Marco Tulio Cicerón

Sobre la naturaleza de los dioses

 

 

LIBRO I

 

CAPITULO 1
 

1. Hay en la filosofía un gran número de cuestiones
que no han sido todavía en modo alguno suficiente o
adecuadamente explicadas; pero como tú, Bruto, sabes
muy bien, la cuestión de la naturaleza de los dioses,
que es de gran belleza e interés para el conocimiento
del alma y absolutamente necesaria para regular la
religión, es particular mente difícil y oscura. Sobre
ella son tan varias las opiniones y doctrinas de los
hombres más sabios y tan discrepantes que ello
constituye un fortísimo argumento a favor de la
creencia de que el origen y el punto de partida de la
filosofía está en la ignorancia y de que los
Académicos obraron con mucha prudencia al rehusar
dar su asentimiento a las cosas inciertas: ¿qué cosa
hay tan temeraria y tan indigna de la dignidad y
seriedad del sabio como el sostener una opinión falsa
o defender sin ninguna vacilación una cosa que no se
basa en un detenido examen, comprensión y
conocimiento?

2. En cuanto a la cuestión presente, pongo por caso, la
mayor parte de los filósofos ha dicho que existen los
dioses, y este es el punto de vista más probable y
aquel a que nos conduce y guía la naturaleza; pero
Protágoras dijo que él personalmente lo dudaba,
mientras que Diágoras de Melos y Teodoro de Cirene
sostuvieron que no había dioses en absoluto. Por otra
parte, los que afirmaron la existencia de los dioses
difieren y discrepan tan ampliamente entre sí que
resultaría una tarea real mente molesta hacer un
recuento de sus opiniones. Muchos son, en efecto, los
puntos de vista que se han propuesto acerca de la
figura externa de los dioses, sobre los lugares en que
habitan y sus sedes, así como acerca de su forma de
vida, y sobre todos estos puntos se discute con gran
variedad y de sentencias por parte de los filósofos; pero,
en cuanto a la cuestión que viene a encerrar
prácticamente todo el meollo de la discusión, el saber
si los dioses están completamente ociosos e inactivos,
sin tomar parte alguna en la dirección y gobierno del
mundo, o si, por el contrario, todas las cosas fueron
creadas y ordenadas por ellos en un comienzo, y son
controladas y conservadas en movimiento por ellos a
través de toda la eternidad, es ahí donde se encuentra la máxima discrepancia; y, mientras no se llegue a una conclusión en este punto, los hombres habrán de
continuar moviéndose en medio de la más honda
incertidumbre y en medio de la ignorancia de cosas de
la máxima importancia.
3. Pues hay y ha habido filósofos que afirman que los
dioses no ejercen ningún control absolutamente sobre
los asuntos humanos. Pero, si su opinión es verdadera,
¿cómo puede existir la piedad, la santidad y la
religión? Porque todos estos son tributos que hemos
de rendir, con pureza y santidad, a los poderes divinos
solamente en la hipótesis de que ellos llegan a
conocerlos o advertirlos y de que los dioses inmortales
han prestado algún servicio a la humanidad. Mientras
que si, por el contrario, los dioses no tienen poder ni
voluntad de ayudarnos, si no nos prestan ninguna
atención y no tienen noticia alguna de nuestras
acciones, si no pueden ejercer absolutamente ninguna
influencia sobre la vida de los hombres, ¿qué motivo
tenemos para dirigir ningún culto, honor o plegaria a
los dioses inmortales? La piedad, no obstante, igual
que el resto de las virtudes, no puede existir en una
simple apariencia ficticia y simulada; y, junto con la
piedad, tienen que desaparecer de igual manera la
veneración y la religión. Y, una vez eliminadas estas
cosas, la vida es toda ella en seguida perturbación y
confusión.

4. Y no sé si, una vez eliminada la piedad para con los

dioses, no va a desaparecer también la fidelidad y la

unión social de los hombres, y aun la misma justicia,

la más excelente de todas las virtudes.

Hay, sin embargo, otros filósofos, y precisamente los

más eminentes y notables, que creen que todo el

mundo está regido y gobernado por la inteligencia y la

razón divinas, y no solamente esto sino también que la

providencia de los dioses vela sobre la vida de los

hombres; pues consideran que los granos y los demás

frutos que produce la tierra, y también el clima y las

estaciones y los cambios de la atmósfera, gracias a los

cuales todo lo que la tierra produce madura y llega a

ser fecundo, son un don de los dioses inmortales a la

especie humana; y añaden a esto otras muchas cosas

— que serán recogidas en estos libros — de tal

naturaleza que parecen casi haber sido expresamente

fabricadas por los dioses inmortales para el uso de los

hombres. El modo de pensar de estos filósofos fue

ampliamente atacado por Carnéades, de tal forma que

suscitó en las personas de espíritu activo o no

perezoso el afán de descubrir la verdad.

5. No hay, de hecho, ninguna cuestión sobre la cual

exista una divergencia tan enorme de opiniones, no

solamente entre las personas ineducadas sino también

entre los hombres instruidos; y las opiniones

planteadas son tan diversas y tan discrepantes entre sí

que, si bien existe sin duda la alternativa posible de

que ninguna de ellas sea verdadera, es ciertamente

imposible que sea verdadera más de una.

Y, en verdad, en tal litigio podemos nosotros tanto

aplacar a los censores benévolos como reducir a silencio

a los vituperadores envidiosos, haciendo que

los últimos se arrepientan de sus censuras y que los

primeros se alegren de haber aprendido algo más; pues

los que critican de una manera amistosa deben ser

enseñados, y los que atacan de manera hostil deben ser

refutados.

6. Observo, con todo, que se ha venido hablando

mucho del gran número de libros que yo he producido

en un breve espacio de tiempo, y que tales

comentarios no han sido todos de una sola especie o

tipo; algunas personas han sentido la curiosidad de

saber cuál ha podido ser la causa de este repentino

interés mío por la filosofía, mientras que otras

personas se han mostrado deseosas más bien de saber

qué opiniones concretas defendía yo sobre las diversas

cuestiones. Muchos también, como he podido advertir

se sienten grandemente sorprendidos de que haya

querido dar mi aprobación a una filosofía que

consideran nos priva de la luz del día y la anega en

una especie de noche; y se maravillan de que yo haya

salido inesperadamente a defender un sistema ya

abandonado y al que hace ya tiempo se ha renunciado.

Sin embargo he de decir que no he comenzado así de

repente a dedicarme a la filosofía: desde mi más

temprana juventud he consagrado a su estudio una

parte no pequeña de tiempo y energías, y he

continuado tal estudio con la máxima diligencia

precisamente en las épocas en que menos parecía que

lo hiciera, como bien lo atestiguan las máximas

filosóficas de que están llenos mis discursos, y mi

íntima amistad con los más sabios hombres que

siempre se han dignado honrar mi casa, así como

aquellos eminentes profesores, Diodoto, Filón,

Antíoco y Posidonio, por quienes fui formado y

educado.

7. Además, si bien es verdad que todas las doctrinas

filosóficas tienen un alcance práctico o vital, puedo

afirmar que tanto en mi conducta pública como en mi

conducta privada, he puesto en práctica los preceptos

que enseña la razón y la teoría.

CAPITULO 4

Si, por otra parte, alguien pregunta qué motivo ha

podido impulsarme tan tarde a dejar por escrito tales

preceptos, no hay nada que me sea más fácil de

explicar que esto. Yo estaba, en efecto, languideciendo

en un retiro ocioso, y la situación de los

asuntos públicos era tal que una forma autocrática de

gobierno se había hecho ya inevitable. En estas

circunstancias, pensé en primer lugar que explicar la

filosofía a mis compatriotas era en aquellos momentos

para mí un deber en beneficio de la propia república,

considerando que había de contribuir grandemente al

honor y a la gloria de la ciudad el poseer, redactados

también en lengua latina, pensamientos tan

importantes y tan luminosos.

8. Y me arrepiento tanto menos de mi empresa cuanto

que puedo ver claramente cuán grande es el número

de mis lectores que se han sentido estimulados no

solamente al estudio sino también a escribir ellos

mismos por su cuenta. Gran número, en efecto, de

gentes muy conocedoras de las enseñanzas griegas

eran incapaces de compartir sus conocimientos con

sus conciudadanos, porque des confiaban de la

posibilidad de expresar en latín la enseñanzas que

habían recibido de los griegos; y ciertamente en la

cuestión de la expresión o el vocabulario creo que

hemos hecho tales progresos que ni aun en riqueza de

vocabulario nos superan los griegos.

9. Otra cosa que me estimuló también a esta

ocupación fue la depresión espiritual que me dominó

con ocasión de una herida dolorosa y abrumadora que

me deparó la suerte; si yo hubiera podido encontrar

un alivio más efectivo a mi pesar, no habría recurrido

a esta forma específica de consuelo; pero el mejor de

los caminos que se me abrían a mí para disfrutar en

toda su amplitud de este consuelo era dedicarme no

solamente a la lectura de libros sino también a la

redacción y composición de un tratado sobre la

totalidad de la filoso fía. Ahora bien, el modo mejor y

más rápido de transmitir un conocimiento del tema en

todos sus aspectos y sus ramas es escribir una

exposición de los diversos métodos o doctrinas en su

totalidad; pues es una característica sorprendente de la

filosofía el que todos sus elementos se enlacen entre sí

y formen un sistema continuo, de forma que el uno

parece estar vinculado al otro, y todos ellos estar

mutuamente relacionados y entrelazados.

CAPITULO 5

10. No obstante, los que quieren conocer mi opinión

personal sobre las diversas cuestiones manifiestan un

grado de curiosidad que va más allá de lo necesario;

pues, en la discusión, hay que buscar no tanto el peso

de la autoridad cuanto la fuerza de la argumentación.

Más aún, la mayor parte de las veces la autoridad de

los que hacen profesión de enseñar es un estorbo para

los que quieren aprender; dejan, en efecto, de emplear

su propio juicio y admiten como seguro lo que ven

juzgado ya por el maestro a quien dan su aprobación.

Y, por lo demás, no suelo yo aprobar eso que

tradicionalmente vemos atribuido a los pitagóricos, los

cuales, cuando se les pregunta por las razones de

cualquier proposición que ellos formulen en la

discusión, se dice que suelen responder "El mismo lo

dijo así"; y ese "él mismo" era Pitágoras: podía tanto

una opinión ya prejuzgada, que la autoridad tenía

valor aún sin estar apoyada por la razón.

11. A aquellos, por otra parte, que se sorprenden de

que haya seguido con preferencia este sistema, creo

haberles dado ya una respuesta suficiente en los cuatro

libro de mis Académica. Ni tampoco es verdad que yo

me haya constituido en defensor de una causa perdida

o una posición actualmente abandonada; pues, cuando

los hombres mueren, sus doctrinas no mueren con

ellos, sino que tal vez echen de menos el resplandor de

su autoridad personal; tómese como ejemplo el

método filosófico bien conocido de una dialéctica

puramente negativa y que rehusa pronunciar ningún

juicio positivo; este método, nacido con Sócrates,

reavivado por Arcesilao y reforzado por Carnéades, ha

estado en vigor hasta nuestros días; y, sin embargo,

tengo entendido que en la propia Grecia carece

actualmente casi del todo de partidarios. Pero esto no

lo atribuyo yo a una falta o error de la Academia, sino

a la torpeza o estupidez de los hombres; pues, si es

una gran empresa llegar a comprender uno solo

cualquiera de los sistemas filosóficos, ¿cuánto mayor

empresa no será llegar a dominarlos todos? Y esto es

lo que tienen que hacer necesariamente los que se han

propuesto hallar la verdad hablando en contra y en

defensa de todos los sistemas.

12. En una empresa de tanta envergadura y tan ardua

no afirmo haber conseguido yo un éxito rotundo,

aunque puedo decir en voz bien alta que lo he

intentado. Y, al mismo tiempo, no es posible que los

que filosofan siguiendo este método no tengan

ninguna norma que los guíe. Esta cuestión en verdad

la he discutido más plenamente en otro lugar; pero hay

gentes tan torpes y tan lentas de comprensión que

parecen necesitar repetidas explicaciones. No somos,

en efecto, de aquellos a quienes nada les parece

verdadero, sino de aquellos que afirman que todas las

sensaciones verdaderas se hallan asociadas a otras

falsas, tan íntimamente semejantes a ellas que no

contienen ninguna señal infalible que guíe nuestro

juicio y arranque nuestro sentimiento. De aquí se

siguió el corolario de que muchas sensaciones son

"probables", es decir, que, aun cuando no lleguen a

una plenitud de percepción, hay sin embargo en ellas

una cierta distinción y claridad, y así pueden servir

para dirigir la conducta del hombre sabio.

CAPITULO 6

13. No obstante, para liberarme enteramente de toda

crítica envidiosa, voy ahora a presentar a mis lectores

las opiniones o doctrinas de los filósofos sobre la

naturaleza de los dioses. Este parece ser un lugar apto

para convocar a todos los filósofos para que

sentencien cuál de esas doctrinas es verdadera. Si de

ello resulta que todas las escuelas están de acuerdo, o

bien si se encuentra algún filósofo que haya

descubierto la verdad, entonces y no antes consideraré

que la Academia es falaz. Así pues, me agrada

exclamar aquí como en los Synefebos :

os invoco, os pido, os ruego, suplico, imploro

y conjuro a que déis vuestro testimonio"

clamo, postulo, obsecro, oro, ploro atque

inploro fidem"

Y no le imploro para cosa baladí, como lo hace aquel

personaje cómico, que se lamenta de que "se cometen

en la ciudad crímenes capitales":

"porque la meretriz no quiere recibir "

el dinero de su amigo y amante".

14. Sino, con su presencia, conocida y examinada la

causa, sobre qué hemos de pensar y opinar acerca de

la religión, la piedad, la santidad, los ritos del culto, la

lealtad, el juramento, acerca de los templos, los

santuarios y los sacrificios solemnes, y acerca de los

mismos auspicios que yo mismo presido5 —todas

estas cuestiones, en efecto, deben ser referidas en

definitiva a la cuestión de la naturaleza de los dioses

inmortales—: sin duda una tan gran diversidad y

discrepancia entre los hombres más doctos fuerza aun

a los que creen estar en posesión de un conocimiento

cierto a dudar.

15. Esto lo advertí ya muchas veces, pero sobre todo

en una ocasión en que se disputó de una manera

realmente penetrante y profunda de esta cuestión en

casa de mi íntimo amigo Cayo Cotta.

Habiendo ido, en efecto, cuando las Fiestas Latinas, a

su casa por expresa invitación suya, me lo encontré

sentado en una exedra y discutiendo con el senador

Cayo Velleio, a quien los epicúreos consideraban por

entonces su primera personalidad entre los romanos.

Se encontraba también allí Quinto Lucilio Balbo, que

se había adentrado tanto en el sistema y pensamiento

de los estoicos que era comparado con los griegos que

sobresalían en esta doctrina.

—Llegas muy oportunamente, pues acaba de surgir

entre Velleio y yo una discusión sobre una cuestión dé

gran importancia, que, dadas tus aficiones, sin duda te

habrá de interesar.

CAPITULO 7

16. — También a mí me parece  — dije yo —  haber

llegado, como tú dices, en un momento oportuno.

Pues os habéis reunido aquí tres jefes de tres es cuelas

de filosofía. Y si estuviera también aquí Marco Pisón,

no faltaría una representación de ninguna de las

escuelas de filosofía que gozan de consideración.

—Sin embargo —repuso Cotta—, si lo que dice el

libro, que hace poco nuestro maestro Antíoco dedicó a

Balbo aquí presente, es verdad, no hay motivo alguno

para echar de menos a tu íntimo amigo Pisón. Antíoco

defiende el punto de vista de que las doctrinas de los

estoicos, si bien se diferencian en la forma de

expresión, concuerdan en el fondo con las de los

peripatéticos. Me gustaría conocer tu opinión sobre el

libro, Balbo.

—¿Mi opinión? —dijo él—. Pues me sorprende que

un hombre de inteligencia penetrante como el que

más, que tal es Antíoco, no se haya dado cuenta de

que hay una enorme diferencia entre los estoicos, que

distinguen las cosas honestas y las cosas ventajosas no

sólo nominalmente sino también genéricamente o por

su misma naturaleza, y los peripatéticos, que

clasifican lo honesto con lo beneficioso, de forma que

estas cosas difieren entre sí no en su naturaleza sino

solamente por variaciones de magnitud o de grado.

Esta no es una ligera discrepancia verbal, sino una

diferencia fundamental en la doctrina misma.

17. No obstante, podemos discutir esto en alguna otra

ocasión; si os parece, continuemos ahora la discusión

que teníamos comenzada.

—Estoy de acuerdo en ello —dijo Cotta—. Pero para

que el recién llegado —al decir esto me miró a mí—

no desconozca de qué asunto estábamos hablando, le

diré que tratábamos de la cuestión de la naturaleza de

los dioses, cuestión que, por parecerme a mí, como

siempre suele parecer, extremadamente oscura,

planteaba yo a Velleio para que me diera a conocer la

opinión de Epicuro sobre la misma. Por esto —

continuó—, si a ti no te es molesto, Velleio, te ruego

que repitas la exposición que habías comenzado.

—Así lo haré, a pesar de que no soy yo sino tú quien

ha recibido ahora refuerzos; pues los dos —dijo

sonriéndonos— habéis aprendido del mismo Filón a

no ser nada.

—Qué es lo que hayamos podido aprender —repuse

yo— Cotta lo verá; pero te ruego que no creas que he

venido a actuar como un aliado, sino en calidad de

oyente, y oyente imparcial, sin ningún prejuicio, bajo

ninguna clase de atadura o coacción que me fuerce,

quiera o no, a defender alguna sentencia determinada.

CAPITULO 8

18. Entonces Velleio, lleno de confianza o seguridad,

como suelen hacer los epicúreos, sin temer nada tanto

como el dar la impresión de que dudan de algo, como

si acabara de descender de una asamblea de los dioses

y de los espacios intermundanos de Epicuro6, dijo:

—Oídme: no voy a exponeros doctrinas que son

simples ficciones sin fundamento, como la divinidad

artesana y constructora del mundo del Timeo de

Platón, o esta hechicera adivina de los estoicos, la

"prónoia" —que en latín podemos traducir por

providencia—, ni tampoco como la de un mundo

dotado de espíritu y de sentidos propios, un dios

esférico, hecho de fuego ardiente y en movimiento

rotatorio, todo ello portentos y maravillas propios de

gentes que sueñan y no de filósofos que razonan.

19. ¿Con qué, ojos en efecto, pudo intuir vuestro

Platón el vasto y elaborado proceso arquitectónico

que, como él supone, siguió la divinidad al construir la

fábrica del universo? ¿Qué sistema de ingeniería

utilizó, qué instrumentos, qué palancas, qué

máquinas? ¿Quiénes fueron los peones que realizaron

tal empresa? ¿De qué manera pudieron obedecer y

ejecutar la voluntad del arquitecto el aire, el fuego, el

agua y la tierra? ¿De dónde nacieron aquellas cinco

formas o figuras"7 a partir de las cuales se forman

todas las demás, tan bien adaptadas para impresionar

nuestra mente y para hacer nacer las sensaciones?

Sería muy largo hacer referencia a todos y cada uno de

los detalles de un sistema que parece fruto más de un

teorizar ocioso o vano que de una investigación real.

20. Pero lo más chocante aún es que el filósofo que

concibió el mundo no sólo dotado de un comienzo

sino hecho casi manualmente, afirme al mismo tiempo

que el mundo va a durar siempre.

¿Crees que puede haber ahondado algo en la filosofía

natural el hombre que afirma que algo que ha sido

engendrado puede ser eterno? ¿Qué todo o totalidad

formado por una unión de partes es indisoluble o

indestructible? O ¿qué cosa hay que, habiendo tenido

un principio, no tenga también un fin o término? En

cuanto a vuestra providencia estoica, Lucilio, si es lo

mismo que el creador de Platón, os hago también las

mismas preguntas que he planteado antes: ¿quiénes

fueron sus agentes y sus instrumentos, y cómo fue planeada toda la empresa y llevada enteramente a cabo?

Si, por el contrario, es algo distinto, pregunto yo: ¿por

qué hizo al mundo mortal y no eterno, como lo hizo el

creador divino de Platón?

CAPITULO 9

21. Además, yo os haría a los dos la pregunta

siguiente: ¿por qué esas divinidades se despertaron

repentinamente a esa actividad constructora del

mundo, después de haber estado durmiendo durante

innumerables siglos? Pues, no porque no existiera el

mundo se imponía que no existieran los siglos —

entendiendo aquí por siglos no períodos de tiempo

constituidos por un cierto número de días y de noches

en recorridos anuales, pues admito que los siglos, en

este sentido, no podían producirse sin el movimiento

circular del firmamento; pero sí hubo, desde un

pasado infinito, una eternidad no medida por

divisiones limitadas de tiempo, aunque sí una

naturaleza inteligible en términos o conceptos de

extensión, ya que es enteramente inconcebible que

existiera algún tiempo cuando el tiempo no existía

aún.

22. Con lo que, Balbo, hago yo esta pregunta: ¿por

qué se mantuvo en ocio o cesante vuestra Providencia

durante todo este espacio de tiempo de que habláis?

¿Evitaba acaso el trabajo y la fatiga? La fatiga,

empero, no afecta a la divinidad, ni había en ello

ninguna fatiga; las tierras y los mares, eran obedientes

a la voluntad divina. Además, ¿por qué deseaba dios

adornar el mundo o firmamento con signos y

luminarias8, como si fuera un edil? Si lo hizo con el

fin de embellecer su propia mansión, antes es evidente

que estuvo viviendo durante un tiempo infinito en una

choza oscura y tenebrosa; ¿y suponemos entonces que,

desde aquel momento en adelante, se deleitó en las

variadas bellezas que vemos adornan la tierra y el

firmamento? ¿Qué clase de deleite puede ser este para

un dios? Y en caso de serlo, no habría podido carecer

de él durante tanto tiempo.

23. ¿O es que estas cosas fueron hechas a causa del

hombre, como vuestra escuela suele afirmar? ¿A causa

de los hombres sabios? Entonces todo este inmenso

esfuerzo constructivo se hizo por causa de unos pocos.

¿Fue, por el contrario, a causa de los necios? En

primer lugar, no había razón ninguna para que la

divinidad prestara tal servicio a los malos; y, en

segundo lugar, ¿qué consiguió con ello? Porque todos

los necios son sin duda alguna extremadamente

miserables —¿qué cosa, en efecto, se puede

mencionar más miserable que la necedad?—, y luego

porque la vida lleva consigo tantas molestias que, si

los sabios las pueden compensar y aliviar con las

ventajas y beneficios de la vida, los necios no pueden

ni evitar su acercamiento o venida ni pueden soportar

su presencia.

CAPITULO 10

Por otra parte, los que dijeron que el mundo está él

mismo dotado de vida y de sabiduría, no vieron en

modo alguno qué figura podía adoptar de manera

lógica una naturaleza propia de un espíritu inteligente.

Sobre este punto volveré a hablar un poco más

adelante.

24. Por el momento me limitaré a sorprenderme de la

estupidez de los que afirman que un ser que es

inmortal y feliz tiene forma esférica, simplemente

porque Platón dice que la esfera es la más bella de

todas las figuras. Por mi parte, en el punto del aspecto

o apariencia prefiero un cilindro, un cubo, un cono o

una pirámide. ¿Y qué forma de existencia se asigna a

su divinidad esférica? Muy sencillo: se halla en estado

de rotación, girando con una velocidad superior a todo

lo imaginable; pero no acierto a ver en qué aspecto de

esta existencia puede residir una firmeza de espíritu y

una vida feliz. Asimismo, ¿por qué una condición que

en el cuerpo humano resulta penosa, aunque sólo la

parte más pequeña de él se vea afectada por ella, no ha

de ser penosa, por hipótesis, para la divinidad? Pues la

tierra, sin duda, al ser una parte del universo, es

también una parte de dios; ahora bien, vemos que

enormes porciones de la superficie de la tierra son

desiertos inhabitables, o bien por estar abrasadas por

la cercanía del sol, o bien por estar heladas y cubiertas

de nieve debido a su enorme alejamiento del mismo; y

si el mundo es dios, estas partes, por ser partes del

universo, deben ser miradas como miembros de dios,

afectadas respectivamente por los grados extremos del

calor y del frío.

25. Baste con lo dicho, Lucilio, respecto de las

doctrinas de vuestra escuela. Para mostrar cómo son

los sistemas antiguos, voy a trazar su historia desde

sus más remotos predecesores. Tales de Mileto, que

fue el primero en investigar estas cuestiones, dijo que

el agua era el primer principio de las cosas, mientras

que la divinidad fue la mente que modeló todas las

cosas a partir del agua —si es que los dioses pueden

existir sin sensación—; y ¿por qué hizo de la mente un

adjunto del agua, si la mente o espíritu puede existir

por sí misma, desprovista de cuerpo? La opinión de

Anaximandro es que los dioses no son eternos, sino

que han nacido y perecen tras largos intervalos de

tiempo, y que hay innumerables mundos. Pero ¿cómo

podemos concebir a un dios si no es como un ser

eterno?

26. Luego, Anaximenes afirmó que el aire es dios,

que tiene un comienzo en el tiempo, que es

inconmensurable e infinito en extensión y que siempre

está en movimiento; como si el aire informe pudiera

ser dios, sobre todo supuesto que es propio de dios

poseer no sólo alguna forma o figura sino la más bella

figura; o como si algo que ha tenido un comienzo no

tuviera que ser necesariamente mortal.

CAPITULO 11

Está luego Anaxágoras, discípulo y sucesor de

Anaximenes; él fue el primer pensador que afirmó que

la disposición ordenada del universo fue diseñada y

realizada por el poder racional de una mente infinita.

Pero, al decir esto no se dio cuenta de que no puede

existir en lo que es infinito un movimiento o actividad

unida al sentido y continua, y de que la sensación en

general solamente puede darse cuando el sujeto

mismo siente el impacto de una sensación. Además, si

pretendió que esta mente infinita fuera un ser vivo

concreto o definido, deberá poseer algún principio

vital interno que justifique su nombre. Pero ¿qué

principio existe que sea más interior o íntimo que la

mente o espíritu? La mente, pues, estará ceñida o

recubierta por un cuerpo externo.

27. Pero, como esto no le agrada a Anaxágoras,

parece que la mente desnuda y simple, sin ninguna

ulterior adición que le sirva de instrumento u órgano

de la sensación, resulta ser algo que escapa a la

capacidad de nuestra intelección. Alcmeón de

Crotona, que atribuyó la divinidad al sol, a la luna y a

los demás cuerpos celestes, así como también al alma,

no advirtió que estaba concediendo la inmortalidad a

cosas que eran mortales. En cuanto a Pitágoras, quien

creyó que la sustancia toda del universo estaba

empapada e impregnada de alma, un alma de la que

nuestras almas son como partículas, no advirtió que

esta forma de derivar por separación las almas de los

hombres del alma del mundo equivale a una

desmembración y a un despedazamiento de la

divinidad; y que, cuando sus almas son desgraciadas,

como les ocurre a la gran mayoría de los hombres,

entonces una parte de la divinidad es desdichada, lo

cual es imposible.

28. Por otra parte, si el alma del hombre es divina,

¿por qué no es omnisciente? Además, si la divinidad

pitagórica es pura alma, ¿cómo está plantada o

difundida por todo el mundo? Luego, Jenófanes dotó

al universo de mente y afirmó que, por ser infinito, era

dios; pero, su opinión sobre la mente es criticable,

como la de los demás; y más severa es aún la crítica

que merece la cuestión de la infinitud, ya que lo

infinito no puede tener ninguna sensación y ningún

contacto con ninguna cosa exterior. Parménides, por

su parte, inventa algo puramente imaginario semejante

a una corona —él lo llama "stephane"—, un anillo

ininterrumpido de luces resplandecientes que ciñe el

firmamento y al que da el nombre o título de dios;

pero nadie puede imaginar que esto posea ni una

figura divina, ni sensación; posee asimismo otras

muchas nociones monstruosas, comoquiera que

deifica la guerra, la contienda, la concupiscencia y

cosas análogas, todas las cuales pueden ser destruidas

por la enfermedad, el sueño, el olvido o el transcurso

del tiempo; diviniza asimismo las estrellas; pero esto

ha sido ya criticado en otro filósofo, y no es necesario

volver ahora sobre ello a raíz de Parménides.

CAPITULO 12

29. Empédocles, por su parte, entre otros muchos

errores, cae en lo más burdo que se pueda imaginar en

su teología. Atribuye, en efecto, la divinidad a las

cuatro sustancias que en su sistema son los elementos

constitutivos del universo, por más que es del todo

evidente que estas sustancias son engendradas y se

extinguen, al tiempo que se hallan enteramente

privadas de sensación. Lo mismo Protágoras, quien

declara que no posee opiniones claras de ningún tipo

sobre los dioses, sobre si existen o no existen, o sobre

cuál es su forma, no parece tener ninguna noción en

absoluto sobre la naturaleza divina. Luego, ¿en qué

abismo de errores no se halla hundido Demócrito,

que en unas ocasiones clasifica como dioses sus "imágenes

errantes", en otras ocasiones la sustancia que

emiten e irradian estas imágenes, y en otras,

finalmente, la inteligencia científica del hombre? Al

mismo tiempo, al negar la inmutabilidad de todo, y

por consiguiente la eternidad, ¿no niega acaso la

divinidad de tal manera que no deja ni tan siquiera en

pie ninguna concepción de la misma? Diógenes de

Apolonia hace un dios del aire: pero, ¿cómo puede el

aire tener sensación o alguna forma de divinidad?

30. Sobre las inconsecuencias de Platón hay mucho

que hablar; en el Timeo dice que es imposible

nombrar al padre de este universo, y en las Leyes no

cree sea conveniente investigar sobre la naturaleza de

la divinidad. Por otra parte, afirma que la divinidad es

enteramente incorpórea —como se dice en griego,

"asómatos"—, pero la carencia de cuerpo en la

divinidad es inconcebible, pues una divinidad

incorpórea sería necesariamente incapaz de sensación,

así como incapaz de prudencia o sabiduría práctica, y

de placer, cosas todas que son atributos esenciales

para nuestra concepción de la divinidad. Sin

embargo, tanto en el Timeo como en las Leyes, dice

que el mundo, el firmamento, las estrellas, la tierra y

nuestras almas son dioses, además de aquellos en

quienes se nos ha enseñado a creer por la tradición de

los antepasados; pero es evidente que estas

proposiciones son por sí mismas falsas y

recíprocamente destructivas la una de la otra.

31 También Jenofonte comete prácticamente los

mismos errores, aun cuando en menos palabras; pues

en sus memorias de los dichos de Sócrates  presenta

a éste razonando sobre el error inherente a cualquier

investigación sobre la forma de la divinidad, pero

diciendo asimismo que tanto el sol como el alma son

dios, y hablando unas veces de un solo dios y otras de

varios: afirmaciones que implican casi los mismos

errores que las que hemos citado de Platón.

CAPITULO 13

32 También Antístenes, en aquel libro titulado El

físico, dice que hay muchos dioses populares pero

un solo dios natural, privando así a los dioses de su

significado y sustancia. De manera muy semejante

Speusippo, siguiendo a su tío Platón y hablando de

una cierta fuerza que gobierna todas las cosas y está

dotada de vida, intenta arrancar de nuestras mentes

por completo el conocimiento o concepto de los

dioses.

33. Y Aristóteles, en el Tercer Libro de su Sobre la

filosofía , tiene gran número de nociones confusas,

[no] del todo en desacuerdo con las doctrinas de su

maestro Platón  ; unas veces atribuye la divinidad

solamente al intelecto, otras veces dice que el mundo

es él mismo un dios, otras aun pone a otro ser por

encima del mundo y asigna a este ser el papel de

regular y conservar el movimiento del mundo por

medio de una especie de rotación inversa ; luego

dice que el calor o fuego celeste es dios, sin

comprender que los cielos son una parte de este

universo al que él mismo en otra parte ha dado el

título de dios. Pero ¿cómo puede la conciencia divina

persistir en un estado de moción tan rápida? ¿Dónde

están, además, los dioses de la creencia tradicional, si

contamos también a los cielos como un dios? Por otra

parte, al afirmar que dios es incorpóreo, lo priva

enteramente de sensación y también de prudencia o

sabiduría. Además ¿cómo es posible que un ser incorpóreo

se mueva, y cómo puede disfrutar del reposo

y la felicidad si siempre está en movimiento?

34. Tampoco su condiscípulo Jenócrates se mostró en

esta cuestión más sabio. Sus libros Sobre la naturaleza

de los dioses no dan ninguna explicación inteligible de

la forma divina; afirma, en efecto, que hay ocho

dioses: cinco que habitan en los planetas y en estado

de movimiento; uno que consta de todas las estrellas

fijas, que deben ser consideradas como miembros

separados que constituyen una única divinidad; como

séptimo dios añade a estos el sol, y como octavo la

luna. Pero es imposible concebir qué clase de felicidad

pueden poseer estos seres. Otro miembro de la escuela

de Platón, Heraclides del Ponto, llenó volumen tras

volumen de fábulas pueriles; unas veces estima divino

el mundo, otras veces el intelecto; asigna también la

divinidad a los planetas, y afirma que la deidad está

desprovista de sensación y que su forma es mudable; y

luego, en el mismo libro cuenta entre los dioses a la

tierra y al firmamento.

35. También Teofrasto es insoportablemente inconsistente;

unas veces atribuye la preeminencia

divina a la mente, otras veces al cielo, otras aun a las

constelaciones y las estrellas que hay en los cielos.

Tampoco es digno de atención su discípulo Stratón,

apodado el Físico; en su opinión todo el poder

divino está situado en la naturaleza, que contiene en sí

misma las causas de la generación, del crecimiento y

de la destrucción, pero está totalmente desprovista de

sensación y de forma.

CAPITULO 14

36. Finalmente, Balbo, paso a vuestra escuela estoica.

La opinión de Zenón es que la ley de la naturaleza es

divina, y que su función propia es mandar lo que es

recto y prohibir lo contrario. De qué manera hace él

que esta ley sea un ser vivo es algo que va más allá de

nuestra intelección; sin embargo, con toda certeza

nosotros esperamos que la divinidad sea un ser vivo.

En otro pasaje, no obstante, Zenón declara que el éter

es dios —si tiene algún sentido inteligible un dios sin

sensación, que nunca se nos hace presente ni en nuestras

plegarias, ni en nuestras súplicas, ni en nuestros

votos—, y en otros libros, asimismo, sostiene la

opinión de que una razón que impregna toda la

naturaleza posee un poder divino. Atribuye también el

mismo poder a los astros, y otras veces a los años, los

meses y las estaciones. Por otra parte, en su

interpretación de la Teogonia de Hesíodo —que

significa Origen o Generación de los Dioses— elimina

por completo las ideas habituales y tradicionales sobre

los dioses, pues no admite como dioses ni a Júpiter, ni

a Juno, ni a Vesta, ni a ningún otro ser que lleve un

nombre personal, antes bien enseña que estos nombres

han sido asignados de una manera alegórica a cosas

inanimadas y mudas.

37. El discípulo de Zenón, Aristón, sostiene asimismo

puntos de vista erróneos. Piensa que la forma de la

divinidad no puede ser comprendida, y les niega a los

dioses la sensación, y de hecho resulta incierto que la

deidad sea en modo alguno un ser vivo. Cleantes, que

asistió a las lecciones de Zenón al mismo tiempo que

el últimamente nombrado, dice unas veces que el

propio mundo es dios, otras veces da este nombre a la

mente y al alma del universo, y otras decide que la

divinidad más cierta o indiscutible es esa remota

atmósfera ígnea que lo rodea todo, llamada éter, que

cerca y abraza el universo por su lado exterior a una

grandísima altura; mientras que en los libros que

escribió para combatir el hedonismo habla como si delirara,

imaginando unas veces dioses de una forma y

figura definidas, otras veces asignando la plenitud de

la divinidad a las estrellas, y otras afirmando que nada

es más divino que la razón. El resultado de ello es que

esa divinidad que conocemos por medio de nuestra

inteligencia y que queremos poner en el concepto

mental como en su huella se desvanece por completo.

CAPITULO 15

38. Perseo, otro discípulo de Zenón, dice que los

hombres han divinizado a aquellas personas que han

realizado algún descubrimiento de especial utilidad

para la civilización, y que las mismas cosas

beneficiosas y saludables han sido denomina das con

nombres divinos; ni tan siquiera dice que fueron

descubrimientos de los dioses, sino que habla de ellas

como de cosas divinas ellas mismas; pero ¿qué cosa

puede haber más absurda que conceder honores

divinos a cosas sórdidas y feas, o dar la categoría de

dioses a hombres actualmente ya destruidos por la

muerte, cuyo culto todo podría solamente tomar la

forma de una lamentación?

39. Crysippo, que es considerado el intérprete más

hábil de los sueños estoicos, reúne o congrega una

turba enorme de dioses desconocidos, y tan

completamente desconocidos que ni aun la

imaginación puede conjeturar cuál es su forma y

naturaleza, a pesar de que nuestra mente parece capaz

de pintar cualquier cosa: dice, en efecto, que el poder

divino reside en la razón, y en el alma y la mente del

universo; llama dios al propio mundo, y, también al

alma del mundo que todo lo impregna, y también al

principio guía de este alma, que opera en el intelecto y

la razón, y a la naturaleza, común y que todo lo

abarca, de las cosas; asimismo al poder del Hado, y a

la Necesidad que gobierna los acontecimientos

futuros; además de esto, al fuego que antes he

denominado éter; y también a todas las sustancias

fluidas y solubles, tales como el agua, la tierra y el

aire; al sol, la luna y las estrellas, y a la unidad de

todas las cosas que lo abarca todo; e incluso a aquellos

seres humanos que han alcanzado la inmortalidad.

40. Arguye también que el dios que los hombres

llaman Júpiter es el éter, y que Neptuno es el aire que

cala o se halla interpenetrado con el mar, y que la

diosa llamada Ceres es, la tierra; y otro tanto hace con

la serie entera de los nombres de los demás dioses.

Identifica también a Júpiter con el poder, de la Ley

perdurable y eterna, que es como nuestra guía en la

vida y la que nos instruye en nuestros deberes, y a la

que llama Fatal Necesidad y Verdad Sempiterna de los

acontecimientos futuros; pero ninguna de estas cosas

es tal que parezca haber intrínseca en ella una

naturaleza divina.

41. Este es el contenido del libro primero de su

Naturaleza de los dioses; en el libro segundo pretende

reconciliar los mitos de Orfeo, Museo, Hesíodo y

Homero con su propia teología tal como aparece

enunciada en el libro primero, de manera que hace así

que los más antiguos poetas, que ni sospecha tuvieron

de estas doctrinas, parezcan haber sido estoicos. En

esto es seguido por Diógenes de Babilonia, el cual, en

el Sobre la naturaleza de los dioses libro que titula

Minerva, racionaliza el mito de la diosa virgen

engendrada por Júpiter explicándolo como una

alegoría de los procesos de la naturaleza.

CAPITULO 16

42. He expuesto hasta aquí lo que más parecen sueños

de locos que meditadas opiniones de filósofos.

No son, en efecto, mucho menos absurdas que

las creaciones de los poetas, tan nocivas a causa del

encanto mismo de su estilo; pues los poetas han

representado a los dioses encendidos por la cólera y

enloquecidos por la concupiscencia, y han desplegado

ante nuestras miradas sus guerras y sus combates, sus

luchas y sus heridas, sus odios, sus enemistades y

sus querellas, sus nacimientos y sus muertes, sus

quejas y lamentaciones, sus abiertas e intemperantes

pasiones, sus adulterios, sus encarcelamientos, sus

uniones con los seres humanos y el nacimientos de

una progenie mortal hija de un progenitor inmortal.

43. Junto a los errores de los poetas pueden

clasificarse las doctrinas monstruosas de los magos y

la loca mitología de Egipto, así como también las

creencias del vulgo, que son un simple amasijo de

incongruencias nacidas de la ignorancia de la verdad.

Todo el que considere el carácter sin fundamento e

irracional de estas doctrinas debe mirar a Epicuro con

reverencia, y catalogarle a él como a uno de esos

mismos dioses sobre cuya naturaleza estamos

discutiendo. Pues sólo él se dio cuenta, primero, de

que los dioses existen, porque la naturaleza misma ha

impreso una noción de ellos en los espíritus de todo el

género humano. Pues ¿qué linaje o qué raza de

hombres hay que no posea, sin haber sido enseñados,

una idea anticipada de los dioses? Tales nociones las

designa Epicuro con el hombre de "prólepsis", es

decir, una especie de pintura mental de una cosa,

preconcebida ya y sin la cual nada puede ser

entendido, investigado o discutido. La fuerza y valor

de este argumento los conocemos por las celestial obra

de Epicuro Sobre la regla y el juicio.

CAPITULO 17

44. Como podéis ver, pues, lo que constituye los

cimientos de nuestra investigación ha sido perfectamente

colocado ya. La creencia, en efecto, en los

dioses no se ha establecido en virtud de una autoridad,

una costumbre o una ley, sino que descansa en un

unánime y permanente consenso de la humanidad; su

existencia es, por consiguiente, una inferencia

necesaria, puesto que poseemos un instintivo o —

mejor aún— innato concepto de ellos; ahora bien, una

creencia que todos los hombres de una manera natural

comparten debe ser necesariamente verdadera; por tanto

debe admitirse que los dioses existen. Y, supuesto que

esta verdad es casi universalmente admitida no

solamente entre los filósofos sino también entre las

gentes indoctas, hemos de convenir en que es también

una verdad admitida, que poseemos una "noción

previa", como la he llamado antes, o "noción

anterior", de los dioses. —Pues nos vemos obligados a

emplear neologismos para expresar ideas nuevas, de la

misma manera que el propio Epicuro empleó la

palabra "prólepsis" en un sentido en que nadie la había

empleado antes—.

45. Tenemos, pues, una noción previa de tal tipo que

creemos que los dioses son bienaventurados e

inmortales. Pues la naturaleza, que nos ha concedido

una idea de los dioses mismos, ha grabado también en

nuestras mentes la creencia de que ellos son

bienaventurados e inmortales. Al ser esto, así, la

famosa máxima de Epicuroenuncia con toda verdad

que "lo que es bienaventurado y eterno no puede ni

conocer personalmente la turbación ni causar molestia

a otro, y en consecuencia no puede sentir ni ira ni

inclinación favorable, porque tales cosas son propias

sólo de lo débiles".

Si no buscáramos nada más que la piedad en el culto

de los dioses y el vernos libres de supersticiones, lo

dicho sería suficiente; porque la preeminente

naturaleza de los dioses, al ser eterna y felicísima,

recibiría el piadoso culto de los hombres —pues lo

que está por encima de todo impone la reverencia que

se le debe—; y asimismo quedaría eliminado todo

temor del poder divino o la ira divina —pues se

entiende que la ira y el favoritismo están por igual

excluidos de una naturaleza que es a la vez

bienaventurada e inmortal, y que una vez eliminadas

estas cosas, no nos sentimos amenazados por ningún

temor respecto a los poderes de lo alto—. Pero el

espíritu pugna por reforzar esta creencia intentando

descubrir la forma de la divinidad, el modo de su

actividad y las operaciones de su inteligencia.

CAPITULO 18

46. Para la forma divina poseemos las indicaciones de

la naturaleza completadas por las enseñanzas de la

razón. De la naturaleza derivan los hombres de todas

las razas la noción de dios como poseedor de la figura

humana y no otra alguna; pues ¿en qué otra figura se

han aparecido ellos nunca a nadie, en estado de vigilia

o en sueños? Pero, para no hacer de las nociones

primarias el único criterio de todas las cosas, diremos

que la razón mis manos dice lo mismo.

47. Pues parece natural que el ser más elevado, bien sea a causa de su felicidad, a causa de su eternidad, sea también el más bello; ahora bien ¿qué disposición de los miembros, qué conformación de rasgos, qué figura o qué aspecto pueden ser más bellos que los humanos? Vosotros los estoicos, al menos, Lucilio — pues mi amigo Cotta dice una cosa unas veces y otra cosa otras—, soléis describir el arte de la creación divina hablando de la belleza así como de las ventajas del diseño empleado en todas las partes de la figura humana.

48. Pero si la figura humana supera la forma de todos los demás seres vivos, y dios es un ser vivo, la divinidad debe poseer la figura que es la más bella entre todas; y puesto que se ha convenido que los dioses son sumamente felices y nadie puede ser feliz sin virtud, y la virtud no puede existir sin la razón, y la razón se encuentra solamente en la figura humana, se sigue de ello que los dioses poseen la forma del hombre.

49. Sin embargo, su forma no es corpórea, sino que solamente se asemeja a la sustancia corporal; no contiene sangre, sino un elemento semejante o análogo a la sangre.

