MARCO TULIO CICERÓN

EL ORADOR (A MARCO BRUTO)

Traducción española de Marcelino Menéndez Pelayo (en las lagunas toman la versión de E. Sánchez Salor publicada en Alianza Editorial, Madrid, 1991)

 

 

 

Mucho he dudado, Bruto, si era más difícil negarte lo que tantas veces me pediste o hacer lo que me rogabas. El negarme a quien tanto quiero y que tanto me ama, especialmente en una petición tan justa, me era muy duro, y el tomar a mi cargo una cosa tan importante que no sólo era difícil conseguir, sino abarcar con el pensamiento, me parecía digno de incurrir en la reprensión de los varones doctos y prudentes. Habiendo entre los buenos oradores tanta desemejanza, ¿quién podrá juzgar cuál es el mejor estilo y manera de decir? Pero ya que tanto me lo ruegas, lo intentaré, no con la esperanza de llevarlo a cabo, sino con la voluntad de probarlo. Más quiero que me acuses de falta de prudencia porque he accedido a tus deseos, que de falta de benevolencia porque no lo he hecho.

Muchas veces me has preguntado qué género de elocuencia me agrada más y cuál me parece el más perfecto y acabado, en términos que nada pueda añadírsele. Pero temo que si hago lo que deseas, y trazo la imagen del orador que buscas, retarde los estudios de muchos que, perdiendo toda esperanza, no querrán intentar lo que desconfían de poder conseguir. Pero necesario es que lo prueben todo los que se arrojan a grandes y difíciles empresas. Y si a alguno le faltare disposición natural o condiciones de ingenio, o estuviere poco instruido en las artes liberales, siga, no obstante la carrera, hasta donde pueda. Aunque siempre se desea el primer lugar, no es vergonzoso quedarse en el segundo o en el tercero. Entre los poetas (limitándome ahora a los griegos), no sólo hay lugar para Homero, para Arquíloco, Sófocles o Píndaro, sino para los segundos después de éstos, y aun para los inferiores después de los segundos. Ni a Aristóteles le apartó de escribir de filosofía el amplio estilo de Platón, ni el mismo Aristóteles, a pesar de su admirable ciencia y riqueza de conocimientos, atajó los estudios de los que vinieron después.

Y no sólo acontece esto en las más altas especulaciones y en las artes superiores, sino que lo mismo sucede con los artífices, aunque no logren imitar la hermosura del Yaliso de Rodas o de la Venus de Cos.

Ni el simulacro de Júpiter Olímpico, ni la estatua del Doriforo, fueron parte a que otros dejasen de probar hasta dónde podrían llegar sus fuerzas, y hubo tantos escultores, y de tanto mérito cada uno en su género, que admirando lo perfecto, no dejamos por eso de aplaudir lo inferior. De los oradores griegos es de admirar cuánto sobresale uno entre todos los restantes. Este es Demóstenes; pero antes de el hubo muchos e ilustres oradores, y después tampoco faltaron. No hay razón para que se pierda la esperanza o para que desmayen en el trabajo los que se han dedicado al estudio de la elocuencia. Ni ha de desesperarse de la perfección misma, porque en casos tan difíciles, todavía es buen lugar el que está cerca del primero. Yo me propongo hacer un orador como quizá no le hubo nunca; no busco el orador que ha existido, sino la idea de la perfección suma, que no sé si se ha logrado todavía en el conjunto del discurso, por más que brille en algunas partes con más o menos frecuencia o rareza. Creo que nada hay y tan hermoso en ningún género que no ceda su hermosura a aquella idea de que es imagen y que no puede percibirse ni por los ojos, ni por los oídos, ni por ningún sentido, sino sólo por el pensamiento y la inteligencia. Todavía podemos concebir estatuas más perfectas que las de Fidias, aunque sean éstas las más acabadas que en su género hemos visto, y pinturas más hermosas que las que nombré antes.

Y por eso aquel artífice, cuando hacía la estatua de Jove o de Minerva, no contemplaba ningún modelo del cual tomase la semejanza, sino que habitaba en su mente un admirable dechado de perfección, a cuya semejanza, y sin apartar de ella los ojos, dirigía su arte y su mano.

Así como en las formas y en las figuras hay algo perfecto y excelente que sirve de regla para imitar y juzgar los objetos visibles, así llevamos en la mente la idea de la perfecta elocuencia, y con los oídos buscamos su imagen. A estas formas de las cosas llama ideas aquel sapientísimo autor y maestro no sólo de filosofía, sino de elocuencia, Platón, y dice que nunca nacieron, y que son eternas y están contenidas en la razón y en la inteligencia, y que todo lo demás nace, muere, corre, se desliza y nunca permanece en el mismo ser y estado. Cualquiera que sea la materia de que se dispute, ha de referirse siempre a !a última forma y especie de su género.

Pero veo que este preámbulo mío no está tomado de las disputas oratorias. sino de lo más hondo de la filosofía, y tanto por antigua como por oscura ha de merecer reprensión o a lo menos admiración de parte de muchos. Se admirarán algunos diciendo que esto no pertenece al asunto de que tratamos, pero ya les desengañará la cosa misma. y comprenderán por qué hemos traído de tan lejos el principio. Otros nos reprenderán porque abrimos inusitadas vías, y dejamos las comunes y trilladas. Yo, sin embargo, creo decir cosas nuevas cuando repito las antiguas y ya desconocidas para muchos, y confieso que como orador (si es que lo soy), y sea cualquiera el valor de mi oratoria, no he salido de las oficinas de los retóricos, sino de los jardines de la Academia.

En todo lo que allí se dice se ve todavía impresa la huella de Platón; su doctrina y la de los demás filósofos inflaman y ayudan mucho al orador. Ellos agotaron, digámoslo así, toda la riqueza y descuajaron toda la selva oratoria; pero dejaron las causas forenses para musas más agrestes y menos cultas, como ellos mismos solían decir. Así la elocuencia forense, despreciada y repudiada por los filósofos, careció de muchos y grandes auxilios; mas con el ornato de palabras Y sentencias, logró aplausos entre el pueblo y no temió el juicio y reprensión de unos pocos. Así a los doctos faltó la elocuencia popular, y a los disertos la elegante doctrina.

Establezcamos ante todo (y esto se entenderá mejor después) que sin la filosofía nadie puede ser elocuente; no porque en la filosofía se encuentre todo, sino porque ayuda al orador como la palestra al histrión, si es lícito comparar las cosas pequeños con las grandes. Sin la filosofía, nadie puede discurrir ni hablar de grandes y variadas cosas con extensión y abundancia.

Por eso en el Fedro de Platón dice Sócrates que Pericles aventaja a los demás oradores, por haber sido oyente del físico Anaxágoras, del cual aprendió muchas y excelentes cosas, y en cuya escuela adquirió riqueza, fecundidad y buen gusto en el estilo, lo cual es el principal mérito de la elocuencia, y el arte de atraer los ánimos a donde quería.

Lo mismo puede decirse de Demóstenes, pues vemos por sus epístolas que fue asiduo discípulo de Platón. Y en verdad que sin la ciencia de los filósofos no podemos distinguir el género y la especie de cada cosa, ni definirla, ni dividirla, ni separar lo verdadero de lo falso, ni rechazar lo inconsecuente, repugnante y ambiguo. ¿Y qué diré del estudio de la naturaleza, que tantos tesoros proporciona al discurso?

¿Qué puede saberse de la vida, de los deberes, de la virtud, de las costumbres, sin un grande estudio de la filosofía?

A todo esto se han de añadir innumerables ornatos de dicción, que antes enseñaban sólo los filósofos. De aquí que nadie consiga la verdadera y absoluta elocuencia, porque una es la ciencia del razonar y otra la del bien decir, y unos buscan la doctrina de las cosas y otros la de las palabras. Así Marco Antonio, a quien nuestros padres concedieron la palma de la elocuencia, varón de ingenio muy agudo y prudente, dícenos en el único libro que nos dejó, que había visto muchos oradores disertos, pero ninguno elocuente. Y es que había en su entendimiento un modelo de elocuencia que veía con los ojos del alma, pero no en el mundo real. Aquel varón de tan extremado ingenio echaba de menos muchas cualidades en sí y en los otros, y no veía a nadie a quien con justicia pudiera llamar elocuente. Y si no se tuvo por elocuente a sí propio, ni tuvo a Lucio Craso, es porque había concebido una forma de la elocuencia a la cual nada faltaba y en la cual no podía incluir a los que carecían de alguna o de muchas cualidades. Investiguemos, pues, Bruto, quién era ese orador que nunca vió Antonio, y que quizá no existió nunca, y si no podemos imitarle y expresar su imagen, porque esto, según él decía, solo a Dios está concedido, podremos decir a lo menos cómo debe ser este orador perfecto.

Tres son los principales estilos, y en cada uno de ellos han florecido insignes oradores; pero muy pocos han descollado por igual en todos, que es lo que buscamos. Ha habido oradores grandilocuentes, fogosos, variados, graves, ricos y majestuosos en las palabras, hábiles para conmover y arrastrar los ánimos, otros dentro del mismo estilo, han sido ásperos, tristes, hórridos, y sin corrección ni acabamiento; otros, en el estilo sencillo se han mostrado agudos, lúcidos, más atentos a la claridad que a la magnificencia, limados, sutiles y tersos en el estilo. Y, por el contrario, en el mismo género donde ellos habían puesto gracia, viveza y sencillos ornatos, otros han sido incultos, aunque hábiles, y han querido de intento hablar como la gente ruda é imperita.

Hay un estilo medio y templado, que no tiene la agudeza del segundo ni los rayos del primero, sino que participa de los dos, o más bien, si buscamos lo cierto, difiera mucho de uno y otro. Unas veces fluye apaciblemente mostrando sólo facilidad y llaneza; otras veces añade a la oración ligeros adornos de palabras y sentencias. Los que en cada uno de estos géneros han conseguido la perfección, tienen gran fama entre los oradores. Investiguemos ahora si han logrado lo que deseaban.

Vimos a algunos que han sabido hablar con ornato y majestad, y al mismo tiempo aguda y sutilmente. ¡Ojalá que entre los Latinos pudiésemos encontrar este género de oradores! Gran cosa sería no tener que buscar ejemplos extraños, sino contentarnos con los propios. Pero yo, que en el diálogo Bruto he concedido tanto a los Latinos, ya por amor a los nuestros, ya por alentarlos, me acuerde que sobre todos pongo a Demóstenes, por haber sabido acomodar su elocuencia a la idea de perfección que yo tengo, y a la que en otros he visto y conocido. Nunca ha habido ninguno más grave, ni más ingenioso, ni más templado. Y por eso debo advertirá los que por el desaliño de su estilo quieran ser llamados áticos, o pretenden hablar áticamente, que admiren este dechado de perfección, el cual fue más ático que la misma Atenas. Aprendan en él lo que es estilo ático, y midan la elocuencia por las fuerzas de Demóstenes, y no por su propia debilidad. Ahora cada uno alaba tan sólo lo que tiene esperanza de poder imitar. Sin embargo, no juzgo inoportuno para los que tienen grande estudio, pero juicio poco firme, explicar en qué consiste el mérito propio de los áticos.

Siempre fue norma del estilo de los oradores la cultura de los oyentes. Todos los que quieren ser alabados, tienen en cuenta la voluntad del auditorio, y a ella y a su arbitrio y gusto lo amoldan todo. Así la Caria, la Frigia y la Misia, por ser menos cultas y elegantes, adoptaron cierto género de dicción abundante, aunque pingüe y craso, el cual nunca aceptaron sus vecinos los Rodios (separados de ellos por tan poco espacio de mar), ni los Griegos mucho menos, y que los Atenienses rechazaron del todo, porque su recto y seguro criterio no les permitía oír nada que no fuera elegante y severo. Esclavo de este respeto el orador, no se atrevía a usar ninguna palabra insolente ni odiosa.

Por eso aquel de quien decimos que se aventajó a todos los restantes, en su admirable discurso en defensa de Tesifon empieza en tono muy sencillo; después se va animando al hablar de las leyes, y finalmente, cuando va a los jueces conmovidos, procede con ardorosa elocuencia. Y sin embargo, en este mismo orador que pesaba tan bien el valor de todas las palabras, reprende y censura Esquines algunas cosas, y las tiene por duras e intolerables. Y al llamarle bestia, parece dudar si aquellas palabras son monstruosas; de suerte que, en concepto de Esquines, ni el mismo Demóstenes fue verdaderamente ático. Fácil es notar alguna palabra demasiado vehemente (digámoslo así) y burlarse de ella cuando ya está apagado el incendio en los ánimos. ¿De qué modo se hubiera tolerado en Atenas a un Misio o a un Frigio, cuando hallaban que reprender en el mismo Demóstenes? ¿Quién hubiera podido sufrir al que comenzase a hablar a la manera de los asiáticos, con voz indignada y aullante?

Han de llamarse, pues, áticos los que en el decir se acomodan a los oídos severos y ejercitados de los Áticos. Y hay muchos géneros de aticismo, aunque éstos imitadores sólo saben la existencia de uno. Se equivocan en creer que es solo: no se equivocan en creer que es ático.

A juicio de éstos, si solo el estilo que ellos ensalzan fuese ático, no lo hubiera sido el mismo Pericles, a quien sin controversia otorgaban todos la primacía. Si se hubiera contentado con el estilo sencillo, nunca hubiera podido decir de él el poeta Aristófanes que tronaba, relampagueaba y confundía la Grecia. Sea en buen hora ático el elegante y cultísimo Lisias. ¿Quién lo puede negar? Pero entendemos que el aticismo de Lisias no consiste en ser sencillo y poco adornado, sino en no tener palabra alguna desusada o impropia. El hablar con ornato, majestad y abundancia será también ático, o no lo serán ni Esquines ni Demóstenes. Algunos hay que se dicen imitadores de Tucídides: nuevo e inaudito género de ignorancia, porque al menos los que siguen a Lisias, siguen a un abogado, no por cierto arrebatado ni grandilocuente, sino elegante y agudo, y tal que en las causas forenses puede ser buen modelo. Pero Tucídides narra las batallas y demás hechos militares y políticos con admirable estilo ciertamente, pero que ninguna aplicación tiene a la práctica forense o al juicio público. Sus mismos discursos tienen muchas sentencias oscuras y recónditas que apenas se entienden, lo cual es vicio grande en un orador civil. ¿No sería un absurdo en los hombres que, después de inventado el alimento, comiesen todavía bellotas? ¿Pudo perfeccionarse el alimento, y no habrán podido los Atenienses perfeccionar el discurso? ¿Quién de los retóricos griegos aprendió nada de Tucídides? Y sin embargo le alaban todos, lo confieso; pero le alaban como expositor prudente, severo y grave de las cosas; no como orador judicial, sino como narrador de historias y de guerras. Por eso ni aun le cuentan en el número de los oradores. No quiero decir con esto que su nombre no viviría aunque no hubiese escrito historia, porque siempre hubiera sido notable y celebrado personaje. Nadie imita su gravedad de palabras y sentencias; pero hay algunos que apenas han dicho cuatro frases mutiladas e incoherentes, como pudieran hacerlo sin maestro, ya se creen hermanos de Tucídides. No falta asimismo quien pretenda imitar a Jenofonte, cuyo estilo es más dulce que la miel, pero muy apartado del estrépito forense.

