culpable de los mayores crímenes. -Luego -concluyó-, te informaré la decisión de mi padre. David aceptó el ventajoso consejo, y no se presentó ante el rey. 2. Al día siguiente Jonatás fué a ver a Saúl y encontrándolo en buen estado de ánimo comenzó a hablarle de David. -Padre, ¿qué acción injusta, grande o chica, cometió David para que nos ordenes matar a un hombre que fué ventajoso para tu conservación y más aún para castigar a los filisteos? Un hom- bre que libró al pueblo hebreo de burla y reproche, soportados durante cuarenta días seguidos, que fué el único de suficiente valor para aceptar el reto del adversario, y que luego trajo las cabezas enemigas que le indicaste y recibió como premio el enlace con mi hermana. Su muerte sería dolorosa para nosotros, no sólo por sus virtudes sino por nuestro parentesco, porque tu hija sufrirá con su muerte y se verá obligada a experimentar el estado de viudez antes de haber gozado de la vida conyugal. Considera todo esto, y cambia tu decisión por otra más misericordiosa, para no perjudicar a un hombre que en primer lugar nos hizo la gran merced de devolverte la salud. Cuando un espíritu malo y los demonios se habían apoderado de ti, los expulsó y procuró descanso a tu alma libertándola de sus incursiones; y en segundo lugar nos vengó de nuestros enemigos. Sería una acción vergonzosa olvidar estos beneficios. Saúl se apaciguó con estas palabras y juró a su hijo que no haría ningún daño a David; así es como un discurso justo suele apagar el enojo y los temores. Jonatás mandó a buscar a David y le dió buenas noticias de su padre, diciéndole que estaba salvado. Y llevó a David a presencia de su padre, continuando David con el rey como antes. 29R 3. Fu¿ en aquel entonces cuando, al hacer los filisteos una nueva expedición contra los hebreos, Saúl mandó a David a combatirlos con el ejército. David les dió batalla y mató muchos de ellos y volvió victorioso junto al rey. Pero Saúl no lo recibió como esperaba, porque estaba pesaroso por su prosperidad y pensaba que después de su gloriosa actuación sería más peligroso que antes. Como el espíritu diabólico volvió a hacer presa de él, y lo enfermó y perturbó, llamó a David a la alcoba donde yacía y teniendo una lanza en la mano le ordenó que lo apaciguara tocando el arpa y cantando himnos. Mientras David cumplía la orden, Saúl alzó el brazo y le arrojó con gran fuerza la lanza; David lo advirtió a tiempo y la eludió y huyó a su casa, donde permaneció todo el día. 4. Por la noche el rey envió oficiales con el encargo de vigi- larlo y evitar que huyera sigilosamente, y hacerlo comparecer luego a la sala de justicia donde sería condenado a muerte. Enterada Mical, la esposa de David e hija del rey, de los designios de su padre, fué a ver a su esposo, inquieta por el peligro que corría y preocupada también por su propia suerte, porque no podría seguir viviendo si se veía privada de su marido. -Que el sol no te encuentre aquí cuando salga de nuevo -le dijo-, porque será la última vez que te vea. Huye al amparo de la noche y que Dios la prolongue para ti. Porque has de saber que si mi padre te encuentra, eres hombre muerto. Mical lo hizo descender por la ventana con la ayuda de una cuerda y logró salvarlo. Luego preparó la cama como para un enfermo, y puso debajo de las cobijas el hígado de una cabra. Cuando, al romper el alba, su padre envió a buscar a David, dijo a los mensajeros que David no se había sentido bien toda la noche y les mostró la cama cubierta, haciéndoles creer, por los latidos del hígado que hacía mover las cobijas, que David estaba acostado y respiraba como un asmático. Los mensajeros informaron a Saúl que David se había sentido mal toda la noche y el rey ordenó que lo llevaran como estaba para hacerlo matar. Volvieron los mensajeros y al levantar las cobijas 1 Según la Biblia, los emisarios llevaban simplemente la orden de matar a David al amanecer. 299 k descubrieron la artimaña de la mujer; inmediatamente se lo comunicaron al rey. Saúl se quejó ante Mical de que había salvado a su enemigo y ella inventó una plausible defensa para justificarse. Dijo que David la había amenazado de muerte y tuvo que ayudarlo para salvarse. Agregó que tenía que perdonarla por haberlo ayudado, ya que no lo había hecho por su propia voluntad sino por necesidad. -Supongo -terminó-, que te interesará más la vida de tu hija que la muerte de tu enemigo. Saúl perdonó a la joven. David, por su parte, habiéndose librado del peligro, fué a Rama a ver al profeta Samuel y le relató las celadas que le había tendido el rey; le dijo que había estado a punto de ser muerto cuando Saúl le arrojó la lanza, aunque no había cometido ningún crimen, ni había sido cobarde peleando con el enemigo y en cambio había salido siempre triunfante, con la ayuda de Dios. Lo cual era precisamente la causa del odio de Saúl. 5. Enterado el profeta del proceder injusto del rey, partió de la ciudad de Ramata llevando a David consigo; fueron a un sitio llamado Galbaat, donde se instalaron. Cuando Saúl supo que David estaba con el profeta, envió soldados con orden de prenderlo y conducirlo a su presencia. Los soldados llegaron hasta donde se hallaba Samuel y se encontraron con una congregación de profetas; se apoderó entonces de ellos el espíritu divino y comenzaron a profetizar. Al saberlo Saúl envió a otros soldados, que arrebatados por el mismo impulso profetizaron de igual modo que los anteriores; envió entonces a un tercer grupo, que también profetizó como los otros. Enojado Saúl resolvió ir personalmente, pero cuando estaba cerca y aún antes de que lo viera, el profeta Samuel lo hizo profetizar a él también. Cuando se acercó Saúl estaba tan posesionado del espíritu divino, que quitándose la ropa cayó al suelo y quedó prosternado todo el día y toda la noche delante de Samuel y de David. 6. David fué a ver a Jonatás, hijo de Saúl, y se lamentó de las celadas que le tendía su padre. Aunque no era culpable de ningún delito ni lo había ofendido en nada, estaba empeñado en hacerlo matar. Jonatás lo exhortó a que no diera crédito a sus sospechas ni a las calumnias de los que llevaran esos informes, y que confiara en él y tuviera valor. Su padre no abrigaba, sin duda, ese propósito, porque de otro modo se lo habría dicho, para pedirle su opinión, como lo consultaba siempre en todas las cosas para actuar de acuerdo con él. David le juró que era cierto, y le pidió que le creyera y buscara los medios de salvarlo, en lugar de rechazar lo que con gran sinceridad le había dicho, y esperar para creerlo a verlo muerto o enterarse por informes de terceros del asesinato de su amigo. La razón de que su padre no se lo hubiese dicho era que conocía la amistad y el afecto que los unía. 7. Cuando Jonatás comprobó que no podía convencer a David de las buenas intenciones de Saúl, le preguntó qué podía hacer por él. -Sé -respondió David- que tú quieres complacerme en todo, y darme lo que deseo. Mañana hay luna nueva, y ese día acos- tumbro a cenar con el rey. Si te parece bien saldré de la ciudad y me esconderé. Si Saúl te pregunta por mí dile que me fui a Betlem, mi ciudad, a participar de un festival de mi tribu, y agrega que tú me diste permiso para ir. Si te dice, como es habitual entre amigos: "¡Que tenga buen viaje!", sabrás que no abriga contra mí intenciones perversas u hostiles, pero si responde otra cosa será un signo seguro de sus designios adversos. Luego me informarás de las intenciones de tu padre como prueba de tu compasión y tu amistad, por cuya instancia aceptaste las seguridades de mi afecto y me garantizaste las tuyas, que son las de un amo hacia su siervo. Pero si descubres en mí alguna maldad, protege a tu padre y mátame tú mismo. 8. Jonatás se indignó ante estas últimas palabras, y le prometió hacer lo que quería e informarle si las respuestas de su padre contenían alguna enemistad contra él. Y para que confiara en él firmemente lo llevó al aire libre, bajo el cielo del campo, y le juró que no omitiría nada que pudiera tender a la protección de David. -Apelo a ese Dios -dijo-, que como ves se encuentra en todas partes y conoce mis intenciones, antes de que las explique con palabras, y lo tomo como testigo de este trato que hago contigo, de que no dejaré de hacer frecuentes pruebas de los propósitos de mi padre, hasta que averigüe si hay alguna asechanza en lo más recóndito de su alma. Y cuando lo sepa, no te lo ocultaré, te lo diré, sea buena o mala su inclinación. Dios sabe con qué fervor le 300 301 ruego que esté siempre contigo; está contigo ahora y no te abandonará, y te hará superior a tus enemigos, aunque mi padre sea uno de ellos, o yo mismo. Recuerda únicamente estas palabras; y si me sucediera alguna desgracia, protege la vida de mis hijos y lo que yo ahora hago por ti hazlo a tu vez por ellos. Después de prestar el juramento, despidió a David, pidiéndole que fuera a cierto lugar de la llanura donde solía hacer sus ejercicios. En cuanto supiera los propósitos de su padre, iría a reunirse con él llevando un solo criado. -Si disparo tres flechas al blanco -dijo-, y ordeno al criado que vaya a buscarlas, porque estarán delante de él, sabrás que no hay nada que temer de parte de mi padre; pero si me oyes decir lo contrario, es porque debes esperar lo contrario del rey. De todos modos quedarás a salvo por mi intermedio y no sufrirás ningún daño. Pero no olvides lo que te he pedido para cuando estés en la prosperidad, y sé atento con mis hijos. Recibidas estas seguridades de Jonatás, David se dirigió al sitio indicado. 9. Al día siguiente, que era de luna nueva, el rey se purificó, de acuerdo con la costumbre, y se fué a cenar. Vió sentados a la mesa a su derecha a su hijo Jonatás y a su izquierda a Abner, capitán de su ejército; el asiento de David estaba vacío. El rey no dijo nada, pensando que no se había purificado después de haber estado con su esposa, y no podía venir. Pero al día siguiente, cuando vió que tampoco se había hecho presente el segundo día del mes, preguntó a su hijo Jonatás por qué el hijo de Isaí no había concurrido a la cena y la fiesta ni el día anterior ni ese día. De acuerdo con lo convenido, Jonatás respondió que se había ido a su ciudad, al festival de su tribu, con permiso de él. Añadió que lo había invitado al sacrificio. -Si me das permiso -dijo-, iré, porque tú conoces el afecto que le tengo. Y entonces Jonatás supo que Saúl odiaba a David y conoció claramente cuál era su estado de ánimo. Saúl no pudo contener su ira y reprochó a Jonatás; lo llamó hijo de descarriada y enemigo, y le dijo que era socio de David y su asistente, y que con su conducta demostraba una falta de consideración hacia él mismo, y hacia su madre, y que no quería convencerse de que mientras David estuviera vivo correría peligro el reinado. Luego ordenó que fuera a buscarlo para que sufriera su castigo. -¿Qué hizo para que quieras castigarlo? -preguntó Jonatás. Saúl ya no se conformó con las palabras para expresar su indignación; apoderándose de su lanza la lanzó sobre Jonatás para matarlo. No pudo lograrlo porque se lo impidieron sus amigos, pero reveló claramente que odiaba a David y deseaba eliminarlo, hasta el punto de que casi había matado a su propio hijo. 10. El hijo del rey se levantó apresuradamente de la mesa, sin poder probar bocado, y lloró toda la noche de pesar, tanto por ha- ber estado a punto de perder la vida como porque la muerte de David estaba resuelta. Al rayar el alba salió a la llanura que había delante de la ciudad, como si fuera a realizar sus ejercicios, pero en realidad para informar a su amigo sobre los propósitos de su padre, como le había prometido. Después de hacer lo que habían arreglado, despidió a su criado, ordenándole que volviera a la ciudad, y se dirigió al desierto a buscar a David y hablar con él. Apareció David y cayó a los pies de Jonatás, haciéndole reve- rencias y llamándolo salvador de su vida. Jonatás lo hizo levantar y ambos se confundieron en un abrazo, y derramando lágrimas lloraron por su juventud, por la amistad de la que los privaría la envidia y por la separación que era ahora inminente y que les parecía peor que la muerte. Recuperándose finalmente de sus lamentaciones y exhortándose mutuamente a recordar los juramentos, se separaron. CAPITULO XII David huye a reunirse con Agimélec y luego con el rey de los filisteos y de los moabitas. Y Saúl mata a Agimélec y su familia 1. David huyó del rey y del peligro de muerte y llegó a la ciu- dad de Naba; allí fué a ver al sacerdote Agimélec, quien al verlo solo, sin amigos ni sirvientes, se extrañó y le preguntó la causa de que nadie lo acompañara. David respondió que el rey le había encomendado una misión secreta, y que había ordenado a sus criados que lo esperaran en un sitio que nombró. Luego le pidió que lo proveyera de alimentos, diciéndole que si lo hacía, cumpliría un acto de amistad y lo ayudaría en su mi- sión. Obtenido lo que pidió, le preguntó si tenía armas, una espada o una lanza. Estaba presente un siervo de Saúl, sirio de nacimiento, llamado Doeg, que cuidaba las mulas del rey. El sumo sacerdote repuso que no tenía armas. -Pero -agregó-, aquí está la espada de Goliat, la que después de matar al filisteo dedicaste a Dios. 2. Recibida la espada, David huyó del país de los hebreos y pasó al de los filisteos, en el que reinaba Anco. Cuando los criados del rey lo vieron informaron a éste que aquél era el David que había matado muchas "decenas de miles" de filisteos. David tuvo miedo de que el rey lo hiciera matar, sufriendo a sus manos una suerte peor que la que había evitado escapando de los dominios de Saúl. Fingió estar loco y rabioso, dejando caer la saliva de la boca y simulando otros síntomas delante del rey de Gita para convencerlo de su enfermedad. El rey se enojó con sus criados por haberle llevado un insano y ordenó que expulsaran inmediatamente a David. 3. De este modo escapó David de Gita y llegó hasta la tribu de Judá y se escondió en una cueva junto a la ciudad de Adulam. Envió un recado a sus hermanos, informándoles dónde estaba, y ellos fueron a reunirse con él con todos sus parientes. Muchos otros que estaban necesitados o temían al rey Saúl fueron a jun- tarse con ellos y formaron un cuerpo declarando que estaban dis- puestos a cumplir las órdenes de David. Eran unos cuatrocientos. David cobró ánimos, con esa fuerza que había ido a ayudarlo. Partió y fué a ver al rey de los moabitas, pidiéndole que albergara a sus padres mientras sus asuntos siguieran en el estado incierto en que se hallaban. El rey le concedió ese favor y atendió muy respetuosamente a los padres de David todo el tiempo que estuvieron con él. 4. Luego David obedeció la orden del profeta de salir del de- sierto y trasladarse al territorio de la tribu de Judá. Llegó a la ciudad de Sara y allí se quedó. Cuando Saúl supo que David había sido visto con una multitud, sintió gran desconcierto y preocupación. Sabiendo que era audaz y valiente, sospechó que acontecería algo extarordinario que haría llorar a Saúl y lo pondría en apuros. Reunió a sus amigos y comandantes y a la tribu de la que procedía, en la colina donde estaba su palacio. Sentado en un sitio llamado Arura y rodeado de sus cortesanos y dignatarios y su guardia personal, les habló de esta manera: -Vosotros que sois hombres de mi tribu, supongo que recor- daréis los beneficios que os he dado; a algunos de vosotros os he hecho dueños de tierras, os he nombrado comandantes y concedido puestos de honor. Os pregunto ahora si esperáis que el hijo de Isaí os haga donaciones mayores. Porque yo sé que todos vosotros os inclináis hacia él; incluso mi propio hijo Jonatás es de esa opinión, y os persuade a que la compartáis. No ignoro los juramentos y convenios concertados entre él y David, y de que Jonatás es consejero y asistente de los que conspiran contra mí; vosotros no estáis comprometidos, pero guardáis silencio y permanecéis a la expectativa de lo que ocurra. Nadie contestó a la palabras del rey, excepto Doeg, el sirio, el que alimentaba las mulas, quien dijo que había visto a David cuando fué a ver al sumo sacerdote Agimélec en Naba, por cuyas profecías averiguó los hechos de lo futuro. Añadió que había reci- bido de él alimentos y la espada de Goliat, y fué conducido con seguridad a donde quería ir. 5. Saúl mandó a buscar al sumo sacerdote y toda su paren- tela, y le dijo: -¿Qué cosa terrible o ingrata te he hecho para que recibieras al hijo de Isaí y le dieras víveres y armas, mientras él conspira para arrebatarme el trono? Además, ¿por qué le hiciste oráculos sobre lo futuro? No podías ignorar que huyó de mí y que odia a mi familia. El sumo sacerdote no negó lo que había hecho; confesó con franqueza que le había suministrado esas cosas, no para compla- cer a David, sino a Saúl. -Yo no sabía -dijo-, que era tu adversario; pensé que era tu fidelísimo siervo y capitán de una milicia de tus soldados, y lo que es más aún, tu yerno y tu pariente. Nadie confiere estos favores a un adversario, sino a quien estima digno del mayor respeto y buena voluntad. Tampoco fué la primera vez que le había profetizado; lo hice otras veces, a menudo, lo mismo que ahora. Me dijo que tú lo habías enviado con mucha prisa a cumplir una misión, y pensé que si no lo proveía de lo que deseaba, atentaría contra ti 304 305 y no contra él. Por lo tanto, no pienses mal de mí, y no sospeches de lo que yo consideré un acto de humanidad, a causa de lo que ahora te dicen sobre las tentativas de David, porque yo lo hice por servir a tu amigo, tu yerno y tu capitán de milicia, y no a tu adversario. 6. Las palabras del sumo sacerdote no persuadieron a Saúl; su miedo era tan grande que no pudo dar crédito a una disculpa que era justa. Ordenó a los hombres armados que lo rodeaban que lo mataran a él y a toda su familia. Como no se animaron a tocar al sumo sacerdote, temiendo más desobedecer a Dios que al rey, ordenó a Doeg el sirio que le diera muerte. Doeg se hizo ayudar por otros hombres tan perversos como él y mató a Agimélec y sus familia, que eran en total trescientas ochenta y cinco personas. Saúl envió luego emisarios a Naba, la ciudad de los sacerdotes, con orden de matar a todos los que se encontraran en ella, sin perdonar a mujeres ni niños, de ninguna edad, y de incendiar la ciudad. Sólo un hijo de Agimélec, llamado Abiatar, logró escapar. Estas cosas ocurrieron tal como las había predicho Dios al sumo sacerdote Eli, cuando le dijo que su posteridad sería destruida, por la transgresión de sus dos hijos. 7. La conducta del rey Saúl, al cometer un crimen tan bárbaro, asesinando a toda la familia de la dignidad del sumo pontífice, sin tener conmiseración por los niños, ni respeto por los ancianos, y arrasando la ciudad que Dios había elegido para propiedad y mantenimiento de los sacerdotes y profetas que en ella vivían, y la había destinado como única ciudad asignada para la educación de esos hombres, hace comprender y considerar la disposición de los hombres que cuando son de baja condición y carecen de poder para dar rienda suelta a su genio y sus gustos, se muestran equitativos y moderados, y sólo persiguen lo que es justo, y se empeñan en ese sentido con su pensamiento y su acción. Entonces creen que Dios está presente en todos los actos de su vida, y que no sólo los ve sino que conoce sus pensamientos, de los que surgen las acciones. Pero en cuanto adquieren poder y autoridad abandonan todos esos conceptos, y como si no fueran más que actores de teatro, se quitan los disfraces y se vuelven audaces e insolentes y desprecian las leyes humanas y divinas. Y precisamente lo hacen cuando más necesitan ser piadosos y justos, porque están más que nadie ex 306 puestos a la envidia y todo lo que piensan y dicen es observado por todos los hombres. Se vuelven insolentes en sus actos, como si Dios ya no los viera, o temiera su poder. Y ya sea que se aterroricen por los rumores, o que odien por inclinación, o que amen sin razón, todo les parece legítimo, firme, auténtico, y grato a los hombres y a Dios. En cuanto a lo que vendrá después, poco les preocupa. Premian con honores a los que les prestan servicios, y luego les envidian la fama; los elevan a grandes dignidades y luego no sólo se las quitan sino que les quitan también la vida, con acusaciones perversas que por su naturaleza extravagante son increíbles. Castigan a los hombres no por las acciones que merecen condenación, sino basados en calumnias y acusaciones sin examen, y haciendo extensivo el castigo no sólo a los que lo merecen sino a todos los que puedan matar. Estas reflexiones nos parecen claramente confirmadas por el ejemplo de Saúl hijo de Cis, primer rey que gobernó después de la aristocracia y el gobierno de los jueces, quien mató a trescientos sacerdotes y profetas por sospechar de Agimélec, con la maldad adicional de arrasarles la ciudad, como si quisiera destruir el templo, los sacerdotes y los profetas sin dejar ni siquiera el lugar que pudiera producir otros. 8. Abiatar hijo de Agimélec, el único que se salvó de la familia de sacerdotes asesinados por Saúl, huyó, se reunió con David y le informó de la calamidad que había caído sobre su familia y de la muerte de su padre. David respondió que cuando vió a Doeg sospechó lo que podría ocurrir, pensando que sin duda acusaría falsamente al sumo sacerdote ante el rey, y se culpó de haber sido el causante de la desgracia. Pero le pidió que se quedara a vivir con él, porque allí estaría mejor oculto que en cualquier otra parte. CAPITULO XIII David tiene dos veces la oportunidad de matar a Saúl, y no lo hace. Muerte de Samuel y Nabal 1. Por aquel entonces David fué informado de que los filisteos habían hecho una incursión en el país de Keilá y lo habían sa 307 0 queado, y se ofreció a luchar contra ellos, si Dios, al ser consultado por el profeta, le otorgaba la victoria. El profeta le dijo que Dios había dado una señal de victoria y David atacó a los filisteos con su compañía, derramándoles mucha sangre y retirándose con el botín. Se quedó con los habitantes de Keilá hasta que recogieron el trigo y los frutos. El rey Saúl se enteró de que David se hallaba con los hombres de Keilá, porque los hechos y el gran triunfo obtenido no quedaron confinados al sitio de la acción; se difundieron y llegaron al conocimiento de otras personas hasta que el episodio y el nombre de su autor fueron llevados a oídos del rey. Saúl se alegró de saber que David estaba en Keilá. -Dios lo puso en mis manos -dijo-, ya que lo obligó a ir a una ciudad que tiene muros, puertas y cerrojos. Ordenó que todo el pueblo corriera a Keilá, y que después de sitiarla y tomarla, mataran a David. Pero David se anticipó; ha- biendo sabido por Dios que si se quedaba en la ciudad, los habitantes de Keilá lo entregarían a Saúl, tomó sus cuatrocientos hombres y se retiró a un desierto que se hallaba junto a una ciudad llamada Engadi. Enterado el rey de que había huido de Keila, abandonó la expedición. 2. David se fué luego de allí y se trasladó a cierto lugar llamado Cena (La Nueva), perteneciente a Zifene; allí fué a verlo Jonatás hijo de Saúl, lo saludó y lo exhortó a tener ánimo y esperanza en lo porvenir y no desalentarse por las presentes circunstancias, porque él sería rey y tendría a sus órdenes a todas las fuerzas hebreas. Pero añadió que esa dicha suele venir con grandes trabajos y penas. Luego renovó los juramentos de confianza y fidelidad mutua y puso a Dios de testigo de las execraciones que se había lanzado a sí mismo para el caso de que transgrediera el pacto y cambiara de conducta por otra contraria. Jonatás lo dejó luego, más tranquilo en sus inquietudes y temores, y regresó a su casa. Los hombres de Zifene, para complacer a Saúl, le informaron que David se hallaba entre ellos y que si se trasladaba a la ciudad se lo entregarían; si el rey ocupaba los caminos de Zifene, David no podría huir a ningún otro pueblo. El rey elogió su fidelidad, manifestando que les quedaba agradecido por la información que le habían dado de su enemigo; y les 308 prometió que no pasaría mucho tiempo sin que les recompensara su amabilidad. Mandó un grupo de hombres para buscar a David y registrar el desierto, y aseguró que él los seguiría personalmente. Los zifenos se adelantaron al rey para cazar a David, y se em- peñaron no sólo en demostrar su buena voluntad a Saúl, infor- mándole dónde estaba su enemigo, sino para evidenciarlo más claramente entregándolo en sus manos. Pero esos hombres fracasaron en sus malos propósitos tanto más injustos cuanto que no hubieran corrido ningún riesgo por no hacer esas revelaciones a Saúl; no obstante acusaron falsamente y prometieron traicionar a un hombre amado por Dios, que era buscado injustamente para ser muerto y que podía haber seguido oculto, y todo para halagar al rey y esperar su recompensa. Cuando David se enteró de las malignas intenciones de los zifenos y de que se acercaba Saúl, abandonó los desfiladeros de esa comarca y huyó a las grandes rocas del desierto de Maon. 3. Saúl se apresuró a perseguirlo; estando en marcha se ente- ró que David había salido de los desfiladeros de Zifene y se dirigía hacia el otro lado de la roca. Pero la noticia de que los filisteos habían realizado otra incursión en el país de los hebreos desvió a Saúl de la persecución cuando David estaba a punto de ser apresado; tuvo que volverse para hacer frente a los filisteos, que eran el enemigo hereditario y juzgaba más necesario vengarse de ellos que apresar a un enemigo personal y permitir el saqueo de su país. 4. De ese modo David escapó inesperadamente al peligro en que se hallaba, y llegó a los desfiladeros de Engadi. Expulsados los filisteos, Saúl recibió la información de que David se encontraba dentro de los límites de Engadi. Tomó entonces tres mil hombres armados selectos y se apresuró a trasladarse hasta allí. Cuando ya estaba cerca vió una cueva profunda y vacía junto al camino, con una gran abertura, ancha y larga, que era precisamente donde se ocultaban David y sus cuatrocientos hombres. Teniendo necesidad de aliviar el cuerpo, entró solo en la cueva. Uno de los compañeros de David lo vió y dijo a David que por la providencia de Dios tenía ahora oportunidad de vengarse de su adversario, y le aconsejó que le cortara la cabeza y se librara de sus preocupaciones y su vida errante. David se levantó pero cortó solamente la falda de la vestimenta que llevaba puesta Saúl; luego, 309 1 1 habiendo cambiado inmediatamente de opinión, declaró que no era justo matar al que era su amo, y a quien Dios había considerado digno de ocupar el trono; aunque abrigaba malas intenciones hacia él, no quería responderle de la misma manera. Después que Saúl salió de la cueva David corrió hasta la en- trada y le gritó que lo escuchara. El rey se volvió y David, de acuerdo con la costumbre, se prosternó ante él de cara al suelo y dijo: -No debes, 1oh, rey!, prestar oídos a los perversos y a los que inventan calumnias, ni complacerlos hasta el punto de creer lo que dicen, ni abrigar sospechas de los que son tus mejores ami- gos, sino juzgar la disposición de los hombres por sus actos, por- que la calumnia engaña a los hombres, pero las acciones son una clara demostración de sus buenos sentimientos. Las palabras, por su propia naturaleza, pueden ser verdaderas o falsas, pero las acciones de los hombres exponen abiertamente sus verdaderas intenciones. Guiándote por ellas bien podrás creerme, y creer en mi respeto hacia ti y tu casa, y no dar crédito a los que fraguan acusaciones atribuyéndome propósitos que jamás he tenido, ni es posible que se realicen; por eso quieres quitarme la vida, y sin darme respiro ni de día ni de noche tratas injustamente de acorralarme para darme muerte. ¿Cómo has llegado a concebir la falsa idea de que yo quiero matarte? ¿Cómo no ha de ser un crimen de impiedad contra Dios, buscar la pérdida y juzgar adversario al hombre que hoy te tuvo en su poder y pudo vengarse y castigarte, y no lo hizo? No aproveché la oportunidad que tú en mi caso no hubieras dejado pasar, porque cuando te corté un trozo del vestido lo mismo podría haberte cortado la cabeza. David le mostró el trozo del vestido como prueba de que le estaba diciendo la verdad. -Yo me abstuve de tomar una justa venganza, pero tú no tie- nes reparos en perseguirme con tu odio injusto. Que Dios haga justicia y resuelva sobre nuestros respectivas conductas. Asombrado Saúl ante su extraña salvación, e impresionado grandemente por la moderación y la generosidad del joven, se echó a llorar. David hizo lo mismo, y el rey le dijo que él tenía motivos para llorar. -Tú fuiste bueno conmigo, y yo te he devuelto mal por bien. Hoy demostraste poseer la virtud de los antiguos que determinaron que el hombre debe salvar a su enemigo cuando lo sorprende en un lugar desierto. Ahora estoy convencido de que Dios reserva el trono para ti, y de que obtendrás el mando de todos los hebreos. Asegúrame con juramento que no extirparás a mi familia, y que por el recuerdo del mal que te hice no destruirás a mi posteridad, y que en cambio salvarás y protegerás a mi casa. David se lo juró como lo deseaba, y envió a Saúl de vuelta a su reino. Mientras que él y sus acompañantes se dirigieron a los desfiladeros de Masterón. 5. Por aquel entonces murió el profeta Samuel. Fué un hom- bre que gozó entre los hebreos de un respeto extraordinario. El aprecio de su virtud y el afecto que lo rodeaba se revelaron en el duelo que guardó el pueblo por él durante mucho tiempo, en la solemnidad y el pesar que se manifestaron en los funerales y en la observancia de todo el rito fúnebre. Lo sepultaron en Armata, su ciudad natal, y lo lloraron muchos días. No fué el pesar público con el que se lamenta la muerte de un extranjero; cada cual la sintió profundamente como si fuera la de un pariente personal. Fué un hombre justo, de carácter amable y por eso muy que- rido por Dios. Gobernó y presidió al pueblo, solo, después de la muerte del sumo pontífice Eli, durante doce años, y luego die- ciocho junto con el rey Saúl. Y con esto damos por terminada la historia de Samuel. 6. Había un hombre de la tierra de Zifene, de la ciudad de Maón, que era rico y tenía numeroso ganado; un rebaño de tres mil ovejas y otro de mil cabras. David había encargado a sus compañeros que no dañaran ni perjudicaran esos rebaños, ni por codicia, ni por necesidad, ni porque estuvieran en el desierto y no podían ser fácilmente descubiertos; debían poner por encima de todo el principio de no perjudicar a nadie y considerar un crimen horrible, contrario a la voluntad de Dios, tocar lo que pertenecía a otro hombre. David les dió estas instrucciones, pensando que concedía su favor a un hombre que lo merecía. El hombre se llamaba Nabal, y era rudo, de vida perversa y conducta cínica, pero había tenido s D la suerte de casarse con una mujer de buen carácter, prudente y hermosa. David envió a Nabal, cuando estaba esquilando, diez de sus hombres, para saludarlo en su nombre y desearle que le sonriera la suerte durante muchos años, y pedirle que le suministrara un poco de lo que él tenía en abundancia, ya que sin duda se había enterado por sus pastores que sus hombres no lo habían ofendido y habían sido en cambio sus guardianes durante todo el tiempo que había durado su permanencia en el desierto. Añadieron que no se arrepentiría de dar algo a David. Transmitido el mensaje, Nabal respondió a los mensajeros de manera ruda e inhumana, preguntándoles quién era David. Cuando le dijeron que era el hijo de Isaí, replicó que ahora a los fu. gitivos que abandonaban a sus amos les daba por volverse insolentes y pretenciosos. Enterado David de su respuesta, montó en cólera y ordenando a cuatrocientos hombres que lo siguieran con sus armas, dejó doscientos al cuidado de las cosas (porque ya tenía seiscientos), y se dirigió al campo de Nabal, jurando que aquella noche destruiría completamente su casa y sus posesiones. David estaba ofendido, no sólo por su ingratitud, por no haber correspondido a la cortesía demostrada, sino también por haberlo reprochado usando palabras viles, sin tener motivo ninguno de disgusto. 7. Uno de los que cuidaban los rebaños de Nabal informó a su ama, la esposa de Nabal, que su esposo había recibido con palabras poco civiles a los mensajeros de David, a pesar de que David había tomado extraordinarios cuidados para evitarle todo daño a sus rebaños; ese episodio sería indudablemente desastroso para su amo. Oyendo estas palabras del criado, Abigail, que éste era su nombre, ensilló su asno y lo cargó con toda clase de regalos; y sin decir nada a su marido (que estaba borracho), se dirigió al en- cuentro de David, a quien vió cuando descendía la colina, al fren- te de sus cuatrocientos hombres. La mujer bajó del asno y pros- ternándose de cara al suelo le rogó que no tomara en cuenta las palabras de Nabal, porque éste era realmente lo que indicaba su nombre. Nabal en hebreo significa locura. Abigail se disculpó diciendo que no había visto a los mensajeros de David. -Perdóname -dijo-, y agradece a Dios por haberte impedido derramar sangre humana; porque mientras tú te mantengas inocente, Dios te vengará de los perversos, y las desdichas que aguardaban a Nabal caerán sobre la cabeza de tus enemigos. Sé generoso conmigo y considérame digna de aceptarme estos presentes y por consideración hacia mí, olvida tu ira y tu enojo contra mi esposo y su casa; puesto que has de ser nuestro rey la gentileza y la humanidad te sentarán. David aceptó los regalos y le dijo: -Sólo la misericordia de Dios, mujer, fué la que te trajo hasta aquí, porque de lo contrario no verías el día de mañana, porque yo había jurado destruir la casa de Nabal esta misma noche, sin dejar vivo a nadie que pertenezca a ese hombre que fué tan in- grato conmigo y mis compañeros. Tú llegaste a tiempo para apa- ciguarme, porque estás bajo la providencia de Dios. En cuanto a Nabal, aunque ahora eluda gracias a ti el castigo, no siempre po- drá huir de la justicia y su conducta será algún día su ruina. 8. Dicho esto David despidió a la mujer. Abigail volvió a su casa y encontró a su marido comiendo con una gran compañía, y ofuscado por el vino; no dijo nada de lo que había ocurrido pero al día siguiente cuando Nabal estaba sereno, le contó todos los detalles. Las palabras de la mujer y la pena que le produjeron le dejaron el cuerpo como si estuviera muerto; vivió diez días más y murió. Al saberlo David dijo que Dios lo había vengado justamente, porque Nabal había muerto por su propia maldad quedando las manos de David limpias. Comprendió entonces que los perversos eran perseguidos por Dios, que no descuidaba a nadie, que daba a los buenos lo que les correspondía e infligía un merecido cas- tigo a los malos. Envió a buscar a la esposa de Nabal, invitán- dola a vivir con él y ser su esposa. La mujer respondió a los men- sajeros que no era digna de tocar los pies de David; pero fué con todos sus criadas y se convirtió en su esposa, recibiendo ese honor por su prudencia, su vida virtuosa y su belleza. David ya tenía una esposa, que era de la ciudad de Atiesar. En cuanto a Mical, la hija del rey Saúl, que había sido esposa de David, su padre la había dado en matrimonio a Feltias hijo de Liso, de la ciudad de Galim. f 313 9. Después de esto varios zifenos fueron a decir a Saúl que David había vuelto a su tierra, y que si los ayudaba, lo aprehen- derían. Saúl se trasladó a Zifene con tres mil hombres armados, y al acercarse la noche instalaron el campamento en un lugar llamado Sicela. Enterado David de que Saúl marchaba contra él envió espías a averiguar en qué lado del país se hallaba. Cuando supo que estaba en Sicela, ocultando su salida a sus compañeros se dirigió hacia el campamento de Saúl acompañado por Abiseo, el hijo de su hermana Saruia, y por Agimélec el heteo. Saúl estaba durmiendo; los hombres armados con su coman. dante, Abner, dormían tendidos alrededor, formando círculo. Da- vid penetró en la tienda del rey, pero no lo mató, aunque sabía dónde estaba tendido, porque Saúl tenía la lanza clavada en el suelo al lado de él, ni permitió a Abiseo que lo matara, aunque éste deseaba decididamente hacerlo. David declaró que sería un crimen horrible matar al hombre que había sido ordenado rey por Dios, aunque fuera un hombre perverso; aquél que le había dado el poder a su turno lo castigaría. Contuvo, por lo tanto, a Abiseo, pero para demostrar que había estado en su mano matarlo, tomó la lanza y la bota de agua que tenía Saúl a su lado y salió sin ser advertido del campamento, donde todos dormían. Se retiró y después de atravesar un arroyo, subió a una loma, desde la que podía ser oído, y llamó a grandes voces a los soldados de Saúl y a su comandante Abner, hasta despertarlos. El comandante lo oyó y preguntó quién lo llamaba. -Soy yo -respondió David-, el hijo de Isaí, a quien vos. otros habéis convertido en un vagabundo. ¿Pero qué es esto? ¿Tú que eres un hombre de tan gran dignidad y de primera fila en la corte del rey, tan poco te preocupas por la seguridad de tu amo? ¿Tiene para ti más importancia dormir que cuidar y proteger al rey? La negligencia de todos vosotros merece la muerte y el castigo, porque no habéis advertido hace un rato que alguien entró en el campamento y llegó hasta el sitio donde dormía el rey. Si buscas la lanza del rey y su bota de agua, comprenderás la desgracia que estuvo a punto de ocurrir en vuestro campo sin que lo sepáis. Saúl oyó la voz de David y comprendió que lo había tenido en su poder mientras dormía y sus guardias se preocupaban poco de cuidarlo; a pesar de todo no lo había matado, perdonándolo cuando podía haberlo matado con toda justicia. Y le dijo que le debía dar las gracias; lo exhortó a que tuviera valor y no temiera nada de él en lo sucesivo, y le aseguró que podía volver a su hogar; porque ahora estaba convencido de que David lo amaba más que él mismo; había alejado de su lado al hombre que mejor lo habría protegido y que le había dado tantas demostraciones de su buena voluntad. Lo había obligado a vivir desterrado mucho tiempo, temiendo por su vida, separado de sus amigos y parientes; él, en cambio, le había salvado la vida varias veces cuando estaba en peligro de perecer. David le pidió que mandara a buscar la lanza y la bota de agua, y agregó que Dios sería el juez de su carácter y de los actos de uno y otro, porque él sabía que se había abstenido de matarlo cuando pudo haberlo hecho. 10. Por aquel entonces los filisteos resolvieron hacer la guerra de David, Saúl se retiró al palacio real de su ciudad. David, te- meroso de que si se quedaba en aquel sitio sería apresado por Saúl, creyó más prudente transladarse al país de los filisteos y quedarse allí a vivir. Fué, por lo tanto, con sus seiscientos hom- bres, a ver a Anco, rey de Gita, que era una de sus cinco ciudades. El rey lo recibió con su gente y les dió un lugar para habitar. David tenía consigo a sus dos esposas, Agima y Abigail y se ins- taló en Gita. Enterado Saúl no volvió a hablar de enviar o ir a buscarlo, ya que dos veces había sido apresado por él cuando tra- taba de aprehenderlo. No obstante David no quiso quedarse en la ciudad de Gita, y pidió al rey, que lo había recibido con tanta humanidad, que le concediera otro favor y le otorgara un lugar del país como resi- dencia; temía que si seguía viviendo en la ciudad sería una carga gravosa para él. Anco le dió una aldea llamada Secela, que luego recordaron con cariño él y sus hijos, cuando fué rey. Pero sobre esto daremos información al lector en otro sitio. David vivió en Secela, en el país de los filisteos, cuatro meses y veinte días. Privadamente atacó a los serritas y los amalecitas que eran vecinos de los filisteos, arrasó sus países y después de tomar gran botín de animales y camellos, regresó a su casa. David f 314 315 perdonó a los hombres', temiendo que informaran al rey Anco, pero mandó a éste una parte del botín como presente voluntario. Cuando el rey preguntó a quién había atacado para recoger ese botín, le dijo que a las poblaciones judías del sud que vivían en la llanura, y logró que el rey le creyera. Este concibió la esperanza de que habiendo David combatido contra los de su propia nación podría mantenerlo toda la vida como servidor de él en su tierra. CAPITULO XIV Los filisteos salen nuevamente contra los hebreos y los de rrotan. Mueren en el combate Saúl y sus hijos 1. Por aquel entonces los filisteos resolvieron hacer la guerra a los israelitas, y mandaron llamar a todos sus confederados para que fueran con ellos a Renga a hacer la guerra; allí se reunirían y atacarían de sorpresa a los hebreos. Anco, rey de Gita, quiso que David lo asistiera con sus hombres contra los hebreos. David accedió diciéndole que había llegado el momento de devolverle su bondad y su hospitalidad. El rey le prometió nombrarlo su guardia personal después de la victoria, si la batalla con el enemigo se decidía en su favor. Esta promesa de honores y confianza se la hizo para acrecentar su celo. 2. Saúl, el rey de los hebreos, había expulsado del país a los adivinos y nigromantes y a todos los demás que ejercían esas artes, exceptuando a los profetas. Al enterarse de que venían los filisteos y de que habían instalado campamento cerca de la ciudad de Suna, situada en la llanura, se puso en marcha contra ellos a la cabeza de sus fuerzas. Al llegar a una montaña llamada Gelboe instaló su campamento delante del enemigo. Pero al ver al ejército del enemigo se sintió grandemente perturbado porque le pareció numeroso y superior al suyo. Interrogó a Dios por medio de los profetas acerca de la batalla, para saber de antemano cuáles serían sus acciones. Como Dios no contestara, Saúl sintió acrecentar grandemente sus temores; per 1 En I Samuel (XXVII, 11) dice en cambio que los mataba a todos, para evitar que "dieran aviso". dió el valor, previendo, como era razonable suponer, que sufriría un descalabro, al no contar con la asistencia de Dios. Ordenó a sus sirvientes que averiguaran por medio de alguna mujer nigromante de las que llamaban el alma de los muertos, si las cosas sucederían en la medida de sus deseos. Esas mujeres evocaban el alma de los muertos y predecían por su intermedio los hechos futuros a los que deseaban conocerlos. Uno de sus sir- vientes le dijo que en la ciudad de Endor había una mujer de ésas. Sin que nadie lo supiera en el campamento, Saúl se quitó sus vestimentas reales y llevando consigo dos criados de los más fieles fué a Endor a ver a la mujer y le rogó que le adivinara lo porvenir y que llamara a un alma que él le nombraría. La mujer se negó, diciendo que no quería violar el edicto del rey que había proscrito esa clase de adivinas, y que hacía mal, porque ella no le había hecho ningún daño, en tenderle esa celada para que cometiera una acción prohibida que le acarrearía un castigo. Saúl le juró que nadie sabría lo que hiciera y que 61 no le diría a nadie lo que le predijera y no correría ningún peligro. Inducida la mujer por el juramento a no temer ningún daño, Saúl le pidió que llamara al alma de Samuel. Sin saber quién era Samuel, la mujer lo evocó del otro mundo. Cuando llegó, la mujer vió que era venerable, de formas divi- nas y quedó perturbada. Atónita ante su vista, preguntó: -¿No eres tú el rey Saúl? Porque Samuel le había informado quién era. Saúl le respondió afirmativamente y le preguntó a qué se debía su perturbación. La mujer le dijo que había visto ascender una persona que por su forma era como un Dios. Saúl le pidió que le dijera cómo era, cómo vestía y de qué edad parecía ser. -Era un anciano -respondió ella-, un personaje glorioso, vestido con un manto sacerdotal. El rey comprendió que se trataba de Samuel, y postrándose de cara al suelo lo saludó y lo veneró. El alma de Samuel le preguntó por qué lo había molestado haciéndolo venir. Saúl se lamentó de la necesidad en que se hallaba; sus enemi- gos lo presionaban y no sabía qué hacer; Dios lo había abando- nado y no podía obtener de él la predicción de lo que vendría, ni por los profetas ni por sueños. l -Estas son las razones de que haya recurrido a ti, que siempre me atendiste. Pero Samuel, viendo que había llegado el fin de la vida de Saúl, dijo: -Es vano tu deseo de averiguar algo más por mi intermedio, ya que Dios te abandonó. Escucha, sin embargo, lo que te digo; David será rey y concluirá con buen éxito esta guerra. Tú perde- rás tu dominio y tu vida, porque no obedeciste a Dios en la guerra con los amalecitas, ni observaste sus mandamientos, como te lo predije cuando estaba vivo. Has de saber, por lo tanto, que el pueblo será sometido a sus enemigos, y que tú y tus hijos caerán mañana en la batalla, y tú vendrás a reunirte conmigo. 3. Al oír estas palabras Saúl quedó mudo de dolor y cayó al suelo, ya sea por el pesar que le había causado el anuncio, o por- que no había comido nada desde el día anterior. Cuando con grandes dificultades volvió en sí la mujer lo obligó a tomar algún alimento, pidiéndoselo como única recompensa por el oráculo que le había dado, temerosa del que no había reconocido. Por eso le pidió que le permitiera ponerle una mesa con alimentos para que recobrara las fuerzas y volviera sano y salvo al campamento. Saúl rechazó su propuesta a causa de su ansiedad, pero la mujer insistió y al fin lo convenció de que comiera. Tenía un ternerito por el que sentía mucho cariño, al que cuidaba y alimentaba personalmente, porque era una mujer que vivía de su trabajo y no poseía más que un solo ternerito. Lo mató y lo aderezó y lo sirvió a Saúl y sus sirvientes. Saúl volvió al campamento cuando todavía era de noche. 4. Es justo encomiar la generosidad de esa mujer, porque ha- biendo prohibido el rey el empleo de sus artes que le habían dado más bienestar, aunque nunca había visto al rey no le guardó ren- cor por haber condenado su ciencia y no lo rechazó como extraño y desconocido. En cambio le tuvo compasión y lo consoló y lo exhortó a ven- cer su disgusto y le ofreció el único bien que poseía, como pobre mujer que era; y lo hizo sinceramente, con mucha humanidad, sin pedirle nada en cambio de su amabilidad, ni persiguiendo favores futuros, porque sabía que el rey iba a morir; los hombres en cambio son naturalmente ambiciosos para complacer a los que les dan beneficios o están muy dispuestos a servir a aquellos de quienes esperan alguna ventaja. Es digno de imitar el ejemplo de esa mujer, haciendo el bien a quien lo necesita; y pensar que nada es mejor ni más propio de la humanidad que esa general beneficencia, ni nada que haga más fácilmente favorable a Dios y dispuesto a acordarnos cosas buenas. Y esto es suficiente en lo que respecta a la mujer. Pero quiero hablar ahora de otro tema, que me dará oportunidad de comentar lo que es ventajoso para las ciudades, los pueblos y las naciones, y conveniente para el gusto de las personas buenas, y a todos inducirá a conservar la virtud y podrá mostrarles la forma de conseguir gloria y fama imperecedera. También servirá para imprimir en los reyes de las naciones y los gobernantes de las ciudades inclinación y diligencia para hacer el bien, y animarlos a arrostrar peligros y a morir por sus patrias y les enseñará a despreciar las más terribles adversidades. La ocasión para desarrollar estas reflexiones me la proporciona Saúl, el rey de los hebreos. Aunque por la predicción del profeta conocía su destino y su próxima muerte, no pensó rehuirla, ni aun por amor a la vida, ni llegar hasta el punto de entregar a su pueblo al enemigo y deshonrar la dignidad real. Exponiéndose, él y 3u familia, al peligro, juzgó que era un acto de arrojo caer junto con ellos en la lucha por sus objetivos. Era mejor que sus hijos murieran demostrando valor que dejarlos abandonados a su conducta incierta. Dejó en cambio a sus sucesores y a la posteridad una fama duradera. Un hombre así me parece a mí justo, valiente y sabio; y cuan- do alguien ha llegado a ese estado de ánimo, o llegará después, ése es el hombre que debe ser honrado por todos con el testimo- nio de un hombre virtuoso y valiente. A los que van a la guerra con la esperanza del triunfo y de volver sanos y salvos después de haber realizado alguna acción gloriosa, pienso que no hacen bien los que los llaman valientes, como muchos historiadores y escritores suelen hacerlo, aunque confieso que también ellos merecen con justicia cierto encomio, pero sólo pueden ser reputados de valientes y audaces en grandes empresas y despreciadores de la adversidad, los que imitan a Saúl. Los que ignoran la suerte que la guerra les tiene deparada, y aunque se entregan sin desmayos a un futuro incierto, y son arrojados de un lado para otro, como un navegante en un mar embravecido, no son ejemplos muy eminentes de generosidad, aunque puedan realizar grandes hazañas; pero cuando saben de antemano que deben morir y que sufrirán la muerte en la batalla, y no sólo no se asustan ni se pasman ante el terrible destino que les espera sino que van directamente a su encuentro, ésos son los que yo considero hombres realmente valientes. Así lo hizo Saúl, demostrando con ello que aquellos que quieran ser famosos después de la muerte deben actuar de esta manera, sobre todo los reyes, a quienes su alto cargo les prohibe no sólo ser malos para gobernar a sus súbditos sino también ser nada más que moderadamente buenos. Podría decir mucho más de Saúl y su valor, porque el tema lo permite, pero por no aparecer excesivo en su elogio vuelvo a la historia de la que me aparté para hacer esta digresión. 