CAPITULO 19

Estos descubrimientos de Epicuro son tan sagaces en

sí mismos y están tan sutilmente expresados que nadie

sería capaz de apreciarlos debidamente. Sin embargo,

confiando en vuestra inteligencia, hago mi disertación

más breve de lo que el tema pide. Epicuro, empero,

que no sólo discierne con la mirada de su espíritu las

cosas abstrusas y recónditas, sino que las trata como

realidades tangibles, enseña que la sustancia y la

naturaleza de los dioses es tal que, en primer lugar, no

es percibida por los sentidos sino por la mente y no de

manera material o individualizada, como los sólidos

que Epicuro, en virtud de su sustancialidad denomina

"steremnia", sino que, mediante nuestra forma de

percibir las imágenes basada en su semejanza y

sucesión, supuesto que una serie interminable de

imágenes exactamente semejantes brota de los

innumerables individuos y corre hacia los dioses,

nuestra mente, con los más hondos sentimientos de

placer, fija su mirada en estas imágenes y alcanza así

una intelección de la naturaleza de un ser

bienaventurado y eterno.

50. Además, el sumamente poderoso principio de la

infinitud exige el más atento y cuidadoso estudio, en

el que hemos de entender se encuentra la propiedad de

que en la suma o totalidad de las cosas todo tiene su

correspondiente exacto. Esta propiedad la denomina

Epicuro "isonomía", o principio de distribución

uniforme. De este principio se sigue que si el número

de los mortales es tan enorme, tiene que existir un

número no menor de inmortales, y que si las causas de

la destrucción son incontables, las causas de la conservación

tienen que ser también necesariamente

infinitas.

51. La respuesta es: su vida es la más bienaventurada

que se pueda concebir y la más plenamente dotada de

todos los bienes. La divinidad, en efecto, no hace

nada, no se halla vinculada a ninguna ocupación, no

está pensando en ningún trabajo; se deleita en su

propia sabiduría y virtud y sabe con absoluta certeza

que siempre disfrutará de goces perfectos a la vez que

eternos.

CAPITULO 20

52. Esta es la divinidad a la que con toda propiedad

podemos llamar bienaventurada, mientras que vuestro

dios estoico nos parece sobrecargado de trabajo. Si el

mundo mismo es dios, ¿qué puede haber menos

tranquilo o reposado que el dar vueltas a una

velocidad increíble en torno al eje de los cielos sin un

solo momento de respiro? Y el reposo es sin duda una

condición esencial a la felicidad. Si, por otra parte,

hay algún dios que reside dentro del mundo como su

piloto o regente, manteniendo las trayectorias de las

estrellas, los cambios de las estaciones y todos los

ordenados procesos de creación, y manteniendo su

vigilancia sobre la tierra y el mar para defender los

intereses y las vidas de los hombres, cuán atado no se

halla por una ocupación fastidiosa y pesada.

53. Nosotros, por nuestra parte, estimamos que la

felicidad consiste en la tranquilidad del espíritu y una

completa exención de toda clase de obligaciones. Pues

el que nos enseñó a nosotros todo lo de más nos

enseñó también que el mundo fue hecho por la

naturaleza, sin necesitar de un artífice que lo

construyera y que el acto de la creación, que según tú

no puede ser llevado a cabo sin el arte divino, es tan

fácil que la naturaleza creará, está creando y ha creado

innumerables mundos. Vosotros, en cambio, no podéis

ver cómo la naturaleza puede llevar a cabo todo esto

sin ayuda de alguna inteligencia, y así, igual que los

poetas trágicos cuando no son capaces de llevar la

trama de su drama a un desenlace, recurrís a un dios.>

54. Pero, sin duda, vosotros no necesitaríais su

intervención si quisierais tan sólo contemplar la ex

tensión sin medida y sin límites del espacio que se

alarga en todas direcciones, en el que la mente,

cuando se proyecta sobre él y se aplica a él, viaja sin

encontrar ni a lo ancho ni a lo largo ninguna orilla

última en la que poder detenerse. Así pues, en esta

inmensidad de anchura y longitud y altura revolotea

una cantidad infinita de innumerables átomos que,

aunque separados por el vacío, mantienen sin

embargo una coherencia mutua y, aprehendiéndose

los unos a los otros, forman uniones de las que son

creadas esas figuras y formas de cosas que vosotros

pensáis no pueden ser creadas sin la ayuda de fuelles y

yunques, con lo que nos impusisteis un señor eterno, a

quien temiéramos de día y de noche: ¿quién, en

efecto, no habría de temer a un dios, curioso y

ocupadísimo, que provee a todo, que lo piensa todo, lo

advierte todo y estima que todo es de su incumbencia?

55. Resultado de esta teología fue en primerísimo

lugar vuestra doctrina de la Necesidad o el Hado, lo

que llamáis "heimarmene", la teoría de que todo

acontecimiento es resultado de una verdad eterna y de

una ininterrumpida secuencia de causas. Pero ¿qué

valor se puede dar a una filosofía que piensa que todo

acontece por obra del hado o la fatalidad? Esta es

creencia propia de viejas, y aun de viejas incultas. Y

viene luego vuestra doctrina de la "mantiké" o

Adivinación, que nos sumergiría hasta tal punto en la

superstición, si con sintiéramos en escucharos, que

daríamos culto a los harúspices, augures, traficantes

de oráculos, videntes e intérpretes de sueño.

56. Pero Epicuro nos ha liberado de terrores

supersticiosos y nos ha devuelto a la libertad, de

manera que no sentimos ningún temor hacia unos

seres que, como sabemos, no se causan ninguna

molestia a sí mismos y procuran no causar ninguna a

los demás, mientras que veneramos con piadosa

reverencia la trascendente majestad de la naturaleza.

Pero temo que el entusiasmo que siento por el tema

me haya hecho prolijo. Era difícil, sin embargo, dejar

un tema tan extenso y tan maravilloso sin concluir,

aun cuando en realidad mi cometido no era tanto

hablar cuanto escuchar.

CAPITULO 21

57. Entonces, Cotta, con su habitual suavidad,

intervino en la discusión.

—No obstante, Velleio —dijo—, de no haber dicho tú

nada, ciertamente no hubieras tenido la oportunidad de

oír nada de mí. Yo encuentro siempre mucho más fácil

concebir argumentos para demostrar que una cosa es

falsa que para probar que es verdadera. Esto me ocurre

a mí con frecuencia, y así me ha ocurrido exactamente

ahora mientras te estaba escuchando a ti. Pregúntame

cómo creo es la naturaleza divina y tal vez no te

contestaré nada, pero pregúntame si creo que se

parece a la descripción de ella que acabas de dar y te

diré que nada me parece a mí menos probable. Pero

antes de proceder a examinar tus argumentos quiero

darte mi opinión sobre ti mismo.

58. Con mucha frecuencia, en efecto, creo haber oído

decir a tu íntimo amigo [Lucio Craso] que de entre

todos los romanos que se adherían al epicureismo, te

colocaba indiscutiblemente a ti en primer lugar y que

de entre los griegos pocos podían ser comparados

contigo; pero, conociendo la extraordinaria estima que

te profesaba, imaginaba que él hablaba con la

parcialidad propia de un amigo. Sin embargo, yo

mismo, aunque muy reacio a alabarte en tu propia

presencia, debo, pese a todo, declarar que tu

exposición de un tema oscuro y difícil ha sido

realmente luminosa, y no solamente exhaustiva en la

presentación del tema, sino también agraciada con tu

encanto estilístico no común en vuestra escuela.

59. Cuando estaba en Atenas, acudía con frecuencia a

oir a Zenón, a quien nuestro amigo Filón solía llamar

el corifeo de los epicúreos; y, en verdad, fue el propio

Filón quien me aconsejó que acudiera a él, sin duda

con el fin de que yo fuera más capaz de juzgar de qué

manera puede ser totalmente refutada la doctrina

epicúrea una vez hubiera oí do una exposición de ella

a cargo del jefe de la es cuela. Ahora bien, Zenón, en

contra de lo que les ocurre a la mayoría de los

epicúreos tenía un es tilo tan claro, tan grave y

elegante como el tuyo propio. Pero lo que con

frecuencia me ocurría a mí en ese caso me ha ocurrido

exactamente ahora, cuando te estaba escuchando a ti:

me sentía molesto y enojado de que talentos tan

considerables hayan podido llegar a escoger unas

doctrinas —te ruego que excuses mi expresión— tan

banales, por no decir tan necias o estúpidas.

60. Y no pretendo con ello decir que yo vaya a

proponer ahora algo mejor. Como acabo de decir, en

casi todos los temas, pero de manera especial en la

filosofía de la naturaleza, estoy más dispuesto a decir

lo que no es verdad que a decir qué es verdad.

 

CAPITULO 22

Pregúntame sobre el ser y la naturaleza de dios y

seguiré el ejemplo de Simónides quien, habiéndole

hecho la misma pregunta el tirano Hierón, le pidió que

le concediera un día de tiempo para considerarlo; al

día siguiente, cuando Hierón le repitió la pregunta, le

pidió dos días, y así fue haciéndolo varias veces

multiplicando siempre el número de días por dos; y,

cuando Hierón sorprendido le preguntó por qué hacía

tal cosa, replicó: "porque cuanto más largamente

considero la cuestión más oscura me parece". Ahora

bien, se nos dice que Simónides fue no solamente un

delicioso poeta, sino también un hombre de ciencia y

sabiduría en otros campos e imagino que acudieron a

su mente tal multitud de ideas agudas y sutiles que no

pudo determinar cuál de ellas era la más verdadera y

por consiguiente desesperó del todo de dar con la

verdad.

61. Pero tu maestro Epicuro —pues prefiero discutir

contigo que con él— ¿qué cosa ha dicho, no sólo ya

digna de la filosofía, sino compatible con el sentido

común o la prudencia más mediana?

En una investigación sobre la naturaleza de los dioses,

la primera pregunta que planteamos es: ¿existen los

dioses o no existen? "Es difícil negar su existencia."

Pienso que sería así si la pregunta tuviera que

plantearse en una asamblea pública, pero en una

conversación privada y en una compañía como esta es

sumamente fácil. Así pues, yo, que soy pontífice, que

considero un deber sagrado defender los ritos y las

doctrinas de la religión establecida, desearía muy de

veras estar convencido de este dogma fundamental de

la existencia divina, no como de un artículo

meramente de fe sino como de un hecho comprobado

o verificado. Pues pasan por mi mente muchas

ocurrencias perturbadoras, que a veces me hacen

pensar que no existen dioses en absoluto.

62. Pero mira cuán generosamente me porto contigo:

no voy a atacar los dogmas que vuestra escuela

comparte con otros filósofos, como, por ejemplo, el

que ahora está sobre el tapete, puesto que casi todos

los hombres, y yo mismo no menos que cualquier

otro, creen que los dioses existen, y en consecuencia

no impugno esto. Sin embargo, considero que la razón

o prueba que tú aduces no es lo bastante sólida.

CAPITULO 23

Tú dijiste que era una razón suficiente para que

nosotros admitiéramos que los dioses existen el hecho

de que todas las naciones y razas de la humanidad

creen tal cosa. Pero este argumento no es concluyente

y tampoco es verdadero. En primer lugar, ¿cómo sabes

tú qué es lo que creen las razas extranjeras? Por mi

parte opino que hay muchas naciones tan incivilizadas

y tan bárbaras que no tienen noción ninguna de

ninguna clase absolutamente de dioses.

63. Por otra parte, ¿acaso Diágoras, el que fue llamado

El Ateo, y más tarde Teodoro no negaron

abiertamente la existencia de dios? En cuanto a

Protágoras de Abdera, el mayor sofista de esa época, a

quien tú ahora mismo aludías, por comenzar un libro

con las palabras "Acerca de los dioses me siento

incapacitado para decir cómo existen o cómo no

existen", fue condenado, en virtud de un decreto de

la asamblea ateniense, a ser desterrado de la ciudad y

del país, y a que sus libros fueran quemados en la

plaza del mercado; de donde infiero yo que muchos se

sintieron frenados a hacer profesión de tal creencia25,

comoquiera que ni tan siquiera la expresión de la

duda pudo evitar el castigo. ¿Qué diremos de los

hombres sacrilegos, impíos o perjuros?

"Si alguna vez Lucio Túbulo, "Tubulus si Lucius umquam,

Lupo o Carbón, o algún hijo de Neptuno", si Lupus aut Carbo aut Neptuni filius",

como dice Lucilio, hubiera creído en la existencia de

los dioses, ¿hubiera acaso sido tan perjuro o tan

impuro?

64. Así pues, este argumento no está tan bien de

terminado para demostrar lo que pretendéis con firmar

como parece. Pero, como es una forma de argumento

que emplean también otros filósofos, lo voy a dejar a

un lado por el momento; prefiero pasar a las cosas

peculiares de vuestra escuela.

65. Concedo la existencia de los dioses. Enséñame,

pues, cuál es su origen, dónde habitan, cuál es su

naturaleza corporal y espiritual y su modo de vida;

deseo, en efecto, conocer estas cosas. Para todo ello

usas y abusas del dominio ilegítimo de los átomos. A

partir de ellos formáis y creáis todo lo que viene a

hollar la tierra, como se dice. Ahora bien, en primer

lugar, no hay tales átomos, pues no hay nada. . . que

carezca de cuerpo, sino que todo el espacio está

lleno de cuerpos materiales. Donde no puede existir

ningún vacío, no puede existir ningún cuerpo

indivisible.

CAPITULO 24

66. En todo esto hablo ahora como portavoz de los

oráculos de nuestros filósofos de la naturaleza tan

sólo; si sus afirmaciones son verdaderas o falsas no lo

sé yo, pero en todo caso son más verosímiles que la de

vuestra escuela. En cuanto a las perniciosas o

Vergonzosas doctrinas de Demócrito, o tal vez de su

predecesor Leucipo, a saber, que existen ciertos

corpúsculos, lisos unos, ásperos o rugosos otros, unos

redondos, otros angulados, otros curvados, o en forma

de garra, y que el cielo y la tierra han sido creados a

partir de ellos, no bajo la coacción de una naturaleza,

sino por una especie de encuentro o colisión casual, es

exactamente la creencia a que tú, Cayo Velleio, has

dado tu adhesión de por vida, y sería más fácil que

modificaras tus normas de conducta que no que

abandonaras las enseñanzas de tu maestro; pensaste,

en efecto, que te convenía ser epicúreo antes de

conocer estas cosas: con ellos necesariamente tuviste

que elegir entre admitir estas nociones vergonzosas o

perder el nombre de la escuela filosófica que habías

adoptado.

67. ¿A cambio de qué, en efecto, dejarías de ser

epicúreo? "A cambio de nada—dices—abandona ría

yo los principios de la felicidad y de la verdad."

¿Entonces el epicureismo es la verdad? Nada, en

efecto, voy a impugnar sobre la felicidad, ya que esta

ni siquiera crees que se pueda hallar en la divinidad a

no ser que ésta languidezca en el más completo ocio.

Pero ¿dónde está la verdad? ¿En un número infinito de

mundos, de los que unos nacen y otros perecen en

todos y cada uno de los más insignificantes momentos

del tiempo? ¿O en las partículas indivisibles que

producen todas las maravillas de la creación sin que

las controle o guíe ninguna naturaleza, ninguna razón?

Pero olvidando la generosidad que mostré contigo al

comienzo, estoy abarcando muchas cosas. Te concederé,

pues, que todas las cosas están hechas de

corpúsculos indivisibles: ¿qué tiene que ver esto con

la cuestión, cuando estamos investigando cuál es la

naturaleza de los dioses?

68. Admitamos que los dioses están constituidos por

átomos; de ello se sigue que no son eternos. Porque lo

que está constituido por átomos es engendrado en un

momento concreto. Ahora bien, si los dioses son

engendrados y nacen, antes de que nacieran no había

dioses; y, si los dioses tienen un comienzo, tienen

también que perecer, como vosotros razonabais hace

muy poco tiempo a propósito del mundo tal como lo

concebía Platón. ¿Dónde está, pues, esa felicidad y esa

eternidad que para vosotros son los dos elementos

básicos que connotan la divinidad? Al querer conseguir

esto, os amparáis en los enredos del lenguaje:

según eso nos decías hace poco que en la divinidad no

hay cuerpo sino una semejanza de cuerpo, ni sangre

sino una analogía de sangre.

CAPITULO 25

69. Esta es una práctica muy corriente entre vosotros:

afirmáis algo paradójico y sin verosimilitud y luego,

cuando queréis eludir el reproche o la crítica, aducís

para reforzar algo que es absolutamente imposible, de

manera que os hubiera sido mejor abandonar la

cuestión discutida que defenderla con un argumento

tan desvergonzado. Por ejemplo, Epicuro vio que si

los átomos se dirigían hacia abajo en virtud de su

propio peso, no nos iba a ser posible nada, porque el

movimiento de los átomos iba a estar determinado de

manera concreta y necesaria. Encontró, pues, un

recurso para eludir el determinismo —cosa que, al

parecer, pasó inadvertida a Demócrito—: dijo que el

átomo, al moverse verticalmente hacia abajo por la

fuerza de la gravedad, se desvía muy ligeramente

hacia un lado.

70. Esto le desacredita más que el no poder defender

lo que quería mantener. Lo mismo hace en su lucha

con los dialécticos; la doctrina tradicional de estos

dice que en toda proposición disyuntiva de la forma

"tal cosa o es o no es" una de las dos alternativas debe

ser verdadera. Epicuro se alarmó: si se concedía una

proposición como "Epicuro vivirá o no vivirá

mañana", una de las dos alter nativas tenía que ser

necesaria. En consecuencia negó la necesidad de una

proposición disyuntiva. ¿Se puede decir algo más

estúpido que esto? Arcesilao solía atacar a Zenón

porque mientras que él mismo decía que todas las

representaciones sensibles eran falsas, Zenón decía

que algunas eran falsas, pero no todas. Epicuro temió

que si se admitía que una sola sensación era falsa,

ninguna iba a ser verdadera: afirmó, por consiguiente,

que todos los sentidos eran mensajeros de la verdad.

Nada de todo esto resulta demasiado astuto o sagaz:

aceptaba, en efecto, una herida más grave para

rechazar otra más leve.

71. Otro tanto hace en relación con la naturaleza de

los dioses. En su deseo de evitar la hipótesis de un

espeso conglomerado de átomos, que había de

implicar la posibilidad de la destrucción y disolución,

dice que los dioses no tienen cuerpo, sino una

semejanza de cuerpo, ni sangre, sino una semejanza de

sangre.

CAPITULO 26

Se considera admirable que un augur sea capaz de ver

a otro augur sin reírse, pero es más admirable aún que

vosotros, los epicúreos, podáis contener la risa estando

entre vosotros. "No es cuerpo sino una semejanza de

cuerpo." Yo podría entender qué significa esta

hipótesis si se la refiriera a imágenes de cera o a

figuras de arcilla, pero qué puede significar "una

semejanza de cuerpo" o "una semejanza de sangre" en

el caso de la divinidad es algo que no puedo

comprender ni tampoco puedes entenderlo tú, Velleio,

sólo que no quieres confesarlo.

72. El hecho es que vosotros simplemente repetís

rutinariamente las cosas que Epicuro soñó entre

bostezos pues como leemos en sus escritos se

vanagloriaba de que nunca había tendió ningún

maestro. Esto por mi parte lo creería yo fácilmente

aunque él no lo proclamara, de la misma manera que

creo al propietario de una casa mal construida cuando

se vanagloria de que no se sirvió de ningún arquitecto.

No se huele en él el más vago rastro de la Academia o

del Liceo, ni siquiera de los estudios infantiles. Pudo

oír a Jenócrates dioses inmortales, ¡qué maestro!— y

hay quienes creen que lo hizo, pero él mismo lo niega

—y le creo más que a nadie—. Afirma que oyó a un

tal Pámfilo, discípulo de Platón, en Samos —allí, en

efecto, vivió él en su juventud con su padre y su

hermano; su padre Neocles había ido allí para tomar

posesión de una tierra de labranza, pero como su

granja agrícola no le era suficiente para alimentarlo,

fue, según tengo entendido, maestro de escuela—.

73. Epicuro, sin embargo, desprecia olímpicamente a

este platónico, tanto miedo tiene de que parezca que

ha aprendido alguna vez algo de algún maestro. En el

caso de Nausífanes se ve forzado a admitirlo, pero, al

no poder negar haber oído lecciones de este seguidor

de Demócrito, lo llena de toda clase de injurias

calumniosas. Sin embargo, si no hubiera aprendido de

él estas doctrinas de Demócrito, ¿qué habría oído?

¿Qué hay, en efecto, en la física o filosofía natural de

Epicuro que no proceda a Demócrito? Pues, si bien

introdujo en ello alguna modificación, por ejemplo la

desviación de los átomos, a la que hace muy poco me

he referido, sin embargo la mayor parte de su sistema

es idéntico: los átomos, el vacío, las imágenes, la

infinitud del espacio, el número incalculable de

mundos, con sus nacimientos y sus destrucciones. De

hecho, casi todo lo que se contiene en la ciencia

natural.

74. En cuanto a vuestra fórmula "una semejanza de

cuerpo" y "una semejanza de sangre", ¿qué significado

le dáis? Que vosotros tenéis un mejor conocimiento de

la cuestión yo lo admito libre y. gulosamente y, lo que

es más aún, me alegro mucho de que así sea; pero, una

vez ello se ha expresado en palabras, ¿por qué uno de

nosotros ha de ser capaz de entenderlo y otro no? Pues

bien, yo entiendo qué es el cuerpo y qué es la sangre,

pero no comprendo lo más mínimo qué es una "semejanza

de cuerpo" y una "semejanza de sangre". Tú no

pretendes ocultarme la verdad, como solía hacer

Pitágoras con los extraños, ni hablas de manera oscura

deliberadamente como Heráclito, sino que —hablando

francamente entre nosotros— ni tú mismo lo

entiendes.

CAPITULO 27

75. Me doy cuenta de que lo que tú defiendes es que

los dioses poseen una cierta apariencia externa, que no

tiene ninguna consistencia o solidez, ninguna figura o

diseño definidos, y que es pura, leve, translúcida. Así

pues, emplearemos el mismo lenguaje que a propósito

de la Venus de Cos: su cuerpo no es un cuerpo real

sino una semejanza de cuerpo, ni aquel rubor difuso y

mezclado con el candor es realmente sangre sino una

cierta semejanza de sangre. Así también en la divinidad

de Epicuro diremos que no hay una sustancia real

sino algo que imita y se asemeja a la sustancia. Supón,

empero, que admito como verdadero un dogma que ni

siquiera entiendo: mostradme, por favor, las formas y

aspectos de vuestras divinidades en sombra o

esbozadas en la sombra.

76. No faltan en este punto múltiples razones con las

que pretendéis demostrar que los dioses tienen la

forma de los hombres; en primer lugar, porque nuestra

mente posee una noción preconcebida de tal carácter

que cuando un hombre piensa en dios, es la forma

humana la que a él se le presenta; en segundo lugar,

porque supuesto que la naturaleza divina está por

encima de todas las demás cosas, la forma divina debe

ser también necesariamente la más bella, y ninguna

forma es más bella que la del hombre; la tercera razón

que aducís es que ninguna otra figura puede ser

morada o habitación de la inteligencia.

impresión de que se basan en una hipótesis que

vosotros formuláis de manera arbitraria y enteramente

inadmisible. Ante todo, ¿quién fue nunca tan ciego

al considerar las cosas como para no ver que la figura

humana se había asignado de este modo a los dioses o

bien por un deliberado convenio de los sabios, a fin de

convertir más fácilmente los espíritus de los

ignorantes de las prácticas viciosas a la observancia de

la religión, o bien por superstición, para tener

imágenes que los hombres pudieran venerar con la

creencia de que, al hacer tal cosa, se presentaban ante

los mismos dioses? Por lo demás, estas nociones han

sido fomentadas por los poetas, pintores y artesanos,

para quienes resulta difícil representar las divinidades

vivientes y en actividad bajo ninguna otra forma o

figura que la humana. Tal vez haya que añadir a esto

la opinión que el hombre tiene de que nada es superior

en belleza al hombre. Pero ¿es que tú, filósofo de la

naturaleza, no ves cuán blanda mediadora y cuán

ponderadora de sus propios encantos es la naturaleza?

¿Supones acaso que existe en la tierra o en el mar un

solo animal que no prefiera un animal de su propia

especie a cualquier otro? Si no fuera así, ¿por qué no

desea un toro unirse a una yegua, o un caballo a una

vaca? ¿Imaginas que un águila, un león o un delfín

pueda considerar ninguna figura más bella que la

suya? ¿Tiene, pues, algo de sorprendente que la

naturaleza haya enseñado de igual manera al hombre a

considerar su propia especie la más bella de todas. . .

29 y que esta sea una razón por la cual pensemos que

los dioses se parecen al hombre?

78. Supon que los animales poseyeran la razón :

¿no crees que ellos asignarían cada uno el lugar

supremo o preeminente a su propia especie?

CAPITULO 28

Por mi parte, por Hércules —lo diré como lo siento—,

aun cuando me estime mucho a mí mismo, sin

embargo no me atrevo a decir que soy más bello que

el toro aquel en que cabalgó Europa, porque la

Cuestión no se centra ahora en nuestras facultades

intelectuales u oratorias  sino en nuestra forma y

aspecto exteriores. Y si queremos hacer combinaciones imaginarias de figuras, ¿no te gustaría a tí

parecerte a aquel Tritón marítimo, que se nos pinta

montado sobre monstruos marinos nadadores, unidos

a su cuerpo humano? Me hallo aquí en un terreno

difícil, pues el instinto natural es tan fuerte que todo

hombre desea ser semejante a un hombre y no a otra

cosa alguna.

79. Y, en verdad, toda hormiga quiere parecerse a

una hormiga. Aun así, persiste la pregunta: ¿semejante

a qué hombre? ¡Qué escaso porcentaje de personas

bellas hay! Cuando yo estaba en Atenas apenas se

encontraba uno en cada grupo de efebos —sé por qué

te ríes, pero sin embargo la realidad es así. Además,

nosotros, que por concesión de los antiguos filósofos

nos deleitamos con la compañía de los jóvenes

adolescentes, llegamos a encontrar a veces agradables

hasta los defectos. A Alceo "le causa deleite un lunar

en la muñeca de su favorito" ; sin duda un lunar es un

defecto, pero Alceo lo consideró un rasgo de belleza.

Quinto Cátulo, el padre de nuestro colega y amigo

íntimo, amó a Roscio, el oriundo de tu mismo

municipio, y en su honor escribió incluso los versos

siguientes:

"Casualmente me había levantado para saludar a la

Aurora naciente,

cuando de pronto, por la izquierda, se levanta

Roscio.

Permitidme que lo diga impunemente, seres

celestiales:

el mortal me pareció ser más bello que un dios". mortalis visus pulchrior esse deo."

Para Cátulo, Roscio era más bello que un dios; y, sin

embargo, tenía de hecho, como tiene en la actualidad,

un estrabismo atroz: ¿qué importaba, empero, si a

Cátulo esto mismo le parecía sabroso y bello?

CAPITULO 29

80. Vuelvo a la cuestión de los dioses. ¿Podemos

imaginar algunos dioses, no digo ya con los ojos

bizcos como Roscio, sino con un leve defecto en la

vista? ¿Podemos pintar a cualquiera de ellos con un

lunar, una nariz chata, unas orejas muy estiradas, unas

cejas protuberantes y una gran cabeza —defectos

todos que se ven entre los humanos—? ¿O es que

todas estas cosas se hallan en ellos corregidas?

Supongamos que concedemos esto; ¿hemos de decir

también que todos tienen una misma cara? Pues si

tienen varias habrá entre ellas diferencias y grados de

belleza, y por consiguiente puede haber algún dios que

se halle lejos de la belleza suprema. Si, en cambio, el

rostro de todos es igual, es necesario que en el cielo

florezca la Academia; pues, si no hay ninguna

diferencia entre un dios y otro, no existe entre los

dioses ningún conocimiento, ninguna percepción.

81 ¿Y qué decir, Velleio, si además de esto, es

absolutamente falsa la proposición aquella de que

cuando concebimos la divinidad, la única forma bajo

la cual se nos presenta ella es la del hombre?

¿Seguirás, sin embargo, defendiendo tales absurdos?

Es muy posible que a nosotros los romanos nos ocurra

como tú dices; desde pequeños, en efecto, Júpiter,

Juno, Minerva, Neptuno, Vulcano y Apolo, así como

los demás dioses, nos son conocidos bajo el aspecto

que los pintores y escultores han elegido para

representarlos, y no solamente con el rostro que les

han dado, sino también con el aderezo, la edad y las

vestiduras que ellos han querido darles. Sin embargo

no es así como los conocen los egipcios o los sirios, ni

la totalidad casi de las razas incivilizadas; pues entre

ellos encontrarás, respecto a ciertos animales,

creencias más firme mente establecidas que la

reverencia hacia los más santos templos e imágenes de

los dioses entre nosotros.

82 Nosotros, efectivamente, hemos visto con

frecuencia templos saqueados, imágenes de dioses

arrancadas de las más santas capillas, y ello por obra

de nuestros mismos compatriotas, mientras que nadie

ha oído nunca decir de un egipcio que pusiera sus

manos profanas sobre un cocodrilo, un ibis o un gato.

¿Qué se infiere, pues, de ello? ¿Qué los egipcios no

creen que su sagrado buey Apis es un dios?

Precisamente que lo creen tanto como puedas tú creer

que la Juno Salvadora de tu lugar de nacimiento es

una diosa. Tú nunca la ves, ni aun en tus sueños, a no

ser equipada con su piel de cabra, su hacha, su

pequeño escudo y sus babuchas vueltas para arriba en

la punta; y, sin embargo, no es este el aspecto de la

Juno argiva, ni el de la Juno romana. Se infiere de ello

que Juno tiene una forma para los argivos, otra para el

pueblo de Lanuvio y otra para nosotros. Y, en verdad,

nuestro Júpiter del Capitolio no es idéntico al Júpiter

Ammón de los africanos.

CAPITULO 30

83. ¿No se avergonzará, pues, un filósofo de la naturaleza,

es decir, un explorador y rastreador de la

naturaleza, de acudir a unos espíritus entontecidos o

embrutecidos por la rutina en busca de un testimonio o

una prueba? Según tu principio, será legítimo decir

que Júpiter lleva siempre barba y que Apolo no la

lleva nunca y que Minerva tiene los ojos grises y

Neptuno azules. Y en Atenas hay una estatua muy

alabada de Alcamenes representando a Vulcano, una

figura de pie, vestida, que muestra una leve cojera,

aunque no deforme. ¿Estimaremos, pues, que la

divinidad es coja, porque así se nos ha transmitido

acerca de Vulcano? Y dime ahora: ¿hemos de suponer

que los dioses tienen los mismos nombres con que nos

son conocidos a nosotros?

84. Sin embargo, en primer lugar, los dioses tienen

tantos nombres cuantos lenguajes tiene la humanidad.

Tú eres Velleio a dondequiera que viajes, pero

Vulcano tiene un nombre distinto en Italia, en África y

en España. Por otra parte, el número de nombres no es

grande ni aun en nuestros libros pontificales, pero el

número de dioses es incontable. ¿Carecen entonces de

nombres? Vosotros ciertamente tenéis que decir esto;

¿qué sentido tiene, en efecto, que siendo uno solo el

rostro, sean múltiples los nombres? ¡Cuán hermoso

sería, Velleio, que cuando ignoras una cosa,

confesaras tu ignorancia en lugar de proferir estas

sandeces que te tienen que causar náuseas y

desagradar aun a ti mismo! ¿Crees realmente que la

divinidad se parece a mí, o a ti mismo? Seguro que no.

¿Qué entonces? ¿He de decir que el sol es un dios, o

que lo es la luna, o el cielo? En tal caso habré de decir

también que es feliz; ¿cuáles son los placeres de que

goza? Y habré de decir que es sabio; pero ¿cómo

puede residir la sabiduría en una masa insensible

como esa? Estos son los argumentos que empleáis

vosotros.

85. Pues bien: si los dioses no tienen la apariencia de

los humanos, como he demostrado, ni tampoco una

forma del tipo de la de los cuerpos celestes, como se te

acaba de probar, ¿por qué dudas en negar la existencia

de los dioses? No te atreves a ello. Esto ciertamente es

un rasgo de sabiduría, si bien en esta cuestión no es al

pueblo a quien temes, sino a los propios dioses. Yo,

personalmente, he conocido epicúreos que veneran

toda clase de imágenes, si bien sé muy bien que, en

opinión de algunos Epicuro en realidad abolió los

dioses, pero los conservó verbalmente a fin de no

ofender al pueblo de Atenas. Así pues, la primera de

sus sentencias selectas o máximas breves, que vosotros

llamáis las Kyriareo doxai, dice, según creí,

esto: "Lo que es bienaventurado e inmortal no siente

ninguna inquietud ni la causa a nadie."

CAPITULO 31

Ahora bien, hay quienes, piensan que la forma de

expresar esta sentencia fue intencionada o deliberada,

si bien en realidad se debió a la incapacidad o torpeza

del autor para expresarse a sí mismo con claridad. Su

sospecha es injusta con el ser más libre de culpa de

toda la humanidad.

86. De hecho cabe la duda sobre si dice que "hay" un

ser bienaventurado e inmortal, o si significa que, "si"

existe tal ser, es tal como él lo describe. No caen en la

cuenta de que aun cuando aquí su forma de hablar es

ambigua, sin embargo, en otros muchos lugares, tanto

él como Metrodoro, hablan claramente tal como tú

mismo lo has hecho hace poco. Epicuro, no obstante,

piensa realmente que los dioses existen, y nunca me

he encontrado con nadie que temiera más que él esas

cosas que él dice que no son en absoluto temibles, a

saber, la muerte y los dioses; cosas que no atemorizan

muy seriamente a la gente corriente, obsesionan,

según él, los espíritus de todos los mortales: muchos

miles de ellos se dedican al bandidaje, delito castigado

con la pena de muerte, mientras otros saquean los

templos siempre que pueden hacerlo. Yo supongo que

los primeros deben estar obsesionados por el temor a

la muerte y que los últimos deben estarlo por los

temores religiosos.

87 Pero, como tú no te atreves —y ahora hablo con el

propio Epicuro en persona - a negar la existencia de

los dioses, ¿qué es lo que te impide re conocer como

dios al sol, o al mundo, o al alguna clase de

inteligencia eterna? "Nunca he visto un espíritu dotado

de razón y deliberación —responde él— que

participara de ninguna otra forma que no fuera la

humana." ¿Y qué? ¿Viste acaso algo semejante al sol,

a la luna o a los cinco planetas? El sol, limitando su

trayectoria por medio de los dos puntos extremos de

una órbita, completa sus recorridos anualmente; la

luna, iluminada por los rayos del sol recorre su senda

solar en el espacio de un mes. Los cinco planetas,

siguiendo siempre la misma órbita, unos más cerca y

otros más lejos de la tierra, desde unos mismos puntos

de partida recorren completamente unas mismas

distancias en distintos períodos de tiempo.

88 Pues bien, Epicuro, ¿has visto nunca algo igual a

esto? Entonces neguemos la existencia del sol, de

la luna y de los planetas, puesto que no puede existir

nada fuera de lo que hemos tocado o visto. ¿Y qué?

¿Has visto acaso nunca a la misma divinidad? ¿Por

qué crees entonces en su existencia? Según este

principio hemos de apartar a un lado todo lo nuevo de

que nos informen la historia o la ciencia. Así resulta

que las gentes de tierra adentro se negarán a creer en

la existencia del mar. ¿Cómo puede ser posible tanta

estrechez mental? De donde se sigue que si tú

hubieras nacido en Serifos y nunca hubieras salido de

la isla, en la que sólo habrías visto liebres y pequeñas

zorras, cuando alguien te describiera los leones y

panteras, te negarías a creer en su existencia y si

alguien te hablara sobre el elefante creerías incluso

que este tal se estaba riendo de ti.

89. Y tú ciertamente, Velleio, llegaste a la conclusión

de tu argumento, no según la práctica de vuestra

escuela sino según la de los dialécticos, ciencia la de

éstos que vuestra escuela desconoce radicalmente.

Estableciste la hipótesis de que los dioses son felices

lo concedemos. Pero nadie, decís vosotros, puede ser

feliz sin la virtud.

CAPITULO 32

También esto te lo concedemos y muy a gusto. Pero la

virtud no puede existir sin la razón. También en esto

hemos de convenir necesariamente. Y añadís: y la

razón no puede existir como no sea en figura humana.

¿Quién crees tú que te concederá esto? Pues si esto

fuera verdad, ¿qué necesidad tenías tú de llegar a ello

por pasos sucesivos? Veo de qué manera has avanzado

paso a paso desde la felicidad a la virtud, y de la

virtud a la razón; pero ¿cómo llegas de la razón a la

forma o figura humana? Esto no es descender, sino

tirarse de cabeza.

90. Ni tampoco entiendo yo por qué Epicuro prefirió

decir que los dioses son semejantes a los hombres en

lugar de decir que los hombres son semejantes a los

dioses. "¿Cuál es la diferencia?", me preguntarás;

"pues si esto es semejante a aquello, también aquello

es semejante a esto". Lo sé muy bien pero lo que yo

quiero decir es que los dioses no tienen el modelo de

su forma en los hombres. Los dioses, en efecto,

siempre han existido y nunca han nacido, supuesto

que tienen que ser eternos; los hombres, en cambio,

han nacido. Por consiguiente la forma humana existió

antes que los hombres, y era la forma de los dioses inmortales.

No debemos, pues, decir que los dioses

tienen forma humana, sino que nuestra forma es

divina.

Sin embargo, en cuanto a esto, decid lo que queráis.

Lo que yo quiero saber es cuál pudo ser esta buena

suerte tan grande —pues no queréis que en la

naturaleza de las cosas nada haya sido hecho por obra

de la razón—.

91. Cuál fue este hecho accidental tan poderoso y

dónde tuvo su origen este feliz encuentro de los

átomos como para que de repente nacieran hombres

con forma de dioses. ¿Hemos de pensar que la semilla

divina cayó de los cielos a la tierra, y que así

comenzaron a existir los hombres semejantes a sus

progenitores? Quisiera que esta fuera vuestra

explicación: de esta manera reconocería contento mi

parentesco divino. Pero no decís nada de esto, sino

que fuera obra de la casualidad que fuéramos

semejantes a los dioses.

¿Y hay que buscar ahora argumentos con que refutar

esto? Ojalá pudiera hallar la verdad con tanta facilidad

como puedo poner en evidencia la falsedad.

CAPITULO 33

Nos diste, en efecto, una visión panorámica y

completa y exacta, hasta el punto de que me sorprendió

que en un romano pudiera haber tanta ciencia,

de las doctrinas teológicas de los filósofos desde Tales

de Mileto en adelante.

por haber afirmado que la divinidad puede existir sin

manos o sin pies? ¿Ni siquiera la consideración de

cuál es la adecuación de los miembros humanos a su

función puede convenceros de que los dioses no

necesitan miembros humanos? ¿Qué necesidad hay de

tener pies cuando no se camina, o de tener manos

cuando no hay que coger nada, o de poseer todas las

demás partes diversas del cuerpo, en el que nada es

inútil, nada sin razón, nada superfluo, hasta el punto

de que ningún arte puede imitar la maestría de la obra

de la naturaleza? Así pues, la divinidad tendrá lengua

y no hablará, tendrá dientes, paladar, garganta, para

nada útil; los órganos que la naturaleza ha vinculado

al cuerpo en orden a la procreación, la divinidad los

poseerá pero sin ninguna finalidad y no solamente los

órganos externos sino también los internos, el corazón

y los pulmones, el hígado y todo lo demás, que si no

son útiles no son sin duda bellos tampoco —porque

vuestra escuela afirma que la divinidad posee las

partes corporales a causa de su belleza—.

93. ¿Fueron sueños como estos los que no sólo

movieron a Epicuro, a Metrodoro y a Hermarco a

contradecir a Pitágoras, a Platón y a Empédocles, sino

también dieron osadía a una mujerzuela del arroyo

como Leontion a escribir un libro refutando a

Teofrasto? Su estilo es sin duda el más primoroso del

Ática, pero da lo mismo, tan grande era la licencia que

prevalecía en el Jardín de Epicuro. Y sin embargo

soléis quejaros; Zenón, en verdad, llegaba incluso al

litigio; ¿y qué decir de Albucio? En cuanto a Fedro,

aunque era el más elegante y caballero entre los

antiguos, solía perder su dominio si yo hablaba

demasiado osadamente. Epicuro, empero, atacó a

Aristóteles de la manera más ofensiva, habló de

Fedón, el discípulo de Sócrates, de la manera más

ultrajante, lanzó contra Timócrates, hermano de su

propio compañero Metrodoro, volúmenes enteros por

no sé qué disensiones en cuestiones filosóficas, no

mostró ninguna gratitud hacia el propio Demócrito,

cuyo sistema había adoptado, y trató de la peor

manera a su mismo maestro Nausífanes, de quien

había aprendido no pocas cosas.

Zenón, por su parte, dirigía los dardos de su ultraje no

solamente a sus contemporáneos. Apolodoro, Silo y

los demás, sino también al mismo Sócrates, el padre

de la filosofía, de quien declaró que había sido el

equivalente ático de los bufones romanos, y a

94. Tú mismo, hace bien poco, cuando recitabas la

lista de los filósofos a la manera como el censor

declama el catálogo de los Senadores, dijiste que

todos esos hombres eminentes habían sido necios,

idiotas y locos. Pero, si ninguno de ellos llegó a ver la

verdad en la cuestión de la naturaleza de los dioses,

hay que temer que la naturaleza divina no exista en

absoluto.

Pues la explicación que vosotros dais de la cuestión es

un puro cuento de hadas, apenas digno de las cabalas

o lucubraciones de las viejas. No os dais, en efecto,

cuenta de Cuán grande es el número de cosas que

tenéis que admitir, si nos exigís que os concedamos

que la forma o figura de los hombres y los dioses es

idéntica. Tendréis que atribuir a la divinidad los

mismos ejercicios y cuidados corporales que se dan en

el hombre, el caminar, el correr, el recostarse,

sentarse, sostener cosas con la mano, y finalmente

también la conversación y el pronunciar discursos.

95 En cuanto a la afirmación de que los dioses son

varones y hembras, bien podéis ver cuáles son las

consecuencias que de ella se siguen. Por mi parte no

acabo de sentirme sorprendido cuando pienso de

dónde pudo partir el fundador de vuestra escuela para

ir a parar a tales nociones. Y a pesar de todo no dejáis

de vociferar que hay que mantener a toda costa que la

divinidad es feliz e inmortal. Pero ¿qué impide que la

divinidad sea feliz sin ser bípeda? Y ¿por qué vuestra

"beatitud" o "beatitas", sea cual sea la forma que usemos

—y ambas expresiones son duras, si bien las

palabras deben ser ablandadas por el uso—, no puede

aplicarse al sol de allá arriba, o a este mundo nuestro,

o a alguna inteligencia eterna desprovista de figura

corporal y de miembros?

96 Vuestra única respuesta es: "Nunca he visto un sol

o un mundo felices." Y bien, ¿acaso habéis visto algún

otro mundo fuera de éste? Dirás que no. Entonces

¿cómo te atreves a decir que existen, no ya miles y

miles de mundos, sino un número incalculable de

ellos? "La razón nos lo enseña". ¿Y no te enseñará

entonces la razón que cuando buscamos un ser que sea

supremamente excelente, así como feliz y eterno, y

esto es lo que constituye la divinidad, en la medida en

que este ser es superior a nosotros por la inmortalidad

lo será también en la excelencia mental, y que en la

medida en que nos es superior en la excelencia mental

lo será también en la corporal? ¿Por qué, pues, siendo

inferiores a él en todas las demás cosas somos iguales

a él en la forma corporal? El hombre, en efecto, se

acercaba más a la imagen divina por la virtud que por

el aspecto externo.

CAPITULO 35

97. [¿Puedes tú mencionar algo tan pueril —para urgir

o apurar mas aún la cuestión— como negar la

existencia de las diversas especies de enormes animales

que crecen en el Mar Rojo o en la India? Sin

embargo, ni aun los investigadores más diligentes

podrían seguramente recoger información sobre toda

la vasta multitud de seres que existen en la tierra y en

el mar, en las lagunas y en los ríos; pero tendremos

que negar su existencia, porque nunca los hemos

visto.]

En cuanto a vuestro argumento favorito de la semejanza,

hay que ver hasta qué punto está realmente

fuera de sitio. ¿Pues que? ¿No se parece el perro al

lobo? Y, citando a Ennio:

Sin embargo, las costumbres son distintas en uno y

otro. Ningún animal es más prudente que el elefante,

pero ¿qué animal es también más desmañado en su

figura?

