Eurípides

Ifigenia
       
 


 

Agamenón

¡Oh anciano! acércate a esta morada.

 

El anciano

Ya me acerco. Pero ¿qué meditas de nuevo, rey Agamenón?

 

Agamenón

Ya lo oirás.

 

El anciano

Me apresuro. Aunque mi vejez esté privada de sueño, la vigilancia está en mis ojos.

 

Agamenón

¿Cuál es ese astro que pasa por la altura?

 

El anciano

Sirio, que gira en torno de las siete Pléyades, todavía en medio de su órbita.

 

Agamenón

Por eso no se oyen cantos de pájaros [10] ni el ruido del mar, y sobre el Euripo se cierne el silencio de los vientos.

 

El anciano

Pero ¿por qué te lanzas fuera de tu tienda, rey Agamenón? Aún hay reposo en Aulide, y los guardias de los muros están

inmóviles. Entremos.

 

Agamenón

Te envidio, ¡oh anciano! Envidio a aquel de los hombres que pasa su vida desconocido y sin gloria, y considero menos dichosos a los que viven con honores.

 

El anciano

[20] Eso es, sin embargo, lo hermoso de la vida.

 

Agamenón

Es un brillo embustero. El poderío es dulce de desear, pero doloroso cuando se posee. Tan pronto nos trastorna toda la vida el haber descuidado el culto de los Dioses, como la atormentan las opiniones volubles de los hombres.

 

El anciano

No alabo eso en un hombre ilustre. ¡Oh Agamenón! No te ha engendrado Atreo para que goces de todos los bienes. [30] Es preciso que seas dichoso y desdichado, porque eres mortal. Pero, a la luz de una lámpara, has escrito esa carta que llevas en la mano, y la has borrado después de escribirla, y la has sellado, luego has roto el sello, y has tirado al suelo tus tabletas, vertiendo lágrimas, [40] y has sufrido todas las agitaciones, como si estuvieras demente. ¿Por qué, por qué te turbas? ¿Qué te ocurre de nuevo, ¡oh rey!? Vamos, confíame tu pensamiento. Hablarás a un hombre bueno y fiel, que Tindareo hizo entrega de mí en presente dotal a tu mujer como de un compañero seguro.

 

Agamenón

Leda Testiada tuvo tres hijas: [50] Foebe, Clitemnestra, mi mujer, y Helena. Pretendientes de ésta fueron los jóvenes más ricos de la Hélade. Horribles amenazas de muerte se elevaron entre los que no obtuvieron a la virgen. Turbó esto a su padre Tindareo, que no sabía a quién dársela ó rehusársela, ni cuál era el mejor partido. Y se le ocurrió obligar por juramento a todos los pretendientes, dándose la mano y quemando víctimas [60] y vertiendo libaciones, a comprometerse con imprecaciones a ayudar a quien se casara con la joven Tindaris, si alguien arrebatara a ésta de su morada y violara su lecho nupcial, y a hacerle la guerra, y a asolar con las armas su ciudad, helena ó bárbara. Cuando quedaron así ligados por una mutua fe, y el anciano Tindareo los hubo comprometido con su astucia, permitió a su hija escoger a aquel de entre los pretendientes hacia el cual la empujara el dulce impulso de Afrodita, [70] y ella escogió a Menelao, ¡y pluguiera a los Dioses que jamás la hubiese él desposado! Luego, el que fué juez de las Diosas, según reza la tradición de los hombres, llegó de tierra de frigios a Lacedemonia con ricos vestidos, resplandeciente de oro y lujo bárbaro, y enamorado de Helena, que le amó, se la llevó a los prados del Ida, aprovechándose de que Menelao estaba lejos. Pero éste, recorriendo la Hélade, recordó el antiguo juramento prestado a Tindareo, y por el cual se debía ayudar al ofendido. [80] Por eso los helenos, excitados a la guerra, tomaron las armas, viniendo aquí, al estrecho de Aulide, provistos de naves, de escudos, de numerosos caballos y carros, y por consideración a Menelao me eligieron para estratega, a mí, que soy su hermano. ¡Pluguiera a los Dioses que se hiciese este honor a otro que a mí! Reunido y congregado el ejército, permanecimos aquí, en Aulide, sin poder navegar. En esta incertidumbre, el adivinador Calcas [90] ordena que Ifigenia, a quien he engendrado, sea sacrificada a Artemisa, que habita esta tierra; declara que nuestra navegación y la ruina de los frigios dependen de este sacrificio, y que nada de eso sucederá si no la sacrificamos. Al oír estas palabras, ordené a Taltibio que despidiese a todo el ejército con una proclama solemne, pues jamás se obtendría de mí que matara a mi hija. Pero, al fin, mi hermano, con toda clase de palabras, me ha persuadido a realizar este acto horrible. Y he escrito una carta a mi mujer con objeto [100] de que envíe a su hija para que se case con Akileo, glorificando al hombre y diciendo que no quería navegar con los acayanos mientras no poseyera una esposa de nuestra sangre en Ftia. Así he intentado persuadir a mi mujer, pretextando las falsas bodas de la joven. Entre los acayanos sólo sabemos la cosa Calcas, Odiseo, Menelao y yo. Pero en estas tabletas que me has visto abrir y sellar en la sombra de la noche [110] me retracto de lo que he decidido injustamente. Vamos, anciano, toma esta carta y corre a Argos. Pero quiero decirte lo que encierra en sus pliegues esta carta, pues eres fiel a mi mujer y a mi casa.

 

El anciano

Habla y explícate, con objeto de que las palabras que yo diga estén conformes con lo que has escrito.

 

Agamenón

«Te envío ésta después de mis primeras cartas, ¡oh hija de Leda! con el fin de que no envíes [120] a tu hija a Aulide, la resguardada de las olas a las orillas sinuosas de la Eubea. El año que viene celebraremos las bodas de nuestra hija.»

 

El anciano

Pero ¿cómo no va a apoderarse de Akileo una cólera furiosa contra ti y contra tu mujer, privado de esas bodas? ¿No es peligroso esto? Dime qué opinas.

 

Agamenón

Akileo no hace sino prestarnos su nombre. No sabe nada de esas bodas, [130] ni de nuestros propósitos, ni de mi promesa de meter a mi hija en su lecho nupcial.

 

El anciano

Lo que osas hacer es grave, ¡oh rey Agamenón! pues, al traer a tu hija para casarla con el hijo de la Diosa, la entregabas a los danaos para sacrificarla.

 

Agamenón

¡Ay de mí! Había perdido el juicio. ¡Ay, ay! ¡He caído en la desdicha! ¡Pero vete, corre, no cedas a la vejez!

 

El anciano

[140] Ya me doy prisa, ¡oh rey!

 

Agamenón

No te sientes al borde de las fuentes umbrosas, no te dejes seducir por el sueño.

 

El anciano

¡Te ruego que pronuncies palabras de buen augurio!

 

Agamenón

Por donde veas dos caminos que se cruzan, ten cuidado de mirar si algún carro de medas rápidas lleva a mi hija a las naves de los danaos. [150] Y si te encuentras con él, haz volver los caballos hacia las murallas ciclópeas.

 

El anciano

Así se hará.

 

Agamenón

Sal inmediatamente de las puertas.

 

El anciano

Pero di, ¿cómo voy a inspirar confianza en mis palabras a tu mujer y a tu hija?

 

Agamenón

Conserva el sello de esas tabletas que llevas. ¡Vete! Ya esta luz palidece ante la resplandeciente Eos y los fuegos de la cuadriga de Halios. Ayúdame en mis inquietudes. [160] Ningún mortal es próspero y dichoso hasta el fin, ni ninguno está exento de dolor.

 

El coro

Estrofa I

He venido a la playa de la marítima Aulide a través de las olas del Euripo, dejando Calcis, mi ciudad, [170] bañada por la ilustre Aretusa, cuyas aguas van a parar al mar, con objeto de ver el ejército de los acayanos y las naves viajeras de los belicosos jóvenes que el rubio Menelao y el Eupatrida Agamenón, según cuentan nuestros maridos, conducen a Troya en mil naves para recobrar a Helena, [180] a quien el pastor Páris, como un don de Afrodita, se llevó de las cañas del Eurotas cuando, al borde de un límpido manantial, Cipris disputó el premio de la belleza a Hera y a Palas.

 

Antistrofa I

He atravesado presurosa, con las mejillas enrojecidas por juvenil pudor, el bosque sagrado de Artemisa, donde se celebran numerosos sacrificios, deseosa de ver el campamento y las tiendas guerreras [190] y las hileras de caballos de los danaos portadores de escudos. Y he visto a los dos compañeros Ayaces, hijos, respectivamente, de Oileo y Telamón, éste honor de Salamis; y a Protesilao, que se divertía jugando al ajedrez con Palamedes, a quien engendró el hijo de Poseidaón; y a Diomedes, [200] que se divertía lanzando el disco, y a Meriones, rama de Ares y admiración de los hombres, y al hijo de Laertes, venido de las islas montañosas, y a Nireo, el más hermoso de los acayanos.

 

Epodo

Y he visto a Akileo, a quien parió Tetis y educó Kirón, [210] igual al viento en la rapidez de sus pies, correr, armado, por las arenas de la orilla y disputar la victoria a un carro llevado por cuatro caballos. Y gritaba el conductor Eumelo Feretiada; y he visto que azuzaba con el látigo [220] a sus hermosísimos caballos adornados con frenos de oro. Y los de en medio, junto al yugo, estaban tachonados de blanco, y los de al lado, que rivalizaban en velocidad, tenían las crines de color de fuego y las ancas manchadas de diversos colores. Y el Peleida, armado por completo, corría junto a ellos, [230] pegado a las ruedas y a los cubos.

 

Estrofa II

Y he venido hacia la multitud de naves, espectáculo admirable, con el fin de satisfacer mis ojos de mujer, lo cual es una dulce voluptuosidad. Y en el ala derecha de la escuadra estaba el Ares flota de los mirmidones con cincuenta naves impetuosas. Y en lo alto de las popas

[240] se erguían las imágenes de oro de las Diosas Nereidas, emblema del ejército de Akileo.

 

Antistrofa II

Y junto a éstas se hallaban las naves de los argianos, con igual número de remos, y cuyos jefes eran los hijos de Mecisteo, a quien educó su abuelo Talaos, y Stenelo, hijo de Capaneo. Además, estaba el hijo de Teseo, venido del Atica con sesenta naves
[250] que tienen por emblema grato a los marinos la Diosa Palas montada en un carro alado.

 

Estrofa III

Y he visto el ejército de los beocios y sus cincuenta naves marinas adornadas de emblemas; y el emblema de Cadmo, con un dragón de oro, se erguía en los corimbos de las naves; y Leito, progenie de la tierra,

[260] era el jefe de este ejército naval. También estaban los de la tierra fócida, y también los locrienses, con igual número de naves, a los que conducía el hijo de Oileo, que abandonó la ilustre ciudad Troniada.

 

Antistrofa III

Desde la ciclópea Micena, el hijo de Atreo ha conducido a los marinos de cien naves. Y con él, como un amigo con un amigo, manda su hermano, a fin de que la Hélade exija

[270] a la que ha huido de su morada celebrando bodas bárbaras. Y en las popas de Néstor Gereniano, venido de Pilos, he visto también la imagen de un toro, emblema del Alfeo, que es de su país.