5. Los filisteos, como dije, instalaron el campamento y conta- ron las fuerzas por naciones, reinos y gobiernos. El rey Anco venía al final de todos con su ejército, y detrás de él David con sus seiscientos hombres. Cuando los comandantes de los filisteos lo vieron, preguntaron al rey de dónde venían esos hebreos y quién los había invitado. Achis respondió que era David, que había huido de su jefe Saúl y a quien él había recibido cuando fué a su tierra. Ahora quería devolverle los favores y vengarse de Saúl, y se había con- vertido en su aliado. Los comandantes le reprocharon por haber tomado como aliado a un enemigo, y le aconsejaron que lo despidiera, porque si su jefe le daba una oportunidad de reconciliarse con él haría daño a sus amigos. Previéndolo prudentemente, le aconsejaron que lo enviara de vuelta con sus seiscientos hombres al sitio que le había dado para habitar, porque aquél era el David a quien las vírgenes habían celebrado en sus himnos diciendo que había destruido decenas de miles de filisteos. Oyendo esto el rey de Gita juzgó que tenían razón y llamando a David le dijo: -Yo puedo atestiguar que me has demostrado diligencia y amabilidad, y por eso te tomé como aliado; pero lo que hice no agra da a nuestros comandantes. Luego, dentro de un día te volverás al sitio que te di, sin temer ningún daño, y cuidarás allí mi país contra la posibilidad de que hagan alguna incursión nuestros enemigos; ésa será una parte de la ayuda que espero de ti. Obedeciendo la orden del rey de Gita David regresó a Secela, pero ocurrió que mientras David había ido a ayudar a los filis- teos irrumpieron en el lugar los amalecitas, tomando a Secela y prendiéndole fuego. Después de apoderarse de un gran botín allí y en otras partes de la tierra de los filisteos, se retiraron. 6. David se halló con que Secela había sido arrasada y saqueada y que sus dos esposas y las esposas de sus compañeros y sus respectivos hijos habían sido tomados en cautiverio. David se rasgó las ropas llorando y lamentándose, junto con sus amigos. Se sintió tan abrumado por la desgracia, que al final hasta le faltaron las lágrimas. Corrió además el peligro de ser apedreado por sus compañeros que, afligidos por la captura de sus esposas y sus hijos, culpaban a David de lo ocurrido. David se recuperó de su pesar y elevó sus pensamientos a Dios, pidiendo al sumo sacerdote Abiatar que se pusiera las vestimentas sacerdotales, interrogara a Dios y profetizara si persiguiendo a los amalecitas le concedería la victoria sobre ellos y salvaría a sus esposas e hijos, castigando a sus enemigos. El sumo sacerdote le ordenó perseguirlos y él marchó en su seguimiento con sus seiscientos hombres. Al llegar a un arroyo llamado Basel encontraron a un vagabundo, un egipcio medio muerto de hambre (hacía tres días que erraba por el desierto) ; David le dió de comer y beber, tonificándolo, y luego le preguntó de quién era y de dónde venía. El hombre le dijo que era egipcio y que había sido abando- nado por su amo porque estaba enfermo y débil y no podía se- guirlo. Su amo era uno de los jefes que habían quemado y sa- queado a Secela y otras partes de Judea. David lo usó como guía para buscar a los amalecitas; los encontró desparramados por el suelo, algunos comiendo, otros descompuestos y completamente borrachos de vino, gozando por las depredaciones y el botín que habían obtenido. David cayó sobre ellos de improviso e hizo una gran matanza, porque estaban desarmados y no esperaban ningún ataque, y se 321 entregaban a festejar y beber. De este modo fueron fácilmente destruídos. Algunos, sorprendidos junto a las mesas, fueron muertos en esta postura, mezclándose la sangre con los alimentos y las bebidas. A otros los mataron mientras brindaban con sus copas y a otros cuando estaban amodorrados con el vientre lleno. A los que tuvieron tiempo para armarse los mataron tan fácil- mente como a los que estaban desarmados. Los compañeros de David continuaron la matanza desde las primeras horas del día hasta la noche, no quedando vivos más que cuatrocientos amale- citas, los que pudieron huir saltando sobre sus dromedarios y sus camellos. David recuperó no sólo el botín que el enemigo se había lleva- do, sino también sus esposas y las esposas de sus compañeros. Cuando volvieron al sitio donde habían dejado los doscientos hombres que no los habían podido seguir y se habían quedado a cuidar sus efectos, los cuatrocientos de la expedición no creyeron conveniente dividir con ellos la presa obtenida, ya que no los ha- bían acompañado a perseguir al enemigo pretextando debilidad, y manifestaron que deberían conformarse con haber recobrado sus esposas. Pero David declaró que esa opinión era perversa e injusta, y que si Dios les había concedido el favor de que se ven- garan de sus enemigos y recuperaran lo que les pertenecía, debían distribuir lo obtenido en partes iguales, porque los restantes se habían quedado para cuidar las cosas. Desde entonces rige la ley de que aquellos que se quedan a cuidar las cosas reciben una parte igual a la de los combatientes. De regreso David en Secela, envió partes de la presa a sus fa- miliares y amigos de la tribu de Judá. De ese modo terminaron los hechos del saqueo de Secela y de la matanza de los amalecitas. 7. Entablada la batalla con los filisteos hubo un encuentro reñido y los filisteos resultaron vencedores y mataron gran número de sus enemigos. Saúl, rey de Israel, y sus hijos, se condujeron con gran valentía y decisión, sabiendo que toda su gloria dependía nada más que de morir honrosamente. Se expusieron al mayor peligro (ya que no les quedaba ninguna otra esperanza), y atrajeron sobre sí todo el poder del enemigo, hasta que fueron rodeados y muertos, pero no antes de matar numerosos filisteos. Los hijos de Saúl eran Jonatás, Aminadab y Melquiso, y cuan do cayeron muertos la multitud de los hebreos se dió a la fuga en desorden y confusión, y fué perseguida y exterminada por los filisteos. Saúl por su parte huyó rodeado por una fuerte guardia de soldados y perseguido por filisteos que les arrojaban jabalinas y les disparaban flechas. Saúl perdió a sus compañeros, salvo unos pocos y él mismo peleó con gran bravura. Cuando las numerosas heridas que había recibido no le permitieron seguir en pie ni continuar luchando, como no podía matarse a sí mismo, pidió a su escudero que le sacara la espada y lo atravesara con ella, para evitar que el enemigo lo tomara vivo. El escudero no se animó a matar a su amo, y Saúl sacó la espada y apoyándose sobre la punta trató de ensartarse en la hoja. No lo pudo lograr y viendo un joven que pasaba cerca le pre- guntó quién era. Enterado de que era un amalecita, le pidió que le empujara la espada dentro del cuerpo, porque él no podía ha- cerlo por sí mismo. El joven accedió y tomando luego el brazalete de oro que lle- vaba Saúl y la corona de oro que tenía en la cabeza, huyó co- rriendo. Viendo el escudero que Saúl estaba muerto, se mató él también. De los guardias del rey no escapó ninguno; todos ca- yeron en la montaña llamada Gelboe. Enterados los hebreos que vivían en el valle al otro lado del Jordán, y los de las ciudades de la llanura, de que habían caído Saúl y sus hijos y que la multitud que los rodeaba había sido destruida, abandonaron las ciudades y se refugiaron en las fortalezas amuralladas. Los filisteos hallaron las ciudades desiertas y se instalaron en ellas. 8. Al día siguiente fueron los filisteos a despojar los cuerpos de los enemigos. Encontraron los cadáveres de Saúl y sus hijos, los despojaron y les cortaron la cabeza. Luego enviaron mensa- jeros a todo el país informando que había caído el enemigo; con- sagraron las armas en el templo de Astarté, y colgaron los cuer- pos en cruces en las paredes de la ciudad de Bezana, que ahora se llama Escitópolis. Al saber los habitantes de Jabis de Galaad que habían desmembrado los cadáveres de Saúl y sus hijos, con 1 En el primer libro de Samuel dice que Saúl se echó sobre su espada (XXXI, 4). En el segundo Samuel (1, 6-10), el relato hecho a David por el amalecita que lo ayudó a atravesarse completa este detalle de la muerte del rey, y así lo narra Josefo. sideraron que sería terrible consentir esa barbaridad y dejarlos sin sepultura. Los más valientes y osados (y en esa ciudad había hombres fuertes y decididos), viajaron toda la noche, llegaron a Bezana y descolgando de los muros enemigos los cuerpos de Saúl y sus hijos se los llevaron a Jabis. El enemigo, impresionado por su audacia, no se atrevió a impedirlo. Todo el pueblo de Jabis lloró, y después de quemar los cuerpos los inhumaron en el mejor sitio del país, un lugar llamado Arura. Observaron duelo público durante siete días, hombres, mujeres y niños, que se golpearon el pecho y lloraron al rey y sus hijos, sin tomar alimentos ni bebida. 9. Eso fué el fin de Saúl, profetizado por Samuel, por haber desobedecido la orden de Dios acerca de los amalecitas, y por ha- ber matado a Agimélee y su familia y destruído la ciudad de los sacerdotes. Saúl reinó dieciocho años durante la vida de Samuel, y veintidós después de su muerte. Flavio Josefo ANTIGÜEDADES DE LOS JUDIOS Tomo II LIBRO VII Comprende un lapso de cuarenta años CAPITULO I David es rey de una sola tribu, en Hebrón, mientras el resto de la multitud reconoce como rey al hijo de Saúl 1. Aquel combate se libró precisamente el día en que David volvió a Ziclag, después de vencer a los amalecitas. Dos días más tarde, o sea el tercero después de la batalla, fué a verlo el hom- bre que había dado muerte a Saúl. Huyendo del combate entre israelitas y filisteos, llegaba con los vestidos rasgados y la cabeza cubierta de cenizas. Se prosternó delante de David y éste le pre- guntó de dónde venía. -De la batalla de los israelitas -respondió el hombre. Le in- formó que la lucha había tenido un fin infortunado, muriendo decenas de miles de israelitas, entre ellos Saúl y sus hijos. Añadió que él lo sabía porque había presenciado la victoria obtenida contra los hebreos, y estaba con el rey cuando huyó. No negó tampoco que él mismo había dado muerte al rey, cuando estaba a punto de ser tomado prisionero por el enemigo, habiéndole pedido el mismo rey que lo hiciera, porque aunque se hallaba caído sobre su espada las grandes heridas que recibió lo habían debilitado tanto que no tenía fuerza suficiente para terminar de matarse. Como prueba de lo que decía, el hombre le mostró el brazalete de oro y la corona que había sacado al cuerpo muerto de Saúl para llevárselos a David. Ya no pudo dudar David de que Saúl había muerto y rasgán- dose la ropa pasó todo el resto del día llorando y lamentando su muerte junto con sus compañeros. El dolor aumentó aún más por Jonatás, hijo de Saúl, que había sido su amigo más fiel y el que le había salvado la vida. David reveló poseer tanta virtud y tanta generosidad con Saúl, que no sólo sintió su muerte, aunque había estado muchas veces en peligro de perder la suya a sus manos, sino que castigó además al que lo había matado. David le dijo que se había acusado a sí mismo declarando que había dado muerte al rey, y al enterarse de que era un hijo de amalecita ordenó que lo mataran. Escribió también lamentaciones y encomios fúnebres de Saúl y Jonatás, que se conservan hasta ahora. 2. Después de rendir honores al rey y concluido el duelo, Da- vid preguntó a Dios por medio del profeta qué ciudad de la tribu de Judá le señalaría como residencia. Dios le contestó que le acordaba la ciudad de Hebrón. Dejó entonces a Ziclag y se trasladó a Hebrón, llevando a sus dos esposas, y sus hombres. Allí lo recibió el pueblo de la tribu y lo proclamó rey. Enterado de que los habitantes de Jabes de Galaad habían sepultado a Saúl y sus hijos les envió sus felicitaciones y elogió su acción y les prometió recompensarlos por la piedad que habían tenido con los muertos. Al mismo tiempo les informó que la tribu de Judá lo había elegido rey. 3. No bien Abner hijo de Ner, general del ejército de Saúl, hombre activo y de buen carácter, supo que el rey, -Jonatás y sus otros dos hijos habían caído en la batalla, se dirigió apresurada- mente al campamento y llevándose al hijo restante de Saúl, cuyo nombre era Isboset, pasó al otro lado del Jordán y lo proclamó rey de toda la multitud, con excepción de la tribu de Judá; e ins- taló la sede real en un sitio llamado en nuestra lengua Mahanaim y en griego Campamentos. De ahí se dirigió Abner con un cuerpo selecto de soldados para luchar con la tribu de Judá, indignado de que hubiese nombrado rey a David. Les salió al encuentro, de acuerdo con la indicación de David, el general de su ejército Joab, hijo de Sur¡ y de Saruia, hermana de David. Lo acompañaban sus hermanos Abisai y Asahel y los hombres de David. Se encontraron con Abner junto a una fuente de la ciudad de Gabeón, y se prepararon para la lucha. Abner manifestó su deseo de saber quién tenía los soldados más valien- tes, y convinieron en que pelearan entre ellos doce soldados de cada bando. Los elegidos por cada general se adelantaron, quedando entre los dos ejércitos; después de arrojarse las lanzas cada cual sos- tuvo a su contrincante la cabeza y todos se traspasaron mutua- mente, con la espada, un costado y la ingle, hasta que todos mu- rieron juntos, como si se hubiesen puesto de acuerdo. Caídos esos hombres, entre los restantes de los dos ejércitos se entabló una enconada lucha, y los soldados de Abner fueron derrotados. Joab no dejó de perseguirlos, incitando a sus hombres a que los siguieran bien de cerca y no se cansaran de matarlos. También sus hermanos los persiguieron con gran decisión, especialmente el más joven de ellos, Asahel, famoso por la ligereza de sus pies; no solamente ganaba en velocidad a lis hombres sino que, según se decía, había sobrepasado a un caballo corriendo con él1. Asahel partió violentamente tras de Abner, sin apartarse de la línea recta ni hacia la izquierda ni hacia la derecha. Abner, volviéndose hacia atrás, trató repetidamente de detener su impulso. A veces le ordenaba que abandonara la persecución y tomara las armas de uno de sus soldador, caídos; otras veces, no pudiendo convencerlo, lo exhortaba a que se contuviera y dejara de perseguirlo, y que no lo obligara a matarlo, por que luego no podría presentarse delante de su hermano. Asahel no aceptaba ningún argumento y proseguía la persecución. Abner, entonces, sin dejar de correr, arrojó hacia atrás la lanza y le infirió una herida mortal; murió instantáneamente. 1 1 Detalles agregados por Josefo. La Biblia dice que era como un corzo del campo. Los que corrían detrás de Asahel en persecución de Abner, cuando llegaron al sitio donde yacía aquél, lo rodearon y aban- donaron el seguimiento del enemigo. Pero Joab y su hermano Abisai pasaron de largo junto al cadáver, intensificando la muer- te de Asahel el enojo y el celo con que seguían a Abner. Conti- nuaron corriendo con increíble celeridad y decisión hasta un sitio llamado Amá. Era cerca de la puesta del sol. Joab subió a una colina, en el territorio de la tribu de Benjamín, y desde allí vió al enemigo y entre él divisó a Abner. Abner alzó la voz y gritó que no era propio excitar a los hom- bres de una misma nación para luchar enconadamente entre sí, que en cuanto a su hermano Asahel éste había hecho mal al no aceptar su consejo de suspender la persecución; fué en esas cir- cunstancias que lo había herido de muerte. Joab aceptó sus pa- labras como explicación, y haciendo star la trompeta como señal de retirada, ordenó a sus soldados que dieran fin al seguimiento. Joab instaló allí el campamento para pernoctar, pero Abner marchó toda la noche, atravesó el Jordán y llegó a Mahanaim donde se reunió con Isboset hijo de Saúl. Al día siguiente Joab contó los muertos, y se ocupó en sus funerales. Habían caído de los soldados de Abner unos trescientos sesenta, y diecinueve de los de David, además de Asahel, cuyo cuerpo Joab y Abisai transportaron a Belén; después de sepultarlo en la tumba de sus padres, fueron a Hebrón a ver a David. Comenzó entonces una guerra intestina de larga duración, en la que los partidarios de David se hicieron más fuertes, dominando en los combates, mientras que los sirvientes y súbditos del hijo de Saúl se volvían cada día más débiles. 4. Por aquel entonces David fué padre de seis hijos nacidos de otras tantas madres. El mayor, hijo de Ahinoam, se llamaba Amnón; el segundo era Daniel, hijo de su esposa Abigail; el nom- bre del tercero era Absalón, hijo de Maacá, hija de Talmai, rey de Gesur; al cuarto lo llamó Adonías, y era hijo de su esposa Hagit; el quinto, Sefatia, era hijo de Abitail y el sexto, llamado Istream, hijo de Eglá. Durante el transcurso de esta guerra intestina los súbditos de los dos reyes entraban frecuentemente en acción librando batallas. Abner, el general del ejército del hijo de Saúl, con su prudencia y el predicamento que tenía entre la multitud, logró mantenerlos fieles a Isboset, a cuyo lado siguieron mucho tiempo. Pero luego Abner fué acusado de estar en relaciones con la concubina de Saúl, que se llamaba Rispá, hija de Aiá. Al recibir los reproches de Isboset, se sintió ultrajado y colérico porque Isboset lo trataba con ingratitud e injusticia después de la devoción que le había demostrado. Amenazó transferir el reino a David y demostrar que Isboset no había gobernado al pueblo del otro lado de Jordán por su capacidad y sabiduría, sino por la fidelidad y el talento de Abner para conducir su ejército. Envió embajadores a Hebrón a ver a David pidiéndole que le prometiera con juramento que lo aceptaría como compañero y amigo, si persuadía al pueblo que dejara al hijo de Saúl y lo eligiera a él rey de todo el país. Complacido por el mensaje, Da- vid hizo el pacto con Abner y le pidió que, como primera señal de su ejecución, le devolviera a su esposa Mijal, a la que había adquirido a costa de grandes riesgos con aquellas seiscientas ca- bezas de filisteos que había llevado a su padre Saúl. Abner separó a Mijal de Faltíel, que era entonces su marido, y se la envió a David, con la ayuda del mismo Isboset, porque David le había escrito diciéndole que tenía derecho a que le de- volvieran su esposa. Abner reunió a los ancianos del pueblo, a los comandantes y a los capitanes de milicias, y les habló diciéndoles que antes los había disuadido de su resolución de abandonar a Isboset para plegarse a David, pero que ahora les daba licencia para hacerlo, si lo querían, porque él había sabido que Dios, por medio del pro- feta Samuel, había señalado a David para ser rey de todos los hebreos, prediciendo que castigaría a los filisteos, y los subyu- garía. Los ancianos y jefes, viendo que Abner había adoptado ahora los sentimientos sobre los asuntos públicos que ellos tenían ante- riormente, se pronunciaron en favor de David. Obtenida la apro- bación de su propuesta por aquellos hombres, Abner reunió a la tribu de Benjamín, que formaba la guardia personal de Isboset, y le habló de la misma manera. Viendo que no se oponía a sus palabras y se conformaba con su opinión, acompañado por veinte amigos se dirigió a ver a David para recibir su juramento de se- guridad. Siempre debemos considerar más firmes las cosas que hacemos nosotros mismos que las hechas por medio de otros. Informó a David de lo que había hablado con los jefes y con la tribu de Benjamín. David los recibió cortésmente y los atendió con gran hospitalidad durante varios años. Al retirarse, Abner le pidió que le permitiera traer a la multitud para entregarle el go- bierno en su presencia. 5. En seguida de haber despedido David a Abner, llegó a He- brón Joab, el general del ejército, y al enterarse de la visita de Abner y de que había partido poco antes después de pactar y con- venir la entrega del gobierno a David, temió que éste pusiera a Abner, por ayudarlo a ganar el trono, en primera fila, sobre todo porque era un hombre astuto que entendía las cosas y las sabía manejar hábilmente, y que le quitara a él el mando. Joab adoptó una conducta taimada y perversa. Comenzó por calumniar a Abner ante el rey, exhortando a David a desconfiar de aquél y a no prestar atención a lo comprometido con él, por- que sólo buscaba afirmar el gobierno del hijo de Saúl; le aseguró que lo había ido a ver con engaños y estratagemas con la espe- ranza de hacer triunfar sus propósitos ocultos. Viendo que David no se convencía ni se exasperaba, resolvió poner en práctica otro proyecto más audaz que el anterior. De- cidió matar a Abner. Para eso le envió mensajeros con instruc- ciones de que le dijeran de parte de David que éste tenía que de- cirle algo de que se había olvidado hablarle cuando estaban juntos. Abner (a quien los mensajeros alcanzaron en un sitio llamado Besira, a veinte estadios de Hebrón), no sospechó nada y regresó. Joab lo esperó en la puerta y lo recibió muy amablemente, como si fuera su mejor y más atento amigo; porque los que emprenden una acción vil suelen fingir la actitud de un hombre de buena voluntad para alejar las sospechas. Apartándolo de sus acompa- ñantes, como si quisiera hablarle en privado, lo llevó a un sitio solitario de la puerta, acompañado solamente por su hermano Abisai; allí sacó la espada y se la hundió en la ingle. 1 La batalla tuvo lugar en Gabaón, y no en Hebrón; dice así en el párrafo 3, y la confirma la Biblia en II Samuel, 3, 30. Abner murió por la traición de Joab que, según éste, fué en castigo por la muerte de su hermano Asahel, a quien Abner hirió y mató cuando lo perseguía después de la batalla de Hebrón1, pero que en realidad había sido por su temor de perder el mando del ejército y su dignidad ante el rey y de que Abner obtuviera el rango más alto en la corte de David. Este ejemplo enseña cuántos y a qué viles recursos pueden acudir los hombres para lograr riqueza y poder y conservarlos después de obtenidos. Cuando quieren conseguirlos recurren a diez mil manejos perversos, y cuando temen perderlos emplean prácticas peores aún, como si no pudiera haber calamidad más grande que la de no lograr una elevada autoridad o la de perderla después de haberla adquirido y probado su dulzura. Como esto último sería la más dolorosa de las aflicciones, imaginan y aventuran las acciones más criminales para evitarlo. Pero basta con estas breves reflexioines sobre el tema. 6. Enterado David de la muerte de Abner se sintió apenado en el alma. Poniendo a todo el mundo de testigo, tendió los brazos a Dios y a grandes voces proclamó que él no tenía nada que ver con el asesinato de Abner; su muerte no se había producido ni por su orden ni con su aprobación. Lanzó las más terribles maldiciones contra el que lo había matado y contra toda su casa, y adjudició el mismo castigo a los que lo habían ayudado en el crimen. David no quería aparecer complicado en el crimen, contrario a las seguridades y los juramentos que había hecho a Abner. Ordenó que todo el pueblo llorara y lamentara al muerto y honrara su cadáver con la solemnidad habitual, es decir, desgarrándose los vestidos y poniéndose sacos. Con esos hábitos precedieron al féretro, yendo a continuación el rey con los ancianos y los jefes, llorando y demostrando David con sus lágrimas la amistad que tuvo con el muerto cuando vivía y el dolor que sentía ante su muerte, producida sin su consentimiento. Lo enterró en Hebrón con toda magnificencia y luego escribió por él endechas. Permaneció delante de la tumba llorando y ha- ciendo llorar a los demás; tan profundamente lo afectó la muerte de Abner, que a pesar de la insistencia de sus compañeros no probó bocado y afirmó con juramento que no comería nada hasta la puesta del sol. Esta conducta le conquistó la buena voluntad de la multitud; los que tenían afecto por Abner se sintieron gran- demente satisfechos con los honores que David rindió al difunto, cumpliendo el compromiso que había contraído con él; lo demos- tró observando las ceremonias usuales que se practican con un pariente y un amigo, y no permitiendo que fuera abandonado e injuriado con un sepelio deshonroso, como si hubiese sido su ene- migo. Toda la nación se alegró por la amabilidad y la honestidad del rey, suponiendo que tomaría por ellos en las mismas circuns- tancias los mismos cuidados que demostró en el entierro de Abner. David se proponía lograr ante todo buena reputación; por eso tomó todas las precauciones necesarias para que nadie llegara a sospechar que él pudiera ser el autor de la muerte de Abner. Y declaró al pueblo que estaba muy apenado por la muerte de un gran hombre como él ; los asuntos de los hebreos sufrirían mucho con su pérdida, porque era un hombre de gran capacidad que los protegía con sus excelentes consejos y el vigor de sus brazos en la guerra. -Dios -añadió-, que considera las acciones de todos los hom- bres, no permitirá que su muerte quede impune. Vosotros sabéis que yo no puedo hacer nada contra los hijos de Saruia, Joab y Abisai, que tienen más poder que yo, pero Dios hará caer sobre sus cabezas su insolente atentado. Ese fué el fin de la vida de Abner. CAPITULO II Después del asesinato de Isboset, por la traición de sus amigos, David recibe todo el reino 1. Enterado Isboset hijo de Saúl de la muerte de Abner, la- mentó mucho verse privado de un hombre que era de su familia y que lo había afirmado en el trono. Se sintió muy afligido y perturbado pero no lo sobrevivió mucho tiempo, porque fué trai- cioneramente atacado y muerto por los hijos de Jieremón (llamados Banast y Tanus). Eran éstos de una familia de benjaminitas, de primera categoría, y pensaron que si mataban a Isboset obtendrían grandes presentes de parte de David y serían nombrados comandantes, o encargados de cualquier otra misión. Un día lo encontraron solo, acostado, tomando su descanso del mediodía; no estaba presente ninguno de los guardias y la mujer que cuidaba la puerta se había dormido, vencida por el cansancio y por el calor del día. Los dos hombres penetraron en el cuarto donde dormía el hijo de Saúl y lo mataron. Luego le cortaron la cabeza y partieron, y marcharon toda la noche y todo el día siguiente, para huir de su víctima y dirigirse hacia esa persona que ellos creían que tomaría su acción como un favor y les ofrecería seguridad. Llegaron a Hebrón, mostraron a David la cabeza y se presentaron como partidarios suyos, diciéndole que habían dado muerte al que era su enemigo y antagonista. -¡Viles y despreciables! Inmediatamente recibiréis el. Castigo que merecéis. ¿ Ignoráis, acaso, la venganza que tomé con el que mató a Saúl y me trajo su corona de oro, aunque lo mató a su ruego para impedir que cayera en manos enemigas? ¿Os imagi- náis que cambió mi disposición, suponéis que no soy el mismo hombre de antes y que me complacen los perversos y que estima- ré como un favor vuestro regicidio, la vil acción de haber asesi- 1 En la Biblia los condenan a muerte, y les cortan luego las manos y los pies. nado a un hombre virtuoso en su cama, a un hombre que nunca hizo mal a nadie y que siempre os trató con amabilidad y respe- to? Sufriréis el castigo debido, por haber matado a Isboset y por suponer que yo recibiría de buen grado su asesinato. Esta suposición es el mayor baldón que podríais arrojar sobre mi honor. David les hizo aplicar toda clase de tormentos y luego les dió muerte1. Luego, con grandes honores fúnebres, hizo sepultar la cabeza de Isboset en la tumba de Abner. 2. Terminado este episodio, los principales del pueblo hebreo fueron, a Hebrón a ver a David, con los jefes de las milicias y otros jefes y se entregaron a él, recordándole la buena voluntad que le habían demostrado y el respeto que no habían dejado de tributarle desde que era capitán de milicias; le expresaron que había sido elegido por Dios, mediante el profeta Samuel, para que reinara, lo mismo que sus hijos, y que le había acordado el poder para que salvara el país de los hebreos venciendo a los filisteos. David recibió amablemente su decisión y los exhortó a perse- verar en ella, asegurándoles que no tendrían motivo para arrepentirse. Después de comer con ellos y tratarlos amistosamente, los despidió encargándoles que volvieran con todo el pueblo. Llegaron unos seis mil ochocientos hombres armados de la tribu de Judá, con lanza y escudo, que habían quedado con el hijo de Saúl cuando el resto de la tribu de Judá había ordenado rey a David. La tribu de Simón envió siete mil guerreros; la de Leví cuatro mil setecientos, al mando de Jodam. Luego llegaron el sumo pontífice Sadoc, con veintidós capitanes de su familia. De la tribu de Benjamín fueron cuatro mil hombres; los restantes quedaron esperando que alguno de la casa de Saúl reinase sobre ellos. La tribu de Efraím envió veinte mil, hombres de gran valor y fuerza. De la media tribu de Manasés fueron dieciocho mil de los más fuertes. De la tribu de Isacar, doscientos adivinos del porvenir y veinte mil hombres de armas. De la tribu de Zabulón, cincuenta mil hombres selectos; fué la única tribu que se reunió íntegra- mente con David, todos con iguales armas que las de la tribu de Gad. De la tribu de Neftalí acudieron mil hombres escogidos y efes, armados de escudos y lanzas, seguidos de la tribu que for- maba una multitud innumerable. De la tribu de Dan había vein- tisiete mil seiscientos hombres selectos. De la tribu de Aser cua- renta mil. De las dos tribus del otro lado del Jordán, y del resto de la tribu de Manasés, que usaban escudos, lanzas, yelmos y es- padas, ciento veinte mil. Las demás tribus también usaban espadas. La multitud se reunió en Hebrón, ante David, con gran canti- dad de trigo, vino y otros alimentos, y confirmó a David en su reinado con unánime consentimiento. Después de tres días de regocijo en Hebrón, David y el pueblo se trasladaron a Jerusalén. CAPITULO III David pone sitio a Jerusalén, toma la ciudad, expulsa a los cananeos e instala en la ciudad a los judíos 1. Los jebusitas, habitantes de Jerusalén, que eran de origen cananeo, cerraron las puertas e hicieron subir a las murallas a los ciegos, los cojos y los lisiados de la ciudad, para hacer mofa del rey, declarando que bastaban los cojos para impedirles la entrada. Tanta confianza tenían en la solidez de las murallas. Indignado, David puso sitio a Jerusalén empleando sus mayores esfuerzos y gran decisión, y proponiéndose con la toma de la plaza demostrar su poder e intimidar a todos los que abrigaran las mismas intenciones y quisieran imitar a los jebusitas. Tomó por la fuerza la parte baja de la ciudad, pero la fortaleza resistió. Sabiendo que el ofrecimiento de dignidades y recompensas animaría a los soldados a realizar mayores acciones, prometió dar el mando de todas las fuerzas al primero que atravesara las zanjas abiertas al pie de la fortaleza, subiera a la ciudadela y la tomara. Todos intentaron lograrlo sin escatimar esfuerzos, para conquistar el mando superior. Pero Joab, el hijo de Saruia, se adelantó a los demás, y en cuanto subió a la fortaleza llamó a gritos al rey reclamando el comando prometido. 2. Expulsados los jebusitas de la ciudadela, David reconstruyó a Jerusalén y la llamó La Ciudad de David, y vivió allí durante todo su reinado. En Hebrón, en la tribu de Judá, había reinado siete años y seis meses. Después de haber elegido a Jerusalén como ciudad real, sus asuntos fueron cada vez más prósperos, por la providencia de Dios, que se cuidó de que mejoraran y aumentaran. 1 En la Guerra (VI, 10, 1) dice concretamente que Melquisédec, rey de Solima, cambió el nombre de la ciudad por el de Jerusalén (Hierosolima). Hiram, el rey de los tirios, le envió embajadores, e hizo con él un pacto de amistad y asistencia mutua. También le mandó pre- sentes, árboles de cedro y mecánicos, hombres hábiles en construcciones y arquitectura, para levantarle un palacio real en Jerusalén. David hizo construir edificios alrededor de la ciudad baja, y unió con ella la ciudadela formando un solo cuerpo. Lo rodeó de murallas y puso a Joab a su cuidado. Fué, pues, David, el primero que expulsó a los jebusitas de Jerusalén, y la llamó con su propio nombre, La Ciudad de David. En los tiempos de nuestro antepasado Abram se llamaba Solima1. Posteriormente alguien dijo que Homero la mencionó con el nombre de Solima; llamó al Templo con la palabra hebrea solima, que significa seguridad. El tiempo que transcurrió desde la guerra de nuestro general Josué contra los cananeos, y de la guerra en la que los derrotó distribuyendo la tierra entre los hebreos, sin que pudieran los israelitas expulsar a los cananeos de Jerusalén hasta que David la tomó sitiándola, fué en total de quinientos quince años. 3. Haré ahora mención de Oronas, un jebusita opulento que no fué muerto por David en el sitio de Jerusalén por la buena voluntad que demostró a los hebreos y por ciertos servicios que prestó al rey; más adelante usaré otra oportunidad más propicia para hablar de ello. David contrajo matrimonio con otras esposas además de las que ya tenía. También tuvo concubinas. Sus hijos eran once y se llamaban Amnón, Emno, Ebán, Natán, Salomón, Jebar, Elién, Falna, Enafér, Jena y Elifal; y una hija llamada Tamara. Nueve de aquéllos eran hijos legítimos; los dos últimos de concubinas. Tamara nació de la misma madre que Absalón. CAPITULO IV David derrota dos veces a los filisteos que atacan a Jerusalén 1. Enterados los filisteos de que David había sido hecho rey de los hebreos, marcharon contra él a Jerusalén. Se apoderaron del valle llamado de los gigantes, cerca de la ciudad, e instalaron allí su campamento. El rey de los judíos, que jamás se permitía hacer nada sin profecías, sin la orden de Dios y sin depender de él como garantía para lo futuro, pidió al sumo pontífice que le predijera cuál era la voluntad de Dios y cuáles serían los aconte- cimientos de la batalla. El sumo sacerdote le predijo que obtendría la victoria y el do- minio y David condujo a su ejército contra los filisteos. Entablada la batalla, cayó de improviso sobre la retaguardia del enemigo, mató a una cantidad y puso en fuga a los demás. Y no se crea que era un ejército pequeño el que habían llevado los filisteos contra los hebreos; por la rapidez con que fué derrotado, o porque no hicieron grandes acciones que merecieran ser registradas, no debe pensarse que fueron descuidados o que les faltó valor. Participaron del ejército toda Siria y Fenicia, y muchas otras naciones en pie de guerra. Habiendo sido derrotados tantas veces, perdiendo cada vez muchas decenas de millares de hombres, y cuando volvían a atacar a los hebreos lo hacían siempre con ejércitos más numerosos. Y volvieron una vez más contra David con un jército tres veces más grande que el anterior. El rey de Israel volvió a preguntar a Dios sobre las alternativas de la batalla. El sumo sacerdote le indicó que mantuviera al ejército en la selva llamada De los Lamentos, cerca del campamento enemigo, y que no se moviera ni comenzara la batalla hasta que los árboles del bosque se agitaran sin que hubiera viento. Cuando se agitaron, señal de que había llegado el momento predicho por Dios, salió sin demora y obtuvo una victoria que ya estaba preparada. Las diversas filas del ejército enemigo no lo resistieron, y se retiraron a la primera acometida; David los persiguió hasta la ciudad de Gaza (el límite de su país) ; luego volvió y saqueó el campamento, donde halló grandes riquezas, y destruyó sus dioses. 2. Después del feliz resultado de la batalla, David creyó con- veniente, consultándolo con los ancianos, los jefes y los capitanes de las milicias, enviar a buscar a los compatriotas de todo el país que estaban en la flor de la edad, a los sacerdotes y a los levitas, para dirigirse a Cariatiarima a sacar el arca de Dios de esa ciudad y transportarla a Jerusalén, donde la conservarían, ofreciendo ante ella los sacrificios y las honras que complacían a Dios. Si lo hubiesen hecho en el reinado de Saúl, no habrían sufrido tantas desventuras. Reunido el pueblo como lo habían resuelto, el rey se dirigió hacia el arca, que el sacerdote sacó de la casa de Aminadab, y la depositó en un carro nuevo, permitiendo a sus hermanos e hijos que la arrastraran junto con los bueyes. Delante marchaba el rey y toda la multitud del pueblo, cantando himnos a Dios y todas sus canciones habituales y así llevaron el arca a Jerusalén, entre los sones de los instrumentos musicales, trompetas y címbalos, danzando y entonando salmos. Al llegar a la era de Cidón, Ozas fué muerto por la ira de Dios; porque como los bueyes sacudían el arca tendió la mano para sostenerla. Como no era sacerdote y tocó el arca, Dios lo hirió de muerte. El rey y el pueblo quedaron muy afligidos por la muerte de Ozas; aquel sitio se llama desde entonces Quiebra de Ozas. Temeroso David de que si recibía el arca en la ciudad podría sufrir la misma suerte que Ozas, la llevó a la casa de un hombre justo, llamado Obedam, de familia levita, y la depositó allí. Quedó en ese sitio tres meses, durante los cuales hizo prosperar a la casa de Obedam y le confirió muchas bendiciones. Cuando el rey supo lo que le había ocurrido a Obedam, que de hombre pobre que era se había vuelto de pronto opulento y era la envidia de todos los que veían o preguntaban por su casa, y animado por la esperanza de que no sufriría desgracias, trans- firió el arca a su casa. La transportaron los sacerdotes, precedidos por siete compañías de cantores, preparados por el rey, y él mismo que tocaba el arpa y acompañaba la música. Cuando lo vió su esposa Mijal, la hija de nuestro primer rey Saúl, se echó a reír. Trajeron el arca y lo instalaron bajo el tabernáculo preparado por David y éste ofreció costosos sacrificios y ofrendas de paz. Luego convidó a toda la multitud, repartiendo a las mujeres, los hombres y los niños hogazas de pan, tortas, bizcochos de miel y porciones de los sacrificios. Hecho este festejo por el pueblo, lo despidió y él regresó a su casa. 3. Su esposa Mijal, la hija de Saúl, se presentó ante él y le deseó toda clase de felicidades y rogó a Dios que le concediera todo lo que podía darle cuando era favorable. Pero le reprochó el que un rey tan grande como él danzara de una manera tan in- decorosa, destapándose mientras bailaba, delante de los sirvientes y los esclavos. David respondió que no se avergonzaba de hacer lo que agra- daba a Dios, que lo había preferido a su padre y a todos los de- más, y que seguiría orando frecuentemente y danzando, sin fijarse en lo que pudieran pensar los sirvientes o ella misma. Mijal de la unión con David no tuvo hijos; pero cuando estuvo casada con aquel a quien se la había dado su padre (y fué entonces cuando David se la había quitado, llevándosela consigo), dió a luz cinco hijos. De esto ya hablaré en su momento oportuno. 4. Viendo el rey que sus cosas progresaban a diario, por la voluntad de Dios, pensó que sería ofenderlo si dejaba el arca en un tabernáculo, mientras él vivía en casas de cedro de gran altura magníficamente arregladas. Decidió construir un templo dedicado a Dios, como el que Moisés había predicho que se levantaría. Después de discutirlo con el profeta Natán, que lo animó a hacer lo que pensaba, puesto que Dios estaba con él y era su asistente en todo, se dispuso con más ánimo a edificar el templo. Pero aquella misma noche se apareció Dios a Natán y le ordenó decir a David que veía bien sus propósitos y sus deseos, ya que nadie había pensado anteriormente en levantarle un templo, pero que no se lo permitiría porque había hecho muchas guerras y estaba profanado con la matanza de los enemigos. Después de su muerte, que ocurriría cuando fuera viejo y hubiese vivido muchos años, el templo lo edificaría uno de sus hijos, que tomaría el trono después de él y se llamaría Salomón; a éste prometió asistirlo como un padre a un hijo, conservando el trono para los hijos de sus hijos, pero anunció que lo castigaría, si pecaba, con enfermedades y con la esterilidad de la tierra. Cuando el profeta le dió esa información, David, jubiloso al conocer la segura continuación de su dominio en su posteridad y al saber que su casa sería espléndida y famosa, se postró de cara frente al arca y comenzó a adorar a Dios y a agradecerle por to- dos sus beneficios, tanto por el de haberlo levantado de la baja condición de pastor a la gran dignidad del poder y la gloria, como por lo que le había prometido para su posteridad y por la pro. videncia que había ejercido con los hebreos dándoles la libertad de que gozaban. Luego cantó un himno de alabanza a Dios, y se retiró. CAPITULO V David hace un pacto de amistad con Hiram, rey de Tiro 1. Poco tiempo después consideró que debía hacer la guerra contra los filisteos, sin dejarse llevar por el ocio o la pereza, para probar lo que Dios le había predicho, o sea que una vez de- rrotados sus enemigos dejaría a su posteridad reinar en paz. Reunió al ejército y le ordenó que estuviera listo y preparado para la guerra; cuando juzgó que en sus fuerzas todo estaba en orden, salió de Jerusalén y se dirigió hacia los filisteos. Los derrotó, separó una buena parte de su territorio, y lo agregó al país de los hebreos; luego pasó a hacer la guerra a los moabitas. Victorioso de nuevo destruyó dos tercios de su ejército y tomó prisionero al tercio restante al que impuso un tributo anual. Luego marchó contra Adrazar hijo de Araos, rey de Sofen. Entablada la batalla junto al río Eufrates, mató a veinte mil hombres de infantería y siete mil de caballería. Tomó asimismo mil carros y destruyó la mayor parte de ellos, ordenando que sólo se conservaran cien. 2. Cuando Adad, rey de Damasco y de Siria, supo que David peleaba contra Adrazar, que era su amigo, fué a ayudarlo con un poderoso ejército. Entablada la batalla con David junto al Eufra- tes, fracasó en su propósito y perdió en la lucha gran número de soldados; fueron muertos veinte mil hombres del ejército de Adad, huyendo el resto. También Nicolás menciona a este rey, en el cuarto libro de su historia, donde dice: "Mucho después de ocurrir estas cosas, un hombre de ese país llamado Adad se hizo muy poderoso, y reinó en Damasco y otras partes de Siria, exceptuando a Fenicia. Hizo la guerra a David, rey de Judea, y probó fortuna en muchas batallas, la última de ellas junta al Eufrates, donde fué derrotado. Parece haber sido el mejor de sus reyes por su fuerza y su valor". Acerca de su posteridad dice que después de su muerte sus descendientes se fueron transmitiendo el trono y el nombre. Lo expresa de este modo: "Cuando murió Adad su posteridad reinó durante diez generaciones, recibiendo cada cual de su padre el poder y el nombre, como los ptolomeos en Egipto. El tercero fué el más poderoso de todos y quiso vengar la derrota sufrida por sus antepasados. Hizo una expedición contra los judíos y arrasó la ciudad que ahora se llama Samaria." No estaba equivocado; es aquel Adad que hizo la expedición contra Samaria, durante el reinado de Acab, rey de Israel. Al respecto hablaremos más adelante en el lugar correspondiente. 3. Después David hizo una expedición contra Damasco y el resto de Siria y los sometió, dejó guarniciones en el país, deter- minó que sus habitantes pagaran tributo, y regresó a su casa. En Jerusalén dedicó a Dios las aljabas de oro y las armaduras que llevaban los guardias de Adad. Más tarde el rey de Egipto Susac, que peleó con el nieto de David, Roboam, se llevó esos despojos junto con otras riquezas de Jerusalén. Pero estas cosas quedarán explicadas luego en el momento debido. En cuanto al rey de los hebreos, asistido por Dios, que le ase- guraba el triunfo en la guerra, hizo una expedición contra las mejores ciudades de Adrazar, Batea y Majón, las tomó por la fuerza y las de'rastó. Encontraron en ellas una gran cantidad de oro y plata, aparte del bronce que consideraban más valioso que el oro; este bronce fué el que usó Salomón, cuando construyó el templo para Dios, para hacer ese gran vaso llamado el mar y las curiosísimas palanganas. 4. Informado el rey de Amata de la desgracia de Adrazar y de la ruina de su ejército, temió por su propia suerte y resolvió hacer una alianza de amistad y fidelidad con David antes que éste lo atacara. Le envió a su hijo Adoram con el encargo de agradecerle por haber peleado contra Adrazar, que era su enemigo, y de ofrecerle un pacto de asistencia mutua y amistad. También le envió presentes, vasos de antigua hechura, de oro, plata y bronce. David aceptó la alianza de ayuda mutua con Teno (que era el nombre del rey de Amata), y recibió sus presentes; luego despi- dió a su hijo con los debidos homenajes de ambas partes. David dedicó a Dios los presentes, así como el resto del oro y la plata tomados en las ciudades que había conquistado. Pero Dios le procuraba triunfos y victorias no solamente cuando combatía y dirigía personalmente sus fuerzas; cuando envió contra Idumea un ejército mandado por Abeseo, hermano del general Joab, por la mano de ese teniente Dios le dió la victoria sobre los idumeos. Abeseo exterminó a dieciocho mil enemigos. El rey dejó guarniciones en todo el país y fijó tributos sobre la tierra y por cada habitante. David era justo por naturaleza y tomaba sus decisiones respe- tando la verdad. Tenía como general de todo su ejército a Joab. A Josafat hijo de Aquil lo nombró archivero, y a Sadoc, de la familia de Finees, que era su amigo, sumo sacerdote, junto con Abiatar. Hizo escriba a Sisa, y dió el mando de su guardia per- sonal a Banajas hijo de Joad. También estaban con él como cus- todios sus hijos mayores. 5. David no olvidó la alianza y los juramentos que lo habían ligado a Jonatás hijo de Saúl, y la amistad y el afecto que Jonatás le demostraba. Además de las excelentes cualidades de que estaba dotado, era sumamente atento con los que le habían hecho favores. Ordenó por lo tanto que se averiguara si quedaba algún miembro del linaje de Jonatás a quien pudiera devolver los beneficios que todavía debía a Jonatás. Le llevaron un hombre, librado por Saúl, que podía informarle, y le preguntó si conocía algún sobreviviente de la familia de Jonatás, a quien pudiera darle la recompensa por los favores que le debía. El hombre le respondió que había quedado un hijo, llamado Memfibost, pero que era cojo de ambos pies. Al enterarse la nodriza de que su padre y su abuelo habían caído en la batalla, se apoderó del niño y huyó con él y cuando huía se le cayó de la espalda y quedó cojo. David hizo averiguar dónde y en la casa de quién se estaba criando, y envió mensajeros a la casa de Majir, en la ciudad de Labata, con quien estaba el hijo de Jonatás, con orden de que lo trajeran a su presencia. Llegó Memfibost y se postró ante el rey. David lo animó diciéndole que tuviera valor y esperanza de tiempos mejores. Le dió la casa de su padre y todo el patrimonio que poseía su abuelo Saúl, y le pidió que comiera con él en la mesa sin faltar un solo día. El joven se arrodilló para agradecerle sus palabras y su generosidad. David llamó a Siba y le comunicó que había dado al joven la casa de su padre y el patrimonio de Saúl. Ordenó asimismo a Siba que le cultivara la tierra y le llevara el producido a Jerusalén. Además debía conducir a Memfibost todos los días a su mesa. David donó al joven a Siba y sus hijos, que eran quince, y a sus criados, que eran veinte. Hechas estas indicaciones, Siba se inclinó ante el rey, prometiéndole hacer todo lo que le había ordenado, y se retiró. El hijo de Jonatás vivió en Jerusalén, comiendo en la mesa del rey y recibiendo de éste los cuidados de un padre. Tuvo un hijo a quien puso el nombre de Mica. 1 1 Según la Biblia (2 Samuel, 10, 5), David manda decir a los enviados que se queden en Jericó hasta que les crezca la barba. CAPITULO VI La guerra con los amonitas y su feliz conclusión 1. Esos fueron los honores que recibió de David el que había quedado vivo del linaje de Saúl y Jonatás. En aquella época murió Naas, rey de los amonitas, que era amigo de David. Lo sucedió en el trono su hijo y David le envió embajadores con sus condolencias, exhortándolo a sobrellevar con resignación la muerte de su padre y ofreciéndole mantener con él la misma amistad que lo había unido con su padre. Pero los principales de los amonitas tomaron de mala manera el mensaje, contrariamente a las buenas intenciones de David. Excitaron al rey contra David, diciendo que había mandado espías al país para averiguar sus fuerzas, pretextando un acto de gentileza. Le aconsejaron que tuviera cuidado y no diera crédito a las palabras de David, para no ser engañado por él y caer en una inconsolable calamidad. El hijo de Naas, rey de los amonitas, creyó que sus dignatarios decían la verdad e injurió torpemente a los embajadores. Les hizo afeitar la mitad de la barba y cortar la mitad de la ropa y los envió de vuelta sin más respuesta que este acto ultrajante. El rey de los israelitas se indignó y manifestó que no pasaría por alto ese trato injurioso y ofensivo; haría la guerra a los amo- nitas y vengaría en el rey el perverso atentado cometido contra sus embajadores1. Los parientes y comandantes del rey amonita, comprendiendo que habían violado la alianza y podían ser casti- gados por ese motivo, hicieron preparativos de guerra. Enviaron 2 El nombre de la ciudad no figura en la Biblia. mil talentos a Siro, rey de Mesopotamia, tratando de inducirlo a aliarse con ellos por esa paga, y otro tanto al de Suba. Estos reyes tenían veinte mil hombres de a pie. Contrataron además al rey Amalec y a un cuarto rey de nombre Istob; juntos tenían doce mil hombres de armas. 