Volvamos a la materia empezada, y hablemos de esa elocuencia perfecta que en nadie pudo encontrar Antonio.

Obra grande y difícil acometemos, Bruto; pero nada hay difícil para el amor que tengo y tuve siempre a tu ingenio, estudios y costumbres.

Cada día me enciendo más, no sólo en el deseo de verte y disfrutar de tu doctísima conversación, sino también con la admirable fama de tus increíbles virtudes, que, diversas en especie, se unen con el lazo de la prudencia. ¿Qué cosas hay más apartadas entro si que la severidad y la cortesanía? ¿Y quién es a la vez más severo y más dulce que tú?

¿Qué cosa hay más difícil que ser amado por todos cuando se juzgan controversias de muchos? Y tú consigues dejar contentos a los mismos contra quienes sentencias. De suerte que, no haciendo nada por gracia, resulta agradable todo lo que haces. Por eso de todas las tierras sólo la Galia es la que no participa hoy del común incendio.

¿Y cuánto no es de estimar el que, en medio de las mayores ocupaciones, nunca interrumpes los estudios y siempre escribes algo o me convidas a escribir?

Por eso he comenzado este libro apenas acabé la defensa de Caton, la cual nunca hubiera emprendido por ser estos tiempos tan enemigos de la virtud, si tú no me hubieras exhortado y su sagrada memoria no me diera voces, pareciéndome nefando desoírlas. Pero testifico que, a ruegos tuyos y contra mi voluntad, me he arrojado a escribir, esto. Quiero compartir contigo este crimen, para que, si no puedo defenderme de la acusación, sea tuya la culpa de haberme impuesto tan pesada carga, mía la de haberla aceptado. Así podré disculpar el error de mi juicio con el mérito de haberme dado tú este encargo.

En todas las cosas es muy difícil exponer la forma, o como dicen los Griegos, el carácter de lo perfecto, porque a unos les parece perfecta una cosa y a otros otra. A mí me deleita Ennio, dice uno, porque no se aparta del común modo de hablar; a mí Pacuvio, responde otro, porque todos sus versos son cultos y bien trabajados, al paso que el otro tiene muchas negligencias. Otros preferirán a Accio, porque los juicios son varios, lo mismo entre los bárbaros que entre los Griegos, ni es fácil explicar cuál es la mejor de las formas. En la pintura, a unos agrada lo horrible, inculto y opaco; a otros lo terso, alegre y brillante.

¿Cómo se ha de encontrar un precepto o una fórmula común, cuando cada uno es excelente en su género, y los géneros son tantos? Este temor no me ha retraído, sin embargo, de mi intento, porque creo que en todas las cosas hay un grado de perfección aunque esté oculto, y que, de él puede juzgar todo el que sea inteligente. Pero como son tantos y tan diversos los géneros del discurso, y no se pueden reducir todos a una forma, prescindiré ahora de las alabanzas y vituperios, de las suasorias y de otros escritos semejantes: vg., del Panegírico de Isócrates y otras muchas obras de los sofistas, y de todos los demás géneros que nada tienen que ver con la controversia forense, por ejemplo, el que los Griegos llaman epidíctico, que sirve sólo para la recreación y deleite. Y no prescindo de estos géneros porque sean despreciables, antes creo que con ellos puede educarse el orador que vamos formando.

Así adquirirá copia de palabras y se ejercitará en su construcción, y podrá usar con más libertad del número y ritmo. Allí se permite más la excesiva sutileza en las sentencias y se concede mayor artificio en lis palabras, y este artificio no oculto y disimulado, sino claro y patente, de suerte que las palabras respondan unas a otras, y peleen entre sí, y terminen de igual modo y con el mismo sonido los extremos de la cláusula; todo lo cual, en una causa verdadera hacemos más rara vez y con más disimulo. Isócrates confiesa haber buscado de intento esa armonía en el Panatenaico, porque no había escrito para convencer a los jueces, sino para deleitar los oídos.

Dicen que en tratar esto fueron los primeros Trasímaco Calcedonio y Gorgias Leontino, y después Teodoro de Bizancio y muchos otros, a quienes Sócrates en el Fedro llama logodédalos: en todos los cuales hay muchas cosas agudas, pero demasiado pueriles, afectadas y que parecen versecillos. Por eso son más admirables Herodoto y Tucídides, que habiendo florecido al mismo tiempo que los antes nombrados, distan tanto de esas delicias, o mejor dicho, inepcias. El uno fluye como un río tranquilo y sin ningún tropiezo; el otro es más arrebatado, y entona, digámoslo así, un canto guerrero: entrambos, como dice Teofrasto, fueron los primeros en dar brío a la historia y hacerla más copiosa y elocuente que la habían hecho los anteriores.

Sucedió a éstos Isócrates, a quien entre todos los de su género me habrás oído elogiar siempre, no sin alguna repugnancia tuya, Bruto; pero fíjate bien en lo que de él alabo. Pareciéndole demasiado concisos Trasímaco y Gorgias, que fueron los primeros en enlazar con algún arte las palabras, y encontrando a Tucídides harto duro y no bastante rotundo, digámoslo así, fue el primero en dilatar y henchir con palabras y blando número las sentencias. Y habiendo instruído a los que, parte en el decir, parte en el escribir, sobresalieron, su casa fue considerada como una oficina de elocuencia.

Y así como yo, cuando nuestro Caton me alababa, sufría con. paciencia que los demás me reprendiesen; así parece que Isócrates, contento con el aplauso de Platón, despreciaba el juicio de todos los restantes. Acuérdate de lo que en la última página del Fedro dice Sócrates: «Oh Fedro, todavía es joven Isócrates, pero quiero decirte lo que de él auguro. Su ingenio me parece, mayor que el que resplandece en las oraciones de Lisias. Su propensión a la virtud es todavía mayor, y no será de admirar que, adelantando en años, venza en el mismo género a que ahora se dedica, no sólo a los jóvenes, sino a todos los que alguna vez han compuesto discursos; o si no se contenta con esto, arrebatado por un divino impulso, apetezca cosas todavía mayores. En el entendimiento de este hombre hay una filosofía natural e ingénita.» Esto predijo Sócrates de él, cuando todavía era joven. Esto escribió de él Platón, perpetuo enemigo de todos los retóricos, y lo escribió cuando ya Isócrates había llegado a la vejez. Los que no gustan de Isócrates, consiéntanme errar en compañía de Sócrates y de Platón. El estilo dulce, suelto y afluente, agudo en sentencias, resonante de palabras, es propio del género epidíctico y de los sofistas, más acomodado a la pompa que a la pelea. útil para el gimnasio y la palestra, pero excluido del foro. Mas como la elocuencia educada con este alimento va tomando después color y fuerza, no me ha parecido inoportuno tratar de estas niñeces del orador. Esto por lo que toca a los juegos y a la pompa: vengamos ahora a la lid y a la batalla.

Dijimos que en el orador había que considerar tres cosas: lo que dice, cómo lo dice, y cuando. Expliquemos cuál es lo más excelente en cada género, pero de manera algo diversa de como suele enseñarse en los tratados del arte. No pondré ningún precepto, ni es este mi propósito, pero declararé la idea y forma de la más excelente elocuencia, sin decir cómo se adquiere, sino cómo la entiendo y concibo. De los dos primeros puntos trataré con brevedad, porque propiamente. no estriba en ellos la gloria del orador, aunque sean necesarios y comunes a muchos. La invención, y el escoger lo que se va a decir, es más propio de la prudencia que de la elocuencia. ¿Y en qué causa puede faltar la prudencia? Conozca, pues, el orador que ya suponemos perfectas las fuentes de los argumentos y razones. Porque en toda controversia o disputa se pregunta si es, o qué es, o cómo es. A la pregunta si es, se responde con los signos; a la pregunta qué es, con las definiciones; y a la de cómo es, con las calificaciones de bueno o malo; para usar de las cuales, debe el orador, (no el vulgar, sino el excelente) no reducir, siempre que pueda, la controversia a particulares personas y tiempos. Más ancho campo ofrece el disputar sobre el género que sobre la parte, y lo que se prueba en general queda probado en particular.

Esta cuestión particular, reducida a general, se llama tesis. En esta ejercitaba Aristóteles a los jóvenes, no disertando asiduamente al modo de los filósofos, sino defendiendo entrambas partes con ornato y abundancia, y él mismo indicó ciertos lugares o notas de los argumentos para defender una y otra parte.

Fácilmente podrá nuestro orador, que no ha de ser ningún declamador de escuela ni rábula de foro, sino el más docto y perfecto de los oradores posibles, recorrer todos los lugares comunes, usarlos oportunamente, y aprender de dónde emanan. No prodigará toda esta riqueza, sino que hará uso de ella con elección y parsimonia, porque no siempre y en todas las causas convienen los mismos argumentos. El juicio dirigirá, no sólo la intención, sino también la elección. Nada hay más feraz que los ingenios, sobre todo cuando han recibido algún cultivo. Pero así como las mieses fecundas y ricas no sólo producen espigas, sino también, hierbas muy dañosas a la cosecha, así también de los argumentos hay que descartar muchas cosas pueriles, o ajenas a la causa, o inútiles: en lo cual está el juicio y discreción del orador. De otra suerte, ¿cómo ha de insistir en los argumentos que tienen realmente fuerza?

¿Cómo ha de suavizar lo duro u ocultar lo que no puede destruir?

¿Cómo ha de conmover o regir a su arbitrio los ánimos, o presentar un argumento que parezca, más probable que el más fuerte de los argumentos contrarios?

Y una vez hallado lo que va a decir, ¿cómo lo colocará? Porque este era el segundo punto de los tres. Espléndido vestíbulo y entrada para la causa es el apoderarse de los ánimos en la primera agresión, debilitando y destruyendo las pruebas contrarias, y colocando algunos de los argumentos más firmes al principio, otros al fin, e interpolados con ellos los más leves.

Esto baste sobre las dos primeras partes. Ya he dicho que, aunque sean de grande importancia, requieren menos arte y trabajo que la tercera. Una vez hallado lo que se va a decir, y cuándo, resta saber cómo se dice. Solía afirma nuestro Carneades que Clitómaco decía siempre las mismas cosas, y que Cármadas las decía siempre del mismo modo. Y si en la filosofía, donde se atiende a las cosas y no a las palabras, importa tanto el modo de decir, ¿qué sucederá en las causas, donde todo consiste en las palabras?

Según infiero de tus cartas, Bruto, lo que deseas saber de mí, no es a quién tengo por perfecto orador en la invención y en la colocación, sino qué género de oratoria me parece preferible. Cosa difícil, oh Dioses inmortales, por no decir la más difícil de todas. Pues siendo la palabra tan blanda y flexible que se la puede llevar a donde uno quiera, sin embargo, la variedad de costumbres y caracteres crearon muchos géneros y estilos diversos entre sí. Unos gustan del arrebatado río de las palabras, y ponen en la rapidez el mérito de la elocuencia; a otros agradan los largos períodos y las dilatadas pausas. ¿Qué cosas puede haber más distintas? Y, no obstante, cada una puede ser excelente en su género. Trabajan otros en un estilo llano e igual, y en un puro y cándido modo de decir. Algunos afectan dureza y severidad en las palabras, y dan a la oración un aire de tristeza. En suma, la división que antes hicimos del estilo, en grave, humilde y templado, es aplicable a los oradores, porque los hay de tantas clases, cuantos son los mismos estilos.

Y ya que he comenzado a satisfacer ampliamente, lo que me pedías; pues preguntándome tú solamente de la elocución, te he hablado además, aunque brevemente, de la invención y de la disposición, diré ahora algo de la acción, para que así no quede omitida ninguna parte, exceptuando la memoria, de la cual se habla en muchos tratados.

En la acción y en la elocución estriba el modo de decir las cosas.

Es la acción una cierta elocuencia del cuerpo, como que consta de voz y movimiento. Las inflexiones de la voz son tantas como los afectos del ánimo. Por eso el perfecto orador, cuando quiera mostrarse apasionado y conmover el ánimo de los oyentes, escogerá un tono qué responda bien a la pasión. De esto podría decir mucho si fuera ocasión o tú me lo preguntaras. Diría también algo del gesto y del ademán. Es increíble cuánto importa el buen empleo de estos recursos al orador, hasta tal punto que los niños, por sólo el mérito de la acción, lograron muchas veces el fruto de la elocuencia, al paso que muchos oradores elocuentes parecieron niños, por faltarles el gesto y ademán; de suerte que no sin causa concedió Demóstenes el primero, segundo y tercer lugar a la acción. Sin acción no hay elocuencia; y la acción tiene por sí sola, y sin el auxilio de la palabra extraordinaria fuerza. El que aspire, pues, a la perfección oratoria, diga con tono espantado y misterioso las cosas atroces, con voz blanda y suave las sencillas, con dignidad y reposo las graves, y en humilde y quejumbroso estilo las dolorosas. Admirable es la naturaleza de la voz humana, que con tres tonos, agudo, grave y circunflejo, produce tanta y tan agradable variedad en el canto. Hay en el decir un tono más oscuro, no el de los retóricos de Frigia y Caria, que es casi una canturia, sino aquel de que hablan Demóstenes y Esquines, cuando se echan mutuamente en cara las flexiones de la voz. Demóstenes afirma muchas veces que Esquines era de voz dulce y clara; y aquí se me ocurre una observación digna de tenerse en cuenta, acerca de la suavidad de la voz.

La misma naturaleza, como si quisiera modular la voz humana, puso en toda palabra un acento agudo, ni en la primera, ni en la última sílaba, para que así siguiera el arte a la naturaleza misma en el deleitar los oídos.

El tener buena voz no está en nuestra mano, pero si el educarla y mejorarla. Lo mismo debe hacer el perfecto orador, recorriendo todos los tonos, así altos como bajos, y ejercitándose en el movimiento y en el gesto. La postura será en pié y con la cabeza levantada; el adelantarse hacia los oyentes ha de ser raras veces y no a largos pasos; todavía han de ser más raros los movimientos a derecha é izquierda; no estarán en continua movilidad y agitación el cuello y los dedos, ni éstos irán siguiendo el compás, sino que ha de haber en toda la figura cierta majestad varonil, levantándose o bajándose el brazo, según que la oración sea mas elevada o más remisa.

¿Y cuánta dignidad y gracia no añade al semblante, y sobre todo la expresión de los ojos, que son intérpretes del alma, y que ora mostrarán alegría, ora tristeza, según las cosas de que se trate?