 

Epodo

Y había doce naves de enianos, a los cuales mandaba el rey Guneo. Y junto a éstos se hallaban [280] los jefes de Elide, a quienes todo el pueblo llamaba epeos, y los mandaba Eurito. Y Meges, hijo de Fileo, mandaba a los tafianos de blancos remos, habiendo abandonado las islas Ekidnades, inaccesibles para los marinos. Y Ayax, criado en Salamis,

[290] se mantenía cerca de allí, juntando por sus extremos el ala derecha y el ala izquierda, con doce naves rápidas. He aquí lo que he aprendido y visto de ese ejército naval. Y quien le oponga embarcaciones bárbaras no verá el regreso, [300] que tan fuerte es la expedición naval que he visto. Oiga lo que oiga en otra morada, guardaré el recuerdo de esta armada reunida.

 

El anciano

Menelao, te atreves a cosas terribles a que no conviene atreverse.

Menelao

¡Vete! Eres demasiado fiel a tus amos.

 

El anciano

En verdad que me reprochas una cosa honrosa.

 

Menelao

Gemirás si haces lo que no te conviene hacer.

 

El anciano

No debías abrir las cartas que yo llevaba.

 

Menelao

Y tú no debías llevar lo que había de traer la desdicha de todos los helenos.

 

El anciano

Queréllate ante otros, pero devuélveme esas cartas.

 

Menelao

[310] No las devolveré.

 

El anciano

Ni te dejaré yo entonces.

 

Menelao

Voy a aplastarte la cabeza con mi cetro.

 

El anciano

Seguramente es glorioso morir por nuestros amos.

 

Menelao

Retírate. Hablas demasiado para ser esclavo.

 

El anciano

¡Oh señor, me insultan! Arrancándome de las manos por violencia tus cartas, este hombre no quiere ser justo en manera alguna.

 

Agamenón

¡Ah! ¿Qué tumulto hay en las puertas? ¿Qué palabras violentas son esas?

 

Menelao

A mí me toca responder, y no a él.

 

Agamenón

Pero ¿por qué disputas con éste, Menelao, y le haces violencia?

 

Menelao

[320] Mírame, a fin de que yo empiece a hablar.

 

Agamenón

¿Temeré alzar los párpados, yo, nacido de Atreo?

 

Menelao

¿Ves estas tabletas, mensajeras de funestísimas noticias?

 

Agamenón

Las veo. ¡Pero ante todo que salgan de tus manos!

 

Menelao

No sin que haya mostrado a todos los danaos lo que hay escrito en ellas.

 

Agamenón

¿Sabes, pues, lo que no debías saber, porque has roto el sello?

 

Menelao

Lo sé, para que te lacere el dolor y para revelar los males que preparabas en secreto.

 

Agamenón

¿De dónde has cogido estas tabletas? ¡Por los Dioses, qué tienes un alma impúdica!

 

Menelao

Esperando a tu hija, si ha de venir de Argos al ejército.

 

Agamenón

¿Y con qué derecho escrutas mis pensamientos? ¿No es eso propio de un impúdico?

 

Menelao

[330] Porque es mi voluntad. No soy tu esclavo.

 

Agamenón

¡Pero es terrible! ¿No va a estarme permitido gobernar mi familia?

 

Menelao

Sin cesar cambias de opinión, queriendo por lo pronto una cosa, luego otra, y antes otra distinta.

 

Agamenón

¡Hábil eres de lengua! Funesta es la lengua que excita al odio.

 

Menelao

Un espíritu versátil no es sincero ni justo para sus amigos. Pero quiero convencerte. No rechaces por cólera la verdad, y no discutiré con exceso. ¡Acuérdate de cuando deseabas mandar en los Danaidas al partir para Ilios, sin desearlo en apariencia, pero con toda tu voluntad! ¡Cuán humilde eras, [340] dando la mano a cada uno, abriendo tus puertas a todos, haciendo igual acogida a todos, quisiesen ó no, y tratando así de comprar el poder. Luego, en posesión del poderío, cambiando de carácter, no has vuelto a ser el amigo de tus antiguos amigos, te tornas de difícil acceso y raro de ver, y te encierras. No conviene que así cambie de costumbres un hombre justo, y debe ser para sus amigos tanto más firme cuanto más útil puede serles en vista de su fortuna floreciente. Ahí tienes mi primer censura, y en lo que te encuentro culpable por lo pronto. [350] Después de llegar a Aulide con todo el ejército de los helenos, te quedas como aniquilado, a causa de la desdicha deparada por los Dioses: su negativa a concederte una feliz navegación. Los Danaidas te apremiaban, con objeto de que despachases la escuadra y no tuviesen ellos que sufrir penas inútiles en Aulide. ¡Qué triste tenías el semblante, y qué turbado estabas porque, mandando en mil naves, no podías llenar con tus lanzas la tierra de Príamo! Y me interrogabas: «¿Qué haré? ¿Qué partido tomaré?», temiendo perder una gran gloria privado del mando. Luego, cuando Calcas en un sacrificio te ordenó que degollases a tu hija, ofreciéndosela a Artemisa con objeto de que se concediese una navegación feliz a los Danaidas, con alma gozosa prometiste [360] matar voluntariamente a tu hija; y sin que se te forzase a ello, voluntariamente -¡no lo niegues!-, has pedido a tu mujer que envíe aquí a tu hija, bajo pretexto de casarla con Akileo. ¡Luego, cambiando de resolución, eres sorprendido enviando otras cartas en que dices que no serás el matador de tu hija! Está muy bien, seguramente. Este éter te ha oído. Así ocurre a muchos. Hacen cuanto pueden por conseguir el poder, y después caen vergonzosamente, en parte a consecuencia de las falsas apreciaciones de los ciudadanos, en parte con justicia, porque son impotentes para proteger la ciudad. [370] Compadezco sobre todo a la desventurada Hélade, que, cuando quiere realizar acciones hermosas, deja tranquilos a los bárbaros, hombres viciosos, que se mofan de ella por causa tuya y de tu hija. En verdad que no nombraría yo, por su propio interés, a un hombre jefe de un país ó de un ejército. Es preciso que un jefe de ciudad sea prudente, porque todo hombre prudente es buen jefe.

 

El coro

Cruel es que dos hermanos se ultrajen y querellen cuando disputan.

 

Agamenón

Quiero acusarte también en pocas palabras, sin alzar los párpados con demasiada impudicia, sino con moderación, [380] ya que eres hermano mío; porque el hombre justo está lleno de pudor. Dime por qué respiras cólera. ¿Por qué tienes los ojos inyectados de sangre? ¿Quién te ha insultado? ¿Qué te falta? ¿Deseas recobrar una mujer virtuosa? Yo no puedo dártele. Has dirigido mal a la que poseías. ¿Por qué voy a sufrir detus males yo, que no he pecado? ¿Te hiere mi ambición? ¿Quieres poseer una esposa bella, despreciando la razón y el honor? Los goces de un hombre malo son malos. Por lo que a mí respecta, por no haber pensado bien en un principio y haber cambiado de pensamiento luego con cordura, ¿voy a estar demente? ¿No eres tú, por el contrario, quien, habiendo perdido una mala mujer, [390] por dichoso favor de un Dios, quiere recuperarla? Unos pretendientes que ansiaban con locura las bodas prestaron aquel juramento a Tindareo. Creo que fué la Esperanza la Diosa que los impulsó a ello, más que tu firmeza. Emprende con ellos esa guerra; pero entiendo que pronto reconocerás tu demencia. Los Dioses no carecen de inteligencia; saben distinguir un juramento mal pensado y arrancado con violencia. En cuanto a mí, no mataré a mis hijos. Y no tendrás la satisfacción de vengarte de una pésima mujer mientras yo me paso bañado en lágrimas las noches y los días por haber realizado actos inicuos é impíos contra los hijos que he engendrado. [400] Esto es, en definitiva, claro y contundente, lo que tenía que decirte; y si no quieres atender a razones, yo me ocuparé de lo que me interesa.

 

El coro

No se parecen estas palabras a las que han sido pronunciadas primero; pero advierten cuerdamente que perdonará a sus hijos.

 

Menelao

¡Ay, ay! ¡Ya no tengo amigos!

 

Agamenón

Los tienes, si no haces por perderlos.

 

Menelao

¿Cómo probarás que has nacido del mismo padre que yo?

 

Agamenón

Quiero ser contigo cuerdo, y no furioso.

 

Menelao

Es preciso que los amigos sufran con sus amigos.

 

Agamenón

Aconséjame obrando bien, y no haciéndome sufrir.

 

Menelao

[410] ¿No quieres, pues, participar de esta empresa con la Hélade?

 

Agamenón

Algún Dios ha herido de demencia a la Hélade contigo.

 

Menelao

¡Vanaglóriate, pues, de tu cetro traicionando a tu hermano! Por lo que a mí respecta, acudiré a otros medios y a otros amigos.

 

Un mensajero

¡Oh rey de los panhelenos! vengo con tu hija, a quien en otro tiempo llamaste en tus moradas Ifigenia. La acompaña su madre Clitemnestra, tu mujer, con el niño Orestes, a fin de que tengas el gusto de verlos, ya que estuviste largo tiempo ausente de tus moradas. [420] Pero, como han recorrido mucho camino, refrescan sus pies delicados en una clara fuente, con los caballos, a los que hemos soltado en la hierba de las praderas para que puedan pacer allí. Y yo me he adelantado para prepararte a recibirlas, porque el ejército sabe la llegada de tu hija, y ha cundido la noticia, y la multitud acude para ver a tu hija. Los afortunados son ilustres entre todos los mortales, y se los contempla. [430] Dicen unos: «¿Hay bodas? ¿De qué se trata? ¿Es el deseo de volver a ver a su hija lo que impulsa al rey Agamenón a llamarla?» Y otros dicen: «Van a iniciar a la joven en los misterios de Artemisa, reina de Aulide. ¿Quién, pues, se casará con ella?» ¡Pero ofreced ya los cestos y coronad vuestras cabezas! ¡Y tú, rey Menelao, prepárate para las bodas, y resuenen en la morada el son de la flauta y el rumor de la danza, porque éste es un día feliz para la joven virgen!

