San Agustin de Hipona

CONTRA LOS ACADÉMICOS

Libro IV

 

 


LIBRO I

De la verdad y de la bienaventuranza

CAPITULO I

Dedicación del libro a Romaniano

1. ¡Ojalá, oh Romaniano, que la virtud pudiera arrebatar a su vez a la fuerza contraria de la fortuna al hombre apto para sí, como ella no se deja arrebatar a ninguno! Pues sin duda ya te hubiera echado la mano, proclamando que eras de su derecho, y, llevándote a la posesión de los bienes más seguros, te libraría aun de la servidumbre de éxitos de la vida.

Mas porque así estaba determinado, sea por causa de nuestros méritos, sea por necesidad de la naturaleza, que al alma divina, unida a las cosas mortales, no le dé acogida el puerto de la sabiduría, donde no la agiten los vientos propicios o adversos de la fortuna, si no la guía esta misma, o con sus favores o sus reveses, no me resta ninguna otra cosa por ti que los deseos, por los cuales alcancemos de aquel Dios, que tiene providencia de estas cosas, que te vuelva a ti mismo (porque de este modo fácilmente te devolverá a nosotros), permitiendo que tu ánimo, lampante por respirar, salga, por fin, a la atmósfera de la verdadera libertad. Pues tal vez la que vulgarmente se llama fortuna esté sometida a un orden secreto, y el hablar de acaso en las cosas se debe a nuestra ignorancia de sus razones y causas, y no ocurre prosperidad e infortunio que no se ajuste y tenga su congruencia con el universo.

Esta manera de sentir, proclamada por los oráculos de las más fecundas doctrinas y muy remota e inaccesible a la inteligencia de los profanos, la filosofía, a que yo te invito, promete poner en claro a sus amigos. Por lo cual, cuando te acaecen sucesos indignos de tu ánimo, no te menosprecies a ti mismo, pues si la divina Providencia se extiende hasta nosotros -y esto es indubitable-, créeme que se hace contigo lo que conviene se te haga. Porque como entrases en la vida humana, plagada de todos los errores, con unas disposiciones siempre admirables para mí, aun en el comienzo de la adolescencia, cuando es tan débil y resbaladizo el paso de la razón, te viste colmado de copiosas riquezas, que comenzaron a englutir en sus halagüeños remolinos la edad y el ánimo, que parecían buscar ansiosamente la honestidad y la hermosura, a no haberte sacado de allí, cuando estabas a punto de anegarte, los vientos de la fortuna que se consideran adversos.

2. Mas si, al dar a nuestros conciudadanos festejos de osos u otra clase de espectáculos nunca vistos por ellos, hubieses sido celebrado por las más entusiastas ovaciones del teatro; si con voces concertadas y unánimes los hombres insensatos, cuya multitud es innumerable, te pusieran sobre las nubes; si nadie se atreviera a enemistarse contigo; si te erigiesen estatuas, colmándote de honores, y añadiéndote más potestad, con nuevo realce de tus funciones municipales; si para los festines de todos los días te preparasen espléndidas mesas, donde cada cual con entera seguridad pudiese pedir y satisfacer su menester o su gusto, dándose además muchas cosas, aun sin pedirlas; si la hacienda familiar, administrada con toda diligencia y fidelidad por los tuyos, bastara para cubrir tales gastos; si entre tanto vivieras tú en edificios de muy suntuosa arquitectura, con magníficos baños, con refinada molicie, con toda clase de juegos que la honestidad consiente, con cacerías y festines, siendo celebrado, como lo has sido, por boca de los clientes, de los ciudadanos, de los pueblos, como el hombre más humano, generoso, distinguido y afortunado: dime, ¡oh Romaniano!, ¿quién se atreviera en estas condiciones a mencionarte otro género de vida dichosa, la cual es la única bienaventurada? ¿Quién sería capaz de convencerte, no sólo de que no eras feliz, sino tanto más desgraciado cuanto menos te tenías por tal? Ahora, en cambio, ¡qué graves amonestaciones te han hecho en breve espacio de tiempo tantos y tales reveses como has sufrido! Ya no tienes necesidad de ejemplos ajenos para persuadirte cuan pasajeros y frágiles y llenos de calamidades son los que consideran como bienes los mortales, porque, por tu parte, con tu buena experiencia, por ti mismo puedes persuadirlo a los demás.

3. Aquella cualidad, pues, aquella disposición tuya, que te ha hecho siempre buscar la honestidad y la hermosura; por la que has querido ser más liberal que lico; por la que preferiste ser más justo que poderoso, sin ceder jamás a la adversidad y a la injusticia; esa disposición, te repito, esa no sé qué prerrogativa divina, que estaba como sepulta bajo el sueño letárgica de la vida, se ha propuesto la oculta Providencia despertar con tan diversos y fuertes sacudimientos.

Despiértate, despiértate, te ruego; créeme, será para ti una dicha que no te hayan cautivado con sus halagos los favores de este mundo que seducen a los incautos. También se empeñaban en seducirme a mí, aunque reflexionaba todos los días sobre estas cosas, a no haberme forzado un dolor de pecho a abandonar mi charlatanería profesional y a refugiarme en el seno de la filosofía.

Ella es la que ahora, en el descanso tan deseado, me alimenta y conforta; ella me ha libertado enteramente de aquella superstición, en la que yo te precipité conmigo.

Porque ella enseña, y con razón, que no se debe dar culto ni estimación a lo que se ve con los ojos mortales, a todo lo que es objeto de la percepción sensible. Ella promete mostrar con claridad al verdaderísimo y ocultísimo Dios, y ya casi me lo está mostrando al través de espléndidas nubes.

Ocasión de la disputa

4. Aquí vive conmigo, muy enfrascado en el estudio, nuestro Licencio, que, dejando las seducciones y pasatiempos de su edad, se ha consagrado tan de lleno a la filosofía, que me atrevo sin temeridad a proponerlo como modelo a su padre. Es la filosofía, en efecto, tal, que ninguna edad pueda quejarse de ser excluida de su seno; y para estimularte a poseerla y a abrevar en ella con más avidez, aunque ya conozco bien tu sed, he querido enviarte, digámoslo así, este sorbo; te ruego no frustres la esperanza que abrigo de que te será muy agradable y, por decirlo así, estimulante. Te he mandado redactada la discusión que tuvieron entre sí Trigecio y Licencio. Pues habiéndosenos llevado al primero la milicia por algún tiempo, como para vencer el fastidio del estudio de las disciplinas, nos lo devolvió con una ardentísima pasión y voracidad de las grandes y nobles artes.

Pasados, pues, muy pocos días, después de comenzar nuestra vida de campo, cuando, al exhortarlos y animarlos a los estudios, los vi tan dispuestos y sumamente ansiosos, más de lo que yo había deseado, quise probar sus fuerzas, teniendo en cuenta su edad; me animó sobre todo el ver que el Hortensio, de Cicerón, los había ganado en gran parte para la filosofía.

Sirviéndonos, pues, de un estenógrafo, para que el viento no arrebatara nuestro trabajo, no permití que pereciera nada. Así, pues, en este libro verás las cuestiones y opiniones sostenidas por ellos y aun mis palabras y las de Alipio.

CAPITULO II

Felicidad y conocimiento

5. Habiéndonos, pues, reunido todos en un lugar para esto por consejo mío, donde me pareció oportuno, les dije:

-¿Acaso dudáis de que nos conviene conocer la verdad?

-De ningún modo, dijo Trigecio.

Los demás dieron señales de aprobación.

-Y si, les dije yo, aun sin poseer la verdad, podemos ser felices, ¿creéis que será necesario su conocimiento?

Aquí intervino Alipio, diciendo:

-En esta cuestión asumo yo con más seguridad el papel de árbitro, pues teniendo el viaje dispuesto para ir a la ciudad, conviene sea relevado en el oficio de tomar parte en la discusión; además, más fácilmente puedo delegar en otro mis funciones de juez que las de abogado de una de las partes. No esperéis, pues, mi intervención en favor de ninguna de ellas.

Accedieron todos a lo que pedía, y después que yo repetí mi proposición, dijo Trigecio:

-Ciertamente, bienaventurados queremos ser; y si podemos serlo sin la verdad, podemos también dispensarnos de buscarla.

-¿Y qué os parece esto mismo?, añadí yo. ¿Creéis que podemos ser dichosos aun sin hallar la verdad?

-Sí podemos, con tal de buscarla, respondió entonces Licencio.

Habiendo yo aquí pedido por señas el parecer de los otros, dijo Navigio:

-Me hace fuerza la opinión de Licencio. Pues tal vez puede consistir la bienaventuranza en esto mismo, en vivir buscando la verdad.

-Define, pues, le rogó Trigecio, la vida feliz, para colegir de ahí la respuesta conveniente.

-¿Qué piensas, dije yo, que es vivir felizmente, sino vivir conforme a lo mejor que hay en el hombre?

-No quiero ser ligero en mis palabras, replicó él; mas paréceme que debes declarar qué es lo mejor que hay en el hombre.

-¿Quién dudó jamás, le repuse yo, que lo más noble del hombre es aquella porción del ánimo a cuyo dominio conviene que se sometan todas las demás que hay en él? Y esa porción, para que no me pidas nuevas definiciones, puede llamarse mente o razón. Si no te place esta opinión, mira tú a ver cómo defines la vida feliz o la porción más excelente del hombre.

-Estoy conforme con ella, dijo él.

6. -Luego, les dije yo, para volver a nuestro propósito, ¿te parece que sin hallar la verdad, con sólo buscarla, puede vivir uno dichosamente?

-Mantengo mi sentencia, dijo él; de ningún modo me parece.

-A mí, afirmó Licencio, absolutamente me parece que sí, pues nuestros mayores, a los cuales la tradición presenta como sabios y dichosos, vivieron bien y felizmente sólo por haber investigado la verdad.

-Os agradezco, les dije yo, que, juntamente con Alipio, me hayáis hecho vuestro árbitro, porque os confieso comenzaba ya a envidiarle. Así, pues, como a una de las partes le parece que para la vida dichosa le basta la investigación de la verdad, y a la otra, que para lograr la dicha se requiere la posesión de la misma, y Navigio poco ha querido ponerse de tu parte, Licencio, con gran curiosidad espero cómo defendéis vuestras opiniones. Se trata de una cuestión muy importante, digna de la más escrupulosa discusión.

-Si el tema es grande, advirtió Licencio, requiere también grandes ingenios.

-No busques, le contesté yo, sobre todo en esta casa de campo, lo que es difícil hallar en todas partes; más bien explica tú el porqué de tu opinión, que sin duda has proferido después de reflexionar, y los fundamentos en que descansa, pues aun los pequeños se engrandecen en la discusión de los grandes problemas.

CAPITULO III

Una objeción

7. -Pues veo, dijo él, que quieres a todo trance vernos envueltos en la discusión, sin duda buscando nuestra utilidad, dime tú por qué no puede ser dichoso quien busca la verdad, aun sin hallarla.

-Porque el hombre feliz, dijo Trigecio, ha de ser perfecto sabio en todas las cosas. Ahora bien: el que busca, todavía no es perfecto. No veo, pues, cómo puede ser feliz.

-¿Tiene para ti valor, respondió el otro, la autoridad de los antiguos?

-No la de todos.

-¿La de quiénes admites?

-La de los que fueron sabios.

-¿Te parece sabio Carnéades?

-Yo no soy griego; no sé quién fue ese Carnéades.

-Pues entonces, insistió Licencio, ¿qué piensas de nuestro Cicerón?

Después de un rato de silencio, dijo Trigecio:

-Fue un sabio.

-¿Luego su opinión tiene para ti alguna fuerza en esta materia?

-Ciertamente.

-Escucha, pues, su manera de pensar, pues creo que la has olvidado. Creyó nuestro Cicerón que es feliz el investigador de la verdad, aunque no pueda llegar a su posesión.

-¿Dónde Cicerón ha dicho eso?

-¿Quién ignora que afirmó con insistencia que nada puede ser percibido por el hombre, y que al sabio sólo le resta la rebusca diligentísima de la verdad, porque si diera asenso a cosas inciertas, aun siendo verdaderas por casualidad, no podría verse libre de error, siendo ésta la falta principal del sabio? Por lo cual, si se ha de creer que el sabio es necesariamente dichoso y, por otra parte, la sola investigación de la verdad es el empleo más noble de la sabiduría, ¿a qué dudar de que la vida dichosa puede resultar de la simple investigación de la verdad?

8. Entonces dijo Trigecio:

-¿Es lícito volver a las afirmaciones hechas a la ligera?

-Sólo niegan esa licencia, intervine yo aquí, los que disputan movidos no por el deseo de hallar la verdad, sino por una pueril jactancia de ingenio. Así, pues, aquí conmigo, sobre todo atendiendo a que estáis en la época de la formación y educación, no sólo se os concede eso, sino que os impongo como un mandato la conveniencia de volver a discutir afirmaciones lanzadas con poca cautela.

-Tengo por un gran progreso en la filosofía, dijo Licencio, menospreciar el triunfo en una discusión por el hallazgo de lo justo y verdadero. Así que con mil amores me someto a tu indicación y autorizo a Trigecio-pues ésta es cosa que me toca a mí-repasar las aserciones que le parezca haber emitido temerariamente.

Entonces dijo Alipio:

-Vosotros mismos convenís conmigo en que no es tiempo aún de ejercitar la jurisdicción de mi oficio. Pero como mi partida está preparada hace tiempo, y me obliga a interrumpir mis funciones, no dejará de ejercer por mi cuenta su doble potestad hasta mi regreso el que por cuenta mía participa de este oficio, pues veo que vuestra discusión se proseguirá largamente.

Y después de retirarse, dijo Licencio:

-Puedes retractar lo que afirmaste a la ligera.

-Concedí temerariamente que Cicerón fuera un sabio.

-¡Ah! Pero ¿no fue sabio Cicerón, cuando él introdujo y elevó a su perfección la filosofía entre los romanos?

-Aun concediéndote que fuera un sabio, estoy lejos de aprobar todas sus opiniones.

-Pues tendrás que refutar otras muchas de sus ideas para no parecer imprudente al rechazar ésta.

-¿Y si estoy dispuesto a probar que fue éste el único flaco de su pensamiento? Lo que te interesa, yo creo, es que peses las razones que daré para demostrar mi aserto.

-Adelante, pues. ¿Cómo osaré yo afrontarme con el que se declara adversario de Cicerón?

9. -Quiero que adviertas, me dijo aquí Trigecio, tú que eres nuestro juez, cómo has definido más arriba la vida dichosa; porque dijiste que es bienaventurado el que vive conforme a la porción del ánimo, que conviene impere a las demás. Y tú, Licencio, has de concederme ahora (pues ya en nombre de la libertad, que la misma filosofía nos promete dar, he sacudido el yugo de la autoridad) que el investigador de la verdad todavía no es perfecto.

Después de una larga pausa, respondió Licencio:

- No te lo concedo.

-¿Por qué? Explícate, a ver. Soy todo oídos y anhelo por escuchar cómo un hombre puede ser perfecto faltándole la verdad.

-El que no llegó al fin, replicó el otro, confieso que no es perfecto aún. Pero aquella verdad sólo Dios creo que la posee, o quizá también las almas de los hombres, después de abandonar el cuerpo, es decir, esta tenebrosa cárcel. Pero el fin del hombre es indagar la verdad como se debe: buscamos al hombre perfecto, pero hombre siempre.

-Luego el hombre no puede alcanzar la dicha, dijo Trigecio. ¿Y cómo puede ser dichoso sin lograr lo que tan ardientemente desea? Pero no; el hombre puede ser feliz, porque puede vivir conforme a aquella porción imperial del ánimo, a que todo lo demás debe subordinarse. Luego puede hallar la verdad. Y si no, repliéguese sobre sí mismo y renuncie al ideal de la verdad, para que, al no poder conseguirlo, sea necesariamente desdichado.

--Pues ésa es cabalmente, repuso Licencio, la bienaventuranza del hombre: buscar bien la verdad; eso es llegar al fin, más allá del cual no puede pasarse. Luego el que con menos ardor de lo que conviene investiga la verdad, no alcanza el fin del hombre; mas quien se consagra a su búsqueda según sus fuerzas y deber, aun sin dar con ella, es feliz, pues hace cuanto debe según su condición natural. Y si no la descubre, es defecto de la naturaleza.

Finalmente, como todo hombre por necesidad es feliz o desgraciado, ¿no raya en locura el decir que es infeliz el hombre que día y noche se dedica a la investigación de la verdad? Luego será dichoso.

Además, tu misma definición, según yo entiendo, me favorece grandemente, pues si es bienaventurado, como lo es, quien vive según la porción espiritual, que debe reinar sobre todo lo demás, y esa porción se llama razón, te pregunto: ¿No vive según razón quien busca bien la verdad? Y si es absurdo negarlo, ¿por qué no llamar feliz al hombre por la sola investigación de la verdad?

CAPÍTULO IV

Qué es el error

10. -Yo creo, respondió Trigecio, que el que yerra ni vive según la razón ni es dichoso totalmente. Es así que yerra el que siempre busca y nunca halla. Luego tú tienes que demostrar una de estas dos cosas: o que errando se puede ser feliz o que el que siempre investiga la verdad, sin hallarla, no yerra.

-El hombre feliz no puede errar, respondió el otro.

Y después de largo silencio añadió:

-Mas tampoco yerra el que busca, pues para no errar indaga con muy buen método.

-Cierto que para no errar, replicó Trigecio, se dedica a la investigación; pero como no alcanza lo que busca, no se salva del error. Así tú has querido hacer hincapié en que ese hombre no quiere engañarse, como si ninguno errase contra su voluntad, o como si errase alguien de otro modo que contra su voluntad.

Entonces yo, al ver su vacilación en responder, les dije:

-Tenéis que definir el error, pues más fácilmente veréis sus límites después de penetrar en su esencia.

-Yo, dijo Licencio, soy inepto para las definiciones, aunque es más fácil definir el error que acabar con él.

-Ya lo definiré, pues, yo, respondió el otro; me será fácil hacerlo, no por la agudeza de mi ingenio, sino por la excelencia de la causa, porque errar es andar siempre buscando, sin atinar en lo que se busca.

-Si yo pudiera, dijo Licencio, refutar fácilmente tu definición, ha tiempo que no hubiera faltado a mi causa. Mas, o porque el tema es de suyo muy arduo, o a mí se me antoja que lo es, yo os ruego aplacéis la cuestión para mañana, pues, a pesar de mi diligencia y esfuerzo reflexivo, no atino hoy en la respuesta conveniente.

Como me pareció atendible la súplica, sin oposición de nadie, nos levantamos a pasear. Y mientras nosotros conversábamos de mil asuntos, Licencio siguió pensativo. Mas al fin, viendo que era en vano, soltó riendas a su ánimo, y se vino a mezclarse con nosotros. Después, a la caída de la tarde, se reanimó entre ellos la discusión; pero yo les frené y les convencí que la dejasen para el siguiente día. De allí nos fuimos a los baños.

SEGUNDA DISPUTA

11. Al siguiente día, estando todos sentados, les dije:

-Reanudemos la cuestión de ayer.

-Aplazamos la discusión, dijo entonces Licencio, si no me engaño, a ruego mío, por parecerme muy dificultosa la definición del error.

-En eso no yerras ciertamente, le observé yo; y ojalá que esto sea un buen augurio para lo que falta.

-Escucha, pues, dijo él, lo que ayer te hubiera expuesto, a no haberme interrumpido. El error, creó yo, consiste en la aprobación de lo falso por verdadero; y en este escollo no da el que juzga que ha de buscarse la verdad, pues no puede aprobar cosa falsa el que no aprueba nada; luego es imposible que yerre. Y dichoso puede serlo fácilmente, pues para no ir más lejos, si a nosotros se nos permitiera siempre vivir tal como vivimos ayer, no se me ocurre ninguna razón para no tenernos por felices. Pues vivimos con una gran tranquilidad espiritual, guardando libre nuestra alma de toda mancha de cuerpo, muy lejos del incendio de las pasiones, consagrados, según la posibilidad humana, al esfuerzo reflexivo de la razón, esto es, viviendo según la divina porción del ánimo, en que convinimos por definición ayer consistía la vida dichosa; y según creo, buscamos la verdad, sin llegar a su hallazgo. Luego la sola investigación de la verdad, prescindiendo de su alcance, puede compaginarse con la felicidad del hombre. Advierte, pues, con qué facilidad, sólo con observaciones corrientes, queda refutada tu definición. Porque dijiste que errar es buscar siempre sin hallar nunca. Pues supongamos que alguien nada busca, preguntándole otro si ahora es de día, ligera y atropelladamente responde que, según su parecer, es noche. ¿No te parece que se engaña? Esta clase de errores tan notables no se comprenden en tu definición.

Por otra parte, ¿puede haber definición más viciosa, pues comprende a los que no yerran? Imaginémonos que alguien quiere ir a Alejandría, y va por el camino recto; no podrás decir que yerra; mas, impedido por diversas causas, hace el recorrido en largas jornadas, hasta que es sorprendido por la muerte. ¿Acaso no buscó siempre sin alcanzar lo que quería y, con todo, no erró?

-Ni tampoco buscó siempre, contestó Trigecio.