2. A David no le preocupó esa confederación, ni las fuerzas de los amonitas. Poniendo su confianza en Dios y en la justicia de la guerra que iba a emprenderse por la injuria recibida, envió inmediatamente contra ellos a Joab, el capitán de su ejército, dándole la flor de sus-fuerzas. Joab instaló el campamento frente a Rabat, la capital de los amonitas2. El enemigo salió en formación de combate, no en un solo conjunto sino en dos cuerpos separados. Los ayudantes se desplegaron en la llanura, mientras que los amonitas lo hacían en las puertas frente a los hebreos. Viendo esto Joab opuso a la estratagema otra estratagema; eligiendo a los más robustos de sus hombres los puso delante del rey Siro y los reyes que estaban con él, y dió la otra parte a su hermano Abiseo, ordenándole que los pusiera frente a los amonitas; y le dijo que si veía que los sirios presionaban y lo dominaban, ordenara a sus tropas que acudieran en su ayuda. Añadió que él haría lo mismo, si lo veía en apuros con los amonitas. Envió, pues, a su hermano, animándolo a actuar con valor y decisión, como cuadraba a los hombres que temían la deshonra, a luchar con los amonitas, mientras él caía sobre los sirios. Aun- que opusieron al principio una fuerte resistencia, Joab mató a muchos de ellos y obligó al resto a emprender la huída. Viéndolo los amonitas, y temiendo a Abiseo y su ejército, suspendieron la lucha e imitando a sus auxiliares huyeron a la ciudad. Derrotado el enemigo, Joab volvió jubiloso a Jerusalén a in- formar al rey. 3. La derrota no indujo a los amonitas a sosegarse, ni a reco- nocer la superioridad de sus adversarios; enviaron a buscar a Calamas, rey de los sirios, al otro lado del Eufrates, y lo contra- taron como auxiliar. Sabec era capitán de su ejército, con ochenta mil hombres de a pie y diez mil de a caballo. Cuando el rey de los hebreos supo que los amonitas habían reunido de nuevo un ejército tan grande, resolvió no delegar más el mando en sus generales; él mismo pasó el Jordán con todo su ejército, encontró al enemigo, entabló batalla y lo venció, ma- tando mil de sus soldados de a pie y siete mil de los de a caballo. Hirió asimismo a Sabec, el general de las fuerzas de Calamas, que murió de la herida. El pueblo de Mesopotamia, se rindió a David y le envió presentes. David al llegar el invierno regresó a Jerusalén. Al comenzar la primavera envió a Joab, capitán de su ejército, a combatir con los amonitas; Joab invadió y devastó el país y encerró al enemigo en su capital, Rabat, a la que puso sitio. 1 La historia de David y Betsabé figura en la Biblia en el 2° libro de Samuel (11, 2 y sig.) y no se repite luego en lag Crónicas. CAPITULO VII David se enamora de Betsabé y mata a su marido Uría, por lo que es reprobado por Natán 1. Pero David incurrió en un gravísimo pecado, aunque siem- pre había sido un hombre justo y piadoso y observaba firmemente las leyes de nuestros antepasados. Una tarde mientras miraba en derredor desde la terraza de su palacio real, donde solía pasear a esa hora, vió una mujer que se estaba bañando con agua fría en una casa vecina. Era de extraordinaria belleza, superior a la de todas las mujeres. Se llamaba Betsabé1. Seducido por la belleza de la mujer y no pudiendo refrenar sus deseos, envió a buscarla y se acostó con ella. La mujer quedó embarazada y avisó al rey, instándolo a que buscara algún medio de ocultar su pecado. (Porque de acuerdo con las leyes de sus antepasados el pecado de adulterio se castigaba con la muerte.) El rey mandó a buscar al lugar del asedio al escudero de Joab, que era el marido de la mujer; se llamaba Uría. El rey lo interrogó acerca del ejército y del sitio. Obtenida en respuesta la información de que todo salía en la medida de sus deseos, el rey tomó varias porciones de carne de su cena y se las dió, ordenán- dole que fuera a su casa a reunirse con su esposa y a acostarse con ella. Pero Uría no lo hizo, y durmió cerca del rey con los demás escuderos. Informado el rey, le preguntó por qué no se había ido a su casa, a reunirse con su mujer después de tan larga ausencia, como acostumbran a hacer todos los hombres cuando regresan de un largo viaje. Uría respondió que no era justo que descansara y se solazara con su mujer cuando sus camaradas y el general de su ejército dormían en el suelo, en el campamento, en territorio enemigo. El rey le ordenó entonces que se quedara allí esa noche, para que al día siguiente pudiera enviarlo a reunirse con su general. Luego el rey lo invitó a cenar y con habilidad y destreza lo hizo beber hasta que quedó embriagado; a pesar de lo cual se quedó a pernoctar junto a la puerta del rey, sin deseos de ver a su mujer. El rey quedó sumamente irritado y escribió a Joab ordenándole que castigara a Uría, porque lo había ofendido, y le sugirió de qué modo podría hacerlo para que no descubriera que él era el autor del castigo. Le encomendó que lo enviara a la parte donde el ataque al ejército enemigo sería más accidentado y donde pudiera ser abandonado ordenando a los soldados que se retiraran. David escribió la carta, la selló con su sello y se la dió a Uría para que se la entregara a Joab. Éste la recibió y la leyó y ente- rado del propósito del rey, situó a Uría en el lugar donde sabía que la resistencia enemiga sería más difícil de vencer. Le dió varios de los mejores soldados del ejército y le dijo que iría personalmente a ayudarlo con todo el ejército si lograban abrir una brecha en la muralla y penetrar en la ciudad. Añadió que lejos de estar desconforme debía sentirse satisfecho de que le diera la oportunidad de afrontar una misión tan peligrosa, porque era un valiente soldado apreciado por su bravura por el rey y sus compatriotas. Uría asumió la tarea con decisión, y Joab ordenó privadamente a sus compañeros que si veían salir al enemigo lo dejaran solo. Cuando los hebreos llevaron un ataque contra la ciudad, los amonitas, temerosos de que el enemigo escalara la muralla y entrara en la ciudad precisamente en el sitio donde había sido apostado Uría, pusieron a sus mejores soldados al frente y abriendo las puertas repentinamente cayeron sobre el enemigo con gran vehemencia. Frente al ataque los acompañantes de Uría retrocedieron, de acuerdo con las instrucciones de Joab; pero Uría, no queriendo huir y abandonar el puesto, hizo frente al enemigo recibiendo la violencia de la arremetida; mató a muchos de ellos pero fué ro- deado y muerto, junto con algunos de sus compañeros. 2. Joab envió mensajeros al rey con orden de decirle que había hecho todo lo posible por tomar rápidamente la ciudad, pero que al llevar un ataque contra las murallas fueron obligados a retirarse con grandes pérdidas. Encargó a los mensajeros que si veían al rey enojado, añadieran que Uría también había muerto en el encuentro. El rey recibió el mensaje muy mal y dijo que habían cometido un error al asaltar las murallas, en lugar de minarlas y usar otras estratagemas de guerra, olvidando el ejemplo de Abimélec hijo de Gedeón, que quiso tomar la torre de Tebas por la fuerza y fué muerto por una piedra arrojada por una vieja; aunque era un hombre de grandes hazañas, murió ignominiosamente por la manera inconveniente de llevar el asalto. Añadió que debían re- cordar el accidente y no acercarse a las murallas del enemigo, porque el mejor método de hacer la guerra con buen éxito era tener presentes los antecedentes de las guerras anteriores y las consecuencias de los casos peligrosos similares. Estando el rey en ese estado de ánimo, los mensajeros le dijeron que Uría también había caído muerto, y se aplacó. Ordenó a los mensajeros que volvieran y dijeran a Joab que esa desgracia era natural en la vida humana y que la guerra era así y tenía sus accidentes. A veces el enemigo obtiene buen éxito y otras veces no. Ordenó que siguiera ocupándose en el asedio y evitando nuevos percances en lo sucesivo; y que levantaran baluartes y usaran máquinas en el sitio de la ciudad. Y que cuando la tomaran, la arrasaran hasta los cimientos y exterminaran a todos los que estaban en ella. Los mensajeros se apresuraron a llevar el recado del rey a Joab. Betsabé, informada de la muerte de su esposo, lo lloró du- rante muchos días. Pasado el duelo, y secas las lágrimas que de- rramó por Uría, el rey la tomó por esposa, naciendo luego un hijo. 3. Dios no quedó complacido con ese matrimonio; enojado, por el contrario, con David, aparecióse en sueños al profeta Natán y 1 Se refiere a Absalón, pero la Biblia no especifica que sería un hijo; dice "daré tus mujeres a tu prójimo". (2 Samuel, 12, 11). se quejó de la conducta del rey. Natán era un hombre sincero y prudente, y considerando que cuando se apodera de los reyes una pasión su ímpetu los guía más que la justicia, resolvió ocul- tar las amenazas de Dios, y hablarle de buena manera. Para eso pidió al rey que le diera su opinión sobre el siguiente caso: Había una vez dos hombres que habitaban en la misma ciudad; uno era rico y el otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ganado, ove- jas y vacas, y el pobre no tenía más que una sola ovejita, a la que había criado junto con sus hijos, haciéndole comer junto con ellos y sintiendo por ella el mismo afecto que puede sentirse por una hija. Un día que llegó un extranjero a visitar al rico, éste no quiso que se matara ninguno de sus animales y para festejar a su amigo mandó a buscar la ovejita del pobre, se la quitó, la aderezó y convidó con ella al extranjero. El discurso perturbó sobremanera al rey, quien declaró que el hombre capaz de hacer eso era un perverso; debía devolver la oveja cuadruplicada y hasta merecía que se le diera muerte. Natán le dijo inmediatamente que él era el hombre que debería sufrir esos castigos, de acuerdo con su propia sentencia, porque él era el que había perpetrado ese horrible crimen. Le reveló en seguida que Dios estaba irritado. Él lo había hecho rey del ejército de los hebreos y señor de todas esas numerosas y grandes naciones que los rodeaban; lo había librado de las manos de Saúl y le había dado todas las esposas con las que había contraído matrimonio legal y justamente. Ahora David lo había despreciado y afrentado tomando la esposa de otro hombre a quien había expuesto al enemigo, para hacerlo asesinar. Dios lo castigaría por esa maldad; sus mujeres serían forzadas por uno de sus hijos1, quien conspiraría contra él, y aunque él había cometido su perversidad en secreto, el castigo le sería infligido públicamente. -Además -agregó-, el niño que te dará morirá pronto. Perturbado el rey por esos mensajes y muy confundido, dijo, con lágrimas y pesar, que había pecado (porque era sin disputa un hombre piadoso y sin ningún pecado en toda su vida, salvo el de aquel asunto de Uría). Dios se compadeció y se reconcilió con él, y prometió que le conservaría la vida y el trono, porque, dijo, viendo que se había arrepentido de lo que había hecho, ya no estaba disgustado con él. Natán le comunicó esa profecía y se retiró. 4. Sin embargo Dios envió una grave enfermedad al niño de David que dió a luz la esposa de Uría. Perturbado el rey, no probó alimento alguno durante siete días, a pesar de la insistencia de sus servidores. Se vistió de negro y se tiró al suelo envuelto en un saco, rogando a Dios por la recuperación del niño, porque amaba vehementemente a la madre. Al séptimo día el niño murió y los sirvientes no se atrevieron a decírselo a David; suponían que si cuando el niño estaba en- fermo se había mostrado tan afligido y apesadumbrado, ahora que había muerto se negaría no sólo a ingerir alimentos sino también a tomar otros cuidados por su persona. Pero cuando el rey advirtió que los sirvientes estaban perturbados y parecían afectados, como si quisieran ocultar algo, comprendió que el niño había fallecido. Llamó a uno de los sirvientes y al confirmarle su suposición, se levantó, se puso ropa blanca y entró en el taber- náculo de Dios. Luego ordenó que le sirvieran de comer, sorprendiendo grandemente a sus parientes y criados; no lo había hecho cuando el niño estaba enfermo y lo hacía ahora que estaba muerto. Después de pedirle permiso para formularle una pregunta, le pidieron que les dijera la razón de su conducta. David los llamó torpes y les explicó que mientras vivía tenía esperanzas de que mejorara, e hizo todo lo que era apropiado, pensando que de ese modo volvería propicio a Dios; pero después de muerto el niño, la pena era inútil y sin objeto. Todos encomiaron la sabiduría y la inteligencia del rey. Luego se unió con su mujer Betsabé, que concibió y dió a luz un hijo; por orden del profeta Natán lo llamaron Salomón. 5. Joab puso en un grave aprieto a los amonitas asediados cortándoles el agua y privándolos de abastecimientos para la subsistencia; no tardaron en sufrir hambre y sed, porque dependían de un solo pozo, pequeño, de agua, del que no se permitían beber libremente para no agotarlo. Joab escribió al rey informándolo de la situación e invitándolo a que fuera a tomar personalmente la ciudad para asumir el honor de la victoria. El rey aceptó, alabando la buena voluntad y fidelidad de Joab, y seguido por su guardia personal se presentó a completar la destrucción de Rabat. Después de tomarla por asalto la entregó a los soldados para que la saquearan. David por su parte tomó la corona del rey de los amonitas, que pesaba un talento de oro y tenía en el centro una piedra preciosa llamada sardónice, y con la que en adelante ciñóse siempre la cabeza. Halló asimismo en la ciudad muchos otros vasos espléndidos y de gran valor. En cuanto a los hombres los hizo morir en las torturas; y cuando tomó por la fuerza las demás ciudades de los amonitas las trató de la misma manera. CAPITULO VIII Absalón mata a Amnón, que violó a su propia hermana, y es desterrado y luego vuelto a llamar por David 1. Cuando el rey regresó a Jerusalén cayó una triste desgracia sobre su casa, con la siguiente ocasión: David tenía una hija, virgen aún y de una belleza que sobrepasaba a las mujeres mejor dotadas. Se llamaba Tamara y era de la misma madre que Absalón. Amnón, el hijo mayor de David, se enamoró de Tamara; no pudiendo satisfacer su deseo, debido a que la doncella, siendo virgen, estaba custodiada, cayó en la desesperación, adelgazó y perdió el color. Un tal Jonatás, pariente y amigo de Amnón, hombre de extraordinaria inteligencia y aguda sagacidad, descubrió la pasión que lo consumía. Advirtiendo que día a día Amnón se ponía más delgado, le pidió que le dijera la causa, aunque él ya había adivinado que debía de ser un mal de amores. Amnón le confesó que estaba enamorado de una hermana de él, del mismo padre. Jonatás le sugirió de qué manera y con qué recursos podría lograr su deseo. Lo indujo a que se fingiera enfermo y que pidiera a su padre que le enviara a su hermana para cuidarlo, seguro de que de ese modo mejoraría. Amnón se acostó en su cama y se fingió enfermo, como le había indicado Jonatás. Cuando fué a verlo el padre y le preguntó cómo estaba, le pidió que le enviara a su hermana. Accedió David y ordenó que fuera llevada a su presencia. Llegó Tamara y Amnón le pidió que le hiciera bizcochos con sus propias manos, porque así los comería con más gusto. La joven amasó la harina delante de su hermano, le hizo biz- cochos y se los ofreció. Amnón se negó a probarlos y ordenó a los criados que hicieran salir a todos los que estaban en el cuarto, porque deseaba descansar, libre de ruidos y alborotos. Cumplida la orden, pidió a su hermana que le llevara la cena a la sala interior, y cuando lo hizo, Amnón la tomó en sus brazos y trató de persuadirla de que se acostara con él. -No -exclamó la doncella-, no me fuerces, hermano, y no cedas a la maldad transgrediendo las leyes y acarreándote el oprobio. Refrena tu injusta e impura lujuria que sólo reproches y desgracias traerá a nuestra casa. Le aconsejó, para eludir momentáneamente la pasión de su hermano, que le hablara al padre al respecto, que indudablemente se lo permitiría. Amnón no cedió e inflamado de amor y enceguecido por la vehemencia de su pasión, violó a su hermana. Pero en cuanto hubo satisfecho su lujuria, le tomó inmediata- mente odio y con palabras de reproche le ordenó que se levantara y se marchara. Replicó la mujer que el ultraje de ahora era más injurioso que el anterior, porque después de haberla violado ni siquiera ld" permitía quedarse hasta la noche y la mandaba salir de día, a plena luz, con el testimonio de su vergüenza. Amnón ordenó entonces a los criados que la echaran de la casa. Dolorosamente apenada por la injuria y la violencia de que había sido objeto, se rasgó la túnica (antiguamente las vírgenes llevaban un ropaje suelto atado a las manos y caído hasta los tobillos, para que no se viera el vestido interior), y echándose ceniza en la cabeza salió a la ciudad llorando y lamentándose. Acertó a encontrarla su hermano Absalón, quien le preguntó qué le había ocurrido. Ella se lo contó y Absalón la consoló pidiéndole que se tranquilizara y no considerara la corrupción de su hermano como una injuria. Tamara aceptó su consejo y dejó de gritar y de descubrir a la multitud su deshonra. Luego vivió durante mucho tiempo con su hermano Absalón como viuda. 2. Cuando David lo supo se apenó por el acto de Amnón, pero como sentía por él extraordinario afecto, porque era su hijo mayor, no lo castigó. Absalón, en cambio, que lo odiaba, esperó una oportunidad propicia para vengar el crimen. Dos años después del atentado inicuo sufrido por su hermana, Absalón se dispuso a hacer la esquila de sus ovejas en Belsefón, ciudad de la tribu de Efraím, y rogó a su padre y a sus hermanos que fueran a festejarlo con él. David se negó, no queriendo ser una carga para él, y Absalón insistió en que por lo menos le enviara a sus hermanos. Absalón encargó entonces a sus sirvientes que cuando vieran a Amnón embriagado por el vino y adormecido y cuando reca- baran una señal de él, lo mataran sin temer nada. 3. Así lo hicieron, tal como se lo habían mandado. Los demás hermanos atónitos y temiendo por sus vidas, montaron a caballo y regresaron a la casa de su padre. Pero alguien se adelantó e informó al rey que todos sus hijos habían sido asesinados por Absalón. Agobiado de dolor por la pérdida de sus hijos y por el hecho de que hubieran recibido la muerte a manos de otro hijo, David no preguntó la causa, ni quiso averiguar nada, lo que hu- biera sido razonable frente a una desgracia tan grande y tan increíble, y rasgándose los vestidos se tiró al suelo a llorar la pérdida de sus hijos. Jonatás, el hijo de su hermano Sam, le rogó que no se en- tregara al dolor hasta ese punto, porque no encontraba motivo para creer que todos sus hijos habían sido asesinados; sólo en cuanto a Amnón podía caber la duda, porque Absalón probable- mente había querido vengar la ofensa que infirió a su hermana Tamara. En ese momento se oyó un gran ruido de caballos y tumulto de gente que venía. Eran los hijos del rey, que habían huido de la fiesta. El padre les salió al encuentro y los abrazó llorando, desolado a pesar de encontrarse de nuevo con los que no había esperado ver después de haber sido informado de su muerte. Todos gemían y sollozaban, los hijos por el hermano y el rey por el hijo que había perdido. Absalón, por su parte, huyó a Getsura, donde era rey su abuelo por parte de su madre, y se quedó allí tres años. 4. Pasados con el tiempo los efectos de su enojo, David quiso que Absalón volviera, no para ser castigado sino para estar con él. Fué sobre todo Joab, el capitán del ejército, el que lo persuadió de que lo mandara llamar. Joab contrató a una mujer de edad para que fuera a ver al rey vestida de luto, y le dijera que dos de sus hijos habían disputado ásperamente, llegando finalmente a pelear entre sí; cayó herido uno de ellos que luego murió. La mujer le pedía ahora al rey que interviniera para salvar al otro hijo, a quien sus parientes querían matar porque había dado muerte a su hermano, y no la privara del apoyo que esperaba de él en su vejez. Si impedía que lo mataran, le haría una gran merced; sólo el temor al rey podía hacerlos desistir de sus propósitos. El rey le dió su consentimiento y la mujer replicó: -Debo darte las gracias por tu bondad al compadecerte de mi vejez y evitarme la pérdida del único hijo que me quedaba; pero para asegurarme de tu favor, te ruego que te reconcilies primeramente con tu propio hijo y le retires tu enojo. Porque, ¿cómo podré convencerme de que realmente me concediste esa gracia si mantienes tu cólera contra tu hijo? Sería injusto añadir voluntariamente otra muerte al sacrificio de tu hijo, cometido sin tu consentimiento. El rey comprendió que la pretendida historia era una estra- tagema de Joab; al confirmar su sospecha interrogando a la mujer, mandó llamar a Joab y le dijo que había logrado lo que se había propuesto, y le ordenó que trajera a Absalón porque ya se le había disipado el enojo. Joab se prosternó ante el rey escuchando con júbilo sus pala- bras, y se trasladó inmediatamente a Getsura, de donde volvió a Jerusalén con Absalón. 5. Pero el rey envió un mensaje a su hijo antes de que llegara ordenándole que se retirara a su casa, porque por el momento no estaba dispuesto a recibirlo. Obedeciendo la orden de su padre, Absalón se abstuvo de presentarse ante el rey, y vivió atendido por su familia. La belleza de Absalón no sufrió menoscabo, ni por el pesar ni por la falta de los honores que suelen recibir los hijos de los reyes; seguía sobresaliendo a todos los hombres en estatura y prestancia y tenía mejor aspecto que los que vivían con lujo; sus cabellos eran tan espesos que con dificultad se lo cortaban cada ocho días; pesaban doscientos siclos, que equivalen a cinco minas. Absalón vivió en Jerusalén dos años y fué padre de tres hijos y una hija; ésta era de gran belleza y luego se casó con ella Roboam hijo de Salomón, dándole un hijo llamado Abiá. Absalón mandó a buscar a Joab y le pidió que le hiciera las paces por completo con su padre y que le consiguiera permiso para ir a verlo y hablarle. Como Joab no se cuidó de cumplir su pedido, Absalón mandó a varios de sus criados a prender fuego a un campo vecino de la casa de Joab. Joab fué a ver a Absalón y le reprochó lo que había hecho y le preguntó la causa de su conducta. -Me pareció una buena estratagema -respondió Absalón-, para traerte aquí, ya que no te ocupaste en satisfacer mi pedido de reconciliarme con mi padre. Ahora que estás aquí, te ruego que lo pacifiques conmigo, porque considero mi presencia en esta ciudad más afrentosa que el destierro, mientras continúe el enojo de mi padre. Compadecido Joab de la desazón del joven, intercedió ante el rey. Habló con él y no tardó en ponerlo en favorable disposición para recibir a su hijo; David no tardó en mandar a buscar a Ab- salón. Cuando estuvo en su presencia éste se arrojó al suelo y le pidió perdón por sus ofensas. El rey lo levantó y le prometió olvidar lo que había hecho. CAPITULO IX La insurrección de Absalón contra David 1. Después de este buen éxito obtenido con el rey, Absalón se procuró, en bastante poco tiempo, un gran número de caballos y carros. Tenía además cincuenta escuderos que lo rodeaban. Diariamente se dirigía al palacio del rey, a hora temprana, y ha- blaba amablemente con los que iban a pedir justicia y perdían la causa, sugiriendo que si la habían perdido injustamente era porque el rey carecía de buenos consejeros, o quizá porque el juez había dado una sentencia equivocada; de este modo se ganaba su buena voluntad, y añadía que si él tuviese autoridad, impartiría justicia de manera más equitativa. Se hizo popular entre la multitud y cuando juzgó que tenía asegurada la buena voluntad del pueblo, cuatro años después de la reconciliación, fué a ver al padre y le pidió permiso para trasladarse a Hebrón a hacer un sacrificio a Dios, que había prometido ofrecer cuando huyó del país. David se lo concedió y Absalón se dirigió a aquella ciudad, donde se reunieron con él grandes multitudes a las que había mandado llamar. 2. Entre ellos estaba Ajitofel el gilonita, consejero de David, con doscientos hombres de Jerusalén, que ignoraban sus intenciones y habían acudido solamente por asistir al sacrificio. Valiéndose de esa estratagema Absalón se hizo proclamar rey por toda la multitud. Cuando la noticia llegó a oídos de David, quien se enteró de algo que no esperaba de su hijo, quedó espantado ante su acción impía y audaz; se extrañó de que Absalón, olvidando que sólo recientemente le había sido olvidada su ofensa, se lanzase a nue- vas empresas peores y más perversas, aspirando a un trono que Dios no le había dado, y despojando a su propio padre. 1 Según la Biblia, David dice a Sadoc que vuelva a la ciudad con Abiatar y los hijos de ambos (2 Samuel, 15, 27). Resolvió por lo tanto huir hacia el otro lado del Jordán. Reunió a sus más íntimos amigos y les comunicó las noticias sobre la locura de su hijo. Se encomendó a Dios, que juzgaría las acciones de ambas, y dejando el palacio real al cuidado de diez concubinas, partió de Jerusalén, voluntariamente acompañado por una numerosa multitud, que se empeñó en acompañarlo, y especialmente por aquellos seiscientos hombres que habían estado con él después de su primera huída en los tiempos de Saúl. A Abiatar y Sadoc, los sumos sacerdotes, que querían partir con él, lo mismo que a todos los levitas, los convenció de que se quedaran con el arca, esperando que Dios lo salvara sin necesidad de moverla de su lugar. Pero les recomendó que secretamente le informaran de todo lo que pasara. Tenía además consigo como fieles servidores a Aquimás y Jonatás, hijos de los pontífices Sadoc y Abiatar1. Eti el giteo fué también con él, aunque David no quiso llevarlo y trató de persuadirlo de que se quedara, demostrando Eti con ello que era su mejor amigo. Cuando subía descalzo el monte de los Olivos, seguido por toda su compañía que lloraba, le informaron que Ajitofel estaba del lado de Absalón y se encontraba con él. La noticia aumentó su pesar y pidió a Dios que hiciera perder a Ajitofel la confianza de Absalón, porque temía que lo hiciera seguir sus perniciosos consejos y sabía que era un hombre prudente y de previsión muy aguda. Al llegar a la cima de la montaña David miró la ciudad, y oró a Dios con abundantes lágrimas, como si ya hubiese perdido el trono. Allí fué donde lo encontró un fiel amigo de él, llamado Cus. David lo vio con sus ropas rasgadas y ceniza en la cabeza, y lamentándose por el cambio de la situación; lo consoló y lo exhortó a que refrenara su dolor, y finalmente le pidió que fuera a reunirse con Absalón como si fuera partidario de él, para ave- riguar sus recónditas intenciones y contradecir los consejos de Ajitofel; porque no podría serle tan útil estando con él que es- tando junto a Absalón. Aceptó aquél la indicación de David y partió a Jerusalén, adonde llegó Absalón poco después. 3. David avanzó un poco más y se encontró con Siba, el siervo de Memfibost (a quien había enviado a cuidar las posesiones que le dió a Memfibost, por ser hijo de Jonatás hijo de Saúl) ; Siba llevaba un par de asnos cargados de provisiones, y le pidió que tomara todo lo que él y sus acompañantes necesitaran. El rey le preguntó dónde había dejado a Memfibost; respondió que en Jerusalén, donde esperaba que a favor de la confusión presente, el pueblo lo proclamaría rey recordando los beneficios que Saúl le había conferido. Indignado por la traición el rey cedió a Siba todo lo que antes había acordado a Memfibost, juzgando que tenía más derecho a poseerlo que su amo. Por lo cual Siba se regocijó sobremanera. 4. Estando David en un lugar llamado Bacures llegó un pa- riente de Saúl de nombre Semei, hijo de Ger, que le arrojó pie- dras y le dijo palabras de reproche. Los amigos del rey rodearon a David para protegerlo y el hombre insistió en sus reproches, llamándolo sanguinario y declarándolo culpable de todos los males. Le ordenó que se fuera del país, por ser impuro y maldito y agradeció a Dios por haberle quitado el trono haciéndole aplicar, por la mano de su propio hijo, el castigo de las ofensas inferidas a su amo. Indignados y furiosos quedaron los que rodeaban al rey, y Abiseo quiso matar a Semei. David lo contuvo. -No aumentemos nuestros infortunios con uno más -dijo-. No me preocupa ese perro que me ladra; me someto a Dios, que mandó a este hombre para lanzarnos su furor. No es extraño que deba aguantar esas injurias, cuando sufro la misma impiedad de mi propio hijo. Pero quizá Dios se compadezca de nosotros, si su voluntad es que triunfemos. Prosiguió su marcha sin prestar atención a Semei, que corría por el otro lado de la montaña y lanzaba sin cesar su injurioso lenguaje. Al llegar al Jordán, David permitió a los que iban con él que descansaran, porque estaban fatigados. 5. Cuando llegaron a Jerusalén Absalón y su consejero Ajito- fel, con todo el pueblo, Cus se presentó ante él, le hizo una reve- rencia y le deseó que su reinado se prolongara a través de las edades. Absalón le preguntó por qué, siendo un amigo íntimo de su padre, a quien siempre le fué fiel, no estaba ahora con él y había venido en cambio a ponerse a su servicio. La respuesta de Cus fué muy oportuna y prudente. -Debemos seguir a Dios y a la multitud del pueblo; éste, señor y amo mío, está contigo; corresponde por lo tanto, que lo siga, porque tú recibiste el reino de Dios. Si me crees tu amigo, te de- mostraré la misma fidelidad y benevolencia que tú sabes he tenido siempre para con tu padre. No hay ningún motivo para no estar satisfecho con el presente estado de cosas, porque el trono no pasa a otros, queda en la misma familia, recibiéndolo el hijo después del padre. Estas palabras persuadieron a Absalón, que había sospechado de Cus. Llamó luego Absalón a Ajitofel y lo consultó sobre lo que debía hacer. El consejero le recomendó que se juntara con las concubinas de su padre. -Con ese acto -dijo-, el pueblo tendrá la certeza de que tu diferencia con tu padre es irreconciliable, y peleará con decisión contra él, porque por ahora todavía temen asumir una actitud de franca enemistad, por las dudas de que se reconcilien. Absalón aceptó el consejo y ordenó a sus sirvientes que le pu- sieran una tienda en la terraza del palacio real, delante de la multitud; y entró y se acostó con las concubinas de su padre. Todo lo cual ocurrió de acuerdo con la predicción de Natán, quien le profetizó el futuro atentado de su hijo. 6. Después de hacer lo que Ajitofel le había aconsejado, Absa- lón le volvió a pedir consejo acerca de la guerra con su padre. Ajitofel le pidió que le diera diez mil hombres elegidos y le pro- metió que mataría a su padre y traería de vuelta a los soldados sanos y salvos. Le aseguró que sólo podría afirmarse en el trono estando su padre muerto. 1 Anacronismo propio de Josefo. La Biblia (2 Samuel, 17, 13), dice "...con cuerdas la arrastraremos hasta el arroyo..." A Absalón le agradó el consejo, y llamó a Cus, el amigo de David (así lo llamaba), e informándole de la opinión de Ajitofel le preguntó cuál era la suya al respecto. Cus comprendió que si seguía el consejo de Ajitofel David correría peligro de ser apre- sado y muerto; y trató de presentar una opinión contraria. -Tú no desconoces, ¡oh, rey! -dijo-, la valentía de tu padre y de los que están con él. Hizo muchas guerras y siempre salió de ellas victorioso; ahora vive probablemente en el campamento, pero como es hábil en urdir estratagemas y en prever los engañosos ardides del enemigo, sin duda dejará a sus soldados por la noche y se ocultará en algún valle o tenderá una celada en una roca. Cuando nuestro ejército entre en batalla con sus fuerzas, éstas se retirarán al principio, para volver a atacarnos envalentonadas por la proximidad del rey. Entretanto tu padre aparecerá de improviso en medio del combate, infundiendo valor en su gente cuando estén en peligro y trayendo consternación en la tuya. Considera, por lo tanto, mi consejo, y razona, y si no puedes menos que reconocer que es el mejor, rechaza la opinión de Ajitofel. Reúne a todo el país de los hebreos y ordénale pelear contra tu padre, y tú toma personalmente el ejército, asume en esta guerra el puesto de general y no lo confíes a nadie más que a ti mismo. De este modo lo vencerás fácilmente, dominándolo abiertamente con sus pocos partidarios mientras que tú tendrás muchas decenas de miles de hombres deseosos de demostrarte su diligencia y decisión. Y si tu padre se encierra en alguna ciudad y sostiene el sitio, derribaremos la ciudad por medio de máquinas de guerra y de minas1. Dicho esto por Cus, su punto de vista prevaleció sobre el dé Ajitofel, porque Absalón prefirió su opinión a la otra. En realidad fué Dios mismo el que le hizo juzgar mejor el consejo de Cus. 7. Cus se dirigió apresuradamente a encontrarse con los su- mos sacerdotes Sadoc y Abiatar y les comunicó los consejos de Ajitofel y de él mismo, y de que se había resuelto seguir el de él. Les pidió que mandaran a avisar a David, comunicándole las de- cisiones adoptadas y rogándole que pasara sin demora el Jordán, 2 En el texto bíblico es un mozo quien los ve y avisa a Absalón (ibid, 17, 18). por las dudas de que su hijo cambiara de parecer, lo persiguiera y lo apresara antes de ponerse a salvo. Los sumos sacerdotes te- nían escondidos a sus hijos en un sitio adecuado fuera de la ciu- dad, preparados para llevar a David las noticias de lo que se hubiese resuelto. Enviaron a una criada de confianza a comunicarles las noticias de la resolución de Absalón, ordenándoles que se las llevaran a toda velocidad a David. Sin pérdida de tiempo, al recibir las instrucciones de sus padres como fieles y piadosos delegados, juzgaron que la rapidez sería la mejor expresión de fidelidad y se apresuraron a dirigirse hacia el lugar donde se hallaba David. Cuando estaban a dos estadios de la ciudad, varios jinetes los vieron2, e informaron a Absalón, que inmediatamente envió sol- dados a detenerlos. Al saberlo los hijos de los sumos sacerdotes abandonaron el camino y penetraron en una aldea llamada Ba- cures, donde pidieron a una mujer que los ocultara en algún sitio seguro. La mujer los hizo descender por medio de una cuerda a un pozo, que tapó con vellones de lana. Cuando llegaron los perseguidores le preguntaron si los había visto, no lo negó, pero agregó que se habían quedado con ella un tiempo, marchándose luego; y que si los seguían sin demora los apresarían. Después de buscarlos largo tiempo sin encontrarlos, los sol- dados se volvieron. Pasado el peligro de que fueran sorprendidos, la mujer subió a los jóvenes por medio de la cuerda y les indicó que siguieran su camino. Los jóvenes partieron a toda prisa y llegaron hasta donde se hallaba David, a quien informaron detalladamente de las decisiones de Absalón. David ordenó a los que estaban con él que atravesaran el Jordán en el transcurso de la noche, sin pérdida de tiempo. 8. Al serle rechazado su consejo, Ajitofel montó en su asno y se transladó a su ciudad de Gelmón. Allí reunió a su familia y les comunicó lo que había recomendado a Absalón, añadiendo que como éste no lo había escuchado, su caída se produciría induda- blemente dentro de poco tiempo; David lo derrotaría y volvería a ocupar su trono. Por lo tanto prefería quitarse la vida libre y 1 Mahanaim en la Biblia. valientemente, antes que exponerse al castigo que David le infli- giría por haberlo traicionado apoyando enteramente a Absalón. Dicho esto se dirigió a su alcoba y se ahorcó. Este fué el fin de Ajitofel, que se condenó a sí mismo. Sus parientes lo descolgaron de la cuerda y se ocuparon en su funeral. En cuanto a David, pasó el Jordán, como ya hemos dicho, y llegó a Campamentos1, una excelente ciudad muy bien fortificada. Los principales de la ciudad lo recibieron amistosamente, compadecidos por su desdicha y respetuosos por su prosperidad pasada. Eran ellos Berzeleo el galadita, Sifar, jefe de los amonitas y Maquir, el principal de Galaad. Le suministraron abundantes provisiones para él y sus partidarios, camas, mantas, hogazas de pan, vino. Les trajeron gran cantidad de ganado para carnear y les dieron los muebles que necesitaban. CAPITULO X Absalón es derrotado y muerto por Joab 1. Mientras David y sus partidarios pernoctaban allí Absalón, que había reunido un enorme ejército de hebreos para oponerlo contra su padre, pasó el Jordán, y se instaló cerca de Campamentos, en el país de Galaad. Nombró a Amasa capitán general del ejército, en lugar de su pariente Joab; el padre de Amasa era Jetrán y la madre Abigal, que igual que Saruia, la madre de Joab, era hermana de David. David contó sus partidarios, que eran unos cuatro mil, y resolvió no esperar a que Absalón lo atacara. Nombró capitanes de milicias y centurias, y dividió el ejército en tres partes: la primera la encomendó a Joab, la segunda a Abiseo, el hermano de Joab, y la tercera a Eti, el compañero y amigo de David que había ido de la ciudad de Gita. David quiso participar personalmente de la lucha, pero sus amigos no lo dejaron, fundándose en razones muy prudentes. Si somos derrotados estando él con nosotros, decían, perderemos todas las esperanzas de recobrarnos; en cambio si pierde la batalla una parte del ejército, las restantes pueden retirarse y reunirse con él y preparar una fuerza mayor. Además su ausencia haría suponer al enemigo, como es natural, que tiene otro ejército a su lado. Aceptando el consejo, David decidió quedarse en Campamentos. Despidió a sus amigos y comandantes pidiéndoles que demostraran la mayor decisión y fidelidad posibles, y que recordaran los beneficios que habían recibido de su mano, que aunque no muy grandes, tampoco fueron insignificantes. Les pidió también que perdonaran la vida al joven Absalón, para no acarrearse desgracias con su muerte. De este modo envió al ejército a la lucha, deseándole la victoria. 2. Joab dispuso su ejército en orden de batalla en la llanura, frente al enemigo, y delante de un bosque. Absalón también con- dujo su ejército al campo para hacerle frente. Entablóse la batalla y ambos bandos demostraron valor y decisión; uno exponiéndose a los mayores peligros y usando todo su empeño para que David recuperara su trono; el otro sin ceder ni en acción ni en sufrimiento, para que Absalón no fuera privado del reino y castigado por su padre por su desvergonzada tentativa. Los que eran los más numerosos se esforzaban para no sufrir la vergüenza de ser derrotados por el escaso número de los que seguían a Joab y sus comandantes; sería la peor desgracia que podría ocurrirles. Por su parte los soldados de David luchaban denodadamente para vencer a tantos millares de adversarios. Triunfaron los hombres de David, por ser superiores en fuerza y habilidad guerrera; persiguieron a los vencidos por bosques y valles, tomaron algunos prisioneros y mataron a muchos, más en la huída que en la batalla; ese día cayeron unos veinte mil hombres. Todos los soldados de David corrieron detrás de Absalón, fácilmente distinguible por su estatura y su belleza. Temeroso de que lo prendieran, Absalón montó en la mula real y huyó; pero al salir corriendo con gran prisa y violencia, se enredó los cabellos en las largas ramas de un árbol nudoso que se extendían sobre el camino, y quedó colgando de curiosa ma- nera. El animal, llevado por su impulso, siguió avanzando rápidamente como, si llevara siempre a su amo en el lomo; Absalón, colgado de las ramas, fué divisado por el enemigo. Uno de los soldados de David lo vió e informó a Joab. El general le prometió cincuenta siclos si mataba a Absalón de un lanzazo. -Jamás mataría al hijo de mi amo -replicó el soldado-, ni aunque me dieses mil siclos, sobre todo después de haberte encargado delante de todos nosotros que su vida fuera respetada. Joab le ordenó que le mostrara dónde había visto colgando a Absalón, le disparó una flecha al corazón y lo mató. Los escu- deros de Joab rodearon el árbol, descolgaron el cuerpo y lo arro- jaron en un gran pozo que estaba fuera de la vista, llenando luego la cavidad con una gran montaña de piedras, con lo que adquirió la dimensión y la apariencia de una tumba. Luego Joab tocó retirada, ordenando a sus soldados suspender la persecución del ejército enemigo, para no matar más compatriotas. 3. Absalón se había erigido una columna de mármol en el Valle del Rey, a dos estadios de Jerusalén, a la que había deno- minado La Mano de Absalón, diciendo que si sus hijos eran muertos su nombre quedaría en la columna. Tenía tres hijos y una hija, llamada Tamara, como dijimos antes, quien, al casarse con Roboam, nieto de David, tuvo un hijo llamado Abia, que sucedió a su padre en el reino. Pero de esto hablaremos en una parte más apropiada de nuestra historia. Después de la muerte de Absalón, cada cual regresó a su casa. 4. Ajimás hijo de Sadoc el sumo sacerdote, fué a ver a Joab y le pidió que le permitiera llevar a David la noticia de la victoria y comunicarle que Dios le había acordado su ayuda y provi- dencia. Joab no lo autorizó. -Tú que siempre has sido mensajero de buenas nuevas -le dijo -¿quieres ir ahora a informar al rey que ha muerto su hijo? Y le pidió que desistiera de su propósito. Llamó entonces a Cus y le encargó la misión de informar al rey de todo lo que había visto. Pero Ajimás insistió en que le permitiera hacer de mensajero, asegurándole que sólo le contaría lo referente a la victoria y se callaría lo de la muerte de Absalón. Joab lo autorizó. Ajimás tomó un camino distinto del que había seguido Cus y que sólo él conocía y llegó antes que aquél. David estaba sentado entre las puertas aguardando a que alguien llegara del campo de batalla a informarle sobre su desarrollo. Uno de los centinelas vió venir corriendo a Ajimás y antes de poder distinguir quién era anunció a David que llegaba un hombre corriendo; David manifestó que era un mensajero de buenas nuevas. Un rato más tarde el centinela le informó que detrás venía corriendo otro mensajero. El rey respondió que también ése era un buen mensajero. Cuando el centinela reconoció a Ajimás, que ya estaba cerca, comunicó al rey que era el hijo del sumo sacerdote Sadoc el que venía. David se alegró, diciendo que era portador de buenas noticias, de las que él quería conocer sobre la batalla. 1 O más bien, como dice la Biblia, a la sala (más alta) de la puerta (2 Sam. 18, 33). Recordemos que "David estaba sentado entre las puertas" (párr. 4), siendo las puertas de las ciudades amplios espacios donde solían instalarse, entre otras cosas, los tribunales de justicia (Cf. 2 Crónicas, 31, 2; Salmos, 9, 14; 127, 5, etc.). 5. Sobre estas palabras llegó Ajimás e hizo su reverencia al rey. Preguntado por éste sobre la batalla, respondió que le traía la buena nueva de la victoria y el triunfo. Interrogado sobre lo que podía decirle acerca de su hijo, replicó que había partido no bien derrotado el enemigo y que había oído un gran alboroto de los que perseguían a Absalón, pero que no se pudo enterar de nada por la prisa con que Joab lo había enviado a informar al rey de la victoria. Pero cuando llegó Cus, después de reverenciar al rey e infor- marle de la victoria, el rey le preguntó por su hijo. -Ojalá sufran todos tus enemigos la suerte que le cupo a Absalón -respondió Cus. Esas palabras no le permitieron ni a él ni a sus soldados cele- brar la victoria, aunque era grande. David subió a la parte más alta de la ciudad1 y lloró por su hijo, golpeándose el pecho, mesándose los cabellos, atormentándose de mil modos y gritando: "¡Hijo mío, ojalá hubiese muerto yo, terminando mis días contigo!" Era de naturaleza afectuosa y por aquel hijo tenía especial predilección. Al enterarse los soldados y Joab que el rey lloraba a su hijo, sintieron vergüenza de entrar en la ciudad con fausto de conquistadores, y lo hicieron apesadumbrados derramando lágrimas, como si hubiesen sido derrotados. Mientras el rey se velaba la cabeza y lamentaba dolorosamente la muerte de su hijo, Joab lo consoló diciéndole: -¿No adviertes, ¡oh, señor!, que echas un baldón sobre ti mismo con lo que ahora haces? Pareces odiar a los que te aman y arrostran peligros por ti; pareces odiarte a ti mismo y a tu familia, y amar a los que son tus acérrimos enemigos, y desear la compañía de los que ya no existen y que han sido justiciera- mente muertos. Si Absalón hubiese obtenido la victoria y se hubiese asentado firmemente en el trono, ninguno de nosotros habría quedado vivo. Todos nosotros, empezando por ti mismo y tus hijos, habríamos perecido miserablemente; y nuestros enemi- gos no llorarían, se regocijarían y castigarían incluso a los que se compadecieran de nuestra desgracia. Y tú no te avergüenzas de hacerlo tratándose de alguien que fué tu enconado enemigo y que, siendo tu propio hijo, se portó tan mal contigo. Deja, pues, tu injusto dolor y sal afuera a que te vean tus soldados, y dales las gracias por la decisión que demostraron en la lucha. Porque si continúas con esta actitud, yo mismo diré al pueblo que te abandone y que dé el trono a otro, y entonces te ocasionaré un dolor más amargo y más justificado. Con estas palabras Joab obligó al rey a abandonar su pena y lo llevó a la consideración de los asuntos. David se cambió de ropa y se presentó apropiadamente ante la multitud, sentándose en las puertas. Enterado el pueblo, se reunió y corrió a saludarlo. Este era el estado en que se hallaban las cosas de David. CAPITULO XI Recuperado el trono, David se reconcilia con Semei y con Siba, y demuestra gran afecto a Berzeleo; y al estallar una sedición nombra a Amasa capitán del ejército, para perseguir a Sabeo, siendo Amasa muerto por Joab 1. Los hebreos que habían estado con Absalón y habían esca- pado de la batalla, cuando volvieron a sus casas enviaron mensa- jeros a todas las ciudades para recordarles los beneficios recibidos de David y de la libertad que les había dado a costa de tantas y tan grandes guerras. Y se quejaban de que habiendo expulsado a David del trono para dárselo a otro gobernante, y habiendo muerto el otro gobernante a quien habían elevado, no rogaran a David que depusiera su enojo y volviera a concederles su amistad, reasumiendo como antes la atención de los asuntos y retomando el trono. Esa información llegó a oídos de David. No obstante, envió a los sumos sacerdotes Sadoc y Abiatar a que hablaran con los jefes de Judá y les dijeran que sería vergonzoso para ellos que permitieran a las otras tribus elegir de nuevo rey a David antes que su tribu, siendo ellos parientes y de la misma sangre. Mandó también que dijeran lo mismo a Amasa, el capitán de sus fuerzas, que aunque era hijo de su hermana no había persuadido a la multitud de que restableciera a David en el trono. Y le anunció que podía esperar de él no solamente la reconciliación, que ya se la concedía, sino también el mandoo supremo del ejército, que antes le había dado Absalón. Después de hablar con los jefes de la tribu diciéndoles lo que el rey les había ordenado, los sumos sacerdotes conversaron con Amasa, quien persuadió a la tribu que enviara inmediatamente embajadores para rogar a David que volviera al trono. Lo mismo hicieron los israelitas, incitados por Amasa. 2. Cuando los embajadores fueron a verlo, David se trasladó a Jerusalén. La tribu de Judá fué la primera que salió al encuentro del rey en el río Jordán. Semei hijo de Ger fué con mil hombres que trajo consigo de la tribu de Benjamín, y Siba, el liberto de Saúl, con sus quince hijos y veinte siervos. Todos ellos tendieron un puente sobre el río, para que el rey y los que estaban con él pudieran pasarlo fácilmente. En cuanto llegó al Jordán la tribu de Judá lo aclamó. Semei subió al puente, se arrojó al suelo y abrazándole los pies le rogó que le perdonara sus ofensas y no le guardara rencor ni tomara con él la primera medida severa de su nuevo poder, y considerara que se había arrepentido de su falta y había sido el primero en acudir a recibirlo. Mientras rogaba de ese modo al rey, moviéndolo a compasión, dijo Abiseo, hermano de Joab: -¿Con esto se libraría de la muerte este hombre, que maldijo al rey nombrado por Dios? David se volvió hacia él. -¿Nunca cejaréis, vosotros los hijos de Saruia? -dijo-. Os lo ruego, no promováis nuevos disturbios y sediciones entre nos- otros, ahora que terminó la otra. Porque no os ocultaré que hoy comenzaré a reinar y por eso juro perdonar a todos los ofensores sus castigos, y no me ensañaré con ninguno que haya pecado.. Por consiguiente, tú, Semei -agregó dirigiéndose a éste-, anímate y no temas que te castiguen con la muerte. Semei le hizo una reverencia y siguió marchando delante de él. 3. También Memfibost, el nieto de Saúl, fué al encuentro de David, vestido con ropas sórdidas y con el cabello crecido y descuidado. Después de la huida de David sintió tanta pena que no se cortó el pelo ni se hizo lavar la ropa, previendo las desven- turas que le tocaría sufrir con el cambio de la situación. Porque había sido injustamente calumniado ante el rey por su cuidador Siba. Después de hacer la reverencia al rey y saludarlo David le preguntó por qué no había salido de Jerusalén acompañándolo en la huída. Memfibost echó la culpa a Siba; cuando le ordenó que le preparara las cosas para partir, no lo obedeció y lo trató, en cambio, como si fuera un esclavo. -Si tuviese las piernas sanas y fuertes, no te habría desertado, las habría usado para huir. Pero eso no es toda la ofensa que me infirió, con respecto a mi deber para contigo, señor; además me calumnió, contándote mentiras de su invención. Pero sé que tu inteligencia no admitirá esas calumnias, sé que eres justo y amante de la verdad, y sé que es también voluntad de Dios que esta última prevalezca. Después de haber estado expuesto a los peores peligros por mi abuelo y cuando luego mi familia pudo haber sido, con razón, totalmente destruida, fuiste moderado y misericordioso, y olvidaste todas las injurias, precisamente cuando estabas en condiciones de castigarlas. Me consideraste tu amigo y me sentaste diariamente a tu mesa, y me trataste como al más estimado de tus parientes. David resolvió no castigar a Memfibost ni condenar a Siba, por haber traicionado a su amo. Le dijo que habiendo concedido todo su patrimonio a Siba por no haberse ido con él, ahora le prometía olvidarlo y ordenó que le fuera restituida la mitad del patrimonio. -Que Siba se lo lleve todo -repuso Memfibost-. Me basta con que hayas recobrado tu trono. 