 

Agamenón

[440] Está bien. Pero entra en las moradas. Gracias a la fortuna propicia, saldrá bien lo demás. ¡Ay de mí! ¿Qué voy a decir, desdichado? ¿Por dónde empezar? ¿En qué lazo fatal he caído? ¡Más astuto que todas mis astucias, me ha prevenido un Demonio! ¡Cuántas ventajas tiene un origen obscuro! A los que de él disfrutan les está permitido llorar y decir lo que quieren; pero eso sería un deshonor para hombres de raza noble. [450] El árbitro de nuestra vida es el orgullo, y dependemos de la multitud. Porque me da vergüenza verter lágrimas, y me da vergüenza no llorar, abrumado como estoy por calamidades tan grandes. ¡Bueno! Pero ¿qué voy a decir a mi mujer? ¿Cómo voy a recibirla? ¿Cómo mirarla? Ella me ha perdido, ella aumenta los males que yo sufría ya, viniendo sin que la llamen. Tenía derecho, empero, para seguir a su hija, con objeto de celebrar sus bodas y dar así lo más querido que tenía, ¡y sólo se encontrará con mi perfidia! [460] Y esa desventurada virgen -¿por qué llamarla virgen, si muy pronto va a desposarla el Hades, según creo?-¡cuánta compasión me merece! Paréceme que la oigo decirme, suplicante: «¡Oh padre! ¿me matarás? ¡Ojalá celebréis bodas así tú y los que ames!» Y junto a ella, Orestes lanzará gritos conscientes, aunque no articulados, porque todavía es un niño pequeño. ¡Ay, ay! ¡Con las bodas de Helena me ha perdido Páris, hijo de Príamo! El es el causante de todo esto.

 

El coro

Y yo estoy movida de compasión, y gimo, como cumple a una mujer extranjera, [470] por la desventura de los reyes.

 

Menelao

Hermano, déjame que toque tu diestra.

 

Agamenón

Ya te dejo. ¡Tuya es la victoria, y yo soy un desdichado!

 

Menelao

Juro por Pélops, padre de nuestro padre, y por Atreo, que nos ha engendrado, que voy a decirte lo que pienso sinceramente, con todo el corazón y sin artificio. Cuando te he visto derramar lágrimas de tus ojos, he tenido piedad de ti, y he llorado por ti, a mi vez. He cambiado de opinión, [480] no quiero ser cruel contigo, pienso ahora como tú, y te aconsejo que no mates a tu hija ni hagas prevalecer mi interés. No es justo, en efecto, que tú gimas y yo sea feliz, que mueran los tuyos y vean la luz los míos. Pues ¿qué he querido yo? ¿No voy a encontrar otras bodas excelentes, si deseara casarme? En cambio, perdiendo a un hermano, lo que sería para mí la mayor de las pérdidas, encontraré a Helena, es decir, un mal por un bien. Era insensato como un joven [490] mientras no vi la cosa de cerca, ¡y qué crimen es el de matar a los hijos! Además, al pensar en nuestro parentesco, me he apiadado de esa infeliz joven que ha de ser degollada a causa de mi matrimonio. ¿Qué hay de común entre tu hija y Helena? ¡Salga de Aulide esta expedición! En cuanto a ti, hermano, cesa de llorar y de provocar mis lágrimas. Si te inquieta por tu hija una adivinación, me desentiendo ya de ello, te cedo mis derechos. [500] He vuelto de mi cruel resolución, según es justo. Como quiero a mi hermano, que ha nacido del mismo padre, he cambiado de idea. Propio de hombres de bien es inclinarse al mejor sentimiento.

 

El coro

Has pronunciado palabras nobles, dignas de Tántalo, hijo de Zeus, No desmereces de tus abuelos.

 

Agamenón

Alabo ¡oh Menelao! las palabras irreprochables y dignas de ti que has pronunciado, contra lo que yo esperaba. La discordia entre hermanos nace del deseo codicioso de enriquecer la propia familia. [510] Me horroriza tal parentesco, funesto por una y otra parte. ¡Y sin embargo, me veo en la necesidad de consumar el asesinato sangriento de mi hija!

 

Menelao

¡Cómo! ¿Quién te obliga a matar a tu hija?

 

Agamenón

La asamblea entera del ejército acayano.

 

Menelao

No, si haces que se vuelva a Argos la joven.

 

Agamenón

Podré ocultar esto, pero no lo otro.

 

Menelao

¿Qué? No hay que temer a la multitud.

 

Agamenón

Calcas revelará el oráculo al ejército de los argianos.

 

Menelao

No, si le previenes. Eso es fácil.

 

Agamenón

[520] Toda la raza de los adivinadores es ambiciosa y mala.

 

Menelao

No es buena ni útil en nada.

 

Agamenón

Pero ¿no temes que ocurra lo que pienso?

 

Menelao

¿Cómo voy a saber lo que no dices?

 

Agamenón

El hijo de Sísifo está enterado de todo.

 

Menelao

Odiseo no puede perjudicarnos en nada.

 

Agamenón

Se encuentra siempre lleno de astucia y es partidario de la multitud.

 

Menelao

Le domina la ambición, lo cual es un mal grave.

 

Agamenón

¡Figúratele erguido ante la asamblea de los argianos, enterándoles del oráculo que ha revelado Calcas, [530] y de cómo he prometido ese sacrificio a Artemisa, y de cómo he faltado a mi promesa! ¡Arrastrando así a todo el ejército, ordenará a los argianos que nos maten a ti y a mí y degüellen a la joven! Si estoy en Argos, irán a arrancarme de las propias murallas ciclópeas y arrasarán mi tierra. Estos son mis males. ¡Oh desventurado de mí! ¡A qué extremo me han reducido ahora los Dioses! Menelao, vuelve con el ejército, y cuida solamente de que Clitemnestra no se entere de nada [540] antes de que yo haya sacrificado mi hija al Hades, a fin de ahorrarme algunas lágrimas. Y vosotras ¡oh extranjeras! guardad silencio.

 

El coro

Estrofa

¡Dichosos los que, tranquilos y sin transportes furiosos, usan con moderación y castidad de los lechos de Afrodita, cuando Eros el de cabellos de oro nos lanza las dos flechas de los placeres, [550] una de las cuales hace la felicidad y la otra trastorna la vida! ¡Te suplico, oh hermosísima Cipris, que desvíes de nuestros lechos esta flecha! ¡Séame concedido un poco de belleza y de amores castos, goce yo de una Afrodita moderada, y rechace los placeres sin medida!

 

Antistrofa

Los espíritus y los caracteres de los hombres son diversos y distintos; [560] pero las buenas costumbres constituyen un bien siempre seguro, y una educación bien cimentada sirve de mucho a la virtud. Porque el pudor es sabiduría y otorga en compensación el placer de saber bien lo que conviene hacer para que la opinión de los hombres conceda a nuestra vida una gloria que no envejezca. Gran cosa es en las mujeres respetar la virtud, [570] huyendo de la Cipris clandestina. En los hombres la moderación, fecunda en buenos efectos, enriquece a su ciudad.

 

Epodo

Has venido ¡oh Páris! del país donde fuiste educado como pastor entre los blancos rebaños ideos, cantando motivos bárbaros y modulando con las cañas del Olimpo, a imitación de las flautas frigias, allí donde pacían tus vacas de pesadas tetas y [580] donde pronunciaste entre las Diosas el juicio que fué causa de que vinieses a la Hélade, llegando ante las moradas de marfil. Y con tus ojos inspiraste amor a Helena, poseído tú mismo de deseo. ¡Y la Discordia, la Discordia guía a la Hélade con lanzas y naves hacia la ciudadela de Troya![590] ¡Ah! ¡Grandes son las prosperidades de los grandes! Ved a mi reina Ifigenia, hija de Agamenón, y a Clitemnestra, hija de Tindareo. Han nacido de padres ilustres y han logrado ser muy afortunadas. En verdad que son poderosísimos los Dioses, que dispensan riquezas a los miserables mortales. Detengámonos aquí, ¡oh hijas de Calcis! recibamos a la reina que va a apearse del carro. [600] Para que no se escurran sus pies, sostengámosla, hasta que toque tierra, con nuestras manos extendidas, mirándola amistosamente, no vaya a ser que la ilustre hija de Agamenón se asuste en cuanto llegue entre nosotras. Como extranjeras que somos, no causemos sobresalto ni terror a estas argianas extranjeras.

 Clitemnestra

De buen agüero creo tu acogida benévola y la dulzura de tus palabras, y abrigo la esperanza de traer a esta novia hacía bodas felices... [610] Sacad del carro los presentes que ofrezco de dote a la joven, y llevadlos con cuidado a la morada. Deja tú también el carro, ¡oh hija! y posa en tierra tu pie débil y delicado. Vosotras, jóvenes, recibidla en vuestros brazos y apeadla del carro. ¡Déme también la mano una de vosotras para ayudarme a bajar! ¡Pónganse otras delante del yugo, [620] que son espantadizos los ojos de los caballos, y no se los calma con la voz! Coged al niño Orestes, hijo de Agamenón, porque todavía es muy pequeño. ¿Te has dormido, niño, con el movimiento del carro? Despiértate felizmente para las bodas de tu hermana. Como también tú eres bien nacido, vas a aliarte con un hombre ilustre, con el hijo, igual a los Dioses, de la hija de Nereo. [630] ¡Ponte junto a mí, que soy tu madre, Ifigenia, hija mía! ¡ténganme por dichosa estas extranjeras al verte de pie a mi lado! Vamos, saluda a tu padre.



Ifigenia

¡Oh madre, no te irrites! Corro a apretar mi corazón contra el corazón de mi padre.



Clitemnestra

¡Oh tú que eres venerable para mí, rey Agamenón! sin tardanza acudimos a tu llamamiento.



Ifigenia

[640] Y yo, ¡oh padre! al acudir a ti, quiero apretarme contra tu corazón después de tanto tiempo, porque deseo gozar de tu vista. No te enfades por ello.



Agamenón

Satisface tu gusto, ¡oh hija mía! porque siempre has querido a tu padre mucho más que los otros hijos que he engendrado.



Ifigenia

¡Oh padre, con cuánta alegría vuelvo a verte después de tanto tiempo!



Agamenón

Y a mí me pasa igual. También yo siento cuanto dices.



Ifigenia

¡Salve! Bien has hecho, padre, al pensar en llamarme junto a ti.



Agamenón

No sé si debo afirmarlo ó negarlo, hija.



Ifigenia

¡Ay! ¡Con qué semblante tan inquieto me miras, aunque parecías tan dichoso por volver a verme!



Agamenón

Un rey estratega tiene numerosas preocupaciones.



Ifigenia

Entrégate a mí por entero en este momento, y no pienses en tus preocupaciones.



Agamenón

Pues contigo estoy por entero, y no en otra parte.



Ifigenia

No frunzas el ceño, y toma una actitud alegre.



Agamenón

¡Sea! Me alegro de verte, hija, y poco importa la manera que tenga de alegrarme.



Ifigenia

[650] ¡Y sin embargo, derramas lágrimas de tus ojos!



Agamenón

Porque pronto estaremos separados por una larga ausencia.



Ifigenia

No sé qué dices, no lo sé, ¡oh queridísimo padre!



Agamenón

Cuanto mas sensatamente hablas, más me compadezco de ti.



Ifigenia

Diré entonces cosas insensatas, si de ese modo consigo alegrarte.



Agamenón

¡Oh Dioses! No puedo callarme. Apruebo tu conducta.



Ifigenia

¡Oh padre! quédate en tu morada con tus hijos.



Agamenón

En verdad que así lo deseo; pero me aflige lo que no puede hacer mi voluntad.



Ifigenia

¡Perezcan las lanzas y los males que proceden de Menelao!



Agamenón

¡Perderán a otros los que me han perdido!



Ifigenia

[660] ¡Cuánto tiempo has estado en este retiro de Aulide!



Agamenón

Y ahora aún me detiene algo que impide que parta el ejército.