12. -Dices bien, replicó Licencio, y tu observación es razonable. Mas de ahí se sigue que no vale tu definición, pues yo no he sostenido que es dichoso el que siempre busca la verdad. Eso es imposible. En primer lugar, porque no siempre el hombre existe; en segundo lugar, ya desde que comienza a serlo no puede dedicarse a la investigación, por impedírselo la edad. O si interpretas siempre en el sentido de que no debe dejar perder ningún instante sin consagrarlo al estudio de la verdad, entonces volveremos al citado ejemplo del viaje a Alejandría. Suponte, en efecto, que un hombre, cuando la edad o las ocupaciones le consienten viajar, emprender el recorrido del camino, y sin desviarse nunca, como dije antes, antes de llegar, se muere. Mucho te engañarás si dices que erró, aunque, durante todo el tiempo que pudo, ni cesó de buscar ni consiguió llegar a donde quería. Por lo cual, si mi razonamiento vale, y, según él, no yerra el que busca bien, aun sin atinar en la verdad, y es dichoso, pues vive conforme a la razón; y si, al contrario, tu definición ha resultado vana, y aun cuando no lo fuese, no la tomaría en consideración, por hallarse mi causa bien robustecida con las razones que he expuesto, ¿por qué, dime, no está resuelta ya la cuestión que nos hemos propuesto?

CAPITULO V

Qué es la sabiduría

13. -¿Me concedes, dijo Trigecio, que la sabiduría es el camino recto de la vida?

-Concedido, dijo Licencio; con todo, quiero que me definas qué es la sabiduría, para ver si tú la concibes lo mismo que yo.

-¿Y no te parece que está bien definida en la pregunta que te acabo de hacer? Además, me has concedido ya lo que quería, pues, si no me engaño, con verdad se llama la sabiduría el camino recto de la vida.

-Nada me parece tan ridículo como esadefinición, dijoentonces Licencio.

-Tal vez, replicó el otro; pero vamos despacio, para que la reflexión se anticipe a tu risa, pues no hay cosa tan humillante como la risa, digna de irrisión.

-Y ¿qué?, replicó él. ¿No confiesas que la muerte es contraria a la vida?

-Sí.

-Pues para mí no hay otro camino de la vida que el que recorre cada uno para evitar la muerte. Dio su aprobación Trigecio.

-Luego si un caminante, evitando un atajo, por haber oído que se halla infestado de ladrones, sigue el camino derecho, y así evita la muerte, ¿no siguió el camino de la vida, y por cierto el camino recto, y nadie llama a esto sabiduría? ¿Cómo, pues, la sabiduría es el camino recto de la vida? Te concedí que la sabiduría era eso, pero no ella sola. Pues la definición no debe entrañar ningún elemento ajeno a lo definido. Defíneme, pues, otra vez, si te place, qué es la sabiduría.

14. Trigecio calló un largo rato, y al cabo dijo:

-Voy a darte, pues, otra definición, si tú te has propuesto no terminar con esto. La sabiduría es el camino recto que guía a la verdad.

-También eso se refuta fácilmente, pues cuando, en Virgilio, la madre dijo a Eneas: Vete, pues, ahora y dirige los pasos por donde te guía el camino, siguiendo el camino indicado llegó al término, es decir, a la verdad. Empéñate en sostener, si te place, que el lugar donde él puso los pies para caminar puede llamarse sabiduría; aunque inútilmente me empeño en rebatir tu definición, pues nada favorece a mi causa. Porque llamaste sabiduría no a la misma verdad, sino al camino que guía a ella. Luego quien usa de este camino, usa de la sabiduría misma; y quien usa de la sabiduría, forzosamente será sabio; luego será sabio el que busca bien la verdad, aun sin lograrla.

Pues, según mi opinión, la mejor definición del camino que lleva a la verdad es la diligente investigación de la misma. El que tome este camino, será ya sabio; pero ningún sabio es desdichado, y, por otra parte, todo hombre o es feliz o desgraciado; luego el hombre feliz lo será no sólo por la invención de la verdad, sino también por su búsqueda.

15. Sonriendo, dijo entonces Trigecio:

-Justamente me sucede esto por haber hecho confiadamente concesiones temerarias al adversario en cosas accesorias, como si yo fuera un maestro para definir o en la discusión tuviera alguna cosa por más inútil. Pero ¿adónde iremos a parar si yo quiero que otra vez definas tú algo, y luego, fingiendo no haberla entendido, vuelvo a pedirte la definición de todas las palabras, y así sucesivamente de las que se siguieren? ¿Pues acaso no podré exigir que se definan los términos más claros, si se me pide la definición de la sabiduría? En efecto, ¿hay cosa de que la naturaleza haya querido imprimir una noción más clara que de la sabiduría? Pero no sé cómo, cuando esa noción ha abandonado el puerto, digámoslo así, de nuestra mente, y extiende el velamen de algunas palabras, luego al punto mil embarazos amenazan su naufragio. Por lo cual, o no se me exija la definición de la sabiduría o nuestro juez dígnese aquí ejercitar su obra de patrocinio.

Ya la obscuridad de la noche nos impedía escribir, y viendo yo surgir de nuevo una grande cuestión, muy digna de discutirse, la dejé para otro día, pues habíamos comenzado a disputar cuando el sol bajaba a su ocaso, después de haber empleado casi todo el día en la ordenación de los trabajos agrícolas y el repaso del primer volumen de Virgilio.

CAPITULO VI

Nueva definición de la sabiduría

16. Cuando clareó el día-y la víspera habíamos dispuesto las cosas de modo que nos quedase mucho tiempo-, luego al punto enhebramos el hilo de la discusión empeñada. Entonces comencé yo:

-Pediste ayer, Trigecio, que, desempeñando mi oficio de árbitro, descendiese a la defensa de la sabiduría; como si en vuestro discurso ella tuviese algún adversario que temer, o que, defendiéndola alguien, se viese en aprieto tal, como para pedir un socorro mayor. Pues la única cuestión que entre vosotros ha surgido ahora es la de la definición de la sabiduría, y en ella, ninguno la impugna, sino ambos la deseáis. Ni tú, por creer que te ha fallado la definición de la sabiduría, debes abandonar la defensa del resto de la causa.

Así, pues, yo te daré la definición de la sabiduría, que no es mía ni nueva, sino de los antiguos hombres, y me extraño de que no la recordéis. Pues no es la primera vez que oís que sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas.

17. A estas palabras, tomó al punto la suya Licencio, el cual creía yo que, oída la anterior definición, había de buscar largo tiempo la respuesta:

-¿Por qué entonces no llamamos sabio a aquel perverso, a quien conocemos bien nosotros por su vida tan disoluta? Me refiero a Albicerio, que durante muchos años, en Cartago, a los que iban a consultarle, respondió cosas maravillosas y ciertas. Incontables casos podría referir, si no hablase a quienes están informados; por ahora me basta con leves indicaciones para nuestro propósito. ¿No es verdad-y me lo decía a mí- que, habiéndose perdido en casa una cuchara, y siendo él consultado por tu mandato, con admirable prontitud y verdad respondió no sólo lo que se buscaba, sino el nombre del dueño y el lugar donde se halló oculta? También estando yo presente, y dejando a un lado que en lo que se preguntaba no padeció absolutamente ningún engaño, un niño llevaba unas monedas, parte de las cuales había robado, cuando íbamos nosotros a él, y mandó que se le contasen todas, y le obligó en mi presencia a devolver las que hurtó, antes de haber visto él la suma, o de haberse informado de nosotros cuánto le fue llevado.

18. ¿No te hemos oído también a ti hablar de la acostumbrada admiración del doctísimo y nobilísimo varón Flaciano, el cual, estando en tratos de compra de una finca, llevó el asunto a aquel adivino, para que le dijera qué había hecho, si le era posible? Y entonces él no sólo manifestó la naturaleza del negocio, sino también-y esto lo contaba con grandes gestos de admiración-el nombre de la finca, siendo tan enrevesado, que apenas ni el mismo Flaciano se acordaba.

Ni puedo repetir sin estupor la respuesta que dio a un amigo nuestro, discípulo tuyo, cuando, por chancearse, le preguntó audazmente qué revolvía en su interior entonces y le contestó que estaba pensando en un verso de Virgilio. Y como él, lleno de asombro, no pudiese negarlo, le preguntó qué verso era. Y Albicerio, que apenas había visto más que de paso alguna vez la escuela de gramática, sin ninguna hesitación, seguro y gárrulo le cantó el verso.

¿No eran, pues, cosas humanas las que se le preguntaban, o, sin una ciencia de cosas divinas, pudo responder con tanta verdad y certeza a los consultantes? Pero ambas cosas son absurdas. Porque cosas humanas son las de los hombres, como la plata, las monedas, las fincas y, por fin, el mismo pensamiento; y cosas divinas, ¿cuáles han de ser sino aquellas por las cuales le viene la adivinación al hombre? Luego fue un sabio Albicerio si concedemos, con la citada definición, que la sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas.

CAPITULO VII

Defiéndese la definición anterior

19. -En primer lugar, dijo aquí Trigecio, no llamo yo ciencia aquella en que se engaña quien la profesa. Pues la ciencia consta de cosas comprendidas, y de tal modo comprendidas que en ellas ni debe engañarse nunca ni vacilar por cualquier objeción que se presente. Por eso, con mucha verdad sostienen algunos filósofos que no puede hallarse más que en el sabio, el cual tiene percepción de lo que defiende y sigue con una adhesión inquebrantable.

Pero sabemos que el adivino mencionado aquí dijo muchas cosas falsas con frecuencia; y esto me consta por referencias de otros y por haber sido yo testigo alguna vez. ¿Lo llamaré, pues, sabio, habiendo cometido muchos errores; cuando no lo tendría por tal, aunque hubiese dicho verdades, pero con ánimo vacilante? Aplicad esto mismo a los arúspices y augures, a los astrólogos y oniromantes. O presentad, si podéis, un hombre de esta clase que, consultado, haya respondido sin titubear o no haya resultado al fin un truhan. Y de los poetas no debo ocuparme, pues hablan con la influencia de un espíritu extraño.

20. Además, para concederte que las cosas humanas son las cosas de los hombres, ¿crees tú que nos pertenece a nosotros lo que nos puede dar o arrebatar el acaso? O cuando se habla de ciencia de cosas humanas, ¿acaso comprende ella los conocimientos que uno tiene del número y calidad de las tierras, del oro y de la plata que poseemos, o el saber en qué versos ajenos pensamos? Aquélla es más bien ciencia de cosas humanas, que conoce la luz de la prudencia, la hermosura de la templanza, el vigor de la fortaleza, la santidad de la justicia. Tales son las cosas que sin temor a la fortuna podemos llamar verdaderamente nuestras, las cuales si hubiera conocido aquel Albicerio, créeme, no hubiera vivido tan disoluta y feamente. Y al adivinar el verso en que pensaba el otro consultante, tampoco creo deba contarse entre nuestras cosas; no es porque yo niegue que las nobles artes liberales pertenezcan en cierto modo a la posesión del espíritu, sino porque tengo para mí que aun personas muy ignorantes pueden cantar y recitar versos de otro poeta. Cuando, pues, tales cosas vienen a la memoria, no es de admirar que sean percibidas por ciertos animales abyectísimos que pueblan la atmósfera, llamados demonios, los cuales concedo que nos puedan aventajar en la agudeza y sutileza de los sentidos, pero no en la razón; y por eso se verifica este fenómeno de un modo muy secreto y alejadísimo de nuestros sentidos.

Pues si nosotros admiramos a la abejita, que después de fabricar la miel con una maravillosa industria, en que supera a los hombres, vuela de allí a otra parte, mas no por eso debemos preferirla ni compararla con nosotros.

21. Así, pues, preferiría yo que tu Albicerio hubiese enseñado el arte métrica a los consultantes, deseosos de saberla, o que, forzado por ellos, hubiese declamado versos propios.

Esto repetía frecuentemente el mismo Flaciano, como sueles recordar, porque él, con una gran elevación de ánimo, se burlaba y despreciaba este linaje de adivinación, atribuyéndolo a no sé qué vil animalillo (como decía él), el cual le inspiraba y le insuflaba las respuestas que debiera dar, y él, como hinchado y amonestado por aquel espíritu, daba las respuestas que solía. Y aquel varón doctísimo preguntaba a los admiradores de los prodigios si Albicerio podía enseñar la gramática, la música o la geometría. ¿Quién no sabía entre los que le conocían que era ignorantísimo de todo esto? Por lo cual hacía mucho hincapié en exhortar a los conocedores de tales disciplinas que prefiriesen su arte a aquella adivinación, esforzándose por instruirse en ellas, para fortificar su mente y aventajar en excelencia y dominar a los animales in-visibles, extendidos por los aires.

CAPITULO VIII

El adivino y el sabio

22. Y viniendo a las cosas divinas, mejores y más excelentes que las humanas por común estimación, ¿cómo podía él alcanzarlas, cuando ni se conocía a sí mismo? A no ser que pienses que los astros, que contemplamos todos los días, son algo grande comparados con el Dios verdadero e invisible, al que raras veces alcanza el entendimiento y nunca el sentido corporal; pero estas cosas se hallan ante nuestros ojos. No son, pues, ellas las cosas divinas, que solamente con la sabiduría se alcanzan; y las demás, de que estos adivinos abusan por vanagloria y afán de lucro, son aún más viles que las estrellas. No poseyó, pues, Albicerio el conocimiento de las cosas divinas y humanas, y por este flanco es débil tu ataque a nuestra definición.

Finalmente, como cuanto hay fuera de las cosas humanas y divinas conviene que nosotros lo desechemos como cosa muy vil, te pregunto: ¿En qué cosas busca aquel tu sabio la verdad?

-En las divinas, dijo él; pues también la virtud en el hombre, sin duda, cosa divina es.

-¿Luego Albicerio sabía ya esas cosas divinas, en pos de las cuales irá siempre tu sabio?

-Cosas divinas sabía él, respondió Licencio, pero no las que deben ser objeto de la investigación del sabio. De lo contrario, desbaratamos toda forma común de hablar, concediéndole la adivinación y negándole las cosas divinas, de las que se ha derivado su nombre. Por lo cual, aquella vuestra definición, si no me engaño, incluyó algo que no se entraña en la sabiduría.

23. Entonces dijo Trigecio:

-Defenderá esa definición el que la dio si quiere. Ahora quiero yo que tú me respondas al fin a nuestro tema.

-A tus órdenes estoy, dijo Licencio.

-¿Concedes que Albicerio conocía la verdad?

-Te lo concedo.

-Luego él era mejor que tu sabio.

-De ningún modo, contradijo él; porque la clase de ver dad que el sabio busca, no sólo no la alcanza aquel adivino delirante, pero ni el mismo sabio mientras vive en este cuerpo; pero tan grande es esto, que vale mucho más ir en pos de ello que alcanzarlo alguna vez.

-Es necesario, dijo Trigecio, que tu definición me saque de estos apuros. La cual si te ha parecido defectuosa, porque en ella se incluía al que no podemos considerar como sabio, te pregunto si la aceptarás si defino la sabiduría de este modo: la ciencia de las cosas divinas y humanas, que pertenecen a la vida feliz.

-Esa es cierta sabiduría, pero no la única; por donde si la superior definición comprendía elementos extraños, ésta excluye algunos elementos propios, por lo cual debe censurarse aquélla por su avaricia, ésta por su necedad. Y para aclarar mi pensamiento con una definición, digo que la sabiduría no sólo es la ciencia, sino también la inquisición de las cosas divinas y humanas. Y si quieres dividir esta definición, la primera parte, que implica ciencia, conviene a Dios; la segunda, que se contenta con la investigación, propia es de los hombres. Por aquélla es dichoso Dios, por ésta el hombre.

-Me extraña, objetó Trigecio, tu aserción de que el sabio trabaja en vano.

- ¿Cómo ha de trabajar en vano, replicó Licencio, cuando su investigación acaba con tan buena recompensa? Por investigar es sabio, y por ser sabio, dichoso, pues él aparta su mente de todos los lazos corporales y se concentra en sí mismo. No se deja lacerar por las pasiones, sino con ánimo tranquilo se consagra al estudio de sí mismo y de Dios, para gozar aun aquí del dominio de la razón, en que, según va convinimos, consiste la beatitud, y cuando suena para él la última hora de la vida, se halla dispuesto para recibir lo que ha deseado, y gozar con justicia de la divina bienaventuranza, después de haber gozado anteriormente de la humana

CAPITULO IX

Conclusión

24. Tomé entonces parte yo, al ver largo tiempo a Trigecio en actitud reflexiva para dar la respuesta.

-No creo, dije, Licencio, que a éste le habían de faltar argumentos si le diésemos ocio para buscarlos, pues ¿no respondió a todo en cualquier aprieto de la discusión? El fue el primero que, al suscitarse la cuestión de la vida feliz, sostuvo que sólo el bienaventurado es necesariamente sabio, porque la ignorancia, aun a juicio de los necios, es una desdicha; y que el sabio ha de ser perfecto, y que al andar averiguando qué sea la verdad, no lo es y, por consecuencia, tampoco dichoso.

Al llegar aquí, habiéndole tú puesto delante el peso de la autoridad, le turbó y molestó un poco el nombre ele Cicerón; pero reaccionó pronto, y con cierta generosa tenacidad saltó a la cumbre de la libertad y de nuevo tomó lo que se le había arrebatado de las manos. Te preguntó después si te parecía perfecto el que anda todavía tanteando y buscando, porque, si confesabas que no era perfecto, volvería a su principio, y demostraría, a ser posible, con aquella definición, que es perfecto el hombre que gobierna su vida según la ley de la mente, y, por tanto, que sólo puede ser feliz el hombre perfecto.

De este lazo te escapaste con más astucia de lo que yo creía, llamando hombre perfecto al que busca diligentemente la verdad, arremetiendo presuntuosa y categóricamente contra nuestra definición, según la cual la vida feliz se llama la que se lleva conforme a la razón. Él te respondió claramente, porque se apoderó de tu posición, y tú, arrojado de allí, lo habrías perdido todo, a no haber reparado tus fuerzas con una tregua. Pues ¿dónde pusieron su fortaleza los académicos, cuya sentencia defiendes, sino en la definición del error? Si por casualidad no te hubiera vuelto a la memoria esa definición por la noche en sueño, no tendrías nada que responder, por haber recordado lo mismo anteriormente al exponer la doctrina de Cicerón.

Se llegó, por fin, a la definición de la sabiduría, que con tanta astucia te empeñaste en rechazar, que tus hurtos no los hubiera reconocido ni tu mismo ayudante Albicerio. ¡Con cuánta vigilancia, con qué fortaleza se resistió Trigecio! ¡Cómo te envolviera casi y te derribara, a no ser que con tu nueva definición te hubieras defendido, diciendo que la humana sabiduría es la investigación de la verdad, de la que se origina, con la tranquilidad de ánimo, la vida feliz! El no responderá a este argumento, sobre todo si pide que se le haga gracia en prorrogar el día o el resto de la jornada.

25. Mas para no alargarnos, ciérrese ya, si os place, este discurso, pues detenernos más en él me parece superfluo. La cuestión ha sido tratada suficientemente según mi plan; y con pocas palabras podría haberse dado por terminada, si no hubiera querido yo ejercitaros y, según es mi gran interés, probar vuestros nervios y esfuerzos de estudio. Pues habiéndome propuesto exhortaros vivamente a la investigación de la verdad, comencé por preguntaros qué interés poníais en ello, y ha sido tanto el que habéis puesto, que no puedo desear más. Pues deseando alcanzar la felicidad, ora consista en el hallazgo, ora en la diligente investigación de la verdad, dejando a un lado todas las otras cosas, si queremos ser dichosos, es necesario buscarla. Por lo cual terminemos, como dije, esta discusión, y después de redactarla, enviémosla, Licencio, principalmente a tu padre, cuyo interés por la filosofía me es conocido.

Mas todavía busco la ocasión favorable para dirigirle por ese camino.

El grandemente podrá entusiasmarse con estos estudios, cuando viéndote a ti, dedicado conmigo a este género de vida, no sólo de oídas, sino por la lectura, conociere el curso de nuestras discusiones.

Y si te agrada la sentencia de los académicos, como creo, prepara tus mejores fuerzas para su defensa, porque pienso citarlos como reos al tribunal.

Dicho esto, nos avisaron que estaba preparada la comida, y nos levantamos.

LIBRO II

Examen de la doctrina de los académicos

CAPITULO I

Exhortación a Romaniano

1. Si tan necesario como es que el sabio esté adornado de la disciplina y ciencia de la sabiduría, lo fuera tanto que se hallase la verdad cuando se busca, ciertamente toda la sofística y pertinacia y terquedad de los académicos, o, según yo opino, toda la razón especial de sentir de aquel modo, válida para aquel tiempo, hubieran sido sepultadas con el mismo tiempo y con los cuerpos de Carnéades y Cicerón. Mas porque, o por las muchas y diversas vejaciones de la vida presente, como en ti mismo lo puedes ver, ¡ oh Romaniano!; o por cierta cobardía de los ingenios, que se entorpecen por flojedad, pereza o rudeza; o bien por la desesperación de descubrir la verdad, pues la estrella de la sabiduría no brilla a los ojos interiores con el esplendor evidente con que la luz material a los ojos del cuerpo; o ya también-y éste es error que cunde mucho-por la falsa opinión de haber hallado la verdad, los hombres ni la buscan con entusiasmo, si hay quien la busca, y fácilmente se enfrían en su investigación, ocurre que la ciencia es rara y patrimonio de pocos, y por esto mismo las armas de los académicos, cuando se viene a mano con ellos, que no son hombres mediocres, sino agudos y eruditos, parecen invencibles y como forjados en la fragua de Vulcano.

Por lo cual, contra aquellas olas y tempestades de la fortuna se debe resistir con todos los remos de las virtudes, y, sobre todo, debe implorarse el socorro divino con toda devoción y piedad, a fin de que nuestra firmísima intención de consagrarnos al estudio de la sabiduría siga su curso sin que nadie la malogre ni impida llegar al segurísimo y dulcísimo puerto de la filosofía.

He aquí tu primer negocio: de aquí mi temor por ti, de aquí mi deseo de liberarte, y para esto, todos los días (si soy digno ahora de ser escuchado) no ceso de pedir para ti un viento próspero. A la misma omnipotencia y suma sabiduría de Dios se elevan mis preces. ¿Pues no es así como nos presentan al Hijo de Dios los misterios de nuestra fe?