98 Estoy hablando de los animales, pero ¿acaso no

ocurre entre los hombres que, cuando mucho más

semejantes en la apariencia, difieren amplia mente en

su carácter, y que cuando son muy semejantes en su

modo de ser son desemejantes en su apariencia? De

hecho, Velleio, considera Cuán lejos nos llevaría si

una vez sola tomáramos este tipo de argumento. Tú,

en efecto, postulaste que la razón solamente puede

existir en la figura humana; otro sentará la hipótesis de

que solamente puede existir en un ,ser terrestre, en un

ser vivo que haya sido engendrado, que haya crecido,

que haya sido educado, que esté compuesto de un alma

y de un cuerpo caduco y débil, en una palabra, que

sólo puede existir en un hombre mortal. Si te opones a

todas y cada una de estas hipótesis, ¿por qué

preocuparte solamente de la figura? La inteligencia

racional existe en el hombre, como bien viste, sólo

unida a todos los atributos que he mencionado; sin

embargo, tú dices que puedes reconocer a la divinidad

aun privado de todos es tos atributos, con tal que se

conserve la forma externa. Esto no es meditar lo que

debes decir, sino como quien dice echarlo a suertes.

99 A no ser, en verdad, que tampoco hayas caído en la

cuenta de que no solamente en un hombre sino

también en un árbol, todo lo que es superfluo o carece

de fin práctico es nocivo. ¡Qué molesto es tener un

solo dedo de más! ¿Por qué así? Porque, dados los

cinco dedos, no se necesita ninguno más ni en orden a

la estética de la apariencia ni en orden al uso práctico.

Tu dios, en cambio, no solamente ha recibido un dedo

más dé los que necesitaba, sino una cabeza, cuello,

espina dorsal, costados, vientre, espalda, ijares,

manos, pies, muslos y piernas. Si esto es para

asegurarle la inmortalidad, ¿qué tienen que ver con la

vida estos miembros? ¿Qué tiene que ver con ella el

mismo rostro? La vida depende más del cerebro, del

corazón, de los pulmones y del hígado, que son la sede

de la vida. Las expresiones del rostro no tienen nada

que ver con la vitalidad del hombre.

CAPITULO 36

100. Y tú censurabas a los que encontraban un

argumento en el esplendor y la belleza de la creación y

que observando el mundo mismo y las partes del

mundo, el cielo, la tierra y el mar, el sol, la luna y las

estrellas que los adornan, y descubriendo las leyes de

las estaciones y de sus sucesiones periódicas,

conjeturaron que tiene que existir algún ser supremo y

trascendente que haya dado el movimiento, y que las

guíe y gobierne. Aunque esta conjetura pueda ir más

allá de los indicios mismos, veo con todo qué es lo

que ellos siguen. Tú, en cambio, ¿qué otra grande y

egregia tienes, después de todo, que parezca realizada

por una inteligencia divina y que te lleve a conjeturar

la existencia de los dioses? Dices: "tenemos una cierta

noticia de la divinidad inserta en nuestra alma".

Ciertamente, una noción de un Júpiter con barba y de

una Minerva con yelmo. ¿Crees, pues, realmente que

esas divinidades son así?

101. La multitud de las gentes incultas es en este

punto más sabia, ya que atribuye a la divinidad no

sólo los miembros del hombre sino también el uso de

los mismos. Ponen, en efecto, en sus manos el arco,

las flechas, la lanza, el escudo, el tridente y el rayo, y

si no pueden ver qué acciones lleva a cabo la

divinidad, al menos no pueden concebir a la divinidad

como enteramente inactiva. Aun los mismos egipcios,

de quienes nos reímos, no divinizaron a ningún animal

como no fuera a causa de algún provecho o beneficio

que obtuvieran de él; el ibis, por ejemplo, que es un

ave alta, de patas rígidas, con un pico córneo y largo,

destruye gran cantidad de serpientes: apartan de

Egipto esa. peste, matando y comiéndose las

serpientes voladoras que el viento del sudoeste

arrastra desde el desierto de Libia, e impiden así que

dañen a los nativos con su mordedura cuando están

vivas y con su hediondez cuando están muertas.

Podría describir la utilidad del icneumón, del

cocodrilo y del gato, pero no quiero ser pesado.

Pondré punto final a ello así: estos animales son, en

todo caso, divinizados por los bárbaros por los

beneficios que ellos les proporcionan, pero vuestros

dioses no solamente no prestan ningún servicio al que

podáis referiros, sino que no hacen absolutamente

nada.

102. "La divinidad —dice él— no tiene ninguna inquietud."

Evidentemente Epicuro piensa, como hacen

los niños malcriados o mimados, que el ocio es lo

mejor que existe.

CAPITULO 37

Sin embargo, aun estos mismos niños, cuando están

ociosos se entretienen ellos mismos en algún juego

activo: ¿hemos de suponer que la divinidad disfruta de

una fiesta o vacación tan completa y está tan sumida

en la pereza, que hemos de temer que el menor

movimiento pueda comprometer su felicidad? Esta

forma de hablar no se limita a despojar a los dioses de

los movimientos y actividades adecuados a la

naturaleza divina, sino que tiende también a hacer a

los hombres perezosos, si ni aun la divinidad puede

ser feliz cuando se halla activamente ocupada.

103 Sin embargo, concediéndonos vuestro punto de

vista de que la divinidad es imagen y semejanza del

hombre, ¿cuál es el lugar en que mora y su habitación

local? ¿En qué actividades pasa su vida? ¿Qué es lo

que constituye esa felicidad que le atribuía? Pues una

persona que tiene que ser feliz tiene que gozar

activamente de sus bienes. En cuanto al lugar, incluso

los elementos inanimados poseen cada uno su propia

región particular: la tierra ocupa el lugar más bajo, el

agua cubre la tierra, al aire se le ha asignado el

dominio superior y los fuegos etéreos ocupan los más

altos confines del espacio. Los animales, por su parte,

se dividen también en animales que viven en la tierra,

animales que viven en el agua, mientras una tercera

clase es anfibia y habita en ambas regiones y hay

también algunos que se cree han nacido del fuego y

ocasionalmente han sido vistos revoloteando en torno

a hornos ardientes.

104 Acerca de vuestra divinidad, pues, deseo saber,

primero, dónde habita; en segundo lugar, qué motivo

tiene para moverse en el espacio, siempre y cuando,

claro está, se mueva alguna vez así; en tercer lugar,

siendo característica específica de los seres animados

el desear algún fin que sea adecua do a su naturaleza,

qué cosa es la que la divinidad desea; en cuarto lugar,

en qué tema emplea su actividad mental y su razón, y

finalmente, cómo es feliz y cómo es eterna. Pues, sea

cual sea de estas cuestiones la que suscites, tocas la

llaga: un argumento basado en premisas tan inciertas

no puede llevar a ninguna conclusión válida.

105. Decías, en efecto, que la forma de la divinidad es

percibida mediante el pensamiento y no mediante los

sentidos, que no tiene ninguna solidez ni tampoco

ninguna permanencia numérica, y que nuestra

percepción de ella es tal que ella es vista gracias a la

semejanza y a la sucesión, ya que una corriente

incesante de formas similares llega continuamente

desde el número infinito de los átomos, y que de esta

manera se consigue que nuestra mente, cuando su

atención se centra en esas formas, concibe que la

naturaleza divina es feliz y eterna.

CAPITULO 38

Pues bien, por los mismos dioses de quienes estamos

hablando, ¿cuál puede ser el sentido y significado de

esto? Pues si los dioses solamente son accesibles a la

facultad del pensamiento y no tienen ninguna solidez

o diseño definido, ¿qué diferencia hay entre pensar en

un hippocentauro y en un dios? Todas estas figuras

mentales son llamadas por todos los demás filósofos

simples imaginaciones vacías; pero vosotros decís que

son la llegada y entrada a nuestras mentes de ciertas

imágenes.

106 Pues bien, cuando creo ver a Tiberio Gracco en

medio de su discurso en el Capitolio sacan de la urna

electoral para el voto sobre Marco Octavio, explico

esto como una vana imaginación de mi espíritu; la

explicación que dáis vosotros, empero, es que las

imágenes de Gracco y de Octavio han permanecido

realmente en el lugar, de forma que cuando yo llego al

Capitolio estas imágenes se ofrecen a mi espíritu; la

misma cosa ocurre, decís vosotros, en el caso de la

divinidad, cuya apariencia golpea repetidamente las

mentes de los hombres y así da lugar a la creencia en

los dioses felices y eternos.

107 Supon que existen tales imágenes chocando

continuamente con nuestros espíritus: esto, empero, es

solamente la presentación de una cierta forma, pero

sin duda no es también la presentación de una razón

para suponer que esta forma es feliz y eterna.

Pero ¿cuál es la naturaleza de estas imágenes vuestras,

y de dónde brotan ellas? Esta extravagancia, en

verdad, procede de Demócrito; pero él ha sido ya

ampliamente criticado y vosotros no podéis encontrar

una explicación satisfactoria: la cuestión toda vacila y

cojea. ¿Qué cosa, en efecto, puede probarse menos

que el hecho de que esas imágenes de Homero,

Arquílogo, Rómulo, Numa, Pitágoras y Platón,

puedan chocar conmigo en modo alguno y menos aún

que lo puedan hacer con la forma real que ellos

tuvieron? ¿Cómo brotan, pues, estas imágenes? ¿Y de

quiénes son imágenes? Aristóteles nos dice que el

poeta Orfeo nunca existió y los pitagóricos dicen que

el poema Orfico que poseemos fue obra de un tal

Cércops; aun así Orfeo, o mejor, como queréis

vosotros, su imagen, acude con frecuencia a mi

espíritu.

108. ¿Qué decir del hecho de que la imagen de una

misma persona que entra en mi mente sea distinta de

la imagen que entra en la tuya? ¿Qué decir del hecho

de que lleguen a nosotros imágenes de cosas que

nunca han existido en absoluto y que nunca pueden

haber existido, por ejemplo, Scylla y la Quimera?

¿Qué decir de las imágenes de gentes, lugares y

ciudades que nunca hemos visto? ¿Qué decir del

hecho de que yo pueda hacer aparecer

instantáneamente una imagen en el mismo momento

en que me place hacer tal cosa? ¿O del hecho de que

acudan a mí sin ser llamadas cuando estoy

durmiendo? Todo esto, Velleio, son patrañas.

Vosotros, empero, no solamente hacéis llegar estas

imágenes a nuestros ojos, sino que las metéis en el

espíritu: ¡así es de irresponsable vuestra charlatanería!

CAPITULO 39

109. ¡Y qué falta de consistencia y sensantez! Existe

una corriente continua de imágenes visuales que

colectivamente dan lugar a una impresión visual

única. Yo sentiría vergüenza de decir que no entiendo

esta doctrina, si vosotros, los mismos que la defendéis,

la entendierais. ¿De qué manera puedes probar que el

flujo de las imágenes es continuo, o bien, si es así,

¿cómo son eternas las imágenes? Dices que hay una

abundancia incalculable de átomos. ¿Acaso esto

demostrará que todo es eterno? Te refugias entonces

en el principio del "equilibrio" —pues, con tu

permiso, traduciré así el término "isonomía"—, y

dices que habiendo una naturaleza mortal, debe haber

otra inmortal. Según este principio, por existir

hombres mortales, hay también algunos que son

inmortales, y por existir hombres nacidos en la tierra,

tiene que haberlos también nacidos en el agua. "Y por

haber fuerzas que destruyen, hay también fuerzas que

preservan." Admitamos que existan: solamente

conservarán las cosas que ya existen; y yo no estoy

convencido de que tus dioses existan.

110. Pero, sea como sea, ¿de qué manera brotan de los

átomos las efigies de las cosas?Aunque los átomos

existieran, que no existen, podrían tal vez ser capaces

de impelerse y de moverse por medio de sus

colisiones, pero no podrían crear forma, figura, color y

vida. Por consiguiente, de ninguna manera demostráis

la inmortalidad divina.

CAPITULO 40

Consideremos ahora la felicidad divina. Ciertamente

la felicidad es absolutamente imposible sin la virtud.

Pero la virtud es activa en su misma naturaleza, y

vuestro dios es del todo inactivo. Así, pues, tampoco

es feliz, porque carece de virtud.

111. ¿En qué consiste, pues, su vida? "En una

sucesión constante de cosas buenas, sin mezcla de

ninguna mala", replicas. ¿Qué cosas buenas son éstas?

Placeres, supongo, es decir, claro está, placeres

corporales, porque vuestra escuela no reconoce

ninguna clase de placeres espirituales que no procedan

del cuerpo y no reviertan en el cuerpo. No creo que tú,

Velleio, seas parecido a los demás epicúreos, que se

avergüenzan de ciertas afirmaciones de Epicuro, en las

que da fe de que él no comprende ningún bien que

esté desvinculado de los placeres voluptuosos y

sensuales, placeres que él, sin rubor ninguno, enumera

por su nombre.

112 Pues bien: ¿qué comidas y qué bebidas, qué

armonías musicales y flores de variados colores, qué

deleites del tacto y del olfato asignarás tú a los dioses,

para mantenerlos anegados en el placer? Los poetas

disponen banquetes de néctar y ambrosía, con Hebe o

Ganimedes sirviendo a la mesa como copero. ¿Qué

harás tú, un epicúreo? No veo dónde se podrá procurar

estos deleites tu divinidad, ni cómo podrá gozar de

ellos. Al parecer, pues, la especie humana está más

abundantemente provista para la felicidad que no la

divinidad, puesto que el hombre puede experimentar

una amplia serie de placeres.

113 Tú consideras inferiores esos placeres que

solamente hacen "titilar" los sentidos—la expresión es

de Epicuro—. ¿Cuándo dejarás de bromear? Pues

incluso nuestro amigo Filón no podía soportar que los

epicúreos se las dieran de menospreciar los placeres

sensuales y refinados, porque poseía una excelente

memoria y era capaz de citar al pie de la letra

numerosas máximas de los escritos de Epicuro. En

cuanto a Metrodoro, colega de Epicuro en la filosofía,

recitaba muchas cosas suyas más desvergonzadas aún:

Metrodoro, en efecto, acusa a Timócrates, su

hermano, de dudar de que los elementos todos de la

felicidad se miden por la norma del vientre, y esto no

lo dice una sola vez, sino que lo repite con cierta

frecuencia.

Veo que asientes con la cabeza, pues estás familiarizado

con esos pasajes; y si lo negaras, te traería

aquí los libros. En estos momentos no estoy

censurando el que vosotros hagáis del placer la única

medida de valor —esta es otra cuestión—, sino que

hago ver que vuestros dioses son incapaces de placer y

que, por consiguiente, según vuestro propio veredicto,

no pueden tampoco ser felices.

CAPITULO 41

114. "Pero están libres de dolor." ¿Acaso es esto

suficiente para una vida feliz rebosante de toda clase

de bienes? Dicen: "piensa asiduamente en que es feliz;

no tiene, en efecto, ningún otro tema de meditación o

contemplación." Te ruego, pues, que te hagas en tu

imaginación una vivida idea de una divinidad

solamente ocupada en pensar " ¡Qué bien me va

todo!" y "Soy feliz". Y tampoco veo de qué manera

este vuestro dios feliz no teme la destrucción, estando

como está sometido, sin un momento de respiro, a los

golpes y choques de una caterva de átomos que

eternamente lo atacan, mientras de su propia persona

va fluyendo una incesante corriente de imágenes. Así,

vuestro dios no es feliz ni eterno.

115. "Pero Epicuro escribió libros acerca de la

santidad y de la piedad para con los dioses."40 ¿Y cuál

es el lenguaje que emplean estos libros? Es tal que uno

cree estar oyendo a A. Coruncanio o a P. Scévola,

pontífices máximos, no a un hombre que ha destruido

los cimientos mismos de la religión y ha derribado, no

con sus manos como Jerjes, sino con argumentos los

templos y altares de los dioses inmortales. ¿Qué razón

tienes, en efecto para afirmar que los hombres deben

dar culto a los dioses, si los dioses no solamente no

muestran ningún respeto a los hombres,41 sino que ni

se preocupan de nada ni hacen absolutamente nada?

116. "Pero los dioses poseen una naturaleza eximia y

preeminente que por sí misma debe atraer la

veneración del sabio." ¿Es que puede haber algo

eximio en una naturaleza que, regodeándose en su

placer, no va a hacer nada, ni hace nada, ni nunca ha

hecho nada? Además, ¿cómo puedes tú estar obligado

a la piedad hacia una persona de la que nunca has

recibido nada? ¿O cómo puedes deber cualquier cosa a

quien no te ha prestado ningún servicio? La piedad es

la justicia para con los dioses; pero ¿cómo puede

haber ninguna exigencia de justicia entre nosotros y

ellos, si la divinidad y el hombre no tienen nada en

común? La santidad es la ciencia del culto divino;

pero no puedo llegar a entender por qué los dioses

tienen que ser venerados y recibir culto si nosotros no

hemos recibido ni esperamos recibir ningún beneficio

de ellos.

CAPITULO 42

117. Por otra parte, ¿qué razón existe para adorar a los

dioses a causa de nuestra admiración hacia la

naturaleza divina, si en esta naturaleza no vemos nada

especialmente egregio o sobresaliente?

En cuanto al estar exentos de toda superstición, cosa

de que suele particularmente gloriarse vuestra escuela,

es algo fácil de conseguir una vez has privado a los

dioses de todo poder; a no ser, acaso, que creas que a

Diágoras o a Teodoro, que negaron en absoluto la

existencia de los dioses, les era posible ser

supersticiosos. Por mi parte, ni siquiera sé cómo le era

posible a Protágaras, que no estaba seguro de si los

dioses existían o no existían. Pues las doctrinas de

todos estos pensadores abolen no solamente la

superstición, que implica un temor infundado a los

dioses, sino también la religión, que consiste en

venerarlos piadosamente.

118 Por otra parte, en cuanto a los que afirmaron que

la noción entera de los dioses inmortales es una

ficción inventada por los sabios en beneficio del

estado, con el fin de que a aquellos a quienes no

pudiera hacerles cumplir con su deber la razón pudiera

hacerlo la religión, ¿no eliminaron acaso de raíz toda

religión? Y Pródicos de Cos, que dijo que los dioses

eran personificaciones de cosas beneficiosas para la

vida del hombre, ¿qué religión dejó en pie con su

teoría?

119 Y los que enseñan que los hombres valientes,

famosos o poderosos han sido divinizados luego de la

muerte, y que éstos son los verdaderos o rea les

objetos del culto, las plegarias y la adoración que

solemos ofrecer, ¿no carecen acaso de todo sentido de

la religión? Esta teoría fue especial mente desarrollada

por Euemero, que fue traducido e imitado muy

particularmente por nuestro poeta Ennio. Euemero

describe incluso la muerte y entierro de algunos

dioses; ¿pensaremos, pues, que éste confirma la

religión o más bien que la destruye y elimina por

completo? Nada digo del santo y augusto santuario de

Eleusis, "donde gentes de los últimos confines son

iniciadas."y omito Samotracia y aquellos "ocultos

misterios que se celebran, al entrar la noche por

múltiples adictos, entre setos silvestres"43 en Lemos,

ya que tales misterios, una vez interpretados y

medidos por la razón, tienen más que ver con el

conocimiento de la naturaleza que con la teología.

CAPITULO 43

120. Personalmente creo que ni aun ese eminente

varón que fue Demócrito, la fuente principal de que se

sirvió Epicuro para regar su pequeño huerto, tenía una

opinión determinada acerca de la naturaleza de los

dioses. En ocasiones sostiene el punto de vista de que

el universo incluye imágenes dotadas de divinidad; en

otras dice que en este mismo universo existen los

elementos de que se compone la mente, y que esos son

dioses; en otras, que éstos son imágenes animadas,

que suelen ejercer sobre nosotros una influencia

benéfica o nociva; y, finalmente, que son ciertas

imágenes enormes de tal tamaño como para envolver

y comprender en sí el mundo entero44 . Todas estas

fantasías son más dignas de la ciudad natal de

Demócrito45 que del propio Demócrito.

121. ¿Quién, en efecto, puede comprender con su

espíritu estas imágenes? ¿Quién puede admirarlas?

¿Quién estimarlas dignas de culto y reverencia?

Epicuro, sin embargo, al abolir la beneficencia divina

y la divina benevolencia, desarraigó y exterminó toda

religión del corazón humano. Pues, mientras afirma la

suprema bondad y excelencia de la naturaleza divina,

sin embargo niega a la divinidad el atributo de la

benevolencia, es decir echa a un lado lo que constituye

el elemento más esencial de la suprema bondad y

excelencia. Pues ¿qué puede ser mejor o más

excelente que la amabilidad y la beneficencia? Al

querer que la divinidad carezca de una y otra, os

empeñáis en hacer que carezca de todo afecto, amor o

estima hacia cualquier otro ser, humano o divino. De

ello se sigue no solamente que los dioses no tienen

ningún cuidado del género humano, sino que tampoco

se cuidan en absoluto el uno del otro.

CAPITULO 44

¡Cuánta más verdad hay en lo que dicen los estoicos, a

quienes vosotros censuráis! Afirman que todos los

sabios son amigos, aunque sean extraños los unos a

los otros, porque nada hay más amable que la virtud, y

el que la alcance tendrá nuestra estima sea cual sea el

país en que viva.

122. Vosotros, en cambio, ¡cuánto daño causáis

cuando clasificáis la benevolencia y la beneficencia

como debilidades! Dejando ahora a un lado los atributos

y la naturaleza de la divinidad, ¿creéis que

también la beneficencia y la benignidad humanas se

deben solamente a una debilidad humana? ¿No existe

ningún afecto natural entre los buenos? Hay algo de

atractivo en el sonido mismo de la palabra amor, del

que deriva el término de amistad; si nosotros basamos

nuestra amistad en los beneficios que nos reporta a

nosotros y no en los que reporta a aquellos a los que

amamos, no existirá en modo alguno la amistad, sino

un simple tráfico de intereses egoístas. Esta es la

norma valorativa que aplicamos a nuestros prados, a

nuestros campos y a los rebaños de ganado; los

valoramos y estimamos por los beneficios que de ellos

sacamos; pero el afecto y la amistad entre los hombres

es desinteresado; cuánto más así, pues, tiene que ser el

de los dioses, que si bien no tienen necesidad de nada,

se aman sin embargo unos a otros y se cuidan de los

intereses de los hombres. Si ello no fuera así, ¿por qué

los veneramos y les dirigimos plegarias? ¿Por qué

tenemos pontífices y augures que presidan nuestros

sacrificios y nuestros auspicios? ¿Por qué dirigimos

peticiones y prometemos ofrendas al cielo? "Pero

Epicuro —me dices— escribió también un libro sobre

la santidad".

descuidado. Pues ¿cómo puede existir la santidad, si

los dioses no hacen ningún caso de los asuntos del

hombre? Y ¿qué puede ser un viviente que no hace

caso de nada?

Sin duda, pues, es más verdadero decir, como ese

buen amigo de todos nosotros, Posidonio, expuso en

el libro quinto de su Sobre la naturaleza de los dioses,

que Epicuro en realidad no cree en absoluto en los

dioses, y que dijo lo que dijo sobre los dioses

inmortales solamente para conjurar el odio popular.

En realidad no pudo haber sido tan insensato como

para realmente imaginar que dios era semejante a un

débil ser humano, aunque asemejándose a él

solamente en los trazos generales y la superficie, no en

su sustancia sólida, y en posesión de todos los

miembros del hombre pero enteramente incapaz de

utilizarlos, un ser extenuado y traslúcido, que no

muestra ninguna benevolencia o generosidad con

nadie, que no se preocupa de nada y que no hace nada

en absoluto. En primer lugar, un ser de esta especie es

una imposibilidad total y Epicuro tenía conciencia de

ello y por eso, de hecho, elimina a los dioses aunque

de palabra los conserve.

124. En segundo lugar, aunque dios exista, si con todo

es de tal naturaleza que no experimenta benevolencia

ni afecto a los hombres, digámosle "vale" o adiós;

¿por qué, en efecto, he de decir "dios me sea

propicio"?46 La divinidad no puede ser benévola o

generosa con nadie, puesto que, como vosotros nos

decís, toda muestra de benevolencia y afecto es un

signo de debilidad.

 

 

LIBRO II

 

 

CAPITULO 1

1 Después de haber hablado así Cotta, Velleio replicó:

—Soy realmente un incauto al atreverme a medir mis

fuerzas con un discípulo de la Academia47 que es al

mismo tiempo un experto orador. A un académico no

versado en la retórica no le hubiera yo temido mucho,

ni tampoco a un orador por muy elocuente que fuera,

que no estuviera reforzado por este sistema de

filosofía; pues no me siento desorientado por una

simple corriente de palabrería vacía, ni tampoco por la

sutileza del pensamiento si se expresa en un estilo

escueto. Tú, sin embargo, Cotta, eres fuerte en ambos

aspectos; solamente te ha faltado un auditorio público

y un jurado que te escucharan. Pero mi respuesta a tus

argumentos puede esperar hasta otra ocasión; oigamos

ahora a Lucilio, si a él no le es molesto.

2 Dijo entonces Balbo48:

—Por mi parte hubiera preferido escuchar de nuevo a

Cotta y oirle utilizando la misma elocuencia que ha

empleado para abolir los falsos dioses, presentar un

cuadro de los verdaderos. A un filósofo, a un pontífice

y a un Cotta le corresponde poseer una concepción de

los dioses inmortales, no vaga y errante como la de los

académicos, sino firme y estable, como es la de

nuestra escuela. Pero siento un vivo deseo de saber

qué es lo que tú mismo piensas, Cotta.

—¿Es que has olvidado —dijo Cotta— lo que he dicho

al comienzo, a saber, que me resulta más fácil,

sobre todo en cuestiones como éstas, decir lo que no

pienso que lo que pienso?

3 Aunque tuviera algún punto de vista claro, preferiría

con todo oírte hablar a tí a tu vez, ahora que he

hablado ya tanto yo.

—Bien —repuso Balbo—, accederé a tu deseo; y seré

tan breve como pueda, pues en verdad, una vez que los

errores de Epicuro han sido refutados se le ha quitado

a mi disertación toda ocasión de prolijidad. Adoptando

un punto de vista genérico, la cuestión de los dioses

inmortales la divide nuestra escuela en cuatro partes:

demuestra primero que los dioses existen; en segundo

lugar explica su naturaleza; demuestra luego que el

mundo es gobernado por ellos y finalmente, que ellos

se cuidan de las cosas humanas. Sin embargo, en esta

conversación vamos a tomar las dos primeras, ya que

la tercera y la cuarta, por ser cuestiones de una mayor

amplitud, creo será mejor dejarlas para otra ocasión.

—De ninguna manera —replicó Cotta—, pues estamos

desocupados y además estamos tratando de

cuestiones tales que deben ser antepuestas aun a las

mismas ocupaciones y negocios.

CAPITULO 2

4. Dijo entonces Lucilio:

—La primera parte apenas parece exigir argumentos.

Pues, cuando levantamos la mirada a lo alto, hacia el

firmamento y contemplamos los cuerpos celestiales,

¿qué cosa puede ser tan evidente y tan claro como que

allí debe existir algún poder que posea una inteligencia

trascendente por la que esas cosas sean gobernadas? Y

si esto no fuera así, ¿cómo hubiera podido Ennio

decir, con el asentimiento de todos,

"contempla esta candente bóveda celeste, que todos

invocan a Júpiter",

y no solamente como Júpiter, sino también como

soberano del mundo, que gobierna todas las cosas con

un signo de su cabeza, y como, según dice el propio

Ennio,

"padre de los dioses y los hombres", "

y como un dios omnipresente y omnipotente? Si un

hombre duda de esto, realmente no puedo ver por qué

no habría de ser también capaz de dudar de la

existencia del sol.

5. ¿Por qué, en efecto, este último hecho ha de ser más

evidente que el primero? Esto, de no ser conocido y

comprendido firmemente por nuestras mentes, no

podría explicar la estabilidad y la perdurabilidad de

nuestra creencia en él, creencia que solamente viene

reforzada por el paso de los años y se va enraizando

más hondamente con cada nueva generación de la

humanidad. En cualquier otro caso comprobamos que

las opiniones ficticias y carentes de fundamento se han

desvanecido con el correr del tiempo. ¿Quién cree que

el Hippocentauro o la Quimera hayan existido nunca?

¿Dónde puede encontrarse una vieja tan insensata

como para tener miedo de los monstruos del mundo

inferior, en los que se creyó en un tiempo? Los días

van borrando las invenciones de la imaginación, pero

confirman los juicios de la naturaleza.

De aquí que, tanto en nuestra propia nación como

entre otras gentes, la reverencia hacia los dioses y el

respeto a la religión se hagan cada vez más fuertes y

más profundos.

6. Y esto no es inexplicable o casual; ello se debe, en

primer lugar, al hecho de que los dioses con frecuencia

manifiestan su poder con su presencia corporal. Por

ejemplo, en la Guerra Latina, en la crítica batalla del

Lago Regillus entre el dictador Aulo Postumio y

Octavo Mamilio, de Túsculo, Castor y Pólux fueron

vistos luchando a caballo en nuestras filas. Y en la

historia más reciente, esos mismos Tindáridas

difundieron la noticia de que Perseo había sido

vencido. Lo que ocurrió fue que Publio Vatinio, el

abuelo de nuestro joven contemporáneo, estaba

regresando de noche a Roma desde su prefectura

Reatina, cuando fue informado por dos jóvenes

guerreros, montados en caballos blancos, de que el rey

Perseo había sido hecho prisionero aquel mismo día.

Cuando Vatinio llevó las noticias al Senado, primero

fue encarcelado, bajo la acusación de difundir noticias

infundadas sobre un asunto de interés público; pero,

habiendo llegado más tarde un despacho oficial de

Paulo49 y en vista de que la fecha cuadraba

exactamente, el Senado concedió a Vatinio una finca

agrícola y la exención del servicio militar. Recuerda

también la historia que cuando los locrios

consiguieron su gran victoria sobre los crotoniatas en

la importante batalla junto al río Sagra, en el mismo

día se recibieron noticias del encuentro en los Juegos

Olímpicos. Con frecuencia al sonido de las voces de

los faunos y las apariciones de las figuras de los dioses

han forzado a cualquiera que no fuera corto de

inteligencia o impío a confesar la presencia real de los

dioses.

CAPITULO 3

7. Asimismo, las profecías y predicciones de los

acontecimientos futuros, ¿qué otra cosa demuestran

sino que las cosas futuras pueden aparecerse,

manifestarse, pronosticarse o predecirse a la humanidad?

De ahí vienen precisamente los términos

"aparición, advertencia, portento, prodigio"50 Y

aunque creamos que las leyendas de Mopsos, Tiresias,

Amfiarao, Calcas y Heleno son simples ficciones

infundadas de la mitología —si bien sus poderes de

adivinación no habrían sido incorporados a la leyenda

si la realidad los hubiera rechazado o desmentido en

su totalidad— ¿acaso los ejemplos de nuestra propia

historia doméstica no nos van a enseñar a reconocer el

poder divino? ¿Nos quedaremos fríos ante la historia

de la temeridad de Publio Claudio en la primera

Guerra Púnica? Claudio se burló de los dioses

simplemente en son de broma: cuando los polluelos,

liberados de su jaula, se negaron a comer mandó

sumergirlos en el agua para que bebieran ya que no

querían comer; pero la burla le costó a él mismo

muchas lágrimas y al pueblo romano un grave

desastre, porque la flota fue totalmente derrotada.51 ¿Y

no perdió su colega Junio toda su flota, en la misma

guerra, por no haber prestado obediencia a los

auspicios? A consecuencia de estos desastres, Claudio

fue condenado por el pueblo y Junio se suicidó.

8 Celio escribe que Cayo Flaminio, luego de haber

descuidado los deberes de la religión, cayó en la

batalla del Trasimeno, en la que se infligió al estado

una tan gran herida. El destino de estos hombres puede

muy bien servirnos para indicar que el esplendor de la

república se debía al mando de aquellos que obedecían

a los dictados de la religión. Y, si queremos comparar

nuestras características nacionales con las de los

pueblos extranjeros, veremos que, mientras que en

otros aspectos somos solamente o aun inferiores a los

otros, sin embargo, en el aspecto religioso, es decir, en

la reverencia que damos a los dioses, somos muy

superiores.

9 ¿Hay que menospreciar acaso aquel famoso báculo

augural de Atto Navio, con el que delimitó las zonas

de la viña con el fin de descubrir el cerdo? Así

creería yo deberíamos proceder, a no ser por el hecho

de que, guiado precisamente por los augurios de Atto,

el rey Hostilio llevó a cabo con éxito gran des e

importantes guerras. Pero debido a la negligencia de

nuestra nobleza el saber augural se ha olvidado, con lo

que el hecho mismo de los auspicios ha caído en el

máximo descrédito, manteniéndose solamente la

apariencia externa de ello; y en consecuencia,

departamentos muy importantes de la administración

pública, y en particular las guerras de las que depende

la seguridad del estado, son llevadas adelante sin

ninguna clase de auspicios; no se observa ningún

presagio al cruzar los ríos, ninguno cuando las puntas

de las jabalinas centellean, ninguno cuando los

hombres son llamados a filas —a causa de lo cual los

testamentos hechos en servicio activo han

desaparecido, porque nuestros generales solamente

asumen su mando militar luego de renunciar a sus

poderes augúrales—.

10. En cambio, entre nuestros antepasados la religión

era tan poderosa que algunos generales se ofrecieron

realmente como víctimas a los dioses inmortales en

beneficio de la república, velando sus cabezas y

consagrándose formalmente a la muerte. Puedo citar

muchos pasajes de los oráculos Sibilinos y de las

respuestas de los arúspices, con los que se confirman

hechos de los que nadie debe realmente dudar.

CAPITULO 4

En el consulado de Publio Escipión y de Cayo Fígulo,

tanto nuestro saber augural como el de los harúspices

o adivinos etruscos fueron confirmados por la prueba

de los hechos. Tiberio Gracco, cónsul entonces por

segunda vez, estaba llevando a cabo la elección de sus

sucesores; el primer encargado de notificar la elección,

en el acto mismo de anunciar los nombres de los

elegidos, cayó de repente muerto. Gracco, sin

embargo, llevó adelante los comicios electorales; pero

viendo que el hecho había suscitado los escrúpulos

religiosos del pueblo, planteó la cuestión al Senado. El

Senado votó que la cuestión debía referirse "a las

personas habitual-mente responsables". Se hizo entrar

a los harúspices o adivinos y respondieron que el

encargado de anunciar las elecciones o reunir los

comicios se hallaba en estado irregular.

11. Gracco, entonces, como yo se lo oía contar a mi

padre, encendido por la ira: "¿Cómo eso?—gritó—.

¿Me hallaba yo en estado irregular? Presenté los

nombres a votación como cónsul y como augur, y

luego de tomar los auspicios. ¿Es que vosotros,

bárbaros toscanos53, conocéis el derecho de los auspicios

del pueblo romano y podéis ser intérpretes de

los comicios?" Así pues, los mandó salir entonces;

más tarde, sin embargo, envió un despacho desde su

provincia al Colegio de los Augures para decir que

mientras leía los libros sagrados se había acordado de

que había existido una irregularidad cuando tomó el

jardín de Escipión para su pabellón o tienda augural,

porque a continuación había cruzado los límites de la

ciudad para asistir a una sesión del Senado y al volver

a cruzar los límites a su regreso había olvidado tomar

los auspicios54; y que, por consiguiente, los cónsules

habían sido elegidos irregularmente. El Colegio de los

Augures refirió la cuestión al Senado; el Senado

decidió que los cónsules debían dimitir; y así lo

hicieron. ¿Qué ejemplos más convincentes podemos

pedir? Un hombre sapientísimo y no sé si decir el más

distinguido de todos prefirió hacer confesión pública

de su falta, que bien hubiera podido ocultar antes que

tolerar que la mancha de la impiedad pudiera afectar al

estado; los cónsules prefirieron retirarse de inmediato

de la más alta magistratura, antes que desempeñarla un

solo momento más violando con ello la religión.

12. Grande es la autoridad de los augures; ¿y no es

acaso divino el arte de los adivinos o harúspices? El

que considere estas cosas y otras muchas del mismo

tipo, ¿no se sentirá forzado a confesar que existen los

dioses? Si hay personas que interpretan la voluntad de

ciertos seres, es necesario que existan también estos

mismos seres; ahora bien, hay personas que

interpretan la voluntad de los dioses; hemos de

confesar, por consiguiente, que los dioses existen. Tal

vez, empero, se pueda argüir que no todas las

profecías resultan verdaderas. Tampoco todos los

enfermos se curan y no por ello se demuestra que no

exista ningún arte de la medicina. Los dioses nos

muestran señales de los acontecimientos futuros; los

hombres pueden interpretar erróneamente estos signos,

pero la falta o el fallo está en la capacidad de

inferencia del hombre, no en la naturaleza divina.

Así pues, la consecuencia principal es admitida por

todos los hombres de todos los pueblos; todos, en

efecto, llevan grabada en su espíritu una creencia

innata en la existencia de los dioses.

CAPITULO 5

13. Sobre su naturaleza existe diversidad de opiniones,

pero su existencia no la niega nadie. En verdad,

nuestro maestro Cleantes dijo que eran cuatro las

causas que explican la formación de las nociones

sobre los dioses en los espíritus humanos. Puso en

primer lugar la que yo acabo de utilizar ahora mismo,

a saber, la prueba que nace de nuestro conocimiento

previo de los acontecimientos futuros; la segunda

prueba o razón de la magnitud de los beneficios que

nos vienen de la moderación de nuestro clima, de la

fertilidad de la tierra y de la abundancia de otros

muchos beneficios.

14. La tercera es el temor que nos inspiran los rayos,

las tormentas, la lluvia, la nieve, el granizo, las

inundaciones, las pestes, los terremotos y,

ocasionalmente, los ruidos subterráneos, los chubascos

de piedras y las gotas de lluvia color sangre, o los derrumbamientos

y corrimientos de tierras y las hendiduras

que se abren inopinadamente en el suelo, y

también los hechos teratológicos que se dan en los

seres humanos y en los animales, así como la aparición

de luces meteóricas y de lo que los griegos llaman

"cometas" y nosotros "estrellas de larga cabellera",

que hace bien poco, durante la Guerra Octavia55

, aparecieron como precursoras de terribles desastres56,

y aun otras veces el desdoblamiento o duplicación

del sol57, que mi padre me dijo había

ocurrido en el consulado de Tuditano y Aquilio, el año

en que se extinguió Publio Africano, que era el

segundo sol de Roma58 : Todos estos portentos o

hechos extraños alarmantes han sugerido a la humanidad

la idea de la existencia de un poder celestial y

divino.

uniformes de los cielos y la diferenciación, variedad,

belleza y orden que vemos en el sol, la luna y las

estrellas todas, cuya sola visión era suficiente para

probar que estas cosas no podían ser efecto o

consecuencia del simple azar. Cuando un hombre

entra en una casa, en un gimnasio o en un foro o lugar

de asamblea pública y observa que en todo lo que allí

se hace hay método, orden y regularidad, seguro que

no se le ocurrirá pensar que todas esas cosas se hacen

sin causa, antes bien se dará cuenta de que allí hay

alguien que lo controla y supervisa todo; con mucha

más razón, pues, cuando un hombre se encuentra ante

los gigantescos movimientos y fases de los cuerpos

celestes, ante la marcha o los procesos ordenados de

enormes e innumerables masas de materia, que a lo

largo de siglos incontables de un pasado que es

infinito nunca han dado ni el menor paso en falso, se

ve forzado a afirmar que todos esos poderosos

movimientos de la naturaleza tienen que ser

gobernados por alguna Inteligencia.

CAPITULO 6

16. Crysippo, en verdad, aunque de una inteligencia

sumamente aguda, dice sin embargo algo que más

parece aprendido directamente de los propios labios de

la Naturaleza, que haber sido descubierto por él. Dice,

en efecto: "Si hay algo en el mundo que el espíritu del

hombre, que la razón, la fuerza y la capacidad

humanas son incapaces de producir, el ser que produce

tal cosa tiene que ser necesariamente superior al

hombre; ahora bien, los cuerpos celestes y todas esas

cosas que manifiestan una regularidad sin fin no

pueden ser creados por el hombre; por consiguiente, el

ser que los crea es superior al hombre; y ¿qué nombre

mejor darías a este ser que el de 'dios'? En verdad, si

los dioses no existen, ¿qué puede haber en el universo

superior al hombre? Pues solo él posee la razón, que

es lo más excelente que puede haber; ahora bien, que

cualquier ser humano existente pensara que en todo el

mundo no hay nada superior a él mismo sería una

necia muestra de arrogancia; existe, pues, algo

superior al hombre y, por consiguiente, existe Dios."

17 Por otra parte, si ves una casa espaciosa y bella, no

puedes sentirse movido a creer, aun cuando no puedas

ver a su dueño, que ha sido edificada por ratones y

comadrejas; si, pues, imaginas que este universo tan

embellecido, con toda esa variedad y belleza de los

cuerpos celestes y la inmensa cantidad y extensión del

mar y la tierra, es tu morada y no la de los dioses, ¿no

parecerías haber perdido tu sano juicio? Asimismo,

¿no comprendemos también claramente que todo lo

que se halla en una posición más elevada tiene un

valor superior y que la tierra es la cosa más ínfima y

está envuelta por una capa de la especie más densa de

aire? De aquí que por esta misma razón; lo que

observamos ocurre en ciertas regiones y ciudades, a

saber, que las inteligencias de los habitantes son más

romas o cor tas que lo normal debido a la calidad más

densa de la atmósfera, eso mismo, digo, le ha ocurrido

a toda la raza humana debido a su situación en la

tierra, es decir, en la región más densa del universo.

18 Pero es que hasta la mente del hombre debe

llevarnos a inferir la existencia de una mente en el

universo, y una mente de una capacidad o inteligencia

muy sobresaliente, divina de hecho. De lo contrario,

¿de dónde la "recogió o arrebató" — como dice

Sócrates Jenofonte59— el hombre? Si alguien

pregunta de dónde obtuvimos nosotros la humedad y

el calor que poseemos difundidos por todo el cuerpo,

así como la sustancia terrosa de nuestras visceras y

carne y el aliento vital que hay dentro de nosotros,

diremos que es evidente que la una procede de la

tierra, la otra del agua, el otro del fuego y el otro,

finalmente, del aire que inhalamos al respirar.

CAPITULO 7

Pero ¿dónde encontramos, de dónde sacamos esa otra

parte de nosotros que supera a todas las mencionadas,

a saber, nuestra razón o si preferís emplear varias

palabras para designarla, nuestra inteligencia, nuestra

capacidad deliberativa, nuestro pensamiento, nuestra

prudencia? ¿es que el mundo poseerá acaso todos y

cada uno de los demás elementos y no contendrá en sí

éste precisamente, el más valioso de todos ellos?

Ahora bien, sin duda alguna no existe nada entre todas

las cosas que sea superior al mundo, nada que sea más

excelente o más bello; y no solamente no existe nada

superior a él sino que ni tan siquiera puede concebirse

nada superior a él. Y si no hay nada superior a la razón

y la sabiduría, necesariamente debe poseer estas facultades

ese ser que admitimos es superior a todos los

demás.

19. Considera, por otra parte, la afinidad o parentesco

tan grande, tan armónico, tan unánime y continuo que

existe entre todas las cosas: ¿a quién no forzará esto a

admitir la verdad de lo que estoy diciendo? ¿Podría la

tierra llenarse de flores en un determinado tiempo y

quedar luego de nuevo desnuda y yerma, podrían

conocerse la cercanía y el alejamiento del sol en los

solsticios de verano y de invierno por la

transformación espontánea de tan gran multitud de

cosas, podrían las mareas subir y bajar en los mares y

en los estrechos con la salida y la puesta de la luna,

podrían, en fin, conservarse las distintas trayectorias

de las estrellas por medio de solo la revolución del

firmamento entero? Estos procesos, esta armonía

musical de todas las partes del universo, sin duda no

podrían continuar o mantenerse siempre de no ser

conservadas por un único espíritu divino que todo lo

impregna.

20. Cuando uno pondera estas doctrinas de una

manera más amplia y más fluida, como me propongo

hacer, más fácilmente escapan ellas a las objeciones

calumniosas de los Académicos; pero, cuando se

hallan reducidas a la breve forma silogística, como

solía hacer Zenón, están más expuestas a la crítica o

censura. Un río de rápida corriente puede casi del todo

o enteramente eludir la corrupción, mientras que un

agua estancada se corrompe fácilmente; así también,

una fluida corriente de elocuencia diluye fácilmente

las censuras de la crítica, mientras que un argumento

razonado de manera escueta se defiende a sí mismo

con dificultad. Las ideas, en efecto, que nosotros

exponemos con amplitud, solía Zenón concretarlas de

la forma siguiente.