Lleguemos ya a la idea del consumado orador y de la perfecta elocuencia. El nombre mismo indica que la elocución ha de ser su principal mérito. No se te llama inventor, compositor o actor, sino en griego rhetor, y en latín elocuente. De todas las demás condiciones que en el orador hay, todos pueden reclamar alguna parte; pero solo a él se concede el lauro de la elocuencia,

pues aunque algunos filósofos han escrito con elegancia, tanto que Teofrasto alcanzó por esto el renombre de divino, y Aristóteles reprendió al mismo Isócrates, y por la voz de Jenofonte dicen que hablaron las Musas, y Platón se aventajó en gravedad y elegancia a todos los que escribieron o hablaron antes que él; sin embargo, su discurso no tiene nervio ni aguijón oratorio o forense. Hablan con doctos, y quieren sosegar sus ánimos más bien que conmoverlos. Hablan de cosas tranquilas y nada turbulentas, y hablan para enseñar, no para sorprender; y hasta cuando logran producir agrado, paréceles a algunos que han pasado los límites de su ciencia. No es difícil distinguir esta elocuencia de la que ahora estamos explicando. El estilo de los filósofos es sencillo y reposado; no tiene ni sentencias ni palabras populares, ni esta sujeto a número, sino libre y suelto. Nada tiene de airado, de envidioso, de atroz, de admirable ni de astuto: es siempre casto, ruboroso, virgen, digámoslo así. Más bien debe llamarse conversación que discurso. Porque aunque toda alocución sea discurso, sólo a los del orador se aplica con propiedad este nombre.

Hay que hacer excepción de los sofistas, que usan las mismas flores que emplea el orador en las causas civiles. Pero se diferencian en que su propósito no es perturbar los ánimos, sino entretenerlos: no tanto persuadir como deleitar; y lo hacen con más frecuencia y más a las claras que los otros, buscan sentencias brillantes más que probables, se apartan muchas veces del asunto, mezclan fábulas, hacen traslaciones de palabras y las disponen a la manera que los pintores varían el color, y oponen antitéticamente las palabras, o hacen que los períodos se correspondan en su cadencia.

A este género se parece la historia, en la cual se narra o se describe con elegancia una región o una batalla, se intercalan oraciones y exhortaciones, todo en estilo corriente y fluido, no vigoroso y encendido. La elocuencia que buscamos debe distinguirse de la historia podo menos que de la poesía. También los poetas han suscitado la cuestión de en qué se distinguen de los oradores. Antes la diferencia estaba en el número y en el verso, pero ya los oradores van haciendo gran caudal del número.

Todo lo que pueden medir los oídos, aunque no sea verso (porque esto en la prosa sería un vicio), se llama número, y entre los griegos rhitmo. Y por eso han creído algunos que la locución de Platón y de Demócrito, aunque no sea verso, sin embargo, por el calor del estilo y por las lumbres y matices de palabra, debía ser tenida por un poema, con más razón que las obras de los poetas cómicos, entre los cuales, aparte de los versos, nada hay que difiera de la conversación ordinaria. Es tanto más laudable que el poeta procure lograr los mismos efectos que el orador, cuanto que procede sujeto por las cadenas del metro.

Pero aunque sea magnífico y elocuente el estilo de los poetas, creo que tienen más libertad que nosotros para formar y componer palabras, y que a veces atienden más al deleite de los oídos que a la sustancia de las cosas. Y aunque haya entre ellos y nosotros este punto de semejanza, es decir, el juicio y elección de las palabras, no por eso ha de negarse la desemejanza en otras cosas. En esto no cabe duda, y si alguna cuestión pudiera haber, el resolverla no es necesario para nuestro propósito. Separado, pues, el orador de la elocuencia de los filósofos, de los sofistas, de los historiadores y de los poetas, réstanos explicar cómo ha de ser.

Será elocuente, pues (ya que buscamos al orador perfecto siguiendo las huellas de Antonio) el que en el foro y en las causas civiles hable de tal manera que pruebe, deleite y convenza. El probar es de necesidad; el deleitar de utilidad. En el convencer está la victoria final de toda causa. Cuantos son los oficios del orador, tantos son los modos de decir. Sutil en el probar, templado en el deleitar, vehemente en el persuadir: aquí está toda la fuerza del orador. Grande ingenio, maravillosas facultades ha de tener el que modere y temple esta triple variedad. Sólo él juzgará lo que es oportuno en cada circunstancia, y podrá hablar del modo más acomodado a la causa. El fundamento de la elocuencia es la sabiduría. Así en la vida como en el discurso, nada es más difícil que atinar con lo que conviene. Llaman a esto los griegos Prepon nosotros podemos llamarlo decoro. Sobre él se han dado muchos preceptos, y es cosa muy digna de saberse. Por ignorarle, se peca a menudo, no sólo en la vida sino en los poemas y en el discurso, Así en las sentencias, como en las palabras, ha de guiarse el orador por el decoro. No toda fortuna, no todo honor y autoridad, no todo lugar, tiempo ú oyente, pueden ser tratados con el mismo género de palabras o de sentencias, y siempre, y en toda parte del discurso, ha de guardarse el decoro de la persona que habla y de las que oyen.

Esta materia larga y variada suelen tratarla los filósofos en la moral (no cuando disputan de lo recto en sí, porque éste es uno solo); los gramáticos al tratar de la poesía; los oradores en todo género y parte de la causa. ¡Cuán extraño no sería usar de expresiones magníficas y lugares comunes al hablar de una causa de Stillicidio, y por el contrario, tratar en humilde y sencilla frase de la majestad del pueblo romano! Esto en general.

Algunos pecan por faltar a la consideración debida a su propia persona o a los jueces o a los adversarios; que no sólo se peca en las cosas, sino en las palabras, pues aunque sin las cosas no tengan fuerza alguna las palabras, sin embargo una misma cosa suena mejor o peor según que se diga con unas u otras expresiones. En todo importa mucho la moderación: todo tiene su medida; pero ofende más lo mucho que lo poco. Por eso Apeles censuraba a algunos pintores que no observaban el justo medio. Gran materia es esta y que exigiría un largo volumen, pero que tú conoces perfectamente, oh Bruto.

A nuestro propósito baste con decir que este decoro que aplicamos a todos los hechos y palabras grandes y pequeñas no ha de confundirse en modo alguno con la conveniencia. Esta es una perfección que ha de buscarse siempre y en todo, al paso que el decoro es acomodado a tiempos y personas, y no sólo se advierte en las acciones, sino en las palabras, en el gesto, y ademán, y lo mismo la falta de decoro. Si el poeta huye, como del mayor defecto, de atribuir a un malvado el lenguaje de un hombre de bien, o a un necio el de un sabio; si aquel pintor que representó el sacrificio de Ifigenia, después de pintar triste a Cálcas, triste a Ulises, y más triste aun a Menelao, juzgó necesario ocultar la cabeza de Agamenon, por parecerle imposible imitar con el pincel tan gran duelo; y si el histrión atiende tanto al decoro, ¿qué ha de hacer el orador? Siendo esto de tanta importancia, al orador toca ver lo que hace no sólo en el total de la causa, sino en cada una de sus partes, pues cada una exige ser tratada de distinto modo.

Resta señalar las notas y caracteres de cada estilo: obra a la verdad grande y difícil; pero su dificultad debimos considerarla al principio: ahora que nos hemos hecho a la mar, dejémonos llevar por el viento que hincha nuestras velas.

Ante todo, hablemos del estilo que vulgarmente y por excelencia llaman ático. El humilde y sencillo imita el tono de la conversación, y difiere más en realidad que en apariencia del lenguaje común. Por eso, los que le oyen, aunque sean niños, se imaginan que también ellos podrían hablar de aquella manera. Y, sin embargo, nada hay más difícil de imitar. Aunque no tenga este estilo mucha sangre, ni gran nervio, ha de tener algún jugo e íntegra salud. Ante todo, está libre de la esclavitud del ritmo.

En cualquier otro género de oratoria tiene mucha importancia el número; en ésta, ninguno: ha de ser suelto y libre, pero no vago y descuidado. Tampoco ha de ponerse grande esfuerzo en el encadena miento de las palabras. Admite el hiato y concurso de vocales, que indica una no desagradable negligencia, como de hombre que se cuida más de las cosas que de las palabras. Si tanta libertad hay en cuanto a la colocación de las palabras, veamos cómo se ha de proceder en lo restante. Cabe en las cosas pequeñas y menudas cierta negligencia elegante. Así como a algunas mujeres les sienta bien la falta de adorno, así deleita a veces en este género de oraciones cierto aparente desaliño. El arte no debe faltar nunca, pero ha de estar oculto. Exclúyase todo aparato de joyas y piedras preciosas; exclúyase hasta el adorno del pelo y los afeites del rostro: siempre quedarán la elegancia y la limpieza.

Sea la lengua pura y latina, clara y llana: no se olvide jamás el decoro. Añádase a esto el que Teofrasto pone en cuarto lugar entre los méritos del discurso: el ornato suave y afluente: agudas y copiosas sentencias que esmalten inesperadamente el discurso.

Ha de ser moderado el uso de las figuras, ya de pensamiento, ya de palabra. El ornato de las palabras es doble, según que se las considere separadas o en construcción. Han de preferirse siempre las palabras propias y más usadas, que mejor suenen y más bien declaren el concepto. También pueden usarse las trasladadas o tomadas de otra parte, o prestadas o forjadas de nuevo, o arcaicas y desusadas. Y de éstas las hay entre las propias, aunque rara vez las empleamos. La colocación de las palabras tiene por sí algún ornato, que desaparece en variando esas palabras, aunque la sentencia permanezca la misma. Las elegancias de sentencia son muchas, pero las que sobresalen pocas. Así, pues, el orador elegante y sencillo no será audaz en la composición de las palabras, y procederá con mucha moderación en las traslaciones, en el empleo de voces arcaicas y en los demás ornamentos de palabras y sentencias. De las traslaciones hará uso más frecuente, porque a menudo se emplean, no sólo en el lenguaje urbano, sino en el de los rústicos. Así oímos decir a éstos: los campos tienen sed, las mieses están alegres, la vegetación es lujosa. Todas estas figuras pueden usarse sin tacha ni atrevimiento, cuando sea grande la semejanza, de la cosa trasladada o cuando ésta no tenga nombre propio y la traslación parezca hecha por causa de utilidad, y no de placer. Aunque esta figura pueda emplearse en el estilo sencillo con alguna más libertad que las restantes, nunca tanto como en otro estilo, modo de decir más amplio.

Por eso se nota una falta de decoro o de conveniencia cuando la metáfora es traída de muy lejos y se pone en una oración de género humilde lo que sólo convendría en otra de más elevado tono.

También aquella elegancia que ilumina la colocación de las palabras con las lumbres y matices llamados por los Griegos schemas (nombre que aplican también a las figuras de sentencia), cabe en el estilo sutil (que con propiedad llaman ático, aunque no es el solo estilo ático); pero cabe con moderación. Porque en un convite, aunque se huya de la magnificencia, ha de mostrarse la elegancia unida a la sobriedad. Figuras hay que caben en el estilo templado de que venimos hablando. Claro es que ha de huirse de las antítesis y de las conclusiones semejantes y de las similicadencias y de las alteraciones de letras, para que no se vea demasiado claro el artificio y la intención de hacer efecto. También las repeticiones de palabras, cuando llevan consigo demasiado aire de disputa y clamor, deben excluirse de este género templado: las demás figuras podrán usarse indistintamente, siempre que el encadenamiento de los periodos sea fácil y libre, y las palabras muy usadas, y las traslaciones no violentas, y las figuras de sentencia no demasiado brillantes. No hará hablar a la república, ni resucitará los muertos, ni juntará, ni acumulará los apóstrofes para hacer efecto. Todo esto ni ha de buscarse ni pedirse en el género de que vamos a hablar.

Nuestro orador ha de ser más humilde, así en la voz como en el discurso. Pero caben aun en medio de esta sencillez de estilo, muchas de las figuras y recursos oratorios, con tal que se usen moderadamente. Añádase a esto una acción no trágica ni histriónica, en que sea mayor la expresión del rostro que el movimiento del cuerpo.

Admite también este género algunas sales, que son de admirable efecto en el decir. Las hay de dos géneros: facecia y dicacidad: una y otra puede usarse; la primera en las narraciones, la segunda para poner alguna cosa en ridículo. Los géneros son muchos, pero ahora no tratamos de eso. Sólo advierto que el ridículo no ha de ser demasiado frecuente, para que no caiga en truhanesco ni obsceno, para que no parezca mímico o petulante, para que no descubra mala intención; ni ha de recaer en calamidades, porque sería inhumano; ni en crímenes, para que la risa no ocupe el lugar del odio; ni ha de desdecir de la propia persona de la de los jueces, o de la ocasión, porque todo esto sería indecoroso. Han de evitarse asimismo las interrogaciones, que, cuando no son espontáneas, sino preparadas en casa, casi siempre parecen frías. Respetarásela amistad y la dignidad; se desterrará del discurso toda afrenta y oprobio; sólo se perseguirá a los adversarios, y no a todos siempre y de la misma manera. Fuera de esto, pueden derramarse a manos llenas las sales y los chistes, lo cual yo no he visto hacer a ninguno de estos nuevos áticos, por más que sea muy propio del estilo ático. Esta es, a mi entender, la forma que ha de elegir el orador de estilo sencillo, pero grande y legítimamente ático, porque todo lo que es agudo y gracioso en el discurso es propio de los áticos. Y no todos tienen la misma gracia: Lisias é Hipérides, bastante; Démades, más que los otros; Demóstenes pasa por inferior en esto; pero a mí nada me parece más gracioso que él, aunque tiene más de dicaz que de faceto. Lo primero requiere un ingenio más agudo; lo segundo, mayor arte.

Hay otro estilo algo más rico y robusto que éste de que venimos hablando, pero menos espléndido que aquel de que hablaremos en seguida. Tiene éste segundo más elegancia que nervio, es más lleno que el primero, y menos adornado y copioso que el tercero.

A este género convienen todos los adornos de estilo, y no es poca la elegancia que en esta forma del discurso cabe. En ella florecieron muchos oradores griegos, pero, a juicio, Demetrio Falereo se aventajó a los restantes. Su modo de decir es plácido y tranquilo, y a trechos le esmaltan, como estrellas, metáforas, sinécdoques y metonimias. Llamo metáforas a las traslaciones fundadas en la semejanza y nacidas ya de la necesidad, ya del agrado. En las sinécdoques y metonimias se usa, en vez de la palabra propia, otra que significa lo mismo, y que se toma de algo consiguiente. Lo cual, aunque sea traslación, es traslación de diverso género, vg., cuando dice Ennio: «dejas huérfana la ciudad y el alcázar,» donde el alcázar está tomado por la patria; o cuando escribe: «la horrible Africa se estremece con feroz tumulto:» aquí se toma el Africa por los Africanos.

A esta figura llaman los retóricos hypálage, porque en ella se sustituyen unas palabras a otras. Los gramáticos la apellidan metonimia, porque es una traslación de nombres.

Aristóteles incluye en la traslación la figura llamada catacrésis, que consiste en usar de palabras semejantes, vg., menudo por pequeño, ya por elegancia, ya por necesidad y conveniencia. Cuando hay muchas traslaciones seguidas, resulta lo que los Griegos llaman alegoría, aunque quizá fuera mejor llamarlas a todas traslaciones. Falereo hace grande uso de ellas, y son muy agradables.

En el mismo estilo severo y templado, aunque elegante, cabe mucho esplendor de palabras y de sentencias, largas y eruditas controversias, y lugares comunes, siempre que no degeneren en disputa. ¿Qué mucho que así suceda, si este modo de decir salió de las escuelas de los filósofos? Hay también un estilo brillante, florido y variado, en que se unen todos los primores de palabra y sentencia. Este género pasó de los sofistas al foro; pero rechazado igualmente por los escritores de estilo sencillo y por los de estilo grave, vino a quedar en esta medianía de que ahora hablarnos.