Ifigenia

¿Dónde dicen que habitan los frigios, padre?



Agamenón

¡Allí donde pluguiera a los Dioses que nunca hubiese habitado Páris, hijo de Príamo!



Ifigenia

¿Vas entonces a navegar lejos, padre, y a abandonarme?



Agamenón

También vendrás tú ¡oh hija! adonde vaya tu padre.



Ifigenia

¡Ah! ¡Pluguiera a los Dioses que fuese conveniente para ti y para mí que me llevases contigo!



Agamenón

¡También tu irás adonde has de acordarte de tu padre!



Ifigenia

¿Navegaré con mi madre ó partiré yo sola?



Agamenón

Sola, separada de tu padre y de tu madre.



Ifigenia

[670] ¿Me enviarás a otra morada, padre?



Agamenón

No hables de eso. Las jóvenes no deben saber esas cosas.



Ifigenia

¡Date prisa a volver de entre los frigios, tras de lograr la victoria, padre!



Agamenón

Antes es preciso que haga yo aquí un sacrificio.



Ifigenia

Pero tienes que preparar con los sacrificadores cosa tan sagrada.



Agamenón

Yalo sabrás, porque estarás junto al recipiente de agua lustral.



Ifigenia

¿Formaremos, pues, coros en torno al altar, ¡oh padre!?



Agamenón

¡Cuán feliz eres por no saber nada! Pero ve a la morada, a fin de que te vean las jóvenes, después de darme tu mano y un beso amargo, [680] ya que tanto tiempo has de estar alejada de tu padre. ¡Oh seno, oh mejillas, oh cabellos rubios! ¡Cuánto dolor nos cuestan la ciudad de los frigios y Helena! Me callo. De mis ojos corren lágrimas al besarte. Entra en la morada.



Agamenón

Te ruego que me dispenses, hija de Leda, si me he enternecido demasiado al dar mi hija a Akileo. Afortunada es, en verdad, esta separación; pero siempre entristece a un padre [690] entregar sus hijos a una familia extraña, después de criarlos con tantos trabajos.



Clitemnestra

No soy indiferente hasta ese punto, y creo que también sufriré, sin que me veas, cuando conduzca a la joven a las bodas; pero la costumbre y el tiempo mitigarán nuestras penas. Sé el nombre de aquel a quien das tu hija; pero también deseo saber de qué raza es y de qué país.



Agamenón

Egina fué hija de Asopo.



Clitemnestra

¿Quién de entre los mortales ó de entre los Dioses se casó con ella?



Agamenón

Zeus. Y engendró a Eaco, príncipe de Enone.



Clitemnestra

[700] ¿Y qué hijo de Eaco heredó sus moradas?



Agamenón

Peleo. Y Peleo se casó con la hija de Nereo.



Clitemnestra

¿De conformidad ó contra la voluntad de los Dioses?



Agamenón

Zeus lo permitió. Y se la dió quien podía hacerlo.



Clitemnestra

¿Dónde se casó con ella? ¿En las olas del mar?



Agamenón

En la venerable cima del Pelios, donde habita Kirón.



Clitemnestra

¿Allí donde dicen que habita la raza de los centauros?



Agamenón

Allí celebraron los Dioses con festines las bodas de Peleo.



Clitemnestra

¿Fué educado Akileo por Tetis ó por su padre?



Agamenón

Por Kirón, para que no aprendiese las malas costumbres de los hombres.



Clitemnestra

[710] ¡Ah! ¡sabio maestro, seguramente, y más sabio aún quien le escogió!



Agamenón

Ese será el marido de tu hija.



Clitemnestra

No es de despreciar. Pero ¿en qué ciudad de la Hélade habita?



Agamenón

Junto al río Apidano, en las fronteras de la Ftia.



Clitemnestra

¿Y se llevará allí a nuestra hija virgen?



Agamenón

Eso es cosa suya cuando se case con ella.



Clitemnestra

¡Sean, pues, felices! Pero ¿qué día se casará con ella?



Agamenón

Cuando vuelva el ciclo propicio de Selene.



Clitemnestra

¿Has sacrificado ya a la Diosa las víctimas iniciales de lasbodas de tu hija?



Agamenón

Las sacrificaré. Ya me ocupo de eso.



Clitemnestra

[720] ¿Y celebrarás luego el festín nupcial?



Agamenón

Cuando haya sacrificado las victimas que debo ofrecer a los Dioses.



Clitemnestra

Pero ¿dónde celebraremos el festín de las mujeres?



Agamenón

Aquí, junto a las naves argianas de hermosas popas.



Clitemnestra

Está bien y es necesario. ¡Tenga todo buen fin!



Agamenón

¿Sabes lo que hay que hacer, mujer? Sigue mi consejo.



Clitemnestra

¿Qué? Tengo costumbre de obedecerte.



Agamenón

Nosotros... Allí donde está el esposo...



Clitemnestra

¿Sin la madre, vais a hacer lo que tengo que hacer yo?



Agamenón

Casaremos a tu hija en medio de los Danaidas.



Clitemnestra

[730] ¿Y dónde debo estar yo mientras tanto?



Agamenón

Parte para Argos, y ten cuidado de las vírgenes.



Clitemnestra

¡Abandonar a mi hija! ¿Quién va a llevar la antorcha, pues?



Agamenón

Yo llevaré la antorcha de los esposos.



Clitemnestra

No es esa la costumbre, aunque a ti te parezca igual.



Agamenón

No está bien que te mezcles con la multitud armada.



Clitemnestra

Pero sí está bien que yo, como madre, conduzca a mi hija ásus bodas.



Agamenón

Ni que tus hijas permanezcan solas en la morada.



Clitemnestra

Bien guardadas están en seguro gineceo.



Agamenón

¡Obedece!



Clitemnestra

¡No! ¡Por la Diosa reina de los argianos! [740] Ve a ocuparte de las cosas de fuera. Yo me ocuparé de las cosas domésticas, de lo que concierne a las bodas de las jóvenes.



Agamenón

¡Ay! me ha engañado mi esperanza, y en vano traté de alejar a mi mujer de este espectáculo. Pongo enjuego astucias, tiendo celadas a los que me son caros, y soy vencido en todos sentidos. Sin embargo, voy a interrogar a Calcas el adivinador acerca de lo que quiere la Diosa, de lo que es un tormento para la Hélade y una calamidad paramí. Es preciso que el hombre sabio tenga en sus moradas [750] una mujer dócil y buena ó que no alimente a ninguna.



El coro

Estrofa

¡Verá el Simois y sus remolinos de plata el ejército reunido de los helenos! Verá Ilios y la tierra de Febo, donde dicen que Casandra, adornada de una corona de verde laurel, esparce sus rubios cabellos [760] cuando se apoderan de ella las inspiraciones fatídicas del Dios.



Antistrofa

Estarán los troyanos en las ciudadelas de Troya y en torno a las murallas hasta que Ares armado de bronce, llevado en las naves espolonadas, arribe, a fuerza de remos, a las orillas del Simois, [770] queriendo arrancar de Príamo y traer a la tierra de la Hélade a Helena, hermana de los Dioscuros, con ayuda de los escudos y las lanzas de los acayanos.



Epodo

Tras de envolver en la guerra sangrienta a Pérgamo, ciudad de los frigios, y a sus torres de piedra; tras de arrancar de los troncos muchas cabezas y destruir de arriba a abajo la ciudad de Troya, hará llorar abundantemente a las hijas [780] y a la mujer de Príamo. Y también Helena, hija de Zeus, llorará abundantemente por haber abandonado a su marido. Nunca suceda nada de eso ni oigamos yo ó los hijos de mis hijos que las ricas mujeres lidias y las esposas de los frigios dicen entre sí, [790] tejiendo tela: «¿Quién me arrancará de mi patria saqueada, arrastrándome lamentablemente por mis hermosos cabellos, a causa tuya, hija del cisne orgulloso de su largo cuello, si es verdad la fama de que Leda te concibió de un ave en que se había transformado Zeus? ¿O acaso han esparcido este rumor, sin fundamento y temerariamente, entre los hombres las fábulas escritas [800] en las tabletas de las Piérides?»



Akileo

¿Dónde está el estratega de los acayanos? ¿Cuál de los servidores le dirá que le busca a las puertas Akileo, el hijo de Peleo? Porque no estamos en condiciones iguales a las orillas del Euripo. Los unos, sin casar aún, permanecen aquí en la playa, dejando sus moradas desiertas; los otros tienen mujeres é hijos: tan violento es el deseo que por esta expedición se ha apoderado de la Hélade, no sin la voluntad de los Dioses. [810] Por lo que a mi derecho respecta, debo hablar yo. ¡Hable por sí mismo, como mejor le parezca, cada uno de los demás! Porque, después de abandonar Farsalia y a Peleo, soy detenido por los débiles vientos del Euripo, reteniendo a los mirmidones, que me apremian sin cesar y dicen: «Akileo, ¿á qué esperamos? ¿Por cuánto tiempo hemos de retrasar todavía nuestra navegación hacia Troya? Haz lo que tienes que hacer, ó reconduce el ejército al país sin aguardar a las dilaciones de los Atreidas.»



Clitemnestra

¡Oh hijo de la Diosa Nereida! [820] he oído tu voz y he salido de las moradas.



Akileo

¡Oh pudor venerable! ¿Quién es esta mujer que veo y que brilla con tanta belleza?



Clitemnestra

No me asombra que no me conozcas, pues no me habías visto aún. Alabo, no obstante, lo que respetas el pudor,



Akileo

¿Quién eres? ¿Por qué vienes al ejército de los Danaidas, mujer, en medio de hombres portadores de escudos?



Clitemnestra

Soy hija de Leda, mi nombre es Clitemnestra, mi marido es el rey Agamenón.



Akileo

Bien y brevemente has dicho lo que correspondía; [830] pero no es conveniente para mí hablar con mujeres.



Clitemnestra

¡Quédate! ¿Por qué huyes? Une tu mano a la mía, como feliz comienzo de alianza nupcial.



Akileo

¿Qué dices? ¿Darte yo mi mano? Tendría que temer a Agamenón, si tocase lo que no me esta permitido tocar.



Clitemnestra

Claro que está permitido, ya que vas a casarte con mi hija, ¡oh hijo de la Diosa marina Nereida!



Akileo

¿De qué bodas hablas? En verdad que estoy asombrado, mujer, a menos que hables así por error.



Clitemnestra

En la naturaleza de los hombres esta el ser reservados cuando ven amigos nuevos ó [840] cuando se habla de bodas por celebrar.



Akileo

Jamás he buscado a tu hija, mujer, y los Atreidas no me han hecho la menor indicación matrimonial.



Clitemnestra

¿Qué es esto, entonces? Puedes asombrarte de mis palabras, que también las tuyas me sorprenden.



Akileo

Indaga. En interés de ambos está indagar esto, porque a ambos se nos ha engañado con palabras falsas.



Clitemnestra

¿Habrán obrado insultantemente para conmigo? Parece ser que me ocupo de bodas que no existen. Estoy avergonzada.



Akileo

Acaso haya jugado alguien contigo y conmigo; [850] pero no te apures y sopórtalo desdeñosamente.