CAPITULO 8

21. "Lo que posee la facultad de razonar es superior a

lo que no tiene dicha facultad; ahora bien, nada es

superior al mundo; luego el mundo posee la facultad

de la razón". Un argumento semejante puede

emplearse para demostrar que el mundo es sabio, feliz

y eterno; porque las cosas que poseen todos y cada

uno de estos atributos son superiores a las cosas que

carecen de ellos, y nada es superior al mundo. De esto

se seguirá que el mundo o universo es dios. Zenón

razonó también así:

22. "Nada desprovisto de sensación puede tener una

parte de sí mismo que sienta; ahora bien, el mundo

tiene partes que son sensibles o capaces de sentir;

luego el mundo no carece de sensación." Continúa

luego y urge más estrechamente el razonamiento; dice:

"Ningún ser inanimado e irracional puede engendrar

por sí un ser animado y racional; ahora bien, el mundo

engendra o produce seres animados y racionales;

luego el mundo es animado y racional." Además,

demostró su argumento por medio de una de sus

comparaciones favoritas, la que sigue: "Si las flautas

que tocan tonadas musicales crecieran sobre un olivo,

sin duda no dudarías de que el olivo posee algún

conocimiento del arte de tocar la flauta; o bien, si los

plátanos produjeran cítaras bien sonantes, sin duda

inferirías de igual manera que los plátanos poseían el

arte de la música; ¿por qué, pues, no habremos de

creer que el mundo es animado y racional o lleno de

sabiduría, cuando produce seres animados y sabios?"

CAPITULO 9

23. No obstante, habiendo comenzado a tratar la

cuestión de manera distinta a la que yo había propuesto

al comienzo —dije, en efecto, que esta parte no

requería ninguna discusión, porque la existencia de los

dioses era evidente para todo el mundo—, pese a ello,

digo, me agradaría demostrar este punto también por

medio de argumentos tomados de la Física o Filosofía

Natural. Es una ley de la Naturaleza que todas las

cosas capaces de alimentarse y crecer contengan en sí

mismas una provisión de calor, sin el cual su nutrición

y crecimiento no serían posibles; pues todo lo que

posee una naturaleza cálida e ígnea se mueve y actúa

por sus propios medios; por otra parte, lo que es

nutrido y crece posee un movimiento definido y

uniforme; y durante todo el tiempo en que este

movimiento permanece dentro de nosotros,

permanecen también en nosotros la sensación y la

vida, mientras que tan pronto como nuestro calor se

enfría y apaga nosotros mismos perecemos y nos

extinguimos.

provisión de calor que hay en cada cuerpo vivo:

afirma que no hay ningún alimento tan pesado que no

pueda ser digerido en veinticuatro horas; e incluso los

residuos de nuestro alimento que la naturaleza expulsa

contienen calor. Por otra parte, las venas y las arterias

nunca dejan de latir como con una especie de

movimiento ígneo o semejante a la llama y se ha

observado con frecuencia que el corazón de un animal,

luego de haber sido arrancado de su cuerpo sigue

palpitando con un movimiento rápido que se parece al

rápido vaivén de la llama. Todo ser vivo, por tanto,

sea animal o vegetal debe su vi talidad al calor

contenido en su interior. De esto se debe inferir que

este elemento, a saber, el calor, posee en sí mismo una

fuerza vital que se extiende por todo el mundo.

25 Discerniremos la verdad de esto más fácilmente

con una explicación más detallada de este elemento

ígneo que todo lo impregna considerado en su

totalidad. Todas las partes del mundo —no obstante

voy a especificar tan solo las más importantes— se

apoyan en el calor y son sostenidas por él. Eso se

puede ver, en primer lugar en el elemento terreno.

Vemos producirse fuego del choque o el roce de una

piedra con otra; y cuando la tierra acaba de ser

excavada, "la tierra caliente humea"60 ; y también se

saca agua caliente de manantiales de aguas vivas, y

esto ocurre sobre todo en tiempo de invierno, porque

en las cavernas de la tierra se halla almacenada una

gran cantidad de calor y al ser la tierra más densa en

invierno aprisiona más estrechamente el calor

almacenado en el suelo.

CAPITULO 10

26. Se necesitaría una larga disertación y una gran

cantidad de argumentos para poder demostrar que

todas las semillas que la tierra recibe en su seno y

todas las plantas que ella espontáneamente produce y

mantiene fijas en el suelo por medio de sus raíces,

deben tanto su origen como su crecimiento a esta

cálida temperatura del suelo. Que el agua contiene

también una mezcla de calor se muestra ante todo por

su naturaleza líquida; el agua no se helaría a causa del

frío, ni se congelaría en nieve y granizo si no pudiera

también volverse fluida cuando se licúa y se deshiela

gracias al calor mezclado; esta es la razón de que la

humedad se solidifique cuando es expuesta al viento

norte o a los vientos fríos de cualquier otro cuadrante,

y asimismo de que, por otra parte, se ablande al ser

calentada y de que se evapore con el calor. También el

mar, cuando es violentamente azotado por el viento, se

calienta, de manera que puede fácilmente comprobarse

que esta gran masa de líquido contiene calor; no

hemos de suponer, en efecto, que el calor en cuestión

procede de alguna fuente externa, sino que removido

de las más bajas profundidades del mar por la violencia

del movimiento, sube a la superficie, de la

misma manera que ocurre en nuestros cuerpos cuando

su calor es restaurado por medio del movimiento y del

ejercicio. A decir verdad, el mismo aire, aun cuando

por naturaleza es el más frío de los elementos, no está

absolutamente desprovisto de calor.

27 Contiene incluso una considerable porción de calor,

ya que el mismo es producido por una exhalación

procedente del agua, pues el aire debe ser considerado

como una especie de agua evaporada y esta

evaporación es causada por el movimiento del calor

contenido en el agua. Podemos ver un ejemplo

concreto de este mismo proceso cuando se hace hervir

agua colocando un fuego debajo de ella. Queda ahora

la cuarta parte del mundo: ésta por su propia

naturaleza está siempre en ebullición o ardiendo por

completo y al mismo tiempo da el calor de la salud y

la vida a todas las demás naturalezas.

28 Así pues, del hecho de que todas las partes del

mundo están sostenidas por el calor, se deduce que el

propio mundo debe su continuada conservación

durante un tiempo tan largo a la misma sustancia o a

una sustancia semejante, y debe entenderse así tanto

más cuanto que este principio caliente e ígneo está

entremezclado con toda la naturaleza, de forma que

constituye los principios genéticos masculino y

femenino, y es así la causa necesaria del nacimiento y

del crecimiento de todos los seres vivos, sean animales

o sean de los que tienen sus raíces hundidas en la

tierra.

CAPITULO 11

29 Existe, pues, un elemento que mantiene unido a

todo el mundo y lo conserva, y este elemento no está

desprovisto de sensación y de razón; puesto que toda

naturaleza que no sea homogénea y simple, sino

compleja y compuesta debe contener necesariamente

dentro de sí un principio rector, en el hombre, por

ejemplo, la inteligencia; en los anima les inferiores

algo que se parece a la inteligencia y que es la fuente

de los apetitos. En cuanto a los árboles y las plantas,

se cree que el principio rector se encuentra situado en

las raíces. Utilizo el término "principio rector"

como equivalente del griego "hegemonikón", que

denota aquella parte de cualquier cosa que puede y

debe tener la supremacía en una cosa de aquella

especie. Así, pues, se sigue que el elemento que

contiene el principio rector de la totalidad de la

naturaleza debe ser también la mejor de todas las

cosas y la que más digna sea de de tentar esta

soberanía y autoridad sobre todas las demás cosas.

30 Ahora bien, observamos que las partes del

mundo —y en todo el mundo no existe nada que no

sea una parte de todo el mundo— poseen sensación y

razón. Por consiguiente inferimos que esta parte que

contiene el principio rector del mundo debe poseer

necesariamente la sensación y la razón, y éstas en una

forma más intensificada y más eleva da. De aquí se

infiere que el mundo posee sabiduría y que el

elemento que contiene todas las cosas en su abrazo es

preeminente y perfectamente racional y, por tanto, que

el mundo es dios, y todas las fuerzas de la naturaleza

son unidas y contenidas por la naturaleza divina.

31. Además, este ardiente calor del mundo es mucho

más puro y mucho más brillante, y mucho más

movible, y por esto mismo más capaz de estimular los

sentidos que no este calor nuestro, en virtud del cual

las cosas que conocemos son conservadas y vitalizadas.

Así pues, dado que el hombre y los animales

poseen este calor y a él le deben su sensación y su

moción, es absurdo decir que el mundo está desprovisto

de sensación, considerando que se halla en

posesión de un intenso calor sin mancha alguna, libre

y puro, así como penetrante y móvil en sumo grado;

sobre todo supuesto que este ardor del mundo no

deriva su movimiento de alguna otra fuente exterior a

él, sino que se mueve por sí mismo y es espontáneo

con su actividad: pues ¿cómo puede haber algo más

poderoso que el mundo, capaz de dar su movimiento y

su actividad al calor por el que el mundo es sostenido?

 

32. Oigamos, en efecto, a Platón, ese casi dios de los

filósofos.61 Afirma él que el movimiento es de dos

clases, uno espontáneo y otro derivado de una fuente

externa; y que el que se mueve por sí mismo

espontáneamente es más divino que el que posee el

movimiento comunicado por alguna fuerza que no es

la suya propia. Estima que la primera forma de

movimiento reside solamente en el alma, a la que él

considera la única fuente y origen del movimiento. De

donde, puesto que todo movimiento nace del ardor o

calor del mundo, y puesto que el calor se mueve

espontáneamente y no en virtud de ningún impulso

procedente de alguna otra cosa, se sigue de ello que el

calor es alma; lo cual demuestra que el mundo es un

ser animado.

Otra prueba de que el mundo posee inteligencia nos la

ofrece el hecho de que el mundo es indiscutiblemente

mejor que cualquiera de sus elementos; pues de la

misma manera que no hay ninguna parte de nuestro

cuerpo que no valga menos que nosotros mismos, así

también el universo entero tiene que valer más que

cualquier parte del universo; y, si esto es así, se sigue

de ello que el mundo tiene que estar dotado de

sabiduría, porque de no ser así, el hombre, aun siendo

una parte del mundo, al estar en posesión de la razón,

sería necesariamente más valioso que el mundo

tomado de su conjunto.

33 Por otra parte, si queremos avanzar desde los

primeros órdenes rudimentarios del ser hasta los

últimos y más perfectos, necesariamente llegaremos al

fin a la divinidad. Advertimos el poder conservador de

la naturaleza, primero en los miembros del reino

vegetal, a los que la naturaleza no ha dado nada más

que el proveer a su conservación por medio de las

facultades de nutrición y crecimiento.

34 A los animales les concedió ella la sensación y el

movimiento, y un apetito o impulso que los mueve a

acercarse a las cosas saludables y a apartar se de las

nocivas. Respecto del hombre amplió ella su

generosidad con la adición de la razón, gracias a la

cual los apetitos pudieran ser dominados, y unas veces

tolerados y otras refrenados.

Pero el cuarto y más alto grado es el de los seres que

de manera natural han nacido buenos y sabios, y que

desde su comienzo están dotados de una razón recta y

consecuente; debe admitirse que ésta se halla por

encima del nivel humano: es un atributo de la

divinidad, es decir, del mundo, que necesariamente

debe poseer esta razón perfecta y absoluta de que

hablo.

35 Por lo demás, es innegable que cualquier todo

orgánico debe tener un ideal último de perfección.

Pues, de la misma manera que en la viña o en el

ganado vemos que a no ser que alguna fuerza se

oponga a ello, la naturaleza va avanzando por una

cierta senda suya hacia su meta de pleno desarrollo, y

de la misma manera que en la pintura, la arquitectura y

las demás artes y oficios artesanos existe un ideal de la

obra artística perfecta, también así y más aún, en el

mundo de la naturaleza en su totalidad, tiene que

existir un proceso de avance hacia la plenitud y la

perfección. Los diversos modos limitados de ser

pueden encontrar muchos obstáculos externos que

impidan su perfecta realización, pero no puede haber

nada que frustre a la naturaleza en su totalidad, puesto

que ella abarca y contiene en sí misma todos los

modos de ser. De aquí se sigue que tiene que existir

este grado cuarto sumamente elevado, inaccesible a

cualquier fuerza externa.

36 Ahora bien, este es el grado en el que se halla la

naturaleza universal; y supuesto que ella es de tal

carácter que es superior a todas las cosas e incapaz de

ser frustrada por ninguna de ellas, se sigue

necesariamente que el mundo es un ser inteligente y

asi mismo un ser sabio.

Por otra parte, ¿qué cosa puede estar más falta de

lógica que negar que el ser que abarca todas las cosas

debe ser el mejor de todos, o bien, admitiendo esto,

negar que él debe poseer, en primer lugar, la vida, en

segundo lugar, la inteligencia y la razón y, finalmente,

la sabiduría? ¿De qué otra manera puede ser el mejor

de todos los seres? Si se parece a las plantas o aun a

los animales, muy lejos de ser el más elevado debe ser

reconocido el más ínfimo en la escala de los seres. Si,

por otra parte, fuera capaz de razón pero sin ser sabio

desde el comienzo mismo, el mundo se hallaría en

peores condiciones que la humanidad; pues un hombre

puede llegar a ser sabio, pero sin en toda la eternidad

del tiempo pasado el mundo fue ignorante y necio,

evidentemente nunca alcanzará la sabiduría; y así será

inferior al hombre. Pero, puesto que esto es absurdo,

debe pensarse que el mundo ha sido sabio desde el

comienzo y que es dios.

37. De hecho62 no hay ninguna otra cosa fuera del

mundo a la que nada le falte y que en todos los aspectos

sea apto y perfecto, y se halle en la plenitud de

todas sus partes y detalles.

CAPITULO 14

Pues, como Crysippo dijo muy agudamente63, de la

misma manera que la funda del escudo se ha hecho

con miras a un escudo y una vaina se ha hecho con

miras a una espada, así como también todo lo demás,

excepto el mundo, fue creado en orden a alguna otra

cosa; así los cereales y los frutos producidos por la

tierra fueron creados por causa de los animales y los

animales por causa del hombre: por ejemplo, el

caballo para cabalgar, el buey para arar, el perro para

cazar y vigilar; y aun el mismo hombre fue

engendrado con el fin de contemplar e imitar al

mundo; el hombre no es en modo alguno perfecto,

sino que es "una pequeña parte de lo que es perfecto".

38 El mundo, por el contrario, supuesto que abarca

todas las cosas y supuesto que no existe nada que no

esté dentro de él, es enteramente perfecto; ¿cómo

puede, pues, dejar de poseer lo que es mejor? Ahora

bien, no hay nada mejor que la inteligencia y la razón;

el mundo, por consiguiente, no puede dejar de

poseerlas. Así, pues, el mismo Crysippo hace ver bien,

mediante la adición de ejemplo, que en el caso

perfecto y maduro de cada especie todo es mejor que

en el caso imperfecto de la misma: así, por ejemplo, en

un caballo es todo mejor que en un potro, en un perro

mejor que en un cachorro, en un hombre mejor que en

un niño; y que, de manera análoga, un ser perfecto y

completo tiene que poseer aquello que es lo mejor en

todo el mundo.

39 Pero ningún ser es más perfecto que el mundo y

nada es mejor que la virtud; luego la virtud es un

atributo esencial del mundo. Por otra parte, la

naturaleza del hombre no es perfecta, y sin embargo la

virtud puede producirse en el hombre; ¡cuánto más

fácilmente, pues, tendrá que poder realizarse en el

mundo! Luego el mundo posee la virtud. Es, pues,

sabio y, por consiguiente, divino.

 

CAPITULO 15

Comprendida así con claridad la divinidad del mundo,

hemos de asignar también la misma divinidad a las

estrellas que están constituidas por la parte móvil y

pura del éter y no están compuestas además por

ningún otro elemento; están hechas de calor ígneo y

son completamente traslúcidas. De aquí que tengan

también el más completo derecho a ser declaradas

seres vivos, dotados de sentidos e inteligencia.

40. Que las estrellas están formadas íntegramente por

fuego afirma Cleantes que se ha demostrado mediante

la evidencia de dos sentidos, los del tacto y la vista.

Las radiaciones del sol, en efecto, son más brillantes

que las de cualquier fuego, puesto que él hace llegar

su luz a gran distancia y sobre una gran amplitud de

espacio, a todo el universo ilimitado; y el contacto de

sus rayos es tan poderoso que no solamente calienta

sino que a menudo incluso quema y no podría hacer

ninguna de las dos cosas si no estuviera hecho de

fuego. "Por consiguiente —sigue diciendo Cleantes—,

puesto que el sol está hecho de fuego y es nutrido por

los vapores exhalados desde el océano, porque ningún

fuego puede seguir existiendo si no es alimentado de

alguna manera, se infiere de ello que o bien se parece

a este fuego que empleamos en la vida corriente o bien

al fuego que contienen en sí los cuerpos de los seres

vivos.

41. Ahora bien, el fuego que nosotros empleamos

corrientemente para las necesidades de la vida

cotidiana es un agente destructivo que todo lo

consume, y que asimismo a dondequiera se extiende

todo lo conturba y disipa; por el contrario, el fuego

aquel corporal es el que da la vitalidad y la salud: él es

el que todo lo conserva, el que todo lo nutre, lo hace

crecer, lo sostiene y lo provee de sensación." Afirma,

por consiguiente, que no puede caber ninguna duda

acerca de cuál es de las dos especies de fuego aquella

a que el sol se parece, pues también el sol hace que

todas las cosas florezcan y se desarrollen cada una

según su especie. Así, pues, dado que el sol se parece

a los fuegos que se hallan contenidos en los cuerpos de

los seres vivos, el sol debe también ser viviente y otro

tanto hay que decir de los demás cuerpos celestiales,

puesto que tienen su origen en el calor ígneo del cielo

que se llama éter o firmamento.

42. Así, pues, dado que ciertos seres vivos nacen en la

tierra, otros en el agua y otros en el aire, es absurdo,

así lo afirma Aristóteles64, suponer que ningún ser

vivo y animado nace en aquel elemento que es el más

adecuado para la generación de los vivientes. Ahora

bien, las estrellas ocupan la región del éter y como

éste tiene una sustancia muy rarificada y está siempre

en brioso movimiento, se infiere de ello que el ser

animado nacido en esta región posee los sentidos más

agudos y el más rápido poder de movimiento; luego,

puesto que las estrellas son engendradas en el éter es

razonable suponer que poseen sensación e

inteligencia. Y de eso se sigue que las estrellas deben

ser reconocidas como dioses.

CAPITULO 16

Puede, en efecto, observarse que los habitantes de

aquellos países en los que el aire es puro y más tenue

poseen sentidos más agudos y mayores capacidades de

intelección que las personas que viven bajo climas

densos y pesados.

43 Además, se cree también que la sustancia empleada

como alimento tiene una cierta influencia sobre la

agudeza o penetración mental; es, por tanto, verosímil

que las estrellas posean una inteligencia superior,

puesto que habitan en la región etérea del mundo y son

asimismo alimentadas por los vapores húmedos del

mar y la tierra rarificados en su paso a través del

amplio espacio intermedio. Por otra parte, la

conciencia e inteligencia de las estrellas se pone todo

en evidencia por su orden y regularidad; pues el

movimiento regular y rítmico es imposible sin

intención, en la que no hay ningún rastro de

casualidad o variación accidental; ahora bien, el

orden y la regularidad eterna de las constelaciones no

indica ni un proceso de la naturaleza —que está lleno

de razón—, ni tampoco un hecho casual, pues el azar

es amante de la variedad y aborrece la regularidad; se

sigue, pues, de ello que las estrellas se mueven por su

propia voluntad y a causa de su inteligencia y

divinidad.

debe a una de estas tres causas, la naturaleza, la fuerza

o la voluntad65; ahora bien, el sol, la luna y las

estrellas todas están en movimiento y los cuerpos

movidos por la naturaleza se dirigen o bien hacia

abajo, a causa de su peso, o bien hacia arriba, a causa

de su ligereza; pero nada de esto ocurre en el caso de

los cuerpos celestiales, porque su movimiento propio

tiene una trayectoria orbital y circular; ni tampoco se

puede decir que una fuerza mayor obliga a los cuerpos

celestes a recorrer una trayectoria contraria a su

naturaleza: pues ¿qué fuerza mayor puede existir?

Solo nos queda, pues, la hipótesis de que el

movimiento de los cuerpos celestes sea voluntario.

Todo el que vea esta verdad y la entienda no

solamente mostrará ignorancia sino también maldad si

niega la existencia de los dioses. Ni, en verdad, existe

una gran diferencia entre negar su existencia y

privarlos por completo de solicitud providencial y de

actividad; porque, en mi opinión, un ser enteramente

inactivo no se puede decir en absoluto que existe. Así

pues, la existencia de los dioses es tan evidente que

difícilmente puedo creer que el que la niegue pueda

estar en sus cabales o tener la mente sana.

CAPITULO 17

45. Nos queda ahora por considerar cuáles son las

características propias de la naturaleza divina; y en

esta cuestión nada es más difícil que separar el espíritu

del hábito de la visión corporal. Esta dificultad ha sido

la causa de que tanto las gentes sin formación en

general como aquellos filósofos que se parecen a las

gentes sin educación sean incapaces de concebir los

dioses inmortales sin emplear las figuras de los seres

humanos; lo superficial que es esta forma de pensar,

refutada ya por Cotta, no requiere de mi parte ninguna

discusión más. Pero suponiendo que poseamos una

idea definida y preconcebida de una divinidad, en

primer lugar, con calidades de ser vivo y, en segundo

lugar, con la categoría de un ser que no tiene nada

superior a él en toda la naturaleza, no puedo encontrar

nada que satisfaga esta prenoción o idea previa que

poseemos más plenamente que, en primer lugar, el

juicio de que este mundo, necesariamente tiene que ser

la más excelente de todas las cosas, es él mismo un ser

vivo y un dios.

46. Que Epicuro se burle de esta noción como quiera

—y es un hombre muy poco dotado para la burla y

que no tiene ni sombra de su nativa sal ática—, y que

proteste su incapacidad para concebir a un dios como

un ser esférico y en rotación. Sin embargo, nunca

podrá apartarme de una creencia que aun él mismo

admite: él afirma que los dioses existen de acuerdo

con el principio de que necesariamente tiene que

existir alguna forma de ser de una prestancia

excepcional; ahora bien, es evidente que nada puede

ser más excelente que el mundo. Ni se puede tampoco

dudar de que un ser vivo dotado de sensación, razón e

inteligencia tiene que ser superior a un ser desprovisto

de estos atributos.

47. De donde se sigue que el mundo es un ser vivo y posee sensación, inteligencia y razón; y este argumento lleva a la conclusión de que el mundo es dios. Pero estas cosas se entenderán más fácilmente un poco más adelante, con la simple consideración de las cosas que el mundo produce.

CAPITULO 18

Mientras tanto, por favor, no nos hagas una exhibición

de la completa ignorancia de la ciencia que tiene tu

escuela. Afirmas que consideras un cono, un cilindro y

una pirámide más bello que una esfera. ¡Hasta un

nuevo criterio de juicio visual tenéis vosotros, los

epicúreos! Sin embargo, suponiendo que las figuras

que tú mencionas sean más bellas a la vista —aun

cuando, por mi parte, no las considero así, pues ¿qué

cosa puede ser más bella que la figura que abarca y

encierra en sí misma todas las demás figuras, la figura

que puede carecer de toda rugosidad y de todo

elemento molesto en su superficie, que puede carecer

de toda muesca o concavidad, de toda protuberancia o

depresión?—. Hay dos formas que superan a todas las

demás: entre los cuerpos sólidos la esfera —que

equivale al griego "sfaira"—, y entre las figuras planas

el círculo o circunferencia, "kyklos" en griego; pues

bien, solamente estas dos formas poseen la propiedad

de una absoluta uniformidad en todas sus partes, y de

que todos y cada uno de los puntos de su

circunferencia equidisten del centro; y nada puede ser

más adecuado que esto.

entender esto, porque nunca habéis llegado a tocar este

polvo erudito66, ¿ni siquiera pudisteis llegar a saber la

suficiente filosofía natural como para entender al

menos que el movimiento uniforme y la disposición

regular de los cuerpos celestes no podían haberse

mantenido con ninguna otra figura? Por eso nada

puede ser más acientífico que vuestra afirmación

favorita de que no es cierto que nuestro mundo mismo

sea esférico, puesto que es posible que tenga alguna

otra forma, y que existen números incontables de

mundos, todos de figuras distintas.

49. Epicuro, aunque hubiera llegado a aprender que

dos veces dos hacen cuatro, sin embargo no lo hubiera

dicho así; sino que ocupado en juzgar qué cosa es

buena para el paladar, se olvida de alzar sus ojos a lo

que Ennio llama "el paladar del cielo."

CAPITULO 19

Hay, en efecto, dos especies de cuerpos celestes, unos que se trasladan de este a oeste por caminos que no cambian, sin desviarse nunca lo más mínimo de su trayectoria, mientras que otros realizan dos revoluciones ininterrumpidas en los mismos caminos y trayectorias. Ahora bien, estos dos hechos son al mismo tiempo indicios del movimiento rotatorio del firmamento, que solamente es posible con una figura esférica, y de las revoluciones circulares de los cuerpos celestes. Y, en primer lugar, el sol, que es el principal entre todos los astros, se mueve de tal manera que primero llena las regiones de la tierra con una gran abundancia de luz y luego las deja a oscuras, una vez un lado y otra vez el otro; pues la noche es producida simplemente por la sombra de la tierra, que intercepta la luz del sol. Sus trayectorias diurna y nocturna tienen la misma regularidad. Asimismo el sol, acercándose ligeramente en un tiempo y alejándose levemente en otro produce una moderada variación de la temperatura. Pues el recorrido de unas trescientas sesenta y cinco revoluciones diurnas y una cuarta parte de una que realiza el sol completa el circuito u órbita de un año; y torciendo su recorrido unas veces hacia el norte y las otras hacia el sur el sol produce los veranos y los inviernos, y las dos estaciones que siguen, respectivamente, a la caída del invierno y a la caída del verano. Así, de los cambios de las cuatro estaciones proceden los orígenes y las causas de todos los seres vivos que son engendrados en la tierra y en el mar.

50. Por su parte, la luna, en sus recorridos mensuales,

alcanza la trayectoria del sol; y su luz decrece hasta el

mínimo a medida que más se acerca al sol, y crece

hasta el máximo a medida que va llegando al punto de

más alejamiento del sol. Y no solamente su figura y su

aspecto resultan alterados por su crecimiento y su

decrecimiento alternos o por su regreso al punto de

partida, sino también su posición en el firmamento,

que unas veces se halla al norte y otras veces al sur. El

curso de la luna tiene también una especie de solsticio

de verano y de invierno; y de ella emanan y fluyen

muchos elementos influyentes que alimentan a los

seres animados, estimulan su crecimiento y hacen que

los seres que brotan de la tierra florezcan y maduren.

CAPITULO 20

51 En sumo grado maravillosos son los

movimientos de las cinco estrellas, falsamente

llamadas planetas o estrellas errantes —porque no se

puede decir de una cosa que anda errante si conserva

durante toda una eternidad movimientos fijos y

regulares, hacia adelante, hacia atrás y en otras direcciones.

Y esta regularidad es sobre todo

maravillosa en el caso de las estrellas a que nos

referimos, porque unas veces se ocultan y otras veces

se muestran de nuevo; unas veces se acercan, otras se

retiran; unas veces van delante, otras veces van detrás,

unas veces se mueven más aprisa, otras más

lentamente, y aun otras veces no se mueven en

absoluto sino que permanecen estacionarias durante un

cierto tiempo. Sobre los diversos movimientos de los

planetas han basado los matemáticos lo que llamaron

el Gran Año68 , que es completado cuan do el sol, la

luna y las estrellas dichas o los cinco planetas, una vez

acabadas todas sus trayectorias, han vuelto a ocupar

las mismas posiciones relativas los unos respecto de

los otros.

52 La duración de este período es ardorosamente

debatida, pero tiene que ser necesariamente un tiempo

fijo y definido69. Pues el planeta llamado de Saturno,

cuyo nombre griego es "Fainon", que es el más

alejado de la tierra, completa su órbita en unos años y

en el curso de este período atraviesa un número

considerable de fases, acelerando unas veces y

retardando otras su velocidad, desapareciendo unas

veces al atardecer y reapareciendo luego por la

mañana, y sin embargo sin variar en el más mínimo

grado a través de toda la eternidad, antes bien

haciendo siempre las mismas cosas y en los mismos

tiempos. Por debajo de ésta y más cerca de la tierra se

mueve la estrella de Júpiter, llamada "Faetón"71, que

completa la misma órbita de los doce signos del

zodíaco en doce años, y sufre, durante su trayectoria,

las mismas variaciones que la estrella de Saturno.

53. La órbita que hay inmediatamente debajo de ésa es

la de "Pyroeis"72, llamada la estrella de Marte y ésta

recorre la misma órbita que los planetas que hay por

encima de ella en veinticuatro meses —creo— menos

seis días. Debajo de ésta está a su vez la estrella de

Mercurio —los griegos la llaman'' Stilbon" 73 —, que

completa la órbita del zodíaco en un período

aproximado de un año y nunca dista del sol más que el

espacio de un solo signo del zodíaco, aun cuando a

veces precede al sol y otras veces va tras él. El más

bajo de los cinco planetas y el más cercano a la tierra

es la estrella de Venus, llamada en griego "Fósforos"74

y en latín "Lucifer" cuando precede al sol, y "Hésperos"

cuando le sigue; este planeta completa su órbita

en un año, atravesando el zodíaco con un movimiento

en zigzag como hacen los planetas de encima de éste,

y sin distanciarse del sol nunca más del espacio de dos

signos del zodíaco, si bien unas veces por delante de él

y otras veces por detrás de él.

CAPITULO 21

54. Así pues, como esta regularidad en las estrellas,

esta exacta puntualidad a lo largo de toda la eternidad

a pesar de la gran variedad de sus trayectorias, me

resulta a mí incomprensible sin una inteligencia y un

designio racionales. Y si observamos estos atributos

en los planetas, no podemos dejar de catalogarlos en el

número de los dioses.

Por su parte, las llamadas estrellas fijas nos ofrecen

indicios de la misma inteligencia y sabiduría. Sus

revoluciones se repiten de la misma manera

diariamente con exacta regularidad; y no es que sean

arrastradas por el éter o que sus órbitas se hallen

adheridas al firmamento, como afirma la mayoría de la

gente desconocedora de la filosofía natural; porque el

éter no es de tal naturaleza que pueda sostener las

estrellas y hacerlas recorrer sus revoluciones gracias a

su propia fuerza, puesto que al ser tenue y traslúcido y

de un calor uniformemente difundido, el éter no

parece bien adaptado para contener las estrellas.

55. Por tanto, las estrellas fijas tienen una esfera que

es propia suya, separada del éter y no adherida a él.

Ahora bien, las continuas e incesantes revoluciones de

estas estrellas, tan maravillosa e in creíblemente

regulares como son, muestran clara mente que éstas

poseen un poder y una inteligencia divinos; de manera

que todo el que no sea capaz de darse cuenta de que

ellas mismas poseen la divinidad parecerá incapaz de

comprender absolutamente nada.

56 En los cielos, pues, no hay nada que sea casualidad

o azar, nada que sea error, frustración, sino orden

absoluto, verdad, cálculo y regularidad. Todo lo que

carece de estas cualidades, todo lo que es falso y

espurio y está lleno de error, pertenece a la región

comprendida entre la tierra y la luna —el último de

todos los cuerpos celestes— y a la superficie de la

tierra. Por consiguiente, todo aquel que piense que el

orden maravilloso y la in creíble regularidad de los

cuerpos celestes, que es la única fuente de

conservación y seguridad para todas las cosas, no es

racional, no puede él mismo ser considerado un ser

racional.

CAPITULO 22

Zenón, pues, da de la naturaleza la definición siguiente:

"la naturaleza—dice— es un fuego artesano,

que avanza metódicamente hacia la generación"75 .

Pues afirma que la función especial de un arte o un

oficio artesano es crear y engendrar y que lo que en

los procesos de nuestras artes se hace por medio de las

manos es hecho con una artesanía mucho más

depurada por la naturaleza76, es decir, como he dicho,

por este fuego "semejante a un artesano" que es el

maestro de las demás artes. Y según esta teoría,

mientras que cada departamento de la naturaleza es

"semejante al artesano", en el sentido de que tiene un

método o camino señalado que seguir.

58. La naturaleza del mundo mismo, que encierra y

contiene en su abrazo todas las cosas, es denominada

por Zenón no simplemente "semejante a un artesano",

sino realmente "artesana" 77, ya que planea y prevé la

obra de forma que sirva a su uso y propósito en todo.

Y así como las demás naturalezas son engendradas,

criadas y sustentadas cada una por obra de sus propias

semillas, así la naturaleza del mundo posee todos estos

movimientos por obra de la voluntad, así como también

los conatos y apetencias que los griegos llaman

"hormái", y sigue todas estas mociones con las

acciones adecuadas de la misma manera que hacemos

nosotros mismos, que experimentamos emociones y

sensaciones. Al ser tal la naturaleza del espíritu del

mundo, puede, pues, ser designada correctamente

como prudencia o providencia —en griego, en efecto,

se dice "prónoia"—; y esta providencia se dirige y se

centra principalmente en tres objetos, a saber, el

asegurar al mundo, primero, la estructura más

adecuada para la supervivencia; segundo, que no

carezca absolutamente de nada; y sobre todo, en fin,

que haya en él una belleza y un ornato total.

CAPITULO 23

59 Hemos hablado del mundo universal, y hemos

hablado también de los astros, de forma que tenemos

ya ante la vista una multitud de dioses que no están

ociosos, ni tampoco llevan a cabo sus actividades

propias con un trabajo fatigoso y molesto. Ellos, en

efecto, no poseen una estructura corporal hecha de

venas, músculos y huesos; ni consumen ellos esas

especies de alimentos que pudieran hacerles contraer

una condición o estado humoral demasiado fogoso o

demasiado indolente; ni poseen cuerpos que les

puedan hacer temer caídas o heridas, o el contraer

enfermedades por agotamiento de sus miembros —

temores estos que llevaron a Epicuro a inventar sus

insustanciales e inactivos dioses—.

60 Por el contrario, poseen una suprema belleza de

forma, están situados en la región más pura del

firmamento y controlan sus movimientos y

trayectorias de tal manera que parecen estar

conspirando a una para conservar y proteger al universo.

Sin embargo, otras muchas divinidades han sido con

toda razón reconocidos y mencionados por los

hombres más sabios de Grecia así como por nuestros

antepasados, divinidades cuyos nombres proceden de

los beneficios que ellas otorgan. Pues se pensó que

todo lo que es de una gran utilidad para el género

humano debe ser debido a la obra de la benevolencia

divina para con los hombres. Así a veces es una cosa

nacida de 78 un dios fue denominada con el nombre de

la divinidad misma; por ejemplo, cuando llamamos

Ceres al trigo, o Líber al vino, con lo que Terencio

dice: "Sin Ceres y sin Líber, Venus tiene frío".

61 En otros casos, alguna fuerza excepcional- mente

poderosa es ella misma designada como una divinidad,

como, por ejemplo, la Fidelidad y la Mente; en el

Capitolio podemos ver las capillas dedicadas a ellas

por Marco Emilio Scauro, habiendo sido la Fidelidad

divinizada ya anterior mente por Aulo Atilio Calatino.

Ves79 el templo de la Virtud, restaurado como templo

del Honor por Marco Marcelo, pero fundado muchos

años antes por Quinto Máximo, en tiempos de la

guerra Ligur. Asimismo, hay templos de la Riqueza, la

Salud, la Concordia, la Libertad y la Victoria, cosas

todas que, por ser tan poderosas que necesaria mente

implicaban la influencia divina, fueron ellas mismas

tratadas como dioses. En la misma categoría se han

divinizado los nombres de la Concupiscencia, del

Placer y de Venus Lubentina, nombres de cosas

viciosas, en verdad, y antinaturales —aun cuando

Velleio piense otra cosa—, pero que, sin embargo, con

su vehemencia a veces llegan a superar el instinto

natural.

62 Así, pues, aquellos dioses que fueron los autores de

diversos beneficios debieron su deificación al valor de

los beneficios por ellos conferidos; y los nombres que

he enumerado en último lugar expresan los diversos

poderes de los dioses que los llevan.

CAPITULO 24

Por otra parte, la vida humana y la costumbre general

adoptaron la práctica de conferir la divinización del

renombre y la gratitud a bienhechores distinguidos.

Este es el origen de Hércules, de Castor y Pólux, de

Esculapio, y también de Líber —me refiero a Líber el

hijo de Sémele, no al Líber a quien nuestros

antepasados solemne y devotamente consagraron con

Ceres y Libera, y cuyas características pueden

conocerse por los misterios; pero los hijos de Ceres

fueron llamados Libera y Líber porque nosotros

llamamos "liberi" a nuestros hijos, uso que se conserva

en el caso de Libera, pero no en el Líber—, y este es

también el origen de Rómulo, de quien se cree que es

el mismo que Quirino; todos estos bienhechores

fueron justamente considerados divinos, por ser en

sumo grado buenos a la vez que inmortales, ya que sus

almas sobrevivieron de una vida eterna.

63 También otra teoría, y esta científica, ha sido la

fuente de numerosas divinidades que, revestidas de

forma humana, proporcionaron leyendas a los poetas y

llenaron la vida del hombre de supersticiones de todas

clases. Este tema fue tratado por Zenón y más tarde

fue expuesto con mayor amplitud por Cleantes y

Crysippo. Por ejemplo, una antigua creencia

prevaleció por toda Grecia, a saber, la de que Cielo 80

fue mutilado por su hijo Saturno y de que el propio

Saturno fue encadenado por su hijo Júpiter.

64 Ahora bien, estas fábulas impías encierran una

teoría científica decididamente aguda. Su significado

era que el elemento más alto, el éter o fuego celestial,

que por sí mismo engendra todas las cosas, está

desprovisto de esta parte corporal que requiere la

unión con otra para la obra de la procreación.

CAPITULO 25

Por Saturno, a su vez, entendieron ese ser que

mantiene el curso y la revolución de las estaciones y

períodos de tiempo, la divinidad realmente llamada así

en griego, ya que el nombre griego de Saturno es

"Kronos", que es lo mismo que "jronos", espacio de

tiempo. El nombre latino Saturno, por otra parte, se

debe al hecho de que el dios está "saturado de años"81;

el mito dice que éste tenía el hábito de devorar a sus

propios hijos, significando con ello que el Tiempo

devora los siglos y se llena sin poderse saciar nunca de

los años que ya han pasado. Saturno fue encadenado

por Júpiter para que los cursos del Tiempo no

resultaran ilimitados y para sujetar a éste con las

ataduras de las estrellas. Pero el mismo Júpiter —el

nombre significa "el padre que ayuda", al que con un

leve cambio de forma llamamos Jove de "iuvare", ayudar;

los poetas lo llaman "padre de dioses y hombres",

y nuestros antepasados le dieron el título de "Óptimo

Máximo", poniendo el título de Óptimo, es decir, muy

benefactor, delante del de Máximo porque es algo

más grande y ciertamente más amable el beneficiar a

todos que el poseer grandes riquezas.

65. Es aquel a quien Ennio, como dije más arriba,

invoca diciendo:

"contempla esta candente bóveda celeste,

que todos invocan como Júpiter o Jove";

cosa que hace ahí con más claridad que en otro pasaje

suyo, en que dice:

"en cuanto en mí está maldeciré esto que luce,

sea lo que sea".

A él aluden también nuestros augures cuando dicen

"Júpiter fulgente y tonante"82 : quieren decir, en

efecto, "cuando el cielo relampaguea y truena".

Eurípides, entre otros muchos bellos pasajes, tiene esta

breve invocación:

"ves el ser sublime, difuso, ilimitado,

que estrecha en sus brazos la tierra con un tierno

abrazo piensa que este es el dios supremo,

piensa que este es Jove"

CAPITULO 26

66. El aire, situado entre el mar y el cielo, está

divinizado, según la teoría estoica, bajo el nombre de

Juno84, hermana y esposa de Júpiter, porque se parece

al éter y está íntimamente relacionado con él; lo

hicieron femenino y lo atribuyeron a Juno a causa de

su extremada blandura. —Yo creo, sin embargo, que

el nombre de Juno viene de "iuvare", ayudar—.

Quedaban el agua y la tierra para completar la mítica

distribución de los tres reinos. En consecuencia, e)

segundo reino, todo el amplio dominio del mar, fue

asignado a Neptuno, hermano de Júpiter, según

afirman; su nombre se deriva de "nare", nadar, con una

ligera modificación en las primeras letras y con el

sufijo que vemos en "Portunus' 85, que deriva de "portus",

puerto. Toda la masa y naturaleza de la tierra fue

dedicada al padre Dis —es decir, Dives, rico, igual

que entre los griegos "Plouton"—, porque todas las

cosas van a parar de nuevo a la tierra y nacen también

de la tierra. Se dice que éste se casó con Proserpina —

en realidad un nombre griego, ya que es la misma que

la diosa llamada "Perséfone" en griego—; creen que

ella representa la semilla de los cereales y cuentan que

ella fue ocultada y fue buscada por su madre.

67. La madre es Ceres, una corrupción de "Geres",

derivado de "gero", porque ella engendra las cosechas;

el mismo cambio accidental de la primera letra se ve

también en su nombre griego de "deméter", una

corrupción de "gemeter", "madre 'tierra". Mavors, a su

vez, procede de "magna verteré", "derribar lo grande",

mientras que Minerva significa o bien "la que

disminuye" o "la que amenaza"86.

quae vel minueret vel minaretur.

CAPITULO 27

Asimismo, puesto que el comienzo y el fin son las

partes más importantes de todos los asuntos, afirman

que Jano o "Ianus" es el jefe o príncipe en la ofrenda

de un sacrificio, procediendo su nombre de "ire", ir, de

donde también los nombres de "iani" para designar los

arcos de salida de los caminos, y de "ianuae" para

designar las puertas frontales de los edificios profanos.

Por su parte, el nombre de Vesta viene de los griegos,

ya que es la diosa que estos llaman "Hestia"; su poder

alcanza a los altares y a los hogares y por eso todas las

plegarias y todos los sacrificios acaban con esta diosa

porque ella es guardiana de las cosas más íntimas.

68. Estrechamente vinculados a esta función están los

Penates o dioses familiares, nombre que procede o

bien de "penus", que significa provisión de alimentos

humanos de toda clase, o bien del hecho de que moran

"penitus", en lo más recóndito de la casa, debido a lo

cual son llamados también "penetrales" por los poetas.

El nombre de Apolo es griego; dicen que él es el sol87,

y a Diana la identifican con la luna; la palabra "sol"

deriva de "solus", o bien porque "solo" el sol entre

todos los astros posee esa magnitud, o bien porque

cuando el sol sale todas las estrellas quedan

oscurecidas y "solo" él es visible; mientras que el

término "luna" procede de "lucere", brillar o lucir; es,

en efecto, la misma palabra que "Lucina", y por ello

en nuestro país Juno Lucina es invocada en los partos,

como lo es Diana en su sobrenombre de Lucífera88

entre los griegos. Se la llama también a esta Diana

"Omnívaga"89, no por cacerías, sino por ser

considerada uno de los siete planetas o estrellas

errantes.

69. Fue llamada Diana porque hizo una especie de

"día" en plena noche. Se la invoca para que asista al

nacimiento de los niños, porque el período de

gestación es o bien ocasionalmente de siete

revoluciones lunares, o más corrientemente de nueve

revoluciones de la luna, que son llamadas "menses",

meses, porque comprenden espacios de tiempo

medidos, "mensa". Timeo, en su historia, haciendo

gala de su especial habilidad, al narrar el incendio del

templo de Diana en Efeso en la noche misma en que

nacía Alejandro, añade la observación de que tal

hecho no tiene que causar sorpresa puesto que Diana

se hallaba ausente de su casa deseosa de asistir al parto

de Olympias. Nuestros compatriotas dieron a Venus su

nombre porque la diosa acudía o "venía" a todas las

cosas; su nombre no procede del término "venustas"

—belleza—, sino más bien "venustas" procede de

Venus.

CAPITULO 28

70. ¿Véis, pues, cómo de una válida y verdadera

filosofía de la naturaleza se ha llegado por evolución a

esos dioses fantásticos y ficticios? La perversión ha

sido la fuente de creencias falsas, crasos errores y

supersticiones apenas por encima del nivel de los

cuentos de viejas. Sabemos a qué se parecen los

dioses, qué edad tienen, conocemos sus vestiduras y

sus distintivos y también sus genealogías, sus uniones

matrimoniales y sus parentescos, y todo lo que se

refiere a ellos ha sido distorsionado de acuerdo con la

semejanza de la debilidad humana. Aparecen en

escena incluso con sus ánimos turbados por las

pasiones: oímos hablar, en efecto, de sus

enamoramientos, de sus aflicciones, de sus iras; según

los mitos, no faltaron entre ellos guerras y batallas, y

esto no solamente cuando, como ocurre en Homero,

dos ejércitos están en lucha y los dioses toman sus

posiciones en uno u otro e intervienen en su ayuda,

sino que de hecho sostuvieron también sus propias

guerras, por ejemplo, con los Titanes y con los

Gigantes. Estas leyendas y estas creencias están llenas

de necedad; y están llenas de insensateces y absurdos

de todas clases.