2. Y grande apoyo prestarás a mis plegarias en tu favor si confías en que seremos escuchados y unes tus esfuerzos a los nuestros, no sólo con el deseo, sino con los conatos de la voluntad y la elevación de ánimo que te distingue y me atrae hacia ti; ella me hechiza singularmente y siempre admiro, y se halla envuelta, ¡oh lástima!, como rayo en aquellas nubes de los cuidados domésticos, y se oculta a los ojos de muchos, de casi todos; mas no puede ocultarse a mí, ni al uno y otro de tus amigos familiarísimos, que muchas veces no sólo oímos atentamente tus rumores, sino vimos también algunos relámpagos más cercanos a los rayos. Pues callando lo demás y recordando un solo hecho, ¿de dónde vino aquel golpe de trueno tan potente y súbito, aquel esplendor que brilló tan vivo, cuando con un solo bramido-de la razón y con cierto relámpago de templanza, en un sola día, acabaste con la bestia cruel de la liviandad? ¿Tardará, pues, en salir alguna vez esta virtud para convertir en profundo estupor la risa de tantos incrédulos, y después de manifestarse aquí en la tierra como con ciertos presagios de lo futuro, dejando otra vez el peso de todas las cosas corporales, no remontará el vuelo arriba? ¿Quedarán frustradas las promesas que Agustín hizo de Romaniano? No lo permita aquel a quien totalmente me he consagrado, comenzando ya a reconocerlo algún tanto.

CAPITULO II

Beneficios de Romaniano a Agustín

3. Emprende, pues, conmigo el estudio de la filosofía, pues ella es el maravilloso excitante que sientes en ti a menudo, cuando andas inquieto y dudoso. No me arredra en ti ni la indiferencia moral ni la falta de ingenio. ¿Quién más atento se mostró en nuestros discursos, cuando te era permitido respirar un poco? ¿Y quién más agudo que tú? ¿No corresponderé, pues, a tus favores? ¿O tal vez es insignificante mi deuda? Siendo adolescente pobre y emigrante por causa de mis estudios, tú me diste alojamiento y subvención para mi carrera, y lo que se aprecia más, una acogida cordial. Cuando perdí a mi padre, tú me consolaste con tu amistad, me animaste con tus consejos, me ayudaste con tu fortuna. Tú en nuestro municipio, con tus favores, tu amistad y el ofrecimiento de tu casa, me hiciste partícipe de tu honra y primacía. Y al partir a Cartago, con propósito de más ilustre profesión, al descubrirte a ti solo y a ninguno de los míos mi plan y esperanzas, aunque titubeaste un poco por el amor innato que tienes a tu patria, pues ya enseñaba allí, con todo, al no poder doblegar la voluntad del adolescente, que aspiraba a más altos empleos, tú con la maravillosa moderación de tu benevolencia, de disuasor te convertiste en mi apoyo. Tú me proveíste de lo necesario para el viaje, y tú de nuevo, después de haber protegido mi cuna y, por decirlo así, el nido de mis estudios, cuando durante tu ausencia, y sin avisarte, embarqué (para Italia), sin echar a mala parte que no lo comunicara contigo, seguiste inquebrantable en tu amistad, considerando, más que el abandono de los hijos por el maestro, los íntimos propósitos y la rectitud de mi corazón.

4. En fin, si ahora disfruto de mi descanso; si he volado, rompiendo las ligaduras de las cosas superfluas; si, dejando la carga de los cuidados ya muertos, ahora respiro, me reanimo, vuelvo en mí; si con deseo ardentísimo busco la verdad, que ya comienza a mostrárseme; si me alienta la confianza de llegar al sumo Bien, tú me has animado, tú has sido mi estímulo, a ti debo la realización de mis anhelos. Pero la fe, más que la razón, me ha hecho conocer a aquel de quien tú has sido instrumento. Pues cuando, estando contigo, te manifesté todos los movimientos de mi ánimo, asegurándote con firmeza muchas veces que para mí no había mejor suerte que la que me permitiese consagrarme completamente al estudio de la sabiduría, ni otra vida dichosa sino la que se vive conforme a ella, pero que yo me veía atado por la urgencia de atender con mi trabajo a los míos, y por otras muchas necesidades, como también por cierta vergüenza de mi parte, y el temor de arrastrar a mis parientes a una miseria bochornosa, entonces te erguiste con tan grande alborozo, te inflamaste con tan santo ardor en el deseo de este género de vida, que decías que, si lograbas verte libre de algún modo de la carga de aquellos procesos molestos, luego romperías todas mis cadenas aun con la participación contigo de tu patrimonio.

5. Así, pues, cuando, después de haber arrimado el tizón, te separaste, nunca hemos cesado de suspirar por la filosofía ni abandonado el pensamiento de aquel agradable género de vida que proyectamos; el ideal subsistía siempre, si bien para realizarlo andábamos más remisos; con todo, creíamos hacer bastante. Y porque todavía no se había levantado la grande llama, que después había de arrebatarnos, creímos que era la mayor aquella que nos inflamaba tan lentamente.

Y he aquí que unos libros, bien henchidos, como dice Celsino, esparcieron sobre nosotros los perfumes de la Arabia y, destilando unas poquísimas gotas de su esencia sobre aquella llamita me abrasaron con un incendio increíble, ¡oh Romaniano!, pero verdaderamente increíble, y más de lo que tú piensas, y aun añadiré que más de lo que podía sospechar yo mismo.

No me atraían ya los honores, la pompa vana, el deseo de la vana gloria, los incentivos y halagos de la vida mortal. Vivía todo entero concentrado en mí mismo.

Y miré como de paso-así lo confieso-aquella religión que, siendo niño, me había sido profundamente impresa en mi ánimo, y, si bien inconscientemente, me sentía arrebatado hacia ella. Así titubeando, con prisa y ansiedad, cogí el libro del apóstol San Pablo. Y me hice esta reflexión: Ciertamente éstos no hubieran realizado tan grandes hazañas, ni vivido como nos consta, a no hallarse sus escritos y argumentos en consonancia con tan estimable bien. Y lo leí todo entero con mucha atención y piedad.

6. Entonces, como rociado por esta feble luz, se me mostró tan radiante el semblante de la filosofía, que me sentí capaz de mostrar su hermosura, no digo a ti, que siempre anduviste hambriento de esa desconocida, sino también a tu mismo enemigo, que es para ti más bien un estímulo que una rémora, para que, dejando sus baños, sus jardines deliciosos, sus refinados y espléndidos convites, sus bufones y, en fin, todo lo que más embelesa y fascina a los hombres, se abalanzase en su hermosura, como un amante apasionado y casto, lleno de admiración, de impaciencia y fogosidad. Porque hay que confesar que también él ostenta cierto decoro o más bien germen de decoro de ánimo, que, pujando por florecer con verdadera hermosura, lozanea tortuoso y deforme entre la aspereza de los vicios y los matorrales de las opiniones falaces; con todo, no cesa de echar sus frondas y descollar, como puede, a los ojos de los pocos que con mirada penetrante y cuidadosa aciertan a ver en medio del follaje. De ahí su carácter hospitalario y aquella sazón de humanidad con que condimenta sus banquetes; de ahí la elegancia, el esplendor y limpieza de todas sus cosas y las buenas maneras con que en todo pone una sombra de hermosura.

CAPITULO III

El amor de la hermosura y de la sabiduría

7. Esto es lo que vulgarmente se llama filocalia. No desprecies el vocablo a causa de su uso común, porque filocalia y filosofía son casi sinónimos y quieren aparecer como de la misma familia, y lo son.

Pues ¿qué es la filosofía? El amor de la sabiduría. ¿Y qué es la filocalia? El amor de la hermosura. Pregúntaselo, si no, a los griegos. ¿Y qué es la sabiduría? ¿No es la misma verdadera hermosura? Son, pues, hermanas entre sí y engendradas de una misma madre; pero la filocalia, destronada de su cielo por el apego al placer y encerrada en la espelunca del vulgo, ha conservado una semejanza del nombre, como un aviso a sus seguidores para que no la menosprecien. Su hermana-la filosofía-, que vuela libremente, la reconoce muchas veces, aunque sin alas, sórdida y sumida en la miseria; pero raramente la liberta, pues la filocalia no conoce su origen, la filosofía sí.

Toda esta fábula (pues de repente me he convertido en un Esopo) te la puede comunicar en versos armoniosos Licencio, porque es todo un poeta.

Si, pues, aquél-me refiero a tu adversario-pudiera con templar un poco con los ojos sanos y puros la verdadera hermosura, a la que ama en sus remedos falsos, ¡con qué alborozo se arrojaría en el seno de la filosofía! Y si te viera allí, ¡cómo te abrazaría como a hermano! ¿Te admiras de esto y aun tal vez te sonríes? Pues ¿qué sería si te lo explicase, como era mi deseo? ¿Y qué si pudiera, no digo verse la faz misma, pero sí oírse a lo menos la voz misma de la filosofía? Te llenarías de admiración; créeme, de nadie hay que desesperar, y mucho menos de sujetos de tales prendas. No faltan ejemplos; pájaros de esta clase fácilmente se escapan, fácilmente toman el revuelo, con gran admiración de muchos que siguen presos en sus jaulas.

8. Pero volvamos a nosotros mismos, Romaniano, y reanudemos nuestras reflexiones. Reiteraré mi agradecimiento; tu hijo ya ha comenzado a filosofar. Yo le freno, para que se yerga más firme y vigoroso, robustecido por las indispensables disciplinas liberales, en las que no debes considerarte profano, si te conozco bien; sólo pido para ti una atmósfera de más libertad. ¿Y qué diré de tus disposiciones naturales? ¡Ojalá no fuesen tan raras entre los hombres como son ciertas en ti! Quedan dos escollos y dificultades para hallar la verdad, pero no me dan cuidado por ti; con todo, temo no te menosprecies, ni des entrada a la desesperación de hallarla, o te imagines haberla hallado. El primer peligro, si existe, con esta discusión se disipará. Con frecuencia te has indignado contra los académicos con tanta mayor acritud cuanto menos instruido estabas sobre estas cuestiones; pero también con tanta mayor espontaneidad cuanto más sentías el atractivo de la verdad. Yo, pues, contando con tu apoyo, entablaré discusión con Alipio y te persuadiré de lo que deseas, a lo menos con probabilidad, pues no llegarás a la posesión de la verdad si no te dedicas plenamente a la filosofía.

El segundo peligro de la presunción de haber hallado la verdad, aunque ya te separaste de mí ansioso de saber y dudando, con todo, por si algún error se ha deslizado en tu ánimo, ciertamente lo arrojaré de ti, o cuando te remitiere alguna discusión que tengamos sobre materia religiosa, o cuando de viva voz pueda conversar contigo de muchas cosas.

9. Pues yo mismo ahora no hago otra cosa sino limpiarme de las vanas y funestas opiniones. No dudo, pues, que mi estado actual es preferible al tuyo. Sólo envidio tu suerte en una cosa: en que disfrutas solo de la amistad de mi Luciliano. ¿Estás celoso, tal vez, también de que lo llame «mi» Luciliano? Pero, al hacerlo así, ¿no lo llamo igualmente tuyo y de cuantos estamos enlazados por unión común? ¿Y a qué rogarte para que satisfagas a mi deseo? Examínate a ti mismo en mi favor, según pienses que es tu deber. Pero ahora para los dos hablo: evitad la presunción de saber algo, a no ser que lo sepáis como esta suma: 1 + 2 + 3 + 4 = 10.

Precaveos igualmente de creer que en filosofía no habéis de conocer ninguna verdad o que de ningún modo puede conocerse. Pues creedme a mí, o más bien creed al que dijo: Buscad y hallaréis1; no hay que desconfiar, pues, de hallar la verdad, y que se hará más evidente que aquellos números.

Pero vengamos ya a nuestro propósito. Pues ahora tardíamente he comenzado a temer que este principio sobrepasa la medida, lo cual es grave defecto. Porque la moderación es cosa divina; mas cuando guía suavemente, ha podido dar origen a algún engaño; pero seré más cauto cuando fuere sabio.

CAPITULO IV

Expónese la doctrina de los académicos

10. Después de la última discusión, referida en el primer libro, tuvimos un descanso de casi siete días, repasando los tres libros de Virgilio que siguen al primero y estudiándolos según la oportunidad del momento. Con todo, en este trabajo, Licencio tanto se aficionó a la poesía, que me pareció oportuno refrenarlo un poquito. No dejaba gustosamente su labor por ninguna otra ocupación. Pero, al fin, al hacer yo, como me fue posible, un cálido elogio de la luz de la filosofía, accedió con gusto a tratar de nuevo la cuestión de los académicos, que habíamos aplazado.

Por suerte lució un día muy claro y propicio para serenar nuestros ánimos.

Abandonamos el lecho antes que de costumbre, y tratamos con los operarios de los trabajos más urgentes que había que hacer.

Entonces dijo Alipio:

-Antes de oír vuestra disputa sobre los académicos, será bueno me leáis el discurso que acabasteis cuando yo me hallaba ausente, porque, habiendo surgido de él la presente discusión, no me será posible de otro modo, al oíros, evitar los errores y el trabajo.

Accedióse a su demanda, y habiendo empleado casi toda la mañana en esta tarea, dejando el paseo del campo, nos resolvimos volver a casa.

-Ruégote, dijo aquí Licencio, que antes de comer no te sea enojoso resumir en breve exposición la doctrina de los académicos, para que no se me escape nada de lo que pueda favorecerme.

-Así lo haré, le respondí yo, y con mucho gusto, para que, absorto en esta cuestión, seas sobrio en la comida.

-No te forjes esa ilusión, dijo él, pues he advertido que muchos, y sobre todo mi padre, tanto más apetito tenían cuanto más preocupaciones pesaban sobre ellos. Además, ¿no has observado que, cuando más enfrascado estoy en las cuestiones de la métrica, por mi cuidado está segura la mesa?

Y es cosa que me llama la atención en mí mismo; pues ¿qué significa que se come con más voracidad cuando nuestro ánimo se halla más lleno de cuidados? ¿Y qué hay que, estando nosotros ocupados, nos tiraniza demasiado las manos y los dientes?

-Escucha más bien, le atajé yo, lo que has preguntado sobre los académicos, no sea que con el embrollo de estas cuestiones tenga que soportar la falta de moderación, no sólo en la comida, sino también en el modo de tratarlas. Si se me pasa algo en la exposición de mi argumento, lo suplirá Alipio.

-Es necesaria tu buena fe, dijo Alipio; pues si es de temer que se te pase de vuelo algo a ti, creo yo será difícil sorprender al que en estas cosas ha sido mi maestro, como todos saben, y sobre todo teniendo en cuenta que en la exposición de la verdad, más que el logro de la victoria, has de seguir la inclinación y rectitud de tu ánimo.

CAPITULO V

Exposición

11. -Obraré, dije yo, con buena fe, porque tienes derecho a exigirlo. Pues a los académicos plúgoles sostener que el hombre no puede conseguir la ciencia de las cosas tocantes a la filosofía (porque lo demás no preocupaba a Carnéades) y, no obstante eso, que el hombre puede ser sabio, y toda su misión consiste en investigar la verdad, como lo has recordado tú, Licencio, en aquella disertación.

De donde resulta que el sabio no da su asentimiento a ninguna cosa, porque necesariamente yerra-y esto es impropio del sabio-asintiendo a cosas inciertas. Y no sólo afirmaban que todo era incierto, sino que apoyaban su tesis con muchísimos argumentos. Pero que no puede comprenderse la verdad lo deducían de una definición del estoico Zenón, según la cual sólo puede tenerse por verdadera aquella representación que es impresa en el alma por el objeto mismo de donde se origina, y que no puede venir de aquello de donde no es.

O más breve y claramente: lo verdadero ha de ser reconocido por ciertos signos que no puede tener lo falso. Y que estos signos no pueden hallarse en nuestras percepciones, se empeñaron en demostrar con mucha tenacidad los académicos.

De aquí el desacuerdo de los filósofos y los engaños de los sentidos; de aquí los sueños y alucinaciones, las falacias y sorites que empleaban para defensa de su causa.

Y habiendo aprendido del mismo Zenón que no hay cosa más despreciable que la opinión, muy hábilmente dedujeron de ahí que, si nada puede percibirse, por una parte, y por otra, la opinión es cosa muy baja, el sabio debía de abstenerse de aprobar nada.

12. Esto les acarreó una gran hostilidad, porque parecía consecuente que el que nada afirma, nada haga. Y por esta causa, parecían pintar los académicos a su sabio-que, según ellos, nada debe afirmar-como condenado a perpetua soñolencia y deserción de todos sus deberes. Mas ellos, en este punto, introdujeron el uso de cierta probabilidad, que llamaban verosimilitud, sosteniendo que de ningún modo el sabio deja de cumplir sus deberes, pues tiene sus reglas de conducta para seguir; pero que la verdad, sea por la obscuridad de la naturaleza, sea por las semejanzas engañosas, yacía escondida y confusa. Y añadían que la misma refrenación y suspensión del asentimiento era fruto de una gran actividad del sabio.

Creo haberos expuesto todo su sistema, como has querido, sin separarme de tus indicaciones, Alipio; es decir, que he obrado con buena fe. Porque si algo o no es como lo he dicho o lo he callado, no ha dependido de mi voluntad.

No falta, pues, la buena fe, según el testimonio de mi conciencia. El hombre que se engaña, debe parecemos digno de lástima; y el que engaña, vitando; el primero necesita un buen maestro; el segundo, un discípulo precavido.

CAPITULO VI

Divergencia entre la antigua y la nueva Academia

13. Alipio dijo entonces:

-Te doy gracias, porque has satisfecho los deseos de Licencio y a mí me has aliviado de la carga impuesta. Nada más temible para ti que alguna omisión, hecha con intención de probarme (pues ¿qué otro motivo podría haber?), como para mí el compromiso de completarte en algo. Por lo cual, menos para colmar la laguna de una exposición que para cumplir un oficio mío de interrogante, no te sea molesto exponer la diferencia entre la antigua y la nueva Academia.

-Cierto, es labor enojosa, lo confieso. Por lo cual me harías un favor-pues no puede negarse que lo que preguntas debe conocerse-, mientras yo descanso un poco, si quisieras tú mismo ante mí discriminar estos dos nombres y manifestar la razón de ser de la nueva Academia.

-Con eso me darías motivo para creer, dijo Alipio, que me quieres apartar de comer, si no recordase que Licencio te ha aterrado poco ha, y su demanda no nos hubiese impuesto la obligación de declarar antes de la comida todo el embrollo de la cuestión.

Y cuando iba a proseguir su discurso, nuestra madre, pues estábamos ya en casa, comenzó a llevarnos a la mesa con tal apremio, que no dio lugar para ningún discurso.

14. Tomado el necesario alimento para satisfacer nuestra hambre, volvimos luego al prado, y Alipio comenzó diciendo:

-Obedeceré a tu deseo, sin atreverme a rehusar el compromiso. Si nada omito, será gracias a tu doctrina y también a mi memoria. Pero si en alguna cosa me equivoco, tú la retocarás, de modo que en adelante no tema esta clase de compromisos.

Según mi parecer, la escisión de la nueva Academia se produjo no tanto contra la antigua doctrina como contra los estoicos. Y ni aun se ha de considerar como una escisión, porque convenía refutar y discutir una opinión nueva introducida por Zenón. Pues la doctrina sobre la imposibilidad de la percepción, aunque no suscitó controversias, refugióse en la mente de los antiguos académicos, y no fue juzgada como inadmisible. Podría probarse esto fácilmente con la autoridad del mismo Sócrates, de Platón y otros filósofos antiguos, que en tanto creyeron que uno puede inmunizarse contra el error en cuanto evita la temeridad en dar su asentimiento; con lodo, ellos no introdujeron en las escuelas una discusión sobre esta materia ni investigaron particularmente si era o no posible la percepción de la verdad.

Este es el problema que lanzó bruscamente Zenón, porfiando en que nada puede percibirse sino aquello que de tal manera es verdadero, que se distingue de lo falso por sus notas o marcas de disimilitud, y que el sabio no debía abrazar opiniones; y Arquesilao, habiendo oído esto, negó que pudiera haber para el hombre cosa de ese género, y que la vida del sabio no debía exponerse a aquel naufragio de la opinión. Conclusión de todo esto fue que no debía asentirse a ninguna cosa.

15. Mas como sucedió que la Antigua Academia se vio más robustecida que quebrantada, surgió Antíoco, discípulo de Filón, el cual, según el parecer de muchos, era más ávido de la gloria que de la verdad, y puso en abierta hostilidad las sentencias de ambas Academias.

Porque decía que los académicos nuevos habían introducido una doctrina insólita y extraña a los antiguos, aduciendo en su apoyo la autoridad de los físicos y otros filósofos.

Acometía también a los académicos porque convertían lo verosímil en regía de conducta, cuando profesaban la ignorancia absoluta de la verdad.

Y de esta índole había recogido muchos argumentos, que creo deben omitirse ahora, y ponía todo su ahínco en sostener que el sabio puede llegar al conocimiento de la verdad.

Tal es, creo, la controversia entre los antiguos y los nuevos académicos. Si no es así, te ruego informes más completamente a Licencio; te lo pido por él y por mí.

Y si he acertado en la exposición, podéis ya entrar en la controversia empeñada.

CAPITULO VII

Réplica a los argumentos de los adversarios

16. Tomé yo entonces la palabra y dije:

-¿Por cuánto tiempo descansarás, Licencio, con este nuestro discurso, que se ha alargado más de lo que pensaba? Has oído quiénes son los académicos.