Clitemnestra

¡Salve! ¡Ya no puedo mirarte cara a cara, después de la mentira en que he tomado parte y del ultraje que me han hecho!



Akileo

Y yo te respondo lo mismo. Voy a buscar a tu marido en estas moradas.



El anciano

¡Oh extranjero, nieto de Eaco, quédate! ¡Oh! ¡quedaos, hijo de una Diosa, y tú, hija de Leda!



Akileo

¿Quién me llama entreabriendo la puerta? ¡Con qué voz tan turbada me llama!



El anciano

Un esclavo. No me doy este nombre por insolencia; no me lo permite el destino.



Akileo

¿De quién eres? No eres mío. Nada en común poseemos Agamenón y yo.



El anciano

[860] Pertenezco a la que se yergue ante las moradas. Me dió a ella su padre Tindareo.



Akileo

Henos aquí. Di, si quieres, por qué me has detenido.



El anciano

¿Estáis solos de verdad ambos, en esta puerta, ante estasmoradas?



Akileo

Puedes hablar, que estamos solos; pero sal de la morada real.



El anciano

¡Oh fortuna, y tú, providencia mía, salvad a los que quiero salvar!



Akileo

Esas palabras presagian un momento peligroso é indican cierto temor.



Clitemnestra

¡He aquí mi mano! No tardes, si quieres decir algo.



El anciano

¿Sabes quién soy y cuán fiel a ti y a tus hijos?



Clitemnestra

Sé que eres un antiguo servidor de mis moradas.



El anciano

¿Y que el rey Agamenón me ha recibido como parte de tudote?



Clitemnestra

[870] Conmigo viniste a Argos, y siempre fuiste mío.



El anciano

Así es. Te soy afecto, pero menos a tu marido.



Clitemnestra

Descubre por fin lo que quieras decirnos.



El anciano

Tu hija... ¡El padre que la ha engendrado quiere matarla con su propia mano!



Clitemnestra

¡Cómo! Me dan horror tus palabras, ¡oh anciano! ¡Estás loco!



El anciano

¡Hiriendo con la espada la blanca garganta de la desdichada!



Clitemnestra

¡Oh! ¡Infeliz de mí! ¿Acaso está demente mi marido?



El anciano

Goza de razón, aunque no en lo referente a ti y a tu hija. En esto carece de razón.



Clitemnestra

¿Por qué causa? ¿Qué demonio funesto le impulsa?



El anciano

El oráculo, como dice Calcas, a fin de que el ejército parta...



Clitemnestra

[880] ¿Adónde? ¡Ah, desventurada de mí! ¡Desventurada también de aquella a quien su padre quiere matar!



El anciano

Hacia las moradas de Dardano, con objeto de que Menelao recupere a Helena.



Clitemnestra

¿Acaso ha decretado el destino que el regreso de Helena dependa de la muerte de Ifigenia?



El anciano

Ya lo sabes todo. Su padre debe sacrificar tu hija a Artemisa.



Clitemnestra

Pero ¿á qué obedece ese pretexto de las bodas, que me ha traído de Argos?



El anciano

Al objeto de que trajeses de buen grado a tu hija, para casarla con Akileo.



Clitemnestra

¡Oh hija, has venido a morir, y tu madre también!



El anciano

Ambas sois muy desdichadas, y Agamenón se atreve a cometer un acto horrible.



Clitemnestra

¡Estoy perdida, infeliz de mí! Ya no pueden retener suslágrimas mis ojos.



El anciano

Siempre es cruel para una madre llorar por verse privadade sus hijos.



Clitemnestra

[890] Pero ¿cómo sabes lo que dices, ¡oh anciano!?



El anciano

Iba yo a llevarte otras cartas después de las que ya se te habían escrito.



Clitemnestra

¿Prohibiéndome ú ordenándome traer a mi hija para morir?



El anciano

Con objeto de que no la trajeras. Porque en aquel momento no estaba demente tu marido.



Clitemnestra

Si me llevabas esas cartas, ¿cómo no me las entregaste?



El anciano

Me las arrebató Menelao, que es el autor de estos males.



Clitemnestra

Ya lo oyes, ¡oh hijo de la Nereida, oh hijo de Peleo!



Akileo

Oigo que eres una desgraciada; pero no soporto con paciencia lo que en esto me concierne.



Clitemnestra

Matarán a mi hija después de engañarnos con pretexto de tus bodas.



Akileo

Estoy iracundo contra tu marido, y no lo soportaré así como así.



Clitemnestra

[900] Ciertamente, no me avergonzaré de arrojarme a tus rodillas, pues soy mortal y tú hijo de una Diosa. ¿De qué, en efecto, voy a estar orgullosa? ¿O por quién haré más esfuerzos que por mi hija? ¡Pero, oh hijo de una Diosa, ven en ayuda de mi desgracia y de la que ha sido llamada tu esposa, vanamente sin duda, pero a la que yo he traído coronada como tal, y a quien conduzco ahora a la muerte! Sería para ti una vergüenza no socorrerla. Porque, ya que no te hayas unido a ella con bodas, has sido llamado, por lo menos, el caro marido de la desdichada virgen. ¡Por tu mentón, por tu mano, por tu madre, te lo suplico! [910] Tu nombre me ha perdido; es preciso que venga ahora en mi ayuda. No tengo otro altar donde refugiarme que tus rodillas, y no está junto a mí ningún otro amigo. Te has enterado del designio cruel y horrible de Agamenón, y como ves, yo, mujer, vengo en medio de una armada naval sin freno, pronta al mal, pero también al bien cuando quieren. ¡Si te atreves a protegerme con tu mano extendida, estamos salvados! ¡si no, estamos perdidos!



El coro

Terrible es parir, y el arriesgarlo todo por los hijos constituye un gran deseo común a todas las madres.

Akileo

Un gran corazón se conmueve en mí, [920] que también sé sufrir desdichas y gozar con moderación de las cosas buenas. Los hombres así constituídos llevan por voluntad una vida rectilínea, guiados por la razón y la sabiduría. En verdad que a veces es bueno no ser sabio; pero también ocurre que la prudencia es útil. Por lo que a mí respecta, educado por un hombre muy venerable, por Kirón, he aprendido a practicar costumbres sencillas. Obedeceré a los Atreidas cuando sus órdenes sean justas, pero no cuando sean inicuas. [930] Aquí y en Troya daré prueba de un corazón libre y mostraré todo el valor que en mí se alberga. Por lo que a ti respecta, tan miserablemente agobiada de males por los que más queridos te son, te consolaré en lo que puede un joven movido a compasión por ti. Jamás será degollada por su padre tu hija, a la que se ha llamado mía; no me prestaré a las astucias engañosas de tu marido, pues mi nombre, incluso sin levantar el hierro, mataría a tu hija. Sólo tu marido es el causante de ello; [940] y ya no me creería yo inocente si, a causa mía y de mis bodas, pereciese esa virgen que sufre suerte tan horrible y tan indignos ultrajes. Sería yo el más cobarde de los argianos, un hombre inútil, y Menelao podría pasar por bravo; no sería yo hijo de Peleo ya, sino de un mal Demonio, si mi nombre ayudase a tu marido a cometer ese asesinato. ¡No, por Nereo que vive en las olas húmedas y es padre de Tetis, que me ha parido, [950] el rey Agamenón no tocará a tu hija ni siquiera con la punta de los dedos, ó Sipilo, aldea bárbara de la que procede la raza de esos estrategas, será una ciudad, mientras la Ftia y yo no tendremos ninguna fama nunca! Amargas cebadas y aguas lustrales consagrará el adivinador Calcas. ¿Qué es un adivinador? Un hombre que dice muchas cosas falsas y pocas verdaderas cuando acierta; y cuando se equivoca, ¿quién se preocupa de ello? [960] No hablo en interés de mis bodas, que mil jóvenes desean mi alianza; pero el rey Agamenón me ha ultrajado. Debía haberme pedido mi nombre para obtener a su hija; y si Clitemnestra me la hubiese concedido, yo habría consentido sin duda, si de ello dependiese nuestra marcha a Ilios. No me habría yo negado a contribuir al mayor bien de aquellos con quienes debo combatir. Pero nada soy para esos dos estrategas; y ni por asomo se preocupan de obrar bien ó mal conmigo. [970] Pronto, antes de llegar a Troya, mancharé esta espada con la sangre de quien quiera quitarme a tu hija. Estate tranquila. Me aparezco a ti como un Dios. No lo soy, pero para ti lo seré.

 

El coro

¡Las palabras que has dicho, oh hijo de Peleo, son dignas de ti y de la venerable Diosa, Demonio del mar!

 

Clitemnestra

¡Ah! ¿cómo no alabarte sin medida, ó alabándote menos, caer en falta de gratitud? Los buenos, en efecto, [980] no gustan de los que los alaban con exceso. Me ruborizo de exponerte quejas lamentables y dolores privados, porque no sufres los mismos males que yo. Pero un hombre de bien, aunque sea extranjero, hace siempre una acogida excelente a los desdichados a quienes ayuda. Ten piedad, pues, de mí, que sufro lamentables males. Había alimentado la vana esperanza de tenerte por yerno; pero acaso la muerte de mi hija sea un mal presagio para tus bodas futuras. Eso es lo que tienes que prevenir. [990] Has hablado bien al principio y al fin; y si quieres, mi hija será salva. ¿Quieres que abrace ella tus rodillas, suplicándote? Poco apropiado a una virgen es eso. Si te place, no obstante, vendrá ella, con pudor y dignidad. En ausencia suya, ¿obtendré de ti el mismo apoyo?

 

Akileo

Quede ella en la morada, porque el pudor es cosa venerable.

 

Clitemnestra

Sin embargo, hay que respetar en lo posible lo que es conveniente.

 

Akileo

No traigas tu hija a mi presencia, y no incurramos en falta. [1000] Un ejército numeroso, desinteresado de los cuidados domésticos, se complace en las mentiras y en las malas palabras. Me supliques ó no, obtendrás el mismo apoyo; porque he emprendido la ruda tarea de redimiros de vuestros males. Pero ten por cierto que no hablo en vano. ¡Que me muera, si digo cosas falsas y me burlo de vosotros! Pero escaparé a la muerte si salvo a la joven.

 

Clitemnestra

¡Sé dichoso, y ven siempre en ayuda de los desdichados!

 

Akileo

Escucha, pues, a fin de que se arregle todo.

 

Clitemnestra

[1010] ¿Qué has dicho? Porque en verdad que te escucharé.

 

Akileo

Persuadamos al padre para que se deje llevar de mejores sentimientos.

 

Clitemnestra

¡Es un cobarde! Teme demasiado al ejército.

 

Akileo

Pero hay razones superiores a otras razones.

 

Clitemnestra

Es una débil esperanza. Sin embargo, dime lo que tengo que hacer.

 

Akileo

Muéstrate primero a él con actitud suplicante, a fin de que no mate a tu hija. Si se resiste, tendrás que acudir a mí. Si consienten en lo que quieres, ya no habrá necesidad de mi mediación. Eso será la salvación de tu hija, y yo seré mejor amigo de Agamenón, [1020] y no me censurará el ejército por haber obrado con razones antes que con violencia; y cuando todo se lleve a cabo felizmente, será dulce para tus amigos y para ti haber tenido éxito sin mi mediación.