71. Pero, aun rechazando estos mitos con desprecio,

podremos, sin embargo, comprender la personalidad y

la naturaleza de las divinidades que llenan la

naturaleza de los diversos elementos, Ceres llenando

la tierra, Neptuno el mar, etc.; y es deber nuestro

reverenciar y venerar a estos dioses bajo los nombres

que el uso les ha conferido. Pero el mejor y también el

más puro, el más santo y el más piadoso modo de dar

culto a los dioses es siempre venerarlos con pureza,

sinceridad e inocencia, tanto de pensamiento como de

palabra. Pues la religión ha sido distinguida de la

superstición no solamente por los filósofos sino

también por nuestros antepasados.

72. Las personas que pasan los días enteros en la

plegaria y los sacrificios para asegurar que sus hijos

las sobrevivan han sido llamadas "supersticiones" —

de "superstes", superviviente—, y la palabra fue

adquiriendo con el tiempo un significado más amplio.

Por otra parte, los que revisaron cuidadosamente y por

así decir "releyeron" todo el saber ritual fueron

llamados "religiosos", de "relegere", releer, de la

misma manera que se dice "elegante" de "eligere",

elegir, "diligente" de "diligere", amar o cuidarse de, e

"inteligente" de "intellegere", entender; todas estas

palabras contienen, en efecto, el mismo sentido de

"elegir" o escoger que se halla presente en

"religioso"91 . De aquí los términos "supersticioso" y

"religioso" pasaron a ser términos de censura y

aprobación, respectivamente.

Y creo haber dicho ya bastante para probar la

existencia de los dioses y su naturaleza.

CAPITULO 29

73. A continuación he de demostrar que el mundo está

gobernado por la divina providencia. Esta es, sin duda,

una cuestión muy amplia; la doctrina es

ardorosamente impugnada por vuestra escuela, Cotta,

y esos son ciertamente mis principales adversarios

aquí. En cuanto a ti y tus amigos, Velleio, apenas si

entendéis el vocabulario de la cuestión; pues vosotros

solamente leéis vuestros propios escritos, y estáis tan

enamorados de ellos que dictáis sentencia contra todas

las demás escuelas sin haberles prestado ni la menor

atención ni haberlas oído. Por ejemplo, tú mismo nos

decías ayer92 que los estoicos presentan la "Prónoia" o

providencia a manera de una vieja hechicera vaticinadora;

esto se debe a vuestra errónea noción de

imaginar la providencia como una especie de divinidad

particular que rige y gobierna el universo. Pero,

de hecho, "providencia" es una expresión elíptica.

74. Cuando se dice "el Estado ateniense está

gobernado por el Consejo", se omiten las palabras "del

Areópago"; de la misma manera cuando hablamos del

mundo gobernado por la providencia, tienes que

entender las palabras "de los dioses", y debes entender

que la afirmación plena y completa sería "el mundo

está gobernado por la providencia de los dioses". Así

pues, esta gracia o sal, de que vuestra estirpe carece

del todo, no os empeñéis en gastarla riéndoos de

nosotros, y, por Hércules, si queréis hacer caso de mi

consejo, no lo intentéis siquiera; os cae mal, no tenéis

cualidades para ello y no podéis conseguirlo. Y esto, a

decir verdad, no tiene validez en tu caso concreto, ya

que tienes las maneras pulidas de tu familia y la

formación urbana de un romano; pero sí se aplica bien

a todos los demás de tu escuela, y de manera especial

al padre del sistema, una persona sin formación y sin

educación literaria, que insulta a todo el mundo, y

carece por entero de penetración, autoridad y encanto

o gracia.

CAPITULO 30

75. Declaro, pues, que el mundo y todas sus partes

fueron ordenados al comienzo y han sido gobernados

durante todo el tiempo por la providencia divina; esta

tesis nuestra escuela suele dividirla en tres secciones.

La primera se basa en el argumento que prueba que los

dioses existen; una vez concedido esto, tiene que

admitirse que el mundo es gobernado por su sabiduría.

La segunda demuestra que todas las cosas se hallan

bajo el influjo de una naturaleza dotada de sensación y

que el universo es llevado por ella de la forma más

bella; y, una vez demostrado esto, se sigue de ello que

el universo fue engendrado por causas primeras vivas.

La tercera sección se reduce al tópico de la admiración

que nos produce la maravilla de la creación celeste y

terrestre.

76. En primer lugar, pues, uno debe o bien negar la

existencia de los dioses, que es lo que de alguna

manera hace Demócrito cuando los representa como

"apariciones" y también Epicuro con sus "imágenes";

o bien, todo el que admite que los dioses existen, debe

concederles una actividad, y una actividad realmente

sobresaliente; ahora bien, nada puede ser más

excelente o sobresaliente, en el orden de las

actividades, que el gobierno del mundo; luego el

mundo es gobernado por la sabiduría de los dioses. Si

esto no es así, tiene que existir evidentemente algo

mejor y más poderoso que la divinidad, sea lo que sea,

bien una naturaleza inanimada o una necesidad que se

apresura con poderosa fuerza a crear los objetos

sumamente bellos que vemos.

77. En tal caso, pues, la naturaleza de los dioses no es

superior a todas las demás en poder, puesto que está

sometida a una necesidad o naturaleza que gobierna el

firmamento, el mar y la tierra. Ahora bien, de hecho

no existe nada que sea superior a la divinidad; se

sigue, pues, de ello que el mundo es gobernado por

esa; y, por tanto, la divinidad no obedece o está

sometida a ninguna forma de naturaleza, y en

consecuencia ella misma gobierna la naturaleza. Y si

concedemos que los dioses son inteligentes,

admitimos también la providencia divina, y una

providencia que se ejerce en cosas de la máxima

importancia. Por tanto, ¿ignoran acaso los dioses

cuáles son las cosas de mayor importancia y de qué

manera deben ser éstas dirigidas y protegidas, o

carecen de fuerza para emprender y llevar a cabo

obligaciones de tan vasto alcance? La ignorancia,

empero, es extraña a la naturaleza divina, y la

debilidad, con la consiguiente incapacidad para

cumplir con el oficio propio, de ninguna manera se

aviene con la majestad divina. Esto muestra nuestra

tesis de que el mundo es gobernado por la providencia

divina.

CAPITULO 31

78. Y del hecho de la existencia de los dioses —

suponiendo que existan, como ciertamente existen—,

se sigue necesariamente que ellos son seres vivos o

animados y no solamente seres animados o vivos sino

también dotados de razón y unidos entre sí en una

especie de comunidad social, gobernando el único

mundo como si fuera una unión confederada o un

estado.

79. De ello se infiere que ellos poseen la misma

facultad de razonamiento que la raza humana, y que

unos y otra gozan de la misma aprehensión de la

verdad y poseen una misma ley que impone lo que es

recto y rechaza lo que no lo es. De aquí se nos hace

evidente que la sabiduría y la inteligencia las han

sacado los hombres asimismo de los dioses; y esto

explica por qué nuestros antepasados divinizaron la

Mente, la Fidelidad, la Virtud y la Concordia, y por

qué erigieron templos a estas divinidades con fondos

públicos, y ¿cómo podría alguien negar dentro de la

lógica o el sentido común que estas cosas se hallan en

los dioses, cuando nosotros veneramos sus augustas y

santas imágenes? Y si la humanidad posee

inteligencia, fidelidad, virtud y concordia, ¿de dónde

pueden haber fluido estas cosas a la tierra como no sea

de los poderes superiores? Asimismo, puesto que

poseemos la sabiduría, la razón y la prudencia, los

dioses deben necesariamente poseerlas también en un

grado de mayor perfección, y no solamente deben

poseerlas sino también ejercitarlas en cosas gran

envergadura y valor.

80. Ahora bien, nada tiene mayor envergadura y valor

que el universo; se sigue, pues, de ello que el universo

es gobernado por la sabiduría y providencia de los

dioses. Finalmente, puesto que hemos demostrado de

manera concluyente la divinidad de esos seres cuyo

glorioso poder y luminoso aspecto contemplamos, me

refiero al sol, a la luna, a los planetas y a las estrellas

fijas, y también al firmamento y al mismo 'mundo, y a

toda esa poderosa multitud de objetos contenidos en

todo el mundo y que prestan grandes servicios y

beneficios a la raza humana, la conclusión que se

infiere es que todas las cosas son gobernadas por la

inteligencia y la sabiduría divinas. Y baste con esto

respecto de la primera sección del tema.

CAPITULO 32

81. A continuación he de demostrar que todas las

cosas se hallan bajo el influjo de la naturaleza y son

llevadas a su meta por ella de la manera más

excelente. Pero primero he de explicar brevemente el

significado del término "naturaleza" mismo, a fin de

hacer mi doctrina más fácilmente inteligible. Algunos

definen la naturaleza como una fuerza no racional que

causa movimientos necesarios en los cuerpos

materiales; otros la definen como una fuerza racional y

ordenada que avanza metódicamente y que despliega

claramente los medios que adopta para producir cada

resultado y el fin a que ella tiende, y al mismo tiempo

en posesión de un arte que ninguna realización de un

artista o artesano puede emular o reproducir; pues una

semilla, puntualizan ellos, tiene tal potencia que aun

siendo tan poca cosa en cuanto a tamaño, sin embargo,

si cae en alguna sustancia que la conciba y que la

envuelva y consigue material adecuado para fomentar

su nutrición y crecimiento-, modela y produce las

diversas criaturas según sus especies, unas destinadas

simplemente a absorber el alimento a través de sus

raíces, otras capaces de moverse, sentir, apetecer y

reproducir su propia especie.

82. Algunos pensadores, a su vez, denotan por el

término "naturaleza" la totalidad de la existencia —

Epicuro, por ejemplo, que divide la naturaleza de

todas las cosas existentes en átomos, vacío y los

atributos de éstos. Por otra parte, cuando nosotros

hablamos de la naturaleza como del principio de

sostenimiento y gobierno del mundo, no queremos

decir con ello que el mundo sea semejante a un terrón

de tierra, a un trozo de piedra o a cualquier otra cosa

de este tipo, que posee solamente93 el principio natural

de cohesión, sino semejante a un árbol o a un animal,

que no despliega o desarrolla una estructura fortuita o

casual, sino que muestra un orden y una cierta

semejanza de plan o designio.

CAPITULO 33

83 Pero si las plantas fijadas y enraizadas en la tierra

deben su vida y su vigor al arte de la naturaleza, sin

duda la tierra misma debe ser sostenida por ese mismo

poder, puesto que una vez ha sido fecundada por las

semillas da a luz de su vientre todas las cosas con

profusión y abundancia, nutre sus raíces en su seno y

hace que crezcan, mientras ella a su vez es nutrida por

elementos superiores y externos. Sus exhalaciones,

además, dan alimento al aire, al éter y a todos los

cuerpos celestes. Así, pues, si la tierra es sostenida y

vigorizada por la naturaleza, el mismo principio tiene

que aplicarse con razón al resto del mundo, pues las

plantas están enraizadas en la tierra, los animales se

sostienen respirando el aire y el aire mismo es nuestro

acompañante en la visión, la audición y la emisión de

sonidos, ya que ninguna de estas operaciones puede

ser realizada sin su ayuda; más aún, se mueve a una

con nosotros, pues adondequiera que vayamos o

movamos nuestros miembros, parece como si nos

cediera el lugar y se retirara ante nosotros.

84 Y aquellos objetos que se dirigen hacia el centro de

la tierra, que es su lugar más bajo, los que se mueven

desde el centro de la tierra hacia arriba y los que se

mueven circularmente en torno al centro, constituyen

la única naturaleza continua de! mundo. Por su parte,

la continuidad de la naturaleza del mundo está

constituida por las transmutaciones de los cuatro

géneros de materia. La tierra, en efecto, se vuelve

agua, el agua aire, el aire se transforma en éter y luego

el proceso se invierte y el éter se convierte en aire, el

aire en agua y el agua en tierra, el más bajo de todos.

Así, pues, la unión de las partes del mundo se mantiene

gracias al constante paso, hacia arriba y hacia

abajo, hacia un lado y hacia otro de estos cuatro

elementos de que todas las cosas están compuestas.

85 Y esta estructura del mundo debe ser o bien

sempiterna en esta misma forma en que la vemos, o

bien, en todo caso, extremadamente duradera y tiene

que estar destinada a permanecer durante un período

de tiempo casi inconmensurablemente largo. Sea cual

sea de las dos hipótesis la verdadera, se infiere de ello

que el mundo es gobernado por la naturaleza.

Considérese, en efecto; la navegación de una flota, la

instrucción y marcha de un ejército, o bien —

volviendo a los ejemplos toma dos de los procesos de

la naturaleza— la formación de los brotes en una viña

o un árbol, o incluso la figura y estructura de los

miembros de un animal: ¿acaso mostrarán alguna vez

un grado tal de arte en su naturaleza como el que

manifiesta el mundo mismo? Así, pues, o bien no hay

nada que sea gobernado por una naturaleza dotada de

sensación o bien hemos de admitir que el mundo es

gobernado de esta manera.

86 Y ciertamente, ¿cómo es posible que el universo,

que contiene en sí mismo todas las demás naturalezas

y sus semillas, no sea él mismo gobernado por la

naturaleza? Por tanto, si alguien afirmara que los

dientes del hombre o el pelo que hay en su cuerpo son

algo que crece naturalmente, pero que el hombre

mismo, a quien estas cosas pertenecen, no es un

organismo natural, no comprenden que las cosas que

producen algo que nace del interior de ellas mismas

tienen que poseer naturalezas más perfectas que las

cosas que son producidas por ellas.

CAPITULO 34

Pero el sembrador, el plantador y el progenitor, por así

decir, de todas las cosas que gobierna la naturaleza, su

educador y encargado de nutrirlas, es el mundo; el

mundo da alimento y sostenimiento a todas las cosas,

como si fueran sus miembros o partes. Ahora bien, si

las partes del mundo son gobernadas por la naturaleza,

el mundo mismo debe necesariamente ser gobernado

por la naturaleza. Y el gobierno del mundo no contiene

nada que pueda ser censurado; dados los elementos

existentes, lo mejor que podría producirse a partir de

ellos ha sido producido.

87. Que alguien demuestre, pues, que podría haber

sido mejor. Pero nadie demostrará esto nunca y

cualquiera que intente mejorar algún detalle o bien lo

empeorará o bien estará pidiendo una mejora

imposible en la naturaleza de las cosas.

Y si la estructura del mundo en todas sus partes es tal

que no podría haber sido mejor ni en cuanto a utilidad

ni en cuanto a belleza, consideremos si esto es

resultado del azar, o bien si, por el contrario, las partes

del mundo se hallan en tales condiciones que

seguramente no podrían haber formado un todo

coherente de no estar controladas por una inteligencia

y por la providencia divina. Si, pues, los productos de

la naturaleza son mejores que los del arte y si el arte

no produce nada sin la ayuda de la razón, tampoco se

puede pensar que la naturaleza carezca de razón.

Cuando ves una estatua o una pintura, reconoces allí la

mano o presencia del arte; cuando ves a distancia

marchar una nave no vacilas en suponer que su

movimiento es guiado por la razón y por el arte;

cuando miras a un reloj de sol o a una clepsidra,

infieres que eso te indica el tiempo gracias al arte y no

por casualidad; ¿cómo puede, pues, ser lógico o consecuente

suponer que el mundo, que incluye en sí las

obras de arte de que hablamos, los artífices que las

hicieron, y cualquier otra cosa además, pueda carecer

de plan y razón?

88. Imagina que un viajero lleva a Escitia o a Britania

el planetario que recientemente ha construido nuestro

amigo Posidonio, ese planetario que en cada

revolución reproduce los mismos movimientos del sol,

la luna y los planetas que se producen realmente en el

firmamento cada veinticuatro horas, ¿habría un solo

bárbaro que dudara de que dicho planetario era obra

de un ser racional?

CAPITULO 35

Estos pensadores, con todo, plantean dudas acerca del

mundo mismo, del que todas las cosas nacen y del que

tienen su ser y discuten sobre si es producto del azar o

de una necesidad de alguna clase, o bien de la razón e

inteligencia divinas; estiman o valoran en más la

realización de Arquímedes al construir un modelo de

las revoluciones del firmamento que la realización

misma de la naturaleza al crearlas, a pesar de que la

perfección del original muestra un arte muchas veces

superior al de la imitación.

89. Es el mismo caso del pastor aquel que aparece en

Accio94 , que nunca antes había visto ninguna nave y

que, al contemplar a distancia, desde la cumbre de su

montaña, aquel nuevo vehículo de los Argonautas,

construido por los dioses, en su primer sentimiento de

admiración y temor, exclama:

"una mole tan grande se desliza desde alta mar

bramando con gran estrépito de viento:

hace rodar las olas delante de ella,

forma remolinos con su fuerza,

corre lanzada hacia adelante, bufa y esparce espuma;

unas veces se creería que una nube tormentosa rota

gira,

otras que una roca es lanzada hacia lo alto, impelida

por vientos y tormentas,

o que una manga de agua en remolino

se alza del choque de una ola en lucha con la otra,

a menos que sea una calamidad terrestre que provocó

el océano,

o Tritón acaso, arrancando con el tridente

las raíces de las cavernas que hay debajo del ondulante

mar,

 

lanzando al cielo desde lo hondo una rocosa mole".

Primero duda de que aquella naturaleza desconocida

que ve pueda existir; y luego, una vez ha visto a los

jóvenes y ha escuchado su canto marinero, sigue

diciendo:

"veloces y ágiles, tropiezan con la proa los

delfines",

y otras muchas cosas por el estilo, como

"semejante a la tonada de Silvano, llega a mis oídos

un cantar".

90. Pues bien, de la misma manera que el pastor,

cuando vio la nave por vez primera, piensa estar

viendo un objeto sin vida e inaminado, pero luego es

inducido por más claras señales a comenzar a

sospechar la verdadera naturaleza de aquello sobre lo

cual en un comienzo se había sentido inseguro, así

también les debió ocurrir a los filósofos; si por

casualidad la primera mirada dirigida al mundo los

dejó perplejos, luego, una vez hubieron visto sus

movimientos definidos y regulares, y todos sus fenómenos

controlados por un sistema fijo y una

uniformidad inmutable, infirieron de ello la presencia

no simplemente de un habitante de esta morada

celestial y divina, sino también la de un rector y

gobernante, algo así como el arquitecto de esta obra

tan enorme y monumental.

CAPITULO 36

De hecho, empero, me parece a mí que ni tan siquiera

sospechan las maravillas de la creación celestial y

terrestre.

91. En primer lugar, en efecto, la tierra, que se halla

situada en el centro del mundo, está rodeada por todas

partes por esta sustancia viviente y respirable

denominada aire. Aire o "aer" es una palabra griega,

pero aun así ha sido ya admitida en nuestros días por

nuestra raza, de forma que de hecho es corriente ya

como si fuera latina. El aire, a su vez, está rodeado o

abrazado por el éter inconmensurable, que está

constituido por las porciones más elevadas de fuego.

El término "éter" podemos también tomarlo de

prestado y emplearlo, igual que en el caso del "aire",

como un término latino, si bien Pacuvio ofrece a sus

lectores una traducción:

"eso de que hablo lo llamamos nosotros cielo, los

griegos lo llaman éter",

¡como si el hombre que decía esto no fuera griego!

"Pero está hablando en latín", dirá alguien.

Exactamente, si no queremos suponer que le estamos

oyendo hablar en griego; él mismo nos dice en otro

lugar:

"nacido griego: mi lenguaje lo descubre así".

92. Pero volvamos a cuestiones más importantes. Del

éter brotan luego los fuegos innumerables de los

astros, cuyo príncipe es el sol que ilumina todas las

cosas con la luz más brillante, y es muchas veces más

grande y extenso que la tierra entera; y luego de él las

demás estrellas de inmedibles magnitudes. Y esos

inmensos e incontables fuegos no solamente no causan

daño a la tierra y a las cosas terrestres, sino que son de

hecho beneficiosos, si bien lo son de tal manera que si

sus posiciones quedaran alteradas, la tierra resultaría

inevitable mente abrasada del todo por tan enormes

volúmenes de calor, al perder éstos todo control y

moderación.

CAPITULO 37

93. Al llegar a este punto, ¿no me habré de sor

prender de que haya alguien que pueda estar

personalmente convencido de que existen ciertas partículas

de materia, sólidas e indivisibles, arrastradas

por la fuerza de la gravedad y de que la colisión o

choque fortuito de estas partículas produce este mundo

tan elaborado y bello? Yo no puedo entender por qué

el que considera posible que esto haya ocurrido no

pensará también que si un número incontable de

copias de las veintiuna letras del alfabeto, hechas de

oro o de lo que quiera, fueran echadas juntas en un

receptáculo y fueran luego agitadas y echadas al suelo,

había de ser muy posible que ellas formaran los

Annales de Ennio, completamente a punto para el

lector. ¡Yo dudo incluso de que el azar pueda tener

éxito en la constitución de un único verso!

94. Así y todo, según la afirmación de esos, a base de

partículas de materia que carecen de calor, que

carecen de toda cualidad —el término griego es

"poiotes" —, que carecen de sensación, pero que

chocan entre sí al azar y de manera fortuita, ha

aparecido el mundo en su plenitud o, mejor aún, un

número incalculable de mundos, de los que unos están

siendo producidos y otros están pereciendo a cada

instante del tiempo; esto supuesto, si el choque de los

átomos puede crear un mundo, ¿por qué no puede

producir un pórtico, un templo, una casa, una ciudad,

siendo así que estas cosas son menos y, en verdad,

mucho menos difíciles de hacer? Ciertamente, se

dedican con tanta temeridad a decir tonterías acerca

del mundo que llego a tener la impresión de que ellos

no han levantado nunca su mirada hacia este cielo tan

sorprendentemente bello —que es el tema que he de

tratar a continuación—. Así, pues, dice Aristóteles con

gran brillantez.95

95. Si hubiese seres que siempre hubieran vivido

debajo de la tierra, en mansiones confortables y bien

iluminadas, decoradas con estatuas y pinturas y

provistas de todos los lujos de que gozan las personas

consideradas sumamente felices, y que, aun cuando

nunca hubieran salido por encima del suelo hubieran

sabido por relaciones y por referencias de oído que

existían ciertas divinidades o poderes divinos: si

luego, en cierto momento, las mandíbulas de la tierra

se abrieran y dichos seres pudieran escapar de su

mansión oculta y salir a las regiones que nosotros

habitamos, en cuanto ellos tuvieran de repente la

visión de la tierra, los mares y el firmamento, y

llegaran a tener conocimiento de las nubes enormes y

los vientos poderosos, y contemplaran el sol, y se

dieran cuenta no sólo de su tamaño y belleza sino

también de su potencia al ser causa del día

difundiendo su luz por todo el cielo, y una vez la

noche hubiera oscurecido toda la tierra, vieran ellos

entonces todo el firmamento moteado y adornado de

estrellas, las fases cambiantes de la luz de la luna, unas

veces creciente y otras decreciente, las salidas y

puestas de todos estos astros, sus órbitas fijas e

inmutables a través de toda la eternidad: cuando ellos

vieran todas estas cosas, sin duda pensarían que los

dioses existen y que todas estas obras magníficas eran

suyas.

CAPITULO 38

96. Hasta aquí Aristóteles; por nuestra parte,

imaginemos una oscuridad tan densa como aquella

que se dice cubrió en una ocasión las comarcas

vecinas con motivo de una erupción del volcán Etna,

de manera que durante dos días, nadie podía reconocer

a nadie y cuando al tercer día brilló sobre ellos el sol,

sintieron como si hubieran comenzado a vivir de

nuevo: pues bien, supongamos que después de haber

prevalecido la oscuridad desde el comienzo del tiempo

nos ocurriera a nosotros de manera semejante, que

contemplábamos de repente la luz del día: ¿qué

pensaríamos nosotros del esplendor de los cielos?

Pero, el hecho de que estas cosas ocurran a diario y el

hábito que ello crea familiarizan nuestros espíritus con

esta visión, y no sentimos ninguna sorpresa o

curiosidad respecto de las razones de las cosas que

vemos siempre: como si fuera la novedad y no más

bien la importancia de los fenómenos lo que debiera

incitarnos a averiguar sus causas.

97. ¿Quién no negaría el nombre de ser humano a un

hombre que viendo los movimientos regulares del

cielo, el orden fijo de las estrellas y la exacta

interconexión e interrelación de todas las cosas, fuera

capaz de negar que estas cosas poseían algún plan

racional, y fuera capaz de mantener que estos

fenómenos, en cuyo orden hay una sabiduría que

trasciende nuestra sabiduría y capacidad intelectiva,

tienen lugar por obra del azar? Cuando vemos algo

que se mueve gracias a un ingenio o maquinaria, como

un planetario o un reloj o muchas otras cosas por el

estilo, no dudamos de que son obra de la razón; por

consiguiente, al contemplar al ritmo todo del cielo,

moviéndose en rotaciones de sorprendente velocidad,

y realizando con exacta regularidad los cambios

anuales de las estaciones con la más absoluta

seguridad y salubridad para todas las cosas, ¿cómo

podemos dudar de que todo esto es realizado no

solamente por una razón, sino por una razón que es

trascendente y divina?

98. Podemos, en efecto, ahora, dejando a un lado las

sutilezas de la discusión, contemplar de alguna manera

la belleza de todas esas cosas que decimos han sido

creadas por la providencia divina.

CAPITULO 39

Contemplemos, primero, la tierra toda, situada en el

centro del mundo, una masa esférica sólida,

conglomerada en forma de globo por la gravitación

natural de todas sus partes, vestida de flores, de

césped, de árboles y granos, de formas de vegetación

todas increíblemente numerosas e inagotablemente

variadas y diversas. Añádase a esto las fuentes frías

que siempre manan, los ríos y corrientes de agua

transparentes, sus riberas vestidas del más

esplendoroso verdor, las altas bóvedas de las cavernas,

las rocas erizadas, las enhiestas cimas de las montañas

y los inmensos llanos; y añade también a esto las

venas ocultas de oro y plata, y la ilimitada abundancia

de mármol.

99. ¡Cuántas y Cuán variadas especies de animales,

salvajes o mansos! ¡Qué vuelos y qué cantos en las

aves! ¡Qué pastizales de ganado! ¡Qué vitalidad y

fecundidad en los bosques! ¿Y qué decir de la raza

humana? Los hombres son como los cultivadores

natos del suelo, y no sufren que ella se convierta en

una guarida salvaje de las fieras o en un erial estéril de

zarzas y malezas; y, con sus trabajos, diversifican y

adornan los campos, las islas y las costas con casas y

ciudades. Si pudiéramos ver estas cosas con los ojos

de la misma manera que las vemos con la mente,

nadie, a la vista de la tierra toda, pondría en duda la

existencia de la razón divina.

100. ¡Cuán grande es, por otra parte, la belleza del

mar! ¡Qué maravillosa a la vista su enorme ex

tensión! ¡Cuántas y Cuán diversas sus islas! ¡Qué

belleza en sus costas y playas! ¡Cuán numerosas y

Cuán distintas las especies de animales marinos, de los

que unos viven en las profundidades del mar, otros

flotan y nadan en la superficie, otros se ad hieren con

sus propias conchas a las rocas! El mar mismo,

suspirando vivamente por la tierra, juega contra sus

playas de tal manera que los dos elementos parecen

fundidos en uno.

101. Luego el aire, en el confín del mar, experimenta

las alternancias del día y la noche, y unas veces se

levanta hacia lo alto fundido y enrarecido, otras veces

se condensa en nubes y se comprime y, recogiendo

humedad, enriquece la tierra con lluvias, y aun otra

veces, fluyendo de acá para allá, forma los vientos.

Asimismo, da lugar a las variaciones anuales de frío y

calor, y asimismo, sostiene el vuelo de las aves e,

inhalado por medio de la respiración, nutre y sostiene

la raza animal.

CAPITULO 40

Nos queda el elemento que más distante está y más

altamente alejado de nuestras mansiones, el círculo del

firmamento que todo lo ciñe y todo lo delimita,

llamado también éter, la costa más alejada y la

frontera del mundo, donde esas figuras ígneas

sumamente maravillosas trazan sus ordenadas

trayectorias.

102. De éstas, el sol, que supera a la tierra muchas

veces en magnitud, gira en torno a ella, y con su salida

y su puesta determina el día y la noche, y acercándose

unas veces y retirándose otras de nuevo, dos veces por

año efectúa retornos en direcciones opuestas desde su

punto más alejado y en el transcurso de esos retornos

hace una vez que la faz de la tierra haga como que se

contrae en un tenebroso enfado o pesadumbre, y la

otra le devuelve su alegría hasta el punto de parecer

que ella ríe a una con el cielo.

103 Por su parte, la luna, que es según demuestran los

matemáticos o astrónomos de un tamaño igual a más

de la mitad de la tierra, se mueve por los mismos

espacios que el sol, pero unas veces converge con él y

otras diverge de él y envía a la tierra la luz que ella ha

recibido del sol, al tiempo que experimenta ella misma

diversos cambios de su luz, y asimismo unas veces

está en conjunción con el sol y lo oculta, oscureciendo

la luz de sus rayos, y otras veces entra ella misma en

la sombra que proyecta la tierra, situándose en un

lugar opuesto al del sol y, debido a la interposición e

interferencia de la tierra, repentinamente se apaga. Y

las llamadas estrellas errantes o planetas recorren las

mismas órbitas en torno a la tierra, y se levantan y se

ponen de la misma manera, con movimientos unas

veces acelerados, otras veces retarda dos y aun a veces

cesando por completo de moverse.

104 Nada puede ser más maravilloso o más bello que

este espectáculo. Viene luego la inmensa multitud de

las estrellas fijas, agrupadas en constelaciones tan

claramente definidas que han recibido nombres

derivados de la semejanza que tienen con objetos que

nos son familiares.

CAPITULO 41

—Voy a utilizar los poemas de Aratos97, tal como tú

mismo los tradujeras cuando eras aún muy joven, los

cuales, a causa de su lenguaje latino, me agradan tanto

que guardo muchos de ellos en mi memoria.

Pues bien, como continuamente vemos con nuestros

propios ojos, sin ningún cambio o variación,

Con raudo giro los celestes astros

Llevan en pos las noches y los días.

105. y nadie que guste de contemplar la uniformidad

de la naturaleza, nunca puede saciarse de mirarlos.

"el vértice más alejado de cada parte del eje se llama

polo".

En torno al círculo polar, las dos Osas, que nunca se

ponen:

occidentes.

"de éstas llaman los griegos a la una Cynosura98, y a la

otra: Hélix"99 ; y de las estrellas sumamente brillantes

de esta última, las cuales vemos durante toda la noche,

de estas digo

"que los nuestros solieron llamarlas siempre 'Septem

Triones'".

106. Y la pequeña Cynosura consta de un número

igual de estrellas agrupadas de manera semejante, y

gira en torno al mismo polo:

De ésta fían su suerte los Fenicios

En el profundo mar: ella los guía,

En tenebrosa noche; pero luce

Más fulgida y distinta la primera,

Irradiando a lo lejos su corona;

Mas la pequeña al navegante es útil,

Porque en curso interior y breve círculo

Su movimiento lleva.

CAPITULO 42

Y asimismo, para exaltar más aún la belleza de estas

constelaciones, "entre ellas, como un río que corre

raudamente, se arrastra la Serpiente torva, torciéndose

en lo alto y en lo bajo, y enroscándose en sinuosas

curvas su cuerpo de reptil".

107. Su aspecto todo es muy notable, pero la parte que

en ella más llama la atención es la forma de su cabeza

y el fulgor de sus ojos: sus sienes están señaladas por

un doble fulgor, y de sus crueles ojos brotan dos

ardientes luces, y su mentón reluce con una sola

refulgente estrella; su cabeza está inclinada, y su grácil

cuello está torcido, como con la vista fija en la cola de

la Gran Osa".

108. Y mientras que el resto del cuerpo de la Serpiente

o Dragón es visible durante toda la noche,

"su cabeza, de pronto y un instante, se sumerge en el

mar, donde su salida y su ocaso en un solo punto se

confunden".

Como imagen llorosa, vaga en torno

La que llaman los Griegos Eugonasis.

Porque está sustentada en sus rodillas;

Orna su espalda que el dolor abate,

De espléndido fulgor una corona.

109. Cerca de su cabeza vemos la Anguitenens,

que llaman los Griegos Ophiucho:

Con ambas manos a la sierpe oprime,

Que religa su cuerpo y le sujeta,

Cercando del varón el firme pecho;

Pero él la huella con potente brío,

Y oprime con los pies ojos y pecho

Del rápido Nepao.....

Luego de los "Septentriones" viene

Arctophilax. que llaman el boyero,

Que por la lanza de su carro unida

Lleva ante sí la Osa.

A éstas siguen otras estrellas:

110. Fija bajo la entraña del Bootes

Está la estrella de radiante lumbro,

Insigne con el nombre de Arturo,

y debajo de sus pies se mueve

la Virgen, de cuerpo esplendoroso,

sosteniendo la luciente espiga".101

CAPITULO 43

Y las constelaciones están tan cuidadosamente espaciadas

que su inmensa y ordenada disposición es

una evidente manifestación del arte de un creador

divino:

"Junto a la cabeza de la Osa,

podrás ver los Gemelos,

y el Cangrejo debajo de su vientre,

y a los pies de éste el gran León,

que emite su temblorosa llama."

El Auriga

"se moverá escondido

bajo el costado izquierdo de los Gemelos;

frente a él está Hélix, con su aspecto fiero;

y a su hombro izquierdo

se asoma la Cabra luminosa".

[Y luego lo que sigue102 ]:

"y es esta una constelación grande y brillante,

mientras que las Cabrillas vierten

sobre los hombres una luz exigua".

Debajo de sus patas,

"se agacha el cornudo Toro

con su enorme cuerpo"

estrellas:

"los griegos las solieron llamar Hyadas",

porque traen la lluvia —y en griego llover se dice

"hyein"—, mientras que los nuestros torpemente las

llamaron Lechoncillos, como si el nombre de Hyadas

derivara de la palabra "cerdo" y no de "lluvia".

Al Septentrión Menor le sigue Cefeus, con sus manos

abiertas y extendidas:

"pues él da vueltas

junto a la espalda misma de la Osa Cynosura".

A este le antecede

"Casiopea, con sus estrellas de oscuro aspecto,

y junto a ella gira, con rutilante cuerpo,

la triste Andrómeda, eludiendo la vista de su madre.

El vientre del Caballo toca su cabeza,

lanzando con orgullo a lo alto su brillante crin;

una estrella común mantiene unidas sus figuras,

deseosa de anudar un nudo eterno entre las dos

constelaciones.

Cerca de ellas está Aries103, con su retorcida cuerna";

y luego de él

"se deslizan los Peces, uno en trecho por delante,

tocando más de cerca los horrorosos vientos de

Aquilón".

CAPITULO 44

112. A los pies de Andrómeda se esboza la figura

de Perseo,

"a quien en el cénit atacan los vientos aquilones"

y junto a él.

"a su rodilla izquierda, situadas a ambos lados,

verás las diminutas Pléyades con su luz tenue.

Y, levemente oblicua, se ve luego la Lira,

y luego el Ave alada, bajo el dosel inmenso de los

cielos".

Cerca de la cabeza del Caballo está la mano diestra de

Acuario, y luego toda la figura de éste.

Luego, exhalando de su fuerte pecho un frío helado,

viene Capricornio, medio fiera en su cuerpo, en una

gran órbita;

vestido con una luz perpetua por Titán,

desvía su carro para remontar el cielo del invierno."

113. Aquí se ve

"como sale, mostrándose en lo alto, el Escorpión,

llevando con su fuerte cola el curvado Arco;

cerca de él, apoyado en sus alas, gira el Ave,

y cerca de ésta vuela el Águila, llameante el cuerpo".

Luego el Delfín,

"y luego brilla Orion, de cuerpo oblicuo".

114. Siguiendo a éste

"el luminoso Can brilla radiantemente".

Después de él viene la Liebre,

"que nunca se fatiga de su veloz carrera y no descansa;

en la cola del Can, se mueve serpeante Argo.

Aries cubre a ésta, y los Peces de escamoso cuerpo,

y el luminoso pecho de ella toca del Río las

riberas."105

Verás su corriente deslizarse y manar largamente,

"y en el cénit verás las Cadenas,que atan a los Peces,

colgando de su colas.

Verás después, junto al brillante aguijón del

Escorpión,

el Ara, acariciada por el suave respirar del Austro."

Y cerca de allí el Centauro,

"avanza aprisa para unir por debajo de sus Garras las

partes del Caballo.

Y alargando su diestra, que coge al gran cuadrúpedo,

camina a grandes pasos hacia el Ara brillante;

aquí, desde sus infernales partes, se alza la Hydra,"

con su cuerpo ampliamente desparramado;

"y en medio de su seno refulge luminosa la Crátera,

mientras que, apoyado en su cola, el emplumado

Cuervo

la picotea con su pico; y allí, junto a los mismos

Gemelos,

se halla el Ante-Can, 'prokyon' llamado por los

griegos."

115. ¿Puede alguna persona que esté en su sano juicio

creer que esta estructura toda de estrellas y esta

enorme decoración celeste pudo ser creada a partir de

unos átomos que corren de acá para allá de manera

fortuita y al azar? ¿Pudo acaso haber creado esas cosas

algún otro ser desprovisto de inteligencia y razón? Su

creación no solamente postula la inteligencia, sino que

es imposible entender su naturaleza sin una

inteligencia de un orden muy superior.

CAPITULO 45

Pero, no solamente son maravillosas estas cosas, sino

que no hay nada más notable que la estabilidad y

coherencia del mundo, que es tal que resulta imposible

ni siquiera imaginar algo mejor dispuesto para

perdurar. Pues todas sus partes, en cualquier dirección

que se muevan, gravitan hacia el centro con una fuerza

o presión uniforme. Además, los cuerpos qué están

unidos mantienen su unión de la manera más

permanente cuando poseen algún vínculo que los ciñe

o rodea para mantenerlos atados; y esta función es

cumplida por esa sustancia racional e inteligente que

impregna al mundo entero como causa eficiente de

todas las cosas y que arrastra y reúne las partículas

más exteriores en dirección al centro.

116. Por eso, si el mundo es redondo y, por tanto,

todas sus partes se sostienen por sí mismas y entre sí

en un equilibrio universal, lo mismo tiene que ocurrir

en la tierra, de forma que todas sus partes tienen que

converger hacia el centro —que en una esfera es el

punto más bajo— sin que nada rompa la continuidad y

amenace así con la disolución su vasto complejo de

fuerzas y masas gravitatorias. Y, según el mismo

principio, el mar, aunque situado por encima de la

tierra, busca sin embargo el centro de la tierra y tiene

así la forma de una esfera por todas partes uniforme, y

nunca inunda sus orillas y se desborda.

117. Su vecino, el aire, se dirige, es verdad, hacia

arriba a causa de su ligereza, pero al mismo tiempo se

extiende o difunde horizontalmente en todas

direcciones; y así, estando en contacto con el mar y

unido a él, tiene una tendencia natural a elevarse hacia

el firmamento y, recibiendo con ello una mezcla de la

sutileza y del calor del firmamento, proporciona a los

seres vivos el aliento vital y saludable. El aire está

abarcado por la parte más elevada del firmamento,

denominada la parte etérea; ésta conserva su propio

tenue calor sin que lo hiele ninguna mezcla, y se une a

la superficie exterior del aire.

CAPITULO 46

En el éter las estrellas giran en sus órbitas; éstas

conservan su forma esférica gracias a su propia gravitación

interna, y conservan asimismo sus movimientos

gracias a su misma forma y conformación;

son en efecto, esféricas, y es la figura que, como creo

haber dicho antes,106 menos expuesta está a ser

dañada.

118. Ahora bien, las estrellas son de una sustancia

ígnea y por esta razón son nutridas por los vapores de

la tierra, del mar y las corrientes de agua, vapores que

hace subir el sol desde los campos y las corrientes de

agua que él calienta; y una vez se han nutrido y

renovado por obra de estos vapores, las estrellas y

también el éter todo, se desprenden nuevamente de

ellos, y luego una vez más los sacan de la misma

fuente, sin perder nada de su materia, o solamente una

parte sumamente pequeña que es consumida por el

fuego de las estrellas y la llama del éter. A

consecuencia de esto, según lo cree nuestra escuela,

aunque se suele decir que Panecio dudó de la doctrina

ésta, finalmente se producirá una conflagración de

todo el mundo, porque cuando toda la humedad se

haya agotado, ni la tierra podrá alimentarse, ni el aire

continuará fluyendo, por ser incapaz de subir hacia lo

alto, luego de haberse bebido toda el agua; así no quedará

nada más que el fuego, por obra del cual, en

cuanto ser vivo y divino, puede una vez más ser

creado un nuevo mundo y el universo ordenado puede

ser restaurado en su primer estado.

.

119. No quisiera que pensarais que me demoro

demasiado en la astronomía, y en especial en el

sistema de las estrellas llamadas planetas; éstos, con

los movimientos más diversos, trabajan en una

armonía mutua tal que el más alto de todos, Saturno,

tiene una influencia refrigeradora, el del medio, Marte,

da calor, el que está entre ellos, Júpiter, da luz y un

calor moderado, mientras que los dos que hay por

debajo de Marte obedecen al sol, y el sol mismo llena

todo el mundo de Luz, e ilumina asimismo a la luna,

que es la fuente de la concepción, del nacimiento, del

crecimiento y de la maduración. Si hay algún hombre

que no se sienta impresionado por esta coordinación

de las cosas y esta armoniosa combinación de la

naturaleza en orden a asegurar la conservación del

mundo, tengo la más completa seguridad de que nunca

ha prestado la más mínima atención a estas cuestiones.

CAPITULO 47

120. Pasando ahora de las cosas celestiales a las

terrestres, ¿qué hay entre estas últimas que no manifieste

claramente el plan racional de un ser inteligente?

En primer lugar, en la vegetación que brota de

la tierra, los troncos o tallos dan estabilidad a las

partes que sostienen y absorben del suelo la savia que

nutra las partes contenidas en las raíces; y los troncos

están recubiertos de cortezas de varios tipos para

protegerlos mejor contra el frío y el calor. Las vides,

por su parte, se adhieren a sus rodrigones con sus

zarcillos como si fueran manos y de esta manera se

mantienen erectas como animales. Más aún, se dice

que, si son plantadas cerca de las berzas o coles, las

huyen y evitan si fueran cosas pestilentes o nocivas y

no las tocan en ningún punto.

121. ¡Qué variedad hay, asimismo, entre los animales,

y qué capacidad poseen ellos para mantenerse cada

uno dentro de su propia especie! Unos están

protegidos por pieles coriáceas, otros están vestidos de

lana, otros están erizados de espinas; vemos a unos

cubiertos de plumas, a otros de escamas; unos están

armados de cuernos y otros tienen alas para poder huir

de sus enemigos. La naturaleza, sin embargo ha dado

con generosa abundancia a cada especie aquel

alimento que es adecuado para ella.

Podría mostrar detalladamente qué medios han sido

dados a cada forma animal para apropiarse y asimilar

este alimento, cuán ingeniosa y apta es la disposición

de las diversas partes, qué maravillosa es la estructura

de los miembros. Pues todos los órganos, al menos los

que se encuentran en el interior del cuerpo, están

formados y colocados de tal manera que ninguno de

ellos es superfluo o innecesario para la conservación

de la vida.

122 Pero la naturaleza ha otorgado también a los

animales la sensación y el apetito, lo uno para

provocar en ellos el impulso a adueñarse de sus

alimentos naturales, lo otro para que sean capaces de

distinguir las cosas nocivas de las cosas saludables.

Por otra parte, unos animales se acercan a su alimento

caminando, otros reptando, otros volando, otros

nadando; y unos cogen su alimento abriendo la boca y

con los mismos dientes, otros lo apresan en sus garras,

otros con sus curvados picos y unos lo sorben o

chupan, otros lo pastan, unos lo tragan entero y otros

lo mastican. Asimismo, unos son tan bajos que

fácilmente alcanzan su alimento sobre el suelo con sus

mandíbulas.

123 En cambio, las especies más altas, tales como los

ánades, los cisnes, las grullas y los camellos, se

ayudan para ello de la longitud de sus cuellos; al

elefante se le ha dado incluso una mano, porque su

cuerpo es tan enorme que le era difícil alcanzar su

alimento.

CAPITULO 48

Por otra parte, aquellos animales cuyo modo de

sostenimiento era alimentarse de otros animales de

otra especie recibieron de la naturaleza o bien la

fuerza o bien la agilidad y rapidez. A algunos animales

se les dio incluso una especie de artería o astucia: por

ejemplo, una clase de la familia de las arañas teje una

especie de red a fin de dar cuenta de todo lo que sea

cogido en ella; otras vigilan donde no se les ve y

echándose sobre lo que pueda caer, lo devoran. La

almeja, o "pina" como la llaman los griegos, es un

gran animal bivalvo que forma una especie de

sociedad con la menuda quisquilla a fin de procurarse

el alimento, y así, cuando pequeños peces se dirigen

hacia la concha abierta, la quisquilla llama la atención

de la almeja, y la almeja cierra sus valvas en un fuerte

mordisco 107, de esta manera, dos animales muy desemejantes

obtienen su alimento en común.