Y él, sonriendo, con una sonrisa vergonzosa, y un poco turbado por mi apostrofe, dijo:

-Ya me arrepiento de haber sostenido, contra Trigecio, que la vida feliz consiste en la investigación de la verdad. Pues esta cuestión tanto me agita, que si no llego a serun desgraciado, ciertamente a vosotros, si tenéis sentimientos de humanidad, os debo parecer digno de lástima. Pero ¿a qué atormentarme neciamente? ¿Por qué temblar, cuando tengo a mi favor el apoyo de tan noble causa? No me rendiré si no es a la verdad.

-¿Te agrada, pues, la doctrina de los académicos?, le dije yo.

-Muchísimo, respondió él.

-¿Luego te parece que están en la verdad?

Entonces él, estando ya para dar su asentimiento, y más prudente con la sonrisa de Trigecio, se mantuvo dudoso un rato. Y después continuó:

-Repite la preguntita.

-¿Crees que dicen verdad los académicos?

Tras larga pausa de silencio, dijo:

-Si existe la verdad, no lo sé; con todo, es probable. Mi vista no alcanza más para seguirlo.

-¿Sabes que lo probable recibe también el nombre de verosímil?

-Así parece, dijo él.

-Luego la opinión de los académicos es verosímil.

-Sí, respondió.

-Examina, pues, esto con más atención. Si alguien, viendo a tu hermano, dice que se parece a tu padre, a quien no conoce, ¿no lo tomarás por un necio o mentecato?

Después de pensar un largo rato, dijo:

-No me parece una cosa absurda.

17. Y al comenzar a responderle, me interrumpió diciendo:

-Espera un poco.

Y luego, sonriendo, añadió:

-Dime, te ruego, ¿ya estás seguro de tu victoria?

-Suponte que ya lo estoy, le contesté; no por eso debes abandonar tú la causa emprendida, sobre todo sabiendo que esta discusión se ha suscitado para tu ejercicio y afinamiento de tu espíritu.

-Pero ¿acaso he leído yo a los académicos, o soy tan erudito en tantas disciplinas como las que tú posees para salir a mi encuentro?

-A los académicos ni siquiera los leyeron aquellos que primero defendieron esta causa; y si te falta el ornamento de las disciplinas, no debes ser tú ingenio tan cobarde que sin conato de resistencia sucumbas ya a mis poquísimas preguntas y palabras. Pues me estoy temiendo que antes de tiempo te va a suceder Alipio, y con tal adversario no caminaré tan seguro.

-Ojalá, pues, yo sea vencido, para que alguna vez os oiga a vosotros disputando, y lo que es más, os vea, pues será para mí el más bello espectáculo que pueda presenciar. Pues os plugo a vosotros más bien recoger estos discursos que derramarlos, porque cuanto se dice aquí, se escribe, sin dejar caer nada en tierra, como se dice; nosotros ciertamente podremos leeros; pero, no sé por qué, cuando se tiene ante los ojos a los que conversan, la buena discusión, si nocon más provecho, sin duda penetra en el ánimo con más agrado.

18. -Te lo agradecemos, le respondí yo; pero este tu alborozo repentino te ha obligado a decir, hiperbólicamente, que no puede darse para ti espectáculo más feliz. ¿Y qué sería si vieras indagando la verdad y discutiendo con nosotros a tu mismo padre, a quien, después de tan larga sed, nadie superará en el ardor para abrevar en las fuentes de la filosofía? Si ya esto para mí sería el colmo de la dicha, ¿qué habrá que decir y pensar de ti?

Aquí al muchacho se le saltaron algunas lágrimas; y cuando pudo hablar, con las manos extendidas mirando al cielo, exclamó:

-¿Cuándo, Dios mío, veré esto? Pero todo se puede esperar de ti.

En este punto, todos, olvidando la disputa, nos echamos a llorar; y yo, luchando conmigo, sin poder concentrarme, le dije:

-Reanímate y recobra tus fuerzas; ya antes te he prevenido para que te prepares y dispongas a la defensa de la doctrina de la Academia; no creo, pues, que «antes de sonar la trompeta te acometa el temblor de los miembros», y que, por el deseo de ver combatir a otros, te entregues tan pronto prisionero.

Entonces Trigecio, al vernos con semblantes serenos, añadió:

-¿Y por qué este hombre tan virtuoso no había de desear que Dios le otorgue este favor, antes de pedírselo? Créeme, Licencio; pero me pareces hombre de poco valor, porque no sabes qué responder y deseas ya ser vencido.

Nos reímos lodos. Y Licencio le dijo:

-Habla tú, ¡oh hombre feliz!, no hallando la verdad, pero ciertamente no buscándola.

19. A todos nos contagió la alegría de los muchachos, y yo dije:

-Atiende a la pregunta y vuelve al camino con más brío y firmeza, si puedes.

-Aquí estoy en cuanto puedo. Y si el que ha visto a mi hermano, por la fama sabe que es parecido a mi padre, ¿será tenido por insensato o loco porque cree?

-¿Podrá llamársele a lo menos necio?, le pregunté yo.

-Cierto que no, a no ser que porfíe diciendo que lo sabe. Pues da como probable lo que la continua fama ha pregonado de él, no puede acusársele de temerario.

Entonces continué yo:

-Consideremos más despacio este punto, poniéndolo ante los ojos. Supongamos que ese no sé qué hombre de quien hablamos está presente aquí. De alguna parte viene tu hermano, y dice:

-¿De quién es éste hijo? Y le responden:

- De cierto Romaniano.

-¡Oh, cuánto se parece a su padre!, dice él. ¡Con cuánta verdad la fama pregonó esto!

Aquí dirías tú o algún otro:

-¿Luego conociste, buen hombre, a Romaniano?

-No lo conocí, responde él; sin embargo, me parece que es semejante.

-Oyendo esto, ¿podría uno contenerse la risa?

-De ningún modo, respondió Licencio.

-Luego ya ves la consecuencia que de esto se sigue.

-Ha tiempo que la veo. Pero, con todo, esta conclusión quiero yo recogerla de ti mismo, porque es necesario que comiences a alimentar al que has hecho prisionero.

-¿Y por qué no sacar esta conclusión? La misma evidencia clama que son dignos de risa tus académicos, que en la vida quieren seguir lo verosímil, lo semejante a la verdad, ignorando ésta.

CAPITULO VIII

Argucias de los académicos

20. Dijo entonces Trigecio:

-Me parece muy distinta la precaución de los académicos que la necedad de ese hombre de quien has hablado. Pues ellos por discurso alcanzan lo que llaman verosímil; en cambio, este necio siguió el rumor de la fama, cuya autoridad es la más despreciable.

-¡Como si no fuera más necio, le argüí yo, si dijese: No conocí a su padre, ni supe por la fama que se parece a él; con todo, me parece semejante a él!

-Cierto sería más necio hablar así; pero ¿a qué viene eso?

-Pues a demostrar que tales son los que dicen: «No conocemos lo verdadero, pero lo que vemos se parece a lo no conocido».

-Probable dicen ellos, le objetó Trigecio.

-¿Cómo dices eso?, le repliqué yo. ¿Niegas que lo llamen verosímil?

-Lo he dicho, contestó, para rebatir aquella analogía. Pues, a mi parecer, sin razón la fama irrumpió en nuestra discusión, ya que los académicos no se fían del testimonio de los ojos humanos ni de los mil ojos fantásticos de la fama, según fingen los poetas. Pero, en fin, ¿quién me mete a mí a defender a los académicos? ¿Acaso en esta cuestión envidiáis mi seguridad? Ahí tienes a Alipio, cuya venida ojalá nos traiga vacación a nosotros, pues creemos que tú desde hace tiempo con razón le temes.

21. Hecho el silencio, entonces todos volvieron los ojos a Alipio, quien dijo:

-Yo quisiera ciertamente, según me lo consienten mis fuerzas, servir de apoyo a vuestra causa, si vuestra suerte no me amedrentase. Pero este temor lo desecharé pronto, si la esperanza no me engaña. Al mismo tiempo, me consuela que el actual adversario de los académicos ha soportado casi la carga de Trigecio vencido, y ahora, por vuestra confesión, está en perspectiva su victoria. Mas temo no poder evitar el reproche de negligente por el abandono de mi oficio y de presunción, por invadir, el de otro, pues no creo habréis olvidado que asumí el oficio de juez.

Aquí dijo Trigecio:

-Se trata de dos cosas diferentes; te rogamos, pues, te dejes alguna vez privar de él.

-No lo rehusaré, dijo; no sea que, mientras quiero evitar la censura de la presunción o negligencia, caiga en los lazos del orgullo, que es el más deforme de los vicios, si quiero mantener más tiempo del permitido el honor que me habéis hecho.

CAPITULO IX

Gravedad del problema de la verdad

22. Por lo cual, quiero que me expongas, ¡oh buen acusador de los académicos!, tu deber; esto es, en favor de quién los acometes. Pues temo que, refutando su sistema, te muestres como académico.

-Sabes muy bien, le advertí yo, que hay dos clases de acusadores; pues no porque Cicerón muy modestamente dijese que de tal modo era acusador de Verres, que aun al mismo tiempo defendía a los sicilianos, se sigue necesariamente que todo acusador de uno es defensor de otro.

-¿Tienes a lo menos, dijo él, algún fundamento en que estribe tu opinión?

-Fácil me será contestar a tu pregunta, sobre todo porque no me coge de sorpresa, pues todo esto lo tengo yo tratado conmigo mismo y con mucha atención por largo tiempo lo he examinado. Por lo cual, oye, Alipio, lo que creo muy bien sabes: no quiero que esta discusión se lleve a cabo por el simple prurito de discutir; dejemos ya los ensayos que hemos tenido con los jóvenes, en que la filosofía se ha mostrado como chanceándose. ¡Fuera de las manos los cuentos de los niños! Se trata del destino de la vida, de las costumbres, de nuestra alma, la cual confía vencer la dificultad de todos los sofismas, y después de abrazar la verdad, volviendo, por decirlo así, al país de su origen, ha de triunfar de todas las liviandades y, desposándose con la templanza, como esposa, reinar, segura de volver al cielo. ¿Oyes lo que digo? Desechemos todo eso ya; hay que preparar las armas para un valiente guerrero. Nada he deseado siempre menos que dar ocasión a que surja un nuevo conflicto entre los que tanto tiempo vivieron entre sí con mutua armonía y comunicación.

Mas por la memoria, que es infiel custodia de las cosas pensadas, he querido fijar con la escritura lo que tantas veces hemos tratado entre los dos, para que estos adolescentes aprendan a dedicar su atención a este linaje de problemas, adiestrándose en la acometida y defensa.

23. ¿No sabes, pues, que yo no tengo ninguna cosa por cierta, y que de su investigación me retraen los argumentos y discusiones de los académicos? Pues no sé de qué modo me han hecho creer como cosa probable, usando su palabra favorita, que el hombre no puede hallar la verdad; por lo cual me hice perezoso y tardo, sin atreverse a buscar lo que no estuvo al alcance de los varones más agudos y doctos. Si, pues, yo no logro convencerme de la posibilidad de descubrir lo verdadero tan fuertemente como los académicos estaban convencidos de lo contrario, no me atrevo a indagar nada ni hallo cosa que defender.

Deja, pues, a un lado tu pregunta, si te place, y discutamos entre los dos, con mayor sagacidad posible, si puede hallarse la verdad. Por lo que a mí toca, tengo a mano muchos argumentos que oponer a la doctrina de los académicos; nuestra diferencia de opiniones se reduce a lo siguiente: a ellos parecióles probable que no puede descubrirse la verdad; en cambio, a mí me parece que puede hallarse. Pues el desconocimiento de la verdad me es particular, si ellos fingían, o seguramente es común a ellos y a mí.

CAPITULO X

No es cuestión de palabras, sino de cosas

24. Entonces dijo Alipio:

-Ahora ya avanzaré con seguridad, porque veo en ti, no ya un acusador, sino un defensor. Y así, para no ir demasiado lejos, te ruego no incurramos al ventilar nuestra cuestión, como ocurrió a los que te precedieron a ti, en una mera controversia verbal, pues por insinuación tuya, tomada de la autoridad de Cicerón, muchas veces hemos confesado que es cosa abominable.

Pues si no me engaño, habiendo dicho Licencio que le agradaba la sentencia de los académicos acerca de la probabilidad, tú le preguntaste-y convino en ello-si sabía que también la llamaban verosimilitud. Bien conozco yo, por haberlos aprendido de ti, y no de otro, los fundamentos del sistema académico.

Teniendo esto bien impreso en el ánimo, no es cosa de ocuparnos con cuestiones verbales.

-No es, le repliqué yo, mera cuestión de palabras, sino de mucha substancia y realidad, pues los académicos sabían poner nombres adecuados a las cosas; más bien me parece que escogieron tales vocablos para ocultar su manera de pensar a los más tardos de ingenio y revelarla a los más aptos.

Expondré luego el porqué y el cómo de mi opinión, declarando antes lo que comúnmente se cree acerca de su manera de pensar, como adversarios del conocimiento humano.

Así me agrada sobremanera que nuestra conversación haya llegado hoy a un punto desde donde aparece claramente cuál es la cuestión ventilada entre nosotros. Yo creo que ellos fueron varones muy prudentes y graves; y si hay algo que ahora hemos de someter a discusión, será contra los que creyeron que los académicos fueron hostiles al hallazgo de la verdad.

Mas para que no me creas acobardado, también contra ellos emplearé mis armas gustosamente, si sostuvieron con tesón lo que se consigna en sus libros, y no por disimular sus opiniones ni descubrir ciertos sagrarios de la verdad a hombres corrompidos y profanos.

Y esto lo haría hoy si la caída del sol no nos obligase a volver a casa. Hasta aquí disputamos aquel día.

CAPITULO XI

Sobre la probabilidad

25. El día siguiente también lució benigno y sereno, apenas nos dedicamos a las faenas agrícolas, porque gran parte de él lo empleamos en la redacción de cartas. Y pues nos convidaba la extraordinaria serenidad del cielo, quisimos aprovechar el poco tiempo que nos quedaba.

Llegamos al árbol de costumbre, y después de acomodarnos allí todos, les dije:

-Pues hoy no hemos de discutir grandes problemas, quiero que me recordéis vosotros, los jóvenes, cómo respondió Alipio a la cuestioncilla que os turbó.

-La respuesta fue tan breve, dijo Licencio, que apenas es trabajo recordarla. Sobre su valor y peso a ti te toca juzgar. Pues, según opino, el acuerdo sobre el fondo de la cuestión atajó la controversia sobre las palabras.

-¿Y habéis comprendido bien, les dije yo, lo que eso significa y la fuerza que tiene?

-Paréceme, a mi entender, lo que eso significa; pero no obsta eso para que tú lo aclares más. Pues muchas veces te he oído decir que es vergonzoso discutir sobre cuestiones verbales cuando se conviene en las cosas. Pero esto es demasiado sutil para que se me exija a mí una explicación.

26. -Oíd, pues, les dije yo, de qué se trata. Llaman los académicos probable o verosímil lo que, sin asentimiento formal de nuestra parte, basta para movernos a obrar. Digo sin asentimiento, de modo que sin tomar por verdadero lo que hacemos, conscientes de nuestra ignorancia de la verdad, no obstante, obramos. Por ejemplo, si la noche pasada, tan serena y pura, alguien nos hubiera preguntado si hoy había de salir un sol tan alegre, sin duda hubiéramos respondido: No lo sabemos, pero nos parece que sí.

Pues de esta categoría son, dice el académico, todas las cosas que yo he creído conveniente llamar probables o verosímiles. Si tú les quieres poner otro nombre, no te contradiré. Me basta con saber que has entendido mi pensamiento, esto es, a qué cosas se aplica dicho nombre. Pues el sabio debe ser averiguador de la verdad, no artífice de las palabras.

¿Habéis entendido, pues, cómo se me han ido de las manos aquellos juegos con que trataba de ejercitaros? Habiendo respondido ambos que sí, como con sus semblantes me pedían una respuesta, les dije:

-¿Qué pensáis?, os repito. ¿Creéis que Cicerón, artífice de estas palabras, fue tan indigente en la lengua latina que ponía nombres poco adecuados a las cosas que tenía en su ánimo?

CAPITULO XII

Se insiste en el mismo argumento

27. Entonces dijo Trigecio:

-Pues la cosa es clara, no hemos de promover ninguna cuestión verbal. Por lo cual mira más bien cómo has de responder a este nuestro libertador, contra quien preparas de nuevo tus acometidas.

-Un momento, dijo Licencio, por favor; pues me brilla en el pensamiento no sé qué luz y por ella veo que no debiste dejarte arrebatar fácilmente tan grave argumento.

Y después de una pausa silenciosa de reflexión, añadió:

-Nada me parece más absurdo que decir que aprueba lo semejante a la verdad el que ignora a ésta; ni me hace flaquear en este punto tu comparación. Pues si a mí me preguntan si del estado atmosférico de hoy no se barrunta alguna lluvia para mañana, muy bien responderé que es verosímil, porque sostengo que puede conocerse alguna verdad. Sé que este árbol no puede hacerse de plata ahora, y otras muchas cosas digo sin presunción que las sé, a las cuales veo que son semejantes las que llamamos verosímiles.

Pero tú, ¡oh Carnéades!, o no sé qué otra peste griega, para callar de los nuestros-¿y por qué dudaré ya de pasarme al bando de quien soy prisionero por derecho de victoria? - cuando tú dices que no conoces ninguna verdad, ¿cómo puedes abrazar lo que se asemeja a ella? Cierto no pudo dársele otro nombre. ¿Cómo, pues, podemos discutir con un hombre que ni siquiera puede hablar?

28. -No temo yo, dijo Alipio, a los tránsfugas, ¿cuánto menos aquel Carnéades contra quien, movido por no sé si ligereza juvenil o pueril, has lanzado más bien maldiciones que el dardo de un argumento? Porque para confirmar su sentencia, que buscó siempre fundamentos de probabilidad, le bastaba alegar que nosotros nos hallamos lejos del descubrimiento de la verdad, de modo que tú mismo puedes hallar en ti un argumento de fuerza, pues por una cuestioncilla que te han propuesto, has cambiado de posición, sin saber dónde poner el pie.

Pero esto, como también el argumento de la certeza del árbol, mencionado poco ha, dejémoslo para otra ocasión. Y pues has cambiado de partido, conviene insistir en lo que poco antes dije.

Pues todavía no habíamos entrado en la substancia del argumento relativo a la posibilidad de hallar la verdad; pero yo creí que en el mismo umbral de mi defensa debía suscitarse la cuestión, con que te vi a ti abatido y sin fuerzas; conviene a saber: si no ha de buscarse lo verosímil o lo probable-o llámese con algún otro nombre-, con que se dan por satisfechos los académicos. Pues si tú te tienes por un perfecto poseedor de la verdad, a mí poco me importa. Si después no eres ingrato a mi patrocinio, tal vez me enseñarás estas mismas cosas a mí.

CAPITULO XIII

Conclusión

29. Aquí intervine yo, al ver a Licencio ruborosamente temeroso de la acometida de Alipio:

-Todo lo has querido decir, Alipio, salvo cómo se ha de disputar con los novicios en el uso de la palabra.

-Pues ya ha tiempo, contestó él, tanto yo como los demás sobradamente sabemos-y ahora lo pruebas con el ejercicio de tu profesión-que eres perito en el arte de la elocuencia, quisiera que nos expliques primero la conveniencia de esta inquisición suya, que o es superflua, y, por lo mismo, superfluo entretenerse con ella, o si ofrece alguna ventaja, y esto no lo puedo yo explicar, yo te ruego con instancia que no te sea gravoso el hacer oficio de maestro.

-Tú recuerdas que dije ayer que trataríamos de la cuestión de las palabras; y ahora aquel sol me avisa que lo que propuse a los muchachos como juguetes, lo recoja en la cesta, sobre todo porque lo propongo más como adorno que como objeto de venta. Y ahora, antes que las tinieblas que patrocinan a los académicos nos impidan escribir, quiero que conste con toda claridad el problema, para cuya resolución hemos de madrugar mañana.

Así, pues, responde, te ruego, a esto: a tu parecer, ¿tuvieron los académicos una doctrina cierta acerca de la verdad y no la quisieron manifestar temerariamente a los ignorantes y mal preparados, o realmente sintieron lo que se clarea en sus disputas?

30. Entonces dijo Alipio:

-Cuál fuera su pensamiento verdadero, yo no lo afirmaré a la primera. Pues, según puede colegirse de lo que escriben, tú sabes mejor en qué términos proponen su doctrina. Pero si tú me preguntas por mi convicción personal, creo que todavía no se ha descubierto la verdad.

Añado también que lo que preguntabas acerca de los académicos, conviene a saber, que la verdad no puede ser hallada, no sólo es convicción arraigada en mí, como has podido advertir siempre, sino lo prueba la autoridad de grandes y excelentes filósofos; ante ellos nos obligan a doblegar la cabeza tanto nuestra debilidad propia como su sagacidad, imposible de ser aventajada.

-Esto es lo que yo buscaba, le dije yo. Pues me temía que ambos fuésemos de la misma opinión y quedase cortada nuestra disputa, no habiendo ningún adversario que nos obligase venir a las manos, examinando la cuestión con el esmero que nos fuera posible. Tanto es así, que, de haber ocurrido eso, te hubiera rogado tomaras la defensa de los académicos, sosteniendo que no sólo disputaron, sino que estaban persuadidos de la imposibilidad de la percepción de lo verdadero.

He aquí, pues, el objeto de nuestra investigación: si, según sus argumentos, es probable que nada puede percibirse y que a ninguna cosa se debe prestar asentimiento. Si logras demostrar esto, gustosamente me daré por vencido; pero si yo logro probar que es mucho más probable que el sabio puede llegar a la verdad, y que el asentimiento no siempre se debe suspender, no tendrás tú ninguna razón para no pasarte a mi lado.