4. David pidió a Berzeleo el galadita, ese hombre grande y espléndido que le había llevado numerosas provisiones a Campa- mentos y lo había conducido al Jordán, que lo acompañara a Jerusalén, porque había prometido rodear su vejez de respeto y honores, atenderlo y mantenerlo. Pero Berzeleo quería vivir en su casa, y le rogó que lo disculpara. Su edad, le dijo, era demasiado avanzada para esos placeres; tenía ochenta años y estaba haciendo preparativos para su muerte y sepultura. Le pidió como único favor que lo despidiera; su edad no le permitiría gozar de su comida y su bebida, y sus oídos estaban demasiado cerrados para oír el sonido de las flautas, o las melodías de otros 1 Según la Biblia "diez partes" (2 Sam. 19, 43). instrumentos musicales, con los que se encantan los que viven en las cortes de los reyes. Ante su sincero pedido respondió el rey: -Te despido, pero déjame a tu hijo Aquimán, a quien colmaré de atenciones. Berzeleo le dejó a su hijo, hizo una reverencia al rey, le deseó que todos sus cosas salieran a la medida de sus deseos y regresó a su casa. David llegó a Galgala con casi la mitad del pueblo y la tribu de Judá. 5. Los principales hombres del país fueron a verlo a Galgala con una gran multitud, y se quejaron de que la tribu de Judá hubiese ido a verlo privadamente, debiendo haber ido todos juntos con la misma y única intención, de darle la bienvenida. Los jefes de la tribu de Judá les pidieron que no se disgustaran por eso. Ellos, añadieron, eran parientes de David; por eso le debían más afecto y solicitud, y fueron los primeros en salirle al encuentro. Les aseguraron que no por eso habían recibido ninguna dona- ción que pudiera desazonar a los que llegaran después. Los jefes de las demás tribus no se aplacaron con estas palabras de los prin. cipales de la tribu de Judá. -No podemos menos que extrañarnos, hermanos -dijeron-, al oíros decir que el rey es pariente vuestro solamente; el que recibió de Dios el poder sobre todos nosotros en común, debe ser estimado como pariente de todos nosotros, por cuya razón al con- junto del pueblo le corresponden once partes1 y a vosotros sólo una. Además nosotros somos más viejos que vosotros, por lo tanto no habéis hecho bien en dirigiros al encuentro del rey de esa manera privada y oculta. 6. Mientras los jefes disputaban entre sí, un hombre perverso que se complacía en practicar la sedición (se llamaba Sabeo hijo de Bocorías, de la tribu de Benjamín), entró en medio de la mul- titud y exclamó en voz alta: -¡A nosotros no nos corresponde ninguna parte de David, ni queremos nada del hijo de Isaí! Dicho esto hizo sonar la trompeta y declaró la guerra contra el rey. Todos abandonaron a David y lo siguieron, excepto la tribu de Judá, que lo instaló en su palacio real de Jerusalén. En cuanto a sus concubinas, con las que se acompañó su hijo Absalón, las trasladó a otra casa y ordenó a los que las cuidaban que les dieran todo lo que necesitaban, pero él nunca más se acercó a ellas. Nombró asimismo a Amasa capitán de las fuerzas, y le dió el mismo cargo elevado que había tenido Joab. Luego le ordenó que reuniera en la tribu de Judá el mayor ejército que fuera posible y se presentara ante él dentro de tres días; le entregaría entonces todo su ejército y lo enviaría a luchar contra el hijo de Bocorías. Amasa partió pero no se apresuró a reunir la fuerza encomen- dada y no volvió a los tres días. Dijo entonces David a Joab que no convenía demorar este asunto de Sabeo, para no darle tiempo a que reuniera un ejército numeroso y provocara mayores contratiempos y dañar las cosas más aún que el mismo Absalón. -No esperes más -dijo-, toma las fuerzas que tengas a mano, junto con ese cuerpo de seiscientos hombres, y que vaya tu her- mano Abiseo contigo; sal contra el enemigo y trata de derrotarlo. Apresúrate y adelántate a él, para evitar que tome algunas ciu- dades fortificadas y nos dé mucho trabajo y penas dominarlo. 7. Joab resolvió hacerlo sin pérdida de tiempo; llevando con- sigo a su hermano y aquellos seiscientos hombres y ordenando que lo siguiera el resto del ejército que se hallaba en Jerusalén, marchó a toda velocidad contra Sabeo. Cuando estaban cerca de Gabaón, que es una aldea situada a cuarenta estadios de Jeru- salén, Amasa, con un gran ejército, salió al encuentro de Joab. Joab llevaba coraza y espada al cinto. Cuando Amasa se acercó a saludarlo, con particular cuidado se arregló para que su espada se le cayera, al parecer espontáneamente. La levantó y se acercó a Amasa, y como si fuera a besarlo le tomó la barba con la otra mano mientras le hundía la espada en el vientre. Amasa cayó al suelo, muerto. Joab cometió ese acto impío y completamente repudiable con un hombre bueno, pariente de él, que jamás lo había ofendido; lo hizo sólo por celos, porque había sido designado comandante en jefe del ejército y tenía ahora el mismo grado de dignidad que él; por la misma razón había matado anteriormente a Abner. En aquella perversa acción la muerte de su hermano Asael, que simuló vengar, le dió un pretexto aceptable, justificando su crimen perdonable. Pero para el asesinato de Amasa no tenía ninguno. Después de matar al general, Joab persiguió a Sabeo, dejando un hombre junto al cadáver de Amasa, con la orden de proclamar a voces ante el ejército que había sido muerto justamente y obte- nido un merecido castigo. Y que si estaban con el rey, que siguie- ran a Joab su general y a Abiseo el hermano de Joab. Como el cuerpo estaba en medio del camino y toda la multitud corría a verlo y, como es habitual en las multitudes, se quedaban haciendo comentarios, el cuidador lo retiró de ese lugar y lo llevó a otro sitio alejado del camino, donde lo dejó cubierto con su ropa. Hecho esto, todo el pueblo siguió a Joab. Mientras perseguía a Sabeo por todo el país de Israel, alguien le dijo que el buscado se hallaba en una ciudad fuerte llamada Abelmaquea. Hacia allí se dirigió Joab, la rodeó, tendió una valla y ordenó a sus soldados que minaran las murallas y las derri- baran. Estaba indignado con los habitantes de la ciudad por no haberle permitido la entrada. 8. Una mujer de poca importancia pero sabia e inteligente, viendo a su ciudad al borde del abismo, subió al muro y por medio de los hombres armados llamó a Joab. Cuando éste se acercó le dijo la mujer: -Dios ordenó reyes y generales de ejércitos para suprimir a los enemigos de los hebreos y obtener para ellos la paz y la tran- quilidad; tú en cambio te empeñas en derribar y despoblar una urbe de los israelitas, que no ha cometido ningún delito. Joab protestó y rogó que Dios le siguiera siendo propicio. Ase- guró a la mujer que no quería hacer morir a ninguno de sus ha- bitantes y mucho menos destruir una ciudad tan grande como 1 Omite la designación de Ira el ¡aireo como jefe principal de David (2 Samuel, 20, 25). aquélla; si le entregaban a Sabeo hijo de Bocorías, que se rebeló contra el rey, abandonaría el asedio y retiraría el ejército. Oyendo estas palabras de Joab la mujer le pidió que suspen- diera momentáneamente el sitio, el tiempo suficiente para hacerle tirar por el muro la cabeza de su enemigo. Descendió y dirigiéndose a los ciudadanos les dijo: -¿Sois tan perversos que preferís morir miserablemente, con vuestras mujeres e hijos, por salvar a un ser vil a quien nadie conoce? ¿Lo aceptaréis como rey en lugar de David, que es vuestro gran benefactor, y opondréis vuestra ciudad a un ejército fuerte y poderoso? La mujer los convenció; cortaron la cabeza a Sabeo y la arro- jaron al campamento de Joab. El general del rey tocó entonces retirada y levantó el sitio de la ciudad. Cuando regresó a Jeru- salén fué nombrado nuevamente general de todo el pueblo. El rey designó asimismo a Banajas capitán de la guardia y de los seiscientos hombres, a Adoram encargado de los tributos y a Sa- batés y Aquilao para cuidar lor archivos. Nombró escriba a Susa y sumos sacerdotes a Sadoc y Abiatar1. CAPITULO XII Los hebreos son salvados del hambre mediante la venganza de los gabaonitas. Las grandes acciones de David contra los filisteos. Hazañas de los valientes que lo rodean 1. Posteriormente, cuando el hambre azotó gravemente al país, David rogó a Dios que se compadeciera del pueblo y le descubriera cuál era la causa de la aflicción y qué remedio se le podía aplicar. Los profetas respondieron que Dios haría vengar a los gabaonitas, a los que el rey Saúl mató a traición con tanta perversidad, sin observar el juramento que el general Josué y el senado le habían formulado. Si el rey permitía que se vengase a los que fueron muertos como lo quisieran los gabaonitas, Dios prometía reconciliarlos con ellos, librando a la multitud de sus desdichas. Enterado David de lo que buscaba Dios, envió a llamar a los gabaonitas y les preguntó qué era lo que querían. Respondieron que querían que les entregaran a siete hijos de Saúl, para casti- garlos. David los entregó, exceptuando a Memfibost hijo de Jona- tás. Los gabaonitas los recibieron y los castigaron como quisieron. Después de lo cual Dios comenzó a enviar lluvias y a devolver a la tierra la producción de sus frutos habituales, librándola de la sequía anterior; y el país de los hebreos volvió a florecer. Poco después el rey hizo la guerra a los filisteos; trabada la batalla, los puso en fuga y, muy fatigado, quedó aislado durante la persecución del enemigo. Lo vió un soldado contrario, llamado Acmón hijo de Arafos; era uno de los descendientes de los gigantes y tenía una lanza cuyo mango pesaba trescientos siclos, una cota de malla y una espada. Cuando lo vió se volvió y corrió violentamente para matar al rey de sus enemigos, que estaba dominado por el cansancio. De pronto apareció Abiseo, el hermano de Joab, protegió al rey con su escudo y mató al enemigo. La multitud quedó muy intranquila por el peligro que había corrido el rey. Y los jefes le hicieron jurar que no volvería a salir a la batalla con ellos, para que su valor y su osadía no les acarrearan una desgracia, privando al pueblo de los beneficios de que ahora gozaba por su intermedio y de los que podía gozar si vivía muchos años. 2. Enterado el rey de que los filisteos se habían reunido en la ciudad de Gazara, envió un ejército contra ellos. Allí Sobaquis el jeteo, uno de los hombres más valientes de David, mereció gran encomio por su comportamiento, porque mató a muchos de los que se jactaban que eran de la posteridad de los gigantes, tra- yendo la victoria a los hebreos. Después de esta derrota y a pesar de ella los filisteos volvieron a hacer la guerra. David envió un ejército a enfrentarlos y su pariente Nefán luchó en combate singular con el más robusto de los filisteos, y lo mató, poniendo en fuga a los demás. Muchos de ellos fueron muertos en la huída. Poco tiempo después los filisteos instalaron el campamento en una ciudad que estaba cerca de los confines del país de los hebreos. Había entre ellos un hombre que medía seis codos de altura y tenía en las manos y los pies un dedo más de los usuales. Un hombre peleó con él en combate singular y lo mató. Decidió con su acción la suerte de la batalla y ganó reputación de valiente. Aquel hombre también se había jactado de que era hijo de los gigantes. Pero después de este combate los filisteos no volvieron a hacer la guerra contra los israelitas. 3. Libre David de guerras y peligros, y gozando en lo futuro de una profunda paz, compuso himnos y canciones a Dios de distintos metros; algunos eran trímetros y otros pentámetros. Hizo también instrumentos musicales y enseñó a los levitas a cantar himnos a Dios, durante los días llamados del sabat y en otros festivales. Los instrumentos musicales estaban hechos del siguiente modo: la cinira era un instrumento de diez cuerdas que se tocaba con un plectro; la nabla tenía veinte notas musicales, y se tocaba con los dedos; los címbalos eran unos instrumentos anchos y grandes, que se hacían de bronce. Con esto será suficiente acerca de los instrumentos, para que el lector no desconozca completamente su naturaleza. 4. Todos los hombres que rodeaban a David eran valientes. Pero había treinta y ocho que eran famosos por sus acciones y sus hazañas; voy a relatar los hechos de sólo cinco de ellos, lo que será suficiente para poner de manifiesto las virtudes de los demás, porque todos fueron poderosos y capaces de someter países y conquistar grandes naciones. El primero era Jesaem hijo de Aquemeo, que solía saltar sobre las tropas enemigas y no dejaba de pelear hasta que derribara novecientos hombres. Después Eleazar hijo de Dodia, que estuvo con el rey en Arasán. Este hombre, una vez que los israelitas, consternados por la gran multitud de los filisteos, se dieron a la fuga, quedó solo, cayó sobre el enemigo y mató hasta que la espada se le quedó pegada a la mano por la sangre derramada; los israelitas, viendo que los filisteos se daban a la fuga, bajaron de las montañas y los persiguieron, y obtuvieron una famosa y sorprendente victoria; mientras tanto Eleazar mataba hombres y la multitud lo seguía y despojaba los cuerpos de sus muertos. El tercero era Cesabeo hijo de Il. Este hombre, cuando en la guerra contra los filisteos éstos instalaron el campamento en un lugar llamado Siagón y los hebreos, temerosos de nuevo ante la magnitud de su ejército, no les hicieron frente, luchó solo como si fuera un ejército; mató a algunos y persiguió a otros que no pudieron dominar su fuerza y su ímpetu. Eso fué lo que hicieron estos tres hombres. Una vez que el rey estaba en Jerusalén, y el ejército filisteo lo atacó, David subió a la cima de la ciudadela, como ya hemos dicho, para consultar a Dios acerca de la batalla; el campamento enemigo se hallaba en el valle que se extendía hasta la ciudad de Betlem, a veinte estadios de Jerusalén. -En mi ciudad hay un agua excelente -dijo David a sus com- pañeros-, especialmente la del pozo que está cerca de la puerta. Y afirmó que si alguien le trajera un poco de esa agua para beber, la apreciaría más que una gran suma de dinero. Lo oyeron los tres hombres, salieron corriendo inmediatamente, atravesaron el campamento enemigo, llegaron a Betlem, sacaron agua del pozo, volvieron a pasar por el campamento enemigo y le llevaron el agua al rey. Los filisteos, entretanto, sorprendidos por su audacia y su decisión, no se movieron ni hicieron nada, como si despreciaran su reducido número. Pero el rey no quiso probar el agua, porque, dijo, se la habían llevado sus hombres con peligro de sus vidas y no sería justo que la bebiera. La derramó ante Dios, y le agradeció la salvación de sus valientes. Después estaba Abiseo, el hermano de Joab, que en un solo día mató seiscientos soldados enemigos. El quinto de ellos era Banajas, de linaje sacerdotal; desafiado por eminentes hombres en el país de Moab, los venció por su valor. En otra ocasión lo retó un hombre de la nación de los egipcios, de gran corpulencia; lo afrontó desarmado y lo mató con su propia lanza; lo tomó por la fuerza, le arrebató las armas, mientras estaba vivo y peleando, y lo mató con ellas. Otra acción se puede añadir a las anteriores de este hombre, que supera o iguala a las restantes. Una vez que Dios había mandado nieve, un león resbaló y cayó en un pozo; la boca del pozo era estrecha y era evidente que moriría, encerrado por la nieve. No pudiendo salir del pozo la fiera comenzó a rugir. Banajas oyó el rugido, fué hacia allí, orientado por el ruido, bajó a la boca del pozo y lo hirió, luchando, con una estaca que allí había, y lo mató. Los otros treinta y tres guerreros de David eran tan valientes como éstos. CAPITULO XIII David hace contar a la población. El castigo 1. El rey David quiso conocer cuántos millares de personas había en el pueblo, y olvidando el mandamiento de Moisés que prescribía el pago de medio siclo por cabeza para Dios, cada vez que el pueblo era contado, ordenó a Joab, el capitán del ejército, que hiciera el recuento de la multitud. Aunque Joab opinó que no era necesario, el rey no se dejó convencer y dispuso que proce- diera sin demora. Joab llevó consigo a los jefes de las tribus y a los escribas y recorrió el país de los israelitas, anotando el número de personas que integraban la multitud. Regresó a Jerusalén después de nueve meses y veinte días, y entregó al rey las sumas obtenidas que no incluían a la tribu de Benjamín, no contada aún, ni a la tribu de Leví, porque ya para ese entonces el rey se había arrepentido de su pecado contra Dios. El número de los israelitas restantes era de novecientos mil hombres capaces de portar armas e ir a la guerra; la tribu de Judá tenía cuatrocientos mil hombres. 2. Cuando los profetas señalaron a David que Dios estaba enojado con él, comenzó a rogarle que fuera misericordioso y le perdonara su pecado. Dios le envió al profeta Gad, para propo- nerle que eligiera entre tres plagas la que mejor le pareciera: que hubiese hambre en el país durante siete años, que hubiese una guerra y fuese subyugado por el enemigo durante tres meses, o que Dios enviara peste y enfermedad a los hebreos durante tres días. Compelido a una penosa elección de grandes desdichas, David se sintió apesadumbrado y dolorosamente confuso. El profeta le dijo que debía imprescindiblemente elegir y le urgió a que lo hiciera sin demora, para poder anunciar a Dios su opción. El rey razonó que si pedía el hambre, podría suponerse que la pedía para los demás, sin riesgo para él, que tenía gran acopio de trigo; si optaba por ser derrotado durante tres meses, parecería que había elegido la guerra porque tenía hombres valientes y plazas fuertes y que por lo tanto no podía temer las consecuencias; eli- 1 Según la Biblia (2 Samuel, 24, 16), cuando Dios detuvo al ángel, éste se hallaba junto a la era de Arauna (Oronas). gió por lo tanto una aflicción que es común a los reyes y a sus súbditos, y en la que el miedo es igual en todas partes; y dijo que "era mejor caer en las manos de Dios que en las de sus enemigos". 3. Enterado el profeta, se lo comunicó a Dios, quien envió peste y mortandad a los hebreos; pero no todos murieron de la misma manera, ni era fácil conocer la enfermedad de que se tra- taba. La desdichada plaga tenía la misma acción, pero se llevaba sus víctimas con diez mil causas y ocasiones, cayendo sobre los afectados súbitamente. Algunos expiraban con grandes dolores y amargas penas, y otros eran consumidos por la enfermedad no quedando luego nada para sepultar. Algunos se sofocaban, y caían atacados por una súbita oscu- ridad; otros caían muertos mientras enterraban a un pariente, sin poder terminar los ritos fúnebres. Esta peste comenzó por la mañana y hasta la hora de comer habían muerto setenta mil personas. El ángel tendió la mano sobre Jerusalén, para desencadenar la misma terrible peste. David se puso un saco y tendiéndose en tierra rogó a Dios que hiciera cesar el mal y se contentara con las víctimas que habían muerto hasta entonces. Al alzar los ojos al cielo vió en el aire al ángel dirigiéndose a Jerusalén con la espada desenvainada. Dijo entonces a Dios que era justo castigar al pastor pero que las ovejas debían ser perdonadas, porque no habían pecado. E imploró a Dios que enviara su cólera sobre él y su familia, y salvara al pueblo. 4. Oyendo esta súplica Dios hizo cesar la peste y le envió al profeta Gad para ordenarle que fuera inmediatamente a la era de Oronas el jebusita a levantar un altar a Dios y ofrecer sacri- ficios1. Entonces David no demoró en cumplir su deber, dirigién- dose apresuradamente al lugar señalado. Oronas se encontraba aventando trigo y cuando vió al rey que se aproximaba con sus hijos, le salió corriendo al encuentro y le hizo una reverencia. Era de linaje jebusita pero tenía amistad con David y por esa causa éste no le hizo daño cuando derribó la ciudad, como hemos dicho anteriormente. 2 Josefo repite el precio que figura en Samuel. En Crónicas, en cambio, dice que David pagó a "Ornán" seiscientos siclos de oro (21, 26). Oronas preguntó a David a qué había ido el amo a la casa de su siervo. A comprarle la era, respondió el rey, para edificar un altar y ofrecer sacrificios a Dios. Oronas le dijo que le daba gratuitamente la era, con los arados y los bueyes para los holo- caustos, y rogaba a Dios que aceptara graciosamente su sacrificio. El rey replicó que le complacía su generosa magnanimidad y aceptaba su ofrecimiento, pero insistió en pagarle su precio, porque no era justo ofrecer un sacrificio que no cuesta nada. Oronas respondió que haría como él quisiera y David le compró la era por cincuenta siclos2. Erigió un altar, realizó un servicio divino, y ofreció un holocausto y ofrendas de paz. Dios con esto se aplacó y volvió a ser favorable. Aquel mismo sitio fué donde Abram había ido a ofrecer en holocausto a su hijo Isaac; cuando el joven estaba por ser dego- llado, apareció de pronto, junto al altar, un carnero al que Abram sacrificó en lugar de su hijo, como hemos relatado anteriormente. Viendo David que Dios había escuchado sus ruegos y aceptado graciosamente sus sacrificios, resolvió llamar a aquel sitio el altar de todo el pueblo y edificar un templo a Dios. Sus palabras se cumplieron posteriormente. Dios le envió al profeta y le dijo que su hijo, el que subiría al trono después de él, edificaría un templo a Dios en aquel lugar. CAPITULO XIV David hace preparativos para la construcción del Templo. Sublevación de Adonías. David nombra sucesor a Salomón 1. Después de esa profecía el rey ordenó que fueran contados los extranjeros, hallándose que sumaban ciento ochenta mil. David destinó ochenta mil para picapedreros y el resto para transportar las piedras, y puso tres mil quinientos para vigilar a los obreros. Preparó asimismo una gran cantidad de hierro y bronce para las obras, con muchos árboles de cedro, sumamente grandes, que les enviaron los tirios y los sidonios, a quienes había pedido provisión de madera. Y dijo a sus amigos que preparaba esas cosas para dejar listos los materiales con los que su hijo, el que reinaría después de él, levantaría el templo. De ese modo no tendría que buscarlos, a una edad en que le faltaría experiencia; teniéndolos preparados vería facilitada la tarea. 2. David llamó a su hijo Salomón y le encargó que cuando recibiera el trono levantara un templo a Dios. El mismo, le dijo, quiso edificar el templo, pero Dios se lo prohibió, porque estaba manchado de sangre y guerras. Pero le predijo que lo levantaría Salomón, un hijo suyo muy inteligente que sería llamado con ese nombre, y al que le prometió que lo cuidaría como un padre a un hijo. Le prometió también que haría feliz al país de los hebreos durante su reinado, dándole, entre otras cosas, paz, y librándolo de guerras y de sediciones internas, que es la mayor de las bendiciones. -Puesto -dijo-, que fuiste ordenado rey por Dios antes de nacer, trata de hacerte digno de su providencia, siendo poderoso, justo y valiente. Observa sus mandamientos y sus leyes, las que nos dió por medio de Moisés, y no permitas que nadie las viole. Empéñate con fervor en dedicar un templo a Dios, el que él pre- firió que fuera erigido durante tu reinado. No te asustes ante la magnitud de la obra, ni la mires con aprensión, porque te prepararé todas las cosas antes de morir. Y toma nota de que ya hay reunidos diez mil talentos de oro y cien mil talentos de plata. También aparté innumerable cantidad de bronce y hierro y un inmenso acopio de madera y piedras. Tienes, además, muchos millares de picapedreros y carpinteros; y si quieres algo más agrégalo tú mismo. Si cumples esta empresa serás aceptable para Dios y él te protegerá. David exhortó a los jefes del pueblo a que asistieran a su hijo en la construcción, y que luego, libres de desventuras, emplearan el tiempo libre en honrar a Dios. De este modo gozarían de paz y de una vida dichosa, con cuyas bendiciones Dios recompensa a los piadosos y justos. Ordenó además que cuando estuviese cons- truído el templo, depositaran en su interior el arca y los vasos sagrados, y les aseguró que habrían poseído un templo desde mucho tiempo atrás si sus antepasados no hubiesen descuidado los mandamientos de Dios, quien les había encargado que lo construyeran cuando estuvieran en posesión de esa tierra. Estas fueron las palabras que David dirigió a los gobernadores y a su hijo. 3 -David llegó a la vejez y su cuerpo, por el transcurso del tiempo, se volvió frío y entumecido; no lograba entrar en calor ni aunque se cubriera con numerosas cobijas. Los médicos se reunieron y coincidieron en aconsejar que una bella virgen, ele- gida entre todas las del país, durmiera junto al rey; la doncella le comunicaría calor y remediaría su entumecimiento. Encontróse en la ciudad una mujer de belleza superior a la de todas las mu- jeres (se llamaba Abesacé), que calentaba al rey con sólo acostarse a su lado, porque David estaba demasiado viejo para conocerla como un marido a su esposa. Pero de esta mujer hablaremos más adelante. 4. El cuarto hijo de David era un joven hermoso y alto, nacido de su esposa Agita. Se llamaba Adonías y abrigaba las mismas intenciones que Absalón. Adonías tenía la esperanza de ser rey, y declaró a sus amigos que debía hacerse cargo del gobierno. Preparó numerosos carros y caballos y cincuenta hombres que lo precedían. Su padre lo supo pero no lo reprobó ni refrenó sus propósitos, ni siquiera le preguntó las causas de su conducta. Adonías tenía como asistentes a Joab, el capitán del ejército, y a Abiatar, el sumo sacerdote. Las únicas personas que se le oponían eran el sumo sacerdote Sadoc, el profeta Natán, Banajas, el capitán de la guardia, Semeí, el amigo de David y los paladines del rey. Adonías organizó una cena fuera de la ciudad, cerca de la fuente que estaba en el jardín del rey, e invitó a todos sus hermanos excepto a Salomón; llevaba consigo a Joab, el capitán del ejército, a Abiatar y a los jefes de la tribu de Judá; pero no invitó a la fiesta a Sadoc, el sumo pontífice, ni a Natán el profeta, ni a Banajas, el capitán de la guardia, ni a ninguno del bando contrario. El profeta Natán informó a Betsabé, la madre de Salomón, anunciándole que Adonías era rey y que David no sabía nada; le aconsejó que para salvarse ella y su hijo fuera personalmente a comunicar a David que si bien él había jurado que Salomón reinaría después de él, entretanto Adonías se había apoderado del trono. Agregó que él iría luego a ver al rey, y confirmaría las palabras de Betsabé. De acuerdo con Natán, Betsabé fué a ver al rey, se inclinó ante él y después de pedirle permiso para hablarle, le dijo todo lo que Natán le había sugerido, refiriéndole que Adonías había hecho una fiesta, invitando al sumo sacerdote Abiatar, al general Joab y a los hijos de David, con exclusión de Salomón y sus amigos íntimos. Añadió que el pueblo tenía puestos los ojos en él, para saber a quién elegiría para rey. Le pidió, además, que tuviera en cuenta que cuando él partiría, Adonías, si era rey, la mataría a ella y a su hijo Salomón. 5. Mientras Betsabé hablaba, el guardián de las cámaras reales le anunció que Natán deseaba verlo. El rey ordenó que fuera introducido a su presencia. Natán entró y preguntó a David si había designado rey a Adonías entregándole el gobierno. -Adonías -dijo- preparó un espléndido banquete, invitando a todos los hijos del rey, menos a Salomón, así como también a Joab, el capitán del ejército; en este momento están festejando con aplausos y alegres sones de instrumentos, y brindando que su reinado dure para siempre. Pero no me invitó a mí, ni al sumo sacerdote Sadoc ni al capitán de la guardia, Banajas. Y es justo que el pueblo sepa si lo hizo con tu aprobación o no. El rey ordenó que llamaran a Betsabé, que había salido al entrar el profeta. Cuando entró Betsabé dijo David: -Juro por Dios todopoderoso que tu hijo Salomón será rey, como lo juré anteriormente, y que ocupará mi trono, hoy mismo. Betsabé le hizo una reverencia, deseándole larga vida; el rey mandó llamar al sumo pontífice Sadoc, y a Banajas el capitán de la guardia, y les ordenó que llevaran consigo al profeta Natán, que hicieran montar a su hijo Salomón en la mula real y lo llevaran fuera de la ciudad, a la fuente llamada Geón, y que allí lo ungieran con el óleo sagrado proclamándolo rey. Dió este encargo al sumo sacerdote Sadoc y al profeta Natán, y les ordenó que siguieran a Salomón por el centro de la ciudad, haciendo sonar las trompetas y deseando a voces "que el rey Salomón ocupe para siempre el trono real", para que todo el pueblo supiera que había sido ordenado rey por su padre, y que dieran a Salomón sabias recomendaciones acerca del gobierno, para que rigiera a toda la nación de los hebreos, y a la tribu de Judá, piadosa y justicieramente. Después de haber rogado Banajas a Dios que fuera propicio a Salomón, sin más demoras hicieron montar a Salomón en la mula, lo llevaron fuera de la ciudad hasta la fuente, lo ungieron con óleo y lo condujeron por la ciudad, aclamándolo y deseándole que su reinado durara mucho. Luego lo introdujeron en la casa del rey y lo hicieron sentar en el trono. El pueblo se entregó a manifestaciones de alegría y celebró un festival, bailando y divir. tiéndose al son de las flautas, hasta que la tierra y el aire se lle- naron con los ecos de los instrumentos musicales de la multitud. 6. Cuando Adonías y sus invitados percibieron ese ruido que- daron confundidos. Joab, el capitán del ejército, declaró que no le gustaban esos ecos, ni el resonar de esas trompetas. La cena quedó suspendida, nadie probó bocado, y todos se sintieron intri- gados acerca de lo que había ocurrido. Llegó entonces corriendo Jonatás, el hijo del sumo sacerdote Abiatar; Adonías lo recibió amablemente y lo llamó buen mensa- jero, y el joven le contó lo referente a Salomón y le comunicó la determinación del rey David. Adonías y sus invitados abandonaron apresuradamente la fiesta y huyeron cada cual a su casa. Adonías, temeroso por lo que había hecho, suplicó a Dios afe- rrándose a los cuernos que sobresalían del altar. Salomón fué informado de esa actitud de Adonías, y de que deseaba recibir seguridades de que olvidaría la ofensa que le había inferido y no lo castigaría severamente. Salomón le respondió con mucha suavidad y prudencia que le perdonaba la ofensa, pero que si era descubierto intentando otras innovaciones, nadie más que él sería el causante de su castigo. Envió a buscarlo, retirándolo del sitio de su súplica. Una vez en presencia del rey, se prosternó ante su hermano y recibió la orden de volver a su casa sin temor, pero que en lo sucesivo se portara como un hombre digno, para su propia conveniencia. 7. Deseoso David de confirmar a su hijo como rey de todo el pueblo, reunió a los jefes en Jerusalén, con los sacerdotes y los levitas. Los contó y halló un total de treinta y ocho mil cuya edad oscilaba entre los treinta y los cincuenta años. De ellos señaló veintitrés mil para ocuparse en la construcción del templo, seis mil como jueces del pueblo y escribas, cuatro mil para porteros de la casa de Dios y otros tantos para cantores, para cantar con los instrumentos que David había preparado, como ya dijimos. Además los dividió en series, y después de separar a los sacerdotes, resultaron estos últimos veinticuatro series, dieciséis de la casa de Eleazar y ocho de la casa de Itamar. Ordenó que cada serie oficiara a Dios durante ocho días, de sabat a sabat. Las series fueron distribuidas por sorteo en presencia de David, los sumos sacerdotes Sadoc y Abiatar y todos los jefes. La que salió primero fué anotada para el primer turno, y así sucesivamente hasta la vigésima cuarta; la división se sigue manteniendo hasta el día de hoy. Dividió también a la tribu de Leví en veinticuatro partes; echaron suertes y fueron distribuidas de la misma manera para servicios de ocho días. Honró asimismo a la posteridad de Moisés, haciéndola guardadora de los tesoros de Dios y de la donaciones ofrecidas por los reyes. Ordenó que toda la tribu de Leví, lo mismo que los sacerdotes, sirviera a Dios noche y día, como mandara Moisés. 8. Luego dividió al ejército en doce partes, con sus jefes, capi- tanes de centurias y tribunos. Cada parte tenía veinticuatro mil hombres, a los que se ordenó servir al rey Salomón treinta días por turno, del primero al último día del mes, con los capitanes de las milicias y los capitanes de las centurias. Nombró jefes para cada parte, a los que conocía como hombres buenos y justos. Nombró a otros para hacerse cargo de los tesoros, las aldeas, los campos y los animales; sus nombres no creo necesario mencio- narlos. 9. Después de llenar todos esos cargos de la manera referida, David llamó a los jefes de los hebreos, a los principales de las tribus, a los funcionarios de las diversas divisiones y a los nom- brados para cada actividad y cada posesión, y subiendo a una alta tribuna habló de este modo a la multitud: -Hermanos y compatriotas: Quiero haceros saber que me pro- puse edificar una casa para Dios, y preparé una gran cantidad de oro y cien mil talentos de plata; pero Dios, por medio del profeta Natán, me prohibió hacerlo, por las guerras que libré para vosotros, y porque mi diestra estaba profanada por la matanza de nuestros enemigos. Pero ordenó que mi hijo, que me sucedería en el trono, levantara el templo para Dios. Vosotros sabéis que de los doce hijos de nuestro antepasado Jacob, Judá fué señalado para ser rey, y que yo fui preferido a mis seis hermanos y recibí de Dios el poder, sin que ninguno de ellos lo tomara a mal; deseo ahora, por lo tanto, que mis hijos no se levanten el uno contra el otro, porque Salomón haya recibido el trono, y que lo reconozcan jubilosamente como señor, sabiendo que Dios lo eligió. Si cuando es ésa la voluntad de Dios se acepta y obedece a un jefe extranjero, debe ser ocasión para regocijarse cuando es un hermano el que ha obtenido esa dignidad, ya que los demás participan también de ella junto con él. Ruego que las promesas de Dios sean cumplidas, y que la felicidad que prometió conceder al rey Salomón para todo el país, persista para siempre. Esas promesas, hijo mío, quedarán firmes, y se cumplirán felizmente, si te muestras piadoso y justo y observas las leyes del país. En caso contrario, tu desobediencia te traerá la adversidad. 10. Dichas estas palabras el rey descendió, pero delante de todos dió a Salomón la descripción y el plan del edificio del Templo, de los cimientos y de las cámaras, inferiores y superiores, su número y sus dimensiones en alto y ancho. También determinó el peso de los vasos de oro y plata y lo instó 1 Y 7.000 de plata, según la Biblia. 2 Los levitas no figuran en la Biblia. 3 Daricos. encarecidamente a emplear la mayor decisión en la obra; exhortó también a los jefes, y particularmente a la tribu de Leví, a prestarle asistencia, tanto porque era joven como porque Dios lo había elegido para ocuparse en la erección del Templo y en el gobierno del reino. Les manifestó que la obra sería fácil, no muy laboriosa para ellos, porque había preparado para ella muchos talentos de oro y más aún de plata, lo mismo que madera, gran cantidad de carpinteros y picapedreros, y numerosas esmeraldas y otras clases de piedras preciosas. Y agregó que daría de sus propios bienes tres mil talentos de oro puro1, para el sanctasanctórum, la carroza de Dios y los querubines que cubrirían el arca. Cuando David terminó de hablar, los jefes y los sacerdotes y los levitas2 demostraron mucho entusiasmo, hicieron grandes promesas y aportaron su colaboración. Se comprometieron a traer cinco mil talentos de oro, diez mil estateras3 de oro, diez mil talentos de plata y muchos millares de talentos de hierro. El que tenía alguna piedra preciosa la llevaba y la donaba para ser agregada a los tesoros, de los que cuidaba Jal, descendiente de Moisés. 11. Todo el pueblo se regocijó, y especialmente David al ver el fervor y la iniciativa de los jefes y los sacerdotes y de todos los demás. Y comenzó a bendecir a Dios en voz alta, llamándolo padre y genitor del universo, autor de las cosas humanas y divinas, que ordenó y adornó, patrón y guardián de la nación hebrea y de su felicidad, y de ese reino que le había dado. Además oró por la felicidad de todo el pueblo, y pidió que su hijo Salomón fuera justo y virtuoso. Luego ordenó a la multitud que bendijera a Dios. Todos cayeron al suelo y lo adoraron. Y dieron gracias a David, por todas las bendiciones que de él habían recibido desde que subiera al trono. Al día siguiente presentó sacrificios a Dios, mil bueyes y otros tantos corderos, que ofrecieron en holocausto. También hicieron ofrendas pacíficas, e inmolaron muchos milla- res de sacrificios. El rey hizo fiesta todo el día, junto con todo el pueblo. Ungieron a Salomón por segunda vez con el óleo, nom- brándolo rey, y a Sadoc como sumo pontífice de toda la multitud. Luego condujeron a Salomón al palacio real y lo sentaron en el trono de su padre, y desde aquel día le prestaron obediencia. CAPITULO XV Los encargos que da David a su hijo Salomón, al aproxi marse la hora de su muerte, y las numerosas cosas que deja para la construcción del Templo 1. Poco después David cayó enfermo, por causa de su edad; percibiendo que estaba por morir, llamó a su hijo Salomón y le habló de esta manera: -Hijo mío, yo me iré a la tumba, a reunirme con mis padres; es el camino común a todos los hombres que existen ahora o que existirán en lo futuro, y del que no es posible retornar para conocer las cosas que se hacen en este mundo. Te exhorto, por lo tanto, en lo que me resta de vida y cerca ya de la muerte, lo mismo que te dije en mi anterior consejo, a que seas un hombre justo con los súbditos y piadoso con Dios, que te dió este reino; a que observes sus mandamientos y sus leyes, los que nos envió por medio de Moisés, y a que no permitas que la lujuria u otras pasiones te hagan descartarlos, ni por favor ni por adulación. Porque sin transgredes las leyes de Dios perderás su favor y te enajenarás su providencia en todas las cosas. Pero si te conduces como te corresponde y como te exhorto, conservarás el trono en nuestra familia, y ninguna otra casa gobernará a los hebreos, fuera de nosotros, por todas las edades. Pero no olvides las transgresiones de Joab, el capitán del ejército, que mató a dos generales por envidia, hombres justos y buenos, Abner hijo de Ner y Amasa hijo de Jetrán; tú vengarás sus muertes como te parezca mejor, ya que Joab fué más fuerte que yo y pudo escapar hasta ahora a su castigo. Te encargo asimismo al hijo de Berzeleo el galadita, a quien, por mi favor, concederás honores y cuidados; no le haremos ningún regalo tratándolo bien, sólo le pagaremos la deuda que tenemos contraída con su padre por lo que hizo conmigo en ocasión de mi huída. En cuanto a Semeí hijo de Ger, de la tribu de Benjamín, quien después de lanzarme muchos reproches, cuando, en mi huida, me dirigía a Campamentos, me salió luego al encuentro en el Jordán y recibió seguridades de que en ese entonces no sufriría ningún daño. Busca ahora alguna ocasión justa, y castígalo. 2. Después de dar estas recomendaciones a su hijo sobre los asuntos públicos, los amigos y aquellos que merecían castigo, David murió, habiendo vivido setenta años. Reinó siete años y seis meses en Hebrón, en la tribu de Judá, y treinta y tres años en Jerusalén en todo el país. Fué un hombre excelente, dotado de todas las virtudes que son deseables en un rey y en el que tiene a su cargo el cuidado de tantas tribus. De extraordinario valor, decidido y primero en todos los peligros cuando luchaba por sus súbditos, animaba a los soldados a la acción con su propia activi- dad, y luchaba junto con ellos en lugar de mandarlos despótica- mente. Hábil y muy inteligente en el manejo de los asuntos públicos, sabía apreciar las circunstancias presentes y prever las futuras. Era prudente, moderado, amable con los que sufrían, justo y hu- mano, que son buenas cualidades, particularmente convenientes para un rey. No cometió ninguna ofensa en el ejercicio de su gran autoridad, excepto en el asunto de la esposa de Uría. Dejó mayores riquezas que cualquier otro rey, ya sea de los hebreos o de cualquier otra nación. 3. Fué sepultado por su hijo Salomón, en Jerusalén, con gran magnificencia y con toda la pompa fúnebre que suele emplearse para enterrar a los reyes. Se inhumaron junto con él grandes e inmensas riquezas, de cuya vastedad puede dar fácilmente una idea el hecho siguiente: mil trescientos años después, cuando el sumo sacerdote Hircano fué sitiado por Antíoco hijo de Demetrio, al que llamaban el Pío, y quiso darle dinero para que levantara el asedio y retirara el ejército, como no tenía otro medio para conseguirlo, abrió una de las cámaras del sepulcro de David y sacó tres mil talentos; entregó una parte de esa suma a Antíoco, consiguiendo de este modo que levantara el sitio, como ya hemos informado al lector en otra parte. Más aún: posteriormente, muchos años después, el rey Herodes abrió otra cámara y se llevó grandes riquezas, y sin embargo ninguno de ellos llegó hasta los féretros de los reyes, porque los cuerpos fueron sepul- tados bajo tierra con tanta destreza que no se distinguía el sitio ni aun entrando dentro de los monumentos. Pero con esto será suficiente acerca de estos temas. LIBRO VIII Comprende un lapso de ciento sesenta y tres años CAPITULO 1 Salomón ocupa el trono y elimina a sus enemigos 1. Ya hemos hablado en el libro anterior de David y su virtud, de los beneficios que trajo a sus compatriotas, de sus guerras y batallas que manejó con buen éxito, y de su muerte al llegar a la vejez. Su hijo Salomón, que era muy joven, se hizo cargo del reino, siendo declarado por David, antes de su muerte, señor del pueblo por la voluntad de Dios. Ocupó el trono aclamado jubilo- samente por todo el pueblo, como es habitual en los comienzos de todo reinado, deseándole la multitud que todos sus asuntos tuviesen un fin feliz y que alcanzara una avanzada edad dentro de la mayor felicidad. 2. Adonías, que cuando vivía su padre había tratado de apo- derarse del gobierno, fué a ver a Betsabé, la madre del rey, y la saludó con gran cortesía. Ella le preguntó si necesitaba ayuda, y le pidió que se explicara, que gustosamente le daría su apoyo. Comenzó diciendo Adonías que, como ella bien lo sabía, el trono le correspondía a él, tanto por su mayor edad como por haberlo así dispuesto la multitud; pero como le fué transferido a su hijo por voluntad de Dios, estaba conforme con ser su siervo, y satisfecho con la situación, pero le rogaba que intercediera para que su hermano le diera en matrimonio a Abesacé, la que. había dormido con su padre, pero que, como su padre, por ser dema- siado viejo, no había tenido comercio con ella, seguía siendo virgen. Betsabé le prometió ayudarlo empeñosamente y tratar de que se realizara la boda; no dudaba que tendría buen éxito, porque el rey trataría de complacer a su hermano y porque ella lo presio- naría encarecidamente. Adonías se retiró esperanzado. La madre de Salomón fué a ver al rey para hablarle, como lo había prometido, acerca de la súplica de Adonías. Su hijo salió a recibirla, la abrazó y la llevó a la sala del trono, ordenando que se colocara otro trono a la derecha del suyo. Sentóse Betsabé y dijo: -Quiero pedirte un favor, hijo mío; concédemelo, para evi- tarme el disgusto que sufriría si me lo negaras. Salomón le rogó que le expresara su deseo ; él tendría el grato deber de acordarle todo lo que pidiera; y le reprochó amable- mente por no haber comenzado sus palabras con la confianza de obtener lo que deseaba, sino con la sospecha de una negativa. Betsabé le rogó entonces que permitiera a su hermano Adonías desposar a Abesacé. 3. El rey, vivamente indignado por esas palabras, despidió a su madre diciendo que Adonías tenía sin duda grandes pretensiones. Le extrañaba, añadió, que Betsabé no le pidiera que le cediera el trono, ya que era el hermano mayor y tenía amigos poderosos, como Joab el capitán del ejército y el sacerdote Abiatar. Llamó a Banajas, el capitán de la guardia, y le ordenó que diera muerte a su hermano Adonías. Luego llamó al sacerdote Abiatar y le dijo: -No te haré morir en consideración a la labor que cumpliste para mi padre, y porque llevaste el arca con él, pero te impongo el siguiente castigo, por haber sido partidario de Adonías: no seguirás aquí ni volverás a presentarte Jamás ante mi vista; te irás a tu ciudad y vivirás de tus campos, todo el resto de tu vida. Porque tu ofensa ha sido tan grande, que no es justo que retengas tu cargo. Por esa razón la casa de Itamar fué privada de la dignidad sacerdotal, como Dios había predicho a Eli, el abuelo de Abiatar. Fué transferida a la familia de Fineés, recibiéndola Sadoc. Los miembros de la familia de Finees, que vivieron como particulares durante el tiempo en que el sumo sacerdocio fué transferido a la casa de Itamar (de cuya familia Eli fué el primero en recibirla), fueron los siguientes: Bocias hijo de José, el sumo sacerdote; su 1 Texto probablemente alterado. 1 Reyes, 2, 31, dice que la "casa de David quedaría libre de la sangre derramada injustamente por Joab". hijo Jotam; el hijo de Jotam, Mareto; el de éste, Arofeo; el de Arofeo, Aquitob; y el hijo de Aquitob, Sadoc, que fué hecho sumo sacerdote por primera vez durante el reinado de David. 4. Enterado Joab, el capitán del ejército, de la muerte de Ado- nías, tuvo mucho miedo, porque era más amigo de él que de Salo- món. Sospechando, no sin razón, que corría peligro por su apoyo a Adonías, huyó al altar suponiendo que allí hallaría seguridad gracias a la piedad del rey. Informado el rey del propósito de Joab, envió a Banajas con orden de retirarlo del altar y condu- cirlo al tribunal para que hiciera su defensa. Joab declaró que no abandonaría el altar y que prefería morir allí y no en otra parte. Banajas llevó su respuesta al rey y Salo- món le ordenó que le cortara la cabeza allí mismo, como él quería, y como castigo por los dos capitanes del ejército a quienes había asesinado. Le ordenó que enterrara su cuerpo, para que sus pecados no abandonaran jamás a su familia, y que ni él, Salomón, ni su padre, fueran culpables de la muerte de Joab1. Banajas cumplió la orden y fué luego designado capitán de todo el ejército. El rey nombró a Sadoc único sumo sacerdote, en lugar de Abiatar, a quien había destituído. 5. En cuanto a Semei, Salomón le mandó que se construyera una casa y se quedara en Jerusalén, sin derecho a cruzar el torrente de Cedrón; si desobedecía la orden, recibiría en castigo la muerte. Lo amenazó terriblemente y lo obligó a jurar que obedecería la orden. Semei se declaró conforme y prestó el juramento requerido. Abandonó su ciudad y se instaló en Jerusalén. Pero tres años más tarde, al enterarse de que habían huído de su casa dos de sus siervos y se hallaban en Gita, fué apresuradamente a buscarlos, y regresó. Informado el rey, se sintió irritado de que hubiese desoído sus órdenes y, lo que era más grave, que no hubiese cumplido el juramento hecho ante Dios. Lo llamó y le dijo: -¿No juraste que jamás me dejarías, ni te trasladarías de esta ciudad a otra? Pero no escaparás al castigo de tu perjurio. Te castigaré, vil y perverso, por este crimen y por aquellos con los en tan alto grado que ningún otro mortal, ni rey ni hombre coque injuriaste a mi padre cuando huía. Así aprenderás que los perversos al final no ganan nada, aunque no sean castigados inmediatamente por sus maldades. Durante todo el tiempo en que creen sentirse seguros, porque no han sufrido pena, su castigo aumenta y es cada vez más pesado, y es mayor que si fueran castigados en seguida de haber cometido el crimen. Banajas, por orden del rey, mató a Semei. CAPITULO II Acerca de la sabiduría de Salomón, su ciencia y su piedad 1. Afirmado en su trono y castigados sus enemigos, Salomón casó con la hija del faraón rey de Egipto, edificó nuevas murallas para Jerusalén, mucho más grandes y fuertes que las anteriores y se dedicó a gobernar en paz y tranquilidad. Su juventud no le impidió practicar la justicia, observar las leyes, o cumplir los encargos que su padre le había dado antes de morir. Atendía todas sus obligaciones con una gran exactitud, propia de los hombres maduros y de gran prudencia. Salomón resolvió ir a Hebrón a sacrificar a Dios en el altar de bronce edificado por Moisés. Ofreció holocaustos en número de mil, demostrando su gran veneración por Dios; y aquella misma noche Dios se le apareció en sueños y le ordenó que le pidiera los dones que quisiera como recompensa por su piedad. Salomón le pidió lo más grande y de mayor valor, lo que a Dios más agrada acordar y lo que mejor aprovecha al hombre. No pidió oro ni plata, ni otras riquezas, como habría hecho naturalmente cualquier hombre, y más aún siendo joven, y que son las cosas estimados por la mayoría de los hombres como los únicos bienes valiosos y los mejores dones de Dios. Salomón, en cambio, dijo: -Dame, Dios mío, un juicio sano y buen entendimiento, para hablar y juzgar al pueblo con verdad y justicia. Dios quedó complacido con su petición y le prometió darle todas aquellas cosas que no había pedido, riquezas, gloria, victorias sobre los enemigos; y en primer término inteligencia y sabiduría, en tal alto grado que ningún otro mortal, ni rey ni hombre común, jamás lo haya tenido. También le prometió conservar el trono para su posteridad por mucho tiempo, siempre que siguiera siendo justo y obedeciera a Dios e imitase a su 1 El hijo de la segunda mujer nació, según la Biblia, al tercer día del nacimiento del hijo de la primera (1 Reyes, 3, 18). 1 Según la Biblia, Salomón sólo ordenó partir al niño vivo. padre en las virtudes que lo destacaron. Oyendo estas palabras de Dios, Salomón saltó de la cama y se prosternó ante él. Luego regresó a Jerusalén, ofreció grandes sacrificios frente al tabernáculo y festejó con toda su familia. 