124. En este caso sentimos la curiosidad de saber si su

asociación se debe a una especie de convenio mutuo o

si es producto de la naturaleza misma y se remonta al

momento mismo de su nacimiento. También provocan

en alto grado nuestra sorpresa esos animales acuáticos

que nacen en la tierra: por ejemplo, los cocodrilos, las

tortugas de agua y ciertas serpientes, que nacen en la

tierra seca, pero tan pronto como pueden comenzar a

reptar se encaminan al agua. Asimismo, nosotros

colocamos con frecuencia huevos de pato debajo de

las gallinas y los polluelos que nacen de los huevos

son al principio alimentados y cuidados por las

gallinas que los ayudaron a salir del cascarón y los

habían incubado; pero más tarde abandonan a sus

madres adoptivas y echan a correr cuando ellas los

persiguen, tan pronto como tienen una ocasión de ver

el agua, su habitación natural. Tan poderoso es el

instinto de auto conservación que la naturaleza ha

implantado en los seres vivos.

CAPITULO 49

He leído incluso en un libro108 que existe un pájaro

llamado espátula, que se procura su alimento volando

detrás de esas aves que bucean en el agua; al volver

éstas a la superficie con un pez cogido en el agua,

mordisquean sus cabezas con su pico hasta que éstas

sueltan su presa, sobre la que la espátula se precipita

ella misma. Se dice también de este pájaro que tiene la

costumbre de saciarse de moluscos enteros y que, una

vez los ha cocido con el calor de su estómago, los

vomita, y entonces escoge en ellos lo que es bueno

para comer.

125. De las ranas marinas se dice que suelen cubrirse

ellas mismas de arena y se mueven muy cerca del agua

y que entonces, cuando los peces se acercan a ellas

pensando que son algo comestible, los matan y se los

comen ellas. El milano y el cuervo están como en un

estado de guerra natural entre sí y por ello cada uno

destruye los huevos del otro dondequiera los

encuentra. Otro hecho —observado por Aristóteles, de

quien proceden los casos aquí citados— no puede por

lo menos provocar nuestra sorpresa, a saber, el que las

grullas, cuando cruzan los mares en dirección a climas

más cálidos, vuelan en formación triangular. Con el

vértice del triángulo apartan hacia los lados el aire que

les viene de frente, y luego gradualmente a uno y otro

lado109 por medio de sus alas que hacen las veces de

remos se mantiene el vuelo hacia adelante de las aves,

mientras que la base del triángulo formado por las

grullas consigue la ayuda del viento cuando éste viene,

por así decir, de popa. Los pájaros descansan sus

cuellos y cabezas sobre las partes posteriores de los

que vuelan delante de ellos; y el que guía al grupo, al

no poder hacer esto porque no tiene a ninguno en el

que apoyarse, vuela hacia la última fila del grupo para

poder descansar, mientras que una de las grullas que

están descansadas ocupa su lugar, y así hacen turnos

durante todo el viaje.

126. Podría presentar gran número de casos semejantes,

pero con lo dicho comprendéis ya la idea

general. Otra clase, mejor conocida aún, de historias

ejemplifica las precauciones que los animales toman

para su seguridad, la vigilancia que mantienen

mientras están comiendo, la maña que se dan para

ocultarse en sus cubiles.

CAPITULO 50

También resulta sorprendente el hecho de los perros

curándose a sí mismos por medio del vómito y el de

los ibis de Egipto que lo hacen purgándose —formas

éstas de tratamiento médico que solamente hace muy

poco, es decir, unas pocas generaciones más atrás, han

sido descubiertas por el talento de los profesionales de

la medicina—. Se cuenta que las panteras, que entre

los bárbaros son cogidas por medio de alimentos

envenados, tienen un remedio que ellas emplean para

salvarse de la muerte; y que las cabras salvajes de

Creta, cuando son atravesadas por flechas

envenenadas, buscan una hierba llamada díctamo y,

una vez tomada ésta, las flechas —así lo dicen— se

desprenden de sus cuerpos.

127. Y las ciervas, poco antes de dar a luz a sus crías,

se purgan completamente ellas mismas con una hierba

llamada beleño. Asimismo, observamos cuán variadas

especies se defienden contra la violencia y el peligro

con sus propias armas, los toros con sus cuernos, los

jabalíes con sus colmillos, los leones con su

mordedura; unas especies se protegen huyendo, otras

ocultándose, las sepias emitiendo un líquido como

tinta, el pez produciendo un calambre, y asimismo

muchos animales alejan a sus perseguidores por medio

de un olor insoportablemente desagradable.

CAPITULO 51

A fin de asegurar la sempiterna duración del orden del

mundo, la divina providencia ha tomado las más

cuidadosas medidas para asegurar la perpetuación de

las familias de animales, de árboles y de todas las

especies vegetales. Las últimas contienen todas dentro

de sí semillas que poseen la propiedad de multiplicar

la especie. Esta semilla está encerrada en la parte más

interna de los frutos que crecen de cada planta; y esas

mismas semillas proporcionan a la especie humana

abundancia de alimento, además de llenar nuevamente

la tierra de plantas de la misma especie.

128. ¿Para qué hablar de lo grandioso que es el plan

racional que se manifiesta en los animales en orden a

asegurar la perpetua conservación de su especie? En

primer lugar, entre los animales unos son machos y

otros hembras, un ingenioso recurso de la naturaleza

para perpetuar la especie. En segundo lugar, hay partes

de sus cuerpos que están concebidas y realizadas con

sumo arte para servir al fin de la procreación y la

concepción, y tanto el macho como la hembra poseen

admirables deseos de realizar la cópula. Y cuando la

semilla ha sido colocada en su sitio, coge casi todo el

alimento para sí misma y cercada dentro de él modela

un ser vivo; cuando éste ha sido expulsado del vientre

y ha salido a la luz, en las especies de mamíferos casi

todo el alimento que recibe la madre se convierte en

leche y las crías recién nacidas, sin haber sido

enseñadas y guiadas por la naturaleza, buscan las

mamas y sacian su apetito con la abundancia de éstas.

Y para mostrarnos que ninguna de estas cosas ocurre

de manera casual y que todas ellas son obra de la

providencia y el arte de la naturaleza, las especies que

producen grandes carnadas de crías, como los cerdos y

los perros, han sido dotadas de un gran número de

mamas, mientras que los animales que paren

solamente unas pocas crías tienen un número reducido

de ellas.

129. ¿Para qué describir el gran amor que los animales

muestran al criar y proteger la cría que han dado a luz,

llegando hasta donde su capacidad de defensa les

permite? A pesar de que los peces, según cuentan,

abandonan sus huevos allí donde los han puesto,

puesto que éstos fácilmente se sostienen en el agua y

porque sus cáscaras se deshacen en el agua misma.

CAPITULO 52

Dicen que las tortugas y los cocodrilos ponen sus

huevos en la tierra, los entierran y luego se marchan,

dejando que sus crías salgan y se nutran por sí

mismas. Las gallinas y otras aves encuentran un lugar

tranquilo en que posarse, se construyen nidos en qué

sentarse y cubren estos acostándose sobre ellos lo más

suavemente posible a fin de proteger más fácilmente

los huevos; y, cuando han hecho ya salir del cascarón

a sus polluelos, los protegen amparándolos con sus

alas para que el frío no los dañe y haciéndoles sombra

contra el calor del sol. Cuando las aves jóvenes son

capaces de utilizar sus aloncitos, sus madres las

escoltan en sus vuelos, pero están libres de ningún

cuidado ulterior sobre ellas.

130. Además de esto, el arte y la industria del hombre

contribuyen también a la conservación y seguridad de

ciertos animales y plantas. Pues hay muchas especies

de unos y otras que no podrían sobrevivir sin el

cuidado del hombre.

También se encuentra una plena y abundante variedad

de condiciones favorables en las diversas regiones

para el cultivo productivo del suelo por el hombre.

Egipto es regado por el Nilo, que mantiene el país

completamente inundado durante el verano y luego se

retira dejando la tierra blanda y recubierta de cieno, a

punto de siembra. Mesopotamia es fertilizada por el

Eufrates, que, como quien dice, lleva a ella cada año

campos nuevos. El Indo, el mayor de todos los ríos del

mundo, no solo abona y ablanda el suelo sino que de

hecho lo siembra con semillas, pues se dice que

arrastra consigo hacia abajo gran cantidad de semillas

parecidas al trigo.

deportare.

131. Y podría presentar muchos otros ejemplos de

gran variedad de lugares, y de muchos campos fértiles

cada uno en una variedad distinta de frutos.

CAPITULO 53

Pero, ¡cuán grande es la benevolencia de la naturaleza,

al producir una tal abundancia y variedad de artículos

alimenticios, y esto no solo en una única estación del

año, de forma que podamos tener continuamente los

deleites de la novedad y la abundancia! ¡Cuán

oportunos además y cuán saludables, no solo para la

raza humana únicamente sino también para los

animales y las diversas especies vegetales, es el don

que la naturaleza nos hace de los vientos Etesios!.

Su soplo templa el excesivo calor del verano, y guía

también nuestras naves a través del mar, en una

travesía rápida y firme. Hemos de omitir muchos

ejemplos [y sin embargo se han dado ya muchos].111

132. Es, en efecto, imposible enumerar las condiciones

favorables que nos ofrecen los ríos, el flujo y el

reflujo. . .112 de las mareas marinas, los montes

recubiertos de bosques, los yacimientos de sal que se

encuentran tierra adentro muy lejos de las costas

marinas, los copiosos almacenes de saludables

medicamentos que contiene la tierra, y todas las

innumerables artes necesarias para la alimentación y la

vida. Asimismo la alteración del día y la noche

contribuye a la conservación de los seres vivos,

proporcionando un tiempo para la actividad y otro

para el descanso. Así, pues, sea cual sea la línea

argumental que se tome, todo lleva a demostrar que

todas las cosas que hay en este nuestro mundo son

sorprendentemente gobernadas por una inteligencia y

sabiduría divinas en orden a la seguridad y

conservación de todas ellas.

133. Aquí es posible que pregunte alguien que con qué

fin se ha ideado toda esta fábrica o sistema tan

enormes. ¿Acaso para las plantas y los árboles que,

aun cuando desprovistos de sensación son sostenidos

por la naturaleza? Esto es realmente absurdo. ¿Por

causa de los animales, entonces? No resulta más

probable que los dioses se tomen todas estas molestias

por unos seres mudos e inteligentes. ¿Con qué fin,

pues, diremos que ha sido creado el mundo?

Indudablemente para aquellos seres vivos que están

dotados de razón; estos seres son los dioses y la

especie humana, que con toda certeza superan a todas

las demás cosas en excelencia, puesto que la más

excelente de todas las cosas es la razón. Así, pues,

hemos de creer que el mundo y todas las cosas que

contiene fueron hechos a causa de los dioses y los

hombres.

CAPITULO 54

Y que el hombre ha sido especialmente cuidado por la

providencia divina se comprenderá más fácilmente si

recorremos la estructura toda del ser humano y toda la

fábrica y perfección de la naturaleza humana.

134. Hay tres cosas que se requieren para la

manutención de la vida animal: alimento, bebida y

respiración; y, para la recepción de estas cosas, está la

boca perfectamente adaptada, recibiendo además una

abundante provisión de aire a través de la nariz que

comunica con ella. La estructura de los dientes dentro

de la boca sirve para masticar los alimentos, que es

troceado y ablandado por ellos113. Los dientes

frontales son agudos y dividen los manjares al

morderlos; los dientes de detrás, llamados molares, los

mastican, y al proceso de la masticación, al parecer,

ayuda solamente la lengua también.

135 Luego de la lengua viene el esófago que está

adherido a las raíces de ésa, y al que pasan primero las

sustancias que han sido recibidas en la boca. A uno y

otro lado de la gola están las amígdalas, y esa tiene su

extremo allí donde termina el pala dar. La acción y

movimientos de la lengua impelen y echan el alimento

al esófago, que lo recibe y lo empuja hacia abajo, de

forma que las partes del esófago que se hallan por

debajo del alimento tragado se van dilatando, y las que

quedan por encima se van contrayendo.

136 La "arteria áspera" o tráquea114 —que así la

llaman los médicos— tiene un orificio adherido a las

raíces de la lengua un poco más arriba del punto en

que la lengua se une al esófago; la tráquea llega hasta

los pulmones y recibe el aire inhalado al respirar, y

también lo exhala y le da salida des de los pulmones;

está cubierta por una especie de tapa, con el fin de

impedir que ningún bocado de comida, cayendo

accidentalmente en ella, haga imposible la respiración.

Debajo del esófago está el estómago, que está

construido como receptáculo del alimento y la bebida,

mientras que el aire respirado es inhalado por los

pulmones y el corazón. El estómago realiza un número

de operaciones muy notables; su estructura consta

principalmente de fibras musculares, y es múltiple y

retorcida; comprime y contiene el alimento seco o húmedo

que recibe, haciéndolo apto para ser asimilado y

digerido; en unos momentos se constriñe y en otros se

relaja, presionando y mezclando así todo lo que ha

entrado en él, de forma que por medio del abundante

calor que él posee y por medio de la trituración del

alimento, al tiempo que con ayuda de la operación

respiratoria, todo es digerido y elaborado como para

ser fácilmente distribuido por todo el resto del cuerpo.

CAPITULO 55

Los pulmones, por el contrario, son de una consistencia

floja y esponjosa, bien preparada para absorber

el aire, que ellos inhalan y exhalan contrayéndose y

expandiéndose alternativamente, tomando frecuentes

sorbos de este alimento aéreo que es el principal

sustento de la vida animal.

hasta el hígado, al que están adheridos, y que conectan

las llamadas puertas del hígado con el centro del

intestino. Desde el hígado salen distintos canales en

diversas direcciones, y a través de estos cae el

alimento que deja pasar el hígado. De este alimento se

segrega la bilis, y los líquidos que excretan los

riñones; el residuo se convierte en sangre y fluye a las

mencionadas puertas del hígado, al cual llevan todos

sus canales. Fluyendo a través de éstas puertas, el

alimento, en este mismo punto, se vierte en la llamada

"vena cava" o vena hueca y a través de ésta, ya

completamente elaborado y digerido ahora, fluye hasta

el corazón, y desde el corazón es distribuido por todo

el cuerpo por medio de un número bastante grande de

venas que llegan a todas la partes del cuerpo.

medio intestino .

138. No sería difícil indicar la forma en que el residuo

del alimento es expulsado por medio de una alterna

constricción y relajamiento del intestino; sin embargo,

hemos de omitir este punto, no sea que mi disertación

resulte un tanto molesta. Mejor será que explique este

otro ejemplo de la increíble perfección de la obra de la

naturaleza. El aire introducido en los pulmones por

medio de la respiración es calentado primero por el

aliento mismo y luego por su contacto con los

pulmones; una parte de él es nuevamente expulsado

por el acto de la respiración, y una parte de él es

recibido por una cierta parte del corazón llamada

ventrículo cardíaco, junto al cual hay otro recipiente

semejante a él, al cual fluye la sangre desde el hígado

a través de la "vena cava" mencionada más arriba; y,

de esta manera, desde estos órganos, la sangre es

difundida a través de las venas y el aliento a través de

las arterias hacia todo el cuerpo. Estos dos grupos de

vasos son muy numerosos y están íntimamente

entretejidos con los tejidos de todo el cuerpo; ellos dan

fe de un extraordinario grado de habilidad y de

artesanía divinas.

139. ¿Qué diré de los huesos? Ellos constituyen el

esqueleto del cuerpo o su armazón; sus maravillosos

cartílagos están perfectamente hechos para asegurar la

estabilidad, y adaptados para hacer perfectas las

articulaciones y para permitir los movimientos y

actividades corporales de toda clase. Hay que añadir a

esto los nervios o músculos115, que mantienen unidas

las articulaciones y cuyas ramificaciones se extienden

a todo el cuerpo; igual que las venas y las arterias,

parten del corazón como su punto de origen y se

extienden hasta todas las partes del cuerpo.

CAPITULO 56

140. Se podrían dar muchos más ejemplos de esta

sabia y solícita providencia de la naturaleza, para

ilustrar la prodigalidad y esplendor de los dones que la

naturaleza ha conferido a los hombres. En primer

lugar, ella los ha levantado del suelo para que se

mantuvieran erectos y alzados, de forma que fueran

capaces de contemplar el firmamento y alcanzar así un

conocimiento de los dioses. Los hombres, en efecto,

han nacido o brotado de la tierra no como sus

habitantes o colonos, sino para ser como los

espectadores de las cosas superiores y celestes, en

cuya contemplación no tiene parte ninguna otra

especie animal. En segundo lugar, los sentidos,

colocados en la ciudadela de la cabeza como

intérpretes y mensajeros del mundo exterior, tanto por

su estructura como por su situación están

maravillosamente dotados para cumplir con sus

funciones necesarias. Pues, los ojos, igual que

vigilantes u observadores, están situados en lo más

alto, a fin tener el más amplio campo para la

realización de su cometido.

141. Las orejas, por su parte, que tienen el cometido

de percibir el sonido, que por naturaleza tiende a subir

hacia lo alto, están justamente colocadas en la parte

superior del cuerpo. La nariz análogamente está

debidamente colocada en lo alto, puesto que todo olor

se dirige hacia arriba, pero también, dado que tiene

mucho que ver en la discriminación del alimento y la

bebida, no sin razón ha sido colocada en las cercanías

de la boca. El gusto, cuya función es distinguir los

sabores de nuestros diversos manjares, está situado en

aquella parte del rostro en que la naturaleza ha

practicado una abertura para el paso del alimento y la

bebida. El sentido del tacto se halla por igual

difundido en todo el cuerpo, a fin de capacitarnos para

la percepción de toda clase de contactos, incluso los

más pequeños impactos del frío y del calor. Y de la

misma manera que los arquitectos relegan los

vertederos de las casas a la parte posterior, lejos de los

ojos y la nariz de los señores, ya que de otra manera

serían inevitablemente algo molesto, así también la

naturaleza ha desterrado los órganos correspondientes

del cuerpo lo más lejos posible de la vecindad de los

sentidos.

CAPITULO 57

142. ¿Y qué artífice, fuera de la naturaleza, que no es

superada por nada en su astucia o agudeza, podía

alcanzar tanta maestría en la construcción de los

sentidos? Primeramente, ha vestido y ha cercado los

ojos con membranas de tenue textura, que ha hecho,

por una parte, transparentes para que podamos ver a

través de ellas y, por otra parte, fuertes para que

pudieran contener el ojo. Ha hecho los ojos móviles y

fácilmente giratorios, tanto para evitar cualquier daño

que los amenace como para dirigir fácilmente su

mirada en cualquier dirección que deseen. El

verdadero órgano de la visión, la llamada pupila o

"pequeña muñeca"116 , es tan pequeño que fácilmente

puede evitar los objetos que podrían dañarlo, y los párpados,

que son las cubiertas de los ojos, son muy

blandos al tacto como para no herir la pupila, y están

muy exactamente construidas para su función de

cerrar ojos a fin de que nada pueda caer en ellos y de

abrirlos; y la naturaleza ha hecho que este proceso

pueda efectuarse una vez y otra con extremada

rapidez.

143 Los párpados están provistos de una empalizada

de pelos, con los que detener cualquier objeto que

vaya a caer allí mientras los ojos están abiertos, y de

forma que, mientras ellos están cerrados en el sueño,

cuando no necesitamos los ojos para ver, puedan estar

como recogidos para el descanso. Además, los ojos se

hallan en una posición ventajosamente retirada, y

están rodeados por todas partes de prominencias; en

primer lugar las partes que hay por encima de ellos

están cubiertas por las cejas, que impiden que el sudor

fluya hacia abajo desde el cuero cabelludo y la frente;

están luego las mejillas, colocadas debajo de ellos y

con una leve proyección hacia afuera, que los protegen

desde abajo; y la nariz está colocada de forma que

parece un muro que separa los ojos el uno del otro.

144 El órgano del oído, por su parte, está siempre

abierto, puesto que necesitamos de este sentido incluso

cuando estamos dormidos y, cuando él recibe un

sonido, somos excitados incluso cuando estamos

dormidos. El conducto de la audición está retorcido

para impedir que cualquier cosa pueda penetrar en él,

cosa que sería posible si dicho conducto estuviera en

posición sencilla y recta; además se ha previsto que ni

aun el más pequeño insecto pudiera intentar

introducirse en él, ya que queda cogido en la viscosa

cera de las orejas. Por la parte exterior, el oído

proyecta lo órganos que llamamos propiamente orejas,

que están hechas de manera que cubran y protejan el

órgano del sentido y al mismo tiempo de forma que

impidan que los sonidos que lleguen a los oídos pasen

de largo y se pierdan antes de haber hecho impacto en

el órgano sensorial. Las aberturas de los oídos son

duras y cartilaginosas, y muy enroscadas, porque las

cosas que poseen estas características reflejan y

amplifican el sonido; por esta razón el caparazón de la

tortuga o el cuerno dan resonancia a una lira, y

también por esta razón los conductos espirales y los

recintos cerrados tienen un eco que es más fuerte que

el sonido originario.

145. De manera análoga la nariz, que, para cumplir

con las funciones que se precisan de ella tiene que

estar siempre abierta, tiene aberturas angostas, para

impedir la entrada de nada que pueda dañar el olfato; y

sus fosas están siempre húmedas, cosa que es

beneficiosa para defenderlas contra el polvo y otras

muchas cosas. El sentido del gusto está

admirablemente protegido, encerrado en la boca de

una manera completamente adecuada para la

realización de su función y para su protección contra

cualquier daño.

CAPITULO 58

Y todos los sentidos del hombre son muy superiores a

los de los animales inferiores. Primeramente, en

efecto, nuestros ojos poseen una más fina percepción

de muchas cosas en las artes que requieren el sentido

de la vista, la pintura, el modelado y la escultura, y

también en los movimientos corporales y en los

ademanes; porque los ojos juzgan de la belleza y la

buena disposición y, por así decir, de la propiedad del

color o la figura; y también otras cosas más

importantes, puesto que ellos reconocen también las

virtudes y los vicios, así como al hombre airado o al

propicio, al que está alegre y al que está apenado, al

que es valiente y al que es cobarde, al que es temerario

y al que es tímido.

discriminación maravillosamente hábiles; juzgan las

diferencias de tono, de entonación y de diapasón117 en

la música de la voz, y las diferencias existentes entre

los instrumentos de viento y los de cuerda, así como

las cualidades enormemente diversas de la voz, sonora

u oscura, suave y áspera, baja o aguda, flexible o dura,

diferencias éstas que solo discierne el oído humano.

De igual manera el olfato, el gusto, y en alguna

manera, el tacto poseen facultades de discriminación

altamente sensibles. Y para ganarse y deleitar a estos

sentidos se han inventado más artes que las que yo

quisiera. El desarrollo que han tenido la perfumería, el

arte culinario y los meretricios adornos del cuerpo

humano son ejemplos evidentes de ello.

CAPITULO 59

147 Pasando ahora a la misma mente e inteligencia del

hombre, a su razón, su sabiduría y su previsión,

cualquiera que no sea capaz de ver que esas cosas se

deben a la providencia divina, supuesta la perfección

que hay en ellas, me parece a mí que él mismo carece

de estas facultades. Al ir a discutir esta cuestión,

Cotta, desearía se me diera el don de tu elocuencia.

Cómo no descubrirías tú, primero, nuestras

capacidades de intelección, y luego nuestra facultad de

enlazar premisas y consecuencias en un acto único de

aprehensión, esa facultad, quiero decir, que nos

capacita para juzgar sobre cuál es la conclusión que se

sigue de unas premisas dadas, las que fueren, y poner

el argumento en forma silogística, y asimismo para

delimitar términos particulares por medio de una

definición sucinta, de donde pasamos a una

comprensión de la potencia y naturaleza del

conocimiento, que es la parte más excelente incluso de

la naturaleza divina. Por otra parte, cuán notables son

las faculta des que vosotros, los académicos, invalidáis

y abolís, nuestra percepción y comprensión sensoriales

e intelectuales de los objetos externos.

148 Precisamente confiriendo y comparando entre sí

nuestras percepciones, creamos también las artes que

sirven a las necesidades prácticas o bien al sano

deleite de la vida. Viene luego el don del lenguaje, la

elocuencia, la reina de las artes como vosotros soléis

llamarla: ¡qué facultad tan gloriosa y tan divina es

esta! En primer lugar, nos capacita para aprender las

cosas que no sabemos y para enseñar a otros las cosas

que nosotros conocemos; en segundo lugar, es nuestro

instrumento para la exhortación y persuasión, para

consolar a los afligidos y calmar los temores de los

que estaban aterrorizados, para poner freno a la pasión

y apagar la concupiscencia y la ira; la facultad de la

palabra es la que nos ha unido con las ataduras de la

justicia, la ley y el orden civil, y es la que nos ha

apartado del salvajismo y la barbarie.

149. Ahora bien, un cuidadoso examen nos hará ver

que el mecanismo del lenguaje exhibe, de parte de la

naturaleza, un arte que supera todo lo creíble. Existe,

primeramente, una arteria que pasa desde los

pulmones hasta la parte posterior de la boca y que es

el conducto por medio del cual la voz, que tiene su

origen en la mente, se percibe y profiere. En segundo

lugar, la lengua está colocada en la boca y está

limitada por los dientes; ella modula y define el flujo

inarticulado de la voz y hace sus sonidos distintos y

claros, al chocar con los dientes y otras partes de la

boca. En consecuencia, mi escuela se complace mucho

en comparar la lengua al plectro de una lira, los

dientes a las cuerdas, y la nariz a los cuernos que

ecoan118 las notas de las cuerdas cuanto el instrumento

es tocado.

CAPITULO 60

150. Y luego, ¡qué hábiles sirvientes para una gran

diversidad de artes son las manos que la naturaleza ha

otorgado al hombre! La flexibilidad de las

articulaciones hace a los dedos capaces de cerrarse y

abrirse con igual facilidad y de realizar cualquier

movimiento sin dificultad. Así, por medio de la

manipulación de los dedos, la mano queda en

condiciones aptas para pintar, para modelar, para tallar

y para arrancar a la lira o a la flauta sus notas. Y

además de estas artes recreativas, están las artes

utilitarias, me refiero a la agricultura y a la

arquitectura, al arte de tejer y de coser vestidos y las

diversas maneras de trabajar el bronce y el hierro; por

esto entendemos que aplicando la mano del artífice a

los descubrimientos del pensamiento y a las

observaciones de los sentidos, se consiguieran todas

las cosas que nos son beneficiosas y fuéramos así

capaces de tener cobijo, vestido y protección, y

poseyéramos ciudades, fortificaciones, casas y

templos.

151. Además, las industrias de los hombros, es decir,

las obras de sus manos, nos procuran también nuestro

alimento en variedad y abundancia. Es la mano la que

recoge los diversos productos de los campos, bien sea

para ser consumidos inmediatamente, bien sea para ser

guardados en almacenes para los tiempos futuros; y

nuestro régimen de comida incluye también carne,

pescado y volatería, obtenida en parte por la caza y en

parte por la cría casera. Domesticamos asimismo a los

animales cuadrúpedos para que nos lleven sobre sus

lomos, de modo que su rapidez y fuerza nos den a

nosotros mismos fuerza y velocidad. Hacemos que

ciertos animales lleven nuestras cargas o se sometan al

yugo; nosotros empleamos para nuestro servicio los

sentidos maravillosamente agudos de los elefantes y el

penetrante olfato de los perros; recogemos de las

cavernas de la tierra el hierro que necesitamos para

trabajar la tierra; descubrimos las vetas hondamente

escondidas del cobre, la plata y el oro, que nos sirven

para el uso y el adorno o decoración; talamos

innumerables árboles, silvestres y frutales para

conseguir la madera que empleamos en parte para

quemarlos de forma que calienten nuestros cuerpos y

cuezan nuestro alimento, y en parte para edificar de

forma que podamos cobijarnos en casas y desterrar así

de nosotros el frío y el calor.

152. La madera es, además de gran valor para

construir naves, cuyos viajes nos proveen abundantemente

de medios de sostenimiento de todas

clases y procedentes de todas las partes de la tierra; y

nosotros solamente tenemos el poder de controlar los

productos más violentos de la naturaleza, el mar y los

vientos, gracias a la ciencia de la navegación, y

utilizamos y disfrutamos de muchos productos del

mar. Análogamente, el dominio de todas las

comodidades producidas en la tierra está en manos de

la especie humana. Nosotros gozamos de los frutos de

las llanuras y de las montañas; los ríos y los lagos son

nuestros; sembramos trigo, plantamos árboles,

fertilizamos el suelo regándolo, ponemos diques a los

ríos y rectificamos o desviamos sus cursos. En una

palabra, por medio de nuestras manos, intentamos

crear, como quien dice, un segundo mundo dentro del

mundo de la naturaleza.

153. ¿Y qué? ¿Acaso la razón del hombre no ha

penetrado en el firmamento? Nosotros somos los

únicos vivientes que conocemos las salidas, las

puestas y las trayectorias de las estrellas; la raza

humana ha delimitado los días, los meses y los años,

ha aprendido los eclipses del sol y la luna y ha

predicho para todo tiempo futuro cómo y cuándo

habían de ocurrir, con su duración y sus fechas. Y

contemplando los astros, la mente llega al

conocimiento de los dioses, y de él nace la piedad, con

sus compañeras la justicia y las demás virtudes,

fuentes de una vida de felicidad que rivaliza y se

asemeja a la existencia divina, dejándonos por debajo

de los seres celestiales en nada más que en la

inmortalidad, que no tiene ningún valor para la

felicidad. Creo que mi exposición de estas cuestiones

ha sido suficiente para demostrar cuán ampliamente la

naturaleza del hombre supera a todos los demás seres

vivos; y esto pone muy bien en evidencia que ni una

tal conformación y disposición de los miembros ni una

capacidad tal de la mente y el intelecto pueden haber

sido creados por el azar.

154. Me queda ahora mostrar, y pasar luego a la

conclusión, que todas las cosas que hay en este mundo

y que el hombre utiliza han sido creadas y dispuestas a

causa de los hombres.

CAPITULO 62

En primer lugar, el mundo mismo fue creado a causa

de los dioses y los hombres, y las cosas que él

contiene fueron dispuestas e ideadas para el goce de

los hombres. Pues el mundo es como si fuera la

mansión común de los dioses y los hombres, o la

ciudad que pertenece a ambos; porque solamente ellos

poseen el uso de la razón y viven por medio de la

justicia y de la ley. Así, pues, de la misma manera que

debe estimarse que Atenas y Esparta fueron fundadas

a causa de los atenienses y los espartanos y que todas

las cosas que se contienen en estas ciudades deben

rectamente ser consideradas propiedad de estos

pueblos, así también todas las cosas contenidas en el

mundo todo deben ser consideradas propiedad de los

dioses y los hombres.

también brindan un espectáculo al don de

contemplación del hombre; no hay, en efecto, ni un

solo espectáculo tan capaz de no saciar nunca, ni hay

ninguno más bello ni que manifiesta una sabiduría y

un arte más superiores a todo; pues, midiendo los

cursos de las estrellas sabemos cuando van a llegar las

estaciones y cuando se van a producir sus variaciones

y cambios; y si estas cosas son conocidas solamente

de los hombres, debe creerse que han sido creadas a

causa de los hombres.

156 La tierra, luego, al producir granos y vegeta les de

diversas especies, que ella nos ofrece en pródiga

abundancia, ¿por causa de quién parece producir todo

esto, por causa de los animales salvajes o por causa de

los hombres? ¿Y qué decir de las vides y los olivos,

cuyos ubérrimos y deleitosos frutos no tienen

absolutamente nada que ver con los animales

inferiores? De hecho, los animales del campo ignoran

por completo las artes de la siembra y del cultivo, de

la maduración y recogida de los frutos de la tierra en

la estación debida, y del almacenamiento de los

mismos en graneros; todos estos productos son

disfrutados y cuidados por los hombres.

CAPITULO 63

157 De la misma manera, pues, que nos vemos

forzados a decir que las liras y las flautas han sido

hechas a causa de aquellos que son capaces de

utilizarlas, así también hemos de convenir en que las

cosas de que he hablado han sido dispuestas para

aquellos únicamente que hacen uso de ellas, y, aun

cuando alguna parte de ellas sea robada o saqueada

por algunos animales inferiores, no admitiremos

que también hayan sido creadas a causa de estos

animales. Los hombres no alma cenan el trigo para los

ratones y las hormigas, si no para sus mujeres y sus

hijos y familias; así pues, los animales participan de

esos frutos sola mente por hurto, como he dicho,

mientras que sus dueños disfrutan de ellos abierta y

libremente.

158 Se debe, pues, admitir que toda esta abundancia

fue prevista por causa del hombre, a no ser tal vez que

la pródiga abundancia y variedad de nuestros

productos hortícolas y lo deleitoso no solamente de su

sabor sino también de su olor y de su aspecto nos lleve

a dudar de si la naturaleza pretendió que este don fuera

solamente para el hombre. Tan lejos está eso de ser

verdad, a saber, que los frutos de la tierra hayan sido

hechos a causa de los animales tanto como a causa de

los hombres, que los mismos animales, como bien

podemos ver, fueron creados para beneficio y

provecho de los hombres. ¿Qué otro fin útil tienen las

ovejas sino el de que sus vellones de lana sean

elaborados y tejidos para confeccionar vestidos para

los hombres? Y, de hecho, esos animales no habrían

podido ser criados ni sostenidos ni hubieran producido

nada de valor sin el cuidado del hombre.

159. Piensa luego en el perro, con su fiel vigilancia,

con su halagador afecto a su dueño y su odio a los

extraños, con su increíble agudeza de olfato al seguir

un rastro y su diligencia al cazar: ¿qué implican estas

cualidades sino que los perros fueron creados para que

sirvieran a las conveniencias de los hombres? ¿Qué

diré de los bueyes? La misma forma de sus lomos

evidencia que no estuvieron destinados a acarrear

pesos, mientras que sus cuellos fueron engendrados

para el yugo y sus anchos y poderosos hombros para

arrastrar el arado. Y empleándolos a ellos fue la tierra

sometida a laboreo rompiendo sus terrones, pero

nunca se usó con ellos ninguna violencia, como dicen

los poetas, por parte de los hombres de aquella Edad

de Oro:

"Pero de pronto nació la raza férrea,

y se atrevió primero a fabricar la funesta espada

y a gustar del buey atado y domeñado por su

mano".

Tan valioso se consideró el servicio que el hombre

recibía de los bueyes que comer su carne se consideró

un crimen.

CAPITULO 64

Sería una tarea muy larga enumerar los servicios

prestados por los mulos y los asnos, que fueron

indudablemente creados para el uso de los hombres.

160 En cuanto al cerdo solamente puede dar alimento;

en verdad Crysippo  llega a decir que el alma se le

dio a él para que le sirviera de sal y lo preservara de la

putrefacción; y puesto que este animal era muy apto

para la alimentación del hombre, la naturaleza lo hizo

el prolífico de todos. ¿Qué decir de la multitud y

suavidad de los peces? ¿O de las aves, que nos

proporcionan tanto placer que nuestra Providencia

Estoica parece haber sido en algunos momentos

discípula de Epicuro? Y ellas no podrían ser cogidas

de no ser en virtud de la inteligencia y la astucia del

hombre; si bien algunas veces, aves de vuelo y aves de

lenguaje, como las llaman nuestros augures, creemos

que han sido creadas con el fin de dar augurios.

161 Por otra parte, cogemos los grandes anima les del

bosque por medio de la caza, tanto para utilizarlos

como alimento como para ejercitarnos nosotros

mismos en la mímica bélica de la caza y también,

como en el caso de los elefantes, para entrenarlos y

disciplinarlos en orden a nuestro uso, así como para

procurarnos a partir de sus cuerpos gran variedad de

medicamentos para las enfermedades y las heridas,

como hacemos también con ciertas raíces y hierbas

cuyos valores hemos aprendido por medio de un

empleo y una comprobación muy largos y continuos.

Que los ojos de la mente recorran toda la tierra y todos

los mares: Contemplaréis ahora las llanuras

inmensamente grandes llenas de fruto, montañas

espesas y densamente revestidas de bosques y

pastizales llenos de ganado, o bien navios atravesando

el mar con maravillosa velocidad.

CAPITULO 65

El tema que viene ahora es tal que probablemente uno

y otro lo váis a censurar, Cotta, porque Carnéades

solía gozarse peleando sobre él con los estoicos,

Velleio porque nada provoca el ridículo de Epicuro

tanto como el arte de la profecía; pero, en mi opinión,

él aporta la prueba más fuerte de que la providencia se

ocupa de las cuestiones humanas. Me refiero, sin

duda, a la Adivinación, que vemos practicada en

muchas regiones y sobre diversas materias, y en

ocasiones privadas y más particularmente aún

públicas.

163. Son muchas las observaciones hechas por los que

inspeccionan las víctimas en los sacrificios, son

muchos los acontecimientos previstos por los augures

o revelados en oráculos y profecías, sueños y

portentos y el conocimiento de ello ha llevado con

frecuencia a la adquisición de muchas cosas que

satisfacían los deseos de los hombres y sus

necesidades y también llevaban a evitar muchos

peligros. Así, pues, este poder, arte o instinto ha sido

claramente concedido al hombre por los dioses

inmortales, y no ha sido concedido a ninguna otra

criatura, para el conocimiento de los sucesos futuros.

Y si por casualidad estos argumentos tomados por

separado no consiguen convenceros, no obstante todos

reunidos y con el peso total que ellos suponen es

preciso que lo hagan.

164. Por lo demás, el cuidado y providencia de los

dioses mortales no es solamente otorgado a la raza

humana en su totalidad, sino que también suele

extenderse a los individuos particulares. Podemos, en

efecto, contraer o estrechar la totalidad de la raza

humana y llevarla gradualmente a grupos cada vez

más pequeños, y finalmente a los individuos

particulares.

CAPITULO 66

Pues si creemos, por las razones de que hemos

hablado antes, que los dioses se cuidan de todos los

seres humanos en cualquier parte, en toda costa y

región terrestre de los países más alejados de este

continente en que habitamos los humanos, entonces

ellos se preocupan también de los hombres que viven

con nosotros entre el oriente y el occidente.

165. Ahora bien, si ellos se preocupan de los que

habitan en esta especie de inmensa isla que llamamos

la tierra esférica, se preocupan también de los que

ocupan las diversas partes o secciones de esta isla, a

saber, Europa, Asia y África. Por consiguiente cuidan

también de las partes de estas partes, por ejemplo,

Roma, Atenas, Esparta y Rodas; y cuidan de los

ciudadanos particulares de estas ciudades consideradas

independientemente de toda la corporación colectiva,

por ejemplo, de Curio, de Fabricio, de Coruncanio, en

la guerra con Pyrro, de Calatino, de Duellio, de Mételo

y de Lutacio, en la Primera Guerra Púnica; de

Máximo, Marcelo y Africano en la Segunda, y en

fecha posterior, de Paulo, de Gracco y de Catón, o, en

tiempo de nuestros padres, de Escipión y Lelio. Y

aparte de nuestra tierra y de Grecia, han nacido

muchos hombres notables, ninguno de los cuales

podría sin duda haber sido lo que fue de no ser por la

ayuda de los dioses. talem fuisse credendum est.

166. Esta fue la razón que indujo a los poetas, y muy

especialmente a Homero, a asignar a sus héroes

principales, Ulises, Diomedes, Agamenón o Aquiles,

ciertos dioses como compañeros de sus peligros y

aventuras; además, los dioses se han aparecido con

frecuencia personalmente a los hombres, como en los

casos que he mencionado más arriba, dando así

testimonio de que se preocupan tanto de las

comunidades como de los individuos.121 Y lo mismo

se demuestra por los signos de acontecimientos

futuros que son concedidos a los hombres unas veces

cuando están dormidos y otras veces estando

despiertos. Además, recibimos gran número de avisos

por medio de signos, por medio de las entrañas de las

víctimas y por medio de otras muchas cosas que el

muy prolongado uso ha advertido hasta crear el arte de

la adivinación.

167. Por consiguiente, no ha existido nunca ningún

hombre grande que no disfrutara en algún grado de la

inspiración divina. Y este argumento no puede ser

refutado señalando casos en que los campos de trigo

de un hombre o sus viñas han sido dañados por una

tormenta, o bien en los que algún accidente le ha

privado de alguna comodidad valiosa e infiriendo de

ello que la víctima de una de esas desgracias es objeto

del odio o la negligencia de los dioses. Los dioses

atienden a las cuestiones de importancia que

descuidan las insignificantes. Ahora, los grandes

hombres siempre prosperan en sus asuntos,

suponiendo que los maestros de nuestra escuela y

Sócrates, el príncipe de la filosofía, hayan discurrido

satisfactoriamente sobre la pródiga abundancia de

riquezas que otorga la virtud.

CAPITULO 67

168. Estas son, más o menos, las cosas que se me han

ocurrido y que pensé era adecuado decir acerca de la

naturaleza de los dioses. Por tu parte, Cotta, si me

quieres hacer caso, defenderás la misma causa y te

aprovecharás de la libertad que disfruta tu escuela de

argüir el pro y el contra para escoger ponerte a mi

lado, y consagrar preferentemente a este fin esas

cualidades de elocuencia que tus ejercicios te han

concedido y que la Academia ha fomentado. Pues la

costumbre de razonar en pro del ateísmo, tanto si se

hace por convicción como de formas simulada, es una

práctica mala e impía.

 

 

LIBRO III

 

 

CAPITULO 1

1 En cuanto Balbo hubo dicho esto, Cotta se sonrió:

—Es demasiado tarde, Balbo, —replicó— para que

me digas que punto de vista he de sostener; pues,

mientras tú estabas llevando adelante tu disertación yo

andaba ya meditando qué argumentos podría yo

emplear contra tí si bien no tanto con la intención de

refutarte cuanto con el propósito de pedirte una

explicación de los puntos que yo no había podido

comprender del todo. Con todo, cada hombre debe

utilizar su propio juicio y a mí me resulta muy

dificultoso adoptar el punto de vista que a ti te gustaría

adoptara.

2 En este momento intervino Velleio, y dijo: —No

sabes, Cotta, cuán ansioso estoy de oirte. A nuestro

buen amigo Balbo le ha resultado muy agradable tu

discurso y razonamiento en contra de Epicuro; de

forma que también yo, a mi vez, me mostraré oyente

muy atento de tu discurso contra los estoicos. Espero,

en efecto, que te presentes a él tan bien pertrechados

como sueles.

3 —Así es, realmente, —repuso entonces Cotta—;

pues la causa o querella que tengo con Lucilio es en

verdad muy distinta de la que antes sostuvo contigo.

—¿Y cómo es eso? —dijo Valleio. —Porque creo que

vuestro maestro Epicuro no luchó muy enconadamente

por la cuestión de los dioses inmortales; solamente no

se aventura a negar su existencia para no hacerse

acreedor a ningún sentimiento de hostilidad y a

ninguna censura. Sino que, cuando afirma que los

dioses no hacen nada y no se preocupan de nada y que,

aun cuando posean miembros semejantes a los de los

hombres, no hacen ningún uso de tales miembros,

parece no estar hablando en serio y considerar que

basta con que afirme la existencia de seres

bienaventurados y eternos de una cierta especie.

4. Pero en cuanto a Balbo, estoy seguro de que tienes

que haber caído en la cuenta dé cuánto tenía que decir

y de cuán consecuente y sistemático fue a pesar de

faltarle la verdad. Por eso, lo que tengo en mi mente,

como he dicho ya, no es tanto refutar su razonamiento

cuanto pedir una explicación de ciertas cosas que no

he sido capaz de en tender completamente. En

consecuencia, Balbo, te dejo elegir entre preguntarte

yo y responderme tú a cada uno de los puntos en los

que yo no esté acuerdo, si así lo prefieres tú, o bien

escuchar mi razonamiento entero.

—Yo —respondió Balbo— preferiría responderte si

quieres que algo se te explique; pero si tú quieres

preguntarme no tanto con el fin de entender mejor

algo cuanto con el fin de refutarme, haré lo que tú

quieras, y o bien contestaré a todas ellas cuando hayas

concluido tu razonamiento.

5. —Muy bien —repuso Cotta—, procedamos,

pues, según el argumento mismo nos vaya llevando.