Agradó a él y a todos los presentes la propuesta, y cuando nos envolvían las sombras de la noche, volvimos a casa.

LIBRO III

De la sabiduría y bienaventuranza

CAPITULO I

Hay que buscar la verdad con ahínco

1. Cuando después de aquel discurso, contenido en el segundo libro, nos sentamos otro día en los baños-pues el cielo estaba nublado y no era agradable bajar al prado-, di comienzo a mi discurso de esta manera:

-Ya creo que os habéis dado bastante cuenta de la cuestión que quedó planteada entre nosotros para debatirse. Pero antes de venir al desarrollo de sus partes, os ruego prestéis gustosa atención a unas observaciones, relativas a nuestro asunto sobre la esperanza de la vida y los propósitos que nos animan. Creo que nuestra ocupación, no leve y superflua, sino necesaria y suprema, es buscar con todo empeño la verdad; sobre este punto convenimos Alipio y yo. Pues los demás filósofos dijeron que su sabio la había conseguido; según los académicos, el sabio debe desplegar todo su conato en buscarla, y su acción debe ordenarse a semejante fin; mas como la verdad se halla oculta o cubierta, o es confusa e indiscernible, para ordenar su vida, el sabio debe atenerse a lo que le parezca probable o verosímil.

Tal fue igualmente el resultado de la discusión de ayer. Pues el uno aseguraba que el hombre se hace feliz hallando la verdad, y el otro que con sólo buscarla diligentemente; luego está fuera de toda duda que nada se ha de anteponer a esta ocupación. Por lo cual os pregunto: ¿Qué tal os pareció la jornada que llevamos ayer? Vosotros vivisteis enfrascados en vuestros estudios.

Tú, Trigecio, te deleitaste con el poema de Virgilio, y Licencio se entretuvo componiendo versos, afición que le arrebata con tal fuerza, que por él principalmente he querido hacer este discurso, a fin de que en su ánimo la filosofía ocupe y reclame-pues ya es tiempo-asiento más principal que el arte poético y que toda otra disciplina.

CAPITULO II

La sabiduría y la fortuna

2. ¿Y no lamentáis que anteayer nos fuimos a dormir con la intención de levantarnos a discutir la cuestión propuesta, y para ninguna otra cosa, pero se interpusieron tantos quehaceres relativos a nuestra administración familiar, que, absorbidos totalmente por ellos, apenas tuvimos, al fin, a la tarde, dos horas para respirar un poco y dedicarlas a vosotros? Fundándome en esto, siempre opiné que el sabio ya no tiene necesidad de nada; mas para llegar a hacerse tal, necesita los bienes de fortuna, a no ser que opine de otro modo Alipio.

-Todavía no he averiguado bien, respondió el aludido, qué importancia das a la fortuna. Pues si para menospreciar sus bienes, crees que ella es necesaria, me declaro compañero tuyo en esta opinión. Si, al contrario, no atribuyes a la fortuna más que el suministro de los bienes para subvenir a las necesidades corporales, que no pueden tenerse a mano sin su favor, no me arrimo a tu parecer. En efecto, o bien el que no es sabio, pero aspira a la sabiduría, puede, aun a contracorriente de la fortuna, adquirir lo que necesita para su vida, o bien se ha de conceder que aun en la vida de todo sabio ella domina, pues no puede éste renunciar a las cosas necesarias para su cuerpo.

3. -Dices, pues, tú, le repliqué yo, que la fortuna es necesaria al estudioso de la sabiduría, pero no al sabio.

-No será inoportuno volver a lo dicho, respondió él. Así que ahora te pregunto: ¿Crees que la fortuna ayuda al menosprecio de la misma? Si te agrada la afirmativa, digo que el aspirante a la sabiduría tiene gran necesidad de la fortuna.

-Así lo creo, dije, pues por ella será tal que pueda despreciar la fortuna. Y esto no es un absurdo, pues también nosotros, cuando somos párvulos, necesitamos el pecho maternal; gracias a él podemos después vivir y valemos sin él.

-Para mí es manifiesto, notó Alipio, que nuestras opiniones se armonizan entre sí si reflejan nuestra manera de pensar, a no ser que a alguien le parezca bien discernir que no es el pecho maternal, o la fortuna, sino otra cosa la que nos hace despreciar a aquél y a ésta.

-No es difícil echar mano de otra comparación, advertí yo. Por ejemplo, así como sin nave u otro vehículo o instrumento adaptado a ello, para no temer al mismo Dédalo, o sin la ayuda de alguna potencia oculta, nadie puede atravesar el mar Egeo, aunque no tenga otro deseo que llegar al término, y, una vez logrado el fin, se halla dispuesto a arrojar y a desprenderse de los aparatos que le han servido para la travesía, de análogo modo, quien quisiere llegar al puerto y, digámoslo así, tierra firme y tranquilísima de la sabiduría (pues para callar otras cosas, si fuere ciego o sordo, no le es posible, lo cual depende de la fortuna), me parece necesaria la ayuda de ésta, si ha de lograr lo que quiere. Una vez conseguido este fin, aunque se vea necesitado de algunas cosas concernientes a su bienestar corporal, con todo, es evidente que ya no las necesita para ser sabio, sino para la buena convivencia social.

-Antes bien, dijo Alipio, si es sordo o ciego, con razón despreciará la consecución de la sabiduría, y aun la misma vida, para la cual se busca.

4. -No obstante eso, le repliqué yo, como nuestra vida, mientras estamos aquí, se halla regida por la fortuna, y nadie sin vivir puede hacerse sabio, ¿no se concluye de esto que necesitamos su favor para ser guiados a la sabiduría?

-Pero, respondió él, no siendo necesaria la sabiduría sino a los que viven, pues sin la vida nadie la echa en falta, no temo a la fortuna, al prolongar la vida. Pues porque vivo, deseo la sabiduría, no por desear la sabiduría quiero la vida. Si, pues, la fortuna me quita la vida, me privará del motivo de buscar la sabiduría. Para ser sabio, pues, no tengo por qué desear el favor de la fortuna o temer sus reveses, a no ser que me des otras razones.

-¿No crees, pues, le repliqué yo, que al aspirante a la sabiduría pueda impedir la fortuna misma llegar a ella, aun sin privarle de la vida?

-No creo, dijo él.

CAPITULO III

El sabio conoce la sabiduría

5. -Quiero que me digas, le dije yo, la diferencia que hay entre el filósofo y el sabio.

-Entre el sabio y el aspirante a la sabiduría no hallo sino esta diferencia: las cosas que el sabio posee como hábito, el aspirante las tiene en el ardor del deseo.

-Pero, en fin, ¿a qué cosas te refieres? Pues para mí la diferencia es: el uno conoce la sabiduría, el otro quiere conocerla.

-Si defines lo que es la ciencia con discreta conclusión, quedará la cosa bien declarada.

-Defínala como quiera, le dije, todos convienen en que de las cosas falsas no puede haber ciencia.

-En esto me pareció bien objetarte la advertencia, para que, con mi imprudente consentimiento, tú no echases a galopar sin freno por los campos de la cuestión principal.

-Ciertamente, le respondí yo, no me has dejado ningún espacio para la equitación. Pues, salvo error, hemos llegado al fin que buscaba. Porque si, como sutil y verdaderamente has dicho, ninguna diferencia separa al sabio del estudioso de la sabiduría, fuera de que éste ama y aquél posee la disciplina de la sabiduría-y por eso no dudaste en darle el nombre de hábito-, y nadie puede poseer en su ánimo la disciplina sin haberla aprendido, y nada aprende el que nada conoce, y nadie puede conocer lo falso, luego conoce el sabio la verdad, pues has reconocido que tiene en su ánimo la disciplina o el hábito de la sabiduría.

-No sé hasta dónde llegaría mi audacia, dijo él, si negase que el sabio posee el hábito de la investigación de la verdad de las cosas divinas y humanas. Pero no veo cómo puedes sostener que no hay hábito de las probabilidades que se han adquirido.

-¿Me concedes, le dije yo, que nadie sabe cosas falsas?

- Sin dificultad ninguna.

-Atrévete, pues, a decir que el sabio ignora la sabiduría, añadí yo.

-Mas ¿por qué, me dijo él, lo encierras todo dentro de estos límites, de modo que no pueda parecer al sabio que él ha comprendido la sabiduría?

-Dame la mano, le dije yo entonces. Porque si tú recuerdas, esto es lo que ayer te prometí demostrar, y ahora me alegro de que venga, no como una conclusión mía, sino como una espontánea concesión suya. Pues habiendo asegurado que la diferencia entre la posición de los académicos y la mía es que a ellos les pareció probable que no es posible la percep­ción de la verdad, y a mí, aun cuando todavía no la haya halla­do, me parece que el sabio puede hallarla, ahora tú, apremiado por mi pregunta sobre si el sabio conoce la sabiduría, has dado un parecer afirmativo.

-¿Y qué se sigue de ahí?, inquirió Alipio.

-Si, pues, le parece que conoce la sabiduría-le argüí yo-, no opinará que el sabio no puede saber nada. O atrévete a decir que no es nada la sabiduría.

6. -Creería en verdad, dijo, que hemos llegado a la conclusión; pero, de improviso, al cruzar nuestras manos, veo que estamos muy distantes uno del otro y que hemos ido muy lejos. Ayer, al parecer, entre nosotros no había otra cuestión sino que el sabio puede llegar a la comprensión de lo verdadero, según tu opinión, en contraste con la mía; y ahora me parece no haberte concedido más que esto: que puede pareceral sabio que ha logrado la sabiduría de las cosas probables, siendo cosa convenida entre ambos y fuera de toda duda que la sabiduría debe consistir en la investigación de las cosas divinas y humanas.

-Con tales evasivas, le respondí yo, complicas más las cosas; pues me parece que no discutes sino por deporte de ejercicio. Y como tú sabes muy bien que estos jóvenes no pueden todavía seguir disertaciones sutiles y levantadas, abusas, por decirlo así, de la ignorancia de los jueces, siéndote lícito hablar cuanto deseas sin reclamación de nadie. Pues poco antes dijiste, al preguntarte si el sabio conocía la sabiduría, que le parece a él que la conoce. Luego al que le parece que conoce la sabiduría, no puede parecerle que no conoce nada el sabio. Esto no puede sostenerse sino a condición de afirmar que es nada la sabiduría. De donde se sigue que ambos profesamos la misma opinión, pues a mí me parece que el sabio conoce algo, y creo que a ti también, porque sientes que le parece al sabio que conoce la sabiduría.

-Ambos creo, dijo entonces, que queremos ejercitar nuestro ingenio, y esto me sorprende, pues tú no tienes ninguna necesidad de ejercitarte en este punto. Pues para mí, tal vez por falta de luces aún, hay diferencia entre creer que se sabe y saber, y entre la sabiduría, que consiste en la investigación, y la verdad; estas dos opiniones, alternativamente expresadas por nosotros, no hallo modo de concordarlas.

Entonces, al ver que nos llamaban a comer, le dije yo:

-No me desagrada que me contradigas tanto, porque o ninguno de los dos sabemos lo que decimos, y hemos de evitar semejante torpeza, o no lo sabe uno de nosotros, y tampoco conviene dejar la cosa así. A la tarde volveremos al tema. Yo creía que estábamos al cabo de la cuestión, cuando ahora me muestras los puños.

Riéronse con esto y nos retiramos

CAPITULO IV

Sobre el mismo argumento

7. Al volver al mismo lugar hallamos a Licencio, para cuya sed no bastaba la fuente de Helicón, todo embebido en componer versos. Pues casi a mitad de la comida-aunque en ella coincidieron el principio y el fin-se levantó disimuladamente, sin beber. Yo le dije:

-Yo deseo que alguna vez poseas perfectamente el arte poética, por la que te afanas tanto; no es que me agrade demasiado esta perfección, pero veo que en adquirirla pones tanto entusiasmo, que sólo la saciedad podrá librarte de semejante pasión, lo cual suele ocurrir con facilidad cuando se ha logrado aquélla. Además, porque tienes una bonita voz, preferiría oírte declamar tus propios versos a verte cantar sin entender pasajes de las tragedias griegas, a estilo de papagayo. Sin embargo, te aconsejo que vayas a beber, si quieres, y vuelve a nuestra escuela, si conservas alguna estimación del Hortensio y de la filosofía, a la que has consagrado tus primicias más dulces en aquel vuestro discurso, pues, te inflamó de ardor para dedicarte con más ahínco al estudio de las cuestiones graves y provechosas que a la poesía. Pero, deseando aficionaros a estas disciplinas, con que se adorna el espíritu, quiero volveros a su estima; pues temo meteros en un laberinto, y ya casi me arrepiento de haber frenado tus ímpetus.

Sonrojóse el muchacho con esto, y se retiró a beber, porque tenía una gran sed, evitándome la ocasión de decirle tal vez otras muchas cosas y más duras.

8. Cuando retornó Licencio, estando todos atentos, reanudé así mi discurso:

-¿Es verdad, Alipio, que disentimos los dos en cosa que a mí me parece clarísima?

-No es nada extraño, dijo él, que sea obscuro para mí lo que tú tienes por evidente; pues muchas cosas claras pueden serlo más para otros, y digamos lo mismo de las obscuras. Pues si lo que dices es manifiesto para ti, créeme, no faltará alguien para quien lo sea más; y habrá igualmente a quien mi obscuridad sea más obscura. Pero yo no quiero pasar por obstinado a tus ojos por más tiempo; te ruego, pues, des más relieve a esa verdad evidente.

-Escucha con atención, le repliqué, dejando a un lado el cuidado de responder. Pues si ambos nos conocemos bien, con leve esfuerzo se hará patente lo que digo, y pronto del uno al otro pasará la persuasión.

-¿No dijiste al fin, o estaba yo sordo, que al sabio le parece que conoce la sabiduría?

Se mostró conforme Alipio.

-Dejemos a un lado a este sabio. ¿Tú misino eres sabio o no?

-De ningún modo.

-Con todo, quiero que me digas qué sientes del sabio académico: ¿te parece que conoce la sabiduría?

-¿Y a ti te parece, me dijo a su vez, que son lo mismo o diferente cosa creer que se sabe y saber? Pues temo que esta confusión sirva de escapatoria a uno de los dos.

9. -Eso suele llamarse, le dije, contienda toscana, cuando a una cuestión propuesta no se da una solución, sino se propone otra cuestión. Y para halagar los oídos de Licencio, diré que este artificio lo usó también nuestro poeta en sus Bucólicas, juzgándolo propio del género campesino y pastoril; cuando el uno pregunta al otro qué región del cielo no tiene más que tres codos, a su vez le responde el interrogado: Dime en qué tierra nacen las flores, llevando inscrito el nombre de los reyes.

Por eso, te ruego, Alipio, no creas que nos es permitido aun en el campo, si bien estos modestos baños nos recuerdan un poco la belleza de los gimnasios. Responde, pues, si te place, a mi cuestión: ¿A tu parecer, el sabio académico conoce la sabiduría?

-Para no ir demasiado lejos, ensartando palabras con palabras, me parece a mí que el sabio cree que conoce la sabiduría.

-¿Luego te parece a ti que no la conoce? No te pregunto qué le parece al sabio, según tu parecer, sino si te parece que el sabio conoce la sabiduría. Puedes aquí afirmar o negar simplemente.

-¡Ojalá que eso me fuera tan fácil como a ti, o a ti tan difícil como a mí! No serías tan importuno, ni fundarías tu esperanza en tales cosas. Pues cuando me preguntaste tú qué pensaba del sabio académico, respondí que, según opino, le parece que posee la sabiduría, para no afirmar temerariamente que yo lo sabía o sostener no menos temerariamente que el sabio la conoce.

-Te pido, por gran favor, que respondas a lo que yo te pregunto, no a la cuestión que te propones tú; después deja a un lado mis esperanzas, que, sin duda, no te inquietan menos que las tuyas (pues, ciertamente, si yo claudico en esta cuestión, me pasaré a tu lado al punto, y quedará terminada la disputa); finalmente, echa de ti no sé qué inquietud que veo te afecta, y presta mayor atención para que fácilmente entiendas lo que has de responder, según mi deseo.

Porque decías que no quieres afirmar ni negar (según debieras hacerlo para satisfacer a mi pregunta), para no decir a la ligera que sabes lo que no sabes: como si yo te hubiese preguntado no lo que sabes, sino lo que te parece.

Así que vuelvo a formular con mayor claridad, si es posible, mi pregunta:

-¿Te parece a ti que conoce o no el sabio la sabiduría?

-Si puede hallarse un sabio cual lo exige la razón, puedo decir de él que conoce la sabiduría.

-Luego la razón, le dije yo, te representa un tipo de sabio que no ignora la sabiduría. Perfectamente: ni convenía opinar de otro modo.

10. Ahora, pues, te pregunto si puede darse un sabio. Pues, en caso afirmativo, podrá también conocer la sabiduría, y toda la cuestión entre nosotros está resuelta. Si, al contrario, sostienes que es imposible el sabio, entonces la cuestión primera no será si sabe algo, sino si alguien puede ser sabio.

Asentado esto, habrá que retirarse de los académicos y resolver entre los dos este problema, según nuestras fuerzas, con cautela y atención. Pues les agradó a ellos o más bien les pareció que puede ser un hombre sabio, y, con todo, la ciencia no puede ser dote de los hombres. Por lo cual afirmaron que el sabio nada sabe. A ti, en cambio, te parece que el sabioconoce la sabiduría, y esto ya es saber algo. Pues también estamos de acuerdo ambos, siguiendo a todos los antiguos filósofos, y entre ellos a los académicos, que nadie puede tener ciencia de cosas falsas. No te queda, pues, otra salida sino decir que o es nada la sabiduría o que el sabio concebido por los académicos no es conforme a razón. Y omitiendo estas cuestiones, convengamos en indagar si el hombre puede alcanzar la sabiduría, tal cual la describe la razón. Porque, hablando bien, no debemos o podemos llamar con este nombre a otra clase de sabiduría.

CAPÍTULO V

Vano subterfugio de los académicos

11. -Aun cuando te conceda, dijo Alipio, lo que tanto te empeñas en arrancarme, conviene a saber, que el sabio percibe la sabiduría y que nosotros hemos hallado algo que el sabio puede percibir, con todo, no creo de ningún modo arruinada la concepción de los académicos. Porque veo que todavía les queda una considerable línea de defensa, ni se les ha quitado la razón de suspender el asentimiento, pues no pueden ellos abandonar su causa por el argumento con que tú los das por vencidos. Pues ellos dirán que tienen por tan segura la imposibilidad de la verdadera percepción y que a nada se debe asentir, de modo que aun el mismo principio de la imposibilidad del conocimiento cierto-cuya probable persuasión han mantenido hasta aquí durante su vida-les ha sido arrancado ahora con tu conclusión; de suerte que, ya entonces como ahora, la fuerza de este argumento sigue invencible, ora por la debilidad de mi ingenio, ora por la consistencia propia, y no se les podrá desalojar de su posición, pues pueden seguir afirmando que aun ahora no debe asentirse a ninguna cosa. Quizás alguna vez contra esta doctrina podrán alegar ellos u otros razones sutiles y probables, y su retrato y como cierto espejo convendrá verse en aquel Proteo, de quien se cuenta que solía ser cogido donde menos podía esperarse, y que sus seguidores no le hubieran podido nunca echar mano sino por indicación de alguna divinidad. La cual si nos socorre y se digna mostrarnos aquella verdad que nos origina tantos desvelos, también confesaré que los académicos, aun contra su propia voluntad, lo cual no creo, han sido superados.

12. -Está bien, le respondí yo; no he deseado otra cosa. Porque notad, os ruego, cuántas y cuan grandes concesiones se me han hecho. La primera es afirmar que los académicos han sido vencidos de tal modo que no les queda para su defensa sino lo que es imposible. Pues ¿quién puede entender o creer de algún modo que el que ha sido vencido, por el mismo hecho de la derrota, se gloría de vencedor? En segundo lugar, si resta algún elemento de combate contra ellos, no proviene de lo que dicen, que nada se puede saber, sino de lo que pretenden asegurar, que a ninguna cosa se debe prestar asentimiento.

Así, pues, ahora ya estamos concordes. Pues tanto a mí como a ellos les parece que el sabio conoce la sabiduría. Pero amonestan que se modere todo asentimiento. Dicen que así les parece, no que lo saben; como si yo profesase semejante ciencia. Yo también digo que me parece ser así, porque pertenezco al número de los necios, como ellos, si no poseen la sabiduría. Pero yo sostengo que debemos afirmar alguna cosa, esto es, la verdad.

Y sobre esto les interrogo si ellos están por la negativa, quiero decir, si les place que no debe asentirse a la verdad. Nunca dirán eso, si no que la verdad no puede hallarse. Luego, en cierto aspecto, me tienen aquí por compañero, pues a ninguno desagrada, y por tanto a todos agrada, mantener el asentimiento a la verdad. Pero ¿quién la demostrará?, preguntan ellos.

En este punto no discutiré con ellos: me basta con que no es probable que nada conoce el sabio, para no verse obligados a sacar una conclusión absurdísima, cual es que o no es nada la sabiduría o que el sabio está privado de ella.

CAPITULO VI

Necesidad de un divino socorro para conocer la verdad

13. Pero quién puede mostrarnos la verdad, lo has dicho tú, Alipio, cuyo disentimiento evitaré con ahínco. Porque has dicho, tan breve como religiosamente, que sólo algún divino numen puede manifestar al hombre lo que es la verdad. En este discurso nuestro, ninguna otra proposición he oído tan grata, tan grave, tan probable, y si nos asiste esa divinidad, ninguna tan verdadera. Pues aquel Proteo a quien acabas de evocar-y ¡con qué elevación de espíritu y fina intención en la mejor clase de filosofía!-, aquel Proteo, digo--y notad, jóvenes, que la filosofía no desdeña absolutamente a los poetas-, es traído como imagen de la verdad. En las ficciones poéticas, Proteo representa y sostiene el papel de la verdad, a la que nadie apresa si, engañado por falsas apariencias, deja o suelta los lazos para prenderlo. Porque son esas imágenes las que por nuestra costumbre de usar de las cosas corporales para las necesidades de nuestra vida, por ministerio de los sentidos, se esfuerzan en seducirnos e ilusionarnos, aun cuando se tiene y en cierto modo se toca la verdad con las manos.