2. Por aquellos días se le presentó un caso complicado, al que no se le podía encontrar fácilmente solución. Creo conveniente explicar el hecho, para que aquellos que lean mis escritos conoz- can el difícil asunto que Salomón tuvo que encarar y para que, si se les presenta un problema semejante, puedan inspirarse en la sagacidad del rey para dictar sentencia más fácilmente en la cuestión que les sea sometida. Dos mujeres meretrices fueron a verlo, y la que pretendía ser la ofendida tomó primero la palabra. -Yo y esta mujer, ¡oh rey! -dijo- vivimos juntas en la misma habitación. Sucedió que ambas dimos a luz un hijo el mismo día y a la misma hora1; al tercer día esta mujer se acostó sobre su hijo y lo mató; tomó entonces a mi hijo de mi lado, cuando yo estaba durmiendo, se lo llevó consigo y depositó su hijo muerto en mis brazos. A la mañana siguiente, cuando quise darle el pecho a mi hijo, no lo encontré a mi lado, y vi junto a mí al niño muerto de esta mujer, al que reconocí examinándolo dete- nidamente. Reclamé mi hijo, y como no logré recuperarlo, acudo, señor, a tu ayuda. Como estábamos solas, y no había nadie que pueda desmentirla, insiste en su resuelta negativa de los hechos. Concluido el relato de la mujer, el rey preguntó a la otra qué tenía que alegar en oposición a su relato. La otra mujer negó la imputación que se le había hecho, afirmando que el niño vivo era el suyo y el de su antagonista el que había muerto. Nadie acer- taba con la sentencia que debía darse; la corte vacilaba, como si todos tuvieran el entendimiento enceguecido y no vieran la solu- ción del enigma. El rey, entonces, discurrió el siguiente medio para descubrir la verdad. Ordenó que trajeran a los dos niños, al muerto y al vivo; llamó a uno de los guardias y le mandó que sacara la espada y partiera en dos a los dos niños, para que cada mujer pudiese llevarse la mitad del vivo y la mitad del muerto1. Toda la gente rió en voz baja de ese rey adolescente. Pero la quejosa, que era la verdadera madre del niño vivo, lanzó un grito, pidiendo al rey que no lo hiciera, que entregara el niño a la otra mujer, porque a ella le bastaba con que el niño viviera y ella lo viera, aunque fuera considerado hijo de la otra. Esta, en cambio, declaróse conforme con que se dividiera al niño, para que sufriera tormento la primera mujer. Comprendiendo el rey por las manifestaciones de ambas mujeres cuáles eran sus verdaderos sentimientos, adjudicó el niño a la mujer que había gritado, porque era la verdadera madre, y condenó la perversidad de la otra, que no sólo había matado a su hijo, sino que había tratado además de que muriera también el de su amiga. El pueblo vió en esa resolución la prueba y señal de la sagaci- dad y la sabiduría del rey, y desde entonces lo miraron como a un hombre de inteligencia divina. 3. Los capitanes de los ejércitos y los funcionarios regionales designados para todo el país, fueron los siguientes: en la parte de Efraím, Ures; en la toparquía de Betlem, Dióclero; Abinadab, casado con la hija de Salomón, tenía bajo su mando la región de Dora y la costa marítima; la gran llanura estaba bajo el gobierno de Banajas hijo de Aquilo, que también gobernaba toda la zona que llegaba hasta el Jordán; Gabares gobernaba Galaad y Gaulanitis, y tenía bajo su mando sesenta grandes ciudades fortificadas; Aquinadab, casado también con una hija de Salomón llamada Basima, manejaba los asuntos de toda la Galilea, hasta Sidón; Banacates dirigía la región de la costa de Arce; Safates, el monte Itubrio, el Carmelo y la Galilea inferior hasta el río Jordán; a uno de ellos lo constituyó superior sobre todas las regiones. Semeis fué encargado de la parte de Benjamín; Gabarés dirigía el territorio de allende el Jordán. También aquí fué propuesto un solo gobernador. El pueblo de los hebreos, y particularmente la tribu de Judá, recibió un magnífico incremento cuando se dedicaron a la agri- cultura y el cultivo de la tierra; gozando de paz, sin ser distraídos por guerras y disturbios, y poseyendo con abundancia y amplitud la tan deseada libertad, cada cual se ocupaba en aumentar el producto de la tierra y hacerla más valiosa. 4. El rey tenía otros gobernadores que dirigían la tierra de Siria y de los filisteos, comprendida entre el río Eufrates y Egipto, y que cobraban los tributos de las naciones. Ellos suministraban para la mesa del rey y su comida, todos los días, treinta coros de harina flor y sesenta de harina común; además diez bueyes engordados, veinte bueyes de pasto y cien ovejas gordas; todo esto era aparte de lo que se tomaba en las cacerías, ciervos, búfalos, aves y peces, que todos los días traían al rey los extranjeros. Salomón poseía un gran número de carros, cuyos caballos guardaba en cuarenta mil caballerizas. Tenía doce mil jinetes, la mitad de los cuales residían cerca del rey, en Jerusalén; el resto se dispersaba fuera de la ciudad y vivía en las aldeas reales. El mismo funcionario que manejaba los gastos del rey suministraba el forraje de los caballos y lo llevaba al lugar donde se encontraba el rey. 5. La sagacidad y sabiduría que Dios concedió a Salomón eran tan grandes que sobrepasaba a los ancianos; no era en nada infe- rior a los egipcios, de quienes se decía que eran los más inteli- gentes del mundo, pero cuya sagacidad era evidentemente inferior a la del rey. También superaba Salomón en sabiduría a aquellos hebreos que eran en ese entonces eminentes por su perspicacia; me refiero a Etán, Emán, Calceo y Dardán, los hijos de Emaón. Compuso mil cinco libros de odas y canciones, tres mil de parábolas y similitudes; hizo una parábola sobre cada clase de árboles, desde el hisopo hasta el cedro; también sobre los animales y todos los seres vivos de la tierra, el mar o el aire, porque no ignoraba ninguna de sus características, ni dejaba de investigar acerca de ellas; los describía como un filósofo, revelando un exquisito conocimiento de sus diversas propiedades. Dios también lo capacitó para aprender el arte de expulsar a los demonios, ciencia útil y curativa de los hombres. Compuso encantamientos para aliviar las enfermedades y dejó la manera de usar los exorcismos mediante los cuales se alejan los demonios para que no vuelvan jamás. Este método curativo se sigue usando mucho entre nosotros hasta el día de hoy; he visto a un hombre de mi propia patria, llamado Eleazar, librando endemoniados en presencia de Vespasiano, sus hijos y sus capitanes y toda la multitud de sus soldados. La forma de curar era la siguiente: acercaba a las fosas nasales del endemoniado un anillo que tenía en el sello una raíz de una de las clases mencionadas por Salomón, lo hacía aspirar y le sacaba el demonio por la nariz. El hombre caía inmediatamente al suelo y él adjuraba al demonio a que no volviera nunca más, siempre mencionando a Salomón y recitando el encantamiento que había compuesto. Cuando Eleazar quería convencer y demostrar a los espectadores que poseía ese poder, ponía a cierta distancia una copa llena de agua o una palangana y ordenaba al demonio, cuando salía del interior del hombre, que la derramara, haciendo saber de este modo al público que había abandonado al hombre. Hecho esto quedaban claramente expresadas las habilidad y la sabiduría de Salomón. Por esas razones todos los hombres pueden conocer la vastedad de los conocimientos de Salomón y el cariño que Dios le tenía. Para que la superioridad del rey en todas las virtudes no sea desconocida por ningún hombre bajo el sol, es que hemos hablado tan extensamente de este tema. 6. Hiram, rey de Tiro, al enterarse de que Salomón había sucedido a su padre, se alegró mucho, porque era amigo de Da- vid. Le envió embajadores para saludarlo y felicitarlo por su ac- tual prosperidad. Salomón le contestó con una epístola, cuyo con- tenido era el siguiente: DE SALOMON AL REY HIRAM "Has de saber que mi padre quiso edificar un templo a Dios, pero se lo impidieron las guerras y las continuas expediciones; porque no cejó en derrotar a sus enemigos hasta que los obligó a todos a pagarle un tributo. Pero doy gracias a Dios por la paz de que gozo actualmente, y por esta razón tengo tiempo y me pro- pongo edificar una casa de Dios, porque. Dios predijo a mi padre que esa casa sería edificada por mí. Te pido, por lo tanto, que envíes algunos de tus súbditos junto con los míos a cortar madera en el monte Líbano, porque los sidonios son más hábiles que os nuestros para cortar árboles. En cuanto a los sueldos de los hacheros, pagaré el precio que tú indiques." 7. Hiram leyó la epístola con agrado y envió a Salomón la siguiente respuesta: DE HIRAM AL REY SALOMON "Dios debe ser alabado por haberte encomendado el gobierno de tu padre, a ti que eres un sabio dotado de todas las virtudes. En cuanto a mí, lo celebro y te serviré en todo lo que mandes; haré cortar una gran cantidad de troncos de cedro y cipreses y te los enviaré por mar; ordenaré a mis súbditos que hagan con ellos balsas y los manden al lugar de tu país que tú indiques, y los dejen allí; de ahí los tuyos podrán llevarlos a Jerusalén. Y tú procúranos trigo por esa madera, que nos hace falta, porque habitamos en una isla." 8. Las copias de esas epístolas las conservamos no sólo nos- otros en nuestros libros, sino también los tirios; el que quiera comprobar su exactitud, puede pedir que se las muestren a los guardadores de los archivos públicos de Tiro, y hallará que lo que allí se encuentra registrado coincide con lo que decimos. Estas palabras tienen por objeto hacer saber a mis lectores que no decimos más que la verdad; no hemos compuesto una historia con relatos más o menos plausibles, que engañan y complacen al mismo tiempo a los hombres, ni tratamos de eludir el examen, ni queremos que nos crean bajo palabra. Tampoco tenemos inmu- nidad para apartarnos de la verdad, cuya manifestación es el decoro de los historiadores, y quedar exentos de culpa. Pedimos que no se acepte lo que decimos a menos que podamos poner de manifiesto su exactitud demostrándola con las pruebas más categóricas. 9. Cuando recibió la epístola del rey de Tiro, el rey Salomón elogió la atención y buena voluntad que en ella expresaba, y le concedió lo que pedía, mandándole anualmente veinte mil coros de trigo y otros tantos batos de aceite. Cada bato contenía seten- ta y dos sextarios. Le envió asimismo la misma medida de vino. La amistad con Hiram y Salomón creció posteriormente cada vez más y ambos juraron mantenerla para siempre. El rey fijó al ueblo una contribución de treinta mil obreros, a los que facilitó la tarea dividiéndola hábilmente entre todos; dispuso que cortaran madera en el Líbano diez mil cada mes, los que luego descan- saban en sus casas dos meses, mientras cumplían su turno los otros veinte mil; de modo que les tocaba volver a cortar troncos cada cuatro meses. Adorara estaba a cargo de esa actividad. De los extranjeros que había dejado David había setenta mil dedicados a transportar piedras y otros materiales, y ochenta mil para cortar las piedras. De estos últimos tres mil trescientos dirigían a los restantes. Les ordenó que cortaran piedras grandes para los cimientos del Templo y que las prepararan y unieran en la montaña y se las trajeran de este modo a la ciudad. El trabajo lo hicieron no solamente los obreros de nuestro país, sino también los que mandó Hiram. CAPITULO III La construcción del Templo. Sus dependencias. 1. Salomón comenzó a construir el Templo el segundo mes del cuarto año de su reinado, mes que los macedonios llaman artemisos y los hebreos íar, quinientos noventa y dos años después del éxodo de Egipto, mil veinte años después de la partida de Abram de Mesopotamia a Canaán y mil cuatrocientos cuarenta años después del diluvio. Desde Adán, el primer hombre que fué creado, hasta que Salomón edificó el Templo, pasaron en total tres mil ciento dos años. El año en que comenzó la construcción era el undécimo del reinado de Hiram en Tiro; de la construcción de Tiro a la construcción del Templo trascurrieron doscientos cuarenta años. 2. El rey hizo poner los cimientos del Templo bien profunda- mente en el suelo, y mandó hacerlos con piedra fuerte que resis- tiera el rigor del tiempo; debían unificarse con la tierra y formar una base y un fundamento seguros para la estructura que se levantaría encima. Tenían que ser suficientemente fuertes para sostener con facilidad la vasta estructura superior y los valiosos ornamentos, cuyo peso no sería inferior al de aquellos otros edificios grandes y pesados que el rey determinó que fueran muy adornados magníficos. Todo el cuerpo del edificio fué levantado hasta el techo con piedras blancas; tenía sesenta codos de alto y el mismo largo, y veinte de ancho. Encima se erigió otro edificio, de iguales dimen- siones, de modo que la altura del Templo era de ciento veinte codos. El frente daba hacia el este. Delante del Templo constru- yeron el pórtico, de veinte codos de largo, armonizando con el ancho de la casa; tenía doce codos de anchura y su altura se elevaba a ciento veinte codos. Alrededor del Templo construyó treinta cuartos pequeños, que por estar juntos uno al lado del otro y por su número, encerraban el Templo en una muralla exterior unida. Ordenó hacer pasajes que los unían entre sí. Cada uno de esos cuartos tenía cinco codos de ancho y el mismo largo, y veinte de alto. Encima de ellos había otros cuartos, y otros encima de éstos, de iguales dimensiones y cantidad. En conjunto llegaban a la misma altura que la parte inferior de la casa; la parte superior no tenía edificios alrededor. El techo de la casa era de cedro. Cada uno de los cuartos tenía un techo propio que no se comunicaba con los demás. Pero en el resto había un techo común hecho con vigas larguísimas que pasaban por toda la construcción, de modo que las paredes inter- medias quedaban unidas y reforzadas por esas mismas vigas de madera. La parte del techo que estaba debajo de las vigas estaba hecha del mismo material, alisado y con placas de oro clavadas encima. Después de revestir las paredes con tablas de cedro, las recu- brieron con placas de oro esculpidas; todo el Templo relucía y el esplendor del oro que tenía en todas partes deslumbraba a los que entraban. La estructura total del Templo estaba hábilmente formada con piedras pulidas, unidas con junturas exactas y bien moldeadas, para no presentar al espectador señales de martillos u otros instrumentos de arquitectura; parecía como si todo el material se hubiese unido armónicamente, concordando las partes más bien naturalmente que por la fuerza de las herramientas. El rey tenía además, para ascender a los cuartos superiores del Templo, una escalera abierta en el espesor de la pared. Porque ese piso no tenía puerta grande al este, como la casa inferior, entrándose por los costados mediante pequeñas puertas. Recubrió además el Templo, por dentro y por fuera, con tablas de cedro, unidas con gruesas cadenas, recurso que servía a la vez de soporte y de refuerzo del edificio. 3. Después de dividir el Templo en dos partes, el rey hizo la casa interior de veinte codos para la cámara secreta, señalando la de cuarenta codos para el santuario. Abrió un vano en la pared intermedia y le puso puertas de cedro, cubriéndolas con una gran cantidad de oro y diversas incrustaciones. Puso cortinas delante de las puertas, con magníficas flores de jacinto, purpúreas y escarlatas, hechas de biso suavísimo y brillante. Instaló en el sanctasantórum, que tenia veinte codos de ancho e igual dimensión de largo, dos querubines de oro macizo de cinco codos de alto cada uno; tenían dos alas cada uno tendidas en una extensión de cinco codos. Salomón los puso uno cerca del otro, de modo que con un ala tocaban la pared austral de la cámara, y con la otra la septentrional; las otras dos alas, que se tocaban entre sí, cubrían el arca, instalada entre ellas. Pero nadie sabe, ni se imagina siquiera, qué forma tenían esos querubines. El piso del Templo lo cubrió con placas de oro. Agregó puertas a la entrada del mismo, proporcionadas a la altura de la pared. y de veinte codos de ancho, las que revistió con placas de oro. Y para decirlo en pocas palabras, no dejó una sola parte del Templo, interna o externa, sin cubrirla de oro. Tendió cortinas sobre esas puertas como había hecho con las puertas internas, con excepción del pórtico del Templo. 4. Salomón mandó a buscar a Tiro, al reino de Hiram, a un artífice llamado Ciram; era oriundo de la tribu de Neftali por parte de su madre (que pertenecía a esa tribu), pero su padre era Uria, del linaje de los israelitas. Hábil en toda clase de activi- dades, era principalmente diestro para trabajar el oro, la plata y el bronce, y ejecutó todas las obras metálicas del Templo, de acuerdo con la voluntad de Salomón. Ciram hizo, también, dos pilares de bronce con metal de cuatro dedos de grueso, siendo la altura de los pilares de dieciocho codos y su circunferencia de doce codos. Cada columna tenía un capitel en forma de lirio, de cinco codos de altura, rodeado de una malla entretejida con pequeñas palmas de bronce y cubierta de lirios. De la malla pen- dían doscientas granadas en dos filas. Una de las columnas la instaló en la entrada del pórtico, a la derecha, y la llamó Iacín, y la otra a la izquierda, y la llamó Boaz. 5. También fundió Salomón un "mar de bronce", con la figura de un hemisferio. Este artefacto metálico fué llamado mar por su tamaño, porque la jofaina tenía diez codos de diámetro y una palma de espesor. La parte central descansaba sobre una columna corta que tenía diez espirales alrededor y un codo de diámetro. Alrededor había doce bueyes que miraban a los cuatro vientos, tres en cada dirección, y tenían la parte posterior deprimida para que reposara sobre ellas el hemisferio, que estaba también deprimido hacia adentro. El mar tenía una capacidad de tres mil batos. 6. Hizo también diez bases de bronce para otras tantas fuentes rectangulares; la longitud de cada base era de cinco codos, su ancho de cuatro codos y su altura de seis. La obra, en parte labrada, estaba formada de la siguiente manera: tenía cuatro pequeñas columnas cuadrangulares en cada esquina, a las que estaban adosados los costados de la base exactamente ajustados. Estos costados estaban divididos en tres partes; cada sección tenía una franja para sostenerlo, y llevaba grabados en un sitio un león y en otro un buey o un águila. Las pequeñas columnas tenían grabados los mismos animales que los costados. Toda la obra se mantenía sobre cuatro ruedas, también de fundición, que tenían cubos y pinas y eran de un codo y medio de diámetro. Maravillaba ver la exactitud con que estaban labradas y unidas a los costados de las bases y la armonía con que concor- daban con las pinas. Sin embargo su estructura era la siguiente: unos brazos con las manos extendidas sostenían las esquinas sobre las cuales descansaba una columna en espiral colocada bajo la parte hueca de la fuente y apoyada en la parte anterior del águila y el león, que estaban adaptados tan bien que el que los veía podía creer que eran de una sola pieza; entre ellos había palmeras grabadas. Así es como estaban construidas las diez bases. Hizo también diez grandes vasos o fuentes redondas, de bronce, cada una de las cuales contenía cuarenta congios; tenían cuatro codos de altura y los bordes situados a la misma distancia. Colocó las fuentes sobre las diez bases, llamadas meconot; puso cinco fuentes a la izquierda del Templo, que era la parte que daba al norte, y otros tantos a la derecha, hacia el sud, 1 El número de mesas, vasos y candelabros es inverosímil e induce a creer que se trata de un error de copia. pero mirando al este. Del mismo modo ubicó el mar. Después de llenar de agua las fuentes y el mar, señaló el mar para el lavado de las manos y los pies de los sacerdotes, cuando entraban en el Templo y debían subir al altar, y las fuentes para lavar las entrañas y las patas de los animales que serían ofrecidos en holocausto. 7. Hizo además un altar de bronce para los holocaustos, cuyo largo era de veinte codos, su ancho el mismo y su altura de diez. También hizo todos los vasos de bronce, los trípodes y los cuen- cos; Ciram fundió también las calderas y las tenazas y los demás vasos; todos de bronce, un bronce que era esplendoroso y bello como el oro. El rey dedicó asimismo gran número de mesas, una de ellas grande y de oro en la que pusieron los panes de Dios. Hizo miles más que se parecían a aquéllas, pero estaban construidas de otra manera, y en ellas puso las redomas y las copas, que eran las de oro, veinte mil y las de plata, cuarenta mil. Hizo también diez mil candelabros, según el mandamiento de Moisés, uno de los cuales dedicó al Templo para que ardiera todo el día, de acuerdo con la ley1. Y una mesa con hogazas, al costado norte del Templo, frente al candelabro que colocó al sud; el altar de oro se hallaba entre ellos. Todos esos vasos se encontraban en aquella parte de la casa que tenía cuarenta codos de largo y estaba frente al velo del sanctasanctórum, donde sería instalada el arca. 8. El rey hizo asimismo jarras de vino en número de ochenta mil, y cien mil redomas de oro, y el doble de redomas de plata. Platos de oro, para ofrecer en ellos, ante el altar, harina flor amasada, había ochenta mil, y de plata el doble de ese número. Grandes cuencos, en los que mezclaban la harina flor con aceite, había sesenta mil de oro y el doble de plata. De las medidas que Moisés llamó hin y asarón había veinte mil de oro y el doble de plata. Incensarios de oro, en los que llevaban el incienso al altar, veinte mil; de los otros incensarios, en los que llevaban fuego del altar grande al chico, dentro del Templo, cincuenta mil. Ropajes sacerdotales del sumo pontífice, con los mantos largos y el oráculo y las piedras preciosas, había mil. Pero la corona en la que Moisés había escrito el nombre de Dios era una sola, y se conserva hasta hoy. Hizo diez mil vestidos sacerdotales de biso, con cinturones de púrpura para cada sacerdote, y doscientas mil trompetas, según las instrucciones de Moisés. Doscientos mil vestidos de biso para los cantores, que eran levitas. Hizo cuarenta mil instrumentos musicales para acompañar el canto de los himnos, nablas y ciniras, fabricadas con electro. 9. Salomón hizo todas esas cosas para glorificar a Dios, con gran variedad y magnificencia; no reparó en gastos y usó la mayor liberalidad para adornar al Templo, incluyendo todos los objetos en los tesoros de Dios. Puso además una cerca alrededor del Templo, a la que en nuestra lengua le decimos gisión y que en griego se llama trigcos; tenía tres codos de altura y era para evitar que la multitud penetrara en el santuario, sitio abierto solamente para los sacerdotes. Detrás de esa cerca levantó un santuario de forma cuadrangular con grandes y amplios pórticos cerrados por altos portales, orientados hacia los cuatro vientos y provistos de puertas de oro. A este edificio tenían acceso todas las personas que eran puras y observaban la ley. Pero el tercer santuario, erigido detrás de los dos anteriores, era una verdadera maravilla, imposible de describir con palabras, y por decirlo así, increíble para el que lo veía. Salomón hizo rellenar con tierra grandes valles cuya inmensa profundidad era difícil de distinguir a simple vista, y después de haberlos levantado hasta una altura de cuatrocientos codos los niveló con la cima de la montaña en la que se encontraba el Templo. De este modo el santuario exterior, que era hípetro, se hallaba a la misma altura que el Templo. Lo rodeó con pórticos dobles de altas columnas hechas con piedra del lugar; los pórticos tenían techos de cedro revestido de laca. Las puertas del santuario las hizo todas de plata. CAPITULO IV • j. 11-6 Salomón translada el arca al Templo, ruega a Dios y le ofrece sacrificios públicos 1. El rey Salomón concluyó esas obras•, esos grandes y hermosos edificios, con todos los tesoros depositados en el Templo, en el término de siete años, dando una demostración de sus riquezas y su decisión al realizar en tan poco tiempo una obra de esa magnitud, que cualquiera que la viera creería que había demandado siglos para hacerla. Escribió entonces a los jefes y los ancianos de los hebreos ordenándoles que reunieran al pueblo en Jerusalén para que vieran el Templo y para transportar el arca de Dios. Recibida la citación de concurrir a Jerusalén, se reunieron finalmente en el séptimo mes, el que nuestros compatriotas llaman tisri y los madeconios hiperbereteon. Era precisamente la época de la fiesta de los Tabernáculos, celebrada por los hebreos como una de las solemnidades más santas e importantes. Fueron a buscar el arca y el tabernáculo que había erigido Moisés y todos los vasos destinados al servicio de los sacrificios divinos, y los transportaron al Templo. Marchaban a la cabeza el rey en persona con el pueblo y los levitas, remojando el suelo con las libaciones y la sangre de numerosos sacrificios y quemando gran cantidad de incienso; todo el aire se llenó de olores y el agradable aroma llegó hasta las personas más distantes, anunciándoles que Dios, según la creencia de los hombres, se dirigía a habitar el lugar recientemente edificado y consagrado en su honor; y no dejaron de cantar himnos y bailar hasta que llegaron al Templo. De este modo fué conducida el arca. Pero cuando hubo que introducirla en el sanctasanctórum el pueblo se retiró y únicamente los sacerdotes la transportaron y la colocaron entre los dos querubines, que con los extremos unidos de sus alas (así los había hecho el artífice), cubrieron el arca formándole encima una especie de tienda o cúpula. El arca no contenía más que dos tablas de piedra que conser- vaban grabados los diez mandamientos transmitidos por Dios a Moisés en el monte Sinaí. El candelabro, la mesa y el altar de oro, los pusieron en el Templo delante del sanctasanctórum, en el mismo sitio que ocupaban hasta entonces en el tabernáculo. Luego ofrecieron los sacrificios del día. En cuanto al altar de bronce Salomón lo puso delante del Templo, frente a la puerta, para que apareciera a la vista al abrirse ésta y pudieran verse las ceremonias sagradas y la riqueza de los sacrificios. Por último reunió los utensilios restantes y los situó dentro del Templo. 2. No bien los sacerdotes pusieron todas las cosas en orden y salieron, una nube espesa penetró y se extendió en el Templo; era una nube blanda y suave, y no de las que se ven en invierno, opacas y cargadas de lluvia; la nube oscureció la vista de los sacerdotes de tal modo que no podían verse, pero todos se imaginaron que Dios había descendido al Templo y se complacía en fijar en él su residencia. Mientras todos se reconcentraban en esa idea, el rey Salomón, que había estado sentado, se levantó y se dirigió a Dios con estas palabras, que juzgó propias para ser recibidas por la divinidad y correctas para ser pronunciadas por él: -Sabemos, loh señor!, que posees una morada eterna, digna de ti y que tú mismo has creado para ti; es el cielo, el aire, la tierra y el mar, por donde transitas, sin que puedan contenerte sus límites. Yo te he edificado este Templo, consagrado a tu nombre, para que desde este sitio podamos enviarte nuestros ruegos al espacio, realizar los sacrificios y las ceremonias sagradas y tener siempre la convicción de tu presencia, de que no te encuentras lejos de nosotros; tú que ves y oyes todo, aun en este sitio donde puedes ahora habitar, no dejarás de estar cerca de todos y asisti- rás noche y día a los que acudan a consultarte. Después de esta solemne declaración a Dios, se dirigió al pueblo, le describió el poder de Dios y su providencia, le recordó que había revelado a David, su padre, los acontecimientos futuros, la mayor parte de los cuales ya se habían producido, como se cumplirían todos los demás, y que le había dado nombre a él antes de nacer anunciando de antemano que edificaría el Templo cuando fuera rey, después de la muerte de su padre. Ante el testimonio del cumplimiento de las predicciones, los invitó a bendecir a Dios y, basándose en lo que veían cumplido, a no desesperar o desconfiar jamás de sus promesas de felicidad para lo futuro. 3. Después de haber hablado de ese modo a la multitud, con- templó nuevamente el Templo, y alzando la mano derecha, dijo: -Los hombres no pueden con sus obras agradecer suficiente- mente a Dios por sus beneficios; la divinidad no tiene necesidad de nada y está por encima de esas demostraciones. Pero el don, señor, con el que nos hiciste superiores a los demás seres, debe- mos emplearlo para celebrar tu majestad y para agradecerte lo que has hecho por nuestra casa y por el pueblo de los hebreos. Porque, ¿ qué otro instrumento puede ser más apropiado que la palabra, que viene del aire y sabemos que vuelve por el aire, para aplacarte cuando estás resentido y obtener tu perpetuo favor? Gracias a ella te puedo declarar mi agradecimiento, primero por mi padre, a quien has hecho pasar de la oscuridad a una gloria tan grande, y luego por mí mismo, a quien favoreciste cumpliendo hasta ahora todas tus promesas. Y te ruego me concedas en adelante todo lo que Dios puede dar a los hombres que quiere honrar, y que agrandes nuestra familia a través de las edades, de acuerdo con lo que prometiste a mi padre David cuando vivía y en su muerte, o sea que conservaríamos el reino y que su raza lo transmitiría a sus descendientes durante innumerables generaciones. Dígnate acordarnos este favor y concede a mis hijos la virtud que a ti te agrada. Te suplico, además, que envíes a este Templo una parte de tu espíritu para que parezca que estás con nosotros en la tierra. En cuanto a ti, es verdad que todo el cielo con lo que contiene es una minúscula residencia para ti; tanto más este ínfimo Templo. A pesar de lo cual te ruego que lo consideres tuyo para siempre y lo protejas de las devastaciones enemigas y lo cuides como propiedad tuya. Si alguna vez el pueblo pecara, y tú le impusieras alguna plaga como castigo por su pecado, como ser escasez, peste, o uno de esos males que sueles infligir a los que violen la santa ley, y si corriera toda la multitud al Templo a implorar tu misericordia y pedirte que la salves, acógela, como si estuviera en tu casa, y apiádate y líbrala de sus calamidades. No te pido esta ayuda solamente para los hebreos que estén en falta; cualquiera que acuda a ti de cualquier punto de la tierra, apartándose de sus pecados para implorar tu perdón, escucha sus ruegos y dígnate concedérselo. Así sabrán todos, por una parte, que a ti te agradó que te levantáramos este Templo, y por otra parte, que no somos seres insociables, animados de sentimientos hostiles hacia los que no son de nuestro pueblo, y que por el contrario hemos querido hacer participar a todo el mundo de tu protección y del goce de tus favores. 4. Dicho esto, Salomón se prosternó y después de permanecer un rato largo en adoración se levantó y ofreció sacrificios a Dios en el altar; después de haberlo llenado de víctimas inmaculadas, advirtió de la manera más clara que Dios había aceptado con agrado la ofrenda. Una llama que llegó corriendo por el aire se lanzó violentamente sobre el altar, a la vista de todos, se apoderó de los sacrificios y los consumió. El pueblo vió en esa aparición una prueba segura de que Dios consentía habitar en el Templo, y lleno de alegría se arrojó al suelo y lo adoró. El rey comenzó a recitar bendiciones y exhortó al pueblo a que hiciera lo mismo; porque ahora tenía señales suficientes de la favorable disposición de Dios, y a que le rogara que siempre le diera los mismos signos y les mantuviera el alma pura y limpia de todo mal y conservada en la justicia, la piedad y la observancia de los preceptos que Dios les había dado por medio de Moisés. De este modo el pueblo hebreo sería feliz y dichoso y superaría a todo el género humano en felicidad. También los exhortó a recordar que con los mismos métodos con los cuales habían obtenido los bienes presentes debían asegurar su conservación y acrecentamiento en lo futuro. No debían limitarse a suponer que los habían obtenido por su piedad y equidad; debían saber también que ése era el único medio de conservarlos. No es hazaña tan grande para los hombres la de lograr lo que no tienen como la de retener lo que han logrado y la de no incurrir en ninguna falta que pudiera acarrear su pérdida. 5. Dichas estas palabras a la multitud, el rey disolvió la asamblea, pero antes ofreció sacrificios por sí y por todos los hebreos, inmolando veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas. Fué la primera vez que hizo probar en el Templo la carne de los sacrificios, y todos los hebreos, con sus mujeres e hijos, fueron convidados a participar del festín. Además el rey celebró delante del Templo, durante dos semanas, la fiesta llamada de los Tabernáculos, con brillo y esplendor y en compañía de todo el pueblo. 6. Cumplidas satisfactoriamente todas las solemnidades y no faltando nada por hacer del culto divino, cada cual se fué a su casa, con la venia del rey, a quien antes bendijeron por la aten- ción con que los había tratado y por la obra que había realizado rogando a Dios que les conservara a Salomón como rey durante muchos años. Se retiraron llenos de júbilo, y riendo y cantando himnos a Dios olvidaron las fatigas del viaje. Los hombres que habían introducido el arca en el Templo, que habían contemplado su magnificencia y su belleza y que habían participado de los grandes sacrificios y las fiestas que luego se cumplieron, se retiraron y volvieron cada cual a su ciudad; y entretanto un sueño que tuvo el rey le informó que Dios había escuchado su ruego, que protegería el Templo y habitaría en él perpetuamente, siempre que sus descendientes y todo el pueblo se condujeran con rectitud. En cuanto a él, si seguía fiel a las recomendaciones de su padre, Dios lo elevaría a una altura y a un grado de prosperidad ilimitados, y el dominio del país quedaría siempre en su nación y en la tribu de Judá. Pero si, por el contrario, traicionaba los principios y los olvidaba hasta el punto de adoptar el culto de dioses extranjeros, lo arrancaría de raíz y no dejaría subsistir a ningún miembro de su familia ni seguiría protegiendo al pueblo de Israel de la desgracia, y los aniquilaría en cambio con innumerables guerras y plagas, expulsándolos de la tierra que había dado a sus antepasados y obligándolos a vivir en países extranjeros. Ese Templo que ahora habían construido lo entregaría a los enemigos para que lo quemaran y saquearan; la ciudad sería totalmente destruida por la mano de los enemigos. Haría que su desgracia fuera proverbial e increíble por su enorme magnitud. Al enterarse del desastre, los vecinos quedarían estupefactos y preguntarían con curiosidad por qué causa los hebreos se habían hecho odiar por Dios, que antes los había conducido a la gloria y la fortuna. En su respuesta los sobrevivientes confesarían sus pecados y su infidelidad a las leyes de sus antepasados. Estas son las palabras que, según lo que nos ha llegado por escrito, dijo Dios a Salomón en su sueño. 1 La mención del orden corintio y de los triglifos parece ser una referencia de Josefo tendiente a ejemplificar su descripción; ejemplo que estaría de acuerdo con la opinión de los que sostienen que los órdenes arquitectónicos griegos y romanos contienen elementos ornamentales tomados de los Palacios de Salomón. CAPITULO V Salomón hace construir el palacio real. Los enigmas de Hiram y Salomón 1. Después de las obras del Templo que, como hemos dicho antes, duraron siete años, Salomón inició la construcción del palacio real, que tardó trece años en concluir, porque no le dedicó el mismo fervor que al Templo. Para éste, y a pesar de sus grandes dimensiones y la maravillosa y sorprendente actividad que requirió, gracias a la cooperación de Dios, para quien estaba destinado, fueron suficientes los años indicados; el palacio, en cambio, edificio de dignidad mucho menor que la del Templo, debido a que los materiales no habían sido preparados mucho tiempo antes ni con tanto cuidado, y a que tenía por objeto alojar reyes y no a Dios, reclamó un lapso mucho más largo para ser terminado. Sin embargo fué un edificio magnífico, digno de la prosperidad de los hebreos y de su rey. Tendré que describir toda la estructura y la disposición de sus partes, para que el lector de este libro pueda imaginarlo y formarse una idea de su magnitud. 2. Había una casa grande y hermosa, sostenida por numerosas columnas y dispuesta para contener a la gran cantidad de personas que acudirían a las audiencias de las causas y a conocer en los procesos. Era suficientemente amplia para albergar a toda la multitud de los litigantes. El edificio tenía cien codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto; descansaba sobre columnas cuadrangulares, todas de cedro, tenía una cornisa de orden corintio, puertas rectangulares y ventanas con triglifos1 que le daban al mismo tiempo solidez y belleza. Había luego otro edificio cuyo ancho total se hallaba en el centro; era cuadrangular y tenía treinta codos de ancho; delante había un pórtico, levantado sobre sólidos pilares. Allí había una magnífica sala, en la que el rey se instalaba para hacer justicia. Al lado había otra casa para uso de la reina, y otros edificios destinados a comer y descansar, después de concluídos los asuntos; todos ellos tenían pisos hechos con tablas de madera de cedro. Algunos de ellos estaban construidos con piedras de diez codos, y tenían los muros incrustados con otras piedras más valiosas, aserradas, que suelen ser extraídas, para adornar templos y palacios reales, de una tierra famosa por sus vetas. Este revestimiento distinguido formaba tres hileras superpuestas, y una cuarta con admirables esculturas que representaban árboles y plantas diversas, cuyas ramas con las hojas que de ellas pendían dando sombra estaban tan prodigiosamente cinceladas que parecían agitarse y ocultar las piedras que cubrían. La otra pared estaba cubierta hasta el techo por un revestimiento de vivos colores. El rey hizo construir otros edificios para placeres, e inmensos pórticos situados en gratos sitios del palacio; en el centro de los pórticos se levantaba un espléndido salón, resplandeciente de oro, para festejar y beber. Todos los utensilios necesarios para atender a los convi- dados eran de oro. Es difícil enumerar la magnificencia y variedad de las depen- dencias reales, y decir cuántos salones grandes tenía, y cuántas salas menores, y referir las cámaras subterráneas e invisibles, y la belleza de las terrazas al aire libre, y los bosquecillos dispuestos para recrear la vista y para refugio y protección del cuerpo contra el calor. En suma, toda la construcción era de mármol blanco, cedro, oro y plata, y los techos y las paredes estaban adornados con piedras incrustadas de oro, como se había hecho en el Templo de Dios. Hizo tallar asimismo un enorme trono de marfil, construído como un estrado, con seis escalones, en cada uno de los cuales, a uno y otro lado, aparecían dos leones, habiendo otros dos arriba. Del asiento del trono salían dos brazos para recibir al rey; éste se reclinaba sobre medio toro, que lo miraba por detrás. Todo el conjunto estaba unido con oro. 3. Salomón terminó la obra en veinte años, porque Hiram, el rey de Tiro, le suministró para la construcción una gran cantidad de oro, y más aún de plata, y además cedro y pino. A su vez hizo a Hiram grandes obsequios, enviándole todos los años trigo, vino y aceite, productos que, por habitar en una isla, como va hemos dicho, le hacían falta. Le dió, además, ciertas ciudades de Galilea, en número de veinte, que estaban situadas cerca de Tiro. Pero Hiram, después de visitarlas y examinarlas, quedó poco satisfecho del obsequio y mandó decir a Salomón que no le hacían falta. Esas ciudades recibieron desde entonces el nombre de tierra de Cabalón, vocablo que interpretado en lengua fenicia, significa "lo que no agrada". Además el rey de Tiro envió a Salomón sutilezas y enigmas, invitándolo a explicarlos y a librarlos de la ambigüedad que presentaban. Salomón era tan sagaz e inteligente que no se le escapó ninguno de ellos; salió triunfante de todos mediante el razonamiento, y descubrió y aclaró sus ocultos significados. También Menandro, que tradujo del fenicio al griego los archivos tirios, menciona a los dos reyes, diciendo de este modo: "Después de la muerte de Abibal, recibió el trono su hijo Hiram, que vivió cincuenta y tres años y reinó treinta y cuatro. Rellenó el gran sitio y dedicó la columna de oro del templo de Zeus; luego fué a hacer cortar, en el monte llamado Líbano, numerosa madera para techar los templos. Después de haber demolido los templos antiguos, edificó los santuarios de Hércules y Astarté y primero erigió el de Hércules en el mes de peritio. Hizo además una expedición contra los pobladores de Utica, que no pagaban el tributo, y después de haberlos subyugado regresó. Durante su reinado vivió Abdémono, niño de corta edad que siempre salía triunfante de los problemas que le proponía Salomón, rey de Jerusalén." Dío también lo nombra, en estos términos: "Después de la muerte de Abibal fué rey su hijo Hiram. Rellenó las partes orien- tales de la ciudad e hizo la ciudad más grande. Unió a la ciudad el templo de Zeus olímpico, que estaba aislado, rellenando con tierra el espacio intermedio, y lo adornó con ofrendas de oro. Finalmente fué al monte Líbano y cortó madera para la construcción de los templos." Agrega que Salomón, que reinaba a la sazón en Jerusalén, envió a Hiram enigmas y le pidió que le mandara otros; y le propuso que el que no pudiera resolverlos abonara una suma al que los supiera interpretar. Hiram aceptó las condiciones, y no habiendo resuelto los enigmas, tuvo que pagar como multa una importante suma de su dinero. Pero luego, por medio del tirio Abdemón, resolvió los problemas propuestos y propuso otros; Salomón no pudo solucionarlos y tuvo que devolver a Hiram una gran suma de dinero." Esto es lo que escribió Dío. CAPITULO VI Salomón fortifica la ciudad de Jerusalén y edifica otras ciudades. El rey recibe la visita de la reina de Egipto y Etiopía 1. El rey vió que las murallas de Jerusalén carecían de torres y necesitaban otros medios de defensa. Considerando que la soli- dez de las murallas debía responder a la importancia de la ciudad, las refaccionó y levantó y les hizo torres elevadas. Edificó además otras ciudades que pueden contarse entre las más fuertes, Asoro y Magedo, y una tercera, Gazara, que en realidad había pertenecido a los filisteos. Faraón, el rey de Egipto, en una expedición que hizo contra ella, le puso sitio y la tomó por asalto. Después de matar a todos sus habitantes, la arrasó completamente y se la dió como obsequio a su hija, casada con Salomón. Por eso el rey la reedificó, dado que tenía una fuerte posición natural, y podía ser de utilidad en caso de guerra, probable por las frecuentes vicisitudes del tiempo. Fundó además otras dos ciudades, cerca de allí; una de ellas se llamaba Betcora, y la otra Balez. Y edificó otras más, en sitios apropiados para el goce de los placeres, favorecidos por la buena temperatura del aire, con buenas cosechas y abundantes fuentes de agua. Penetró asimismo en el desierto de la Siria superior, se apoderó de él y levantó una gran ciudad, a dos días de viaje de la Siria superior, uno del Eufrates y seis de Babilonia la grande. Fundé esa ciudad tan lejos de las partes habitadas de Siria, por- que más cerca no había agua en ninguna parte, y sólo allí había manantiales y pozos. Construyó, pues, la ciudad, la rodeó de poderosas murallas y la llamó Tadamora, nombre que todavía hoy le dan los sirios. Los griegos, por su parte, la llaman Palmira. 2. Esas eran en aquel entonces las ocupaciones del rey Salo- món. Por si alguien se pregunta por qué todos los reyes egipcios, desde Mineo, fundador de Menfis, que fué muchos años anterior a nuestro antepasado Abram, hasta Salomón, en un lapso de más de mil trescientos años, se han llamado faraones, creo nece- sario, para disipar su ignorancia y aclarar el origen del nombre, decir que faraón en egipcio significa rey. Yo creo que al nacer recibían otros nombres, pero cuando los hacían reyes, obtenían el título que en su idioma señalaba su autoridad. Por eso también - los reyes de Alejandría, llamados al principio con otros nombres, cuando llegaban al trono recibían el de Ptolomeo, por el nombre de su primer rey. Lo mismo los emperadores romanos, después de haber llevado otros nombres desde su nacimiento, son llamados Césares, título impuesto pdr su imperio y su dignidad, y abandonan los nombres que les habían dado sus padres. Supongo asimismo que Herodoto de Halicarnaso, cuando dice que después de Mineo, fundador de Menfis, hubo trescientos treinta reyes en Egipto, no da los nombres porque eran todos designados con el nombre genérico de faraones. En cambio nos da el nombre, que es Nicaulis, de la mujer que subió al trono después de la extinción de los reyes, demostrando claramente que si los reyes masculinos podían llevar apelativo común, no sucedía lo mismo con una mujer; por eso nos indica su nombre. Por mi parte he descubierto en los libros de nuestro pueblo, que después del faraón suegro de Salomón, ningún otro rey de Egipto fué llamado con ese nombre, y que más tarde Salomón recibió a la mencionada mujer reina, de Egipto y Etiopía, que fué a visitarlo. Pero sobre esto informaré en seguida al lector. Lo he mencionado ahora para demostrar que nuestros libros y los de Egipto coinciden en muchos puntos. 3. El rey Salomón sometió a los cananeos que todavía no ha- bían sido subyugados, es decir, a los que vivían en el monte Lí- bano hasta la ciudad de Amate, y les impuso el pago de un tributo. Cada año seleccionaba además entre ellos a los que debían servirle de mercenarios, y para las ocupaciones domésticas y la labranza. Porque los hebreos no eran siervos (no era razonable que, habiéndoles sometido Dios tantas 1 La Biblia no nombra a Egipto ni a Etiopía y habla solamente de "la reina de Seba" (2 Crónicas, cap. 9). poblaciones, entre las cuales podían reclutar a los servidores, redujeran a los mismos hebreos a esa condición) ; todos preferían pasar la vida guerreando con los carros y los caballos antes que ser esclavos. A los cananeos que tomaron a su servicio, los pusieron a las órdenes de quinientos cincuenta jefes, a los que el rey les entregó su total vigilancia y el encargo de enseñarles las labores y actividades para las que serían empleados. 4. El rey construyó además muchos barcos en el golfo de Egipto, del mar Rojo, en un lugar llamado Gasiongabel, que está cerca de la ciudad de Elana y se llama ahora Berenice. Esa región, perteneció anteriormente a los judíos, y resultó apropiada para las embarcaciones por el presente que envió Hiram, rey de Tiro, consistente en un importante número de pilotos y expertos marinos. Salomón les ordenó que se hicieran a la vela, con sus mayordomos, rumbo a la antigua ciudad de Sofira, que es ahora la Tierra del Oro y pertenece a la India, para traerle de allí oro. Después de reunir cuatrocientos talentos, regresaron. 5. La mujer que por aquel entonces reinaba en Egipto y Etiopía1, que era de consumada sabiduría y digna de admiración en todos los conceptos, al enterarse de las virtudes y la inteligencia de Salomón, sintió vivos deseos de verlo, e inducida por lo que diariamente le contaban, decidió visitarlo para comprobarlo por su propia experiencia, y no por la fama, que por su misma naturaleza podía responder a una falsa apariencia y dependía únicamente de la fe de los informantes. Quería sobre todo probar la sabiduría del rey presentándole problemas muy difíciles para que interpretara su oculto significado. Se trasladó a Jerusalén con mucha pompa y gran despliegue de riquezas. Llevó consigo camellos cargados de oro, perfumes diversos y piedras preciosas. A su llegada el rey la recibió con gran júbilo, se mostró muy solícito con ella y sobre todo resolvió los problemas propuestos más rápidamente de lo que era de esperar. La reina quedó estupefacta y comprobó que la extraordinaria sabiduría de Salomón sobrepasaba en la realidad a todo lo que se había dicho. Se sintió especialmente maravillada por la belleza y la magnificencia del palacio real, lo mismo que por la disposición de los edificios, en la que advirtió la notable capacidad del rey. Pero lo que llevó su admiración al colmo fué la casa llamada La selva del Líbano, la esplendidez de las comidas diarias, los preparativos, el servicio, la indumentaria de los criados, y la hábil y correcta atención que ponían en sus funciones. No menor admiración le produjeron los diarios sacrificios ofrecidos a Dios y los cuidadosos servicios de los sacerdotes y los levitas. Este espectáculo, renovado diariamente, la maravilló de tal manera, que no pudiendo contener su sorpresa, confesó abiertamente su asombro dirigiéndose al rey con palabras que delataban sus sentimientos. -Las cosas, ¡oh, rey! -dijo-, que llegan a nuestro conocimiento a través de los rumores, nosotros en realidad las recibimos con desconfianza. Pero en lo que respecta a los bienes que tú posees, me refiero a la sabiduría y la prudencia, y a la felicidad que te confiere tu reinado, la fama que nos ha llegado no ha sido por cierto engañosa. Fué no sólo verdadera, sino que describía una dicha muy inferior a la que me es dado persenciar personalmente. Porque la fama sólo trataba de convencer al oído, pero no presentaba el valor de las cosas tal como puede hacerlo la observación directa de mis ojos. Yo, que no di crédito a los informes que me describían tantas cosas y tan grandes, veo ahora que son mucho más numerosas de lo que me habían dicho. Considero dichoso al pueblo hebreo, lo mismo que a tus servidores y amigos, que gozan todos los días de tu presencia y tienen el placer de servir todos los días tu persona y escuchar tu sabiduría. Se puede con razón bendecir a Dios que por amar tanto a este país y a sus habitantes te haya hecho su rey. 6. Después de haber expresado con sus palabras los senti- mientos que le había inspirado el rey, los confirmó con sus pre- sentes. Le dió veinte talentos de oro, una enorme cantidad de perfumes y piedras preciosas. Se dice también que la raíz del bálsamo, que nuestra tierra sigue produciendo todavía ahora, procede de un obsequio de esa mujer. Salomón, a su vez, le hizo muchos regalos de valor, siguiendo sobre todo sus propias incli- naciones; no sólo no le negó nada, sino que adelantándose a sus deseos demostró su generosidad concediéndole todo lo que ella prefería. Después de entregar y recibir los presentes, la reina de Egipto y Etiopía volvió a sus estados. CAPITULO VII Las riquezas de Salomón. El rey comete numerosas faltas, impulsado por las mujeres. La revuelta de Jeroboam, Muerte de Salomón 1. Por la misma época trajeron al rey de la llamada Tierra del Oro piedras preciosas y pinos; los usó como sostenes para el Templo y el palacio, y para hacer instrumentos musicales, cítaras y nablas, los que usaban los levitas cuando cantaban los himnos a Dios. La madera era la más grande y fina de todas las que le habían traído anteriormente. Pero no se imagine nadie que esos pinos eran los mismos que ahora llevan ese nombre; los comerciantes les dan ese nombre para seducir a los compradores. Aquéllos se parecían a simple vista a la higuera, pero la madera era más blanca y más brillante. Decimos esto para que nadie ignore la diferencia que hay entre ambas clases de madera y conozca la naturaleza del verdadero pino. Hemos creído oportuno y humano, al hablar de la madera y del uso que le dió el rey, explicar la diferencia tal como lo hemos hecho. 