 

Clitemnestra

¡Qué sabiamente has hablado! Es preciso, pues, hacer lo que quieres. Si no obtengo lo que quiero, ¿dónde te veré? ¿Adónde habrá que ir, desdichada de mí, para encontrar tu mano, que viene en ayuda de mis males?

 

Akileo

Te vigilaré y velaré por ti cuanto sea preciso, para que no te vean errar tristemente por entre el ejército de los danaos [1030] y no se deshonre a la familia paterna, pues no se debe hablar mal de Tindareo. Porque es grande entre los helenos.

 

Clitemnestra

Así será. Manda; conviene que yo te obedezca. Si los Dioses existen, ya que eres un hombre justo, serás dichoso. Si no, ¿de qué sirve tomarse tantas penas?

 

El coro

Estrofa

¿Qué canto himeniano resonó con la flauta líbica y la cítara que se alegra en las danzas y lassiringas hechas de cañas, [1040] cuando en el Pelios las Piérides de hermosas cabelleras, hiriendo la tierra con sussandalias de oro durante el festín de los Dioses, fueron a lasbodas de Peleo y celebraron a Tetis con sus voces armoniosas, y al hijo de Eaco, en las montañas de los centauros, en la selva Peliada? El Dardanida, el frigio Ganimedes, [1050] grata delicia de los lechos de Zeus, escanciaba el néctar de las profundas cráteras de oro, y en la arena blanca, celebrando las bodas, danzaban en corro las cincuenta hijasde Nereo.

 

Antistrofa

Con lanzas de abeto y coronas de hierbas, la tropa ecuestre [1060] de los centauros fué al festín de los Dioses y al cráter de Baco. Y gritaban las jóvenes tesalianas: «¡Oh hija de Nereo! ¡el profeta Febo, y Kirón, a quien las Musas han revelado las generaciones futuras, han predicho que, con los mirmidones armados de lanzas, vendrá a la llanura de Troya una gran luz, que devastará por el fuego a la ilustre tierra de Príamo, [1070] con el cuerpo cubierto de armas de oro forjadas por Hefesto, don de su madre la Diosa que le ha parido para ser dichoso!» Así celebraron los Dioses las bodas de la Eupatrida Tetis, primera de las Nereidas, y de Peleo.

 

Epodo

[1080] ¡Oye, Ifigenia! los argianos coronarán tu cabeza de hermosos cabellos, como la de una tachonada ternera que saliese virgen de los antros rocosos de las montañas; ensangrentarán tu garganta, sin haberte criado a los sones de la flauta ni de los cánticos de los pastores, sino junto a tu madre, para casarte con uno de los Inakidas. [1090] ¿Cómo va a triunfar el rostro del pudor ó de la virtud allí donde la impiedad es omnipotente, donde la virtud es desdeñada por los mortales, donde la iniquidad es más fuerte que las leyes, donde los hombres no luchan unánimemente para que no estalle la cólera de los Dioses?

 

Clitemnestra

He salido de las moradas para esperar a mi marido, que las ha abandonado y está ausente de ellas hace tiempo. [1100] Y mi desventurada hija está bañada en lágrimas, exhalando numerosos gemidos desde que se ha enterado de que su padre prepara su muerte. Pero he aquí que en el mismo momento en que hablo se aproxima Agamenón, que proyecta llevar a cabo pronto actos impíos contra sus hijos.

 

Agamenón

¡Oh hija de Leda! a tiempo te encuentro fuera de la morada, para decirte en ausencia de la virgen lo que no conviene que oiga una novia.

 

Clitemnestra

¿Qué es lo que te parece tan oportuno?

 

Agamenón

[1110] Haz salir de la morada a tu hija, y que venga con su padre, porque ya está dispuesto todo: el agua sagrada y la cebada salada que se arroja en el fuego lustral, y las victimas que hay que sacrificar a la Diosa Artemisa antes de las bodas.

 

Clitemnestra

Claramente hablas, en verdad; pero no sé cómo calificar tus acciones. ¡Sal, hija! Porque ya sabes lo que medita tu padre. Trae envuelto en tu peplo a tu hermano Orestes, mi hijo.

[1120] Hela aquí que te obedece. Diré lo demás referente a ella y a mí.

 

Agamenón

¿Por qué lloras, hija, y no me miras ya con ternura, inclinado a tierra el rostro y recatándote con tu peplo?

 

Clitemnestra

¡Ay! ¿Por dónde comenzar a hablar de mis males? A cada uno de ellos se le puede creer el primero ó el último.

 

Agamenón

¿Qué es eso? ¿Por qué me mostráis todos la misma confusión y la misma turbación?

 

Clitemnestra

Responde francamente a mis preguntas.

 

Agamenón

[1130] No hay para qué exhortarme a ello. Interrógame.

 

Clitemnestra

¿No quieres matar a la que es hija mía y tuya?

 

Agamenón

¡Ah! ¡dices cosas horribles, y no conviene que las sospeches de mí!

 

Clitemnestra

No te turbes, y respóndeme por lo pronto.

 

Agamenón

Si  me  interrogas  convenientemente,  te responderé  lo mismo.

 

Clitemnestra

Puesto que te interrogo directamente, respóndeme lo mismo.

 

Agamenón

¡Oh destino terrible! ¡Oh Demonio fatídico!

 

Clitemnestra

¡El mismo es para mí, para ella, para los tres, desventurados!

 

Agamenón

¿En qué se te ha ofendido?

 

Clitemnestra

¿Me lo preguntas? Tu habilidad no es hábil.

 

Agamenón

[1140] ¡Estoy perdido! ¡Se han descubierto mis secretos!

 

Clitemnestra

Los sé, me he enterado de cuanto debías hacer en contra mía. Tu mismo silencio y esos gemidos son una declaración. No te tomes el trabajo de hablar.

 

Agamenón

Pues me callo. ¿Para qué voy a añadir a mi desgracia la impudicia de la mentira?

 

Clitemnestra

Escucha, pues, ahora. Voy a hablar, y no ya por enigmas. Y ante todo, he de reprocharte esto: te casaste conmigo mal de mi grado y raptándome a la fuerza, [1150] después de matar a mi primer marido Tántalo y estrellar vivo contra tierra a mi hijo, arrancado violentamente de mis pechos. Los hijos de Zeus, mis hermanos, ilustres por los caballos, te hicieron la guerra; pero mi anciano padre Tindareo, a quien suplicaste, te protegió, y de nuevo poseíste mi lecho. Reconciliada contigo desde entonces, tú mismo puedes atestiguar que he sido para ti y para tu morada una esposa irreprochable, casta, [1160] que ha aumentado tus bienes patrimoniales. Y regocijándote en tu morada y fuera de ella, eras dichoso. Rara caza es para un marido tal mujer. ¡Además de tres hijas, he parido para ti este hijo, y quieres arrebatarme cruelmente una de ellas! Y si te preguntase alguien por qué quieres matarla, responde, ¿qué dirías? ¿Es preciso que hable yo en tu nombre? ¡Pues para que Menelao recobre a Helena! ¡Buena costumbre es la de redimir a una mala mujer a costa de nuestros hijos, [1170] lo más odioso por lo más querido! Pero, si partes para esa guerra, abandonándome en las moradas, y estás ausente mucho tiempo, ¿qué corazón crees que voy a tener en estas moradas desiertas, junto a la estancia vacía de la virgen, en la soledad, bañada en lágrimas y llorándola siempre? Diré: ¡Oh hija! ¡el padre que te ha engendrado es quien te ha perdido, quien te ha degollado, y no otra mano que la suya! ¡Esa es la recompensa que deja a su familia traicionada! [1180] No hará falta entonces más que un ligero pretexto para que yo y las hijas que abandonas te recibamos como conviene que se te reciba. ¡Por los Dioses, no me obligues a ser tu enemiga, y no lo seas tú mismo para mí! ¡Oye! Degollarás a tu hija; pero ¿qué plegarias pronunciarás entonces? ¿Qué pedirás de bueno para ti, degollando a tu hija? ¿Sin duda un mal retorno, después de haber dejado tan vergonzosamente a tu familia? Y yo, ¿qué pediré de bueno para ti? ¡Ciertamente, sería creer insensatos [1190] a los Dioses rogarlos por un parricida! ¿Y abrazarás a tus hijos, de vuelta en Argos?¿Cuál de tus hijos va a mirarte, si has meditado matar a uno de ellos? ¿Has pensado en eso tú solo? ¿No debes pensar más que en llevar el cetro y en ser estratega? Te convenía decir con justicia a los argianos: «¿Queréis, acayanos, navegar hacia la tierra de los frigios? Echad suertes para ver quién debe hacer morir a su hija.» Esto sería justo; [1200] pero no que seas tú solo entre todos el que ofrezca para víctima a su hija. O si no, que Menelao mate a Hermione a causa de su madre, que asunto suyo es. ¡Y ahora, yo, que he respetado la fe nupcial, voy a verme privada de mi hija, y la que ha pecado, conservando la suya en Esparta bajo su techo, será dichosa! Responde a esto, y si he hablado bien, no mates a la que es hija tuya y mía, y serás cuerdo.

 

El coro

¡Consiente! ¡Es bueno conservar a los hijos, Agamenón! [1210] Ningún mortal dirá lo contrario.

 

Ifigenia

Si tuviera la elocuencia de Orfeo, ¡oh padre! y si cantando pudiera persuadir a las rocas a seguirme y enternecer con mis palabras a quien quisiese, recurriría a ella; pero por toda elocuencia te ofreceré mis lágrimas, pues sólo puedo eso. A tus rodillas pongo, como una rama de suplicantes, mi cuerpo, al que ha parido para ti esta mujer. ¡No me mates antes de tiempo, que es dulce ver la luz! ¡No me fuerces a ver las cosas que hay bajo la tierra! [1220] ¡He sido la primera en llamarte padre mío, y túme has llamado hija tuya; he sido la primera en dar y recibir sobre tus rodillas caricias dulces! Y me hablabas así entonces: «¿Te veré dichosa ¡oh hija! enlas moradas de tu marido, viva y floreciente, como es digno de mí?» Y a mi vez te decía yo, colgando mis brazos a tu cuello y oprimiendo tus mejillas con mis manos, como ahora: «Y yo, padre, ¿te veré envejecer en la dulce hospitalidad de mis moradas, [1230] devolviéndote los cuidados que tuviste para criarme?» ¡He guardado el recuerdo de estas palabras; pero tú las has olvidado, ¡y quieres matarme! ¡No! ¡Te conjuro a ello por Pelops, por tu padre Atreo, por esta madre que me ha parido y que sufre por segunda vez los dolores del parto! ¿Qué tengo yo que ver con las bodas de Alejandro y de Helena? ¿Por qué ¡oh padre! ha venido él para atraerme la muerte? ¡Mírame! Otórgame una mirada y un beso, para que, al menos, me lleve yo, al morir, una prenda tuya, [1240] si no cedes a mis palabras. ¡Hermano! débil apoyo eres para tus amigos; llora conmigo, sin embargo, y pide, suplicante, a tu padre que no muera tu hermana. Los niños tienen alguna percepción de los males. ¡He aquí que te suplico en silencio, padre! ¡Piensa en mí, ten piedad de mi vida! Sí, los dos, que te somos caros, te suplicamos por tus mejillas, él un niño todavía, y yo adolescente. Lo resumo todo en una palabra, y convenceré: [1250] dulcísimo es para los hombres ver la luz; pero los muertos ya no son nada. ¡Insensato quien desee morir! Más vale vivir miserablemente que morir gloriosamente.