El tercer estilo es amplio, copioso, grave, elegante y de poder extraordinario. Esta es la elocuencia que ha asombrado a las naciones y ha sido reina y señora de las ciudades; esta, la de grande, potente y arrebatado curso; esta, la que todos contemplan, la que todos admiran y desconfían de poder alcanzar, la que conmueve los ánimos, la que los templa, la que arranca las viejas opiniones y persuade las nuevas.

Hay mucha diferencia entre este género y los anteriores. El que ha trabajado en el estilo sutil y agudo hasta conseguir la perfección, sin proponerse otra cosa, será en su línea grande orador, ya que no admirable, y no correrá peligro de resbalarse ni de caer. El orador de estilo medió y templado no temerá los peligros, escollos y dificultades de la oración, y si a veces (y esto con frecuencia sucede) no brilla tanto, por lo menos el peligro no es grande, ni puede caer de mucha altura. Pero este nuestro orador, grave, acre y ardiente, si para esto sólo ha nacido, si sólo en esto se ha ejercitado, sin templar la riqueza de su estilo con los otros dos géneros, será muy digno de desprecio. Al orador de estilo sencillo bástale para ser declarado bueno el decir con agudeza y tersura; al de estilo medio, bástale la elegancia; el de estilo copioso, si no tiene buen gusto, parecerá un loco o delirante. El que nada puede decir con tranquilidad y reposo, con claridad, distinción y orden, por más que la causa o algunas de sus partes lo exijan; el que se proponga inflamar a los oyentes cuando los oídos de éstos no se hallan preparados, ha de parecer necesariamente un loco entre sanos, o un beodo entre sobrios.

Ya hemos alcanzado, Bruto, lo que buscábamos, pero sólo lo hemos alcanzado con el entendimiento. Porque si yo pudiera asir con la mano a este orador perfecto, ni él mismo con toda su elocuencia podría persuadirme a que le soltara. Digo que hemos encontrado al varón elocuente que nunca logró ver Antonio. ¿Y dónde está esa maravilla? Lo diré en pocas palabras, para declararlo luego más extensamente. Es elocuente el que puede decir con agudeza las cosas humildes, con riqueza y esplendidez las de más alta importancia, y en estilo templado las medianas.

Dirás que nunca ha existido semejante orador. Sea en hora buena, pero yo disputo, no da lo que he visto, sino de lo que deseo ver, y vuelvo a aquella idea y forma de Platón, que no se contempla con los ojos sino con el entendimiento. No busco nada mortal y caduco, sino aquello cuya posesión hace al hombre elocuente, es decir, la elocuencia misma, que sólo podemos ver con los ojos del alma.

Toda mi defensa de Cecina versó sobre las palabras del interdicto: tuve que explicar y definir las cosas embrolladas, hacer el elogio del derecho civil, distinguir las palabras ambiguas. En la ley Manilia, elogié a Pompeyo, y tuve que usar un estilo rico y elegante, aunque templado. En la causa de Rabirio iba envuelto el derecho de majestad; por eso recurrí a todo linaje de encendida amplificación.

Pero todo esto a las veces hay que templarlo y variarlo. ¿De qué estilo no se halla alguna muestra en mis siete libros de acusación contra Vérres, o en la defensa de Avito, o en la de Cornelio, o en muchas otras de las mías, de las cuales podría entresacar ejemplos, si no creyera que son bastante conocidos o que puede elegirlos el que quiera? No hay género, estilo o primor oratorio del cual en mis oraciones no se vea algún conato y sombra, ya que la perfección nunca. Pero aunque no la consigamos, bástanos tener la idea de ella, y tan lejos estoy de admirar las cosas mías, que soy tan difícil de contentar, que ni el mismo Demóstenes me satisface, y por más que en todo estilo lleve la palma a todos, no siempre llena mis oídos: tan ávidos y capaces son, que siempre desean algo inmenso e infinito.

Pero ya que tú conoces perfectamente a este orador, y no le sueltas de la mano, desde que en Atenas, y bajo la enseñanza de Pammeno, tan apasionado tuyo, te dedicaste a su estudio, y como lees además con frecuencia nuestros escritos, has podido ver que él llevó a la perfección muchas cosas y que yo he intentado muchas; que él pudo, y yo he querido, hablar siempre del modo más acomodado a la causa.

El fue grande orador porque sucedió a oradores grandes, y lo fueron también sus contemporáneos. Yo no pude llegar a esa perfección por haber nacido en una ciudad donde, como escribe Antonio, nunca se había oído a ningún varón elocuente. Y si a Antonio no le pareció elocuente Craso, ni él mismo se tuvo por tal, verosímil cosa es que tampoco se lo hubieran parecido nunca Sulpicio, Cota y Hortensio. Nunca usó del estilo amplio Cota; nunca del templado Sulpicio; pocas veces del grave Hortensio. Los dos anteriores, es decir, Craso y Antonio, se acomodaron mejor a todo estilo. Encontré, pues, los oídos de esta ciudad, no avezados a este modo de decir múltiple y variado, y yo fui el primero que, en cuanto estuvo en mi poder, desperté increíble afición a decir y a oír este linaje de discursos. ¡Qué clamores no excitó aquella mi declamación juvenil sobre el suplicio de los parricidas! Y, sin embargo, mirándola despacio, conocí luego que no tenía bastante calor. «¿Qué cosa hay tan común como el espíritu a los vivos, la tierra a los muertos, el mar a los náufragos, la costa a los que arroja la tormenta? Pero los parricidas de tal manera viven, que no pueden respirar; de tal manera mueren, que no cubre la tierra sus huesos; de tal modo son agitados por las olas, que nunca se ahogan, y, finalmente, cuando son arrojados a la costa y se estrellan en los peñascos, ni siquiera después de muertos encuentran reposo.» Todo esto es como de un joven, y si merece elogio, no es por la madurez, sino por la esperanza. Del mismo género es aquella frase, ya más madura: «Mujer de su yerno, madrastra de su hijo, corruptora de su hija.» No siempre tenía yo, el mismo ardor, ni decía de igual modo todas las cosas. La misma defensa de Roscio, con ser juvenil y redundante, tiene muchas cosas de estilo templado, y aun alegre, y lo mismo la de Avito, la de Cornelio y muchas otras, porque no ha habido ningún orador, aun entre los Griegos, tan ocioso que haya escrito más que yo ni con más variedad de estilos.

¿Había de conceder yo a Homero, a Ennio y a los demás poetas, sobre todo a los trágicos, el variar a cada paso de tono y acercarse a veces a la conversación familiar, y no había de apartarme yo alguna vez del tono acre de la disputa? ¿Pero a qué recurrir a los poetas de divino ingenio? Basta fijarnos en los más consumados histriones, que no sólo agradan en diversos papeles, sino a veces el cómico en la tragedia y el trágico en la comedia. ¿No he de trabajar yo en lo mismo? Y cuando digo yo, entiendo hablar así mismo de ti, Bruto, porque yo ya dí todo el fruto que podía esperarse. Pero tú ¿defenderás del mismo modo todas las causas, o rechazarás algún género de ellas, o conservarás sin intermisión el mismo aliento en todo el discurso? Demóstenes mismo, cuya estatua de bronce vi hace poco en tu casa del Tusculano al lado de las de tus mayores, prueba insigne de lo mucho que le admiras, nunca cedió en sutileza a Lisias, ni en lo agudo a Hipérides, ni en dulzura o en esplendor de palabras a Lisias. Hay muchos oraciones suyas de templada elegancia, vg., la que pronunció, contra Leptines; muchas de estilo grave, como las Filípicas, y otras de estilo vario, como la de la Falsa Legación o la de la Corona contra Esquines. Cuando quiere, pasa rápida y fácilmente al estilo medio desde el grave; pero con este solo arranca los aplausos y logra el triunfo más alto de la elocuencia.

Pero dejemos esto, ya que hablamos del género y no del hombre, y expliquemos la índole y poder de la elocuencia. Y no olvidemos nunca lo que antes dijimos, que no vamos a hablar como preceptores y maestros, sino como oyentes y críticos. Y en esto me extenderá más, porque conozco que no has de ser tú, que conoces estas cosas mejor que yo que pretendo enseñarlas, el único lector de este libro, sino que con la recomendación y patrocinio de tu nombre, es necesario que corra y se divulgue.

El ser perfecto orador consiste, no sólo en tener las facultades propias del bien decir, sino también la ciencia de los dialécticos, que es vecina y hermana del arte oratorio. Aunque una cosa parezca la oración y otra la disputa, y no sea lo mismo hablar que decir, sin embargo, una y otra cosa estriban en el razonamiento. Pertenezca en buen hora a los dialécticos el arte de la disputa; pertenezca a los oradores el de bien decir y adornar. Cenon, maestro de los estoicos, solía indicar con la mano la diferencia entre estas artes. Cuando apretaba los dedos y cerraba el puño, daba a entender la dialéctica. Y comparaba la elocuencia con la palma de la mano abierta y extendida. Y antes que él, Aristóteles, al principio de su Retórica, dice que esta arte corresponde en su mayor parte a la dialéctica, pero con esta diferencia: en la primera, es el arte de decir más extenso, y en la segunda, es el de hablar más recogido. Quiero, pues, que el orador perfecto conozca de la dialéctica todo lo que pueda adornarse con las galas del bien decir. A ti, que eres tan erudito en estas disciplinas, no se te ocultará que para esto hay dos caminos. Porque el mismo Aristóteles dio muchos preceptos, y después los llamados dialécticos los dieron mucho más espinosos y difíciles. Creo que quien aspire al lauro de la elocuencia no debe ser enteramente rudo e ignorante de estas cosas, sino que educado en la antigua doctrina o en la nueva de Crisipo, ha de conocer primero el valor, naturaleza y género de las palabras, lo mismo simples que compuestas, y ha de saber de cuántas maneras puede decirse una cosa, y cómo se distingue lo verdadero de lo falso, cuáles son las relaciones de causa y efecto, de consecuencia y contrariedad, y cómo se ha de dividir y explanar cada una de las cosas ambiguas. Todo esto debe observarlo el orador, porque a cada paso ocurre; pero él tiene que añadir, además, el esplendor y brillantez del estilo.

Y como en todo lo que depende del razonamiento debe empezarse por definir la materia de que se trata, porque si no están de acuerdo los que disputan sobre el valor de la cosa controvertida, nunca puede llegarse a un resultado; es necesario las más de las veces explicar y definir la cosa tal como la entendemos, porque la definición es un modo de decir que muestra brevísimamente lo que es aquello de que se trata. Explicado el género, hay que ver sus especies o partes y dividir en ellas el discurso.

El elocuente orador, cuya idea vamos trazando, sabrá definir, y no seca y brevemente, como suele hacerse en las disputas filosóficas, sino con más amplitud y riqueza y de un modo más acomodado al juicio común y la inteligencia popular. Cuando el asunto lo pida, dividirá el género en especies, de tal modo que no sobre ni falte ninguna: cuándo y cómo ha de hacerlo, no me corresponde enseñarlo; ya dije que quiero ser juez y no maestro.

Y no solo quiero que esté instruido en la dialéctica, sino que conozca todas las partes de la filosofía. Porque sin esta ciencia, nada de lo que pertenece a la religión, a la muerte, a la sociedad, al amor de la patria, a las virtudes o a los vicios, a las obligaciones, al dolor, al deleite, a las pasiones y afectos del alma, puede tratarse con majestad, amplitud y riqueza.

De la materia del discurso hablo ahora, no del estilo y modo de decir. Quiero que el orador tenga un asunto digno de los oídos eruditos, antes que piense qué palabras ha de usar y cómo. Cuanto más grande sea el orador y más se acerque a la perfección (como antes dije de Pericles), más le exigiré que no ignore nada, ni siquiera la ciencia de los físicos. Así, cuando descienda de las cosas celestiales a las humanas, lo dirá y sentirá todo con más grandeza y magnificencia. Y si conociere lo divino, tampoco debe ignorar lo humano. Aprenda el derecho civil, que cada día se necesita en las causas forenses. ¿Pues qué cosa hay más torpe que encargarse de controversias legales y civiles, cuando se ignoran las leyes y el derecho civil? Conozca además la historia, sobre todo la de nuestra ciudad y la de los imperios más poderosos y reyes más ilustres, cuyo trabajo nos facilitó nuestro Ático, recogiendo en un libro las Memorias de setecientos años, con indicación precisa de los tiempos, sin omitir nada señalado. El ignorar lo que sucedió antes de nacer nosotros, es como ser siempre niños. ¿Qué es la edad humana si por memoria de las cosas antiguas no se enlaza con las edades anteriores? El recuerdo de los hechos de la antigüedad añade, a la vez que sumo deleite, mucho crédito y autoridad al discurso. Venga, pues, el orador armado y dispuesto para la causa, y ante todo conozca los géneros de ella.

Toda controversia estriba, o en el hecho o en las palabras. Las controversias de hecho pueden ser acerca de lo verdadero, lo recto, o el nombre. Las de palabras pueden ser de ambigüedad o de contrariedad. Porque cuando una cosa quieren decir las palabras y otra suenan, resulta un género de ambigüedad en que se significan dos cosas con una misma palabra.

Siendo tan pocos los géneros de las causas, tampoco son muchas las reglas que se dan sobre los argumentos. Señálanse dos clases de fuentes de donde tomarlos: o nacen de las cosas mismas, o son extrínsecos. El modo de tratar las cosas es lo que hace admirable el discurso, porque el conocimiento de las cosas es muy fácil. ¿Qué resta ya, ni qué puede exigir el arte sino que se haga el exordio tratando de conciliar el ánimo de los oyentes o de prepararlos a oír: que se exponga el asunto con brevedad y llaneza y en términos probables; que se confirmen los argumentos propios y se destruyan los del adversario, y que todo esto se haga no confusamente, sino cerrando de tal manera cada una de las argumentaciones, que la consecuencia se deduzca lógicamente de las premisas, y que se corone todo con una peroración ardiente é impetuosa? Cómo ha de tratarse cada una de estas partes, difícil es declararlo aquí, porque no siempre se tratan del mismo modo. Pero como no busco a quién enseñar sino a quién aplaudir, alabaré sobre todo a quien guarde el decoro y conveniencia de tiempos y personas. Porque no siempre ni ante todos, ni contra todos, ni en defensa, de todos, creo que se puede hablar de la misma manera. Será elocuente el orador que acomode a la conveniencia su discurso, de suerte que las palabras correspondan bien a las cosas, y ni se diga áridamente lo que debe ser ameno y agradable, ni con menudencias y por menores lo que de suyo es grande.