CAPITULO 2

Pero antes de que lleguemos al tema mismo

permíteme diga algunas palabras sobre mí mismo. Yo

me siento notablemente influido por tu autoridad,

Balbo, y por el ruego que formulaste en la conclusión

de tu disertación, cuando me exhortaste a recordar que

yo soy un Cotta y soy un pontífice. Esto, sin duda,

significaba que yo debía mantener las creencias

relativas a los dioses inmortales que han llegado hasta

nosotros desde nuestros antepasados, así como los

ritos, ceremonias y deberes de la religión. Por mi

parte, siempre los mantendré y siempre lo he hecho

así, y ninguna elocuencia, sea de quien sea, docta o

inculta, nunca podrá apartarme de la creencia sobre el

culto de los dioses inmortales que he heredado de

nuestros antepasados. Pero cuando se trata de religión,

me dejo guiar por los pontífices máximos Tito

Coruncanio, Publio Escipión y Publio Scévola, no por

Zenón, Cleantes o Crysippo; y tengo a Cayo Lelio,

que era a la vez augur y filósofo, cuyo discurso sobre

la religión, en aquella célebre oración suya122.

preferiría yo escuchar antes que las palabras de

cualquier jefe de los estoicos. La religión del pueblo

Romano comprende el ritual, los auspicios y una

tercera sección adicional que consiste en todos esos

avisos proféticos que los intérpretes de la Sibila o los

arúspices han derivado de los portentos y prodigios.

Ahora bien, siempre he pensado que ninguno de estos

apartados de la religión debía ser menospreciado, y

siempre he albergado la convicción de que Rómulo

mediante sus auspicios y Numa con su determinación

de nuestro ritual pusieron los cimientos de nuestro

estado, que seguramente no hubiera llegado nunca a

ser tan grande como es si no se hubiera conseguido

para él la más plena medida del favor divino.

6. Ahí tienes, Balbo, la opinión de un Cotta y un

pontífice. Haz ahora que yo llegue a comprender qué

es lo que tú opinas. Tú eres un filósofo y yo debería

recibir de tí una prueba de tu religión, mientras que

debo creer la palabra de nuestros antepasados aún sin

pruebas.

CAPITULO 3

—¿Y cuál es, entonces, la prueba esta que exiges de

mí, Cotta? —replicó Balbo.

—Dividiste tu exposición en cuatro partes —dijo

Cotta—; primero te propusiste demostrar la existencia

de los dioses; en la segunda, describir su naturaleza;

en la tercera, demostrar que el mundo es gobernado

por ellos; finalmente, probar que ellos se preocupan

del bienestar de los hombres. Estos, si la memoria no

me falla, fueron los capítulos que tú determinaste.

—Estás completamente en lo cierto —dijo Balbo—;

pero dime ahora qué es lo que quieres saber.

7. —Tomemos cada punto por separado y por orden

—replicó Cotta—, y si el primero de ellos es la

doctrina universalmente aceptada excepto por los

completamente impíos, si bien yo por mi parte no

puedo someterme a la creencia de que los dioses

existen, sin embargo no me enseñas ninguna razón que

pruebe que esta creencia, de la que estoy convencido

por la autoridad de nuestros mayores, es verdadera.

—Si estás convencido de ella —dijo Balbo—, ¿cuál

es la razón por la que deseas que yo te enseñe? —Lo

deseo —dijo Cotta— porque me enfrento con esta

discusión como si nunca hubiera aprendido nada o no

hubiera reflexionado en absoluto acerca de los dioses

inmortales. Recíbeme pues, como un discípulo

completamente ineducado, y enséñame lo que quiero

saber.

8. —Dime, pues —replicó él—, qué es lo que quieres

saber.

 

—¿Que qué es lo que quiero saber? En primer lugar,

por qué, después de haber dicho que esta parte de tu

disertación ni tan siquiera necesitaba discusión,

porque el hecho de la existencia divina era evidente y

se admitía universalmente, has disertado no obstante

tan largamente sobre este mismo punto.

—Lo hice —dijo él— porque he advertido con

frecuencia que también tú, Cotta, cuando hablas en el

foro, abrumas al juez con todos los argumentos que

puedes imaginar, siempre y cuando la causa te brinde

la oportunidad de hacerlo. Y los filósofos hacen lo

mismo y también yo procuré hacer otro tanto en la

medida que pude. Pero que tú me hagas esta pregunta

viene a ser lo mismo que si me preguntaras por qué te

miro con dos ojos en lugar de cerrar uno de ellos,

supuesto que puedo conseguir el mismo resultado con

un ojo que con dos.

CAPITULO 4

9. —Hasta qué, punto esta comparación sea válida —

replicó Cotta— lo dejo a tu consideración.

Pues, de hecho, en las causas judiciales, no tengo la

costumbre de demostrar un punto que es por sí mismo

evidente y que todas las partes en litigio admiten,

porque el argumento no haría más que disminuir su

claridad; y, por otra parte, si yo hiciera tal cosa al

defender un pleito ante un tribunal, no haría lo mismo

en una discusión abstracta como la presente. En

cambio, no habría ninguna razón real para que tú

cerraras un ojo, porque los dos ojos tienen el mismo

campo de visión, y porque la naturaleza de las cosas,

que tú afirmas posee la sabiduría, ha querido que

tuviéramos dos ventanas abiertas desde el espíritu para

los ojos. Tú no te sentías realmente muy seguro de que

la doctrina de la existencia divina fuera por sí misma

tan evidente como hubieras deseado, y por esta razón

intentaste demostrarlo con gran número de

argumentos. Por mi parte, un solo argumento hubiera

bastado, a saber, el de que ellos nos había sido

transmitido por nuestros mayores. Pero tú

menosprecias la autoridad, y luchas tus batallas con

las armas de la razón.

10. Permíteme, pues, que mi razón entre en lid con tu

razón.

Tú aduces todos estos argumentos para demostrar que

los dioses existen, y a fuerza de razonar haces dudosa

o incierta una cuestión que, en mi opinión, no admite

absolutamente ninguna duda. He conservado, en

efecto, en mi memoria no solamente el número sino

también el orden de tus argumentos. El primero era

que, cuando miramos al firmamento, de inmediato

advertimos que existe algún poder por el que son

gobernados esos cuerpos celestes. Y a raíz de esto

citabas123 : "Contempla esta ardiente bóveda del cielo,

que todos invocan como Júpiter"

11. ¡Como si alguien de entre nosotros realmente diera

el nombre de Jove o Júpiter a tu cielo más bien que al

Júpiter del Capitolio, o como si fuera por sí mismo

evidente y universalmente admitido que son divinos

esos seres124 a quienes Velleio y otros muchos además

de él no les conceden ni siquiera que sean seres

vivientes! Asimismo, te pareció a tí que era un

argumento de peso el que la creencia en los dioses

inmortales sea admitida universalmente y se extienda

cada día más. ¿Os parece, pues, bien que cuestiones de

tanta importancia sean decididas por las gentes necias

o de cortos alcances, sobre todo a vosotros, que

consideráis que todos los necios están locos?

CAPITULO 5

"Pero los dioses —decis125— se nos aparecen

corporalmente, como le ocurrió a Postumio junto al lago

Regulo y a Vatinio en la Vía Salaria"; y no sé qué

más añadiste sobre la batalla de los locrios junto al

Sagra. Entonces ¿crees tú realmente que esos seres a

quienes llamas los hijos de Tyndáreo, es decir,

hombres mortales nacidos de seres humanos, y de

quienes Homero, que vivió no mucho después de su

época, afirma que fueron enterrados en Esparta,

vinieron cabalgando en corceles blancos sin ninguna

clase de acompañantes o mozos de escuadra,

encontraron a Vatinio, eligieron a un hombre rudo

como él para darle las noticias de una gran victoria

nacional, en lugar de ir a Marco Catón, que era el

senador más venerable en ese tiempo? Pues bien,

entonces creerás también que la señal que hay en una

roca, en forma de pezuña de caballo, y que en la

actualidad puede verse aún en la playa del lago

Regulo, fue hecha por el caballo de Castor, ¿no?

12. ¿No preferirías tú creer aquello que realmente se

puede probar, a saber, que las almas de los hombres

famosos, como loo hijos de Tyndáreo de que hablas,

son divinas y viven por siempre, antes que pensar que

esos hombres, que una vez por todas fueron

incinerados en una pira funeraria, son capaces de

montar a caballo y de luchar en una batalla? O bien, si

afirmas que tal cosa fue posible, entonces tienes que

explicar de qué manera fue posible, y no limitarse a

contar cuentos de viejas.

13. —¿Crees realmente que son cuentos de viejas? —

replicó Lucilio—. ¿No ves tú el templo que dedicó en

el foro a Castor y Pólux Aulo Postumio, o ignoras la

resolución del Senado respecto de Vatinio? En cuanto

a Sagra, los griegos poseen un dicho proverbial al

respecto: cuando ellos afirman algo dicen que aquello

es "más cierto que lo sucedido en el Sagra", ¿No

deberás tener en cuenta su autoridad?

— ¡Oh! Balbo —replicó Cotta—, tú me estás combatiendo

con rumores, cuando lo que yo te he exigido

son razones. . .

CAPITULO 6

14 . . . siguen los sucesos futuros; pues nadie puede

eludir o huir las cosas futuras. Pero, con frecuencia ni

tan siquiera es útil conocer lo que va a ocurrir; es, en

efecto, una desgracia sufrir tormentos inútiles, y

carecer del último pero común solaz de la esperanza,

especialmente cuando vuestra escuela afirma también

que todos los acontecimientos están predeterminados

por el hado, y que el hado es lo que desde toda la

eternidad ha sido verdad: ¿qué bien es, pues, saber que

algo va a su ceder, o tomo puede ello ayudarnos a

evitarlo, siendo así que ello ciertamente tiene que

ocurrir? Además, ¿de dónde procede vuestro arte de

la adivinación? ¿Quién encontró la fisura en el

hígado? ¿Quién cayó en la cuenta del canto de la cor

neja? ¿Quién advirtió la forma en que caía la suerte?

Y yo creo en estas cosas, y no puedo des preciar el

báculo augural de Atto Navio, al que tú hiciste

referencia127; pero ¿cómo llegaron a ser

comprendidos esos modos de adivinación? Eso es lo

que los filósofos tienen que enseñarme, sobre todo

supuesto que tus adivinos mienten en multitud de

cosas.

15 "Pero también los médicos se equivocan con

frecuencia": ese era tu argumento128. Pero ¿qué semejanza

existe entre la medicina, cuya base racional

puedo ver, y la adivinación, cuya fuente no puedo

comprender? Por otra parte, tú piensas que los dioses

fueron realmente aplacados por el sacrificio de los

Decios. Sin embargo, ¿cómo pueden los dioses haber

sido tan injustos como para que su indignación hacia

el pueblo romano sólo pudiera aplacarse con la muerte

de héroes como los Decios? No, el sacrificio de los

Decios fue un recurso o invento de los generales, lo

que los griegos llaman "strategema", si bien un recurso

ingenioso propio de generales que estaban dispuestos

a dar sus vidas en servicio de su país; pensaban, en

efecto, que si un jefe cabalgaba a galope tendido contra

el enemigo sus tropas iban a seguirle, y así ocurrió.

En cuanto a la voz del Fauno, ciertamente yo nunca la

he oído129 : pero si tú dices haberlo oído, daré crédito

a tu palabra, aun cuando no sé en absoluto qué es un

Fauno.

CAPITULO 7

Así, pues, Balbo, en la medida en que depende de tí,

todavía no comprendo que los dioses existan; creo en

su existencia, pero los estoicos no la explican lo más

mínimo.

16. Cleantes, en efecto, como tú decías, opina que las

nociones de los dioses se hallan formadas en los

espíritus de los seres humanos de cuatro maneras. He

discutido ya suficientemente una de estas maneras, la

que deriva de nuestro conocimiento previo de los

acontecimientos futuros; la segunda se basa en los

disturbios meteorológicos y en los demás cambios del

tiempo; la tercera en la utilidad y abundancia de las

comodidades que tenemos a nuestro alcance; y la

cuarta, en los movimientos ordenados de las estrellas y

en la regularidad del cielo. Hemos hablado ya sobre el

conocimiento previo. En cuanto a las perturbaciones

meteorológicas, tanto en tierra como en el mar, no

podemos negar que hay muchas personas que se

sienten aterrorizadas por ellas y piensan que son

causadas por los dioses inmortales. fieri existument;

17 Pero lo que estamos buscando no es si hay quienes

crean que los dioses existen; lo que andamos buscando

es saber si los dioses existen o no. En cuanto a las

demás razones que aduce Cleantes, la que deriva de la

abundancia de los beneficios que nos han sido

otorgados, y la otra que se basa en la ordenada

secuencia de las estaciones y en la regularidad de los

cielos, trataremos de ellas cuando lleguemos a la

discusión de la providencia divina, sobre la cual tú,

Balbo, dijiste muchas cosas.

18 Y diferimos para la misma ocasión el argumento

que tú atribuíste a Crysippo, de que, puesto que existe

en el universo algo que no puede ser creado por el

hombre, tiene que existir algún ser superior al hombre;

y también tu comparación de la belleza ornamental de

una casa con la belleza del mundo, y tu referencia a la

armonía y consenso común de todo el mundo;

asimismo, pospondremos para esta parte de mi

disertación a que me he referido los breves y un tanto

agudos silogismos de Zenón; asimismo, todos tus

argumentos de naturaleza científica acerca de la fuerza

ígnea y el calor, que tú afirmaste era la fuente

universal de la generación, serán examinados en su

lugar; y todo lo que tú dijiste anteayer, cuando

intentabas demostrar la existencia de los dioses, para

demostrar que tanto el mundo como un todo cuanto el

sol, la luna y las estrellas poseían sensación e

inteligencia, lo guardaré para la misma ocasión.

19. Pero, lo que te preguntaré una vez y otra es cuáles

son las razones que tienes tú para creer que los dioses

existen.

CAPITULO 8

—En realidad —repuso Balbo— yo creo haber presentado

mis razones, pero tú las refutas de tal manera

que, cuando parece que vas a formularme una

pregunta y yo me he preparado ya para contestar, de

pronto desvías el razonamiento y no me das

oportunidad de responder. Así, pues, cuestiones de

gran importancia nos han pasado por alto sin hacer

caso de ellas, tales como la adivinación y el hado,

temas que tú has tratado brevemente cuando nuestra

escuela está acostumbrada a decir mucho sobre ellos,

aunque sean completamente distintos de la cuestión

que estamos tratando. Te ruego, pues, que adoptes un

modo de proceder ordenado, de forma que podamos

poner en claro la cuestión presente.

20. —Muy bien —dijo Cotta—. Por consiguiente,

puesto que tú has dividido toda la cuestión en cuatro

partes, y hemos hablado ya de la parte primera,

consideremos ahora la segunda. A mí me ha parecido

reducirse a esto: tú pretendías mostrar cómo eran los

dioses, pero de hecho has demostrado que no existen.

Has dicho, en efecto, que es muy difícil separar el

espíritu de su asociación con los ojos; ahora bien, no

vacilaste en argüir que puesto que nada es más

excelente que la divinidad, el mundo tiene que ser

dios, porque no hay nada en el universo que sea

superior al mundo. Sería así con la sola condición de

que pudiéramos imaginar al mundo como un ser

viviente o, mejor aún, con la sola condición de que

pudiéramos discernir con nuestras mentes esta verdad

tan exactamente como con nuestros ojos vemos los

objetos externos.

21. Pero, cuando tú dices que nada es superior al

mundo, ¿qué entiendes tú por superior? Si tú quieres

decir más bello, estoy de acuerdo, si quieres decir más

adecuado a nuestras conveniencias, también en esto

estoy de acuerdo; pero, si lo que tú quieres decir es

que no hay nada más sabio que el mundo, estoy entera

y absolutamente en desacuerdo contigo; no porque sea

difícil establecer este divorcio entre el espíritu y los

ojos, sino porque cuanto más hago esto tanto menos

consigue mi mente captar lo que quieres decir.

CAPITULO 9

"No hay en el universo nada superior al mundo."

Tampoco hay en la tierra nada superior a nuestra

ciudad: ¿es que por ello crees que nuestra ciudad está

dotada de razón, de pensamiento, de inteligencia? O

bien, por no ser así, ¿crees acaso que una hormiga

debe ser considerada superior a esta hermosísima

ciudad, debido a que una ciudad no está dotada de

sensación mientras que una hormiga posee no sólo

sensación sino también una mente que razona y

recuerda? Conviene ver, Balbo, qué es lo que se te

concede, no dar por admitido lo que a ti te plazca.

22. Todo este punto ha sido concisamente desarrollado130

por aquel famoso y viejo silogismo de

Zenón, de conclusión que a tí te pareció aguda. Zenón

plantea el argumento así: "Lo que es racional es

superior a lo que no es racional; ahora bien, nada es

superior al mundo; luego el mundo es racional."

23. Si tú aceptas esta conclusión, llegarás perfectamente

a demostrar que el mundo es muy capaz de

leer un libro; pues, siguiendo las huellas de Zenón,

podrás muy bien construir un silogismo como sigue:

"Lo que es conocedor de las letras o literato es

superior a lo que ignora las letras o es iliterato; ahora

bien, nada es superior al mundo; el mundo, por tanto,

es literato". Mediante esta forma de razonar el mundo

será también un orador, e incluso un matemático, un

músico y, de hecho, un experto en todo género de

saber; en una palabra, un filósofo. Dijiste muchas

veces que el mundo es la única fuente de todas las

cosas creadas, y que la capacidad de la naturaleza no

incluye el poder de crear cosas desemejantes a ella

misma: ¿he de admitir yo que el mundo es no

solamente un ser vivo, y un sabio, sino también un

tocador de lira y un flautista, porque da a luz hombres

hábiles en estas artes? Pues bien, ese padre de vuestra

escuela estoica no aduce en realidad ninguna razón por

la que tengamos que pensar que el mundo es racional,

ni tan siquiera para que pensemos que es un viviente.

El mundo, por consiguiente, no es dios; y, no obstante,

no hay nada superior al mundo, porque no hay nada

más bello que él, nada más adecuado para nuestra

salud, nada más agradable a la vista o más regular en

su movimiento.

Y si el mundo tomado como un todo no es dios,

tampoco lo son las estrellas, que tú, en su incontable

multitud, querías reconocer como dioses,

extendiéndote con complacencia en sus movimientos

uniformes y sempiternos, y lo afirmo con toda razón,

pues muestran una regularidad maravillosa y

extraordinaria.

24. Pero, no todas las cosas, Balbo, que tienen

trayectorias fijas y regulares deben ser atribuidas a un

dios más que a la naturaleza.

¿Qué suceso crees tú podría haber más regular que la

repetida alternancia de las mareas en el Euripo de

Calcis? ¿O que la de los estrechos de Mesina? ¿O que

la de las arremolinadas corrientes oceánicas en la

región en que

"la ola rapaz divide a Europa y Libia?"

¿Acaso las mareas de las costas de España o Britania

con sus flujos y reflujos a intervalos fijos de tiempo no

pueden producirse sin la intervención de un dios? Si

todos los movimientos y todos los sucesos que

mantienen una regularidad periódica constante se

afirma que son divinos, ¿por qué, dime, no deberemos

también decir que son divinas las fiebres tercianas y

cuartanas, como quiera que nada puede haber más

regular que el proceso de sus accesos periódicos?

Todos los fenómenos de esta clase exigen una

explicación racional.

25. Y en vuestra incapacidad para dar esta explicación,

os refugiáis en dios como en lugar sagrado.

Asimismo, admirabas tú la agudeza de un argumento

de Crysippo, que fue sin duda un pensador diestro y

endurecido131 —aplico el adjetivo "diestro" a las

personas de inteligencia rápida, y el adjetivo

"endurecido" a aquellas cuyas mentes se han

endurecido con el uso de la misma manera que la

mano se endurece con el trabajo—; Crysippo, pues,

arguye de esta manera: "si existe algo que el hombre

no es capaz de crear, el que crea este algo es superior

al hombre; ahora bien, el hombre no es capaz de crear

los objetos que vemos en el mundo; luego el que fue

capaz de hacer tal cosa es superior al hombre; ahora

bien, ¿quién puede superar al hombre sino dios?

Luego dios existe". Todo esto se mueve en el campo

de error mismo en que se hallaba el argumento de

Zenón.

26. No se da ninguna definición del significado de

"superior" y "más excelente", o de la distinción entre

naturaleza y razón. Crysippo además declara que, si no

hubiera dioses ningunos, el universo natural no

contendría nada superior al hombre; pero que

cualquier hombre piense que no hay nada superior al

hombre lo considera el colmo de la arrogancia.

Concedamos que es una muestra de arrogancia el

valorarse a sí mismo superior al mundo; pero, no

solamente no es una señal de arrogancia, sino que es

más bien una muestra de sabiduría el comprobar que

uno es un ser consciente y racional y que Orion y la

Canícula no lo son. Asimismo, dice: "si vemos una

casa bella, inferiremos que fue edificada para sus

dueños, no para los ratones; así, pues, hemos de

estimar que el mundo es la mansión de los dioses". Sin

duda yo juzgaría esto así si creyera que el mundo

había sido edificado a manera de una casa, y no que

fue construido por la naturaleza, como demostraré

que lo fue.

CAPITULO 11

27 Me dices, empero, que Sócrates dice en Jenofonte

que si el mundo no tuviera un alma racional, de dónde

íbamos a sacar la nuestra.133 Y yo a mi vez pregunto

que de dónde sacamos la facultad de hablar, de dónde

sacamos los números y de dónde la música; a menos

que supongamos que el sol conversa con la luna

cuando sus trayectorias se acercan, o que el mundo

produce una música armoniosa134, como cree

Pitágoras. Estas facultades son dones de la naturaleza,

Balbo, y no de una naturaleza que "camina de una

manera artificiosa o llena de arte", como dice Zenón135

—y dentro de un momento veremos qué quiere decir

esto—, sino de una naturaleza que, por medio de sus

propios movimientos y cambios, comunica

movimiento y actividad a todas las cosas.

28 Por esto estoy completamente de acuerdo con

aquella parte de tu exposición que hablaba de la

puntual regularidad de la naturaleza y de lo que tú

llamabas su interconexión y correlación armónicas136 ;

pero me es imposible aceptar tu afirmación de que

esto no podría haberse producido de no estar sostenido

por un único espíritu divino. Por el contrario, la

coherencia y persistencia del sistema se deben a las

fuerzas de la naturaleza y no al poder divino; en ella es

donde reside esta "concordia" —que los griegos

llaman "sympátheia"—, pero cuanto mayor es ella

como proceso o crecimiento espontáneo, tanto menos

posible es suponer que todo el sistema fue creado por

la razón divina.

CAPITULO 12

29 Entonces, ¿cómo refuta vuestra escuela los

argumentos estos de Carnéades? Si no hay ningún

cuerpo inmortal, no hay tampoco ningún cuerpo

eterno; ahora bien, no hay ningún cuerpo inmortal, ni

siquiera hay ningún cuerpo que no pueda reducirse a

partes o que no pueda ser descompuesto y disuelto. Y,

supuesto que todo ser vivo animado es por su misma

naturaleza capaz de sentir, ninguno de estos seres

puede eludir la inevitabilidad de recibir alguna

impresión que proceda del exterior, a saber, no puede

dejar de padecer y sentir; y, si todo ser animado reúne

estas condiciones, ningún ser animado es inmortal. Por

consiguiente, de igual manera, si todo ser animado

puede ser dividido en sus partes, ningún ser animado

es individuo o indivisible, y ninguno es eterno; ahora

bien, todo ser animado está hecho como para

experimentar y sufrir la violencia procedente de fuera;

por consiguiente se sigue de ello que todo ser animado

es necesariamente mortal, disoluble y divisible.

30 Pues, de la misma manera que, si toda cera fuera

capaz de cambiar, nada hecho de cera sería inmutable,

y análogamente tampoco sería inmutable nada hecho

de plata o bronce si la plata y el bronce fueran

sustancias transformables o mutables, así también, por

tanto, si todos los elementos de los que todas las cosas

están compuestas son transformables y mutables, no

podrá haber ningún cuerpo que sea inmutable; ahora

bien, los elementos de los que, según tu escuela, todas

las cosas se componen son mudables y transformables;

por consiguiente, todo cuerpo es mudable y está

sometido al cambio. Ahora bien, si hubiese algún

cuerpo inmortal, no todos los cuerpos serían

mudables. De donde se sigue que todo cuerpo es

mortal. Todo cuerpo, en efecto, es o bien agua, o aire,

o fuego, o tierra, o una combinación de todos estos

elementos o de algunos de ellos; ahora bien, ninguno

de estos elementos es indestructible o imperecedero.

31. Pues, todo lo que es de naturaleza terrestre es

divisible, y la sustancia líquida o húmeda es tan blanda

que puede fácilmente ser comprimida y rota, mientras

que el fuego y el aire son muy fácilmente impulsados

por impactos de todas clases y tienen una consistencia

extremadamente dúctil y fácilmente disipable; además,

todos estos elementos perecen cuando sufren una

transformación, cosa que ocurre cuando la tierra se

convierte en agua, y cuando del agua brota aire, y del

aire se produce éter, y cuando estos procesos a su vez

siguen el orden inverso; ahora bien, si esos elementos

de que consta todo ser animado pueden perecer,

ningún ser animado o vivo es eterno.

CAPITULO 13

32 Y dejando a un lado esto, sin embargo no puede

encontrarse ningún ser animado que no haya

nacido alguna vez o que vaya a vivir para siempre.

Todo ser animado, en efecto, posee sensación; por

consiguiente percibe el calor y el frío, lo dulce y lo

amargo, y no puede por medio de ninguno de sus

sentidos recibir las impresiones agradables sin recibir

también las contrarias a ellas; por consiguiente, si es

capaz de sentir placer, es también capaz de sentir

dolor; ahora bien, un ser que puede experimentar el

dolor, debe necesariamente estar expuesto a perecer;

hay que admitir por consiguiente que todo animal es

mortal.

33 Además, si hubiera algo que no pueda sentir ni

placer ni dolor, este algo no podría ser un animal,

mientras que, si algo es animal, debe necesariamente

sentir placer y dolor; y lo que siente placer y dolor no

puede ser eterno; y todo animal siente estas cosas;

luego ningún animal es eterno. Más aún: no puede

existir ningún animal que no posea los instintos

naturales de apetencia y repulsión; ahora bien, los

objetos de la apetencia o apetito son cosas que están

de acuerdo con la naturaleza, y los objetos de la

repulsión son cosas contrarias a éstas ; y todo animal

anda en busca de ciertas cosas y huye de ciertas otras:

ahora bien, aquello de que huye es contrario a la

naturaleza, y lo que es contrario a la naturaleza posee

la capacidad de destruirla; por tanto es necesario que

todo animal perezca.

34 Son demasiado numerosas para ser recorridas las

pruebas por las que se puede demostrar de manera

irrebatible que no hay nada que posea la sensación que

no perezca; de hecho, los objetos mismos de la

sensación, tales como el frío y el calor, el placer y el

dolor, y los demás todos, cuando son experimentados

en un grado muy intenso producen la destrucción; y no

hay ningún animal o ser animado desprovisto de

sensación; por tanto, ningún ser animado o animal es

eterno.

CAPITULO 14

Todo animal, en efecto, debe estar constituido o bien

por una sustancia simple, por consiguiente, o bien de

tierra, o de fuego, o de aire, o de agua —y un animal

así es inconcebible—, o bien debe estar constituido

por una sustancia compuesta de varios elementos, cada

uno de los cuales posee su lugar propio hacia el que se

dirige por su impulso natural, uno hacia el fondo, otro

hacia lo alto, otro hacia la zona media; tales elementos

pueden mantenerse en cohesión durante un cierto

tiempo, pero de ninguna manera pueden hacer eso

siempre, porque cada uno debe necesariamente ser llevado

por la naturaleza hacia su propio lugar; por tanto,

ningún ser animal es eterno.

35. Pero vuestra escuela, Balbo, suele referir todas las

cosas a una fuerza elemental de naturaleza ígnea,

siguiendo en ello, según creo, a Heráclito137, si bien no

todos interpretan al maestro de la misma manera; no

obstante, supuesto que él no deseó que su significado

fuera comprendido138, dejémoslo a un lado; vosotros

decís, empero, que toda fuerza tiene una naturaleza

ígnea, y que, a causa de esto, todos los seres animales

perecen cuando les falta su calor, y asimismo que, en

cualquier orden de la naturaleza, tiene vida y vigor lo

que está caliente. Pero, por mi parte no logro entender

cómo perecen los cuerpos cuando su calor se extingue,

y no perecen, en cambio, cuando son privados de su

humedad o su aire, sobre todo supuesto que también

mueren por excesivo calor.

36. Por consiguiente, lo que decís acerca del calor

debe aplicarse también a los demás elementos.

Veamos, sin embargo, lo que sigue. Vuestro punto de

vista es, en mi opinión, que no hay ningún ser animal

que esté contenido en el interior de la naturaleza y el

mundo todo excepto el fuego. ¿Y por qué el fuego más

bien que el aire —"anima"—, del que está formada

también el alma — "animus"— de los seres animados,

de donde precisamente deriva el término "animal"?

¿Con qué fundamento suponéis que se os concede que

no hay más alma que el fuego? Parece más razonable

afirmar que el alma es una naturaleza compuesta, y

consta de fuego y aire combinados. No obstante, si el

fuego es un ser animal en sí mismo y por sí mismo, sin

la mezcla de ningún otro elemento, la presencia del

fuego en nuestros cuerpos es lo que nos hace estar

dotados de sensación y por consiguiente el propio

fuego no puede carecer de sensación. Aquí podemos

repetir el argumento utilizado ya antes139: todo lo que

está dotado de sensación debe necesariamente

experimentar tanto el placer como el dolor; ahora bien,

lo que puede sentir dolor debe también poder ser

destruido; de donde se sigue que también sois

incapaces de demostrar que el fuego es eterno.

37. Además, ¿no habéis afirmado también vosotros

que todo fuego necesita combustible y que de ninguna

manera puede conservarse si no es alimentado? ¿Y

que el sol, la luna y las demás estrellas se alimentan

los unos de agua dulce, los otros de agua del mar? Esta

es la razón que aduce Cleantes para explicar

"por qué el sol no retrocede, ni avanza más allá de la

órbita de su solsticio"140,

como tampoco va más allá de su solsticio de invierno :

no puede, en efecto, alejarse demasiado de su

alimento. Consideraremos toda esta cuestión dentro de

poco; por el momento acabemos con este silogismo: lo

que puede perecer no puede ser una sustancia eterna;

ahora bien, el fuego puede perecer si no es alimentado;

el fuego, por consiguiente, no es una sustancia eterna.

CAPITULO 15

38. Pero ¿cómo podemos entender a un dios que no

posea ninguna virtud? Pues ¿qué? ¿Atribuimos a dios

la prudencia, que consiste en el conocimiento de las

cosas buenas, de las cosas malas, y de las cosas que no

son ni buenas ni malas? Un ser que no experimenta ni

puede experimentar nada malo ¿qué necesidad tiene

de escoger entre las cosas buenas y las cosas malas?

¿O qué necesidad tiene de la razón o de la

inteligencia? Estas facultades las empleamos con el fin

de alcanzar las cosas oscuras partiendo de las que nos

son conocidas; ahora bien, para dios nada puede ser

oscuro. Y la justicia, que asigna a cada uno de lo que

le es propio o le pertenece, ¿qué tiene que ver con los

dioses? Pues, como vosotros decís, fue la sociedad y la

comunidad humana la que engendró la justicia. La

templanza consiste en abstenerse de los placeres del

cuerpo, de forma que, si en el cielo hay lugar para la

templanza, tiene que haber también lugar para el

placer. En cuanto al valor, ¿cómo puede concebirse un

dios valiente? ¿Fuerte en el dolor? ¿En el trabajo? ¿En

el peligro acaso? Ninguna de estas cosas afecta a la

divinidad.

39. La divinidad, pues, no es ni racional ni posee

ninguna virtud: pero ¿cómo podemos concebir un dios

así?

De hecho, cuando reflexiono sobre las afirmaciones de

los estoicos, no puedo menospreciar la estupidez de

las gentes vulgares e ignorantes. Entre las gentes

ignorantes se encuentran supersticiones, como el culto

sirio de un cierto pez142 , y la deificación egipcia de

casi todas las especies animales; por su parte, en

Grecia se rinde culto a numerosos seres humanos

divinizados, Alabandos en Alabanda, Tennes en

Ténedos, Leucotea, primitivamente Inó y su hijo

Palemón en toda Grecia, así como también Hércules,

Esculapio y los hijos de Tyndáreo; y, entre nosotros

mismos, Rómulo y otros muchos que se cree han sido

admitidos a la ciudadanía celestial en tiempos

recientes, gracias a una especie de extensión del

privilegio.

CAPITULO 16

40. Estas son, pues, las supersticiones de los

ignorantes. ¿Y cuáles son las vuestras, las de los

filósofos? ¿En qué son mejores vuestros dogmas?

Omito todos los demás, que son verdaderamente

notables. Admitamos tan sólo que el mundo sea dios

—esto es, en efecto, lo que supongo significa el verso

"la ardiente bóveda del cielo, que todos invocan como

Júpiter".

¿Por qué, pues, hemos de añadir también a él otros

dioses y numerosos? ¡Y qué grande es la

muchedumbre de éstos! A mí, al menos, me parecen

ser realmente muy numerosos; pues vosotros contáis

entre los dioses a todas y cada una de las estrellas, y

las llamáis mediante nombres de animales tales como

Cabra, Escorpión, Toro, León, o mediante nombres de

cosas inanimadas, tales como Argo, Ara o Corona.

41. Pero, aun concediendo esto, ¿cómo puede todo lo

demás no ya concederse sino ni tan siquiera

entenderse? Cuando llamamos Ceres al trigo o Líber al

vino, empleamos una figura de lengua familiar, pero

¿Crees tú que puede haber alguien de mente tan

perturbada como para creer que el alimento que come

es un dios? En cuanto a los casos que tú aduces de

hombres que han sido levantados a la condición de

divinidad, me explicarás, y me agradará mucho

aprenderlo, cómo fue posible esta apoteosis, o bien por

qué ha dejado de tener lugar en nuestros días. En el

estado actual de las cosas, no entiendo cómo el héroe

aquel a cuyo cuerpo

"en el monte Oita se aplicaron las antorchas",

como dice Accio, puede haber pasado desde la

ardiente pira a

"la mansión eterna de su padre";

dejando a un lado el hecho de que Homero143 no

presenta a Ulises encontrándose con él, entre los

demás que habían abandonado ya esta vida, en el

mundo infernal.

42. Aun cuando a mí me gustaría saber qué Hércules

particular es el que nosotros veneramos; pues los

estudiosos de los escritos esotéricos y recónditos nos

hablan de varios Hércules, siendo el más antiguo de

ellos el hijo de Júpiter, es decir, del Júpiter asimismo

más antiguo pues encontramos varios Júpiter también

en los primitivos escritos de los griegos. ¡Así, pues,

este Júpiter y Lysithoe fueron los padres del Hércules

este de quien se nos dice que tuvo una querella con

Apolo por un trípode! Se nos habla de otro Egipto,

hijo del Nilo, del que se dice compiló los libros

sagrados de Frigia. Un tercero procede de los "Digiti"

del Monte Ida, que ofrecen sacrificios en su tumba. El

cuarto es hijo de Júpiter y Asteria, la hermana de

Latona; es venerado principalmente en Tiro, y se dice

que fue el padre de la ninfa Cartago. Hay un quinto

Hércules en la India, llamado Belos. El sexto es

nuestro amigo, el hijo de Alcmena, cuyo progenitor

fue Júpiter, es decir, el Júpiter número tres, puesto

que, voy a explicar ahora, la tradición nos habla

también de varios Júpiter.

CAPITULO 17

43. Pues, dado que mi razonamiento me ha conducido

a este punto, voy a demostrar que he aprendido más

acerca de la manera adecuada de venerar a los dioses,

de acuerdo con la ley pontificia y las costumbres de

nuestros antepasados, en aquellas pobres y pequeñas

marmitas que nos legó Numa, de las que habla Lelio

en aquel pequeño discurso de oro145, que en las teorías

de los estoicos. Pues, si adopto tus doctrinas, tú mismo

me dirás cómo debo responder a quien me haga preguntas

como las que siguen: "Si existen los dioses,

¿son también diosas las ninfas? Si las ninfas son

diosas, los Panes y Sátiros son también dioses; luego

la ninfas tampoco lo son. Sin embargo, tienen templos

consagrados y dedicados a ellas por el pueblo; ¿hay

que deducir entonces que tampoco son dioses aquellos

otros a quienes se les han dedicado templos? Dime

asimismo esto: cuentas a Júpiter y a Neptuno entre los

dioses; luego su hermano Orco es también un dios; y

los ríos míticos del mundo inferior, el Aqueronte, el

Cocyto y el Pyriflegeton, y asimismo Caronte y el can

Cerbero, deben ser considerados dioses.

44. Pero esto es del todo rechazable o inadmisible; por

tanto tampoco Orco es un dios; ¿qué decir entonces de

sus hermanos antes mencionados?" Estos argumentos

fueron formulados por Carnéades, no con la

intención de imponer el ateísmo —pues ¿qué cosa

puede ser menos propia de un filósofo?—, sino a fin

de demostrar la falta absoluta de valor de la teología

estoica; por eso proseguía así: "Pues ¿qué? —decía—.

Si estos hermanos son incluidos en el número de los

dioses, ¿podemos nosotros negar la divinidad de su

padre Saturno, que es objeto de la más alta reverencia

o veneración de parte de las gentes vulgares del oeste?

Y si él es un dios, hemos de admitir que también su

Padre Cielo o Urano es un dios. Y si es así, los

progenitores del Cielo, el Éter y el Día, deben

considerarse dioses y también todos sus hermanos y

hermanas, a quienes los antiguos especialistas en

genealogías denominan Amor, Dolo, Temor, Trabajo,

Envidia, Hado, Vejez, Muerte, Tinieblas, Miseria,

Lamentación, Favor, Fraude, Obstinación, Parcas,

Hespérides, Sueños, todos los cuales son, según el

mito, hijos de Erebo y la Noche". Por consiguiente, o

bien hay que admitir estas monstruosidades, o hay que

descartar también aquellos primeros pretendientes. tollenda.

CAPITULO 18

45. Por otra parte, si llamas dioses a Apolo, a Vulcano,

a Mercurio y a los demás, ¿vas a dudar acerca de

Hércules, Esculapio, Líber, Castor y Pólux? Pero es

que éstos son tan venerados como aquéllos y aún, a

decir verdad, en ciertos lugares mucho más que

aquéllos. ¿Hay que considerar, pues, dioses a los que

han nacido de madres mortales? Pues bien, ¿no estarán

también en el número de los dioses Aristeo, el famoso

inventor del olivo, que fue hijo de Apolo, y Teseo el

hijo de Neptuno, y todos los demás hijos de dioses?

¿Y qué decir sobre los hijos de las diosas? Yo creo

que tienen mayores derechos aún a ello; pues, de la

misma manera que por la ley civil aquel cuya madre es

una mujer libre es un hombre libre, así también por la

ley de la naturaleza aquel cuya madre es una diosa

tiene que ser un dios; y en la isla de Astypalea Aquiles

es más devotamente venerado por los habitantes de la

misma por los motivos dichos; ahora bien, si Aquiles

es un dios, también lo son Orfeo y Reso, cuya madre

fue una Musa; ¡a no ser tal vez que un matrimonio en

el fondo del mar tenga más valor que un matrimonio

en la tierra seca! Si estos no son dioses, porque no son

venerados en ninguna parte, ¿cómo pueden ser dioses

los otros?

46. Medítalo, pues, no sea que estos honores divinos

se atribuyan a las virtudes de los hombres y no a su

inmortalidad; cosa que tú mismo, Balbo, pareciste dar

a entender. Luego, si tú crees que Latona es una diosa,

¿cómo puedes pensar que no lo sea Hécate, que es hija

de Asteria, la hermana de Latona? ¿Es también Hécate

una diosa? Hemos visto en Grecia altares y capillas

dedicados a ella. Pero, si Hécate es una diosa, ¿por

qué no lo son las Euménides? Y si estas son diosas —

y tienen un templo en Atenas, y el Bosque Sagrado de

Furina en Roma, si interpreto bien el nombre, también

es suyo—, entonces las Furias son diosas,

probablemente por su cualidad de descubridoras y

vengadoras del crimen y la maldad.

47. Y si los dioses son tales que intervienen en los

asuntos humanos, "Natio" debe también ser

considerada una diosa, a la que solemos ofrecer

sacrificios cuando recorremos en circulo los santuarios

del territorio de Ardea146: es llamada Natio, nombre

que procede del verbo "nacer" ("nasci"), porque se

cree que ella vela por las mujeres casadas que están de

parto. Si ella es una diosa, también lo son las

abstracciones que tú mencionaste, el Honor, la

Fidelidad, el Intelecto y la Concordia, y también por

tanto la Esperanza y la Moneda, y todas las cosas que

pueda concebir nuestra imaginación. Y si todo esto

parece poco verosímil o probable, también es así la

primera suposición aquella de la que se infieren todas

estas cosas o casos concretos.

CAPITULO 19

Así pues, si los dioses tradicionales a quienes damos

culto son realmente divinos, ¿qué razón podéis darme

que justifique que no se incluya en la misma categoría

a Isis y Osiris? Y si hacemos esto, ¿por qué

repudiamos a los dioses de los bárbaros? Tendremos,

pues, que admitir en la lista de los dioses a bueyes y

caballos, ibis, halcones, áspides, cocodrilos, peces,

perros, lobos, gatos y otras muchas bestias más. O

bien, si rechazamos a todos éstos, tendremos que

rechazar también a aquellos otros de quienes proceden

sus pretensiones.

48 ¿Y luego qué? Si hay que estimar divina a Inó, bajo

el título de Leucotea en Grecia y de Matua en Roma,

por ser ella la hija de Cadmo, ¿no deben también ser

contados entre los dioses Circe, Pasífae y Aeetes,

hijos de Perseís, nacida del Océano y cuyo padre fue

el Sol? Aparte del hecho de que también147 Circe es

devotamente venerada en la colonia romana de Circei.

Por tanto, si la consideras a ella una diosa, ¿qué

contestarás a Medea, la cual, por ser su padre Aeetes y

su madre Idyía, tuvo como ella dos abuelos que fueron

el Sol y el Océano? ¿O qué responderás a su hermano

Absyrto —que aparece en Pacuvio como Aigialeos, si

bien el primer nombre es más común en la literatura

antigua?— Si éstos, no son divinos, tengo mis temores

sobre lo que va a ser de Inó, pues las pretensiones

de todos ellos proceden de una misma fuente.

49 ¿O bien, si admitimos a Inó, haremos divinos a

Amfiarao y Trofonio? Los publícanos o recaudadores

de contribuciones romanos, al encontrar se con que

había en Beocia tierras pertenecientes a los dioses

inmortales que estaban exentas de tributos por ley

censoria o normas de algún censor, solían afirmar

que nadie que hubiera sido durante algún tiempo un

ser humano era inmortal. Pero si éstos son divinos,

también lo es sin duda alguna Erecteo, cuyo santuario

y cuyo sacerdote vimos también cuando estuvimos en

Atenas. Y si consideramos que éste es un dios, ¿qué

dudas podemos sentir acerca de Codro o cualquier

otras personas que cayeron luchando por la libertad de

su patria? Y si esto no es probable, hemos de rechazar

también los casos primeros de los que éstos son

consecuencia.

50. También es fácil ver que en la mayor parte de los

estados la memoria de los hombres valientes ha sido

santificada con honores divinos con el fin de promover

o estimular el valor, para hacer a los hombres mejores

más afanosos de enfrentarse con el peligro en pro de

su país. Esta es la razón por la que Erecteo y sus hijas

han sido divinizados en Atenas, y análogamente se

encuentra en Atenas el santuario Leonático148, llamado

"Leo-karion". Las gentes de Alabanda dan culto a

Alabando, el fundador de esta ciudad, y con mayor

devoción que a cualquiera de las divinidades famosas.

Y allí fue donde Stratónico pronunció una de sus

agudas frases; cierta persona que le era molesta le

aseguró que Alabando era dios y que Hércules no lo

era: "Pues bien, —respondió él—, que la ira de

Alabando caiga sobre mí y la de Hércules sobre ti."

CAPITULO 20

51. En cuanto a tu idea de derivar la religión del

firmamento y las estrellas, ¿no te das cuenta tú de

cuán lejos te lleva ella? Dices que el sol y la luna son

divinidades, y los griegos identifican al primero con

Apolo y a la última con Diana. Pero si la Luna es una

diosa, entonces también lo es Lucifer, y los demás

planetas deberán asimismo ser considerados dioses; y

de ser así, también entonces las estrellas fijas. Pero

¿por qué no se habrá de incluir entre los dioses al

glorioso Arco Iris? Es lo suficientemente bello para

ello, y su maravillosa hermosura ha hecho nacer la

leyenda de que Iris es la hija de Thaumas149. Y si la

naturaleza del arco iris es divina, ¿qué harás con las

nubes? El mismo arco iris es producido por una cierta

coloración de las nubes; y se cuenta también la

leyenda o mito de que una nube engendró a los

Centauros. Pero si alistas a las nubes entre los dioses,

tendrás sin duda que alistar entre ellos a las estaciones,

que han sido divinizadas en el ritual nacional de

Roma. Y si esto, entonces la lluvia y la tormenta, los

vendavales y tifones deben ser considerados divinos.