Y ésta es la tercera concesión que se me ha hecho, y que no puedo estimar en su justo valor. Porque mi amigo familiarísimo no sólo está conforme conmigo en lo que atañe a la probabilidad de la vida humana, mas también en lo relativo a la religión, lo cual es indicio clarísimo de la verdadera amistad. Porque ésta fue definida muy bien y santamente como un acuerdo benévolo y caritativo sobre las cosas divinas y humanas.

CAPITULO VII

Una opinión de Cicerón

14. No obstante lo dicho, para que ni los argumentos de los académicos nos impidan, como con ciertas nieblas, el avance, ni yo parezca resistir orgullosamente a la autoridad de algunos sabios-y entre ellos la de Cicerón no deja de hacernos fuerza-, si os place, antes disertaré un poco contra quienes creen que aquellas discusiones van contra la verdad. Después expondré yo mi parecer acerca del motivo que tuvieron los académicos para ocultar su manera de pensar. Así, pues, Alipio, aunque veo que estás enteramente a mi lado, toma un momento la carga de su defensa y respóndeme.

-Como hoy, respondió Alipio, has avanzado con afortunado pie, según suele decirse, no me opondré a tu completo triunfo, y tomaré el partido de los académicos, tanto más seguro cuanto me lo impones, con la condición, sin embargo, de que conviertas en discurso continuo lo que te propones desarrollar en forma de preguntas-si te parece bien eso-, para que yo, como enemigo terco, hecho prisionero tuyo, no me vea acribillado con tus pequeños dardos, cosa que es muy contraria a tus sentimientos de humanidad.

15. Yo al verlos en expectativa, como entrando en un nuevo exordio, les dije:

-Os daré gusto. Y aunque después de la fatiga de mi escuela de retórica presumí tomar descanso con esta ligera armadura, desarrollando los temas de que tratamos, en forma de interrogación más bien que de discurso, con todo, porque somos tan pocos, que no tengo necesidad de esforzarme en la voz con perjuicio de mi salud, y como precisamente a causa de ella he querido que el estilete sea el auriga y moderador del discurso, para que no me deje arrastrar de la celeridad y vehemencia más de lo que me consiente el estado de mi cuerpo, oíd, si queréis, en discurso continuo lo que yo siento.

Y veamos en primer lugar lo que da a los secuaces de la Academia motivo de gloriarse demasiado. Porque hay en los libros que escribió Cicerón en defensa de su causa cierto lugar compuesto, a mi parecer, con maravillosa elegancia, y, según algunos, dotado de poderosa robustez. Difícilmente habrá alguien a quien no impresione lo que allí se dice, conviene a saber, que todas las sectas que se creen en posesión de la sabiduría, dan al sabio académico el segundo rango, porque, naturalmente, el primero se lo reclaman para sí. De lo cual concluye, muy probablemente, que con derecho, a su juicio, es el primero, por ser el segundo a juicio de todos los demás.

16. Imagínate, por ejemplo, que hay un sabio estoico, pues contra ellos se disparó principalmente la agudeza de los académicos; si se pregunta a Zenón o a Crisipo quién es sabio, responderán que el que han descrito ellos. Les llevarán la contra Epicuro y otros adversarios, porfiando en que para ellos es sabio el más refinado cazador de placeres. De aquí nace la controversia. Clama Zenón y toda la Stoa o el Pórtico grita tumultuosamente que el hombre no ha nacido sino para la virtud; que ella atrae a las almas con su propio brillo, sin proponer ninguna ventaja externa ni halago de recompensa; que el placer de Epicuro sólo es propio de las bestias, y que es cosa impía rebajar al hombre y al sabio para incorporarlo a ellas. Al contrario, Epicuro, como un Baco, reúne en su apoyo de los jardines la turbamulta de sus discípulos vinolentos, que buscan en su furor a quien dar un zarpazo con sus uñas sucias y su dañina boca, exagerando con el testimonio del vulgo el valor del deleite, la suavidad y el reposo que produce, e insistiendo acremente en que nadie sin él puede ser feliz.

Si un académico entra en esta disputa, oirá a las dos partes que le quieren atraer a sí; pero si cede a unos o a otros, aquellos a quienes abandona lo tildarán de mentecato, ignorante y cabeza ligera. Y así, después de escuchar por aquí y por allí a unos y a otros, preguntado qué le parece, dirá que duda.

Ahora preguntad a un estoico quién es mejor: si Epicuro, quien dice de él que es un loco, o el académico, el cual pide todavía tiempo para deliberar acerca de un apunto tan grave. Nadie duda de que será preferido el académico.

Ahora vuélvete a Epicuro y pregúntale a quién prefiere: si a Zenón, que le trata de bestia, o a Arquesilao, que dice: Tú tal vez tienes razón, pero ya la examinaré más despacio. ¿No es evidente que Epicuro considerará a los estoicos como locos y a los académicos por más moderados y prudentes que ellos?

Casi igualmente, Cicerón presenta a los ojos de los lectores un espectáculo amenísimo a todas las sectas, como manifestando que todos sus secuaces, después de reclamar para sí el primer puesto de honor, cosa inevitable, están de acuerdo en asignar el segundo lugar de preferencia, no al que los contradice, sino al que ven vacilante. No les contradiré en esto ni les quitaré ninguna gloria.

CAPITULO VIII

Rebátese el pasaje de Cicerón

17. Bien que crean algunos que en este lugar Cicerón no se chanceó, sino quiso mostrar y recoger algunos argumentos vacíos e hinchados, porque aborrecía la ligereza de los griegos. ¿Pues qué me impide a mí, si quiero oponer resistencia a la vanidad de los académicos, probar cuánto menos mal es ser indocto que indócil? De lo que resulta que cuando aquel académico jactancioso se ofrece como discípulo a unos y otros, sin que nadie pueda persuadirle la ciencia que creen poseer, al fin todos hacen coro para burlarse de él. Porque cada uno pensará que cualquiera de los otros adversarios nada aprendió, pero que éste es incapaz de aprender. Por lo cual después, a consecuencia de ello, será arrojado de las escuelas de todos, no con férulas, lo cual sería más vergonzoso que molesto, sino a palos y garrotazos de los mismos que llevan el manto. No será, en efecto, gran negocio contra una peste común reclamar las fuerzas hercúleas de los cínicos.

Mas si se quiere disputar con ellos, buscando tan ínfima gloria-cosa que fácilmente se me otorgará, por ser yo amante de la sabiduría, aunque no sabio-, ¿qué podrán alegar ellos para refutarme? Pues supongamos que yo con un académico entro en liza en una de aquellas escuelas de filósofos; todos se hallan presentes; exponga cada cual su doctrina brevemente conforme al tiempo que se les concede. Preguntemos a Carnéades qué piensa. Dirá que duda. Así cada cual le preferirá a los demás. Luego todos le preferirán a todos: he aquí una grande y altísima gloria. ¿Quién no quisiera imitarlo? Y si a mí me preguntan, responderé lo mismo. Igual, pues, será la alabanza. ¿Goza, pues, el sabio de una gloria que le iguala con el necio? ¿Y qué diremos si fácilmente le supera? ¿No hará nada la vergüenza? Pues a este académico, cuando abandone su tribunal, lo detendré yo, porque la necedad se complace con este género de victorias. Luego, habiéndole yo retenido, manifestaré a los jueces lo que ignoran, y les diré: «Yo, excelentísimos varones, tengo de común con éste la duda sobre quién de vosotros profesa la verdadera doctrina. Pero tenemos también nuestras opiniones particulares, y os pido que juzguéis. Pues para mí es cosa incierta, aunque he oído vuestras disertaciones, dónde está la verdad, mas es porque realmente ignoro dónde entre vosotros está el sabio. Pero éste asegura que el sabio nada sabe, ni siquiera conoce la sabiduría, de la que recibe su nombre.»

Todos ven quién se llevará la palma. Porque si esto dice mi adversario, lo aventajaré en la gloria; pero si él, avergonzado, confiesa que el sabio conoce la sabiduría, será mi opinión la que triunfe de él.

CAPITULO IX

La definición de Zenón

18. Pero retirémonos de este quisquilloso tribunal a algún lugar donde no nos molesten las multitudes, y ojalá que a la misma escuela de Platón, la cual se dice que recibió su nombre por haberse retirado del pueblo.

Y allí disputemos según nuestras fuerzas no de la gloria, que es cosa leve y pueril, sino de la misma vida y de la esperanza que tenemos de ser dichosos.

Niegan los académicos que pueda saberse algo. ¿Qué apoyo tenéis para decir eso, oh hombres estudiosísimos y doctísimos? «Nuestro apoyo es, dicen, la definición de Zenón». Mas ¿por qué? Decidme. Pues si es verdadera, alguna verdad admite quien la admite; si es falsa, no debió haceros mella a vosotros, que os preciáis de vuestra constancia. Pero veamos lo que dice Zenón: sólo puede percibirse y comprenderse un objeto que no ofrece caracteres comunes con lo falso.

¿Esto te movió, ¡oh discípulo de Platón!, para que con todo empeño retrajeras a los amigos de saber de toda esperanza de ciencia, para que, dominados por una lamentable pereza espiritual, abandonasen toda investigación filosófica?

19. Pero ¿cómo no había de turbarle que no pueda hallarse un objeto de tal condición, si, por otra parte, no puede conocerse sino lo que es tal? De ser así, mejor sería decir que el hombre no puede alcanzar la sabiduría que sostener que el sabio no sabe por qué vive, cómo vive, ni si vive, y, finalmente-y esto supera toda perversidad e insensatez-, que a la par es sabio y que ignora la sabiduría. Porque ¿qué es más chocante, decir que el hombre no puede ser sabio, o que el sabio no posee la sabiduría? Toda disputa queda cortada, si no se plantea la cuestión en estos términos para juzgarla. Mas si tal vez se hablase tan claramente, se retraerían los hombres totalmente de filosofar; y hay que inducirlos a ello con el dulcísimo y santo nombre de la sabiduría, para que cuando, quebrantados por el trabajo y la edad, nada hayan aprendido, te colmen de execración a ti, a quien te han seguido, renunciando a los placeres del cuerpo y abrazando los tormentos del espíritu.

20. Pero examinemos quién los aparta más bien de la filosofía: si el que dijo: «Escucha, amigo mío: la filosofía no es la misma sabiduría, sino el estudio de ella, al que si te aplicas, nunca llegarás a ser sabio mientras vivas (y así la sabiduría reside en Dios y no puede ser patrimonio del hombre), mas luego que con tal ejercicio te hayas adiestrado y purificado bastante, tu alma disfrutará fácilmente de la verdad, después de la vida presente, esto es, cuando hayas dejado de ser hombre», o tal vez el que dijo: «Venid, mortales, consagraos a la filosofía, porque en ella hay gran provecho. Pues ¿qué cosa más amable que la sabiduría para el hombre? Venid, pues, para que seáis sabios y no conozcáis la sabiduría.»

No sería yo quien hablase así, dice él (el académico). Eso es engañar, pues otra cosa no hallarán en ti.

Así, pues, si hablases de ese modo, huirían de ti como de un demente; si por otros medios los contagias con tu persuasión, los volverás locos. Pero admitamos que ambas doctrinas apartan igualmente a los hombres de la filosofía. Mas si la definición de Zenón obligaba a enunciar algo pernicioso para la causa de la sabiduría, ¡oh amigo!, ¿había necesidad de decir al hombre lo que era motivo de dolor o más bien lo que era para ti motivo de escarnio?

21. Pero discutamos la definición de Zenón según nos permite nuestra ignorancia. Sólo puede comprenderse un objeto que de tal modo resplandece de evidencia a los ojos, que no puede aparecer como falso.

Evidente cosa es que fuera de esto nada puede percibirse.

-Lo mismo pienso yo, dice Arquesilao, y por esto, enseño que nada puede percibirse, pues nada puede hallarse que reúna tales condiciones.

-Tal vez no lo halles tú y otros necios; pero el sabio, ¿por qué no ha de poder hallarlo? Aunque al mismo necio creo que nada puede responderse si te pide que con tu reconocida agudeza refutes dicha definición de Zenón, mostrándole que también puede ser falsa; y si no puedes lograr ese intento, ya tienes en ella una proposición cierta; pero, si la refutares, quedas libre del obstáculo de conocer la verdad. Luego no sé cómo pueda refutarse y la juzgo muy verdadera dicha definición. Así, pues, si la conozco, aunque necio, alguna verdad conozco. Pero imagínate que ella cede a tus argucias. Me valdré entonces de un dilema segurísimo. Porque dicha definición o es verdadera o falsa: si es verdadera, mantengo mi posición; si falsa, luego puede percibirse algo, aun cuando ofrezca caracteres comunes con lo falso.

-¿Cómo puede ser eso?, pregunta él.

-Luego muy acertado anduvo Zenón en su definición, ni se engañó alguien al darle asentimiento. ¿Tal vez condenaremos como poco recomendable y neta una definición, la cual, contra los que habían de formular muchas objeciones contra la percepción, se presenta en sí misma dotada de aquellas cualidades que requería como propias de un objeto perceptible? Luego ella es a la par una definición y un ejemplo de cosas comprensibles.

-Yo no sé, dice Arquesilao, si ella es verdadera; mas por ser probable, aceptándola, demuestro que nada existe semejante a lo que ella exige como comprensible.

-Tú la utilizas para todo menos para ella, y ves la consecuencia, según creo. Pues aun estando inciertos de ella, no nos desampara por eso la ciencia, porque sabemos que es verdadera o falsa. Luego sabemos algo. Aunque nunca logrará hacerme un ingrato, juzgo dicha definición como absolutamente verdadera. Pues o pueden percibirse las cosas falsas, hipótesis a que tienen pavor los académicos, y realmente es absurda, o tampoco pueden percibirse las cosas semejantes a lo falso; luego aquella definición es verdadera. Mas pasemos a lo demás.

CAPITULO X

Contra una objeción de los académicos

22. Aunque estas observaciones, si no me engaño, bastan para la victoria, pero tal vez no para la perfección de la misma. Dos afirmaciones hacen los académicos contra las cuales nos hemos propuesto luchar aquí: Nada puede percibirse; A ninguna cosa se debe prestar asenso. Sobre el asentimiento volveremos pronto; digamos ahora algo sobre la percepción.

¿Decís que absolutamente nada puede percibirse? Aquí anduvo despierto Carnéades (pues nadie entre ellos se sumió en menos profundo sueño que él) y fue más circunspecto ente la evidencia de las cosas. Así, pues, hablando consigo mismo, como ocurre, se dijo: ¿Luego, Carnéades, vas a decir que no sabes si eres hombre u hormiga? ¿O triunfará de ti Crisipo? Digamos que nosotros no sabemos lo que indagan los filósofos; lo demás no nos atañe, de modo que, si titubeare en la luz cotidiana y usual, apelaré a aquellas tinieblas de los ignorantes, donde sólo ven ciertos divinos ojos; los cuales, aun cuando me vieren vacilar y caer, no me pueden entregar a la irrisión de los ciegos y sobre todo a los arrogantes, que no se avergüenzan de ser enseñados.

Tú avanzas en verdad, ¡oh astucia griega!, elegantemente ceñida y bien dispuesta; pero no reparas en que aquella definición es obra de un filósofo, fijada y apoyada en el mismo vestíbulo de la filosofía; si quieres quitarle esa espada de doble filo, rasgará tu propia carne; porque, destruida ella, no sólo puede percibirse algo, sino también puede percibirse lo que es parecidísimo a lo falso, si no te atreves a deshacerte de ella enteramente.

Es tu escondrijo, de donde sales e irrumpes con fuerza sobre los incautos que quieren pasar; mas no faltará un Hércules que te sofocará en tu caverna como al semihombre Caco, aplastándole con sus piedras, enseñando que hay algo en filosofía que no puedes reducir a incertidumbre, por ser semejante a lo falso.

Verdad es que apresuraba el paso para llegar a otras cosas; mas el que viene aquí con urgencias, Carnéades, te injuria, tomándote por un muerto, que dondequiera y de cualquier manera puede ser vencido por mí. Y si no lo considera tal, no tiene compasión, pues me obliga a mí de improviso a abandonar mis fortalezas y a luchar contigo en campo raso. Y apenas comencé a descender allí, víctima del terror de tu nombre, eché atrás el pie, y desde la altura te arrojé no sé qué dardo; vean los que presencian nuestro combate si llegó hasta ti y los efectos que produjo. Mas, ¿a qué semejantes temores e inepcias? Si bien recuerdo, muerto estás, ni Alipio tiene derecho a combatir por tu cadáver. Dios me socorrerá seguramente contra tu sombra.

23. Aseguras que nada puede saberse de cierto en filosofía, y para propagar tu razonamiento a lo largo y a lo ancho apelas a las reyertas y disensiones de las escuelas, creyendo que son las mejores armas contra los filósofos.

¿Cómo vamos a juzgar de la disidencia entre Demócrito y los antiguos físicos sobre la unidad o pluralidad incontable del mundo, cuando entre él y su heredero Epicuro no pudo mantenerse la concordia? Pues aquél, partidario de la vida muelle, cuando a los átomos, que son como sus esclavas, esto es, a los corpúsculos que él tan satisfactoriamente se imagina en los pliegues recónditos de las cosas, les permite cambiar de dirección y desviarse espontáneamente de aquí para allá en otras direcciones, disipó todo el patrimonio con esta escisión.

Mas nada de esto me interesa a mí. Pues si corresponde a la sabiduría el saber algo de estas cosas, no puede faltar al sabio dicha ciencia. Y si otra cosa es la sabiduría, el sabio la conoce, y menosprecia tales bagatelas.

Con lodo, yo, que estoy lejos aún de la proximidad del sabio, en estas cosas de la naturaleza alguna ciencia de cuestiones físicas poseo. Pues por cierta cosa tengo que el mundo es uno o no es, y que si hay muchos mundos son de número finito o infinito. Venga a decirme Carnéades que esta opinión tiene todos los visos de falsa.

Igualmente sé que este nuestro mundo está dispuesto así o por la naturaleza de los cuerpos o por alguna providencia, y que o siempre existió y ha de existir o que habiendo comenzado, no acabará nunca; o que no tuvo principio temporal, pero que tendrá fin; o que comenzó a subsistir y su permanencia no será perpetua. Yo poseo una suma innumerable de esta clase de conocimientos relativos al mundo. Porque son verdaderas estas proposiciones disyuntivas y nadie las puede confundir con lo falso, so pretexto de alguna semejanza con él.

-Pero toma aisladamente una de ellas, dice el académico.

-No me place; porque eso es decir: deja lo que sabes y afirma lo que ignoras.

-Luego tu opinión se halla en suspenso.

-Más vale que esté suspensa que derribada en tierra; porque ella es clara y puede llamarse o verdadera o falsa. Y ésta digo que sé. Tú, que no niegas que ellas pertenezcan a la filosofía, pruébame que no las sé: di que estas proposiciones disyuntivas, o que son falsas o que tienen algo común con la falsedad, que las hace enteramente indiscernibles.

CAPITULO XI

L a certeza del mundo y de las verdades matemáticas

24. -¿Cómo sabes, objeta el académico, que existe este mundo, si los sentidos engañan?

-Nunca vuestros razonamientos han podido debilitar el testimonio de los sentidos, hasta convencernos que nada nos aparece a nosotros, ni vosotros os habéis atrevido a tanto; pero habéis puesto grande ahínco en persuadirnos de la diferencia entre ser y parecer.

Yo, pues, llamo mundo a todo esto, sea lo que fuere, que nos contiene y sustenta; a todo eso, digo, que aparece a mis ojos y es advertido por mí con su tierra y su cielo, o lo que parece tierra y cielo. Si tú dices que nada se me aparece, entonces nunca podré errar, pues yerra el que a la ligera aprueba lo aparente. Porque sostenéis que lo falso puede parecer verdadero a los sentidos, pero no negáis el hecho mismo del aparecer. Y absolutamente desaparece todo motivo de discusión donde a vosotros os gusta triunfar, si no sólo nada sabemos, sino que también se suprime toda apariencia. Pero si tú niegas lo que a mí me parece sea el mundo, es una cuestión de nombres, pues ya te he dicho que a eso que se me aparece a mí doy el nombre de mundo.

25. Pero dirás: Luego, cuando duermes, ¿también existe ese mundo que ves? Ya lo he dicho: llamo mundo a lo que se me ofrece al espíritu, sea lo que fuere. Pues si os place llamar mundo sólo a lo que ven los despiertos y los sanos, afirma, si te atreves, que los que duermen y los alucinados no se alucinan ni duermen en el mundo. Así, pues, insisto en decir que toda esa masa de cuerpos, toda esta máquina donde estamos, lo mismo en el sueño y en la alucinación que en la vigilia y la salud, o es una o no es una. Explica cómo puede ser falsa esta proposición. Pues si duermo, puede ser que no haya dicho nada; o si al estar dormido se me han escapado de la boca algunas palabras, según suele acontecer, posible que no las haya dicho aquí, sentado como estoy, ni delante de estos oyentes; pero que sea falso lo que digo, es imposible. Pues no digo que tenga estas percepciones, por estar despierto, ya que me podrías objetar que también estando durmiendo me pudo parecer lo mismo, y, por tanto, que puede tener grandes apariencias con lo falso. Pero si hay un mundo más seis mundos, es evidente que hay siete mundos, sea cual fuere la afección de mi ánimo, y afirmo con razón que eso lo sé.