Los exordios serán modestos, no tejidos de palabras altisonantes sino de agudas sentencias, ya en ofensa del adversario, ya en recomendación de la propia persona. Las narraciones serán creíbles, y no se harán en estilo histórico sino familiar y corriente. Si la causa es de poca importancia, también será leve el hilo de los argumentos, así en la confirmación como en la refutación, procurándose siempre que las palabras sean fiel espejo de la idea. Cuando la causa sea tal, que en ella pueda desplegarse todo el poder de la elocuencia, hará el orador vistoso alarde de sus recursos, rendirá y doblegará los ánimos, consiguiendo todo lo que quiera, es decir, lo que la naturaleza de la causa y el tiempo pidan. Este ornato y gala de la elocuencia será doble, pues, además de la perfección que exige cada parte del discurso, de tal modo que no baya palabra alguna que no sea grave o elegante, ha de haber dos partes más luminosas y más de resalto que todo lo demás: una, en las cuestiones de género universal, que los Griegos llaman tesis; otra, en la amplificación, que ellos mismos nombran auxesis. Y aunque una y otra deben estar igualmente derramadas en todo el cuerpo del discurso, brillan más en los lugares comunes, llamados así porque son los mismos en muchas causas, por más que deben de ser propios de cada una. Aquella parte del discurso que versa sobre el género universal, contiene muchas veces toda la causa. Sea cual fuere el asunto sujeto a controversia, que los Griegos llaman chrinomenon, conviene siempre enlazarle con una cuestión perpetua y universal, a no ser que se dispute sobre la verdad, porque entonces hay que acudir a las conjeturas. Se hablará, pues, no al modo de los peripatéticos, cuya elegante manera de discusión ordenó Aristóteles, sino con mal nervio, y de tal manera se aplicarán los argumentos, comunes, que se trate siempre con blandura al reo y con aspereza al adversario. En la amplificación o disminución por hipérbole, nada hay que no pueda conseguir el orador, y deberá hacerlo aun en medio de los argumentos, siempre que se presente ocasión de ensalzar o deprimir un objeto.

Pero sobre todo, puede hacerlo ampliamente en la peroración: dos cosas son las que bien tratadas por el orador hacen más admirable el discurso; una lo que los Griegos llaman ética, es decir, el estudio de la naturaleza humana, de las costumbres y de la vida: otra lo que llaman patético, es decir, el arte de mover los afectos. El primer género es elegante, agradable, propio para conciliar la benevolencia; el segundo, vehemente, encendido, arrebatado e irresistible.

Tal recurso me valió a mí, orador mediano, y quizá ni aun esto, para confundir en más de una ocasión a mis adversarios. Yo en la defensa de un reo hice enmudecer al grande Hortensio. Yo en el Senado reduje al silencio al audacísimo Catilina; y en una causa privada pero de grande importancia, en que había empezado a responderme Curion el padre, tuvo que sentarse e interrumpió su discurso, diciendo que algún filtro le había quitado la memoria.

¿Y qué diré del modo de excitar la compasión de que yo he hecho tanto uso, que hasta cuando hablábamos varios dejaban siempre a mi cargo la peroración? Triunfos que debí no al ingenio sino a la pasión.

Todas estas cualidades, valgan lo que valieren (y del resultado no me arrepiento) aparecen en mis oraciones, aunque carezcan éstas de aquella vida que hace parecer mayores las cosas cuando se oyen que cuando se leen.

Y no sólo ha de moverse a compasión el ánimo de los jueces, como hice yo en una ocasión levantando en mis brazos a un niño en otra causa llenando de lamentaciones el foro, sino que además hemos de hacer que el juez, se enoje, se calme, admire, desprecie, ame, aborrezca, se hastíe, tema, espere, se alegre, se entristezca. De todo esto se hallarán ejemplos en mis acusaciones o en mis defensas, porque ningún medio de cuantos pueden sosegar o conmover los ánimos he dejado de poner en práctica. Diría que en este género había yo alcanzado la perfección, si así lo creyera, y no temiese incurrir en el vicio de arrogancia. Pero, como antes dije, no la fuerza de mi ingenio, sino la de mi alma, es la que me arrastra y domina, y nunca podría inflamarse el ánimo del que oye si no llegase a él encendida y vehemente la palabra. Citaría ejemplos propios si tú no los hubieras leído: los citaría extranjeros o latinos si los encontrase, o griegos si conviniera. Pero de Craso hay muy pocos discursos, y éstos no judiciales. Nada de Antonio, nada de Cota, nada de Sulpicio. Hortensio hablaba mejor que escribía.

Sospechemos y vislumbremos tan sólo el poder extraordinario de la elocuencia que buscamos, y caso de citar ejemplos, tomemos los de Demóstenes en el juicio de Ctesifon, cuando empieza a hablar de sus hechos, consejos y méritos para con la república. Esta oración entra de tal modo en la idea que yo tengo en el entendimiento, que apenas puedo concebir mayor elocuencia.

Resta sólo la forma y el carácter. Por lo que llevamos dicho se habrá comprendido cómo ha de ser. Hemos hablado del esplendor y elegancia de las palabras, ya separadas, ya unidas, el cual ha de ser tal que no salga de la boca del orador ninguna frase que no sea elegante o majestuosa; y se hará frecuente uso de traslaciones de todos géneros que por la semejanza hacen volar el pensamiento de una parte a otra: movimiento y agitación del ánimo que por sí mismo deleita.

Grande ornato comunican al discurso las figuras que estriban en la colocación de las palabras. Aseméjanse a ciertos ornatos de la escena o del foro que no sólo embellecen, sino que por sí mismos son bellos. Lo mismo sucede con éstos matices y lumbres del discurso, vg.: el duplicar las palabras, o el repetirlas con pequeña variación, o el colocar el mismo vocablo al principio y al fin, o cualquier otro género de repetición, o el uso de una misma voz en dos distintas acepciones, o la semejanza de cadencias o desinencias, o las antítesis, o la gradación, o la disolución y el suprimir las conjunciones, o la pretericion, que consiste en omitir algo diciendo por qué, o la corrección de lo que nosotros mismos hemos dicho, o las exclamaciones de admiración y queja, o el declinar un nombre por varios casos.

Las figuras de palabra son mucho más importantes, y como las usa tanto Demóstenes, piensan algunos que este es el principal mérito de su elocuencia. Y en realidad nunca deja de dar alguna forma al pensamiento, ni es otra cosa el arte del bien decir sino iluminar con algún esplendor de forma todas o casi todas las sentencias. Si tú, Bruto, comprendes bien esto, ¿para qué es añadir nombres o ejemplos? Basta con apuntarlo de pasada.

El orador, cuya imagen trazamos, ha de tratar de muchos modos una misma cosa, detenerse a veces en una misma sentencia, a veces atenuarla, otras burlarse, o alejarse algo del asunto, o proponer lo que va a decir, o hacer una definición, o rectificar, o insistir en lo que dijo, o cerrar los argumentos, o interrogar y responderse a sí mismo, o querer que se entiendan sus palabras de un modo contrario de como suenan, o manifestar dudas sobre lo que ha de decir y cómo, o dividir en partes, o pasar en silencio algo, o prevenirse con tiempo, o echar al adversario la culpa de lo que a él mismo se le acusa, o deliberar muchas veces con los que oyen y alguna vez con el adversario, o describir las costumbres y remedar las palabras de los hombres, o introducir hablando a seres mudos e inanimados, o apartar los ánimos del objeto que se trata, convirtiéndolo todo en hilaridad y risa, o anticiparse a las objeciones que se le puedan hacer, o usar ejemplos, símiles y comparaciones, o acudir a la distribución, o contestar a una interpelación, o valerse de reticencias, o apelar al temor de un peligro próximo, o fingir algún atrevimiento, o enojarse, o reprender, o rogar, o suplicar, o jurar, o abandonar el propósito comenzado, o usar de la optación o de la exageración, o hacerse familiar a los oyentes. Y aun ha de hacerse estudio de otras cualidades de estilo: la brevedad, si el asunto lo pide: muchas veces el poner, digámoslo así, las cosas delante de los ojos: otras veces encarecerlas en cuanto es posible. A veces se dará a entender más de lo que se dice; otras convendrá excitar la risa; otras imitar la vida y costumbres humanas. En este género, donde hay una verdadera selva de figuras, es donde ha de brillar todo el poder de la elocuencia;

pero si no están oportunamente colocadas y no se entretejen bien con las palabras, en vano aspirarán a la gloria que pretendemos. Al ir a tratar yo de esta materia, convidábame por una parte, pero por otra me detenía, una consideración que voy a exponer. Ocurríaseme que podrían encontrarse no sólo envidiosos, de los cuales está lleno todo, sino también admiradores míos, que no creyesen propio de un varón de cuyos méritos habían hecho tanta estimación el Senado y pueblo romano cuanta de ningún otro, escribir tanto sobre el arte de bien decir. Y aunque no respondiera otra cosa sino que había yo querido satisfacer a Marco Bruto, que con ahinco lo solicitaba, bastante excusa sería el haber querido complacer a un tan grande y excelente amigo mío y que pedía cosa tan recta y justa.

Pero si prometo (ojalá pudiera cumplirlo) enseñar a los estudiosos los preceptos y el camino que lleva a la elocuencia, ¿qué justo estimador de las cosas podrá reprenderme? ¿Quién dudó nunca de que en nuestra república, en tiempos pacíficos y tranquilos, tuvo siempre la elocuencia el primer lugar, y sólo el segundo la ciencia del derecho civil? Porque en la una estriba la gloria, la salvación y la defensa, y la otra da reglas para perseguir y defenderse, para lo cual muchas veces tiene que pedir auxilio a la elocuencia, y tolera sin escrúpulo que ella invada sus términos y fines. Y si la enseñanza del derecho civil, fue siempre honrosa, y las casas de los hombres más ilustres se vieron llenas de discípulos, ¿por qué hemos de vituperar al que ayuda a la juventud y aguza su ingenio en la elocuencia? Si es vicioso el hablar con ornato, destiérrese de la ciudad toda oratoria. Pero si no sólo honra a los que la poseen, sino a toda la república, ¿por qué ha de ser vergüenza aprender lo que es honroso saber o por qué, no ha de ser glorioso enseñarlo, siéndolo tanto el conocerlo?

Se dirá que lo uno está autorizado por la costumbre y que lo otro es nuevo. Lo confieso, pero la razón es clara. Ocupados nuestros oradores en sus negocios domésticos o en los forenses y en responder a las consultas de sus clientes, consagraban al descanso el resto de su tiempo, ¿cómo les había de quedar espacio para la enseñanza? Y aun creo que la mayor parte de ellos valían más por el ingenio que por la doctrina, y podían hablar mejor que dar preceptos: a nosotros, quizá nos suceda lo contrario.

Dirán que no tiene dignidad el enseñar. Ciertamente, si se hace como por juego; pero si se hace amonestando, exhortando, preguntando, y a veces leyendo y oyendo juntos el que aprende y el que enseña, ¿por qué no has de querer mejorar el gusto de alguno, cuando esto sea posible? Si no se tiene por desdoro el enseñar las fórmulas de la enajenación de las cosas sagradas, ¿por qué ha de serlo o explicar el modo de conservar y defender las cosas mismas?

Enseñan el derecho los mismos que lo ignoran: la elocuencia sólo pueden enseñarla los que la han conseguido y aun éstos disimulan su valer en ella, porque la prudencia es grata a los hombres: la palabra es sospechosa. ¿Es posible que la elocuencia pueda ocultarse, o ha de tener nadie por deshonra el enseñar los preceptos de un arte tan excelente y glorioso, que a él mismo le estuviera muy bien entender? Otros serán quizá más disimulados: yo siempre me precié de lo que había aprendido. ¿Y cómo no, si en mi juventud viajé tanto, y pasé el mar por causa de estos estudios, y tuve siempre llena mi casa de hombres doctísimos, y presentan mis escritos indudables señales de haber estudiado, y estos escritos los lee todo el mundo? ¿Qué había de probar con mi disimulo, sino que quizá no había aprendido bastante?

Y siendo esto así, puede decirse, no obstante, que lo que hasta ahora venimos tratando es materia de más noble enseñanza que lo que vamos a decir ahora. Hablaremos de la composición de las palabras y del modo de contar y medir las sílabas, lo cual, aunque sea, como a mí me lo parece, necesario, parece, con todo eso, más grande y espléndido, ejecutado que explicado. Verdad es esto; pero en las artes sucede lo que en los árboles: su altura nos deleita, las raíces y los tallos no tanto; pero lo uno no puede existir sin lo otro. Yo, persuadido por aquel verso que todos conocen y que prohíbe «avergonzarse del arte que se profesa,» y obligado, además, por tu empeño en recibir este volumen, juzgué conveniente, sin embargo, defenderme de los que en algo pudieran acusarme.

Y si esto no fuera así, ¿quién habría de ánimo tan duro y agreste que no me concediera esta recreación y entretenimiento, ahora que no puedo dedicarme al foro ni a los negocios públicos? Yo no puedo entregarme al ocio, y temo más la tristeza que las letras. Lo que antes me aprovechaba para los juicios y la curia, ahora me deleita en casa. Y no sólo me ocupo en cosas tales como las que este libro contiene, sino en otras mucho más graves y mayores, y si logro verlas terminadas, pienso que mis ocios domésticos igualarán a mis defensas judiciales. Pero volvamos al propósito comenzado.

Se colocarán, las palabras de suerte que tengan entre sí estrecha relación las últimas con las primeras, siendo elegantísimos los vocablos, o de modo que la misma forma y elegante disposición de las palabras haga el período armonioso y rotundo. Ante todo, exige mucha diligencia la estructura del período, aunque no ha de ser excesiva y puerilmente laboriosa; lo cual en una sátira de Lucilio censura Scévola en Albucio:

¿Qué hermosamente dispuesta la lexis (los giros) de su discurso,

como pequeñas teselas en un pavimento delicado! *

No quiero que parezca esta construcción demasiado menuda, aunque la pluma ejercitada fácilmente hallará el modo de componer. Pues así como en la lectura los ojos, así el entendimiento en el discurso verá lo que sigue, para evitar que el encuentro de las últimas palabras con las primeras produzca hiatos y asperezas. Aunque las sentencias sean elegantes y graves, si las palabras son desaliñadas, ofenderán los oídos, cuyo juicio es inapelable, y esto se observa tanto en la lengua latina, que nadie hay tan rústico que no sepa unir bien las vocales. Y en esto es digno de reprensión Teopompo, por haber huido tanto de estas letras, aunque lo mismo hizo su maestro Isócrates. Pero no Tucídides, y Platón, que todavía fue más admirable escritor que él, y no sólo en sus diálogos, donde hubo de hacerlo de intento, sino en la oración popular con que es costumbre en Atenas alabar a los que mueren en el combate, la cual fue tan alabada, que se estableció, como sabes, la costumbre de recitarla todos los años en el mismo día. En ella es frecuente el concurso de vocales, que Demóstenes evitó en gran parte como viciosa.

Pero hagan los Griegos lo que quieran: nosotros forzosamente hemos de contraer las vocales. Lo indican las mismas desaliñadas oraciones en Caton; lo muestran todos los poetas, fuera de los que para completar un verso hacían el hiato, vg., Nevio:

Vos qui accolitis Histrum

fluvium atque Algidum.

Y en otra parte:

Quam nunquam vobis Graii atque Barbari.

Ennio dice una vez:

Scipio invicte.

Y yo he escrito:

Hou motu radiantis Etesiae in vada ponti.