 

El coro

¡Oh funesta Helena! ¡por causa tuya y de tus bodas, entre los Atreidas y sus hijos se produce una grave discordia!

Agamenón

Sé hasta qué punto hay que mostrar piedad, y hasta qué punto no tenerla. Amo a mis hijos; de otro modo sería un insensato. Estoy cruelmente afligido por atreverme a semejantes cosas, mujer, y también por no atreverme; pero ¡tengo que realizarlas! Ved cuán numerosa es esta armada naval, [1260] y cuántos son los reyes de los helenos armados de bronce. No les será dable llegar a las torres de Ilios mientras no te sacrifique yo, como ha dicho el adivinador Calcas, ni les estará permitido derribar las ilustres moradas de Troya. Un deseo furioso arrastra a la armada de los helenos a navegar muy rápidamente hacia la tierra de los bárbaros, para impedir el rapto de las mujeres helénicas. Matarán en Argos a mis hijas,  a vosotros y a mí, si no cumplo el oráculo de la Diosa. No es Menelao quien me obliga, hija, [1270] pues no le obedezco, sino que es la Hélade a quien tengo que sacrificarte, quiera ó no. Somos impotentes en eso. Es preciso, hija mía, que la Hélade sea libre por ti y por mí, y que no sean despojados de sus mujeres los helenos por los bárbaros.

 

Clitemnestra

¡Oh hija! ¡Oh extranjeras! ¡Qué desdichada me hace tu muerte! ¡Tu padre huye de ti y te entrega al Hades!

 

Ifigenia

¡Ay, madre, madre! El mismo canto fúnebre [1280] conviene a nuestras dos fortunas. Ni la luz ni el esplendor de Helios serán ya para mí. ¡Ay, ay, selvas nevadas de los frigios y montañas del Ida, donde Príamo expuso en otro tiempo al niño Páris, arrebatado a su madre para una muerte funesta y llamado Ideo [1290] en la ciudad de los frigios! ¡Pluguiera a los Dioses que jamás Príamo hubiese hecho criar a Páris, como boyero entre los bueyes, junto a los manantiales límpidos, allí donde se hallan las fuentes de las ninfas y la pradera verdeante y florida en que crecen la rosa y el jacinto para ser cortados por las Diosas! [1300] Allá fueron en otro tiempo Palas y la astuta Cipris, Hera y Hermes, mensajero de Zeus; Cipris orgullosa del deseo que excita, Palas de su lanza, y Hera del lecho real del rey Zeus, para el combate de la belleza, juicio odioso que trae la muerte para mí y la gloria para los Danaidas; ¡es mi muerte, oh jóvenes, [1310] lo que exige Artemisa como primicias para que se navegue hacia Ilios! ¡Oh madre, oh madre! el que me ha engendrado, desdichada de mí, se ha ido, traicionándome y abandonándome. ¡Oh! ¡qué desgraciada soy por haber conocido a la cruel y funesta Helena! ¡Me matan, perezco con la muerte impía que me da un padre impío! ¡Pluguiera a los Dioses que nunca hubiese recibido Aulide en este puerto [1320] a las naves de espolones de bronce, a la escuadra con rumbo a Troya! ¡Pluguiera a los Dioses que Zeus no hubiese soplado vientos contrarios en el Euripo, ya que tan pronto envía uno como otro a los hombres, a fin de que éstos se regocijasen con sus velas henchidas y se quejasen aquéllos, y los unos saliesen del puerto y desplegasen las velas, y los otros se quedasen allí rezagados! [1330] En verdad que la raza de los mortales está sometida a muchas miserias, y es fatal que siempre asuele a los hombres alguna desgracia. ¡Ay, ay! ¡La hija de Tindareo trae a los Danaidas grandes desastres, grandes dolores!

 

El coro

Tengo compasión del destino lamentable que te está deparado. ¡Pluguiera a los Dioses que no lo sufrieses nunca!

 

Ifigenia

¡Oh madre que me has parido, veo venir una muchedumbre de hombres!

 

Clitemnestra

Es el hijo de la Diosa, ¡oh hija! aquel por quien has venido.

 

Ifigenia

[1340] Abrid las puertas, servidoras, con objeto de que yo me esconda.

 

Clitemnestra

¿Por qué huyes, hija?

 

Ifigenia

Me avergüenza mirar a Akileo.

 

Clitemnestra

¿Por qué?

 

Ifigenia

El doloroso resultado de mis bodas me da vergüenza.

 

Clitemnestra

No son oportunas las delicadezas en tu desdicha presente. ¡Quédate! Nada tiene que ver el pudor en el trance por que pasamos.

 

Akileo

¡Oh desventurada mujer, hija de Leda!

 

Clitemnestra

No dices mentiras.

 

Akileo

Entre los argianos se alzan gritos horribles.

 

Clitemnestra

¿Qué clase de gritos? Dímelo.

 

Akileo

Con respecto a tu hija.

 

Clitemnestra

Mal presagio es esto para lo que tienes que decir.

 

Akileo

Dicen que hay que sacrificarla.

 

Clitemnestra

¿Y no los contradice nadie?

 

Akileo

Yo mismo he estado casi en peligro.

 

Clitemnestra

¿En qué peligro?

 

Akileo

[1350] En el de ser apedreado.

 

Clitemnestra

¿Por querer salvar a mi hija?

 

Akileo

Por eso.

 

Clitemnestra

¿Y quién osaría tocarte?

 

Akileo

Todos los helenos.

 

Clitemnestra

¿No te defendía el ejército de los mirmidones?

 

Akileo

Era el primero que estaba contra mí.

 

Clitemnestra

¡Estamos perdidas, hija mía!

 

Akileo

Decían que me habían seducido estas bodas.

 

Clitemnestra

¿Y qué has respondido?

 

Akileo

Que no mataran a la que iba a ser mi mujer.

 

Clitemnestra

Era justo, en efecto.

 

Akileo

A la que me tenía prometida su padre.

 

Clitemnestra

Y a la que había llamado de Argos.

 

Akileo

Pero han podido más que yo sus clamores.

 

Clitemnestra

La multitud es una calamidad terrible.

 

Akileo

Sin embargo, te socorreré.

 

Clitemnestra

¿Combatirás solo contra todos?

 

Akileo

¿Ves a esos que vienen armados?

 

Clitemnestra

¡Ojalá recojas el fruto de tu valor!

 

Akileo

[1360] Lo recogeré.

 

Clitemnestra

¿No será, entonces, degollada mi hija?

 

Akileo

No; por lo menos, con mi consentimiento.

 

Clitemnestra

Pero ¿quién vendrá a apoderarse de mi hija?

 

Akileo

Vendrán mil. Los conducirá Odiseo.

 

Clitemnestra

¿El de la raza de Sísifo?

 

Akileo

El mismo.

 

Clitemnestra

¿Por voluntad propia ó por orden del ejército?

 

Akileo

Elegido para ello, y voluntariamente.

 

Clitemnestra

¡Mala tarea, en verdad, que ha de mancharle con un asesinato!

 

Akileo

Pero yo lo impediré.

 

Clitemnestra

Y cuando se apodere de ella, ¿la arrastrará a la fuerza?

 

Akileo

Cogiéndola por su cabellera rubia.

 

Clitemnestra

¿Qué tengo que hacer entonces?

 

Akileo

No te separes de tu hija.

 

Clitemnestra

Si así lo hago, ¿no será degollada?

 

Akileo

Hasta ahí llegarán.

 

Ifigenia

Escuchad mis palabras. Madre, te veo irritada contra tu marido, pero en vano, [1370] pues no nos es posible obstinarnos en una empresa imposible. Justo es alabar a nuestro huésped por su corazón ardiente; pero has de procurar que no se te acuse ante el ejército, sin mejor resultado, y que no le ocurra algo malo a éste. Escucha, madre, los pensamientos que acuden a mi espíritu. Está resuelto que moriré; ¡pero quiero morir gloriosamente, desechando todo sentimiento cobarde! Considera conmigo, madre, cuánta razón tengo. Ahora me mira toda la Hélade, y de mí es de quien depende la navegación de las naves y el asolamiento de los frigios. De mí depende [1380] que en lo sucesivo no intenten los bárbaros llevarse a las mujeres de la dichosa Hélade y que expíen el oprobio de Helena, a quien se ha llevado Páris. Remediaré todo eso con mi muerte, y será grande mi gloria, porque habré libertado a la Hélade. Ciertamente, no conviene que ame yo tanto la vida. Me has parido para todos los helenos, y no para ti sola. ¡Ya lo ves! tantos hombres portadores de escudos, tantos remeros, osarán luchar gloriosamente contra los enemigos, a causa de la patria ofendida, y morir por la Hélade, [1390] ¡y yo sola voy a impedir todo eso! ¿Sería justo? ¿Qué podríamos responder? Volvamos ahora a éste. No conviene que combata solo contra todos los helenos, a causa de una mujer, ni que muera. Un solo hombre es más digno de ver la luz que mil mujeres. Y si Artemisa quiere tomar mi vida, ¿voy a resistirme a una Diosa, yo, que soy mortal? No puede ser. Doy, pues, mi vida a la Hélade. ¡Matadme, y destruid Troya! ¡Allí estarán mis monumentos eternos, mis bodas, mis hijos y mi gloria! [1400] ¡Madre! conviene que los helenos manden en los bárbaros, y no los bárbaros en los helenos. Aquéllos han nacido esclavos, y éstos han nacido libres.

 

El coro

¡Piensas noblemente, oh joven; pero la Fortuna y la Diosa son malhechoras!

 

Akileo

Hija de Agamenón, los Dioses me hubieran hecho dichoso si yo hubiese podido disfrutar de tus bodas; pero la Hélade es dichosa por ti, y tu por la Hélade, porque has hablado bien en honor de la patria. Negándote a resistir a los Dioses, que son más poderosos que tú, no has considerado más que lo que era útil y necesario. Al conocer mejor tu alma, [1410] siento mayor deseo de tus bodas, porque eres bien nacida. ¡Escúchame! Deseo servirte y conducirte a mis moradas. A Tetis pongo por testigo de que gemiré si no te salvo combatiendo contra los Danaidas. Reflexiona, que la muerte es un mal grande.

 

Ifigenia

He hablado sin pensar en nadie. Basta con que la hija de Tindareo, por culpa de su belleza, haya causado combates y muertes de hombres. Por lo que a ti respecta, ¡oh huésped nuestro! no mueras por causa mía y no mates a nadie, [1420] sino permite que salve yo a la Hélade, si puedo.