Demuéstrame, pues, que esta conexión o las disyuntivas precedentes pueden ser falsas en el sueño, la locura o la ilusión de los sentidos, y entonces, si al despertar las conservare en la memoria, me daré por vencido. Cosa evidente me parece que pertenecen al dominio de los sentidos corporales las percepciones, producidas en el sueño y la demencia; pero que tres por tres son nueve y cuadrado de números inteligibles, es necesariamente verdadero, aun cuando ronque todo el género humano. Aunque veo también que en favor de los sentidos se pueden decir muchas cosas, no censuradas por los mismos académicos. Tengo para mí que no debe acusarse a los sentidos ni de las imaginaciones falsas que padecen los dementes ni de las ficciones que se forjan en sueños.

Pues si a los despiertos y sanos les informan bien de las cosas, no se les pueden poner en cuenta a ellos lo que forje el ánimo en el sueño o la locura.

26. Queda por averiguar si el testimonio que dan es verdadero. Suponte que dice un epicúreo: Yo no tengo ninguna querella contra los sentidos, pues no es razonable exigir de ellos más de lo que pueden.

Y lo que pueden ver los ojos, cuando ven, es lo verdadero.

-¿Luego testifican la verdad cuando ven el remo quebrado en el agua?

-Ciertamente; pues habiendo una causa para que el remo aparezca tal como se ve allí, si apareciera recto, entonces si se podría acusar a los ojos de dar un informe falso, por no haber visto lo que, habiendo tales causas, debieron ver. ¿Y a qué multiplicar los ejemplos? Extiéndase lo dicho a lo del movimiento de las torres, de las alas de las aves y otras cosas innumerables. Pero dirá alguno: No obstante eso, yo me engaño si doy mi asentimiento. Pues no lleves tu asentimiento más allá de lo que dicta tu persuasión, según la cual así te parece una cosa, y no hay engaño. Pues no hallo cómo un académico puede refutar al que dice: Sé que esto me parece blanco; sé que esto deleita mis oídos; sé que este olor me agrada; sé que esto me sabe dulce; sé que esto es frío para mí.

- Pero di más bien si en sí mismas son amargas las hojas del olivo silvestre, que tanto apetece el macho cabrío.

-¡Oh hombre inmoderado! ¿No es más modesta esa cabra? Yo no sé cómo sabrán esas hojas al animal; para mí son amargas; ¿a qué más averiguaciones?

-Mas tal vez no falte hombre a quien tampoco le sean amargas.

-Pero ¿pretendes agobiarme a preguntas? ¿Acaso dije yo que son amargas para todos? Dije que lo eran para mí, y esto siempre lo afirmo.

¿Y si una misma cosa, unas veces por una causa, otras veces por otra, ora me sabe dulce, ora amarga?

Yo esto es lo que digo: que un hombre, cuando saborea una cosa, puede certificar con rectitud que sabe por el testimonio de su paladar que es suave o al contrario, ni hay sofisma griego que pueda privarle de esta ciencia.

Pues ¿quién hay tan temerario que, al tomar yo una golosina muy dulce, me diga: «Tal vez tú no saboreas nada; eso es cosa de sueño»? ¿Acaso me opongo a él? Con todo, aquello aun en sueños me produciría deleite. Luego ninguna imagen falsa puede confundir mi certeza sobre este hecho.

Y tal vez los epicúreos y cirenaicos darían en favor de los sentidos otras muchas razones, que no me consta hayan sido rebatidas por los académicos. Pero esto a mí, ¿qué me interesa? Cuenten con mi favor si quieren y pueden rebatirlos. Pues todo lo que disputan ellos contra los sentidos no vale igualmente para todos los filósofos. Pues hay quienes estiman que todas las impresiones que el alma recibe por medio de los sentidos corporales pueden engendrar opinión, pero no ciencia, la cual se contiene en el entendimiento y vive en la mente, en región lejana de los sentidos. Y tal vez en el número de ellos se encuentra el sabio en cuya busca vamos. Pero quede este tema para otra ocasión; ahora vengamos a los otros puntos, que, a la luz de lo explicado, fácilmente se aclararán, si no me engaño.

CAPITULO XII

La certeza moral y los sentidos

27. Al filósofo moral, ¿qué le ayudan o le estorban los sentidos? Pues si a los mismos que han puesto el bien supremo del hombre en el placer, ni el cuello de las palomas, o la voz incierta, o el peso grave para el hombre y al mismo tiempo ligero para los camellos, y otras mil cosas por el estilo, les impiden profesar la certidumbre del deleite en lo que les agrada o la de la molestia en lo que les desagrada-y en este punto no creo que puedan ser refutados-, ¿le impresionarán semejantes argumentos al que abraza con la mente el soberano bien? ¿A quién escoges tú entre ellos? Si me pides a mí el parecer, creo que en la mente reside el sumo bien del hombre. Pero ahora nuestra indagación versa sobre la ciencia. Pregunta, pues, al sabio, que no puede desconocer la sabiduría; pero, entre tanto, a mí, torpe e ignorante de ingenio, me es lícito saber que el soberano bien del hombre, en que consiste la vida dichosa, o no existe, o se halla en el alma, o en el cuerpo, o en ambos. Convénceme, si te es posible, de que no sé esto; vuestras razones vulgares se estrellan aquí. Y si no puedes lograr esto, por no haber cosas semejantes falsas, ¿dudaré yo que es muy razonable que el filósofo conozca cuanto hay de verdadero en la filosofía, cuando yo mismo conozco tantas verdades?

28. Pero tal vez a él le asalte el temor de escoger el sumo bien estando dormido. Mas no hay peligro ninguno: al despertarse, rechazará lo que le desplace, abrazará lo que le agrade. Pues ¿quién vituperará con razón al que vio en sueños una cosa falsa? ¿O temerá tal vez perder la sabiduría, durante el sueño, tomando lo falso por verdadero? Pero eso ni un durmiente podrá soñar, dándole el nombre de sabio cuando está despierto y negándoselo cuando está dormido. Lo mismo puede repetirse de la locura; pero nos urge pasar a otras consideraciones. Con todo, formulo aquí una conclusión certísima: Pues o se pierde la sabiduría con la demencia, y entonces no será sabio el que decís que ignora la verdad, o su ciencia permanece en el entendimiento, aun cuando otra porción del alma revuelva en su imaginación durante el sueño figuras que le entraron por los sentidos.

CAPITULO XIII

Las certezas de la dialéctica

29. Falta la dialéctica, que ciertamente conoce bien el sabio, y nadie puede saber lo falso. Y si no la conoce, su conocimiento no pertenece a la sabiduría, pues sin ella llegó a ser sabio, y es inútil preguntar si es verdadera y puede ser objeto de una percepción cierta.

Tal vez aquí me dirá alguien: Tienes tú costumbre, ¡oh ignorante!, de mostrar lo que sabes; de la dialéctica, ¿no has podido saber nada? Pues yo sé de ella muchas más cosas que de las otras partes de la filosofía. En primer lugar, la dialéctica me enseñó que eran verdades las proposiciones arriba mencionadas. Además, ella me ha enseñado otras muchas verdades. Contadlas, si podéis. Si hay cuatro elementos en el mundo, no hay cinco. Si el sol es único, no hay dos. Una misma alma no puede morir y ser inmortal. No puede ser el hombre al mismo tiempo feliz e infeliz. No es a la vez día y noche. Ahora estamos despiertos o dormidos. Lo que me parece ver, o es cuerpo o no lo es.

Estas y otras muchas proposiciones, que sería larguísimo enumerar, por la dialéctica aprendí que eran verdaderas, en sí mismas verdaderas, sea cual fuere el estado de nuestros sentidos. Ella me enseñó que si en las proposiciones enlazadas que acabo de formular se toma la parte antecedente, arrastra consigo la que la lleva aneja; y las que he enunciado en forma de oposición o disyunción son de tal naturaleza, que, si se niega una de ellas o más, queda algo afirmado en virtud de la misma exclusión de las restantes.

La dialéctica igualmente me enseñó que, cuando hay armonía sobre las cosas de que se disputa, no debe porfiarse acerca de las palabras, y el que lo haga, si es por ignorancia, debe ser enseñado, y si por terquedad, debe ser abandonado; si no puede ser instruido, amonéstesele a que se dedique a alguna cosa de provecho, en vez de perder el tiempo y la obra en cuestiones superfluas; y si se resiste, dejadlo.

Para los discursos capciosos y sofísticos hay un precepto breve: si se introducen por un mal raciocinio que se haya hecho, debe volverse al examen de todo lo concedido; pero si la verdad y la falsedad se chocan en una misma conclusión, tómese lo que se puede comprender; déjese lo que no puede explicarse. Y si la razón de ser de alguna cosa está enteramente oculta para los hombres, debe renunciarse a su conocimiento. Todas estas y otras muchas cosas, que no es necesario mencionar, son objeto de la enseñanza de la dialéctica. Pues yo no debo ser ingrato para con ella. Pero aquel sabio o desdeña estas cosas o, si tal vez la dialéctica es la misma ciencia de la verdad, la conoce bastante para menospreciar y acabar sin piedad con el burdísimo sofisma: Si es verdadero, es falso; si es falso, es verdadero.

Y baste con lo dicho acerca de la percepción, pues al tratar del asentimiento volveré de nuevo a este punto.

CAPITULO XIV

El sabio y el asentimiento a la sabiduría

30. Vengamos, pues, ahora a la parte en que parece titubear todavía Alipio. Y veamos primero lo que tan agudamente influye en ti y te inspira tantas cautelas. Pues si la opinión de los académicos, sostenida, como dijiste, con tantos y tan firmes apoyos, según la cual el sabio nada sabe, queda demolida con el razonamiento que tú has descubierto, con el cual nos fuerzas a confesar que es mucho más probable que el sabio conoce la sabiduría, habrá que suspender más aún todo asentimiento. Porque eso demuestra que ni con los razonamientos más sutiles y copiosos puede mantenerse nada que resista a los ataques no menos fuertes o más fuertes de la parte contraria, si no falta ingenio en ella. De donde resulta que, cuando es vencido un académico, sale entonces vencedor. Y ¡ojalá sea vencido! Pero ni todos los artificios del ingenio griego lograrán que se retire de mí a la vez vencido y vencedor. Ciertamente, si no hay cosa que pueda alegarse contra estos razonamientos, libremente me daré por vencido. Mas no pretendemos aquí buscar la gloria, sino hallar la verdad. Para mí basta superar de algún modo este obstáculo que se opone a los que entran en la filosofía y, sembrándola de no sé qué antros tenebrosos, amenaza obscurecer todo el saber, sofocando la esperanza de hallar la luz de la verdad. Pero mi intento está ya logrado, si es probable que el sabio ya conoce alguna cosa. Pues la única razón verosímil para decir que debía suspender todo asentimiento era que probablemente nada puede comprenderse. Arrumbada esta dificultad, pues el sabio, según se concede, conoce a lo menos la misma sabiduría, ya no subsiste ninguna razón para no asentir a lo menos a la sabiduría. Porque es, sin duda, más absurdo para el sabio no aprobar la sabiduría que el desconocerla.

31. Figurémonos, pues, ante los ojos un poco, si podemos en espectáculo, cierta contienda entre el sabio y la sabiduría. ¿Qué dirá la sabiduría sino que ella es la sabiduría? El sabio, al contrario, dirá: No lo creo. ¿Quién dice a la sabiduría: No creo en la sabiduría? ¿Quién sino aquel con quien ella pudo hablar, dignándose habitar en él, esto es, el sabio?

Id ahora y buscadme a mí, para que pelee contra los académicos: tenéis un nuevo género de combate; el sabio y la sabiduría guerrean entre sí. El sabio no quiere asentir a la sabiduría. Yo espero con vosotros tranquilamente el resultado, pues ¿quién no cree en la fuerza invicta de la sabiduría?

Sin embargo, defendámonos nosotros con algún dilema. En este certamen, o el académico vencerá a la sabiduría, y será vencido por mí, porque no será sabio, o podrá con él la sabiduría, y afirmaremos que el sabio posee la sabiduría. Luego o el académico no es sabio o necesariamente debe rendir su asentimiento a alguna cosa, a no ser que quien se avergonzó de decir que el sabio ignora la sabiduría, no se avergüence de sostener que el sabio no asiente a la sabiduría. Mas si es probable que al sabio pertenece la percepción de la sabiduría y ninguna razón hay para que niegue el asentimiento a lo que puede percibirse, concluyo que es probable lo que quería demostrar, conviene a saber, que el sabio ha de prestar su asentimiento a la sabiduría.

Si me preguntas dónde halla el sabio la sabiduría, te responderé que en sí mismo. Si insistes en decir que él mismo ignora lo que posee, vuelves al absurdo de antes: que el sabio ignora la sabiduría. Si pones en duda la existencia del sabio, entonces tendré que discutir en otra disertación, no ya contra los académicos, sino contra ti, quienquiera que sientas esto. Pues ellos, cuando se enredan en estas cuestiones, tienen la mira puesta en el sabio. Clama Cicerón que él es un gran probabilista, pero que su investigación versa sobre el sabio. Si no lo sabéis aún vosotros, ¡oh jóvenes!, lo habéis leído seguramente en el Hortensio: «Si nada hay de cierto, ni es propio del sabio el opinar, nada aprobará nunca el sabio».

Es, pues, cosa manifiesta que del sabio tratan los académicos en sus disputas, contra las cuales dirigimos nosotros nuestros esfuerzos.

32. Luego tengo para mí que para el sabio es cierta la sabiduría, esto es, que el sabio tiene percepción de la sabiduría, y por lo mismo no opina, cuando asiente a ella; pues asiente a una cosa que, si no conociera ciertamente, no mereciera el nombre de sabio. Y ellos niegan que deba rehusar el asentimiento, a no ser a cosas que no puedan percibirse. Es así que la sabiduría no es nada. Luego cuando se conoce la sabiduría y se da asentimiento a ella, no puede decirse que no se conoce nada o que presta su asenso a nada. ¿Qué más queréis? ¿O diremos algo de aquel error que se evita completamente, según ellos, cuando el ánimo suspende la inclinación del asentimiento a todo? Yerra, dicen ellos, no sólo el que aprueba una cosa falsa, sino también una dudosa, aunque después resulta verdadera. Mas no hay cosa que no sea dudosa. Pero el sabio, como decimos nosotros, ha hallado la sabiduría.

CAPITULO XV

Peligros del probabii.ismo o el apólogo del bivio

33. Mas tal vez estaréis deseando que abandone ya este terreno. No es fácil renunciar a puntos de vista tan seguros, pues tratamos con hombres en extremo astutos; con todo, os daré gusto. Pero aquí, ¿qué os diré? ¿De qué argumentos echaré yo mano? ¿Qué puedo aportar de nuevo? Necesario es volver al antiguo argumento, contra el cual también ellos ponen sus objeciones.

¿Qué haré con quien echáis fuera de vuestro campamento? ¿Pediré el socorro de los más doctos, con los cuales, si no logro la victoria, me afectará menos la afrenta de la derrota? Yo lanzaré, pues, con todas mis fuerzas el dardo, negro de humo y de moho, pero eficacísimo, si no me engaño: el que nada aprueba, nada hace. ¡Oh hombre cándido! ¿Y dónde está lo probable, dónde lo inverosímil? Esto es lo que vosotros queríais. ¿No oís cómo resuenan los escudos griegos? Se ha recibido el golpe más vigoroso sin duda; pero ¿con qué mano hemos arrojado el dardo? Los hombres que viven conmigo, nada me aconsejan más eficaz; pero veo que ninguna herida hemos causado. Me volveré, pues, a los argumentos que me tales argumentos, que me suministra el campo el campo y la hacienda; pretender cosas mayores es más bien una carga que una ayuda para mí.

34. En el ocio del campo, he indagado largo tiempo cómo lo probable o lo verosímil puede garantizar nuestras acciones del error, y al principio me pareció, como cuando acostumbraba a vender estas cosas, un refugio admirablemente cubierto y defendido. Pero después, al someterlo todo a más riguroso examen, me pareció haber visto una entrada o acceso al error para los que se hallaban seguros. Pues no sólo creo que yerra el que sigue un falso camino, mas también quien no sigue el verdadero.

Supongamos a dos viajeros que van a un lugar, el uno de los cuales se ha propuesto no creer a nadie, y el otro es demasiado crédulo. Llegan a un cruce. Y el hombre crédulo pregunta a un pastor que halló o a un campesino cualquiera: «Te saludo, buen hombre; dime, por favor: ¿cuál es el camino que lleva a tal lugar?» «Si vas por aquí, no errarás», le responde el preguntado.

Nuestro hombre anima al compañero: «Dice la verdad, vamos por aquí». Mas el otro, muy precavido, se ríe, y con chanzas se burla de él por haber dado tan pronto asentimiento: y mientras el crédulo emprende la marcha, él se queda plantado en el cruce. Pero al fin le pareció una torpeza estar detenido, cuando he aquí que de otro lado del camino llegó, descollando en su caballo, un apuesto y distinguido señor, que se acercó a él. Se congratula de su llegada y, después de saludarlo, le indica su deseo, y le pregunta cuál es el camino; le descubre igualmente la causa de su detenimiento, para ganar su benevolencia, prefiriéndolo a un pastor. Pero resulta que este hombre era uno de esos embaucadores que vulgarmente llaman «samardacos».

Y sin ningún interés aquel hombre perverso hizo lo que de costumbre: «Vete por aquí; yo vengo precisamente de allí». Con estas palabras lo engañó y se marchó.

¿Cuándo se engañaría este hombre? Porque esta indicación no la tomó como verdadera, dice él, sino porque es probable. Y pues no es ni decoroso ni útil estar aquí ocioso, tomaré el camino indicado.

Mientras tanto, el que erró por dar fácilmente su asentimiento, tomando por verdaderas las palabras del pastor, ya estaba descansando en el lugar de su destino; éste, en cambio, que no yerra, porque sigue sólo lo que es probable, anda vagando por no sé qué bosques, sin topar persona que conozca el lugar adonde se había propuesto ir.

Cuando pensaba esto, os diré con franqueza, no pude contenerme la risa, al ver que no sé cómo por las palabras de los académicos yerra el que sigue el camino verdadero aun casualmente; en cambio, no parece errar quien, siguiendo la probabilidad, se extravió por montes sin caminos, sin hallar el lugar que buscaba. Si se debe condenar todo asentimiento temerario, digamos más fácilmente que los dos se engañan, antes de sostener que no se engaña el último.

Después, estudiando más atentamente la doctrina de los académicos, comencé a considerar los hechos y las costumbres de los hombres. Y me vinieron contra ellos tantos y tan capitales argumentos, que ya no me provocaban a risa, sino más bien a disgusto y llanto, al ver que hombres doctísimos y agudísimos se veían arrastrados a opiniones tan criminales y malvadas.

CAPITULO XVI

Consecuencias inmorales del probabilismo

35. Seguramente, no todo el que yerra peca; mas todo el que peca se dice que yerra o algo peor. Supongamos que un adolescente oye a los académicos decir: «Es cosa vergonzosa errar, y por eso a ninguna cosa debemos prestar asentimiento; pero, con todo, cuando uno obra según el dictamen probable de su conciencia, no peca ni yerra; procure sólo no aprobar como verdadero lo que se le ofrece al ánimo o a los sentidos.»

Oyendo esto un adolescente, preparará las asechanzas a la pudicicia de la mujer ajena. Contigo, contigo va esto, Marco Tulio; tratamos de la vida y costumbres de los jóvenes, a cuya formación y educación se enderezaron todos tus libros. ¿Qué responderás a lo dicho, sino que a ti te parece improbable que el joven haga esto? Mas para él sí es probable. Pues si nosotros hemos de vivir de probabilidad ajena, tú no debías haber administrado la república, porque a Epicuro le pareció que no se debía hacer tal cosa. Seducirá, pues, aquel joven a la esposa ajena; si fuere sorprendido, ¿dónde te hallará a ti para que le defiendas? Y aun si te hallare, ¿qué le dirás? Lo negarás seguramente. ¿Y si el hecho fuere tan patente que no ha lugar a duda? Te empeñarás en persuadir, como en el gimnasio de Cumas y de Nápoles, que es inocente, que no se engañó siquiera. Porque no se convenció como de cosa cierta del deber de cometer el adulterio; se le antojó cosa probable, la siguió, la realizó, o tal vez no la realizó, pero le pareció que sí a él. Y el marido, hombre simple, todo lo alborota y perturba con su proceso y sus reclamaciones sobre la castidad de su mujer, con la que tal vez ahora yace, sin saberlo.

Si aquellos jueces ven claramente el delito, o despreciarán a los académicos y lo castigarán como verdaderísimo crimen, o bien, obedeciendo a ellos, con toda probabilidad y verosimilitud condenarán al hombre, de modo que el abogado no sepa a qué atenerse. No tendrá sobre quién descargar su invectiva, pues todos dicen que no han errado en nada, y, sin ningún asentimiento, han obrado conforme a la probabilidad. Dejará, pues, su papel de abogado y desempeñará el de filósofo consolador; y así persuadirá fácilmente al joven que ha hecho tantos progresos en la doctrina académica, que se considere como condenado en sueño.

Vosotros creeréis que estoy chanceándome: os puedo jurar por todo lo divino que no sé absolutamente cómo pecó éste, si todo el que obra según la probabilidad no peca. A no ser que digan que una cosa es pecar y otra errar, y que ellos con sus preceptos se esforzaron por evitar nuestros errores, ya que el pecado, según ellos, no es cosa grave.