Nunca hubieran tolerado los nuestros lo que en los Griegos es tan frecuente y les parece tan bien. ¿Qué digo las vocales? Aun sin vocales hacían muchas veces los Latinos la contracción por causa de brevedad, diciendo, vg.: Multimodis, vas'argenteis, palm'et crinibus, tecti'fractis. ¿Y qué mayor licencia que la de contraer los nombres de personas para que sonasen mejor?, pues así como se dice Duellum (guerra) y Duis (dos), así a Duellio, el que ganó la batalla naval contra los Cartagineses, le llamaron Bellio, siendo así que todos sus antepasados se habían llamado siempre Duellios. A veces se contraen las palabras no por abreviar, sino por el agrado del oído. ¿Cómo Axilla ha venido a convertirse en Alla, sino por la pérdida de una letra áspera, que también ha desterrado la lengua latina de Maxillis, Taxillis, Vexillo y Paxillo? También gustaban de juntar las palabras, diciendo, vg.: Sodes, por si audes; sis en vez de si vis. En la palabra Capsis hay otras tres, y se dice ain' en vez de aisne: nequire por non quire; manlle por magis belle; nolle por non belle; dein por deinde; exin por exinde. ¿Y por qué se dice cum illis y no se dice cum nobis, sino nobiscum? Porque si así se dijese, resultaría una frase obscena del concurso de las letras. Por lo mismo se dice mecum y tecum, no cum me ni cum te, para guardar la analogía de vobiscum, y nobiscum.

Algunos quieren enmendar a los antiguos, y no les siguen en esto. Y así, en vez de decir: pro deum atque hominum fidem, dicen deorum. ¿Pero ignoraban esto los antiguos, o era que la costumbre les daba licencia? Y así el mismo poeta que con menos frecuencia hizo contracciones, dice

: patris mei meun factum pudet,

en vez de meorum factorum,

y exitium examen rapit

, en vez de exitiorum: no dice liberum, como casi todos decimos, sino como quieren estos:

Neque tuum unquam in gremium extollas liberorum ex te genus.

Y él mismo escribe:

namque aesculapi liberorum.

Y aquel otro poeta en la tragedia Chryse, no sólo dice:

Cives, antiqui, amici maiorum meum,

que era lo más usado, sino que añade todavía con mayor dureza:

Consitium augurium atque exturm interpretes.

Y el mismo prosigue:

Postquam prodiqium orriferum, portentum pavos,

lo cual no es muy usado en los neutros. Y no me atrevería yo a escribir: armum judicium,

en vez de armorum, por más que lo diga el mismo poeta.

Pero me atrevo a decir, como está en las tablas censorias, fabrum, y procum, en vez de fabrorum y procorum. Nunca digo duorum virorum judicium, o trium virorum cavitalium, o decem virorum litibus judicandis. Y eso que dijo Accio:

video sepulcra dua duorum corporum.

Y también:

mulier una duum virum.

Sé cuál es la verdadera palabra, pero unas veces me valgo de la licencia, vg., al decir proh deum, en vez de pro deorum; otras veces me someto a la necesidad, vg., al decir trium virum y no virorum; sextertium nummum, y no nummorum, porque en esto no varía el uso.

¿Por qué prohíben que se diga nosse y judicasse en vez de novisse y judicavisse, como si no supiéramos que está bien usada la palabra entera y también la contracción, y que las dos se encuentran en Terencio?

eho tu, cognatum tuom non noras? Y más adelante Stilponem inquam noveras. Sient es la palabra entera, sint la abreviada, y de las dos se puede usar indistintamente. Y no reprenderé a los que dicen scripsere, aunque me agrada más scripserunt; pero creo que algo debe concederse al deleite de los oidos.

El mismo campo tiene… *

así dijo Ennio, como: in templis isdem, en vez de eisdem o de iisdem, que hubiera sonado mal. La costumbre ha permitido incurrir en algún defecto gramatical por causa de elegancia. Yo diría mejor pomeridianas quadrigas que postmeridianas, y mehercule en lugar de mehercules. Non scive, parece palabra bárbara; nescive es más dulce. ¿Por qué se dice meridiem y no medidiem? Sin duda porque esto último era más duro. La preposibión abs sólo se conserva en ciertos documentos jurídicos, y se ha perdido en el resto del lenguaje.

Así decimos amovit, abegit, abstulit, sin que pueda determinarse muchas veces si es compuesto de ab o de aps. ¿Y por qué les pareció mal abfugit y abfer, y prefirieron decir aubfugit y abfer, la cual preposición sólo se encuentra en estas dos palabras? De la misma manera, en vez de anteponer la preposición in a las palabras noti, navi y nari, les pareció más dulce decir ignoti, ignavi, ignari. Se dice ex uso por evitar el encuentro de vocales, y se dice por el contrario e republica porque resultaría áspera la frase sino se suprimiese una letra. En exegit, edixit, offecit, extulit, edidit, se alteró la primera letra al añadirse una preposición, y resultó subegit, summovit, sustulit.

¿Y qué diremos de las palabras juntas? ¿Por qué se dice insipientem y no insapientem, iniquum y no inaequum, tricipitem y no tricapitem, concisum y no concaesum? Algunos quieren que se diga también pertisum, pero el uso no lo aprueba. ¿Y qué cosa hay más elegante que lo que no se hace por casualidad, sino con cierto artificio, diciendo (vg.) inclytus e inhumanus con la primera sílaba breve, e insanus, e infeliz con la primera larga? En suma: se alarga la primera sílaba en aquellas palabras donde las primeras letras son las mismas que en sapiente y en felice. En todas las demás se pronuncia breve. Cuando se dice composuit, consuevit, concrepuit, confecit, aunque esto en realidad sea reprensible, el juicio de los oídos lo aprueba. ¿Por qué? preguntarás. Porque así les agrada, y porque al deleite de los oídos debe ajustarse el discurso.

Yo mismo, sabiendo que los antiguos apenas usaban de la aspiración, sino en las vocales, decía siempre pulcros, Cetegos, Triunpos, Cartaginem, y sólo más tarde, y por no ofender los oídos, consentí en hablar como el pueblo, reservándome yo la ciencia del bien hablar. Digo, no obstante, Orcivios y Matones, Otones, Cepiones, Sepulcra, Coronas, Lacrymas, porque los oídos lo consienten. Ennio y otros antiguos escriben siempre Burro y no Pirro, Bruges y no Phryges. Entonces no usaban ninguna letra griega; ahora usamos dos, aunque es absurdo el aplicar una letra griega a los casos de una lengua bárbara, o el introducir entera la palabra, tal como la usan los Griegos.

Ahora se tiene por rusticidad lo que en otra tiempo pasaba por elegancia, es decir, quitar la última letra no seguida de vocal en las palabras cuyas dos últimas letras son las mismas que en Optumus. Así se, evitaba en los versos un tropiezo, que no evitan los poetas modernos. Así decíamos: qui est omnibu princeps, en vez de omnibus princeps. Vita illa dignu, locoque, en vez de dignus. Si la cosmtumbre indocta produce tales elegancias, ¿qué no podrá esperarse del arte y de la doctrina?

Dije esto con más brevedad que si de esto sólo tratará (porque es materia larga la de la naturaleza y uso de las palabras): así y todo me he dilatado más de lo que a mi propósito convenía.

Pero así como el juicio de las palabras y de las cosas corresponde a la prudencia, así de las voces y de los números es el único juez el oído. Si lo uno ser refiere a la inteligencia, lo otro al deleite: de lo uno es árbitro la razón, de lo otro el sentido. Investiguemos, pues, el modo de producir este deleite.

Dos son las cosas que halagan los oídos: el sonido y el número. Del número hablaremos después; ahora del sonido. Han de elegirse palabras bien sonantes, pero no buscadas con exquisito esmero como los poetas, sino tomadas del habla común.

Qua pontus Helles, supera Tmolum ac Taurinos es un verso brillante por sus espléndidos nombres de lugar, pero el verso que viene a continuación es un verso manchado por una desagradable letra: finis frugifera et efferta arva Asiae tenet. Utilicemos, pues, nuestro buen vocabulario latino antes que las brillantes palabras griegas, si es que no nos da vergüenza decir: qua tempestate Helenam Paris y lo que sigue. ¡Que no nos dé vergüenza! Sigamos este modelo y evitemos la rudeza de habeo istanc ego perterricrepam…

Y no sólo ha de atenderse a la composición de las palabras, sino también al modo de terminar los períodos, ya por la composición misma y como espontáneamente, ya por casos semejantes, ya por corresponderse palabras iguales o contrarias, todo lo cual produce una cláusula numerosa, aunque la armonía no se busque de propósito. En este género de elegancia dicen que fue el primero Gorgias. Al mismo género pertenece aquel pasaje de nuestra Miloniana: «Hay, oh jueces, una ley no escrita sino innata, que no hemos aprendido ni leído, sino tomado de la misma naturaleza, y en la cual no hemos sido educados, sino imbuidos.» Aquí parece que el número no se ha buscado, sino que se ha seguido. Lo mismo acontece con las antítesis, que no sólo hacen numerosa la oración, sino que a veces convierten la frase en verso, vg.: eam, quam nihil accusas, damnas. Para evitar el verso sería preciso decir condemnas, quien intentara no hacer un verso — bene quam meritam esse autumas [dicis] male merere? Id quod scis prodest nihil; id quod nescis obest? La propia colocación simétrica de los contrarios hace el verso. Eso mismo, en prosa, produciría ritmo: Quod scis nihil prodest; quod nescis multum obest.

Ya antes de Isócrates se deleitaban mucho los Griegos en las antítesis, y especialmente Gorgias. Yo también las he usado con frecuencia, vg. en este pasaje de la cuarta acusación contra Verres: «Comparad esta paz con aquella guerra; la llegada de este pretor con la victoria de aquel general; la cohorte impura de éste con el ejército invicto de aquél; las liviandades del uno con la continencia del otro, y diréis, sin duda, que Siracusa fue fundada por el que la conquistó, y entrada a saco por el que la recibió ya conquistada!

Tiempo es ya de explicar el tercer género de estilo armonioso; y en verdad que los que no le sienten no sé qué oídos tienen o qué hay en ellos de humano. Mis oídos se deleitan con la caída suave y redondeada de las palabras, y ni gustan de períodos cortos, ni de los demasiado redundantes. ¿Y qué digo de mí? Hasta el pueblo prorrumpe en gritos de entusiasmo cuando acaban rotundamente los períodos. No era así entre los antiguos, y quizá era esto sólo lo que les faltaba, porque sabían elegir palabras y sentencias graves y elegantes, pero no acertaban a enlazarlas ni a dar a la oración un corte armonioso.

Dirán algunos que esto mismo les deleita. ¿Y porque nos deleite aquella antiquísima pintura de pocos colores más que esta ya perfecta, hemos de volver a la antigua y rechazar la nueva? Así como los viejos tienen siempre autoridad, así hace fuerza en todo el ejemplo de los antiguos, y no dejo yo de estimarlo en mucho. Más bien que lamentarlo que les falta, alabo lo que tienen, sobre todo porque es de mayor importancia que aquello de que carecen. Más valor doy a las palabras y a las sentencias en que sobresalen, que a la conclusión de los períodos en que ellos no pararon mientes.

Si entonces se hubiera conocido ese arte, no hubieran dejado de usarle aquellos antiguos, así como vemos que después lo han empleado todos los grandes oradores. Algunos tienen por sospechoso el buscar en una oración judicial y forense lo que los Latinos llaman número y los Griegos ritmo. Paréceles una añagaza para sorprender los oídos. Y llevados de esta idea, hablan de una manera cortada y seca, y reprenden a los que son cuidadosos de la armonía. Si ésta recae sobre vanas palabras y frívolas sentencias, tienen razón. Pero si los pensamientos son felices y las palabras están bien escogidas, ¿por qué prefieren ir cojeando o tropezando, más bien que deslizarse majestuosamente siguiendo el curso de las ideas? Ese ritmo que tanto censuran, sirve para amoldar bien el pensamiento a la palabra, lo cual hacían también los antiguos, pero casi siempre por casualidad o por disposición natural, y lo que en ellos se alaba más, es precisamente por estar bien concluido. Entre los Griegos tiene este arte cerca de cuatrocientos años de antigüedad: entre nosotros es muy moderno. Y si Ennio osó despreciar los versos que antiguamente cantaban los faunos y profetas, ¿por qué no nos ha de ser lícito hacer lo mismo con los antiguos oradores, aunque sin la arrogancia de exclamar como él: nos ausi reservare? He leído y oído, que son perfectos en este linaje de armonía. En cuanto a los que no consiguen tanto, básteles no ser despreciados, pero no pretendan alabanza. Yo alabo a los maestros de quienes ellos se dicen imitadores, por más que en los maestros mismos echo de menos algo. De los discípulos no hago ninguna cuenta, porque imitan sólo los vicios de sus modelos.

Y ya que sus oídos son tan ásperos y rudos, ¿no les convence a lo menos la autoridad de tantos varones doctos? Omito a Isócrates y a sus discípulos Eforo y Naucrates, aunque deben ser tenidos por grandes oradores y por artífices consumados en la construcción y ornato del discurso. ¿Pero quién fue más docto que Aristóteles? ¿quién más agudo en la invención y en el juicio, ni quién más enemigo de Isócrates? Y sin embargo, prohíbe que haya versos en la oración, pero manda que haya número. Lo mismo preceptúa su discípulo Teodectes, a quien el mismo Aristóteles cita muchas veces como escritor cultísimo. Esta misma es la opinión de Teofrasto. ¿Qué hemos de decir a los que desprecian a estos autores o ignoran que dieron tales preceptos? Y dado caso que sea así, ¿tan torpes son sus oídos que no distinguen lo malsonante, lo desaliñado, lo redundante o lo que claudica? Una sílaba larga o breve en un verso hace que los espectadores prorrumpan en gritos y exclamaciones, y eso que la muchedumbre no conoce los pies métricos, ni tiene idea del número, ni sabe por qué lo ofende lo que realmente le desagrada. Pero la naturaleza ha colocado en nuestros oídos el juez infalible de los sonidos largos y breves, de las voces agudas y graves.

¿Quieres que te explique, Bruto, esta materia con más extensión que me la enseñaron mis maestros? ¿Crees que podemos contentarnos con lo que ellos dijeron? Inútil es preguntarte si quieres, cuando por tus eruditísimas cartas veo que lo deseas ardientemente. Explicaré primero el origen, después la causa, luego la naturaleza, y, finalmente, el uso del estilo elegante y numeroso.

Los que tanto alaban a Isócrates, cuentan por su principal mérito haber sido el primero en dar armonía a la prosa. Pues viendo que a los oradores se les escuchaba con severidad, y a los poetas con agrado, buscó cierto número oratorio para que la variedad reparase el cansancio. Tienen razón los que esto dicen, pero sólo hasta cierto punto, porque si hemos de confesar que nadie venció a Isócrates en este género, cierto es también que el primero en inventarle fue Trasímaco, como lo muestran sus obras armoniosamente escritas. Cierto que Gorgias había hecho ya grande uso de las similicadencias y de las antítesis, que por sí mismas suelen resultar numerosas aunque la armonía no se busque de propósito, pero también, lo es que Gorgias hizo uso inmoderado de ellas.