Al menos nuestros generales han tenido la costumbre,

al embarcarse para una travesía marítima, de sacrificar

una víctima a las olas.

52. Por otra parte, si el nombre de Ceres procede de

que ella da fruto, como dijiste150, la tierra misma es

una diosa —y así se le considera, pues es la misma

que la divinidad Tellus—. Pero si lo es la tierra,

también lo será el mar, que tú identificaste con

Neptuno151; y por consiguiente también los ríos y las

fuentes. Así, Maso dedicó un templo de la Fuente con

su botín corso y en la letanía o plegaria de los augures

podemos ver incluidos los nombres de Tibernio,

Spino, Almo, Nodino y de otros ríos de las cercanías

de Roma. Por consiguiente, o bien este proceso

resultará infinito, o bien no admitiremos nada de todo

eso; y esta ilimitada pretensión de superstición no será

admitida; por tanto no hay que aceptar nada de todo

esto.

CAPITULO 21

53. En consecuencia, Balbo, hemos de refutar también

la teoría de que esos dioses152, que son seres humanos

divinizados, y que son objeto de nuestra más devotada

y universal veneración, existen no en la realidad sino

en la imaginación. . . En primer lugar, los llamados

teólogos mencionan a tres Júpiter, de los que el

primero y el segundo nacieron, dicen, en Arcadia,

siendo el padre del uno el Eter, de quien la leyenda

cuenta también que fue el progenitor de Proserpina y

de Líber, y siendo el padre del otro el Cielo, y de éste

se dice que engendró a Minerva, la madrina mítica e

inventora de la guerra; el tercero es el Jove cretense,

hijo de Saturno; su tumba se muestra en esta isla. Los

Dióscuros tienen también gran número de títulos en

Grecia: los tres primeros, llamados Anaces de Atenas,

hijos del más antiguo rey Júpiter y de Proserpina, son

Tritopatreus, Eubuleus y Diónysos. Los segundos,

hijos del tercer Júpiter y de Leda, son Castor y Pólux.

Los terceros son llamados por algunos Alco, Melampo

y Tmolo, y son los hijos de Atreo, el hijo de Pélops.

54. Por su parte, el primer grupo de Musas está

constituido por cuatro, hijas del segundo Júpiter, y son

Thelxínoe, Aoede, Arche y Melete; el segundo grupo

es el de las hijas del tercer Júpiter y Mnemossyne, y

son nueve en número; el tercer grupo está formado por

las hijas de Pieros y Antíope, y son habitualmente

denominadas por los poetas las Pieridas o las

Doncellas Pierias: su número y sus nombres son los

mismos que en las del grupo anterior. Tú haces

proceder el nombre del Sol del hecho de ser único en

su especie153, ¡pero hay que ver qué número de Soles

mencionan los teólogos! Uno es hijo de Júpiter y nieto

del Eter; otro es hijo de Hyperión; el tercero de

Vulcano, el hijo del Nilo— éste es el que los egipcios

dicen es el señor de la ciudad llamada Heliopolis—; el

cuarto es aquel a quien se dice dió a luz Acante en

Rodas, en la edad heroica, el padre de Ialysos,

Camiros, Lindos y Rodos; el quinto es el que se dice

que engendró a Aeetes y Circe en Colcos.

CAPITULO 22

55. Hay también varios Vulcanos; el primero es el hijo

del Cielo y de él y de Minerva se dice que nació el

Apolo que los historiadores antiguos consideran la

divinidad tutelar de Atenas; el segundo, hijo de Nilo,

es llamado por los egipcios Phthas, y es considerado el

guardián de Egipto; el tercero es hijo del tercer Júpiter

y de Juno, y la leyenda dice que fue dueño de un taller

de forja en Lemnos; el cuarto es el hijo de Memalio y

señor de las islas cercanas a Sicilia que suelen

llamarse las Islas de Vulcano

56. Un Mercurio tiene como padre al Cielo y como

madre al Día; éste es tradicionalmente re presentado

en estado de excitación sexual, que se dice es debida a

la pasión que le inspiró la vista de Proserpina; otro es

el hijo de Valens y Foronís: este es el Mercurio

subterráneo identificado con Trofonio. Del tercero, el

hijo del tercer Júpiter y de Maia, las leyendas hacen el

padre de Pan, sien do la madre Penélope. El cuarto

tiene como padre a Nilo, y los egipcios consideran

nefasto pronunciar su nombre; el quinto, a quien

veneran y dan culto los feneatas, se dice que dio

muerte a Argos y que, en consecuencia, huyó exiliado

a Egipto, donde dio a los egipcios sus leyes y sus

letras: su nombre egipcio es Theuth, que es también

el nombre del primer mes en el calendario egipcio.

57. De los varios esculapios el primero es el hijo de

Apolo y es venerado por los arcadios; se cree que él

inventó la sonda y que fue el primer cirujano que

empleó las tablillas. El segundo es el hermano del

segundo Mercurio: se dice que fue alcanzado por un

rayo y que fue sepultado en Cynosura. El tercero es el

hijo de Arsippo y Arsínoe, y se dice que fue el primero

que inventó el uso de las purgas y la extracción de los

dientes; su tumba y su bosque sagrado son mostrados

en Arcadia, no lejos del río Lusios.

CAPITULO 23

El más antiguo de los Apolos es el que he dicho antes

fue hijo de Vulcano y guardián de Atenas. El segundo

es el hijo de Corybas, y nació en Creta: dice la

tradición que luchó con el propio Júpiter por la

posesión de la isla. El tercero es el hijo del tercer

Júpiter y de Latonia, y se cree que fue a Delfos

procedente del país de los Huperbóreos. El cuarto

pertenece a Arcadia, y es llamado "Nomios" por los

arcadios, por ser su legislador tradicional.

de Júpiter y Proserpina, se dice que dio a luz al Cupido

alado. La segunda es más conocida: la tradición hace

de ella la hija del tercer Júpiter y de Latona. Se

recuerda que el padre de la tercera fue Upis, y su

madre Glauce; los griegos la llaman con frecuencia

por el nombre de su padre Upis. Tenemos muchos

Diónysos. El primero es el hijo de Proserpina y

Júpiter; el segundo es hijo de Ni lo, y es el legendario

asesino de Nysa. El padre del tercero es Cabiros; se ha

afirmado que fue rey en el Asia, y los Sabazia fueron

instituidos en su honor. El cuarto es el hijo de Júpiter y

Luna; se cree que los ritos órficos se celebran en su

honor. El quinto es el hijo de Nisos y Thyone, y se

cree que estableció las fiestas Trietérides.

59 La primera de las Venus es la hija del Cielo y el

Día: yo he visto su templo en Elida. La segunda fue

engendrada de la espuma marina, y la tradición nos

dice que engendró al segundo Cupido, de su unión con

Mercurio. La tercera es la hija de Júpiter y Dione;

estuvo casada con Vulcano, pero se dice que engendró

a Anteros de su unión con Marte. La cuarta fue

concebida por Siria y Cipros156, y es llamada Astarté;

la tradición dice que se casó con Adonis. La primera

Minerva es la que he mencionado más arriba como

madre de Apolo. La segunda nació del Nilo y es

venerada por los egipcios de Sais. La tercera es la que

he mencionado antes como engendrada por Júpiter. La

cuarta es la hija de Júpiter y Coryfe, la hija de Océano,

y es llamada "Koría" por los arcadios, quienes dicen

que ella fue la inventora de la cuadriga. La quinta es

Pallas, de quien se dice que dio muerte a su padre

cuando este intentó violar su doncellez: es

representada con alas adheridas a sus tobillos.

60. El primer Cupido se dice es el hijo de Mercurio y

de la primera Diana; el segundo, de Mercurio y de la

segunda Venus; y el tercero que es el mismo que

Anteros, de Marte y la tercera Venus.

Estos y otros mitos similares han sido entresacados de

las antiguas tradiciones de Grecia; y tú sabes muy bien

que hemos de combatirlos, para que la religión no

resulte minada en sus bases. Tu escuela, sin embargo,

no solamente no los refuta, sino que de hecho los

confirma interpretando sus respectivos significados.

Pero, volvamos ahora al punto de que hemos partido

para hacer esta digresión.

CAPITULO 24

61. 157. . . ¿Crees tú, pues, que se necesita algún

argumento más sutil para refutar estas nociones?

Inteligencia, fidelidad, esperanza, virtud, honor,

victoria, seguridad, concordia y todas las demás cosas

de este orden son evidentemente abstracciones, no

divinidades personales. Pues, o bien son propiedades

inherentes a nosotros mismos, por ejemplo, la

inteligencia, la esperanza, la fe o fidelidad, la virtud, la

concordia, o bien son objetos de nuestra apetencia o

deseo, por ejemplo, el honor, la salud o seguridad, la

victoria. Veo perfectamente el valor que ellas poseen,

y sé muy bien que se les han dedicado estatuas; pero

por qué razón se tiene que afirmar que ellas poseen la

divinidad es algo que no puedo entender sin conseguir

un ulterior conocimiento del tema. La buena suerte posee

muy buenos derechos a ser incluida en esta lista, y

sin embargo no habrá quien la separe de la

inconstancia y la temeridad, que ciertamente no son

cosas dignas de un ser divino.

62. Por lo demás, ¿por qué sois tan aficionados a esos

métodos alegóricos y etimológicos de explicar la

mitología? La mutilación del Cielo por su hijo y

análogamente el encarcelamiento de Saturno por el

suyo, así como otras ficciones semejantes, las

racionalizáis de tal manera que sus autores realmente

parecen no solamente no haber sido unos pobres

idiotas, sino hasta haber sido filósofos. En cuanto a

vuestras etimologías, ¡sois realmente dignos de toda

misericordia! Saturno es llamado así porque está

"saturado de años", Mavors o Marte porque produce la

"subversión de las cosas grandes", Minerva porque

"disminuye" o "amenaza", Venus porque "visita" todas

las cosas, Ceres viene de "gero", producir158 ¡Qué

práctica tan peligrosa es esta! Os encallaréis, en

efecto, en muchos nombres. ¿Qué haréis con nombres

como Vejovis o Vulcano? Aun cuando, supuesto que

creéis que el nombre Neptuno procede de "nare",

nadar, no habría ningún nombre cuya etimología no

podáis averiguar claramente con solo alterar una letra;

en esta cuestión me parece a mí que nadáis mejor que

el propio Neptuno.

que se tomó primero Zenón, luego Cleantes y

finalmente Crysippo, para racionalizar esos mitos

puramente ficticios y para explicar las razones de los

nombres con que son denominados los diversos

dioses. Sin embargo, al hacer esto, admitís claramente

que los hechos son muy distintos de lo que los

hombres creen, puesto que los llamados dioses son en

realidad propiedades de las cosas, no personas divinas.

CAPITULO 25

Tan lejos ha llegado este tipo de error, que aun a las

cosas nocivas no solamente se les dieron nombres de

dioses sino que de hecho tuvieron sus formas de culto

instituidas en su honor: testigo de ello el templo

dedicado a la Fiebre en el Palatino, el de Orbona, la

diosa de la privación y la desgracia, junto al templo de

los Lares, y el altar consagrado a la Mala Suerte en el

Esquilino.

64. Desterremos, pues, por completo de la filosofía el

error de afirmar cosas que son indignas de los dioses

inmortales cuando estemos discutiendo sobre su

naturaleza; acerca de la cual sé qué debo opinar yo

personalmente, mientras que no sé de qué manera

poder asentir a tus opiniones. Dices que Neptuno es el

alma racional que impregna o se difunde por todo el

mar; y algo semejante dices de Ceres; pero esa noción

tuya del mar o de la tierra dotados de una inteligencia

racional no es simplemente algo que yo no puedo

entender absolutamente, sino que es algo de lo que no

tengo ni la más ligera sospecha de qué puede

significar. Por consiguiente he de buscar en otra parte

esa instrucción que deseo sobre la existencia y la

naturaleza de los dioses; pues la explicación que tú das

de ellos [tal vez los haga imposibles.]

65. Consideremos ahora la cuestión siguiente, y en

primer lugar la de saber si el mundo está gobernado

por una providencia, y luego la de saber si los dioses

se cuidan de los asuntos humanos. Esos son, en efecto,

los dos capítulos que me quedan de los cuatro en que

has dividido la discusión; y, si os parece bien, creo que

requieren una discusión un tanto minuciosa.

—Por mi parte —dijo Velleio— estoy completamente

de acuerdo en ello, pues espero se diga aún algo más

importante, y me adhiero fuertemente a lo que se ha

dicho ya.

—Yo no quiero interrumpirte con preguntas —añadió

Balbo—; buscaremos otra ocasión para hacerlo; te

garantizo que haré que me des tu asentimiento. Pero. .

.159

"de ningún modo irá de acá para allá; hay una gran

lucha. Pues, para suplicarte con tan suaves palabras, a

no ser por..."

CAPITULO 26

66. ¿Crees tú que hay aquí falta de raciocinio, y acaso

no está ella preparándose a sí misma un terrible

desastre? Por otra parte, cuán agudamente razonado

está el dicho aquel:

"Al que quiere lo que quiere, la cosa le resulta como él

la hará".

Este verso contiene las semillas de todos los males.

"El, con mente desviada, me confió hoy las llaves

con las que voy a abrir toda mi ira, y labraré su mal,

y habrá tristezas para mí, luto para él,

destrucción para él, destierro para mí".

En verdad que este don de la razón, que vosotros decís

la bondad divina ha concedido solamente al hombre,

no lo poseen los animales.

67. ¿Véis, pues, qué gran don nos ha otorgado a

nosotros la divinidad? La misma Medea, cuando huía

de su padre y de su patria:

"cuando el padre se acerca y ya casi se dispone a

aprehenderla,

le arranca la cabeza al niño y divide sus miembros

por cada una de sus articulaciones

y por todos los campos va dispersando el cuerpo:

con el intento de que, mientras el padre

fuera recogiendo los miembros dispersados del hijo,

le fuera a ella posible entretanto ir escapando,

y la pena lo hiciera lento en perseguirla,

y ella se salvara con el crimen atroz de su propia

sangre".163

68. A ésta, igual que no le faltó el crimen, tampoco le

faltaba la razón. ¿Y qué? ¿Acaso aquél, mientras

prepara a su hermano el funesto banquete, no hace

trabajar su razón de acá para allá en sus pensamientos?

"he de mezclar en ello una mancha mayor y un mayor

mal, para humillar y destrozar así su duro corazón".164

CAPITULO 27

Ni hemos de pasar por alto al propio Tyestes, "que no

se contentó con inducir a estupro a mi esposa", ofensa

de que Atreo habla correctamente y con toda verdad:

". . . cosa que juzgo entre las sumamente graves el más

gran peligro,

el que las madres regias sean manchadas en el libertinaje,

y la sangre regia sea corrompida, y la estirpe sufra

alguna mezcla".

Pero cuán astutamente es tramado el crimen, por el

que utilizaba el adulterio para ganarse el trono:

"Añade a esto (dijo Atreo)

que el padre celestial me envió un portentoso aviso,

para dar firmeza a mi reino:

un cordero, notable en el rebaño por su vellón de oro,

Tyestes una vez se atrevió a hurtarlo de mi mismo

palacio

y para ello sobornó a mi esposa como cómplice suya".

69. ¿No véis cómo Tyestes, al tiempo que obraba con

suma depravación, dio muestras asimismo de la más

completa racionalidad? Y no solamente la escena está

llena de crímenes de esta clase, sino que también lo

está y más aún la vida ordinaria, y con crímenes casi

peores. La casa de cada uno, el foro, la curia

senatorial, los campos de asambleas, los aliados, las

provincias, todos se dan cuenta de que, de la misma

manera que las buenas acciones pueden ser guiadas

por la razón, también gracias a la razón pecamos, y de

que mientras que son muy pocos y en raras ocasiones

los hombres que hacen lo primero, son muchísimos los

que hacen lo otro y muy frecuentemente; de manera

que hubiera sido mejor que los dioses inmortales no

nos hubieran concedido ninguna facultad racional en

absoluto, en lugar de concedérnosla con tan horrorosos

resultados. El vino es raras veces beneficioso y muy a

menudo nocivo para los enfermos, y por consiguiente

es mejor no dárselo en absoluto que exponerse al

riesgo de causar un daño con la esperanza dudosa de

una curación; de manera semejante tal vez hubiera

sido mejor que la rapidez, penetración y agudeza del

pensamiento que llamamos "razón", siendo como es

desastrosa para muchos y saludable para unos pocos,

nunca hubiera sido dada en ningún grado o manera a

la raza humana, en lugar de habérsele dado con tan

pródiga abundancia.

70. Si, pues, la inteligencia y la voluntad divinas se

preocuparon del bienestar de los hombres al

concedérseles la razón, miraron solamente por el

bienestar de aquellos a quienes dieron una razón

virtuosa, los cuales vemos que son muy pocos, por no

decir que son enteramente inexistentes. No obstante

tan solo de unos pocos; se sigue, pues, de ello que no

se han preocupado de ninguno.

CAPITULO 28

A este argumento suele vuestra escuela salirle al paso

de la siguiente forma: no se puede argüir que los

dioses no nos hayan dotado lo mejor posible por el

hecho de que muchos hombres empleen

perversamente el beneficio que han recibido; muchos

hombres hacen un mal uso de sus herencias, pero esto

no demuestra que no hayan recibido ningún beneficio

de sus padres. ¿Acaso alguien negará esto? ¿Y dónde

está la analogía en tu comparación? Cuando Deyanira

dio a Hércules la túnica manchada de la sangre del

Centauro, no tuvo ninguna intención de causarle daño.

Cuando el soldado abrió con su espada el tumor de

Jasón de Ferai que los médicos no habían podido

curar, no tenía ninguna intención de hacerle un

bien165.

Mucha gente, en efecto, ha hecho un bien cuando

pretendía causar un mal, y ha-causado un mal cuando

pretendía hacer un bien. La naturaleza del don no pone

en evidencia la voluntad o intención del dador, y el

hecho de que el que lo recibe haga buen uso de él no

demuestra que el dador lo diera con intenciones

amistosas.

71. ¿Qué acción libidinosa, qué avaricia o qué crimen

no es emprendido deliberadamente o que no sea

llevada a cabo sin aplicación activa del pensamiento,

es decir, sin ayuda de la razón? Pues toda opinión o

creencia es una actividad de la razón, y de una razón

buena si la opinión es verdadera, pero de una razón

mala si la opinión es falsa. Pero la divinidad nos

concede solamente, si nos concede, la razón sin más,

mientras que somos nosotros los que la hacemos

buena o no buena. El don que los dioses han hecho al

hombre de la razón no es en sí mismo un acto de

benevolencia o un beneficio, como la legación de una

finca; pues ¿qué otro don hubieran podido conceder

los dioses a los hombres mejor que éste si su intención

hubiera sido hacerles daño? ¿Y de qué semillas hubieran

podido nacer la injusticia, la intemperancia y la

cobardía, si estos vicios no tuvieran su base en la

razón?

CAPITULO 29

Hemos aludido ahora mismo a Medea y a Atreo,

caracteres de la leyenda heroica, y los hemos visto

planear sus atroces crímenes con un frío cálculo del

beneficio a obtener y de la destrucción que ocasionar.

Medea modo et Atreus

72. Pero ¿qué decir de las frívolas escenas de la

comedia? ¿No muestran éstas la facultad de la razón

en constante uso? ¿Acaso razona poco sutil mente el

joven aquel del eunuco ? Dice:

"¿Qué haré, pues? . . .

Me sacó, me vuelve a llamar; ¿volveré?

No, si me implora".

Y aquel de los synefebos no vacila en emplear el

arma de la razón, en verdadero estilo Académico, para

combatir una opinión admitida, cuando dice que

"es suave, cuando uno está lleno de amor y falto de

todo,

tener un padre avaro, tacaño, difícil con los hijos,

que ni te ame ni se ocupe de lo tuyo";

73. y aun a un sentencia tan increíble, le añade

algunas razones:

de un documento escrito quitarle algún deudor,

o bien por medio de tu pequeño esclavo

engañarlo con algún temor; y al fin,

lo que hayas recibido de un padre avaro,

¡cuánto más a gusto lo vas a derrochar!"

Y, asimismo, discute que un padre fácil y generoso es

una positiva inconveniencia para un hijo amante:

"¿Cómo lo estafaré, qué le sisaré, qué fraude tramaré

contra él,

de qué engaño lo haré víctima?

No puedo imaginarlo: todos mis fraudes y falacias

son desenmascarados por la generosidad de mi padre".

Pues bien, ¿cómo han podido llegar a existir esas

maquinaciones y amaños, esos fraudes y estafas, sin la

razón? ¡Qué noble don de los dioses éste, que permite

a Formión decir:

"saca al viejo; ¡mis planes están ya todos bien tramados!"

CAPITULO 30

74. Pero dejemos el teatro y vamos al foro. El pretor

se dispone a sentarse en el tribunal. ¿Qué hay para

juzgar? Hallar quién incendió el edificio del archivo.

¿Qué crimen más oculto que éste se podría hallar? Sin

embargo, Quinto socio, un distinguido caballero

romano, confesó haberlo hecho. Descubrir quién

desbarató las cuentas públicas. Bien, esto lo hizo

Lucio Aleno, imitando la letra de los seis primeros

encargados del tesoro: ¿qué puede haber de más

taimado que un tipo así? Examina otras causas: el

asunto del oro de Tolosa168, la conspiración de

Iugurta; retrocede a tiempos más primitivos, y piensa

en el juicio de Túbulo por emitir un veredicto bajo

soborno, o a una época más tardía, y piensa en el

juicio por incesto a propuesta de Peduceo, y luego

estas cosas que ocurren a diario, asesinatos,

envenenamientos, malversaciones, falsificación de

testamentos, juicios, todos según la nueva ley. La

razón es la fuente de la acusación que dice "yo declaro

que con tu ayuda y consejo se cometió un hurto"; de

aquí proceden todos los juicios por quebrantamiento

de fidelidad, en tutorías, en comisiones, en obligaciones

de sociedad comercial, en deberes de fideicomisario,

y todas las demás causas que nacen del

quebrantamiento de la buena fe o lealtad en la compra

y en la venta, en los salarios y en los arriendos; de

aquí juicio público en cuestión privada en virtud de la

Ley Pletoria169 ; de ahí esa red para coger maldades de

todas clases, el "juicio por fraude malicioso",

promulgado por nuestro amigo Cayo Aquilio,

acusación de fraude que el propio Aquilio afirma

queda probada cuando un hombre ha afirmado hacer

una cosa y ha hecho otra.

75. ¿Creemos, pues, realmente que esa enorme

cosecha de males fue sembrada por los dioses inmortales?

Pues, si los dioses dieron al hombre la

razón, le dieron la malicia; pues la malicia es un

planeamiento racional, artero y astuto, del modo de

hacer daño y asimismo los propios dioses dieron la

capacidad de fraude, de cometer un crimen y todos los

demás delitos, ninguno de los cuales puede ser

planeado o ejecutado sin razonar. Ojalá, pues que,

igual que desea aquella vieja nodriza,

"nunca los bosques del Pelión hubieran visto cómo las

hachas abatían sobre el suelo los troncos

de los pinos"171,

¡ojalá así también, digo, nunca los dioses hubieran

dado al hombre esa agudeza mental de que tú hablas!

Pues son muy pocos los que usan bien de ella, y aun

esos mismos son, a pesar de todo, aplastados con

frecuencia por aquellos que hacen un mal uso de ella;

mientras que innumerable gente usa de ella

perversamente, de forma que da la impresión de que

este don divino de la razón y de la sabiduría fue

concedido al hombre con el fin de practicar el fraude,

no de practicar la bondad u honestidad.

CAPITULO 31

76. Vosotros, empero, me urgiréis igualmente que esto

es culpa de los hombres, no de los dioses; esto es lo

mismo que si un médico formulara una acusación

contra la gravedad de una enfermedad, o un piloto

contra la violencia de una tormenta; aun cuando estos

no son más que simples y pobres seres humanos, así y

todo su acusación sería absurda; cualquiera, en efecto,

podría responderle: "y si no fuera así, ¿quién

emplearía tus servicis?". Pero contra un dios se puede

discutir con más libertad: "Dices que la culpa está en

los vicios de los hombres; tú debías haber dado a los

hombres una razón que excluyera el vicio y la culpa".

¿Qué lugar quedaba entonces para el error de los

dioses? Nosotros, los hombres, dejamos en herencia

legados con la esperanza de concederlos de modo que

sean beneficiosos, esperanza esta en la que podemos

vernos defraudados; pero ¿cómo iba a engañarse un

dios? ¿Acaso como se engañó el Sol, cuando concedió

a su hijo Faetón que diera un paseo en su carro? ¿O

acaso como Neptuno, que al conceder a su hijo la

realización de tres deseos, se encontró con el resultado

de que Teseo fuera la causa de la muerte de

Hyppólito?.

77. Todo eso son mitos de poetas y nosotros aspiramos

a ser filósofos, que se plantean y discuten hechos, no

ficciones. Y sin embargo, esos mismos dioses de la

poesía serían considerados reos de culpa en su

beneficio, si hubieran sabido que sus dones habían de

acarrear el desastre a sus hijos. De la misma manera

que si era verdad uno de los dichos favoritos de

Aristón de Quíos, los filósofos son nocivos para sus

oyentes cuando éstos dan una mala interpretación a

doctrinas buenas en sí mismas —pues él creía que de

la escuela de Aristippo podía salir un libertino, o de la

escuela de Zenón un pendenciero—, y entonces

evidentemente, si era probable que sus discípulos se

marcharan depravados por haber interpretado mal los

discursos de los filósofos, hubiera sido mejor para

esos filósofos el callarse que el causar daño a los que

los oían.

78. De manera semejante, si los hombres abusan de la

facultad de la razón, concedida a ellos con buena

intención por los dioses inmortales, empleándola para

cometer fraudes y delitos con los demás, el que la

razón no hubiera sido concedida a la especie humana

hubiera sido mejor que el habérselas concedido. De la

misma manera que suponiendo que un doctor sepa que

un paciente a quien le prescribe vino lo va a beber con

toda seguridad con demasiada poca agua y va a morir

al momento, este doctor debería ser acremente

censurado por hacer tal cosa, así también vuestra

providencia estoica debe ser censurada por conceder la

razón a los que ella sabía iban a utilizarla injusta y

perversamente. ¡A no ser que digas tal vez que la

providencia no lo sabía! ¡Ojalá, ciertamente! Pero no

os atreveréis a ello, pues no ignoro en cuán alta estima

tenéis su nombre.

CAPITULO 32

79. Pero podemos poner fin ya a esta cuestión. Pues,

si, por consentimiento universal de todos los filósofos,

la necedad e ignorancia es un mal mayor que todos los

males de la fortuna y del cuerpo juntos y

contrapuestos a ella, y si la sabiduría, por otra parte,

no es alcanzada por nadie, nosotros, de cuyo bienestar

decís se han preocupado con la máxima abundancia

los dioses, nos encontramos realmente en lo más

profundo de la desdicha. Pues de la misma manera que

no hay ninguna diferencia entre decir que nadie goza

de buena salud y decir que nadie puede gozar de buena

salud, así tampoco entiendo yo qué diferencia hay

entre decir que nadie es sabio y decir que nadie puede

ser sabio.

No obstante, estamos hablando demasiado largamente

sobre un punto que es perfectamente claro. Telamón

da cuenta de toda la cuestión en un solo verso, de esta

cuestión, digo, de por qué los dioses tienen

descuidados a los hombres:

"pues, si se cuidaran de los hombres,

los buenos prosperarían y a los malos les iría mal;

pero no es así".

En verdad, los dioses debieron haber hecho buenos a

todos los hombres, si realmente se hubieran ocupado

de la especie humana.

80. O bien, si tanto no, ciertamente debieron en todo

caso haberse cuidado de los buenos. ¿Por qué, pues,

fueron los dos Escipiones, los más valientes y nobles

de los hombres, completamente derrotados por los

cartagineses en España? ¿Por qué Máximo tuvo que

enterrar a su hijo, un hombre de rango consular? ¿Por

qué Aníbal mató a Marcelo? ¿Por qué Cannas fue la

ruina de Paulo? ¿Por qué el cuerpo de Régulo fue

entregado a la crueldad de los cartagineses? ¿Por qué

Africano se vio protegido por las paredes de su

casa?174. Pero estos y otros muchos casos son ya

antiguos; veamos otros más recientes. ¿Por qué mi tío,

Publio Rutilio, hombre de honor sin tacha y de gran

sabiduría, está actualmente en el exilio? ¿Por qué mi

camarada Druso fue asesinado en su propia casa? ¿Por

qué ese gran modelo de prudencia y de moderación, el

pontífice máximo Quinto Scévola, fue asesinado

delante de la estatua de Vesta? ¿Por qué antes de esto

fueron también asesinados por Cinna tantos

ciudadanos importantes? ¿Por qué ese monstruo de la

perfidia que fue Cayo Mario tuvo poder para ordenar

la muerte de Quinto Catulo, esa nobilísima figura

entre todas las humanas?

81. El día me resultaría corto, si quisiera hacer un

recuento de los hombres buenos que han sido visitados

por la desgracia; y lo mismo ocurriría si tuviera que

enumerar a los hombres malvados que han prosperado

hasta el exceso. ¿Por qué, en efecto, tuvo Mario que

morir tan felizmente en su propia casa, viejo ya y

cónsul por séptima vez? ¿Por qué ese colmo de la

crueldad que fue Cinna gobernó durante tanto tiempo?

Me diréis que fue castigado.

CAPITULO 33

Hubiera sido mejor que se le hubiera mantenido oculto

y se le hubiera impedido hacer morir a tantos hombres

eminentes, que no finalmente castigarle a su vez.

Ese ser inaguantable y bárbaro que fue Quinto Vario

fue ejecutado con la más penosa y acerba tortura; si

ello fue por haber asesinado a Druso con arma blanca

y a Mételo con veneno, hubiera sido mejor que las

vidas de éstos se hubieran conservado que no que

Vario fuera castigado por su crimen. Dionisio fue

tirano de una ciudad sumamente rica y próspera

durante treinta y ocho años.

82. Y antes que él, ¡durante cuántos años fue Pisístrato

tirano de Atenas, la flor misma de Grecia! "Pero

Fálaris —dirás— fue castigado, y también lo fue

Apolodoro". Ciertamente no hasta luego de haber

sometido a tortura y haber dado muerte a muchas

víctimas. También muchos bandidos y criminales son

con frecuencia castigados, pero todavía no podemos

decir que los cautivos cruelmente asesinados no

superan al número de criminales ejecutados. Se cuenta

que Anaxarco, el discípulo de Demócrito, fue

cruelmente atormentado por el tirano de Chipre, y

Zenón de Elea fue torturado hasta morir. ¿Y para qué

mencionar a Sócrates, cuya muerte, cuando leo a

Platón, nunca deja de conmoverme hasta las

lágrimas? ¿Ves, pues, cómo el veredicto de los dioses,

si ven las cosas humanas, ha destruido toda distinción

entre ellas?

 

CAPITULO 34

83. Diógenes el Cínico solía decir que Harpalo, un

bandido que en su tiempo fue considerado dichoso,

fue un firme testimonio contra los dioses, porque vivió

y prosperó como lo hizo durante tanto tiempo

Dionisio, de quien he hecho mención antes, habiendo

saqueado el templo de Proserpina en Locri, estaba

regresando por mar a Siracusa y, gozando en toda su

travesía de un viento favorable, observó riendo:

"¿Véis, amigos míos, que buena travesía conceden los

dioses inmortales a los hombres culpables de

sacrilegio?" Era un hombre listo, y comprendió la

verdad tan bien y tan claramente que permaneció

continuamente en la misma creencia; pues, tocando

con su flota en la costa del Peloponeso y llegando al

templo de Zeus Olímpico, lo despojó de su capa de

oro de gran peso, con que había adornado a Júpiter el

tirano Gelón con los despojos tomados a los cartagineses,

y llegó incluso a hacer un chiste sobre él, diciendo

que un manto de oro era opresivo en verano y frío en

invierno y puso sobre el dios una capa de lana,

diciendo que servía para todas las estaciones del año.

Ordenó también que se quitara la barba de oro del

Esculapio de Epidauro, diciendo que no estaba bien

que un hijo llevara barba cuando su padre aparecía

sin barba en todos sus templos.

84. Mandó asimismo que todas las mesas de plata

fueran sacadas de todos los santuarios o capillas,

diciendo que, dado que ellas llevaban la inscripción,

según costumbre de la antigua Grecia, de "propiedad

de los dioses buenos", él deseaba beneficiarse de su

bondad. Asimismo, carecía de toda clase de

escrúpulos cuando se trataba de llevarse las pequeñas

imágenes de oro de la Victoria, y las copas de oro y

las coronas que llevaban en sus manos extendidas las

estatuas, y solía decir que él no las tomaba sino que las

aceptaba, porque era una necedad rogar a ciertos seres

que nos concedieran beneficios y luego, cuando ellos

nos los alargan como un don, rehusar recibirlos. Se

cuenta también que él sacó a la plaza del mercado los

despojos de los templos que he mencionado y que los

vendió en subasta y que, una vez hubo obtenido el

dinero, promulgó un edicto mandando que todo aquel

que poseyera algún objeto tomado de un lugar sagrado

debía devolver ese objeto, antes de una fecha

determinada, al santuario a que pertenecía el objeto;

de esta manera, añadió a la impiedad para con los

dioses la injusticia para con los hombres.

CAPITULO 35

Y bien, Dionisio no fue muerto por un rayo de Zeus

Olímpico, ni Esculapio lo hizo perecer de ninguna

enfermedad penosa y duradera; él murió en su lecho y

fue llevado a la pira regia177 , y el poder que él mismo

se había asegurado mediante el crimen lo transmitió

como herencia a su hijo, igual que si se tratara de una

soberanía legítima.

85 Y me demoro en esta cuestión no sin repugnancia,

puesto que podéis creer que mi disertación quiere dar

autoridad al pecado; y estaría justificado que pensarais

así, si una conciencia inocente o culpable no fuera en

sí misma una fuerza tan poderosa, sin necesidad de

admitir ninguna razón divina. Destruye ésta y todo se

echa a perder; pues, de la misma manera que una casa

o un esta do parecen carecer de todo sistema y orden

racionales si no hay en ellos ninguna clase de

recompensas por la buena conducta y ninguna clase de

castigos para las transgresiones, así tampoco existe

nada del orden de este gobierno divino del mundo, si

dicho gobierno no establece ninguna distinción entre

los buenos y los malos.

86 Pero —se puede objetar— los dioses descuidan las

cosas pequeñas, y no prestan atención a las pequeñas

fincas y a unas pobres viñas de unos simples

particulares, y cualquier daño causado por el tizón o el

granizo no puede ser objeto del cono cimiento de

Júpiter; tampoco los reyes atienden a todos los asuntos

menudos de su reino": así es como argüís vosotros.

¡Como si yo antes me hubiera quejado178 por la finca

de Formia de Publio Rutilio, y no de su pérdida de

toda seguridad y garantía!

CAPITULO 36

Pero esto es lo que hacen todos los mortales: sus

bienes externos, sus viñas, campos de trigo, olivares,

con sus abundantes cosechas y frutos, en una palabra,

todo el confort y prosperidad de sus vidas, creen que

les vienen de los dioses; pero la virtud nunca la

atribuye nadie a una generosidad que les viene de los

dioses.

87 Y, sin duda, con toda razón; porque nuestra virtud

es un fundamento justo para la alabanza de los demás

y una razón recta para nuestra propia vanagloria, y

esto no sería así si el don de la virtud nos llegara a

nosotros de un dios y no de nosotros mismos. Por otra

parte, cuando conseguimos algún honor o aumentamos

en algo nuestro patrimonio, o bien, conseguimos

cualquier otro bien o evitamos algún desastre de la

mala suerte, entonces damos gracias a los dioses y no

pensamos que nuestro propio crédito haya sido

enaltecido en algo. ¿Dio alguna vez alguien gracias a

los dioses por ser él un hombre bueno? No, sino que

las dio por ser un hombre rico, honrado, incólume. Los

motivos por los que los hombres llaman a Júpiter

Óptimo y Máximo no es por pensar que él los hace

justos, moderados o sabios, sino porque los hace

salvos, incólumes, ricos y opulentos.

88 ¡Y tampoco nunca nadie ha hecho voto de pagar a

Hércules179 el diezmo si llegaba a ser sabio! Es

verdad, empero que Pitágoras solía sacrificar un buey

a las Musas siempre que había hecho un nuevo

descubrimiento en geometría. Pero yo no creo esto,

puesto que Pitágoras se negó incluso a sacrificar una

víctima a Apolo, en Délos, por miedo a salpicar de

sangre el altar. No obstante, volviendo a mi cuestión,

todos los mortales creen firmemente que deben rogar a

la divinidad que les dé la fortuna, pero que la sabiduría

la deben obtener por sí mismos. Y por mucho que

consagremos templos al Intelecto, a la Virtud y a la

Fidelidad, sin embargo nos damos perfecta cuenta de

que tales cosas se hallan dentro de nosotros mismos; la

esperanza180, la seguridad, la riqueza, la victoria, son

bendiciones que hemos de buscar en los dioses. En

consecuencia, la prosperidad y buena suerte de los

malos, como solía decir Diógenes, refuta por completo

la fuerza y el poder de los dioses.

CAPITULO 37

89. "Pero a veces los buenos llegan también a un buen

fin". Así es, y nosotros nos apoderamos de estos casos

y los imputamos sin razón alguna a los dioses

inmortales. Diágoras, el llamado "el Ateo", fue una

vez a Samotracia y un cierto amigo le dijo: "Tú, que

piensas que los dioses descuidan los asuntos de los

hombres, ¿no ves todas las pinturas votivas que

demuestran cuántas personas han escapado a la

violencia de la tormenta y han llegado salvas a puerto

a fuerza de hacer votos a los dioses?" "Así es —

replicó Diágoras— sencillamente porque no hay en

ninguna parte pinturas de todos los que han

naufragado y han sido tragados por el mar." En otro

viaje se encontró con una tormenta que sembró el

pánico entre toda la multitud que llenaba la nave, y en

su terror todos le dijeron que ellos mismos se la habían

atraído sobre sí al recibirle a él a bordo de su nave; él

les señaló un gran número de otras naves que estaban

aguantando el mismo temporal en la misma

trayectoria, y les preguntó si creían que esas otras

naves llevaban también a bordo un Diágoras. El hecho

realmente es que, en orden a tu buena o mala suerte,

no importa nada cuál sea tu carácter o cuál haya sido

tu vida pasada.

90. "Los dioses no se dan cuenta de todas las cosas,

como tampoco los reyes" —dice nuestro amigo—.

¿Dónde está el paralelismo? Si los gobernantes

humanos descuidan alguna cosa conscientemente, su

culpa es realmente grande.

CAPITULO 38

Pero es que un dios no puede ni tan siquiera tener la

excusa de la ignorancia. ¡Y de qué manera tan

sorprendente defendéis su causa, cuando declaráis que

el poder divino es tal que, aun en el caso en que

alguien haya evitado las penas de sus crímenes

muriendo, el castigo sin embargo lo visita en sus hijos,

sus nietos y sus descendientes! ¡Qué ejemplo tan

soberbio de justicia divina! ¿Acaso alguna ciudad

toleraría a un legislador que promulgara una ley por la

que un hijo o un nieto tuvieran que ser condenados por

la trasgresión de un padre o un abuelo?

"¿Dónde acabará la venganza personal de las

Tantálidas?

¿Qué castigo por la muerte de Myrtilo podrá nunca

saciar el apetito de venganza?"

 

91 Si los filósofos estoicos han sido víctimas de la

depravada influencia de los poetas o si son los poetas

los que se han apoyado en la autoridad de los filósofos

estoicos, es una cosa que me resulta difícil determinar;

pues unos y otros cuentan fábulas monstruosas y

ultrajantes. Pues la víctima herida por los pasquines de

Hipponax o los versos de Arquíloco nutrió una llaga

que no había sido infligida por un dios sino que había

recibido de sí misma; y no hemos de buscar ninguna

causa en viada desde el cielo, cuando tenemos en

cuenta el desenfreno de Egisto o de Paris, puesto que

su culpa casi nos grita al mismo oído; y la concesión

de la salud a muchos enfermos la atribuyo yo a

Hipócrates más bien que a Esculapio; y nunca admitiré

que Esparta recibió la forma de vida lacedemonia de

Apolo más bien que de Licurgo. Afirmo que fue

Critolao183 el que causó la ruina de Corinto, y

Asdrubal el que causó la de Cartago: esos dos

mortales hundieron aquellos ojos de la costa marítima,

no un dios airado —ya que según vuestra escuela un

dios no es capaz de sentir ira.

92 Pero, en todo caso, algún dios podía haber acudido

en ayuda de esas grandes y espléndidas ciudades y

haberlas preservado.

CAPITULO 39

Vosotros, en efecto, sois muy aficionados a decir que

no hay nada que un dios no pueda realizar, y aun esto

sin ningún trabajo o esfuerzo; de la misma manera que

los miembros del hombre son movidos sin ningún

esfuerzo simplemente en virtud de su mente y su

voluntad, así también, como vosotros decís, el poder

de los dioses puede modelar, mover y alterar todas las

cosas. Y no decís esto como un mito supersticioso o

un cuento de viejas, sino que dáis una explicación

científica y sistemática de ello; afirmáis, en efecto, que

la materia que constituye y contiene todas las cosas, es

totalmente flexible y está por completo sometida a

cambio, de manera que no hay nada que no pueda ser

modelado y transmutado a partir de ella aunque sea

instantáneamente; y que el modelador y manipulador

de esta sustancia universal es la providencia divina; y

que ésta, por consiguiente, adondequiera se mueva, es

capaz de realizar lo que se le antoje. En consecuencia,

o bien la providencia desconoce sus propias

capacidades, o bien no se preocupa de los asuntos

humanos, o bien carece de capacidad de juicio para

discernir qué es lo mejor.

93. "La providencia no se cuida de los individuos

particulares". No es de admirar: ni tampoco se cuida

de las ciudades. ¿Que no se cuida de ellas? No, ni

tampoco de las naciones y las razas. Y si menosprecia

también las razas, ¿qué tiene de sorprendente que haya

despreciado asimismo al género humano entero? Pero

¿cómo podéis vosotros afirmar que los dioses no

prestan ninguna atención a nada y creer al mismo

tiempo que los sueños son distribuidos y repartidos

entre los hombres por los dioses inmortales? Te digo

esto porque la creencia en la verdad de los sueños es

un dogma de vuestra escuela. ¿Y decís también que es

propio de los hombres hacer votos? Sin embargo, los

votos los hacen los individuos; luego la mente divina

escucha también los asuntos de los particulares; ¿no

véis, pues, que no está tan ocupada como creíais?

Supon que está distraída entre el movimiento de los

cielos, la vigilancia de la tierra y el control del mar:

¿por qué tolera que haya tantos dioses que no hacen

nada y están siempre ociosos? ¿Por qué no hace

responsables a algunos de estos dioses ociosos, cuyo

número incantable tú ponderas, Balbo, de la

superintendencia de los asuntos humanos?

Esto es más o menos lo que yo tengo que decir acerca

de la naturaleza de los dioses; no he pretendido

negarla, sino llevaros a entender cuán oscura es la

cuestión y cuán difícil de explicar.

CAPITULO 40

94. Con estas palabras, puso Cotta fin a su

disertación. Pero Lucilio dijo:

—En verdad has dirigido un ataque demoledor a la

doctrina estoica de la divina providencia, tan reverente

y sabiamente construida como la que más. Pero, como

la tarde está ya cayendo, nos señalarás un día en que

poder dar nuestra respuesta a tus puntos de vista. Pues

he de luchar contra tí en favor de nuestros altares y

nuestros hogares, en ayuda de los templos y santuarios

de los dioses, y de las murallas de la ciudad, que

vosotros, los pontífices, afirmáis son santas, al tiempo

que os mostráis más solícitos de cercar la ciudad con

ceremonias religiosas que con fortificaciones; y mi

conciencia me prohíbe abandonar su causa mientras

me sea posible respirar.

95. —Por mi parte —replicó Cotta— yo solamente

deseo ser refutado. Mi intención fue preferentemente

discutir las doctrinas que he analizado que emitir un

juicio sobre ellas, y tengo la esperanza de que

fácilmente podrás vencerme.

— ¡Oh!, sin duda -repuso Velleio—, supuesto que él

piensa que incluso nuestros sueños nos son enviados

por Júpiter, los cuales, sin embargo no son tan

insustanciales como las disquisiciones estoicas acerca

de la naturaleza de los dioses.

Aquí terminó la conversación, y nos marchamos,

Velleio pensando que era más verdadero el discurso de

Cotta, mientras que yo creía que el de Balbo se

acercaba más a una semejanza de verdad.

 

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