36. No digo nada de los homicidios, parricidios, sacrilegios y de cuantos crímenes pueden cometerse o pensarse, y que con breves palabras suelen justificarse-y esto es lo más grave-por jueces sapientísimos: No he consentido, luego no he errado. ¿Y cómo no iba a hacer lo que me pareció probable? Quienes crean que tales cosas no pueden persuadirse probablemente, lean el discurso de Catilina, con que persuadió el parricidio de la patria, crimen que resume todos.

¿Quién, pues, no se burlará de semejante sistema? Ellos dicen que para obrar siguen lo probable, y buscan con ahínco la verdad, que probablemente no puede hallarse. ¡Absurdo digno de admiración!

Pero dejemos ya este punto, pues nos toca menos; nos interesa menos para el orden de nuestra vida y el peligro de nuestra suerte. Lo que es capital, lo que me parece terrible, lo que asusta a todos los hombres honrados, es que si esta argumentación es válida, con tal que se apoye en una razón probable para obrar, con tal de no prestar asentimiento a ninguna cosa como verdadera, se podrá perpetrar toda clase de abominaciones, sin ser acusado de crimen, y ni siquiera de error. ¿Qué diremos, pues? ¿Y esto no lo vieron aquellos filósofos? Sí, y con una sagacidad y penetración extraordinarias; ni yo tendré de ningún modo la pretensión de ponerme al lado de Marco Tulio en prudencia y habilidad, en ingenio y doctrina; con todo, cuando él afirma que el hombre nada puede saber, si se le replicase sólo esto: «Yo sé que así me parece esto a mí», no hallaría modo de refutarlo.

CAPITULO XVII

Verdadera opinión de los académicos - los dos mundos de Platón

37. Pues ¿qué pretendieron aquellos grandes varones con sus eternas y tenaces disputas para excluir de todos la ciencia de lo verdadero? Oíd ahora más atentamente, no lo que sé, sino lo que opino: he aplazado para el final el declarar, si puedo, mi parecer acerca de todo el plan o consejo de los académicos.

Platón, el hombre más sabio y erudito de su tiempo, que de tal modo disertaba que todo, al pasar por su boca, cobraba grandeza y elevación, y tales cosas habló, que, de cualquier modo que las dijese, nunca se empequeñecían en sus labios, después de la muerte de Sócrates, su maestro, a quien distinguió con singular predilección, según dicen, tomó muchas doctrinas de la escuela de Pitágoras. Y éste, insatisfecho de la filosofía griega, que entonces o no existía o estaba muy oculta, después que por los razonamientos de Ferécides de Siria se persuadió de la inmortalidad del alma, emprendió largas y vastas peregrinaciones para escuchar a gran número de sabios.

Platón, pues, añadiendo a la gracia y sutileza socrática en las cuestiones morales la ciencia de las cosas divinas y humanas, que diligentemente había indagado en la mencionada escuela, y coronando después estos elementos con una disciplina capaz de organizarlos y juzgarlos, esto es, la dialéctica-la cual o es la misma sabiduría o un medio indispensable para llegar a ella-, se dice que sistematizó la filosofía, como ciencia perfecta, de la que no es ahora tiempo de discurrir. Para mi propósito, básteos saber que sintió Platón que había dos mundos: uno inteligible, donde habitaba la misma verdad, este otro sensible, que se nos descubre por los órganos de la vista y del tacto. Aquél es el verdadero, éste el semejante al verdadero y hecho a su imagen; allí reside el principio de la Verdad, con que se hermosea y purifica el alma que se conoce a sí misma; de éste no puede engendrarse en el ánimo de los insensatos la ciencia, sino la opinión. Con todo, lo que se hace en este mundo por las virtudes llamadas civiles, semejantes a las verdaderas virtudes, y sólo conocidas de un reducido número de sabios, no merece sino el nombre de verosímil.

38. Estas y otras verdades de la misma clase fueron conservadas entre los discípulos de Platón, según era posible, y guardadas en forma de misterios. Pues ellas no pueden ser fácilmente percibidas sino por los que, purificándose de todo vicio, se han consagrado a un género de vida más que humano; ni peca gravemente el que, conociéndolas, las quisiere enseñar a cualquiera. Y así, cuando Zenón, príncipe de los estoicos, después de haber escuchado y creído ciertas doctrinas, vino a la escuela fundada por Platón, que dirigía entonces Polemón, yo creo que lo tomaron por sospechoso, juzgándole indigno de manifestarle y confiarle las, por decirlo así, sacrosantas doctrinas de Platón, si antes no olvidaba las teorías con que allí se presentó, aprendidas en otras escuelas.

Muere Polemón y le sucede Arquesilao, condiscípulo de Zenón, mas bajo el magisterio de aquél. Por lo cual, lisonjeándose Zenón de una opinión suya acerca del mundo y, sobre todo, sobre el alma-a cuyo conocimiento aspira la verdadera filosofía-, y diciendo de ella que es mortal, y que no hay más mundo que éste al alcance de los sentidos, y que todo en él es obra del cuerpo (pues al mismo Dios consideraba como fuego), entonces Arquesilao, con mucha prudencia y tino a mi parecer, al ver que cundía aquel mal, ocultó completamente la doctrina de la Academia y la cubrió como oro, para que la descubriesen alguna vez los venideros. Por lo cual, como la multitud es muy propensa a caer en falsas opiniones y, por el hábito de vivir entre los cuerpos, fácilmente, pero con daño, cree que todo es corporal, aquel hombre tan penetrante y generoso se dedicó más a limpiar de sus errores a los mal enseñados que a instruir a los que aún no juzgaba dispuestos para recibir su doctrina. De aquí procedieron las opiniones que se atribuyen a la nueva Academia, de que no tuvieron necesidad los antiguos.

39. Pero si Zenón hubiese despertado de su error alguna vez, y visto que nada puede percibirse sino lo que se conformaba con su definición, y que una cosa semejante no puede hallarse entre las realidades corpóreas, a que reducía todo, ya hace tiempo se hubiera extinguido el ardor de estas disputas, que una gran necesidad había encendido.

Pero él, engañado con una falsa idea de constancia, según parecía a los mismos académicos-y en esto yo veo razón para oponerme a ellos-, se mantuvo terco, y su doctrina perniciosa sobre los cuerpos sobrevivió como pudo hasta Crisipo, el cual, con su enorme influencia, le dio una gran fuerza expansiva, a no ser que Carnéades, que era más agudo y despierto que sus predecesores, no le hubiera resistido de tal modo, que me sorprende que aquella opinión gozase después de algún crédito. Carnéades fue el primero en abandonar aquella especie de imprudencia en calumniar, con que halló gravemente difamado a Arquesilao, para no parecer que contradecía a todo con espíritu de jactancia, sino para batir y destruir a los estoicos y a Crisipo.

CAPITULO XVIII

Divisiones en la nueva academia

40. Después viose acometido por todos los flancos, porque si a nada se debe prestar asentimiento, el sabio debe abandonarse a una total inercia.

Y Carnéades, hombre admirable y menos admirable, porque derivó su doctrina de las fuentes de Platón, sagazmente observó qué obras aprueban los hombres, y hallándolas semejantes a las verdaderas, dio el nombre de verosímil a lo que en este mundo puede seguirse como regla en la práctica. Conoció él por su agudeza a qué cosa eran semejantes, y lo ocultaba prudentemente, y a esto llamaba probable. Pues reconoce bien una imagen el que conoce el modelo. Pero ¿cómo el sabio aprueba o cómo puede seguir la verosimilitud, cuando ignora la misma verdad? Luego ellos conocían y aprobaban cosas falsas, en que notaban laudable semejanza con las verdaderas. Mas como no era lícito ni fácil revelar a los profanos, dejaron ellos a la posteridad y a los que pudieron en su tiempo cierta señal de su doctrina. Y a los buenos dialécticos les prohibían con insultos y bromas promover cuestiones gramaticales. Por eso pasa Carnéades por el jefe y autor de la tercera Academia.

41. Después este conflicto duró hasta nuestro Tulio, pero ya muy debilitado, para hinchar con su último soplo la literatura latina. Pues para mí no hay mayor inflación que, sin estar convencido, decir tantas cosas con tan copiosa abundancia y derroche de ingenio. Pero con este soplo, creo yo, quedó abatido y disperso aquel fantasma el platónico Antíoco, porque los rebaños de los epicúreos instalaron sus establos soleados entre los pueblos muelles.

Pues Antíoco, discípulo de Filón, el cual fue, a mi parecer, hombre sumamente circunspecto, que había comenzado a abrir las puertas a los enemigos vencidos y a restaurar la autoridad de Platón en la Academia y sus leyes-si bien Metrodoro había intentado antes hacer lo mismo, siendo el primero en confesar que no fue opinión expresa de los académicos que nada puede percibirse con certeza, sino que ellos esgrimieron necesariamente tales armas contra los estoicos-, Antíoco, pues, como he comenzado a decir, después de frecuentar la escuela del académico Filón y del estoico Mnesarco, se introdujo cautelosamente, a título de auxiliar y de miembro, en la antigua Academia, entonces casi vacía de defensores y segura por falta de enemigos, y metió en ella no sé qué funesta doctrina, tomada de las cenizas de los estoicos, para profanar el santuario de las enseñanzas de Platón. Pero Filón, tomando de nuevo aquellas armas, le resistió hasta morir, y nuestro Tulio destruyó lo que quedaba, no pudiendo soportar que en vida suya fuese manchado o arruinado lo que él amó. Y por eso, no mucho después de aquellos tiempos, amortiguada toda obstinación y terquedad, la doctrina de Platón, que es la más pura y luminosa de la filosofía, deshechas las nubes del error, volvió a brillar, sobre todo en Plotino, filósofo platónico, quien fue juzgado tan semejante a su maestro, que se creería que habían vivido juntos, pero, por la larga distancia de tiempo que los separa, más bien se ha de decir que en éste ha revivido aquél.

CAPITULO XIX

Escuelas filosóficas

42. Así ahora apenas tenemos más filósofos que los cínicos, peripatéticos y platónicos; y los cínicos, porque les place cierta libertad y licencia de la vida. Mas en lo que atañe a la erudición y doctrina, como también a la moral, que mira a la salud del alma, no han faltado hombres, de suma agudeza y diligencia, que con sus discursos han mostrado la concordia vigente entre las ideas de Aristóteles y Platón, que sólo a los ojos de los distraídos e ignorantes parecen disentir entre sí; así, después de muchos siglos y prolijas discusiones, se ha elaborado una filosofía perfectamente verdadera.

No es ésta la filosofía de este mundo, que nuestras sagradas Letras justamente detestan, sino la del mundo inteligible, al que la sutileza de la razón no habría podido guiar a las almas, cegadas con las multiformes tinieblas del error y olvidadas bajo la costra de las sordideces materiales, si el sumo Dios, descendiendo con su misericordia al seno del pueblo, no hubiese abatido y humillado hasta tomar cuerpo humano al Verbo divino, para que, estimuladas las almas con sus preceptos y, sobre todo, con sus ejemplos, sin luchas de disputas, pudiesen entrar en sí mismas y volver los ojos a la patria.

CAPITULO XX

Conclusión de la obra.-Platón conduce a Cristo

43. He aquí las convicciones probables que entretanto me he formado, según pude, de los académicos. Si no son acertadas, poco me importa, porque por ahora me basta con creer que el hombre puede hallar la verdad. Pues quien opina que los académicos mismos han pensado así, lea a Cicerón. Porque dice él que solían ocultar su doctrina, sin descubrírsela a nadie más que al que llegaba con ellos a la ancianidad.

Cuál fuese su doctrina, Dios lo sabe; yo creo que fue la de Platón. Mas para que conozcáis brevemente mi plan, sea cual fuere la humana sabiduría, veo que aún no la he alcanzado yo. Con todo, aun hallándome ya en los treinta y tres años de la vida, creo que no debo desconfiar de alcanzarla alguna vez, pues, despreciando los bienes que estiman los mortales, tengo propósito de consagrar mi vida a su investigación. Y como para esta labor me impedían con bastante fuerza los argumentos de los académicos, contra ellos me he fortalecido con la presente discusión. Pues a nadie es dudoso que una doble fuerza nos impulsa al aprendizaje: la autoridad y la razón. Y para mí es cosa ya cierta que no debo apartarme de la autoridad de Cristo, pues no hallo otra más firme. En los temas que exigen arduos razonamientos-pues tal es mi condición que impacientemente estoy deseando de conocer la verdad, no sólo por fe, sino por comprensión de la inteligencia-confío entre tanto hallar entre los platónicos la doctrina más conforme con nuestra revelación.

44. Aquí, al ver que yo había terminado mi discurso, aunque era ya de noche y hubo que utilizar la linterna para escribir, con todo, los jóvenes, con mucha atención, ansiaban saber si Alipio prometía responder, aunque fuese en otro día.

Entonces dijo él:

-Nada estoy dispuesto a conceder que haya respondido mejor alguna vez a mi propia íntima instancia como el confesar que me retiro vencido por la discusión de hoy. Y creo que esta alegría no debe ser únicamente mía. Os la comunicaré, pues, a vosotros, compañeros de lucha y jueces míos. Porque ser vencidos en esta forma por la posteridad, tal vez hasta los académicos lo desearon. Y a la verdad, ¿qué pudo ofrecérsenos a nosotros más agradable que esta discusión, más sólido con la gravedad de las sentencias, más abierto a la benevolencia y más henchido de erudición y doctrina?

Me es imposible mostrar bastante admiración por la amenidad con que se han tratado las cuestiones más espinosas, venciendo con fuerza las dificultades mayores, exponiendo con mesura las convicciones y vertiendo claridad sobre los puntos más obscuros.

Así, pues, compañeros míos, convertid vuestra ansiedad expectante, con que me provocabais a responderle, en una más segura esperanza de instruiros juntamente conmigo. Tenemos un guía que es capaz de llevarnos, con la ayuda del Señor, hasta los mismos arcanos de la verdad.

45. Al notar yo por los gestos de la cara que los muchachos se mostraban un poco decepcionados, porque Alipio, al parecer, no iba a responder, les dije sonriendo:

-¿Tenéis acaso envidia de las alabanzas que me ha tributado? Mas por ser tan segura la firmeza de Alipio, no le temo, y para que vosotros me mostréis también vuestro agradecimiento, quiero prepararos contra él, por haber defraudado vuestra esperanza. Leed los libros de los Académicos, y cuando veáis allí a Cicerón vencedor de estas bagatelas-¿y qué cosa más fácil que lograr esto?-, obligad a Alipio a sostener mi causa y razonamiento contra aquellos argumentos invencibles de Tulio.

Esta es, Alipio, la onerosa recompensa que te doy en pagode tus falsas alabanzas.

Se rieron ellos con esto, y terminamos el gran debate, no sé si con la debida solidez, pero sí más moderada y prontamente de lo que yo esperaba.

1. Habiendo dejado, pues, ya las cosas que había logrado, siguiendo en pos de las ambiciones del mundo, ya las que tenía deseo de conseguir, acogiéndome al descanso de la vida cristiana, aunque todavía sin recibir el bautismo, escribí primero los libros Contra los académicos o acerca de ellos, con el fin de apartar de mi ánimo, con cuantas razones pudiera, los argumentos que todavía me hacían fuerza, con los cuales quitan ellos a muchos la esperanza de hallar la verdad y no permiten dar asentimiento a alguna cosa, sin consentir ni al sabio que apruebe verdad alguna, como si fuera manifiesta y cierta, pues todo, según ellos, está envuelto en tinieblas e incertidumbre.

2. En estos libros no me agrada el haber nombrado tantas veces la fortuna, si bien no era mi intención significar con tal nombre ninguna deidad, sino más bien los acontecimientos fortuitos de las cosas en lo relativo a los bienes del cuerpo y a los bienes y males externos. De aquí se deriva el uso de las palabras, que ninguna religión prohibe (forte, forsan, forsitan, fortasse, fortuito), tal vez, acaso, quizá, por casualidad, fortuitamente; mas todo esto debe dirigirse a la divina Providencia. Tampoco omití allí esta idea: Pues tal vez lo que vulgarmente se llama fortuna, está gobernado por un orden oculto; y llamamos casualidad en las cosas aquello cuya razón y causa se nos va de vuelo. Verdad es que consigné esto allí; con todo, me pesa el haber nombrado la fortuna, pues veo que los hombres tienen la pésima costumbre de decir, en vez de «Dios lo ha querido, la fortuna lo ha querido».

De lo que dije también allí: Así está determinado, ora por nuestros méritos, ora por una necesidad de la naturaleza, que el ánimo divino, apegado a las cosas corruptibles, no sea acogido de ningún modo en el puerto de la filosofía, o ninguna de las dos expresiones debía haberse puesto, porque ya así ofrecía el sentido completo, o era bastante decir por nuestros méritos, pues heredamos en verdad nuestra miseria de Adán; y holgaba añadir ora por necesidad de la naturaleza, pues la dura necesidad a que se halla sometida nuestra condición natural se originó de los méritos precedentes de la culpa.

También lo que dije: Que nada absolutamente se lia de honrar, y que se debe rechazar todo lo que se ve con los ojos mortales, todo lo que percibe algún sentido, ha de completarse diciendo: todo lo que percibe sentido alguno de cuerpo mortal, porque también hay un sentido de la mente. Mas entonces hablaba yo al estilo de los que entienden por sentidos únicamente los del cuerpo, y por cosas sensibles las corporales. Y así, donde me expresé de este modo, poco se evitó la ambigüedad, a no ser entre los que acostumbran a hablar así.

Dije también: ¿Qué piensas que es vivir dichosamente, sino conformarse a lo más excelente que hay en el hombre? Y explicando luego qué entendía por la porción más noble, añadí: ¿Quién dudará de que lo mejor del hombre es la parte del ánimo, a cuyo imperio es justo se sometan las demás? Y esta parte, para que no me pidas más definiciones, puede llamarse mente o razón.

Verdad es esto, pues en lo que atañe a la naturaleza del hombre, ninguna cosa hay en él mejor que la mente y razón; mas no debe vivir según ella el que desea vivir felizmente, pues así vive según el hombre, cuando es necesario vivir según Dios para poder llegar a la bienaventuranza. Pues para lograrla no ha de contentarse de sí misma, sino a Dios debe someterse nuestra mente.

En otro lugar dije, respondiendo a mi contrincante: En esto ciertamente no yerras, y te deseo que ello sea un augurio para lo demás. Aunque esto se dijo en broma y no en serio, no querría se hubiese empleado tal palabra (omen), pues no recuerdo haberla visto ni en las Sagradas Escrituras ni en el estilo de los escritores eclesiásticos, si bien de ella se deriva la palabra abominación, tan corriente en las divinas Letras.

3. En el segundo libro es totalmente inepta e insulsa aquella, digámoslo así, fábula de la filocalia y filosofía, de que son hermanas, nacidas de un mismo progenitor. Pues lo que se llama filocalia es una bagatela, y, por lo mismo, no es hermana de la filosofía; o si se quiere respetar este nombre, que, vuelto al latín, significa el amor de la hermosura, verdadera y suma hermosura es la de la sabiduría; y en ese caso, tratándose de cosas espirituales y elevadas, una y misma cosa son filosofía y filocalia, ni se han de concebir como dos hermanas.

En otro lugar, hablando del alma, dije: Para volver más segura al cielo. Mejor se hubiera dicho ir que volver, mirando el error de los que piensan que las almas humanas, por mérito de sus pecados, cayeron o fueron arrojadas del cielo y aprisionadas en el cuerpo.

Mas no dudé en decirlo así, in caelum, como si dijese in Deum, a Dios, que es autor y creador, porque también San Cipriano escribió: Pues como tenemos el cuerpo de la tierra y el alma del cielo, somos tierra y cielo. Y en el libro del Eclesiastés se lee: Vuélvase el espíritu a Dios, que se lo dio. Todo lo cual debe entenderse sin contradecir a la doctrina del Apóstol, cuando dice que los no nacidos no han hecho ni bien ni mal. Indiscutiblemente, pues, en cierto modo el lugar original de la felicidad del alma es el mismo Dios, el cual no la engendró de su misma sustancia, sino la creó de la nada, como creó el cuerpo de la tierra. Mas en lo tocante al origen de su infusión en el cuerpo, ni entonces lo sabía ni ahora puedo decir si procede de aquel hombre único que fué creado el primero, al tiempo que fué animado por el soplo de Dios, o si, de un modo semejante, cada alma es creada para cada uno de los individuos*.

4. En el libro tercero se dice: Si me preguntas qué me parece, creo que en la mente del hombre se halla el sumo bien del mismo. Mejor hubiera dicho: en Dios, pues de El goza la mente para lograr la dicha, como de su bien supremo.

Repruebo también estas palabras: Es lícito jurar por todo lo divino, y las que dije de los académicos, que conocían la verdad, llamando verosímil lo que era semejante a la verdad, verosímil que yo califiqué de falsedad que ellos aprobaban. Por dos razones no está bien dicho esto: o por ser falso, que de alguna manera haya nada semejante a la verdad que a su modo no sea también verdadero, o porque asentían a estas cosas falsas que llamaban verosímiles, siendo así que se lisonjeaban de no afirmar nada y de que el sabio no aprueba cosa alguna. Mas como a lo verosímil llamaban ellos probable, por eso hice esa afirmación de ellos.

También las alabanzas con que exageradamente exalté a Platón o a los platónicos y académicos, como no convenía que se hiciera con hombres impíos, con razón me han disgustado, sobre todo porque contra sus errores tenemos que defender la doctrina cristiana.

También censuro la afirmación que hice, a saber: que, comparados a los argumentos usados por Cicerón en sus libros, los míos eran bagatelas, siendo así que refuté con toda certeza sus pruebas; aunque lo dije chanceándome y parece más bien ironía, hubiera sido mejor callarlo. Este libro comienza: O utinam, Romaniane, hominem sibi aptum.

La ciudad de dios

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