Uno y otro fueron anteriores a Isócrates, que los venció en la moderación, no en la invención. Así como tiene mejor gusto que ellos en las traslaciones y en la formación de palabras nuevas, así también en la armonía y en el número. Templó la intemperancia de Gorgias, aunque había recibido sus lecciones en Thesalia siendo todavía muy joven. Conforme fue entrando en años (llegó casi a los ciento) hízose menos supersticioso de la armonía, como él mismo declara en el libro que dirigió a Filipo de Macedonia. Así es que no sólo corrigió a los anteriores, sino que se corrigió a sí mismo.

Ya que sabemos cuáles fueron los inventores de este arte, y hemos averiguado su origen, resta indagar sus causas. Las cuales son tan claras, que me admiro de que los antiguos no reparasen en ellas, sobre todo cuando fortuitamente cerraban bien un período y podían juzgar, de la impresión que hacían en los oídos y en el ánimo de los hombres.

Porque los oídos, o el alma por medio de los oídos, contiene en sí cierta medida natural de todas las voces, y juzga de lo que es demasiado largo o demasiado breve, y se complace en lo perfecto y moderado, y tropieza en las frases cortas y mutiladas, como si se le defraudase de lo que se le debe, y reprueba así mismo, los períodos demasiado largos y de inmoderada extensión, pues en este género ofende más lo redundante que lo escaso, y así como la poética y los versos se inventaron siguiendo el juicio del oído y la observación de los varones prudentes, así mostró también la experiencia que hay en la prosa cierto ritmo, aunque más libre y vago.

Ya que hemos explicado la causa del número, mostremos ahora su naturaleza, aunque esta cuestión no pertenece a nuestro objeto, sino a lo más íntimo del arte. Puede preguntarse cuál es el número de la oración, y en qué consiste, y de qué nace, y si es uno o dos o más, y cuándo se adquiere, y cómo ha de aplicarse, y en qué se funda el deleite que produce. Pero en esta materia, como en casi todas, pueden seguirse dos caminos: uno más largo, otro más breve y claro.

La primera cuestión que se presenta es si realmente hay armonía en el discurso. A algunos les parece que no, porque no tiene una ley fija como en los versos, y eso que los que tal afirman no saben dar la razón íntima del número poético. Admitido que le haya también en la prosa, resta saber si es uno o muchos, y si es del mismo género que los poéticos y a cuál de ellos se parece. Hay quien sostiene que el número oratorio es uno solo, otros dicen que son muchos, algunos defienden que todas las armonías poéticas caben en la prosa. Luego falta averiguar si son comunes a todo el discurso o si los hay diversos para la narración, para la persuasión y para la enseñanza, y dado que sean diversos, en qué se diferencian, y por qué la armonía no se siente tanto en la prosa como en el verso, y si esta armonía depende sólo del número o también de la composición y elección de las palabras, o si son cosas distintas, de suerte que el número consista en intervalos, y la elección de las palabras sea como la forma y luz del discurso, y la composición como la fuente de la cual procede el número y todos los priores y excelencias oratorias, que los Griegos llaman schemas. Todas estas cosas tienen relación con el número, pero este existe por sí, y la composición difiere de él en que atiende sólo a la gravedad y elegancia de las palabras. Esto es lo que puede preguntarse sobre la naturaleza de la cosa.

Que hay en la prosa cierta armonía, no es difícil conocerlo. Lo mismo acontece en los versos, los cuales tienen cierta natural armonía, de cuya observación procedió el arte. Esta armonía es más clara que en la prosa, aunque a veces depende del canto, sobre todo en el mejor de los poetas líricos griegos, cuyos versos, separados de la música, parecen pura prosa. Lo mismo acontece con algunos de los nuestros, vg., este verso del Tyestes. Quemnam te esse dicam? qui tarda in senectute,lo cual, si prescindimos del acompañamiento de la flauta, es prosa pura. También los versos senarios de los poetas cómicos, por su semejanza con el lenguaje de su conversación, son tan rastreros que a veces no es fácil distinguir en ellos la medida ni el ritmo.

De dos partes se compone el discurso. Las palabras son como la materia, el número como la forma. En todas las cosas la necesidad fue antes que el deleite: por eso, muchos siglos antes que se pensara en la armonía ni en el deleite de los sentidos, existió una oratoria ruda y seca, pero bastante para expresar los afectos y las ideas. Todavía Herodoto y su tiempo carecieron de esta armonía, o no la alcanzaron sino por casualidad, y los escritores más antiguos nada dijeron del número, entre tantos preceptos como nos dejaron sobre el discurso. Porque lo más fácil y lo más necesario es siempre lo que se conoce primero.

Las traslaciones, la formación y la composición de palabras fueron conocidas y estudiadas pronto, porque se tomaban del lenguaje familiar y cotidiano. No así el número, y por ese fue conocido más tarde, y vino a dar la última perfección y las últimas líneas al discurso. Si hay frases estrechas y concisas y otras amplias y difusas, depende esto, no de la naturaleza de las letras, sino de la variedad de pausas largas y breves que tejen la trama del discurso. La armonía misma hace correr, y deslizarse el período hasta llegar al fin y reposar en él. Es claro, por tanto, que la prosa ha de estar sujeta a cierto número, pero no ha de tener versos.

Se pregunta si estos números son del mismo género que los poéticos, o si son distintos. No hay más números que los poéticos y no pueden pasar de tres. Porque es necesario que una parte del pié sea igual a la otra, o doble que la otra, o vez y media mayor que la otra. Igual es el dáctilo, doble el yambo, vez y media mayor el peon. Estos pies han de entrar forzosamente en el discurso, y oportunamente colocados tienen que hacerle armonioso. Se pregunta cuál de estos pies ha de usarse con preferencia. La prueba de que todos ellos pueden entrar es que a veces por descuido hacemos versos en la prosa, lo cual es grave defecto, nacido de no atendernos ni oírnos nosotros mismos. Debemos evitar los versos senarios y los hiponacteos. En gran parte el discurso consta de yambos, pero estos versos los conoce fácilmente el auditorio, porque son de los más usados. A veces por imprudencia tropezamos en otros menos conocidos, pero que al fin son versos: grave defecto que debemos evitar con todo cuidado. En todos los libros de Isócrates sólo pudo encontrar el ilustre peripatético Jerónimo treinta versos, casi todos senarios y algunos anapestos (lo cual suena pésimamente), aunque es cierto que en la elección procedió con malicia, porque quitando la primera sílaba de la primera palabra de la sentencia, unió a la última palabra la primera sílaba de la siguiente. Así resultó el anapesto que llaman aristofánico, el cual ni es fácil ni tampoco necesario evitar. Por cierto que al mismo corrector, en el mismo lugar en que reprende a Isócrates, se le escapa un verso senario. Quede, pues, establecido que en la prosa hay número, y que los ritmos oratorios son los mismos que los poéticos.

Resta averiguar qué ritmo es el que conviene mejor al discurso. Algunos creen que el yámbico, que es el más semejante a la prosa, por lo cual se le usa en las comedias para mejor imitación de la verdad, al paso que el ritmo dactílico se acomoda mejor a la grande elocuencia de los exámetros. Eforo, orador mediano pero de muy buena escuela, prefiere el peon o el dáctilo, huye del espondeo y del troqueo. Porque como el peon tiene tres sílabas breves y el dáctilo dos, parece que las palabras se deslizan más suave y libremente, al revés de lo que sucede en el espondeo y en el troqueo, pues constando el uno de largas y el otro de breves, hace el primero demasiado tardo el discurso, y el segundo excesivamente acelerado. A mi juicio, los que sostienen la primera opinión se equivocan, y tampoco Eforo acierta. Porque los que prescinden del peon no ven que renuncian a una armonía dulce y llena. Muy de otra manera le parece a Aristóteles, que juzga el ritmo heroico demasiado altisonante para la prosa, y el yambo demasiado vulgar. En su concepto, el discurso ni ha de ser humilde y rastrero ni demasiado alto y pomposo, sino lleno de gravedad, de suerte que mueva a admiración el ánimo de los que oyen. Parece que el coreo o troqueo carece de dignidad por lo muy breve y acelerado. Por eso aprueba el peon y dice que de él usan todos sin conocerlo. Los primeros de quienes hablé, atendieron sólo a la comodidad y no a la dignidad del estilo. Por lo mismo que el yambo y el dáctilo son tan frecuentes en verso, deben evitarse en la prosa: nada hay más enemigo de la prosa que los versos. El peón es poco a propósito para los versos, y por eso entra bien en la prosa.

Eforo ni aun llegó a entender que el espondeo, del que huye, es igual al dáctilo, que tanto le agrada. Creyó que los pies se medían por sílabas y no por intervalos, y lo mismo hace con el troqueo, que en tiempos y en pausas es igual al yambo, pero más vicioso que él si se pone al fin del período, porque los períodos acaban mejor en sílabas largas. Esto que Aristóteles dice del peon lo repiten Teofrasto y Teodectes.

Por mi parte, creo que en la prosa están confundidos y mezclados todos los pies, y que es censurable el usar siempre los mismos, pues el discurso no debe ser numeroso como un poema, ni carecer tampoco de número como el lenguaje del vulgo. Lo uno parecería hecho de intento, lo otro desaliñado y trivial; lo primero no agradaría, y lo segundo causaría tedio. Guárdese, pues, un justo medio, sin excluir ningún ritmo, ni menos el peón, ya que tanto le recomienda el mejor autor de estas cosas.

Ahora debo explicar cómo han de unirse entre sí estos ritmos, para que resulte como un tejido de púrpura el discurso, y qué género de oraciones es más acomodado a cada uno de ellos. El yambo es muy frecuente en los oradores de estilo humilde y trivial, y el peon en los más elevados. Unos y otros usan con frecuencia el dáctilo. Conviene interpolarlos y mezclarlos todos en la oración, para que no aparezca demasiado claro el nimio estudio en buscar el placer de los oídos, con detrimento de las palabras y de las sentencias. En éstas se fijan principalmente los que oyen, y ocupada su atención en ellas, pasa inadvertido el número y armonía. No ha de pecarse de exceso en cuanto a la armonía de la prosa. Al fin y al cabo no es un poema. Basta para que un discurso sea armonioso que no claudique en parte alguna, ni ande como fluctuando, sino que proceda con igualdad y constancia. La armonía de la prosa no estriba en que toda se componga de números. En los versos hay una ley fija e invariable, que necesariamente ha de seguirse. En la prosa basta que no sea redundante, ni desaliñadamente suelta, ni pobre y encogida. No son los golpes fuertes de la música los que rigen esta armonía, sino el placer del oído que aprecia sólo la disposición general y el modo de cerrar y redondear las cláusulas.

Suele preguntarse si en toda la cláusula caben los pies métricos, o sólo en la primera parte y en la última. Muchos opinan que hasta que el período termine rotundamente. Bueno es esto, pero no basta. Los oídos esperan siempre el final, y en él descansan; pero desde el principio debe reinar la armonía, difundiéndose desde la cabeza hasta las extremidades.

A los que hayan hecho buenos estudios, ejercitándose mucho en escribir, o hablando con el mismo esmero que si escribieran, no les será esto muy difícil. Medítese bien lo que se ya a decir, y pronto se ocurrirán las palabras: el sentimiento, cuya rapidez es portentosa, pondrá cada una en su lugar, y hallará un final armonioso, haciendo que desde la primera palabra hasta la última concurran todas a esta general armonía. Unas veces es más rápido, otras más sosegado el curso de la oración, pero desde el comienzo de la cláusula ha de pensarse en el fin. En esto como en los demás primores de estilo, es grande la semejanza de la oratoria y de la poesía. Una y otra tienen materia y forma: materia que son las palabras; forma que es el modo de colocarlas.

Y tanto la materia como el tratamiento de la misma tienen, cada uno de ellos, tres considerandos: las palabras (prescindo ahora de las propias) pueden ser traslaticias, nuevas o anticuadas. De todas ellas usan con más frecuencia y libertad los poetas; efectivamente recurren a las metáforas con más frecuencia y más audacia, y utilizan los arcaísmos con más gusto, y los neologismos con más libertad.

Lo mismo sucede con el ritmo, si bien puede decirse que en él les obliga la necesidad. La armonía de la prosa no es la misma, aunque tampoco enteramente distinta. A veces no depende del número, sino de la construcción de las palabras. Si se pregunta cuál es el número que conviene a la prosa, debe responderse que todos, aunque unos son más a propósito que otros. ¿Cuál es su lugar? en cualquiera parte del discurso. ¿Cuál es su razón? el placer de los oídos. ¿Cuándo ha de usarse? siempre. ¿Cuál es la causa del agrado que producen? la misma que en los versos: el oído sólo puede, aun sin arte, discernirlos y gustar de ellos.

Esto baste acerca de su naturaleza: tratemos ahora del uso. Se pregunta si pueden usarse en todo el curso de la oración que los Griegos llaman período, y nosotros circuito, comprensión, continuación o circunscripción, o si han de ponerse sólo al principio, o al fin, o en una y otra parte. Se pregunta después qué diferencia hay entre la esencia del número, y el ser alguna cláusula numerosa. Luego resta averiguar si en todos los ritmos han de ser las partes de igual extensión, o unas más largas, otras más breves, y cuándo y por qué, y si estas partes han de ser iguales o desiguales, y cómo han de colocarse entre sí. Y se ha de disputar de las partes y divisiones de la cláusula.

También hay que explicar de dónde surge la disposición formal de las palabras, y decir qué longitud deben tener los períodos, y hablar de sus partes o casi cortes, e investigar si esos cortes son de una sola clase y longitud o si son de muchas y, si son de muchas, en qué lugar y cuándo se debe recurrir a cada tipo. Finalmente se debe explicar la utilidad de todo el procedimiento, explicación que va muy lejos, ya que el procedimiento no tiene un solo objeto sino muchos.

Contestaré en general, pero de modo que fácilmente pueda deducirse cada respuesta particular. Prescindiendo de los demás géneros, me fijaré sólo en el judicial y forense. En los demás, es decir, en la historia, y en lo que llamara género epidíctico, puede hablarse o escribirse siempre a la manera de Iócrates y Teopompo, en períodos largos semejantes a un círculo completo, y reservando para lo último las más notables sentencias. Desde que prevaleció esta manera de formar las cláusulas, nadie de los que escribieron oraciones amenas y destinadas a la lectura, y no a la controversia forense, dejó de reducir a número y cuadro sus sentencias. Como el lector de este género de discursos no recela engaño, perdona de buen grado al orador el que halague, aun con exceso, sus oídos.

Semejante estilo, ni es el mejor para las causas forenses, ni tampoco debe excluirse del todo. Si se usa a menudo, no sólo engendra hastío, sino que hasta el más ignorante conoce el artificio. Quitan tales afectaciones verdad humana a la expresión de los afectos. Pero como alguna vez, aunque rara, pueden emplearse, conviene examinar cuándo y de qué manera, y en cuántos modos. Cabe el estilo numeroso en los elogios, gr.: en el que yo hice de Sicilia en la segunda acusación contra Verres, o cuando hablé de mi consulado ante los senadores. Cabe también en las narraciones, cuando éstas han de tener más dignidad que dolor: por ejemplo, lo que en la oración cuarta contra Verres dije de la Céres de Enna, de la Diana de Segesto, y de la situación de Siracusa. Es tolerable asimismo en la amplificación, y todo el mundo lo concede. Yo quizá no lo he conseguido nunca, pero a lo menos lo he intentado muchísimas veces, como lo probarán infinitos lugares de mis defensas. Puede amplificarse cuando ya el auditorio está dominado y vencido por el orador, y no recela ni quiere permanecer a la defensiva, sino que se deja arrastrar en la corriente, y, admirando la forma de la palabra, no encuentra nada que reprender. Esta forma no puede prolongarse mucho, ni en la peroración ni en las demás partes del discurso. Empleados ya los recursos de que antes hablé, todo el esmero ha de ponerse en los que llaman los Griegos kommata y kola y nosotros, no sé por qué, incisos y miembros. Cuando las cosas son desconocidas, no pueden ser conocidos los nombres, y en todas las artes obliga la necesidad a inventar nuevos nombres para ideas nuevas, o a usar de traslaciones.