2. El peso del oro que le habían traído era de seiscientos se- senta y cinco talentos, sin incluir el aportado por los mercaderes, ni los regalos que le enviaron los jefes y reyes de Arabia. Fundió el oro para hacer doscientos escudos largos que pesaban seiscientos siclos cada uno. Hizo también trescientos escudos redondos, que pesaban tres minas de oro cada uno. Los llevó y los consagró en la casa llamada La selva del Líbano. Además hizo fabricar copas de oro y piedras preciosas para servir en los festines y numerosos vasos de oro de otras clases. No se hacía ninguna operación de venta ni de compra en plata. Numerosos navíos fueron botados por el rey en el mar llamado Társico, cargados con toda clase de mercaderías para las naciones del interior; trajeron en cambio al rey plata y oro y una gran cantidad de marfil, etíopes y monos. Hicieron el viaje de ida y vuelta en tres años. 3. Por todos los países vecinos se difundió una fama tan grande de las virtudes y la sabiduría de Salomón, que todos los reyes, que no podían dar crédito a tan excesivos elogios, ansiaban verlo personalmente y demostrarle sus respetos enviándole magníficos presentes. Le mandaron vasos de oro y plata, vestimentas de púrpura, numerosas clases de perfumes, caballos, carros y mulas de carga apropiadas para regocijar la vista del rey por su robustez y belleza. Los envíos aumentaron el número de carros y caballos que tenía anteriormente, en más de cuatrocientos, porque tenía mil, y el número de sus caballos en dos mil, sobre. los veinte mil que tenía antes. Los caballos estaban bien preparados para que tuvieran belleza y rapidez, sin que ningún otro pudiera comparársele en velocidad y buen aspecto; eran los más hermosos y los que más corrían. Los jinetes que los montaban acrecentaban su atractivo, porque eran hombres jóvenes, en la más grata flor de la edad, y se destacaban por su corpulencia y su alta estatura, mayor que la de todos los demás. Tenían largas cabelleras colgantes, y llevaban túnicas de púrpura tiria. Todos los días se empolvaban el cabello con polvo de oro, de l modo que las cabezas les brillaban cuando el oro reflejaba los rayos del sol. El rey solía salir todas las mañanas en un carro hacia las afueras de la ciudad, vestido con un manto blanco y rodeado por esos hombres, que llevaban armadura y arco. A dos estadios de distancia de Jerusalén había una aldea, llamada Etam, agradable y magnífica por sus jardines y sus riachos; allí acostumbraba a ir a pasear con gran pompa. 4. Salomón, que tenía una gran sagacidad para todas las cosas y era diligente y empeñoso para hacerlo todo de la manera más elegante, no descuidó tampoco la atención de los caminos. Hizo pavimentar con piedras negras el camino que conducía a Jerusalén, la ciudad real, tanto para facilitar el tránsito como para poner de manifiesto la grandeza de sus riquezas y de su poder. Dividió, además, los carros, dejando en cada ciudad una cantidad determinada y quedándose él con varios; a las ciudades las llamó las ciudades de los carros. El rey hizo la plata en Jerusalén tan abundante como las piedras, y multiplicó en los campos de Judea los cedros, que antes no los tenían, hasta que fueron tan comunes como el sicómoro. Ordenó además a los mercaderes que le trajeran de Egipto carros de dos caballos a razón de seiscientas dracmas de plata, y los envió a los reyes de Siria y del otro lado del Eufrates. 5. Aunque se convirtió en el más ilustre de los reyes y el más amado por Dios, superando en sabiduría y riquezas a todos los que habían gobernado a los hebreos antes que él, no perseveró en sus virtudes hasta la muerte. Descuidó la observancia de las leyes y las instituciones de su patria y tuvo un fin que no condecía con lo que hemos dicho anteriormente de él. Amó a las mujeres con un ardor insano, sin refrenar sus excesos, y no conformándose con las mujeres de su patria, tomó muchas esposas de países extranjeros, sidonias, tirias, amonitas, idumeas; de ese modo transgredió, las leyes de Moisés, que prohibían unirse con mujeres de otros pueblos, y comenzó a adorar a los dioses de sus esposas, llevado por su pasión y su debilidad por sus mujeres. Precisamente el objeto que se propuso el legislador al exhor- tarlos a que no se casaran con mujeres de otros pueblos, fué evitar que, acostumbrándose a las normas extranjeras, los hebreos traicionasen los hábitos de sus padres, reverenciando los dioses de aquellas mujeres y descuidando honrar al de ellos. Salomón se entregó a los placeres irreflexivamente y sin escrúpulos. Contrajo matrimonio con setecientas mujeres, hijas de jefes y notables, y tuvo trescientas concubinas, sin contar a la hija del rey de Egipto, y no tardó en ser manejado por ellas hasta el punto de que llegó a imitar sus prácticas, y se vió obligado, para demostrarles su bondad y su ternura, a vivir de acuerdo con las costumbres de sus tierras. A medida que se fué haciendo más viejo y su razón se fué debilitando por la edad, imposibilitándolo para oponer el recuerdo de las instituciones de su patria, fué abandonando cada vez más a su propio Dios para atender a los dioses que le habían introducido sus matrimonios. Ya anteriormente había incurrido en pecado y violado las leyes, al hacer las imágenes de bronce de los bueyes que sostenían el monumento del mar, y las figuras de los leones que rodeaban su trono; porque esas obras eran ilegales e impías, y él las ejecutó sin considerar el excelente ejemplo doméstico de virtud de su padre y el glorioso renombre que éste dejó de su piedad hacia Dios. No lo imitó, a pesar de que Dios se le apareció en sueños, exhor. tándolo a imitar a su padre, y murió sin gloria. Fué a verlo el profeta, enviado por Dios, y le dijo que sus transgresiones no se le ocultaban a Dios y le advirtió con amenazas que no gozaría mucho tiempo más de su conducta. El reinado no le sería retirado durante su vida, porque Dios había prometido a David que sería su heredero, pero después de su muerte a su hijo le ocurriría lo siguiente: Dios no le quitaría todo el pueblo, pero entregaría diez tribus a un esclavo suyo dejando sólo dos al nieto de David, en recuerdo de este último, porque había amado a Dios, y por la ciudad de Jerusalén, donde quiso erigir un templo. 6. Oyendo estas palabras Salomón se sintió afligido y profun- damente turbado, porque su felicidad, que todos le envidiaban, cambiaba de tal modo para mal. No pasó mucho tiempo después de la predicción, cuando Dios levantó contra él a un enemigo llamado Ader, cuya enemistad tuvo el siguiente origen: era un joven idumeo, de estirpe real, y cuando Joab, el capitán del ejército de David, arrasó a Idumea y exterminó en seis meses a todos los hombres capaces de portar armas, fué el único que logró huir a la corte del faraón, rey de Egipto. Este lo recibió amablemente, le dió una casa para vivir y tierra para su sustento, y cuando llegó a la adolescencia, era tanto el cariño que le había cobrado que le dió en matrimonio a la hermana de su esposa, que se llamaba Tafín. Tuvieron un hijo que fué criado junto con los hijos del rey. Cuando Ader se enteró en Egipto de la muerte de David y de Joab, pidió permiso al faraón para volver a su patria. El rey le preguntó por qué necesidad, o por qué contratiempo, se proponía dejarlo, y a pesar de sus frecuentes ruegos e insistencias, en aquel momento no lo autorizó. Pero en la época en que los asuntos de Salomón comenzaban a empeorar, a causa de las referidas violaciones y de la cólera con que Dios las recibió, el faraón le dió finalmente permiso y Ader volvió a Idumea. No logró separar al país de Salomón, porque estaba ocupado por numerosas guarniciones que hacían difícil y peligrosa toda innovación. Partió entonces hacia Siria. Allí se encontró con un tal Raazar, que había huido del lado de su amo Adrazar, rey de Sofen, y se dedicaba al pillaje en esa zona. Hizo amistad con él y reuniendo una banda de ladrones, invadió la parte alta del país, ocupó esa región de Siria y se proclamó rey. Luego, haciendo incursiones en la tierra de Israel, causó daños y depredaciones, durante la vida de Salomón. Estos fueron los males que ocasionó Ader a los hebreos. 7. Luego Salomón vió alzarse contra él a un hombre de su propia nación, Jeroboam hijo de Nabateo, quien tenía ambiciones de subir por una profecía que le habían hecho mucho tiempo antes. Huérfano de padre desde que era una criatura, había sido criado por su madre, y luego Salomón, viendo que era activo y animoso, lo había nombrado cuidador de los muros que construyó alrededor de Jerusalén. Jeroboam puso tanto empeño en la dirección de las obras, que el rey lo felicitó, y para recompensarlo le dió el gobierno de la tribu de José. En aquella oportunidad Jeroboam, al salir de Jerusalén, se encontró con un profeta de la ciudad de Siló llamado Aquías. Este lo saludó y lo llevó a un lugar desierto, a cierta distancia del camino. Allí se rasgó el manto que llevaba puesto en doce trozos, y dando diez a Jeroboam, le dijo: -Esta es la voluntad de Dios. Dividirá 'el dominio de Salomón y dará a su hijo, por la promesa que hizo a David, una tribu y la contigua, y a ti te otorgará las otras diez, porque Salomón pecó contra él y se entregó a sus mujeres y a sus dioses. Sabiendo por qué cambió Dios de sentimientos con respecto a Salomón, trata de ser justo y observar las leyes, porque tienes delante de ti, como precio de la piedad y de tu devoción a Dios, la más grande de todas las recompensas, la promesa de llegar a ser tan grande como tú sabes que fué David. 8. Exaltado por las palabras del profeta, Jeroboam, joven de temperamento ardiente y ambicioso de grandeza, no se dió des- canso, y habiendo obtenido la gobernación y recordando las reve- laciones de Aquías, se entregó inmediatamente a la tarea de con- vencer al pueblo de que abandonara a Salomón, se rebelara contra él y le confiriera el poder a él. Enterado de sus propósitos y su conspiración, Salomón decidió prenderlo y darle muerte. Pero informado a tiempo, Joroboam huyó al país de Suseo, rey de Egipto. Allí residió hasta la muerte de Salomón, obteniendo de este modo la doble ventaja de eludir la persecución de Salomón y de reservarse para el reinado. Salomón murió muy viejo, después de haber reinado ochenta años y vivido noventa y cuatro. Fué sepultado en Jerusalén. Sobrepasó a todos los demás reyes en prosperidad, riqueza y sabiduría, menos en las transgresiones que cometió al volverse viejo inducido por las mujeres. Sobre estas transgresiones y las desdichas que acarrearon a los hebreos, creo conveniente hablar en otra oportunidad. CAPITULO VIII Después de la muerte de Salomón el pueblo abandona a su hijo Roboam y ordena a Jeroboam rey de diez tribus 1. Muerto Salomón, lo sucedió en el trono su hijo Roboam, nacido de una amonita llamada Nooma. Los jefes del pueblo mandaron a buscar inmediatamente a Jeroboam a Egipto, para que se reuniera con ellos en la ciudad de Siquem. Allí fué también Roboam, porque los israelitas habían resuelto reunirse en aquella ciudad para proclamarlo rey. Los jefes del pueblo fueron a verlo y le suplicaron que aligerara un poco la servidumbre y se mostrara más amable que su padre, que les había impuesto un yugo tan pesado. De este modo estarían mejor dispuestos hacia él, haciéndolos la moderación más dóciles que el temor. Roboam les dijo que volvieran tres días después a recibir la contestación a su pedido. Se hizo de este modo sospechoso por no haberles dado en seguida una respuesta favorable, porque consideraban que la bondad y la generosidad debían ser espontáneas, sobre todo en un hombre joven. De todas maneras pensaron que el hecho de que quisiera consultar y no les hubiera negado al instante el pedido, permitía por lo !henos abrigar buenas esperanzas. 2. Roboam reunió a los amigos de su padre y los consultó sobre la respuesta que debía dar al pueblo. Estos le dieron un consejo propio de hombres bien intencionados y conocedores del alma popular, le aconsejaron que hablara a la multitud amable- mente y con más familiaridad de la que correspondía a la pompa real. De esta manera los haría someterse espontáneamente y con la mejor voluntad, porque a los súbditos les agrada que el rey se muestre condescendiente y se ponga al mismo nivel que ellos. Roboam rechazó ese consejo tan bueno y que tantas ventajas le hubiera otorgado, al menos en aquel momento en que estaba su porvenir en juego. Me imagino que debe de haber sido Dios quien lo impulsé a repudiar lo que podía serle beneficioso. Llamó a los jóvenes que se habían criado con él, les comunicó el consejo de los ancianos y les pidió que le expresaran su opinión sobre la conducta a seguir. Estos, a quienes su juventud y la voluntad de Dios les impedía discernir lo que era justo, le aconsejaron que respondiera al pueblo que su dedo más pequeño era más grueso que los lomos de su padre; que si conocieron la severidad de Salomón, recibirían de su parte un tratamiento más duro aún, y que si su padre los castigaba con látigos, él lo haría con escorpiones. Al rey le agradó el consejo y juzgó que esa respuesta cuadraba a su dignidad real. El pueblo se reunió al tercer día para escuchar su contestación, y cuando la multitud aguardaba atenta la palabra del rey, suponiendo que sería amable, benigna y humana, Roboam les dió como respuesta la que le habían aconsejado los jóvenes, desdeñando la opinión de sus amigos. Esta conducta le había sido dictada por la voluntad divina para que se cumpliera la profecía de Aquías. 3. Sacudidos por esas palabras, como si hubiesen sido golpea- dos por un martillo de hierro, y consternados por lo que había dicho como si ya hubiesen experimentado sus efectos, se indig- naron de gran manera y gritaron todos al mismo tiempo que en adelante ya no había nada en común entre ellos y David o sus descendientes; y que sólo dejarían a Roboam el Templo que había construido su padre. Amenazaron abandonarlo, pero era tan grande la irritación del pueblo y tan intenso su encono que cuando el rey envió a Adoram, el encargado de los impuestos, para calmarlos y pedirles que lo disculparan si había dicho algo áspero u ofensivo atribuible a su juventud, no quisieron escucharlo y lo mataron a pedradas. Ante aquel episodio Roboam se consideró el destinatario de las piedras que habían matado a Adoram, y temiendo sufrir el mismo castigo, subió a su carro y huyó a Jerusalén. Allí la tribu de Judá y la de Benjamín lo eligieron rey, pero el resto del pueblo se separó desde ese día del hijo de David y puso a su frente a Jeroboam. Roboam hijo de Salomón reunió en asamblea a las dos tribus que le seguían sometidas, y se dispuso a alistar un ejército de ciento ochenta mil hombres selectos para marchar contra Jeroboam y su gente y someterlos por la fuerza. Pero Dios, por medio del profeta, le prohibió hacer la guerra, porque no era justo que los hermanos de una misma nación pelearan entre sí. Además, dijo también, la defección del pueblo se produjo de acuerdo con los designios de Dios. Roboam abandonó su propósito. Ahora voy a referir primeramente los actos de Teroboam, rey de Israel, y luego los de Roboam, rey de las dos tribus; de este modo conservaré el buen orden de toda la historia. 1 Es la misma traducción, que dan los Setenta de la expresión hebrea. 4. Jeroboam construyó un palacio en la ciudad de Siquem, donde estableció su residencia, y se edificó otro en la ciudad lla- mada Fanuel. Luego, y como dentro de poco tiempo debía cele- brarse la fiesta de los Tabernáculos, pensó que si permitía a sus súbditos que fueran a Jerusalén a rendir culto a Dios y a pasar alli la fiesta, podía suceder que se arrepintieran de lo hecho, seducidos por el Templo y la adoración que en él recibía Dios, y que lo abandonasen y volvieran a su rey anterior; en tal caso correría el peligro de perder la vida. Concibió por lo tanto el siguiente recurso. Mandó hacer dos becerros de oro1 y dos capillas, una en la ciudad de Bezel y la otra en Dan, que está situada cerca de las fuentes del Jordán menor, instalando un becerro en cada santuario. Luego convocó a las diez tribus que él gobernaba y habló al pueblo con estas palabras: -Supongo que vosotros sabéis, compatriotas, que todos los si- tios contienen a Dios, que su presencia no está limitada a un lugar determinado, que él oye y ve en todos lados a los que lo adoran. Por eso creo que no debo aconsejaros hoy hacer un viaje tan largo hasta Jerusalén, la ciudad de nuestros enemigos, para rendirle culto. El Templo lo edificó un hombre; y yo también fabriqué dos becerros de oro que llevan el nombre de Dios. Uno lo consagré en la ciudad de Bezel y el otro en Dan, para que puedan ir a prosternarse ante Dios los que vivan cerca de esas ciudades. Designaré, además, a algunos de vosotros como sacerdotes y levitas, para que podáis prescindir de la tribu de Leví y de los hijos de Aarón. Aquellos de vosotros que quieran ejercer el sacerdocio deberán ofrecer a Dios un toro joven y un carnero, como dicen que hizo Aarón, el primer sacerdote. Con estas palabras Jeroboam engañó al pueblo, lo apartó del culto de sus antepasados y le hizo violar las leyes. Este fué para los hebreos el origen de sus males y la causa de que fueran derrotados en la guerra con las naciones extranjeras y cayeran en el cautiverio. Pero todo esto lo referiremos luego, en el lugar que le corresponda. 5. Al acercarse la fiesta de los Tabernáculos, en el séptimo mes, Jeroboam quiso celebrarla en Bezel, como lo hacían las dos tribus en Jerusalén. Erigió un altar delante del becerro, y oficiando de sumo pontífice subió al altar con sus propios sacerdotes. Pero cuando iba a ofrecer los sacrificios y los holocaustos a la vista del pueblo, llegó hasta él un profeta de Jerusalén, llamado Jadón, emriado por Dios, quien poniéndose en medio de la multitud pronunció estas palabras en presencia del rey y dirigiéndose al altar: -Dios predice que vendrá un hombre de la familia de David, llamado Josías, que sacrificará sobre ti, altar, a los falsos sacer- c_c tes que existen en ese momento y quemará sobre ti los huesos de estos impostores, embaucadores e impíos. Y para que nadie dude de que así será, les anticipo una señal que ocurrirá también: ahora mismo se quebrará este altar y toda la grasa de los sacrificios que tiene encima se derramará en el suelo. Ante estas palabras del profeta, Jeroboam, presa de furor, alzó +tna mano y ordenó que fuera detenido. Pero la mano tendida perdió de pronto su vigor y ni siquiera tuvo fuerza para recogerla; quedó colgando a su lado, entumecida y extenuada. Al mismo tiempo el altar se desplomó y todo lo que tenía encima cayó al suelo, como lo había anunciado el profeta. Convencido de que el hombre era veraz y poseía presciencia divina, Jeroboam le pidió que rogara a Dios que le reanimara la mano derecha. El profeta suplicó a Dios que consintiera. Jubiloso por haber recuperado la mano, el rey invitó al profeta a comer con él. Pero Jadón respondió que no podría tolerar ni entrar en su casa ni probar el pan y el agua de esa ciudad; Dios se lo había prohibido„ lo mismo que volver por el mismo camino por el que había venido, debiendo tomar por otro distinto. El rey se asombró de su firmeza y quedó por su parte inquieto, sospechando por las predicciones que sus asuntos cambiarían para empeorar. CAPITULO IX Convencido por otro profeta falso, el profeta Jadón vuelve a Bezel y es luego muerto por un león 1. Había en la ciudad un viejo perverso, un falso profeta, a quien Jeroboam estimaba, engañado por sus palabras aduladoras. Ese hombre guardaba cama, quebrantado por la vejez. Sus hijos le relataron el incidente del profeta llegado de Jerusalén, con los signos milagrosos que se habían producido, y el episodio de la mano de Jeroboam, que después de habérsela secado, la recuperó gracias a las súplicas del visitante. Temeroso de que el extranjero lo desplazara en la estima del rey y obtuviera honores más grande, ordenó a sus hijos que le ensillaran en seguida el asno y lo prepararan para un viaje. Los hijos se apresuraron a obedecerle, y montando en el asno, salió tras el profeta. Lo encontró descansando bajo un gran roble, frondoso y um- brío; primero lo saludó y luego le reprochó por no haber ido a su casa a compartir su hospitalidad. El profeta le respondió que Dios le había prohibido probar nada en la casa de ningún habi- tante de la ciudad. -Pero la prohibición -replicó el otro- no se refiere a mi casa. Yo también soy profeta, observo el mismo culto que tú hacia Dios, y ahora vengo, enviado por él, a llevarte a comer conmigo. Jadón, creyendo sus mentiras, consintió en volver sobre sus pasos. Pero cuando estaban comiendo juntos amistosamente, Dios se apareció a Jadón y le declaró que por haber transgredido sus órdenes sería castigado. Después de partir, le dijo, 1 La Biblia no habla de leones ni indica el género de muerte que sufriría. encontraría un león en el camino; sería devorado por él y quedaría privado de sepultura en la tumba de sus padres1. Todo lo cual ocurrió, me imagino, de acuerdo con la voluntad de Dios, para que Jeroboam no prestara oídos a las palabras de Jadón, quien quedaba convicto de haber mentido. No obstante, cuando Jadón volvía a Jerusalén encontró un león que lo arrancó de la montura y lo hizo pedazos, pero no tocó al asno y se quedó acurrucado cuidándolo y velando el cadáver del profeta. Hasta que lo vieron unos viajeros y fueron a la ciudad a comunicárselo al falso profeta. Este envió a sus hijos a transportar el cuerpo a la ciudad, y le hizo un costoso funeral. Recomendó además a sus hijos que cuando él muriera lo enterraran junto a Jadón, porque era cierto todo lo que había profetizado sobre la ciudad y el altar y los sacerdotes y los falsos profetas; si a él lo sepultaban junto con él y sus huesos se confundían con los suyos, escaparía al tratamiento injurioso después de su muerte. Después de enterrar al profeta y hacer esas recomendaciones a sus hijos, como perverso e impío que era, fué a ver a Jeroboam y le dijo: -¿Por qué te perturban las palabras de ese insensato? El rey le contó lo que había sucedido junto al altar y lo que le había pasado con la mano, afirmando que aquel hombre era realmente divino, un excelente profeta. El malvado trató de des- truir esa opinión valiéndose de falsos argumentos, y deformó los hechos comentándolos con pérfidas razones y palabras astutas. Aseguró que la mano del rey había quedado entumecida por la fatiga de sostener los sacrificios, y que una vez descansada recu- peró su estado normal; y que el altar era nuevo, recién cons- truído, y se había derrumbado por el peso de las numerosas ofrendas que recibió. Le comunicó asimismo la muerte del hombre que había hecho esas predicciones, atacado por un león. -No tenía, por lo tanto, nada de profeta, ni en su persona ni en sus palabras. Con estas palabras convenció al rey y apartó sus pensamientos de Dios y de las acciones rectas y justas, y lo animó a que persistiera en sus prácticas impías. Era tan grande el empeño de su injuriosa rebelión contra Dios y de sus transgresiones de la ley, que buscaba diariamente nuevas y más graves perversiones para agregar a las anteriores. Y por ahora será suficiente con lo que hemos dicho sobre Jeroboam. CAPITULO X Susac, rey de Egipto, ataca a Jerusalén, toma la ciudad y se lleva las riquezas a su país 1. Roboam hijo de Salomón, rey de dos tribus, como hemos dicho antes, construyó las ciudades, grandes y fuertes, de Betlem, Etam, Tecoa, Betsur, Soco, Odolam, Ipán, Marisa, Zifa, Adoraim, Laquis, Meca, Saraím, Elom y Hebrón. Estas primeras ciudades fueron levantadas en el territorio de Judá, pero además construyó otras no menores en el territorio de Benjamín; las rodeó de murallas, estableció en todas ellas guarniciones y gobernadores, dejó en cada ciudad una cantidad de trigo, vino y aceite y les dio abundantes provisiones de todo lo necesario. Las proveyó, además, de escudos y lanzas para millares de hombres. Los sacerdotes que se hallaban dispersos por todo Israel fueron a reunirse con él en Jerusalén, así como los levitas y todos los hombres justos y virtuosos que había en el pueblo. Abandonaron sus ciudades para ir a adorar a Dios en Jerusalén, porque no querían verse obligados a adorar los becerros hechos por Jeroboam. De este modo reforzaron, durante tres años, el reino de Roboam. Después de haberse casado con una mujer de su familia, que le dió tres hijos, Roboam desposó a otra mujer también emparentada con él, una hija de Absalón nacida de Tamar, llamada Macama. Tuvo con ella un hijo al que llamó Abías. Engendró muchos otros hijos con otras mujeres, pero Macama era la que más amaba de todas sus esposas. Tuvo dieciocho esposas legítimas y treinta concubinas, que le dieron veintiocho hijos y sesenta hijas. Designó como sucesor para ocupar su trono a Abías, hijo de Macama, y le confió sus tesoros y sus ciudades más fuertes. 2. Pienso que la grandeza de un reino y su creciente prospe- ridad suelen ser a menudo motivo de desdichas y desarreglos para los hombres. Ilusionado por los progresos de su reino, Roboam se desvió de la senda recta y se entregó a prácticas ilícitas e impías; despreció el culto de Dios hasta el punto de que el pueblo se dedicó a imitar sus pecados. Acontece habitualmente que las costumbres de los súbditos se corrompen al mismo tiempo que la conducta de sus gobernantes; renuncian a la vida prudente que llevaban y que parecería reprochar los desmanes de los jefes, y adoptan sus vicios como si fueran virtudes. No es posible demostrar que se aprueba la conducta de los reyes si no se actúa como ellos. Es lo que ocurrió con los súbditos de Roboam; frente a sus impiedades y sus desbordes, trataron de no ofender al rey persistiendo en la observancia de la virtud. Pero Dios, para vengar sus ultrajes, envió a Susac, el rey de los egipcios, cuyas acciones Herodoto atribuyó erróneamente a Sesostris. Susac marchó contra Roboam en el quinto año de su reinado, con muchas millares de combatientes; lo seguían mil doscientos carros, sesenta mil hombres a caballo y cuatrocientos mil a pie. La mayor parte eran de Libia y Etiopía. Cayeron sobre el país de los hebreos, tomaron sin lucha las ciudades más fuertes del reino de Roboam y dejando en ellas guarniciones marcharon contra Jerusalén. 3. Roboam y el pueblo quedaron encerrados en la ciudad de Jerusalén, a consecuencia del ataque de Susac, y suplicaron a Dios que les diera la victoria y los salvara; pero no pudieron convencerlo de que se pusiera de su parte. El profeta Sameas declaró que Dios amenazaba abandonarlos, como ellos habían abandonado su culto. Oyendo estas palabras se sintieron invadidos por la consternación y no viendo otro medio de salvarse confesaron todos que Dios tenía razón en desampararlos, porque ellos habían sido impíos y violado sus leyes. Cuando Dios los vió dispuestos a reconocer sus pecados, dijo al profeta que él no deseaba su destrucción, pero que no obstante los sometería a los egipcios, para que apreciaran si era menos penoso servir a Dios o a los hombres. 1 V. Contra Apión, 1, 22. Después de haber tomado Susac la ciudad sin lucha, porque Roboam, aterrorizado, lo había hecho entrar, Susac no respetó los compromisos asumidos, saqueó el Templo, vació los tesoros de Dios y los del rey y se llevó enormes sumas de oro y cantidades de oro y plata, sin dejar nada. Se apoderó asimismo de los escudos de oro y de las rodelas que había fabricado el rey Salomón. Tampoco dejó los carcajes de oro que David consagrara a Dios después de tomárselos al rey de Sofene. Hecho esto regresó a su reino. Herodoto de Halicarnaso menciona esta expedición, habiéndose equivocado únicamente en el nombre del rey1; refiere que hizo la guerra contra otras naciones y que subyugó a la Siria de Palestina, tomando prisioneros sin lucha a los hombres que encontró. Evidentemente quiere indicar que nuestro país fué sometido por el egipcio. Porque dice que dejó en el país de los que se rindieron sin pelear columnas en las que hizo esculpir las partes pudendas de las mujeres. Y nuestro rey Roboam le entregó la ciudad sin combatir. Agrega además que los etíopes aprendieron la circuncisión de los egipcios, "porque los mismos fenicios y los sirios de Palestina reconocen que la aprendieron de los egipcios". No obstante es indudable que de los sirios que viven en Palestina fuera del nuestro ningún otro pueblo practica la circuncisión. Pero sobre este asunto que cada cual piense lo que le parezca. 4. Cuando Susac se fué, el rey mandó hacer escudos y rodelas de bronce, para reemplazar a los de oro, y los entregó en igual cantidad a los guardianes del palacio real. En lugar de una vidá de expediciones guerreras y hazañas gloriosas, reinó en una com- pleta quietud mezclada con el miedo por la permanente enemistad de Jeroboam. Murió a los cincuenta y siete años, después de reinar diecisiete. Fué un hombre de carácter jactancioso e imprudente, y perdió una parte de su reino por no atender los consejos de los amigos de su padre. Fué sepultado en Jerusalén en la tumba de los reyes. Lo sucedió en el trono su hijo Abías, en el décimoctavo año del reinado de Jeroboam en las diez tribus. Y así fué como sucedieron estos hechos. Ahora debemos seguir relatando acerca de Jeroboam, y contar de qué modo terminó su vida. Prosiguió injuriando a Dios sin tregua ni descanso, levantando todos los días nuevos altares en altas montañas y creando sacerdotes del vulgo. CAPITULO XI La expedición de Jeroboam, rey de los israelitas, contra Abías, hijo de Roboam; su derrota. Muerte de Jeroboam. Basanes extermina a la familia de Jeroboam y se apodera del trono 1. No pasó mucho tiempo antes de que Dios hiciera caer sobre la cabeza de Jeroboam y toda su familia el castigo que merecían por su impiedad. Estando enfermo en aquel entonces un hijo de él, llamado Obimes, mandó a su mujer que se despojara de sus vestimentas reales, se vistiera como una mujer del pueblo y fuera a ver al profeta Aquías, porque, dijo, ese hombre sabía predecir maravillosamente lo futuro, habiendo sido él quien le había predicho que sería rey. Le encargó que cuando estuviera en su presencia, le preguntara, fingiéndose extranjera, acerca de su hijo, para averiguar si se salvaría de la enfermedad. Obedeciendo la orden de su esposo, se cambió de ropa y se trasladó a la ciudad de Siló, donde vivía Aquías. Cuando estaba por entrar en la casa del profeta, que había perdido la vista por su avanzada edad, Dios se apareció a Aquías y le señaló la visita de la mujer de Jeroboam y las respuestas que debía darle a sus preguntas. La mujer entró y se presentó como una persona común y extranjera, y el profeta exclamó: -Entra, esposa de Jeroboam. ¿Por qué te disfrazas? Nunca podrás ocultarte de Dios, que en una visión me informó de tu lle- gada y me instruyó sobre lo que debía decirte. Vuelve al lado de tu marido y dile que Dios habló así: Como yo te hice grande, a ti que eras pequeño, o más bien nadie, y arranqué la realeza a la familia de David para dártela a ti, y tú, sin recordar mis favores abandonaste mi culto y te hiciste dioses de fundición y los vene- raste, volveré a derribarte lo mismo que te elevé, destruiré a toda tu familia haciéndola devorar por los perros y las aves. Porque he suscitado un rey para todos los israelitas, que no dejará subsistir a nadie de la estirpe de Jeroboam. La multitud también compartirá el castigo; será expulsada de esta tierra feliz, y dispersada por las regiones del otro lado del Éufrates, por haberse plegado a la impiedad del rey y adorado a los dioses que fabricó después de abandonar mis sacrificios. Tú, mujer, apresúrate a llevar este mensaje a tu marido. En cuanto a tu hijo, lo hallarás muerto; lo abandonará la vida en el mismo momento en que tú llegues a la ciudad. Será sepultado con el llanto de toda la multitud y honrado con el duelo público, porque era el único miembro virtuoso de la familia de Jeroboam. Hecha la profecía, la mujer se retiró muy afligida por la muerte de su hijo; lloró durante todo el trayecto ante la idea de su fin inminente. Desesperada y dolorida por la inevitable desdicha, marchó con una prisa fatal para su hijo, porque cuanto más se apresurara, tanto más pronto lo vería muerto; pero estaba obligada a hacerlo por su marido. Cuando llegó se encontró con que.el niño había expirado, como lo había predicho el profeta; y se lo contó todo al rey. 2. Sin preocuparse por nada de eso, Jeroboam reunió un gran ejército y marchó a combatir a Abías, el hijo de Roboam que lo había sucedido en el reinado de las dos tribus, menospreciándolo por su juventud. Pero éste, enterado de la expedición de Jeroboam, en lugar de atemorizarse demostró un valor superior a su edad y a las esperanzas del enemigo. Reclutó un ejército en las dos tribus y salió a enfrentar a Jeroboam en un sitio llamado monte Semarón. Estableció el campamento cerca del enemigo y se preparó para la lucha. Sus fuerzas alcanzaban a la suma de cuatrocientos mil hombres; el ejército de Jeroboam tenía el doble de ese número. Cuando los dos ejércitos se hallaban en formación, listos para entrar en combate, Abías subió a un lugar elevado y haciendo un ademán con la mano pidió al pueblo y a Jeroboam que antes escucharan callados lo que tenía que decirles. Hecho el silencio comenzó a hablar de este modo: -Dios acordó el gobierno para siempre a David y sus descen- dientes, como vosotros no ignoráis; me sorprende por eso ver 1 Este argumento del el mérito de los padres, que no figura en la Biblia en la alocución de Abías, pertenece a la tradición rabínica. ahora que, apartados de mi padre, os hayáis entregado a un esclavo como Jeroboam y vengáis a combatir a los que Dios adjudicó la realeza y a despojarlos del dominio que aún les queda; porque la parte más grande la detenta injustamente Jeroboam. Pero no creo que goce mucho tiempo más de su posesión; Dios, que lo castigará por sus culpas pasadas, pondrá fin a sus transgresiones y a las ofensas que le sigue infiriendo continuamente y que os ha instado a imitar; mi padre no os ha hecho ningún daño, vosotros os habéis ofendido simplemente por palabras pronunciadas en una asamblea por la influencia de malos consejeros. Este es el motivo de que aparentemente lo hayáis abandonado a él, llevados por la cólera, pero en realidad os habéis apartado de Dios y de sus leyes. Hubiera sido justo de vuestra parte que hubieseis perdonado a un hombre joven e inexperto en el gobierno de un pueblo, no solamente alguna frase desagradable sino también cualquier acción infortunada que lo hubieran llevado a cometer su juventud y su falta de práctica en el manejo de las cosas públicas. Lo hubierais hecho por consi- deración a su padre Salomón y por los beneficios que de él habéis recibido; porque las faltas de los hijos deben ser redimidas por los méritos de los padres1. Pero vosotros no habéis considerado nada de eso, ni antes ni ahora, y venís en cambio contra nosotros con un ejército tan grande. ¿Pero de quién dependéis para obtener la victoria? ¿De los becerros de oro y los altares instalados en sitios altos, y que comprueban vuestra impiedad y no vuestra devoción? ¿0 es la multitud superior de vuestro ejército la que os imparte esas buenas esperanzas? Pero muchos millares de hombres no otorgan fuerza a un ejército cuando la causa de la guerra es injusta; sólo en la justicia y la piedad religiosa reside la verdadera esperanza de victoria, y ella está en nosotros porque hemos observado las leyes desde el principio y hemos adorado a nuestro Dios, que no fué hecho a mano con materia corruptible ni formado por un rey perverso para engañar al pueblo; es un Dios creador de sí mismo, comienzo y fin de todas las cosas. Os exhorto, aun en esta misma hora, a que os 1 Tres ciudades con sus aldeas menciona la Biblia, Betlem, Isana y Efraím (2 Crónicas, 13,19). 2La Biblia no dice que la madre compartiera el trono. Debe decir "el de las dos tribus" o sea el de Judá. El país de los israelitas era el de las diez tribus. 3 arrepintáis y a que, siguiendo un consejo más prudente, desistáis de la lucha, abracéis las leyes de vuestra patria y meditéis sobre qué es lo que os ha dado la felicidad tan grande de que ahora gozáis. 3. Estas fueron las palabras que Abías dirigió al pueblo. Cuando todavía estaba hablando, Jeroboam envió secretamente a algunos de sus soldados para que rodearan a Abías por ciertos lugares disimulados. Cuando quedó envuelto de este modo por el enemigo, su ejército se sintió atemorizado y perdió el valor. Pero Abías los animó conjurándolos a que depositaran su esperanza en Dios, que no se dejaba rodear por el enemigo. Todos invocaron la ayuda de Dios, mientras los sacerdotes hacían sonar las trompetas, y dando grandes gritos se lanzaron contra el enemigo, a quien Dios hizo flaquear el valor, dando superioridad al ejército de Abías. Hicieron una matanza entre las fuerzas de Jeroboam de la que no se conoce nada igual en ninguna otra guerra, ni de los griegos ni de los bárbaros, y obtuvieron con el auspicio de Dios una victoria grandiosa y memorable. Derribaron a quinientos mil enemigos, tomaron por asalto a las ciudades mejor fortificadas, que luego saquearon, y también Betlem con sus aldeas e Isana con las suyas1. Después de esta derrota Jeroboam no volvió a recuperar su fuerza mientras duró la vida de Abías. Pero éste sobrevivió poco tiempo a su victoria; murió después de reinar tres años y fué sepultado en Jerusalén, en las tumbas de sus antepasados. Dejó veintidós hijos y dieciséis hijas, que tuvo con catorce esposas. Lo sucedió en el trono su hijo Asán, con la madre del joven que se llamaba Macaia2. Con su reinado el país de los israelitas3 gozó de paz durante diez años. 4. Esta es la historia que nos ha llegado de Abías hijo de Roboam hijo de Salomón. Jeroboam, el rey de las diez tribus, murió a su vez después de reinar veintidós años. Tuvo por sucesor a su hijo Nadab, en el segundo año del reinado de Asán. 4 El relato de la Biblia no dice que hubiese sido un amigo. El hijo de Jeroboam gobernó dos años, y se pareció a su padre en impiedad y perversidad. Durante esos años hizo una expedición contra Gahato, ciudad de los filisteos, y le puso sitio para tomarla. Pero murió en una celada que le tendió uno de sus amigos4, llamado Basanes hijo de Maque], quien después de matarlo se apoderó del reino y exterminó a la familia de Jeroboam. Y aconteció, de acuerdo con la predicción de Dios, que los parientes de Jeroboam murieron unos en la ciudad, despedazados y devorados por los perros, y otros en el campo por las aves. La casa de Jeroboam sufrió de este modo el justo castigo que merecían su impiedad y su iniquidad. 1 "Un ejército de mil millares y trescientos carros", dice la Biblia (2 Crónicas, 14, 9). CAPITULO XII Los etíopes atacan a Jerusalén y son derrotados por Asán, hijo de Abías 1. Asán, rey de Jerusalén, era un hombre de excelentes costumbres e inclinado hacia Dios; todos sus actos se inspiraban en la piedad y en la fiel observancia de las leves. Reformó el reino, eliminando los elementos malos y purificándolo de toda contaminación. Tenía un ejército selecto armado de escudos y lanzas, trescientos mil hombres de la tribu de Judá, y de la tribu de Benjamín doscientos cincuenta mil, provistos de rodelas y arcos. Cuando ya había reinado diez años Zareo, rey de Etiopía, lo atacó con un gran ejército de novecientos mil soldados de infan- tería, cien mil de a caballo y trescientos carros1. Al llegar a Na- risa, ciudad de la tribu de Judá, Asán le salió al encuentro con sus fuerzas, y las puso en formación de combate frente al enemigo en un valle llamado Safatá, próximo a la ciudad. Cuando vió a la multitud de los etíopes alzó la voz para rogar a Dios que le diera la victoria y le permitiera destruir a sus millares de adversarios. Sólo dependía, le dijo, para animarse a enfrentar a Zarco, del auxilio divino, que era capaz de dar superioridad a los menos sobre los más y a los débiles sobre los fuertes. 2. Mientras Asán decía estas palabras, Dios le dió un signo de victoria. Entró en combate contento por las predicciones de Dios y mató una gran cantidad de etíopes, poniendo en fuga a los demás, a los que persiguió hasta el país de Gerar. Suspendida la matanza del enemigo, se entregaron al saqueo de la ciudad (porque ya habían tomado Gerar) y del campo, y se llevaron oro y plata en cantidad y un gran botín de otras cosas, camellos, asnos y rebaños de ovejas. Obtenida por Dios esta gran victoria y el importante botín, Asán y su ejército regresaron a Jerusalén. A su llegada encontraron en el camino a un profeta llamado Azarías, que les ordenó detenerse y comenzó a decirles que esa victoria les había sido otorgada por Dios porque se habían mos- trado justos y piadosos y se habían conducido siempre de acuerdo con la voluntad de Dios. Si perseveraban, añadió, Dios les daría siempre el triunfo sobre sus enemigos y una vida dichosa. Pero si abandonaban su culto les pasaría todo lo contrario. -Y llegará un momento en que no habrá en todo el pueblo ni un solo profeta verdadero, ni un solo sacerdote que les interprete legítimamente el oráculo; vuestras ciudades serán derribadas y la nación desparramada por toda la tierra para llevar una vida de extranjeros y de errabundos. juy Y les aconsejó que, estando todavía a tiempo, fueran buenos stos y no se enajenaran la benevolencia de Dios. jEl rey y el pueblo recibieron jubilosamente sus palabras y todos untos y cada cual por separado pusieron todo su empeño en conducirse virtuosamente. El rey envió además mensajeros al campo para que también allí cumplieran con las leyes. 3. Estos fueron los hechos que ocurrieron con Asán, el rey de las dos tribus. Vuelvo ahora a Basanes, rey de la multitud de los israelitas, que mató a Nadab hijo de Jeroboam y se apoderó del poder. Vivía en la ciudad de Tarsa, donde había instalado su residencia, y reinó durante veinticuatro años. Más perverso e impío que Jeroboam y su hijo, hizo mucho daño a su pueblo y ofendió a Dios, quien le envió al profeta Jehú para predecirle que exterminaría a toda su familia y que provocaría en su casa las mismas desdichas con las que había destruido la casa de Jeroboam; porque Dios lo había hecho rey pero él no había respondido a su bondad gobernando al pueblo con justicia y devoción, conducta que beneficia en primer término a los que la observan y es en segundo lugar grata a Dios; en cambio había imitado al malvado rey Jeroboam, revelando que si el alma de éste había perecido su perversidad había persistido en aquél. Por 1 En la Biblia figura el nombre: "Benadad, rey de Siria, que estaba en Damasco" (1 Reyes, 15, 18; 2 Crónicas, 16, 2). lo tanto sufriría justicieramente los mismos males que él, por haber incurrido en la misma maldad. Aunque Basanes supo de antemano las desdichas que les tocarían a él y a su familia a causa de sus delitos, no abandonó en lo sucesivo sus prácticas malvadas, ni evitó seguir siendo cada vez peor hasta su muerte, ni trató de arrepentirse y obtener el perdón de sus faltas pasadas para obtener el perdón de Dios. Actuó como aquellos que ante la recompensa prometida si logran determinado objeto, no cesan de trabajar empeñosamente. Lo mismo hizo Basanes; después de la predicción del profeta acentuó su perversidad, como si los males con los cuales lo habían amenazado, la muerte de su familia y la ruina de su casa, y que son realmente los peores, fueran en verdad beneficios, y como un campeón de maldad incrementaba cada día sus esfuerzos. Finalmente reunió de nuevo a su ejército y asaltó a una importante ciudad llamada Armata, que se hallaba a cuarenta estadios de Jerusalén; la tomó y la fortificó, habiendo resuelto dejar en ella una guarnición y emplearla para asolar desde allí el reino de Asán. 4. Temeroso Asán de los atentados enemigos y considerando que las tropas estacionadas en Armata podían causar muchos daños en su país, envió embajadores al rey de Damasco1, con oro y plata, para pedirle su ayuda recordándole la amistad que los unía desde los tiempos de sus antepasados. El rey de Damasco recibió complacido las riquezas y selló con Asán una alianza rompiendo su amistad con Basanes; envió a los comandantes de sus fuerzas a las ciudades del reino de Israel con orden de asolarlas. Fueron los comandantes y quemaron unas ciudades y saquearon otras, entre ellas Ahión, Dana, Abelana y muchas otras. Enterado el rey de Israel de estos hechos, suspendió las obras de edificación y fortificación de Armata y se volvió para acudir apresuradamente en ayuda de su pueblo en peligro. Asán empleó los materiales preparados por Basanes para la construcción de la ciudad, y levantó en el mismo sitio dos ciudades fortificadas a una de las cuales la llamó Gaba y a la otra Masfá. Después de eso Basanes no volvió a tener ocasión para combatir contra Asán; se lo impidió la muerte. Fué enterrado en la ciudad de Tarsa, siguiéndolo en el trono su hijo Elán, quien, después de reinar dos años, murió asesinado en una emboscada por Zamar, capitán de la mitad de su ejército. Estando el rey en la casa de su prefecto Olsa, Zamar convenció a varios de sus soldados de caballería que lo asaltaran y lo mataran, cuando estaba sin sus hombres de armas y sus capitanes, que se encontraban ocupados en el sitio de la ciudad filistea de Gabata. 5. Después de matar a Elán, Zamar, el capitán del ejército, se apoderó del trono y, como lo había profetizado Jehú, mató a todos los de la casa de Basanes, porque sucedió que la casa de Basanes fué completamente aniquilada por su impiedad, de la misma manera que, como ya lo hemos dicho, quedó destruida la de Jeroboam. Pero el ejército que asediaba a Gabata, al conocer la suerte del rey y enterarse de que Zamar, su matador, había ocupado el trono, nombró rey por su parte a su general Amarín; éste retiró al ejército de Gabata y se trasladó a Tarsa, la capital, y la tomó por asalto. Viendo Zamar que la ciudad no tenía defensa, se refugió en el interior del palacio real al que prendió fuego, pereciendo entre las llamas. Había reinado seis días. Con esto el pueblo de los israelitas quedó dividido; unos que- rían como rey a Tamneo y otros a Amarín. Los partidarios de Amarín vencieron; dieron muerte a Tamneo y Amarín quedó como rey de todo el pueblo. Amarín comenzó a reinar en el trigé- simo año del reinado de Asán, y reinó durante doce años, los primeros seis en la ciudad de Tarsa y los restantes en la ciudad llamada Semareón, que los griegos denominaron Samaria. Le puso g zareón por el nombre de Semar, el que le vendió la colina donde edificó la ciudad. Amarín no se diferenció de los reyes que lo precedieron y sola- siente los superó en maldad. Todos se esforzaron en apartar al pueblo de Dios con sus perversas prácticas diarias. Por esta razón Dios hizo que se mataran uno al otro, sin dejar un solo miembro de sus familias. Amarín murió también, en Samaria, sucediéndole su hijo Acab. 6. Por todos estos hechos podemos conocer la dedicación con la que Dios se ocupa en los asuntos de la humanidad, su amor a los buenos y su odio a los perversos, a los que destruye de raíz. Por eso muchos de los reyes de Israel perecieron miserablemente eá poco tiempo, eliminados los unos por los otros, junto con sus familias, a causa de sus transgresiones y su perversidad. En cambio Asán, rey de Jerusalén y de las dos tribus, gracias a su piedad y su justicia, llegó por la providencia de Dios a una dichosa vejez y murió feliz después de reinar cuarenta y un años. A su muerte el poder pasó a su hijo Josafat, nacido de su esposa Abida. Todos concuerdan en que siguió los pasos de su abuelo David, por su valor y su piedad. Pero nadie nos obliga a que hablemos aquí de ese rey. CAPITULO XIII Acab contrae matrimonio con Jezabel y supera en perver sidad a todos los reyes que lo precedieron. La profecía de Elías 1. Acab, rey de Israel, residió en Samaria y conservó el poder veintidós años, sin observar una conducta distinta a la de sus predecesores, salvo para imaginar cosas peores y llegar al colmo de la perversidad. Imitó la depravación y las injurias a Dios de los reyes anteriores, y especialmente las transgresiones de Jeroboam. Adoró los becerros que había hecho aquél y añadió otros absurdos objetos de culto de su propia invención. Tomó por esposa a una hija de Itobal, rey de los tirios y sidonios, llamada Jezabel, quien le enseñó a rendir culto a sus dioses. Era una mujer activa y audaz; llegó a tal grado de indecencia y locura que edificó un templo al dios de los tirios, llamado Bel, e hizo plantar en su honor un bosque sagrado con árboles de todas las especies. Y nombró, además, para ese dios, sacerdotes y falsos profetas. El rey mismo se rodeó de muchos de esos hombres, sobrepasando en locura e inmoralidad a todos sus predecesores. 