 

Akileo

¡Oh alma magna! no puedo hablar más, si así te parece. Sientes noblemente. ¿Por qué no se ha de decir la verdad? Pero puede que te arrepientas de tu resolución. A fin, pues, de que sepas las cosas que te he dicho, apostaré junto al altar a estos hombres armados, no para dejarte morir, sino para impedir que mueras. Quizá, aproveches mi consejo pronto, cuando veas la espada sobre tu garganta. [1430] No te dejaré morir temerariamente por tu audacia, sino que voy al templo de la Diosa con estos hombres armados, y allí esperaré tu presencia.

 

Ifigenia

Madre, ¿por qué mojas de lágrimas tus ojos en silencio?

 

Clitemnestra

Alguna razón tengo ¡desdichada de mí! para gemir en mi corazón.

 

Ifigenia

Deja de hacerlo y no me abatas; pero concédeme una cosa.

 

Clitemnestra

Habla, hija mía, porque no seré injusta contigo.

 

Ifigenia

No cortes los rizos de tu cabellera, no envuelvas tu cuerpo en peplos negros.

 

Clitemnestra

¿Qué dices, hija? ¡Cuando te haya perdido!

 

Ifigenia

[1440] No me has perdido; estoy salvada, y por mí serás ilustre.

 

Clitemnestra

¿Cómo dices? ¿No conviene que llore yo por tu vida?

 

Ifigenia

No, porque no me erigirán tumba.

 

Clitemnestra

¿Qué? ¿No se mira la muerte como una tumba?

 

Ifigenia

Mi tumba será el altar de la Diosa, hija de Zeus.

 

Clitemnestra

¡Oh hija! te obedeceré, porque has hablado bien.

 

Ifigenia

¡Sí, soy feliz y bienhechora de la Hélade!

 

Clitemnestra

Pero ¿qué anunciaré a tus hermanas?

 

Ifigenia

No las revistas tampoco de peplos negros.

 

Clitemnestra

¿Diré en tu nombre alguna palabra afectuosa a esas vírgenes?

 

Ifigenia

[1450] ¡Que sean dichosas! Educa como un hombre a Orestes, que está aquí.

 

Clitemnestra

¡Abrázale, ya que le ves por última vez!

 

Ifigenia

¡Oh queridísimo! has ayudado a tus amigos en lo que has podido.

 

Clitemnestra

¿Y podré hacer algo por ti en Argos?

 

Ifigenia

No odies a mi padre, marido tuyo.

 

Clitemnestra

Por causa tuya incurrirá en terribles peligros.

 

Ifigenia

Contra su voluntad me mata por la Hélade.

 

Clitemnestra

¡Pero con astucia, cobardemente, de una manera indignade Atreo!

 

Ifigenia

¿Quién me conducirá al altar antes de que me arrastren de los cabellos hasta él?

 

Clitemnestra

Iré yo contigo.

 

Ifigenia

¡No, tú no! no hablas bien.

 

Clitemnestra

[1460] Me cojo a tu peplo.

 

Ifigenia

Madre, hazme caso, quédate. Más vale esto para ti y para mí. ¡Que uno de los servidores de mi padre me acompañe a la pradera de Artemisa, donde seré degollada!

 

Clitemnestra

¡Oh hija! ¿te vas?

 

Ifigenia

¡Para no volver ya nunca!

 

Clitemnestra

¿Abandonando a tu madre?

 

Ifigenia

Como ves, y sin haberlo merecido.

 

Clitemnestra

¡Detente! no me abandones.

 

Ifigenia

No quiero que llores. Y vosotras, ¡oh jóvenes! cantad por mi destino, con palabras propicias, un Pean a la hija de Zeus, a Artemisa, ¡y que sea un presagio feliz para los Danaidas! [1470] ¡Prepare alguien los cestos, queme el fuego la cebada purificadora y toque mi padre el altar con su mano derecha, porquevoy a salvar y a hacer triunfar a los helenos! ¡Conducidme, que soy la destructora de Ilios y de los frigios! ¡traed y dadme las coronas, pues hay que coronar mi cabellera! ¡Traed las aguas lustrales; danzad en torno al templo y al altar; [1480] celebrad a Artemisa, a la reina Artemisa, la bienaventurada, porque voy a cumplir el oráculo con mi sangre y con mi muerte, ya que así es preciso! ¡Oh madre, oh madre venerable, ahora te doy mis lágrimas, [1490] pues no está permitido hacerlo durante el sacrificio! ¡Oh jóvenes! celebrad conmigo a Artemisa, que reside al otro lado de Calcis, allí donde están las naves guerreras, en el estrecho puerto de Aulide, a causa de mi nombre. ¡Oh Pelasgia, tierra materna! ¡oh mis moradas micenses!

 

El coro

[1500] ¡Invocas a la ciudad fundada por Perseo, obra de manos ciclópeas!

 

Ifigenia

Me has educado para ser luz de la Hélade, y no me apena morir.

 

El coro

Nunca, en efecto, te abandonará la gloria.

 

Ifigenia

¡Io, Io! ¡Oh día porta-antorcha, luz de Zeus, voy a otra vida, a otro destino! ¡Salve, querida luz!

 

El coro

[1510] ¡Io, Io! ¡Ved a la destructora de Ilios y de los frigios, que va, ceñida de coronas su cabeza lavada, a bañar con gotas de tu sangre el altar de la cruel Diosa, cuando hayan cercenado su hermoso cuello! Allí te esperan las aguas límpidas vertidas por tu padre, y las libaciones, y el ejército de los acayanos lleno del deseo [1520] de partir para la ciudad de Ilios. Pero invoquemos a la hija de Zeus, a Artemisa, la reina de los Dioses, a fin de que otorgue a esto un feliz cumplimiento. ¡Oh venerable que te regocijas con víctimas humanas, conduce hacia la tierra de los frigios y las moradas pérfidas de Troya al ejército de los helenos, y haz que conquiste Agamenón una ilustre corona con las armas de la Hélade, [1530] y ciña su cabeza con honores eternos!

 

Un mensajero

¡Oh Clitemnestra, hija de Tindareo! sal de las moradas para escuchar mis palabras.

 

Clitemnestra

Al oír tu voz, salgo temblorosa, desdichada, penetrada de terror, temiendo que vengas a anunciarme cualquier calamidad, aparte de ésta.

 

El mensajero

Quiero decirte, por el contrario, cosas admirables y prodigiosas acerca de tu hija.

 

Clitemnestra

¡Pues no tardes! dilas inmediatamente.

 

El mensajero

[1540] ¡Oh querida dueña! lo sabrás todo claramente. Empezaré por el principio, si no se me va el juicio y turba mis palabras. En cuanto llegamos al bosque sagrado y a la pradera florida de Artemisa, la hija de Zeus, donde estaba reunido el ejército de los acayanos, con tu hija, a quien conducíamos, acudió al punto la multitud de los argianos. Y en cuanto el rey Agamenón vió a la joven avanzar por el bosque sagrado hacia el sacrificio, gimió, y volviendo la cabeza, [1550] vertió lágrimas, tapándose los ojos con el peplo. Pero ella habló así, aproximándose a su padre: «¡Oh padre! heme aquí, deseosa de dar mi vida por mi patria y por toda la Hélade. Conducidme para sacrificarme en el altar de la Diosa, ya que así lo exige el oráculo. ¡Por lo que de mí depende, sed dichosos, y llevaos el premio de la victoria y volved a la patria! No me toque, sin embargo, ninguno de los argianos, [1560] que yo ofreceré la garganta en silencio y valerosamente.» Habló así, y al oirla, todos admiraron la grandeza de alma y el valor de la virgen. Y erguido en medio, Taltibio reclamó al ejército silencio y presagios favorables, porque le concernía esta misión. Y el adivinador Calcas depositó en el cesto de oro la espada afilada que había sacado envuelta en su vaina, y coronó la cabeza de la joven. Pero, cogiendo a la vez el cesto y el agua de las libaciones, el hijo de Peleo corrió al altar de la Diosa, [1570] y dijo: «¡Oh hija de Zeus, Artemisa, que te regocijas con la muerte de las fieras y esparces por la noche tu clara luz, recibe esta víctima que te ofrecen el ejército de los acayanos y el rey Agamenón! Es la sangre pura de la hermosa garganta de una virgen, ¡Haznosnavegar felizmente y derribar con la lanza las ciudadelas de Troya!» Y los Atreidas y todo el ejército miraban a tierra, Y cogiendo la espada y orando, el sacrificador buscó el sitio de la garganta que iba a herir. [1580] Y oprimía mi corazón una angustia abrumadora, y continué mirando a tierra. Entonces se manifestó un prodigio bruscamente, pues cada cual oyó con claridad el ruido del golpe, pero nadie pudo ver lo que había sido de la virgen. Y el sacrificador prorrumpió en exclamaciones, y todo el ejército lanzó clamores ante aquel inesperado prodigio de un Dios, en el que no se podía creer, ni aun viéndolo. Una cierva grande y admirablemente hermosa yacía palpitante en tierra, y el altar de la Diosa aparecía inundado con su sangre en abundancia. [1590] No quieras pensar con cuánto júbilo exclamó Calcas entonces: «¡Oh jefes del ejército de los acayanos! ¿veis esta víctima, esta cierva de las montañas, que la Diosa ha arrojado sobre el altar? ¡La ha preferido a la joven, para no manchar el altar con una sangre noble! Acepta este sacrificio, nos concede una feliz navegación y la toma de Ilios. ¡Por eso debéis tener ánimos, soldados todos de la escuadra, y correr a las naves, [1600] porque nos es preciso en este día atravesar el mar Egeo, dejando las sinuosas ensenadas de Aulide!» Y después que la llama de Hefesto hubo quemado por entero a la víctima, Calcas oró para que el ejército tuviese un retorno feliz. Pero Agamenón me envía con el fin de que te diga a qué destino está llamado por los Dioses y qué gloria inmortal le está prometida en la Hélade. ¡Por lo que respecta a mí, que estaba presente y lo he visto todo, te digo que tu hija ha volado indudablemente hacia los Dioses! Aplaca, pues, tu dolor y cesa de estar iracunda contra tu marido. [1610] Las voluntades de los Dioses son imprevistas para los mortales, y ellos salvan a los que aman. Porque el día de hoy ha visto a tu hija muerta y viva de nuevo.

 

El coro

¡Cuánto me alegro de lo que anuncia! ¡Dice que tu hija está viva entre los Dioses!

 

Clitemnestra

¡Oh hija! ¿qué Dios te ha arrebatado? ¿Cómo te llamaré? ¿Qué decir? ¿Será esto una farsa consoladora para poner fin a mi triste duelo?

 

El mensajero

He aquí al rey Agamenón que viene. [1620] El mismo te repetirá lo que te he dicho.

 

Agamenón

¡Mujer! debemos alegrarnos de lo que le ocurre a tu hija. Porque vive entre los Dioses. Es preciso que vuelvas a tus moradas, llevándote a este tierno niño, pues el ejército se dispone a navegar. ¡Salve! Pasará mucho tiempo antes de que te dirija otras palabras a mi regreso de Troya. ¡Sé dichosa!

 

El coro

¡Atreida, ojalá llegues felizmente a tierra frigia, y vuelvas lo mismo, trayendo los despojos más hermosos de Troya!

 


  
 

 

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