En su momento veremos de qué forma conviene hablar con incisos y miembros; ahora debemos hablar de qué forma variar los períodos y cláusulas. El ritmo es ya acelerado y rápido, ya lento. Está bien el primero en las contiendas forenses; el segundo en las exposiciones. Las cláusulas se cierran de muchos modos: en Asia ha prevalecido la forma del dicoreo, llamada así por ser coreos los dos pies últimos. Y ahora debemos explicar por qué los mismos pies reciben en diversos autores nombres distintos. El dicoreo no es, por sí mismo, vicioso en las cláusulas, pero nada más vicioso que su perpetua repetición, nada que engendre más fastidio. Me acuerdo que Cayo Carbon, tribuno de la plebe, decía un día en el foro (estando yo sentado en el tribunal): O Marce Druse, patrem appello. He aquí un inciso con dos pies métricos. Y prosiguió: Tu dicere solebas, sacram esse rempublicam. Son tres pies. Y continuó la cláusula: quicumque eam violavissent, ab omnibus ei esse poenas persolutas. Es un dicoreo, sin que importe que la última sea larga o breve. Y acabó: Patris dictum sapiens temeritas filii comprobavit. Al oír este segundo dicoreo, prorrumpieron todos en aplausos, como si hubiera dicho una cosa admirable. Pregunto: ¿no es esto obra del ritmo? Muda tú el orden de las palabras, di: comprobavit fiii temeritas, y todo el efecto desaparece, aunque temeritas conste de tres sílabas breves y una larga: lo cual a Aristóteles le sonaría muy bien, y a mi en este caso no. La idea y las palabras son las mismas, pero al oído no le basta. No conviene, sin embargo, abusar de este linaje de ritmo: empieza por conocerse, pronto fastidia, y a la larga, entendida su facilidad, se le desprecia.

Hay otros muchos géneros de cláusulas que terminan agradable y numerosamente. El crético, que consta de larga, breve y larga, y el peon su igual en tiempo, aunque tenga una sílaba más, caben muy bien en la prosa. El terminar los períodos con una larga y tres breves, o con tres breves y una larga, como suelen hacer los antiguos, no lo rechazo del todo, aunque prefiero otros ritmos.

Ni siquiera puede rechazarse en absoluto el espondeo; aunque pesado y tardo por constar de dos largas, tiene cierta dignidad y reposo, sobre todo en los incisos y paréntesis, y compensa el ser pocos sus pies con el ser largos.

El yambo, que consta de breve y larga, y es igual en tiempo, no en sílabas, al coreo, que tiene tres breves; y el dáctilo, que tiene una larga y dos breves, caen bien antes del último pié, cuando este es coreo o espondeo, cosa del todo indiferente. Pero estos mismos tres pies cierran mal la cláusula, a no ser que el último, en vez de un crético, sea un dáctilo. Puede ser uno u otro, porque hasta en el verso es indiferente la cuantidad de la última sílaba.

Los que tuvieron por mejor el peón, fundados en que tiene la última sílaba larga, no repararon en lo poco que esto importaba. Y aun algunos al peón no lo llaman pié, sino ritmo, porque tiene más de tres sílabas. Según el unánime parecer de los antiguos (Aristóteles, Teofrasto, Teodectes, Ephoro), es el más acomodado al principio, al medio o al fin de dicción. Al fin yo preferiría el crético. El dochmio, que tiene cinco sílabas: breve, dos largas, breve y larga, vg.: amicos tenes, está bien en cualquiera parte, pero una vez sola. Repetido o continuado, resulta demasiado a la vista el artificio armónico.

Sólo le evitaremos alternando oportunamente todos estos pies métricos, y como no sólo del ritmo, sino también de la composición depende la armonía de la cláusula, ha de ser la composición de tal suerte, que no parezca el número buscado, sino nacido, como en este pasaje de Craso: Nam ubi libido dominatur, innocentiae leve praesidium est. El orden de las palabras produce ya la armonía, sin que se vea el esfuerzo del orador. Por eso, si alguna vez los antiguos (quiero decir, Herodoto y Tucídides y todos los de su tiempo) alcanzaron la armonía, fue sólo por la colocación de los vocablos, y no por el ritmo.

Hay ciertas formas de estilo que inevitablemente traen el ritmo consigo. Así las comparaciones y las antítesis. Todo esto ofrece variedad de recursos, para no terminar siempre del mismo modo. Ni son estas leyes tan estrictas, que alguna vez no podamos quebrantarlas. Hay gran diferencia entre ser numeroso el discurso, y constar todo de números. Lo segundo es intolerable vicio, pero sin lo primero será inculta, desaliñada y floja la oración.

Pero como el estilo resonante y numeroso no el frecuente en las verdaderas causas, es decir, en las forenses, necesario es que veamos lo que son incisos y miembros, porque esta es la forma que más abunda en este género de discursos. La cláusula, para ser perfecta, y henchir los oídos, y no ser más larga ni más breve que lo justo, debe constar de cuatro partes o miembros. A veces conviene, sin embargo, acortarla o extenderla. En esto la prosa tiene mucha más libertad que la poesía, y yo sólo me fijo en un término medio.

De estos cuatro miembros, que pueden compararse con cuatro versos exámetros, unidos y trabados entre sí con cierta manera de nudos, consta la cláusula perfecta. A veces las interrumpimos y cortamos para intercalar algún miembro. Entonces debe ponerse mayor cuidado en el número, por lo misino que entonces aparece menos y vale más. De este género son aquellas palabras de Craso: Missos faciant patronos: ipsi prodeant * . Si hubiera dicho prodeant ipsi (aun siendo esto más armonioso), se hubiera visto a las claras el empeño en buscar el senario.

¿Cur clandestinis consiliis nos oppugnant? ¿cur de perfugis nostris copias comparant contra nos?

Aquí tenemos dos incisos, que los Griegos llaman kommata, y un miembro, que ellos apellidan kolon. Resulta una cláusula no larga, pues consta de dos versos o miembros, y acaba en espondeos. Tal solía ser el estilo de Craso, y el que yo más apruebo.

Lo que incidentalmente se dice, ha de tener mucha armonía y número, vg.: ¿Domus tibi deerat? at habebas. ¿Pecunia superabat? at egebas. * A estos cuatro incisos, siguen estos miembros: Incurristi amens in columnas: in alienos insanus insanisti. Y luego, a modo de trueno, viene la cláusula larga: Depressam, coecam, iacentem domum pluris quam te, et quam fortunas tuas, aestimasti. Acaba con un dicoreo, próximo a un dispondeo. El proceder por incisos y miembros es de gran efecto en las verdaderas causas, sobre todo en las acusaciones y defensas.

Así dijo yo en la oración segunda contra Cornelio: ¡Oh callidos homines! ¡oh ingenia metuenda! Y proseguí en el mismo estilo cortado: testes dare volumus. Sigue una cláusula de dos miembros, la más breve de todas: Quem, quaeso, mostrum fefellit, ita vos esse facturos.

Y no hay modo de decir que sea mejor ni más enérgico que el herir con dos o tres palabras, a veces con una sola, interponiendo de vez en cuando, entre las cláusulas cortas; alguna larga y numerosa. Queriendo huir de esto Hegésias e imitar malamente a Lisias, que es casi otro Demóstenes, procede como por saltos, cortando siempre la frase, y errando no menos en los pensamientos que en las palabras, hasta el extremo de no poder hallarse nada más inepto que él.

Ya que he discurrido acerca de la armonía del discurso más que otro alguno antes que yo, he de tratar ahora de su utilidad.

No ignoras, Bruto, que el bien decir no es otra cosa que usar pensamientos y palabras escogidas. Y no hay idea alguna que en la oración dé fruto si no está bien expuesta y desarrollada; ni brillan las palabras si no están bien colocadas, y no las realza el número. Este número, conviene repetirlo, no es el poético, y difiere mucho de él, aunque no en su esencia, porque al cabo uno mismo es el ritmo del orador y el del poeta, y aun el de todo el que habla, y el de todo sonido que podemos medir. Pero el orden de los pies hace que lo que se pronuncia sea oración o poema.

Está composición, perfección o número es absolutamente necesaria al que quiere hablar con elegancia, no sólo, como dicen Aristóteles y Teofrasto, para que el discurso vaya sujeto a una ley y no se extienda indefinidamente, sin más traba que las exigencias de la respiración o los puntos y comas de la escritura, sino porque el discurso armonioso tiene mucha más fuerza que el suelto y descolorido. Y así como vemos a los atletas y gladiadores proceder siempre con arte en el huir y en el acometer, juntando la utilidad de la pelea con la gallardía y elegancia; así el orador nunca hace herida grave, ni resiste victoriosamente el ímpetu del contrario, si no atiende al decoro en la resistencia misma.

A los movimientos torpes y sin gracia del atleta se parece el discurso en que se presentan sin armonía las ideas y tan lejos está de ser verdad lo que afirman los que, o por falta de maestros, o por torpeza de ingenio, o por huir del trabajo, no han llegado a esta perfección, es decir, que enerva a la prosa el mismo esmero en la composición de las palabras, que antes al contrario, sin esta armonía y número no cabe fuerza, vigor ni ímpetu.

Pero todo esto requiere largo ejercicio, ni hemos de trasponer las palabras de modo que se vea claramente que lo hacemos sólo por buscar una armoniosa cadencia. Ahí está Lucio Celio Antipatro, que en el proemio a su Guerra Púnica, dice que nunca lo hará sino en caso necesario. ¡Oh varón sencillo, que no nos oculta nada! ¡Hombre sapientísimo, que juzga que debemos ceder a la necesidad! Pero éste es un escritor enteramente rudo. Yo ni en el escribir ni en el hablar admito esta excusa de la necesidad. Nada os necesario, y aunque lo fuese, no debería confesarse. El mismo Antipatro, que se disculpa con Lelio, a quien escribe, y lo pido perdón, usa con frecuencia de traslaciones, y no por eso acaba mejor sus cláusulas.

Entre los oradores asiáticos, tan supersticiosos del número, hallarás ciertas repeticiones, sólo para llenar los períodos. Otros, como Hegésias, cayeron en el vicio del estilo cortado y rastrero, muy semejante al de los Sículos.

Hay otro tercer estilo en que sobresalieron los dos hermanos Hierocles y Menecles, príncipes de los retóricos asiáticos, y a mi juicio nada despreciables. Es verdad que se apartan del severo modo de decir de los áticos; pero compensa este defecto con la facilidad y abundancia, aunque carecen de variedad y cierran siempre sus frases del mismo modo.

El que quiera evitar estos defectos, y no trasponga con artificio demasiado evidente las palabras, ni se empeñe en rellenar todos los huecos, ni buscando pueriles armonías mutile y enerve las sentencias, ni use siempre del mismo ritmo, éste habrá llegado al colmo de la perfección. No es preciso decir las excelencias del estilo: basta con enumerar los vicios contrarios.

¡Cuánto vale y significa la armonía! Puede conocerse con sólo deshacerla, variando algunas palabras. Tomemos por ejemplo un trozo mío en la segunda Corneliana: Neque me divitiae movent, quibus omnes Africanos et Laelios multi venalitii mercatoresque superarunt. Si decimos: Multi superarunt mercatores venalitiique, toda la armonía desaparece. Neque vestis aut coelatum aurum et argentum, quo nostros veteres Marcellos, Maximosque multi eunuchie Syria AEgiptoque vic runt. No puedes decir: Vicerunt eunuhie Syria AEgiptoque. A continuación digo: Neque vero ornamenta ista villaritm, quibus L. Paulum et L. Mummiun, qui rebus his urbem Italiamque omnem referserunt, ab aliquo video perfacile Deliaco aut Syro potuisse superari. No se puede decir: potuisse superari ab aliquo Syro aut Deliaco. ¿Ves cómo en alterando un poco el orden de las palabras, aunque que sean las mismas y no varíe el pensamiento, desaparece toda armonía? De la misma suerte, tomando una frase desaliñada de cualquiera, y mudando un poco el orden de las palabras, resulta elegante y numerosa. Por ejemplo, esta frase de Graco ante los Censores: Abesse non potest, quin ejusdem hominis sit probos improbare, qui improbos probet. ¡Cuánto mejor hubiera dicho: «qui improbos probet, probos improbare!»
¿Quién no deseará hablar siempre de este modo? Y los que no lo hacen es porque no pueden, y creen disimular su impotencia con llamarse áticos. ¡Cómo si no lo hubiera sido Demóstenes, que siempre fulmina rítmicamente sus centellas!

Y si a alguno le agrada el estilo suelto y cortado, cultívele en hora buena, con tal que al deshacer el escudo de Fidias y destruir la colocación de sus partes, no altere ni eche a perder la hermosura de cada una. Así en Tucídides busco en vano el ritmo, pero ninguno de los demás ornatos del discurso faltan. Mas el desatar un discurso pobre y ruin, en que no hay palabra ni sentencia digna de memoria, no es deshacer el escudo, sino scopas dissolvere, como dice el proverbio, aunque parezca humilde. Y para despreciar con fundamento el estilo que yo alabo, necesario es que antes hayan escrito algo en estilo de Isócrates o de Esquines y Demóstenes: sólo así conoceré que, no por desesperación de alcanzarlo sino por buen juicio, han renunciado a él.

Diré en dos palabras lo que pienso. El hablar con mucho aparato, pero sin ideas, es locura: el hablar sentenciosamente sin orden ni concierto en las palabras, puerilidad, pero en la que suelen incurrir no sólo los necios, sino muchos varones prudentes. Mas el orador que busca no sólo aprobación, sino admiración y aplauso, debe sobresalir, en todo, y avergonzarse de que otro lo aventaje en nada y sea oído con más gusto que él.

Esto es, Bruto, mi juicio acerca del orador: si te parece bien, síguele: si no, atente al tuyo. No me empeñaré en persuadirte, ni afirmaré tampoco que lo que en este libro sostengo sea más verdad que lo que tú digas. No sólo a ti, sino a mí mismo, en otras circunstancias, más adelante, me parecerán las cosas de distinto modo. Y no sólo en esta materia, que depende del aplauso del vulgo y del placer de los oídos, pésimos fundamentos para el juicio, sino en cuestiones mucho más graves, no he encontrado todavía ningún principio fijo a qué atenerme, ni por dónde dirigir mi juicio más allá de lo verosímil, ya que la verdad está oculta. Si no te parece bien lo que he escrito, piensa que he emprendido una obra superior a mis fuerzas, o que deseando complacerte, he preferido a la vergüenza de negarme la osadía de escribir.

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