2. Un profeta del Dios supremo, de Tesbona, ciudad de la región de Galaad, fué a ver a Acab y le dijo que según le había anunciado Dios no haría llover ni enviaría rocío a la tierra durante aquellos años, hasta que el profeta compareciera. Después de confirmar sus palabras con un juramento, partió hacia el sur e instaló su residencia junto a un arroyo, que le proporcionaba agua para beber; en cuanto a su alimento, se lo traían los cuervos todos los días. Pero cuando el río se agotó por falta de lluvia, se trasladó a Sarefta, ciudad próxima a Sidón y Tiro, porque estaba situada entre las dos. Se lo ordenó Dios, porque allí encontraría una viuda que le daría de comer. Cuando estaba cerca de la puerta vió a una mujer que recogía leña. Habiéndole indicado Dios que era aquélla la mujer que lo alimentaría, se acercó, la saludó y le pidió agua para beber; la mujer se retiró para ir a buscarla, pero el profeta la llamó y le rogó que le trajera además una hogaza de pan. La mujer le juró que no tenía en su casa más que un puñado de harina y un poco de aceite, que había salido a recoger la madera para luego amasar la harina y hacer pan para ella y su hijo; después se morirían de hambre, porque ya no les quedaba nada. -Anímate -le dijo entonces el profeta-, vete y recobra la esperanza. Hazme ante todo una pequeña torta, y tráemela. Porque te predigo que ese vaso de harina y esa ánfora de aceite no se consumirán hasta que Dios haga llover. Dicho esto por el profeta, la mujer volvió a su casa y le hizo lo que le había encargado; comió ella y le dió a su hijo y al profeta. Y no le faltó nada hasta que terminó la sequía. Esa falta de lluvia la menciona también Menandro, que en el relato de la gesta de Itobal, rey de los tirios, dice así: "En su época hubo una sequía desde el mes de hiperbereteos hasta el mes de hiperbereteos del año siguiente; pero a sus súplicas estallaron grandes truenos. Este rey fundó la ciudad de Botris en Fenicia y la de Auza en Libia." Estas son las referencias de Menandro a la sequía que se produjo en tiempos de Acab, porque Itobal, rey de los tirios, gobernó en aquella misma época. 3. Cuando el hijo de la mujer de quien hemos hablado, aquella que alimentó al profeta, cayó enfermo hasta el punto de perder el aliento y quedar como muerto, la mujer fué a ver al profeta llorando y golpeándose el pecho con las manos, y lanzando exclamaciones dictadas por su dolor, y lo acusó de haber ido a reprocharle sus pecados causando con ello la muerte de su hijo. El profeta le pidió que tuviera valor y le confiara a su hijo, que él le devolvería la vida. La mujer le entregó el cuerpo; el profeta lo llevó al cuarto donde él vivía, lo tendió en la cama y alzando la voz dijo, dirigiéndose a Dios, que no había hecho bien en recompensar a la mujer que lo había atendido y alimentado, quitándole al hijo. Y le rogó que hiciera entrar de nuevo el alma en el cuerpo del niño y le devolviera la vida. Dios se compadeció 1 El nombre de Elías aparece ahora por primera vez, después de haberse referido durante todo el relato del episodio, únicamente al "profeta”. de la madre, deseoso de satisfacer al profeta, para que no pareciera que había ido a causar desdichas a la mujer, y el niño, en contra de lo que se esperaba, revivió. La madre agradeció al profeta, manifestando que ahora veía claramente que Dios hablaba con él. 4. Poco tiempo después fué a ver a Acab, de acuerdo con la voluntad de Dios, para informarle que llovería. El hambre se había extendido por todo el país, con una gran carencia de las cosas necesarias para la subsistencia. No solamente les faltaba a los hombres sino que la tierra, por la sequía, no producía el pasto suficiente para alimentar a los caballos y demás animales. El rey llamó a Oberías, procurador de sus bienes, y le dijo que quería ir a las fuentes de los ríos y a los arroyos a recoger el pasto que pudiera haber para alimentar al ganado. Agregó que había man- dado a buscar al profeta Elías1 por todo el orbe sin encontrarlo. Ordenó a Obedías que lo acompañara. Obedías y el rey resolvieron dividirse las rutas y cada cual tomó por la suya. Sucedió que cuando la reina Jezabel hizo matar a los profetas, Obedías escondió a cien de ellos en las cuevas subterráneas, alimentándolos únicamente con pan y agua. Al separarse Obedías del rey se encontró con el profeta Elías; le preguntó quién era y cuando lo supo se inclinó ante él. El profeta le ordenó que fuera a buscar al rey y le dijera que allí estaba Elías. Pero Obedías replicó: -¿Qué mal te he hecho para que me envíes a ver al que quiere matarte y te buscó para eso por todo el mundo? ¿Ignoras que envió hombres a todas partes con orden de darte muerte si te prendían? Temo, por otra parte, que Dios se te vuelva a aparecer y tú te vayas a otro sitio, y que si el rey me manda a buscarte y no te encuentro en ninguna parte, lo pague con mi vida. Rogó, por lo tanto, al profeta, que se cuidara de su seguridad, y le informara de la solicitud que había puesto en favor de sus colegas, y que había salvado a cien profetas, mientras los demás eran muertos por Jezabel, y que los tenía escondidos y les daba de comer. Pero Elías le pidió que fuera sin temor a ver al rey y le 1 450, según la Biblia (1 Reyes, 18, 19). aseguró con juramento que aquel mismo día se presentaría ante Acab. 5. Obedías comunicó a Acab el regreso de Elías y el rey le salió al encuentro y le preguntó con ira si él era el hombre que había causado tanto daño al pueblo de los hebreos y provocado la sequía que estaban soportando. Elías, sin adular al rey, replicó que ese hombre era el mismo rey, él y su familia eran los causantes de todas las desgracias, por haber introducido dioses extraños a los que adoraban abandonando a su Dios, que era el único verdadero y a quien ya no tenían ninguna consideración. Y lo instó a que lo siguiera, y reuniera al pueblo en el monte Carmelo, con sus profetas y los de su mujer, cuyo número indicó1, y con los profetas de los bosques sagrados, que eran unos cuatrocientos. Cuando todos los hombres reunidos por Acab corrieron a la mencionada montaña, el profeta Elías se situó entre ellos y les preguntó hasta cuándo seguirían viviendo en esa ambigüedad de sentimientos y opiniones. Si creían que el Dios de su patria era el verdadero y el único, debían obedecerle y cumplir sus manda- mientos; y si no le daban importancia y juzgaban que debían adorar a los dioses extranjeros, era menester que sólo siguieran a éstos. Como el pueblo no respondiera a sus palabras, Elías qui- so poner a prueba el poder de los dioses extranjeros y el de su Dios, del que era el único profeta mientras que aquéllos tenían cuatrocientos. Pidió que le permitieran tomar un becerro, sacri- ficarlo y depositarlo sobre una pila de leña, sin encender fuego debajo; ellos harían lo mismo y suplicarían a sus dioses que prendieran fuego a la pira. De este modo conocerían la naturaleza del verdadero Dios. Aceptada la propuesta por el pueblo, Elías invitó a los profetas a que fueran ellos los primeros en elegir un becerro, que lo sacrificaran e invocaran a sus dioses. Los ruegos y las invocaciones no produjeron ningún efecto después del sacrificio, y Elías se burló de ellos diciéndoles que llamaran a sus dioses a gritos, porque podían estar de viaje o durmiendo. Así lo hicieron 1 "como la palma (de la mano) de un hombre", dice la Biblia (1 Reyes, 18, 44). desde la masana hasta mediodía, cortándose con espadas y lanzas, según la costumbre de su país; pero fué inútil. Elías, queriendo a su vez ofrecer su sacrificio, pidió a los profetas que se apartaran y al pueblo que se acercara para que viera que no había puesto fuego a escondidas entre la madera. La multitud se aproximó y el profeta tomó doce piedras, una por cada tribu del pueblo hebreo, y erigió un ara, alrededor de la cual cavó una zanja profunda. Luego puso la leña sobre el ara y encima los trozos de carne y mandó traer de la fuente cuatro cántaros de agua, la que hizo derramar sobre el altar de manera que desbordara y llenara la fosa como si brotara de un manantial. Hecho esto comenzó a rogar a Dios, suplicándole que demostrara su poder a un pueblo extraviado desde hacía tanto tiempo. Mientras hablaba bajó de pronto del cielo una llama, a la vista de todo el pueblo, y consumió el sacrificio, y también el agua, dejando el lugar en seco. 6. Viendo esto los israelitas, se arrojaron al suelo y adoraron al Dios uno, llamándolo el más grande y el único verdadero y llamando a los otros simples nombres forjados por ideas depra- vadas e insensatas. Luego se apoderaron de los falsos profetas y. por orden de Elías les dieron muerte. Al rey le dijo Elías que fuera a comer sin más preocupaciones, porque en breve vería a Dios enviarles lluvia. Acab se retiró. Elías, por su parte, subió a la cima del monte Carmelo, se sentó en el suelo apoyando la cabeza en las rodillas y pidió a su criado que subiera a un puesto de observación desde donde pudiera ver el mar, y que cuando viera formarse una nube en cualquier parte le avisara, porque hasta entonces el cielo estaba limpio. El criado subió varias veces y siempre informaba que no veía nada; a la séptima vez anunció que veía algo negro en el cielo, no más grande que la pisada de un hombre1. Oyendo esto Elías, envió a avisar a Acab, aconsejándole que se fuera a la ciudad antes de que se descargara la lluvia. Acab se trasladó a la ciudad de Jesrael y poco después el cielo se oscureció y se cubrió de nubes, levantándose un viento violento con una lluvia abundante. El profeta, arrebatado por el espíritu 2 Izar podría ser en opinión de algunos comentaristas, Isacar, tribu a la que pertenecía la ciudad de Jesrael; según otros sería otra forma del mismo nombre de Jesrael. En efecto, más adelante aparece sola para designar a la misma ciudad. 3 Josefo suprime otra vez el elemento sobrenatural y omite las dos apariciones del ángel que menciona la Biblia (1 Reyes, 19, 5 y 7). divino, corrió junto con el carro del rey hasta Jesrael, ciudad de Izar2. 7. Cuando Jezabel, la esposa de Acab, se enteró de los prodigios realizados por Elías y de la matanza de sus profetas, se sintió furiosa y le envió mensajeros amenazando hacerlo morir como él había hecho exterminar a sus profetas. Elías, asustado, huyó a la ciudad llamada Bersabé, que se encuentra en los confines del territorio perteneciente a la tribu de Judá, cerca del país de los edomitas; allí dejó a su criado, y se retiró al desierto. Después de haber orado pidiendo la muerte, porque no era mejor que sus padres, ni debía aferrarse a la vida estando ellos muertos, se acostó a dormir al pie de un árbol. Algo lo despertó y al incorporarse encontró a su lado alimentos y agua3. Comió y recuperó las fuerzas con los alimentos, y se trasladó a la montaña llamada Sinaí, en la que se dice que Moisés recibió las leyes de Dios. Encontró una caverna profunda, penetró en ella e instaló allí su habitación. Una voz procedente de lo desconocido le preguntó por qué se había trasladado a aquel lugar, abandonando la ciudad; respondió que lo hizo porque había matado a los profetas de los dioses extranjeros y persuadido al pueblo de que había un solo Dios, aquel al que había adorado desde el principio, y que ahora lo buscaba la esposa del rey para castigarlo por su acción. De nuevo se oyó la voz para decirle que saliera al descubierto a la mañana siguiente, y que entonces le sería revelado lo que tenía que hacer. Al rayar el alba salió de la caverna, y sintió temblar la tierra y vió refulgir una brillante llamarada. Hecho el silencio, una voz divina le exhortó a que no se preocupara por su situación, porque ninguno de sus enemigos lo vencería. Y le ordenó volver a su patria y proclamar a Jehú hijo de Nemes rey de los hebreos, a Azael de Damasco, rey de los sirios, y a Eliseo, de la ciudad de Abela, para sucederlo a él como profeta. La mul- titud impía sería exterminada, en parte por Azael y en parte por Jehú. Oyendo estas palabras, Elías regresó al país de los hebreos, y al encontrar a Eliseo hijo de Safat, arando en compañía de otros con doce yuntas de bueyes, se acercó y le echó encima su manto. En seguida Eliseo comenzó a profetizar y dejando los bueyes siguió a Elías. Luego le pidió permiso para saludar a sus padres, y concedido por Elías, se despidió de ellos y se fué con el profeta. Durante toda la vida de Elías fué su discípulo y su servidor. Y con esto he terminado lo referente a los actos de este profeta. 8. Había un tal Nabot en la ciudad de Izar que tenía un campo contiguo a las posesiones del rey. El rey le pidió que le vendiera, al precio que quisiera cobrarle, el campo que estaba tan cerca de sus tierras, para reunirlos en un solo dominio. Si no quería dinero, le permitiría elegir en cambio cualquier otro de los campos del rey. Nabot respondió que no haría nada de eso y que se proponía recoger él mismo los frutos de su tierra, heredada de su padre. Apenado, como si hubiese recibido una ofensa, al no poder apoderarse de lo que pertenecía a otro, el rey no quiso lavarse ni comer. Jezabel le preguntó el motivo de su aflicción y de que se negara a lavarse y a almorzar o cenar. Acab le relató entonces la maldad de Nabot y de que a pesar de haber empleado palabras amables para hablarle y más humildes de lo que cuadraba a la autoridad real había sufrido la afrenta de que le negaran lo. que deseaba. Jezabel lo exhortó a que no se dejara abatir por el incidente, desechara la pena y se ocupara de nuevo en el cuidado de su cuerpo; porque ella se encargaría de que Nabot fuera castigado. En seguida envió cartas a los notables jezraelitas en nombre de Acab, rogándoles que ordenaran un ayuno y que reunieran la asamblea, en la que Nabot, por ser de familia ilustre, se sentaría en la primera fila. Tres hombres audaces, sobornados por ellos, prestarían testimonio de que había blasfemado contra Dios y el rey; sería entonces apedreado y muerto. Acusado de este modo Nabot, por orden de la reina, de haber blasfemado contra Dios y Acab, murió lapidado por la multitud. Jezabel fué entonces a decir al rey que podía posesionarse gratuitamente de la viña de Nabot. Jubiloso por la buena noticia, Acab saltó del lecho y corrió a la viña de Nabot. Pero Dios, indignado, envió al profeta Elías al campo a decir a Acab que había asesinado al verdadero dueño del campo y se había constituido injustamente en su heredero. Cuando Elías estuvo delante de Acab, el rey le dijo que podía hacer con él lo que quisiera, porque le avergonzaba haber sido sorprendido en pecado. Elías le predijo que en el mismo sitio donde el cadáver de Nabot había sido devorado por los perros, sería derramada su sangre y la de su esposa, y que toda su familia moriría, por haber sido tan injusto y haber asesinado inicuamente a un ciudadano, contrariando las leyes del país. Acab, apenado por su crimen y arrepentido, se puso un saco, se descalzó y no quiso probar bocado. Confesó sus pecados, con la esperanza de aplacar a Dios. Dijo entonces Dios al profeta que mientras viviera Acab postergaría el castigo de su familia, porque se había arrepentido de sus crímenes, pero que cumpliría su amenaza con el hijo de Acab. El profeta se lo comunicó al rey. CAPITULO XIV Adad, rey de Siria, sitia a Samaria. Victoria de Acab. Adad prepara una segunda campaña. Acab triunfa nuevamente; perdona a Adad. El profeta Miqueas le reprocha su in dulgencia 1. Estando en esta situación los asuntos de Acab, por el mismo tiempo el hijo de Adad, rey de los sirios y damascenos, habiendo reunido tropas de todas las regiones, con la cooperación de treinta y dos reyezuelos de la otra parte del Eufrates, preparó una expedición contra Acab. Pero éste, consciente de que sería superior a sus fuerzas, no condujo a los suyos a la campaña, sino que los trasladó del campo abierto a las ciudades fortificadas. El se quedó en Samaria: pues ésta estaba protegida con murallas muy fuertes, y además parecía inexpugnable. Pero el rey de Siria, habiendo reunido a sus tropas, sitió a Samaria; y enviando un mensajero a Acab le pidió que recibiera a sus legados, por cuyo intermedio le indicaría lo que quería de él. Después que el rey de los israelitas accedió a que se enviaran legados, así que llegaron éstos, por mandato del rey declararon que sus riquezas, sus hijos y sus mujeres eran de Adad: por lo tanto si accedía a esto, y permitía que tomara lo que quisieran, se retiraría el ejército y la ciudad quedaría libre del sitio. Acab expresó a los legados que, una vez en presencia de su rey, le anunciaran que él y todas sus cosas estaban bajo su potestad. Después que le expusieron todo esto a Adad, éste los envió de nuevo, pidiendo a Acab que, a pesar de haber dicho que todo era suyo, recibiera a los criados que le enviaría al día siguiente a los cuales debería entregarles lo mejor que ellos encontraran, luego de escudriñar la casa real, las de los amigos y parientes; las cosas que no quisieran quedarían para él. Acab, indignado por este segundo mensaje del rey de los sirios, después de convocar al pueblo en reunión, dijo que estaba dispuesto en pro de la seguridad y paz del pueblo a entregar a sus mujeres y sus hijos al enemigo y cederle sus bienes, pues era esto lo que el sirio pedía en su primera embajada. -Pero ahora pide que se le permita enviar a sus criados, para que exploren las casas de todos, y que nada en ellas dejen de lo que sea más precioso; su propósito es el de encontrar un pretexto para la guerra. Porque sabe que yo, siendo en beneficio de vos- otros, no escatimaré mis propiedades, y quiere buscar motivo para guerrear con las molestias que a vosotros no puede menos que resultaros desagradable. Yo he de cumplir lo que vosotros decidáis. El pueblo declaró que de ninguna manera se sometería a las órdenes del rey de Siria, que las despreciaba y que se aprestaría a hacer guerra. Acab respondió a los legados que comunicaran al rey que estaba dispuesto a acatar por bien del pueblo lo que había pedido primeramente, pero que de ninguna manera obedecería las órdenes posteriores; y con esto los despidió. 2. Pero Adad, oídas estas noticias y sumamente indignado, por tercera vez envió a sus legados, amenazando que su ejército levantaría un terraplén más alto que las murallas, de las que tanto se ensorbebecía Acab. Para ello bastaba que cada uno de los suyos tomara un puñado de tierra. Se refería de esta manera a la gran multitud de sus tropas para infundir terror. Acab respondió que no se debía gloriar de estar bien armado, sino de ser vencedor en la guerra. Los legados, una vez de regreso, le dieron esta respuesta, mientras comía con sus treinta y dos reyes aliados. De inmediato ordenó que rodearan a la ciudad con estacas y levantaran terraplenes, y que no dejaran de hacer nada adecuado para la guerra. Mientras pasaban estos acontecimientos, Acab y todo el pueblo se angustiaron sumamente. Sin embargo el rey recobró su confianza y se libró del miedo, cuando se le acercó un profeta y le dijo que Dios había prometido entregarle miles de enemigos. Preguntado quién obtendría la victoria, le contestó que "por intermedio de los hijos de tus capitanes, bajo tu dirección, por falta de capacidad del enemigo". Reunió a los hijos de los capitanes (se encontraron como unos doscientos treinta y dos), e informado que el sirio se entregaba a comer y a divertirse, una vez abiertas las puertas, los hizo salir. Los centinelas de Adad comunicaron la noticia al rey, quien envió a que les hicieran frente, con la orden de que si aquéllos habían salido para pelear que los condujeran atados; y que hicieran lo mismo si habían salido con fines pacíficos. Entretanto Acab tenía listo el ejército dentro de las murallas. Los hijos de los capitanes, en lucha con los guardianes, mataron a muchos de ellos, y persiguieron a los restantes hasta el campa- mento. Cuando el rey de los israelitas vió este triunfo, ordenó que las restantes tropas atacaron. Asaltaron de improviso a los sirios, los destrozaron y los pusieron en fuga. Puesto que no esperaban que saliera el ejército, lo intempestivo del ataque hizo que los encontraran desarmados y embriagados, de modo que abandonaron los armamentos, y se fugaron, y el mismo rey sólo pudo escapar gracias a la velocidad del caballo. Acab, vencidos los sirios, persiguiólos por largo tiempo. Luego de saquear el campamento, que era muy rico y abundaba en oro y plata, y de apoderarse de los carros y caballos de Adad regresó a la ciudad. Sin embargo el profeta le advirtió que debía estar preparado y el ejército dispuesto para la guerra, pues al año si- guiente el rey de los sirios emprendería de nuevo una campaña en su contra. Acab siguió su consejo. 3. Adad, después que él con la parte del ejército que pudo salvarse puso en lugar seguro, consultó a sus amigos sobre la forma de atacar a los israelitas. No fueron de opinión de que se luchara con ellos en los montes; pues su Dios tenía poder en esos lugares, y ésta era la razón de que hubiesen sido vencidos. Afirmaban que se impondrían si hacían la guerra en la llanura. Además aconsejaron al rey que enviara a sus hogares a los reyes que había llevado consigo, pero que retuviera sus tropas, poniendo a los sátrapas en lugar de los reyes; y en lugar de los soldados que había perdido que reuniera de nuevo en las regiones mismas de donde eran ellos soldados, carros y caballos. Considerando que se trataba de un buen consejo, preparó a su ejército de acuerdo con lo aconsejado. 4. Al empezar la primavera marchó contra los israelitas; des- pués de llegar a una ciudad llamada Afeca, dispuso el ejército en una gran llanura. Acab, sin embargo, salió con sus tropas y acampó en frente. Su ejército, en comparación con el del enemigo, era sumamente reducido. Pero el profeta se presentó de nuevo, y afirmó que Dios le otorgaría la victoria, para demostrar, en contra de la opinión de los sirios, que su poder no era menor en el llano que en las montañas. Durante siete días los campamentos, puestos uno frente al otro, se movieron lentamente; por fin, cuando avanzó el enemigo a primera hora de la mañana, Acab también reunió a sus tropas, y en encarnizada lucha, puso en fuga a la multitud de sus enemigos, y los persiguió y los destrozó. Perecieron muchos aplastados por los carros o golpeados; pocos pudieron refugiarse en su ciudad Afeca. Estos, en número de veinte y siete mil, perecieron al caer sobre ellos las murallas. En la batalla fueron cien mil los de ellos que murieron. El rey de los sirios, Adad, con algunos de sus domésticos más fieles huyeron y se escondieron en el sótano de una casa. Le dije- ron que los reyes de la raza de Israel eran sumamente humanos y clementes y que era posible, con tal que acudiera a la forma habitual de suplicar, que Acab le perdonara la vida. Le pidieron permiso para ir a verlo, con lo que estuvo de acuerdo. Revestidos de cilicios y la cabeza ceñida con cuerdas (según la primitiva costumbre de suplicar de los sirios) se presentaron ante Acab, y le dijeron que le pedían en nombre de Adad que le perdonara la vida; una vez concedida esta gracia, sería su servidor para siempre. Acab respondió que se alegraba que hubiera sobrevivido a la batalla sin que le pasara nada malo, y prometió honrarlo y ser benévolo con él, como si se tratara de un hermano. Aceptado el juramento de que nada malo le pasaría si se presentaba, lo sacaron de la casa que se escondía para presentarlo a Acab, que estaba sentado en su carro. Acab, extendiendo su mano derecha, lo hizo subir al carro y le ordenó, recibiéndolo con un beso, que fuera un buen amigo y que nada temiera. Adad le dió las gracias y prometió que, mientras viviera, se acordaría de este beneficio. Luego prometió devolver las ciudades israelitas de que se habían apoderado los reyes que le precedieron y que los israelitas tendrían plena libertad para establecerse en Damasco, así como sus padres tenían derecho de hacerlo en Samaria. Después de los pactos y juramentos, Acab le hizo muchos regalos y lo envió a su reino. En esta forma terminó la guerra que Adad rey de los sirios declaró a Acab y los israelitas. 5. Sin embargo, un profeta, de nombre Miqueas, se aproximó a uno de los israelitas y le ordenó que lo golpeara en la cabeza; obraría de acuerdo con la voluntad de Dios. Habiendo rehusado, le predijo que encontraría un león que lo mataría, por no cumplir la voluntad de Dios. Así aconteció. El profeta se acercó a otro, ordenándole lo mismo. Este lo golpeó e hirió en el cráneo. El profeta se presentó ante el rey con la cabeza vendada, diciendo que había luchado bajo sus órdenes y que había recibido de manos de un capitán un prisionero para guardarlo; pero éste se había escapado y ahora temía que lo matara aquel de quien había recibido el cautivo, porque lo había amenazado que si el cautivo se escapaba, lo mataría. Al responder Acab que sería justo, descubriendo la cabeza se dió a conocer como Miqueas, el profeta. Le dijo que se había valido de este medio para decir las palabras siguientes -Puesto que tú has dejado impune a Adad, que blasfemó con- tra Dios, éste te castigará y hará que Adad te mate a ti y su ejército a tu pueblo. Acab, irritado contra el profeta, ordenó que lo detuvieran y vigilaran; sin embargo se retiró confundido por sus palabras. CAPITULO XV Prosperidad de Josafat. Josafat y Acab se unen contra el rey de Siria. Contradictorias profecías de Miqueas y Se decías. Combate contra los sirios. Muerte de Acab. Se cumplen las profecías de Elías y de Miqueas 1. En esta situación se encontraban los asuntos de Acab. Ahora informaré sobre Josafat, rey de Jerusalén; éste, después de ampliar su reino y de distribuir tropas por las distintas poblaciones de su territorio, dispuso colocarlas también en las poblaciones de la tribu de Efraím que Abías, su abuelo, conquistó a Jeroboam, que reinaba sobre las diez tribus. Por lo demás Dios le era propicio y lo ayudaba, por su piedad y justicia, y por procurar hacer lo que le era grato y aceptable durante todos los días. Los reyes que habitaban alrededor lo honraban con dones, de modo que acumuló muchísimas riquezas y su prestigio se elevó grandemente. 2. En el año tercero de su reinado, después de convocar a los regidores del país y a los sacerdotes, les ordenó que, recorriendo su territorio, en los poblados instruyeran a todo el pueblo en las leyes de Moisés, que les enseñaran su observancia y que pusieran el mayor cuidado en el culto de Dios. Fué esto tan del agrado del pueblo, que ninguna cosa ambicionaron más ni amaron más intensamente que la observancia de las leyes. Los habitantes de las regiones vecinas continuaban en su aprecio a Josafat y en conservar la paz con él. Los filisteos pagaban el tributo convenido y los árabes anualmente entregaban trescientos sesenta corderos y otras tantas cabras. Fortificó también otras ciudades grandes e imponentes y tenía preparados abundantes ejércitos y armas poderosas. La tribu de Judá suministró trescientos mil soldados bien armados, al frente de los cuales se encontraba Edneo; Juan dirigía doscientos mil arqueros de a pie de la tribu de Benjamín. Además otro jefe, de nombre Ocobato, servía al rey con ciento ochenta mil soldados bien armados. A todo esto hay que agregar las guarniciones que se encontraban en ciudades muy fuertes. 3. Josafat hizo casar a su hijo Joram con Gotolia, hija de Acab, rey de las diez tribus. Poco después, en una visita a Samaria, Acab lo recibió afectuosamente, y ofreció al ejército que lo acompañaba una suntuosa hospitalidad con abundancia de pan, vino y carnes. Le rogó que accediera a luchar junto con él contra el rey de los sirios, para retomar la villa de Aramata en la región de Galadena, puesto que tiempo atrás el padre de este rey se la había arrebatado a su propio padre. Habiendo prometido Josafat su ayuda, pues su ejército no era menor que el de él, y después de hacer pasar sus tropas de Jerusalén a Samaria, los dos reyes salieron de la ciudad y distribuyeron los sueldos a sus respectivos soldados. Josafat ordenó que si algún profeta se encontraba presente, se acercara y aconsejara sobre la expedición a Siria y si era conveniente emprenderla en esta oportunidad; pues, desde hacía tres años, había paz y amistad entre Acab y el rey de Siria, desde aquel día en el que, después de tomarlo cautivo, lo dejó libre. 4. Habiendo reunido a sus profetas, unos cuatrocientos, Acab les ordenó que consultaran a Dios si, mediante la guerra, les otorgaría la victoria y la devolución de la ciudad, motivo de la contienda. Como los profetas aconsejaran que se llevara a cabo la expedición, pues el rey de Siria sería vencido y, al igual que en la guerra anterior, caería prisionero, Josafat, que sospechaba por sus palabras que se trataba de profetas falsos, exigió a Acab pre- miosamente que viera si quedaba algún otro profeta de Dios, para que se supiera con mayor seguridad lo que debía hacerse. Acab respondió que había otro, pero que lo odiaba, porque vaticinaba sucesos infaustos, y había predicho que, vencido por el rey de Siria, sufriría la muerte; por este motivo estaba encerrado en la cárcel. Se llamaba Miqueas, hijo de Jembleo. Josafat pidió que lo hicieran venir; Acab, enviando un eunuco, lo hizo llamar. De camino, el eunuco le confió que todos los demás profetas predijeron la victoria del rey. El respondió que no le era permitido atribuir mentiras a Dios, sino que diría al rey lo que aquél le pusiera en los labios. Una vez en presencia de Acab, y después que éste le conminó en nombre de Dios a que dijera la verdad, respondió que Dios le mostró a los israelitas en fuga, perseguidos por los sirios, y dis- persos por los montes, como rebaños sin pastor. Agregó también que Dios le indicó que ellos volverían incólumes a sus casas, y que sólo él caería en la guerra. Habiendo Miqueas dicho esto, Acab habló a Josafat: -¿Por ventura no te indiqué poco antes lo mal que me quiere este hombre, y que me vaticinaría lo adverso? Pero Miqueas agregó que debía aceptar todo lo que Dios había predicho, que los falsos profetas con la esperanza de la victoria lo incitaban a la guerra y que moriría en la batalla. Acab estaba ansioso y preocupado, pero Sedecías, uno de los falsos profetas, se acercó y le dijo que no escuchara a Miqueas: nada verdadero decía. Como prueba presentó los vaticinios de Elías, a quien le había sido otorgado conocer lo futuro mejor que aquél. En sus profecías predijo que en la ciudad de Izara en el campo de Nabot, los perros lamerían la sangre de Acab, como hicieron con la de Nabot, apedreado por el pueblo por su causa. -Es claro -dijo-, que éste miente, pues se atreve a contradecir a un profeta de tanto prestigio, al afirmar que dentro de tres días el rey ha de morir. Debemos saber si es veraz y si está inspirado por el espíritu divino. Instantáneamente, al querer yo pegarle, que me paralice la mano, como lo hizo Jadón con Jeroboam, cuando éste lo quiso detener. Creo que habrás oído hablar de este hecho. Puesto que nada aconteció después que Sedecías golpeó a Mi- queas, Acab, exento de miedo, condujo con entusiasmo sus tropas contra el rey de Siria. Creo que se imponía la fuerza del destino, para que otorgara más fe a los falsos profetas que a los verdaderos, a fin de que sin demora se evidenciara el resultado. Sedecías, fabricándose unos cuernos de hierro, dijo a Acab que con esto Dios quería indicar que destruiría a toda la Siria. Sin embargo Miqueas dijo que a los pocos días Sedecías correría de escondite en escondite buscando las tinieblas para esquivar el 1 La Biblia no da ningún nombre castigo merecido por sus falsas profecías. El rey ordenó que lo entregaran a Acamón. gobernador de la ciudad, para que encarcelara al importuno y que no se le diera sino pan y agua. 5. Y es así como Acab y Josafat, rey de Jerusalén, se dirigieron con sus tropas a Aramata, ciudad de la Galadítida. Pero el rey de los sirios, sabedor de su expedición, sacó al ejército en su contra, para acamparlo a escasa distancia de Aramata. Convinieron Acab y Josafat que Acab se despojara del vestido real, y que el rey de Jerusalén, revestido con los vestidos de aquél, estuviera presente en la batalla, para que mediante esta ficción resultaran vanas las predicciones de Miqueas. Pero la fatalidad lo encontró aun sin insignias reales. Pues Adad, rey de los sirios, por intermedio de los capitanes, ordenó a los soldados que no mataran a nadie, excepto al rey de los israelitas. Los sirios, una vez iniciada la batalla, al notar que Josafat se encontraba al frente del ejército, creyendo que se trataba de Acab, impetuosamente se dirigieron en su contra; una vez que lo hubieron rodeado, y conociendo ya más de cerca que se trataba de otro, retrocedieron todos. A pesar de que la lucha duró desde el amanecer hasta la noche con la victoria en su favor, de acuerdo con lo ordenado por el rey no mataron a nadie, buscando solamente a Acab, sin encontrarlo, para matarlo. Sin embargo un criado del rey Adad, de nombre Amán1, arrojando flechas contra el enemigo, hirió al rey en el pulmón, atravesándole el torax. Acab quiso ocultar lo que le había acontecido, a fin de que el ejército no escapara al enemigo. Ordenó al conductor que retrocediera con el carro y lo sacara de la batalla, pues había recibido una herida mortal. A pesar de los sufrimientos, permaneció en el carro hasta la puesta del sol, y murió por la pérdida de sangre. 6. El ejército de los sirios, al caer la noche, se retiró a su campamento. Como un mensajero anunciase que había muerto Acab, los israelitas volvieron a sus casas. El cuerpo de Acab fué llevado a Samaria donde se lo sepultó. El carro fué lavado en la fuente de Izara, pues estaba ensangrentado con la sangre del rey. Entonces se reconoció la verdad del vaticinio de Elías, pues los perros lamieron su sangre, y posteriormente se estableció la costumbre de que las prostitutas se lavaran en esa fuente. Sin embargo murió en Ramatón, de acuerdo con el vaticinio de Miqueas. Puesto que en Acab se cumplió lo que fué predicho por dos profetas, es conveniente que apreciemos en gran manera la reve- lación de Dios, y que en cualquier parte la sigamos con honor y veneración, con la precaución de no otorgar más fe a lo que se dice de acuerdo con nuestro agrado y voluntad que a la misma verdad. Debemos tener en cuenta la profecía y el conocimiento de las cosas futuras obtenidos por intermedio de estos varones, pues Dios nos advierte por su intermedio lo que debemos evitar. Igualmente conviene, inspirados por lo que aconteció a este rey, que pensemos en el poder del destino, pues, aun conociéndolo de antemano, no puede evitarse. Se insinúa con esperanzas halagadoras en el corazón de los hombres, hasta que los conduce a donde los abatirá. Evidentemente Acab se engañó por su inclinación a no creer a los que anunciaban desgracias; y en cambio otorgaba fe a los que vaticinaban lo agradable. Así es como perdió la vida. Le sucedió en el reino su hijo Ocozías. LIBRO IX Abarca un lapso de ciento cincuenta años y siete meses 1 0 sea "desde Beershebí hasta el monte de Efraím", como dice la Biblia (Crónicas, 19, 4). CAPITULO I Invasión de los moabitas y amonitas; Jaziel reconforta a Josafat. Dios destruye al ejército enemigo 1. Al regresar el rey Josafat a Jerusalén, después de la ayuda que prestara a Acab rey de los israelitas, en la guerra que hizo a Adad rey de los sirios, según hemos explicado antes, el profeta Jehú se hizo presente y le reprochó haber hecho alianza con Acab, hombre impío y criminal. Desagradó, dijo, a Dios; no obstante, a pesar del pecado cometido, lo había librado de sus enemigos por su índole buena y loable. Entonces el rey dió gracias a Dios y le ofreció víctimas. Después recorrió en todos sentidos su reino1, para instruir al pueblo en la ley que Dios revelara a Moisés y en la piedad. Exhortó a los jueces establecidos en los poblados de su jurisdicción a que hicieran justicia, que sólo a ésta tuvieran en cuenta, sin mirar a los regalos o a la dignidad de aquellos que aparentemente tenían poder por sus riquezas o su nobleza; que decretaran y discernieran para todos lo justo, sabiendo que Dios veía asimismo cada una de las cosas que se hacían ocultamente. Después de impartir estas enseñanzas en cada una de las dos tribus, regresó a Jerusalén. También en esta ciudad estableció jueces de entre los sacerdotes, los levitas y los principales del pueblo, y los exhortó a que se comportaran cuidadosa y justicieramente en todos los juicios que resolvieran. Si en caso de discrepancia, en casos graves se acudiera a ellos desde otras ciudades, en tales oportunidades convenía discernir sentencia todavía con mayor cuidado; porque era necesario en gran manera que se hiciera justicia en aquella ciudad con todo celo, por estar allí la casa de Dios y la residencia real. Puso al frente de los magistrados a los sacerdotes Amasías y Zabadías, ambos de la tribu de Judá. Es así como este rey puso en orden sus asuntos. 2. Por el mismo tiempo los moabitas y amonitas, con un ele- vado número de árabes le hicieron guerra, y establecieron sus campamentos en la ciudad de Engadi, ubicada a la vera del lago Astalfites, a una distancia de trescientos estadios de Jerusalén. En esta región crecen las más hermosas palmas y el bálsamo. Informado Josafat que el enemigo, después de haber pasado el lago, irrumpía en su reino, se sintió atemorizado y convocó al pueblo en el Templo; allí frente a la fachada del edificio, oró e invocó a Dios, pidiendo que le concediera valor y fortaleza para vengarse de los enemigos que venían en su contra; pues ese Templo se había levantado para que protegiera a la ciudad y expulsara a los que se atrevían a invadirla, y que venían con el propósito de arrojarlos de la tierra que les había otorgado Dios. Mientras oraba, lloraba; y todo el pueblo con sus mujeres e hijos suplicaron a Dios. Pero el profeta Jnziel, adelantándose hasta el centro de la reunión, levantó la voz, diciendo por igual al pueblo y al rey, que Dios había oído las plegarias y había prometido que lucharía en contra de sus enemigos; ordenó que al día siguiente saliera contra el enemigo el ejército; que lo encontraría en la cuesta, en el lugar denominado Exojé (punto culminante) entre Jerusalén y Engadi; que no era conveniente luchar con ellos, sino simplemente observar lo que hacía Dios. Después que el profeta dijera esto, el rey y el pueblo, inclinados los rostros al suelo, dieron gracias a Dios y lo adoraron; y luego los levitas cantaron en sus instrumentos las alabanzas divinas. 3. Al día siguiente, el rey pasó al desierto ubicado al lado de la villa de Técoa; y dijo al pueblo, que era necesario creer lo que había dicho el profeta y no prepararse para la guerra. Después de colocar a los sacerdotes con trompetas frente al ejército, e igualmente a los levitas con los cantores, dió gracias a Dios, como si el país ya estuviera libre de enemigos. Agradó a todos esta determinación, y se cumplió todo lo ordenado. Imaginándose 1 Este pasaje parece más claro en el relato bíblico. En 2 Crónicas, 20, 22 dice así: "...puso Jehová contra los hijos de Amén, de Moab y del monte Seir las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y matárcnse los unos a los otros". mutuamente enemigos, se mataban, de modo que no quedó ni uno con vida de su ejército numeroso1. Josafat, al contemplar el valle, donde el enemigo dispuso el campamento, todo lleno de cadáveres, se alegró de ese auxilio tan inesperado de Dios, el cual conservándolos incólumes, sin ningún trabajo ganó la victoria por sí mismo. Permitió que los soldados despojaran al campamento y a los muertos. Durante tres días los soldados se dedicaron a esta tarea y se cansaron, tan elevado era el número de los que habían muerto. Al cuarto día, reunido todo el pueblo en un lugar hondo y escarpado, celebró con alabanzas el poder y el auxilio divinos. De ahí que el lugar fuera denominado Valle de Acción de Gracias. 4. De allí el rey hizo regresar el ejército a Jerusalén y dedicó algunos días a festejos y sacrificios. Después de esta matanza de sus enemigos, se divulgó su fama entre las naciones extranjeras, las cuales quedaron aterrorizadas al ver que Dios en adelante combatiría en su favor. Desde entonces vivió Josafat en gran gloria, gracias a su justicia y piedad con Dios. Era también amigo del hijo de Acab, rey de los israelitas; pero se asociaron para equipar naves que se dirigieran al Ponto y a los mercados de Tracia, y fracasaron. Las embarcaciones, por ser demasiado grandes, naufragaron; en adelante Josafat no se ocupó más de cosas marítimas. Así se comportó Josafat, rey de Jerusalén. CAPITULO II Reinado de Ocozías en Israel; su enfermedad. Muerte del rey. Reinado de Joram; desaparición de Elías 1. Entre los israelitas reinó Ocozías, hijo de Acab, quien esta- bleció su residencia en Samaria; era un hombre perverso y en todo similar a su padre y a su madre, así como también a Jeroboam, el primero que hizo el mal y condujo al pueblo por el camino del error. En el segundo año de su reinado, el rey de los moabitas se separó de él y dejó de pagar los tributos que acostumbraba a entregar a su padre. Aconteció que Ocozías, bajando del techo de su casa, se cayó; por lo cual, sintiéndose enfermo, envió a consultar al dios Mosca (tal era su nombre), de Acarón, para saber si sanaría. Pero el Dios de los hebreos, apareciéndose a Elías, le ordenó que se enfrentara con los mensajeros y les preguntara si por ventura no había un Dios propio de los israelitas, puesto que su rey los enviaba a consultar a un extraño sobre su salud; y que les ordenara que regresaran y dijeran al rey que no llegaría a convalecer de su enfermedad. Elías cumplió lo que Dios le ordenó, y los mensajeros, aceptando lo que les decía, inmediatamente regresaron. Admirado por la rapidez de su regreso, el rey les preguntó la causa; y ellos respondieron que les había salido al encuentro un hombre que les prohibió que siguieran adelante, y les ordenó que volvieran y dijeran al rey que por orden del Dios de Israel se agravaría su enfermedad. El rey ordenó que le describieran al hombre que había dicho estas cosas; respondieron que era hirsuto, ceñido con un cinturón de cuero. Comprendió que el descrito por los mensajeros era Elías, contra quien envió a un capitán con quinientos soldados para que se lo trajeran. El capitán que fuera enviado con esta finalidad, lo encontró sentado en la cima del monte y le pidió que descendiera y se presentara ante el rey; pues ésta era su orden; en caso de 1 Las amenazas de los dos primeros capitanes no figuran en la Biblia. negarse, lo obligaría. Pero él respondió que rogaría para que descendiera fuego del cielo y los destruyera a él y a sus soldados, a fin de que comprendiera que verdaderamente era profeta; se puso a orar, y un huracán ígneo aniquiló al capitán y a sus soldados. Anunciaron la matanza al rey y éste, lleno de ira, envió contra Elías a otro capitán con el mismo número de soldados que el anterior. Amenazólo también éste de que, en caso de negarse a descender, lo llevaría por la fuerza1. El profeta, con sus ruegos, hizo que el fuego lo destruyera por completo al igual que al otro. Sabedor el rey de lo que aconteciera a este segundo capitán, envió a un tercero. Pero éste, hombre prudente y de índole apa- cible, después de llegar al lugar donde se encontraba Elías, lo trató blandamente; le dijo que no ignoraba, que estaba allí contra su voluntad para obedecer al mandato del rey, al igual que los enviados con anterioridad; no fueron por su propia voluntad, sino obligados por la necesidad. Le pidió que se apiadara de su situación y de los soldados que lo acompañaban, y que descendiera y se dirigiera con ellos a la presencia del rey. Entonces Elías, convencido por la amabilidad de las palabras y la urbanidad de sus modales, descendió y se unió a él como compañero. En presencia del rey, le vaticinó y le declaró y le reveló las palabras de Dios. -Puesto que lo menospreciaste, como si no fuera Dios y no pudiera profetizar nada verdadero sobre la salud y enviaste mensajeros al dios de los acaronitas, para saber cuál sería el fin de tu enfermedad, has de saber que morirás. 2. Ciertamente, poco después, según el vaticinio de Elías, murió. Obtuvo el reino su hermano Joram; pues Ocozías falleció sin dejar hijos. Este Joram, similar en maldad a su padre Acab, reinó durante doce años, cometiendo toda clase de delitos e impiedades contra Dios, pues abandonando su culto adoró dioses ajenos. Por otra parte era un varón activo y emprendedor. Por este tiempo Elías fué arrebatado de entre los hombres, y nadie sabe hasta hoy cuál fué su fin. Como ya dijimos antes, dejó a su discípulo Eliseo. Sobre Elías y Enoc, que vivió antes del diluvio, se ¿.ce en las Sagradas Escrituras que se hicieron invisibles y nadie sabe nada sobre su muerte. 1 Este detalle no figura en la Biblia. CAPITULO III Guerra de Joram y sus aliados contra el rey de Moab; profecía de Elíseo. Derrota de los moabitas. El rey de Moab sacrifica a su hijo. Muerte de Josafat 1. Joram, al ascender al trono, determinó declarar la guerra al rey de los moabitas, de nombre Misán. Como dijimos, no cumplió con su hermano, al no pagar el tributo prometido a su padre Acab de doscientas mil ovejas sin esquilar. Reunidas las tropas, envió mensajeros a Josafat, solicitándole que, ya que había sido desde el principio amigo de su padre, hiciera con él una alianza armada, para declarar la guerra a los moabitas, que no cumplían con su reino. Josafat prometió no solamente su auxilio, sino también el del rey de los idumeos, que le estaba sometido, y que entraría en la alianza. Joram, informado de las promesas de Josafat, se dirigió con su ejército a Jerusalén; fué recibido espléndidamente por el rey de Jerusalén, y luego convinieron en marchar contra el enemigo por el desierto de Idumea, pues aquél no esperaría que tomaran el camino del desierto. Los tres salieron de Jerusalén, el rey de esta ciudad, el rey de Samaria y el rey de Idumea. Después de haber andado en redondo durante siete días, se encontraron sin agua los animales y el ejército, pues los guías equivocaron el camino1, de modo que todos estaban angustiados, sobre todo Joram, quien en medio de su dolor clamaba a Dios, diciendo qué mal había hecho, pues entregaba a los reyes aliados sin lucha al rey de los moabitas. Pero Josafat, que era justo, lo consoló y lo instó a que hiciera investigar si algún profeta de Dios los había acompañado, para tratar de saber por su intermedio el oráculo de Dios referente a 1 No lo dice la Biblia. Como en otras ocasiones, Josefo ofrece una explicación racional del fenómeno. la conducta a seguir. Uno de los criados del rey dijo haber visto al discípulo de Elías, Eliseo hijo de Safat; los tres reyes, por consejo de Josafat, fueron a visitarlo. Una vez en su tienda, que se encontraba fuera del campamento, le preguntaron insistentemente, especialmente Joram, cuál sería la suerte del ejército. Eliseo les contestó que no lo molestaran, y que se dirigieran a los profetas de su padre y de su madre a quienes consideraban veraces; pero Joram insistió, rogándole que vaticinara él mismo y los salvara. Eliseo, tomando por testigo a Dios, dijo que no le respondería si no fuera por Josafat, varón santo y justo. Hicieron venir a un hombre que sabía tocar el arpa, por exigencia del profeta. Mientras aquél tocaba, inspirado por Dios ordenó a los reyes que hicieran abundantes fosas en el lecho del río. -Pues veréis el río llenarse de agua, a pesar de que no hay m,bes, ni viento ni lluvia, para que se salven los soldados y los animales. No solamente conseguiréis esto con la ayuda de Dios, sino que también con su ayuda obtendréis la victoria, os apoderaréis de las más hermosas y bien fortificadas ciudades de los moabitas, cortaréis sus árboles frutales, devastaréis la región y obstruiréis sus fuentes y ríos. 2. Así habló el profeta. Al día siguiente, antes de la salida del sol, el agua fluía abundantemente en el torrente. Sucedió que a una distancia de tres días, en Idumea, Dios hizo llover en abundancia1, de modo que los soldados y las bestias tuvieron bebida más que suficiente. Cuando los moabitas supieron que tres reyes se dirigían en su contra por el camino del desierto, su rey, reunido el ejército, ordenó que acampara en las fronteras, para que el enemigo no los tomara desprevenidos. Como a la caída del sol vieron en el torrente, que no estaba muy lejos de la tierra de los moabitas, agua de un color parecido a la sangre, pues a esta hora el agua se colorea por los rayos luminosos, se formaron una falsa idea, suponiendo que los soldados enemigos, a causa de la sed, se habían matado mutuamente, y el río estaba lleno de su sangre. Bajo esta sospecha pidieron al rey que les permitiera despojar a los muertos. Y todos, preparados para la rapiña, llegaron al campamento del enemigo, al que creían exterminado. Pero quedaron decepcionados en su esperanza; pues, saliendo de todas partes, el enemigo mató a algunos de ellos y puso en fuga a los demás, que se refugiaron en su país. Los tres reyes, después de invadir la tierra de los moabitas, destruyeron las ciudades, saquearon sus campos y los inhabilitaron con piedras sacadas de los torrentes, cortaron sus mejores árboles, cegaron las fuentes de agua y demolieron sus murallas. Entonces el rey de los moabitas, apremiado por el asedio, en vista de que su ciudad corría peligro de ser tomada por asalto, intentó, al frente de setecientos hombres, atravesar el campamento enemigo, por el lugar donde creía sería menor la vigilancia. A pesar de estos esfuerzos no pudo huir, pues fué a parar a un lugar muy bien vigilado. De regreso a la ciudad, intentó un acto de extrema necesidad y c!esesperación. Tomó al mayor de sus hijos, el que debía reinar después de él, y levantándolo sobre las murallas, donde los enemigos pudieran verlo fácilmente, lo sacrificó a Dios en holocausto. Los reyes, ante este espectáculo, se apiadaron; el acto desesperado los conmovió, y llevados por un sentimiento de humanidad levantaron el sitio y cada uno de ellos regresó a su tierra. Josafat, de regreso a Jerusalén, tuvo días apacibles y no sobrevivió mucho a esta expedición; murió a los sesenta años, y en el vigésimo quinto de su reinado. Lo sepultaron magníficamente en Jerusalén, pues había imitado los hechos de David. CAPITULO IV Joram, sucesor de Josafat en Judá. Emboscada de los sirios. Sitio de Samaria. Eliseo predice la abundancia. Los lepro sos ocupan el campamento abandonado de los sirios. Enfer medad de Adad en Damasco. Predicción de Eliseo. Azael, sucesor de Adad 1. Josafat dejó varios hijos, pero declaró sucesor a Joram, el mayor. Tenía el mismo nombre que el hermano de su madre, rey de los israelitas, hijo de Acab. Al retornar de la región de los moabitas a Samaria, el rey de los israelitas llevó consigo al profeta Eliseo, cuyos hechos quiero exponer, pues son maravillosos y dignos de ser recordados, tal como llegaron a nuestro conocimiento en las Sagradas Escrituras. 2. Se cuenta que la esposa de Obedias, intendente de Acab, se presentó ante Eliseo y le dijo que no ignoraba que su marido había salvado a los profetas que buscaba Jezabel, mujer de Acab, para matarlos. Dijo que había escondido a cien de ellos y los alimentó con dinero prestado; pero que ahora, después del fallecimiento de su marido, los acreedores los querían reducir a la servidumbre a ella y a sus hijos. Le pidió que a causa de la buena acción del marido se compadeciera de ella y le prestara alguna ayuda. Al preguntarle qué tenía en la casa, respondió que solamente una escasísima porción de aceite en un vaso. Entonces el profeta le ordenó que partiera y que pidiera prestados a los vecinos todos los vasos que pudiera, pero vacíos; y una vez cerradas las puertas de su habitación, derramara algo de aquel aceite en los vasos, pues Dios se encargaría de llenarlos. Obedeció la mujer las órdenes del profeta y ordenó a sus hijos que le buscaran los vasos, y después que los llenó fué a comunicarlo al profeta. 1 Faltan aquí los episodios bíblicos que van desde 2 Reyes, 4, 8 hasta 6, 8, cuando el rey de Siria, en guerra con Israel, consulta con sus siervos y dice: "En tal y tal lugar estará mi campamento". Entonces -en el versículo siguiente- el profeta manda avisar a Joram. Este le aconsejó que vendiera el aceite y pagara a los acreedo- res; algo del aceite le sobraría, y le serviría para el sostén de ella y de sus hijos. En esta forma libró Eliseo a la mujer de sus deu- das y de la violencia que contra ella querían ejercer los acreedores. 3.1 ... Eliseo, con toda premura, envió mensajeros a Joram para que le avisaran que se cuidara de aquel lugar, donde había algunos sirios emboscados con el propósito de matarlo. El rey, obediente al profeta, no salió de caza; pero Adad, al comprobar el fracaso de sus intenciones, pensando que algunos de los suyos habían avisado a Joram, se indignó, acusándolos de traicionar sus secretos, y amenazándolos con la muerte por haber descubierto al enemigo lo que solamente ellos sabían. Sin embargo, algunos de los presentes le dijeron que no se dejara llevar de una opinión falsa y que no sospechara de los suyos, como si hubieran denunciado a su enemigo el encargo recibido de matarlo; antes bien, debía saber que existía un profeta, Eliseo, que informaba al rey de todo y le revelaba las intenciones de su adversario. Adad ordenó entonces a sus mensajeros que se informaran en qué ciudad se encontraba Eliseo. Los enviados, una vez de regreso, le dijeron que se encontraba en el pueblo de Dotán. Por lo tanto Adad envió gran cantidad de caballos y carros para que lo hicieran prisionero. Durante la noche cercaron a la ciudad, teniéndola bien vigilada. El criado de Eliseo se informó de esto a la madrugada; que el propósito de los enemigos era capturar a Eliseo. A gritos y lleno de miedo corrió a comunicárselo. Pero él le exhortó a tener buen ánimo, y rogó a Dios, con cuyo auxilio nada debía temer, que manifestara a su criado su poder y su presencia, para que se sintiera fuerte y lleno de esperanza. Dios escuchó los ruegos del profeta e hizo que el criado viera a Eliseo rodeado de gran número de caballos y de carros, de modo que perdió el miedo y se animó ante la gran ayuda, que le parecía ver. Luego Eliseo rogó a Dios que oscureciera los ojos de los enemigos, enviándoles tinieblas de modo que no pudieran reconocerlo. Realizado lo que había pedido, penetró entre los enemigos y les preguntó a quién habían ido a buscar. Al decirle que al profeta Eliseo, éste les prometió que se lo entregaría, con tal que lo siguieran al pueblo donde se encontraba. Obocados en la mente y en los ojos, sin la menor duda siguie- ron al profeta como conductor. Los dirigió hacia Samaria; allí ordenó al rey Joram que cerrara las puertas y rodeara a los sirios con sus tropas; rogó entonces a Dios que les abriera los ojos y los librara de las tinieblas. Sin aquella ceguera, vieron que se encontraban en medio de sus enemigos. Pero los sirios, como es de suponer, estaban aterrados y sin saber qué hacer por un hecho tan admirable e inesperado; entonces, al inquirir el rey, si los atravesarían con las flechas, Eliseo se opuso. Por derecho de guerra era lícito hacerlo con los que se tomaban cautivos en la batalla, pero éstos no habían causado ningún daño en la región, sino que ignorantes de lo que hacían habían sido conducidos allí por Dios. Por tanto le aconsejó que, después de darles hospedaje y comida los dejara ir ilesos. Joram, obediente a las órdenes del profeta, trató a los sirios espléndida y magníficamente y luego los envió de vuelta a su rey Adad. 4. Una vez de regreso contaron lo que les había acontecido, y el rey Adad, admirado del prodigio, así como de la manifestación y poder del Dios de los israelitas y de la inspiración que poseía el profeta, determinó no proceder en forma oculta contra el rey de Israel por miedo a Eliseo, sino que le declaró la guerra abierta- mente, esperanzado en su mayor poderío por el número y el valor de sus ejércitos. Después de reunir un gran ejército, marchó contra Joram. Considerando éste que no disponía de fuerzas suficientes para hacerle frente, se recluyó en Samaria, confiado en la solidez de sus fortificaciones. Adad, convencido de que sin armas adecuadas no podría apoderarse de la ciudad, pero sí que le sería posible hacerlo por el hambre y la indigencia de las cosas necesarias, se aproximó con su ejército y sitió la ciudad. Joram fué reducido a una tan grande privación de alimentos, y era tan excesiva la indigencia que se llegaron a pagar ochenta monedas de plata por una cabeza de asno y por cinco monedas de plata los hebreos compraban un sextario de estiércol de paloma, 1 Este detalle es de Josefo. para usarlo en vez de sal1. Por eso el rey, por temor de que alguien a causa del hambre entregara la ciudad, todos los días inspeccionaba las murallas y las guardias, por si alguno estuviera oculto allí, a fin de impedir con estas visitas la realización de tales actos, si existía este propósito. Una vez que se encontraba inspeccionando una mujer exclamó: -¡Ten piedad de mí, señor! Creyendo que le pedía algo para comer, indignado invocó en su contra la ira de Dios, diciendo que no tenía almacenes ni lagares, de donde pudiera entregar algo a una persona necesitada. Ella contestó que no deseaba ninguna de estas cosas y que no lo molestaba a causa de la comida, sino para que juzgara un desacuerdo que tenía con otra mujer. Adad le ordenó que hablara y que le informara de qué se trataba; ella dijo que con otra mujer; vecina y amiga, se habían puesto de acuerdo de que, llegadas al extremo de no poder sufrir más el hambre y la indigencia, mutuamente se alimentarían con el sacrificio de sus hijos, pues entrambas los tenían del género masculino. -Yo -dijo-, fuí la primera en estrangular a mi hijo, y en el día de ayer ambas nos alimentamos con él; pero ella no quiere hacer lo mismo, sino que falta a su pacto y ha escondido a su hijo. Joram se sintió dolorosamente conmovido por lo que oyó, des- garró sus vestidos y dió grandes gritos; luego se volvió violenta- mente contra Eliseo, queriendo matarlo, por no haber rogado a Dios que pusiera remedio a los muchos males que los afligían; in- mediatamente envió a un hombre para que le cortara la cabeza. Este se dirigió a matar al profeta; pero no se le ocultó a Elíseo la ira del rey, sino que estando en la casa sentado con sus discípulos les indicó que Joram, hijo de una homicida, había enviado a alguien para que le cortara la cabeza. -En cuanto a vosotros -dijo-, cuando venga el emisario, vigilad que no entre, cerrad la puerta y retenedlo; pues en su se- guimiento vendrá el rey, habiendo cambiado de opinión. Cuando vino el enviado por el rey para matar a Eliseo, cumplieron lo ordenado. Joram, arrepentido de su indignación contra el profeta y temeroso de que ya lo hubiera muerto el que enviara con este fin, se apresuró a seguirlo para tratar de salvar al profeta. Una vez en su presencia, empezó a lamentarse de que no pidiera a Dios que pusiera remedio a los males presentes, pues los tenía olvidados, oprimidos con tantos males. Eliseo le prometió que al día siguiente, a la misma hora en que el rey había ido a verlo, habría gran cantidad de alimentos, de tal modo que en el mercado se venderían dos medidas de cebada por un siclo, y una medida de flor de harina por un siclo. Con estas noticias Joram y los que estaban con él se alegraron, pues no desconfiaban del profeta por haber experimentado antes la veracidad de sus vaticinios. Con la esperanza de lo que iba a acontecer se les alivió su indigencia presente. Sin embargo, el comandante de la tercera parte de las tropas, amigo del rey, que casualmente se encontraba con él, dijo: -Oh, profeta, dices cosas increíbles; y así como no es posible que Dios derrame desde el cielo cataratas de cebada y harina fina, tampoco pueden realizarse las cosas que has dicho. A lo cual el profeta respondió: -Verás con tus propios ojos cómo se cumple lo que he dicho, pero tú no serás partícipe de ello. 5. Lo profetizado se cumplió de la siguiente manera. En Samaria se había establecido que los leprosos que no se habían purificado el cuerpo de esta enfermedad, permanecieran fuera de la ciudad. Había cuatro varones que por este motivo se encontraban ante las puertas de la ciudad, sin que nadie les diera alimento por la intensidad del hambre, siéndoles prohibido por la ley entrar en la ciudad; seguros, por otra parte, de que, aunque se les permitiera entrar, lo mismo morirían de hambre, igual que si permanecían en aquel lugar, determinaron entregarse al enemigo; si los perdonaban, vivirían, y si los mataban, tendrían un fin más agradable. Una vez tomada esta decisión, durante la noche se trasladaron al campamento del enemigo. 1 Detalle que no figura en la Biblia. Dios ya había empezado a perturbar y confundir a los sirios, y a llenar sus oídos con ruidos de caballos y de armas, como si se acercara un ejército, sembrando la alarma entre ellos. De tal manera se conturbaron que, abandonando el campamento, se dirigieron a Adad, diciendo que Joram rey de los israelitas, contando con la ayuda mercenaria del rey de los egipcios y del rey de las Islas, se dirigía en su contra; que estaban oyendo el ruido de los que se aproximaban. Adad creyó a los que le decían estas cosas, pues idénticos ruidos oían él y sus soldados. Confundidos y perturbados al extremo, abandonando los caballos, los animales y gran cantidad de riquezas, se dieron a la fuga. Los leprosos, de quienes hemos hecho mención anteriormente, al pasar de Samaria al campamento de los sirios, notaron un inmenso silencio. Se dirigieron allí, y entraron en una de las tiendas; una vez que hubieron comido y bebido se apoderaron de los vestidos y arrebataron gran cantidad de oro, que escondieron fuera del campamento. Luego, entrando en otra tienda, hicieron lo mismo. Y lo mismo con una tercera y cuarta1, sin que vieran a nadie. De ahí conjeturaron que el enemigo había huido, y empezaron a inculparse por no anunciarlo a Joram y a sus conciudadanos. Se acercaron a las murallas de la ciudad y gritaron a los guardas, para decirles lo que había pasado con el enemigo: aquéllos lo notificaron a los guardas del rey. Informado el rey, hizo llamar a los capitanes y a sus amigos, a los cuales declaró que temía se tratara de un engaño de parte del rey de los sirios. -Desesperando de destruiros por el hambre, pensó que si os dirigís a su campamento considerándolo abandonado por la huida, irrumpiendo contra vosotros os destruirá y luego sin lucha se apoderará de la ciudad. Por lo cual os aconsejo que guardéis la ciudad, y que por nada salgáis de ella, confiados en la retirada del enemigo. Algunos de ellos dijeron que opinaba muy bien y prudentemente, y le aconsejaron que enviara dos soldados a caballo, que exploraran toda la región hasta el Jordán, de modo que si fueran capturados por la astucia del enemigo, se pusiera en cautela a todo el ejército, para que no saliera imprudentemente y sufriera lo mismo. -Si éstos que envías a caballo -dijeron- llegan a morir, los computas entre los que han perecido por hambre. De acuerdo con esta opinión, envió a inspeccionar. Los enviados emprendieron la marcha por un camino libre de enemigos, pero abundante en alimentos y armas, que aquéllos habían abandonado, a fin de quedar más libres para la fuga. Informado de esto el rey, envió a la multitud a que se apoderara de lo que había en el campamento. El botín no era en ninguna manera vulgar y mediocre, sino de mucho oro y plata, así como de toda clase de animales; además se apoderaron de gran cantidad de cebada, trigo y alimentos, como ni en sueños podían esperarlo. De modo que no sólo quedaron libres de las anteriores aflicciones, sino que la abundancia fué tanta, que dos medidas de cebada se compraban por un siclo, y una medida de flor de harina por un siclo, según la predicción de Eliseo. Esta medida contiene un modio itálico y medio. Estos bienes únicamente no aprovecharon al que estaba al frente de la tercera parte de las tropas. Habiéndole ordenado el rey que permaneciera ante la puerta, para que impidiera el ímpetu de la multitud a fin de que no se aplastaran al empujarse, esto es precisamente lo que él sufrió. Oprimido por la multitud expiró, cumpliéndose la predicción de Elíseo, cuando él fué el único que no prestó fe a lo que anunció sobre la futura abundancia de las cosas necesarias. 6. Pero Adad, rey de los sirios, al llegar incólume a Damasco y comprender que Dios a él y a su ejército les había infundido te- rror y perturbación, y que no había intervenido en ello el ene- migo, se afligió sobremanera de tener en su contra a Dios y cayó enfermo. Por el mismo tiempo el profeta Elíseo se trasladó a Da- masco; habiéndolo sabido, Adad envió a Azael, el más fiel de sus servidores, con varios regalos para que lo visitara, y le dió orden de preguntarle si saldría de su enfermedad. Azael, con cuarenta camellos que llevaban de los mejores y más preciosos regalos suministrados por el rey, se presentó ante Eliseo, a quien saludó amablemente; y le dijo que lo enviaba el rey Adad para saber si sanaría de su enfermedad. El profeta ordenó a Azael que no anunciara nada malo al rey; pero le comunicó confidencialmente que iba a morir. El servidor real se dolió después que oyó estas nuevas, y Eliseo lloró con muchas lágrimas, previendo los males que sufriría el pueblo después de la muerte de Adad. Azael le preguntó cuál era el motivo de su perturbación. -Lloro -dijo- por los males que han de venir al pueblo de Israel por causa tuya. Pues tú matarás a los mejores de ellos, in- cendiarás las ciudades más fortificadas, harás perecer a los niños estrellándolos contra las piedras y reventarás a las mujeres grávidas. Entonces Azel preguntó: -¿Qué fuerza poderosa me permitirá hacer todas estas cosas? Contestó que Dios le había revelado que sería rey de los sirios. Azael, una vez en presencia de Adad, le dió las buenas noticias sobre la enfermedad, pero al día siguiente con un lazo húmedo lo mató, estrangulándolo. Lo sucedió en el trono, hombre activo, que se conquistó las simpatías de los sirios y del pueblo de Damasco, que todavía los adora, a él y a Adad, como dioses, a causa de los beneficios recibidos y la construcción de templos con que fué adornada la ciudad de los damascenos. Aún ahora todos los días celebran una procesión en su honor, gloriándose de su antigüedad, ignorando que son muy recientes, pues sus reyes no se remontan más allá de mil cien años. Por otro lado, Joram rey de los israelitas, informado de la muerte de Adad, quedó aliviado del pavor y miedo que le inspiraba, y contento de haber obtenido la paz. CAPITULO V Reinado de Joram en Judá; su impiedad. Invade a Idumea. Eliseo profetiza la enfermedad y la muerte de Joram. Invasión de los árabes 1. Joram, el rey de Jerusalén, que tenía el mismo nombre que el rey de Israel, como antes dijimos, así que recibió el mando, mató a sus hermanos y a los amigos de su padre, que también eran sus regidores, dando con esto una prueba de su maldad; no era distinto a los reyes de Israel que fueron los primeros en apar- tarse de las tradiciones y costumbres de los hebreos y del culto de Dios. Gotolía, hija de Acab, fué quien lo indujo a cometer toda clase de crímenes y a la adoración de dioses ajenos. Dios, sin em- bargo, a causa del pacto que estableciera con David, no quiso exterminar a su estirpe; pero Joram no dejó de maquinar el mal todos los días contra la piedad y contra las costumbres nacionales. Los idumeos por el mismo tiempo se desligaron de él, y mataron al rey que había firmado alianza con su padre, eligiendo a un rey de su agrado. Entonces Joram, con los caballos y carros que tenía a mano, durante la noche irrumpió contra los idumeos; destruyó a los que estaban cerca de su reino, sin serle posible ir más lejos. De nada le aprovechó esta expedición; todos se apartaron de su alianza, así como también los que habitaban en la región denominada Labaina. Era bastante insensato, como para obligar al pueblo a subir a la cima de los montes para adorar dioses ajenos. 2. Mientras hacía esto y abandonaba las costumbres patriarcales de los antepasados, Elías le envió una carta, pues todavía se encontraba sobre la tierra. Le indicaba que Dios lo castigaría en gran manera, por no haber imitado las costumbres de sus antepasados, sino que se aficionó a las costumbres de los reyes de Israel y obligaba a la tribu de Judá y al pueblo de Jerusalén al culto de los ídolos, con olvido de la religión sagrada del Dios paterno, como lo hiciera Acab entre los israelitas, y además por haber muerto a sus hermanos y a varones buenos y piadosos. En la misma carta le señalaba el castigo que sufriría por todos estos hechos: la ruina de su pueblo, la pérdida de sus mujeres y de sus hijos y que él mismo moriría de una enfermedad intestinal tan terrible que las entrañas le saldrían del cuerpo, por ser tan intensa la descomposición de su cuerpo. Vería todas estas calamidades, sin que pudiera ponerles remedio. Esto fué lo que le dijo Elías en su carta. 3. Poco después el ejército árabe que vivaqueaba cerca, en Etiopía, y el de los palestinos, invadieron el reino de Joram, sa- quearon la región y la casa del rey y mataron a sus hijos y mu- jeres. Sin embargo, le quedó uno de los hijos, escapado de manos de los enemigos, de nombre Ocozías. Después de esta calamidad, el rey mismo por largo tiempo fué atormentado por una enferme- dad, de acuerdo con lo anunciado por el profeta. Dios en su indig- nación le había perforado el vientre y murió miserablemente, ha- biendo visto sus intestinos fuera del cuerpo. El pueblo además ultrajó su cadáver. Creo que habían considerado que no le correspondían exequias reales al que había expirado a causa de una herida recibida de Dios. No le concedieron la dignidad de sepultarlo en los sepulcros paternos ni le dieron ningún otro honor, sino que lo depositaron en un túmulo privado. Vivió cuarenta años, con ocho de reinado. El pueblo de Jerusalén entregó el trono a su hijo Ocozías. 1 Detalle que no figura en la Biblia. CAPITULO VI Joram, rey de Israel, es herido en Ramata. Eliseo envía un profeta a elegir en secreto a Jehú. Jehú es proclamado rey. Muerte de Jezabel. Jehú encuentra a Jonadab; su entra da en Samaria; astucia de Jehú para hacer morir a todos los adoradores de Baal 1. Joram, rey de Jerusalén, esperanzado después de la muerte de Adad, de poder quitar a los sirios la ciudad de Armata, de la región de Galadítida, se dirigió hacia allí con un gran ejército, bien equipado. Durante el sitio un sirio lo hirió con una saeta, pero no mortalmente. Se retiró a Jezrael, para curarse, dejando todo el ejército en Armata al mando del capitán Jehú, hijo de Nemes, pues ya había capturado la ciudad. Era su propósito, una vez que sanara de la herida, hacer la guerra a los sirios. Interin el profeta Eliseo envió a Armata a uno de sus discípulos, entregándole el aceite sagrado para que ungiera a Jehú y le dijera que Dios lo había elegido rey; y luego de darle otras órdenes referentes a Jehú, le mandó que partiera como si se tratara de un fugitivo, para que su salida quedara oculta1. Al llegar a la ciudad, encontró a Jehú sentado entre los capitanes del ejército, según le había predicho Eliseo. Se le acercó y le dijo que deseaba hablar con él sobre algunos asuntos. Levantándose, lo siguió a una habitación retirada, donde el joven repentinamente derramó el aceite en su cabeza y le dijo que Dios lo nombraba rey, para exterminio de la raza de Acab, para que vengara la sangre de los profetas muertos injustamente por Jezabel, para que destruyera totalmente su casa, como se hizo con los hijos de Jeroboam, hijos de Nadab, y de Basanes, y que nada quedara de la simiente de Acab. Dichas estas cosas, salió de la habitación, para que nadie del ejército se diera cuenta de su presencia. 2. Jehú regresó al lugar donde había estado anteriormente con los capitanes. Estos le preguntaron el motivo de la visita del joven, a quien consideraban loco. -Está muy bien fundada vuestra sospecha -respondió-, pues ha hablado palabras de loco. Pero como insistieran y quisieran saber más, les dijo que le había comunicado que Dios le entregaba el gobierno del pueblo. Oyendo esto, los capitanes se quitaron los mantos y los extendieron en el suelo, y al sonido de los cuernos lo proclamaron rey. Reunidas las tropas, marcharon contra Joram a la ciudad de Jezrael, donde aquél, según dijimos, se estaba curando la herida que había recibido en el sitio de Armata. Por aquel tiempo Ocozías, rey de Jerusalén, se encontraba con Joram, de quien era pariente, pues como hemos referido antes era hijo de una her- mana de él. Había ido a informarse cómo se encontraba de la herida. Jehú, queriendo atacar de improviso a Joram y a los que estaban con él, exigió que no escapara ninguno de sus soldados para avisar a Joram; de este modo le demostrarían de manera evidente que estaban en su favor y que con estos sentimientos lo habían designado rey. 3. Estas órdenes fueron aceptadas satisfactoriamente, y los jefes vigilaron los caminos, para que nadie escapara ocultamente a Jezrael para denunciarlo. Jehú, después de elegir a los mejores jinetes, se ubicó en el carro y se dirigió a Jezrael. Estando a poca distancia, el vigía puesto por el rey Joram para que vigilara a los que se acercaban a la ciudad, vió a Jehú que se acercaba con sol- dados a caballo; anunció a Joram que se aproximaba una tropa de caballería. Joram ordenó que al instante saliera a su encuentro un jinete, para que viera quién era. Al encontrarse con Jehú, el jinete le preguntó de parte del rey cómo iban los asuntos en el ejército. Pero Jehú le respondió que no se preocupara por eso y que lo siguiera. Al ver esto el vigía comunicó a Joram, que el jinete se había agregado a los que se dirigían a la ciudad. Al segundo mensajero que envió el rey, Jehú le ordenó lo mismo. 1 La Biblia dice que Jehú ordenó disparar contra Ocozías, y no especifica que éste haya huido a caballo a Megido (2 Reyes, 9. 27). 2 "¿Sucedió bien a Zimri, que mató a su seiíor?", es la pregunta de la Biblia (9, 30). Informado por el que estaba en el puesto de vigilancia, Joram subió a un carro con Ocozías, rey de Jerusalén (pues, como dijimos antes, a causa del parentesco se había hecho presente para saber cómo estaba de la herida) y salió a su encuentro. Jehú avanzaba lentamente y en buen orden. Joram lo encontró en la propiedad de Nabot y le preguntó si los asuntos iban bien en el ejército. Jehú le respondió con amarguísimas invectivas, llamando a su madre mujer ponzoñosa y meretriz; el rey, sospechando de sus propósitos y no esperando nada bueno, dió vuelta al carro y emprendió la fuga, después de haber dicho a Ocozías que se encontraban ante la traición y la perfidia. Pero Jehú lanzó una flecha y lo abatió, traspasándole el pecho. Joram cayó de rodillas y murió. Jehú ordenó a Badacro, comandante del tercio de sus tropas, que echara el cadáver de Joram en el campo de Nabot, recordando el vaticinio de Elías en el que había predicho a su padre Acab, después de la muerte de Nabot, que él con toda su progenie morirían en el campo del último; pues le había oído esta profecía al profeta, estando sentado detrás del carro de Acab. Esto aconteció, tal como había sido predicho. Muerto Joram, Ocozías, procurando salvarse, cambió la direc- ción de su carro, con la esperanza de ocultarse de Jehú. Pero éste en su persecución lo alcanzó en una cuesta, donde lo hirió con una saeta. Ocozías, abandonando el carro, subió a un caballo y huyó hacia Megido1; allí, a pesar de los cuidados, murió de la herida. Llevado el cuerpo a Jerusalén, fué sepultado. Reinó un año, durante el cual se mostró perverso y peor que su padre. 4. Una vez Jehú en Jesrael, Jezabel, adornada y de pie en la torre, le dijo: -¡Oh, siervo egregio, que mataste a tu señor! 2 El, levantando los ojos, le preguntó quién era, y le ordenó que descendiera. Finalmente mandó a los eunucos que la precipitaran desde la torre. Mientras caía, Jezabel salpicó el muro con su sangre y murió pisoteada por los caballos. Jehú se dirigió a la casa real y él y sus amigos, cansados del viaje, se entregaron a los placeres, sobre todo los de la mesa. Pero a los servidores que habían muerto a Jezabel les ordenó que la sepultaran de acuerdo con su estirpe, pues era hija de reyes. Sin embargo, los encargados de esta tarea sólo encontraron de su cuerpo las extremidades, pues lo restante había sido devorado por los perros. Oído esto se admiró del vaticinio de Elías, quien había profetizado que de esta manera moriría en Jezrael. 5. Puesto que Acab tenía setenta hijos, que se educaban en Samaria, Jehú envió dos cartas, una a sus instructores, otra a los magistrados de los samaritanos, aconsejándoles que eligieran rey al más valeroso de los hijos de Acab (puesto que disponían de gran cantidad de carros, caballos, armas y tropas, así como tam- bién de ciudades muy fortificadas) y, una vez hecho esto, ven- garan la muerte de su señor. Las escribió con el propósito de comprobar en qué disposición estaban respecto a él. Los magis- trados y los instructores, leídas las cartas, tuvieron gran miedo, pensando que nada tenían que hacer contra uno que había vencido a dos grandes reyes; contestaron reconociéndolo por su señor, y que estaban dispuestos a cumplir lo que ordenara. Replicó Jehú con otra carta, ordenándoles que le obedecieran, que decapitaran a los hijos de Acab y le enviaran las cabezas. Entonces los magistrados ordenaron a los instructores de los hijos de Acab que los decapitaran y luego enviaran las cabezas a Jehú. Aquellos lo cumplieron sin omitir nada, y enviaron las cabezas a Jezrael, después de ponerlas en cestillas tejidas. Cuando llegaron, anunciaron a Jehú, que estaba cenando con algunos amigos, que ya estaban allí las cabezas de los hijos de Acab. Entonces ordenó que con las mismas se hicieran dos montones delante la puerta de la ciudad. Cumplido esto, de madrugada salió para verlo, y mirando al pueblo, que estaba presente, empezó a decirle que él se había levantado contra su señor y que lo mató, pero que en cuanto a éstos no los había matado. Por lo demás quería que todos supieran que en la estirpe de Acab se había cumplido el oráculo divino, y que su casa, según el vaticinio de Elías, había sido exterminada por completo. Además, después de hacer matar a 1 Esta versión de Josefo contiene una diferencia importante con el texto de la Biblia. En 2 Reyes, 10, 23, Jehú ordena averiguar si entre los siervos de Baal no habría alguno de Jehová. todos los parientes importantes de Acab que se pudieron hallar en Jesrael, se dirigió a Samaria. En el camino se encontró con los parientes del rey de Jerusalén, Ocozías, y les preguntó cuáles eran sus propósitos. Cuando éstos respondieron que habían venido a saludar a Joram y a su rey Ocozías (pues ignoraban que los hubiera muerto), Jehú ordenó que los prendieran y mataran, en número de cuarenta y dos. 6. Siguiendo su camino, se encontró con Jonadab, viejo amigo suyo, quien, después de saludarlo, lo elogió por haber llevado a cabo todo lo que Dios ordenó, extirpando la casa de Acab. Jehú le rogó que subiera al carro y lo acompañara a Samaria, diciéndole que le comprobaría cómo él no estaba dispuesto a perdonar a ningún criminal, que castigaría a los falsos profetas y a cuantos habían abusado del pueblo para que abandonara el culto del Dios máximo, y adoraran a dioses ajenos; pues sería el más hermoso de los espectáculos para un varón justo y bueno ver cómo se castigaba a los malos. Jonadab, seducido por lo que le decía, subió al carro y fué a Samaria. Jehú buscó a los parientes de Acab don, dequiera que se encontraran y los hizo perecer. A fin de que ninguno de los falsos profetas y sacerdotes de los dioses de Acab escapara a la muerte, acudió a una astucia y engaño para reunirlos a todos. Congregado el pueblo dijo que quería adorar el doble número de dioses de los que introdujera Acab, y pidió que estuvieran presentes sus sacerdotes, profetas y adoradores, puesto que tenía en su ánimo dedicar a los dioses espléndidos y magníficos cultos; y si alguno de los sacerdotes dejara de asistir, sería castigado con la pena de muerte. El nombre del dios de Acab era Baal. Una vez fijado el día para los sacrificios, envió mensajeros por todo el territorio de Israel a fin de que hicieran comparecer a los sacerdotes de Baal. Ordenó que a todos los sacerdotes se les entregaran vestiduras. Recibidas éstas, entró en el templo con su amigo Jonadab y ordenó que se vigilara cuidadosamente que no estuviera presente ningún peregrino o extranjero: no quería que los extraños asistieran a las ceremonias sagradas1. Los sacerdotes declararon que no se encontraba presente ningún extranjero y empezaron los sacrificios. Jehú apostó en el exterior ochenta hombres, de los más fieles de sus soldados, a quienes ordenó que mataran a los falsos profetas y que vengaran los ritos patrios del menosprecio en que habían caído, advirtiéndoles que pagarían con sus vidas si dejaban escapar alguno de ellos. Los soldados mataron a todos, e incendiaron el templo de Baal; en esta forma libraron a Samaria de los ritos extranjeros. Este Baal era el dios de los tirios; pero Acab, queriendo con- graciarse con Itobal, rey de los tirios y sidonios, le hizo construir un templo en Samaria, nombró profetas y lo dotó de un culto completo. A pesar de haber desaparecido este dios, Jehú, sin em- bargo, permitió que los israelitas adoraran becerros de oro. Por haber cumplido estas cosas y haber castigado a los impíos, Dios le predijo por el profeta que sus hijos gobernarían en Israel hasta la cuarta generación. Es así como acontecieron los hechos en tiempo de Jehú. CAPITULO VII Gotolía elimina a la familia real de Judá; únicamente Joás escapa a la matanza. Complot de Jodao contra Gotolía. Destrucción del templo de Baal; reorganización del culto. Reinado de Joás 1. Gotolía, hija de Acab, cuando se informó de la muerte de su hijo Ocozías y de su hermano Joram y del exterminio de toda la estirpe real, por todos los medios a su alcance procuró que no quedara ningún sobreviviente de la casa de David, que su familia fuera exterminada por completo, para que en adelante ninguno de ellos obtuviera el reino. Tal como lo imaginara, lo llevó a cabo; pero se salvó uno de los hijos de Ocozías que esquivó la muerte en esta forma. Ocozías tenía una hermana, hija del mismo padre, por nombre Josabeta; estaba casada con el pontífice Jodao. Habiendo penetrado en el palacio real, entre los cadáveres vió a Joás, de un año de edad, escondido con su nodriza; se llevó a los dos y los escondió en el dormitorio. Ella y su marido durante seis años ocultamente los alimentaron en el Templo, época en que Gotolía gobernó sobre Jerusalén y las diez tribus. 2. En el año séptimo Jodao, en relación secreta con algunos centuriones, en número de cinco, los persuadió que se asociaran a una tentativa que se haría contra Gotolia, para entregar el reino al niño. Después de obligarlos con juramento, para mayor seguridad, se sintió más esperanzado en lo que había fraguado contra Gotolía. Los varones, a quienes el pontífice Jodao había hecho depositarios de su confidencia, recorrieron todo el país, para reunir a los sacerdotes, los levitas y los jefes de tribus y trasladarlos a Jerusalén, ante el pontífice. Este los obligó con juramento a guardar en secreto lo que les iba a decir, pues así lo 1 Estaba, dice la Biblia, "junto a la columna, conforme a la costumbre". requería el asunto y la necesidad de obrar en conjunto. Una vez hecho el juramento, le pareció que ya podía con seguridad descubrirles el proyecto. Les presentó al descendiente de la casa de David a quien cuidaba, y dijo: -Este es vuestro rey, de la casa de David, que como bien sabéis Dios predijo que reinaría para siempre. Por lo tanto os exhorto a que la tercera de vuestras secciones quede en el Templo para guardar al rey, que la cuarta sección vigile en las puertas del Templo; que la siguiente cuide la puerta por la cual se va al palacio real; los restantes andarán desarmados por el Templo. No dejéis entrar a nadie que lleve armas, a no ser que se trate de un sacerdote. Además ordenó que parte de los sacerdotes y levitas con la espada desnuda rodearan al rey, y que mataran a cualquiera que se atreviera a entrar en el Templo con armas; los instó a que, sin tener miedo a nadie, guardaran con decisión al rey. Aquellos a quienes el pontífice dió estas órdenes, mostraron obedientemente con los hechos su voluntad de cumplir. Entre tanto Jodao, habiendo abierto el depósito de armas que desde el tiempo de David se conservaba en el Templo, distribuyó a los centuriones y levitas lanzas, aljabas, flechas y otras clases de armas; una vez armados, el Templo quedó rodeado de hombres armados, para impedir el ingreso de aquellos que no debían entrar. Habiendo colocado en el centro al niño, le impusieron la corona real y Jodao, después de ungirlo con óleo sacro, lo declaró rey. Todo el pueblo, lleno de alegría, aplaudió gritando, ¡viva el rey! 3. Pero Gotolía, habiendo oído rumores y aplausos inesperados, toda conturbada, salió del palacio con su séquito. Cuando llegó al Templo, los sacerdotes le permitieron la entrada, pero los guardas armados ubicados alrededor del mismo impidieron el ingreso a los que la seguían armados, según lo ordenado por el pontífice. Cuando Gotolía contempló al niño de pie en el estrado1 y cubierto con la corona real, rasgó sus vestiduras y con gran clamor ordenó que fuera muerto el que había preparado estas celadas en su contra y se proponía quitarle el mando. 2 No lo dice el relato bíblico. Jodao llamó a los centuriones y les ordenó que llevaran a Gotolía al valle de Cedrón y una vez allí la mataran2; no quería que el Templo se contaminara con la ejecución de una mujer tan perversa. Ordenó también que si alguien intentara ayudarla, también fuera. muerto. Aquellos a quienes fué ordenada la ejecución de Gotolía, se apoderaron de ella y la condujeron a la puerta de las mulas del rey y allí la mataron. 4. Una vez que mediante este ardid se llevó a cabo lo referente a Gotolía, después de reunir al pueblo y a los soldados, los obligó con juramento a cuidar de su seguridad y de la del reino. Luego hizo prometer al mismo rey con juramento que honraría a Dios y no faltaría a la ley de Moisés. Después irrumpieron en el templo de Baal, contruído por Gotolía y su esposo Joram en contumelia del verdadero Dios y para honrar a Acab. Lo demolieron hasta sus fundamentos, y mataron a Maatán, que por entonces ejercía el sacerdocio. Jodao confió el cuidado y vigilancia del Templo a los sacerdotes y levitas, según lo establecido por David, con la orden de ofrecer holocaustos dos veces por día y también sahumerios según lo ordenado por la ley. Nombró porteros a algunos levitas para la custodia del Templo, para que no entrara nadie impuro. 5. Una vez dispuestas estas cosas, él, los centuriones, los capi- tanes y el pueblo todo llevaron a Joás del Templo al palacio real. Una vez sentado en el trono real, lo aclamaron alegremente. Luego banquetearon y celebraron festejos durante muchos días. Ninguna ciudad se sublevó por la muerte de Gotolía. Joás tenía siete años de edad cuando empezó a reinar; su madre se llamaba Sabia y era nativa de Bersabé. Durante toda su vida, Joás fué diligente cumplidor de la ley y muy celoso del culto de Dios, mientras vivió Jodao. Cuando tuvo edad, se casó con dos mujeres que le presentó el pontífice, de las cuales tuvo hijos de entrambos sexos. Esto es todo lo referente al rey Joás, y de qué manera evadió la perfidia de Gotolía y recibió el reino. CAPITULO VIII Estragos de Azael en Trasjordania. Muerte de Jehú. Joás se inclina a la impiedad y hace matar a Zacarías, hijo de Jodao. Invasión de Azael, rey de Siria; muerte de Joás. Reinado de Joaz, rey de Israel. Lo sucede Joás. Profecía y muerte de Eliseo. Joás, rey de Israel, vence a Adad, rey de Siria. Muerte de Joás 1. Azael, rey de Siria, en guerra con los israelitas y su rey Jehú, devastó las zonas orientales de las tribus de Rubén, Gad y Manasés, así como la Galadítida y Batanea, incendiando, robando y haciendo violencia a todos los que caían en sus manos. Jehú no pudo impedirle que devastara el país, entregado como estaba a despreciar las cosas divinas, el derecho y la ley; murió luego de haber reinado entre los israelitas durante veintisiete años. Fué sepultado en Samaria, habiendo dejado un hijo de nombre Joaz, quien lo sucedió en el reino. 2. Joás, rey de Jerusalén, anheló intensamente restaurar el Templo de Dios. Con este fin ordenó al pontífice Jodao que enviara levitas y sacerdotes por todo el país, para que exigieran medio siclo de plata por cabeza para la refacción y arreglo del Templo, que Joram, Gotolía y sus hijos habían dejado que se arruinara. El pontífice no cumplió lo ordenado, pues sabía que nadie estaba dispuesto a pagar este dinero. En el año vigésimotercero de su reinado, Joás reprochó a él y a los levitas por no haber cumplido su mandato, y les ordenó que en adelante cuidaran de la reparación. Se sirvieron de esta estratagema para reunir el dinero, cosa que fué del agrado del pueblo. Hicieron un cofre de madera cerrado por todos lados, con un solo agujero. Luego lo colocaron en el Templo junto al altar, y se dispuso que todo lo que se echara en él por el agujero, se dedicaría a la restauración del Templo. Esto fué del agrado del pueblo, que competía en depositar dinero en el mismo. El escriba y el sacerdote que tenían a su cuidado la vigilancia de los tesoros del Templo, contaban en presencia del rey el dinero depositado, y luego colocaban el cofre en el mismo lugar. Y hacían esto todos los días. Cuando les pareció que había bastante dinero, el pontífice Jodao y el rey Joás lo emplearon en buscar cortadores de piedra y carpinteros y en procurarse grandes trozos de madera de la mejor clase. Una vez terminada la refección del Templo, el oro y la plata que quedaron, en cantidades que no eran nada exiguas, lo emplearon en hacer grandes vasos, copas para vino y otros recipientes. Procuraron también que todos los días el altar estuviera engrasado con magníficos sacrificios. Mientras vivió Jodao todo esto se realizaba con el mayor cuidado. 3. Una vez muerto, después de haber vivido durante ciento treinta años, insigne en todo por su justicia y honestidad, fué sepultado en las tumbas reales de Jerusalén por haber conservado la realeza para la estirpe de David. Joás no se preocupó del culto de Dios. Los magistrados del pueblo, siguiendo su ejemplo, fueron tan depravados que violaban los derechos y todo aquello que entre ellos era tenido en gran honor. Pero estos cambios del rey y de los demás desagradaron a Dios, quien envió profetas para que los amonestaran y los apartaran de la maldad. Sin embargo estaban poseídos de tanta pasión y de tanto ardor del mal, que ni tuvieron en cuenta los castigos que sufrieron sus antepasados eón todas sus familias ni las predicciones de los profetas pudieron moverlos a que hicieran penitencia y se consagraran al cumplimiento de las leyes. El mismo rey, olvidado de los beneficios que recibiera de su padre, ordenó que Zacarías, hijo del pontífice Jodao, fuera apedreado y muerto en el Templo, porque, inspirado por el espíritu de Dios para vaticinar, se había dirigido al pueblo y al rey instándolos a que se portaran con justicia, de lo contrario se verían sometidos a graves penas. Al morir Zacarías invocó a Dios como testigo y juez de sus sufrimientos, pues fué sometido a una muerte cruel y violenta, a pesar de los buenos consejos y todo lo que su padre había hecho en favor de Joás. 4. Poco después el rey pagó el castigo merecido por sus mal. dades. Azael, rey de los sirios, irrumpió en su territorio, y después de destruir y saquear a Gita, se dirigió hacia Jerusalén. Joás, lleno de miedo, vació los tesoros de Dios y de los reyes, se apoderó de las ofrendas hechas al Templo, y lo envió todo al sirio, con el objeto de evitar el sitio y una catástrofe completa. Azael, conquistado con tan abundantes riquezas, no marchó con el ejército a Jerusalén. Joás, estando seriamente enfermo, fué muerto por los amigos de Zacarías, los cuales se habían conjurado para vengar la muerte del hijo de Jodao. Fué sepultado en Jerusalén, pero no en el sepulcro real de los antepasados, a causa de su impiedad. Vivió cuarenta y siete años, y le sucedió en el reino su hijo Amasías. 5. En el año vigésimoprimero del reinado de Joás, ascendió al trono de los israelitas en Samaria Joaz hijo de Jehú, y gobernó por espacio de diecisiete años. No imitó a su padre, sino que se entregó a aquellos crímenes como los que primeramente tuvieron a Dios en menosprecio. El rey de Siria lo humilló y lo obligó a reducir sus tropas antes tan numerosas a diez mil hoplitas y cincuenta caballeros. Esto aconteció a raíz de una expedición en la cual este rey le arrebató muchas y magníficas villas y destruyó su ejército. Estos hechos se cumplieron con el rey de Israel según la profecía de Eliseo, cuando predijo a Azael que, después de asesinar a su señor, ocuparía el reino de los sirios y damascenos. Al verse Joaz en medio de tan grandes calamidades, elevó preces y súplicas, pidiendo a Dios que lo librara de las manos de Azael y que no permitiera que cayera en su poder. Dios, que acepta la penitencia como una virtud, y satisfecho de amonestar a los poderosos antes que destruirlos totalmente, le dió toda clase de seguridades en cuanto a los peligros de la guerra. El país, ya en paz, volvió a su floreciente estado anterior. 6. Muerto Joaz, le sucedió en el trono su hijo Joás. Cuando hacía treinta y siete años que Joás reinaba en la tribu de Judá, empezó a gobernar este Joás de Samaria, pues tenía el mismo 1 Según la Biblia, una partida de moabitas entierra un muerto, del que no se expresa que haya sido asesinado. nombre que el rey de Jerusalén, y gobernó durante dieciséis años. Era bueno y no imitó las costumbres de su padre. Cuando el profeta Elíseo, ya anciano, cayó enfermo, fué a visitarlo el rey de los israelitas, y al encontrarlo ya cercano a la muerte, comenzó a llorar, y a lamentarse y a llamarlo padre y protector. Gracias a él, decía, nunca tuvo necesidad de emplear las armas contra el enemigo, porque con sus vaticinios obtenía victorias sin lucha; ahora se iba de esta vida, y lo abandonaba desarmado a enemigos armados (los sirios). Puesto que la vida no le ofrecía seguridad, era conveniente que se fueran juntos de esta vida. Eliseo consoló al rey en sus lamentaciones, y le ordenó que tomara el arco y lo pusiera tirante. Hecho esto por el rey, el profeta le puso encima las manos y le ordenó que disparara. Después de lanzar tres flechas, a la tercera dejó de hacerlo. -Si continuaras arrojando flechas -dijo-, habrías destruído radicalmente el reino de los sirios; pero puesto que te has contentado con tres, en tres guerras saldrás vencedor de los sirios, de modo que te apoderarás de la región que quitaron a tu padre. Anunciado esto el rey se ausentó y, poco después, el profeta falleció, varón de ínclita justicia y tenido en gran estima por Dios. Lo atestiguan los hechos increíbles y admirables que realizó, cuya fama preclara subsiste entre los hebreos. Le dedicaron una sepultura magnífica, tal como convenía fuera honrado un varón tan amado de Dios. Aconteció por aquel tiempo que unos ladrones echaron en el sepulcro de Eliseo a un hombre a quien habían asesinado1; en cuanto el muerto tocó el cuerpo de Eliseo, de inmediato revivió. Y con esto he dejado explicado lo referente al profeta Eliseo, a sus predicciones, que hizo mientras estuvo entre los vivos, y al poder divino que siguió ejerciendo aún después de muerto. 7. Muerto Azael, rey de los sirios, el reino pasó a su hijo Adad. Hizo la guerra a Joás, rey de los israelitas; vencido tres veces, Joás le arrebató toda la región, ciudades y pueblos que su padre Azael había quitado a los israelitas. Esto aconteció de acuerdo con lo que había predicho Eliseo. Cuando falleció Joás fué sepul- tado en Samaria, y el reino pasó a su hijo Jeroboam. CAPITULO IX Reinado de Amasías en Judá. Guerra con los amalecitas. Impiedad de Amasías. Amasías provoca a Joás, rey de Is rael. Derrota de Amasías. Joás entra en Jerusalén. Asesi nato de Amasías 1. En el segundo año del reinado de Joás, rey de los israelitas, empezó a reinar en Jerusalén Amasías sobre la tribu de Judá. Su madre se llamaba Jodade, nacida en la capital. A pesar de su adolescencia Amasías tuvo en gran respeto a la justicia. Una vez en el poder y en las tareas de gobierno, consideró que en primer lugar tenía que vengar a Joás, su padre, y castigar a aquellos familiares que conspiraron en su contra. Después de haberlos detenido a todos, los mató, sin tocar a sus hijos, procediendo de acuerdo con la ley de Moisés que declara inicuo exigir a los hijos las culpas de los padres. Después seleccionó de las tribus de Judá y Benjamín a jóvenes de cerca de veinte años, alrededor de trescientos mil; puso al frente de los mismos centuriones. Luego se dirigió al rey de los israelitas, y pidió cien mil soldados asalariados por cien talentos de plata. Había determinado hacer la guerra a los amalecitas, idumeos y gabalitas. Ocupado en la preparación del ejército, el profeta lo exhortó a que se desprendiera de las tropas de Israel, pues eran gente impía. Si utilizaba su ayuda, le anunciaba en nombre de Dios la derrota; pero se impondría a los enemigos, si confiado en el auxilio de Dios luchaba contra ellos con unos pocos. No fué esto del agrado del rey, pues ya había pagado lo esta- blecido a los israelitas; sin embargo el profeta lo urgió a cumplir la voluntad de Dios, de quien, por otra parte, recibiría grandes tesoros. El rey entonces los despidió, regalándoles lo que les había pagado. Con sus tropas marchó contra las naciones nombradas. Las venció en la guerra, y mató a diez mil de ellos, y tomó prisioneros a un número tan grande que los condujo hacia la Piedra Grande, situada en la Arabia, de donde los precipitó. Arrebató también a estas gentes un gran botín e inmensas riquezas. Mientras Amasías llevaba a cabo estas cosas, los israelitas, a quienes despidió después de haberlos asalariado, considerando que su proceder era injurioso, penetraron en sus tierras y avanzaron hasta Betsemera; devastaron la región, se apoderaron de gran cantidad de bestias y mataron tres mil hombres. 2. Sin embargo Amasías, ensoberbecido por la victoria y por el feliz resultado de estos hechos, empezó a olvidarse del Dios que se la había otorgado, y se dió al culto de los dioses que trajo de la región de los amalecitas. El profeta lo visitó y le dijo que se admiraba de que creyera que eran dioses aquellos que no podían prestar ayuda ninguna a sus adoradores a los cuales no pudo librar, pues muchos perecieron y fueron llevados cautivos. Estos dioses habían sido llevados a Jerusalén a la manera que un vencedor lleva a sus cautivos. Estas palabras indignaron al rey; impuso silencio al profeta, amenazando torturarlo si intervenía en sus asuntos. El profeta dijo que se callaría, pero predijo que Dios no sería indiferente a tales novedades. Amasías, no sabiéndose moderar en su pros- peridad, que había recibido de Dios a quien no cesaba de ofender, muy infatuado de sí mismo, escribió a Joás, rey de los israelitas, ordenándole que él con todo su pueblo se le sometieran, tal como había sido en tiempo de sus antepasados, David y Salomón. Si no quería acceder se decidiría mediante la guerra la supremacía. Joás le contestó con estas palabras: "El rey Joás al rey Amasías. En el monte Líbano había un gran ciprés y también una zarza. Esta envió un mensajero al ciprés, pidiéndole a su hija para su hijo en matrimonio. Pero entre tanto una bestia feroz que pasaba pisoteó la zarza. Sírvate esto de ejem. plo para que moderes tu ambición y que, por haber triunfado de los amalecitas, envanecido por este pensamiento no pongas en peligro a tu reino y a ti mismo". 1 Estos detalles difieren del relato bíblico. En 2 Reyes, 11, 12 y 13, dice la Biblia que derrotado y puesto en fuga el ejército de Judá, Job, rey de Israel, tomó a Amasías, rey de Judá, en Betsemeo y se transladó a Jerusalén, donde rompió el muro de la ciudad desde la puerta de Efraím hasta la puerta de la esquina. 3. Amasías, cuando leyó estas palabras, se sintió todavía más apasionadamente impulsado a hacer la guerra; a mi parecer, empujándolo Dios a ello, para castigarlo por los pecados que había cometido. Habiendo sacado las tropas contra Joás, y ya iniciada la batalla, un súbito temor y consternación, como Dios envía a aquellos a quienes no les es propicio, puso en huída al ejército, aun antes de que llegaran a luchar. Dispersos por el miedo, aconteció que Amasías, abandonado por los suyos, cayó cautivo de los enemigos. Joás amenazó matarlo, si no convencía a los de Jerusalén que abrieran las puertas y lo recibieran a él con su ejército. Amacías, obligado por la necesidad y por miedo de perder la vida, hizo que el ejército fuera introducido en Jer